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la rebelión de las palabras


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Rompamos el molde


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Sólo es ahora y nada más. Lo demás no está, no existe. Dejó de tener sentido o todavía no lo tiene. No podemos controlarlo, no controlamos nada… Sólo podemos sentirnos bien, a pesar de los alambres de espino que hemos dibujado en nuestros tobillos y los muros que hemos construido mientras intentábamos encajar en una sociedad hambrienta de verdades a medias que la ayuden a seguir jugando sin romper la baraja…

Sólo tenemos este momento. El anterior es historia y el siguiente es puro misterio. Podría no ser, no dibujarse, no empezar. Hacerse líquido y derramarse, ser arena y escurrirse entre nuestras manos… O ser tan sólido y duro que nos golpeemos contra él buscando un por qué que sólo se descubre cuando te separas de todo y miras dentro de ti.

Sólo nos queda hoy y nos lo perdemos buscando el vestido perfecto y la coartada perfecta para cuando nos miren otros ojos y no nos vean perfectos… Hurgando en nuestro armario repleto de máscaras grises para que las miradas grises no descubran que en realidad somos de colores… Poniéndonos el traje triste para que nuestra felicidad incipiente no ofenda a los que regalaron su voluntad a cambio de una seguridad ficticia… Para que los que han decidido permanecer dormidos no sepan que estamos despiertos y planeamos escaparnos a una realidad paralela que estamos construyendo desde la nada…

Nos queda un suspiro y no queremos gastarlo con aire viciado,  pero nos vemos tan obligados a disimular que llevamos puesta debajo la ropa de personas libres que los ojos nos brillan y cuando hablamos nos salen por la boca palabras preciosas e imposibles de ocultar…

Si tardamos mucho en salir del país de las no maravillas que nos habita por dentro a veces volveremos a usar esos pensamientos viejos y rancios que antes nos hicieron creer que todo era imposible y no había más opción que seguir en la fila… Si no nos vamos ahora por miedo que tengamos y frío que nos digan que hace fuera de este lugar hermético y calculado, los pies se nos convertirán en raíces y nos volverá a entristecer la lluvia como nos entristecía antes cuando no sabíamos de su belleza ni llevábamos todavía el sol a cuestas… Si nos demoramos, nos dejaremos convencer por un montón de almas cándidas y cobardes que nos dirán que no podemos y no merecemos más de lo que nos cabe en la cuchara o en la libreta diminuta que nos dieron para apuntar sueños sin espinas… Si esperamos una hora, un minuto, un segundo, una ola gigante en forma de rutina pegajosa nos devorará las ganas e inundará nuestros sueños con fotografías de objetos prácticos y metas asequibles y nos dejará nadando en mediocridad…

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Si no nos vamos ya, los que siempre tienen respuestas para todo, nos recordarán que nosotros sólo tenemos preguntas y nos convencerán de que es más fácil caminar en línia recta.

No nos dejarán volver a intentarlo porque les asusta que aprendamos a bailar y luego volvamos y contagiemos a todo el mundo y les invada la risa descontrolada y gratuita.

Si nos quedamos, despareceremos y nuestro ahora será nunca y nuestro vacío en el pecho será siempre.

Nunca y siempre… Las dos palabras que más agujerean el alma y desesperan al que busca alternativas y dibuja mundos. 

El pasado es una noche pensando que lo que sueñas no llega. El futuro es un gato que regresa a casa después de pisar mil tejados.. Este momento eres tú mirándote al espejo y descubriendo que lo que te asusta va a hacerte libre… Vamos a hacerlo, saltar la valla imaginaria de nuestros límites y asumir el riesgo de nuestra autenticidad, de nuestra necesidad de sentir.

Vamos a descubrir si más a allá de la monotonía hay un mundo mágico o un acantilado sin ramas a las que sujetarnos para frenar la caída…

Vamos a ser auténticos y dejarnos de excusas para no ser nosotros mismos porque al final de la vida no nos lo perdonaríamos. Asumamos ya lo que somos y amemos tanto nuestras diferencias que ya no nos duela que no nos dejen entrar en el bar de los tristes, los cansados y los que no se atreven… Que no nos importe si nos juzgan y nos señalan con el dedo, que no nos moleste mirarnos al espejo de la vida y ver que no hay nadie más como nosotros… Saltemos del tren si nos está llevando a una decisión que nos aturde… Dejemos la fiesta de la indiferencia y busquemos un lugar donde se celebre con ganas la incertidumbre y se busquen cómplices en lugar de competidores y amigos en lugar de palmeros… Un lugar donde no importe la noche ni el día porque los segundos sean oportunidades por llenar de risa y emociones verdaderas. Donde no asuste lo nuevo, lo desconocido, lo raro y lo que no encaja y donde el final de los libros podamos escribirlo nosotros mismos.  Seamos capaces de ver más allá de nuestras creencias más arraigadas y cuestionarnos lo que jamás pensamos que podríamos cuestionar. Da igual si eso nos hace flojos o absurdos a ojos de los que nunca dudan ni se plantean nada que pueda romper sus dogmas y salpicar a sus dioses diminutos que conducen coches rápidos para llegar a la esquina… Quitémonos el uniforme de guerrero absurdo y dejamos de pelear por batallas que no son nuestras. Lancemos al abismo el insoportable manual sobre cómo vivir vidas anodinas y quitémonos el disfraz de personas normales. 

Nos queda sólo este momento. La vida es ahora. Mañana es nunca. Ayer es siempre. Seamos como realmente deseamos ahora, sin esperar a que la placidez de lo cómodo nos agarre por el cogote y la monotonía se nos pegue a los zapatos. Soltemos el control ficticio de lo que creemos que debemos ser para convertirnos en lo que realmente nos hace vibrar… Seamos nosotros aunque a otros al mirarnos les moleste vernos que reflejamos todas sus deliciosas imperfecciones y se asuste darse cuenta que hemos roto el molde… De que lo que pensaban que no era posible es una realidad

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Llueve


Llueve en mi mundo hoy. Es una lluvia fina que no se cansa de recordar y medir, de observarlo todo con ojos de búho triste, esperando una señal para respirar y descansar… Para que sepa que toca renovarse y sacar al sol los trapos viejos y lavarse la cara, la otra cara… La verdadera cara… 

Llueve con unas ganas lentas, como si quisiera borrarlo todo sin dolor ni aspaviento y sin que te dieras cuenta se hubiera llevado los tatuajes del alma y los momentos de angustia. Llueve bordando cicatrices y bailando sobre los cristales rotos y las muecas amargas que necesitan risas. 

Llueve y me vienen aromas pasado y rutinas que se me incrustaron en el día a día y que en algún momento desaparecieron, nadie sabe cómo ni por qué. Intento recordar cuándo dejé de hacer esto o aquello, cuando dejé de pasar por aquella calle y de visitar aquella tienda en aquella plaza… Y las personas, las que se fueron. Algunas se fueron un día concreto, a golpe seco, como si la vida las barriera. Otras se fueron borrando poco a poco hasta que dejaron de tener sentido en este nuevo pedazo de vida. Lo que hoy nos parece dogma, mañana es recuerdo, es aroma, es nada.

La vida siempre te astilla el sillón cuando te acomodas para que sepas que hay que moverse y levantarse. Para que tengas que dejar de pasar por esa plaza y cambies de caras y tal vez un día como hoy vuelvas a verlas, a rescatarlas y te des cuenta de que no las echabas de menos pero, a tu modo, sigues amándolas.

Llueve hoy en mi mundo cargado de cuentos e historias maravillosas. Las brujas son ahora preciosas y las princesas son más guerreras que nunca… La lluvia fina cae sobre un manto verde, cada vez más verde gracias a la lluvia fina… Porque todo es causa y efecto y  el fin y los medios se mezclan hasta que todo tiene sentido y cobra forma. Llueve para sacar de dentro ese llanto acumulado que te quiebra e irrita la garganta y al mismo tiempo lloras porque llueve y te recuerda que no lloras… No lloras suficiente y por lo tanto no puedes sonreír con ganas. Llorar para darse cuenta de que duele y decidir soltar ese dolor y convertirlo en pasión, en motivo, en magia.

Llueve como si fuera a llover siempre, pero no importa porque la lluvia acumula tanta belleza que podrías acostumbrarte a vivirla y amarla. Llueve a sorbos, a caricias… Llueve lágrimas de plata que se posan en los objetos más cotidianos y lo convierten todo en un escenario posible y ávido de sorpresa… Llueve una lluvia eterna pero no importa porque te das cuenta de que si decides abrazarla y sentirla, la vida sabrá apartarla de ti para que comprendas que no dependes de ella, que no la necesitas. Y entonces, la tendrás siempre, hermosa, abundante, infinita… Lloverá a placer cuando sueñes lluvia, cuando respires lluvia, cuando busques lluvia…

Llueve sin culpa para que suelte mi culpa. Para que me perdone los sueños perdidos y los escalones que no puede subir… Para que me lama las heridas y me acurruque a mí misma. Llueve para que entienda que no hay más errores que el de creer que los errores no son necesarios y anclarse a ellos y llevarlos siempre en las botas… Llueve con afán de borrar recuerdos y desbordar emociones pero con una calma que apenas agita las cortinas y golpea cristales. Llueve lento y agarrado, sin más prisa que la necesidad de soltar lastre, a ritmo de tango y de canción olvidada… A compás de taza de café e historia de amor sin final, sin beso, sin roce, sin más eternidad que el deseo latente y la noche en vela pensando por qué. 

Llueve en mi mundo de caras gastadas y la cabeza estalla buscando almohada y consuelo. No encuentro mar que calme mis pensamientos insistentes y corruptos, husmeo entre la basura de ideas que no saqué ayer ni antes de ayer ni hace un siglo. Me meto en el vertedero de pensamientos angustiosos de toda mi vida buscando algo nuevo sin querer darme cuenta de que todos están viejos, cansados, gastados, rotos, podridos… Que no hay en ellos ninguno que le sirva a esta mujer que ya se mira a la cara y se dice la verdad más cruda porque son todavía pensamientos de niña triste y asustada que no se atreve a nada… Llueven palabras sin tregua y sin boca, sin lecho y sin más destino que ser escuchadas, asumidas y amadas… 

Llueve y la lluvia fina me invita a sacar ese baúl de creencias rancias y putrefactas, me pide que las arrastre hasta el porche de mi vida y las olvide… Que me arranque de una vez por todas los no puedo, los nunca me pasa a mí, los yo no soy de esas personas, los no merezco y los qué dirán de mí… Y que sobre todo, cuando encuentre nuevos pensamientos y creencias, los remueva poco, sólo lo necesario, y los lleve con calma sin hacerlos centrifugar y dar vueltas eternamente…

PUENTE LLUVIA

Llueve en mi mundo para que abra la puerta y saque los fantasmas más antiguos, las culpas rancias, los miedos con cara de amigo, las necesidades inventadas y las noches sin tregua de ansiedad y sábanas heladas. Para que no me quede más remedio que tirar la casa por la ventana y ver la vacía, nueva y maravillosa.

Para que me quede sólo con lo que me alienta… Para que suelte las muletas y confíe en mis piernas… Para que desborde mi alma cansada y repleta de tanto pensar.

No importa si no crees que puedes, a dónde no llegas tú, la vida siempre te hace llegar con un empujón.

Llueve en mi mundo de cartón piedra y es para que se rompa, para que se caiga… Para que tenga que fabricarme uno nuevo con nuevas emociones, para que tenga que sacar los trastos viejos y vaciar los armarios de amarguras. Llueve para que se borre mi guión estructurado y perfecto de todo lo que debe pasar y a mi manual de andar por al vida se le mojen las hojas donde tengo escritas las normas más estrictas… Llueve para que note el agua en mi piel y me sienta tan insegura que tenga que encontrarme las agallas… Llueve para que sepa que puedo cambiar de forma para adaptarme a lluvia y que eso no me hace perder la esencia, el aroma, el alma. Llueve para que me dé cuenta de que lo que necesito ya lo llevo a cuestas y pueda despojarme de cachivaches y artilugios que me tapan la perspectiva… Llueve lento, sin pausa, sin miedo, sin lastre, sin más sentido que el de la propia lluvia y sin más refugio que mi propia alma.

Llueve hoy en mi mundo, es una lluvia maravillosa que se se llevará el lamento y la angustia y me recordará que tengo tanto por hacer y vivir que este baile vale mucho la pena… 


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La insoportable necesidad de ser normal



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Siempre fui la rara. Al principio pensaba que me faltaba algo y luego creí que me sobraba. No sabía por qué pero siempre me sentí distinta, no encajaba. Como ese juego que les ponen a los niños para que desarrollen su capacidad donde hay que meter el círculo en el hueco del círculo y la estrella en el hueco de la estrella… Yo no tenía hueco o no era capaz de encontrarlo… Y mi forma era rara.

Si tuviera que definir mi infancia usaría una palabra, triste. Me sentía rechazada y pequeña, soñaba con no estar o con vivir muy rápido y abandonar ese estado para poder ser adulta. Me sentía vieja, cansada que buscar mi hueco.

Todo era muy complicado y doloroso. Siempre he estado muy conectada a mi cuerpo y lo he somatizado todo. Por eso, era siempre una niña enferma. Perdía el equilibrio y me pasaba días en casa sin poder tenerme en pie… En mi mundo, todo era muy… Cuesta definirlo pero hay una palabra que  me sirve, INTENSO. Cuando hacía frío hacía mucho frío, cuando algo daba miedo, daba mucho miedo… Cuando dolía, era insoportable. Una palabra me partía el alma en dos… Una mirada me rompía el corazón. Todo parecía una aventura complicada, todo era arriesgado y terrible.

En mi mundo, el invierno era la única estación del año. Siempre olía raro y mi nariz parecía loca llevándome de un lugar a otro… Hay lugares en los que no puedo entrar hoy en día porque ni nariz no me da permiso y me estómago se da la vuelta.

Caminaba encogida y siempre a flor de piel. Mi estómago se zarandeaba fácilmente. No paraba de soñar que todo pasaba, que llegaba un día en que era impermeable al mundo y nada me afectaba. Sin embargo, no llegaba nunca. No es que quisiera que fuera todo perfecto, es que necesitaba que fuera todo normal y nunca lo era, no lo fue, no lo es… Todavía hay ocasiones en que me doy cuenta de que freno mis sueños porque me asusta cumplirlos y ser distinta, especial, porque en el fondo, quiero ser NORMAL. Aunque esa no es mi verdadera forma, es la que todavía sueña la niña que llevo dentro y que no soporta que todo costara tanto de conseguir porque la vida le chillaba con un altavoz gigante. Había mucho ruido en mi mundo. El mundo en sí es un amasijo de ruidos insoportable que a veces martillea mi alma. Y no hablo sólo de mis oídos, hablo de mi piel… Siempre he estado buscando un poco de silencio… Y no podía pensar con claridad aunque tampoco dejaba de pensar… Siempre le daba vueltas a los mismos pensamientos. Los pensamientos se pudren, se acumulan, se corrompen. 

Aunque lo más duro era una pena inmensa que me quebraba por dentro. El mundo me dolía, me duele. Me afecta como si fuera mi sangre y mi carne, tal vez lo es … El dolor ajeno y la fealdad del ser humano me golpeaban las sienes. La injusticia me sacudía tanto ya entonces que era como un grito insoportable de algo que quería evitar y no podía… Tal vez por eso me convertí en gladiadora… Así reaccioné yo durante años al dolor inmenso de sentir que el mundo era un lugar sin alma, atacándolo, luchando, guerreando como una bestia para que se diera cuenta de que no podía seguir así, necesitando cambiarlo… Sin aceptarlo ni poder mirarlo porque me sentía apuñalada.

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Si tuviera que definir mi despertar de todo esto, usaría otra palabra, rabia. Una ira descomunal se adueñó de mí y decidí vengarme de este mundo hostil y perverso. Sin embargo, sólo conseguí hacerme daño a mí misma.

Y el mundo seguía sangrando y sangrándome. Daba vueltas sin mí porque yo me ocupaba de darle patadas. Odié tanto al mundo por no ser amable que me odié a mí… O tal vez primero me odié a mí por no ser normal y encajar y eso me hizo odiar al mundo porque no había un rincón en él que me pareciera acogedor y amable. 

Hasta que comprendí que el mundo es un reflejo de mi alma cansada y que todo lo que hay en él tiene un pedazo de mí misma. 

Hasta que no comprendí que no es malo, sino que sufre, como yo. Que no es cruel, es que tiene miedo, como yo… Que mi sensibilidad e intensidad no eran una carga sino una bendición, un privilegio que me permite tomarle el pulso a la vida y saber qué siente el mundo… Un don para encontrar mi lugar. 

¿Habéis mirado a los ojos a alguien que no conocéis y habéis sido capaces de leer su dolor, de notar qué siente y empatizar tanto que te duela? Seguro, alguna vez. Imaginad ahora que pesara casi siempre, que no lo pudierais evitar y que necesitarais salvarle y decirle que lo notas todo… Que su rudeza fuera más ruda en ti y su miedo más intenso y pudieras casi respirarlo…

Pero ¿Cómo salvar al mundo si no puedes salvarte a ti? ¿Cómo amarle si no te amas porque no encajas en él?

Hasta que decidí que no iba a salvarlo, que iba a salvarme a mí y que si era capaz de conocerme y amarme, puesto que formo parte del mundo y me reflejo en él, sería capaz de curar una parte de él…

Todos somos una de las heridas que hay en el mundo, si somos capaces de cicatrizarlas y dejar que curen, estamos cosiendo una de ellas… Somos mundo y lo que sentimos queda dibujado en él y todo cambia. 

Uno de los privilegios de sentir tanto, de sentirlo todo a flor de piel y percibir el mundo con todos los sentidos y alguno más, es descubrirte conectado a la vida y a las personas. Saber que no estás tan solo y que todos somos diferentes, especiales y en el fondo no encajamos, sólo fingimos un poco para poderlo soportar y evitar que nos señalen con el dedo. Aunque, los dedos que nos acusan en realidad son nuestros propios dedos… 

Me pasé media vida escondiéndome y avergonzándome de mí, hasta que un día decidí empezar a usar mi dolor para hacer belleza, para curarme. Hasta que decidí ver mi «defecto» como una virtud y mi vulnerabilidad como una fortaleza.

Lo que separa a un friki de un héroe es la actitud. Yo no soy una heroína pero a veces siento que tengo poderes. Todos los tenemos, pero no los usamos… Porque nos asusta descubrir que brillamos y somos capaces de mucho… Nos asusta la responsabilidad de saber que nuestra vida en realidad depende en gran parte de cómo seamos capaces de surcarla y percibirla.

Por eso me puse a escribir. Empecé a usar las palabras para sacar el dolor, para mitigarlo y decirle al mundo que me salpicaba…

Yo que me había pasado la vida ocultándome, decidí desnudarme para notar la vida del todo y dejar de intentar ser impermeable. 

Y en las palabras encontré el silencio, la burbuja, el lugar donde encajaba y desde el cuál podía pensar y sentir sin temor.

Y ahora doy gracias por no encajar, por no haber encontrado mi hueco y haber tenido que descubrir que mi hueco era yo misma… Y por haber descubierto que en realidad el mundo es un lugar hermoso, para ver su belleza sólo tengo que amarlo y no juzgarlo… Como tuve que hacer conmigo para descubrir mi poder. Esa es la clave, amar lo que eres, seas lo que seas. 

Escribí este texto para una conferencia sobre Personas PAS (Personas Altamente Sensibles)  en la Universidad de Psicología de Oviedo gracias a Jessica Buelga, gran profesional y buena amiga, una persona que siempre te contagia entusiasmo y energía. Gracias a ella, compartimos el pasado día 27 de octubre qué significa sentir y vivir intensamente, reconocer qué te pasa cuando la vida te afecta demasiado y aprender a existir con esa maravillosa carga de ser PAS que en realidad es un privilegio… Todo lo que nos hace enfrentarnos a lo que nos asusta es un don, una oportunidad… Todo lo que nos duele nos enseña a dejar de resistirnos a la vida… Todo lo que nos pone un obstáculo en el camino, en realidad, nos señala el camino… Mil gracias Jessica, mil gracias a las personas que compartieron conmigo ese momento y abrieron su alma para dejar entrar un poco de la mía y mil gracias a Asturias de nuevo… Te siento muy mía, cada vez más.


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Decisiones


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Me preguntó hace unos días mi hija qué creía yo que era ser valiente. Y en ese momento no se me ocurrió más que decirle que ser valiente es tomar decisiones. Primero porque tomarlas, sean correctas o no (yo creo que lo correcto y lo incorrecto no existe), ya supone desencallarse, moverse, poner en marcha el mecanismo… Y el movimiento siempre genera movimiento, sea para adelante o para atrás, casi da igual, lo que importa es recordar que estás vivo, que tienes capacidad para generar cambios, para responsabilizarte de lo que te pasa…  Para generar ese movimiento no hace falta desatar un temporal, a veces, decidir es darse cuenta de algo que no éramos capaces de ver o comprender un por qué. A veces, uno decide con el pensamiento, encontrando su verdad, una verdad que ya no te permite volver atrás y enredarte con otros pensamientos que ya has descubierto que no te hacen bien…

Llevar las riendas asusta. Por eso, a veces, dejamos pasar los días esperando señales que parece que no llegan cuando las tenemos ante la nariz pero fingimos no verlas usando las gafas de la ignorancia. Otras, sencillamente no las podemos ver porque no nos tomamos un instante para atar cabos y notar qué sentimos.

La vida es un poco eso de encontrar los momentos para zarandearlo todo y  también para saber cuándo parar y hacer que el agua deje de estar turbia y se calme, hasta reflejarnos en ella. Si dejamos que se estanque demasiado, se pudre. Si la agitamos siempre, nunca se queda clara y transparente para poder ver el reflejo. En el fondo, ambas actitudes son lo mismo,  cualquier cosa que hacemos desde la desesperación y la incomprensión nos lleva a más de eso que intentamos evitar. Hacer para disimular que no pasa nada. No hacer nada esperando que la solución caiga del cielo. La vida es el equilibrio entre ambas cosas y la conexión con uno mismo para saber cuándo hacer y dejar de hacer. Lo llaman fluir y muy complicado… O no, mi frase seguramente ya lo determina y me impide ver más allá y facilitarme el camino… A mí, me cuesta a veces saber cuándo escuchar y callar, cuando hablar claro y dejarse oír. Y un día descubres que en realidad, a quién tienes que escuchar y hablar claro es a ti mismo. Los demás son tus espejos, tus compañeros de camino… Y si no te escuchas y te conoces, si no te calmas y te activas cuando hace falta, ellos no podrán hacer nada por ti. Últimamente me he dado cuenta de lo mucho que me complicado la vida siempre bajo la premisa de que la vida es complicada… Lo turbia que he visto el agua siempre sin apenas acercarme a mirarla por temor a que estuviera turbia…

La vida no puede ser una excusa para no vivir la vida. La vida es una motivación. La vida eres tú intentando vivirla y equivocándote, aprendiendo de esos errores y volviendo a intentar… ¿Moverse o quedarse quieto? ¿sabes? en el fondo, da igual. Lo que importa de verdad es que hagas lo que hagas sea desde la coherencia y desde el amor por lo que eres y lo que haces. Me he dado cuenta de que la coherencia es paz…

Si te mueves por miedo es como si te quedas  quieto porque crees que no tienes más salidas. Lo que pasa es que nos gusta engañarnos, nos gusta pensar que la vida no nos deja otras opciones porque así no nos queda más que resignarnos y vivir desde la ignorancia y el miedo. Le tomamos apego al dolor, al sacrificio que nadie nos ha pedido, a la amargura de la queja que es tan adictiva como la misma felicidad sin freno… Nos agarramos al dolor porque a veces es lo único que nos queda (eso pensamos) y lo incorporamos a nuestras vidas como si fuera nuestra propia esencia… Nos encanta arrastrar cruces, nos educan para ello, como si todos tuviéramos que cargar una culpa por algo que hicimos… O algo que somos en esencia.

Confundimos el resultado con al camino, creemos que somos nuestros miedos en lugar de nuestros sueños… Y ¿sabes qué pienso? que no somos ni lo uno ni lo otro. Somos el trabajo que hacemos para estar y sentir. Pase lo que pase. Llegue o no el día de la recompensa. Entre o no el balón. Sea del tamaño que sea tu casa, tu coche… Te paguen lo que te paguen por tu trabajo. Trabajes como trabajes. Te digan lo que te digan de tus fotos en Facebook… No eres eso, eres el que decide si deja el agua en calma o la agita a ver qué pasa… Eres el que toma las decisiones de lo que va a ser su vida. El que camina y el que decide parar para echar un vistazo a su vida pasada con ojos nuevos y ver el amor en lugar del dolor.

Da igual si te mueves y caes o si te quedas quieto y pierdes una oportunidad. Lo que cuenta es que te sientas bien contigo. Nada más. Sólo se trata de tomar decisiones pensando en lo que eres y no en lo que deberías ser. Respetar y respetarse. Quitarse esas gafas de la ignorancia que crees que te impiden sufrir pero que en realidad alimentan un dolor innecesario porque te alejan de enfrentarte a lo que eres…  Subir a la cima, no para poner en ella una bandera y dominar el mundo y mostrar lo grande y lo bravo que eres sino para ver qué hay más allá y dibujar el camino para otros que todavía no lo encuentran…

Y decidir. Y si la decisión es equivocada, no pasa nada. Era ese error necesario que te dejará darte cuenta de algo que va a cambiarte la vida… Y darte cuenta de que te la cambias tú, gracias al error, gracias a la decisión… Y si tu decisión es no hacer, que sea de forma consciente, no como consecuencia de postergar tu vida y encerrar tu alma en una jaula.

El otro día me decía alguien  que la gente tiene todo el derecho a quedarse en su “zona de confort”. Me sentí interpelada porque no hay nada más lejos de mi intención, puesto que yo no sé nada, estoy aprendiendo… Si mis palabras hacen sentir así es tal vez porque al leerlas les puede o no hacer darse cuenta de que están dónde no desean. No hay más prisa que la propia necesidad de estar cómodo con uno mismo, lo que a veces te obliga a estar incómodos con la vida y lo que nos rodea… Moverse en sentido contrario al resto o no hacer lo que tu entorno te pide. La gente tiene derecho a hacer lo que ama y vivir la vida que le hace sentir feliz. Y eso, a veces es saltando en paracaídas o sentándose ante la chimenea a leer un libro. Uno puedo salir de la manida “zona de confort” leyendo ese libro si le hace cuestionarse cosas y estar dentro de ella mientras el paracaídas se abre en cielo, todo depende de dónde estén sus miedos y cómo se enfrente a ellos… En la vida hay momentos para todo, Para saltar y para leer. Hay pedazos de vida en los que damos grandes saltos y otros en los que nos quedamos quietos y ambos son útiles y necesarios. Hay que estar en la inacción para sentir, pensar, notar, reflexionar y encontrar respuestas… Debemos hacer lo que sentimos que debemos hacer (hablo de un deber para nosotros mismos, no para el mundo). Lo que pasa es que a menudo, los miedos, que son muy listos y se alían al ego para sobrevivir, nos hacen engañarnos y nos llevan a saltar en paracaídas para mostrarle al mundo lo valientes que somos cuando en realidad lo que realmente nos asusta es leer el libro donde dice que tenemos pendiente una conversación con alguien a quién debemos perdonar… Por ello, cuando optamos por una u otra opción, ambas necesarias, es bueno hablarse claro y saber por qué y para qué lo hacemos. Lo que no afrontamos hoy queda pendiente siempre para mañana y hoy es sólo una bola de nieve mientras que en poco tiempo es todo un iceberg. Lo que realmente importa es no engañarse ni traicionase a uno mismo… Es como cuando uno sabe que debe contestar algo que no va a gustar pero que decir lo contrario sería traicionar su esencia y obligarse a vivir una situación que le degrada… Puede encontrar la forma más digna de hacerlo sin herir, pero sabe que no hay otra respuesta posible. Y puede no responder hoy ni mañana, pero tiene claro que no podrá pasar la vida sin responder. Porque si no lo hace, su vida no será su vida.  A veces nos engañamos a nosotros mismos y fingimos estar bien cuando en realidad estamos cómodos, la comodidad es buena, aunque a veces hay que soltarla para experimentar y saber si queremos volver a ella. La vida es cambio constante. No importa si durante un tiempo no “hacemos nada” para cambiar si ese “no hacer nada” lo sentimos necesario para vivir y sentir y no nos traiciona.

A veces, remover el agua turbia te muestra en realidad tienes que dejarla en calma. Otras veces, que ya es hora de dejar de mirar el agua y obsesionarse. Las oportunidades no se ganan ni se pierden, se crean y se cazan al vuelo. Y no están en la tempestad ni en la calma, están en ti. 


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Tengo un plan


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Tengo un plan.

Dejar de esconderme de mí misma y topar tantas veces conmigo que al final tenga que amarme.

Bucear en mis temores hasta que dejen de ser cotidianos, hasta que parezcan motas de polvo que marchan cuando abres la ventana y entra el aire fresco.

Subir la escalera que lleva al desván donde el tiempo se detiene y el pasado te escupe en la cara. Reírme tanto de mis monstruos que al final parezcan pegatinas en una vieja carpeta olvidada. 

Caminar por la cuerda floja sin sujetarme a nada y convencerme de que no voy a CAER, que no me importe si caigo.

Bailar sin sentirme ridícula.

Dejar de repetirme las mismas ideas y anclarme en los mismos pensamientos agotados. Dejar de buscar en los armarios algo que ponerme para deslumbrar al mundo. Dejar de necesitar deslumbrar al mundo y demostrar nada. Regalar todas mis medallas a quién crea que necesita medallas y a quién las merezca más que yo… 

Soltar todas mis necesidades juntas y pasar un rato siendo yo sin pretensiones. Sin esperar nada. Sin soñar nada concreto que tenga que atarme a una lista de cosas por hacer que no van conmigo, con mi yo de verdad, ese que tal vez ahora tiene ganas de parar un rato y mirar las nubes.

Por qué quizás ahora no quiera tener éxito. Porque tal vez tener éxito sea quedarse quieto y notar que vives … Sentir cosquillas cuando sale el sol y que la lluvia te erice la piel y te haga sentir nueva.

Observar sin perderme detalle de cada pequeño cambio. Respirar hondo y sentirme entera sin buscar a nadie.

Bajar a la calle y encontrarme a mí misma en una esquina aguardando un destino y darme cuenta de que pierdo el tiempo esperando que el mundo me responda y que todo lo que anhelo ya está en mí.

Decir que sí, incluso aunque no me apetezca, porque siempre digo que no y me pierdo la fiesta.

Decir que no, para darme cuenta de que no pasa nada, de que puedo equivocarme y permitirme fallar tanto que no recuerde qué está bien y que está mal. Que me de cuenta de que no hay bien o mal…

Comprender que otros se equivocan como yo y sentir que en el fondo no importa.

Reírme de todo lo que merezca risa. Llorar para arrancarme de dentro la noche inventada en mis días más oscuros. Vacilar hasta caer, perder el equilibrio para encontrar mi centro, mi sentido, mi latido oculto en una masa cubierta de corazas y escudos.

Morderme la cola para poder finalmente comprender que aquí la única que se hace daño soy yo cuando me privo de la vida.

Escribir en las paredes de mi cárcel frases llenas de esperanza para que cuando lleguen otros a la misma celda sepan que es posible salir porque los barrotes son imaginarios. Porque el encierro que viven es una imagen exacta al bloqueo que viven en su interior. Para que noten que el árbol que ven desde su ventana es un árbol dibujado en su mente y que no pasa nada porque no hay camino recto que lleve a ti.

Tengo un plan.

Dejar de comprar lo que brilla para sentirme brillante. Dejar de vender lo que hago para compartir lo que soy… Dejar de creer que necesito hacer algo para merecer. Dejar de competir conmigo y pedirme cada día más y más… 

Soltar, soltar sin parar. No retener nada más por si se acumula, porque si luego falta, siempre llega… Porque se queda dentro y te horada el alma…

Y no volver a pensar que debo, que tengo que, que necesito nada… Voy a pensar que que SOY, que EXISTO y SIENTO y voy a dar GRACIAS.

Ver que llueve. Notar qué pasa. Sentir que vuelve. Dejar de sujetarme y permitir que venga, que pase, que llegue… Dejarle hueco a la sorpresa. Dejarle tanto espacio libre a lo que vendrá sin saber que es que el futuro deje de preocuparme y sólo exista el PRESENTE.  Un presente eterno que no vive atado a una expectativa, a un sueño por realizar sino a las GANAS de SER.

Vivir confiando que todo es como debe, como toca, como es necesario que sea.

Comprender que todo tiene sentido, aunque no lo entienda ahora, aunque no lo vea…

Tener la certeza absoluta de que la incertidumbre me acompañará siempre.

Saber que sea cual sea la pregunta, la respuesta es amarse.

Tengo un plan… 

Dejar los planes. Dedicarme a existir a consciencia. Hacer lo que amo y amar lo que hago. Ser sin esperar… Sin desesperar, sin medir, sin necesitar. Conectar conmigo… Conectar con el mundo sin aferrarme a él ni a nada. Para poder dejar de buscar a ratos para dedicarme a encontrar. Para ser capaz de comprender los mensajes que recibo y usar la intuición que me niego… Ir a la deriva y confiar en el mar… Ser el barco, el náufrago y el destino. Dejar de preocuparme por lo que vendrá, por lo que sueño que pase, por lo que pasará y creer que lo mejor está por llegar. Que no me quepa duda de que lo que viene ahora es MAGIA. 

Tengo un plan. Vivir…


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No puedo con todo y no hace falta


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No puedo con todo… No hace falta. Voy a fallar y no llegaré. No me disculpo, aviso.

Soy un ser humano… Ya sé que nada es imposible, lo creo. Es que no todo tiene porque pasar ahora, ni hoy mismo, y no tengo porque hacerlo yo. Mi confianza en mí no puede verse amenazada por una cuota o una cifra de aciertos,  tengo derecho a fallar y caer, a tropezar y volver atrás y estar un rato dando vueltas alrededor de la misma piedra… Me siento todopoderosa porque sé que en mí hay mucho potencial, que puedo crecer mucho y aprender… Que puedo con todo, pero no necesito demostrarlo cada día, a cada instante, que no es una obligación sino una elección, que no siempre va a ser como deseo sino como es y eso hace que sea todavía mejor….

No voy a salvar al mundo, lo siento. Voy a salvarme a mí misma. En ello ando, pero no prometo resultados, prometo intención, ganas, actitud y perseverancia…

Prometo querer ser maravillosa y dejar de intentar ser perfecta.

Prometo todo eso mientras note que eso me pertenece, que me define, que me hace sentir bien y crecer… Si noto que me coarta, me limita, me hace angustiar y empezar a medirme con otros, lo dejo.

Prometo serme fiel y no traicionarme. Y eso, lo lamento, tal vez implique deciros que no y dejar de hacer cosas que hacía como una autómata, sin pensar si deseaba hacerlas, por un sentido del deber que me inculcaron a fuego y que arde en mí como una necesidad que me quema.

No puedo con todas esas obligaciones cada día… Con llevar todo mi mundo contenido en la cabeza y controlarlo todo para que nada falle… 

No puedo hacerlo todo bien, porque necesito flotar y no floto, necesito soltar lastre porque si no lo suelto, me soltaré a mí y me soy necesaria….

No puedo arrastrar más las necesidades de otros y sus prejuicios, no puedo llevar sobre mi espalda sus «no puedo solo», «tú lo haces mejor» o «es que tú siempre sabes cómo»… No más, no es bueno para mí ni para ellos porque necesitan aprender, asumir sus vidas y responsabilidades, sus errores y su forma de afrontar la vida… Seguir así es negarles su poder, es permitir que no vivan plenamente y recortarme mi vida viviendo la suya… Llamadme egoísta por ello si no os parece bien, no pienso vivir a vuestro modo y me resisto a ver la vida a través de un embudo.  

No puedo con todo y no pasa nada. Vosotros tampoco podéis y no pasa nada. No os juzguéis,  porque sois como sois y eso es fantástico, igual que yo. Juzgar a otros, a uno mismo, a la vida es una de las grandes fugas de energía… Se nos va la vida intentando cambiar la vida, lo que nos rodea y mejorar el mundo… El mundo solo se cambia si cambiamos nosotros, desde dentro… Cambia para nosotros porque lo miramos de otra forma y vemos un camino que hasta hoy estaba oculto esperando que nos pusiéramos las gafas de las mil y una posibilidades y no las de la desesperanza… Perdemos fuelle intentando cambiar las circunstancias y las personas en lugar de mirarnos con amor a nosotros y decidir que ya somos perfectos con toda nuestra deliciosa imperfección… En lugar de pensar que lo que pasa es un paso necesario para crecer y que tiene una reverso positivo… Nos quedamos gastados intentando vencer a un dragón que sólo necesita que dejamos de mirarlo para desaparecer…

Y no puedo vencer  a más dragones, paso. 

La vida es corta y no quiero perder tiempo librando batallas que no son mis batallas ni ganando guerras que sólo existen en mi cabeza cansada de inventar excusas para no vivir…

No es tiempo de luchar, es tiempo de actuar desde la calma absoluta porque confiamos en nosotros mismos y nos sentimos respaldados por nuestra capacidad de evolucionar…

No puedo porque tengo la sensación de que cuánto más me exijo poder, más lejos estoy de ello… Por tanto suelto mi necesidad de poder… 

Cedo… Cedo mis ganas inmundas de ganar y competir conmigo para dejarme aire y respirar, para notar que fallo y no pasa nada. Para sentir que pierdo y que perder sin reprocharme es maravilloso… Perder sin sentir que pierdes porque sabes que la pérdida es aprendizaje.

No llego y no pasa nada porque no me aferro a ningún resultado, no los necesito. Confío en mí y no necesito medallas ni pruebas. No necesito demostrar ni demostrarme nada… No compito, comparto. No mido, me expando a la vida…

No llego… Lo digo en serio… Y tal vez tú tampoco y no eres menos que nadie. Eres genial, esférico, eterno, maravilloso… No llegas porque no te toca llegar porque la vida te pide que no llegues y aprendas que no necesitas un premio, una garantía, un recibo que lo demuestre, un diploma que acredite nada… El galardón es tu tenacidad y la fuerza que notas en ti mientras deseas e intentas… El poder que has descubierto en tu interior y el rato que has pasado compartiendo con otras personas esta experiencia…

No llegas y no te importa… Porque has descubierto que no se traga de llegar sino de caminar hacia donde quieres llegar y entretenerte a descubrir ese camino…

No puedo con todo y me alegro. Estoy harta de creer que sí y regañarme porque al final no siempre es cierto. De mirarme con rabia porque me fallo, de intuir miradas de recelo de otros que en realidad son una proyección de la mía…

No llego y ¿sabes qué? El mero hecho de asumir que si lo intento con todo mi ser no pasa nada si no llego, ya me hace sentir bien… Y además… Puesto que no tengo que rendir cuentas, veo más fácil llegar… No, tal vez no hoy, pero no pasa nada… Llegaré, lo sé. Mientras, me relajo y disfruto de la vida y atesoro pequeños logros y aciertos… Miro mis desatinos como lecciones y me río, me río mucho de cuánto tropiezo y lo divertida que soy cuando me pongo irónica y estoy asustada…

No llego, no hace falta. A veces, la vida es no llegar porque así aprendes que antes de la meta hay un atajo delicioso u otra posibilidad maravillosa para tomar otro camino. Y si te obsesionas con cruzar la línea, no lo ves.

No puedo con todo siempre y asumirlo me hace feliz porque me calma y apacigua el alma…. Porque sé que es el paso necesario para poder… Pero sin lastres, sin obsesiones, sin más obligación que vivir.


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Humildemente…


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Estamos tan acostumbrados a escondernos por miedo, que a veces, al tomar decisiones no sabes si lo hace tu yo valiente o tu yo asustado…

No sabes si te pasas preparándote porque estás preocupado por la consecuencias y el qué dirán o realmente respondes a tu intuición que te dice que no te metas en según que embrollo.

El miedo te atrofia tanto las ganas y la capacidad de ser tú,  que cuando decides mostrarte y comerte el mundo sin pensar qué dirán, a veces te pasas de osado…

Y yo defiendo la osadía, siempre… Casi siempre… Lo que pasa es que a veces la línea entre amarte y decirle al mundo “esta soy yo, valgo tanto como cualquiera” o “esta soy yo, más chula que nadie” es delgada… En ocasiones incluso, puede parecer que estás diciendo lo segundo cuando en realidad es lo primero. Por eso las formas y los gestos son importantes… Abrazar la humildad de que vales mucho, tanto como quieras o decidas que estás dispuesto a conseguir, pero saber que eso no te hace mejor que nadie.

No eres mejor que el que sólo sueña o pasa la vida arañando sueños ajenos.

Ni que el que no se atreve.

No sabemos qué hay en cada corazón como para juzgarlo.

A veces, yendo por el mundo (mi mundo, porque uno siempre viaja por su mundo aunque llegue a las antípodas, ya que lo vemos a través de nuestros ojos y experiencia) he visto personas que sonríen y llevan a cuestas historias muy amargas. Y personas muy tristes que no han sabido aún vivir esa tristeza sin que les desborde y acabe ahogando. No somos mejores… No sabemos qué haríamos si lleváramos sus camisas o nos metiéramos en sus vidas un rato… No sabemos si alguien les enseñó alguna vez a quererse y no han podido encontrar la forma de darse cuenta… No sabemos si sus miedos son aún más grandes que sus sueños… No conocemos sus fantasmas ni sus rituales diarios para hacerlos desaparecer…

Criticamos a otros porque topan con un muro cuando nosotros nos encerramos entre la paredes del resentimiento.

Juzgamos al que no puede ver que al que no sabe escuchar o al que ni siquiera lo intenta. Juzgamos, criticamos, siempre… Sin parar, como si lanzar la rabia acumulada nos librara de nuestra amargura. Y no somos nadie para decidir qué son o qué merecen… Ya tenemos suficiente descubriéndonos a nosotros mismos como para meternos en sus vidas y gestionarlas. Si a veces, nos quedamos paralizados porque no creemos merecer nada bueno o no nos amamos lo suficiente… ¿Qué lecciones vamos a dar?

Miramos al mundo con nuestros ojos olvidando que nuestros sentidos nos engañan. Que hay mil realidades en cada gota de agua, mil historias en cada lágrima o pensamiento.

Nosotros también fuimos educados para mirar así. Juzgamos sin medir, sin saber, sin comprender… Condenamos en los demás aquello que hay en nosotros, aquello en lo que nos asusta convertirnos… Como si señalando con el dedo hiciéramos una ceremonia para alejarlo, cuando es justo todo lo contrario… Sólo constatamos que nos asusta y nos precipitamos hacia ello si no somos capaces de reconocerlo y dejar de mirar hacia otro lado en lugar de poner la vista en nosotros.

Nos dijeron lo que era justo y usamos esa vara de medir para todo… Y hay otras. Algunas nos parecerán injustas, otras tal vez no las lleguemos a conocer porque no abrimos la mente…

Todos tenemos derecho a ir a contracorriente y defender nuestros puntos de vista. Nadie debe parecerse a nadie, no es saludable y no aporta nada.

Es maravilloso tener las ideas claras y la esencia intacta. Es genial vivir en coherencia con tus valores y forma de ver la vida… Mata más personas la incoherencia que el colesterol… Aunque seguro que de alguna forma están relacionados, la vida a veces es ironía pura y nuestro cuerpo se va esculpiendo en base a lo que hacemos y sentimos.

Sin embargo, ser coherentes con nosotros mismos, no implica que otros que no hacen lo que nosotros pensamos que está bien, sean incoherentes… Significa que tienen otro mundo, otra forma de ver…

Tal vez no hacen bien, hacen daño… Tal vez nos lo hacen a nosotros y tenemos el derecho a decir que no y el deber humano de no permitirlo. Y después de eso, la sana opción de disculpar y entender que tal vez no saben más, no entienden… Y no hacerlo como perdonando desde un pedestal a un ser inferior sino desde la convicción de que no todos nacemos desde la misma posición de salida y muchos no pueden adelantar hasta donde se les permite ver con claridad…

O tal vez seamos nosotros los equivocados, los que no vemos.

Es saludable pensar de vez en cuando que quizás nos equivocamos y poner en revisión lo que pensamos que es sólido, porque la vida da muchas vueltas y cada vez la realidad es más líquida y cambiante…

No ha de darnos miedo cuestionar nuestros dogmas. Es la única forma de ponernos y ponerlos a prueba y descubrir que son verdaderamente nuestros… Vivimos con tantas creencias prestadas que nos limitan que a veces morimos por defender algo que ni tan solo nos hemos preguntado si es cierto y no creemos.

¿Cuántas personas enferman por trabajar tanto para otros que ni siquiera saben agradecer porque creen que parar y descansar un poco les hace parecer débiles, poco eficientes, irresponsables?

Y eso es porque les han educado para sufrir y necesitar ser perfectos. Cuando hacer lo mismo pero con la moderación necesaria y poniendo pasión en lugar de sufrimiento les llevaría a estar más sanos y sentirse más realizados…

¿Cuántas personas se quedan por el camino dándolo todo por el sueño de otros?

Vamos heredando de generación en generación esas creencias, de padres a hijos, os rodean, nos invaden, nos muestran el mundo desde una mirilla, desde un embudo, desde la visión de un túnel que sólo ve el final y deja aparte la visión del camino…

Hay muchas formas de llegar y no solo la nuestra es válida.

Hay muchas formas de mirar al mundo que no son con nuestros ojos ni prejuicios.

Si de vez en cuando, al tomar decisiones o hacer juicios podemos hacernos preguntas e indagar el por qué sin actuar como autómatas, tal vez descubramos que hay mucho por aprender y mucho en nosotros que no es nuestro…

Tal vez no sea malo ni bueno, eso son parámetros primitivos aún por desarrollar. Preguntarnos si decidimos desde el amor a nosotros mismo o la vida o desde el miedo a qué pasará si lo hacemos de otra forma…

Lo que realmente importa es descubrir si nos define o si nos hace sentir bien. Si va con nosotros. Si es lo que queremos transmitir… Si se ajusta a nuestro modelo de vida…

Y arrancar lo que no nos resuena dentro para poder mirar al mundo con los ojos desnudos y descubrir cosas nuevas…

Y tal vez el que está a nuestro lado con cara triste pueda hacer lo mismo o sepamos verle de otra forma y encontrar los matices que le hacen único…

Desde el respeto que se merece… Con la humildad que nos hace grandes… Seamos capaces de comprender que en este mundo hay otros mundos que no son el nuestro…