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la rebelión de las palabras


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Cuando llevas años buscando y no encuentras


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Llevo años buscando algo que nunca supe definir. Por el camino encontré mil cosas que no eran ese algo, que casi no podía ni imaginar. A veces, era calor en una noche fría y aire fresco un mediodía de verano. Otras era viento para llevarse mis cenizas y fuego para resurgir de ellas. Era un lugar donde el silencio era tan absoluto que podía oírme respirar y latir. Eran todas la palabras juntas que jamás dije y las que no me pude callar. Era esa bocanada de aire cuando subes a la superficie después de estar demasiado tiempo en el agua y unas sábanas limpias para descansar. Era un camino llano, una mano amiga, un compañero de juegos que no me mirara pensando que soy rara, una noche de estrellas sin nada más que estrellas, una tarde de invierno ante una chimenea viendo arder las piñas y oyéndolas crepitar. Era parar sin tener que dar cuentas a nadie por estar cansada, parar sin tener que excusarse y sentirse culpable por parar.

Buscaba aliento y palabras amables. Buscaba algo que me recordara quién soy cuando me levanto por la mañana y llevo la resaca todavía de un día con miedo, con mucho miedo que la noche no liberó. Buscaba una fórmula mágica para ahorrarme mirar dentro y sacar la basura y los pensamientos lúgubres, un sabio que me contara como vivir sin vivir la amargura de no saber cómo y una hada madrina que me convirtiera en algo que no soy, porque lo que soy era a veces insoportable.

Durante años, esperé recibir de muchas personas los servicios prestados, los momentos regalados, el halago, el reconocimiento… Necesité ser perfecta para poder dejar de evitar los espejos y atreverme a vivir esas aventuras que mi corazón clamaba y mis pies frenaban en seco siempre. Me convertí en una tirana de mí misma, siempre exigiéndome tanto que llegué a odiarme. Cuántas veces he renunciado a hacer cosas no porque temiera fracasar en ellas sino porque al planteármelas me imaginaba lo mucho que me hostigaría para hacerlas perfectas y lo mucho que me reprocharía si no lo conseguía. Estaba claro que no lo conseguiría porque el listón estaba tan alto que cada día subía. Podía oír  esa voz de institutriz amargada impregnada de culpa, de una culpa oscura e insoportable, pegajosa e inmensa, recordándome lo mucho que me ven fallar y cuánto me apuntan con el dedo los que parece que siempre están pendientes que mis fracasos y quebrantos…

Buscaba… Llevaba años buscando y no encontraba. Buscaba un lugar donde ella se callara. Quería ahogarla y decirle basta, pero esa voz pisaba las nubes y caminaba sobre las aguas, bailaba en mi cama y cuando estaba tranquila me susurraba que tenía que estar alerta, que había dejado mi puesto de centinela y una tragedia se estaba mascando como consecuencia de ello en algún lugar… Y volvía a mi puesto, a hacer guardia, rota y cansada, agotada pero firme,preocupada por cuál sería el castigo ante mi falta. Con mi pequeño cuerpo deshilachado y tenso, harto y asqueado pero siempre, siempre apunto para atacar  defender y una fortaleza que no existía y una dignidad que nunca, nunca estuvo amenazada.

Buscaba paz y llenaba ese vacío con una guerra constante por parecer y llegar a mis metas, que cinco minutos después estaban desiertas y parecían insignificantes. Soñaba con demostrarle al mundo que había algo en mí que merecía la pena, algo que contar. Esperaba que el mundo superara el desaliento de verme y me diera la oportunidad que yo jamás me dí y me permitiera ser una persona “normal”. Iba siempre atada a un regalo que ofrecer para que disculparan la osadía de mi presencia e insignificancia… Y el regalo cada día era más grande, más pesado, como una carga que arrastrar para poder ser digna de ser aceptada, reconocida, respetada.

He pasado años buscando esos cinco minutos después de saber que ya está, que todo irá bien, que estaba segura y protegida, que la vida daba un vuelco y ya no tenía que preocuparme constantemente. Suplicando dejar el control y poder soltar esa angustia que cuesta la vida soltar. Esperaba una especie de click, esa pieza que al moverla pusiera en marcha un mecanismo que me salvara o me dejara entrar en ese lugar donde te pasan cosas buenas y todo es como debe ser. Buscaba la pieza del rompecabezas que explicaba por qué llevaba años sin sentirme en mi lugar y siempre necesitaba estar haciendo cosas sin parar para sentir que solucionaba mi vida… Que si todo no era perfecto y no coronaba mis metas no era porque me hubiera quedado algo pendiente, algo por hacer… Para poder soltar esa culpa gigante que me recorría le cuerpo de madrugada.

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Esa era mi paz, rellenar correctamente el expediente, hacer los deberes, morir con las botas puestas… Y que si mundo estalla y revienta, nadie puede llegar a pensar que fue por mí, que yo tuve la culpa, que me dejé algo por hacer, que algo se me pasó por alto, que dejé mi puesto de vigilancia para tomar café y la oportunidad que esperaba pasó de largo… Como si no se tratase de vivir mi vida, sino de demostrar que la vivía de la forma correcta. Como si viviera en un escaparate inmenso y no importara si era feliz sino que diera el mejor espectáculo y todos supieran que actuaba como debía o se me había asignado.

Llevo años buscando esa pieza, esa tecla, esa palanca que pone en marcha el mecanismo y ¿sabéis qué? no existe, no hace falta, no hay necesidad… La varita mágica para encontrar es dejar de buscar. La forma de mejorar el expediente es cerrar el expediente, hacerlo trizas y tirarlo… Soltar tu necesidad de parecer y hacer lo que el mundo espera y limitarte a ser y vivir en coherencia. La vida perfecta es la vida vivida y sentida, la solución es decidir que no hay problema… Cuando admites y aceptas que puede que el rompecabezas esté incompleto y no pasa nada, descubres que la pieza que buscabas eras tú y que el mensaje que debías recibir era “ya basta”. Nunca nada será perfecto porque estás programado para que no lo sea, para no verlo, para continuar buscándolo… Para intentarlo una vez más a pesar de que el cansancio y el hastío sean insoportables. Ya está bien. A veces, la vida quiere que te canses mucho para que llegues a ese punto en que ya no te importa nada lo que parece, lo que piensan los demás, lo que crees que el mundo espera, los méritos que haces, lo mucho que das y te atrevas a vivir como nunca antes has osado vivir… Libre y sin carga. Para que sepas que, en realidad, lo que llevas años buscando es a ti y  lo que necesitas es cambiar tu forma de mirar, tus pensamientos, tu perspectiva…

 

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No puedo vivir sin mí


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No puedo vivir sin mí.

No puedo, de verdad. Lo he hecho durante años y luego me dolía la espalda y la cabeza.

Me dolían las rodillas y siempre estaba cansada. 

Estaba cansada de estar cansada. De pensar siempre en lo mismo y no encontrar una respuesta, pero no poder dejar de pensarlo. Como si me hubiera metido en un agujero negro y no pudiera salir… Como si estuviera enredada entre las sábanas y no recordara que estoy durmiendo. 

No puedo vivir sin mí, no puedo. 

No puedo dejarme para luego porque el luego no llega nunca. No puedo repartir y ser siempre la última porque un día no me quedarán fuerzas ni alma para repartir… No puedo ser la primera en levantarme y la última en caer en la cama, no puedo. No puedo decir siempre que sí y doblarme por dentro, no puedo. 

Lo he intentado durante siglos porque me dijeron que eso era lo que estaba bien, pero no funciona. Si no hacerlo es ser egoísta, bienvenido egoísmo a mi vida, porque estoy harta. 

No puedo vivir mirando el retrovisor y pensando en mañana al mismo tiempo, no puedo… Tengo que estar presente ahora, porque se me quema el guiso y se me agrieta el pecho deseando salir de mí y decirle al mundo “ya basta”, no puedo más, me apeo, me bajo, me voy… Necesito pensar en mí un rato, notarme los pies y las manos, saber que estoy aquí y que no me he ido mientras hacía mil cosas al mismo tiempo… Necesito habitar mi vida y mi esencia. Recordar que existo y que tengo sueños y deseos y que son tan importantes como los vuestros, ni más ni menos. Necesito mi silencio para contarme las cosas que importan y escuchar mi voz de verdad, no las de otros. 

Necesito escogerme a mí también la ropa y lo que como, tratarme como trato a otros. Necesito mirarme la cara y cruzarme con mis ojos para recordar su color y su brillo. Necesito parar y sentir que estoy viva y que me importa. Que el sol sale también para mí y que cuando abra la puerta, la calle estará puesta para que yo la pise. Necesito zurcirme y remendarme a mí misma como a un calcetín y coserme el alma para que no se me escape. 

No puedo vivir sin mí, ni mis ganas y cuando vivo sin mí, las ganas se me acaban. Necesito romper la hucha e irme de viaje a las antípodas de mis pensamientos. Sacar la bruma espesa que llevo dentro y llorar lo no llorado nunca, llorar tanto que se inunde mi mundo y justo en ese momento decida qué salvo y qué dejo. Vaciar mi vida de “casi”, de “tal vez”, de “puede” y  de “más adelante”. Sacar mis penas al sol y ver como el sol las pulveriza y las abrasa. Necesito salir de mi vida a las siente de la mañana y no regresar nunca hasta que no parezca mi vida. 

Necesito tirar la ropa vieja y quedarme desnuda. Dejar de subir las montañas más altas esperando que la vista sea otra y descubrir siempre que mis lamentos me persiguen, que mis miedos van en la mochila… Necesito soltar el equipaje y escribir otra vez mi historia. Quedarme quieta tanto rato que me ronden los pájaros y me surquen las hormigas… Que el mar me arrastre porque piense que soy de arena y el viento me esculpa como a una roca. Necesito dejarme llevar por la vida a ver qué pasa, porque estoy harta de intentar manejarla y que de vapulee en las esquinas para que vea mi ignorancia. 

No puedo vivir sin mí, me soy imprescindible. Durante años he callado y he escuchado a otros mientras me hacía la sorda conmigo y me decía que podría, que aguantaría, que era capaz… Y lo soy, lo sé. pero es que ya no me da la gana… Ya basta, puedo con mucho pero no quiero, no necesito esta perfección estúpida y dolorosa, no busco llegar a todo y quedarme muerta por el camino, no deseo esta vida a medias donde todo está controlado menos mi locura por tanto control… Quiero escuchar mi llanto y mi angustia, mi voz interior que clama justicia por mí y me pide que me abrace y me conforte… Quiero volver a oírme la risa y cantarme una nana hasta que me duerma. 

Necesito respirar tan hondo que el mar me cubra y el aire se termine si no lo suelto. Bailar sin pensar que me miran. Caer sin creer que importa. Fallar sin que el mundo deje de girar. Necesito tomarme vacaciones de mi vida sin que la vida de otros empiece a desmoronarse. No puedo vivir sin mí y dejarme de lado mientras estoy siempre atenta a otros y soy el parche para todo, el consuelo para todo, la que cose y lame las heridas, la que escucha las penas, la que plancha las camisas de los días especiales y llora en la ducha para que no se note y otros no crean que algo va mal… No vayan a preocuparse y cargar parte de la responsabilidad que decidí asumir yo. 

No puedo vivir sin mí y no voy a esconderme, ni a disculparme. ni a sentirme una mala persona… Merezco lo mejor de la vida y tengo que empezar a dármelo y permitirme soñar. No importa si no llega, no todo llega, pero me tendré a mí misma, sabiendo que me lo permito, que ya no me pongo la zancadilla ni me aparto de la vida que deseo… 

No puedo vivir sin mí y no quiero… Ya basta. 

 

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Siempre que crees que llega el final, estás ante un nuevo principio


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Siempre que crees que has llegado al final, en realidad, estás ante un nuevo principio.

La vida es un bucle en el que todo es cambio constante y cuando te quedas quieto cinco minutos y miras al suelo, te das cuenta de que ya no existe. La vida te obliga a bailar para que no te quedes parado, te obliga a saltar para que pases a la siguiente fase, te obliga a vivir para que no te quedes rezagado…  Siempre que crees que has encontrado las respuestas, te cambia las preguntas. Y te vuelve loco, hasta que descubres que lo que realmente importa es la transformación que la búsqueda de respuestas experimenta en ti y no las respuestas que buscas.

La vida te invita a caer para que no tengas más remedio que levantarte. Siempre que sientes que estás ante el amor de tu vida, le borra la cara para que sepas que la verdadera historia de amor que tienes que vivir es contigo. 

Cuando estás en el suelo, roto y descosido, sin ganas, sin casi aliento, con los ojos abiertos sin ver nada más que tu miedo y las manos cerradas porque crees que ya no hay nada para ti, algo te levanta. Eres tú y no eres tú a la vez. Es esa versión de ti que se ríe de los miedos y siempre va un paso por delante. La que te dice “venga, hazlo” cuando tú tienes ganas de permanecer sentado un rato más. La que te pide que te calles cuando vas a quebrar tu silencio para decir algo que no busca más que confrontación y pelea. Es una parte de ti que lucha sin luchar, que camina sin casi poner los pies en el suelo, que siempre cae de pie porque confía en sí misma. Es esa parte de ti a la que haces callar a veces porque te asusta lo valiente y osada que es. 

¿Lo has sentido alguna vez? Es algo indescriptible. Una certeza absoluta por algo que todavía no puedes tocar. Una fe inmensa que traspasa muros de hormigón y se comunica contigo aunque esté a mil kilómetros de tu consciencia. ¿Has notado eso alguna vez? conectar con esa capacidad de estar por encima de todo y en plena tormenta ser capaz de intuir el sol… Notar que hay suelo en plena caída libre… Saber que hay algo a lo que agarrarse aunque mires alrededor y no veas nada. Intuir que está pero que todavía no lo ves porque no ha llegado el momento perfecto. Saber que cuentas contigo, que sacarás la fuerza de algún lugar, muy dentro, cuando llegué el momento y sabrás exactamente qué hacer.

Siempre que llega el final es un comienzo disfrazado. Algo nuevo que nace porque algo muere o se transforma. Algo que surge porque has renunciado a algo que te ataba a lo que ya no podía ser, a lo que ya no era, a lo que ya no eras tú. Un devenir constante en el que si te quedas quieto te salen escamas y si no lloras cuando necesitas llorar, te estalla la garganta… Un estar atento y al mismo tiempo confiado, estar alerta y soltar el lastre. Desechar lo que no sirve para dejar hueco a lo que está por llegar. Dejar de hacer guardia por si te atacan mientras abres la puerta a lo desconocido. Dejar de confiar en los relojes y empezar a darte tu tiempo, a amar tu presente, a ver con los ojos de tu consciencia…

Siempre, siempre que algo se va, llega algo nuevo. Sólo tienes que cruzar el umbral de tu miedo, aún con tu miedo a cuestas, porque no se irá. Seguirá a tu lado y tú decides si le haces caso y te quedas o si te escuchas a ti y das ese paso.

Siempre que crees que acabas, estás empezando de nuevo, siempre. Porque tal vez porque la única forma de llegar a tu certeza es atravesar tu incertidumbre. La más oscura y espesa. Atravesar la más absoluta oscuridad para no tener más remedio que aferrarte a tu luz. Vivir la más insufrible preocupación para que no te quede otra opción que soltarla y empezar a creer en ti y besar tu paz. 

Siempre que crees que has llegado al final, en realidad, estás ante un nuevo principio. Lo que pasa es que no lo ves porque te aferras a lo que era y no puedes contemplar lo que es. Te agarras a una rama y para saltar tienes que soltarla y agarrarte a otra. Tienes que confiar. Tienes que encontrar en ti la deliciosa certeza de que pase lo que pase no te vas a dejar solo… 

Cuando algo acaba, algo comienza.

Siempre, siempre que buscas algo, en realidad te buscas a ti.

 

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Vivir sin que el miedo te marque el camino


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Hoy voy a decirte que me alegro por ti, por todo lo bueno y hermoso que llega a tu vida. Porque sí. No hace falta que pase nada, no hace falta que busque nada de ti… No lo digo por obtener nada a cambio, ni espero nada… Bien, tal vez sí, que sepas que me alegro, que sepas que lo mucho que vales, para cuando se te olvide, para esos momentos duros en los que te levantas y se asoma un día agrio ante ti y por más que lo intentas no consigues verlo de otro modo… 

Hoy voy a celebrar que estás, que estoy, que somos. Porque sí. No hace falta que llegue la fecha en el calendario ni que se nos caiga la piel arrugada para mirar atrás y ver algo más que el dolor. No hace falta que se nos rompa la vida para darnos cuenta de lo hermosa que es la vida… No hace falta. Podemos darnos cuenta ahora de lo mucho que tenemos y la belleza de lo que nos rodea. Podemos celebrar la vida sin temor a que la vida nos castigue por osar a tentarla. Podemos celebrar y confiar sin que la vida se enfade porque estamos hartos de sufrir y ya no queremos preocuparnos ni prevenir más tragedias. 

Hoy voy a dar gracias porque me noto los pies, los dedos de los pies. Porque te miro y te veo y veo lo que está a mi alrededor. Porque acaricio con mis manos y respiro con todo el aire que soy capaz de abarcar con mis pulmones. Porque he amanecido en mi cama y ayer me acosté con un buenas noches sin acritud. Porque el mar me llama cada día y sólo con inspirar noto su olor en el aire y en mí. No necesito esperar a que se borre nada, a dejar de sentir, a dejar de notar para lamentarme y darme cuenta de lo hermoso que era… Puedo hacer una fiesta por lo hermoso que es ahora. Por lo hermoso que ha sido. 

Hoy voy a mirarte y ver lo hermosa que eres. Voy a maravillarme de que entre todos los seres posibles del mundo me eligieras a mí para nacer. Voy a alucinar con tu perfección y tus ganas de todo, con tu fuerza inmensa y tu enorme talento para confiar en la vida… Voy a aprender de ti, mi vida, y perderme en tus pestañas largas y tus canciones divertidas… Voy a hacer una fiesta por lo que somos juntas, por la alegría de tenerte cerca y compartir. 

Hoy voy a mirarme bien a mi misma y decirme que me amo. Porque sí. Porque lo que soy no necesita de abalorios ni alhajas. Porque ya no busco demostrar nada y sólo deseo caminar para ser y sentir. Voy a tomarme un café conmigo y contarme la historia de una mujer que tardó en darse cuenta de todo lo bueno que habitaba en ella, pero que cuando lo hizo volvió a nacer. Voy a decirme cosas hermosas al oído y creérmelas todas, aunque sean exageradas, aunque en realidad no importen, porque así haré costumbre en esto de tratarme bien y cortejarme un rato. Hoy voy a pedirme una cita conmigo misma y estoy segura de que no me dejaré plantada como otras veces, esta vez no… Me pondré mis mejores galas, por dentro y por fuera, iré con el ánimo alegre, con las ganas inmensas de conocer a alguien como yo… Me reservaré un tiempo sin que suene el teléfono, me escucharé sin tregua, me diré que sí y me enamoraré un poco, sin caer en la vanagloria, sin creerme mejor que nadie, pero creyendo en mí. 

Hoy voy a mirar a los ojos a todas las personas que encuentre en la calle, en el ascensor, las que tienen la mirada perdida en el parque,  las que se ocultan bajo una gafas de sol. Si mis ojos se topan con los suyos les miraré como si les dijera “me importas” para que se acuerden de lo mucho que importan, de lo mucho que pueden importarse a ellas mismas, para que sepan que dentro de ellas hay mucho valor… No hace falta que me respondan, ni siquiera hace falta que me entiendan, sencillamente quiero compartir. Porque sí. 

Hoy voy a decirte que te quiero. Porque sí. Porque amarte no solo te acaricia a ti sino que a mí me hace un ser más grandioso y flexible. Porque amar me extiende más allá del espacio que ocupo, traspasa mis límites y sale por mis ventanas… Porque amar me hace más libre y rebota en la cara y el pecho y me reafirma para seguir. Porque es tan grande este amor que anda solo y no necesita nombre pero se lo voy a poner porque me gusta decirlo en voz alta… Porque nace de reconocerme a mí y reconocerte a ti… Porque sí. Porque lo merecemos. Porque la vida empieza y acaba justo ahora, en este momento, y todo lo demás es una propina deliciosa. 

Porque no necesitamos una razón para celebrar la vida. Porque ya hay muchas, miles, a puñados… Si esperamos a tener una más, a ser capaces de verla, tal vez se nos haga tarde y se nos apaguen las velas. 

Hoy voy a sentirme segura, capaz, protegida, libre, amparada, confiada… Aunque sea cinco minutos. Voy a creer que si pongo el pie, el suelo no se hundirá. Que si salto, descubriré que tengo alas y planeo. Que siempre hay una salida. Que todo tiene un sentido. Voy a celebrar que me he dado cuenta de que preocuparse no tiene mérito y no sirve para nada… Voy a vestirme de gala para vivir esta vida corriente y darme cuenta de que en realidad es extraordinaria… Que yo soy extraordinaria… Que tú eres extraordinario… Que la vida es un regalo que a veces no nos atrevemos a desenvolver y abrir por miedo y otras lo dejamos olvidado en un cajón porque no creemos merecer tal honor… 

Hoy voy a abrirlo y a celebrarlo, no importa que haya dentro, es un regalo maravilloso. Hoy sí. Me atrevo. Apuesto a que todo irá bien. Aunque la magia dure un momento, aunque digan que confío demasiado… Porque prefiero pasarme a quedarme corta. Porque escojo vivir sin que el miedo me marque el camino. 

 

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GRACIAS

 


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No es la suerte, eres tú…


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Tienta la suerte.

Rompe el saco con toda la avaricia que puedas, con todas esas ganas que acumulas de vivir en ti. Porque de una vez por todas te has dado cuenta de que lo mereces… Que no era avaricia sino ilusión y hasta hoy no te habías permitido sentirla. 

Abre el cajón donde guardas todos tus desengaños y vacíalo de una vez, aunque duela, aunque algunos recuerdos al salir te arañen la cara y sean sal en tus heridas. 

Dí que no, aunque moleste. 

Dí que sí, aunque parezca una locura. 

Cancela todas tus citas, porque hoy has quedado contigo. 

Para todos los relojes porque a partir de ahora, siempre vas a tener tiempo para ti. 

Sal del círculo en el que te paseas una y otra vez dando vueltas y esperando que la vida te rescate… 

Sal del armario de la resignación y apuesta fuerte por lo que deseas pero sin dejar que eso que deseas te haga esclavo.

Camina encima de las aguas de tu inconsciencia, cae si hace falta, sumérgete hasta el final para darte cuenta de que siempre has flotado, de que siempre llevaste un salvavidas, en realidad.

Apuesta por ti. Sé egoísta si eso te supone ser una prioridad en tu vida, que ya te toca. Y date cuenta, por favor, que eso no te hace amar menos ni dejar de tender la mano, al contrario, te sirve para hacerlo con más fuerza y sentido. Para amar de verdad y no con el piloto automático. 

Que no pase nada si no llegas o no lo alcanzas, porque lo que importa es este acto de amor a ti mismo… Porque no eres lo que consigues, eres el entusiasmo que fabricas para dar cada paso.

Deja de escuchar a los presuntos sabios y mira lo qué hacen los gatos. 

Observa los árboles como crecen altos y fuertes desde una semilla… 

Deja de buscar tu destino y encuentra tu lugar en el mundo, tu misión…  Y si no la ves, ahora, no te culpes, no te agobies, no te exijas, vive. 

Hazte preguntas inquietantes, incómodas, pero no te obsesiones con las respuestas. 

Cuando llegues a un lugar nuevo, pregunta por todos los locos, los frikis, los incomprendidos… 

Aunque no entiendas qué pasa en tu vida, no te apures, no siempre hay que comprender para poder experimentar. Hay muchas cosas que no se comprenden con la cabeza, sólo con las vísceras. Las palabras muchas veces nos acotan, nos limitan, nos etiquetan… Etiquetan lo que somos y lo que sentimos, lo que vemos y lo que creemos… Si juzgas lo que eres, lo recortas… Si juzgas tu proceso de cambio, lo frenas.

Deja que la curiosidad te lleve de la mano.

Agudiza el olfato. 

Doma a la bestia que hay en ti, pero hónrala siempre. Que sepa que la respetas, que la amas, que aprendes mucho de ella. Que sepa que sin la bestia, no tiene sentido el ser humano que te habita. 

Sé fácil. No renuncies a ti, pero no batalles por lo absurdo, por lo que no importa… Ábrete a lo desconocido. 

Deja de preguntarte por qué y baila. Sin saber cómo, sin contar pasos, sin música. 

Camina, aunque no veas el camino, aunque no tengas claro que haya suelo ni cielo, aunque el miedo te cuente que no vas ninguna parte y el viento te traiga recuerdos de un pasado en el que te detuviste a llorar. 

Llora. Llora cuánto necesites. Nunca acumules lágrimas ni ganas de soltar tu dolor. Que tu tristeza y tu rabia sean maravillosas y te guíen hacia ese lugar donde están asumidas y superadas… Que tus debilidades sirvan a tus fortalezas para amarte y aceptarte. Que lo que ocultas se haga tan evidente que ahora sea tu estandarte…

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Ama tu sombra porque es la comadrona de tu luz. 

Ama tu miedo porque te permitirá volar. 

Corrige tu vuelo o tal vez deja que se tuerza a ver dónde te lleva.

No hagas más planes, siente y déjate llevar un rato. A menudo, los errores nos llevan al camino correcto. 

Deja de culparte y reprocharte por lo que no has sido y conseguido porque todo fue necesario. Que no te lo cuenten, vívelo. 

Haz algo ahora que cambie para siempre tu rumbo, algo que queme todas las naves y no te permita regresar a tu dolor, a tu cansancio, a tu rincón del miedo más que para aceptarlo y sacar algo bueno de él. 

Quédate justo en este momento presente y deja de juzgarlo y menospreciarlo, no busques más por ahora, no lo veas como un trámite sino como un objetivo, que no sea sólo el camino sino también la meta. 

La vida sólo te pide que estés presente. Que la notes, que la sientas, que la vivas. Que llegado el momento digas que sí. 

Tienta  la suerte y descubre que no es la suerte, eres tú. 

 

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Carta a mi yo del presente


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Querida Mercè, 

antes que nada, perdona. Me he pasado mucho contigo. Lo sé, no hay excusa, aunque sea tan dada a las excusas siempre para todo pero, esta vez no quiero parapetarme tras una… He sido muy dura contigo y ya está. Lo asumo y te libero de esta carga. 

No supe hacerlo mejor, ya sabes que me he pasado la vida intentando que me acepten, buscando que me elijan y valoren, y cuando te pedía que dieras más y fueras mejor, pensaba que eso te haría más feliz. No es cierto, nunca hay suficiente para alguien que no se siente suficiente. Nunca es perfecto para quién necesita que sea perfecto. 

Hace años te metí en una espiral de demandas y exigencia máxima y te dejé sola en ese laberinto. Te pedí que encontraras el tesoro oculto y no me di cuenta de que cada vez te ponía el listón más alto. Siempre pendiente de un resultado hasta que la propia ansiedad para conseguir el resultado lo hizo imposible… Siempre asustada por evitar el fracaso hasta que el propio miedo lo hizo inevitable. Siempre intentando ser tan fuerte que la propia fortaleza se convirtió en debilidad porque no te permití caer ni descansar. 

Ya basta compañera, ya está. Ahora nos paramos en medio del camino y nos miramos la cola. Vamos a lamernos las heridas un rato y ver que no somos nuestros desengaños ni nuestros miedos ni nuestros pensamientos obsesivos. Somos la mujer que supo seguir adelante a pesar de ellos. ¿Sabes? Ni siquiera somos nuestros méritos, sobre todo eso, porque nos hemos desgarrado tanto por dentro para conseguirlos que no compensan…  Me he dado cuenta de que no importan todos los gritos de rabia que hemos lanzado a la vida ni lo que hemos ganado, ni lo que hemos perdido porque lo único que importa es cómo decidimos vivirlo por dentro. Podemos mirar atrás, pero sin quedarnos pegadas a esos momentos en los que la vida nos dio zarpazo. Podemos mirar al futuro, pero sin tratar de controlarlo ni aferrarnos a una versión de la vida concreta que nos haga sufrir… Tan sólo tenemos este momento, que es el principio de todo y el fin. Vamos a vivirlo como si no hubiera un mañana, pero con la absoluta certeza de que nos espera algo hermoso.

Vamos a ponernos un “me gusta” a nosotras mismas y escucharnos un rato. No para quejarnos, sino para saber qué nos gusta y qué nos molesta e intentar acercarnos o alejarnos de ello en la medida que esté en nuestra mano. Y si hay un lamento, no pasa nada, tenemos derecho, lo que realmente marca la diferencia a veces, no es lo que haces sino ser consciente de para qué. 

Amiga, vamos a soltar lo que no depende de nosotras. Lo sé, te cuesta, nos cuesta mucho, nos educaron para creer que si nos preocupamos por todo la vida nos recompensará en una calamidad menos y los demás no nos juzgarán como irresponsables. Nos programaron para hacer siempre todo lo posible y más, pero no podemos forzar a la vida y cuanto más lo intentamos, más rebelde y arisca se pone ante nosotras. Ya basta de huir de que nos señalen con el dedo, dejemos que piensen lo que quieran, ellos también son libres… 

Vamos a sentarnos y no hacer nada un largo rato. Nada que produzca nada, que suponga un premio, un resultado… Nada que nos lleve a obtener nada. Vamos a ver qué pasa si dejamos pasar algunos trenes a los que antes hubiéramos considerado insoportable no subir. Vamos a esperar al tren que realmente nos guste, al que lleve a dónde deseamos ir de verdad. Diremos no al tren del trabajo seguro pero estresante, al del amigo inteligente que nos critica siempre, al de llevar siempre tacones altos para estilizar la figura, al de llegar siempre veinte minutos antes y al de la perfección absoluta. Esperaremos, aunque nos quedemos solas en la estación y en algún momento parezca que el tren que deseamos no vaya a pasar nunca. Esperaremos y si llega un tren inesperado, con destino incierto, pero algo de él nos atrae, podemos subirnos. Porque vamos a apostar por lo que realmente soñamos, pero también vamos a confiar en la vida a ver qué nos propone. Abramos la mente y al corazón a ver qué pasa. 

Tal vez renunciemos a algunas cosas subiendo a ese tren. A esa falsa sensación de seguridad y control que tanto nos gusta y domina, que nos ha llevado a besar tantos sapos que nunca se convirtieron en príncipes. Cuando la incertidumbre nos ahogue, recordaremos que la seguridad absoluta no existe, que es una invención a la que nos sujetamos para poder soportar el vértigo, que la vida es vaivén y equilibrio y que cuando aprendes a vivir con ello, consigues algo maravilloso que se llama confianza. 

Estoy contigo. Ya lo sé, he pasado de ti muchas veces. Te he dejado con la tarta de cumpleaños para soplar las velas y has desperdiciado tu deseo pidiendo que los demás te hicieran caso, que te vieran, que te aceptaran, porque yo no estaba y no te veía. Porque yo no supe ver tu gran valor y belleza y te tuve esperando reconocimiento ajeno durante siglos. Te vi llorar y no te dije nada porque yo acumulaba mucho llanto y no era capaz de sentirlo. Te vi rabiar y no te calmé porque yo sentía tanta rabia que tan sólo deseaba golpear al mundo para vengarme por no haber tratado como merezco… Mientras yo nunca te trataba como mereces, “no nos trataba como merecemos”. Siempre vemos ahí afuera lo que reprimimos por dentro, ¿verdad?

Esto va a salir bien, amiga. De hecho, ya ha salido bien, perfecto (como a ti te gusta), maravilloso… ¿No te das cuenta? Ahora estamos juntas y eso nos asegura el éxito. No sé cómo, ni dónde, ni cuándo pero vamos a lograrlo. Tampoco sé qué exactamente y no hace falta, ya hemos llegado a ese punto en el que dejamos de buscar y empezamos a encontrar y nos damos cuenta de que siempre ha estado ahí, pero no lo vimos porque era demasiado evidente, demasiado sencillo como para que lo valoráramos. Siempre pensamos que la vida era complicada, cuando en realidad es simple pero la complicamos nosotros. 

Gracias por tanta paciencia, por tantas ganas, por tanto trabajo mirando dentro y por la humildad de asumir errores y seguir adelante. Gracias por haber sabido esperarme el tiempo necesario como para que yo de me diera cuenta de lo mucho que te amo y respeto y te aceptara tal y como eres. Gracias por haber sabido siempre que yo estaba ahí, aunque no me notaras ni vieras ni te diera muchas satisfacciones. Gracias por tenderme la mano y sonreírme cuando nadie lo hacía y ver en mí algo hermoso cuando yo era incapaz. Por mirarme a los ojos cuando yo miraba a otro lado esperando que la vida me devolviera todo el esfuerzo acumulado. Gracias por existir y sentir tanto amor por todo y no haber desistido nunca en este camino que siempre es de vuelta a uno mismo. Gracias por todas la veces que te he fallado y tú has seguido creyendo en mí. 

Ya no estoy sola, no estás sola… Vamos juntas en esto, amiga.

Te quiero… 

Atentamente 

 

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Vivir en modo “café con leche”


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Basta ya de objetivos y de listas… Que sí, que están bien, yo las hago siempre pero, por favor, no son una biblia. No vamos a dejar de ser esclavos de la mediocridad para pasar a someternos a la exigencia máxima. La excelencia no sólo es dar lo mejor de ti en cada momento sino sentirlo, vivirlo y notar como te cambia. De lo contrario, la vida es como esos álbumes de fotos que tenemos todos en los que aparecemos en lugares junto a monumentos y ni siquiera los recordamos porque nos hicimos la foto en un segundo sólo para decir que estuvimos… Las listas de objetivos están vivas, se mueven, se cambian, se recalculan, se redirigen, se bifurcan… La gran habilidad es la de escoger un camino y ser capaz de entretenerse en él y vivirlo con suficiente entusiasmo como para que el camino te cambie. La vida no es símbolo de check que le pones a tus metas, es lo que sentiste cuando las surcabas y te acercabas a ellas.

De hecho, te propongo un reto. Que tus objetivos no sean a largo plazo por unos días.  Inténtalo sin más pretensión que hacer este experimento. Que tus metas sean cosas cotidianas. Que te propongas vivir notando lo que pasa, los detalles… Lo que pasa mientas esperas que pase algo importante, vivir “el mientrastanto”. Yo lo llamo vivir modo café con leche. Que al acostarte por la noche, tu meta no sea la reunión de las once o lo que tienes previsto por la tarde, ya no hablo de la semana siguiente. Planifica si quieres para que no te pille el toro, pero proponte vivir lo cotidiano… Acuéstate sin más pretensión de despertar y gozar del café con leche, del te, de lo que sea que tomes. Y vívelo como una esponja. Nota el olor, el sabor, el calor… Ponle canela si te gusta para darte más placer, mira la vista que te rodea sin salir del café. Nota si hace calor o hace frío, nota como se estremece tu cuerpo y cambia al sentir como el café con leche llega a tu estómago. Nótate los pies y las manos. Siente cómo respiras cuando tomas café. Si alguien te acompaña, mira su cara, nota su gesto, escucha su voz y todos los sonidos más allá de esa voz, el eco de la habitación, lo que hay más allá de las ventanas… O si lo prefieres, métete solo en el café y bucea en él, como si tu vida fuera solo ese café y nada más. Percibe como va bajando la temperatura, como acaricia tus labios y tu paladar… Suelta todo lo demás. Deja de intentar controlarlo todo, lo que pasa fuera y lo que pasa dentro de ti, siente, nada más… Existe y abandona esa absurda idea de que, si no estás pendiente de todo, el mundo dejará de girar. Dedícate a estar presente en tu vida, a notar  como te sucede y asume que ese control de lo que pasa en tu mundo a veces sueñas con tener  es una farsa en realidad, que lo único que consigue es dejarte exhausto y sin ganas de nada.  

Ya lo sé, alguien estará pensando, esto no da dinero, no produce, no genera nada…  Lo sé, me he planteado eso millones de veces y todavía lo siento y me asalta por las noches pero… Amigo, ¿acaso el café engullido o tragado en dos segundos con indigestión segura y paso por el retrete te asegura el éxito? ¿Produces más con el intestino flojo? ¿Cuando no tienes tiempo de nada y no sientes lo que vives llegas a las reuniones con ganas, con ánimo, con todos los sentidos activados y receptivo? ¿Cobras más cuando vives sin tener tiempo a respirar? a mí nunca me ha pasado. Y lo que produces, es como si no fuera tuyo porque apenas lo notas. 

Vivir en modo café con leche si produce porque te cambia. Bueno, vivir en modo café embudo también porque a la larga o a la corta cambia tu flora intestinal y eso también transforma tu vida… Y sí, también es un aprendizaje. Aunque yo hablo de cambiar y transformarse sintiéndose mejor, sin agobiarse más allá del café, poniendo los sentidos, por dentro y por fuera y viviendo cada experiencia como única. ¿De qué te sirve? pues de entrada, captas cómo te sientes y te sosiegas. Te gestionas y comprendes, te permites sentir y dejar aflorar lo que llevas guardado y enquistado dentro, te calmas, te concentras, te predispones a sentir y escuchar, empatizas contigo y te acercas a ti lo que directamente te hace más empático y receptivo a los demás. Te cambia la cara y se te percibe como alguien más amable, más cercano, más digno de confianza… Recargas energía, te reseteas, te despreocupas (me permito recordar que preocuparse no genera nada, no nos hace más responsables ni soluciona problemas, al contrario. Lo que sí los soluciona es estar atentos y activos y tener la mente clara y la intuición aguda para encontrar las respuestas) y te encuentras a ti mismo.

No hay mayor acto de amor que gozar del café cuando tomas café. Que notar el sol en la piel cuando hay sol y el tintineo de las gotas de lluvia y su olor al caer en la tierra cuando llueve. Sentir como sube el ascensor y como los pies toman contacto con el suelo, sea arena en la playa o asfalto a través de los zapatos. Notar como el agua de la ducha acaricia tu cuerpo y como al salir de la cama el contraste de temperatura te eriza el vello. No hay mayor valentía que sentarse al volante y notar el coche y surcar la carretera, pasear a media tarde para ir a buscar a tus hijos al cole y dejarse llevar por el camino… Notar sus manitas pequeñas cogidas a las tuyas y descubrirles una mueca nueva cuando te cuentan qué han aprendido hoy.

Esas son las metas. Esas dependen de nosotros y nos transforman. Las otras, el plan de objetivos y retos, maravillosamente se alinean cuando gozamos de las primeras y nos sentimos cómodos con nosotros. Y es verdad, algunas desaparecen de la lista porque no eran para nosotros, las colocamos ahí porque pensábamos que estaban bien pero en realidad no eran nuestras, eran metas prestadas de otros que sonaban bien o caen en importancia porque nos damos cuenta de que no podemos abarcarlo todo y aprendemos a priorizar y le damos importancia a lo que realmente cuenta en nuestra vida. Sentir te prepara para vivir más atento, más ágil, más sereno y activo. Igual que el sendero de la montaña y el entrenamiento te preparan para llegar a la cima, gozar del café con leche te convierte en el más atento y ávido de la reunión de las once.

Se trata de un entrenamiento para vivir tu vida más allá de lo que pueda o no pasar mañana  y de lo que pasó ayer.

Y mientras vives “en modo café con leche”, muchas veces, te das cuenta de que el informe que presentas esta tarde necesita un re-enfoque y no pasa nada, porque una nueva idea te cruza la mente. Y te llega así, como si nada, sin haber pensado en él, como si hubieras conectado a una antena que capta sensaciones y grandes ideas… Porque en realidad, la antena te conecta a ti.

¿Y si te permites conectar la antena? ¿Y si te pierdes un rato en la vida a ver qué pasa?

AVISO : No hay fórmulas mágicas, este reto produce cambios pero tal vez no son ahora, ni hoy, ni la semana que viene. Si lo llevamos a cabo, no nos caerá un maletín cargado de billetes encima ni cambiaremos el mundo. Aunque tiene algo positivo siempre, porque como valora el presente y el camino por encima del resultado, la ganancia está asegurada. 

 

Gracias por leerme y compartir. Si quieres saber más de este maravilloso trabajo de autoestima, te invito a leer mi libro

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