merceroura

la rebelión de las palabras


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El valor de las pequeñas cosas


Cada día todos llevamos a cabo pequeños actos que cambian el mundo. A menudo, son del todo imperceptibles… No son cuantificables, no se pesan, ni se miden. Nunca sabemos hasta dónde llegan, si son como una ola que golpea una roca y la redondea poco a poco con insistencia o si son como un pequeño gesto no planificado que llega a zarandear una vida. Sin imaginarlo, a penas activamos mecanismos invisibles que ponen en marcha una especie de domino en el que cada pieza cae y activa a su vez a otra. Cada una de esas piezas tiene un sentido en sí misma y un cometido en general.  Quién sabe qué alcance tienen nuestros desvelos, nuestras palabras, nuestros pasos… Un día llegas a casa cansado, pones las noticias y descubres que alguien ha salvado una vida o ha hecho un descubrimiento que parecía imposible y tal vez tú has contribuido a ello, sin saberlo. Quizás desde el otro lado del océano, fuiste una pieza necesaria de ese engranaje de millones de piezas que se explican por si mismas pero que también se necesitan unas a otras…

Ninguno de nuestros gestos es en vano, todo pequeño acto tiene sus consecuencias. A veces, un “por favor” ayuda a que cambiemos de opinión y un “gracias” evita que alguien cometa una locura que podría haber sido irremediable.

El mundo se cambia de muchas formas. Desde una cima y desde una calle oscura. Corriendo hasta llegar a la meta o luchando desde una silla de ruedas. Desde un escenario o desde un rincón oculto. Con un pincel o con un ordenador. Con un violín o con una caja de cartón. Cuando se pone un ladrillo se cambia el mundo y cuando se apunta una nota en un pentagrama, también. Se cambia accionando una palanca o jugando al escondite. Cada pequeño movimientos genera mil acciones que se ramifican y ponen en marcha millones de situaciones paralelas imprevisibles… Hay quién cambia el mundo cosiendo un botón y quien lo hace con una entrevista exclusiva. Desde un hospital o desde un mercado. Pintando una obra maestra o una casa de tejado rojo con prado verde y un sol amarillo que colgar en un mural de guardería. El mundo lo cambian los poetas y los que hacen balances. Los que podan árboles y los que defienden leyes. Los que juntan palabras y los que venden pescado. Los que van en bicicleta o los que se ven obligados a ir en un tanque. El mundo lo mueven los tristes y los que sonríen. Los que se maravillan con todo lo que ven y los que hagan lo que hagan siempre están muertos porque no sienten.

Cada acto engendra oportunidades, algunas parecen positivas y otras negativas… Lo bueno y lo malo se mezclan y llegan a no poder delimitarse. Lo que parece que es para mal, a veces, acaba bien. Lo que imaginamos bueno, a veces, está vacío.

Ninguno de nosotros tiene la exclusiva para cambiar el mundo y mejorarlo. Nadie sabe si sus palabras, sus obras, sus pasos, sus miradas, han surtido más efecto que las de los demás. Nunca sabemos qué parte de esa cadena somos y el empuje que podemos llegar a generar cuando nos decidimos a poner en marcha esa magia.

Conseguir cambiar el mundo no es sólo para influyentes. No lo consiguen sólo los que tienen muchos seguidores en las redes sociales, ni los que cobran mucho por dirigir. No es de sabios, ni de ricos, ni de altos, ni de bajos… No es de genios, ni del ancianos. No es de valientes ni de cobardes… No es tampoco de aquellos que tienen el don de la palabra ,ni de los que casi nunca hablan.

Cambiamos el mundo queriendo y sin querer. Con entusiasmo desmedido y casi sin ganas. Desde la necesidad y desde la ignorancia. A veces, con un gruñido o otras con una caricia… Todo lo que hacemos engendra un futuro que muta gracias o a pesar de nosotros. En un momento determinado todo cambia y da la vuelta. Una palabra modifica  el curso de un pequeño universo. Un vistazo a telescopio permite descubrir una estrella… Un mirada esperanzada en un microscopio descubre cómo funciona y se replica un virus.

Es tan fácil que ocurra… La mirada cómplice  y cargada de empatía de alguien hace un rato, cuando yo estaba rota y buscaba respuestas, me lleva a escribir estas palabras. Y este mensaje, tal vez torpe y absurdo para algunos, lo recoge el amigo de alguien a quien que necesita un poco de ánimo porque lleva meses en un laboratorio buscando una respuesta y está cansado y a punto de rendirse. Ese empuje le sirve a ver algo que no veía  y lo que descubre cambia la vida de un niño que duerme esperando un remedio y de una madre que llora sentada en un rincón para que nadie vea sus lágrimas desesperadas…

Nunca para. Se van iniciado y poniendo en marcha cadenas de este tipo a cada segundo. Cada día se levantan pequeños imperios y se desmoronan fortalezas hasta ayer inasequibles… La pasión engendra pasión. El amor crea amor… El dolor, a veces, se transforma en superación y otras en la belleza de una escultura o un poema. Una belleza que inunda de emoción a otros que a su vez cuentan historias en los libros o construyen edificios altos donde viven las personas… La risa llama a la risa… El viento agita las hojas y, en algún lugar, alguien nos llama aunque no le oímos pero alguien responde y todo empieza de nuevo.

Somos como millones de cantos de río redondeados por la acción obstinada del agua y el paso del tiempo… Somos el agua modificada por esos cantos de río.  Somos nubes extenuadas de lluvia. Somos lluvia impregnada de todo lo que toca cuando cae…A veces, parece que no pasa nada, pero todo sigue su curso. Por eso, hay que insistir y no rendirse, porque todo está siempre dando vueltas y nuestras circunstancias son mutantes.

Fluyamos. Bailemos. Soltemos todo el lastre que nos hace vacilar las rodillas y nos atenaza la espalda. Dejémonos llevar por el vaivén de este vals eterno que nos balancea. Aflojemos las cuerdas imaginarias que nos atan a los recuerdos que nos queman, desatemos las miradas y dejemos que se filtren y sean incómodas… Desenredemos los miedos de nuestras piernas cansadas que no se atreven a caminar por si tropiezan… Saquemos a pasear nuestros defectos a la luz del sol para que se encojan… Encontremos el valor de las pequeñas cosas.

Cada minúsculo movimiento crea movimiento. Nunca sabes dónde empieza ni dónde acaba. Cada acto casi imperceptible tiene consecuencias imprevisibles y, a veces, extraordinarias. Somos imparables, incluso cuando no lo sabemos. Incluso cuando no nos queremos lo suficiente, somos maravillosos. Somos necesarios, a pesar de no tenernos demasiado en cuenta y no acordarnos de nuestros deseos…

No sabemos hasta que punto podemos llegar a cambiar el mundo…


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Corramos el riesgo


Corramos el riesgo de quedar atrapados por nuestros deseos, de tener que dar la cara  por nuestros errores y salir al mundo a respirar hondo para volver a empezar.

Vivamos tanto que al acostarnos no recordemos lo que teníamos en la cabeza al levantarnos y casi no nos importe. Que los días nos queden tan cortos como los suspiros… Que este instante sea eterno y todos los recuerdos que llevamos en el equipaje salgan por la ventana.

Corramos el riesgo de pasarnos de largo y caer en plancha. Que nos digan que estamos locos y nos miren de reojo. Seamos los raros, los que dan la nota, los que siempre lo apuran todo y siempre se ríen de ellos mismos.

Crucemos tanto la línea que separa lo razonable de lo deseable que acabemos borrándola y empecemos a guiarnos por nuestros instintos y a vivir para ser felices y dejar algo que valga la pena… Vivamos sin certificados ni tarjetas, sin máquinas expendedoras ni envoltorios que nos recuerden lo que no podemos sentir ni soñar. Vivamos sin precio ni a sueldo de nada ni nadie… Guiémonos por el respeto a los demás y por el respeto que nos debemos a nosotros mismos. No hagamos nada a otros que no soportaríamos, no peleemos por nada que no nos pertenece… Que no nos pertenezca nada que nos ate ni sepulte… Que no nos sepulte nada que no valga la pena recordar… Que todo lo que hagamos tenga poso y hable bien de nosotros.

Bailemos y esculpamos en nuestras caras la sonrisa que merecemos.

Saltemos sin perder comba y caigamos de pie con los ojos serenos… Corramos el riesgo de que nos digan que no cuando ya celebrábamos el sí, que nos echen cuando necesitábamos quedarnos… Que nos despechen cuando nos hayamos enamorado…

Seamos el que cae en el lodo, el que ríe a destiempo, el que hace el ridículo, el que despierta murmullos… Digamos lo que otros no dicen y piensan, hagamos lo que pensamos que debemos hacer… Callemos lo que sepamos que duele porque el mundo ya arrastra muchas llagas. Nunca edifiquemos nuestra felicidad en la desdicha ajena…

Corramos el riesgo de romper muros y bajar de los altares si nos hemos endiosado. Que no queden más títeres que los títeres, ni más secretos de los que sean necesarios para soportar la rutina.

Seamos el que acaba solo aguantando la vela de un barco que naufraga si creemos que ese es nuestro lugar. Que nos tomen el pelo, si hace falta, por defender lo justo y por perdonar lo casi imperdonable. Que sepamos distinguir las batallas innecesarias de las inevitables… Que veamos la viga en el ojo propio sin acomplejarnos ni herirnos. Que sepamos decir basta antes de que ya no tenga remedio. Que los que desean ser mediocres no nos hagan creer que no podemos brillar. Que los que desean resignarse no nos desgasten las ganas.

No tengamos fugas en nuestra coherencia… Seamos tan vulnerables como sea necesario para ver nuestras faltas. Seamos tan elásticos como haga falta para cambiar nuestro rumbo si el camino no nos lleva a nuestros retos o si nos perdemos andando en círculo persiguiendo algo que brilla pero que está vacío por dentro.  Seamos tan imprudentes como nos marquen nuestros corazones ávidos de emociones. Que la pasión nos corrija el camino y la ilusión nos dibuje el contorno. Que la desvergüenza anide en nuestros sesos invadidos por la rutina y la osadía brille en nuestros ojos cansados por el miedo… Que no podamos oír reproches porque escuchemos el silbido de nuestra imprudencia que nos llama y reclama para dibujar nuestro futuro.

Seamos nosotros mismos aunque nadie en el mundo lo entienda. Acariciemos lo extraordinario. Seamos la excepción.

Busquemos lo sencillo, pero compliquémonos la vida deseando la excelencia…

Corramos el riesgo de que se rían de nosotros por lo que pensamos y defendemos. Que nos pongan motes y etiquetas y nos adjetiven sin motivo… Cuánto más nos critiquen los absurdos más cerca estaremos de los grandes.

No olvidemos nunca que nosotros podemos ser grandes… No olvidemos nunca que también podemos ser absurdos.

No seamos nada que no somos, no finjamos nada que no sintamos… No desistamos de ver el mundo como nosotros lo vemos. Cabemos todos, que se aparten un poco los que no entienden de sueños y nos deje paso…

Que nos sentemos a contemplar como gira el mundo sin bajarnos nunca de él. Que nunca dejemos de agarrarnos a la esperanza por si cae el cielo o el viento nos arrastra más allá del andén… Que siempre nos quede otro tren por si se nos escapa éste… Que sepamos subirnos a él a tiempo para apurar cada oportunidad.

Corramos el riesgo no ser perfectos para poder explorar el placer de ser humanos y reconocerlo.

Consigamos la paz que buscamos sin dejar de luchar por lo que deseamos, encontremos la quietud sin dejar de movernos.

 

 


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Para que nunca se te olvide…


Lo que eres no se mide por lo que pesas ni por lo que tienes, ni por llegar a mil lugares al mismo tiempo si para hacerlo no puedes ni respirar. Eres lo que imaginas y lo que sueñas. Y sobre todo, eres lo que tú quieres ser y no lo que otros deciden que seas, no les des ese poder sobre ti. Eres maravilloso, aunque hoy nadie te lo diga o tú no lo percibas en las miradas y los gestos, aunque necesites palabras que te lo confirmen… Aunque parezca que nunca llegan esas palabras.

Mereces lo mejor, no regatees cariño ni bajes el listón por nadie. Mereces un amor entero, no un amor a medias. No te conformes con una simple caricia si necesitas un abrazo. No pidas un minuto si deseas una vida entera…

Si no te quieres, déjalo todo ya porque nada saldrá bien. La autoestima es la base sobre la que se edifica el resto de tu vida. Si te quieres, puedes querer a otros… Si te quieres, te quieren. Las personas que se respetan infunden respeto y son capaces de valorar a los demás. El amor a uno mismo borra el rencor y el resentimiento, te da aliento para continuar, te hace saber que puedes y te da fuerza para aspirar cada día a ser mejor. Perdónate por no ser perfecto, nadie lo es, ni siquiera los que te miran por encima del hombro y te secuestran la sonrisa, esos menos aún porque si se respetaran no lo harían.

Pide lo que quieres porque no tienes nada vetado por ser tú. Di en voz alta lo que sueñas e imagina que es posible. No te limites, no te recortes, no te borres ni chantajees a ti mismo dándote migajas ni menguando tus esperanzas para que quepan en unas expectativas reducidas. Agiganta tus esperanzas para que tus sueños quepan en ellas… Puedes conseguir lo que quieres, decide qué quieres y ponte en marcha, nada llega solo.

No eres imprescindible, tal vez,  pero sí útil y necesario. Importas, sobre todo a ti mismo. Lo que piensas, lo que quieres decir y callas, lo que haces y lo que no haces por temor al ridículo es importante. No calles, no te quedes quieto, no te cierres a nada. No dejes pasar ningún tren en el que desearías ir.

Busca objetivos y encontrarás los caminos para llegar a ellos y, sobre todo, disfrútalos y mucho… Piensa qué y surgirá cómo.  Sigue tu intuición para guiarte y planifica tu trabajo, esfuérzate mientras vives, mientras te entusiasmas con cada detalle que llega a ti… Mira cada paso que das en tu camino pero alza también la vista para ver las caras y lo todo lo que te rodea. En algún momento, sabrás que haces magia, pero pasará tan rápido que creerás que lo has imaginado.

Lo llaman suerte y puede ser tuya, aunque en realidad no es más que la certeza de saber que pase lo que pase sabrás cómo afrontarlo y tendrás ganas de hacerlo. Es confianza en tus posibilidades y tu resistencia ante la adversidad… No es suerte, es esfuerzo y aplomo, entereza para dar cada día un paso hacia donde quieres encaminarte y valor para saber que serás capaz de plantar cara a lo que surja… Lo llaman suerte, pero en realidad es intuición para acercarse a lo bueno, es esa capacidad de encontrar el lado positivo en todo y no caer en la auto-compasión… Saber que le darás la vuelta a la situación y le sacarás partido.

Puedes cambiar. Puedes empezar ahora de cero y en diez minutos sacar de dentro esa persona que llevas oculta y que se lo pasa bien, que se ríe de sí misma y encuentra su espacio. La que no se preocupa de si desafina o tropieza, la que cree en sí misma y acierta… Está ahí, sólo espera a que la rescates y le des una escena en tu obra. No importa el pasado, cada día el marcador se pone a cero para que puedas dejar el equipaje que más pesa y empezar una nueva vida.

Da miedo, pero pasa. Cada miedo que superes dará paso a uno nuevo, pero al mismo tiempo te permitirá bromear con todos los anteriores. Cada miedo que te sacas de encima es una sombra que se disipa, un escalón que subes hacia tu destino, un soplo de aire con el que tomar impulso… Los miedos se acaban, se achican cuando los miras de cerca… Escoge el que más te perturbe y ve a por él primero.

Piensas que te queda tiempo. Que es una gran idea que pondrás en práctica mañana… Aunque no es cierto. El tiempo es finito y las ganas cuando no encuentran estímulos que les den coba se quedan diminutas… No des opción para que la pereza entre en tu vida. No hay más demora, el tiempo es ahora, mañana puede ser tarde.

La mayoría de ideas que contradicen lo que acabo de escribir y que ahora te vienen a la cabeza son excusas. Las fabrica el miedo, la desidia, la pereza, la tristeza, la rabia, el resentimiento… y ninguno de estos términos te beneficia. Ninguno de ellos es tú, ni tiene por qué decidir tu vida. Las distinguirás porque se esconden bajo formas distintas pero todas llevan al mismo sitio… La nada, la rutina, el tedio, el sofá… Todas llevan a ese tú que no quieres y te alejan de la imagen de ti que sueñas y de lo que podrías conseguir si no las escucharas. Los llamamos razones, motivos, explicaciones pero  son excusas… En realidad son muros que construimos cada día nosotros mismos para no tener que dar el paso… La reconocerás porque en cuanto te ilusionas por algo, desaparecen todas. Las excusas nunca resisten ante la pasión, se desvanecen.

No cierres la puerta. No te des por vencido. Faltan cinco minutos para que la oportunidad que buscas pase por tu lado, si andas con la cabeza baja  y miras al suelo no podrás verla…

 

 


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La extraña belleza de los girasoles


Hace tiempo que intento dejar de sufrir. Y la verdad es que, a veces, siento aún más ese dolor que quiero alejar. La intensidad de mis emociones, dulces o amargas, siempre ha llegado a las nubes. Soy intensa, lo sé, para lo bueno y para lo malo.

Me dijeron los que saben de emociones que para arrastrar ese dolor y arrancármelo es necesario sentirlo, interiorizarlo y entenderlo… Saber de dónde viene y por qué… Hablar con él y escucharle para que te susurre al oído cuáles son sus intenciones. Para luego, amablemente, decirle que no va a poder quedarse, que ya has entendido su mensaje…

Cuando has conocido el dolor, queda algo de él en ti… Durante un tiempo, el mero hecho de existir sin retorcerte física o anímicamente, es un triunfo. Andas a un palmo del suelo y todo parece que no pueda afectarte… Cuando has conocido el dolor, ha dejado en ti una muesca. La respuesta madura y equilibrada es conseguir que sea una muesca que nos recuerde cómo lo superamos y no cómo fue él quién nos dejó atrás con el cuerpo encogido. Conseguir que ese sufrimiento no se dilate en el tiempo ni sea gratuito, que no sea en balde… Que sea un punto de partida, una catapulta con la que lanzarse y tomar impulso… Cuando tomamos las piedras del camino y construimos con ellas nuestras fortalezas… Cuando le sacamos partido al golpe, al arañazo, al sinsentido, al fracaso y nos hacemos con él un impermeable para cuando arrecia el tiempo y caen chuzos… Y debe ser un impermeable que podemos quitarnos, que no traspase lo que quema por dentro pero que deje entrar lo que consuela, lo que hace sonreír… Un impermeable al que le resbalen las envidias, las malas caras, la intolerancia… Y que se funda ante la risa y la caricia.

El caso es que intentando no sufrir, siento aún más. Como si queriendo enterrar un recuerdo, removiera tanto el pasado al cavar el agujero que acabara sumida en él. Sí, lo sé, me dijeron los expertos que ese dolor es un paso necesario para sacar esas emociones negativas de dentro, para aceptarlas y reconocerlas… Para poder dejarlas salir y fluir…

Tal vez siento más porque soy más consciente y eso significa que me conozco mejor a mi misma.  Porque estoy en el camino de saber por qué duele tanto y aprender a no sufrir sin sentido.

Dicen que el sufrimiento es una opción, una actitud… Aunque, cuando aprieta es difícil escapar de sus garras ¿verdad? Esa quemazón en el estómago, esa punzada en el pecho, el corazón desbocado… Sacarse de encima esa sensación es como retirar una losa pensada y densa. Una acción que sólo se consigue con una fuerza interior a prueba de asaltos de pánico inesperados y ataques de desesperanza.

Al final, resulta que voy por el camino, pero cada paso que doy para dejar de sufrir, implica sentir más. Será el precio a pagar por ir por la vida sin ser una acelga y no permitir que nada te rebote.

Cuánto más veo, más me estremezco. Cuánto más pegunto, más me queda por descubrir y más intención tengo de no detenerme… Cuánto más conozco, más ganas tengo de saber. Cuánto más camino avanzo, más camino me queda.

Cuánto más amo, más necesidad tengo de amar…

Como si cada vez que intentara desenmarañar mi vida pasara a la siguiente fase donde el juego es más complicado y la niebla más densa.

Saber, conocer, comprender, sentir… Cada vez con más intensidad. Una intensidad con un reverso delicioso que arrastra más emoción. El don de ser capaz de sentir que conlleva la responsabilidad de llevar las riendas de esas emociones… Una realidad mágica pero dura. Un lugar donde las caricias son más dulces y los arañazos más sangrantes… Donde todo te zarandea y remueve por dentro, sin poder esperar a tomar aliento.

Todo es tan intenso cuando decides mirar hacia dentro, cuando empiezas ese viaje hacia ti mismo… Es como si te quitaras una venda de los ojos y de repente descubrieras que no habías visto nada… Como si te sacaras los guantes que llevabas para ir por la vida. Un día te levantas y descubres que llevas años buscando cosas en el mundo que te rodea que en realidad ya estaban en ti. Que lo que ocurre más allá de tu perímetro sólo te cambia si permites que te cambie, sólo te afecta, si abres la puerta… Que cuando hurgas en ti y abres esa puerta, todo adquiere un sentido distinto. Un día te levantas y descubres que tal vez no importe tanto lo que pasa porque eres tú quien decide si se deja arrastrar o no…

Abrir los ojos al mundo y que el mundo te ciegue. Ver la belleza y la miseria. La luz y la oscuridad más absoluta. El amor más puro y el odio más candente. El placer y el dolor que caminan juntos …

Quién corre lucha contra el cansancio.

Quién salta se arriesga a caer.

Quién ama se arriesga a que no le amen.

Quién abre sus puertas permite que otros fondeen en sus miedos…

Si sientes, te arriesgas a dejar de sentir y asumir que te queda un vacío por llenar.

Y mientras yo, buscando consuelo, encuentro inquietud. Buscando luz, encuentro niebla. Buscando baile, encuentro pelea. Buscando amor, me salpico de indiferencia y acabo rota como un cristal demasiado transparente…

Hace tiempo que intento dejar de sufrir, pero no puedo. Porque no puedo dejar de hacerme preguntas, porque no puedo evitar esa curiosidad insaciable… Porque no puedo dejar de inventar historias y llenar mi vida de ideas locas. Porque quiero controlar todo lo que entra y sale de mi alma…

Un día te levantas y descubres que encontrar el equilibrio es dejarse llevar un poco por lo que pasa más allá de tus paredes interiores, mientras seas tú quién controle la brújula de tus emociones… Que soltarse y dejarse inundar por el mundo es bueno, mientras seas tú quién decide cada paso.

Hace tiempo que intento dejar de sufrir, pero mis pasiones no me dejan abrir y cerrar la puerta… Mi propia intensidad me lleva por el camino de las emociones más desbocadas… Estoy en tierra de nadie, intentando dejar atrás ese sufrimiento absurdo pero sin conseguir pasar a la siguiente fase de este juego agotador.  Como los girasoles que se retuercen buscando la luz, con esa extraña belleza en sus pétalos amarillos y sus caras sin gesto ni emoción aparente pero con una lucha soterrada que les impulsa a nunca parar de girar.

Aún no he conseguido dejar de sufrir… Para lo bueno y para lo malo, siempre siento.


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Después de la fecha de caducidad


No quiero cumbres, quiero caminos.

Quiero versos sin rima y abrazos si pausa.

Perderme sin perder… Definirme sin calcular.

No quiero rezos, quiero besos largos y miradas intensas.

Que no se me olvide que olvido, si quiero… Que no se me hagan viejas las ganas.

No quiero fama, quiero valor.

No quiero lisonjas ni alhajas… Prefiero que se me termine todo apurando hasta la última gota a que se me evapore sin haber probado nada.

Quiero afecto sincero y mano tendida.

Quiero cobijo y manta. Que no se me escarchen las pupilas mirando fantasmas.

No quiero caricias sin alma, ni almas sin cuerpo.

No quiero puertas que se cierran, ni mentes que se atascan…

No quiero razones sin emoción… No quiero emociones atadas a mi espalda rota.

Quiero puentes, no quiero muros. Huyo de las casas sin ventanas…

No quiero retales de vida, ni cariño a pedazos por grandes que sean.

No quiero llanto contenido.

Quiero historias felices sin dueño para tomarlas prestadas…

Quiero tardes perdidas buscando pecas, mientras el sol se filtra por la ventana más pequeña del mundo y nos araña las sábanas…

No quiero imaginar que pasa, quiero que pase y que no pare.

Que se me acabe antes la tarde que la sonrisa, la conversación que la mirada. Que el primero que se canse, se marche. Que el otro le alcance con la vista y con el ansia…

Quiero que termine la cuenta atrás de la desesperanza.

No busco fuego, busco brasa.

No busco candado, busco la llave que me libere la risa…

Busco un poco de sombra en esta tierra anegada de sol.

Un poco de sol para cuando la lluvia me inunde las entrañas…

Que no duela, si no lleva moraleja… Que si duele, sea breve y apacigüe mi alma deshojada.

Busco el sendero que lleva a mis temores absurdos y mis muecas más retorcidas.

No quiero recuerdos impertinentes llamando a las puertas de mi cabeza cansada.

No quiero corderos disfrazados de lobo que finjan que me marcan y poseen. No quiero que me posean, quiero que me sueñen y alcancen con palabras…

No quiero ideas retorcidas, ni bocas abiertas que no digan nada.

No quiero medias verdades, prefiero puras mentiras de esas que se cazan a la legua y estallan.

No quiero palabras sin gestos.

Quiero cuentos que no terminen y palabras imprudentes que pronunciar en voz alta.

Quiero calor. Quiero ronroneo.

Quiero olas que se me lleven las lágrimas… Que la marea insistente nos arrastre, que se nos borre la cara amarga.

No quiero remordimientos.

No quiero roces sin sueños, no quiero sueños sin sal.

No quiero medios amigos, ni medias alegrías.

Quiero mar que lave mis penas y despierte mis agallas.

No quiero nombres, quiero verbos.

No quiero batallas, quiero alianzas.

No quiero riñas, ni súplicas.

No busco atajos, ni fábulas.

No quiero perderme la noche pensando en la mañana.

No quiero perder la mañana por ninguna culpa impuesta o inventada.

Que se me terminen las tonterías y las ideas que borran sueños…

Vivir sin más agenda que el deseo y el respeto.

Superar todas mis estupideces transitorias y mi fecha de caducidad calculada.

Sólo tenerle miedo al miedo…  Sólo tenerle rabia a la rabia…

Quiero volver al principio y cometer los mismos errores, esta vez con más ganas…

 


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Cosas que aprendí en la cuerda floja


Que prestamos poca atención a nuestras emociones

Cuando, en realidad, somos un amasijo de ellas. Lo que sentimos nos guía y remueve. Nos dice si vamos bien o mal, nos dibuja el camino como si fuéramos niños y nos desplazáramos por la vida a base de “frío, frío, caliente, caliente”. Nuestras emociones son la brújula para saber si lo que hacemos nos hace grandes o nos hace pequeños. Si nos lleva la pasión y el entusiasmo o nos vendemos a la rutina y el hastío… Si somos extraordinarios o decidimos ser corrientes y vivir con poco riesgo y mucho control sobre nuestra vida. Si nos soltamos o nos amarramos, si amamos o buscamos sucedáneos…

Que no hay fórmulas magistrales ni pócimas mágicas

A menudo necesitamos aferrarnos a indicaciones que nos dan otras personas. Frases que nos motiven, palabras que despiertan en ellos un subidón de adrenalina que les ayuda a subir sus montañas particulares y que esperamos que nos lleven a la cima a nosotros sin pasar por todos la peldaños de la escalera que ellos ya han subido. Preguntamos a otros para saber qué debemos hacer para poder salir del callejón oscuro en que nos encontramos, pero sólo pueden ayudarnos a hacernos más preguntas porque cada uno tiene sus respuestas. Los mantras que nos repetimos para poder seguir son individuales e intransferibles. Están diseñados con el ADN de lo que soñamos y deseamos, con nuestros miedos y nuestros triunfos… Como la canción que nos hacía dormir cuando éramos niños o la caja de secretos que teníamos escondida bajo la cama.

Que ya tenemos las respuestas que buscamos

Las llevamos dentro. Las sabemos siempre de antemano, pero a veces no queremos verlas o no podemos porque nos falta perspectiva. Porque ponemos el foco en el lado equivocado y hay una parte que nos queda oscura y no visualizamos. A menudo, incluso somos conscientes de que no lo vemos todo, pero no sabemos cómo cambiar esa perspectiva. Damos vueltas en un rincón, en una esquina reducida de una gran extensión de terreno que está ante nosotros y casi no nos atrevemos a explorar. Como si nos pasáramos la vida subiendo y bajando el mismo escalón y quisiéramos llegar al cielo o nuestra vida se limitara al metro cuadrado que nos rodea.

Que a veces nos hace falta que que alguien nos ayude a ver lo que pasa desde fuera

Que alguien nos ayude a saber qué evitamos y nos dibuje con ojos realistas pero amables. Que nos haga una composición del paisaje que tenemos ante nosotros y nos diga esas obviedades que no queremos o no podemos oír y que son tan necesarias… Porque a veces estamos ante el mar y sólo vemos la arena y cada vez que miramos al cielo encontramos una nube que nos tapa la luz que necesitamos… Aunque ahí está, siempre.

Que lo importante no son las respuestas, sino las preguntas

A veces creemos que sabemos mucho porque hemos madurado. Porque a base de tanto tropezar, hemos encontrado muchos trucos para sobrevivir y levantarnos. Porque cada día nos conocemos más a nosotros mismos y eso nos permite gestionar mejor nuestras emociones y no traicionarnos… Aunque a menudo, no nos damos cuenta de que no nos hacemos las preguntas adecuadas para pasar al siguiente nivel evolutivo de nuestra vida. Que las eludimos o las pasamos por alto, que debemos replanteárnoslo todo desde el principio porque tal vez nuestros credos están equivocados o ya no nos sirven porque hemos cambiado y no nos representan. A veces, pensamos que estamos en la casilla de salida y en realidad llevamos tiempo en la cárcel y debemos empezar a jugar y apostar por nosotros. ¿Cuál es la ruta? tus valores, tu forma de existir, tus lineas rojas, aquello que quieres ser y lo que no… Lo que nunca dejarías de lado y lo que no te importa perder. La imagen de ti que tienes cuando das rienda suelta a tus pensamientos e imaginas un futuro mejor…

Que el miedo nos cierra los ojos y nos fabrica excusas.

Nos maneja y achica, nos hace pequeños y nos paraliza como estatuas donde las palomas hacen algo más que anidar… Todo lo dicho antes no sirve de nada si no estamos dispuestos a pasar frío y saltar. Porque a veces lo que nos conviene es incómodo y nuestro sueño está al final de una pasarela que se tambalea y se agita con el viento, que tiene cien años y al sujetarse en ella, te araña las manos… Que por el camino hay muchas dificultades pero que son nuestras, escogidas por nosotros y conllevan la esperanza de llegar a la meta… Y que lo que buscamos está fuera de nuestro circuito habitual, pasando por la cuerda floja.

Que al llegar a la meta, todo vuelve a empezar…

Dar las gracias a dos grandes personas que hoy conversaron conmigo Leocadio Martín  y Maite Finch Vuestras maravillosas palabras me han animado a seguir… 


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En primera fila


Porque dije tantas veces que no queriendo decir que sí… Ahora me apunto siempre… Porque dije tantas veces que sí, sin desearlo, ahora no me callo nada.

Porque he pensado tanto en todo sin parar, ahora escojo sentir… Escojo notar y dejar de calcular.

Porque estuve tan cansada, ahora huyo de las sillas y los recodos del camino… Y si me fallan las fuerzas, miro atrás y veo lo que he dejado a mi paso y sé que puedo.

Porque fui tan pequeña, ahora quiero ser enorme.

Aunque sin dejar mi menuda presencia que se cuela en los rincones y llega a pisar el perímetro de alguna conciencia… Al final, fueron una suerte mi pequeña estatura y mis palabras imprudentes… La primera me hizo soñar con llegar a la luna… Las segundas bajaron la luna para que me la guardara. Así nunca me quedo corta…

Porque fui un libro en blanco, ahora soy un libro gastado por mil ojos hambrientos. Tengo todas la palabras del mundo en mis páginas rotas.

Porque estuve tan sola, ahora me tengo a mi misma…

Porque ya tuve miedo de todo y aún lo conservo a veces, decido sacarme el antifaz de niña temblorosa y dejar que mis muecas más alegres y más tristes choquen con el mundo.

Porque quise tanto, continuo queriendo aún más… Más por necesidad que por costumbre, más por pasión que por norma.

Porque ya fui una oruga diminuta que buscaba unas alas… Porque una vez fui una alcachofa que veía la vida pasar sin dejar de apretar sus hojas… Ahora soy un girasol que se retuerce buscando la vida. Hasta quedarse seco y extenuado, hasta desgastar hasta la última migaja de vida soñando sol…

Porque me equivoqué mucho, ahora reboto en las envidias y las malas caras. Cerré los ojos para soportarlo durante un tiempo, pero ahora me conozco cada una de las miserias que me habitan y sé cómo sobrellevarlas.

Porque muchas veces fui el destino, ahora quiero ser el camino… Llenarme de ideas, llenarme de pasos…

Porque ya hubo un tiempo en que cerré tanto los brazos para protegerme que me quedé sin abrazos, ahora me suelto. Ahora nunca dejo que nadie pase de largo.

Porque tengo tantas preguntas y hay tantos sabios ocultos tras unos ojos cansados.

Porque no tuve valor para pedir lo que quería y lo perdí sin apenas tocarlo, ahora me lanzo y devoro momentos.

Porque ya me escondí en el fin del mundo, ahora me pongo en primera fila. Para que si llueve, pueda mojarme… Para que me lleguen las caricias y me aturdan las críticas. Para notar que vivo sin más paliativo que la pura sensación de existir y respirar… Sin más lastre que mis pensamientos locos.

Porque conocí el escozor que provocan  los arañazos, nunca buscaré venganza…

Y si el rayo me parte, me romperé en mil pedazos, repartiré mis ganas por el mundo… Sabré que valió la pena dar la cara…

Porque me dijeron tanto que no, ahora no me conformo. No voy a resignarme con la vida de otros ni voy a surcar sueños ajenos…

Porque yo decido.

Siempre en primera fila…

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