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la rebelión de las palabras


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Ni aquí, ni ahora


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No estoy presente. No estoy aquí. No vivo este ahora.

Muchos no estamos donde estamos sino en otro lugar y en otro tiempo. Algo por dentro nos corroe y nos aparta de donde estamos y pisamos. Algo nos zarandea tanto que nos hace vacilar y tambalearnos hasta perder el sentido y no saber donde caemos. Algo nos hace viajar con la mente siempre hacia atrás y hacia delante, como si una máquina del tiempo nos ocupara la cabeza…

Hay quien sigue anclado en una esquina de hace diez años donde vio y sintió algo que tiene la sensación que le cambió la vida y le rompió en pedazos. Hay quien está en mañana, en el mes que viene, en el verano mientras todavía es invierno. 

No estamos presentes en nuestras vidas. A veces, porque soñamos esperanzados con algo mejor y nos aferramos a ello para no ver el dolor que ahora nos sujeta la garganta y nos ata las manos. Otras veces para imaginar que lo peor está por llegar y así poder imaginar tiempos todavía más duros diseñados a medida de nuestros miedos. 

Nos miramos y no nos vemos a nosotros mismos. Vemos al niño asustado que fuimos y que se escondía en la última fila para ser invisible o a la niña que se exponía cada día ante los demás suplicando ser perfecta para que le dieran el visto bueno.

Vemos al triunfador que todavía no somos o eso creemos, al que no ha llegado a la meta, al que tiene que trabajar el doble que otros para conseguir el mínimo, al que haga lo que haga nunca puede sacarse de encima esa sensación de no ser suficiente, de no pertenecer al bando de los que ganan, de no merecer lo que sueña. Vemos a esa persona que nunca encaja en ningún lugar, aunque los lugares cambien. 

Miramos y sólo vemos pasado y futuro y nunca presente. No lo vemos porque estamos preocupados por borrar lo que fuimos y evitar lo que creemos que vamos a ser. Queremos borrar el pasado sin amarlo, ni comprenderlo y escribir un futuro distinto haciendo lo mismo de siempre y sin experimentar nada nuevo, sin sentir ese miedo del que huimos. Queremos cambiar de vida sin comprender ésta, sin haberla sentido, notado, aceptado y aprendido la lección… Queremos pasar de pantalla sin haber completado en esta aventura en el juego de nuestra vida. 

No podemos vivir sin estar presentes. No podemos llegar a mañana esquivando este momento de ahora, pasando de puntillas por nuestras emociones y sin entrar en la caja negra de nuestras creencias para decidir qué nos sirve y qué no. No podemos cambiar de camino sin salir del laberinto de pensamientos que cada día nos asaltan para recordarnos que seguimos creyendo que nunca saldremos, sin hilvanar el amasijo de miedos y patrones absurdos que dirige nuestra vida desde el rincón más oscuro de nuestra mente… No podemos sentarnos a mirar como sale el nuevo día en el jardín y gozar de ello mientras nos preocupe qué tenemos que hacer luego, ni haber hecho limpieza en todas las habitaciones olvidadas de nuestra casa. 

La única forma de imaginar y crear en un futuro diferente es estar presente en nuestra vida ahora. Descubrir que no estamos de mal humor por lo que otros nos dicen que somos, sino por lo que nosotros creemos ser. Que no nos invade la rabia porque no tenemos suficiente, sino porque nosotros no nos sentimos dignos de ello ni merecedores… Que en realidad no nos importa no llegar a conseguir lo que deseamos, lo que queremos es conseguirlo para que otros nos amen y acepten, para amarnos y respetarnos nosotros como resultado del reconocimiento ajeno. Tenemos que darnos cuenta de una vez por todas de que estamos angustiados por el pasado y preocupados por el futuro porque huimos de nuestro presente, porque nos atormenta estar con nosotros ahora, callados, en silencio y sentir ese vacío enorme de desamor que nos invade el alma… 

Queremos una vida más llena de paz, mientras estamos en guerra con nosotros mismos. 

Queremos una vida más feliz, cuando nos pasamos el día pensando que no merecemos nada. Queremos que nos acepten y no nos aceptamos… 

Queremos una vida diferente, pero seguimos haciendo cada día lo mismo.

Huimos de nosotros porque a veces no nos soportamos en lugar de quedarnos quietos un rato, sintiendo ese desamparo, esa inseguridad, esa incertidumbre… Ese miedo a no llegar a la meta, ese dolor por haber perdido, esa ansiedad por lo que pasará, esa rabia porque por más que hagas no consigues, esa tristeza por no sentir el amor que soñamos… 

Necesitamos estar aquí y ahora para descubrir que en realidad sólo nosotros nos podemos dar esa seguridad, esa certeza, esa paz, ese abrazo, ese amor… Necesitamos quedarnos a solas con nosotros mismos para descubrir que somos todo lo que estábamos esperando. Sin embargo, nunca lo descubrimos porque cuando viene nuestro encuentro no nos encuentra, porque no estamos nunca ni aquí, ni ahora… 

 

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Cuando no sé quién soy


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A veces no sé quién soy. No sé cuál de las personas que me habitan es la más real. ¿La mujer cariñosa y confiada o la que está siempre a la defensiva esperando una puñalada? ¿La que agradece o la que se queja? ¿La que sueña o la que pisa firme en el suelo y besa la realidad?

Me busco en los detalles y me encuentro en las calamidades y los errores. Me veo en las fotos cuando estoy triste y parece que esa que ríe tenga que ser otra que no lleva mi equipaje ni carga con tantas piedras todavía por soltar… 

¿Quién soy? La que dice no porque tiene miedo o la que normalmente se lanza antes de pensar… La que dice lo que piensa por esa boquita sin freno y luego tiene que aguantar algunas miradas o la que a veces se calla. No sé si soy la mamá furiosa y gruñona que lo hace todo mal porque le falla la paciencia después de repetirlo todo cien veces o la que a media noche acompaña cuando a su hija cuando se asusta y es capaz de calmarla con un abrazo y un par de palabras… No sé si soy la obsesa del orden y el control o la que cuando se suelta puede ir despeinada por la vida y no pasa nada.

No sé si soy la que siempre mira el reloj para llegar a tiempo a algo que realmente no importa y mientras se pierde la magia o la que queda bien con todos menos con ella mientras ve como la vida se escurre entre sus manos.

¿Soy la que todavía está en el patio del cole esperando a que alguien le pida que juegue con ella o la que se atreve a hablar ante un auditorio de trescientas personas?

¿Soy la mujer que no se gusta en bikini o la que se desnuda emocionalmente en cada uno de sus libros porque siente que esa desnudez es necesaria para ella y para otras personas?

¿Soy la institutriz que me habita y que siempre me dice que nunca hago suficiente o la niña todavía juega en la orilla de la playa  y mira sus castillos de arena como si fueran de verdad?

A veces, no sabemos quienes somos porque nos invade la culpa, el reproche, el miedo a no ser cono creemos que deberíamos. Porque un mal momento en el que nos dejamos llevar por la rabia, el miedo, la angustia o la tristeza parece que empaña el trabajo hecho durante meses soltando lastre y confiando, el amor compartido y la confianza. Como si una mala cara, un enfado, un grito de ansiedad, una palabra fuera de contexto pudieran borrar todo lo que somos. Como si los errores tuvieran que pesar siempre y no pudiéramos soltarlos y aprender de ellos… Como si nos hubiéramos pegado un etiqueta que jamás nos pudiéramos quietar y nos juzgáramos eternamente por el fallo de sólo un instante.

No soltamos nuestra carga ni nuestra sensación de culpa porque no reconocemos esa parte oscura que todos llevamos dentro. Porque ocultamos a la persona que grita y mostramos sólo a la que razona, porque dejamos en casa a la mujer que llora como si la castigáramos por su llanto y pena y sacamos únicamente a pasear a la mujer que sonríe, porque nos avergonzamos de nuestra imperfección y no podemos aceptar nuestros errores y malos momentos… Renegamos de esa parte indomable que tiene miedo y que sale a ratos y eso hace que parezca más inmensa y gigante, que viva más límite y se sienta más culpable de lo que es… Cuando en realidad es un espejo de ese dolor que acumulamos dentro porque no nos atrevemos a reconocernos y aceptarnos… Porque no curamos nunca esa herida que nos afanamos en tapar y no querer ver… Porque nos da tanto miedo que los demás vean a la bestia que llevamos dentro que la encerramos para que no salga y es cuando más pugna por salir y más aúlla.

Si no somos capaces de abrazar nuestros errores y reconocer que somos luz y somos sombra, no podremos usar ese dolor para crecer, para soltar esa carga, para liberarnos de esa angustia que todo lo impregna… Si no nos arriesgamos a visitar a la bestia y hablar con ella, comprenderla y aceptarla, siempre, siempre estará luchando dentro de nosotros por salir… 

Si no aceptamos nuestra oscuridad, no podremos brillar porque siempre estaremos pendientes de escondernos, de vivir a medias, de cerrar las puertas para que no se nos escape el remilgo o la mala cara, para que no se nos note el llanto acumulado, para que nadie se de cuenta de que no siempre somos lo que parecemos… 

Si siempre estamos pendientes de parecer, nunca seremos. Si hacemos callar a esa voz que llevamos dentro en lugar de aceptarla y comprender de dónde viene, nunca dejará de gritar. Si no miramos en nuestro interior, nunca sabremos quienes somos realmente. 

A veces, no sé quién soy, pero es porque no me permito sacar a pasear a mi parte incorrecta, a esa mujer enfadada con todos porque siente que la vida es injusta, a esa guerrera siempre a la defensiva que podría dejarte seco con una mala palabra, a esa loba herida que no se fía de nadie… A esa niña sola en el patio de la escuela que no se atreve a jugar con otras niñas porque se siente insignificante…

Cuando no sé quién soy es porque estoy renegando de mí, porque me estoy avergonzando de esa parte asustada y oscura que llevo dentro esperando que así se desvanezca, cuando en realidad así la hago enorme y la pongo a rabiar. 

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Diez días sin voz


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Creo que me he pasado media vida viajando en tren. Hay algo mágico en los trenes. Te conectan con otros lugares y otras personas y también te conectan contigo. Es como una sensación de salir de lo que te rodea para entrar en ti, como si la vía que recorren llevara también a tu interior. Viajar siempre te lleva a ti mismo. Te deja a solas contigo y te obliga a estar en silencio, a conectar, a  sentir que respiras, a notar tu cuerpo y hacer control de daños y magulladuras. Por eso, cada viaje te cambia.

Cuando me bajo del tren nunca soy la misma que subió. Estos días lo he comprobado.

La verdad es que a este hecho de viajar a hacia mí misma, le añado ahora otro hecho importante. Llevo muchos, muchos días afónica y sin voz. He perdido la cuenta casi, pero no menos de diez. Diez días sin hablar, sin matizar, sin comentar nada positivo ni negativo, sin dar órdenes, sin responder, sin criticar, sin excusarse, sin poder corregir a otros, sin quejarse ni lamentarse por no poder hablar ni por nada… No es la primera vez que me pasa, pero es la primera vez que dura tanto y que no me he resistido y he intentado gestionarlo desde la aceptación. Lo he vivido casi como un experimento.

Los que me conocéis en persona, seguro que os estáis poniendo las manos a la cabeza porque sabéis que no callo ni bajo el agua. El caso es que sin hablar me he dado cuenta de muchas cosas.

Ya sabéis que adoro las palabras y que siempre digo que si sabes usarlas te abren puertas. Aunque, también he explicado mil veces que el mensaje que transmiten nuestras palabras, apenas supone un 7 por ciento del total en la percepción que tienen los demás de lo que comunicamos, el resto tiene que ver con el lenguaje corporal y el lenguaje paraverbal, el tono que usamos al hablar. Todos somos expertos en lenguaje corporal, pero no de una forma consciente sino inconsciente. Captamos cada pequeño gesto y eso, sin saber por qué, nos lleva a pensar y enjuiciar a alguien, creer en él o ella o no. Este ejercicio, lo hacemos en apenas 7 segundos. En este corto lapso de tiempo, decidimos si nos podemos fiar o no. Es un sistema primitivo que ha funcionado desde que hace millones de años, cuando nos cruzábamos con otro espécimen por el camino y teníamos que decidir si íbamos a ser su cena o nos lo cenábamos nosotros a él. Es supervivencia pura.

Estamos tan sujetos a nuestras creencias y juicios que nos es muy difícil que lo que decimos no transmita nuestra forma particular de ver la vida. Las palabras recortan la realidad y son reflejo de nuestra forma de pensar.

Vemos lo que somos, no lo que es. Cuando miramos al mar no vemos el mar, vemos todas las vacaciones que hemos pasado en la playa con nuestra familia, las buenas y las malas experiencias, nuestros miedos y nuestras emociones no exploradas de cada verano. Cuando vemos a una personas con chaqueta azul, vemos a todas las personas que han pasado anteriormente en nuestra vida con chaqueta azul… Cuando empezamos una relación con alguien, esa persona tiene que pasar una prueba ante nosotros por todas las anteriores personas que se nos acercaron y no la pasaron.

Llevamos una mochila cargada y siempre nos condiciona. Es muy difícil vaciarla, pero el ejercicio de ser conscientes de ella nos ayuda a liberarnos de prejuicios. El caso es que sin hablar, desde la consciencia, ha descubierto que algunas relaciones mejoran cuando te callas. No me refiero a evadirse de situaciones y conflictos ni hacer “escapismo”, para nada me refiero a eso. Hablo de darse una oportunidad sin que las palabras, que a veces son un freno a la comprensión, se conviertan en un muro.

Me refiero a mirar a los ojos, abrazar, poner una mano sobre una mano, no estallar a la primera para reivindicar que tienes razón, no subir el volumen y poner ese tonillo impertinente… No decir por ejemplo “es que me haces esto o lo otro o ponerse a calificar con adjetivos los actos de las personas y su actitud”. Es verdad, cuando miras a otro y estás enfadado, también puedes reprochar o culpar, pero más allá de palabras hirientes, la otra persona ve también el dolor, percibe con tu lenguaje corporal su angustia, tu miedo, tu tristeza, tu rabia…

Cuando no puedes replicar, tienes que escuchar paciente. Cuando no vas a poder imponerte, tienes que aceptar que no toca decir ahora lo que piensas, no con palabras… No hablo de acatar y ser sumiso, hablo de ponerse en la piel del otro y trabajar la empatía. Eso te lleva a comprender que no importa ganar, ni imponerse, ni tener la última palabra sino comunicarse.

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Lo más curioso de todo es que teniendo tan poco peso a nivel global las palabras que componen el mensaje en el proceso de comunicación, cuando nos hieren, nos quedamos con ellas y nos atrincheramos en ellas para romper lazos y alianzas. Cuánto  peso tiene ese 7 por ciento ¿no os parece? Seguramente porque las palabras tienen tras ellas todo un mundo. Porque son como teclas que estimulan y activan mecanismos guardados en nosotros… Despiertan aquello que almacenamos en la caja negra de creencias y emociones (subconsciente) y nos llevan a interpretar la situación no como es, sino como ha sido todas las veces anteriores. La comparamos con la que creemos que debería ser y nos enfadamos o frustramos. Y el mundo y las personas que habitan en él nunca pueden cumplir todas nuestras expectativas. Las palabras generan emociones porque activan y abren todo nuestro universo de dramas, tragedias, alegrías, miedos, vergüenzas y deseos almacenados.

El caso es que estos días sin hablar me he dado cuenta de lo dura que soy a veces con el lenguaje (ya lo sabía, la verdad, pero ahora me reafirmo). Soy muy absoluta, irónica, tajante, exigente, pasional, visceral, cortante, rotunda… Y también amable, cariñosa, motivadora, compasiva… ¿Depende de como nos trate la otra persona? voy a ser sincera, no. Depende de mí. La respuesta y el trato del otro ayudan o no, pero si tú por dentro estás librando una dura batalla, usas cualquier excusa para saltar y desbocar ese dolor, sacar esa angustia a modo de palabras y despedazar verbalmente a otro.

Tantos días sin hablar me han hecho ver lo necesario que es el silencio. Qué maravilloso es poner silencio en nuestras relaciones, no para cerrarse y no comunicar, sino para escuchar y trabajar tu paciencia. Callar te invita a sentir y tener que soltar esa necesidad de responder siempre, de reaccionar. Te invita a buscar alternativas, a no morir por la boca sino escribir, quedarte quieto, notar todo lo que pasa en tu cuerpo… Callar te obliga a encontrar tu silencio interior. Si aceptas ese silencio, esa vocecilla tremenda que siempre te cuenta lo terrible que eres, también se apacigua porque está conectada directamente a tu grado de insatisfacción y expectativas… Cuando abrazas tu silencio, te abrazas a ti.

Cuando desistes de que el mundo sea de otro modo, dejas de luchar y de defenderte contra todo y dejas de luchar contra ti y de sentirte atacado.

Las palabras construyen puentes, a veces, y otras veces levantan muros. Abren puertas y también las cierran. Nos amplían la mente y también nos recortan las alas. Las palabras dibujan mundos, pero también los acotan y etiquetan.

Hemos pasado la vida poniendo palabras a los miedos, a las penas, a las circunstancias, a las personas. Eso nos ayuda a liberarnos, pero también nos ata sino nos damos cuenta de que todo es percepción  y nada es dogma. No son ni acertadas ni equivocadas, son las nuestras. Tenemos que comprender que son fruto de nuestro mapa de creencias y que dibujan una ruta que no todos tienen porqué compartir. Debemos ser conscientes que cuando etiquetamos a alguien le reducimos ante nuestros ojos y le privamos de cambiar para nosotros. El silencio nos libera de muchas etiquetas…

Cuánto más me callo, más claro tengo que escoger bien las palabras es un acto supremo de sabiduría que espero algún día comprender y aprender. A  veces, menos palabras significan menos batallas. Menos razón y más paz.

Las palabras más terribles y descarnadas que dedicamos a otros nos rebotan siempre a nosotros mismos y nos definen. Nos invaden y sacuden como si nos lanzáramos piedras y reproches, como si nos abofeteáramos a nosotros mismos. Cuando sueltas a la fiera para atacar, no sólo ataca a otros, también te ataca a ti.

El silencio y la soledad te cambian. A veces, callarse conecta silencios y personas… Se ven, se notan, se sienten y no tienen que demostrar ni decir nada que estropee esa conexión. Como los trenes, que te llevan a otros lugares, pero también van hacia ti mismo durante el trayecto.

Diez días sin voz, ideales para comunicarse con uno mismo y dejar de hacer ruido y quejarse y excusarse…

Algunas relaciones mejoran cuando te entregas al silencio, incluso la que tienes contigo mismo… Cuando te callas, puedes escuchar tu verdadera voz, puedes amarte mejor, conocerte mejor, comprenderte mejor y aceptarte.

A veces, el silencio llena el vacío que las palabras dejan en ti.

 

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Dímelo tú


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Me preguntas si te quiero… Dímelo tú. Cómo amarte si a veces tú te olvidas de amarte… Cómo verte si a veces tú te olvidas de verte. Cómo buscarte si tú nunca te buscas. Cómo encontrarte si tú nunca te encuentras… Cómo poder escucharte si tú nunca te paras a escucharte y sentirte, nunca te dices nada hermoso ni te cuentas historias que hablen de amor. Cómo decirte que todo irá bien si tú siempre buceas en tragedias y navegas en las penas más oscuras jamas inventadas. 

Me preguntas si quiero estar contigo… Dímelo tú. Si ni siquiera tú quieres permanecer a solas contigo. Si huyes de tu silencio para no quedarte a solas en él y oír como dice tu nombre. Si llenas tu vida de pensamientos que dan vueltas y te pierdes en las ramas para no echar tus raíces. Cómo estar contigo si cuando estoy contigo tú no estás. Si ni siquiera te echas de menos y notas tu ausencia… Si te has borrado tantas veces de tu vida que a veces miras tus fotos y no apareces en ellas.  

Me preguntas si veo tu belleza. Dímelo tú. Si cuando tú te miras sólo encuentras insuficiencia e imperfección. Si tus ojos sólo ven el dolor y el error y se pierden los pequeños detalles que hacen de ti un ser hermoso y necesario. ¿Cómo puedo ver tu belleza si tú no la respiras ni la percibes? ¿Cómo puedo sentir atracción por ti si tú te repeles?  Me preguntas si te ansío y te deseo, si mis brazos buscan rodearte y mis labios besarte, si cuando no estás te imagino y cuando estás cerca te respiro… Dímelo tú ¿Te abrazas? ¿Te sientes? ¿Te respiras? ¿Te aceptas de verdad? Dímelo tu, ¿Si pudieras volver a nacer te dibujarías tal y como eres o te cambiarías por otra persona? ¿No ves que reniegas de ti?

¿Por qué me buscas para tapar tus vacíos y sondear tus miedos si yo lo que deseo es estar contigo? ¿Por qué me necesitas para calmar tu llanto y ser tu risa cuando yo lo que quiero es ser yo contigo mientras tú eres tú a mi lado? ¿Por qué me buscas para eludir las penas cuando yo quiero compartirlas y superarlas juntos? No necesito que cambies, me gustas como eres, tan sólo deseo que te des cuenta del ser extraordinario que habita en ti… Es lo que veo cuando te miro, es lo que siento cuando te siento… Quiero que te quieras pero no voy a apremiarte, acepto tu espacio, tu ritmo, tu tiempo. 

¿Por qué quieres que yo te haga lo que tú no te haces? ¿Por qué no te atreves a ser tú conmigo si yo veo en ti un ser maravilloso?

Y sí, te amo. Te busco. Te imagino. Te sueño. Te escucho. Te veo. Te deseo. Te echo de menos cuando no estás y te respiro de recuerdo cuando añoro tu risa y tu cara preciosa, pero no puedo ser el parche que tapa ese enorme agujero que está en tu alma… No puedo ser la columna que sujeta tu casa de cartón a la espera que te construyas tu fortaleza. No puedo ser tu ánimo, ni tu corazón. No puedo ser tú a la espera de que despiertes y seas…

Puedo darte la mano cuando caes, pero no caminar por ti. Puedo bailar contigo, pero no ser tus ganas de bailar ni tu ritmo… Puedo hacerte reír a ratos, pero no ser tu risa… Puedo compartir tu vida, pero no ser tu vida. No te completo ni te lleno, te acompaño y te respeto. Puedo amarte con todo mi ser, pero no puedo llenar el hueco de tu propio desamor. Puedo decirte cosas bellas, pero no puedo hacer que veas tu belleza… No puedo coser tus heridas, ni cargar tu culpa para que el lastre que llevas no sean tan pesado… Ese fardo inmenso que arrastras debes soltarlo tú, si quieres cuando puedas. No puedo salvarte, sólo puedo acompañarte mientras tú te salvas y sujetarte mientras tú te sujetas. 

No puedo ser tu fuerza, ni tu sombra. No puedo ser tus gana,s ni tu luz. No puedo ser tu alegría, ni tu paz… Yo estoy contigo y cuando haga falta te recordaré lo mucho que mereces, lo mucho que vales, lo mucho que brillas, lo mucho que me inspiras cuando te acuerdas de inspirarte… Pero no puedo si te cierras, si te alejas de ti, si no te das esta oportunidad, si no te abres a ser tú. 

Dices que quieres amor y no sabes cómo encontrarlo. Me preguntas si te amo… Dímelo tú ¿Me dejas amarte? ¿Me permites que te ame? ¿Te amas? ¿Notas que mereces este amor?

Me preguntas a dónde voy. Y tú ¿A dónde vas? ¿Lo sabes? 

Me preguntas si me importas… Y tú ¿Te importas? 

Me preguntas si estoy… Y tú ¿estás? Dímelo tú.

Me preguntas si te amo… Dímelo tú ¿De verdad te conformas sólo con mi amor y no deseas el tuyo propio?

 

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Vayas a donde vayas


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Vayas a donde vayas, hará frío, hará viento, sentirás miedo y a veces dolor… Vayas a donde vayas, pasará el tiempo y el sueño. Habrá recuerdos hermosos y recuerdos tristes. Habrá días de sol y de lluvia, habrá desconsuelo y habrá esperanza, alegría, retos, amigos, caminos que andar y puentes que cruzar de esos que al mirar abajo te harán cantar las tripas y temblar las piernas. Estarás seco y mojado, encogido y libre. Vayas a donde vayas te harás viejo o te sentirás joven. Te sentirás vivo o te sentirás roto. 

Vayas a donde vayas, habrá alguien que llora y necesita de tu abrazo y alguien que camina a tu lado para enseñarte el camino. Habrá risa y llanto. Habrá sed y habrá agua. Habrá amor y habrá guerra. Habrá noche y cuando acabe la noche, amanecerá sin que la noche puede evitarlo nunca. Habrá un ayer y un mañana, pero sobre todo, habrá un ahora, un presente, un momento que se escapa mientras te pierdes contando el dinero que te queda, culpándote por tus errores  antiguos y pensando qué le dirías a esa persona si no tuvieras miedo de hablar con ella.

Vayas a donde vayas, habrá mentiras y verdades maravillosas. Habrá miradas de amor y jueces severos. Habrá muros y montañas por los que trepar y valles tranquilos por los que mecerse un rato escuchando el silencio. Habrá amigos que te den la espalda y desconocidos que te alargarán la mano. Habrá desengaños, sorpresas, planes que saldrán bien y planes que saldrán mal y, al final, serán tus mejores planes. Habrá besos y abrazos y habrá caídas y arañazos. Habrá zarandeo y habrá quietud. Habrá niebla espesa y cielo claro, mucho cansancio y también mucho entusiasmo. Habrá orden y caos. Habrá sentido y sinsentido. Habrá palabras hermosas y palabras que te harán suplicar silencios. 

Camines por donde camines, habrá lugares oscuros y rincones llenos de luz. Habrá magia y habrá cierta desesperación. Habrá veces en que estará muy claro el camino y otras en que tendrás que dibujarlo a medida que das cada paso porque serán tus pasos el camino y tus decisiones a cada momento el destino que te espera. 

Habrá días que lo tendrás todo claro y otros en que te darás cuenta de que realmente no sabes nada. A veces, la soberbia te dirá que te pelees y otras veces la humildad te pedirá que te sientes a charlar y comprendas que otros tienen tanto miedo como tú en este viaje. Pedirás ayuda y la prestarás. Bailarás y te quedarás quieto. Dirás que sí y te dirán que no muchas veces. Hablarás mil lenguas y arrancarás mil flores. Romperás tu inocencia y muchas otras inocencias. Descubrirás que eres un ignorante y también que sabes cosas sin saber porqué las sabes. Atravesarás tu incertidumbre y también tu certeza. Beberás de tu angustia y sentirás tu paz… Vayas a donde vayas pasarán cosas que no quieres que pasen. Pasarán cosas que imaginas y cosas que no puedes ni imaginar… Esas cosas que no puedes controlar por más que lo intentes. 

No es a dónde vas, es lo que llevas contigo. Cuando vas, llevas tu mundo a cuestas. Tus miradas, tus percepciones, tus creencias, tus miedos, tus lágrimas acumuladas, tus emociones enquistadas… Vayas a donde vayas cargarás a todas las personas del pasado en nuevas versiones, con otras caras, con otros nombres, para que te des cuenta de que no están ahí sino que van contigo… Vayas a donde vayas, no será distinto si tú no eres distinto, si no transformas tu manera de vivir y aceptas tu realidad. Si no dejas tu culpa, encontrarás tu culpa en el camino. Si no abrazas tu rabia, llevarás tu rabia contigo… Si no comprendes tu tristeza, tu tristeza hará este viaje contigo…

Sea donde sea, lo que ahora arrastras, si no lo sueltas, se irá contigo. Si no te miras con los ojos del que se ama cuando se mira, si no te ves como mereces verte, si no eres consciente de tu inconsciencia… Si no eres capaz de comprender que otros también arrastran miradas y miedos y sueños y caminos sin recorrer. No es a donde vas sino las piedras que llevas en tu mochila desde hace tiempo las que pesan en el camino.

Y cuando vayas vaciando el equipaje de percepciones incorrectas y pensamientos repetidos, de miedos, de creencias rancias, de juicios severos, de recuerdos terribles, de posibles futuros amargos, habrá lluvia, pero no te importará tanto porque serás tu sol. Habrá montañas, pero no se harán tan arduas porque amarás cada palmo del camino… Habrá momentos duros, pero sabrás que cuentas contigo y que transitas por ellos de la mano de ti mismo y siendo capaz de ver el regalo oculto tras ese dolor, la oportunidad tras el conflicto, el amor tras el miedo.

Porque vayas a donde vayas, habrá paz si eres paz. Habrá luz, si eres luz. Habrá esperanza si eres esperanza. 

Vayas a donde vayas, estarás tú. 

Seguirás estando contigo, porque tú eres el camino. 

 

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Sacar a la “gorda” del armario


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Esta soy yo,  queda claro que no me sobran 500 kilos… Foto : Mercè Roura

Este es tal vez uno de los post que más me cueste escribir y sobre todo publicar. Me pasé media vida escondiéndome para que nadie me viera y la otra media en primera fila para demostrar que todos se habían equivocado al menospreciarme. Y todo eso siempre estuvo solamente en mi cabeza.

Ahora voy a desnudarme mucho y a contar algo que he estado meditado mucho si debía contar. No quería que mis palabras fueran una rabieta o una venganza y, sobre todo, no quería que fueran una vez más una excusa.

El caso es que hace unos días uno de mis amigos de Facebook me envió un mensaje diciéndome que “cómo me atrevía a dar lecciones de entrenamiento mental cuando pesaba 500 kilos”. Me quedé realmente extrañada, puesto que se trata de una persona que publica sobre espiritualidad y autoconocimiento, sobre no juzgar a los demás y respetar. Aquello me parecía una gran incoherencia, la verdad. Los primeros en discriminarnos somos nosotros mismos… Somos nuestros más crueles y despiadados jueces y verdugos. 

A estas alturas de la película de mi vida, ya no hago caso a según qué comentarios (no me acostumbran a decir cosas así) pero esta vez sentí una punzada y quise comprender qué decía esto de mí. No son sus palabras desafortundadas sino lo que yo sentía sobre ellas, si me las creía o no. Hace años, este comentario me hubiera roto la vida, ahora me permito observarlo y sentirlo, comprender por qué a pesar de ver que esa persona y yo no estamos en sintonía, hay algo en ello que me molesta. Me sentí irritada, no por el comentario en sí ( o tal vez sí, lo admito, no es agradable que te hablen así) sino por su osadía y falta de respeto. 

Empecé a caer en la tentación de explicarle (qué ilusa) que los kilos que me sobran no son fruto de atracones a la nevera sino de una enfermedad auto-inmune que ataca a mi tiroides. Entonces me di cuenta de que hacer eso sería caer en su trampa… ¿Y si así fuera qué pasa? pensé en todas las personas que hacen eso y que les cuesta mucho evitarlo y me sentí cerca de ellas. No soy una entendida en el tema y este post no va de grasa, ni de medidas, va de amor, de respeto y de dignidad. Y no quería juzgar a nadie excluyéndome de nada. No tenemos que justificarnos, sólo respetarnos. Fuera culpas ya de una vez por todas… 

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Foto : Mercè Roura

Y si comiera más de lo que quemo, ¿Qué pasa? ¿Eso hace que no merezca respeto? ¿Somos personas o somos etiquetas? ¿No hemos dejado el Instituto? Hay gente por ahí siendo adicta a mil cosas. Dependiente del móvil, de una amigo, de una pareja que les controla o a la que controlar, de los likes en las redes, de algunas substancias que les perjudican, de machacarse en un gimnasio… Todos, absolutamente todos, tapamos el vacío de nuestro desamor con algo. Buscamos un sucedáneo de nuestra autoestima para poder soportar el dolor e ir por ahí sin que se nos note tanto. Y como nuestro sufrimiento es inmenso, nos permitimos ir por la vida señalando a los demás con el dedo porque no son como unas normas estúpidas han decidido que debemos ser. Eso nos hace mitigar el dolor de forma momentánea, pero luego vuelve.

Insisto, este post no va adelgazar ni de engordar. Lo digo porque alguno me dirá que hay que comer sano y hacer ejercicio. Estoy de acuerdo, totalmente, pero todo eso que es muy necesario, no sirve de mucho si mientras lo haces te tratas como si fueras basura a ti mismo. Si cuando te subes a la báscula y no has conseguido bajar de peso te sientes fracasado, indigno en una sociedad que te exige cada día más, eso te hunde.  El que se ama se cuida, se trata bien y se valora. Adelgacemos para vivir mejor y estar sanos, no para que los demás nos quieran o acepten. 

Una de las cosas que más me impactaron del comentario de mi espiritual ex-amigo de Facebook que me considera una foca (por cierto, no me sobran tantos kilos, de verdad y no he podido resistirme a decirlo ) es que me envió fotos suyas mostrando músculo de lo mucho que se entrena cada día y vendiéndome su perfección física.  Lo vende como entrenamiento mental y dice que él si puede dar lecciones porque sabe más que yo de todo esto. Curioso, yo llevo años trabajando mi autoestima  y lo que tengo claro es que todavía no sé nada.

Desistí de hacerle comprender que era el músculo de la empatía y la compasión  el que más tenemos que entrenar porque es importante que no nos quede flácido  y no le dije nada más. No quiero dar lecciones. Pensé que alguien que se entrena tanto para ganar músculo y demostrarle al mundo lo machote que es, en el fondo,  está igual de hundido que yo. Y al igual que yo, necesita que los demás le reconozcan y aprueben. Quién sabe si él también tiene también que tapar el enorme vacío que lleva dentro. Entonces, como hacemos todos, mira afuera y me ve a mí y le molestan mis supuestos 500 kilos de sobrepeso porque le recuerdan lo mucho que le falta para llegar esa perfección inalcanzable que cree que el mundo le reclama… Ya se lo dije, la basura que ves en mí es toda tuya, amigo, disfrútala a tope.

Nos molesta que los demás no hagan lo que nosotros (por elección propia) nos obligamos a hacer. Les criticamos y juzgamos. Por ello hay tantas personas que critican y se obcecan con que los demás sigan un modelo de vida que ellos consideran ordenado y correcto, porque se reprimen mucho y no pueden soportar que otros vivan como desean. Cuando te esclavizas, la libertad ajena te parece insoportable. Les damos tanto poder  los demás sobre nosotros al creernos sus ofensas… Las hacemos reales. 

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Reconozco que he usado algunos filtros de belleza para las fotos, ni siquiera Barbie es perfecta. Foto : Mercè Roura

Sin embargo, quiero ir a lo que sentí.  Quiero ser muy sincera… Sentí rabia, sentí pena, sentí asco… Sentí la necesidad de explicarle lo equivocado que está y lo disciplinada que soy (curioso que alguien crea que no lo soy, cuando mi principal problema en la vida siempre ha sido mi autoexigencia, mi rigidez, mi sensación de culpa por no hacer más y mejor). Le hubiera gritado un buen rato (cuando sale de mí la fiera que llevo dentro es maravillosa, inmensa, rotunda, ancestral) y le hubiera dicho que no tiene ni idea de nada y que justo hace lo contrario de lo que predica… Entonces, me di cuenta de que no hacía falta. Que haciendo eso entraba en su juego y le juzgaba (de hecho, lo acabo de hacer aquí, pero no pasa nada, no soy perfecta y me equivoco mucho). Y esto solo acaba en una espiral de rabia y asco que te lleva a más rabia y más asco y te deja vacío… Caemos tanto en la trampa de excusarnos y disculparnos por cómo somos, caemos tanto en culparnos por no ser como nos han dicho que deberíamos… Ya basta de eso, no tiene sentido.  Usemos esa fuerza que se nos va por la boca para amarnos. 

El caso es que he dado muchas vueltas sobre si escribir esto o no. No quería que fuera un consuelo y una vía de escape. Durante años me he avergonzado mucho de mi misma, de mi físico. No por “gorda” o flaca, sino por mi baja estatura. Eso no puede entrenarse, amigo… Me he pasado años intentado demostrar al mundo que era válida, como si ofreciera siempre un plus para que los demás perdonaran mi insignificancia, mi poco valor, mi imperfección… Y la verdad es que nunca sirvió de nada cada cima conquistada, ni cada medalla, ni cada mérito, ni cada título, porque siempre necesité más y más. Porque el vacío enorme de nuestro desamor no se tapa con reconocimiento ajeno sino propio. Eso sí que se entrena cada día.

No quería que esto fuera una venganza (no diré su nombre, no importa) y no quería ser una víctima y mendigar pena.

Me he dado cuenta de que explicaros esto me daba tanto miedo y tanta vergüenza que debía hacerlo… Que es todo lo contrario de lo que he hecho toda mi vida, esconderme y ponerme a demostrar, a exigirme ser todavía más perfecta. Tal vez, el comentario del hombre musculoso que tanto se entrena para ser perfecto llega ahora porque estoy preparada para culminar una etapa de mi vida, para abrazar lo que soy (con los brazos me alcanzo, de verdad) y decidir que el respeto por mí misma está por encima de todo.

Escribo esto como homenaje a la “gorda” (con perdón, uso esta palabra porque quiero que deje de ser una etiqueta vergonzosa y estigmatizada para mí) y al Ser increíble que está en mí y que soy yo… Un Ser como el vuestro, que no pesa, no se mide, ni necesita ser aceptado… Es una exposición pública de lo que soy, una forma de decirme en voz alta que me quiero tal como soy. Una forma de dejar de mostrar sólo mi lado más correcto y mostrar el lado vulnerable, porque ya no me importa si gusta o no gusta. Escribo esto porque nunca antes lo hubiera contado y ahora siento que puedo, por ella, por mí, porque quiero soltar esa vergüenza.

Este post es una forma de dejar de censurarme… Es un homenaje a todas esas personas que se sienten criticadas por ser distintas y a veces se ven señaladas con el dedo y no respetadas por una sociedad que está tan enferma y desquiciada que culpa a otros para desviar la mirada de ella misma. Que ha creado modelos de vida imposibles y finge en lugar de vivir. A mí me ha pasado muchas veces, construirme una vida no para ser vivida sino escenificada… Para ser mostrada y aprobada, para recibir el visto bueno de otros, pero una vida falsa, vacía, llena de todo lo que no te sirve de nada.

Cuando miras el parche que tapa tu herida y ves que sigue supurando, entonces, te das cuenta de que todavía duele más que si la muestras y dejas que cicatrice… A veces ese parche es comer demasiado o no comer casi nada  y otras ir dando lecciones a los demás sobre coherencia cuando tú te machacas sin parar para satisfacer a una sociedad hipócrita.

No importa cómo eres. Eres maravilloso, todos los que intentan hacerte creer que no, sólo ven su miedo y su basura en ti, sólo intentan desviar su dolor y su culpa hacia a ti porque no soportan mirarse a ellos mismos. Ponen una diana en ti para que nadie la ponga en ellos.

Por eso he decidido mirarme y aceptarme. Con o sin 500 kilos. Vulnerable y rota o entera y firme. Soy yo. Esta que os habla soy yo, desnuda y sincera.

Escribo esto porque me da miedo y me da vergüenza, amigos y amigas. Este es mi mejor entrenamiento, acercarme a lo que molesta y a lo que me asusta. 

Esta es mi forma de salir del armario. De sacar a pasear a “mi gorda” y decirle que es maravillosa digan lo que digan, porque nadie es lo que pesa, ni lo que mide, ni lo que tiene, ni lo que ha conseguido, ni siquiera es lo que hace, es lo que es…

Escribo esto para que personas de un valor incalculable no caigan en creerse que no valen nada porque no alcanzan una cifra, un número, un peso, una talla, porque no entran en un molde o no se parecen a una fotografía. Siempre digo que el amor que sentimos por nosotros no es la consecuencia de nuestros grandes logros, es siempre la causa.

Amigos y amigas, dejemos de pedir perdón de una vez por todas por cómo somos… 

 

 

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Acabo este año soltando


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Acabo este año soltando…

Dejando en el camino lo que ya no me sirve, lo que me sobra, lo que me estorba para recordar quién soy y lo que me impide notar como la vida fluye a través de mí. Dejo lo absurdo, lo que no tiene ya sentido, lo que me ata a una forma de pensar y sentir que me limita, lo que me retiene en un lado de la vida donde nunca pasa nada y lo que pasa siempre duele, lo que me sujeta a una forma de interpretar la vida que siempre hiere y ataca. 

Quiero empezar el nuevo año sin lastre, sin carga, sin culpa, sin tener que mirar atrás por si me persigue algunos de los fantasmas a los que durante años he estado alimentando y haciendo hueco en mi vida a lo nuevo, a lo inesperado, a lo que tenga que venir. 

Quiero quedarme en mí y sentir que estoy presente en mi vida. Que el aire pasa a través de los dedos de mis manos y que cada momento cuenta. Notar que sube la marea y mis pies se mojan. Ver que el día se acaba y cerrar mis ojos. Descansar cuando me canse y bailar cuando sienta que necesito baile… Sentir la lluvia cuando llueva y el sol cuando amaine. Atreverme a mirar el reverso rugoso de las hojas y que no me asuste. Quedarme dormida sin más planes que mis sueños… Borrar todos los futuros posibles y acurrucarme en este instante que se me escapa de las manos mientras intento comprender y encontrar las palabras para expresar como me siento.

Acabo este año observando mis pensamientos más lúgubres y crueles conmigo misma, sin rechazarlos, dejándolos pasar y perdonándome por pensarlos, por sentirlos, por habérmelos creído y darles valor por encima de mi valor… Por haber puesto mis miedos por encima de mis sueños y haberme sentido pequeña y limitada… 

No quiero mirar a ningún otro lugar que no sea mi lugar. No quiero vivir en ningún otro momento que no sea este momento. Ni siquiera quiero mirar al futuro. No existe. No está. No quiero imaginar otra vida que no sea este pedazo de vida que ahora habito. No quiero pisar ningún pedazo de tierra que no sea el que ahora piso. No quiero desviar mi mente para evitar sentir lo que ahora siento ni escapar de mi vida ahora… 

Soñar es maravilloso pero a veces es la forma más hermosa que usamos para escapar del presente, para huir de una vida que nos aturde y agobia. Para poner los ojos ahí afuera y evitar mirar dentro y sentir el dolor y el llanto acumulados… 

Esta vez no voy a hacer una lista de sueños ni de objetivos… Ya no. No porque no los tenga, sino porque durante mucho tiempo he acabado años haciéndome promesas. Algunas las he cumplido y otras no. Algo que he aprendido es que hay mil cosas que no dependen de mí y no puedo ejercer ningún control sobre ellas, por tanto, es mejor soltar la necesidad de que pasen como deseo y de gastar mi energía en ellas. Prefiero centrarme en lo que sí depende de mí, de mis ganas de seguir y ser cada día más libre. 

En lugar de llenar mi futuro de sueños pendientes, voy a vaciar mi presente de pesadillas. Porque tal vez la clave sea dejar de apegarse a las cosas que nos duelen y arañan, dejar de aferrarse a esos pensamientos terribles que siempre te dicen que lo haces mal, que tienes la culpa, que no vales, que no cuentas, que no mereces… Y actuar en consecuencia. Tal vez, lo que necesito es sacar de mi vida lo que sobra antes de llenarla de lo que deseo. 

Demasiado a menudo, nos prometemos cosas que no cumplimos porque seguimos atados a esquemas de pensamiento antiguos. Lo hacemos sin darnos cuenta de que esas cosas nuevas que deseamos en nuestra vida llegarán como fruto de otra forma de pensar… 

Acabo este año soltando… Dejando hueco para que pase el aire. Liberando espacio para lo nuevo. Buscando el silencio para sentir y dejar que me invada y me calme… Para que nuevos pensamientos lleguen a mi vida y los pensamientos gastados se vayan por al desagüe. Respirando hondo para que todo el aire posible entre en mí y se lleve el dolor acumulado, para que desvanezca las cabañas que el miedo construyó en mi mente y puedo construir yo algo hermoso…

Acabo este año amando lo que soy, aunque a veces no me guste todavía demasiado, aunque no sea perfecto, aunque me tiente la idea de reprocharme y medirme otra vez.

Acabo este año dando gracias a todo eso que suelto y libero porque ha sido parte de mí. Porque durante años me ha permitido seguir adelante, aunque a tientas y sin darme cuenta de lo mucho que me obligaba a no sentir y lo mucho que me ataba a sufrir.

Bendigo el lastre que suelto porque sin él ahora no me sentiría tan ligera ni podría haber comprendido lo que busco, lo que realmente necesito, lo que no era capaz de ver porque me sujetaba a una barandilla que no existía. Porque sin esa oscuridad no habría encontrado esa luz que me guía y me dice que ahora toca estar presente en mi vida. 

Acabo este año sin buscar excusas para evitar estar en mí. Sin coartadas para huir de lo que siento aunque duela y así poder afrontar lo que me asusta y lo que me conmueve… 

Acabo este año cerrando puertas usadas, puertas de muchos cerrojos y contraseñas que sortear, puertas que dejan escapar la alegría, la calma, las ganas, la inspiración… 

Quiero quedarme vacía de lo que no soy para poder ser lo que siento. 

Acabo este año sin más expectativas que dar el siguiente paso, respirar la siguiente bocanada de aire, encontrar la siguiente mirada, doblar la siguiente esquina, decir la siguiente palabra…

Acabo este año soltando esa forma de pensar que me rompe y me lastra la vida. Así puedo empezar el siguiente sin cargas ni condenas que me impidan ser y sentir. 

 

Gracias por leerme y confiar en lo que escribo.  

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