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la rebelión de las palabras


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No me avergüenza admitir


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No sé por dónde empezar… Aunque tengo claro algo, no es por el principio.  La vida se nos escapa porque damos muchos rodeos para no movernos de la misma casilla, pero lo hacemos porque eso nos da sensación de estar haciendo algo, de movernos, aunque lo único que conseguimos es hacerle una coreografía a la incertidumbre y a la angustia que sentimos. Hay que ir siempre a lo que importa de verdad, donde está la esencia y la sustancia de lo que quieres y deseas, de lo que te mueve y conmueve… Donde está el mensaje que quieres compartir…

Mi mensaje dice “estoy asustada y siempre pienso que no estaré a la altura”. Hace tiempo me hubiera avergonzado pero una parte importante de crecer por dentro y desnudarse de límites es dejar de sentir vergüenza de ser vulnerable, de quedarse indefenso ante el mundo y que te dé igual qué piensa.

Por más que he aprendido, o mejor dicho, desaprendido estos años pasados en mi proceso por conocerme, cada vez me doy cuenta de que no sé casi nada… Es como si hubiera tirado del hilo de una madeja y a medida que fuera siguiendo el camino que me dibuja me diera cuenta de que la madeja es un universo inmenso e infinito y que yo he estado tejiendo cosas que nunca supe que tejía ni por qué.

Somos un universo de pensamientos y emociones que se van acumulando día a día en nuestro interior hasta que nos estallan en la cara y no reconocemos como propios. Nos asusta lo que podemos llegar a crear con el poder infinito de nuestras decisiones… Por eso no decidimos, no sea que la gloria nos espere en la esquina y justo en ese momento nos flaqueen las fuerzas y nos demos cuenta de que no nos sentimos capaces…

Esa soy yo. La que llega a la cima después de quedarse sin rodillas para subir y no mira la vista porque no se cree digna, porque la cree tan hermosa que sus ojos sólo podrían ensombrecer esa belleza, porque piensa que todavía no ha hecho suficiente ni se ha machacado suficiente para merecer…

Por eso me he dejado a veces manipular y tomar el pelo… Sí, yo. Tal vez alguien lea esto y piense “ostras, pensaba que no se había dado cuenta” pues sí, siempre lo he sabido, en el fondo, pero a veces hago que no lo quiero ver… Y ahora me doy cuenta de por qué he dejado que algunas personas se aprovechen de mí.  Y gracias a eso, estoy aprendiendo algo importante de quién soy.

Tolero que se aprovechen de mí y de mi trabajo porque no me creo suficiente como para hacerlo sola y creo que si alguien me acompaña me dará impulso. Porque siento que la suerte no me ronda y espero que les ronde a ellos y se me contagie un poco esa sensación de que todo es posible…

Tolero que me exijan más de lo que es necesario porque yo lo he hecho toda mi vida y así me aseguro una dosis extra de machaque y reproche por si bajo la guardia y el listón… Para que otros vigilen como yo me vigilo para no parar de hacer y hacer.

Tolero que me extorsionen y me saqueen porque no me reconozco por lo que soy y no me siento digna por el puro hecho de existir… Porque creo que tengo que demostrar siempre y alcanzar la perfección.

Tolero que me hagan chantaje porque yo me hago chantaje y me pido cada día más.

Tolero que me miren y no me vean ni valoren porque muchas veces yo no he suportado verme ni valorarme…

Tolero que me excluyan porque muchas veces no siento que merezca estar incluida y que me toque lo mismo que a los demás. Como si todo el mundo perteneciera a un club del que yo nunca podré ser socia.

Tolero que me pidan sin tregua porque yo me pido más, mucho más. Tolero que no de respondan porque yo no me respondo y que me dejen con las manos vacías porque yo siempre me dejo para el final… Tolero que me pongan la vida muy difícil porque yo creo que es muy difícil y siempre requiere un poco más de sacrificio… Como si al mismo tiempo que persigo la madeja soñada, al llegar a ella le diera un empujón con mis pies y siempre quedara lejos de mí.

Tolero todo esto porque lo he proyectado en las personas que me rodean y en mi vida para poder darme cuenta de lo mucho que me maltrato y lo desconsiderada que soy a menudo conmigo… Tolero que la vida me exija porque yo me exijo hasta no soportarlo más…

Y estoy asustada porque me da miedo ser yo porque durante años casi siempre que era yo no sentía que fuera nada... Porque repasando mi vida, me asusta tener  tanto poder y pensar que si siento que no soy, no seré… Si permito que pase, pasa… Si decido que sea, es…

Cuando nos educan para machacarnos a nosotros mismos y descubrimos nuestro poder interior, a menudo, en lugar de usarlo para sacarnos las pulgas y superar nuestros límites, lo utilizamos para culparnos y reprocharnos por no haber sabido  reconocernos antes…  Por todos los años gastados rompiéndonos por dentro. Por el tiempo perdido persiguiendo la madeja y dándole patadas al encontrarla… Por no haber sabido ver que ya éramos grandes, solos o acompañados, y que no había suerte que buscar sino amor por entregarnos a nosotros mismos. Por no haber sido capaces de decir no y basta y llegar a la cima después de un largo trecho y decir… “Voy a contemplar este paisaje maravilloso porque cuando lo miro es todavía mejor, porque lo que soy ya es todo lo que necesito”.

Y así, soltar el traje de buzo, de guerrera siempre alerta y a la defensiva, de bufón siempre dispuesto a hacer reír a los demás pero vivir por dentro lleno de tristeza, de oveja indefensa y dispuesta a que un lobo la devore, de niña buena y estudiante excelente… De amiga que siempre da y no espera, de trabajadora incansable, de la persona que nunca suelta el paraguas por si llueve, por si quema el sol, por si la miran mal, por si todo se tuerce, por si todo acaba pronto y por si acaba muy tarde… Quitarse todos esos personajes y ser, estar, existir…

Tengo miedo a los cambios porque a veces no confío en mí suficiente y no me doy cuenta de que esto es una oportunidad disfrazada de obstáculo… Sólo tengo que comprender que no pasa nada, no tengo que estar a ninguna altura, sólo estar en mí… La moraleja del cuento es que tú escribes la moraleja.

No, no me avergüenza admitir que tengo miedo, que me asustan los cambios, que a veces creo que no estaré a la altura y no me atrevo a vivir lo que sé que inevitablemente toca vivir… No me avergüenza admitir que soy vulnerable, que me siento rota, que estoy desnuda ante un abismo y miro abajo y me saltan las lágrimas de pura ansiedad… No me avergüenza admitir que llevo un siglo dispuesta a saltar y no salto porque a pesar de creer en ella todavía no veo la red.

 

Gracias por leerme. Espero que te sea útil para seguir en este camino apasionante y complicado. La verdad es que no es fácil conocerse, respetarse y amarse a uno mismo como merecemos… A mí me ha costado mucho, mucho. 

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Gracias siempre por estar…

 

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Sueños cortos


A veces creo que la vida es como un sendero de pequeñas cajas cerradas que vamos encontrando y abriendo. Nos paramos para tomarlas en nuestras manos y las abrimos. Nos hacemos un montón de expectativas respecto a lo que debería haber dentro de ellas y muchas veces acabamos frustrados porque no contienen lo que creemos necesitar. Sin embargo, en sentido de todo esto creo que tiene mucho más que ver con nosotros que con quién prepara las cajas o las cajas en sí mismas. 

Creo que hay que comprender que las cajas nunca te dan lo que crees que necesitas sino lo que de verdad tienes que aprender. Aprender que recibes lo que siembras, que hay cosas en ti que no ves, que la vida es como es y muy a menudo no puedes elegir las circunstancias pero sí cómo responder a ellas…  A veces, abres la caja y ves que lleva una espada y piensas “es para que siga peleando y defendiéndome o cortando la maleza de la selva en la que ando metido para avanzar”. Y en realidad es para que te des cuenta de todo lo contrario… Que si crees que tienes que luchar sin tregua para poder vivir y conseguir lo que amas sólo conseguirás más lucha y sufrimiento… Para que empuñes la espalda y en lugar de usarla para separar las ramas y atacar, notes su peso en tu brazo y sepas que es una carga muy pesada, para que la sueltes y decidas que debe de haber otro modo…

Llegan cajas a nuestras vidas cada día. Algunas son grandes sorpresas. Hay cajas que de entrada parece que tienen un contenido horrible y que con el paso de los día acaban siendo tesoros. Hay cajas que te dan prisa, otras que te dan tiempo. Hay cajas que están repletas de bombones amargos para que te des cuenta de que debes de mirar dentro y dejar las apariencias… Hay cajas que contienen una música maravillosa…

A veces, abres la caja y está vacía y te enfadas contigo y con la vida porque no te da nada. Y tal vez lo que te dice la vida con la caja es que ya lo tienes todo, que te tienes a ti y no necesitas nada que está ahí afuera… Que la única persona que puede salvarte eres tú.

Hay cajas que contiene amores necios y dolorosos para que descubras que esos son los amores que crees que necesitas y comprendas que no te estás valorando como lo que realmente eres, un ser que merece un amor inmenso…

La magia de las cajas es rara y a veces, lo sé, parece perversa. A menudo incluso creo que no contienen nada y que lo que hay en ellas se crea justo en el segundo en el que empiezas a abrirla… En ese instante se crea según lo que piensas y sientes… Las cajas están conectadas a ti y notan tus latidos y tu estado de ánimo…

Si quieres amor, a veces te dan desamor para que no tengas más remedio que amarte tu.

Si quieres seguridad y certeza, te traen caos e incertidumbre para que comprendas que el único equilibro es el que creas tú y aprendas a vivir en armonía y calma en plena tempestad… Ya nunca más te sentirás inseguro si eres capaz de encontrar tu paz en plena tormenta.

Si quieres paz no te dan paz, te traen algo que te dé la oportunidad de encontrarla dentro de ti.

En el fondo, siempre obtienes lo que deseas, pero no como resultado de tu necesidad sino como respuesta a tu capacidad de soltar esquemas antiguos y creencias rancias. Como consecuencia de mirar dentro de ti y nunca como solución mágica que te llegue desde fuera.

La vida tiene un extraño sentido del humor… Hay cajas que traen bufandas en los días de verano y te dejan atónito y fuera de juego y otras que siempre llegan con la prenda adecuada en el momento perfecto…

A veces, las cajas sí que traen directamente lo que deseas porque es lo que necesitas. Otras lo traen porque justo antes de abrirlas has comprendido que en realidad no lo necesitabas y te has visto capaz de renunciar a ello… Porque has decidido que tu felicidad no dependía de lo había dentro de la caja.

La caja no contiene lo que mereces, sino lo que crees que mereces.

Contiene lo que no quieres ver, ni escuchar, ni sentir para que no tengas más remedio que hacerlo y dejes de temerlo antes de abrir la próxima caja.

La caja lleva dentro lo que evitas siempre que lo evites y dejará de llevarlo dentro cuando dejes de evitarlo.

La caja envuelve lo que has decidido que quieres que haya en ella, aunque te duela y perjudique para que te des cuenta de que tú mismo lo has puesto muy a menudo en tu vida.

Muchas personas se han dado cuenta de “la magia de las cajas” pero no han tomado consciencia de algo muy importante…

No importa lo que contiene la caja, en realidad, lo que importa es cómo decides usarlo.

Y diré todavía más, sólo hay dos normas a tener en cuenta para abrir esas cajas y aprender a usarlas para vivir en paz…

La primera es que haya lo que haya dentro de la caja tienes que aceptarlo porque es tuyo, es fruto de tu propia magia, y es necesario que comprendas por qué ha llegado a ti (no te agobies, no hace falta comprenderlo todo, sólo ser consciente de que está ahí).

La segunda es que haya lo que haya dentro de la caja no es culpa tuya y no debes hacerte daño reprochándote por ello, porque si no no podrás usarlo para seguir el camino… No controlas el mundo, no controlas lo que pasa, sólo cómo respondes a ello y tu respuesta crea el contenido de las siguientes cajas… Suelta esa culpa y da el siguiente paso sin carga ni pesar.

A veces, algunas cajas  contienen palabras o reflexiones, eres tú quién debe decidir si se queda con ellas y si les hace caso o todo lo contrario…

Otras cajas contienen personas, algunas te tienden la mano y otras te ponen la zancadilla, ambas son de gran ayuda al final.

Hay cajas con juguetes rotos, con nubes oscuras y cargadas de lluvia, con recuerdos que permanecía borrados, con zapatos para poder pisar senderos inhóspitos… Hay cajas con paraguas, con bolsas cargadas de piedras que te invitan a soltar, con disfraces de guerrera que tal vez puedes decidir  dejar de ponerte y fluir… Cajas con pastillas que te invitan a no sentir para que digas que estás dispuesto a notar al vida y cajas con sueños que no son tus sueños para que de una vez por todas dejes de vivir otras vidas que no son la tuya.

Hay cajas que al abrirlas te permiten saltar diez casillas y evitar la cárcel y te colocan de repente en el lugar donde hace tiempo deberías estar…

A veces, ni siquiera ves las cajas y te sientes perdido en un mar de niebla, intentando buscar pistas para descubrir dónde están. No importa, en ese caso, eres tú quién está metido en la caja y podrás salir cuando te des cuenta y te permitas imaginar en otra realidad.

Al final, todo encaja y tiene sentido, aunque no nos guste y no sea el que nosotros habíamos programado… A veces, la vida es mejor cuando no se programa, porque llevamos demasiado equipaje de culpa, dolor y angustia… Y porque a la hora de soñar nos quedamos cortos y esperamos que nos lleguen cajas pequeñas y llenas de rutina.

GRACIAS POR LEERME E INICIAR CONMIGO ESTE CAMINO COMPLICADO PERO MARAVILLOSO… 

Gracias por compartir y llevar mis palabras hasta el otro lado del mundo… 

Si quieres continuar con este cambio, te invito a profundizar todavía más…

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Hola mundo


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Hola mundo,

te escribo porque finalmente he comprendido que no puedo hacer nada para salvarte y voy a dedicarme a salvarme a mí. Me ha costado mucho darme cuenta, lo sé, pero ahora lo tengo claro… No puedo seguir desgastándome más mirando fuera porque lo que realmente tiene que cambiar está dentro. He consumido tanta energía buscando fantasmas y culpables que no me quedaban fuerzas para tomar las riendas y vivir. Voy a serte más útil si me centro en mí y cambio dándome de golpes contra el muro y queriendo que cambies tú… Porque eso no va a pasar. Mi única oportunidad de que  cambies es cambiar mis ojos sobre ti, mirarte con amor, comprenderte y abrazarte en toda tu inmensidad… Lo lo más dulce y lo más amargo que hay en ti, en lo más duro y lo más maravilloso…

No voy a batallar más ni a reprocharte nada, porque lo único que consigo es hacerme cada vez heridas más profundas. Me pierdo intentando que no te pierdas y me hundo intentando sacarte del agujero profundo en el que estás… De hecho, yo estoy en ese mismo agujero y te miro a ti y te culpo por no salir a flote cuando ni yo misma soy capaz… Y es porque miro a mi alrededor buscando respuestas cuando en realidad están todas en mí.

He mirado dentro de mí al fin y he visto que la solución a todos tus problemas es que te deje en paz… Que me solucione yo, que me dedique a mí , sin intentarlo, sea un ejemplo de lo que quiero ver en ti, de lo que espero encontrar… 

Por favor, comprende, no me refiero a pasar de ti ni vender mi conciencia, hablo de dejar de necesitar que todo en ti cambie y empezar a cambiar yo, que falta me hace.

Me he dado cuenta de que la única forma que tengo de ver en ti la belleza que a veces no encuentro es amarte. Que la única manera de encontrar lo que deseo en ti es convertirme yo en ello, ser lo que necesito encontrar.  Me he pasado la vida pidiéndote que no seas como eres, que las personas que hay en ti dejen de hacer cosas que yo mismo he hecho y que un día creí que nunca me podría perdonar, aunque no es cierto…

Ahora, sin embargo, voy a dejarte en paz y no esperar nada de ti ni de nadie. Voy a mirarte con ojos llenos de paz para ver tu paz… Voy a mirarte con ganas de encontrar luz, para ver tu luz… Y cuando no encuentre paz ni luz lo seré yo hasta donde sepa.

He sido muy testaruda al pensar que podía darte lecciones de lo que está bien o está mal. Te he juzgado tanto que me he salpicado con mis críticas, he sido incapaz de ver lo bueno que hay en ti porque estaba amargada sin ser capaz de ver en mí lo que en ti busco… He querido que las personas cambiaran, menuda osadía, como si mi visión de la vida fuera la correcta, la única posible, la que todos debían seguir… Y ahora me doy cuenta de que incluso lo que me parece más terrible puede que en otro de los mundos que conviven con el mío tenga algún sentido…

No voy a mentir. Hay muchas cosas en ti que no me gustan, que me duelen, que me arañan. Cosas que no comprendo y que afectan a seres humanos que sufren por ello y a mí su dolor me causa dolor… No soporto a veces las sacudidas que la vida nos trae y me cuesta aceptar que mucho de lo hermoso perezca a favor de algunas barbaries a las que no encuentro sentido… Me corroe que la vileza llegue a menudo a la cima y la bondad se quede por el camino. A veces lo bárbaro suplanta lo inocente y lo oscuro se traga lo puro y sincero, pero ¿quién soy yo para decir qué está bien o está mal? ¿Con qué derecho permitirme poner etiquetas a todo y levantar o el pulgar ante lo que según mis ojos merece la pena? Cuando te etiqueto, me etiqueto… Cuando te odio, me odio porque parte de lo que eres es lo que soy y consiento, permito, dejo que pase, asiento cuando se muestra ante mí. Lo injusto a veces pasa no sólo porque los injustos lo hacen, sino porque los justos lo toleran y permiten. Cuando señalamos con el dedo, nos quedamos prendidos en el juicio y nos convertimos en parte de él. ¿Qué es injusto, en realidad? hay tanto dolor que no conocemos y tanta dicha por surcar… Hace mil años que ya no odio nada ni a nadie porque nada destroza tanto por dentro como odiar…

Perdona mundo… Perdona vida… He sido arisca y osada. He sido poco generosa… Tenía tanto dolor acumulado en las entrañas que necesitaba decirte que eres horrible porque yo me sentía así… Veía en ti necedad porque yo era necia… Encontraba en ti injusticia porque yo no podía soltar mi rabia y eso me hizo injusta a veces, sobre todo conmigo misma. Y sigo viéndolo, pero ahora comprendo que no sé nada y que por más que batalle con algunos monstruos esos monstruos siempre van a devorarme… Porque me los he inventado yo… Porque sin darme cuenta y saber cómo a veces el monstruo soy yo y hay alguien luchando siempre contra mí y no soy capaz de darle la vuelta a la historia…

A veces no me gustas mundo, no me gusta nada, pero ya no voy a pelearme contigo ni con tu gente, porque por más que tape un agujero, saldrá otro y otro… Voy a hacer cuanto esté en mi mano para no acrecentar tu dolor ni añadir una nueva injusticia a tu larga lista de momentos terribles, pero no voy a juzgarte más… O al menos voy a intentarlo… Quiero centrarme ahora en mí, en ser mi versión más libre y pura, la más inocente y amable, mi yo más desnudo y auténtico, mi ser más sublime… Voy a amarme porque así podré amarte como eres, sin peros ni comas, y sólo así al verte podré encontrar el amor y dejar de lado el odio…

Porque cuando yo sea amor, tú serás amor. Porque si me amo como merezco podré amarte como mereces y tal y como eres. Porque si me acepto, aceptaré tus horrores más ocultos y podrá abrazarte cuando estés a punto de reventar y colapses de tanto asco y llanto almacenados… Porque si me comprendo y estoy de mi parte, cuando las personas que te habitan vengan a mí muertas de miedo y rotas, podré besar su dolor y aceptar tus heridas sin reproche, sin mirar con miedo y con lupa, sin pedirles explicaciones… Porque si me perdono a mí por no haber sido como creí que debía, es inevitable que te perdone por  no haber sido como creía que debías…

Voy a amarte mundo, sin condiciones, a ti y a tus criaturas más salvajes. Y lo haré a través de mí, siendo mi yo más honesto y amándome mucho…

Voy a amarte tanto como el amor que merezco…

Voy a amarte con todo el amor que soy.

Y cuando te mire, veré el amor que eres y a partir de ahí vamos a construir algo nuevo y definitivamente hermoso.

Gracias mundo.

 

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Ahora


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No somos conscientes de hasta qué punto nuestras palabras y nuestros actos pueden ayudar a cambiar otras vidas… Aquello que para ti en este momento no es importante, un pequeño gesto, una palabra, puede suponer para otra persona un empujón necesario para tomar esa decisión pendiente.

La vida se expresa a través de nosotros mientras vamos por la calle pensando que este día tan gris nos molesta o nos estorba, nos cubrimos con nuestro paraguas y maldecimos la lluvia… Y no sabemos que hace un rato, al salir a la calle le hemos sonreído a alguien o hemos dicho algo que ha puesto en marcha un engranaje de piezas diminutas que algún día tendrá sentido pleno. Hay quién llama casualidad al hecho de encontrar una señal o de repente sentir algo que te ayuda a comprender que opción tomar o que te permite reafirmarte en una decisión. Tal vez sea nuestra forma de refutar nuestras propias creencias pero, a menudo, las señales nos llegan y nos invitan a cometer pequeñas locuras, a salir del camino trazado y hacer esas cosas que no hacemos nunca…

He intentado recordar de dónde vienen los grandes cambios en mi vida… Y me doy cuenta de que a pesar de haber dado mil vueltas y llevar tiempo trabajando en mí, el detonante siempre es algo imprevisto, algo inesperado, algo que aparece de repente y cambia el curso de la historia… Algo sobre lo que yo no he tenido nunca el control ni he podido planear. Eso no significa que nada de lo que hagamos sea necesario, al contrario, pero nos recuerda que la vida cambia en un momento y que ahora puede que se esté amasando un gran cambio del que no sabemos nada…

Somos puertas, somos caminos, somos piedras con qué construir fortalezas, somos rayos de luz en una noche oscura, somos palabras escritas en los libros que cuentan historias extrañas que explican que todo es posible, somos cartas que llegan, cartas que se envían… Somos a veces decepciones que invitan a cambiar de rumbo… Nos hacen y hacemos daño, tal vez como parte necesaria de una cadena de sucesos que nos lleva a lugares nuevos e insólitos a los que nunca llegaríamos sin ese dolor y, sobre todo, sin saberlo usar para evolucionar.

Somos recuerdos, somos viento que trae respuestas y olas de mar que llegan ala orilla cargadas de preguntas.

Si estoy aquí, escribiendo esto es porque un día alguien me dijo que ya tenía dentro de mí todo lo necesario para cambiar mi vida y sólo tenía que usarlo… Y si lo llevaba dentro es porque unos años antes, una mañana de domingo en la que estaba rota y agotada de pensar y sentirme culpable me decidí a ir a un lugar donde nunca hubiera ido… Y allí encontré a una persona a la que le conté cómo me sentía y me recomendó un libro. Cuando empecé a leerlo supe que aquello era el principio de mi nueva vida. Escribo porque una tarde cuando tenía apenas cinco años, regresé a casa y me sentí destrozada, sola, perdida, y empecé a juntar palabras una tras otra. Buscaba respuestas pero sólo tenía preguntas… En aquel momento terrible, necesité un salvavidas y me dije a mí misma que algún día escribiría libros para que mi soledad fuera compartida. Siempre hay un día en tu vida al que llegas dando mil vueltas y encuentras algo que te indica el camino… Al mirar atrás te das cuenta de que no era la primera vez que te llegaba ese mensaje, pero sí la primera vez que tu ánimo te hacía capaz de afrontarlo… Las respuestas en el fondo no llegan, están. Vienen y aparecen, pero ya existían… Para verlas hay que estar en ti y sentirte entero… Las llevamos dentro y a veces, una chispa ahí afuera hace que nos pongamos a hurgar en la dirección correcta, a ser capaces de ver dónde creíamos que no había y nos hagamos las preguntas que son realmente necesarias.

A veces, no encontramos las respuestas porque no hacemos las preguntas adecuadas. Porque tenemos miedo de darnos cuenta de que lo que buscamos ya está ahí y no nos decidimos a cogerlo porque en realidad no queremos solucionar nuestros problemas… Nos aferramos al conflicto porque aprendimos a vivir en él y nos asusta ser libres, como si viviéramos en un acuario y siempre soñáramos con regresar al mar, pero llegado el momento nos asustara su inmensidad.

Nos pasamos los días recibiendo mensajes que ignoramos porque nos parecen locuras o barbaridades. Nosotros mismos enviamos mensajes y soluciones a otros sin apenas saberlo como un legado que vamos compartiendo que no para jamás y que no sabemos ver. Imaginamos finales felices que luego en realidad no queremos asumir, porque nos da miedo que todo salga bien, por si eso supone una responsabilidad extra o nos encontramos viviendo una vida tan plena de la que no sería comprensible escapar. A veces, ser felices nos asusta porque estropea nuestros maravillosos planes para seguir sufriendo, porque nos parece que somos tan indignos de ello que si rozamos la felicidad, tendremos a cambio un grave castigo por tanta osadía…

No somos conscientes del poder que tenemos porque nos asusta ese poder. Porque ejercerlo supone saber que nuestro destino se compone a cada instante de nuestros pensamientos y no creemos que vayamos a estar a la altura de ello con nuestra actitud. Porque dejar de preocuparse es como soltar la carga pesada y descubrir que a partir de ahora ya no tendrás excusa para no caminar ligero… Y que serás responsable de tu camino… Y que decidirás tu futuro a cada paso… Y eso para el pez acostumbrado a la pecera diminuta es demasiado grande como para poder abarcarlo con la imaginación… La libertad es un lastre enorme para quién tiene miedo a soltar el verdadero lastre de su dependencia. La felicidad es a veces una mala pasada para el que ya se acostumbró a ser infeliz y se había buscado todas las coartadas para no temer que intentar conseguirla…

No somos conscientes de nuestra innata capacidad para volar… De nuestra inmensa suerte de estar aquí y ahora pensando qué soñar y a dónde dirigirnos… De nuestra fortuna para encontrar el hilo de la cometa que nos marca el camino a lo que buscamos. De todas la veces que hemos vuelto a despertar… De ver en unos ojos una mirada que nos dé el aliento que necesitamos para seguir en este día gris cubierto de paraguas. No sabemos cuántas vidas cambiamos con un gracias, un lo siento, un risa o un rato de escucha ante un café. Nunca llegaremos a saber cuántas veces sin querer hemos roto esperanzas o abierto caminos con alguno de nuestros gestos… Y siempre es para bien, porque  a menudo cuando hemos dicho no, hemos obligado a llamar a otras puertas y explorar otras realidades y cuando hemos dicho sí, hemos dibujado un nuevo camino donde antes sólo había una hoja en blanco. A veces, el que rompe el corazón te  despierta del sueño en el que creías que necesitabas un amor a medias para que sepas que mereces uno entero… 

No lo sabemos, pero nos pasamos la vida haciendo magia y creando nuevas realidades. Por eso, cada pequeño detalle cuenta. Cada momento cuenta. Cada persona cuenta… Todo está en constante transformación. Todo está pendiente de un pensamiento, de una emoción, de una decisión…  La revolución que tienes pendiente en tu vida se está gestando ahora. El milagro que esperas está en la incubadora esperando a que lo elijas. Todo cambia en un instante. Todo es presente. Todo es ahora…


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El mundo está a salvo sin mí…


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Pensé que era porque podía con todo, porque estaba rota y así me pegaba, porque llevaba una culpa y así la expiaba, porque mi carga se haría ligera… Pensé que le debía algo al mundo por mi dolor y me puse la máscara… Hay personas que se ponen una máscara que sonríe, la mía era una máscara de persona triste y enfadada, de persona que sale de casa por la mañana sin esperar nada bueno y regresa por la noche con la certeza absoluta de que tenía razón… La injusticia me abrasaba… Amaba tener razón, me calmaba, pero en realidad era  una necesidad insaciable de moderme la cola. Mecía mi rabia contenida de persona que sufre mucho por todo y nunca consigue nada… Nunca la acumulaba, siempre la soltaba a ráfagas de locura, de delirio, de llanto sin consuelo que se rompe en dos y se ahoga en una tarde triste, en una mañana de sol perdida pensando que todo es injusto, que todo está escrito y que no hay salida… Seguramente porque cree que no le toca, que no lo merece, que todavía no ha sufrido suficiente.

Pensaba que los que están seguros de sí mismos no dudan jamás… Qué equivocada estaba… Dudan y mucho, siempre. Nunca saben nada y siempre se hacen muchas preguntas nuevas, pero confían. No saben cómo, pero saben qué. Se dejan llevar y se mecen en la vida, notan que están, saben que todo es posible aunque ignoran a veces por qué… Saben que podrán, no porque sean mejores que nadie sino porque no se boicotean ni rebajan, porque están de su parte y confían en la vida… Porque creen que llegado el momento sabrán por dónde ir, porque una magia extraña les señala el camino. Y sobre todo porque disfrutan durante el viaje, siempre. Pase lo que pase. Si llueve, aman la lluvia. Si hace sol, lo besan. Si hay nubes blancas en el cielo, las cogen entre los dedos y las acarician. Por eso, saben que todo irá bien, porque ya va bien, porque el futuro que buscan pasa por el presente que aman sea como sea.  Y yo no lo veía porque mi máscara era muy opaca y pesada y me enfadaba con ellos porque eran felices… Detestaba su felicidad porque era la muestra más evidente de mi tristeza… Porque nada parecía costarles esfuerzo mientras yo me partía el alma cavando para encontrar sueños perdidos y subía montañas cada día… Porque necesitaba ser perfecta y la vida me pagaba con absoluta imperfección... Porque nunca te llega lo que crees que necesitas sino lo que necesitas para crecer, para descubrir quién eres…

Iba atada a una caja enorme llena de amargura, de lágrimas, de asco, de miedos por todo, sin ningún sentido… Miedos antiguos, miedos de niña rota que no abría el armario porque pensaba que los monstruos dormían allí y no se vestía… El miedo del que todavía no ha descubierto su magia y mira la magia de los demás con recelo. El del sabio que tiene tantas dudas que admira al ignorante que no duda de nada… El miedo de intentarlo y descubrir que es posible y tener que asumir que la responsabilidad es tuya a partir de ese momento. Me arrastraba, me arrastraba tanto que una estela de mí quedaba pegada al suelo y marcaba el camino de mi dolor, de mi desencanto, de mi decepción… Era una tortuga cansada de ir lenta y no llegar porque todo el peso del mundo recae en su espalda dolorida… Sin más hogar que su caparazón duro y oscuro… Sin más temor que perder esa carga pesada que debía llevar a alguna parte para no sé qué hacer y no sé qué conseguir. Intentando acumular méritos por si algún día los reparten, ignorando que lo que cuenta es el presente y ningún sufrimiento trae premios ni medallas sin cada gesto que haces por conseguir lo que quieres no sale del amor sino del miedo… La única recompensa del sufrimiento es más sufrimiento. El amor no necesita recompensa porque ya es un premio. Si damos cada paso con amor, ya estamos consiguiendo lo que deseamos, ya no necesitamos llegar a la meta para ser felices.

Yo tenía que hacerlo todo, salvar al mundo, tirar el carro, llevar la carga… Plantaba semillas que crecían en el campo de al lado, donde ellos bailaban y reían y yo les miraba cansada y resentida, con mi máscara de persona enfadada que no soporta las personas felices que recoge frutos sin tener que sufrir… Hasta que un día no pude más y me senté a contemplar. Estaba tan agotada que apenas tenía ganas de seguir peleando… Pelear no servía de nada… Estaba claro, lo vi muy claro… La guerrera que hay en mí había perdido la batalla… Me tuve que quitar la máscara para mirar y oler, y tocar, y respirar… Y estuve perdida mirando, sintiendo, callando, dejando de gritar y llorar, de quejarme, de arrancarme la ropa para lamentarme, de maldecir y perjurar… Y me quedé dormida, en silencio, con la sola compañía de las sombras y mis prejuicios, con la nana de mis lamentos, con el manto de mis lágrimas y un par de estrellas que brillaban tanto que parecían meterse conmigo y llamarme loca, llamarme perdedora… La vocecilla insaciable de mi ego me decía que me insultaban, pero en realidad estaban allí para que me diera cuenta de que se puede estar sin sufrir, que se puede brillar sin sufrir… Siendo, estando contigo, en coherencia absoluta con tus valores, haciendo lo que sientes que debes desde tu ser, con ganas, con amor, sin desesperación ni angustia… Apenas pude enfadarme con ellas, ni conmigo por haber cedido, por no llegar, por haberme quitado la máscara que me protegía de que se me contagiara la alegría y dejara de luchar y buscar la perfección…

Y cuando desperté de mi sueño de perdedora, cuando mis ojos cansados se abrieron de par en par, todo era paz, belleza, equilibrio… Todo estaba a salvo sin mí, el mundo era un lugar maravilloso sin mi dolor y sacrificio, todo se tenía en pie sin que yo lo sujetara, sin sufrir ni arrastrar… Y en mi campo unos brotes diminutos apuntaban lo que iba a ser un manto de flores precioso… Eran flores perfectas… Lo había conseguido casi sin hacer nada más que estar, que sentir, que dejar de quejarme, sin máscara, sin gritos, sin miedos… Lo había conseguido aprendiendo a esperar sin maldecir… Porque los sueños necesitan trabajo pero no sufrimiento, necesitan camino y paciencia, necesitan ganas y amor a cada paso y a cada momento… Necesitan risa y sobre todo, esencia… Necesitan que persistas, que insistas sin atisbo de temor, que sepas cuándo seguir y cuándo parar, que notes si el sueño compensa, que aceptes que a veces no está… Que encuentres tu casa, que te busques a ti mismo… Que cambies de mirada sin moverte de sitio... Que sueltes la carga y aflojes un poco. Que dejes de soñar con controlar lo incontrolable y respires un rato sin pensar.

Me he dado cuenta de que el gran cambio está en tu mirada, en aprender a ver lo que no ves y plantearte lo que no te planteas… Despojarte de lo que te sobra, quedarte desnudo, sin máscara y empezar de nuevo asumiendo que no sabes nada, sin dar nada por hecho… Aprendiendo de nuevo las palabras, los gestos… Mirándolo todo con ojos inocentes, inexpertos, sin pensar tanto, sin anticiparse a nada… Sin permitir que lo que piensas del mundo estropee todo lo que el mundo puede ofrecerte y lo que tú puedes aportar. Sin perderte una buena charla por un prejuicio, sin buscar una explicación para todo y una meta en cada camino… Amando cada paso, notando cada roce, perdiéndose en cada respiración.

El gran cambio es una mirada distinta… Darse cuenta de que el mundo no necesita que lo empujes y lo arrastres sino que vivas en él con ganas, que no tienes que llevar su peso sino habitarlo con respeto y con sentido… Que no vas a controlarlo ni salvarlo sufriendo y llorando por él sino amándolo y aportando lo que tú eres, lo que tú sabes, lo que tu amas… El gran cambio es dejar de preocuparse y hacer tu camino… 


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Humildemente…


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Estamos tan acostumbrados a escondernos por miedo, que a veces, al tomar decisiones no sabes si lo hace tu yo valiente o tu yo asustado…

No sabes si te pasas preparándote porque estás preocupado por la consecuencias y el qué dirán o realmente respondes a tu intuición que te dice que no te metas en según que embrollo.

El miedo te atrofia tanto las ganas y la capacidad de ser tú,  que cuando decides mostrarte y comerte el mundo sin pensar qué dirán, a veces te pasas de osado…

Y yo defiendo la osadía, siempre… Casi siempre… Lo que pasa es que a veces la línea entre amarte y decirle al mundo “esta soy yo, valgo tanto como cualquiera” o “esta soy yo, más chula que nadie” es delgada… En ocasiones incluso, puede parecer que estás diciendo lo segundo cuando en realidad es lo primero. Por eso las formas y los gestos son importantes… Abrazar la humildad de que vales mucho, tanto como quieras o decidas que estás dispuesto a conseguir, pero saber que eso no te hace mejor que nadie.

No eres mejor que el que sólo sueña o pasa la vida arañando sueños ajenos.

Ni que el que no se atreve.

No sabemos qué hay en cada corazón como para juzgarlo.

A veces, yendo por el mundo (mi mundo, porque uno siempre viaja por su mundo aunque llegue a las antípodas, ya que lo vemos a través de nuestros ojos y experiencia) he visto personas que sonríen y llevan a cuestas historias muy amargas. Y personas muy tristes que no han sabido aún vivir esa tristeza sin que les desborde y acabe ahogando. No somos mejores… No sabemos qué haríamos si lleváramos sus camisas o nos metiéramos en sus vidas un rato… No sabemos si alguien les enseñó alguna vez a quererse y no han podido encontrar la forma de darse cuenta… No sabemos si sus miedos son aún más grandes que sus sueños… No conocemos sus fantasmas ni sus rituales diarios para hacerlos desaparecer…

Criticamos a otros porque topan con un muro cuando nosotros nos encerramos entre la paredes del resentimiento.

Juzgamos al que no puede ver que al que no sabe escuchar o al que ni siquiera lo intenta. Juzgamos, criticamos, siempre… Sin parar, como si lanzar la rabia acumulada nos librara de nuestra amargura. Y no somos nadie para decidir qué son o qué merecen… Ya tenemos suficiente descubriéndonos a nosotros mismos como para meternos en sus vidas y gestionarlas. Si a veces, nos quedamos paralizados porque no creemos merecer nada bueno o no nos amamos lo suficiente… ¿Qué lecciones vamos a dar?

Miramos al mundo con nuestros ojos olvidando que nuestros sentidos nos engañan. Que hay mil realidades en cada gota de agua, mil historias en cada lágrima o pensamiento.

Nosotros también fuimos educados para mirar así. Juzgamos sin medir, sin saber, sin comprender… Condenamos en los demás aquello que hay en nosotros, aquello en lo que nos asusta convertirnos… Como si señalando con el dedo hiciéramos una ceremonia para alejarlo, cuando es justo todo lo contrario… Sólo constatamos que nos asusta y nos precipitamos hacia ello si no somos capaces de reconocerlo y dejar de mirar hacia otro lado en lugar de poner la vista en nosotros.

Nos dijeron lo que era justo y usamos esa vara de medir para todo… Y hay otras. Algunas nos parecerán injustas, otras tal vez no las lleguemos a conocer porque no abrimos la mente…

Todos tenemos derecho a ir a contracorriente y defender nuestros puntos de vista. Nadie debe parecerse a nadie, no es saludable y no aporta nada.

Es maravilloso tener las ideas claras y la esencia intacta. Es genial vivir en coherencia con tus valores y forma de ver la vida… Mata más personas la incoherencia que el colesterol… Aunque seguro que de alguna forma están relacionados, la vida a veces es ironía pura y nuestro cuerpo se va esculpiendo en base a lo que hacemos y sentimos.

Sin embargo, ser coherentes con nosotros mismos, no implica que otros que no hacen lo que nosotros pensamos que está bien, sean incoherentes… Significa que tienen otro mundo, otra forma de ver…

Tal vez no hacen bien, hacen daño… Tal vez nos lo hacen a nosotros y tenemos el derecho a decir que no y el deber humano de no permitirlo. Y después de eso, la sana opción de disculpar y entender que tal vez no saben más, no entienden… Y no hacerlo como perdonando desde un pedestal a un ser inferior sino desde la convicción de que no todos nacemos desde la misma posición de salida y muchos no pueden adelantar hasta donde se les permite ver con claridad…

O tal vez seamos nosotros los equivocados, los que no vemos.

Es saludable pensar de vez en cuando que quizás nos equivocamos y poner en revisión lo que pensamos que es sólido, porque la vida da muchas vueltas y cada vez la realidad es más líquida y cambiante…

No ha de darnos miedo cuestionar nuestros dogmas. Es la única forma de ponernos y ponerlos a prueba y descubrir que son verdaderamente nuestros… Vivimos con tantas creencias prestadas que nos limitan que a veces morimos por defender algo que ni tan solo nos hemos preguntado si es cierto y no creemos.

¿Cuántas personas enferman por trabajar tanto para otros que ni siquiera saben agradecer porque creen que parar y descansar un poco les hace parecer débiles, poco eficientes, irresponsables?

Y eso es porque les han educado para sufrir y necesitar ser perfectos. Cuando hacer lo mismo pero con la moderación necesaria y poniendo pasión en lugar de sufrimiento les llevaría a estar más sanos y sentirse más realizados…

¿Cuántas personas se quedan por el camino dándolo todo por el sueño de otros?

Vamos heredando de generación en generación esas creencias, de padres a hijos, os rodean, nos invaden, nos muestran el mundo desde una mirilla, desde un embudo, desde la visión de un túnel que sólo ve el final y deja aparte la visión del camino…

Hay muchas formas de llegar y no solo la nuestra es válida.

Hay muchas formas de mirar al mundo que no son con nuestros ojos ni prejuicios.

Si de vez en cuando, al tomar decisiones o hacer juicios podemos hacernos preguntas e indagar el por qué sin actuar como autómatas, tal vez descubramos que hay mucho por aprender y mucho en nosotros que no es nuestro…

Tal vez no sea malo ni bueno, eso son parámetros primitivos aún por desarrollar. Preguntarnos si decidimos desde el amor a nosotros mismo o la vida o desde el miedo a qué pasará si lo hacemos de otra forma…

Lo que realmente importa es descubrir si nos define o si nos hace sentir bien. Si va con nosotros. Si es lo que queremos transmitir… Si se ajusta a nuestro modelo de vida…

Y arrancar lo que no nos resuena dentro para poder mirar al mundo con los ojos desnudos y descubrir cosas nuevas…

Y tal vez el que está a nuestro lado con cara triste pueda hacer lo mismo o sepamos verle de otra forma y encontrar los matices que le hacen único…

Desde el respeto que se merece… Con la humildad que nos hace grandes… Seamos capaces de comprender que en este mundo hay otros mundos que no son el nuestro… 

 


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Renunciar a ti


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He oído mil veces eso de que si quieres puedes. Que cuando te propones llegar y te comprometes contigo mismo, lo consigues. La verdad es que nos hace falta confianza, creer en nuestra capacidad para poder alcanzar nuestras metas. Sabemos que cuando creemos, creamos, pero abandonamos el barco a la primera… O nos lamentamos porque no nos lleva a dónde queremos cuando no sabemos en qué dirección navegamos o estamos tomando el timón con las manos flojas…  Nos han dicho que todo aquello que se materializa, antes estuvo en la mente de alguien. Porque cuando imaginas que algo es posible, ya haces que exista. Sin embargo, nos llenamos la cabeza de todo lo que no queremos y nos inventamos todas las tragedias posibles en lugar de pasarnos la mitad del día en ese otro mundo que estamos creando en el que ya tocamos lo que deseamos… Queremos ser otras personas pero nos llenamos la agenda de actividades que ya no nos sirven y la vida de quejas que nos arrastran al pasado…

Muchas personas lo consiguen. Y cuándo te preguntas por qué, te das cuenta de que es porque esas personas han hecho un trabajo muy intenso con ellas mismas. Porque se han sumergido en su nueva realidad sin perder el suelo que pisan como referente, pero sin olvidar a dónde van y qué equipaje les sirve para llegar allí… Y lo que no les sirve, lo sueltan, se lo arrancan, lo dejan a un lado y siguen caminando… Lo hacen posible …No sólo porque cada día al levantarse han puesto en marcha mil acciones encaminadas a sus sueños y objetivos, sino porque han cambiado primero su mundo interior. Actuar es indispensable, pero para que sea útil esa acción, es necesario hacerla desde la actitud que te lleva a ser tú mismo. Si la actitud es adecuada, en el fondo, da igual qué hagas, porque tendrás tu recompensa e incluso los errores serán aciertos y te permitirán aprender para rectificar…

Cuánto más vueltas le doy, más lo veo, el secreto está en sentir lo que haces y vibrar con ello. Convertirte en uno con tu sueño y llevarlo contigo. Si primero no te conviertes en la persona que realmente eres. Sería como llegar disfrazado a la meta. Y para hacerlo, ahí llega la complicación de verdad, a veces es necesario renegar un poco de tu mundo y de lo que has sido tú hasta entonces. Desertar del mapa de tu vida que has conocido hasta el momento presente… Cuestionarlo todo, por si algo sobre lo que basas tus pasos, resulta que ya no te sirve. Y ese “renegar” no es con dolor sino con cariño, sabiendo tomar lo hermoso y lo bueno pero cuestionando cada paso y cada creencia. Sin miedo o sin dejar que el miedo se te trague las alas o ponga freno a tus acciones. Cuestionarlo todo no es perderlo todo, es descubrir que no todo lo que creías que era sagrado es real para ti, que no todo lo que pensabas era cierto era incuestionable… Porque lo que realmente forma parte de lo que somos, seguro que permanece después de este zarandeo…

Cuando somos niños nuestro mapa es inmenso, ilimitado, un lienzo desnudo que no se acaba nunca y que no se recorta por nada. Sin embargo, cada vez que escribimos sobre él ideas prestadas o ideas propias basadas en los prejuicios de alguien se va haciendo pequeño. Cada vez que nos dicen que algo no es posible y nos lo creemos, hay un camino que se borra en nuestro mapa. Cada vez que pensamos que no podemos, seguramente influidos por esta presión social que nos lleva a ponernos etiquetas y catalogarnos, nuestro mapa se transforma. Cada vez que nos conformamos con un atajo, el camino principal se corta… Cuando dejamos de imaginar, cuando dejamos de creer que podemos llegar a ser nuestra mejor versión, el héroe que llevamos dentro, se vuelve un poco mediocre y pierde poder.

Y pasados los años, seguimos sujetos a ese mapa recortado. No lo vemos, no vemos sus dimensiones porque nos hemos acostumbrado a vivir en él, como el que se acostumbra a vivir en la penumbra y cree que el sol es un resquicio de luz que se cuela bajo la puerta… Vivimos en una caja e interpretamos la realidad que creemos conocer a partir de lo que pensamos que sabemos. De lo que nos han dicho, de lo que a muchos les interesa que creamos para que no digamos nada o no estorbemos… Es casi como si creyéramos que el mundo se acaba detrás de las montañas que nos rodean porque nunca hemos puesto un pie más allá… Hace mil años, la visión que había del mundo era más remota, más pequeña… Más allá de los mares, la gente imaginaba monstruos terribles y temía ir a explorar… El miedo nos achica el mapa y nos achica  la vida.

Nuestro mapa de la vida afecta a todo. A veces, nos creemos que sólo nos podemos permitir viajar hasta la esquina. Nos creemos que el amor es una relación tóxica en la que otra persona nos dice qué vestir y qué sentir y nos castiga si no lo hacemos. Nos pensamos que es mejor un trabajo seguro (de eso no queda ya) aguantando vejaciones que la incertidumbre de luchar por convertirnos en lo que realmente somos…

Tu mapa delimita tu vida. Tus sentidos delimitan tu mapa… No crees si no ves, si no tocas, si no hueles…  Aunque tus sentidos te engañan a veces. Hay tantas cosas maravillosas que no se pueden acariciar, pero están ahí, esperando a ser descubiertas… Como las costas de un país hermoso donde se supone que viven esos monstruos terribles que según nuestros ancestros colmaban los mares… ¿Te conformas con esta versión de la vida?

Nuestros sentidos mienten. Nuestras palabras se quedan cortas… Nos quedamos en la superficie… Hemos recibido un regalo maravilloso y sólo vemos el papel que lo envuelve… Nos creemos limitados porque nos lo han dicho, cuando en realidad podemos ser tan grandes como alcancen nuestros pensamientos.

Y sólo aquellas personas que son capaces de borrar su mapa y empezarlo de nuevo consiguen llegar a tocar sus sueños. Los que son capaces de romper con todo lo que nos les deja ser ellos mismos, aunque duela. Los que se miran y ya ven a esa persona que llevan dentro, como los niños que se ponen un disfraz y durante un rato cambian su mundo y viven dentro del personaje, sin que nada les perturbe, sin derrotas ni fisuras…

El camino no es fácil. Requiere un trabajo interior duro  y maravilloso. Consiste en creer y confiar, en quererse tanto que ello implique no desfallecer hasta encontrar las respuestas… Es un trabajo de compromiso y tenacidad que te lleva a lugares imprevistos…

Para rehacer el mapa hay que cuestionárselo todo. No basta con pequeños retoques estéticos que nos hagan sentir casi bien y nos hagan creer que hemos cambiado. Hablo de dejar la compañía si esa compañía te hace sentir triste. Hablo de cambiar de casa si en esa casa te empequeñeces al entrar. Hablo de plantarse y dejar la rutina que se te come la conciencia. Y todo eso, sin dejar de hurgar en ti para que, además de dejarlo externamente, seamos capaces de madurarlo por dentro y conseguir que no nos afecte.

Hablo de voluntad para ser tú mismo en un mundo que te pide que seas como todos los demás. Porque los que consiguen ser ellos mismos, siempre hay un día en el que primero renuncian a encajar, a meterse en un molde y dejarse llevar.

Si quieres ser tú mismo, no sólo debes estar dispuesto a renunciar a la comodidad de vivir con el piloto automático, sino a arrancar todas las barandillas en las que te sujetabas hasta ahora para tener una falsa sensación de seguridad.  Si quieres ser tú, tienes aceptar que sólo vas a poder agarrarte a ti mismo y darte cuenta de que esa siempre es la mejor opción… De reaprenderlo todo y darte cuenta de que tal vez lo que crees hasta ahora que es tu realidad es sólo un placebo para seguir y no arriesgar.

Requiere dejar la fuerza, esa fuerza física que levanta pesas (que no está mal)  por conseguir el poder, no ese que te lleva a dominar el mundo sino el que mueve montañas. Porque si empiezas este camino vas a tener que decir que no a muchas cosas a las que te han acostumbrado a decir que sí. Y cuando lo hagas, una parte de ti, educada para resignarse, se rebelará y te hará sentir culpable…

Aunque la culpa es algo estéril que no crea nada, tan sólo nos daña y nos hace retroceder. Por tanto, cuando no te sientas culpable de llevarle la contraria al mundo, piensa que en realidad eres responsable de de darte una oportunidad a ti.

Y cuando todo el mundo opine distinto a ti y la vocecita que te inculcaron de niño para protegerte te diga “estás loco, vas a hacer el ridículo, te señalarán con el dedo” debes preguntarte si deseas pasar la vida obedeciendo a los que te piden que tengas miedo de todo… O si deseas vivir amando lo que haces y lo que eres.

Y al final, llega una gran prueba. Es dura, la verdad, pero el resultado de superarla tiene  el gran premio, el regalo más grande jamás soñado.

Vas a tener que renunciar a ti para llegar a ser tú.

Suena raro, lo sé, pero no creo que haya muchas más cosas con más sentido.

Para que tu mapa está limpio de nuevo, sin recortes, sin prejuicios ni límites, vas a tener que vaciarte de tú primero. Vas a tener que arrancar de ti aquello que te limita. Darte cuenta de que tal vez no conoces quién eres porque tampoco te has visto aún con todo tu potencial… Mirarte sin acogerte a esa idea que tienes ya establecida de ti mismo y dejarte sorprender por ese ser enorme que tienes dentro aguardando salir…

Vas a tener que mirarte sin juzgarte. Con los ojos del amor y no del miedo.

Sólo de esa forma podrás saber que eres realmente tú.

Porque has dejado atrás esa versión tuya recortada y mutilada. Porque notas que mereces lo mejor y estás dispuesto a aceptarlo y recibirlo.

Y ahora, tal vez, te sea difícil definirte porque, las palabras con la que lo hacías se quedan cortas y escasas… Ni tú imaginas hasta dónde puedes llegar porque no hay nada que te frene, ni siquiera tú mismo. Vuelves a empezar, esta vez, sin limitarte…

Y además, no sólo te verás de ese modo a ti, sino al mundo y a las personas que se acerquen a ti. Cuando consigues renunciar a la máscara que llevas puesta y muestras tu verdadero rostro, el mundo cambia… 

No eres un héroe por lo consigues, eres un héroe por lo que sientes, por lo que haces, por lo que eres capaz de dejar atrás…

Ese es el gran regalo. Tú. El de verdad…