merceroura

la rebelión de las palabras


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Ya basta…


Nos preocupa tanto demostrar que ya no somos, parecemos.

Nos exponemos de forma tan calculada al mundo que perdemos la magia y la esencia… Estamos pendientes de si los demás nos cuestionan o de si nos dejan en ridículo que nos concentramos poco en nosotros… Y luego culpamos al mundo por no llegar, cuando en realidad es responsabilidad nuestra por buscar fuera lo que está dentro. Por esperar que nos aprueben y nos acepten cuando antes ni siquiera nos hemos aceptado y aprobado nosotros. 

Mientras te preocupas por aparentar no eres tú y eso te hace perder combustible, perder comba, delegar tu éxito en otros y dejar en manos de la suerte lo que en realidad es fruto de un trabajo… Nos bloqueamos a nosotros mismos porque estamos esperando a ser una versión más aceptable para darnos a conocer, cuando en realidad ya somos nuestra mejor versión esperando ocupar su lugar…

Mientras no eres tú mismo, perdido en parecer e ir dando zascas a los que te inoportunan, pierdes un tiempo valioso para crecer y aprender.

En realidad todo depende de ti y de tu confianza… Sin embargo, nos desalienta tanto no parecernos al molde que otros en su afán de ser mediocres han creado que nos rebajamos para encajar en él.

Nos recortamos las alas para no volar tan alto y no hacer sombra…

Nos apaciguamos el entusiasmo para luego no sufrir decepciones…

Nos achicamos los sueños porque primero nos hemos achicado a nosotros mismos… Y todas esas restricciones están en nuestra mente.

Ya basta de pensar que no merecemos. Basta de sentirnos indignos y de creer que para llegar hay que sufrir y alejarnos de la felicidad porque tenemos esa sensación heredada de que si tenemos un momento dulce, un dios vengativo nos va a castigar…

No hay castigos, ni culpas… Las inventamos  porque no vemos nuestra grandeza. No necesitamos nada de todo eso, sólo soltar y seguir andando. Sólo hay miedo a ser uno mismo y no parecerse el resto del mundo… Por eso, nos imaginamos pequeños y vivimos en una vida de casa de muñecas…

Nos creemos indignos de amor y en consecuencia la vida nos acerca amores diminutos para que nos quede claro que no son los amores que merecemos, para que aprendamos a querernos, para que descubramos que nuestro valor es incalculable y no depende de lo que piensen y opinen los demás…

Nos sentimos culpables por no ser como son otros y nos castigamos cada día cerrándonos puertas y gastándonos las bromas más pesadas… Nos apartamos de lo bueno que nos depara la vida porque no lo aceptamos, porque no permitimos que llegue… 

Ya basta de creer que otros sí y nosotros no. Estamos hecho de la misma sustancia maravillosa… Somos polvo de estrellas reciclado para brillar y apagamos nuestro brillo buscando excusas para no mostrarnos y viendo el horror antes que la belleza.

Basta de firmar en la casilla equivocada y aceptar pertenecer a una casta inferior y desheredada… Todos podemos salir del laberinto porque nosotros creamos el laberinto para entretenernos y alejarnos de lo que amamos cuando nos sentíamos diminutos y culpables… Ahora ya sabemos que merecemos lo mejor y podemos permitirnos abrir los brazos para que llegue…

Basta de no permitirnos subir al tren y besar el destino que deseamos.

Basta de sobrellevar angustias cuando nos toca vivir a rienda suelta.

Aunque suponga decidir y tomar caminos oscuros… Aunque tengamos que elegir no tomar frutas amargas para desayunar como es costumbre en nosotros y decidir arriesgarnos a probar otro menú… A veces, nos acostumbramos a lo amargo y cuando somos libres, nos cuesta soltarlo… 

Devoramos tanto dolor por rutina, por no cambiar ni confiar… Tragamos angustia como una medicina necesaria para expiar culpas y redimir pecados que no existen…

Pensamos que debemos pagar cara la osadía de imaginar que todo puede ser maravilloso para nosotros… Que la felicidad tiene un precio… Creemos que si nos preocupamos, estamos pagando el peaje para que todo salga bien ¿verdad? Y luego resulta que esto va al revés… Macabra ironía de la vida… El único precio a pagar por vivir como deseas es el compromiso contigo mismo… Tomar decisiones y atreverse, asumir la incomodidad de ser tú cuando el resto del mundo te pide que desistas. 

A veces, sufrimos ahora por no sufrir después… Y luego llegamos al después y descubrimos que era un lecho de rosas, pero no podemos disfrutarlo porque acumulamos tanto dolor y desánimo por el sufrimiento acumulado que tenemos el alma hecha jirones y la mente loca de buscar salidas que nosotros mismos nos bloqueamos…

Esa es la palabra, bloqueo. Nos bloqueamos lo hermoso porque nos sentimos horribles, feos, sucios… Nos bloqueamos el éxito porque olvidamos nuestro valor, nuestra capacidad de aportar y servir a otros a descubrir su valor…

Bloqueamos la felicidad por si llega y luego se va y el trance es tan amargo que no conseguimos volver a quedar dormidos y anestesiados y vivir de nuevo este sucedáneo de vida en el que estamos inmersos donde nada es de verdad pero no te tienta la esperanza…

Bloqueamos la vida por si nos gusta tanto que nos acostumbramos a ella y luego no sabemos vivirla desde la mediocridad en la que nos hemos sumergido. Lo hacemos para no sufrir demasiado cuando se acabe “lo bueno” mientras sufrimos de forma controlada por no ser nosotros mismos y volar tan alto como nos apetecería…

Ya basta de quedarse a un palmo de la gloria por si molesta a otros que no tienen previsto moverse.

Ya basta de no levantar la mano y decir aquí estoy por si te miran y piensan ¿Tú, de verdad?.

Basta ya de aceptar chantajes de los que no se atreven para que no te atrevas y abandones esta especie de cueva en la que vivimos a tientas y tragamos lo que toca sin rechistar…

Basta de buscas excusas y delegar responsabilidades para no tener que hacer lo incómodo, lo complicado, lo que hemos dejado pendiente para el día en que decidamos vivir.

Basta de pensar que dependemos de otros, que no hay más remedio, que no está hecho para nosotros, que nos viene grande, que nos queda lejos, que es complicado, que cuando lleguemos no habrá…

Basta de no amarnos suficiente y esperar que otros vean en nosotros lo que nosotros no somos capaces de ver… El amor es el principio de todo. La primera piedra de tu gran fortaleza.

El cielo no son esas nubes negras que nos acechan, es lo que está detrás cuando conseguimos apartarlas… Nosotros dibujamos las nubes negras cuando nos negamos a nosotros mismos y dejamos de confiar en nuestro potencial. Ya basta de ignorarlas y reprimirlas, de mirar al otro lado pensando que marcharán sin que reflexionemos sobre ellas y sintamos qué significan. 

No existe el problema. Lo hemos creado nosotros porque pensamos y sentimos que merecemos un problema, porque estamos convencidos de que no llegaremos… Nosotros construimos el muro que nos separa de lo que soñamos a base de imaginarlo, de creer que existe, de sentirnos separados de lo que deseamos y no confiar en lo que realmente somos… La verdad es que tú eres tu sueño y tu peor pesadilla, la persona que construye la jaula en la que te sientes preso y la que tiene la llave para abrirla y la capacidad de borrarla… Quién se dice que no y cierra la puerta.

Eres el muro que te separa de la vida que sueñas. Asume tu poder para cambiarlo.

El único obstáculo somos nosotros mismos siempre. Lo ponemos ahí para aprender algo justo antes de saltarlo y hacernos aún más enormes… Cuando apartemos nuestras dudas, el camino se abrirá. Cuando dejemos de imaginar que está lejos, nos daremos cuenta de que está muy cerca.

Y a las nubes negras hay que mirarlas de frente y abrazarlas, comprenderlas, saber su por qué y descubrir cómo atravesarlas… Son el regalo, la adversidad a superar, el aprendizaje que nos catapultará de forma inevitable a esa vida que deseamos vivir. 


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Has ganado…


Has ganado. Lo sientes, lo notas, algo te dice que  acabas de dejar atrás una etapa complicada y te abres paso en tu camino.

Lo sabes porque por primera vez en siglos te notas con más energía  y eres consciente del espacio que ocupas en el mundo… Te ves desde fuera, sin depender de nada ni de nadie para seguir más que de ti mismo.
Porque tienes ganas de reírte sin saber por qué y no te importa si no llega el motivo… El motivo de todo eres tú y esa sensación que te acompaña ahora y va contigo a todas partes… Entereza, sosiego, paz… Porque ya no necesitas motivos añadidos para nada, ni excusas, ni recuerdos en los que refugiarte para saber quién eres.

Lo notas porque no ves caras, ves personas. Y ya no las juzgas como antes. Te puedes poner en su piel y comprender que a veces están tan perdidas como tú y también se equivocan cuando se desesperan y se sienten solas. A todos nos pasa, cuando nos alejamos de lo que somos en esencia y nos sentimos sin nuestro propio abrazo, acabamos siendo siervos de un yo pequeño y asustado que te lleva a situaciones terribles… Como si le dejaras las llaves de tu casa a un niño que se cree el emperador y planea una venganza contra el mundo…
Sabes que has ganado porque te has dado cuenta de que en realidad tu meta es vivir y estar presente en tu vida sin tener que aferrarte a ningún resultado.
Porque ya no compites.
Porque no necesitas que nadie entienda lo que quieres, ni valide tu esencia.

Porque sabes que lo único que necesitas es creerlo. Tocar sin tocar y sentir antes de ser incluso capaz de entenderlo.
Vaciar la mente de todas esas ideas prestadas que dicen que sobras, que no llegarás, que nunca serás, que no mereces, que no sirves… Volver al niño que creía que todo era posible e imaginaba historias fantásticas sin salir de las cuatro paredes de su habitación. El que era capaz de crear un mundo con una caja de cartón y sentirlo tan real que notaba la magia.
Sólo necesitas aceptar que a veces el camino que lleva a la luz es tremendamente oscuro y solitario. Que a veces no hay tregua para el que ha tomado la decisión de encontrarse y ser él mismo hasta que deja las batallas absurdas y empieza a usar su poder real… Que el mecanismo para oír tu voz es primero callar… Que para poder olvidar el dolor primero hay que dejar que te habite y comprender qué significa… Que el que vence no es el que pelea y el que llega antes no es siempre el que va más rápido sino el que sabe dónde pisa…

Has ganado porque sabes cuál es tu lugar en el mundo y todo tiene sentido para ti. Porque has juntado por fin las pistas del puzzle y ves que lleva tu cara. Y no sales a la calle a buscar que te quieran sino a compartir lo que llevas dentro.
Porque has soltado tanto el lastre que flotas, que vuelas y mientras surcas tu cielo particular eres capaz de verlo todo desde ese punto en el que tienes claro que no hay batallas ni guerras… Que todo es hermoso aunque tenga espinas, que todo es magia aunque parezca gris. Que la vida cambia dependiendo de si abres mucho la ventana o decides seguir encerrado a oscuras en ti.

Porque ahora te oyes.
Ya no lloras sin lágrimas pidiendo que te vean, que te sientan, que se den cuenta de lo mucho que sueñas y todavía lo poco que abarcas. Porque no necesitas llamar la atención de nadie porque tienes la tuya…
Ya no suplicas al mundo que deje de ser mundo y se meta en tu piel gastada de romper burbujas asfixiantes y andar caminos a tientas.
Ya no pides que la sombra que te habita se desvanezca y puedas encontrarte de nuevo y saber a dónde vas. Aunque ya lo sabes, pero no te atreves a imaginarlo… Ya no te asusta salir de ti y descubrir todo lo que puedes llegar a ser ni evitas mirar en el fondo de tus ojos para no verlo y luego soñarlo y necesitarlo… Porque cuando sabes que podrías si quisieras, la conciencia ya no te da vacaciones y te impulsa a seguir. Porque si te ves siendo lo que tanto deseas, sabes que ya no serás capaz de volver a tu caparazón triste y encontrar sueños encogidos que se adapten a ti, a ese tú diminuto y resignado que ya no eres.

Porque te entretienes tanto amando cada milímetro del camino que a veces no recuerdas a dónde vas, pero no te importa, porque sabes que tu destino está siempre dentro de ti.
Porque funcionas sin estimulantes ni placebos y ya no causan ningún efecto en ti los anuncios donde te prometen una nueva vida a precio de perfume o de coche rápido.
Porque no esperas llamadas ni seguros ni aceptas ningún tipo de chantaje.
Has ganado porque cuando decides bailar no necesitas música y no buscas público que te aplauda para calmar tu sed de amor.

Porque te ves.
Porque ya no miras sin ver y  ni abrazas sin notar… Y el abrazo más dulce te devuelve el recuerdo más amargo de un amor que salió por la ventana y se rompió contra el suelo y se fundió en un lecho de hojas secas. Y eso ya no importa…

Has ganado porque no necesitas gritar para oír tu voz porque te escuchas.
Porque has descubierto que eres responsable de tu vida y de todo lo que hay en ella.
Porque sabes que no hay nada fuera de ti que pueda trastornarte si no dejas que lo haga…
Lo percibes porque cada vez eliges más tu estado de ánimo, porque te permites ser y confías en ti.
Ha sido largo y complicado llegar a ese estado pero ahora cada paso te compensa…
Has ganado porque no te importa que cambien las circunstancias ni las reglas, porque siempre permaneces tú…
Has ganado porque no esperas ni buscas… Eres, estás, sientes.

Porque te encuentras.
Estás ahí, entre las tripas de los monstruos más rotundos y terribles que te has inventado. Cubierto de escamas y con la cara sucia y llorosa, pero te levantas y sigues. Porque ya no importan los baches ni los golpes… Porque sabes que puedes aunque te encuentres más de una vez dudando de ti y nadando en la hojarasca de un otoño plácido, cómodo y casi eterno que nunca se agota ni va a parar a nada nuevo si tú no decides que así sea… Y lo decides porque ahora escoges tu vida.

Ya no miras los relojes porque hace tiempo que paraste el tiempo y empezaste a vivir.
Has ganado porque asumiste que podías perder y que el riesgo valía la pena.


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Des-Amor


LLUVIA CRISTAL

Visito tu tarde. Tan plácida, tan quieta, tan triste.

La lluvia se arrastra por tus cristales buscando tus ojos cansados de buscar siluetas.

Puedo caminar por tus sábanas blancas con mi presencia diminuta.

Puedo verter sobre tu espalda la furia de todas mis batallas perdidas.

No eres mi héroe porque ya no necesito héroes ni salvavidas.

No eres mi cielo porque todo el cielo que necesito lo llevo dentro.

Entro en tu cabeza de mapas y bestias. Siempre los mismos, en fila, en bucle, sin tregua, sin posibilidad de cambio, sin remedio para nada.

Veo en tu cara la culpa por no llegar a la esquina donde reparten momentos dulces.

Piso tu frente y busco hueco en tu nuca para susurrarte palabras hermosas, pero reconozco que todavía no me apetecen.

No busco honores ni alabanzas.

No necesito castillos, porque los únicos muros sólidos se construyen con el alma… Los demás son de arena fina y caen cuando caen las ganas.

No quiero más amor que el que me permita mi libertad.

No deseo más refugio que el de mi propia persona.

No sueño más abrigo que el de un cariño sincero y un abrazo sentido.

Visito tu tarde y la lluvia no para.

El agua que cae canta las palabras que nunca dijimos.

El viento calla porque tú no te atreves a pedir…

Tu angustia contenida dibuja la palabra “perdona” pero tu miedo a perder algo que jamás tendrás te incapacita para decirla en voz alta.

Tus ojos dibujan oportunidades que no llegarán nunca, porque tus labios jamás podrán pronunciar súplicas.

Hoy te diré que no, por todas las veces que no fui capaz y me arrancaste las lágrimas.

Hace tanto tiempo que no buscas nada que las pupilas se te han cubierto de escarcha.

Hace tanto tiempo que miras y no ves que te has perdido todas mis cicatrices de guerrera retirada.

Ahora amo tanto el silencio que me aturde incluso recordar todos nuestros gritos pasados…

Escucho tus lamentos sobre el suelo gris mientras la luz ocre de una lámpara que no recuerdo haber visto nunca te dibuja una mueca horrenda en la cara.

No seré tu cómplice en este intento burdo de darme pena para mendigar un amor que ni tan siquiera sueñas.

Me cuentas otra vez cada una de tus batallas.

Ya no me interesa la guerra, te digo, ahora busco silencio y calma.

Y no me entiendes porque hablamos dialectos distintos en esta loca carrera para soltar lastre y vaciarse el alma rota.

Tú quieres que te consuele y yo ando por tus esquinas vencidas porque esta tarde me aburría y vi tu cara en una foto antigua y amarillenta.

Tú eras el personaje sordo que nunca escuchaba y yo la muñeca desmembrada del rincón del armario que nadie mira.

No seremos amantes, porque tú nunca usas el gerundio, estás demasiado dormido para vivir sin guantes y besar sin miedo.

No seremos viejos, porque ya lo somos, cuando callamos lo que sentimos y nos envolvemos en esta capa de miedo y mansedumbre casi obscena.

No seremos ángeles, porque el peso de la culpa nos rompería las alas…

Podemos ser lo que queramos, si somos capaces de abrir las ventanas y unirnos a la lluvia.

Si dejamos el paraguas de la rabia cerrado y salimos a buscar un rayo que nos parta porque tal vez nos devuelva la vida.

Pero… No lo haremos porque yo he superado  tu ausencia y tú ni siquiera te has dado cuenta de que ya no estoy.

No uso besos prestados, ni caricias alquiladas.

No vendo carne fresca esperando calor de segunda mano.

No necesito más compasión que la que regalo a quién la necesita.

No quiero más medalla que este corazón que ocupa mi pecho y late con ganas.

Visito tu tarde y está hueca.

Sé que tú sueñas con que la llene con mis versos sin rima y mis pies pequeños, pero yo no he nacido para suplir ausencias.

Ya no…

Sé que me buscas porque estás triste y cuando te vuelva la risa, me negarás la palabra y preferirás una sirena…

Y yo soy demasiado gigante para ocupar un el diminuto vacío que ha dejado en ti quién sea.

Visito esta tarde contigo y apago las luces para no ver y poder imaginar que nada fue.

Para que el vals sea lento y la noche llegue sin avisar y nos pese el silencio como una losa gigante.

Para que no me importe si vas o vienes, porque ya no tengo que esperar tus caricias ni leer tus miradas.

La lluvia me recuerda que somos sólo un episodio en una serie que ya no ve nadie. Y ahora noto que ya no tengo miedo a ser nada que te moleste.

Te visito de recuerdo y te encuentro tan roto que me doy cuenta de que la entera ahora soy yo.

¿Sabes? El desamor no es tan amargo cuando se toma conciencia y se elige comprender.

Y las bestias no son tan terribles cuando descubres que estás de tu parte cuando se ponen fieras y buscan tu cuello.

No eres mi amigo porque no sabes guardar secretos ni contener tempestades.

No eres mi héroe porque ya hace tiempo que la que ostenta los superpoderes soy yo…


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Ámate en silencio…


flores-azules

Corre cuando sientas que no puedes, hazlo porque la carrera te traerá las ganas y la fuerza para poder seguir.

Cuando notes que todo se acaba, lávate la cara y vuelve a empezar. Eres tú quién decide si tiras la toalla o sigues caminando… No pierdas ese poder.

Cuando no haya luz, sé tú la luz. No necesitas nada que esté ahí afuera, te bastas y te sobras, aunque suene duro y asuste oírlo.

Cuando no haya tiempo, pasa por encima del tiempo. A veces, tenemos que ver cómo se nos escurren los momentos para entender que necesitamos paciencia para tener paciencia…

Si las caras que te rodean no te animan, no las mires, no las asumas, no dejes que te calen hasta el alma y te reordenen los pensamientos. No estás obligado a nada.

Si el desánimo te acaricia la nuca, intenta escuchar tu voz diciendo que puedes. Busca el recuerdo más hermoso y alentador y aférrate a él con fuerza desmesurada… Recuerda su calor, su olor, su tacto, su música. Vívelo hasta pensar que estás en él y afronta el momento presente con esa energía acumulada que ya no malgastas batallando contra el mundo sino invirtiendo en ti .

Si todavía no has encontrado las palabras que pueden acompañarte en este viaje, busca más y no te preocupes, ellas vendrán a ti… Si las palabras que te dices no son las palabras que mereces, calla un rato. El silencio es el antídoto que estás buscando… La quietud de ver pasar tus pensamientos y salir de ti mismo para encontrar el camino… No te angusties, todo lo necesario llegará en el momento adecuado.

Escucha tus latidos, nota como fluyen tus venas, escucha el vals de las olas del mar bailando en tus pies… Baila con su cadencia, mécete en sus vaivenes y déjate llevar por su calma.

No dejes que tus pensamientos te lleven a donde no perteneces. No habites ideas que te hagan sentir pequeño, frágil, herido, maltratado, náufrago… No eres víctima de nada ni de nadie, eres tu propio guía. Si lo dudas, sal de ti mismo para ser más tú que nunca.

No te permitas personas que te rebajen y te hagan sentir mal… No importa si están o no están, no dejes que te posean el ánimo… Si consientes que te menosprecien, eres tú en realidad quien se menosprecia.  Decide, escoge, reina en tu vida y en tu voluntad.

Aléjate de gurús de egos hinchados que ocultan en realidad autoestimas flojas…

Aléjate de aquellos que tienen fórmulas mágicas para todo y venden éxito embotellado a cambio de perder la esencia. Mírales con compasión porque es lo que merecen y necesitan.

No pienses que no perteneces a donde sueñas. Si lo sueñas, es que ya es en parte tuyo, es que ya estás preparado para tocarlo aunque todavía no lo sepas.

Llora si lo necesitas, pero no acabes viviendo en tu llanto… Llora para vaciarte de asco y de pena… Ponte tu mejor traje para que el fracaso te pille de gala y eso te deje ver que en realidad es un triunfo.

Que te llegue la noche con los sentidos saciados, los besos dados y al menos una meta cumplida… Que antes de cerrar los ojos tengas claro el reto de mañana. Vacía tu agenda de citas mediocres y déjate tiempo para estar contigo, eres quién tiene todas las respuestas a tus preguntas…

Busca el silencio para amarte… Eses espacio dentro de ti donde nada te golpea ni araña. Encuentra tu paz y para todos los relojes para notar tu presencia y amarte sin prisas. Allí es dónde están todas la respuestas, donde han estado siempre.

Rebusca en todos los cajones hasta sacar a la luz todos tus secretos… Ya sabes dónde los escondes, no te hagas trampa. Mírales a la cara para descubrir que no importan porque no hay culpas ni perdones, sólo personas que están aprendiendo a vivir y a veces, cuando se olvida de amarse, hacen cosas difíciles de entender.

Insiste siempre si crees que compensa. No importa que seas la nota discordante, que desafines, que canses y que algunos te miren mal por recordarles que hay más mundo que su mundo… Hazlo con amor, sin acritud, con mirada compasiva y comprendiendo otros puntos de vista. No batalles por batallar. No busques dar patadas al mundo para desahogar la ira que te quema dentro por algunas injusticias que en realidad son oportunidades, aunque el dolor, a veces inmenso, no lo permita ver. No sabemos más que nadie, cada uno lleva su camino como puede…

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Usa el rojo cuando todo sea gris…

Brilla tanto que sea imposible apagarte o desconectarte. Porque eres tú quién te enchufa a tu vida, quién tiene el interruptor… No te lo escondas ni se lo cedas a nadie. Que los que no soportan que brilles, tengan que aceptar tu grandeza y eso les lleve a conocer la suya propia… Brilla para que brillen.

Camina bajo la lluvia para que la lluvia te lleve.

Cuando estés muy cerca de tu sueño y el miedo y el cansancio te tumben o te paralicen los pies, mantén la calma y sonríe, es el momento de respirar… Es la última prueba antes de llegar. El peldaño más complicado de subir es el que más te acerca a tus retos.

No huyas de lo que sientes. No cierres la puerta a lo que te duele porque te perseguirá hasta el final. Afróntalo de cara y permítete entenderlo y aceptarlo hasta que dejes que se vaya si  ya no forma parte de ti.

Suelta lo que te pesa. Gran parte de tu cansancio es porque cargas una culpa que no existe. Afloja la conciencia absurda y aprendida de un mundo que te pone normas para que no te quede más margen para vivir que el que le conviene.

Sucumbe a todas la tentaciones de las que llegado el momento puedas prescindir… No seas adicto a nada que te evada de ser tú, pero no te niegues el placer.

No te subas a trenes que no te lleven a donde quieres ir. A veces, lo hacemos porque eso nos entretiene y distrae de afrontar lo que nos asusta. Aunque, si ya vas en uno, no te apures, seguro que estás en él porque era necesario para aprender. Todo pasa para algo…

Ilusiónate mucho  sin perder tu calma y no temas para caer. Cae sin miedo, porque sabes que cuando te levantes serás aún más increíble y poderoso…

Ponte las botas de atravesar charcos llenos de lodo y lleva siempre en el equipaje los zapatos de baile, por si invitas al destino a bailar y dice que sí y luego cambias de rumbo.

Sé tu amante y tu sosiego. Sé tu refugio y tu sol.

Arráncate las etiquetas absurdas y sal de la fila de los que esperan que alguien les solucione la vida. En esa fila todos fruncen el ceño y siempre se cuela alguien ante ti y nunca se consigue nada.

No guardes la llave de ninguna puerta que ya no quieras abrir. No dejes puertas por cerrar ni habitaciones oscuras sin iluminar.

No encierres tu alma, ni sometas tu consciencia.

No beses más sapos pensando que serán príncipes porque serán siempre sapos… Y tú no necesitas príncipes.

No te asustes si a medio camino no te reconoces, el camino te cambia y tú cambias al camino. A cada paso irás soltando capas y desnudándote de historias tristes.

No te preocupes si no te reconocen los que nunca se ocuparon de saber realmente quién eras. No les escuches cuando te pidan que vuelvas a tu versión anterior. Confía en ti.

No dejes un baile a medias porque pare la música, sé tú la música.

No escuches a los que han perdido la esperanza porque tal vez no quieren ayudarte sino hacer que la pierdas tú.

No envidies nada, lo tienes todo. A veces, no lo ves porque el ruido te empaña los sentidos y las percepciones.

Deja de mirarte con ojos cansados y rencorosos.

Cuando te pierdas, no te busques entre los trastos viejos y en los rincones sucios… No visites los lugares más tristes ni los valles más oscuros… Nunca más.

Si te pierdes… Búscate entre las flores. Ese es tu lugar.

 

 


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Es imposible que sea imposible


CIMA

A veces, creo que nos asusta más triunfar que seguir en la casilla de salida de nuestro gran plan para tener éxito. En una especie de semiconsciencia. A medio camino entre lo que somos y lo que queremos llegar a ser. Porque nos engancha esa sensación de estar apunto de algo grande pero no hacerlo, por si no sale bien. Como si nos fabricáramos la coartada y la excusa para no decir que no estamos haciendo nada para conseguirlo pero saber que el momento de intentarlo aún tardará…

Nunca sentimos que estamos preparados para afrontarlo. De hecho, no lo estaremos del todo nunca. Tanto si es cambiar de trabajo como dejar algo que nos está arañando por dentro… Incluso si es atrevernos a probar algo hermoso, dulce, amable…

No importa si lo que queremos es conseguir algo que nos parece mejor o si lo que necesitamos es dejar algo que nos hace daño. No lo hacemos porque no nos sentimos dignos de ello y esa sensación de “indignidad” nos deja paralizados.

Y cuando intentas superarlo y alguien te pregunta ¿qué te pasa, crees que no eres suficientemente bueno? La respuesta es no, lo soy, pero… Algo no encaja en todo esto. Y para descubrir qué, tendrías que hurgar tanto ahí dentro, en esa habitación cerrada donde guardas tanto dolor y oscuridad que no crees que te compense.

Y piensas… Tengo las ganas, tengo el talento, he diseñado mi plan pero… No sé qué pasa que no funciona…. Y escarbando un poco en ti, un día, harto y agotado, sale la frase… No es que no me lo merezca, porque he hecho muchas cosas para conseguirlo… Es sólo que esas cosas no le pasan a las personas como yo.

Es una sensación extraña de estar marcado de alguna forma. De llevar en algún lugar una señal que no ves pero que hace imposible que llegues a tu meta. Como si fueras de un subgénero de personas que no forman parte del club de los que lo consiguen… ¿Has sentido eso?

Parece descabellado, pero eso explicaría tantas cosas… Ya te pasaba en la escuela cuando te sentías distinto y nada encajaba… Te pasa en el trabajo porque todos te pasan por encima sin entender por qué, cuando vas a un lugar y ves a una persona a la que te gustaría conocer… Sabes enseguida que no saldrá bien, que no puede ser…

Es una sensación rara, rarísima…. Cuesta explicarla y más entenderla. Es como si el éxito no estuviera en tu ADN. Como si por más que lucharas, algo en ti fuera defectuoso, como si tu código de barras no casara con el código de barras del éxito… ¿Has tenido esa sensación de que la suerte llama siempre a la puerta de al lado? Todo va bien y cuando te toca a ti, pasa de largo, como si tuvieras un repelente para esas cosas.

Tienes esa sensación de que lo bueno se acerca pero siempre está a un paso de ti. Todo está listo pero las piezas no encajan…

Y seguramente es cierto, en tu mente, el gran director de orquesta que hace que al final la melodía no suene… La marca invisible que te separa de tu meta la has dibujado tú, la sientes tú y la transmites a cada gesto y cada mirada… Porque hace años, te instalaron un software en esa cabeza que tanto piensa y se preocupa en el que dice que siempre te quedas a las puertas de algo. Te programaron y, te programaste para quedar a medias, para soñar pequeño, para repeler la meta… Y el programa viene de lejos. Es el mismo que llevaban tus padres, por eso, te lo instalaron, pensando que hacían lo mejor para ti, para tu vida… No hay mejor manera de evitar sufrimiento que invitar a alguien a no soñar o a soñar corto, pequeño, asequible… Dejar claro que hay cosas que tiene vetadas por el hecho de ser él… Porque hay cosas que nunca te pasan a ti ni a los tuyos… Porque tus genes escupen la felicidad, eluden el éxito… Como si formaras parte de una saga maldita.

Lo que pasa es que, de vez en cuando, en estas sagas de personas maravillosas programadas para creerse indignas de lo bueno, hay alguien que osa llevar la contraria. El que dice que no y toma un camino distinto. El que decide intentar si es posible, después de atreverse a soñar que tal vez…

El problema es que sueña como los suyos nunca han soñado, pero usa las mismas herramientas que ellos para conseguirlo, una mente programada para no llegar a la meta. Sigue sintiéndose indigno pero sabe que no lo es y esa contradicción le hierve dentro hasta que llega a la coherencia de ser como realmente es, una persona ilimitada.

No se trata sólo de pensar que puedes sino también de sentirlo y actuar en consecuencia.

Hasta que no nos sentimos dignos de algo, no abrimos en nuestra mente la posibilidad de que suceda. Hasta que no actuamos desde esa posición de dignidad, nuestros pasos nos separan de lo que realmente somos y deseamos… Y la meta se aleja cuando te acercas porque lo haces desde el miedo absoluto a no ser como son las personas que la alcanzan.

Como si la suerte esquivara a los que no se sienten dignos de ella…Y sentirse o no digno, no depende de dónde se viene ni  tan siquiera a dónde se quiere ir, depende de lo que uno se cree que es.

De si siente que forma parte de eso que sueña.

De si confía en llegar o realmente se nota fuera de lugar.

De si hemos desinstalado el programa que llevamos dentro desde hace años y que nos obliga a pensar que hay cosas que nunca nos podrán suceder, porque no, porque no somos de esa clase de personas a las que les pasan esas cosas.

Y el trabajo no es nada fácil. Si ya tiene mucha miga decidir qué quieres y trazar un plan para conseguirlo, imagina qué supone además formatearte a ti mismo, hacer un reset y borrar todo lo que te limita y separa de quién realmente eres… Esa persona pura que en el fondo sabe que puede optar como cualquier otro a lo que sueña.

Salir del círculo vicioso del sentirse culpable por no ser como deseamos y luego sentirse culpable porque esa culpabilidad nos aleja de lo que realmente somos.

Darse cuenta de que tenemos llave de todo y a veces nos resistimos a abrir la puerta porque nos han educado para quedarnos en el quicio, mirando como otros consiguen el  premio que nosotros deseamos.

Y al final, entender que lo único que nos separa de nuestro cielo particular somos nosotros y la forma que tenemos de mirarnos.

Volvemos a recordar cada momento duro y nos detenemos en él sin un átomo de esperanza… Recordamos las humillaciones como si las heridas fueran recientes… Nos obsesionamos con seguir siendo un muñeco en manos del azar en lugar de asumir nuestro poder y nuestra responsabilidad en cada acto y cada consecuencia…

Cuando lo que cuenta es percibir que no hay nada que la vida nos aparte porque somos nosotros quiénes lo esquivamos… No hay más destino que nuestras creencias ni camino que el que nos empeñamos en dibujar cada día.

Ser capaces de darle la vuelta a todo y notar que no hay nada estropeado en nosotros.

Que no tenemos que llevar la carga de nadie, ni siquiera la nuestra, porque hicimos lo que pudimos.

Y no hace falta llegar a la meta, lo que importa es entender que no hay nada en nosotros que nos haga indignos de ella… Aunque a veces no lo conseguimos porque nos falta aprender algo en ese lapso de tiempo en el que casi la tocas y te das cuenta de que no está…

A veces, el premio no llega porque nos espera otro más grande.

Otras veces porque lo que perseguimos no es lo que realmente deseamos y nos estamos engañando.

Tal vez nos falta otro intento sin tanto agobio y desesperación porque quién guarda la puerta no nos quiere ver tan estresados.

A menudo quién más nos aleja de nuestros sueños somos nosotros mismos y nuestros pensamientos y emociones.

Cada vez que sentimos que no. Cuando las emociones nos estallan por dentro y nos queman las entrañas.

Cuando decidimos ponernos el traje de “siempre me pasa a mí” o “todo es muy injusto”. A cada queja y lamento que lanzamos, nos separamos de la meta y volvemos hacia la casilla de salida.

A veces, somos lo que detestamos porque lo vivimos con mucha intensidad y nos ponemos una careta amarga para que todos lo vean y lo noten.

A veces, lo perdemos todo porque no sabemos esperar y cambiamos de apuesta cuando estamos a punto de ganar.

Tú eres tú. No se admiten devoluciones ni rebajas. No puedes recortarte con tu forma de pensar ni imaginarte a medias…

Eres capaz de ser lo que sueñas, porque si no, no serías capaz de soñarlo.

O como dice Louise L. Hay que “los milagros son sólo la consecuencia de lo que nos atrevemos a creer”.  Por eso es tan importante revisar qué creemos, pero de verdad, no en superficie. Y para ello, no hay más remedio, hay que entrar en esa habitación cerrada donde guardas dolor y oscuridad y abrir las ventanas. No es fácil pero es el camino… Y siempre, siempre, vale la pena andarlo y hacer el ejercicio de entender que en realidad estamos hecho del mismo material de lo que soñamos y que, por lo tanto, es imposible que sea imposible alcanzarlo.


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Vida


FLOR PEQUEÑA

La vida se concentra en los pequeños detalles. Habita en los peldaños de las escaleras y en los pliegues de las sábanas. Es especialmente caprichosa  al contemplar todo lo pequeño, le gusta hacerlo grande, le gusta hacerlo maravilloso para que nos importe, para que tengamos que detener la vista en lo minúsculo y darnos cuenta de que en cada átomo hay un universo por explorar. Y al mismo tiempo, para que sepamos que es efímero, que se gasta, que se acaba, que vuela y desaparece.

Tal vez por eso es tan bello… Tal vez por eso la belleza es deliciosa y afrutada, porque se escapa…

Y la vida, que sabe que buscamos momentos intensos, es complace en mostrarnos aquello que podemos desear y nunca acabar de tener del todo… Y esa es la enseñanza, el aprendizaje… Nada es nuestro, todo viene y todo va, sólo podemos disfrutarlo mientras está y homenajearlo cuando se marcha recordando lo hermoso, lo bondadoso, lo que deja en nosotros…

El recuerdo es el tesoro. La lección. El beso que sigue siendo beso cuando ya no quedan los labios… El abrazo que sigue dando calor sin que él ya no esté cerca… Las palabras que ahondaron en tu alma recordándote que puedes, aquella tarde cuando tanto buscabas palabras que te ayudaran a saltar, a vivir, a conocer…

Y nos queda aceptar. Dar el salto a otra dimensión dentro de nosotros mismos donde nos sobra y nos basta con saber que somos, que estamos con nosotros y nos apadrinamos las lágrimas y nos besamos las penas… Que da igual si caemos porque somos un tentetieso que siempre acaba en pie… Que no importa si perdemos porque lo que buscamos no es la gloria sino el cambio en nuestra mirada, nuestra nueva actitud en la vida…

Una vida que nos demuestra cada día que lo que habita en nosotros realmente es lo básico. Que somos suspiro. Que no tenemos nada y lo somos todo. Que vinimos con un traje de piel y marcharemos con ese traje más cansado, más arrugado, más sabio…

La vida anida en las palabras. En los pensamientos que nos ayudan a crecer… En las miradas locas que buscan caminos alternativos… En las emociones que nos obligan a entender que a veces nada es como esperamos pero que en ese desconcierto hay una melodía, una especie de perfección salvaje que hace que al final todo encaje, todo cuadre, todo tenga sentido…

Porque la vida te trae flores cuando vas a saber apreciarlas y no cuando crees que las necesitas.

Te deja sin escalera cuando te empeñas en subir para que te des cuenta de que tienes que bajar.

Te viste de gala cuando ya no te importa ir desnudo.

Te esconde las piezas del rompecabezas para que te des cuenta de que ya estás entero.

La vida ama lo fugaz, lo pequeño, lo etéreo, lo que se desperdicia cuando abarcas demasiado, lo que se pierde cuando sumas y restas sin tener en cuenta lo verdadero… Lo que nunca aprecias porque siempre está. Lo que nunca ves porque no quieres verlo o no le das valor porque crees que estará también mañana.

La vida escupe contra viento y sacude cuando has caído. Aprieta donde duele, salpica con sal donde tienes una herida aún por cerrar… Te obliga a soltar lo que te queda y te colma cuando entiendes que en realidad no necesitas ya nada.

Y todo es para que entiendas, para que veas, para que te detengas… Aunque duela tanto a veces que no puedas ni sentir…

La vida busca que poses tus pupilas en todo aquello que se te escapa para que de una vez por todas sepas que lo que realmente permanece eres tú…

La vida te pide que te acerques a lo pequeño para que entiendas que en realidad es grande, enorme, gigante… 


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Si perdonas…


Cuando no perdonas, te quedas atado al pasado. Una nube de dolor empaña tus días, tus pensamientos, tus decisiones… Dejas que alguien usurpe tu vida y anide en ella…  Vives a través de otros ojos… Cuando no perdonas es porque en realidad lo que esa persona siente por ti o dice de ti es un reflejo de lo que tú crees de ti mismo, aunque no lo quieras ver y admitir… De otra forma, no te afectaría ni causaría dolor. Si no perdonas es porque la estocada recibida viene a traerte un mensaje sobre ti que aún no has aceptado y soltado… Sea o no sea real esa visión de ti, eso no importa… Si no perdonas, es porque no has asumido que el otro es como es y no lo vas a cambiar y, por tanto, eso te impide asumir que tú también eres como eres y  aceptarte…

Aceptar también es admitir el cambio y prepararse para él. De hecho, es el paso previo a que todo empiece a dar vueltas a tu alrededor y des un nuevo paso… Cuando aceptas cómo eres, amas tus debilidades y tus fortalezas, adquieres el poder de decidir sobre ti mismo y volver a tu esencia. Y desde la conciencia más pura de lo que eres, puedes notar si cada paso que das va contigo o contra tu naturaleza…

El que no perdona, sin embargo, sigue atado a la mirada del otro. A la visión que esa otra persona tiene de él. Se ve a través de sus ojos y por ello es incapaz de perdonar la ofensa y “el atrevimiento y la osadía” de hacer que yo me vea como tú me ves y que eso me duela porque aún no he conseguido cambiarlo y asumirlo”.

Leí el otro día que la falta de perdón es la culpa que arrastramos por no ser como soñamos y por el hecho de que los demás nos lo hagan ver… La culpa porque no nos amen como creemos necesitar que nos amen, en una sociedad que educa para que el amor sea dependencia y necesidad pura… La culpa es dolor. Dolor en el alma y el cuerpo. La rabia, el resentimiento, el odio en algunos casos, se nos acumula en los pliegues y nos estalla…

Decía el texto que si no necesitáramos culpar al mundo ni a nosotros mismos de nada, no habría dolor… Porque esa herida abierta es la forma que tenemos de mostrar al otro el daño que nos ha hecho, de recordarle constantemente que actuó mal según nuestra forma de ver la vida, según nuestro mapa mental y vital. Sin necesidad de vengarnos sacando a relucir nuestro dolor, ese dolor no tiene sentido… Sin reproche, no hay herida.

A veces, la herida abierta es la forma en la que nos recordamos también a nosotros mismos lo culpables que somos por no ser como deseamos, por no llegar al altísimo listón que nos hemos impuesto… Nos miramos con tanto desprecio que esa energía negativa tiene que rebotar forzosamente en nosotros y en lo que nos rodea.

Todo lo que le pedimos al mundo es lo que nos pedimos a nosotros mismos.

Lo que criticamos al mundo es lo que vemos en nosotros, lo que soñamos tener y creemos que no podremos alcanzar.

Lo que detestamos de otros es lo mismo que detestamos en nosotros y no queremos admitir…

Las personas que nos rodean son ante nuestros ojos una proyección de nosotros mismos…

Nuestras quejas son las quejas que salen de sus labios y llegan a nuestros oídos.

Vemos al mundo tal y como nos vemos, como decía Kant: “Vemos las cosas, no como son, sino como somos nosotros”

La vida que apuramos cada día es un reflejo del estado en que se encuentra nuestra autoestima… Un ejemplo claro de lo que creemos que merecemos…

Lo que deseamos para otros es lo que acaba llegando a nuestras vidas.

Por ello, cuando no perdonamos, no nos perdonamos. Nos quedamos sumergidos en una materia viscosa en la que no nos podemos mover ni pensar.

Perdonar es cerrar las heridas que son testigo de algo que fuimos antes y ya no somos. Es comprender, ponerse en el lugar del otro en un acto de empatía extraordinario que nos ayuda también a entendernos a nosotros mismos y comprender que a veces las personas vienen a nosotros porque lo vamos pidiendo a gritos…

Atraemos lo que somos y lo que necesitamos… Visto así, no tiene sentido enfadarse porque alguien venga a nuestra vida a ayudarnos a entender que merecemos más de lo que creemos y que nos amamos muy poco…

Las personas que llegan a nuestra vida vienen a empujarnos a dar un paso más, a que comprendamos más sobre nosotros…

Perdonar es decidir amarse tanto que ya no nos importe lo que mundo piensa de nosotros. Si no lo hacemos, no encontramos la quietud para seguir. La sensación de estar contigo mismo y saber que estás comprometido con tu felicidad.

Perdonar es hacerse feliz. Decidir que es mejor amar que ganar, que la paz que sentimos al cerrar puertas que quedaron entreabiertas vale más que tener razón e imponerse.

Perdonar es asumir tu responsabilidad y aceptar que no hay culpas porque cada persona vive su verdad y actúa en consecuencia.

Mientras no somos capaces de encontrar esa paz deliciosa de “no necesitar”  ganar, imponernos, demostrar o encajar, somos un híbrido entre lo que ya no somos y lo que soñamos ser…

Hasta que no asumimos el perdón como un regalo y no como una pérdida no podemos agradecer la enseñanza y el valor de cada experiencia…

Si no perdonamos, no nos perdonamos porque seguimos dando poder a los demás sobre nuestras vidas… Les damos capacidad de gestionar e incidir en lo que sentimos, en  lo que soñamos, en lo que merecemos y nos miramos a través de sus ojos…

Nos volvemos tan duros que nos rompemos y nos agrietamos con la esperanza de que algo de luz entre en nosotros…

No es fácil. El ego siempre necesita justificar y medir, comprobar y calcular… Siempre quiere vencer y necesitar. Siempre encontrará la excusa para demorar el momento y te hará creer que no ha llegado aún la hora… Te confundirá para que sustituyas tu autoestima maltrecha por un orgullo hinchado que no te deje ver más allá de tu nariz y te dirá que no hay más verdad que la tuya… Te hará creer que perdonar es sacrificio en lugar de la maravillosa recompensa de estar en paz contigo. Te susurrará consignas para que sigas luchando en una guerra sin sentido cuya victoria es la derrota más absoluta para tu capacidad de amar, tu generosidad y tu grandeza.

De todas las decisiones pendientes que tenemos, la de perdonar es la más complicada y valiente… La más dura, tal vez, pero es sin duda la que más cambia nuestras vidas. El mayor regalo que podemos hacernos a nosotros mismos es perdonar.

Perdonar es rescatarse a uno mismo de una muerte lenta de reproches y pensamientos amargos… Abrirse de par en par y dejar que corra el aire limpio y entren sensaciones nuevas y maravillosas. Perdonar es vivir en paz.

Si perdonas, encuentras todas las piezas del puzle y descubres que sólo depende de ti mismo que encajen.

 

A muchas personas no les gusta la palabra perdonar porque les suena a estar por encima del otro. Cada uno hace las cosas como sabe a cada momento y según su nivel de conciencia… Lo podemos llamar comprender y soltar ese dolor, cerrar la herida y desearle lo mejor a esa persona. Lo llamemos como lo llamemos, todos sabemos qué significa y hasta dónde nos compromete. Porque el compromiso real es siempre con nosotros mismos.