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la rebelión de las palabras

El niño y el monstruo

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Había una vez un niño que vivía atado a un monstruo.

No se trataba de un monstruo de esos que viven en el armario o debajo de las camas, era un monstruo de los que también sonríen, fuman cigarrillos y se abrillantan los zapatos. Un monstruo con dos caras y dos almas.

Ante el mundo, parecía que el monstruo se ocupaba de él pero, en realidad, era él quién le daba la vida al monstruo.

Algunas personas le decían que el monstruo no siempre había sido un monstruo, que hubo un tiempo en que era humano. Aunque el niño era tan pequeño entonces, que apenas lo recordaba. Ahora no era así, era monstruo casi siempre y cuando no era monstruo era una bestia dormida que ronca y ocupa todo el espacio del sofá. Que no cocina, ni lava platos, ni llena la nevera.

Algunas veces, cuando el monstruo está cansado de gritar y el niño está escondido bajo la mesa, los ojos del monstruo se acercan con cara de suplicar perdón y parecen humanos… Aunque sólo dura unas horas. Hasta que el monstruo se enfada de nuevo por algo que siempre es culpa del niño. Siempre… Siempre es una palabra tan terrible como nunca… Si tuviera que hacer una lista de las más terribles palabras esas serían dos de ellas, las primeras. Al niño le gusta hacer listas, le calma… Le ayuda a tenerlo todo pensado y controlado por si el mundo se desmadra o se cae y tiene que sujetarlo… Por si la vida se escapa y tiene que ir a buscarla. Porque así tiene una sensación de control, que sabe que es falsa, pero que le ayuda a dormir por las noches, al menos un rato…

A veces el monstruo se arrepiente tanto de sus gritos que se esconde días y días y se va de casa. El niño aunque está solo entonces, ama esa soledad maravillosa y suplica que no vuelva. Aunque, siempre vuelve y se enfada de nuevo, por lo que el niño piensa que, en realidad, no está muy arrepentido.

El niño, a veces, se da cuenta de lo mucho que le necesita el monstruo. Parece raro ¿Verdad? pero si él no le tapara de noche con la manta, cuando se queda dormido, o le dejara la cena, el monstruo se moriría de hambre y de frío. Aunque eso no es excusa, piensa el niño ¿Verdad?

Es como si el niño fuera un padre y el monstruo un hijo que está tan triste que para calmar su tristeza grita y rompe cosas, como hacen algunos niños que tienen pataletas. Eso tampoco, tampoco es excusa. Él también está triste, muy triste, de hecho, y se aguanta…

El monstruo -piensa el niño- es un como un niño que no ha crecido… Y a cambio, él ha tenido que crecer muy deprisa para controlar al monstruo, contenerlo y saber lo que le conviene.

El niño debería tal vez odiar al monstruo, pero no puede. El monstruo es demasiado egoísta y débil como para no tener piedad de él. Y el niño es demasiado fuerte y bondadoso como para odiar a alguien.

Muchas noches, el niño contempla el cielo desde la ventana de su habitación y pide deseos. No sabe qué desea ser cuando sea mayor pero siempre pide que, pase lo que pase, nunca (aquí sí que dice la palabra nunca) llegue a convertirse en monstruo. Y suplica que si algún día le sucede, algún niño como él esté a su lado para taparle con la manta y se atreva a decirle que es un monstruo. Seguramente cuando te das cuenta de que eres un monstruo es cuando puedes empezar a dejar de serlo, nunca antes… Nunca, esa palabra otra vez.

El niño ha visitado muchos médicos. Médicos de esos que te curan con palabras. Le preguntan cómo está y qué necesita… Y el niño no lo entiende porque realmente quién tiene problemas es el monstruo, pero a él nadie le pregunta nada, seguramente porque no saben que el monstruo es un monstruo o tal vez… ¿Les da miedo a ellos el monstruo? ¿Por qué nadie cura a los monstruos ni se preocupa por ellos? ¿Por qué nadie aleja a los monstruos de los niños? ¿Por qué existen los monstruos en lugar de los padres?

El niño está convencido de que los monstruos necesitan muchas palabras para curarse… Escucharlas y decirlas, en voz alta, pero sin gritar… Palabras de esas que se te acumulan dentro y hacen que te duela la garganta, como cuando quieres llorar y reprimes lágrimas… El niño imagina a veces que el monstruo acumula lágrimas y no sabe llorarlas. Y el pobre se cree que gritando saldrán, pero aún se le quedan muchas más encerradas en el pecho.

Por suerte, el niño llora. Aprendió hace mucho, cuando se sentía solo sin nadie y sin nada… Nadie y nada… Dos palabras más para la lista… Y cuando llora, es como si todo lo que le araña le saliera de dentro, como si las lágrimas fueran palabras… Por eso él no grita, porque no le hace falta. Porque a veces está tan triste que se ahoga en su llanto y luego se siente invadido por la sensación de haberse arrancado la pena y el asco que siente…

Ahora que lo piensa, se da cuenta de que cuando crezca, se convertirá en un médico de monstruos, para curarles de la penas que les hacen gritar y así liberar a los niños como él.

O tal vez sea médico de niños que viven con monstruos… No lo sabe todavía.

Uno médico de esos que te curan con palabras si las quieres escuchar.

Escribí este pequeño cuento hace mucho tiempo para un libro que nunca vió la luz…

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

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Autor: merce roura

Amo la imprudencia de mis palabras...

3 pensamientos en “El niño y el monstruo

  1. Merce!… es de lo más complejo en el contexto de emociones incontrolables, que he leído. GRACIAS por mostrar esta situación en esta forma de cuento, hace que se comprenda más la situación. Conozco a una persona con un ser como el que describes y me gustaría ayudarle. Te sigo y leo tus escritos. Te puedo hacer una pregunta por correo electrónico?

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  2. Pingback: El niño y el monstruo - INICIO

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