merceroura

la rebelión de las palabras


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Para qué


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No me sirve cualquier sueño, pero sobre todo no me sirve cualquier camino. La forma de llegar a lo que amamos y deseamos marca la gran diferencia en nuestras vidas y poco a poco, cuando creces por dentro, te das cuenta de que es el verdadero premio… El sueño está en el detalle, en el pequeño paso, en el día a día, en lo que conviertes en rutina en tu vida, en lo que te atreves a cuestionar y decidir. El sueño se empieza a conseguir el día que te das cuenta de que lo que importa es cómo llegas a él y decides apostar por tu coherencia. 

Puedo no llegar a la meta pero, no puedo permitirme no saber encontrar la paz cuando me dé cuenta de que no la alcanzo, ni fallar en esto de sobrellevar la pena de no cumplir planes, ni acabar listas de objetivos.

Aunque puedo tardar un día o dos, tres años o un siglo en hacerme a la idea de que a pesar de que nada es imposible no todo pasa, no todo llega y a veces en eso hay cierto sentido. A veces, el premio principal de tu vida es lograr encajar las derrotas y convertirlas en éxito. Conseguir la actitud de un ganador mientras asumes que no llegas a la meta o que no llegas primero… Una vez consigues eso, esa magia, nada se resiste. Porque te has transformado…

A veces, las cosas que deseas no suceden. O al menos eso nos parece… Tal vez porque no se ve qué es lo que estás dibujando con los tumbos que das a cada paso, hasta que has dado los suficientes como para poder tomar perspectiva. Hasta que te levantas de ti mismo y te miras desde el aire y ves que no caminabas en círculo sino que dibujabas en la tierra tu firma, que dejabas tu huella sin saber para quién… A veces, no estás en el camino que deseas pero descubres que eres útil en él para muchas personas y sabes que es en realidad tu camino… Porque estás haciendo en él lo que soñabas hacer en otro y no te has dado cuenta de que no importa cómo sino para qué

La vida nos moldea y a veces nos pone en nuestro sitio. Nos recuerda que fallar es necesario y que cada error es un maestro para dar el siguiente paso… Un paso que a menudo puede cambiar de sentido, de rumbo, desaparecer o hacerse tan pequeño que parece que no avanzas nada, que no pasa nada en tu vida porque no te mueves…

Echar tus raíces lleva tiempo. Uno tiene que escoger a qué tierra pertenece, en qué mundo vive, a qué cielo aspira, qué le sacude y le conmueve. Tiene que conocer todos sus recovecos oscuros y haber encontrado todas sus aristas más cortantes antes de que los primeros brotes se abran paso a través de la tierra y vean la luz.

Echar raíces requiere tanta paciencia que los impacientes a veces se cansan.

Requiere tanto entusiasmo, que los entusiastas a veces se agotan y se quedan dormidos.

Requiere tanto trabajo, que los más trabajadores a veces abandonan porque se sienten desnudos y vacíos, porque acaban creyendo que cae en saco roto.

Echar raíces a veces te deja tan roto que no recuerdas qué estabas haciendo ni para qué. Y al final, sólo llegan los que resisten, los que aguantan no saben cómo, los que se empeñan de verdad .

A veces, los que llegan lo han soportado todo porque a medio camino decidieron que lo que importaba no eran precisamente las hojas sino las raíces. Porque se dieron cuenta de que el trabajo de mirar hacia dentro para conocerse y aceptar todo lo que allí encontraban era tan valioso que la verdadera cosecha era crecer hacia abajo, hacia la tierra… Crecer por dentro y sentirse sólido y a la vez ligero. Soltar la carga de tener que llegar a nada en concreto… Agradecer el poder respirar, el sentir, el tocar, el acariciar este día sin que este día tenga que ser tasado, valorado, recordado, sin que se tenga que asignar a nada una nota, un número de cuenta, un valor añadido…

No es lo que hacemos, es para qué lo hacemos.  

A veces, el que llega es el que está en sí mismo y no el que produce sin saber para qué. El sentido que le damos a nuestros logros lo cambia todo. No somos máquinas de producir, somos seres humanos que necesitan darle sentido a lo que hacen. Nuestro “para qué” es tan importante que a veces no conseguimos lo que soñamos porque no lo tenemos claro o porque lo hemos confundido. Si queremos llegar para demostrar, no llegamos jamás porque el que necesita ir dando lecciones al mundo nunca habrá dado las suficientes… El que va llenando huecos ahí afuera para ser admirado y compensar con ello el amor que no siente por él mismo, nunca recibirá suficientes halagos… El que está en el camino porque ama el camino y desea la meta para seguir amando y compartir, ya tiene su recompensa en cada milímetro que avanza. 

Las metas importan pero, al final, a medio recorrido podemos descubrir que las que estamos anhelando no son las verdaderas sino las que pensábamos que era nuestras pero eran de otros… Que nos hemos puesto retos asequibles y en realidad aspiramos a más, pero nos conformábamos porque no creemos merecer de verdad… O por el contrario que nos elevamos tanto el listón que en el fondo nos estábamos castigando, nos hacíamos subir una montaña muy alta para demostrar que nada nos frenaba y asegurarnos sufrir durante el ascenso… Lo que importa de verdad es cómo llegamos y nuestra forma de aceptar la derrota, el cambio de rumbo, el desatino y el error.

Lo que importa es la sonrisa, el abrazo, el aliento que nos queda para que al día siguiente sigamos dando la lata con algo hermoso que conquistar…

Sin perdernos cada momento, cada detalle, cada pequeño gesto de la vida….

No podemos decir sí a todos los caminos para llegar porque algunos nos piden dejar el alma antes del último ascenso y eso nos convertiría en huérfanos de nosotros mismos.

Lo que importa está en nosotros y pasa por sacudirse la angustia y caminar. Si el camino a tu sueño no pasa a través de ti ni te pide que saques tus penas al sol, no es el camino que buscas… 

No me sirve cualquier camino, porque el sentido de andarlo es llegar a mí mientras recorro todos mis miedos y mis rarezas y suelto todas las necesidades que me inventé para soportarlos. No importa cómo, ni dónde, ni a quién… Sólo para qué.

No importan las hojas, lo que importa son las raíces… 

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Si supieras


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Eres muy hermosa y no lo sabes. No puedes verlo porque te miras con los ojos de los pensamientos tristes y con el traje de amargura puesto por no llegar a ser algo que en realidad te queda corto, pequeño, que ya has superado sin darte cuenta.

Si supieras lo mucho que brillas…

Eres extraordinaria y no lo ves. No puedes contemplarte porque te buscas con los ojos del pasado y te juzgas con la ansiedad del futuro que esperas dibujar de un modo concreto. Porque no te paras y respiras y miras este momento lleno de magia, este ahora dulce en el que lees un libro y piensas qué significa y vas a buscar al mar para que te calme y te duermes acariciando sus olas. Y recuerdas tu dolor para tomar fuerzas, cuando en realidad ya no lo necesitas para nada. 

Si supieras lo lejos que alcanzas… Que tocas con las manos tus sueños porque los llevas bajo la piel esperando a que descubras tu alma. 

Eres grande, pero sólo ves la pequeñez de tus necesidades y tus miedos. Porque suplicas por lo que en realidad ya está en ti y no lo encuentras porque la desesperación te inunda la paciencia y te anega los sentidos. Porque suspiras por algo que has superado con creces y sueñas un sueño que hace tiempo que ya caminas.

Ya eres enormemente sabia, pero no usas lo que sabes porque lo ignoras y lo ocultas tras esas ideas que te golpean la mente y te piden que demuestres, que busques, que te sacrifiques, que ganes y que luches por todo… No te has dado cuenta de que que puedes empezar de nuevo ahora sin esperar a que el futuro esté despejado. Porque lo que despeja el futuro es que ahora empieces de nuevo…

Sueñas alcanzar tus metas para estar paz cuando en realidad llega primero la paz y luego las metas. Por altas que sean, por lejos que parezcan… Están a un paso de consciencia. 

Si supieras lo cerca que estás… Pero vives anclada a tu preocupación por si lo consigues y eso te aleja de amar lo que eres y ser lo que amas. 

Lo que buscas ha salido a tu encuentro, pero no lo recibes porque estás ocupada pensando que no sabrás encontrarlo, que no sabrás usarlo, que no es para ti.

Porque crees que para merecer lo mejor tienes que librar antes una dura batalla y coronar un montaña inmensa, cuando en realidad ya eres digna de todo por estar, por ser, por sentir que lo eres.

No necesitas nada para seguir en el camino porque tú eres el camino, eres el viento que impulsa tus pasos y la paz que te ayuda a caminar cuando hay tormenta.

No necesitas más claridad que la de pensamiento.

No necesitas más fuerza que tus ganas.

No necesitas más amor que tu amor.

Si supieras que ya puedes dejar de esconderte porque no mira nadie… 

Eres tan capaz que si lo notaras por un momento sabrías que en realidad todo ha estado en ti siempre, bajo esas capas de miedo y vergüenza que llevas puestas por si te miran, por si te juzgan, por si te invaden de nuevo… Esas capas que pesan tanto que no te dejan avanzar.

Si supieras que ya no es de noche, pero no te has dado cuenta porque hace un siglo que no abres tu ventana por si se te escapa la risa… 

Si sólo por un momento, supieras que en realidad ya has llegado a la cima pero no lo ves porque en lugar de contemplar la vista, miras hacia atrás y te empeñas en verte a ti subiendo la cuesta y en pensar que tal vez no podrás porque es muy pronunciada…

Si supieras que ya lo eres todo y sólo tienes que dejar de desearlo, que dejar de preocuparte por si puedes, que soltar la necesidad de que todo sea perfecto…

Si supieras que lo que tienes que hacer es desnudarte y no vestirte.

Si supieras que eres tu reina y no tu esclava… Que en el armario donde guardas tus miedos está colgado el traje de diosa… Que no hay más impedimento que tu forma de contemplarte…

Si supieras que estás sentada encima de lo que buscas…

Si supieras que todo es como es porque tú lo has dibujado.

Para Ana… Para que lo sepas… 


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No me ofendo


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Es mi responsabilidad. Aunque a veces tenga ganas de gritar y decirle a más de uno cuatro cosas que no son bonitas y que no me hacen una persona mejor… Soy responsable de si me dejo herir por sus palabras y de si me dejo ofender por su forma de mirarme. Eso no significa que no miren o no digan cosas que no son agradables ni que no tengan que asumir las consecuencias de ir por la vida juzgando y tratando a los demás como no merecen… Y que paguen sus deudas. Allá ellos y su conciencia, eso no forma parte de mi camino. La puerta que tengo que abrir no es la suya sino la mía. Mirar dentro y descubrir por qué me duele, por qué me molesta, por qué dejo que la opinión de otros haga mella en mi actitud, en mi motivación y mi modo de ver la vida… Por qué dejo que me sus palabras me arañen y sus miradas me transformen…

Y voy a ir más allá. Qué dice de mí lo que ellos dicen de mí. Qué hay en mi sombra que resuena cuando llaman a su puerta para que yo me ponga guerrera y se me erice el vello, para que me sienta cuestionada. Tal vez sus ofensas sean una oportunidad para descubrir que mi reino controlado tiene fugas, tal vez sean una señal para que me de cuenta de que no puedo controlarlo todo y de que voy a tener que soltar es necesidad y ese dolor… Que voy a tener que borrar esa expectativa que tanto me zarandea y llena de desasosiego.  Esto que pasa quizás sea para que sepa que me creo algo de lo que dicen cuando quieren herirme y tengo que comprenderlo, soltarlo, borrarlo de mi vida… Darme cuenta de que la única persona que le da crédito soy yo, que yo lanzo el combustible a la hoguera y ellos sólo se ocupan de traer las cerillas.

Insisto, la razón por la que vienen a mí para encender fuegos ahora no importa, esto es un trabajo con uno mismo, personal, intransferible, imposible de delegar en alma ajena. Sé que si no lo hago hoy, ahí se queda, esperando a que otra persona o situación vuelva a mí y la historia se repita, porque siempre se repite… Hasta el infinito, hasta que comprenda que la que se apunta con el dedo soy yo y los demás sólo me ayudan a darme cuenta.  Cuanto antes lo solucione, cuanto antes saque de mí esa mirada que me juzga sin compasión, antes callarán, antes callaré mis reproches… 

Ellos están ahí para que yo me conozca y me de cuenta de que todavía no me amo suficiente. Para que advierta que no confío en mí como merezco y que cuando me presionan todavía hay en mí alguien un poco resentido y rabioso que quiere responder con la misma violencia… Y no pasa nada, saberlo es comprender y aceptarlo es dar el paso para poder soltar esa rabia. Para decidir que cuando estás en paz contigo no importa que fuera se libre la más dura de las batallas porque eso no perturba tu calma… Y eso no significa no hacer nada o quedarse a esperar el golpe, significa saber cuál es tu centro y qué líneas no estás dispuesto a pisar pase lo que pase. Saber que no te vas a tragar el dolor ni la mentira y que por más que te digan tú sabes quién eres y lo que hay en ti no se vende, no se arrastra, no se desgasta por más que otros intenten socavar tu autoestima.

A través de sus palabras te curas para poder vivir a pesar de sus palabras. Los que te atacan te dan el antídoto para que sus ataques no te duelan y al final dejen de existir porque cuándo descubran que ya no te afectan ni te duelen, te dejarán en paz… Porque cuando hayas aprendido a soltar la necesidad de ser aceptado por todos, cuando hayas hurgado en tus entrañas y hayas visto tu sombra y comprendido lo que aún no eres capaz de decirte a la cara, no hará falta que venga nadie más a destapar tus debilidades… Cuando descubrimos que en realidad esas debilidades son fortalezas, no solamente dejan de usarlas los demás para golpearnos con ellas sino que nosotros empezamos a utilizarlas como catapulta para crecer, evolucionar, para alcanzar nuestras metas…

Al final, el que te grita tus miedos a la cara te regala la oportunidad de conocerlos, asumirlos, enfrentarte a ellos y cerrar la puerta. El que te restriega tus defectos te concede el privilegio de comprender que en realidad son puntos de apoyo, pedazos de ti que asumir y abrazar para fortalecer tus grandes dones… El que te dice en voz alta lo que callas, lo que tú crees que eres y no te atreves a reconocer te ofrece en bandeja la posibilidad de dejar de ocultarte tras una máscara para descubrirte a ti mismo y mostrar al mundo tu verdad.. Sin tener que aparentar y esconder, sin tener de demostrar nunca más, sin avergonzarte ni falsear nada en ti puesto que eso que te parece tan terrible es en realidad una herramienta maravillosa para alcanzar tu paz, tu meta, tu destino…Si dejas de creer que no vales nada, nadie podrá hacerte creer que no vales nada… Si dejas de pensar que mereces ser ofendido, nada que nadie diga podrá ofenderte… Las ofensas llegan para que notemos que todavía no nos queremos suficiente, no nos aceptamos suficiente, no nos conocemos suficiente… Si no te ofendes cuando alguien te dice algo con ánimo de hacerte daño es porque ya hace tiempo que tú dejaste de decírtelo por dentro, y esa persona te usa para tapar su dolor, para no tener que mirar en su interior y descubrir que es el cazador cazado, el monstruo del que huye, el fantasma que ve en el espejo en el que teme mirar para no ver su reflejo. Porque actúa asustadizo viendo su sombra y buscando coartadas para pensar que es la de otro. 

Si no sacas a la luz lo que te asusta mostrar, nunca puedes usarlo para crecer… Si no reconoces tu dolor, no podrás convertirlo en belleza. Si no miras qué hay dentro, nunca podrás mirar fuera sin dolor. 

Las ofensas que creemos recibir son a veces la forma en que la vida nos pone delante la oportunidad de borrar, de perdonar y perdonarnos, de curar nuestros miedos y hacer las paces con nosotros…Son un espejo de todo lo que llevamos todavía bajo la piel y nos quema por dentro y supura por nuestras costuras y espera que sepamos soltar para eliminar ese sufrimiento, para que aprendamos a ponernos de nuestra parte… Y es algo entre tú y tú mismo… Los demás tienen su camino. Que se preocupen ellos de descubrir su sombra y su oscuridad y saber por qué van por la vida cómo van… Por eso lo que importa es dejar de mirarles y de sentirnos pequeños ante ellos y centrar la atención en nosotros para descubrir qué podemos hacer y comprender. Y asumir que tenemos el poder de hacer de nuestra vida una experiencia maravillosa… No hay nada ahí a fuera que te perturbe si no está en ti esperando liberarse… 

Nada te ofende si tú no te ofendes, si no llevas dentro una ofensa pendiente guardada esperando salir a la luz pero que ahogas porque no te sientes preparado para asumir… Nada significa nada si tu dolor no le da significado… 


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Ordena tu vida


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Todo lo que va a venir a ti busca sitio en tu vida. Necesita un espacio y un momento de paz, pero a veces no lo encuentra porque tu vida está llena de ruido, de recuerdos acumulados en tu cabeza y en tu casa. Pensamientos rotos y viejos, muebles aparatosos que ocupan el espacio de cómodos sillones donde leer nuevos libros, vestidos que no usas ya que ocupan el lugar de vestidos nuevos que tienen que ver más con la persona que eres ahora y no con la que fuiste…

Lo que esperas que llegue está apunto de desembarcar pero necesita pista de aterrizaje y la tienes ocupada con un resentimiento absurdo que no sueltas, un apego triste a alguien a quién ni siquiera quieres ver ni querías ver cuando estaba en tu vida… Un álbum viejo que cuando contemplas con tus ojos cansados te pone triste e insistes una y otra vez sin darte cuenta de que o tiras el álbum o comprendes esa tristeza y la dejas marchar…

Si no dejas marchar nada, nada viene a ti, nada baila porque tus pensamientos de temor chillan tanto que no se oye la música…

Nunca hay silencio en tu mente y la voz que espera contarte los pasos que tienes que dar para llegar a dónde quieres llegar no puede susurrarte… No te escuchas y no te notas porque siempre andas con prisa, y la intuición que iba a mostrarte el camino, se siente perdida y tiene la brújula estropeada y siempre marca a dónde le dicte tu ansiedad…

Tu amarre al pasado no te deja notar este presente en el que está a punto de pasar algo maravilloso porque así lo has decidido. Tu obsesión por controlar cada detalle, no permite que la vida te sople un futuro digno de lo que mereces.

Si no sueltas tu necesidad de parecer nunca serás lo que realmente eres.

Si no sueltas tus sueños rancios no llegarán a tu cabeza sueños nuevos.

Si no sueltas tus miedos, no podrás saber que en realidad eran pistas para reconocer el camino a tu nuevo yo.

Si no sueltas tus cachibaches rotos jamás habrá espacio en tu vida para los nuevos… Si no sueltas lo viejo, no podrás agarrar lo nuevo.

Si siempre sales a la calle con paraguas y te cubres jamás sabrás si ha salido el sol.

Si no te desnudas, no podrás probarte el vestido nuevo.

Si no dejas ir a esas personas que ya no quieren estar en tu vida, no podrás conocer a las que te esperan para compartir.

Si te amarras a tierra, nunca podrá zarpar tu barco.

Si no sueltas tu necesidad de estar seguro y abrazas la incertidumbre, nunca encontrarás la paz de saber que siempre cuentas contigo. 

Mira lo que te rodea. Los espejos rotos que dicen que hay muchas tú y te privan de ver a la verdadera… Los papeles amarillentos con palabras de amor gastadas… Los pares de zapatos que surcaron otros caminos que ya no son tus caminos… Los paraguas por si acaso, los platos que nunca usas porque son para las ocasiones especiales que no llegan, los recortes de periódico que parecen recordarte que han pasado muchas cosas y tú no fuiste protagonista de ninguna…

Si no pones orden en tu espacio no encontrarás la pieza perdida del rompecabezas, la pista que marca en tu vida un antes y un después… 

Si no abres la puerta para dejar salir la niebla, jamás verás lo que buscas.

Si no permites que lo que ya no necesitas desaparezca, lo que necesitas de verdad nunca llegará.

Si no tiras lo que sobra, no vendrá lo que falta… Por eso tienes que pasar revista a tu vida, a tu casa, a tu mente… Tirar pensamientos gastados, ideas absurdas, creencias que te anclan a un pasado roto y triste… Revisar tus trastos viejos, escoger entre tus libros los que son maravillosos, entre tus zapatos, entre tus pañuelos, entre tus trajes y caminas, entre tus  sueños, entre tus recuerdos, entre tus listas de tareas pendientes las que todavía te apasionan, las que todavía te desafían… Mirar entre tus miedos los que ya no te asustan, hurgar entre tus corbatas, tus lápices, tus cuadernos de historias, tus tazas favoritas, tus anécdotas pasadas, entre las ofensas recibidas para soltar y dejar que se vayan y dejen de doler y reabrir heridas… Escoger de todo ello lo que realmente quieres que aún permanezca en tu vida. Porque te sirve, porque te ayuda a avanzar, porque te hace sentir bien y te hace fácil el camino. Ordena tu vida, ordena tu mente, ordena tus sueños, ordena tus prioridades… 

Si no dejas espacio para lo nuevo, lo viejo ocupa todo tu espacio…

Si no sueltas tu vieja vida, la nueva no podrá empezar ahora.


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Buenos días, vida


No eres nada que se rompa, nada que se desvanezca, nada que pueda olvidarse… Si no te rompes, ni te vas, ni te olvidas tú de ti mismo.

No eres nada que pueda perderse si no decides perderte, ni que pueda pisarse si no eres tú quien se pisa.

No eres nada que pueda ser callado o suprimido si tú no quieres callar ni esconderte, si no te levantas un día y te dices a ti mismo que te largas de tu vida y habitas el vacío. Que ya no cuentas en tu mundo y te desmarcas de todo lo que realmente te hace sentir. Absolutamente todo lo que pasa en tu vida te ha pedido permiso antes… Y a veces, aunque duela admitirlo, sabes que has dicho sí… 

No eres lo que no decides ser.

Aunque sí eres lo que imaginas y temes, al mismo tiempo… Porque todo llega a ti para ser comprendido, aceptado, expresado a través de ti, admitido, besado, sentido, perdonado, trascendido y soltado a un mar de nada que ya no vuelve a ti.

Eres lo que te das permiso para ser y creer que eres y todo aquello de lo que llevas tiempo huyendo y sabes que vas a tener que afrontar. Siempre llama a la puerta, siempre vuelve en otro lugar, con otra cara, en otras circunstancias, pero lo ves y reconoces, sabes que es lo mismo, otra vez… Que reaparece esperando que ahora, que has descubierto que eres capaz, sepas comprender qué significa y tomes la decisión de fundirte con la vida, que aceptes, que bailes con la incertidumbre y te des cuenta de que has estado huyendo de tu premio, de tu paz, de ti… 

Eres lo que te gusta pensar que eres mientras te culpas por no haberlo conseguido todavía y lo que llevas tiempo buscando por todas partes y aún no te has dado cuenta de que está prendido a tu espalda y te ha acompañado toda tu vida.

Eres lo que sueñas aunque te dé miedo soñarlo porque en el fondo no lo crees merecer… 

Eres esa persona indecisa que ves en todas la personas indecisas con las que te cruzas, la persona triste que ves en todas la personas tristes, la persona cansada que ves en todas la personas cansadas… Eres la persona maravillosa que ves en todas la personas maravillosas, incluso cuando no eres capaz de verlas así, tal y como son porque la rabia y el resentimiento te nublan los sentidos.

Eres esa roca que se queda quieta dejando que el mar le susurre palabras de espuma y la arena que se desliza diminuta en él y se deja llevar hasta encontrar una orilla donde descansar.

Eres todo lo que te asusta ser, justamente porque te asusta y la vida te lo pone delante para que dejes de huir. Para que puedas superar ese dolor y pases a la fase siguiente en la que hay otros fantasmas hasta que un día te des cuenta de que te estás buscando siempre a ti y que durante todo el camino lo que te daba miedo era enfrentarte a ti mismo.

Eres todo lo que amas, porque cuando amas el tiempo se para y eres uno con todo lo hermoso que te rodea y no hay nada que pueda arañar tu perfección.

Eres como eres y dejar de huir de ello va a cambiarte la vida… Eres tus esquinas más suaves y tus aristas más punzantes… Tus pensamientos más tristes y tus ideas más brillantes… Tus súplicas más ancestrales y tus ganas más locas por vivir… Todas tus espinas y todas tus risas. Tus lágrimas y tus certezas.

Eres el producto final de tus pensamientos.

Eres lo que callas y lo que gritas. Lo que quieres olvidar y vuelve a ti sin poderlo evitar precisamente porque quieres olvidarlo sin haberlo aceptado ni comprendido, sin haber sacado la lección de ese dolor y haberle dado la vuelta a la historia… Eres lo que intentas retener en tu memoria para que no se pierda y sin querer se desvanece, obviamente para demostrarte que no poseemos nada y que apegarse a algo es la forma más rápida de hacer que se esfume entre tus manos.

Eres la medicina que necesitas mientras vas por la vida buscando amor en brazos que no abrazan y regalando besos a cambio de respeto, de algo que se parece a la paz pero que en realidad es una calma tensa que precede a un llanto sordo… Algo que se parece a la felicidad pero en realidad es una descarga hormonal que te recuerda que estás vivo y que la biología se pone de tu parte cuando decides animarte un rato y nada más…

Eres esa persona que necesita el mérito y la medalla para amarse y conseguir que ese amor le dure sólo cinco minutos… El que confunde la adulación con la admiración  y el interés con la amistad. El que cree que ir intentando cambiar a los demás es ayudarles y aportar valor cuando en realidad es incapaz de tolerar la frustración de que el mundo no sea como él cree que debe… Porque mientras te decides a dar el paso hacia ti mismo el mundo no para de girar. Porque nunca te apeas de esa noria que hay en tu cabeza que siempre da vueltas sobre lo mismo y siempre te cuenta las mismas historias que nunca acaban esperando a que las escribas. 

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Eres el que por fin un día se da cuenta de todo esto y sabe renunciar a lo que no necesita de verdad y ponerse en marcha para lo verdaderamente importante. El que descubre que su paz y su felicidad son una decisión propia y que no tiene que cambiar el mundo sino amarlo tal y como es… El que se sorprende encontrando fácilmente aquello que parecía imposible, porque advierte que con humildad se hace visible lo invisible y con paciencia se llega a cualquier meta porque se ama el camino.

Eres el que al final conquista sus sueños porque se percata de que siempre habían sido suyos, pero nunca había creído lo suficiente en sí mismo como para acercar la mano y poderlos tocar. El que se levanta cada día a pensar del cansancio y confía en saber encontrar la forma de ser sin límites ni excusas, sin coartadas para negarse lo bueno que merece, sin postergar más lo que sabe que debe asumir. El que se mira a sí mismo  y, a pesar de la niebla, al despertar y dice siempre “buenos días, vida”.