merceroura

la rebelión de las palabras


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Suplicando lluvia…


Siempre esperando… Y no es nunca el momento. Hoy porque es ya tarde. Mañana porque el sol brilla con demasiada intensidad. De día porque hay mucha gente. De noche porque tienes sueño.

Y en la vida nunca te pasa nada, porque no haces nada para que te pase.

Caminas en circuito cerrado. Respiras aire viciado. Comes lo mismo al mismo ritmo, el mismo día de la semana y mientras pruebas ese sabor conocido piensas lo mismo y llegas las mismas conclusiones. Te tragas los mismos problemas y te haces las mismas preguntas para llegar a las mismas respuestas. Notas la misma punzada en el pecho que te dice que retrasas el reloj de tu vida pero que tú decides interpretar como “estoy cansada”. Siempre a la misma hora, tras el mismo gesto, después de mirar las mismas caras y esperar que algo nuevo pase y te salve del recorrido que te espera, que es el mismo de siempre. Te sientes minúscula, remota, aislada.

Y sueñas que cae un rayo y que diluvia y el camino se inunda y tienes que tomar un camino distinto y juegas a imaginar qué pasa entonces y quién se cruza a tu paso… Esperas que la naturaleza haga lo que tú no te crees capaz de hacer… Cambiar de recorrido, de pensamientos, de rostro, de mirada… Romper con una rutina que te atraganta y te bloquea el alma. Encontrar un rostro nuevo que te diga lo que nunca has escuchado y que su voz te transporte a un lugar que nunca has conocido para sentir algo que jamás has sentido.

Y el rayo no cae, el sol dibuja sus sombras por el camino de siempre y sueñas lo mismo, sueñas que sueñas y que te atreves, que das la vuelta y todo cambia. Que pasa algo inesperado, que te cruzas con tu destino y te pone buena cara. Que cuando pasa a tu lado, te roza la blusa y te sonríe, mientras esbozas tu cara de sorpresa y te sientes especial e inmensa. De una inmensidad encapsulada porque todo es ficticio y nada de eso pasa, nada se nota ni te cala el vestido de siempre.

Sueñas que puedes. Que rompes. Que rasgas. Que puedes arañar un poco esa capa de monotonía que cubre tu entorno y circunda tu vida un metro y medio y hace que nunca pase nada, nada de eso que quieres que pase… Eso que ni siquiera te atreves a nombrar porque no quieres admitir… Porque si entonces no podrías soportar que no tocarlo, no verlo, no olerlo… Sueñas que tienes agallas, que tienes ganas, que te sueltas  y caes rondando sin importar a dónde…

Sueñas que bailas. Sueñas que tu rostro se inunda de carcajadas. Sueñas que arrasas. Que dices lo que piensas y siempre callas… Sueñas que ya nunca más te quedarás quieta esperando que pase lo que deseas.

Aunque sigues andando por tu calle de siempre devorando los minutos y sigue sin pasar nada, porque tú no haces eso que deseas, no te mueves. Porque llevas años, siglos sin moverte más de lo puramente necesario para compensar la gravedad y el asco. Y el rayo no cae, no llega la tormenta, no te lleva la corriente y sigues estancada.

Siempre esperando algo que nunca llega y nunca cambia nada. El camino se hace estrecho y tu cabeza da vueltas a las mismas ideas con las mismas palabras. Posas tus ojos en las mismas flores, reposas tus pies en las mismas baldosas donde las mismas bailarinas burlonas de siempre dibujan extrañas figuras y se ríen en tu cara…

Asqueada de tanta cordura, de tanta moderación y cautela… Harta de una sensatez sin substancia, sin sabor, sin placer ni alma.

Eternamente cansada de estar cansada.

Eternamente triste de estar triste.

Eternamente rota por estar siempre rota.

Eternamente prudente y casi desquiciada.

Eternamente decepcionada. Con la vida y contigo misma por no hacer nada, por no cambiar en nada. Por ser incapaz de llevar la contraria y pedir. Por no dejar de ceder. Por no amar como mereces. Por no negarte a llevar la carga… Por no cerrar esa puerta que hace tiempo que debiste dejar de cruzar. Por no decir no, por estar en silencio sin levantar la voz ni ser capaz de reclamar el pedazo de alegría que te corresponde.

Eternamente frustrada por no saber equivocarte, por no atreverte a saltar y no tener el valor de quedarte a la segunda parte de nada, por no tener valor de tomar el atajo o surcar el lado desconocido de tu vida insulsa.

Eternamente condenada a no cambiar, a no brillar, a no destacar, a no sorprender, a no ser origen ni destino de nada,  a no crear ni modificar, a no escandalizar… Escondida, recóndita, enclaustrada en tu propia cabeza y en tu mínima capacidad por quebrantar las normas que te atan.

Eternamente asqueada porque el rayo no cae y no hay excusa  que te salve de la amargura acumulada… Y te sientes incapaz de fabricarla. Suplicando que llueva… Y que la lluvia te cubra y arrastre a dónde deseas ir. Anhelando que el diluvio te lleve donde tu cobardía y tu escasa osadía no te dejan…


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Vidas ajenas


Lo que cuenta es si has aprendido lo que importa, después de entretenerte en lo superfluo mientras intentabas no ser tú porque no te gustabas. Si tras varios intentos de ser tú mismo, has decidido que la única persona con la que compites eres tú siempre y crees que vale la pena arriesgarse a vivir sin pedir permiso.

Si cuando te acuestas a dormir y repasas mentalmente tu día, eres capaz de decirte que no eres perfecto, pero sin reprocharte no serlo ni castigarte por ello. Si te reconoces los límites pero no para echarte atrás, sino para saber por dónde atajar mañana y superar tu infinito.

Porque aquella época en la que sólo te habías cubierto de una capa de optimismo fingido e ibas repitiendo frases aprendidas y pensadas por otros porque quedaban bien ya ha terminado y ahora te parece estúpida. Porque estás más que harto de leer fórmulas para conseguir el cielo del éxito social que no tienen nada que ver con tu forma de sentir el mundo.

Lo que cuenta es que te conozcas. Que sepas cuándo te retraes y te aprendas todas las excusas que pones para no intentarlo para reconocerlas y no caer en ellas.

Si cuando el sol se pone, sabes que has dado un paso más para no tener que avergonzarte de ti mismo, es que has recorrido ya un largo camino. Si te das cuenta de que nunca te podrás avergonzar de tu esencia ni tus valores, que no puedes hacer nada que merezca que te humilles a ti mismo desaprobándote… Entonces es que has dejado de andar  y ya vuelas.

Hay prejuicios que se te pasan leyendo libros, surcando mares y buscando personas inteligentes que te lleven la contraria. Otros, los llevas escritos desde hace mucho tiempo en una memoria de niño asustado y están tan grabados a fuego que para arrancarlos hay que zarandear tu vida entera. Para estos, de nada sirve lo que opine el mundo, debes ser tú quién lidie con esa fiera interior que te va a presentar batalla para que nada cambie…

Lo que cuenta es que te enteres ya de una vez de que necesitas ese zarandeo si no quieres continuar dormitando en lugar de vivir y tomando migajas de vida en lugar de devorarla.

Y que cuando lo sepas, no te arrugues. Aunque eso suponga levantar la vista y admitir que algunas de las cosas que has defendido no eran defendibles y tengas que decir que no a muchas personas que cuando te miran te seducen para que aceptes cuando no quieres.

Lo importante es que una vez tengas claro que tu vida tiene que dar la vuelta, el miedo que te recorre el cuerpo no te paralice. Que no huyas y te escondas en ese uniforme gris de persona convencional que tienes en el armario para cuando crees que corres el riesgo de dar la nota, hacer el ridículo o destacar en algo. Que no temas a tu brillo ni lo ocultes nunca. Que sepas usar tu miedo como energía para tomar impulso. Que aunque mil personas te digan que te equivocas, seas capaz de llevar a cabo tus deseos.

Porque ninguno de ellos va a vivir tu vida, ni se pondrá tus zapatos cuando aprieten. Ninguno cargará tu peso, ni llorará tus lágrimas cuando te despiertes a media noche y sepas que no estás en la piel que sueñas… Ninguno se comerá tu soledad cuando te encuentres tan aislado de lo que quieres que te sientas vacío…

Ninguno de ellos se levantará para ir a tu lugar de trabajo ni arrastrará por ti la cara agria que se te dibuja cuando no vives cómo quieres y no amas lo que haces a cada momento.

Ninguno se tomará tus pastillas para la ansiedad cuando no puedas soportarlo, ni andará tu camino cuando estés cansado. Sus normas no son para vivir tu vida, son para vivir la suya. Sus sueños no son los tuyos. Tus emociones no están en su pecho batiéndose en duelo con tu cabeza, que a veces, por miedo, echa mano de los refranes más absurdos para frenarte.

Lo que importa es que decidas, aunque decidir duela tanto que quedes roto y agotado. Porque serán tu dolor y tu cansancio y no el dolor y el cansancio ajenos los que dicten tu ruta.

Lo que cuenta es que sepas quién eres y no te traiciones. Ni por una cara bonita, ni por una vida cómoda, ni por una promesa de amor a medias, ni un paseo en la avenida donde todo se compra o se vende si vas sobrado de adrenalina o tienes el ego tan hinchado que cuando te cuestionan, explotas.

Lo que cuenta es ser tú. Hecho pedazos, tal vez. Con los ojos inundados y enrojecidos y el corazón escarchado de tantas derrotas. Con las manos vacías y ansiosas por llenarse. Con los zapatos rotos de tanto andar buscando destinos asequibles y esperando un reto enorme que no llega, porque no eres capaz de verlo.

Digan lo que digan, tú eres lo que cuenta. Mejor tus derrotas que las victorias de otros. Mejor tus sueños imposibles que los sueños facilones de aquellos que te piden que cedas y te resignes. Mejor conocer tus penas y superarlas que amoldarse a las alegrías que colman otras vidas.

Mejor tu pasión más ahogada y callada que ninguno de los deseos que evocan otros en las redes sociales…

Mejor un minuto de ti mismo que una eternidad viviendo una vida ajena.


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Lista de tareas pendientes para personas casi felices


Por los que en este momento mueren, estamos obligados a amar la vida.

Por los que no pueden caminar, debemos correr y subir montañas.

Por los que no saben querer, debemos amar sin más condición que el respeto ni más límite que la conciencia.

Amemos hasta poder volar, hasta no poder parar de sonreír, hasta no poder disimular que amamos tanto…

Porque hay quién sólo ve noche incluso cuando no hay noche, hagamos que nos pertenezca este día…

Porque hay muchos que sólo saben gritar, usemos con precaución las palabras y consigamos mejorar el mundo con ellas.

Empecemos de nuevo, por los que nunca terminan nada.

Riamos por los que siempre lloran, tengan o no tengan razones.

Busquemos motivos por los que siempre ponen excusas.

Bailemos por quién no siente la música y no nota sus pies.

Caigamos por quién nunca se arriesga a saltar, ni a dar un paso en falso.

Por los que sólo ven con sus ojos, notemos la magia.

Rompamos las normas por los que viven tan sujetos a ellos que casi no viven.

Por los que nos ponen etiquetas, cambiemos de máscara y de estrategia y dejémoslos mudos.

Comprometámonos por aquellos que nunca han dado palabra…

Por los que esperan que faltemos, sentémonos en primera fila.

Cantemos por los que no tienen voz o no saben utilizarla.

Por los que no saben ser felices, reventemos de dicha y hagamos locuras.

Amémonos, sin medirnos ni juzgarnos por no ser o no tener, por aquellos que se miran al espejo y no saben o creen que no pueden.

Tendamos la mano a los que son incapaces de pedir y preguntar.

Saboreemos cada bocado por los que mueren de hambre.

Por los que nunca se ilusionan, desbordemos las previsiones.

Caigamos en todas la trampas sin red por los que nunca se arriesgan a sentir ni tendrán la dicha de aprender de sus fracasos…

Que nos tomen el pelo por los que nunca se fían.

Confiemos por los que jamás se sueltan ni renuncian al control…

Por los que no creen en lo imposible, obremos milagros y dejémoslos boquiabiertos.

Por los que mienten, vivamos de certezas.

Por los que tienen miedo, vamos a atrevernos a lidiar con nuestros fantasmas.

Recorramos este camino, por si un día nos cansamos y cambiamos de sentido… Por si el miedo nos coge por la hojas y nos arranca las raíces…

Pongamos pie firme en el suelo y acariciemos el cielo para no dejar de saber quiénes somos y no olvidar lo que soñamos.

Por los que no saben dónde pisan…

Por los que no sueñan casi nunca…

Por los que aún no saben que lo mejor de la vida está en la zona prohibida y que para llegar hay que romper algunos dogmas.

Digamos que sí por los que siempre dicen que no, pero se mueren de ganas… Dejemos de ser “casi todo” porque es como ser “casi nada” y vivamos enteramente…

Detengámonos a contemplar las pequeñas cosas por lo que siempre tienen prisa.

Aunque sobre todo, hagámoslo por nosotros mismos, porque lo merecemos, porque lo buscamos… Porque no nos basta con que el mundo gire, queremos que también dé la vuelta.


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No seas un fraude


Uno de los aspectos que me parecen más fascinantes en el mundo de la comunicación es cómo somos capaces de crear estados anímicos en los demás. Con sólo entrar en una habitación podemos mejorar el ambiente o empobrecerlo. Podemos generar ansiedad, calmar, sosegar, dar confianza , alegrar, entristecer…  Somos portadores de emociones y tenemos el poder de trasladarlas a los demás. Aunque, a menudo, no somos conscientes de ese poder. No lo somos porque no nos miramos con perspectiva ni analizamos lo suficiente cómo nos sentimos. No tomamos la distancia necesaria para darnos cuenta de que estamos ansiosos o almacenamos rabia y, aún menos, que proyectamos esas sensaciones. No percibimos la viga en nuestro ojo y para mitigar la angustia que nos supone asumir una conversación abrupta mientras estamos alterados, nos limitamos a señalar la paja en el ojo ajeno.

Comunicamos estados de ánimo que se contagian.

Quienes nos rodean acaban respondiendo de la misma forma, usando el mismo patrón. Seguramente porque conectamos con esa parte que hay en ellos que también necesita desahogarse y soltar adrenalina, desatar la furia o esconder todas las lágrimas acumuladas esperando el momento adecuado. Las personas reaccionan cómo esperamos que reaccionen. Vayamos donde vayamos encontramos siempre lo que esperamos encontrar. En gran parte, porque lo dibujamos nosotros y graduamos nuestra percepción de las situaciones para responder a nuestras perspectivas.

Nos predestinamos a vivir lo que a menudo nos asusta, nos acercamos sin querer a aquello de lo que queremos huir, porque nos focalizamos en ello.

Cuando vamos por la calle con esa sensación de ingravidez porque tenemos un día maravilloso, parece que todos sonríen y, los que no lo hacen, están excusados de antemano. Cuántas veces nos acercamos a un lugar y ya sabemos qué tipo de situación nos vamos a encontrar y presumimos cómo  van a responder a nuestras demandas… Porque notamos que estamos agresivos, malhumorados, con ganas de pisotear y lanzar algo por la ventana. Y luego, el resultado de nuestras conversaciones sigue el patrón que teníamos marcado y las personas obedecen como si se hubieran aprendido ese papel que le reservábamos.

Basta un tono alto, una mirada desafiante, una boca arqueada hacia abajo o simplemente un gesto retraído. Nuestros gestos nos delatan, comunicamos lo que sentimos y somos los más fieles transmisores de nuestras emociones.

Seguramente, visto así, es como si estuviéramos abocados a ser traicionados por nosotros mismos cada día, a cada palabra y cada gesto, cada una de nuestras conversaciones puede verse malograda si tenemos un mal momento. Aunque siempre he considerado este aspecto de la comunicación como algo maravilloso… Sólo es necesario revertir el proceso.

Primero porque aprender sobre ello  y esforzarnos en comunicar mejor, sin agredir, sin poner a otros en situaciones desagradables e incómodas, es un buen ejercicio de auto-conocimiento y de control. Para aprender a sentir cada una de nuestras emociones y hacer que nos sirvan de punto de partida para curar nuestros miedos y acabar con nuestras barreras mentales.  No se trata de reprimirlas sino de conocerlas, dejarlas fluir y aprender de ellas. Saber cómo sacarlas de dentro y transformarlas, no esconderlas, hacer que salgan y sirvan para construir y no para destruir.

Segundo porque eso significa que somos auténticos. Aquellas personas que no son herméticas y pueden transmitir emociones tienen un gran don en sus manos aunque no lo sepan. Parece complicado pero es extraordinario que no tenemos trampa ni cartón, que no finjamos, que nuestras emociones tenga un papel importante en nuestra vida. Porque la emoción es lo que realmente comunica, siempre. No llegan los datos, ni las enseñanzas vacías, ni las caras bonitas… Quienes escuchan necesitan ver al ser humano que comunica y saber que siente. Aunque que para que eso sea positivo, debemos hacer un trabajo previo. Si somos capaces de modular la ira y transformarla y, a cambio, mostrar la ilusión, el cariño o  la pasión que sentimos por algo al comunicar, podemos llegar a  muchas personas y ser grandes comunicadores. Seremos capaces de transmitir nuestra esencia y nuestro valor.

Por último, lo que me parece más importante, el poder de contagiar ese entusiasmo. Siempre he pensado que si podemos entrar en una habitación y ponerla emocionalmente patas arriba, eso nos confiere un gran poder para hacer todo lo contrario. Podemos transmitir seguridad, paz, cariño, consuelo… En lugar de ser portadores de inquietud podemos transmitir felicidad, optimismo, sensación de novedad o de que algo bueno está a punto de pasar.

Hay personas así. Se ponen a tu lado y te dan fuerza y vitalidad. Entran en una sala y la llenan de luz y serenidad. Te dicen esa palabra que hoy justo te hacía falta escuchar. Te dedican la mirada que buscabas en el momento oportuno.

En el fondo, se trata del mismo poder, pero tiene dos caras. La misma energía usada para dos fines distintos. 

Para comunicar y llegar a otros dejando una estela de entusiasmo debemos aprender de nosotros mismos y de cada una de nuestras emociones porque las transmitimos. Debemos educar nuestro lenguaje verbal y no verbal  y, una vez aprendido, darle rienda suelta a nuestra imaginación y necesidad de comunicar.

De lo contrario, de poco servirá lo que nos esforcemos en nuestra marca personal, lo que escribimos en el blog, lo que pone en nuestro curriculum o lo que nos esmeremos en resaltar en nuestra biografía. Seremos una “marca blanca” de nosotros mismos y una “marca blanca” como comunicadores, un híbrido falso y hueco. 

Debemos buscar la coherencia entre nuestros valores y nuestro mensaje, tanto verbal como gestual, debemos conocer nuestras posibilidades de contagiar nuestras emociones y escoger cuáles y hasta qué punto queremos incidir. Debemos vender honestidad y autenticidad. No podemos ofrecer a los demás algo que no tenemos y no llevamos dentro… Debemos conocer y saber usar nuestros poderes (todos los tenemos) y transmitir de forma eficaz quiénes somos y qué nos mueve en la vida…

Siempre he pensado que los buenos comunicadores tienen que hacer un importante trabajo interior para poder conectar con los demás sin interferencias. Para dejar que tu talento fluya, se comparta y propague.

Nadie quiere ser un fraude, ni vender humo. Nadie quiere ir por la vida contagiando ansiedad y negatividad… Y la gente huye de quién lo hace. Es necesario encontrar la coherencia, ya no sólo por el hecho de ser honestos a la hora  de comunicar y por no perder oportunidades profesionales, sino por un tema de dignidad personal.  No seas un fraude, trabaja tus emociones para poder comunicar.

 


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Yo no quiero la culpa


No es culpa de nadie. Nada lo es. La culpa no existe, nos la inventamos para fastidiarnos, porque nos encanta boicotear nuestras vidas e impedirnos ser felices… Porque cuánto más asustados estamos más solidas son las barreras mentales que construimos.

La culpa es sólo un fardo inútil que decidimos cargar en un mal momento. A veces, la cargamos por iniciativa propia, otras porque algunos estaban cansados de llevarla en su equipaje y necesitaban repartir ese peso atroz o eliminarlo y deciden pasárnosla. Aunque la decisión de asumirla o no es siempre cosa nuestra, nadie nos obliga a nada o no debemos pensar que lo es. Muchas veces, nos la pegamos a la espalda y la arrastramos incluso cuando el alma nos pide tregua, a sabiendas de que nos amedranta el ánimo y nos carcome las ilusiones. Aún cuando duele tanto su peso que nos amarga esos momentos hermosos que nos salpican los días…

La culpa es avariciosa, se instala en tu pecho y se va haciendo gorda, rotunda, gigantesca. Se alimenta como el odio de emociones negativas acumuladas, esas que esperan que les demos un vistazo  pero que no queremos recordar, que no queremos mirar a la cara ni estudiar porque duelen.  Devora todo aquello que nos asusta y decidimos no sentir ni racionalizar, lo que no aceptamos ni maduramos, lo que no queremos afrontar… Se cuelga en nuestros ojos y hace que los párpados queden eternamente caídos. Anida en nuestras manos y las deja muertas… Se nos columpia en los brazos y ya no ajustan cuando abrazan. Nos redibuja los labios y los pone mirando al suelo y hace que el asco viva en nuestros pensamientos… Lo impregna todo, lo censura todo, lo invade  todo de ideas lúgubres y pasos perdidos.

La culpa es una correa, una losa atada a una cuerda, un corsé que te oprime el pecho. Es una bocanada de aire sin oxígeno, un habitación oscura de la que nunca crees poder salir… Un universo perfecto en el que jamás puedes equivocarte ni ensuciar nada… Un suelo repleto de raíces que te engullen tus pies…

Y nos culpamos por todo. Por no ser cómo creemos que deberíamos ser. Por no ser cómo otros creen que deberíamos… Por no llegar, por no querer, por querer demasiado… Nos culpamos por decir que no y por decir que sí. Por decidir y por postergar. Nos culpamos por no destacar y por destacar demasiado. Nos culpamos por atacar, por huir y por quedarnos paralizados. Cuando en realidad, lo que nos falta es comprendernos, aceptarnos, conocernos.

Sin embargo, en el fondo, no hay culpa. Es algo inútil. No tiene sentido, ni sirve para nada más que para causar angustia y dolor. Nadie la tiene y nadie la lleva. Cuando decides preguntar por ella y hacer el ejercicio de sentirla para analizarla, se desvanece, se esfuma, se licua y cae sin ver a dónde va.  La culpa no es más que una mala versión de nosotros mismos esperando una colleja, una revisión, una reparación. Basta un simple ejercicio para dejarla sin vida, para fulminar su voraz hambruna por controlar nuestros pensamientos. Basta con nombrarla en voz alta, airearla y ponerle un nombre para que desaparezca.

Cuando llevas el timón de lo que sientes y de lo que te duele, cuando haces revisión y preguntas qué falló y lo aceptas, te aceptas a ti mismo y decides mirar al futuro y notar el presente en lugar de regodearte en el pasado y quedarte encogido por el miedo… La culpa vuela.

No hay culpables, hay personas que se responsabilizan de lo que sienten y de lo que hacen y personas que no saben cómo o deciden esconderse.

No sirve nada cargar culpas ni cargárselas a otros.  No sirve de nada acrecentar nuestra rabia por lo que otros han hecho y cargarles el peso de nuestro dolor. A veces, las personas hacen cosas que nos perjudican porque no saben más, no pueden o creen que no pueden, porque no están preparados para hacerlo mejor… Algunos atacan porque tienen miedo otros porque no conocen las palabras suficientes para dialogar…

Mejor soltar esa carga, aligerar el paso, pensar cómo resolverlo, cómo arreglarlo, cómo vivir con lo que hemos aprendido y respirar. Dejar de castigarse, ser responsables de nuestras vidas… Los culpables arrastran su culpa. Los responsables escogen el camino. Deciden cómo reponer su falta, cómo superar el bache y asumir lo que conlleva… Cómo responder y dar la cara, saltar el obstáculo y crecer con él.

Cuando culpas a otras persona de lo que te pasa le das riendas de tu vida, le concedes poder sobre tus emociones y sentimientos… Le permites decidir qué te molesta y qué no, qué te duele y qué te hace feliz. Cuando te culpas a ti, permites que tu pasado aniquile tu futuro y corrompa tu presente. Te privas de escoger, de sentir, se vivir, te condicionas, te atas.

Afloja las correas que tú mismo te ciñes a la conciencia.  Disculpa tus errores y construye con ellos una balsa que te permita salir de este pantano cenagoso.

No hay culpas, hay posibilidades, hay oportunidades, hay responsabilidades. No hay culpables, hay quién mira adelante y quién se obsesiona con mirar atrás. Hay quién vive atado y quién vive libre…

Hay quién decide arrastrarse para siempre y llevar un estigma y quién sabe perdonarse y perdonar.


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Siempre depende de ti


Hay esperanza. Cuesta notarlo, a veces, porque el cansancio apremia y la rutina se come la poesía. Porque la ansiedad desdibuja el perfil de todo lo que nos rodea y lo convierte en desesperación. Porque cuando te sientes hundido vas dando tumbos y te golpeas con el perímetro de todo lo que llena tu vida y no distingues a los héroes de los villanos y algunas veces crees que son lo mismo aunque no sea cierto… Porque intentas sujetarte a algo que creías sólido y resulta que es líquido.

Hay esperanza, pero parece que los lunes se toma un respiro y se escurre entre las estaciones de tren y las caras amargas de los pasajeros. Como si la desesperación la empujara calle abajo y ocupara su lugar para dejarnos los corazones deshilachados, los caminos a oscuras, los bolsillos vacíos.

Hay esperanza, pero queda diluida por los gritos y las ausencias. Cuesta percibirla porque parece que estés dando pasos hacia atrás, aunque en realidad vas hacia adelante, pero pasas por un valle profundo. El camino está repleto de valles, algunos son muy hondos  y casi te pierdes mientras los atraviesas y el lodo te llega a las rodillas. Aunque también a veces te permiten coger impulso para continuar. Encontrar un valle profundo puede ser la mejor manera de remontar aunque no lo parezca. Como topar con una pared y rebotar, como tener que parar para hacer recuento de daños y descubrir que has pasado la linea. ¿Eres de los que jamás superan sus límites o de los que ya no creen que no los tienen? ¿sobrevives o sueñas? Y si sueñas… ¿Actúas o sigues soñando sin atreverte a arriesgar?

Hay esperanza porque mientras algunos fabrican excusas otros inventan razones. Porque mientras algunos esconden las pistas, otros levantan alfombras para que ninguna historia se quede sin el final que merece… Porque siempre hay quien vence la tristeza y sale a la calle a plantar cara a la vida y le sonríe a otro que necesitaba un gesto para poder continuar… ¿A qué grupo perteneces tú? ¿eres la solución o el problema? ¿tejes complicidades o levantas muros? ¿dices que no puedes o te pones en marcha aunque te duela el alma y se te cierren los ojos?

Hay esperanza. A veces, se disipa porque cuando estás a punto de ver algo en el horizonte, el sol se pone y te dicen que esperes a mañana. Y ya no crees que puedas esperar más. Porque hay desengaños que parecen el definitivo y luego, pasados los días, descubres que te quedaban aún más y que no te puedes permitir quedarte sentado esperando una señal para levantarte. ¿Eres de los que esperan o eres de los que caminan? ¿suplicas o reclamas  lo que es tuyo? ¿dejas que el tiempo se te escape de las manos o apuras los segundos?

Hay esperanza porque mientras muchos meten la mano en bolsillo ajeno, otros pasan horas ayudando a personas que no conocen a tener una vida digna. Porque mientras algunas personas a las que les cogemos cariño nos parten el alma y nos decepcionan, otros a las que apenas conocemos, son capaces de sorprendernos y estar a la altura. ¿Eres de los que dan la talla o te escurres en las esquinas y disimulas?

Mientras unos arrasan, otros construyen.

Por cada uno que golpea, hay dos que tienden la mano.

Por cada dos que engendran odio, hay uno que descubre la vacuna. Porque mientras unos fabrican balas, otros edifican puentes.

Hay esperanza porque muchos se sacuden las responsabilidades, pero otros asumen las responsabilidades ajenas sacudidas.

Porque al otro lado de la puerta de un indiferente, hay un implicado. Porque en una esquina espera un déspota y en la otra un empático.

Porque una persona te hace llorar y más tarde otro te consuela.

Porque los que crean oportunidades nunca descansan…

Hay esperanza, pero a veces hay miedo a verla. Hay miedo a abrazarla y luego no poder vivir sin ella. Hay esperanza porque hay muchas ganas, a pesar de que también hay mucha apatía que podría vencerse con palabras. ¿Eres de los que vencen sus miedos o de los que dejan que sus miedos lleven el timón?

Caminando entre cien mediocres, hay algunos genios que buscan respuestas y muchas personas especiales que se hacen preguntas.

Porque el esfuerzo se abre paso entre la incompetencia y la envidia y llega al final del camino.

Porque el “sí quiero” es hermano del “sí puedo” y el “ahora no” y el “más tarde” se borran a cada paso que damos hacia lo arriesgado y lo desconocido.

Hay esperanza porque a veces la desidia no sale de casa y la sana competencia inunda la calle. ¿Te convence la osadía o la ciega obediencia?

Hay esperanza porque cada vez hay más personas que hacen estandarte de sus diferencias. Porque suben listones que ayer eran inamovibles. Porque trazan caminos que ayer no existían. Porque escriben historias imposibles y superan límites inimaginables…

Porque muchas comparten sus miedos y sus conocimientos… Porque han decidido que ya no se esconden y que van a cambiar las reglas para que ya nada sea no apto o incómodo… Para que se midan sueños y empeño y no sólo ganancias. Para que se reconozca el talento y el esfuerzo por encima de la falsa adulación y la rabia contenida.

Hay esperanza porque algunos la buscan como locos cada día y otros la dibujan. Porque si no encuentran puertas, las pintan y si no encuentran palabras, las inventan. Hay esperanza mientras no hay indiferencia… Mientras no hay resignación ni desidia, mientras alguien habla y alguien escucha. ¿Tú eres de los que escuchan a otros o de los que sólo son capaces de oír su propia voz?

Hay esperanza porque muchos se levantan cada día con la necesidad de ser extraordinarios… Y ya lo son, aunque todavía no lo sepan, porque la fuerza con que lo desean les convierte superhéroes. Aunque sea durante un minuto, el tiempo que dura la emoción de creer que es posible.

Hay esperanza, pero no vale con sentarse y esperar a verla o encontrarla, hay que fabricarla. ¿Eres de los que se dan por vencidos o de los que la crean? ¿de los que se quedan sentados a esperar a que otros se la traigan o de los que se ponen en primera fila?

Hay esperanza, pero a veces tiene cara de problema sin solución o de niño dormido. A veces, hay que rascar la superficie de un pintura mediocre para descubrir que debajo hay una obra de arte… Hay esperanza, pero para conseguirla a menudo hay que tragar mucho camino, ensuciarse los zapatos, superar barreras mentales e implicarse hasta las cejas incluso cuando no ves la solución…

Hay esperanza, pero depende de ti… Siempre.


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Cosas que se escapan a la razón


Nada está escrito, ni decidido. No hay categorías, ni clases. Hay personas. Las hay que buscan más y las hay que se conforman. ¿Cuál es la diferencia entre ellas? a veces, muy poco, cinco minutos de paciencia… Tal vez  un impulso, un minuto de pensamientos  o una tarde de charla ante un amigo y un café para sacar las lágrimas acumuladas y los pensamientos que queman… Otras veces, lo que nos impide cambiar es una infancia sin guía, una soledad espesa aún pegada al equipaje pendiente de soltar, una sensación de nunca llegar a pesar de pasarse la vida corriendo.

No estamos determinados, ni debemos estar sometidos. Nuestro tiempo es este… La decisión es nuestra.

En muchas ocasiones, nos esforzamos tanto en no admitir y no querer ver, que con la misma energía y determinación podríamos solucionar el problema en lugar de eludirlo. Inventamos excusas continuamente. Tal vez, por las ganas de sacarnos de dentro esa insoportable sensación  de frustración y la necesidad de gritar que conlleva la rabia que se nos adhiere a la garganta y nos ahoga. A veces, somos fríos y racionales. Otras veces,  nos dejamos llevar por la combustión interna que nos devora las vísceras, en lugar de dedicarnos un tiempo a nosotros mismos y a los demás para saber a dónde nos lleva ese piloto automático que todos tenemos dentro y que nunca falla. Escuchamos tan poco a la intuición… Vamos tan deprisa que no tenemos un momento para notarnos las fibras y saber realmente qué queremos… Porque lo que realmente cuenta es lo que queremos, lo que nos hace sentir que encajamos en nuestra vida y le da sentido. Levantarse por la mañana y tener la sensación de estar viviendo la vida de otro es desolador. Y a menudo, lo hacemos porque no nos escuchamos y prescindimos de nuestros deseos. Hasta que un día, al abrir los ojos, estamos huecos y acumulamos en cansancio de cien vidas.

No hay fronteras si no las dibujamos, aunque estamos empeñados en ello porque nos gusta racionalizarlo todo, incluso los sentimientos. Así los escondemos, muchas veces, los tapamos y nos los echamos a la espalda para arrastrarlos. No nos atrevemos a nombrarlos… Sin embargo, hay tantas cosas que se escapan a la razón, cosas que pertenecen al mundo de las emociones. Cosas que no se explican con un sí o un no, que no se encasillan, ni definen, que no se ponen en el curriculum habitualmente, pero marcan la diferencia. Esas cosas son las que se nos escapan si no nos detenemos a sentir, a pensar con esa parte del cerebro que no sólo ejecuta sino que percibe… Cosas que nos ayudan a levantarnos después de caer y que hacen que la persona que surge de este ejercicio sea mejor. Sentir emociones no nos hace irracionales, nos capacita mejor para decidir. No siempre el mejor camino es el recto, a veces hay que dar rodeos para no pisar conciencias, sobre todo, la propia.

No llegamos a la vida con un guión escrito, nuestro personaje puede cambiar ahora. En ese instante, antes de acabar de leer esta linea… No hay muros si no los construimos, pero somos grandes expertos levantándolos de la noche a la mañana… Somos dinamitadores de puentes profesionales. Con dos palabras cerramos puertas, esas que nos costó siglos entreabrir para dejar pasar aire nuevo y vaciar el aire viciado para empezar a trabajar en eso tan complicado que es comunicarse. Y lo más complicado, a veces, es comunicarse con uno mismo. Decirse a uno mismo algunas verdades pendientes y afrontarlas.

Y puesto que, a veces, somos tan racionales que pensamos que todo se encasilla, se etiqueta, se plastifica, se define y se recorta si hace falta, creemos que podemos sellar alianzas en cinco minutos… Que las confianzas se recobran a base de pegamento y las complicidades se gestan con mensajes de whatsApp . Nos falta cultura del café de media tarde, la del juego de miradas, de la charla, de perder un rato que en realidad no se pierde, cultivando las emociones, observando, sintiendo lo que somos y buscando la medida de los demás en sus gestos y palabras. Nos falta recuperar la cultura de la espera y del hambre por conocer, del notar sin asustarse y no ocultarse al sentir… La cultura del sosiego. La de encontrarse con nosotros mismos y sentirse a gusto.

Nos falta darnos cuenta de que somos mundos además de personas. Nos falta descubrir que cada uno de esos mundos tiene su lenguaje y no todos pueden comprenderse en un test o calificarse con una nota. No somos números, ni códigos de barras. Somos como escaleras de caracol con pequeñas aventuras a cada peldaño… Con peldaños de subida y de bajada. Con recodos oscuros y escalones más altos y más bajos, con descansos y sin reposo para tomar aliento…

No hay infografías en nuestros gestos. No mostramos nuestros desvelos al microscopio ni nuestra maravillosa complejidad a primera vista.

Somos los sentidos que despertamos en los demás. Deberíamos fiarnos más del olfato que de la vista, del tacto que de la ropa que nos cubre… Saltar las murallas y meternos en la charca… Dedicar cinco minutos a perdernos en mundos ajenos y regresar cambiados, más vivos, más sabios, más revueltos…

No hay dioses menores, si es que existen dioses. No hay destinos erróneos ni deseos equivocados. Entre unos y otros dista a veces un esfuerzo, un enfoque distinto, un impulso valiente de mostrar lo que somos y descubrir nuestro talento. No hay seres grandes ni pequeños. La talla depende del ánimo, a veces. Hay ganas, hay sueños. Hay necesidad de encontrarse… Hay más o menos fuego con el que hacer que la mecha arda.

Nada es inmutable. Todos podemos, pero no lo sabemos, demasiado a menudo olvidamos de lo que somos capaces. Podemos conseguir lo que queremos si nos convertimos en la persona que deseamos ser. Aunque a veces, para hacerlo, haya que hacer renuncias importantes y esfuerzos titánicos… Podemos conseguirlo. Algunos tienen la recompensa de descubrirlo. Lo leen en un libro o se lo dicen sus padres desde el primer día. A otros, sus padres les dicen lo contrario y pasan media vida para enderezarlo y descubrir que en realidad eran maravillosos. Muchos viajan al interior de sus remordimientos para descubrirlo, aunque nada nos ahorra el trabajo del viaje… Porque lo que en realidad nos diferencia es ese viaje. La forma de afrontarlo y la necesidad de hacerlo.

Deberíamos recuperar la cultura de conversar y perder el tiempo si hace falta en vaguedades, la cultura del ensueño y de la escucha… ¡Se aprende tanto observando! Empecemos por nosotros mismos y perdamos un poco de tiempo viajando a nuestras entrañas. Subiendo y bajando escaleras. Dejando las razones para cuando las emociones estén aireadas y no nos sean desconocidas. Ser nuestros compañeros de viaje más fieles y fiables. Convertirnos en esa persona que queremos ser y descubrir que si ahora no lo somos es porque nos separa un momento, un esfuerzo, un gesto… Un viaje interior donde encontrar a esa persona a la que a veces olvidamos y desconocemos.

Nada está escrito, ni decidido. Lo estamos construyendo ahora  y podemos hacerlo bien y cambiar de rumbo y de destino si el lugar a donde vamos ya no nos entusiasma. Si no nos lleva a nosotros mismos. Vale la pena invertir tiempo en las personas… Vale la pena invertir tiempo en nosotros mismos.

Acabo con un pensamiento maravilloso de mi admirado Rafael Vidac   “Algunos piensan en la persona con la que les gustaría encontrarse. Otros deciden convertirse en ella”.

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