merceroura

la rebelión de las palabras


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Ámate en silencio…


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Corre cuando sientas que no puedes, hazlo porque la carrera te traerá las ganas y la fuerza para poder seguir.

Cuando notes que todo se acaba, lávate la cara y vuelve a empezar. Eres tú quién decide si tiras la toalla o sigues caminando… No pierdas ese poder.

Cuando no haya luz, sé tú la luz. No necesitas nada que esté ahí afuera, te bastas y te sobras, aunque suene duro y asuste oírlo.

Cuando no haya tiempo, pasa por encima del tiempo. A veces, tenemos que ver cómo se nos escurren los momentos para entender que necesitamos paciencia para tener paciencia…

Si las caras que te rodean no te animan, no las mires, no las asumas, no dejes que te calen hasta el alma y te reordenen los pensamientos. No estás obligado a nada.

Si el desánimo te acaricia la nuca, intenta escuchar tu voz diciendo que puedes. Busca el recuerdo más hermoso y alentador y aférrate a él con fuerza desmesurada… Recuerda su calor, su olor, su tacto, su música. Vívelo hasta pensar que estás en él y afronta el momento presente con esa energía acumulada que ya no malgastas batallando contra el mundo sino invirtiendo en ti .

Si todavía no has encontrado las palabras que pueden acompañarte en este viaje, busca más y no te preocupes, ellas vendrán a ti… Si las palabras que te dices no son las palabras que mereces, calla un rato. El silencio es el antídoto que estás buscando… La quietud de ver pasar tus pensamientos y salir de ti mismo para encontrar el camino… No te angusties, todo lo necesario llegará en el momento adecuado.

Escucha tus latidos, nota como fluyen tus venas, escucha el vals de las olas del mar bailando en tus pies… Baila con su cadencia, mécete en sus vaivenes y déjate llevar por su calma.

No dejes que tus pensamientos te lleven a donde no perteneces. No habites ideas que te hagan sentir pequeño, frágil, herido, maltratado, náufrago… No eres víctima de nada ni de nadie, eres tu propio guía. Si lo dudas, sal de ti mismo para ser más tú que nunca.

No te permitas personas que te rebajen y te hagan sentir mal… No importa si están o no están, no dejes que te posean el ánimo… Si consientes que te menosprecien, eres tú en realidad quien se menosprecia.  Decide, escoge, reina en tu vida y en tu voluntad.

Aléjate de gurús de egos hinchados que ocultan en realidad autoestimas flojas…

Aléjate de aquellos que tienen fórmulas mágicas para todo y venden éxito embotellado a cambio de perder la esencia. Mírales con compasión porque es lo que merecen y necesitan.

No pienses que no perteneces a donde sueñas. Si lo sueñas, es que ya es en parte tuyo, es que ya estás preparado para tocarlo aunque todavía no lo sepas.

Llora si lo necesitas, pero no acabes viviendo en tu llanto… Llora para vaciarte de asco y de pena… Ponte tu mejor traje para que el fracaso te pille de gala y eso te deje ver que en realidad es un triunfo.

Que te llegue la noche con los sentidos saciados, los besos dados y al menos una meta cumplida… Que antes de cerrar los ojos tengas claro el reto de mañana. Vacía tu agenda de citas mediocres y déjate tiempo para estar contigo, eres quién tiene todas las respuestas a tus preguntas…

Busca el silencio para amarte… Eses espacio dentro de ti donde nada te golpea ni araña. Encuentra tu paz y para todos los relojes para notar tu presencia y amarte sin prisas. Allí es dónde están todas la respuestas, donde han estado siempre.

Rebusca en todos los cajones hasta sacar a la luz todos tus secretos… Ya sabes dónde los escondes, no te hagas trampa. Mírales a la cara para descubrir que no importan porque no hay culpas ni perdones, sólo personas que están aprendiendo a vivir y a veces, cuando se olvida de amarse, hacen cosas difíciles de entender.

Insiste siempre si crees que compensa. No importa que seas la nota discordante, que desafines, que canses y que algunos te miren mal por recordarles que hay más mundo que su mundo… Hazlo con amor, sin acritud, con mirada compasiva y comprendiendo otros puntos de vista. No batalles por batallar. No busques dar patadas al mundo para desahogar la ira que te quema dentro por algunas injusticias que en realidad son oportunidades, aunque el dolor, a veces inmenso, no lo permita ver. No sabemos más que nadie, cada uno lleva su camino como puede…

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Usa el rojo cuando todo sea gris…

Brilla tanto que sea imposible apagarte o desconectarte. Porque eres tú quién te enchufa a tu vida, quién tiene el interruptor… No te lo escondas ni se lo cedas a nadie. Que los que no soportan que brilles, tengan que aceptar tu grandeza y eso les lleve a conocer la suya propia… Brilla para que brillen.

Camina bajo la lluvia para que la lluvia te lleve.

Cuando estés muy cerca de tu sueño y el miedo y el cansancio te tumben o te paralicen los pies, mantén la calma y sonríe, es el momento de respirar… Es la última prueba antes de llegar. El peldaño más complicado de subir es el que más te acerca a tus retos.

No huyas de lo que sientes. No cierres la puerta a lo que te duele porque te perseguirá hasta el final. Afróntalo de cara y permítete entenderlo y aceptarlo hasta que dejes que se vaya si  ya no forma parte de ti.

Suelta lo que te pesa. Gran parte de tu cansancio es porque cargas una culpa que no existe. Afloja la conciencia absurda y aprendida de un mundo que te pone normas para que no te quede más margen para vivir que el que le conviene.

Sucumbe a todas la tentaciones de las que llegado el momento puedas prescindir… No seas adicto a nada que te evada de ser tú, pero no te niegues el placer.

No te subas a trenes que no te lleven a donde quieres ir. A veces, lo hacemos porque eso nos entretiene y distrae de afrontar lo que nos asusta. Aunque, si ya vas en uno, no te apures, seguro que estás en él porque era necesario para aprender. Todo pasa para algo…

Ilusiónate mucho  sin perder tu calma y no temas para caer. Cae sin miedo, porque sabes que cuando te levantes serás aún más increíble y poderoso…

Ponte las botas de atravesar charcos llenos de lodo y lleva siempre en el equipaje los zapatos de baile, por si invitas al destino a bailar y dice que sí y luego cambias de rumbo.

Sé tu amante y tu sosiego. Sé tu refugio y tu sol.

Arráncate las etiquetas absurdas y sal de la fila de los que esperan que alguien les solucione la vida. En esa fila todos fruncen el ceño y siempre se cuela alguien ante ti y nunca se consigue nada.

No guardes la llave de ninguna puerta que ya no quieras abrir. No dejes puertas por cerrar ni habitaciones oscuras sin iluminar.

No encierres tu alma, ni sometas tu consciencia.

No beses más sapos pensando que serán príncipes porque serán siempre sapos… Y tú no necesitas príncipes.

No te asustes si a medio camino no te reconoces, el camino te cambia y tú cambias al camino. A cada paso irás soltando capas y desnudándote de historias tristes.

No te preocupes si no te reconocen los que nunca se ocuparon de saber realmente quién eras. No les escuches cuando te pidan que vuelvas a tu versión anterior. Confía en ti.

No dejes un baile a medias porque pare la música, sé tú la música.

No escuches a los que han perdido la esperanza porque tal vez no quieren ayudarte sino hacer que la pierdas tú.

No envidies nada, lo tienes todo. A veces, no lo ves porque el ruido te empaña los sentidos y las percepciones.

Deja de mirarte con ojos cansados y rencorosos.

Cuando te pierdas, no te busques entre los trastos viejos y en los rincones sucios… No visites los lugares más tristes ni los valles más oscuros… Nunca más.

Si te pierdes… Búscate entre las flores. Ese es tu lugar.

 

 


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Es imposible que sea imposible


CIMA

A veces, creo que nos asusta más triunfar que seguir en la casilla de salida de nuestro gran plan para tener éxito. En una especie de semiconsciencia. A medio camino entre lo que somos y lo que queremos llegar a ser. Porque nos engancha esa sensación de estar apunto de algo grande pero no hacerlo, por si no sale bien. Como si nos fabricáramos la coartada y la excusa para no decir que no estamos haciendo nada para conseguirlo pero saber que el momento de intentarlo aún tardará…

Nunca sentimos que estamos preparados para afrontarlo. De hecho, no lo estaremos del todo nunca. Tanto si es cambiar de trabajo como dejar algo que nos está arañando por dentro… Incluso si es atrevernos a probar algo hermoso, dulce, amable…

No importa si lo que queremos es conseguir algo que nos parece mejor o si lo que necesitamos es dejar algo que nos hace daño. No lo hacemos porque no nos sentimos dignos de ello y esa sensación de “indignidad” nos deja paralizados.

Y cuando intentas superarlo y alguien te pregunta ¿qué te pasa, crees que no eres suficientemente bueno? La respuesta es no, lo soy, pero… Algo no encaja en todo esto. Y para descubrir qué, tendrías que hurgar tanto ahí dentro, en esa habitación cerrada donde guardas tanto dolor y oscuridad que no crees que te compense.

Y piensas… Tengo las ganas, tengo el talento, he diseñado mi plan pero… No sé qué pasa que no funciona…. Y escarbando un poco en ti, un día, harto y agotado, sale la frase… No es que no me lo merezca, porque he hecho muchas cosas para conseguirlo… Es sólo que esas cosas no le pasan a las personas como yo.

Es una sensación extraña de estar marcado de alguna forma. De llevar en algún lugar una señal que no ves pero que hace imposible que llegues a tu meta. Como si fueras de un subgénero de personas que no forman parte del club de los que lo consiguen… ¿Has sentido eso?

Parece descabellado, pero eso explicaría tantas cosas… Ya te pasaba en la escuela cuando te sentías distinto y nada encajaba… Te pasa en el trabajo porque todos te pasan por encima sin entender por qué, cuando vas a un lugar y ves a una persona a la que te gustaría conocer… Sabes enseguida que no saldrá bien, que no puede ser…

Es una sensación rara, rarísima…. Cuesta explicarla y más entenderla. Es como si el éxito no estuviera en tu ADN. Como si por más que lucharas, algo en ti fuera defectuoso, como si tu código de barras no casara con el código de barras del éxito… ¿Has tenido esa sensación de que la suerte llama siempre a la puerta de al lado? Todo va bien y cuando te toca a ti, pasa de largo, como si tuvieras un repelente para esas cosas.

Tienes esa sensación de que lo bueno se acerca pero siempre está a un paso de ti. Todo está listo pero las piezas no encajan…

Y seguramente es cierto, en tu mente, el gran director de orquesta que hace que al final la melodía no suene… La marca invisible que te separa de tu meta la has dibujado tú, la sientes tú y la transmites a cada gesto y cada mirada… Porque hace años, te instalaron un software en esa cabeza que tanto piensa y se preocupa en el que dice que siempre te quedas a las puertas de algo. Te programaron y, te programaste para quedar a medias, para soñar pequeño, para repeler la meta… Y el programa viene de lejos. Es el mismo que llevaban tus padres, por eso, te lo instalaron, pensando que hacían lo mejor para ti, para tu vida… No hay mejor manera de evitar sufrimiento que invitar a alguien a no soñar o a soñar corto, pequeño, asequible… Dejar claro que hay cosas que tiene vetadas por el hecho de ser él… Porque hay cosas que nunca te pasan a ti ni a los tuyos… Porque tus genes escupen la felicidad, eluden el éxito… Como si formaras parte de una saga maldita.

Lo que pasa es que, de vez en cuando, en estas sagas de personas maravillosas programadas para creerse indignas de lo bueno, hay alguien que osa llevar la contraria. El que dice que no y toma un camino distinto. El que decide intentar si es posible, después de atreverse a soñar que tal vez…

El problema es que sueña como los suyos nunca han soñado, pero usa las mismas herramientas que ellos para conseguirlo, una mente programada para no llegar a la meta. Sigue sintiéndose indigno pero sabe que no lo es y esa contradicción le hierve dentro hasta que llega a la coherencia de ser como realmente es, una persona ilimitada.

No se trata sólo de pensar que puedes sino también de sentirlo y actuar en consecuencia.

Hasta que no nos sentimos dignos de algo, no abrimos en nuestra mente la posibilidad de que suceda. Hasta que no actuamos desde esa posición de dignidad, nuestros pasos nos separan de lo que realmente somos y deseamos… Y la meta se aleja cuando te acercas porque lo haces desde el miedo absoluto a no ser como son las personas que la alcanzan.

Como si la suerte esquivara a los que no se sienten dignos de ella…Y sentirse o no digno, no depende de dónde se viene ni  tan siquiera a dónde se quiere ir, depende de lo que uno se cree que es.

De si siente que forma parte de eso que sueña.

De si confía en llegar o realmente se nota fuera de lugar.

De si hemos desinstalado el programa que llevamos dentro desde hace años y que nos obliga a pensar que hay cosas que nunca nos podrán suceder, porque no, porque no somos de esa clase de personas a las que les pasan esas cosas.

Y el trabajo no es nada fácil. Si ya tiene mucha miga decidir qué quieres y trazar un plan para conseguirlo, imagina qué supone además formatearte a ti mismo, hacer un reset y borrar todo lo que te limita y separa de quién realmente eres… Esa persona pura que en el fondo sabe que puede optar como cualquier otro a lo que sueña.

Salir del círculo vicioso del sentirse culpable por no ser como deseamos y luego sentirse culpable porque esa culpabilidad nos aleja de lo que realmente somos.

Darse cuenta de que tenemos llave de todo y a veces nos resistimos a abrir la puerta porque nos han educado para quedarnos en el quicio, mirando como otros consiguen el  premio que nosotros deseamos.

Y al final, entender que lo único que nos separa de nuestro cielo particular somos nosotros y la forma que tenemos de mirarnos.

Volvemos a recordar cada momento duro y nos detenemos en él sin un átomo de esperanza… Recordamos las humillaciones como si las heridas fueran recientes… Nos obsesionamos con seguir siendo un muñeco en manos del azar en lugar de asumir nuestro poder y nuestra responsabilidad en cada acto y cada consecuencia…

Cuando lo que cuenta es percibir que no hay nada que la vida nos aparte porque somos nosotros quiénes lo esquivamos… No hay más destino que nuestras creencias ni camino que el que nos empeñamos en dibujar cada día.

Ser capaces de darle la vuelta a todo y notar que no hay nada estropeado en nosotros.

Que no tenemos que llevar la carga de nadie, ni siquiera la nuestra, porque hicimos lo que pudimos.

Y no hace falta llegar a la meta, lo que importa es entender que no hay nada en nosotros que nos haga indignos de ella… Aunque a veces no lo conseguimos porque nos falta aprender algo en ese lapso de tiempo en el que casi la tocas y te das cuenta de que no está…

A veces, el premio no llega porque nos espera otro más grande.

Otras veces porque lo que perseguimos no es lo que realmente deseamos y nos estamos engañando.

Tal vez nos falta otro intento sin tanto agobio y desesperación porque quién guarda la puerta no nos quiere ver tan estresados.

A menudo quién más nos aleja de nuestros sueños somos nosotros mismos y nuestros pensamientos y emociones.

Cada vez que sentimos que no. Cuando las emociones nos estallan por dentro y nos queman las entrañas.

Cuando decidimos ponernos el traje de “siempre me pasa a mí” o “todo es muy injusto”. A cada queja y lamento que lanzamos, nos separamos de la meta y volvemos hacia la casilla de salida.

A veces, somos lo que detestamos porque lo vivimos con mucha intensidad y nos ponemos una careta amarga para que todos lo vean y lo noten.

A veces, lo perdemos todo porque no sabemos esperar y cambiamos de apuesta cuando estamos a punto de ganar.

Tú eres tú. No se admiten devoluciones ni rebajas. No puedes recortarte con tu forma de pensar ni imaginarte a medias…

Eres capaz de ser lo que sueñas, porque si no, no serías capaz de soñarlo.

O como dice Louise L. Hay que “los milagros son sólo la consecuencia de lo que nos atrevemos a creer”.  Por eso es tan importante revisar qué creemos, pero de verdad, no en superficie. Y para ello, no hay más remedio, hay que entrar en esa habitación cerrada donde guardas dolor y oscuridad y abrir las ventanas. No es fácil pero es el camino… Y siempre, siempre, vale la pena andarlo y hacer el ejercicio de entender que en realidad estamos hecho del mismo material de lo que soñamos y que, por lo tanto, es imposible que sea imposible alcanzarlo.


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Lo que amas…


Amas el silencio después de noches sin tregua pensando sin cesar, sin encontrar consuelo, sin dibujar una salida.

Sentarse e imaginar sin saber, sin necesitar, sin tener que tener, sin esperar a esperar.

Amar ser sin almacenar…  Encontrar sin buscar. Sentir sin pensar…

Porque a veces, hay que detenerse a notar, a construir, a imaginar.

Parar para bucearte, para sentirte, para fundirte contigo y respirar. Para saber qué pisas y a dónde te diriges, para descubrir que no hay mejor victoria que escoger una derrota de la que puedes aprender a volar…

Para conocerte tanto que puedas despojarte de todas la capas con la que vestiste tu alma para poder existir sin pedir perdón y darte cuenta de que ya no te hacen falta…

Para poder lanzar tus culpas inventadas por la borda y enderezar el rumbo del barco hacia donde sueñes, aunque el mundo no lo entinda…

Amas la paz callada que te habita cuando necesitas escucharte y bailar con tu propia música.

Amas tu música.

Amas  al desconcierto en tu alma acostumbrada a caminar, cuando para. La queja sorda de la niña testaruda que llevas dentro que te pide que te levantes y sigas… El desasosiego de tu impaciencia que queda muda y el ego asustado que busca abrigo porque nos sabe qué le espera pero ya le disgusta por si acaso.

Amas a todos tus mecanismos de defensa. Todas tus corazas y todas tus máscaras… Tu soberbia llorosa y malhumorada… Tu rabia contenida, tu ira ahogada, tu necesidad de justicia rota que se agitan y bailan desesperadas…

Amas a la institutriz sin alma que vive en ti y siempre te regaña. Porque pertenece a tu pasado y  ahora sabes que no supo hacerlo mejor…Porque gracias a su ruda dureza y su serenidad impasible añoraste el amor incondicional y supiste qué no eras…

Amas a todas las muñecas tristes que habitan en esta muñeca a veces cansada y otras rota que intenta encontrar la calma. Porque sin todos sus errores estaría perdida y sin su pena enorme y salvaje jamás habría llegado a este tramo del camino.

Amas la guerrera que fundía con la mirada y le daba vueltas a las palabras hasta convertirlas en flechas. Sin ella, jamás habría conseguido la valentía para levantarte y empezar a buscar todas las vidas posibles que te tienes reservadas.

Amas a la niña torpe de cara triste que espera en un rincón porque no juega… Sin su desesperación armada y su llanto sordo, tú ya no existirías.

Amas tu llanto.

Amas tus heridas abiertas porque sabes que el trabajo de cerrarlas te convertirá en un ser gigante.

Porque cada uno de sus pasos en falso ha esculpido tu vida… Cada uno de sus intentos fallidos ha trazado tu mapa de viaje… Porque estabas tan desolada e insatisfecha que osaste imaginar un mundo en el que ella era otra y se encontró contigo a medio camino y le dijiste que se otra eras tú.

Amas el manto incierto que cubre tus días sin techo ni suelo ni abrigo seguro.

Amas la incertidumbre.

Amas al despecho de un mundo que te trata como tú te tratas y que no te ama hasta que no te amas.

La incómoda satisfacción de saber que el futuro está en mis manos y el presente es una tarde de lluvia que hay que aprender a amar para encontrar la magia.

La gratitud de saber que todo es un regalo. La costumbre de imaginar lo peor después de siglos de pensar que mereces poco o casi nada… Y que eso te obligue a tener que cambiar tu forma de pensar y vivir…

Amas al sosiego de saber que de todo se aprende, aunque no entiendas por qué.

Amas tu ignorancia porque aviva tus ganas de conocimiento…

Amas al fuego de tus entrañas enfadadas y molestas porque el mundo no es como sueñan y a las personas a veces cuando están rotas van rompiendo a otras.

Amas a la inquietud de arriesgarte a rondar por la vida sin saber y el miedo que se aloja en tu espalda y baila en tu garganta, porque sin él no serías la mitad de lo que sueñas…

Seguir el viento sin conocer el viento… Ser el viento sin saber a dónde va, pero creyendo que te lleva a dónde necesitas estar.

Amas al dolor sentido y asumido, porque con él te fabricaste el antídoto para las penas y te convertiste en una mejor versión para soportar sus envestidas…

Amas a todas y cada una de tus imperfecciones porque te han dado el impulso para poder saltar el muro y aprender que lo bueno que hay en ti es tan grande que eclipsa tu tristeza… Y que lo que parece malo, en realidad, es la excusa para poder seguir tu camino…

Amas tus lamentos porque ya no existen, pero te dieron impulso.

Porque no hay nada insalvable cuando descubres quién eres y qué buscas…

Porque te amas y reconoces tus facciones en un marasmo de caras mustias y almas revueltas que se desesperan por bajar de esta noria que no para nunca.

Amas la noria…


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Vida


FLOR PEQUEÑA

La vida se concentra en los pequeños detalles. Habita en los peldaños de las escaleras y en los pliegues de las sábanas. Es especialmente caprichosa  al contemplar todo lo pequeño, le gusta hacerlo grande, le gusta hacerlo maravilloso para que nos importe, para que tengamos que detener la vista en lo minúsculo y darnos cuenta de que en cada átomo hay un universo por explorar. Y al mismo tiempo, para que sepamos que es efímero, que se gasta, que se acaba, que vuela y desaparece.

Tal vez por eso es tan bello… Tal vez por eso la belleza es deliciosa y afrutada, porque se escapa…

Y la vida, que sabe que buscamos momentos intensos, es complace en mostrarnos aquello que podemos desear y nunca acabar de tener del todo… Y esa es la enseñanza, el aprendizaje… Nada es nuestro, todo viene y todo va, sólo podemos disfrutarlo mientras está y homenajearlo cuando se marcha recordando lo hermoso, lo bondadoso, lo que deja en nosotros…

El recuerdo es el tesoro. La lección. El beso que sigue siendo beso cuando ya no quedan los labios… El abrazo que sigue dando calor sin que él ya no esté cerca… Las palabras que ahondaron en tu alma recordándote que puedes, aquella tarde cuando tanto buscabas palabras que te ayudaran a saltar, a vivir, a conocer…

Y nos queda aceptar. Dar el salto a otra dimensión dentro de nosotros mismos donde nos sobra y nos basta con saber que somos, que estamos con nosotros y nos apadrinamos las lágrimas y nos besamos las penas… Que da igual si caemos porque somos un tentetieso que siempre acaba en pie… Que no importa si perdemos porque lo que buscamos no es la gloria sino el cambio en nuestra mirada, nuestra nueva actitud en la vida…

Una vida que nos demuestra cada día que lo que habita en nosotros realmente es lo básico. Que somos suspiro. Que no tenemos nada y lo somos todo. Que vinimos con un traje de piel y marcharemos con ese traje más cansado, más arrugado, más sabio…

La vida anida en las palabras. En los pensamientos que nos ayudan a crecer… En las miradas locas que buscan caminos alternativos… En las emociones que nos obligan a entender que a veces nada es como esperamos pero que en ese desconcierto hay una melodía, una especie de perfección salvaje que hace que al final todo encaje, todo cuadre, todo tenga sentido…

Porque la vida te trae flores cuando vas a saber apreciarlas y no cuando crees que las necesitas.

Te deja sin escalera cuando te empeñas en subir para que te des cuenta de que tienes que bajar.

Te viste de gala cuando ya no te importa ir desnudo.

Te esconde las piezas del rompecabezas para que te des cuenta de que ya estás entero.

La vida ama lo fugaz, lo pequeño, lo etéreo, lo que se desperdicia cuando abarcas demasiado, lo que se pierde cuando sumas y restas sin tener en cuenta lo verdadero… Lo que nunca aprecias porque siempre está. Lo que nunca ves porque no quieres verlo o no le das valor porque crees que estará también mañana.

La vida escupe contra viento y sacude cuando has caído. Aprieta donde duele, salpica con sal donde tienes una herida aún por cerrar… Te obliga a soltar lo que te queda y te colma cuando entiendes que en realidad no necesitas ya nada.

Y todo es para que entiendas, para que veas, para que te detengas… Aunque duela tanto a veces que no puedas ni sentir…

La vida busca que poses tus pupilas en todo aquello que se te escapa para que de una vez por todas sepas que lo que realmente permanece eres tú…

La vida te pide que te acerques a lo pequeño para que entiendas que en realidad es grande, enorme, gigante… 


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Si perdonas…


Cuando no perdonas, te quedas atado al pasado. Una nube de dolor empaña tus días, tus pensamientos, tus decisiones… Dejas que alguien usurpe tu vida y anide en ella…  Vives a través de otros ojos… Cuando no perdonas es porque en realidad lo que esa persona siente por ti o dice de ti es un reflejo de lo que tú crees de ti mismo, aunque no lo quieras ver y admitir… De otra forma, no te afectaría ni causaría dolor. Si no perdonas es porque la estocada recibida viene a traerte un mensaje sobre ti que aún no has aceptado y soltado… Sea o no sea real esa visión de ti, eso no importa… Si no perdonas, es porque no has asumido que el otro es como es y no lo vas a cambiar y, por tanto, eso te impide asumir que tú también eres como eres y  aceptarte…

Aceptar también es admitir el cambio y prepararse para él. De hecho, es el paso previo a que todo empiece a dar vueltas a tu alrededor y des un nuevo paso… Cuando aceptas cómo eres, amas tus debilidades y tus fortalezas, adquieres el poder de decidir sobre ti mismo y volver a tu esencia. Y desde la conciencia más pura de lo que eres, puedes notar si cada paso que das va contigo o contra tu naturaleza…

El que no perdona, sin embargo, sigue atado a la mirada del otro. A la visión que esa otra persona tiene de él. Se ve a través de sus ojos y por ello es incapaz de perdonar la ofensa y “el atrevimiento y la osadía” de hacer que yo me vea como tú me ves y que eso me duela porque aún no he conseguido cambiarlo y asumirlo”.

Leí el otro día que la falta de perdón es la culpa que arrastramos por no ser como soñamos y por el hecho de que los demás nos lo hagan ver… La culpa porque no nos amen como creemos necesitar que nos amen, en una sociedad que educa para que el amor sea dependencia y necesidad pura… La culpa es dolor. Dolor en el alma y el cuerpo. La rabia, el resentimiento, el odio en algunos casos, se nos acumula en los pliegues y nos estalla…

Decía el texto que si no necesitáramos culpar al mundo ni a nosotros mismos de nada, no habría dolor… Porque esa herida abierta es la forma que tenemos de mostrar al otro el daño que nos ha hecho, de recordarle constantemente que actuó mal según nuestra forma de ver la vida, según nuestro mapa mental y vital. Sin necesidad de vengarnos sacando a relucir nuestro dolor, ese dolor no tiene sentido… Sin reproche, no hay herida.

A veces, la herida abierta es la forma en la que nos recordamos también a nosotros mismos lo culpables que somos por no ser como deseamos, por no llegar al altísimo listón que nos hemos impuesto… Nos miramos con tanto desprecio que esa energía negativa tiene que rebotar forzosamente en nosotros y en lo que nos rodea.

Todo lo que le pedimos al mundo es lo que nos pedimos a nosotros mismos.

Lo que criticamos al mundo es lo que vemos en nosotros, lo que soñamos tener y creemos que no podremos alcanzar.

Lo que detestamos de otros es lo mismo que detestamos en nosotros y no queremos admitir…

Las personas que nos rodean son ante nuestros ojos una proyección de nosotros mismos…

Nuestras quejas son las quejas que salen de sus labios y llegan a nuestros oídos.

Vemos al mundo tal y como nos vemos, como decía Kant: “Vemos las cosas, no como son, sino como somos nosotros”

La vida que apuramos cada día es un reflejo del estado en que se encuentra nuestra autoestima… Un ejemplo claro de lo que creemos que merecemos…

Lo que deseamos para otros es lo que acaba llegando a nuestras vidas.

Por ello, cuando no perdonamos, no nos perdonamos. Nos quedamos sumergidos en una materia viscosa en la que no nos podemos mover ni pensar.

Perdonar es cerrar las heridas que son testigo de algo que fuimos antes y ya no somos. Es comprender, ponerse en el lugar del otro en un acto de empatía extraordinario que nos ayuda también a entendernos a nosotros mismos y comprender que a veces las personas vienen a nosotros porque lo vamos pidiendo a gritos…

Atraemos lo que somos y lo que necesitamos… Visto así, no tiene sentido enfadarse porque alguien venga a nuestra vida a ayudarnos a entender que merecemos más de lo que creemos y que nos amamos muy poco…

Las personas que llegan a nuestra vida vienen a empujarnos a dar un paso más, a que comprendamos más sobre nosotros…

Perdonar es decidir amarse tanto que ya no nos importe lo que mundo piensa de nosotros. Si no lo hacemos, no encontramos la quietud para seguir. La sensación de estar contigo mismo y saber que estás comprometido con tu felicidad.

Perdonar es hacerse feliz. Decidir que es mejor amar que ganar, que la paz que sentimos al cerrar puertas que quedaron entreabiertas vale más que tener razón e imponerse.

Perdonar es asumir tu responsabilidad y aceptar que no hay culpas porque cada persona vive su verdad y actúa en consecuencia.

Mientras no somos capaces de encontrar esa paz deliciosa de “no necesitar”  ganar, imponernos, demostrar o encajar, somos un híbrido entre lo que ya no somos y lo que soñamos ser…

Hasta que no asumimos el perdón como un regalo y no como una pérdida no podemos agradecer la enseñanza y el valor de cada experiencia…

Si no perdonamos, no nos perdonamos porque seguimos dando poder a los demás sobre nuestras vidas… Les damos capacidad de gestionar e incidir en lo que sentimos, en  lo que soñamos, en lo que merecemos y nos miramos a través de sus ojos…

Nos volvemos tan duros que nos rompemos y nos agrietamos con la esperanza de que algo de luz entre en nosotros…

No es fácil. El ego siempre necesita justificar y medir, comprobar y calcular… Siempre quiere vencer y necesitar. Siempre encontrará la excusa para demorar el momento y te hará creer que no ha llegado aún la hora… Te confundirá para que sustituyas tu autoestima maltrecha por un orgullo hinchado que no te deje ver más allá de tu nariz y te dirá que no hay más verdad que la tuya… Te hará creer que perdonar es sacrificio en lugar de la maravillosa recompensa de estar en paz contigo. Te susurrará consignas para que sigas luchando en una guerra sin sentido cuya victoria es la derrota más absoluta para tu capacidad de amar, tu generosidad y tu grandeza.

De todas las decisiones pendientes que tenemos, la de perdonar es la más complicada y valiente… La más dura, tal vez, pero es sin duda la que más cambia nuestras vidas. El mayor regalo que podemos hacernos a nosotros mismos es perdonar.

Perdonar es rescatarse a uno mismo de una muerte lenta de reproches y pensamientos amargos… Abrirse de par en par y dejar que corra el aire limpio y entren sensaciones nuevas y maravillosas. Perdonar es vivir en paz.

Si perdonas, encuentras todas las piezas del puzle y descubres que sólo depende de ti mismo que encajen.

 

A muchas personas no les gusta la palabra perdonar porque les suena a estar por encima del otro. Cada uno hace las cosas como sabe a cada momento y según su nivel de conciencia… Lo podemos llamar comprender y soltar ese dolor, cerrar la herida y desearle lo mejor a esa persona. Lo llamemos como lo llamemos, todos sabemos qué significa y hasta dónde nos compromete. Porque el compromiso real es siempre con nosotros mismos.

 


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Magia


AL REVÉS

“Solo hay dos formas de vivir tu vida. Una es pensar que nada es un milagro. La otra es pensar que todo es un milagro” Albert Einstein. 

¿Cuál te quedas? ¿Cuál de las dos visiones de la vida te cala dentro? Lo digo porque siempre he pensado que de existir la magia, no será algo que se pueda entender con los sentidos, sino una sensación que te invada y zarandee por dentro…

Esos momentos en los que sabes algo, pero eres incapaz de entender por qué. Sin embargo, dentro de ti hay una certeza absoluta difícil de explicar.

Hay magia, mucha. Lo que ocurre es que para notarla primero hay que creer en ella. Justo todo lo contrario de lo que nos han enseñado hasta ahora. Ya sé, alguien dirá que eso es porque participamos de una especie de sugestión colectiva para poder soportar la rutina asfixiante que se nos come el entusiasmo y nos llena de desesperanza… Y nos recordará, con razón, que medio mundo sufre una situación de injusticia crónica. Sin embargo, no puedo más que certificarlo porque me encuentro con ella en todas partes… Y al final, he llegado a la conclusión de Einstein, las señales que veo y las “demasiadas coincidencias para ser casualidad” que invaden mi vida pueden ser nada o serlo todo.

Hace un siglo que no creo en las casualidades. Todo tiene una causa, todo lleva un mensaje. Todo llega por algo, incluso lo que te deja extenuado en un rincón suplicando que pase. No es castigo ni plaga bíblica, es consecuencia de lo que sientes, lo que piensas y lo que eres.

Cuando cambias tus pensamientos, cambias todo lo que te rodea. Lo que pensamos y sentimos se acaba manifestando en nuestra vida aunque no nos apetezca. Donde pones la intención, acabas fabricando algo. Lo hacemos nosotros. Somos fabricantes de alegrías o de tragedias. Y en esto, no hay culpa, saquémonos de encima de una vez por todas esa sensación de haber llegado a la vida manchados y tener que arrastrar una carga… Nuestros errores son nuestra forma de vivir, de nada sirve cargarlos como una cruz en la espalda, es mejor afrontarlos y entender, pedir perdón si hemos hecho daño y responsabilizarnos de una vez de nuestra vida.

La magia no es a veces lo que ocurre, sino tu capacidad para atraerlo y darle significado. La sincronía de hechos fantásticos en un mundo que lucha por negarlo y demostrar que nada tiene sentido y al mismo tiempo te vende fórmulas mágicas sin magia para soportarlo.

Para entender la magia tienes que estar conectado contigo mismo y con lo que te rodea, si no, no funciona… La magia es compromiso… Y no es porque cuando no confías la magia te abandone, es sencillamente porque no puedes verla ni sentirla.  Porque cuando entras en la sala con la cabeza gacha no ves una mirada inesperada de alguien que estaba allí para decirte “sigue adelante” o cuando no te atreves a hacer algo, no puedes descubrir que de haberlo hecho estabas a cinco minutos de conseguir uno de tus sueños… A veces, la magia se caza al vuelo y te pilla sin las botas puestas.

Nos pasan cada día mil cosas difíciles de explicar, pero en ocasiones no las vemos porque nos encuentran ocupados llorando porque no nos pasa nada… Como si al frotar la lámpara y ver al genio, nos pasáramos un buen rato contándole que estamos desolados porque nunca nos sucede nada extraordinario… Aunque en esas ocasiones, la verdad, tampoco estoy segura de que su objetivo fuera ese… A veces, perdemos oportunidades diminutas porque nos aguardan cosas más grandes. Quiero decir que, tal vez, al perderte ese sueño por no ser capaz de darte cuenta, acabas haciendo algo que necesitabas aprender antes de abrazarlo totalmente… ¿Quién sabe si eso era necesario para que pudieras apreciar ese sueño como el regalo que es? ¿y si formaba parte del plan un primer intento fallido? ¿Y si la magia no era la oportunidad perdida sino la motivación que nace en ti al saberla perdida para intentar algo nuevo? ¿Y si perdernos las señales forma parte del plan? ¿Cómo sabemos si un rechazo es en realidad lo que necesitamos para desistir de algo que no encaja con nosotros y encontrar un sueño distinto que nos lleva a ser felices? ¿Y si una mala noticia es el mejor de los regalos al final para que tomes un camino que nunca hubieras explorado?

Es como tomar un camino y equivocarse en uno de sus cruces… ¿Y si el error es la magia? ¿Y si gracias al error consigues el mapa que lleva a tu tesoro? ¿Y si topar con un muro es el mensaje para que entiendas que no es tu camino y vuelvas atrás?

Voy más allá… ¿Y si da igual el camino porque hagas lo que hagas habrá una magia que te lleve a lo que necesitas? Y cuando haga falta un error para aprender, te ayudará a cometerlo. Y cuando necesites un impulso, habrá un atajo, un acantilado que lleva a un mar inmenso para que aprendas a nadar… Y cuando haga falta que entiendas que no necesitas a nadie, de repente descubrirás que haces ese camino solo… Y cuando tengas que superar tu miedo, tal vez, encuentres un candil o incluso te quedes sin él porque debes amar la oscuridad antes de llegar a la luz…

Y no, no me refiero a que todo esté escrito. Y si lo está, es porque a cada paso, escribimos una línea de nuestra vida… Somos libres de entender y aceptar, porque la magia de la que hablo, en el fondo, sale de dentro.

Es una conexión difícil de explicar. Es la que te lleva a ti. A ese yo limpio y sin más pretensión que la felicidad. A esa persona que te habita y busca amar y ser amada como merece. Ese yo que conecta con todo, con cada fibra de este universo que vibra y nos sacude para que entendamos que no sólo estamos en él sino que formamos parte de su esencia.

Ese yo enorme y a la vez extraordinariamente humilde. Ese yo que se da cuenta de que todo pasa por y para algo…

La magia pasa a través de nosotros para que podamos ejercer de nosotros mismos, para que cumplamos nuestra misión… Para que cambiemos el mundo gracias a cambiar nuestros ojos al mirarlo… Para que seamos un peldaño más en esta escalera eterna que lleva a conocerse y comprender.

La magia está siempre que no se la espera. Subyace en todo. No se la puede ver pero se la puede sentir… Y sentimos tan poco, porque no dejamos de pensar en bucle, sin sentido, sin esperanza… La magia te calma cuando te encuentra en calma… Te aquieta el alma cuando consigues primero que tu alma esté quieta para poder apreciarla.

Se manifiesta muy rápido cuando no tienes prisa.

Le da la vuelta a tu mundo cuando ya no necesitas que lo haga porque has descubierto que te tienes a ti mismo.

Obra el milagro un segundo después de que descubras que ya no te importa si habrá milagro porque confías en ti.

La magia esquiva la impaciencia y la desconfianza. Para la partida cuando ganabas porque en algún instante dejas de creer que te lo mereces. Te obliga a mostrarte cuando te escondes…

La magia aleja los sueños de quiénes no se consideran dignos de ellos… Dibuja en el mundo una réplica exacta del mundo que llevamos dentro… Lo reproduce con tanta fidelidad que puedes saber exactamente cuánto te amas, al observar la distancia que hay entre ti y tus metas… Te cambia las preguntas cuando encuentras respuestas para que sigas creciendo…

Dibuja puertas en las paredes que sólo se abren cuando realmente estás convencido de que son tus puertas.

Teje redes justo después de que des el gran salto sin importante si hay red. Te hace crecer las alas medio minutos después de que decidas que pase lo que pase vas a volar.

La magia va inventando el camino a medida que tú lo vas imaginando y visualizando, y se vuelve sólido a cada paso que das hacia lo desconocido.

Ama a los osados y les deja pistas por todas partes para que sepan que pueden seguir. Escribe mensajes en el reverso de las hojas de los árboles cuando estás cansado y te sientas bajo ellos a la sombra…

Hay magia, mucha, mucha, pero pide confianza y compromiso.

La fe ciega en ti y la deliciosa locura de negar a veces tus sentidos y creer lo que nadie ve y sentir lo que nadie más siente.

Hay magia, pero pide paciencia eterna.

Alguien muy sabio me recordó el otro día “No esperes nada… No esperes nada de nada ni de nadie”y es verdad, la magia ama apasionadamente a aquellos que dan sin esperar nada cambio y no se apegan al resultado…

Tal vez, la magia no sea esa sincronicidad en la que a veces nos encontramos inmersos o esos hechos sucesivos que algunos llaman casualidades y otros causalidades… Tal vez la magia sea lograr primero esa confianza en ti mismo y esa paciencia que te permitan llegar a dónde quieres y tocar al milagro.

Quizás la magia no es el milagro sino el proceso interior que se obra en ti para conseguirlo.

Hay mucha magia en todas partes, respira hondo y deja que te invada y habite.

Tal vez, la magia eres tú cuando aceptas de una vez  por todas tu grandeza y decides que ya nunca volverás a resignarte con una vida mediocre.

Sincronicidad : la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera acausal,  Carl Gustav Jung.

 


6 comentarios

Simulacros de amor…


Estoy convencida de que vamos por el camino y que la ciencia y la espiritualidad al final se darán la mano… Encajarán forzosamente en un universo que se ha descubierto inmaterial y compuesto por energía y vibración…Que encontrarán la combinación perfecta para que entendamos que necesitamos paliar efectos, pero que lo realmente importante es ir a las causas y entender a las personas.

Somos nuestras emociones y todo lo que ellas nos ayudan a aprender de nosotros. Somos nuestros sueños y la transformación que obran en nosotros para poder alcanzarlos… Somos el camino que siguen nuestros miedos con sus pies diminutos sobre nuestra espalda, nuestra piel cansada y nuestro cuerpo agitado por no ser lo que este mundo perdido nos ha educado para creer que debemos…

El cuerpo es el mapa del alma. Todo lo que no resolvemos se queda prendido en nosotros. Se nos enquista en la conciencia suplicando salir, pero a veces, se lo negamos y sofocamos el dolor mirando hacia otro lado… Acumulamos la rabia hasta que nos estalla dentro… Acumulamos el miedo a estar solos hasta que no podemos respirar porque nos falta el amor como nos falta el aire… Acumulamos y lo acumulado se acostumbra a vivir en nosotros y vuelve loco bajo la piel y se construye refugios y cabañas para no tener que salir a la luz y arriesgar.

Nos hemos desconectado tanto de nuestro cuerpo, olvidando que somos un todo, que cuando nos envía mensajes no los percibimos… Aunque lo hace cada día.

No nos enseñan a amarnos y no sabemos el valor que tenemos.  

Nos escondemos hasta desaparecer y sentir que no contamos para nada… No nos conocemos. Estamos invadidos por un montón de creencias heredadas que rigen nuestra vida y jamás hemos comprobado que sean verdaderas.

Cuando nacemos, nos enfundan en un traje pequeño para que no crezcamos demasiado y sigamos atados a nuestros miedos… No lo hacen porque nos quieran mal, lo hacen porque creen que si crecemos nuestra osadía irritará al mundo y alguna divinidad ambulante nos aplastará con su dedo meñique. Lo hacen porque a su vez alguien se lo hizo a ellos y a ese alguien se lo hizo otro en una cadena sin fin que se remonta en los tiempos, cuando la humanidad tuvo tanto miedo que decidió no vivir feliz para no molestar… Y nosotros cumplimos con esta limitación sin rechistar ni levantar la voz, porque nuestra voz también es pequeña y nos asusta escucharla.

Nos envuelven en un manto de compasión rígida y nos dan una lista de “deberías” inasumible para mantenernos entretenidos y que no nos demos cuenta de que hay otras realidades por explorar… Lo hacen porque temen que seamos aventureros y soñemos otras vidas que seguro que no nos saldrán bien.

Nos dan una mochila muy pesada para llevar. Llena de culpa, de sufrimiento pasado, presente y futuro y de normas gastadas que cumplir… Nos dicen que no vale la pena intentar ni llevar la contraria y hacemos caso.

Y al empezar el camino, nos sentimos ya agotados. Sujetos a una necesidad de perfección extenuante, asfixiante, agotadora.

Nos asusta encontrarnos la cola y mirarnos a la cara. Estamos convencidos que no daremos la talla y no nos hemos dado cuenta de que intentarlo es comparar la luna con un garbanzo, intentar meter el mar en un vaso o pretender tocar el horizonte. Somos demasiado grandes para encajar en nada y al intentarlo, cruelmente, nos mutilamos para poder adaptarnos a un molde que nos limita y priva de libertad… Nos duelen las piernas porque no corren hacia donde soñamos… Nos duele todo el cuerpo porque está encajado, sometido, recortado, embutido en un rincón que le queda diminuto y del que no nos atrevemos a salir porque dejaríamos de pasar desapercibidos. Nos podamos las ganas, las alegrías, las extravagancias… Nos decimos tantas veces que no que al final, esos pensamientos nuevos y llenos de ilusiones se pierden antes de llegar y ya nunca sabemos lo que realmente deseamos.

Desconocemos nuestra sombra y eso impide que encontremos nuestra luz.

No nos aguantamos la mirada por si descubrimos todo el trabajo pendiente que tenemos con nosotros mismos para crecer y evolucionar.

Nos hacemos tanto daño… Nos sembramos de dolor para castigarnos por no llegar a metas que ni siquiera son nuestras. No hablo de un dolor sólo emocional, hablo de la punzada en el pecho, la presión en el costado que te borra la sonrisa o el aguijonazo en la espalda que te dobla… Hablo de un cuerpo que nos habla para decirnos que nos estamos privando de vida, que no nos mimamos como merecemos, que nos callamos demasiado, que nos rompemos el corazón… Un cuerpo que te dice cada día cómo están tu conciencia, cómo vive tu alma, cómo te tratas a ti mismo…

No es un castigo, es una oportunidad para cambiarlo. Es la consecuencia directa de tu sinvivir, de tu postergar la vida, de tu silencio no deseado, de tu ira contenida, de tu rabia desparramada… Las locuras que no haces habitan en ti, soñando volar. Los deseos que no cumples se esculpen en tu cara surcando caminos, en las articulaciones de tus manos, en los nudos de tu espalda… Los besos que no das se convierten en espinas clavadas en la garganta y el pecho, dardos en el vientre, púas en la cabeza…

A veces, te notas demasiado y otras no estás.

Confundimos el síntoma con la causa y creemos que somos nuestros dolores y enfermedades cuando el realidad somos la respuesta…

Nos recortamos  y empequeñecemos ante un mundo loco que busca llenar vacíos interiores con parches que nunca tapan las heridas porque lo único que las puede sellar está en nosotros…

Siempre buscamos pareja de baile, cuando en realidad, este baile es en solitario.

Buscamos soluciones fuera cuando tenemos  dentro la llave que abre todas las puertas cerradas que llevan a la felicidad.

Nos castigamos por no ser algo que nunca seremos, porque en realidad somos algo mejor… Hemos cedido el poder a cambio de sucedáneos  de felicidad. Hemos regalado conciencia a cambio de simulacros de amor  que mueren antes de empezar porque el único amor que puede sofocar nuestro dolor es el propio.

No sabemos quiénes somos porque no nos educaron para reconocernos y así nunca podremos curarnos y descubrir nuestros valor…

Aunque todo tiene un reverso. Si podemos castigarnos, podemos perdonarnos a nosotros y al mundo por no ser, por no llegar a cimas artificiales pensadas por otros que tampoco conocen las suyas.

Si podemos acumular, podemos soltar y comprender qué sentimos y decidir quiénes somos cuando estemos libres de corazas y chantajes.

Si podemos hacernos tanto daño es porque también podemos hacernos mucho bien.

Es porque tenemos el poder.

Para abandonar esta lucha contra todo y dejar de batallar con nosotros mismos por conseguir un ideal que en realidad no soñamos.

Todos somos enfermos crónicos de miedo…

A no encajar y aparentar.

A no tener.

A estar solos y no ser valorados.

A no ser amados…

Todos tenemos el poder de darle la vuelta ahora y dejar de buscar en el mundo lo que queremos encontrar y empezar a ser lo que le falta.

Todos podemos cambiar de pensamientos y por tanto cambiar de emociones, aunque cueste… Podemos ordenar a nuestra mente que en lugar de quedarse atrapada pensando en sobrevivir, acepte, se adapte y decida empezar a construir sueños. Cuando cambiamos de pensamientos, cambiamos de vida… Nuestro cerebro es pura plasticidad,  se adapta con nosotros, muta para que lleguemos a nuestras metas, estamos preparados para ser elásticos y transformarnos. Tan sólo necesitamos creer y sentir que podemos.

La solución ha estado ahí siempre, esperando a que abramos la puerta que lleva a nosotros mismos y dejemos entrar la luz de sol… Que saquemos de paseo los “no puedo”, los “no sé”, los “no sirvo” y los “nadie me quiere”…. Para que nos demos cuenta de una vez que la magia no va de fuera a dentro, sino de dentro a fuera…

Y empecemos a irradiar lo que somos.

Y que empecemos a vibrar con lo que nos hace soñar.

Dejemos de fingir y saquémonos las máscaras. Detrás de todo dolor hay algo que no sabemos, algo que aún no entendemos, algo que no queremos ver y que nos lleva a darnos cuenta de que todavía no nos amamos.

Llevamos dentro el antídoto pero ignoramos nuestro poder…

La cura que buscamos se llama amor y empieza por nosotros mismos. Se llama mirarte y aceptar lo que ves y lo que sientes. Amar tus fibras y abrazar su belleza y su oscuridad… Se llama autoestima y confianza… Hasta que eso no llega, todo lo demás son simulacros.

Este artículo recoge algunas de las ideas de la ponencia inaugural que tuve el honor de dar en la IV Conferencia Nacional del Paciente Activo dentro de la IX Congreso Nacional de Atención Sanitaria al Paciente Crónico que tuvo lugar en Oviedo del 2 al 4 de marzoUn Congreso que se lleva a cabo gracias al trabajo diario de grandes personas y el apoyo de las instituciones que se han creído eso de que se debe tratar a las personas y no a las enfermedades. Una iniciativa valiente que refleja los cambios que se están llevando a cabo en el mundo sanitario gracias a profesionales y pacientes. Gracias eternas por hacerme partícipe de algo tan grande y maravilloso…