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la rebelión de las palabras


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La necesidad de perder el control


Lo queremos controlar todo. Saber hacia dónde nos lleva cada paso que damos, sin apenas notarlo y vivirlo.

Somos peces. Damos vueltas a la mismas ideas de siempre. Vivimos en un bucle mental, en una espiral de modorra y rutina.

Buscamos respuestas en los libros para liberarnos de nuestras ataduras mentales y, a pesar de que nos parecen necesarias, no las aplicamos nunca.

Nos compramos una chaqueta nueva porque pensamos que si cambiamos por fuera, eso nos dará fuerzas para cambiar por dentro. Queremos ser otros sin dejar de hacer lo mismo de siempre… Somos nuestras propias marionetas.

Nos apuntamos a un curso para aprender a respirar, a descubrir quiénes somos y ponernos objetivos en la vida, mientras retrasamos el momento de empezar a vivir.

Nos equipamos para correr maratones y nunca llegamos más allá de la esquina.

Llamamos a un amigo al que hace tiempo que no vemos y le contamos nuestras penas sin escucharle. Le intoxicamos con nuestras palabras tristes y nuestros pensamientos viejos y usados, cuando en realidad lo que necesitamos es dejarnos llevar por sus ideas nuevas y frescas.

Nos repetimos mucho. Nos pasamos el día justificándonos por no decidirnos, por no llegar, por ser… Para no tener que dejar de controlar.

Fabricamos excusas para que nuestra existencia no tenga estridencias, ni sobresaltos. Nos inventamos dolencias imaginarias como coartada para no tener que superar nuestros límites.

Nos ponemos unos zapatos distintos para tener la sensación de que nos llevan por otro camino. Aunque nunca nos alejamos del perímetro que nos hemos trazado…

Nos comparamos con otros cuando nuestras vidas y puntos de partida no son comparables. Como si cada ser humano no fuese único.

No olemos el mar porque nos hundimos en la arena… Porque nos blindamos en nuestros caparazones. Nos perdemos cualquier cosa que implique poner un pie más allá de las fronteras de nuestros miedos.

No amamos por si duele. No sentimos por si el sentimiento caduca. No nos damos por si no se nos dan. No salimos de nuestra habitación interior por si al volver todo está revuelto.

No nos ponemos ese vestido atrevido que nos gusta porque nos da vergüenza. No nos lo podremos nunca porque somos de esas personas que cuelgan sus deseos en un armario y jamás se los ponen.

Tenemos prisa siempre para vivir y dejarlo todo en suspenso, en una suspensión concreta y conocida.

Vivimos en un limbo emocional donde transitamos sin pena ni gloria, a cambio de pasar por la vida sin demasiado riesgo ni conmoción.

Huimos de los laberintos y los acertijos. Cuando sucede algo fuera de nuestros planes, saltan la alarmas y nos metemos en nuestros cascarones.

Perseguimos hologramas de nosotros mismos. Nos engañamos diciendo que vamos a por todas, que queremos devorar la vida, y en realidad, ni siquiera le damos pequeños mordiscos.

Nos adjudicamos vidas anodinas y nos ponemos retos asequibles para no tener que notar el frío de de nuestros pasos imprudentes.

Cuando nos caemos, miramos de reojo aterrorizados por si alguien nos observaba, porque vivimos en un escaparate asfixiante…

Nos ahogamos en gotas de agua y convertimos un pequeño conflicto en unas arenas movedizas.

No osamos. No preguntamos. No nos atrevemos a insinuar que nos gusta. No pedimos lo que queremos por si no queda.

Nos quejamos en voz alta para buscar la compasión fingida de otros que se quejan también en voz alta y que como nosotros tampoco nos escuchan porque para hacerlo tendrían que dejar de lamentarse.

Nos mordemos la cola y tropezamos con la misma piedra… Vivimos en una caja  y nos conformamos con lo que vemos a través de las ventanas… Confundimos la desidia con la paz y la resignación con la adaptación. Nos ilusionamos con el mando a distancia y calculamos nuestras carcajadas porque consumen calorías.

De vez en cuando, queremos romper con todo y cambiar, pero lo hemos convertido también en una rutina para no tener que asumir esa necesidad de renovarnos, para convertir nuestro cambio en algo inmutable y cíclico. Para poder continuar soñando que cambiamos sin tener que movernos ni un milímetro y sin correr el riesgo de romper las costuras de ese traje a medida que nos hicimos para no transformarnos.

Y sin embargo, ya tenemos todo lo que necesitamos y somos todo lo que buscamos.

Sólo hace falta seguir el camino más abrupto, escoger la opción más complicada y arriesgarse, pedir el deseo más grande y subir a la cumbre más alta.

Hacer la pregunta impertinente que nos ronda por la cabeza. Pisar la zona prohibida. Levantar la cabeza y osar soñar con retos más altos y rotundos… Abandonar la cola donde esperamos a que repartan lo que siempre pedimos y dar la vuelta para encontrar algo inesperado…

Cambiar de pensamientos, cambiar de palabras y salir del decorado.

Hacer algo que no hemos hecho nunca pero que siempre hemos deseado intentar.

Cumplir con disciplina los consejos de los sabios… Y si nos parecen consejos cómodos y asequibles, cambiar de sabios.

Sentarse donde nuestro mundo se tambalea y perder el control de lo que nos sucede… Atrevernos a cuestionar quiénes somos y lo que hacemos. Ahondar en todas nuestras inseguridades y caer en todas las trampas que pusimos para quién quisiera flanquear nuestras defensas y entrar en nuestras almas.

Dejar de quejarnos y borrar esa cara agria que dibuja la rabia acumulada y nos aleja de aquellas personas a las que realmente nos iría bien acercarnos. Huir de todas esas caras grises que nos recuerden lo que fuimos para dejar de relacionarnos con personas que buscan vidas controladas.

Dejar de mirar a los demás por encima o por debajo, buscar su mirada y conectar…

Aceptar y adaptarse. Y, si hace falta, esperar hasta poder cambiar lo que queremos cambiar.

Andar por ese sendero de tu vida donde no sabes si habrá barandilla…

Gestionar tus emociones y aprender de ellas.

Abrazar lo sencillo y recrearse en lo básico. Encontrar el punto entre fluir y estar. Encontrar ese lugar salvaje que habita tu conciencia más indómita y dejarse llevar… Abandonarse a los sentidos sin que tu yo más inflexible pierda del todo el equilibrio.

Ser curioso e irreverente. Descubrir lo necesario que es a veces perder el control para descubrirte a ti mismo. Nuestros grandes talentos están a veces ocultos en nuestras grandes flaquezas, en nuestros temores, en el ángulo muerto de nuestra visión disciplinada y formal.

Despertar un día y no reconocer nada de lo que te rodea y que no importe. Saber que nada te une al decorado de tu vida por decreto ni obligación. Que no sigues más guión que el que escribes cada día… Que más que posesiones tienes vivencias… Que tú escoges tus arraigos y echas tus raíces. Que, si es necesario, cada día construyes tu hogar en un lugar distinto del camino… Que cada día construyes el camino.

 


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El poder de la empatía


Cultiva tu empatía, practica la humildad

Ser una persona empática te abre camino. Supone un plus en muchos aspectos de tu vida. La empatía es una gran aliada, una gran inversión en el buen profesional que quieres ser y la persona extraordinaria que llevas dentro y aspiras a mostrar. La mejor forma de “venderse” es evidenciar ante los demás que sientes como ellos sienten y que te importan. Y sobre todo, hacerlo de forma honesta y humilde.

No cortes el ritmo, deja fluir…

Escucha. Escuchando se aprende y  se hace grande tu intuición. Aprendemos y maduramos a golpes y también observando con ojos hambrientos. Todo tiene un tiempo y un ritmo, no cortes ese ritmo que fluye en una conversación… Dedícale un tiempo.

Dí que sí

Asiente cuando te hablen, que se den cuenta de que escuchas de forma activa e interiorizas lo que dicen. Que te llega, que te salpica tu dolor y su emoción, que eres humano y que te conmueven sus sentimientos.  Que quede claro que estás a su lado y que no es para quedar bien durante esos cinco minutos en los que tomas un café … Las personas no son un café.

Muchas personas no escuchan cuando les hablas, están ocupados mentalmente pensando qué van a decir y buscan el momento para interrumpirte, porque les interesa más quedar por encima de los demás que obtener información que les podría ser muy útil para conectar con esa otra persona y compartir un momento de cercanía. No pueden callar y esperar, quieren aparentar y marcar su territorio, dominar, dejar claro que ellos también tienen mucho que decir. Cuando, precisamente, si alguien te está contando lo que le afecta y necesita hablar, detestará que hables tú y lleves la conversación a tu terreno. Le dolerá que destaques más tú en ese momento justo, que cuando le toca a él exponerse y, tal vez brillar en su exposición, le quites el puesto.

Una de las cosas que más angustian y fastidian en un diálogo es estar contando algo y ver que la otra persona calcula tus exhalaciones de aire para encontrar un hueco y poder hablar. Constatar que tiene el cuerpo hacia delante, en posición de ataque y preparado para contarte algo cuando aún no has acabado con tu explicación. Que incluso, en medio de tu disertación emotiva, es capaz de citar algo poco trascendente o distraerse con el paisaje que le rodea.

No siempre eres el protagonista de todas las historias

Hay personas que lo protagonizan todo, incluso las tragedias ajenas. Llegan hacer sentir culpables a los demás cuando está hundidos porque lo que les cuentan les afecta o distrae de sus obligaciones o planes. Personas de esas que te vienen a ver al hospital porque estás enfermo y en lugar de preguntarte cómo te sientes, darte ánimo y ayudarte a sobrellevar el mal momento, se dedican a decirte cómo les has fastidiado la tarde por tener que venir y las peripecias que han tenido que superar para hacerlo. Personas que cuando otro es el foco de atención del grupo, aunque sea por una mala noticia, no saben encajar en su lugar y buscan desempeñar un papel más destacado hasta ponerse en evidencia, incluso. No puedes ser siempre el protagonista de todo ni es positivo para ti porque puedes sobrecargar a los demás. No protagonices los momentos estelares de otros, ni les usurpes su escenas…

Deja que te cuente su historia y se recree…

Que no pase el tiempo ni te importen los minutos. No hay medida para la compasión y la emoción, no hay reloj ante su dolor o ante su felicidad o su alegría si te cuenta que algo hermoso le sucede.

Recuerda que no eres el centro del universo. Si te cuenta su historia porque se siente mal, no busca que tú le cuentes la tuya, no al menos de buenas a primeras, y si no es para ayudarle sacando una moraleja que pueda echarle una mano. Para explicarle cómo superaste tú una situación similar. A veces, alguien nos cuenta cómo se siente y nos habla de lo que le pasa y parece que se establezca una competición a ver cuál de los dos está más hundido o fastidiado.  Cómo si pudiéramos calcular el dolor con un barómetro y decidir quién es el ganador. Si su historia es alegre, siéntete bien por él. Siempre he pensado que alegrarse de lo bueno que les pasa a los demás es muy saludable y que la dicha es contagiosa.

Da importancia a sus palabras y sus gestos.

Fíjate en sus palabras y el énfasis que pone en ellas, cómo las dice, por qué usa esas y no otras. Piensa cómo te sentirías tú en su lugar y lo que necesitarías, piensa qué esperarías tú de otra persona si te encontraras en su encrucijada.

Controla tu lenguaje no verbal, que note que le importas…

Mírale a los ojos y descubre qué te dicen. Mira con respeto, a rachas, no vayas a agobiarle o parecer inquisidor. No mires otras cosas, haz que note que te importa. Observa sus manos, su postura, ponte a su lado emocionalmente y deja que tu cuerpo transmita que lo estás de verdad, que vas en serio.

Toma la distancia adecuada, que no es otra que la que merece la situación. Pasa a una distancia  más íntima si es necesario, sin invadir su espacio si notas que se aleja. Tal vez, no os conozcáis demasiado pero si la persona que tienes delante se abre ante ti, debes responder con apertura mental, que se note que la comunicación fluye. No te cierres, no te cruces de brazos y pongas una barrera entre vosotros.

A veces, nuestro lenguaje no verbal no transmite lo que sentimos porque nos ponemos corazas para disimular nuestras emociones. Otras, sencillamente no transmite empatía porque no sabemos usarla. Algunas personas, cuando intentan escuchar el relato de otras sobre cómo se sienten, no saben cómo responder a las emociones y se ponen a bromear y a esquivar la profundidad del tema porque ahondar en los sentimientos les pone nerviosos. Eso es terrible para el que habla porque no sólo deja claro que no le importan sus sentimientos sino que además no le entiende y le parecen una estupidez.

Dale esperanza y no relativices.

Dale esperanza. No hace falta un “todo saldrá bien” porque hay situaciones en las que es muy obvio que no saldrá bien y, aunque toda situación tiene una moraleja y un aprendizaje, en un primer momento, si la realidad es muy dura, un comentario de este tipo puede parecer una frivolidad. No siempre se puede relativizar todo, hay muchas situaciones en la vida que requieren callar y abrazar, susurrar un “me tienes aquí contigo” y compartir un rato. Además,  hay muchas formas de esperanzar a alguien, sencillamente con un abrazo, un afectuoso golpe en la espalda, una mirada de cariño, un “estoy aquí pase lo que pase” le hará ver que no está solo, que alguien pensará con él soluciones si el problema empeora, que alguien le escuchará…

Sé oportuno…

El sentido de la oportunidad es casi un don, una consecuencia de cultivar tu intuición. Requiere un esfuerzo para concentrarse en vivir el momento presente, sin escuchar todas esas voces interiores que nos recuerdan que llegamos tarde, que tenemos prisa, que estamos cansados… Y requiere también saber encontrar el punto justo para actuar y las palabras adecuadas. Para ello hay que dejar de escucharse a uno mismo y sincronizarse con los demás.

No le hagas sentir culpable de nada. Todos somos responsables de nuestras acciones pero no deben ser una cruz que nos señale para siempre, sino una experiencia más que nos ayude a crecer. La palabra “culpable”  y la sensación que lleva adherida son una losa, una mancha pegada que no se borra. No digas “te lo dije” porque con ello lo único que haces es quitarte de encima esa responsabilidad tú, para que quede claro que eres más sabio y ya tenías claro qué iba a pasar. Deja las reflexiones para un momento más oportuno… Tal vez más tarde sea el momento de ayudarle a ver que es responsable en parte de lo que sucede y  que (ahí está la buena noticia) por tanto, eso hace que tenga la llave de la solución y pueda salir de esta situación con nuevas herramientas para evolucionar como persona. Los responsables  dirigen su vida y solucionan los conflictos, los culpables arrastran una culpa imaginaria como si fuera una sentencia inapelable.

Usa tus palabras, no las de otros…

Las palabras curan, son terapéuticas. No uses frases hechas y vacías. Busca las tuyas. Dosifica tus palabras como si hablaras con cuentagotas. Que no sobre ninguna, pero que no falte. Da importancia a la forma de decirlas, cuida el volumen. No fuerces el tono, acaricia cuando hables, susurra si hace falta, acompáñale con la mirada y la sonrisa. Sé firme si hace falta, siente, pero no en la tentación de regodearse en la tragedia.

Sé tú mismo, que te reconozca en lo que dices, que note que eres sincero y honesto, que sepa que no actúas… No actúes. Ponte en su lugar e imagina qué desearías tú si fueras él. Ponerte en su lugar no te hace pequeño, te hace grande… Recuerda que no se trata de fingir, sino de sacar de dentro esa parte que hace que el resto del mundo te importe.

Si todo esto te cuesta un esfuerzo inconmensurable, no lo hagas, se notaría que lo haces de forma mecánica y generaría justo en efecto contrario. Y si puedes, reflexiona por qué te cuesta tanto, ¿es porque miras a los demás desde abajo, pones corazas por timidez y te cuesta abrirte o hacerles un hueco o porque les miras desde arriba y no te parece que merezcan la pena sus pequeñas miserias?

Recuerda que una palabra amable cambia a veces el curso de una historia, no subestimes su poder. La capacidad de sentir lo que otros sienten no te deja en un segundo plano, te hace poderoso y te da infinitas posibilidades de crecer. Cuando aprendemos a servir a los demás, en un plano de igualdad, es cuando realmente somos grandes…


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Si el reto te asusta, es que merece la pena…


Si da miedo, es que el reto es enorme…

Si el reto te asusta, no pares. No te detengas a sentir cómo el miedo te frena y paraliza. Sabes que vas por el buen camino porque cada día que pasa estás más asustada. Porque te descubres inventando mil excusas para abandonar y cada rostro que ves parece que te suplique que pares y diluya tus ganas locas de seguir. Porque tienes miedo de llegar a uno de los recodos de este camino que se dibuja cada día y querer volver y al mismo tiempo querer llegar hasta el final. Porque aún temes que tu yo cansado te amargue el viaje hacia ti misma y encuentre un atajo para encerrarte en el pasado. Cuanto mayor es el sueño, mayor es el miedo… Si vas a darle la vuelta a tu vida, tu miedo será gigante y tu recompensa, también.

Si tu yo de siempre inventa estrategias para que te eches atrás, es que vas por buen camino…

Sabes que esta vez es la definitiva, porque la niña que eras antes cierra ventanas y se cubre por el frío de tus nuevas decisiones. Porque se esconde bajo la cama y te mira de reojo incrédula pensando que te has vuelto loca. Porque deseas continuar hasta el final pero a menudo no sabes cómo y finges no recordar por qué. Aunque lo sabes… Estás en esto porque estabas harta de meterte bajo camas imaginarias y soñar con hacer locuras que a otros les salían bien. Porque en el fondo, sabes que eres de esas que arriesgan, porque sabes que te mereces lo que sueñas y más, porque el tiempo de ocultarse ha terminado… Lo notas porque las dudas te sujetan y tiran de ti hacia atrás, a veces, con tanta fuerza que necesitas parar para tomar aire. Cuanto más se esconde esa niña, más necesario es  que camine esta mujer.

Si ya te notas y te ves cómo realmente eres, es que estás a punto…

Sabes que estás a punto de conseguir dar uno de esos pasos irreversibles en tu vida porque te miras y no te reconoces y, a la vez, te das cuenta de que nunca has sido tanto tú misma como en este preciso momento.

Porque no te importa si es de noche o de día y empiezas a coquetear con esa tú que ves al final del camino y eso te gusta. Porque te gustas. Enfoca lo que quieres y no lo pierdas de vista, sigue tu plan y acaricia los pequeños logros de cada día.

Porque cuando cambias por dentro, los demás lo notan…

Sabes que esta vez vas en serio porque algunos ya te miran distinto, porque y eres lo que quieres ser y se nota en tu forma de andar y moverte. Porque levantas la vista y aguantas la mirada. Porque ya no te tapas las manos con la cara ni escondes tu sonrisa, porque no te sientes boba ni avergonzada de tu cuerpo ni de tu risa… Porque incluso has encontrado un cierto placer al ponerte en evidencia y escandalizar a los que susurran. Porque cada día te importa menos que susurren, porque ya tocas lo que eres en realidad y te sientes más libre…

Cuando ya no buscas que otros te acepten, porque te aceptas…

Porque ya no necesitas que te aprueben para sentir que eres hermosa, que eres capaz de mostrar al exterior esa belleza absoluta que llevas dentro. Y te das cuenta de que ha estado siempre ahí esperando a que te dieras cuenta de que existía y tuvieras el valor de mostrarla. Lo invade todo y forma parte de tu forma de ver la vida y de relacionarte con los demás. Porque ahora te percatas de que tienes mucho por ofrecer y talento por explorar. Porque ahora ves claro que la belleza es una actitud.

En el fondo, ya eres lo que sueñas. Lo has sido siempre, pero no lo veías…

Sabes que vas bien porque no puedes evitar contarlo. Porque ya no te callas, ni te pones en la última fila, porque no esperas que aprueben ni rechacen tu plan para seguir con él y nada perturba tus pasos. Porque ya nada doblega tu voluntad de ser tú misma.

Sabes que vas a conseguir sacar de ti esa persona que de verdad eres porque miras atrás y no reconoces tus tabús ni tus complejos. Porque recuerdas tus escondites favoritos para pasar desapercibida y una sensación de ternura y ganas de olvido te invade el pecho. Porque en ese momento todo el esfuerzo realizado te compensa y sabes que ya no volverás nunca más a pisar esa senda oscura donde no podías casi respirar.

Porque a pesar de que quién cambia eres tú, parece que el resto de mundo ha dado la vuelta…

Cuando tú cambias, todo cambia. Sabes que vas por el camino correcto cuando te das cuenta de que en realidad no importa qué camino tomes, sólo quién eres…

 

 


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Por qué escribo


Escribo por necesidad. Por inquietud. Casi por delirio. Escribo para apaciguar a mi alma guerrera que siempre me pide librar batallas contra dragones imaginarios. Escribo porque a cada palabra que suelto, la ansiedad se mitiga.

Escribo para calmar el dolor de mi cuerpo menudo y atenazado por las ganas de llegar a todo y siempre sentir que se queda corto.

Escribo porque las palabras construyen realidades paralelas y sosiegan llantos. Porque necesito sacar de dentro todas las que tengo almacenadas esperando engendrar pensamientos. Escribo sin cadenas ni frenos.

Escribo para ser mejor y sentirme completa. Para no perder el don de encontrar la belleza en todo y darle la vuelta a los momentos amargos. Escribo porque las palabras acortan las noches de insomnio y eternizan las caricias.

Escribo porque creo fervorosamente en la intensidad de las formas … En la necesidad de encontrar la forma más adecuada para cada momento. Escribo porque adoro lo pequeño y quiero prolongar lo escaso.

Escribo porque escribir agita mis alas y me recuerda que la oruga es una mariposa y la bellota una encina.

Escribo más para los que buscan que para los que ya tienen, para los que quieren saber más que para los que ya todo lo saben. Escribo porque mis palabras cambian el camino. Escribo porque las palabras me cambian…

Escribo porque las palabras que uso hacen que mis temores sean absurdos y mis fantasmas queden ridículos ante el espejo del tiempo. Escribo para acortar distancias y dilantar presencias…

Escribo con palabras imprudentes, a veces, con palabras que me salen de las vísceras y los pliegues de una conciencia cansada pero agitada. Escribo para pasarme y no para quedarme corta…

Escribo para zarandear conciencias y revolver entrañas.

Escribo para los que no escriben y lo necesitan.

Escribo para dar palabras a los que las buscan y no las encuentran. Escribo para emocionar con lo que me emociona… Escribo sin buscar redención ni querer esquivar condena.

Escribo sin más norma que la de no traicionar mis principios y mis ganas. Escribo sin atar mi vergüenza y corro todos los riesgos que se deriven de mis sentencias más absurdas. Escribo sin corsé ni margen, con todas las rosas y todas las espinas… 

Escribo sin esperar que nada calme mi sed de palabras ni mi insaciable hambruna de magia…

Escribo sin estar sujeta a la severidad de otros ojos, ni a las ataduras de morales impuestas.

Escribo sin riendas…

Escribo por si el viento sopla fuerte y hace frío…

Mido versos, nunca mido respuestas. Busco saciar esperanzas, no bolsillos… 

Escribo para seducir a los cautos y que se dejen llevar. Escribo para encandilar a los sumisos y que levanten sus miradas.

Escribo irreverente y desbocada, sin buscar más dicha que la de mis historias ni más gloria que la gloria de honrar las palabras… No escribo para encontrar respuestas sino para atreverme con las preguntas.

No escribo para los pájaros que ya cantan solos sino para las ramas de los árboles y las pasiones mudas o calladas.

Escribo de oído. Escribo de recuerdo. Escribo con fuego desde mis entrañas revueltas y ansiosas…

Escribo porque invento mundos y levanto imperios imaginarios. Porque dibujo caminos y puentes y genero estados de ánimo. Escribo para que las fieras amaestren a sus domadores y los cuerdos pierdan un poco la razón…

Escribo porque cuando escribo, sueño, y soñar es lo que nos diferencia de las bestias…

Escribo para enamorar a las bestias.


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Ama tus rarezas


Nos pasamos la infancia intentando ser lo más “normales” posible para no llamar la atención, ni ser objeto de las miradas crueles de algunos compañeros. Escondemos nuestras diferencias, nuestras particularidades, todo aquello que nos define y que consideramos que se aparta de la media… En algunos momentos de nuestra niñez, ser distinto es llevar una cruz gigante, caer a un vacío enorme y casi sonoro… Una carga pesada que sobrellevar prendida a una etiqueta que nos asegura que todos sepan que no somos como los demás, que nos merecemos seguir a parte y estar solos. Que osamos pensar de otro modo, que tenemos otras ideas, que vestimos de otra forma o hay algo en nosotros que no pasa su prueba. Porque somos muy bajos o muy altos, porque nos sobra perímetro o nos falta fuerza… Porque nos salimos del patrón que se supone que siguen todos. 

No encajar es doloroso… Te hace vivir dominado y cautivo. Sometido y encongido. Nos ocultamos de los demás, incluso de nosotros. Nos escondemos de los espejos y pasamos rápido ante aquellos que encolerizan cuando nos ven, porque parece que les estorbemos… Y nos acabamos creyendo que estorbamos.

La niñez es un pedazo de vida largo, intenso y bastante crudo, a veces, para aquellos que no siguen la norma. Para los que no gustan de entrada, para los que tienen que esforzarse más para llegar a la meta para algunos que incluso tienen que luchar para poder estar en la linea de salida, cuando los obstáculos que deben vencer son muy grandes.

Aprendemos a no destacar por si molesta. Suplicamos ser invisibles, mimetizarnos con el paisaje. Soñamos con habitar otras vidas y ser personas lo más comunes posible. Buscamos rincones oscuros y miradas de aprobación. Nos prohibimos imaginar imposibles, inventar mundos paralelos y soñar con cambiar las reglas para que sean más justas y nos concedan un lugar donde permanecer tranquilos. Reprimimos todas aquellas emociones que a ojos de los demás nos convierten en extraños, en bichos raros, en saco de golpes, en blanco de todas la miradas. Si no somos quién domina la situación, es mejor no destacar en nada por si no gusta, por si es objeto de burla, por si alguno de los que tiene que aprobarte se siente ofendido. Ser diferentes nos da miedo, por si eso nos aleja de otras personas y nos quedamos solos.

Y luego, creces como puedes, empiezas a buscar tu espacio en la vida y descubres que las diferencias son necesarias. Que lo que antes era ser un bicho raro ahora a veces es ser un genio, que aquella parte de ti a la que quisiste ahogar para sobrevivir era lo que te hacía grande y extraordinario. Que tus defectos son virtudes cuando aprendes de ellas, que lo que te hace distinto te hace único… Que hay personas que pagarán porque hagas eso que antes a otros les hacía reír.

En el mundo adulto, hay quién quiere continuar escondido y escapando de los espejos. Quién calla cuando otros le hacen callar y nunca opina nada que pueda ser molesto para otros. Hay personas que siguen sin encontrar en su interior aquello que podría dejar huella en los demás… Aunque todos lo tenemos, todos somos maravillosos en algo, aunque el mundo no lo entienda.

Y otros ya han descubierto que no se puede gustar a todos porque eso nos convierte en seres híbridos e insustanciales y que mientras respeten a quiénes comparten con ellos el camino, la opinión más importante es la suya.

En el mundo de los adultos, falto de inocencia  y de entusiasmo en muchas ocasiones, hay quién recupera esa parte de la niñez que le obliga a darle la vuelta a todo. Hay quién guarda  intacto aún al niño que soñaba con volar aunque todos le miraban con ojos perplejos…

En este mundo la rareza se llama talento y la locura se llama reto. El que nunca llegaba a la meta porque corría lento investiga ahora una vacuna que salvará vidas y el que tenía que esforzarse mucho para estar en la linea de salida, de tanto acostumbrarse a tener el listón alto, es un atleta de élite. El que siempre callaba y se sentaba al final con la cabeza baja inventando historias ahora se gana la vida con sus palabras… Y la gente las lee y las escucha.

Hay muchos que siguen luchando para defender sus diferencias, a pesar de la incomprensión de otros, porque ni quieren ni podrían renunciar a lo que les define. Muchos que cultivan sus rarezas y cambian el mundo con su talento sin que casi nadie lo sepa, paso a paso, de forma anónima, sin pausa, en un rincón, sin hacer estruendo… Tal vez no reciban gloria, pero está satisfechos porque aquello que antes ocultaban, hoy les permite vivir y mejorar la vida de otros. Lo que antes les hacía ser raros ahora les permite ser extraordinarios…

Si ser “normal” es someter a otros o aceptar que algunos lo hagan con aquellos que consideran débiles o inferiores, seamos raros, rarísimos…

Hay todavía quién suplica ser “normal” a pesar de que el mundo mejora cada día gracias a nuestras rarezas.

Amemos nuestras diferencias porque son las que nos permitirán crear un mundo en el que todos podamos caber.


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Antes de volar


No hace mucho pensaba que si hubiera podido dibujar mi vida desde el principio, seguramente habría perdido menos tiempo intentando quererme. No es que el tiempo dedicado a mi autoestima haya sido un desperdicio, claro que no. Quererse es imprescindible para conseguir ser feliz y hacer felices a otros. Quiero decir que me hubiera gustado llevar la autoestima de serie un poco más alta y no tener que dedicar tantos años a trabajármela. Días y días de soltar llanto reprimido y abrir los ojos a la realidad de que todos somos valiosos y distintos y todos podemos ofrecer algo que vale la pena, seamos cómo seamos. Por tanto, si hubiera sabido que llegar respetarme tal y como soy me llevaría tanto quebranto, hubiera querido nacer con esa lección aprendida porque es básica. Si no te amas, no amas. Si no te sientes bien contigo mismo, todo lo que intentas se pudre.

No hubiera tenido que ser ni más maravillosa, ni más conformista. Sencillamente, podría haberme concentrado en otras metas posteriores que me esperaban, a las que no tuve acceso hasta que mi autoestima llegó a un nivel mínimo. Cuando te quieres a ti mismo, se abren ante ti caminos por explorar que ignorabas que existieran. No somos conscientes de lo mucho que podemos llegar a hacer si nos ponemos a prueba y lo intentamos. Cuando no te quieres, te ocultas siempre y nunca arriesgas nada, nunca sales de tu zona de confort porque sientes pánico a que te miren, a contemplarte a ti mismo con esos ojos inquisidores…

Imagino haber visto esos caminos, esas posibilidades, esas oportunidades ante mí mucho antes y no puedo evitar derramar unas lágrimas… ¡Cuánto podemos llegar a negarnos a nosotros mismos ser felices! ¡cuánto nos vetamos vivir intensamente mientras nos castigamos por no ser, no parecer, no llegar! Y eso, dejando de lado que a veces es falso, porque sí somos y sí llegamos y no importa qué parezcamos… Eso nos cierra los ojos para ver que hay un millón de ventanas abiertas por las que acceder a distintas vidas y realidades esperando que nos asomemos a escoger la que nos apetece.

Todas las veces que podría haber disfrutado del momento que vivía pero estaba demasido compungida pensando en que no era cómo yo soñaba o, peor aún, cómo otros esperaban de mí… Todas las veces que no pude sentirme bien imaginando qué podían pensar los demás de mis errores o mi aspecto… Siempre pendiente de llegar a una perfección aturdidora sabiendo que jamás iba a conseguirlo y culpándome por no tocar una meta absurda. Cómo si hubiera estado siempre mirando al lugar equivocado y habiéndome perdido el maravilloso espectáculo que había a mi alrededor. Siempre buscando que el sol se ponga en el lado erróneo o perdiéndose la luna por mirar su reflejo. Todo pasaba a mi alrededor y yo no lo veía porque mi dolor deformaba el paisaje y lo teñía de una sord¡dez irreal. ¡Qué desperdicio de momentos que pasaron ante mi cara sin que yo los pudiera ver y sentir!

Siempre que recuerdo todos los escalones subidos en esta escalera del amor propio y lo lenta que he ido (aún me quedan muchos, seré sincera) me siento frágil, me siento caduca, me duele el tiempo perdido intentando ser yo mientras el mundo giraba sin esperarme. El mundo no espera nunca. O te montas en él o te quedas parado intentado descubrir que en realidad eres especial. Aunque no sirve de nada culparse por ello, mejor mirar adelante. Culparse sólo serviría para retroceder y bajar algunos de los peldaños de la escalera de autoestima que tanto nos costó subir. Es mejor responsabilizarse de la situación y poner solución. Seguramente, mientras nos buscábamos a nosotros mismos para encontrar cómo amarnos, encontramos también por el camino mucho de lo que hoy nos hace ser mejores.

Ahora me doy cuenta de ello, siempre estaremos subiendo peldaños para querernos, hasta el último de los días…Todo ese tiempo que yo creía perdido era un aprendizaje  que me había servido para afrontar lo que venía después con un poso distinto. Si hubiera tenido una gran autoestima desde el minuto cero, tal vez no hubiera sabido gestionarla y ahora yo no sería yo… El tiempo lo malgasto ahora lamentándome por haber tardado tanto en subir la escalera y no saber dejar atrás lo que no cuenta. Por sentirme caduda y triste pensando en lo que pudo ser… 

Podría haber ido más rápido, sin duda, pero ahora sería una persona distinta. Y algo que ha aprendido de intentar quererme todos estos años es que, a pesar de lo mucho que quiero mejorar y crecer, me gusta cómo soy.

Con cada falta y querencia. Con mis emociones desatadas y mis lágrimas facilonas, a veces. Con mi amor por las palabras y mi necesidad de comunicarme siempre… Con mis prisas y mi impaciencia. Con mi ilusión desbocada y mi cabeza incapaz de dejar de pensar… Nunca sabré dónde estaría si el primer día hubiera podido decir esto que ahora digo y estar convencida de ello. Tal vez en ninguna parte, haciendo nada, incapaz de encontrar ninguna palabra para nadie. Seguramente porque cuando todo está bien, no tenemos necesidad de luchar por cambiarlo. Sin conflicto, sin esfuerzo, no hay vida. El dolor te hace caminar y buscar, te hace salir de la crisálida y explorar. 

Y al final, el tiempo usado intentando quererse es una inversión de madurez que puede ser muy útil a la hora de enfrentarse al abismo. Siempre queda un peldaño más por subir y un poco más de lastre por soltar…

Y una lección aprendida… Nada es en balde, todo lleva su tiempo… Aunque una vez asumido, conviene recordar que el mundo gira y hay que montarse en él. La vida es un gran espectáculo que no nos podemos perder…

Dicen que si ayudas a una mariposa a salir de la crisálida, sin querer, la acabas matando… Sus alas necesitan luchar para salir por el agujero para poder madurar antes de volar…


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Planta cara a tus fantasmas


No huyas de nada. Busca armas para vencerlo. Están todas en ti. Son tus palabras y tu forma de ver la vida. Lo que has aprendido luchando por ser tu mismo. Tus ratos de felicidad y tus esfuerzos por llegar a conseguir lo que quieres. Cuando huyes de tus fantasmas, siempre acaban regresando a ti. Son como puertas mal cerradas, hasta que no deshaces el camino, tomas el pomo y cierras con fuerza, siguen dejando pasar una corriente de aire que a veces te zarandea y con cada ráfaga se te lleva algo. No huyas de nada, sobre todo, no huyas de ti…

Si no afrontas el pasado, vendrá siempre a ti, como una marea que devuelve a la orilla lo que ya no pertenece al mar… No puedes construir nada porque todo lo que construyes es como un castillo de arena que se llevan las olas agitadas por esas corrientes de aire perpetuas a las que te someten tus puertas mal cerradas. Todo lo que queda sin concluir, permanece vivo en tu conciencia, como un recuerdo que se resiste a quedarse dormido… Como una luz roja que te hace siempre tener presente que en un tramo de tu vida, algo no quedó bien soldado o no tiene consistencia.

Mira a los ojos a tus miedos. Cuando los fantasmas del pasado llaman a la puerta, si no les abres, se quedan allí, medio ocultos, agazapados, esperando cada vez que intentas pasar página… Llamando y aporreando tu puerta y gritando tu nombre. Sea lo que sea, si no puedes olvidarlo, si reverbera en ti hagas lo que hagas, es mejor ponerse a recordar cada detalle y averiguar por qué, hacer revisión y cauterizar la herida. Todo lo que no puedes digerir se queda dentro de ti e intoxica tu vida, sale de tus poros, se infiltra en tus pensamientos, se posa en tus sueños, se refleja en tu cara… En cada gesto que haces, en cada palabra que dices. Lo que no sellas bien, acaba haciendo ceder las compuertas que lo ocultan y desata una marea que te arrolla. Si no cierras tu pasado, vives en él… 

No son lo que parecen. Están deformados por el dolor y miedo. A menudo, nuestros fantasmas son más pequeños de lo que imaginamos. El recuerdo les da un halo de grandeza irreal, como los juegos de luces y sombras en la oscuridad o tu misma silueta tras la estela de una vela en un candil. En la penumbra todo es gigante… Lo mínimo es máximo…

Si no se afronta el pasado, el paso del tiempo deforma situaciones, cambia el sentido de las palabras y modifica la cadencia de las frases. Convierte en ogros a los genios y alimenta la ansiedad hasta convertirla en algo insoportable.

Sin embargo, si cada vez que uno de esos recuerdos llama a la puerta, abrimos y le miramos de frente, se hace pequeño. Se convierte en fantasma asequible, en temor inocuo. Cada revisión de lo que aún nos araña, duele menos. Hasta que un día, abres la puerta y no ves nada y te das cuenta de que nunca hubo nada más que tú mismo ahí detrás. Que el fantasma no venía a fastidiarte sino a echarte una mano para zanjar cuentas pendientes contigo. Que quién aguardaba oculto tras los mil candados que habías puesto para no desatar el pasado, eras tú, esa parte de ti que quería dejar de sufrir y que te pedía que afrontaras quién eres. Esa parte de ti que quiere respirar hondo y mirarse al espejo sabiendo que no se recrimina nada, que no se oculta nada, que se perdona por no haber sido algo que tal jamás debió ser, que no guarda resentimiento a nadie… Ese tú que quiere llevar las riendas y no hacerse trampas. El que reventó el cerrojo y dejó salir a las bestias inmundas que atormentaban tu cabeza y tu pecho para mostrarte que podías con ellas, que ya eras adulto, que ya tienes armas suficientes para vencer… Que no hay más batalla que librar que el perdón y la responsabilidad de tus actos.

Perdona. A ti y todos. No sabían más y en su torpeza te ofrecieron la oportunidad de mejorar, de superarte, de tener que sacar lo mejor de ti y convertirte en lo que eres ahora. Al final, acabarás dándole las gracias a tus fantasmas. Por haber insistido en recordarte lo que te falta para estar completo, por haber traído a ti situaciones del pasado que tapaste bajo una capa de incomprensión y dolor y que debías afrontar. Por perdonarte y perdonar a otros. Por mirar con los ojos del presente a un pasado desdibujado por el miedo y la ansiedad. Porque te han permitido tomar el timón y decidir el rumbo sin tener que mirar atrás más que para sentir el calor acumulado y las caricias.

No menosprecies a tus fantasmas porque pueden llegar a ser grandes oportunidades para crecer. No temas mirar atrás si te lo debes… Y una vez cerrada la puerta sin deudas pendientes, olvida el dolor y disfruta del saldo de madurez que te ofrece cada momento. Piensa en lo que has conseguido con la valentía de afrontar, piensa en lo grande que puedes llegar a ser cuando perdonas a otros y te perdonas a ti mismo. Piensa en lo oportuno que has sido decidiendo escuchar a tu conciencia… Date cuenta de cómo has sabido darle la vuelta a la situación para tomar lo bueno y dejar atrás el dolor. Planta cara… Enfréntate a tus miedos y verás como se hacen pequeños…

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