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la rebelión de las palabras


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Para que aprendas a volar


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Eres una niña aún y no lo sabes, pero lo que te hace diferente y te asusta ahora, es lo que te ayudará a volar… Lo que te empujará a crecer y te impulsará a cambiar el mundo…

Suena lejos, lo sé, pero no creas que para cambiar el mundo hay que hacer coses muy complicadas. Las cosas sencillas también son extraordinarias y están al alcance de todos y de ti también.

Lo sé, defender tu forma de ver la vida es difícil, a veces. Lo he vivido y lo veo en tu cara desconcertada por no entender cómo funciona este mundo que parece que hoy te pida que lo contrario de lo que te pedirá mañana.

Hay tantas normas impuestas y no escritas sobre cómo debe de ser todo y sin darte cuenta llevas incrustadas en la memoria mil formas de vivir que no son la tuya… Yo aún las noto,  muy a menudo, no te creas. Ser mayor no te evita las dudas. A veces, me invaden algunos pensamientos tristes que ya no forman parte de mí y que parece que quieran que me quede quieta, que me sienta cansada y me rinda… ¡Es tan difícil echarlos de tu cabeza! Aunque, si en ese momento recuerdas qué sueñas, se te pasan… Tal vez no entonces, pero al final, desisten. Tú también lo conseguirás.

A menudo, para ser tú mismo parece que tengas que librar una batalla contra el mundo, aunque en realidad, sólo debes responder ante ti.

Es contigo con quién vas convivir siempre. La piel que habitas es la tuya. Las palabras que dices son para ti… Si huyes de eso, te seguirá siempre… Ahora tal vez sientas que es necesario encajar o pertenecer a algo… Que resistirte a llevar una etiqueta en un mundo en el que todo se etiqueta es complicado, pero con el tiempo, el trabajo hecho para seguir siendo tú misma a pesar de todo, te hará sentir libre… En el fondo, todos aquellos que hoy parece que todo lo tengan muy claro, están tan perdidos como tú. Sólo disimulan, porque temen mostrar sus incoherencias, porque no soportan reconocer que nos saben aún quiénes son.

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No te preocupes… Todos somos diferentes, pero sólo los valientes se atreven a mostrar sus diferencias… A enamorarse de ellas. A convertirlas en su impulso y, si hace falta, en parte de su identidad.

Lo fácil es ceder y avergonzarse de uno mismo por no seguir la norma, por no parecer, por no encajar en el molde. No pasa nada, no hay moldes, no hay que parecerse a nada ni a nadie.

Parece que sería mejor ponerse la etiqueta que otros quieren que te pongas y vivir dándoles la razón, sin imaginar otros mundos posibles, otras personas posibles en ti. Sólo lo parece…

Todos tenemos miedo, pero sólo los que lo abrazan y lo entienden son capaces de superarlo.

Los demás se aferran a salvavidas de plomo y se encierran en un búnquer para protegerse de lo que les asusta sin darse cuenta de que eso les aísla para siempre… Sin ver que la única forma de vencer es afrontar… Que lo que no queremos asumir, insistirá llamando a nuestra puerta eternamente… Estemos donde estemos, aunque huyamos lejos y cerremos los ojos y nos pongamos las palmas de las manos en los oídos para no oír sus pasos acercándose.

Lo sencillo es esconderse y creer que así todo cambia, esperar el milagro sin hacer nada para que suceda… Mirar por la ventana y saludar al mundo sin meterse en él.

No te culpes, no hay culpas… No uses ni siquiera esa palabras, es terrible, sólo trae dolor y angustia… Las personas que asumen sus actos son responsables de ellos. Las personas responsables tienen el poder de cambiar las cosas porque deciden, porque rectifican y saben perdonarse.

Todos tenemos fantasmas, pero sólo los que se atreven a mirarles a los ojos consiguen que se vayan de sus vidas. Sólo cuando te das cuenta de que los monstruos que te persiguen están dentro de ti y dejas de buscarlos debajo de la cama, dejan de molestarte.

Lo habitual es ceder al chantaje y convertirse en uno más. Ahogar a tu yo verdadero hacer que esa etiqueta que llevas colgada se meta dentro de ti. Perder el brillo en la mirada, perder el gesto que te hace auténtico y te hace sentir que puedes… Cambiar tu rostro por una máscara gris… Conformarse con soñar sin tocar, con subsistir sin vivir…

No dejes que nadie te defina ni te diga qué debes hacer, escucha siempre a las personas en las que confíes pero las riendas las deberás llevar tú.

Todos necesitamos amor, pero sólo los que se conocen se quieren a sí mismos. Se aceptan, se aman, se respetan.

Hay tantas personas que no se aman a sí mismas y buscan en otros brazos el cariño que no se dan. Tantas personas que dependen del amor ajeno y aceptan chantaje, regatean con su dignidad porque no se han dado cuenta de que merecen un amor de verdad…

Y las personas nos tratan como nos tratamos a nosotros mismos, como dejamos que no traten… Nos las encontramos por aquí porque tenemos algo que aprender de ellas… A veces es para que nos enseñen cómo hacer las cosas bien, qué camino tomar… Para que nos inspiren y motiven. Otras veces, es para que sepamos qué tipo de persona no queremos ser, qué no queremos pisotear, qué opción no deseamos elegir…

Se aprende tanto de los héroes como de los villanos. Lo sé, parece mentira ¿verdad? a veces, incluso más.

Se aprende tanto de lo que parece que nos frena como de lo que nos da impulso.

Cada obstáculo es una lección por aprender. Cada error es un ensayo general de una función a la que cada vez vas más preparado…

No lo veas como un problema, piensa en ello como un desafío, un reto, como algo nuevo que empezar. Y si no tienes ganas, las inventas, las imaginas… Sonríes y piensas que seguro que le encontrarás el lado maravilloso.

Lo único que importa es estar cómodo en tus zapatos y ser leal a lo que te conmueve, a lo que te habita, a lo que sueñas que sea tu destino.

A veces, pasamos largas temporadas ausentes de nosotros mismos. Estamos cansados y desesperanzados y dejamos que nuestro cuerpo lleve las riendas para no pensar, para no sentir más allá del frío o el calor, para no saber lo que nos duele saber. Y somos como aviones de papel que parece siempre que volarán pero solo se elevan por inercia y caen en picado porque pesan demasiado, porque no baten sus alas como los pájaros…

Vivimos ahogados en nuestras lágrimas y no queremos darnos cuenta de que si dejásemos de llorar tendríamos tiempo para construir… Si dejásemos de almacenar rabia, nos quedaría espacio para almacenar sabiduría y experiencias…

Y cuando no sientes, no duele, claro, pero tampoco vibras ni te emocionas… No dejas volar la mente y te metes en todas y cada una de las infinitas posibilidades de ser tú… Por eso, merece siempre la pena soltarte, volar, saltar… Cruzar por la cuerda floja, hacer equilibrios, patinar… Merece la pena ser tú aunque cueste, aunque algunas miradas te arañen… Aunque en algunas ocasiones todo parezca no tener sentido. Aunque no veas por qué ni para qué y te asuste quedarte sola o perdida.

Es como jugar, hay que usar esa emoción que tienes cuando juegas o cuando corres esperando llegar a la meta o la sensación maravillosa que tienes cuando te columpias y por un momento crees que vuelas y tocas el cielo… Cuando eso pasa, la felicidad inmensa se refleja en tu cara… No hay cara más hermosa que la de alguien que descubre que puede volar… Yo te he visto volar muchas veces y en esos momentos tu belleza es desbordante… Y se contagia.

¿Sabes? las personas hermosas de verdad son las que van por ahí contagiando su belleza, las que hermosean lo que tienen cerca. Tú lo haces, lo sabes, no lo pierdas…

Se trata de confiar en ti y estar de tu parte… Decirte cosas bonitas, usar palabras hermosas para hablarte, encontrar personas que te hagan sentir viva y corresponderles… Recordar qué sueñas siempre y creer que está en tu mano. No rendirte aunque sea difícil y amar tu soledad.

Recuerdas, el sombrerero loco le pide a Alicia que vuelva ser ella misma, le dice “antes eras mucho más muchísimo…” y le insiste con “creo que ahora has perdido tu muchedad” se refiere a su grandeza, su saber estar consigo misma, su capacidad de volar… Eso es lo que nos ayuda  seguir, pase lo que pase, diga lo que diga el mundo, no pierdas tu muchedad.

Eres mucho más, muchísimo…

alicia

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Escribo para que sepas que no hay nadie como tú


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No escribo para que te enamores de mí ni de nadie.

Escribo para que te enamores de ti mismo.

Lo hago para que dejes de pisar con miedo y empieces a llevar tus zapatos. Para que cuando vayas por la calle y te sorprendas con algunas miradas que se cruzan con la tuya, sepas que es por tu belleza… La que transpiras, la que compartes, la que irradias e invade todo lo que está cerca. La que siempre permanece.

Para que mires al mundo con los ojos de un niño que juega a conocer y comprender, con esas ganas inmensas de descubrir, sabiendo que nada le es ajeno ni lejano… Pensando que nada le está vetado ni prohibido. Para que te rías de todo y nada ni nadie te robe el aliento.

Escribo sobre ti porque te veo caminar y me doy cuenta de que no te has dado cuenta…

De que eres maravillosa.

De que dentro de ti hay mucha magia.

De que eres fantástico y lo impregnas todo con esa fantasía.

Te miro y veo tanta belleza desperdiciada sin salir de dentro por temor que no puedo soportar que no la compartas… Porque quiero verla, vivirla, notarla, percibir como se filtra por las rendijas de un mundo agrietado que busca personas como tú, con las barreras saltadas y los moldes rotos. Con la piel surcada, el alma revuelta… El viento en contra y las ganas cansadas pero intactas.

Te miro y lamento que no sepas que eres extraordinario, porque el mundo necesita de personas extraordinarias que se levanten y digan que pueden, que lo harán, que no importa si se cansan o les duele… Porque cuentan con su mejor aliado, ellas mismas.

Un mundo que llora porque no sabe aún que es inmenso, enorme, grandioso.

Te escribo porque quiero que te encuentres. Porque veo que te buscas pero a veces lo haces en rincones equivocados y te pones la máscara para que no se note que lloras.

Porque quiero que te veas a través de mis ojos y sonrías de felicidad al topar con esa imagen fascinante.

Porque amo cada una de tus rarezas como tú aún no las amas…

Porque soy tan rara como tú, pero hace tiempo que aprendí a sacarle punta a los desastres y convertirlos en fiestas improvisadas, aunque cuesta… Porque envolví mis defectos en papel brillante y me convencí a mí misma que eran el mejor regalo para aprender a vivir…

Escribo porque sé que al final lo verás. Tardarás dos días, dos minutos o dos décadas, pero un día, tal vez por una frase en un libro, un abrazo perdido  o una mirada en la calle, despertarás a ti mismo y te verás con los ojos del tiempo.

El tiempo hace que todo se impregne de magia…

Y te mirarás al espejo y verás que lo que emana de ti no se puntúa, ni se pesa, ni se mide, ni se califica… Verás que lo importa son las raíces, los pilares sólidos que soportan ese cuerpo que te ayuda cada día a vivir, sin que apenas sepas cómo…

Que cada día vences en mil batallas que no celebras y creas mil sueños que aún no persigues…

Que todavía no has llegado a tu tamaño real y aún miras a tus problemas y los ves enormes.

Que todavía compites con otros para destacar cuando no te hace falta porque ya eres único.

Que lo que buscas, ya lo tienes… Te viene de serie, con la risa y las ganas de abrazo, pero aún no has aprendido a usarlo porque no crees en ti, como creo yo.

Te escribo con la esperanza de que mis palabras te calen dentro y te zarandeen, para que despierten ese ser extraordinario que está dormido esperando una señal. Para decirte que la señal eres tú. Que no importa lo que pasa ni lo que dicen… Que la vida te cambia el vestido, te deja sin techo y te arranca los recuerdos, pero nunca te despoja de ti mismo… Escribo para despertar a la bestia y pedirle que ruja, que corra, que baile… Porque hay más en ti de lo que crees, de lo que sueñas, de lo que esperas.

Escribo porque no soporto que ignores tu valor. Porque noto que el milagro que esperas es posible… Porque tú eres el milagro.

Porque no eres la consecuencia de nada, eres la causa de todo. Porque eres sorprendente y merece la pena que explores tus diferencias y hurgues en tus miedos más oscuros…

Te escribo para que sepas que no hay nadie como tú…

 


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Gracias


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Gracias por cada vez que me han dicho que no.

Las tengo todas guardadas en los cajones de mi alma y las miro de vez en cuando para recordar que supe remontar.

Gracias por las noches dando vueltas, porque me han obligado a descubrir porqués.

Gracias por los caminos oscuros y acerbos, porque curtieron mis pies y esponjaron mi alma.

Por cada vez que creí que no podía y supe ver que me equivocaba.

Por los errores maravillosos y los enojos sin sentido que me ayudaron a ver qué tipo de persona no quería ser.

Gracias por los amigos sinceros que no juzgan.

Gracias por los que planearon derrotarme y me hicieron invencible…

Gracias por los sueños…Están todos en el mapa de mi vida.

Gracias por la sombra, porque me impulsó a buscar la luz.

Gracias por todos y cada uno de mis miedos, han sido mis autopistas, mis catapultas… Mis caminos retorcidos hacia una versión de mí más libre, menos cansada.

Gracias por todas las risas.

Gracias por intuir y acertar.

Por todas las oportunidades, sobre todo las ocultas tras un semblante rudo o una capa de dificultad.

Por los saltos sin red que acabaron en fondo mullido.

Gracias por las decepciones, se han convertido en grandes amigas, en confidentes, en palancas…

Gracias por las cajas de tesoros. Gracias por la imaginación que permitió verlos e inventarlos.

Gracias por las lágrimas que sacaron de mí de todas las palabras que llevaba almacenadas.

Gracias por los cuentos y las moralejas.

Por mi amor la lluvia y mi gran necesidad de mar.

Por todas las personas que no me han entendido y han hecho que tuviera que aprender a explicarme mejor…

Gracias por ese viento fresco que viene y se lleva las miradas amargas.

Gracias por el otoño y su inmensidad ocre y roja.

Por el frío insoportable  y el abrigo dulce.

Por la pasión sin cauce y por todos los besos, los recibidos, los dados, los soñados.

Gracias por mis torpezas, porque son las semillas de mis aciertos, las madrugadas de mis amaneceres más hermosos…

Gracias por las caídas y los arañazos, cuando los recuerdo y revivo ya no siento el dolor sino la vida…

Gracias por las cuerdas flojas que he tenido que atravesar y todos los momentos incómodos que me han dejado desnuda…

Por la fuerza que me permite mostrar al mundo que soy vulnerable y que, muchos días, me siento diminuta.

Gracias por sentir.

Por desear.

Gracias por dudar y por vacilar.

Gracias por no saber fingir.

Gracias por no llegar y tener que volver a empezar.

Gracias por ser.

Por existir.

Por buscar sin parar.

Por apreciar lo pequeño.

Por aspirar a lo grande.

Por darme cuenta de que a veces lo grande es lo más pequeño.

Gracias por mis ganas de bailar.

Por el aire en mi cara y la arena en mis pies.

Gracias por amar… ¡El más grande de los regalos!

Por medrar.

Gracias por el camino de cada día.

Por haber aprendido a mirarme con los ojos de la conciencia.

Gracias por tanta belleza en todas partes y por ser capaz de verla sin tener que forzar.

Por aprender a perdonar.

Gracias por mi amor a las palabras ¡menudo lujo!

Gracias por darme cuenta de que debo dar gracias y alegrarme de hacerlo.

 

 


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Si aún no estás muerto…


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Siempre hay una noche en la que se te corta el aire. Cuando miras alrededor y te das cuenta de que llevas una eternidad mirando sin ver y respirando sin notar… Cuando ves claro que has edulcorado las señales para soportar la derrota, para fabricar una realidad paralela donde las paredes no se te caen encima  y las puertas no están tan cerradas como parecen…

Siempre existe ese momento sombrío en el que todo se derrumba y piensas que no puedes, que no sabes, que se te acaban las ideas fantásticas para fingir tienes claro el camino a seguir…

Siempre hay una hora cruel, despiadada… Una hora oscura donde los pensamientos te arañan el alma y las palabras hacen jirones tus sueños… Cuando te susurras tragedias y te escondes todas la moralejas que has descubierto mientras caminabas.

Es ese momento de cansancio extremo. Cuando te duelen las esquinas que no conoces y las calles que no te atreviste a cruzar. Cuando te pesan las decisiones que no tomaste y la cobardía acumulada te presiona tanto las sienes que crees que tu cabeza va a estallar.

Siempre hay un instante negro cuando la punzada de culpa se te clava en el pecho y parece que te va cercenar. Un segundo en el que la vida que no has vivido te comprime el cuello y las palabras que no has dicho te arden en el estómago y empiezan a rabiar.

El sudor frío de los sueños no cumplidos te invade la nuca. La mano enorme del pánico a lo desconocido se te acurruca en la espalda… No eres lo que buscas porque no haces, porque no sientes como deseas sentir, porque no dejas atrás el camino asfaltado y no te sumerges en el sendero salvaje de lo que notas que sueñas, de lo que te atrae…

Siempre hay un lapso de tiempo, más largo, más corto, más lento… Ese  en el que todos los momentos de ridículo, todos los “qué dirán” que movían tus músculos y agarrotaban tus pies con ganas de baile empiezan a perder sentido…

Siempre hay un día en el que descubres que mientras te decidías te has hecho viejo y se te ha incrustado el traje gris de la resignación y la desgana…

Aunque nunca es tarde si aún lo sueñas, si aún imaginarlo posible te clava la conciencia a la cama.

Aún estás a tiempo si cuando lo hueles te transporta y te impregna de vida.

Si aún no estás muerto de rutina.

Si aún tu risa tiene alas…

Puedes, aunque no sepas cómo, aunque el miedo se te pegue como una manta…

Toma el camino sin margen y no pares hasta llegar a una playa imaginaria. Si no puedes pensar que puedes, no pienses… Si no puedes decir nada bonito, calla.

Si el cansancio te supera, te coses las ganas y sonríes.

Si no te encuentras la sonrisa, la finges hasta poder encontrarla.

Aún estás a tiempo… Usa el dolor que sientes para propulsar tus piernas y utiliza el asco almacenado de vivir una vida insulsa para acelerar el paso y dejar atrás tus penas imaginarias.

Siempre hay una noche para despertar a la vida y un día para vivir tu sueño postergado.


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El camino correcto


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Escojas el camino que escojas es el correcto, el que necesitas. Te lleve a tu destino o no. Eso casi no importa. Si no te conduce a donde deseas, seguro que es porque hay en él algo que debes aprender antes o tal vez, quién sabe, el camino erróneo te lleva al lugar adecuado. A veces, las cosas que pasan y lo ponen todo patas arriba son las que hacen que todo siga su curso, que todo sea como esperabas… En ese camino, lleve a donde lleve, hay tal vez una enseñanza que conocer, una persona a quien encontrar, una lección que interiorizar. Pase lo que pase, sabes que no te equivocas o mejor aún, que si te equivocas es porque lo necesitabas y que sabrás sacarle rendimiento a tu error. Los caminos equivocados están llenos de grandes descubrimientos…

A la hora de decidir sólo te queda saber que lo que haces es a conciencia, que usas la cabeza pero que te dejas llevar por la intuición, que vas por donde notas que debes ir, aunque no sepas qué te espera al final. Porque, en el fondo, la luz la llevas tú. Si te hace falta, sabrás cómo y cuándo sacarla de dentro. Sólo importa decidir con las ganas, siendo consciente de las consecuencias y respetándote a ti mismo y a los demás… Seguramente, porque a la primera persona que no puedes permitirte engañar es a ti mismo. Como si al meterte en el agua supieras que te lleve donde te lleve es porque allí hay algo para ti… Un tesoro, un salvavidas, alguien con quien compartir la travesía, un pequeño bote desde el que empezar un viaje.

Lo principal es aprender a conocerse y no mentirse, y saber que lo que decides es porque lo deseas, porque te ha vibrar. La pasión con la que hacemos lo que nos conmueve y motiva no es sólo fruto del deseo o la emoción, viene de miles de pensamientos almacenados y experiencias que nos recuerdan que aquello nos ayuda a sacar ese yo verdadero y auténtico que, a veces, tenemos olvidado. Nuestro verdadero yo se pasa la vida (nuestra vida) intentando salir del rincón en el cual le hemos dejado tirado. Nunca se resigna, nunca se apaga. No tiene tanto miedo como nosotros y si lo tiene, se lo traga, lo encaja, lo escucha y lo tira por la ventana. Es ese yo (tú) que se atreve a levantar la mano para hacer preguntas y que te ha permitido confiar en ti mismo en ocasiones especiales. Es él el que gana algunas de tus carreras y dibuja algunos de tus sueños. Cuando eras niño, una vez, te salvó la vida porque en el último momento te susurró al oído “tú puedes, venga”. Es ese yo que cuando todo pinta mal y el peso del mundo te cae encima, toma posesión de tu conciencia y se levanta para seguir… Es el que sabe perfectamente que escojas el camino que escojas, vas a ganar porque al final del trayecto hay algo bueno para ti. Y que ese algo es, sobre todo, un nuevo tú más sabio y mejor.

Es el que te pide que decidas y que no te dejes influir por aquellos que tienen miedo o no saben entender tus pequeñas locuras…

Casi mejor estar en un camino elegido por mí, aunque me lleve a un fracaso, que seguir el camino de otro que me conduzca a una meta que no anhelo. Porque el fracaso será mío, pero la meta no. Y seguro que me aporta más ese fracaso que  el aprendizaje que la meta soñada en otra cabeza.

Y si nos aporta algo bueno, ¿lo podemos considerar un fracaso? Si de ahora en adelante, cuando lo recuerdes y repases, eres capaz de darte cuenta de la lección que llevaba y todo lo bueno que trajo consigo ese fracaso… ¿Qué más da?

Si buscando un tesoro encontraste un amigo ¿no te parece que saliste ganado? ¿No encontraste de hecho algo aún de más valor?

A menudo, aquellos que quieren arañarnos, sin saberlo, acaban siendo nuestra puerta de salida a nuevos mundos, nuevos retos, nuevas metas. Nos dan la opción, nos dibujan la puerta y nosotros podemos salir por ella a nuestro futuro. Para hacerlo, es necesario ver cada situación como lo que realmente es, una oportunidad. Porque si nos precipitamos y dejamos llevar por el dolor y sólo vemos su gesto, estaremos obviando la maravillosa consecuencia de sus actos. El tiempo que pasamos recordando nuestra tragedia nos mantiene atados a  ella. El tiempo que usamos detestando y odiando a quién nos ha hecho daño nos sujeta a esa persona. Es mejor pasar pantalla y analizar lo ocurrido con calma, serenidad y mirando de frente. Como si finalmente, nuestro captor nos liberara después de días y días privados de movimiento, y en lugar de salir corriendo a explorar nuestra libertad, prefiriéramos quedarnos a reprocharle su actitud. No solamente nos causamos más daño recordando la situación y repasándola, sino que cuando nos fijamos en él para odiarle, dejamos de mirar el camino que se abre ante nosotros. Mejor emprenderlo y poco a poco, empezar a trabajar en lo que suscitan en nosotros las emociones sentidas durante el cautiverio… Y hacerlo sin negarse a afrontar el dolor pero sin permitir que te invada y limite.

Nuestros captores son, a veces, la mecha que hace que todo salte por los aires. Otras veces, la chispa para darnos energía…

Al final, el que te despide, te da la libertad.

El que te deja, te permite encontrar otros compañeros de viaje.

El que insulta pone a prueba tu paciencia y autoestima.

El que te araña, deja en ti una valiosa cicatriz con la que podrás ganar mil batallas.

Podemos tardar un siglo o un día, pero al final, la única forma de verlo para salir victoriosos de la experiencia, es darles un papel de impulsores, de acompañantes necesarios e involuntarios, de actores secundarios en nuestras vidas que, sin pedirlo, han venido a darte el empujón. Porque sin saberlo, han conseguido poner en marcha el ese yo que actúa, que toma las riendas, el que nunca se resigna y siempre está tirando piedras a tu tejado para que le hagas caso cuando te olvidas de quién eres y qué buscas en la vida…

No importa el destino. No importa el camino. Sólo importa la forma en que te mueves por él y la ilusión con que lo haces…

No existe un camino correcto… Hay caminos que notas que merecen la pena y otros que no.

Tal vez, no hay caminos. Hay experiencias, hay momentos acumulados por vivir y mundos por explorar… Y están todos dentro de ti… Lo que cuenta es que te sientas bien con lo que haces y no traiciones tu esencia, que ames cada instante, que vivas sin regatearte a ti mismo, sin hacerte trampas… El camino es sólo la excusa para que salgan de dentro, te miren a los ojos y tengas que asumir vivirlos.

El camino eres tú.


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Cicatrices


Tengo una nueva cicatriz. Tiene forma de sonrisa cansada. Surca mi piel y mi pasado. Posee la belleza de lo roto, de lo cosido y de lo remendado. Sé que estará ahí para siempre para recordarme que es el final de una batalla ganada. Para que cuando la mire y siga su cauce con mi dedo índice recuerde que pude, que supe, que tuve el valor, que cuando confío soy un ser mejor, capaz de todo. Para que sepa que los momentos más oscuros preceden a la luz más intensa, que sé manejarlos porque aprendí cómo hacerlo andando a tientas, con un miedo atroz pero con ganas infinitas de arrancármelo de dentro y buscando la manera de poder continuar sin parar… Para que me vengan a la cabeza de repente todas las palabras que he tenido que usar para sobreponerme y sobrellevar la situación. Para que no me pierda, cuando el pánico me invada los sentidos y la noche sea muy larga… Las noches largas están llenas de momentos en los que ese tú más cobarde te roba los sueños y las ganas y los sustituye por pesadillas y desesperanza.

Esta cicatriz será un refugio, un hatillo de palabras y pensamientos amables, destinados a confiar en mí y en mi capacidad de encontrar la moraleja que subyace en las cosas, el lado bueno, el chiste malo que te ayuda a limar las aristas que se clavan en ti cuando algo va mal…  Será un amuleto para alejar la tristeza y cauterizar el dolor… Será un antídoto contra la desgana y el miedo de afrontar, de seguir… Será el espejo en el que mirarme cuando me caiga, un espejo donde mi imagen siempre estará de pie, con cara de victoria y dignidad infinita.

Será  como una medalla que recuerda la carrera luchada. Una barandilla en la que sujetarse para no caer y mirar al mar y al mundo con unos ojos renovados. Para ahuyentar a los fantasmas que a veces nos rondan y buscan nuestras rendijas para colarse dentro y decirnos que no podemos, que no sabremos, que no llegaremos…

Mi cicatriz será el punto de partida de un mapa nuevo en mi cuerpo, un mapa que lleva a mí misma, sin más cimas que las que yo dibuje, sin más mares que los que me atreva a surcar para llegar a mi sueño. Y cada vez que la mire, sabré que he llegado. Más cansada, más dolorida, más gastada por el uso de mis días, pero infinitamente orgullosa de haber soportado la presión y ganado la batalla.

Me recordará cómo he cambiado para soportarlo. Cómo he tenido que inventar historias hermosas para llegar sin partirme en dos, cómo me he sujetado a mí misma para no caer en un marasmo de angustia y perder mi norte… Me recordará que yo tengo la brújula y marco el camino. Que cuando quiero soy grande, enorme, increíble… Que todos los somos si queremos y lo creemos.

Y le daré las gracias. Por estar. Por existir. Por encontrar en mí la prueba definitiva de que estoy viva y a punto para continuar.  Por marcar un punto y parte en mi camino, una cordillera que separa lo vivido, un antes y un después en mi aprendizaje, en la necesidad de conocerme y amarme. Daré las gracias por la oportunidad de darme cuenta de cómo cambia el mundo cuando tú cambias para poder estar a la altura, para no caer al vacío. Por todo lo que aprendí mientras luchaba por no dejarme llevar por el miedo en un camino oscuro y largo… Daré las gracias por la vida, por notar el sol y al aire y el peso de mis pies en la arena de esa playa que me busca cuando no la visito.

Aquí estoy, me diré, zurcida como un calcetín, remendada como las redes de pesca para salir al mar… Para poder seguir dando gracias, asida a la vida con ganas porque es el material más precioso y deseado. Con rendijas y recovecos, más fuerte, más suelta que nunca… Más sólida y a la vez más ingrávida… Más yo que nunca.

Y ya nada será igual. Y si en algún momento flaqueó y se me olvida lo bella que es la vida, surcaré mi cuerpo menudo para buscarla. Será mi remedio contra la estupidez pasajera, contra la bobada máxima, contra todos los domingos por la tarde de ñoña y desgana… Para que me cuente cómo pasó, para que me recuerde cómo lo conseguí, para que me ate a la vida y me quite a golpe de realidad todas la tonterías que acumulo en la cabeza.

Para que no vuelva sobre mis pasos y pierda fuerza.

Para que no pierda la confianza…

Para que nunca más corra el riesgo de olvidar quién soy.

Nuestras cicatrices están ahí para recordarnos el camino vivido, el recorrido de la evolución que hicimos en nuestras horas más bajas… Para que sepamos para siempre que saltamos, que fuimos capaces de agarrarnos con fuerza a nosotros mismos y vencer al gigante. Con miedo, con recelo, con los ojos llorosos y el corazón casi encogido, tal vez, pero lo que cuenta es el gesto, el ánimo, el salir de la cueva para ver el mundo aunque sepamos que en el mundo nos aguardan momentos duros… Saltar sin saber con certeza si hay suelo… Andar hasta quedar agotado sin conocer cuántos kilómetros quedan para la meta. Confiar…

Ahí estoy ahora. Con un nuevo trofeo de vida que me surca y me dibuja de nuevo… Yo misma, un kintsugi humano, una muestra de ese arte japonés que repara lo roto y agrietado con polvo de oro porque cree que así es más hermoso… Porque le da valor a todo lo que te marca y te deja huella. No hay duda, soy más hermosa, porque nada hay más hermoso que estar vivo…

Gracias.

GRIETA


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Fabricantes de oportunidades


No creo que la suerte exista. Al menos no tal y como nos la han vendido hasta hoy. Creo que las cosas pasan por algo, aunque muchas veces no les encontramos el sentido, no sabemos interpretarlas o no queremos porque nos duele demasiado. Todo lo que nos va pasando y decidimos nos ver, no sentir, no escuchar, se acumula en nosotros y se nos dibuja en la piel o se nos queda retenido esperando que llegue el momento.

Nos han educado para esperar castigos divinos si hacemos algo que otros creen que está mal o que vulnera un código ancestral, aunque para nosotros ese código sea en si mismo un castigo.  Nos da miedo ser felices porque, en el fondo, creemos que deberemos dar algo a cambio, perder algo, como si estuviéramos destinados a sufrir y la felicidad fuera una provocación, un ritual irreverente que debemos pagar caro… Porque nos han dicho que en esta vida no se llega a la plenitud. Porque nos han educado para no salir de las líneas marcadas ni explorar nuestra capacidad de ser libres. Nos han pedido que caminemos cada día por el mismo sendero, con la cabeza gacha para no desafiar a los dioses a esperar un golpe de suerte.

Aunque ese tipo de suerte cuando llega es efímera, porque no sabemos usarla o nos asusta tenerla entre las manos porque nos han dejado claro que nadie que no haya hecho un mínimo esfuerzo para conseguir algo, sabe cómo manejarlo. Porque nos han insinuado que  esa suerte que no nos pertenece y no pararemos hasta que no la malgastemos con la torpeza del que no sabe usar lo que no le está destinado.

Tal vez la suerte sea más cuestión de saber darse cuenta de dónde están las oportunidades, que a veces nos llegan disfrazadas de conflictos, y aprovecharlas. Una tarea complicada porque esas oportunidades no son a menudo cómodas ni fáciles, exigen esfuerzo y renuncia. Quizás la suerte sea hacer mil veces algo de muchas maneras distintas hasta que descubres cuál es la forma correcta o la soñada. Practicar para vivir. Darte cuenta de cuando cambiar y cuando aceptar y notar cómo eso te cambia también. Saber esperar, una espera activa, sin perder comba ni reflejo. Dejar pasar falsas oportunidades también que te ponen a prueba y que te llegan en forma de regalo maravilloso. Al final, quizás lo que convierte cualquier experiencia en una oportunidad es nuestra forma de verla, nuestra actitud… Los problemas son oportunidades, a menudo, cuanto más grandes, más recompensa supone superarlos. Por lo que, visto así, todo es una buena oportunidad… Y la suerte subyace en todo, tan sólo hace falta mirarla con ojos nuevos y agradecidos y estar dispuestos a exprimirla hasta la última gota.

A veces, ni siquiera somos capaces de ver la multitud de cosas que debemos agradecer hasta que las perdemos…

Tampoco lo bueno tiene porque ser complicado. A veces es sencillo, deseas algo y lo pides. Aunque a menudo no nos atrevemos a pedirlo, porque pensamos que no nos pertenece o que otros lo verán como una osadía o una impertinencia. El problema no es cuando llega a ti algo bueno y fácil y piensas que es un golpe de suerte… Eso es bueno. El problema surge cuando esa facilidad establece que tienes que dar a cambio algo que vulnera tu esencia o se interpone entre tú y tus valores. En ocasiones, no hay caramelo más envenenado que tener suerte de haber ganado la carrera sin saber por qué, ya que has aprendido nada de ello y no sabes si podrás repetirlo.

A veces, estás tan destrozado por dentro y aturdido… Vives momentos tan duros que cuando otros te dicen que tomes las riendas o arriesgues un poco para cambiarlo te asquea.

He sentido eso. Es como si llegaras a casa huyendo de la lluvia y tu cobijo no tuviera techo y miraras al horizonte y descubrieras que tu mundo es un lugar sin refugios y que en todas las casas que encuentras se duerme al raso. En ese momento, necesitas una mano tendida y la necesitas ya y todas las hermosas frases que te llegan al móvil donde te dicen que si lo sueñas harás que sea posible hacen crecer en tu interior una rabia descontrolada… Has soñado tanto y te has levantado tan pronto… Has amado tanto y ¿qué has recibido? Necesitas  suerte y la necesitas ahora. Uno de esos enormes golpes de suerte que te cambian la vida y que llegan de forma fácil, porque ni te quedan fuerzas para seguir, ni dinero en los bolsillos como para salir a buscarla…

Si tan sólo durante un rato pudieras despejar tu cabeza para pensar sin tanta angustia podrías empezar a construir algo nuevo, una alternativa, un nuevo comienzo para ti… Un refugio donde imaginar un futuro mejor que te ayudara a soportar este presente que se desmorona… No hay mayor ceguera que la del miedo. Te estruja el pecho para que respires rápido y corto, para que creas que vas a desfallecer. Te comprime las ideas y las acelera, abre la caja de estupideces que tienes herméticamente cerrada para evitar convertirte en un títere… Y te sientes acorralado, cansado, desesperado.

Siempre he pensado que la suerte se fabrica, se construye, aunque a veces esa creencia se tambalea y te golpea en la cara y te quedas con esa mueca triste y perdida. Aunque no te ves capaz porque estás muy cansado y lo que quieres es gritar…

Tal vez, la suerte, esa suerte facilona de los cuentos de hadas y princesas, la de las loterías y las comedias románticas exista sólo fruto del azar y haya personas tocadas por la magia… Quizás también haya varios tipos de magia. La que te llega un día, cuando entre una multitud topas con unos ojos que te calan por dentro y sacuden y agitan, y la magia que dibujas tú. Esa que sucede cuando dejas el camino marcado, decides que no te importa qué digan lo demás y que quieres descubrir por ti mismo hasta dónde puedes llegar. La magia del empeño, de la actitud y de la voluntad. La magia de los que van a contracorriente. Cuando vas a contracorriente encuentras respuestas que otros no encuentran y te haces preguntas que otros no imaginan.

Quizás la suerte es insistencia, impertinencia, osadía, cierta locura para imaginar lo que otros antes no han imaginado o no se han atrevido a soñar. Tal vez sea una fe gigante y conmovedora, una confianza enorme en ti mismo y tu capacidad de maniobrar por la vida corazón en mano y con ganas de tocar tu cielo particular.

Quizás sea tu propia forma de ver la vida y salir en su busca. Quererte lo suficiente como para creer que mereces lo mejor y no para hasta sentirte entero… Creer en ti.

Una solución distinta que antes nadie se ha atrevido a pensar para cambiar las cosas. Unos ojos nuevos con los que ver más allá del dolor y el miedo. Porque quizás ya tenemos mucha suerte y no sabemos darnos cuenta…

Tal vez la suerte sea una excusa a la que aferrarse para empezar, un amuleto en forma de trébol de cuatro hojas, un punto de apoyo desde el que mover el mundo, como Arquímedes. Tal vez, la suerte sea esa confianza en nosotros mismos que necesitamos para convertirnos en fabricantes de oportunidades.