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la rebelión de las palabras


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Nadie consigue una vida nueva sin renunciar a su vida vieja


 

 

Nos venden cualquier cosa. Sólo hace falta que sintamos un poco de angustia en el pecho, un poco de hambre de algo que no se sacia comiendo… Y picamos. Y no me refiero solo a sacar la tarjeta de crédito que todo lo aguanta o eso parece, hablo de comprar ideas, pensamientos, cuentos tristes, historias pegadizas, historias en las que parece que no eres nada ni nadie si no tienes, si no pareces, si no te traicionas a ti mismo.
Estás tan cansado de no saber a dónde vas que compras el destino de otro, el sueño de otro, la vida de otro si parece una vida o al menos desde fuera tiene mejor pinta que la tuya. Sólo hace falta mirar en las redes sociales, te venden ser escritor sin haber escrito una palabra en tu vida (tampoco pasa nada por no haberlo hecho), solucionar tus problemas de dinero en una tarde, acabar con tus ojeras en una semana… Te venden reducir la grasa en dos semanas, sentirte un dios al volante de un coche en cero coma, noches de descanso en cápsulas, historias de amor vía app para ligar con desconocidos… 


Compramos amor fácil que no es amor sino dependencia… Amistad que no es amistad sino conveniencia. Talento que no talento sino apariencia… Nos venden cualquier cosa, haga falta o no, porque tenemos miedo a vivir desnudos y sentirnos vulnerables. Porque nos sentimos tan incapaces de encontrar lo que realmente buscamos que pensamos con el último modelo de algo pareceremos mejores. Nos venden cualquier cosa porque nos comparamos y somos tan crueles con nosotros mismos que siempre salimos perdiendo al contemplarnos… Nos venden cualquier cosa, da igual que sea humo y huela a humo, mientras venga envuelta en papel brillante y nos la recomiende una persona hermosa en un anuncio… Alguien que parece que tiene esa vida que amas, que buscas, que deseas.
Sin embargo, nadie cambia de vida sin haber asumido antes la actual. Sin sentir todos y cada uno de sus miedos y emociones enquistadas, sin ver de dónde vienen todas sus decisiones y gestos, sus creencias más arraigadas y limitantes, sin haberse perdonado por todos y cada uno de sus errores y descubrir que tal vez fueron necesarios.
Nadie cambia de vida usurpando una vida ajena ni fingiendo, ni gastándose todo el dinero que tenga para fabricar otra.
Nadie cambia de vida por escribir una frase positiva vacía en un post-it y leerlo mil veces. No es que eso sea malo o bueno, es que para llenar tu vida de algo nuevo, primero hay que vaciarla y sacar la basura, pasar revista, ver qué llevas dentro almacenado, en qué estás creyendo que te destruye y limita…
Nadie consigue una vida nueva sin comprender y soltar su vida vieja. Sin aceptarla y abrazarla. Sin surcar dentro de sí mismo y airear lo que le asusta y avergüenza… Sin notar toda la culpa acumulada que se colgó encima y soltarla…

Nadie cambia de vida sin renunciar a la forma de vida que le llevó al callejón sin salida en que se encuentra y los pensamientos que les hicieron esclavo.

La vida nueva nos cuesta la vida vieja y hay que estar dispuesto a ello para poder empezar.

Acumulamos tanto dolor y tanta angustia que compramos lo fácil. Cambios de vida de fin de semana, coches que impactan, cremas que reducen arrugas, fatigas, grasas acumuladas… Y no es que eso sea negativo, el problema es que lo usamos para tapar otras cosas. No hay nada de malo en darse un lujo ni permitirse lo mejor, porque lo merecemos, el problema es ponerse la crema pensando que cuando acabes el tarro serás mejor y te amarás más. Pensando que sin arrugas y con un mejor coche serás más digno o digna de amor. Cuando, en realidad, tu valoración sobre ti mismo tiene que estar siempre fuera de duda y nunca pendiente de lo que pareces o consumes.

Estamos tan asustados por no “ser comprables” por otros, por no ser dignos de amor, respeto, atención, por quedarnos solos e indefensos que compramos cualquier fórmula mágica para seguir pareciendo apetecibles. Y a veces, lo que compramos no está mal, pero como complemento, no como motor de nuestro cambio ni origen de nada… No sin ir acompañado de un proceso interior de valoración, amabilidad contigo mismo y respeto… No sin reconocernos y aceptarnos. Compramos para calmar el miedo, pero no nos damos cuenta de que compramos más miedo, porque lo que buscamos no está en un tiendo, ni en súper, ni en una página web, sino muy dentro de nosotros. Compramos algo que parece que mitigará el dolor de no sentirnos suficiente para este mundo que no para de moverse y girar y que cada día exige lo último de lo último sin importar quién se queda en el camino. Sin embargo, nada de eso sirve porque su efecto no dura, porque siempre hay algo mejor, más brillante, más caro, más nuevo y siempre necesitas más para calmar el dolor de no saber quién eres. 

Compramos historias tristes y finales catastróficos porque nos valoramos tan poco que no nos sentimos capaces de creer en nosotros mismos… Porque no confiamos en nosotros ni en la vida. A veces, compramos miedo envuelto, embotellado, a la carta, en directo, a todas horas… Y otras veces compramos un positivismo facilón, sin sustancia, sin un trabajo e fondo ni una aceptación de la realidad previa, que hacen que sea humo, vacío… Que lo convierten en más miedo maquillado en forma de frase bonita y pegajosa que te sigue esclavizando todavía más porque te llega a hacer creer que si dejas de sonreír y mirarlo todo de color rosa la vida te dará un hachazo descomunal por haber fallado… Eso es exactamente lo mismo que comprar miedo pero con otro perfume… 

Porque para encontrar la paz que buscas no necesitas comprar nada, sólo la maravillosa idea de lo mucho que vales y el amor que te mereces… Para estar bien no necesitas parches, necesitas encontrarte y compartir y, si hace falta, dejarte acompañar en el proceso. 

Y luego, cuando te amas y reconoces, compras lo que quieras. No desde el miedo, sino desde el amor que te tienes a ti y a otros. Compras porque mereces, porque te apetece, porque las pequeñas motivaciones externas nos ayudan a seguir cuando por dentro estamos verdaderamente motivados.

Cuando ya te sientes bien, contigo, por dentro, sin fisuras, no compras lo mismo. No necesitas parecer ni aparentar. No buscas maquillar nada porque tu desnudez no te asusta. Compras lo bueno porque lo mereces. Ni finales felices edulcorados y sin sentido ni finales catastróficos que nunca van a suceder. Vives consciente de que vives y respiras. 

A veces, si miras lo que compras cuando estás desesperado, puedes darte cuenta de lo que tú no te das, de lo que te niegas, de lo mucho que te descuidas y lo mucho que te necesitas.

Podemos comprar lo que queramos, pero es importante tener claro que nada de eso nos hace mejores. Nada llena vacíos interiores ni nos convierte en alguien que no somos. Sólo nosotros podemos darnos lo que realmente necesitamos. Mientras no hagamos eso, todo lo demás es un parche… Comprar miedo no calma el miedo. 

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

 

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Todos hablamos de cambio, pero esperamos que cambien los demás…


Se habla mucho de talento, de aportar y servir a los demás, de liderazgo y de nuestras habilidades blandas. Se habla de inteligencia emocional, de trabajo en equipo y de empatía.

Cuando digo “se habla” también me refiero a mí, porque me dedico a acompañar a las personas y organizaciones para desarrollar estas habilidades. Sin embargo, tengo la desagradable sensación de que esta sociedad todavía no se lo cree. Lo comenta con avidez, pero espera que lo haga otro, lo desea pero sigue aferrada al esquema antiguo, a la absurda creencia de ir “a lo seguro y no hacer ruido” (como si la incertidumbre no nos hubiera demostrado ya que vino a quedarse) y diluirse en el grupo esperando que no les toque a ellos dar la cara.

No, no nos lo creemos (uso el plural por cortesía, pero no me siento incluida, aunque a veces cuando el cansancio me vence, cedo y me dejo arrastrar, lo admito). Hablamos de aprender a escuchar, pero no lo hacemos. Se nos llena la boca de empatizar pero no nos ponemos nunca en la piel de otro y nos perdemos el gran aprendizaje de compartir. Damos lecciones de cómo gestionar emociones pero luego nos llevamos a casa la rabia acumulada por un problema en el trabajo y culpamos al compañero de nuestra falta de iniciativa y de confianza en nosotros mismos.

De liderazgo hablamos mucho, mucho. No hemos comprendido que no tenemos que esperar al líder, tenemos que ser el líder de nuestra vida. Aunque estemos en lo que podríamos definir como “el último peldaño de la empresa” (todo trabajo aporta e importa) somos valiosos y podemos llevar el timón de nuestra carrera profesional. Nosotros decidimos si hacemos nuestro trabajo de forma excelente o pasable. Sin listones demasiado altos, sin desgaste, sin tener que dejarse la piel porque no somos esclavos, pero con ganas, aprovechando la oportunidad para aportar y poner nuestro valor en lo que hacemos.

Buscamos un guía y luego le criticamos, le ponemos la zancadilla y esperamos que caiga porque en el fondo pensamos que si fracasa eso nos permitirá quedarnos quietos y no pasar tanto miedo. Queremos liderar y no paramos de compararnos con otros en una espiral sin sentido, puesto que nadie es igual que nadie y cada ser humano tiene cosas para aportar. ¿Cómo vamos a liderar nuestras vidas si no nos conocemos ni aceptamos? ¿Cómo vamos a liderar nuestras vidas si no aceptamos a los demás y nos pasamos los días intentando que cambien y sean como nosotros hemos decidido que deben ser? ¿Cómo vamos a liderar nuestras vidas si estamos esperando a que las circunstancias cambien para cambiar nosotros?

Hablamos de innovar, de cambio, de nuevos tiempos (hablábamos de nuevos tiempos ya hace años) pero seguimos valorando el presentismo en la empresa, el tener más horas las posaderas en la silla y aparentar que hacemos, el presentar un informe del informe, el hacer una reunión inútil sin tomar decisiones ni conllevar consecuencias. Hablamos de flexibilidad y la aplicamos con la máxima rigidez…

Sí, también hablamos de felicidad y bienestar en las empresas. Es posible, hay grandes ejemplos… Sin embargo eso no pasa sólo por pagar una formación a los empleados para que se conozcan y aprendan a comunicar, pasa por transformar la organización de arriba abajo y pensar en las personas, enfocarse a producir “con alma” y a veces, convertir los medios en fines. Pasa por abrir la mente y plantearse que tal vez hemos vivido implantando esquemas rancios y rígidos, cuestionarse todo a ver qué queda de lo que pensábamos que era inamovible y qué nos motiva… Pasa por construir un ambiente motivante y permitir que tu equipo se motive solo, dejarle margen, dejar que se exprese, que haga mover su talento y sus ganas… Hablamos de teletrabajo pero seguimos sin confiar, sin respetar los tiempos, sin valorar lo que se hace en casa y el esfuerzo que están llevando a cabo muchas personas para salir adelante.

Hablamos de una nueva forma de hacer las cosas pero el discurso está vacío, es fachada, maquillaje, postureo, apariencia… Porque seguimos mostrando el yugo a los que dependen de nosotros, seguimos usando el miedo porque hace tiempo que hemos hecho que nos pierdan el respeto por cómo les tratamos… Hablamos mal de la empresa en la que trabajamos y esperamos luego que funcione, queremos sentirnos cómodos en ella cuando cada día la enmarañamos con nuestro mal humor y pocas ganas de seguir, sin cuidar las formas, ni los espacios, ni a los que nos acompañan.

Hablamos de cambio sin querer cambiar esperando a que la iniciativa la lleve otro y nos haga el camino, así si si luego sale mal podremos criticar y culpar y no nos sentiremos responsables de nada, porque la responsabilidad y el compromiso asustan.

Se habla de personas y de equipo pero no se les pregunta, no se les escucha, no se les conoce, no se invierte el tiempo sabiendo qué le motiva y qué le interesa. Se dice que eso es “perder el tiempo” cuando luego se malgasta en reuniones absurdas y se repiten las cosas una y otra vez porque no se le encargan a la persona adecuada porque no se conocen las habilidades de cada uno ni su potencial.

Hablamos de marca personal y nos perdemos en el “y tú más” cuando no somos capaces de listar en voz alta nuestras fortalezas ni debilidades, nuestras metas, nuestras habilidades, nuestras inquietudes…

Se habla mucho y es necesario ( hay grandes profesionales inspirando en ello) pero ha llegado el momento de actuar, de ponerlo en marcha aunque cueste, aunque suponga una revolución, aunque se levante ampollas, aunque suponga repensarlo todo de nuevo… Y hay que hacerlo con amabilidad, con palabras, con asertividad, con humildad, con todas las ganas de aportar y salir fortalecidos. Este es el momento porque si no lo hacemos, el barco se hunde.

Se habla mucho de todo, pero hay pocos que se lo crean y hagan cambios reales y no estéticos. Pocos que estén dispuestos a ver cómo el suelo se tambalea más para encontrar al final algo firme y construido a partir de nuevas formas de trabajar… Pocos dispuestos a ser el primero pero ponerse el último de vez en cuando para acompañar.

Se habla de cambio, pero en el fondo, nadie quiere cambiar porque asusta, porque el camino es complicado, porque es incierto… Porque esperamos a que cambien los demás y nos allanen el camino y nos cuenten los trucos y las trampas que hay en él, pero la experiencia del cambio es individual y colectiva al mismo tiempo y nadie la puede vivir por nosotros.

Pensamos que si no nos movemos estamos a salvo, pero no nos hemos dado cuenta de que en realidad todo se mueve y la única forma de seguir adelante es ponerse en marcha. 

 

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Nos esperes a que los demás te digan que sí, dítelo tú mismo


Esperar oculto bajo la escalera o en un armario a ver si te encuentran mientras juegas al escondite. ¿Lo recuerdas de cuando eras niño? Aguardar esos minutos en silencio con el corazón desbocado, con esa emoción intensa en la garganta de puras ganas de gritar de ilusión, la respiración entrecortada por no soportar más el suspense… No hay fármaco que consiga el subidón sin efectos secundarios de esos momentos, esas emociones, esas risas… No lo hay. No hay pastilla que iguale el amasijo de emociones de una primera cita o el de consultar una lista definitiva y ver que estás dentro, que te han dicho que sí, que lo has conseguido.

Necesitamos pertenecer, formar parte de algo, estar en el grupo porque pensamos que si no, moriremos y nos quedaremos solos. Que nada de lo que hagamos tendrá sentido y nadie nos recordará cuando ya no estemos. Nos sentimos tan solos estando con nosotros mismos que pagamos cualquier precio a veces por estar con otros, por ser aceptamos y formar parte de la tribu. Por sentir que alguien nos cubre la espalda, aunque a veces sea para apuñalarla y saber que tendremos con quién compartir nuestros problemas, aunque en ocasiones no nos escuchen. Nos moldeamos para encajar en el molde, para parecer como los demás, tener el mismo aspecto, emanar el mismo aroma, cobijar los mismos sueños y los mismos miedos… Ser otros para ser aceptamos y vivir una vida aceptable. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a soportar vivir en apariencia para que no nos rechacen? tragar opiniones, disimular emociones, esconder talentos que puedan molestar a otros… No brillar demasiado para no destacar y ofender, pero siendo siempre útiles para no parecer innecesarios. 

Y aguantamos mucho tiempo hasta no poder más. Hasta que el subidón de pertenecer a la tribu no compensa y el dolor inmenso de traicionarnos pasa factura. Hasta que la incoherencia nos asfixia y empezamos a decir no. Les miramos y les culpamos a ellos porque “todo lo que nos han hecho hacer hasta ahora” porque no hemos sido libres para poder ser aceptados por ellos. Aunque, en realidad, la responsabilidad (que no la culpa) es nuestra por habernos empequeñecido, por haber reducido nuestros sueños y deseos a los suyos, por haber pensado que no éramos buenos ni suficiente tal como éramos y teníamos que mostrar al mundo una versión distinta que pudieran amar… Los primeros en juzgarnos insuficientes e inaceptables fuimos nosotros porque no sabíamos más. Porque nadie nos dijo que éramos perfectos tal y como éramos, porque no habíamos aprendido a amarnos ni reconocer nuestro gran valor. Porque pensábamos que la vida era el subidón cuando en realidad la felicidad era la calma tras la coherencia, tras el reconocimiento propio, tras ver que no tenemos que competir sino compartir lo que realmente somos y que el amor que buscamos está en nosotros y siempre ha estado ahí. Sin ese amor, no queda nada. Sin ese amor no hay huella ni recuerdo, no hay aroma. Sin ese amor, no hay amor. 

Pasamos por la vida esperando que cuando no estemos alguien nos recuerde, alguien sepa que nos esforzamos para ser mejores, para llegar más lejos y más alto, para impresionar y demostrar lo que somos. Queremos que sepan quiénes fuimos y a dónde pertenecimos. Que fuimos amados y aceptamos, que fuimos miembros dignos de nuestra tribu y nuestra casta, que nos respetaron y aplaudieron. Nos llenamos de medallas, galardones, títulos, insignias, curriculums, recomendaciones y todo lo que pensemos que nos sirve para mostrar que somos útiles y valiosos, que producimos, que fabricamos, que nos estamos ganando el pan y el derecho a vivir en paz. Y nos olvidamos de vivir, de sentir, de ser coherentes con lo que deseamos y somos. Nos olvidamos de bailar y notar la vida. Llegamos a pensar que somos lo que hemos estudiado, el puesto de trabajo que ocupamos, los contactos que tenemos en las redes sociales o el dinero que tenemos en la cuenta bancaria.

Olvidamos que nuestro verdadero legado no es hasta dónde llegamos sino para qué. Que esto no consiste en haber sido el primero en algo sino en haber sido feliz, en haber amado lo que eres y lo que haces y haber sabido compartir esa ilusión, ese tesón, esas ganas, esa alegría. Que es mejor que te recuerden por haber sido libre que por estar atado… Que tal vez incluso no sepan tu nombre pero recuerden tus gestos… Que seas esa persona con la que compartieron un rato en sus vidas sin sentido y que les mostró otra forma de vivir. Al final, sólo queda en el recuerdo el amor que damos y compartimos. 

No hay pastilla tan eficaz como la coherencia con uno mismo. No hay química más poderosa que el amor a lo que eres y las ganas de compartirlo y ponerlo al servicio de otras personas para que ellas también se amen, se reconozcan y se acepten tal y como son. Cuando sientes eso, ya sabes a quién o a qué perteneces y no necesitas parecer, ni demostrar, ni acumular, ni competir. Eso es lo que otras personas ven en ti y les sirve de estímulo. Eso es lo que hace que allí a dónde vayas, dejes huella. Ni tu máscara, ni tu vida perfecta intentando gustar y no ser señalado con el dedo, sino tu forma de vivir desde la paz y la libertad. Es lo que ves en el espejo del baño y en el espejo de la vida, una persona que se comprende y se acepta a sí misma sin condiciones. Ese es tu aroma, el de la coherencia. Las personas coherentes no necesitan explicarse ni excusarse, no buscan aprobación, no tienen nada que demostrar ni medir, no se esconden, brillan siempre y no temen sus errores. Sencillamente son y viven en consecuencia.  Se pertenecen a ellas mismas y convicen con aquellas personas que no hacen pagar peajes ni asumir credos ni dogmas. No esperan a que otros les digan que sí para aceptarse, se lo dicen ellos mismos. 

 

Nota : los fármacos son necesarios, útiles y a veces imprescindibles así como el trabajo en uno mismo para aprender a amarse y aceptarse y superar esos momentos duros con buenos profesionales.

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

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