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la rebelión de las palabras


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Por nosotras


Durante años he visto a grandes mujeres intentado demostrar que valían, que merecían, que “podían con todo” y que estaban a la altura. Yo misma me enredé en esa espiral en la que te muerdes la cola pero nunca encuentras nada nuevo, nada que te sirva… A estas alturas, amigas, ya es demasiado obvio que no tenemos que demostrar nada ni ser nadie. No tenemos que decirles a los que nunca nos van a escuchar que merecemos lo mismo y lo mejor… No tenemos que convencer a los que nunca nos comprenderán de que somos valiosas. Ahora lo que importa es que nosotras nos lo creamos de verdad y vivimos en consecuencia. Esa es la trampa, someterse a parecer lo que ya somos. Intentar encajar en moldes sin sentido y pensar que si somos buenas y damos el máximo nos darán las migajas… Hacerlo todo creyendo que así nos darán el lugar que nos pertenece cuando eso solo genera más dolor, más desigualdad y más desesperanza. Los que ya no nos valoran no lo harán por más que nos dejemos la piel en las calles, en las cocinas, en las escuelas, en las empresas… Por más que nos esforcemos en en destacar haciendo lo mismo y mejor. Hagámoslo por nosotras, no por ellos. No por demostrar sino porque nos importa, porque nos mueve, porque el mundo está lleno de posibilidades y nosotras nos las merecemos todas. 


Dejemos de ponernos listones y metas imposibles y además de seguir reivindicando lo que merecemos iniciemos otra revolución… Una que se gesta en paz porque está dentro de nosotros y que se propaga y extiende sin fronteras…

Ahora es el momento de mirar dentro y darnos a nosotras mismas ese respeto que legítimamente reclamamos, de escucharnos como escuchamos a otros, de cuidarnos como cuidamos a otros, de mimarnos y regalarnos momentos, de encontrar nuestra propia voz y nuestro silencio, de parar para ver dónde estamos y a dónde queremos ir realmente más allá de moldes sociales y estereotipos. Es el momentos de amarnos y aceptarnos y compartir lo que descubrimos en nosotras con todas para hacer más llevadero este camino. Y que nos acompañen ellos también, hay muchos que nos valoran y respetan, que quieren compartir esta experiencia y trabajar por lo justo, lo digno, lo necesario. Dejemos de esperar a que nos vean, mirémonos nosotras con la empatía y compasión que merecemos, con la amabilidad y respeto que necesitamos, con la admiración que nos tenemos… No necesitamos el visto bueno de nadie, solo el nuestro.

Ahora es el momento de decir otra vez que no a lo que es no y sí a lo maravilloso que merecemos. De poner límites y ayudarnos unos a otros a mantenerlos. De no excluir a nadie que necesite, que desee salir del túnel oscuro y gritar y llorar si hace falta. Es el momento de sacar la basura acumulada de lamentos y penas, de miedos y culpas y mirarla bien para comprender qué hacía ahí y decidir que ya no la queremos en nuestra vida antes de tirarla… Este cambio que merecemos y soñamos, amigas, se gesta dentro para que salga fuera…Si nosotras no nos lo damos, no nos lo dará nadie. Si nosotras no nos respetamos, no podremos compartir ese respeto… Vamos a querernos bien, a ser amables con nosotras y con otras personas que libran batallas calladas intentando salir del pozo… Vamos a decir basta cuando toca decir basta y gracias cuando toca decir gracias…
Por todas las que ahora lo pasan mal. Por las que lo pasaron mal y ya no están. Por las que vienen detrás de nosotras, que no deberían ya jugar en esta liga siniestra de roles absurdos, culpas y supervivencia bárbara… Por nosotras que estamos aquí y ahora y nos hemos dado cuenta hace tiempo que de merecemos la mejor vida posible. A veces, con un pequeño paso, basta… Una palabra amable, un gesto, una mirada hacia ti misma sin reproche, sin pensar que no llegas y no vales. No hay más meta que estar en paz con nosotras mismas y que dejar que el mundo lo vea y lo comparta…

Es la hora de volver al camino, pero esta vez el viaje es hacia nosotras mismas y la meta lleva nuestro nombre. Es un viaje hacia una nueva forma de mirarnos, de comprendernos, de aceptarnos, sin esperar que nos miren, nos acepten y nos digan que sí. 

Cada paso que da una de nosotras, lo damos todas y todos lo que nos acompañan. 
Que esta sea la última vez que tenemos que recordarlo.

 

Gracias por leerme. Si quieres saber más sobre mí te invito a entrar en mi web. 

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Déjate en paz


Últimamente me doy permiso para equivocarme.

Alguien pensará ¿Qué más da eso? si te equivocas igual ¿no? si tal vez lo que tendrías que hacer es intentar dejar de equivocarte ¿no va de eso la vida?

Hace años le hubiera dicho que sí, que vivir es era intentar hacer las cosas siempre lo mejor posible. Yo lo intenté con todas mis fuerzas y nunca lo conseguí, nunca estuve satisfecha. Y me sentía siempre mal, siempre esclava de algo que no conseguía ni alcanzaba. 

Ahora creo que es mejor aceptar tu error, observarte y observarlo y quietarle fuerza e intensidad. Mirarlo sin miedo, sin culpa, sin reproche y comprenderlo. Darte cuenta de que no pudiste hacerlo de otro modo. A pesar de saber hacerlo técnicamente, de tener la experiencia y la formación, muchas veces nos falla la actitud y el ánimo. No somos máquinas, somos seres humanos y estamos totalmente condicionados por nuestras creencias y programas subconscientes. No siempre cumplimos expectativas. Nos falla el pulso, nos atenaza el miedo, nos faltan horas de sueño, necesitamos serenidad y calma e ideas claras que no siempre acariciamos. 

No es una excusa, es una explicación.

El caso es que desde hace un tiempo, me doy margen. He dejado de mirarme con ojos de acosadora a mí misma. Me observo gestionando una situación y me doy cuenta de que juzgo, que me dejo llevar por mis emociones sin explorarlas, que no respiro hondo ni calculo bien, que tal vez tendría que dar una vuelta a las cosas antes de darlas por hechas… Sin embargo, no me acecho, no me reprocho. Es como si me diera cuenta de que en ese momento, a pesar de tener el potencial para hacerlo mejor, no me echara en cara no haberlo usado. Como si aceptara que justo en ese momento no puedo ser de otra forma y lo hiciera mal pero sabiéndolo, observándolo. Es un error visto desde la consciencia, desde la responsabilidad de la persona que asume que podría actuar mejor pero acepta que no supo y no pudo, pero que elige verlo y comprenderlo para la próxima vez poder recalcular. Es ver el error y no sentir culpa sino capacidad para aprender de él y saber que no eres tú, que no tiene porque limitarte sino todo lo contrario, abrirte un mundo de posibilidades gracias a él y a tu forma de contemplarlo.

Últimamente me permito el error y me siento bien. He descubierto que algunas personas, entre las que me hallo, necesitan más perdonarse por no cumplir del todo y equivocarse, que seguir intentado mejorar. Porque en su caso la mejora es una espiral que les lleva a maltratarse y no darse nunca tregua. He descubierto que cuando te permites fallar y te perdonas, te quitas de encima tanto peso y presión que automáticamente todo sale mejor. Que cuando miras tus errores y te miras a ti mismo sin rencor ni reproche por no llegar a la meta o no conseguir el reto, el dolor se esfuma y te liberas. Y te das cuenta de que lo que importa es disfrutar de lo que haces, de lo que eres, valorarte y apreciarte llegues o no. Porque no eres tus resultados, eres las transformación que experimentas mientras caminas hacia ellos, los consigas a o no.

Últimamente, me miro con ojos de persona que amable y compasiva. Sin pena, por favor, al contrario. Hace falta ser valiente para mirarte a los ojos después de cometer un error y decirte “no pasa, nada, te quiero y te valoro igualmente”. Esa compasión, ese cariño que hay en ti a pesar del resultado y el error no te hace grande, hace que te des cuenta de la grandeza que había en ti y que no veías ni valorabas… Del poder que tienes cuando decides mirar de otro modo y cambiar tu realidad al reinterpretarla.

Cuando te das cuenta de que tu valor como ser humano tiene que estar siempre fuera de duda y que no depende de tus errores sino de tu capacidad para asumirlos y perdonarte, todo es relativo.

Últimamente, me permito fallar y eso me da una visión sobre mí y sobre la vida que me trae paz. Y desde la paz encuentro otras respuestas que no veía. Desde la calma de saber que me perdono y no me reprocho veo la forma de compensar y volver a intentar con más ganas, con sentido…

Me he dado cuenta de que cuando te permites el error y lo aceptas, abres la puerta a un conocimiento de ti mismo que lo cambia todo.

Que cuando te dejas margen para equivocarte y te perdonas por ello puedes aprender de tus errores sin que el dolor los esconda. Que, a veces, hacerlo mal y poner luz y consciencia te libera más que hacerlo bien porque sueltas carga y presión…

Últimamente, me dejo en paz y me permito hacer las cosas mal cuando no sé hacerlas mejor y jamás había cosechado tantos aciertos. Aunque tal vez sigo sin acertar pero me siento bien conmigo misma porque no soy tan dura, tan cruel y exigente, porque llevo menos carga y eso me deja pensar, sentir, notar. Quizás ha bajado ese listón que nunca debió estar tan alto y me siento mejor. Será que para acertar es imprescindible antes aprender a perdonarse los errores.

Lo sé, si haces esto, habrá quién dirá que eres débil, que eres floja, que esto va de hacerlo siempre todo lo mejor posible y no fallar, que es una competición sin tregua por la supervivencia y que con lo que hay ahí a fuera tienes que ser el mejor… Pero yo siento que lo que cuenta es estar bien contigo, valorarte y no menospreciarte, que esto va de amarte no de tasarte ni venderte, de dedicarte una mirada amable cuando no puedes más y darte tregua para seguir adelante. Yo fui tan cruel conmigo mientras peleaba por mis sueños que recuerdo ese tiempo como algo sumamente amargo que no pudo endulzarse ni siquiera cuando los tocaba y conseguía. La vida no es una lucha, es un camino. No vamos a conseguir todo lo que deseamos a veces, por más que nos empleemos en ello, por eso vale la pena que el trayecto sea amable y nos permita ver la belleza que nos rodea.

Cuando aceptas tu verdad y decides parar para sentir no estás dejando nada sino asumiéndolo todo, no procrastinas nada sino que lo aceptas todo y tomas las riendas de tu vida… Cuando te amas y y valoras, ese amor te da la fuerza para seguir adelante y superarte. 

Perdonarse los errores no es de personas débiles, sino de valientes. No es buscar excusas, es comprender por qué sucedieron para poder empezar de nuevo. Dejarse en paz no es dejar de buscar la excelencia, es darte un respiro para que surja sin forzar ni maltratarse. Para poder amar lo que haces sin el yugo de la autoexigencia y el insoportable dolor que supone culparse siempre a uno mismo.

A veces, para que todo esté bien, solo necesitas apoyarte a ti mismo y estar de tu parte. 

Además ¿Qué está bien y qué está mal? ¿Quién lo sabe? ¿Acaso no hay cosas que parecen horribles y luego resulta que son experiencias maravillosas?

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

 

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

 

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

 

Disponible aquí 

 

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Si quieres saber más de mí, te invito a entrar en mi web y conocer lo que hago. Acompaño a personas y organizaciones a desarrollar todo su potencial a través del coaching, el mentoring y la Inteligencia Emocional. 

 

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Vivir con todas las consecuencias


Vivir es el zarandeo, el balanceo insoportable de una tarde de dudas y el sopor de un domingo tan plácido que imaginar que se acabe resulta casi inaceptable. Es esa calma que encuentras cuando te haces amigo de lo inevitable y tomas impulso para ser más tú que nunca. Aunque suene mal lo que dices y no guste nada lo que haces y menos lo que piensas, pero eso sea tu pensar, tu decir y tu hacer.

Porque vivir también es abrir el frasco y soltarse, dejarse ir a ver qué pasa, dejar que suceda, que salga todo, lo oscuro y lo luminoso, lo que nos atrapa y lo que nos libera, lo que nos asusta y lo que nos hace sentir auténticos. Vivir y aceptar todas las consecuencias de sentir, de ser, de encontrar tu coherencia y respetarla. Elegirte a ti mismo entre la barbarie de propuestas que te instan a fingir, a parecer, a disimular, a vivir otras vidas que no son la tuya ni te llenan. 

La vida premia la coherencia, el dejar de tragar porque toca, porque si no quedas mal y te apuntan con el dedo. Premia el parar para repostar y cambiar de camino porque el que llevas está agotado como tú. Premia el valor de vivir sin manual y aceptar las consecuencias de salirse de la horma y pensar más allá del redil y del cuadrado que nos han fijado para no romper esquemas. Premia el sentir y el arriesgarse a notar el miedo del que huimos sin querer conocer, cuando está claro que siempre nos dará caza. Premia el quedarse detenido en este ahora y notar el viento, el renunciar a lo que nos amarga y hace daño aunque eso implique la soledad absoluta, el mirar dentro y reconocerse… La vida premia el amor a uno mismo, el respeto por la vida misma y los que habitan en tu mundo. El compartir y compartirse a otros en todos los aspectos. El sentirse absolutamente digno y merecedor de lo mejor aunque todo lo que nos rodea parezca afirmar lo contrario. 

No es fácil dar un golpe en la mesa y decir basta. Plantarse una mañana ante tu vida y hacer limpieza de cajones y soltar la basura que acumulas y que te retiene en ese lado de la vida donde nunca pasa nada y cuando pasa es un golpe seco que te deja destrozado. Dejar de necesitar que te rompan para descubrir que no te merecen, dejar de necesitar que te humillen para forzarte a reconocer tu propia dignidad, dejar de necesitar que te ignoren para acabar haciéndote caso y escuchándote. Dejar de necesitar que todo salga al revés para darnos cuenta de que los que estábamos del revés éramos nosotros y no nos dábamos cuenta del gran valor que tenemos.

Dejar de necesitar caer y llegar a ese momento en el que parece que no tienes nada a lo que agarrarte y te encuentras a ti mismo. Tú eres el amarre que necesitas, eres tu impulso. Lo llevas dentro y la vida tenía que dejarte sin camino para que descubras que tú eres el camino y que el plan no era encontrar nada ahí afuera sino dentro… El plan eres tú y siempre lo has sido. Y la meta era encontrarte contigo y estar de tu parte. Porque solo vamos a encontrar consuelo en nosotros mismos.

A veces, necesitamos que pasar frío para descubrir que somos nuestro abrigo.

Necesitamos llevar una carga muy pesada para que no tengamos más remedio que soltarla.

Necesitamos quedarnos solos para aprender a hacernos compañía.

A veces, necesitamos que no sea fácil para darnos cuenta de que somos nosotros quiénes nos complicamos la vida.

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

 

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