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la rebelión de las palabras


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El arte de dejar de hacer


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Me he pasado media vida pensando que no hacía suficiente… Y la otra media haciendo, sin parar. Desde niña me metí en una espiral de acción imparable para conseguir… No sé, a veces lo intento comprender y no llego, la verdad, pero supongo que quería conseguir comprensión, amor, aceptación… En realidad, creo que me he pasado años intentando ser normal. Para mí ser normal era no tener que preocuparme porque me señalaran con el dedo, no sentirme pequeña, insignificante, poco valorada, soltar de una vez esa sensación de molestar… Ser normal era ir a jugar y no tener que preocuparse por hacerlo todo perfecto para que no te rechazaran o sentirte integrada en un grupo, sentir su calor, su cariño, pertenecer a algo y notar la compañía…

Supongo que para que pudiera aprender algo sobre ello, la vida me mantuvo en soledad. Una soledad tan sólida que rebotaba en las paredes como los balones y que me sujetaba las piernas y me anclaba los pies al suelo cuando quería correr. Sentía una carga tan pesada por no ser como creía que debía que me desbordaba esa sensación de impotencia y la rabia se apoderaba de mí… Si algo tiene esa emoción poderosa es que, al contrario que pasa a veces con la tristeza, la rabia te empuja a hacer y se come tu miedo para que creas que no está. No es que las personas que se dejan llevar por la ira o la rabia no tengan miedo,  lo tienen, pero no es miedo a caer, es miedo a quedarse quieto. No es miedo a morir, es miedo a no ganar, a no demostrar, a no imponerse y dejar que los demás te consideren menos… ¡Cuánto por aprender! para empezar, cambiar de planteamiento y empezar a notar que nada de esto es necesario, que nada hace falta, que nada tiene sentido más que estar en paz.. Que ser coherente con uno mismo.

No importa qué hagamos, en el fondo, importa que seamos conscientes de para qué lo hacemos y si estamos reaccionando o realmente actuamos desde nuestra voluntad. 

Me ha costado un siglo descubrir que tenía que parar de hacer. Dejar de sentir que todo debía de ser perfecto para que fuera mío, humano, lleno de mi emoción y sentimiento. Cuando decides parar de hacer cosas a lo loco, a la desesperada, es cuando más haces. Nada es más productivo que parar para pensar y sentir quién eres y a dónde quieres realmente llevar. Y luego, soltarlo, decidir que te pones a ello con ganas y pasión pero sin quedarte enganchado al objetivo, porque sin duda tú y tu paz sois más importantes.

Me he esforzado tanto para llegar que me he perdido mil veces por el camino, me he quedado corta porque me han fallado las fuerzas o me he pasado de largo por no haber podido gestionar la rabia acumulada… Cuando te esfuerzas mucho y no vives el camino que has escogido, cuando te tomas ese camino elegido como un calvario, la meta nunca sabe a gloria ni a nada que valga la pena. Y cuando llegas, enseguida te planteas otra y otra, para no detenerte nunca, Las metas, los retos, los sueños, son necesarios pero no podemos quedarnos sujetos a ellos, no podemos permitir que nos amarguen la vida por no alcanzarlos.  Es necesario decir que en realidad nos la amargamos nosotros por no ser capaces de darnos cuenta de que la forma en que intentamos llegar a ellos no es la que nos hace fluir con la vida. Exigirse sin piedad, castigarse una y otra vez, vivir en un mar de reproches continuo por no ser nunca suficiente… Eso te rompe por dentro, te deja muerto y devasta tus defensas… Siempre fue eso, una y otra vez, no parar hasta llegar y luego ser incapaz de valorar ese hito porque ya se dibujaba uno nuevo… Más duro y complicado, más devastador.

No hay nada malo en querer superarse, al contrario, pero sí en sentirse superado siempre. En sentirse insignificante si no llegas en un tiempo concreto y pagarse con desprecio por todo lo trabajado. Esa obsesión por hacer para demostrar, por encajar, por tener que dejarle claro al mundo algo que ni siquiera le importa, que vales, que mereces la pena, que eres digno de formar parte del club.

No hay nada malo en ponerse metas, es maravilloso, aunque no podemos subir tanto el listón del golpe y castigarnos y sentirnos culpables por no conseguir algo, cuando precisamente la amargura con la que intentamos alcanzarlo es la que nos aleja de ello.

A veces, llegas a la meta tan cansado y devastado por no haber tenido piedad contigo, por haber arriesgado tu salud y haberte maltratado tanto que cuando te cuelgas la medalla te desplomas. Y no la notas, no la vives, no la disfrutas. Es el precio a pagar por no hacer nunca suficiente, por meterse en una carrera para suplicar perdón por no ser perfecto y no por disfrutar, por superarte o por aprender de uno mismo.

Desde hace tiempo que me pregunto para qué hago lo que hago y si el camino hasta ello me compensa. Si sonrío cuando cada día trabajo en ello, si cuando lo hago fluyo y me siento más vida, si lo amo tanto que no me importan las horas, si llegar a conseguirlo tiene sentido por sí mismo o es sólo un logro más que apuntar en el curriculum o una foto que colgar para decir “aquí estoy yo”.

Podemos dejarnos el alma en la pista, echar el resto por lo que deseamos pero sin perder el norte, sin dejar de amarnos y respetarnos, sin dejar de preguntarnos si todavía nos compensa… Sin hacerlo para que el mundo nos admire y acepte sino porque sabemos que hacerlo nos hace crecer y nos lleva a aportar algo al mundo.

Hay que parar y comprender a dónde vamos y qué deseamos hacer allí. Saber si nuestras metas nos definen. Actuar desde la consciencia y no desde la desesperación. Sentirnos libres, dejar de producir como locos por llegar antes a tener que tomarnos esa pastilla para poder parar esos tambores que te suenan en el pecho y que te dicen que te has pasado mucho contigo… Hay que parar para decidir que lo que nos define son las ganas de superar lo que nos asusta, nuestra capacidad de entusiasmarnos y el camino que andamos…

No salgas a la pista para demostrar o dejar boquiabierto a nadie. No salgas para castigarte porque no crees en ti. No lo hagas porque crees que tienes que hacer cosas sin parar para compensar una culpa que no existe… Ni para encajar, ni para que te perdonen por nada, ni para que te acepten en ningún lugar o te den el visto bueno…  No hagas porque crees que si no haces no mereces. No hagas porque crees que complacer a los demás es tu forma de pagar por el amor que no te dan. No hagas para llamar la atención de nadie, no hagas para que te hagan caso… Hazte caso tú y siente qué quieres realmente. Perdónate por no llegar a veces y descubre todo lo que has conseguido en el camino, cómo te ha cambiado cada gesto, cada empeño, cada risa…

Sal a la pista por ti y porque te llena, te hace vibrar, te hace sentir. Sal a la pista a disfrutar y llenarte de emociones nuevas, de sensaciones auténticas. Sal porque puedes aportar y quieres compartir.

No importa si no haces suficiente hoy, tú eres suficiente siempre. No importa si no es perfecto porque es como realmente necesitas que sea ahora… Siéntete grande y extraordinario tal y como eres ahora y eso te dará la energía para llegar. La meta es esto… Sentir esa grandeza en tu humildad, verte pleno a medio camino, amarte tanto que sepas que ya eres quién sueñas. Crecer desde dentro sin necesitar la medalla porque sabes que entrarás la forma seguro… La meta eres tú y todo lo que te hace sentir pequeño te aleja de ella. 

Por eso tuve que parar y dejar de hacer desde la necesidad de confrontar, dejar de luchar desde la necesidad de medirme y decirle al mundo que se había equivocado cada vez que me menospreciaba… Y ahora intento hacer por gozar, por compartir, por llegar a un meta que sólo se alcanza cuando estás en paz contigo… Y curiosamente, llega la recompensa… Siento que hago más, siento más, llego más lejos que nunca…

Suelta la obsesión por que todo sea perfecto y descubrirás que todo tiene sentido y que lo que realmente cuenta que lo que has aprendido intentándolo… Y verás que tal vez, ya es perfecto para este momento. Acepta lo que es y en seguida verás que ya es perfecto.

Deja de hacer un momento y siente, nota, respira. Fúndete contigo mismo y sé tu mejor obra… Dejar de hacer para contarlo y empieza a hacer para vivirlo… Deja de hacer para demostrar y empieza a hacer para ser y para sentir. 

Haz lo que ames y, a veces, no hagas nada, porque si estás bien contigo, llenarás esa nada de todo y encontrarás algo mejor que hacer que pelearte contigo…

Haz lo que quieras, sin límite, pero quiérete mientras lo hagas sin tregua. Confía… Eso hará sin duda que el resultado esté asegurado. Porque ya está en ti

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Lo que importa es lo que eres


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Hay un momento en tu vida en el que dejas de buscar. No porque no te quede nada por surcar ni conocer, sino porque necesitas sentir lo acumulado… No porque no te queden reinos por conquistar sino porque quieres aprender a conquistarlos con tu mirada… No porque estés cansado sino porque quieres volver a dibujar tu mapa. Necesitas bucear más en ti y reescribirte. Saber qué te quedas de lo que llevas en la mochila de viaje y qué dejas porque te pesa, qué sueltas al vacío esperando que no vuelva y qué dejas ir para saber si vuelve y es para ti de verdad.

Hay un momento en el que ya no tienes miedo de estar contigo y descubrirte, en el que sueñas pasar un rato a solas con ese niño que fuiste y pedirle perdón por haberte hecho el loco y dejarle de lado… Por las culpas que has cargado sin sentido y la veces que te has castigado a ti mismo por tus errores maravillosos.

Ese momento en que te miras y te ves. No eres ninguno de los falsos enemigos que te has buscado ni esa máscara que te pusiste para que otros te aceptaran y que es tan falsa y ridícula que cada vez que te molesta más…

Ese momento en el que te quedas quieto, justamente tú, el que nunca para y siempre estás imaginando algo nuevo, una aventura, una historia que contar, una experiencia que vivir… Y te encuentras contigo y te miras a los ojos y te cuentas historias. Esa soledad deliciosa del que se ha descubierto libre y sabe que ya no va a huir más de su sombra ni de su pasado ni de su dolor más antiguo porque se tiene y se quiere cerca. Esa soledad del que ya no piensa tanto en mañana porque ya no quiere huir de este instante que vive… Porque este momento es maravilloso, a solas con su alma, con su miedo más profundo, con su pesadilla más intensa… Y a pesar de todo, tan entero y en paz porque sabe que se nota la vida fluir por las venas, porque sabe que está afrontando su destino y convirtiéndolo en magia… Porque pase lo que pase lleva las riendas de su vida y se siente feliz por haber sido capaz de sentarse a esperar a que pase cartero y le de esa carta que durante siglos no quiso recibir ni leer…

Porque sabe quién es de verdad y nada perturba a quién realmente conoce su esencia.

Hay un momento en el que cuando te sabes y te conoces, todo lo demás se ve desde una distancia maravillosa… Se vive intenso pero se observa de lejos, calienta pero no quema, te zarandea pero no te hace caer. Porque estás en tu centro, porque ya no te peleas con la vida sino que te adaptas cuando llega la ola y luego recuperas tu forma. Más sabio, más atrevido, más mojado pero más libre, sin duda…

Y miras al cielo y eres el cielo. Y miras al viento y eres el viento. Y miras al león y eres el león que espera para devorarte si te asustas.  Y miras al suelo y ahí estás, sentado, al lado de las hojas secas y los sueños que dejaste caer porque los leones te daban miedo. 

Y te paras y todo se para. Y puedes descansar de medir, de pesar, de aparentar, de representar, de demostrar… Y te sientas bajo el sol y callas por dentro como de verdad se calla, y el silencio te repara, te alcanza, te cura. Y vuelve esa niña que eras y baila, y pide deseos al aire mientras canta una canción que ya no recordabas. Y algo se borra por dentro y algo dulce te calma. 

Y el mundo se rompe, se rasga, se cae, se divide, se llena de moscas, del calor más intenso, del frío más insoportable… De la noche más larga, de la tarde más triste, del viento más huracanado… Y también de las historias más dulces, los gestos más amables, los días más hermosos, las personas más extraordinarias… Porque es y será como debe, como puede, como sabe, como tú eres capaz de verlo con tus gafas de detectar miedos y tus ojos de soñar corto y limitado.

Aunque ya no importa, porque no solo te adaptas al mundo sino que aprendes a contemplarlo sin rabia. Porque abrazas tu miedo más sólido y aprendes a darle la vuelta, aprendes a usarlo como capa para las noches más frías y tumbarte sobre él al sol en los días más claros. Y tus ojos llorosos se abren sin miedo porque han descubierto el secreto… No importa lo que parece, no importa lo que temes, no importa lo que pasa, sólo importa lo que eres.

Hay un momento en la vida en el que dejas de buscar… Y dejas al mundo tranquilo y ves que durante un rato, tus grandes saltos al abismo te llevan a saltar hacia ti mismo. Y un día te levantas y el mundo está revuelto pero sigue siendo deliciosamente bárbaro y trágicamente hermoso… El mundo eres tú. El león eres tú… La niña perdida que todavía no sabe que la has encontrado eres tú. Ya sabes quién eres y todo lo demás ya no importa.


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No eres tú, soy yo…


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Un día me dí cuenta de que la mayoría de personas que me encontraba por el camino eran maravillosas. Las miraba y veía en ellas su valor, bondad, belleza, actitud, su capacidad para compartir… En ese momento pensé “menuda suerte, cuando no sepas qué camino escoger o la duda te asalte, ellas te ayudarán”. Me ilusionaba pensar que era fruto de haber aprendido por el camino a buscar personas que aportan y cuánto podía aprender de ellas y lo mucho que iba a crecer a su lado… Mi cabeza que siempre da vueltas a todo, demasiadas, de hecho, la gente que me lee ya sabe que pensar es un hábito que estoy dejando a favor de sentir, empezó a preguntarse por qué.

No podía comprender cómo había pasado de ir por la vida encontrando a personas injustas, crueles, con maneras de actuar retorcidas o personas tristes, cansadas, hartas de sufrir, asustadas y con la esperanza perdida a topar ahora con personas llenas de alegría e ilusión… ¿Qué podía haber supuesto el gran cambio de escenario en mi vida, el pasar de encontrar personas rotas y con ganas de romperse más a personas que se habían cosido a ellas mismas e iban por la vida enseñando a otras a coserse solas? ¿Qué me llevó de encontrar dolor y sufrimiento a calor y esperanza…?

Intentaba recodar en qué momento activé el mecanismo que convirtió a las personas que me rodean en sabios que comparten su capacidad y aprendizaje, en personas amables que desean aprender, en personas que dan y se alegran de tus logros y que te cuentan historias hermosas y llenas de valor, en personas humildes llenas de ganas de seguir a pesar de las contrariedades, en personas que te escuchan y te preguntan y que te hablan con palabras hermosas…

Y la respuesta no tardó en llegar. Había sido yo. Todo pasa dentro, no hay nada ahí afuera que pueda perturbar tu esencia si realmente estás contigo y te aceptas en toda tu totalidad… Nada perturba ni ensombrece a un corazón que ha decidido escucharse y empezar un camino en busca de su valor…

Era yo, que me amaba y supe ver ese amor en los demás y apreciarlo. Era yo que tenía esperanza y atraje a mi vida gente esperanzada que también tenía ganas de aprender y hacerse preguntas. No es que no se acercaran personas sombrías, es que a los cinco minutos ya se daban cuenta de que no tenían nada que vender… Era yo que dije no a los que pisan para sentirse falsamente dignos y los que se engañan pensando que tanto sus penas como las soluciones vendrán de otros y no de ellos mismos (eso hice yo durante mucho tiempo). Era yo que dejé de culpar y culparme y entonces dejaron de aparecer culpables… Que en lugar de monstruos vi maestros y en lugar de salvadores vi compañeros. Era yo que miré hacia dentro y busqué mis heridas para cerrarlas y dejé de huir de las personas reconstruidas a pedazos… Que dejé de apuntar con el dedo a los demás como autores de mis males para acariciar mi alma cansada y decirme “no pasa nada, volvemos a empezar”.

Era yo que abracé mi sombra y puede entonces abrazar todas las sombras y dejar de topar con la misma piedra… Era yo que vi mi luz y empecé a ver la luz en todos los que me rodean. Que me miré con los ojos de la comprensión y encontré mi belleza y desde ese día nunca he visto a nadie que no sea hermoso…

Era yo que decidí que perdonaba y ahora sólo recuerdo la lección y no veo al verdugo.  Yo dejé de resistirme a la vida y de empujar… Y la vida me mostró sus infinitas posibilidades.

Me tomé el antídoto y el veneno de la envidia dejó de surtir efecto cuando miraba a otros conseguir lo que yo soñaba y la injusticia latía en mí… Como no tuve que competir, todos fueron mis aliados. Como no tuve que juzgar, dejé de ser juzgada y cuando lo fui ya nunca me importó… Como no tuve que engañarme más a mí misma, todos los que se toparon conmigo vivían una verdad sincera… Como ya no tuve que culpar a nadie, empecé a encontrar personas cien por cien responsables de sus vidas.

Porque fui capaz de coserme las heridas a mí misma a base de perdón, ya jamás he tenido la tentación de volver a herir a nadie, ni siquiera a mí de nuevo.

Porque ya no me dolía la indiferencia del mundo, ya no tuve que mostrar mi corazón abierto en canal para llamar la atención ni pasarme los días susurrando quejas y lamentos… Y mis palabras fueron tan hermosas que crearon realidades nuevas y mundos paralelos donde descansar un rato cuando este se pone gris… Y algunos pudieron usar mis palabras como bálsamo… No se me ocurre nada más hermoso que pueda suceder con lo que escribes, dices o cuentas…

Era yo que superé el miedo y entonces me di cuenta de que todos eran valientes.

Yo solté a los que creían que necesitaban arañarme para quedarme con los que dan abrazos. Y nos es que no haya voluntarios para herir, es que no me encuentran tan dispuesta a la riña y sí para la risa y salen corriendo…

Algunos se fueron de golpe. Otros se desvanecieron sin darme cuenta… Muchos persisten pero parecen otros porque cuando les miro sólo veo su cara amable y les siento todavía más cerca, más grandes, más extraordinarios.

Era yo que dejé de llorar y quejarme y al levantar la cabeza vi que todo era distinto.

Cuánto cambian las personas cuando tú cambias… 

Y muchos son nuevos. Llegaron a mi orilla con ganas de compartir, comprender y evolucionar para que yo aprenda de ellos. Su sola presencia en mi vida, sea por una hora o por una eternidad, es un regalo… Una muestra de que sigo el camino que lleva a ser libre, el que ve oportunidades y no conflictos, el que ve aprendizajes y no errores… El que mira con compasión y no con miedo, el que lleva a uno mismo.

Vemos lo que somos, lo que llevamos dentro por coser y remendar, lo que más nos asusta ver para poder arreglarlo y curarlo… Vemos lo que esperamos encontrar, tanto si es desde el amor como si es desde el miedo… Vemos lo que esperamos no volver a ver, porque así podemos afrontarlo… Vemos lo que soñamos,  tanto si es cielo o es pesadilla, para poder asumir desde el valor…

Vemos lo que está en nuestro lado opuesto para poder equilibrar nuestra balanza interior y dejar de aferrarnos a todo. Vemos lo que detestamos para que lo podamos asumir y abrazar. Vemos lo que amamos para poder lanzarnos a ello, aunque esté lejos y tengamos que dar un salto tan grande que nos asuste caer… Vemos lo que no hemos soltado todavía para que sepamos que lo hemos de dejar ir... Vemos lo que damos y lo que no estamos dispuestos a dar… Vemos lo que vibramos, sentimos y escondemos para poder comprender qué camino tomar.

Nunca fueron ellos, siempre fui yo… No eres tú, soy yo que ahora te veo y no tengo miedo de que tus ojos me digan lo que escondo y lo que me asusta… Soy yo que ya no temo tus palabras ni me duelen tus logros porque he encontrado mis propias metas y me siento libre de ir a por ellas… No eres tú, soy yo he aprendido a mirarte y he descubierto que eres grande después de encontrar mi grandeza.. 


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El efecto dominó


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Hay que poner límites. Hay que de marcar unas líneas para decidir qué quieres en tu vida y qué no. Asomarse a la ventana de tus asuntos pendientes y escoger uno y sacarle el polvo… Hay que acortar la cola de espera para tomar decisiones en tu vida y borrar… Quitarte de encima lo que sobra y lo que ya no pinta nada. Tirar los vestidos que disimulan lo que no te atreves a afrontar y sentirse libre de hacer mucho el rídiculo para descubrir a los cinco minutos que el ridículo no existe… Que sólo estaba en tu mente.

Hay que dejar un vacío para llenarlo con lo nuevo y soltar lo que pesa, lo que araña, lo que te aleja de estar contigo, sea lo que sea… Mineral, animal o bestia parda. Tenga la cara de un amigo o la de anciano sabio… Sea cómodo o tristemente conocido… Si te aprieta, desabrocha. Si te ahoga, afloja… Si te habla mal, cierra la puerta y apártate.

Buscar lo que te asusta y zarandea pero que sabes que te libera y lanzarse a ello sin pensar.

Hay que dejar de pensar un poco y sentir mucho más.

Hay que decir basta a lo que no te llena, a lo que no te apasiona, a lo que no te hace sentir como realmente eres. Aunque eso suponga correr el riesgo de encontrarse solo, perdido, sin nada ni nadie a qué sujetarse, sin botón de alarma ni salida de emergencias.. La solución eres tú… Sé que no me crees, porque no está en este tú que duda en poder y que no se atreve a intentar… Está en el tu que sueña, que vibra, que decide, que camina, que resuelve, que confía, que suelta… ¡Qué difícil encontrar ese tú! yo lo pierdo muchas veces, se me escapa, se esconde de mí porque le arruino la risa y le recuerdo que tal vez no puede… Y no es que lo podamos todo, es que todo es posible y si no, no pasa nada porque hay algo mejor esperando a que nos decidamos a decir que no a lo que no deseamos… A lo que nos denigra, a lo que nos hace sentir insignificantes.

Lo imposible está buscando una puerta para entrar en nuestra vida y siempre nos encuentra haciendo guardia en ella y no lo dejamos pasar. Porque creemos no merecerlo, porque lo ahuyentamos con nuestra mirada cansada y nuestros apegos absurdos. Porque queremos controlar cada detalle de una ceremonia que no conocemos, porque queremos poner cadenas a nuestra libertad porque nos da miedo usarla… Porque tenemos miedo a qué nos depara un futuro sin sufrimiento, puesto nunca antes hemos vivido sin agarrarnos a una seguridad ficticia… Sin buscar refugio a cambio de perdernos a nosotros mismos.

Hay que decir no. Hay que decretar lo que somos y seguir ese decreto hasta el final. Hay que callar y escucharnos y sentir y tomarnos vacaciones de lo que nos preocupa, de lo que nos asfixia.

Hay que asumir la realidad y luego imaginarse lo contrario a lo que vemos cuando lo que vemos nos dice que no existimos… Hay que notar lo que sentimos hasta las últimas consecuencias y luego soltarlo para poder seguir, para flotar, para volar.

Hay que decir sí a lo que quieres, aunque dé tanto miedo que no sepas qué pasará mañana y te sientas tan perdido que durante un rato no sepas quién eres.

Hay que encontrar un pedazo de silencio y habitar en él hasta que todo vuelva a tener sentido.

Cuando no sabes quién eres, a veces, es porque te has quitado la máscara que ocultaba tu yo verdadero y estás buscando tu lugar. Es porque te has quitado las ataduras y estás empezando a usar tu libertad sin saber cómo todavía. Es porque andas por ahí tan ligero por el peso que has soltado que has descubierto que todo pasa más rápido y todavía no te has acostumbrado a volar.

Hay que decidir lo que ya no nos define y sacar las tijeras de cortar por lo sano con la pereza, el miedo y la vergüenza de ir a por lo que amamos. 

Es porque lo que eres no necesita etiquetas, ni resultados concretos y estás empezando a vivir para este preciso momento sin preguntar a dónde vas. Porque ya lo sabes, vas a ti, vas por el camino que eres, vas hacia tu propia esencia…

Hay que tomarse un respiro y parar para notarse las alas.  No sea que vayamos arrastrándonos a todas partes cuando en realidad siempre hemos podido volar.

Hay que poner en marcha un mecanismo en tu vida que arrase lo que ya no sirve para que lo que está por llegar pueda venir. Un efecto dominó que una vez comenzado sepas que nunca va a parar.


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Trátate bien


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Basta ya de complicarte la vida en vano, gratis, porque sí… Y no hablo de subir montañas ni correr una maratón. Eso es fácil…  Hablo de complicarte la vida de verdad. De ponerte la zancadilla. De no pensar en ti. De no reservarte un momento para mirarte y sentirte, de no escucharte las ganas acumuladas de vivir, de no dejarte libre y ni abrirte paso. Es maravilloso que pienses en los demás, pero si no te tienes en cuenta, un día caerás en un bache profundo y tampoco podrás ayudarles desde ahí… Mereces que te den lo que das, que te cuiden como cuidas, que te ayuden como ayudas, que te mimen como minas y para ello debes permitirte recibir y abrir tu mente, tu corazón y tu vida…

Notar que estás en ti, que confías en tus posibilidades y percibes que son infinitas… Que puedes cambiar tu mirada y con ella cambiar tu percepción de la vida… Aunque ahora crees que son los demás que no te tienen en cuenta y no digo que no sea cierto, en parte, pero cómo quieres que te vean si tú te has olvidado de ti… Si te tienes postergado, escondido, te tratas como si no supieras nada, como si valieras tan poco… Te miras y te ves los defectos y no te das cuenta de lo mucho que vales y brillas. Hablas siempre de tu nariz pero no te has fijado en tus ojos preciosos que miran con una pasión que desborda, que calma, que revive, que transmite amor a raudales.. Ignoras tu mirada y tu forma de compartir y de dar, tu forma de ser maravillosa que contagia amor pero transmite pena, la pena de alguien que no se ve por más que mira y no se encuentra porque ya no se busca…

¿No te das cuenta de que mereces que te pasen cosas buenas? abre la puerta a ellas y no te escondas…

A veces, nos sentimos incapaces de querernos, pero siempre hay una puerta por abrir para llegar a nuestra autoestima.  Y el ejercicio de encontrarla merece le pena, nosotros lo merecemos… Merecemos lo mejor, aunque a veces no nos acordamos de permitírnoslo y escucharnos, nos callamos y tragamos, nos sepultamos tras nuestro cansancio, miedo y quejas pero no nos damos lo que realmente necesitamos… No nos reconocemos ni aceptamos, no nos ponemos las cosas fáciles… Nos ponemos trabas, obstáculos, piedras en el camino… Nos ajustamos para decir que no cabemos, subimos el listón para no llegar nunca, siempre dando sin pedir, siempre queriendo demostrar lo que ya no hace falta, lo que nunca ha hecho falta…

Sin dormir suficiente, sin respirar hondo, sin más aliento que el de la prisa, sin concederle al miedo un momento para darnos cuenta de que en realidad es muy chico a nuestro lado… Sin permitirnos la tristeza que viene a contarnos que ya no nos acordamos de estar alegres por nosotros mismos y solo nos apuntamos a la felicidad ajena porque no invertimos ni un soplo en la propia… Y no es que esté mal celebrar el éxito ajeno pero eso no ocupa el vacío de no intentar el propio, de haber postergado tus sueños y borrado tus metas…

Sin prisa para descansar. Sin pausa para seguir… No nos ponemos fácil la vida y la vida nos responde siendo cada día más complicada, más árida e inhóspita, más amarga, más oscura… Aunque también es dulce y llena de magia, vibrante, serena, llena de oportunidades para comprender lo poco que nos amamos y lo mucho que lo necesitamos… Por eso, basta de imaginar todo tipo de tragedias para mañana, deja de alimentar a tus fantasmas y saca de tu vida a las personas que te restan energía.

Y  luego un golpe, otro, uno de repente sin avisar… Otro que era esperado, casi deseado porque la incertidumbre de lo que no llega pero sabes que vendrá te angustia… Traiciones, abandonos, injusticias, personas raras que se cuelan en tu vida y te prometen mucho y dices sí porque tienes tan poco para conseguir tanto, porque estás tan cansado de pelear para alcanzar lo mínimo, de ver que todo es esfuma, que buscas que te salven…

Y nadie te salva si no te salvas. Nadie te da si no te das. Nadie te honra si te honras, nadie te ve si no te ves…

Nadie te pone la vida fácil sino te decides a hacerla fácil, si no te pones a trabajar en ti y te escuchas las penas y te cantas nanas por las noches. Si no te reconoces las heridas.

Nadie verá tu luz si tu no aceptas tu imperfección.

Nadie te ama si no te amas primero ni te dice sí si antes tú no te dices sí… 

Dite sí ahora y acorta el tiempo de espera. Alza el vuelo en este preciso y precioso momento de encuentro contigo, en el que te das cuenta de que si logras amarte ya no habrá inviernos tan fríos o serán fríos pero no va importarte.

Dite sí ahora y baila contigo este baile prohibido para los que no se sueñan ni consienten, para los que lloran en silencio y nunca se calman la sed porque creen que nacieron para suplicar y no para pedir lo que les toca y se merecen…

Acepta ahora toda tu magia y empieza a usarla como jamás te has atrevido… 

Dite sí ahora y reclama tu herencia de risas, de momentos dulces, de juegos sin tregua, de responsabilidad sobre tu vida, de abrazos, de besos, de momentos sinceros, de regalos sorpresa, de soledad querida y aceptada contigo, llena de amor y de vida… Reclama lo que mereces a la única persona que puede dártelo… TÚ.

Queda claro que no nos educaron para la risa sino para el llanto, para callar y bajar la cabeza, para sufrir esperando algo que no existe de alguien que no tienen intención de dar… Para preocuparnos por lo que no pasará nunca y pasar la vida intentando eludir lo inevitable hasta que al final de tus días te topas con ello y descubres que en realidad no era nada…

Basta de sacrificios inútiles y lamentos ahogados… Basta de creer que el mundo se hunde si paras, si descansas y te tomas un respiro para notar que estás vivo…

A veces nos falta sólo aprender a vernos y escucharnos… Decirnos que sí y decidir que vale la pena vivir sin darnos la espalda. Que ya basta de que todo sea siempre tan difícil y arrastrado… Ya basta de esperar a que todo sea propicio para amarte…

Para un momento, piensa en cómo te tratas… Empieza a tratarte bien, empieza ahora. 


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Lo que dejo atrás


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Lo he dejado todo atrás.

Los sueños sin alma, las almas sin sueño… Los recuerdos que punzan el pecho a pesar de haber quedado amarillentos y rotos. He dejado atrás las fotos viejas que muestran una yo que no soy yo, más triste y avergonzada por lo que no era y más arrepentida por no llegar a ser.

He dejado atrás esas tardes que se hacían tan largas esperando una respuestas que era obvio que la vida no iba a darme, para que me diera cuenta de que no las necesitaba, de que todo lo que buscaba estaba en mí… He dejado los libros que hablan de anatomías muertas y luchas pendientes. Las noches sin tregua pensando en volver a ese lugar sin cielo, analizando sin cesar porqués y sintiéndome tan víctima y desgraciada que al llegar la madrugada el asco me vencía…

He dejado las guerras, nunca tienen sentido… Cuando las pierdes vuelves a la carga, cuando las ganas, al minuto, se quedan pequeñas, cortas, absurdas. He dejando a la guerrera que siempre se pide más, la que busca méritos y medallas, la que sueña con conquistar colinas altas y no ve las flores del camino, ni nota las risas, ni las miradas, ni el aire que le cruza la cara y huele a mar y genista…

He dejado a los vendedores de humo que lo saben todo y ahora me acerco a los que comparten el pan, a los que no saben nada y admiten sus errores, a los que hurgan en sus mazmorras buscando las respuestas en lugar de ir a surcar el mundo buscando culpables de sus desdichas… El mundo está en mí, ahora. Está pausado si estoy pausada, está roto si estoy rota… Es inmenso si me siento inmersa. Un espejo enorme de mis inquietudes más arraigadas…

He dejado lo complicado porque amo lo fácil, lo sencillo, lo ligero, lo simple… De sumar uno más uno, de vaciar antes de llenar, de soltar sin acumular, de dejar de medir y contar… He dejado lo que no me permite dejarme llevar y no me pondría para un baile. Lo que sobra, lo que no se usa, lo que se quedó viejo esperando en un armario, en un cajón, en una garganta asustada…

He dejado de esperar que algo pase, que algo me sacuda, que algo me reinvente. He dejado de esperar que me den, que me llenen, que me comprendan, que me quieran, que me acepten, que me admitan… Y cuando necesito explicaciones, me miro a mí, hasta dentro… Al fondo de mi inconsciencia más bárbara y oscura… Agarro de un hilo largo y tiro del tapón de mi niña perdida… Y le pregunto qué le pasa. Y ella me cuenta siempre una historia triste y yo la abrazo y le cuento una historia de esperanza… Y el mundo cambia. Cuando la niña suelta lastre y libera miedos el mundo cambia… Y me doy cuenta entonces, tanto buscar en las esquinas, surcando vidas ajenas, buscando excusas, buscando cómplices, buscando amor en otras caras… Cuántos momentos sin gozo ni risa esperando abrazos y besos, cuántas noches llorando por no llegar y súplicas por parecer y pertenecer a algo que yo no era… Y el secreto estaba en hurgar en mis miedos y vaciar mis duelos a medias… En mi oscuridad más rotunda.

He dejado de mirar fuera y miro dentro y cada nueva mirada encuentra más y más luz… Y cada vez estoy menos sola y perdida, porque formo parte de algo inmenso que todavía no puedo comprender. Porque todo está conectado y cobra sentido, porque no hay más azar que la decisión de ser uno mismo y comprender que lo que importa no se acaba nunca.

Ahora comprendo porque ha sido tan duro… Porque nunca pedí a quién realmente podía darme lo que necesitaba… Yo.


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Voy a decirlo en voz alta


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No es más bello que el silencio, pero lo voy a decir. Hay cosas que deben decirse en voz alta porque si se quedan dentro se sienten cómodas y se hacen un nido. Y luego no te das cuenta ni de que están ahí, hasta que un día todo te pesa tanto que no comprendes, no sabes por qué porque no recuerdas lo mucho que acumulas.

A menudo dejamos la puerta entreabierta a nuestra vida a muchas cosas que no nos hacen bien. Y no es que en todo no hay una lección en la vida, por supuesto, de todo se aprende. Por ello, aunque es complicado, siempre defiendo ir por la vida a pecho descubierto, sin temer más que a tener miedo de seguir y quedarse escondido y asustado. Sin embargo, hay cosas que llegan a tu vida que son un respiro y otras un ahogo. A las primeras las cogemos con ansia para poder encontrar un momento de paz y hacer que esa paz perdure. Las segundas nos traen un regalo maravilloso, una enseñanza que nos será útil para encontrar nuestra paz. Porque esa paz que buscamos ya está ahí, a modo de click, de decisión tomada en ese momento en el que está claro que no abrazarla sería insoportable, cuando descubres que todo lo que hagas no sirve de nada si no estás contigo, de tu parte, si no te eres fiel.

Sin embargo, nosotros ya sabemos cuando abrimos esa puerta si lo que estamos dejando entrar es una mano tendida o un puño. Si es truco o es trato. Si estamos comprando un momento de alegría ficticia porque necesitamos algo a lo que agarrarnos y eso implica que estamos vendiendo nuestra coherencia para poder soportar el frío de una situación angustiosa. Ya sabemos si nos estamos conformando con un consuelo falso porque estamos tan cansados de optar al primer premio y no conseguirlo que necesitamos una tregua. Y nada está mal. Ni lo uno ni lo otro. No hay traje pequeño si nosotros no nos empequeñecemos por él, si no nos lo ponemos pensando que es pequeño. No hay decisión adecuada o equivocada si la tomamos a conciencia, desde nuestra coherencia y capacidad de estar donde sabemos que queremos estar para sernos fieles. Todo depende de la forma que sepamos capaces de observar nuestra realidad y de percibir nuestra vida.

No es mejor el camino de la derecha que el de la izquierda. No es mejor hacerlo ahora que mañana por la mañana, siempre que mientras lo postergamos sepamos que es una elección y que en ella no hay atisbo de miedo, de huida… Mientras decidamos y no sintamos esa punzada en el pecho que nos hace evidente que hemos elegido a traición a nuestros deseos, que hemos arrugado nuestros sueños y nos hemos encogido. Si la decisión duele, hay que saber por qué. Porque no es lo mismo el pánico de arriesgarse, lanzarse al vacío y notar esa sensación de hacer una pequeña locura con tu vida pero saber que es la locura necesaria para ser fiel a ti mismo, que el dolor de saber que has apagado tu luz, que has escogido atenuar tu brillo… Que elegiste por no afrontar o por satisfacer a otros, incluso para demostrar que puedes…

No es fácil ser fiel a uno mismo. No nos han programado para ello porque estamos demasiado pendientes de ser una versión de nosotros mismos aceptable. Y la presión por alcanzar un estándar asumible para el mundo que nos permita ir por ahí sin la sensación de llevar una etiqueta que nos hace a veces renunciar a nuestras rarezas. Hasta que uno descubre que es gracias a sus rarezas que brilla y que puede ser fiel a sí mismo si le da la vuelta a su vida como a un calcetín y le da vértigo pensarlo pero sabe que es el camino, el único camino… Ya sabemos en realidad cuál es el camino, pero nos da miedo tomarlo, nos da vergüenza decir en voz alta que es nuestro camino porque no creemos merecerlo. Siempre lo sabemos, a cada instante, lo notamos en el estómago, en el pecho…

Nuestros pies siempre vuelan cuando escogemos el camino que correcto, el de la coherencia y el compromiso con nosotros mismos… Sin embargo, a veces, para llegar a él hay que dar algunos rodeos y muchas vueltas, porque mientras giramos desconcertados nos descubrimos a nosotros mismos y encontramos nuestra capacidad para amar y comprender. Porque dando rodeos, aprendemos a conectar con nosotros y reconocer nuestro verdadero camino… A menudo, hay que tropezar muchas veces con la misma piedra para darse cuenta de que no está en el camino sino en el zapato. Siempre está en el zapato, en realidad, la llevas contigo y hasta que no paras ha descubrir por qué y comprender, no puedes sacarla y andar en paz.

En el fondo, es como si cada uno de nosotros llevara de serie todas aquellas herramientas que le ayudaran a brillar, a ser capaz de triunfar en la vida y poder cumplir su misión. Sin embargo, nos educan para no reconocerlas o, peor todavía, para avergonzarnos de ellas y esconderlas. Algunas de esas herramientas, esos dones, esos talentos y capacidades, están por pulir. Algunos de ellos están ocultos tras lo que el mundo  llama “discapacidad”, una rareza, una debilidad, un supuesto “defecto” que no es más que otra forma de ser que no se atiene a la regla pero que no tiene nada de malo y mucho de hermoso por descubrir. A veces, alguien tiene sus dones a la vista y los usa sin problemas, pero hay personas que los tienen ocultos porque necesitan de un duro trabajo previo, el de desenmarañar la paja y encontrar el grano… Asumir lo que parece “negativo” y ver en ello la paz, la belleza, la parte positiva.

A veces, para encontrar nuestro talento tenemos que sumergirnos en nuestra oscuridad más rotunda y bucear en ella durante un tiempo… Y abrazarla, asumirla, decidir que está ahí pero que no importa, que somos más grandes que eso, que lo que nos hace seres valiosos ocupa más que nuestro miedo, que nuestro dolor…

Para brillar hay que dejar de avergonzarse de uno mismo de una vez por todas y sacarse el saco de la cabeza. Que te vean las arrugas, los michelines, los lunares… Que sepan que en persona eres más bajo, no tienes filtros de belleza en la cara y algunos días cuando despiertas estás muy cansado y de mal humor y te cuesta seguir adelante. Que sepan que no eres perfecto y que ya no aspiras a serlo… Nunca más.

No es más bello que el silencio, pero lo voy a decir. A veces, me avergüenzo de mí. De como soy. De lo que he hecho. De mis dudas, de mis debilidades… Del mucho tiempo que he gastado para llegar aquí. De pensar que si hubiera cambiado antes hubiera conseguido más y lo hubiera hecho más joven. A veces, me reprocho tanto que mis quejas me arrastran al pasado y me privan de vivir ahora. A veces, he abierto la puerta a verdades a medias porque las verdades enteras eran demasiado crudas para alguien que está aprendiendo a ser ella misma. Otras, he sido tan capaz de decirme a la cara las verdades más dolorosas que luego me he dado cuenta de que no hace falta afrontarlas todas en un día, en un instante, y que merezco mi tiempo como todos… ¿Sabes qué? no me arrepiento de nada de ello porque gracias a esos errores he descubierto que no importa cometer errores, que lo que cuenta es amarse y respetar.

Y al final, tengo claro que he sido yo misma quién se aleja de lo que ama, de lo que sueña, de lo que le trae la paz… Quién se pone las zancadillas y los alambres de espino en el camino para que duela. para que sea más duro y así pueda perdonarme esas culpas ficticias que arrastro hace una eternidad… Porque a pesar de todo el camino andado, a veces, sigo creyendo que no me pertenece, que no lo merezco, que nunca llegará porque no soy una de esas personas elegidas para ello… Y mi propia angustia, mi miedo, mi necesidad de demostrar que sí, que lo valgo, que lo merezco, que he hecho méritos para ello, construye un techo que no me deja crecer ni cambiar de forma… Y que cada vez que tiene cerca lo que busca, al alcance de la mano, sin querer le da un empujón o hace que se esfume, porque cree que no lo merece, que no está a su alcance, que todavía no hay sufrido suficiente ni se ha arrastrado demasiado para conseguirlo…

Tengo que decirlo en voz alta… A veces, sufro por el puro placer de sufrir porque me han educado para que crea que sufriendo purgaré una culpa que no existe y me haré perdonar mi naturaleza imperfecta. A veces sufro sin sentido pensando que esa es la única forma de  vivir… Y mientras sufro, me alejo del amor necesario para sentir mi paz, para acercarme a lo que quiero, de lo que ya está en mí pendiente de que me de cuenta de que ya forma parte de mi naturaleza. Mientras sufro, mi vida se estanca y las palabras que no digo se acomodan en mi cabeza para que siempre piense lo mismo y nunca encuentre la forma de soltar dolor.

Y cuando lo digo en voz alta, me doy cuenta de lo absurdo que suena y vuelvo a mí. Entonces me queda claro que la esperanza que busco está en mí. Y, no lo dudes, la que tú buscas, está en ti.