merceroura

la rebelión de las palabras


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Súbete a la vida


TIOVIVO2

Me encuentro pensando sin parar, metida en un bucle, con esa noria en mi cabeza que no cesa nunca, con esa sensación de tener que llegar a alguna conclusión que se me escapa… Y ya lo sé, no la voy a encontrar. No husmeando entre mis ideas viejas y mis pensamientos roídos… Nunca con la actitud de siempre y misma forma de ver la vida trillada y triste. Nunca desde la necesidad de encontrar algo porque no confío en mí lo suficiente como para saber que seré capaz… Nunca desde la sensación de estar en una jaula oscura sin darme cuenta de que la luz y la libertad dependen de mí.

Dependemos tanto de lo que nos dan otros que la vida nos lo aparta para que nos veamos obligados a encontrarlo por nosotros mismos… Miramos tanto fuera que nos deja solos para que tengamos que mirar dentro de nosotros, para que tengamos que hablarnos y contarnos qué sentimos… Necesitamos tanto que la vida no nos lo puede dar todo, porque si no, el niño insatisfecho que llevamos dentro que en realidad lo que necesita es amor y no sucedáneos, se vuelve un tirano. Eso somos… Niños perdidos que no se aman a los que les damos café para seguir arrastrándose durante el día y aguantar un ritmo frenético y pastillas para dejar de soñar cada noche. Les regalamos subidones de cinco minutos, felicidad basura de fin de semana, conversación de ascensor y algunas frases hechas de esas que llenan las portadas de las libretas de diseño y que te invitan a fingir y sonreír siempre… Y luego pretendemos que crezca sano y feliz, que se ame y se libere de viejos dogmas y ataduras y nos ayude a triunfar y conseguir lo que deseamos… Y el niño nos sale respondón, sólo faltaría. Pide amor de verdad, del de pasar rato con él y venirse arriba, del de mostrarle lo hermoso, lo que perdura, lo que vale la pena… Pide palabras sabias y emociones reales, está harto de vivir a través de las series de televisión y del relax de los cigarrillos a media tarde, al salir de la oficina. No soporta que te hables como te hablas y te escondas como te escondes… No comprende de qué te avergüenzas porque hace todo lo que puede para gustarte… Quiere que te lances a vivir y este día sea único, irrepetible. Está cansado de oírte decir que estás cansado… Lo estás porque no sueñas, porque te has bebido la rutina y te tragas envidia por los que no se resignan a hacerlo y buscan formas de vivir y no de ir pasando los días sin sentido… Te ríes de ellos, como si fueras el matón de la clase que busca víctima para apaciguar su dolor, su necesidad de atención… Porque el que se ensaña con otros es en realidad el niño más perdido… El que mira a otros es el que no se atreve a mirarse a sí mismo.

Ya no juegas con tu niño ni le dices cosas hermosas. Esta mañana cuando te has equivocado le has llamado inútil tres veces y luego le has castigado con dos horas más de trabajo insoportable, en lugar de darte cuenta de que hoy te pedía salir a tu hora y pasear por el parque… Y mañana, llegar con ganas y en media hora hacerlo todo todavía mejor…

¿No le ves? Te mira y te grita… Te dice que no le escuchas… Tiene un montón de heridas por curar que no cicatrizan. No son las rozaduras de las rodillas de cuando se lanzaba por el tobogán e iba a parar a la arena… Son las de no lanzarse nunca ni atreverse a nada, ni decirle a quien ama “te amo”, ni cambiar de trabajo porque este se te queda pequeño, de no ser capaz de decir que no y tragar amargura… La que más le duele es esa que tiene en el pecho porque no has podido perdonar a tu mejor amigo y le echa de menos… Y hasta que no le perdones a él, no perdonarás al niño que no supo llevar la situación, que lleva la ofensa grabada a fuego y vive con ella como si fuera real…

Deja de darle una pelota al niño para que se entretenga solo. Deja de comprarle perfumes, coches caros, ropa que nunca vas a ponerte, libros que no lees… O hazlo pero compártelo con él, mientras le cuentas cómo te sientes y le preguntas qué sueña…

Sólo quiere que le tengas en cuenta, que le ames, que le respetes… Lo demás no sirve de nada si se siente vacío.

Necesitas tanto de la vida porque tu niño está triste, porque hace tiempo que no le dices que le quieres y se siente solo. Por eso se enfada con todos y no tiene ganas de nada.

Deja lo que estás haciendo ahora. Busca un lugar tranquilo, hermoso. Respira hondo tres veces, con calma, como si no hubiera tiempo ni tú tuvieras cuerpo. Busca tu cara, la cara del niño o la niña que fuiste. Mírala con tanto cariño que te salten las lágrimas de felicidad por haberle reencontrado… Dile que es maravilloso, que le amas… Pídele perdón por dejarle solo y sin risas. Abraza su cuerpo pequeño y piérdete en sus ojos grandes… Dile que no le vas a volver a soltar de la mano, que cuenta contigo, que disculpe tu ausencia… Estabas tan perdido buscando fuera que no viste que ya lo tenías todo dentro… Dile que vas a encontrar tiempo para él y para todo lo que ama y sueña. Escucha su corazón. Escucha sus miedos y dile que todo está bien, que todo saldrá bien, que vais a vivir juntos la mayor de las aventuras…

Y vuelve a ti y deja de pensar y hurgar en la basura de tu vida. Levanta la vista y siente. Busca pensamientos nuevos que te hablen de esperanza y no de tragedias… Nota la vida y siente cada minuto, en tiempo real, ni en el pasado ni en el futuro… No vivas ni un segundo antes de este… Ni un segundo después de ahora. Sé tu máximo esplendor en este momento.  No lo sabes, pero todo es maravilloso… Donde tú ves desolación, tu niño interior ve abrazos por dar y recibir… Donde tú ves un desierto, él ve un lugar donde jugar. Donde tú ves nada, él contempla un campo de posibilidades infinitas… Baja de ese tiovivo que tienes en la cabeza y súbete a uno de verdad a ver qué pasa… Súbete a la vida.

No pares hasta que el niño sonría… No pares hasta sentirte vivo.


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Confío en ti


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Confío en ti.

Por si no te lo ha dicho nadie en la vida, ni siquiera tú…

Confío en tus idas y venidas y en tus dudas que parecen eternas… En tus momentos más oscuros y tus regateos para imaginar un futuro más asequible porque el futuro soñado se te hace cuesta arriba.

Confío en tus alas rotas y tus miradas vacías buscando algo a lo que agarrarse cuando la lluvia no para y no encuentras un rayo de sol que se cuele por el quicio de tus puertas y alcance tus manos cansadas. Confío en que amarás la lluvia tanto como yo cuando descubras que está ahí para que aprendas a vivir. 

Confío en tus heridas, incluso las más profundas, las más abiertas y descarnadas… Todas tienen un sentido trágico y maravilloso, un momento amargo y uno dulce, un por qué que no se ve si no decides verlo y aceptarlo… Una oportunidad que asumir y aprovechar… Confío en tus errores y en todos y cada uno de tus lamentos agotadores que suplican un pedazo de cielo, un poco de magia al que sujetarse para flotar y no notar el camino de guijarros en los pies y los noches sin luna.

Veo tu espalda rota de cargar sueños sin verlos y tu pecho hundido de respirar sin retener más aire que para andar ansioso, recortado, medio triste, medio acelerado… Confío en ti porque sé que sabes que puedes, aunque te olvidas, aunque se te escapan las palabras de desaliento por la boca y los pensamientos negros te invaden la mente… Confío en ti porque sé que tienes pendiente esa palabra hermosa surcando tu garganta y estás apunto de decirla y soltar amarres hasta llegar al final de un camino que es el principio de otro…

Confío en ti, porque a pesar de que no confías a veces en ti ni en tu talento sabes que podrás, que hay en ti una fuerza intensa que nunca se apaga y siempre te impulsa a seguir…

Confío en ti, lo digo en voz alta por si se te olvida, por si hoy te levantas cansado de días y días sin ver la luz y empiezas a pensar que no existe.

Por si al despertar, un sabor amargo te ha invadido la boca y una nube gris te caído en las sienes…

Para que dejes de buscar, porque ya eres, ya tienes, ya estás…

Confío en ti porque ya eres lo que buscas y esa luz que no ves eres tú, però andas sólo medio encendido porque no recuerdas que le diste al interruptor de apagado porque un día viste cuánto brillabas y cómo molestaba algunos y tuviste miedo…

Porque bajaste la cabeza y dijiste sí y aceptaste un destino que no te pertenecía porque estabas demasiado asustado como para imaginar que había otros finales posibles… Porque sé que acabarás amándote a ti mismo como mereces y descubrirás que la única persona que se aparta de lo que realmente le pertenece eres tú. Porque sé que el día que te conozcas y te veas por entero sabrás lo mucho que tienes dentro por compartir…

Tú eres todos los caminos que estés dispuesto a recorrer, todos los sueños imposibles a los que darles la vuelta y convertir en realidades cotidianas… Eres la puerta que se abre y la luz que entra por las rendijas cambiando el color de la tarde, de las caras, de los suspiros, del aire que respiramos y de la voz que nos habla en nuestro interior… Confío  en tu miedo y en tu necesidad de control, sé que van a llevarte a caer y fluir, a dejar de necesitar y soltar emociones gastadas y ataduras absurdas… Sé que vas a dejar ir esa parte de ti adicta a demostrar, a acumular y nunca dejar escapar nada, cuando en realidad es ese apego tonto que te hacer perderlo todo. Confío en todas y cada una de tus debilidades porque sé que cuando descubras que no puedes evitar ser vulnerable, te convertirás en alguien invencible… Porque sé que has empezado un camino para llegar a ti y conocerte, porque no es fácil pero le estás empezando a encontrar el lado hermoso… 

Confío en ti porque estás hecho de un material tan resistente que jamás se rompe en suficientes pedazos como para que no pueda reparase, remendarse o volver tomar forma… Lo que pasa es que no sabes cuánto aguanta hasta que no lo pones a prueba, hasta que no lo estiras y le das la vuelta, hasta que no lo zarandeas lo suficiente y lo haces tocar fondo para ver si rebota, si sube, si remonta, si se adapta… Para descubrir que es flexible y que lo puede todo, incluso fracasar y aceptar el fracaso como parte del éxito, como parte del camino.

Confío en ti y sé que vas a saltar. Sin red, sin seguro, sin más agarre que tu fuerza y tus ganas de saber qué pasa si lo intentas… Sin más destino que probarte que puedes, aunque al final no salga, no llegues… Porque sabes que tu meta es el salto, el cambio, el momento en que tus pies se despegan del suelo y notas que estás vivo, que has decidido, que te has atrevido a ser tú. Porque ocultas algo maravilloso en ti que todavía no has descubierto… 

Confío en ti porque yo ya salté y justo antes de hacerlo tenía tanto miedo como tú. Porque estaba sola y todo estaba oscuro, pero sentía algo dentro de mí que me invitaba a bailar… Un voz que decía «confío en ti»…

Aquí te espero, si quieres, si decides, si te atreves, si te das cuenta de que lo único que te separa de lo que deseas es el salto y la confianza.

Por si decides besar tu sombra y darle la mano y asumir tu irresistible grandeza…


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Hallelujah


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Todos tenemos talento, absolutamente todos. Lo que pasa es que hay talentos más visibles que otros, que te permiten mostrarte ante los demás y llevarte una ovación. Y luego hay talentos ocultos, de esos que sólo se exponen ante el mundo en momentos complicados o que requieren unas circunstancias poco habituales para mostrar su esplendor… 

Nadie aplaude al que mantiene la calma cuando todos se ponen nerviosos, al que toma las decisiones difíciles, al que sabe escuchar a otros, al que aplica una necesaria disciplina… Y sin embargo, su trabajo es vital. Hay personas que son un bálsamo para los que les rodean, que lo impregnan todo de una sensación de paz y te hacen sentir tranquilo. Otras, sin embargo, saben encontrar palabras para animarte y motivarte cuando te falla la esperanza. Esos son talentos que no reciben méritos pero que ayudan a otras personas a cambiar sus vidas y sentirse capaces. Está el médico que abre tu pecho y remienda tu corazón para que siga funcionando y el que es capaz de decirte que dejes las pastillas y te vayas de viaje para encontrarte a ti mismo… El amigo que te recomienda libros y al autor que escribe versos. Hay quién tiene talento para cantar y con su voz te sacude el alma y quién te tararea una canción al oído con una voz no demasiado maravillosa, porque su don no es el de la música, sino el de paciencia infinita y la capacidad de amar… Hay quién construye palacios y quién teje la bufanda que te abriga cuando hace frío. Quién pilota un avión y quién lo sabe todo de las mariposas y conseguirá que no extingan… 

A veces, salva más vidas la sonrisa de la recepcionista que el cirujano e imparte más justicia el mendigo que la jueza.

Todos tenemos un papel en esta función grandiosa y ninguno es pequeño, ninguno es baladí. Nada es azar, nada es en balde ni se pierde si sabemos escuchar a nuestra intuición. Lo que pasa es que a veces sepultamos nuestros dones bajo una cara amarga, una sensación de injusticia o un miedo atroz a mostrarnos tal y como somos…

Hay millones de formas de vivir y todas aportan, todas cuentan, todas son necesarias para que esto siga girando… No sabe más el que más aparenta sino el que más siente y se deja tocar por esa magia…

Hay tantas formas de brillar como personas con ganas de compartir y sentir… Lo que pasa es que buscamos la gloria que se nos olvida la vida, que dejamos de lado cómo vibramos cuando somos lo que realmente somos. Salimos al mundo buscando que nos reconozca, que nos haga protagonistas de algo grande porque nuestra vida se nos queda corta y necesitamos encontrar ahí afuera el amor que no nos damos… Y nunca llega. Y lo que llega, nos araña. Necesitamos gritar ante todos que valemos la pena o escondernos tras un muro para que no sepan todo lo que guardamos… Porque a veces, nos asusta más brillar que apagarnos, nos da más miedo ganar que perder… Tal vez porque perdemos bien, lo hemos hecho siempre, sin darnos cuenta de que la victoria es estar y ser, nada más.

Buscamos aplauso cuando en realidad queremos abrazo…

Buscamos ovación, cuando suplicamos beso.  

Buscamos éxito y fama porque es lo que más se parece ser dignos de amor. 

Nos subimos a la cima y no vemos la vista porque no queremos mirar, porque en realidad huimos del valle del que venimos… Porque ni el lugar más alejado del mundo nos separa de nosotros mismos… Porque cuánto más reniegas de lo que eres, más te ves reflejado en todas partes.

Queremos destacar pero no creemos, no confiamos en nosotros mismos, no nos sentimos merecedores de nuestros sueños y cada paso que damos nos alejamos más de ellos.

Queremos ser envidiables, adorados, admirables y nos sentimos diminutos cuando queremos imitar a otros y no conseguimos brillar. Mientras, pasamos por alto todo nuestro valor, toda nuestra esencia, todo lo que nos hace distintos… No encontramos nuestro talento porque no nos conocemos y esperamos ser otros.

No recordamos que hay algo más importante que encontrar nuestro talento, encontrar algo que te haga sentir bien, que te permita apasionarte y sentirte vivo… Curiosamente, muchas veces coincide con eso que desde simepre has pensado que haces bien, para lo que tienes una habilidad natural y lo que sin duda has decicado miles de horas. Dicen que hacen falta unas diez mil para conseguir hacer algo con destreza. Sin duda, una cantidad de tiempo que sólo invertimos en algo que nos maravilla, que nos fascina, que no hacen sentir vivos…

Y la verdad, creo que poco importa si somos el o la mejor haciéndolo, porque el mundo necesita tanto números dos como números uno porque nadie es mejor que nadie… A veces, el que domina la técnica no pone el alma y el que pone el alma, no afina.

Hay muchas formas de aportar al mundo y algunas son poco convencionales. Al final, el genio es alguien que decidió apostar por si mismo cuando el resto apostaba por mirar la televisión o esperar a que otros le sacaran del apuro. Es el loco que dijo sí, cuando todos dijeron no y que se puso el traje cuando otros se reían…

Todos tenemos talento pero no todos los talentos llenan estadios, algunos los dibujan, otros los imaginan y los construyen. Hay quién baila y quién después de ver bailar es capaz de perdonar al mundo y gracias a ese perdón arregla un reloj que dará la hora para despertar al que sonreirá y preparará un delicioso café a un hombre que hoy conducirá más feliz y parará a tiempo y salvará la vida de un niño que en unos años descubrirá un remedio para una enfermedad terrible o que escribirá un libro que inspirará a muchas personas a hacer grandes cosas como construir escuelas donde no hay escuelas, firmar tratados de paz, poner parches en los calcetines de sus nietos o dos jóvenes a tocar Hallelujah a dos violines en una estación del metro de una gran ciudad… Yo un día les oí tocarla una tarde de invierno y me sentí capaz de todo… Mil gracias al gran Leonard Cohen esté donde esté y los que me trajeron su música de forma improvisada para que yo me sintiera volar.

Podemos hacer tanta magia casi sin darnos cuenta… La hemos hecho siempre, pero no lo vemos porque esperamos el aplauso para valorar nuestro trabajo y sentirnos valorados, aceptados, respetados por los demás y paliar así nuestra falta de amor por nosotros mismos… Aunque en realidad los grandes milagros se hacen en silencio… Olvidamos lo afortunados que somos y los muchos obstáculos que sin darnos cuenta hemos superado para estar aquí… Desde el primer momento, en nuestra concepción… Lo conseguimos nosotros entre millones y fue por algo… No éramos lo más fuertes, tal vez fuimos los que tenían más ganas de vivir, los que más confiaron en llegar a la meta, los que ese día brillaron más… Los que tenían una misión por llevar a cabo y un gran don que compartir…

Todos tenemos talento, tú también.  Lo que pasa es que si no lo usamos y lo ponemos al servicio de otros, se consume, se destiñe, se vuelve opaco y pierde intensidad… Es como una luz que mantener encendida a base de darle oxígeno, como un indicador de tu actitud y tu forma de enfrentar la vida… Si no honras y cuidas tu luz se siempre se apaga. Y se queda ahí, esperando a que vuelvas a prenderla y la lleves contigo… 


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No esperes más


NIÑA COLUMPIO CIUDAD

Al final, no atreverse cuesta muy caro. La vida se nos pasa suspirando… Corre sin parar mientras pensamos si podemos, si queremos, si llegaremos al final. A veces lo pienso, me volví fea mientras intentaba darme cuenta de que era hermosa… Me hice vieja, mientras no me atrevía a vivir mi juventud. Mientras me decidía a decirle “te quiero” vino un viento fresco y él se marchó…
Perdemos la vida por buscar una vida perfecta, una vida que no nos avergüence mostrar al mundo y colgar el Internet.
No somos lo que soñamos, somos lo que creemos que deberíamos soñar para quedar bien en las fotos y poder contar a otros lo bien que nos va en nuestras vidas prestadas y sin sabor.

No dejamos que el niño que nos habita crezca porque le asusta no saber cómo, no saber por qué y no ganar la partida… No dejamos que sufra por sobredosis de realidad y frustración,  pero no deja de sufrir porque no siente la vida, porque mira tras el cristal…
Pasa rápido el tiempo cuando no te notas las alas y te escondes de tu grandeza. En cada esquina se te queda una migaja de amor sin dar y una risa tonta por estallar. Y un día, despiertas y las piernas están flojas y pies cansados. Te duele lo que no eres y te rabia por dentro lo que no te has atrevido a hacer.
Odias al mundo porque no se para cuando tú te paras para darte tiempo a reaccionar. Odias a todos los que hacía algo por encontrarse mientras tú te ocultabas para no parecerte a ti.
Pasa rápido el tiempo y te dibuja un mapa de sueños por cumplir y miedos por vencer en el rostro y el pecho. Tus temores y reproches navegan por tus costuras y dejan cicatrices, una por cada reto que no asumes, una por cada beso que no das…
En tu pecho se pierde una batalla y se borra una idea que tuviste y que sabes que nunca llegarás a plasmar.
No hay amores eternos esperando a que te decidas, hay amores gastados que vibran  sin ti. Bocas que encuentran otras bocas que han aprendido a besar mientras tú te mordías los labios y manos que acarician mientras tú te muerdes las uñas esperando para empezar a vivir…
No hay más estrellas fugaces, se acabaron los deseos, ahora toca decidir si te levantas.
Y ahora me digo con esperanza… Eres hermosa, incluso sin saberlo. A veces, sin saberlo, todavía lo eres más…
Deja de contarte cuentos y acumular ganas. Rompe las cortinas y deja que el sol meza tu piel pálida y cansada…
Eres enorme, incluso cuando te sientes pequeña, diminuta, ínfima.
Eres grande sólo por ser, por estar, por respirar… Lo que pasa es que percibes tu vida como algo pequeño y te has adaptado a un mundo que se encoje porque se asusta, que escribe su futuro con pesadillas… Un mundo decepcionado y perdido que acumula hasta que revienta porque no soporta pensar que no tendrá lo que nunca será suyo.
Me he dado cuenta… Tenemos el tamaño que decidimos, el que nos dibujamos… El que nos asignamos a nosotros mismos para poder seguir… Como si construyéramos una puerta y luego nos ajustáramos a ella para pasar, cuando deberíamos hacer lo contrario… Ir por la vida entrando solo a través de las puertas que no nos obliguen a renunciar a lo que somos, que no nos hagan reducir nuestra capacidad de crecer.
Hubo un tiempo en que decidí ser invisible. Porque no soportaba que me miraran. No soportaba decepcionar. Ser poco, ser demasiado. Pasarme de largo, quedarme corta. No gustar, no medir, no parecer, no encajar… Miré al mundo esperando su desprecio y el mundo me lo dio sin vacilar.
El mundo siempre te responde como esperas, siempre recoge el guante que lanzas para que te des cuenta de que te va pequeño y realmente podrías aspirar a más.
Y ahora me digo… Deja de buscar, ya has encontrado. Deja de desear, ya tienes. Deja de compararte, ya eres…
No esperes más, ya has llegado. Esto no es una carrera, es una forma de mirar, una forma de vivir, un cambio de percepción. El tiempo se mide por unidad de paciencia y el espacio por tu capacidad de imaginar. Todo está cerca o está lejos según cuánto lo desees… Y en el fondo da igual porque a veces no está. Lo que queremos está esperando a que lo inventemos y reconozcamos nuestra capacidad para tocarlo.
No necesitas acumular sueños, ni razones, ni excusas, ni culpas, ni miedos, ni refranes viejos que te invitan a decir que no a lo que anhelas… No necesitas.
Me lo repito… No necesitas. Suplicando que esa idea entre en mí y no se largue jamás… Para abrazar la paz de no esperar, no querer, no deber, no mirar hacia delante ni perderme mirando atrás.
Para que sólo exista este ahora, este momento inmediato, este instante en el que sentir que estoy… Esta certeza básica a la que pertenecer sin desesperar.
Y así poder soñar sin controlar, sin buscar un resultado concreto y perderme la oportunidad de vivir lo inesperado… Para poder ser sin esperar, actuar sin topar contra el muro de esperanzas retenidas y sueños hipotecados por no ser perfectos… Para poder asumir mi grandeza sin obedecer a mi pequeñez, para amar mi soledad sin ceder al temor de que sea eterna.
Me digo… Eres grande en tu pequeñez. Eres feliz sin necesitar… Eres hermosa, porque todo lo que existe es hermoso  sin tener que esperar que unos ojos que lo sepan apreciar. 

La niña que te habita ya no quiere sólo jugar, quiere vivir, prefiere caer antes de pasar la vida sin columpiarse…


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Fluir… ¿Te apuntas?


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Ya no quiero ser correcta, quiero sentirme viva.

La corrección es enemiga de la belleza, de la sabiduría, de la capacidad de caer y volver a empezar, de la capacidad de transformarse y aprender a quererse.

En un mundo completamente simétrico, seríamos todos sólo un espejo de nuestra cara amable y nos perderíamos esa parte oscura de la que tanto podemos aprender. Nunca veríamos ni abrazaríamos a esa persona que está en nosotros y que cuando somos capaces de asumirla y comprenderla nos transforma la vida… Somos un cúmulo de fracasos maravillosos esperando ser vistos como un campo de flores imperfectas, pero maravillosas. Si cerramos la puerta a lo que nos hace salvajes, estamos poniendo límites a lo que nos convierte en nosotros mismos.

Si huimos de lo que nos asusta, estamos escapando de las garras de la vida, de las infinitas posibilidades de pisar un abismo sin márgenes donde podemos crecer hasta salir de nuestro mapa…

¿Te imaginas ser tan grande que superas a tu sueño? Que ya no hay nada imposible salvo tal vez que vuelvas a ser pequeño, diminuto, que vuelvas a estar asustado a golpe de pensamiento y cedas de nuevo a la creencia de que no llegas y no puedes… Imagina que de una vez por todas sabes que lo que te convertirte en lo que realmente eres depende de ti,  de que te invites a ti mismo a pasar la línea, a cruzar la frontera de lo que crees que eres para llegar a lo que puedes llegar a ser si lo imaginas… ¿Te ves saliendo de ti mismo y mirando al mundo de tú a tú? Como si siempre hubieras llevado un mar inmenso dentro de ti esperando a desparramarse y fluir a la vida, a inundarlo todo con tu recién descubierta belleza.

Yo ya no quiero ya ser perfecta, quiero equivocarme mucho. Todavía más… Hacer tanto lo que se supone que es el ridículo que llegue un momento que ya no sepa qué es correcto y qué no, pero que tenga claro lo que me hace feliz y lo que me arrastra a la rutina. Y que si me miran, no importe, porque al fin y al cabo cuando miras a otro y te ríes de él es porque te duele no ser capaz de mirarte a ti mismo. Los que te juzgan se juzgan a ellos mismos a través de ti… Vivimos en un juego de espejos y reproches que si somos capaces de comprender, nos lleva a darnos cuenta de que perdemos un tiempo maravilloso culpándonos y culpando a otros por sentirnos tan perdidos… 

Quiero respetarme los tiempos y respetar los tiempos de los demás… Sentirme capaz de saltar y de decidir no saltar si me apetece rodear el muro para saborear el roce delicioso de las hojas frotando mis piernas… El beso del viento que siempre sabe por dónde tiene que colarse para llegar a su destino y barrer de un soplo la monotonía. Quiero ser el viento y no tener cauce, no tener que saber por dónde voy a pasar ni medir, ni planificar. 

Amar la incontinencia de mis palabras más empalagosas y mis errores más sonoros. Saber que me equivoqué intentado ser y no aparentar, sin reproche ni llanto acumulado, sin malgastar un minuto en lo que pudo ser.

No quiero huir del lobo, quiero comprenderle. Quiero amar al lobo que hay en mí para que sepa que puede liberarse… Para que aúlle y les cuente a otros lobos que la jaula es imaginaria y los barrotes en realidad están dibujados.

No quiero esconderme de mis monstruos, quiero abrir el armario y mirar bajo la cama e invitarles a salir para que bailen conmigo y sepan que ahora la que manda en mi vida soy yo.

Quiero perder. Ya he perdido, no importa. Así me queda claro que no compito con nadie, que camino y saboreo la vida sin más intención que vivirla y ser yo. Pierdo porque sé que mi victoria es estar y mirar a la cara a la vida aceptando lo que llega, lo que va, lo que sube y lo que baja…

No importa que me miren y no me vean, yo me sé… Soy la punta de un iceberg grandioso que siempre flota. Ese momento de quietud y silencio en el que descubres quién eres de verdad y sientes que eso compensa todo lo pasado… Cuando te das cuenta de que no eras diminuto como creías, sino que eras tan grande que no podías imaginarte, no podías abarcarte con los sentidos y comprenderte en tu magnitud… Cuando pensabas eras un punto en el infinito y en realidad eras el infinito entero, porque tus ojos acostumbrados a la pequeñez no veían lo que tu mente era incapaz de creer… Buscabas una gota y te perdías en el mar de tu inmensidad.

No quiero ser perfecta, quiero ser y participar de cada uno de mis procesos maravillosos y de cada uno de mis momentos como si fuera el primero, como si fuera el último. Con los ojos de una niña y la paz de una anciana. Con la sensación inagotable de saber que ocupo mi lugar en el mundo y que ya no me importa ceder, ni dejar la pelea, porque ya he gané cuando asumí mi propia grandeza y el poder que tengo sobre mi forma de mirar la vida.

No hace falta ser de ningún modo concreto, sólo ser y notar que eres. Lo demás llega de esa plenitud, de esa belleza, de esa sensación sin gravedad de fluir… De aflojar, soltar, dejar ir lo que sobra, dejar de controlar… De dejarse llevar y llegar a donde quieres sin forzar, sin medir, sin esperar nada más que flotar, que sentir… 


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Sueños prestados


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Nunca es nuevo lo que vemos, porque miramos siempre lo mismo y de la misma forma. No vemos lo que es, sino lo que esperamos ver, lo que hemos aprendido a ver y a imaginar… Lo que nos han dicho que debíamos. Vemos lo que somos y nos movemos poquito, para no hacer ruido y romper el mundo que nos mantiene en pie. Nos sentimos como un secreto guardado, como un álbum de fotos viejo, como un hogar en desuso de esos en los que ya sólo viven palomas… 

Pensamos que miramos al futuro, pero vemos el pasado.  Lo que creemos nos ha filtrado la realidad para que proyectemos siempre pasado cuando pisamos el presente, para repetir situaciones y atraer siempre las mismas circunstancias a nuestras vidas. No paramos de repetir, en bucle, porque no aprendemos, porque pensamos siempre lo mismo y encontramos las mismas soluciones a nuestros dilemas eternos . Es como si cuando éramos niños nos contaran siempre en mismo cuento y esperáramos que tuviera un final distinto. El pasado pesa y se prolonga, se arrastra, proyecta su sombra en nuestras pupilas, en nuestras relaciones, en nuestros calcetines… Nos espera al pasar por la fuente camino a casa y se acuesta con nosotros en la cama cada noche. Está en la rebanada de pan del desayuno y es en el asiento de al lado cuando subimos al tren. Nos sujeta las bolsas cuando regresamos del supermercado y nos acaricia la nuca cuando nos sentamos en el sofá después de un día largo… Siempre está porque no lo soltamos. Su recuerdo nos lastra cada paso… Nos ponemos zapatos nuevos, pero escogemos el mismo camino… Encontramos un nuevo amor, pero le amamos a la vieja usanza, como siempre, esperando que nos resucite y nos devuelva la vida que en realidad nunca tuvimos porque no nos soportamos. Iniciamos un nuevo juego, pero hacemos las trampas de siempre porque no soportamos la posibilidad de perder aunque sea como aprendizaje…

En un alarde de valentía, soltamos el equipaje más pesado y luego buscamos como locos en las estaciones y en los bares un nuevo fardo que abulte lo mismo para poder cargarlo y seguir lamentándonos…

Todas las canciones nos recuerdan que ya no nos ama, porque no nos amamos.

Todos los sueños que usamos para motivarnos son prestados o carecen de magia.

Hurgamos entre nuestros monstruos y sacamos alguno a pasear a ver si se va y nos deja tranquilos, pero luego buscamos otro que lo remplace, a poder ser aún más feroz y más feo.

Compramos ese vestido que nos tiene que cambiar la vida y lo dejamos en el armario. Leemos ese libro que nos han dicho que zarandea conciencias y lo dejamos a medias, como nuestra vida.

Viajamos a ese lugar apartado del mundo donde esperamos oír nuestra voz.

Nos perdemos usando palabras nuevas que hemos robado de un vídeo que cuenta como volver a empezar… No nos llegan, no nos invaden, sólo nos perturban porque arañan nuestros valores gastados que ya empezamos a ver que no nos definen pero no lo admitimos porque nos duele.

No acariciamos nuestros sueños, porque no son nuestros y pensamos que nos vienen grandes, porque somos pequeños y nos sentimos vacíos.

Alquilamos una sonrisa a ese personaje que soñamos que somos y la colgamos en facebook para que el miedo se pase, pero siempre se hace más grande a la espera de un like. No hay likes suficientes para quien necesita que el mundo le apruebe. 

Nos tatuamos algo que nadie comprende para tener una parcela que nadie pise ni se atreva a juzgar… Y luego criticamos sin piedad a los que como nosotros suplican compasión y llaman la atención contando sus miserias sin que nadie les pregunte…

Somos un amasijo de quejas siempre pendientes de lanzar al mar. Un milagro que no sabe que es milagro y sólo ve su sombra porque teme brillar.

Nos gusta creer que lo que deseamos es imposible, porque buscamos castigo por nuestra innata imperfección y nuestra culpa heredada ya nadie sabe por qué. Nos alejamos de lo que amamos porque nos asusta brillar. 

No hay tumbas para los amores imposibles y uno se ve obligado a llorarlos en silencio y eso los hace más idílicos, más platónicos, más grandes de lo que nunca fueron…

No podemos ir a llorar al niño que fuimos, porque no sabemos donde le encerramos en nuestro afán por esconder nuestra oscuridad… Y cuando anochece, oímos que llora desconsolado y nos pide que vayamos a verle pero nunca le podemos encontrar. En el fondo, sabemos dónde… Está justo en ese recodo del pasado donde nunca miramos por miedo a no poderlo soportar.

Nos ahogamos en mares ficticios y nos olvidamos de que nacimos para volar.

Tenemos tanto miedo a no hacer la foto y poder mostrarla que nos perdemos el paisaje y el viento que nos cruza la cara y nos hace sentir vivos.

Nunca encontramos nada nuevo porque miramos al mismo rincón. Porque nuestros ojos cansados viven encerrados en un perpetuo ensayo general de la vida esperando empezar la función.

Somos autómatas que esperan la señal para ponerse a bailar. Nos arrastramos cansados buscando una oferta que nos calme la sed y nos ponemos tristes cuando solo encontramos saldos que no nos consuelan ni hacen vibrar. 

Esperamos tanto de todo que nunca llega, nunca llena, nunca está. Porque se supone que tiene que venir a ocupar un hueco que nos atraviesa por el que siempre se cuela el viento helado y nos recuerda que estamos incompletos y que somos diminutos… 

No podemos ir a llorar al adulto que ahora somos y que se atraganta buscando su felicidad porque le tenemos encerrado en el fondo de un abismo de mensajes y sentado en un sofá.

Siempre es de noche cuando no eres capaz de sacarte de dentro la noche.

Siempre es mentira si no eres capaz de decirte toda la verdad.

A veces, te ronda la extraña idea de que estás muerto, porque no te notas… Te mataste con silenciador para no molestar a este mundo que has inventado tú y que sólo quiere que te hagas selfies y consumas algo que te haga olvidar.

Ya lo sabes, pero no te gusta admitirlo. El mundo no calla por lejos que marches.

Los vestidos nunca te cambian la vida.

El antídoto a todo esto es tan sencillo que te hace desconfiar. Para y empieza a respirar. No hagas nada que no sientas. No calles nada que te corroa. No bailes ninguna música que no sea la tuya.

Empieza otra vez. Mira hacia otro lado. No des nada por hecho, nada por sabido, nada por dogma ni verdad. No te fies de tus ojos si ves lo de siempre. No te fies de tus oídos si siempre escuchan la misma voz… Olfatea la vida y toca sin pesadumbre, la vida está para manosearla y hacerla rodar…

Si te pones la misma ropa, soñarás el mismo sueño y volverás a decirte que no. Desnúdate y anda sin ataduras mientras todavía no sepas qué te quieres poner.

No te obsesiones por ser tú mientras no sepas si ese tú eres tú de verdad. 

No sueñes el sueño de otro, ni subas a sus cimas, ni bailes su música, ni camines por sus atajos porque para ti puede que sean un rodeo.

Sacúdete el miedo amando tu miedo. Sacúdete la rabia amando tu rabia, maestra suprema para poder conocer cuáles son las piedras en tu zapato y los muros en tu camino. Supera cada error con un error mayor. Besa tus debilidades y agradece tus demonios porque te llevarán a dónde sueñas llegar.

Y cuando no sepas quién eres, entonces estarás en ese punto en el que puedes empezar a crear y sentir.

Lo que has vivido hasta ahora es el pasado el pasado, un tiempo prestado y remoto en el que te asustaba vivir.

No hay lugar donde llorar por los besos que no hemos dado ni por los que dimos a la persona equivocada… Será porque los errores son en realidad regalos por abrir y estrenar.

No hay milagros para quién no cree en milagros, no porque no estén a su alcance sino porque no podrá verlos.

No lo sabes, pero hasta ahora tus sueños eran prestados y viejos…

No lo sabes, pero has estado viviendo en círculo… 


8 comentarios

El mundo no te dará nada que tú no seas capaz de darte a ti mismo


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Esperamos demasiado de todo y de todos.

Vivimos de la fantasía de cambiar el mundo para que sea como soñamos, como si pudiéramos dibujarlo y luego sentarnos en él a criticar lo que nos duele y nos araña.

Y no es que no esté bien soñar y visualizar lo soñado, al contrario, el problema es que decidimos que el mundo tiene que responder a nuestras expectativas y colmar todas nuestras ilusiones. No queremos aceptar cómo es y gastamos nuestra energía resistiéndonos a reconocer y asumir la realidad.

Vamos por al vida buscando salvadores, príncipes azules, maestros, mentores… Queremos que alguien nos saque del abismo en que nos sentimos metidos… Buscamos fórmulas mágicas y cambios exprés. Queremos encontrar la lámpara y despertar al genio para que nos conceda tres deseos que en el fondo son el mismo… El amor que nosotros no nos damos.

Esperamos que los demás nos solucionen el vacío que hay en nosotros. Nos negamos a ver la realidad y forzamos las situaciones hasta que todo estalla… Les forzamos a ser como no son para satisfacer nuestra falta de cariño… Les queremos usar para calmar nuestro dolor por no amarnos mientras ellos hacen lo mismo con nosotros. 

Cuando nos enamoramos, esperamos que el otro corresponda y colme nuestra vida de felicidad. Le cargamos con esa responsabilidad gigante. Delegamos en él toda nuestra dicha presente y futura y esperamos que soporte el peso de tanta necesidad… Cuando descubrimos nuestro talento, necesitamos que otros nos den oportunidades para brillar, que nos saquen del anonimato y nos aseguren el futuro. 

Por un lado, desconfiamos de todo y de todos y por otro, le damos a los demás el poder de decidir sobre nuestras vidas, el mando que activa el interruptor de nuestro bienestar y nuestra alegría… Y después nos corroe la rabia si no saben usarlo, si deciden no usarlo y salir corriendo porque no aguantan más la presión. Entonces, en lugar de aprender esa lección, la de no volver a poner nuestra felicidad en manos de otro, salimos a la calle a buscar a la siguiente persona a quién darle de nuevo el mando de nuestra vida sin comprender que debemos llevarlo nosotros. 

Esperamos ser salvados por otros cuando las únicas personas que pueden salvarnos somos nosotros mismos.

Si nada esperas, nada pierdes. Y además dejas de buscar donde no hay… Porque no hay nada ahí afuera que pueda satisfacer lo que no sabemos encontrar dentro. Nada en el mundo es capaz de suplir nuestra falta de autoestima.

Y no es porque las personas no sean capaces de lo más hermoso, lo son y es bueno verlas así,  pero no podemos obligarlas a que sean y respondan como nosotros deseamos.

No podemos escribir un guión sobre cómo deben ser con nosotros y luego enfadarnos porque no responden a nuestras expectativas y no se saben el papel… No podemos poner en manos de otros nuestro estado de ánimo y esperar que actúen como soñamos… Y que lo hagan ahora y aquí.

No podemos enfadarnos porque ejerzan su libertad de ser distintos a como hemos planeado y escriban su propia historia…No han nacido para satisfacernos ni nosotros para satisfacerles a ellos. Lo único que podemos hacer para honrarles es amarles tal y como son y aceptar que no cumplan nuestras expectativas. 

No podemos culparles de nuestras miserias, porque eso es privarnos a nosotros del poder de llevar las riendas de nuestras vidas y cambiarlas.

No podemos porque no somos dueños de nadie, sólo de nuestros pensamientos, nuestros actos, nuestras decisiones…

No podemos porque esperar que otro te dé las respuestas es presionarle y manipularle para que se dedique a cumplir tus sueños y no los suyos propios…

Si dejamos de esperar, dejamos de sufrir. Dejamos que la vida nos sorprenda mientras empezamos a actuar para cambiar nuestro mundo. Permitimos que las cosas pasen mientras nos dedicamos a focalizarnos en lo que nosotros queremos…

Porque al final, las personas nos tratan como nosotros nos tratamos. Y cuando alguien es infeliz y espera a que otro haga algo para cambiar eso no se trata bien a sí mismo y en consecuencia no será correspondido… Y si lo es, lo que reciba nunca llenará ese hueco que sólo puede ser llenado por nosotros mismos.  En el fondo, a veces, nos comportamos como zombies que se alimentan de zombies pensando que así podrán volver a la vida.

Nadie puede darte lo que tú no puedes darte a ti mismo. Porque esa es la forma en que la vida te envía el mensaje que necesitas aprender… Ya lo tienes todo, pero está dentro de ti no fuera. 

Las personas que se cruzan con nosotros son las personas que atraemos para entender qué nos pasa y cuál es el camino… Son espejos donde proyectamos nuestras creencias para que podamos entender quiénes somos y qué tenemos que desaprender y borrar de nuestras vidas.

Son la respuesta a nuestros miedos y llevan en sus mochilas los regalos que nuestros fantasmas les dieron para nosotros…

Les atraemos hacia nuestra vida para comprender lo que somos y qué necesitamos para crecer. De forma inconsciente, se acercan para no darnos lo que pedimos que nos den si eso supone negarnos… Para que sepamos que lo que suplicamos está en nosotros si somos capaces de cambiar la forma en que miramos al mundo…

Si les vemos como salvavidas, dejarán que nos ahoguemos para que nos demos cuenta de que sabemos nadar.

Si les pedimos amor para tapar el vacío que tenemos, nos arañan para que sepamos que el amor que buscamos ya es nuestro y el boquete que tenemos en el corazón sólo se tapa con autoestima.

Cuando esperas que otros te reconozcan méritos y te den medallas para asumir tu valor, ellos te ignoran y te rebajan para que de una vez por todas te quede claro que ya no necesitas demostrar nada.

El mundo no te acepta si no te aceptas. Sólo cuando dejas de pedirle permiso para ser tú y necesitar su aprobación, se da cuenta de que estás y te responde de la misma forma. El mundo no va a darte lo que esperas si no eres capaz de dártelo tú primero… 

Si te amas, encuentras personas que te respetan.

La única forma de conseguir respeto es respetándonos. Si no esperas ni coartas, recibes lo que sueñas.

Esperamos mucho de todo y de todos. Buscamos mar en el cielo y cielo en la tierra. Queremos ver con los oídos y besar con las manos…

Repetimos errores porque no somos capaces todavía de decirnos a la cara que las verdades más duras y necesarias, las que curan las heridas de golpe sólo con ser dichas e imaginadas, las que cortan lazos insanos y tienden manos a otras manos necesitadas…

Estamos cansados porque vivimos contra viento y trepamos los muros que nosotros construimos para alejarnos de lo que deseamos como castigo por una culpa inventada que decidimos cargar para ser perdonados por no parecer lo que esperamos…

Tapamos los agujeros que tenemos en el alma con parches que se caen y despegan continuamente porque en realidad el único pegamento somos nosotros.

Buscamos un consuelo que solo nosotros podemos darnos y hacemos preguntas cuyas respuestas sólo nosotros sabemos.

Encontramos enemigos fuera porque salimos a la calle a buscar una venganza que calme nuestra sed de amor y topamos con otras almas rotas que buscan dolor para expiar un tormento que ellas mismas se han impuesto…

¿Por qué no intentamos mirar a los demás con la compasión que merecen y vemos que en realidad están tan perdidos como nosotros?

El mundo no es como deseamos que sea. No podemos esperar siempre a que todo suceda pero no podemos forzar la máquina de la vida para que todo pase cuando queremos porque siempre conseguimos el efecto contrario… Más aún cuando lo que provocamos forma parte de un plan cuyo fin es tapar con un parche lo que solo se cura comprendiendo y aceptando. La única forma de incidir en él es amarlo, cambiar la forma en que lo miramos y ser capaces de ver lo hermoso. Sin esperar a que nos salve o nos dé la razón, sin desear que se adapte a nuestros deseos… Aceptando cómo es y entendiendo que lo más trágico que hay en él también es lo más trágico que hay en nosotros…

Y cuando entendemos eso, todo el amor con que vemos al mundo hace que cambie, todo lo que podemos aportar a él surte efecto, aunque sea pequeño, aunque no se note… A veces lo diminuto genera una espiral de cambios que que perturba lo que parecía imperturbable… El cambio en la forma de actuar de una abeja afecta a una colmena…

Si conseguimos cambiar nuestra actitud y actuar en consecuencia podemos conseguir lo que parecía imposible… Si somos coherencia, contagiaremos al mundo de coherencia…

Y así dejamos de esperar y nos ponemos a ser, a sentir, a vivir con las consecuencias de nuestra nueva forma de ver la vida, a latir con el mundo y ser el mundo, en lugar de quedarnos sentados juzgando lo terrible que es… En vez de lamentarnos por lo atroz que encontramos, seremos capaces de cambiarlo si antes nos transformamos a nosotros… El mundo que te rodea es un reflejo de tu mundo interior… Lo que ves en él es lo que no eres capaz de ver en ti, lo que ocultas, lo que intentas no sacar a la luz porque te avergüenza… Con las personas que se cruzan en nuestras vidas sucede lo mismo. Están ahí para que reconozcamos en ellos lo que no somos capaces de ver en nosotros y afrontemos de una vez por todas que nuestra oscuridad salga a la luz y podamos abrazarla para reconocernos por entero y amarnos de verdad.

El mundo no va a cambiar porque no nos guste. Es así de duro porque tiene muchas lecciones para darnos… La primera de ellas, que somos nosotros quiénes tenemos que dar el primer paso y poner nuestro ejemplo a su disposición.

El mundo no va a cambiar, sólo cambiarás tú, si quieres… Y ese movimiento pondrá en marcha un mecanismo maravilloso e impredecible que puede darle la vuelta a todo. A veces, la vida no es como esperamos, es incluso mejor si permitimos que fluya  a través de nosotros y tomamos las riendas…