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la rebelión de las palabras


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Vayas a donde vayas


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Vayas a donde vayas, hará frío, hará viento, sentirás miedo y a veces dolor… Vayas a donde vayas, pasará el tiempo y el sueño. Habrá recuerdos hermosos y recuerdos tristes. Habrá días de sol y de lluvia, habrá desconsuelo y habrá esperanza, alegría, retos, amigos, caminos que andar y puentes que cruzar de esos que al mirar abajo te harán cantar las tripas y temblar las piernas. Estarás seco y mojado, encogido y libre. Vayas a donde vayas te harás viejo o te sentirás joven. Te sentirás vivo o te sentirás roto. 

Vayas a donde vayas, habrá alguien que llora y necesita de tu abrazo y alguien que camina a tu lado para enseñarte el camino. Habrá risa y llanto. Habrá sed y habrá agua. Habrá amor y habrá guerra. Habrá noche y cuando acabe la noche, amanecerá sin que la noche puede evitarlo nunca. Habrá un ayer y un mañana, pero sobre todo, habrá un ahora, un presente, un momento que se escapa mientras te pierdes contando el dinero que te queda, culpándote por tus errores  antiguos y pensando qué le dirías a esa persona si no tuvieras miedo de hablar con ella.

Vayas a donde vayas, habrá mentiras y verdades maravillosas. Habrá miradas de amor y jueces severos. Habrá muros y montañas por los que trepar y valles tranquilos por los que mecerse un rato escuchando el silencio. Habrá amigos que te den la espalda y desconocidos que te alargarán la mano. Habrá desengaños, sorpresas, planes que saldrán bien y planes que saldrán mal y, al final, serán tus mejores planes. Habrá besos y abrazos y habrá caídas y arañazos. Habrá zarandeo y habrá quietud. Habrá niebla espesa y cielo claro, mucho cansancio y también mucho entusiasmo. Habrá orden y caos. Habrá sentido y sinsentido. Habrá palabras hermosas y palabras que te harán suplicar silencios. 

Camines por donde camines, habrá lugares oscuros y rincones llenos de luz. Habrá magia y habrá cierta desesperación. Habrá veces en que estará muy claro el camino y otras en que tendrás que dibujarlo a medida que das cada paso porque serán tus pasos el camino y tus decisiones a cada momento el destino que te espera. 

Habrá días que lo tendrás todo claro y otros en que te darás cuenta de que realmente no sabes nada. A veces, la soberbia te dirá que te pelees y otras veces la humildad te pedirá que te sientes a charlar y comprendas que otros tienen tanto miedo como tú en este viaje. Pedirás ayuda y la prestarás. Bailarás y te quedarás quieto. Dirás que sí y te dirán que no muchas veces. Hablarás mil lenguas y arrancarás mil flores. Romperás tu inocencia y muchas otras inocencias. Descubrirás que eres un ignorante y también que sabes cosas sin saber porqué las sabes. Atravesarás tu incertidumbre y también tu certeza. Beberás de tu angustia y sentirás tu paz… Vayas a donde vayas pasarán cosas que no quieres que pasen. Pasarán cosas que imaginas y cosas que no puedes ni imaginar… Esas cosas que no puedes controlar por más que lo intentes. 

No es a dónde vas, es lo que llevas contigo. Cuando vas, llevas tu mundo a cuestas. Tus miradas, tus percepciones, tus creencias, tus miedos, tus lágrimas acumuladas, tus emociones enquistadas… Vayas a donde vayas cargarás a todas las personas del pasado en nuevas versiones, con otras caras, con otros nombres, para que te des cuenta de que no están ahí sino que van contigo… Vayas a donde vayas, no será distinto si tú no eres distinto, si no transformas tu manera de vivir y aceptas tu realidad. Si no dejas tu culpa, encontrarás tu culpa en el camino. Si no abrazas tu rabia, llevarás tu rabia contigo… Si no comprendes tu tristeza, tu tristeza hará este viaje contigo…

Sea donde sea, lo que ahora arrastras, si no lo sueltas, se irá contigo. Si no te miras con los ojos del que se ama cuando se mira, si no te ves como mereces verte, si no eres consciente de tu inconsciencia… Si no eres capaz de comprender que otros también arrastran miradas y miedos y sueños y caminos sin recorrer. No es a donde vas sino las piedras que llevas en tu mochila desde hace tiempo las que pesan en el camino.

Y cuando vayas vaciando el equipaje de percepciones incorrectas y pensamientos repetidos, de miedos, de creencias rancias, de juicios severos, de recuerdos terribles, de posibles futuros amargos, habrá lluvia, pero no te importará tanto porque serás tu sol. Habrá montañas, pero no se harán tan arduas porque amarás cada palmo del camino… Habrá momentos duros, pero sabrás que cuentas contigo y que transitas por ellos de la mano de ti mismo y siendo capaz de ver el regalo oculto tras ese dolor, la oportunidad tras el conflicto, el amor tras el miedo.

Porque vayas a donde vayas, habrá paz si eres paz. Habrá luz, si eres luz. Habrá esperanza si eres esperanza. 

Vayas a donde vayas, estarás tú. 

Seguirás estando contigo, porque tú eres el camino. 

 

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Sacar a la “gorda” del armario


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Esta soy yo,  queda claro que no me sobran 500 kilos… Foto : Mercè Roura

Este es tal vez uno de los post que más me cueste escribir y sobre todo publicar. Me pasé media vida escondiéndome para que nadie me viera y la otra media en primera fila para demostrar que todos se habían equivocado al menospreciarme. Y todo eso siempre estuvo solamente en mi cabeza.

Ahora voy a desnudarme mucho y a contar algo que he estado meditado mucho si debía contar. No quería que mis palabras fueran una rabieta o una venganza y, sobre todo, no quería que fueran una vez más una excusa.

El caso es que hace unos días uno de mis amigos de Facebook me envió un mensaje diciéndome que “cómo me atrevía a dar lecciones de entrenamiento mental cuando pesaba 500 kilos”. Me quedé realmente extrañada, puesto que se trata de una persona que publica sobre espiritualidad y autoconocimiento, sobre no juzgar a los demás y respetar. Aquello me parecía una gran incoherencia, la verdad. Los primeros en discriminarnos somos nosotros mismos… Somos nuestros más crueles y despiadados jueces y verdugos. 

A estas alturas de la película de mi vida, ya no hago caso a según qué comentarios (no me acostumbran a decir cosas así) pero esta vez sentí una punzada y quise comprender qué decía esto de mí. No son sus palabras desafortundadas sino lo que yo sentía sobre ellas, si me las creía o no. Hace años, este comentario me hubiera roto la vida, ahora me permito observarlo y sentirlo, comprender por qué a pesar de ver que esa persona y yo no estamos en sintonía, hay algo en ello que me molesta. Me sentí irritada, no por el comentario en sí ( o tal vez sí, lo admito, no es agradable que te hablen así) sino por su osadía y falta de respeto. 

Empecé a caer en la tentación de explicarle (qué ilusa) que los kilos que me sobran no son fruto de atracones a la nevera sino de una enfermedad auto-inmune que ataca a mi tiroides. Entonces me di cuenta de que hacer eso sería caer en su trampa… ¿Y si así fuera qué pasa? pensé en todas las personas que hacen eso y que les cuesta mucho evitarlo y me sentí cerca de ellas. No soy una entendida en el tema y este post no va de grasa, ni de medidas, va de amor, de respeto y de dignidad. Y no quería juzgar a nadie excluyéndome de nada. No tenemos que justificarnos, sólo respetarnos. Fuera culpas ya de una vez por todas… 

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Foto : Mercè Roura

Y si comiera más de lo que quemo, ¿Qué pasa? ¿Eso hace que no merezca respeto? ¿Somos personas o somos etiquetas? ¿No hemos dejado el Instituto? Hay gente por ahí siendo adicta a mil cosas. Dependiente del móvil, de una amigo, de una pareja que les controla o a la que controlar, de los likes en las redes, de algunas substancias que les perjudican, de machacarse en un gimnasio… Todos, absolutamente todos, tapamos el vacío de nuestro desamor con algo. Buscamos un sucedáneo de nuestra autoestima para poder soportar el dolor e ir por ahí sin que se nos note tanto. Y como nuestro sufrimiento es inmenso, nos permitimos ir por la vida señalando a los demás con el dedo porque no son como unas normas estúpidas han decidido que debemos ser. Eso nos hace mitigar el dolor de forma momentánea, pero luego vuelve.

Insisto, este post no va adelgazar ni de engordar. Lo digo porque alguno me dirá que hay que comer sano y hacer ejercicio. Estoy de acuerdo, totalmente, pero todo eso que es muy necesario, no sirve de mucho si mientras lo haces te tratas como si fueras basura a ti mismo. Si cuando te subes a la báscula y no has conseguido bajar de peso te sientes fracasado, indigno en una sociedad que te exige cada día más, eso te hunde.  El que se ama se cuida, se trata bien y se valora. Adelgacemos para vivir mejor y estar sanos, no para que los demás nos quieran o acepten. 

Una de las cosas que más me impactaron del comentario de mi espiritual ex-amigo de Facebook que me considera una foca (por cierto, no me sobran tantos kilos, de verdad y no he podido resistirme a decirlo ) es que me envió fotos suyas mostrando músculo de lo mucho que se entrena cada día y vendiéndome su perfección física.  Lo vende como entrenamiento mental y dice que él si puede dar lecciones porque sabe más que yo de todo esto. Curioso, yo llevo años trabajando mi autoestima  y lo que tengo claro es que todavía no sé nada.

Desistí de hacerle comprender que era el músculo de la empatía y la compasión  el que más tenemos que entrenar porque es importante que no nos quede flácido  y no le dije nada más. No quiero dar lecciones. Pensé que alguien que se entrena tanto para ganar músculo y demostrarle al mundo lo machote que es, en el fondo,  está igual de hundido que yo. Y al igual que yo, necesita que los demás le reconozcan y aprueben. Quién sabe si él también tiene también que tapar el enorme vacío que lleva dentro. Entonces, como hacemos todos, mira afuera y me ve a mí y le molestan mis supuestos 500 kilos de sobrepeso porque le recuerdan lo mucho que le falta para llegar esa perfección inalcanzable que cree que el mundo le reclama… Ya se lo dije, la basura que ves en mí es toda tuya, amigo, disfrútala a tope.

Nos molesta que los demás no hagan lo que nosotros (por elección propia) nos obligamos a hacer. Les criticamos y juzgamos. Por ello hay tantas personas que critican y se obcecan con que los demás sigan un modelo de vida que ellos consideran ordenado y correcto, porque se reprimen mucho y no pueden soportar que otros vivan como desean. Cuando te esclavizas, la libertad ajena te parece insoportable. Les damos tanto poder  los demás sobre nosotros al creernos sus ofensas… Las hacemos reales. 

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Reconozco que he usado algunos filtros de belleza para las fotos, ni siquiera Barbie es perfecta. Foto : Mercè Roura

Sin embargo, quiero ir a lo que sentí.  Quiero ser muy sincera… Sentí rabia, sentí pena, sentí asco… Sentí la necesidad de explicarle lo equivocado que está y lo disciplinada que soy (curioso que alguien crea que no lo soy, cuando mi principal problema en la vida siempre ha sido mi autoexigencia, mi rigidez, mi sensación de culpa por no hacer más y mejor). Le hubiera gritado un buen rato (cuando sale de mí la fiera que llevo dentro es maravillosa, inmensa, rotunda, ancestral) y le hubiera dicho que no tiene ni idea de nada y que justo hace lo contrario de lo que predica… Entonces, me di cuenta de que no hacía falta. Que haciendo eso entraba en su juego y le juzgaba (de hecho, lo acabo de hacer aquí, pero no pasa nada, no soy perfecta y me equivoco mucho). Y esto solo acaba en una espiral de rabia y asco que te lleva a más rabia y más asco y te deja vacío… Caemos tanto en la trampa de excusarnos y disculparnos por cómo somos, caemos tanto en culparnos por no ser como nos han dicho que deberíamos… Ya basta de eso, no tiene sentido.  Usemos esa fuerza que se nos va por la boca para amarnos. 

El caso es que he dado muchas vueltas sobre si escribir esto o no. No quería que fuera un consuelo y una vía de escape. Durante años me he avergonzado mucho de mi misma, de mi físico. No por “gorda” o flaca, sino por mi baja estatura. Eso no puede entrenarse, amigo… Me he pasado años intentado demostrar al mundo que era válida, como si ofreciera siempre un plus para que los demás perdonaran mi insignificancia, mi poco valor, mi imperfección… Y la verdad es que nunca sirvió de nada cada cima conquistada, ni cada medalla, ni cada mérito, ni cada título, porque siempre necesité más y más. Porque el vacío enorme de nuestro desamor no se tapa con reconocimiento ajeno sino propio. Eso sí que se entrena cada día.

No quería que esto fuera una venganza (no diré su nombre, no importa) y no quería ser una víctima y mendigar pena.

Me he dado cuenta de que explicaros esto me daba tanto miedo y tanta vergüenza que debía hacerlo… Que es todo lo contrario de lo que he hecho toda mi vida, esconderme y ponerme a demostrar, a exigirme ser todavía más perfecta. Tal vez, el comentario del hombre musculoso que tanto se entrena para ser perfecto llega ahora porque estoy preparada para culminar una etapa de mi vida, para abrazar lo que soy (con los brazos me alcanzo, de verdad) y decidir que el respeto por mí misma está por encima de todo.

Escribo esto como homenaje a la “gorda” (con perdón, uso esta palabra porque quiero que deje de ser una etiqueta vergonzosa y estigmatizada para mí) y al Ser increíble que está en mí y que soy yo… Un Ser como el vuestro, que no pesa, no se mide, ni necesita ser aceptado… Es una exposición pública de lo que soy, una forma de decirme en voz alta que me quiero tal como soy. Una forma de dejar de mostrar sólo mi lado más correcto y mostrar el lado vulnerable, porque ya no me importa si gusta o no gusta. Escribo esto porque nunca antes lo hubiera contado y ahora siento que puedo, por ella, por mí, porque quiero soltar esa vergüenza.

Este post es una forma de dejar de censurarme… Es un homenaje a todas esas personas que se sienten criticadas por ser distintas y a veces se ven señaladas con el dedo y no respetadas por una sociedad que está tan enferma y desquiciada que culpa a otros para desviar la mirada de ella misma. Que ha creado modelos de vida imposibles y finge en lugar de vivir. A mí me ha pasado muchas veces, construirme una vida no para ser vivida sino escenificada… Para ser mostrada y aprobada, para recibir el visto bueno de otros, pero una vida falsa, vacía, llena de todo lo que no te sirve de nada.

Cuando miras el parche que tapa tu herida y ves que sigue supurando, entonces, te das cuenta de que todavía duele más que si la muestras y dejas que cicatrice… A veces ese parche es comer demasiado o no comer casi nada  y otras ir dando lecciones a los demás sobre coherencia cuando tú te machacas sin parar para satisfacer a una sociedad hipócrita.

No importa cómo eres. Eres maravilloso, todos los que intentan hacerte creer que no, sólo ven su miedo y su basura en ti, sólo intentan desviar su dolor y su culpa hacia a ti porque no soportan mirarse a ellos mismos. Ponen una diana en ti para que nadie la ponga en ellos.

Por eso he decidido mirarme y aceptarme. Con o sin 500 kilos. Vulnerable y rota o entera y firme. Soy yo. Esta que os habla soy yo, desnuda y sincera.

Escribo esto porque me da miedo y me da vergüenza, amigos y amigas. Este es mi mejor entrenamiento, acercarme a lo que molesta y a lo que me asusta. 

Esta es mi forma de salir del armario. De sacar a pasear a “mi gorda” y decirle que es maravillosa digan lo que digan, porque nadie es lo que pesa, ni lo que mide, ni lo que tiene, ni lo que ha conseguido, ni siquiera es lo que hace, es lo que es…

Escribo esto para que personas de un valor incalculable no caigan en creerse que no valen nada porque no alcanzan una cifra, un número, un peso, una talla, porque no entran en un molde o no se parecen a una fotografía. Siempre digo que el amor que sentimos por nosotros no es la consecuencia de nuestros grandes logros, es siempre la causa.

Amigos y amigas, dejemos de pedir perdón de una vez por todas por cómo somos… 

 

 

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Pensar para no ser, para no sentir, para no estar…


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Pensar para no sentir.

Pensar y tragarse esas palabras… 

Contener el llanto hasta que la garganta duele tanto que se queda trabada, paralizada, y sabes que necesitas gritar para que todo ese dolor acumulado salga ahí afuera y puedas notar un momento de paz. Saber que si callas mueres un poco pero aún así seguir callando por alguna incomodidad que parece insuperable, algún miedo escondido, alguna realidad que te asusta reconocer. 

Pensar en voz alta para que el silencio no te asalte y tengas que afrontarlo. Para evitar que navegando vulnerable y perdido en ese silencio te des cuenta de que precisamente lo que buscas es silencio, pero huyes de él porque oculta verdades duras, complicadas, crudas… Verdades que parecen tan insoportables que prefieres no saberlas, no tener que afrontarlas ahora y dejarlas para luego, para mañana, para nunca.

Aunque sepas que no hay paz hasta que no te des por vencido y dejes que ese silencio te alcance, te invada, te inunde los sentidos y se instale dentro de ti tanto rato que el niño dormido despierte y empiece a jugar.

Pensar sin salir del rincón de pesar, sin dejar de pensar igual que siempre para no tener que imaginar que otra realidad es posible, para no descubrir que hay muchos mundos en tu mundo y que no todos se parecen al tuyo. Que hay más realidades posibles y que todas dibujan su camino y llevan su paso…

Pensar para no bailar.

Pensar para no tener que salir a la pista y dejarse llevar por la música y abrazar y abrazarse. Para evitar vaciarse y soltarse tanto que la vida se contagie. 

Pensar para no tener que perder la vergüenza ni hacer el ridículo jamás mientras intentas evitar hacer el ridículo. Pensar para olvidarse de estar presente y notar la vida. 

Pensar para dar mil vueltas más a todo y no tener que actuar, para poder parar sin parar de verdad, en calma y sosiego, sino como una forma de resistirte a lo que llega, a lo que viene, a lo que sabes que es inevitable. Pensar para no tener que aceptar nada duela o arañe, que te ponga frente al muro y tengas que ver que es obscenamente sólido y real. 

Pensar para no tener que salir a la luz ni sacar a basura de emociones rotas, rabias contenidas y miedos enquistados. Pensar que todo es culpa tuya, culpa de otro… Culpa, culpa, siempre culpa. Una culpa inmensa y pegajosa que se extiende como una mancha oscura que todo lo encuentra y lo alcanza, que todo lo enmaraña y revienta, que todo lo inunda y apaga… Culpa para desayunar, culpa para almorzar, culpa para cenar que se va contigo a la cama y te arropa y te reprocha que vas, que vienes, que estás, que no estás, que dices sí, que dices no, que callas, que hablas, que vives, que mueres, que existes… Culpa para dar y tomar, culpa para no sentir la culpa de sentir la culpa. Culpa para anestesiar el dolor de la culpa. 

Pensar para no tener que cambiar de camino y pisar esos lugares donde te llegan nuevos pensamientos que podrían volverte loco porque dicen todo lo contrario a lo que has pensado siempre. Porque zarandean tus credos más antiguos y arraigados y sacuden a tus creencias más rotundas. 

Pensar en bucle y hostigarse tanto que vomitas la noche del pasado lunes y la tarde de domingo de congoja máxima. Pensar para no tener que imaginar otras posibilidades, otras vidas, otros sueños. 

Pensar en bucle  otra vez y ver que todo es tan imperfecto que necesitas borrar el mundo y volver a empezarlo, pero sabes que no funcionará porque tú también eres altamente imperfecto.

Pensar en bucle mil veces más y suplicar que alguna de las personas con las que te cruzas te pare, te mire, te cuente una historia que te cambie y te de la respuesta que buscas.

Pensar esperando que la fórmula mágica esté al final del baúl de pensamientos que cada día repasas de forma compulsiva para ver si algo se te pasó por alto… Y no hallar nunca nada porque para verlo tendrías que cambiar de perspectiva. 

Pensar sabiendo que pensar es inútil hasta que seas capaz de observarte pensando y descubras que no eres tus pensamientos…

Pensar y creerse que pensar es vivir cuando es todo lo contrario.

A veces pensamos, pensamos mucho, pensamos demasiado… Pensamos lo mismo de siempre y lo retorcemos buscando una respuesta que no está, que no existe en ese lugar en el que hurgamos porque está en otro lado… En el lado donde no hay pensamientos sino sensaciones, emociones, hechos, acciones.

A veces pensamos para no sentir, como si nos pusiéramos la música muy alta para no oír nuestros propios lamentos o no golpeáramos la pierna para no notar el dolor de la mano… Nos anestesiamos con el parloteo de palabras para no tener que quedarnos a solas con nosotros y sentir, aceptar lo vulnerables que somos y lo solos que necesitamos estar para quedarnos con nosotros de verdad y conectar… Pensar para no estar ahora contigo, para no vivir este momento. Pensar en ayer. Pensar en mañana para no ser hoy, para no encontrarse ahora. 

A veces, pensamos porque de forma inconsciente sabemos que no hay respuesta en esos pensamientos, porque no queremos encontrarla, porque sabemos que si lo hacemos tendremos que claudicar y renunciar a seguir pensando sin actuar ni cambiar… Porque ese ser que nos habita y sabe lo que nos conviene nos va a pedir coherencia y no sabemos si vamos a estar dispuestos a dársela… Porque nos vamos a quedar a solas con él y nos va a pedir que sintamos todo lo que tenemos pendiente de sentir y eso nos cambiará para siempre… Y cambiar siempre nos asusta.

Pensar para no tener que pensar de verdad… Pensar para borrar este momento y quitarle fuerza. Para no sentir la vulnerabilidad de existir, para no tener que acordarse de ser y estar. Pensar para no tener que vivir la incomodidad de tu incoherencia. Pensar para tener la excusa y olvidarse de vivir… 

 

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Perder el tren


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No tengo ni idea de nada o de casi nada. A medida que pasan los días, los meses, los años, todo lo que creía saber parece más borroso. Es como si la línea que separa los opuestos se difuminara tanto que me siento incapaz de decir qué está bien y qué está mal. Sé lo que me gusta y lo que no, lo que me duele y lo que me hace feliz, sé lo que no quiero y lo que sí, pero al mismo tiempo, me siento incapaz de juzgar porque comprendo cada día más mis errores y los ajenos.

Con el tiempo me he dado cuenta de que muchas veces no hay un camino correcto y que las personas que a veces nos parecen más horribles son las que más heridas arrastran… Corrijo, tampoco es real, las que menos han podido superar esas heridas y más dolor almacenan. He conocido personas que han sufrido en sus vidas enormes tragedias y que son capaces de mirarte todavía con ese brillo en los ojos e ir por la vida respetando. Y he encontrado otras que han sido incapaces de superar algunas situaciones que no parecen de la misma envergadura… Corrijo de nuevo, no me lo parecen a mí, pero no sé con qué herramientas a nivel emocional cuenta esa persona para poder superar esas situaciones ni puedo valorarlo porque ni tengo suficiente información ni estoy en su piel. Juzgamos tanto todo el rato que se hace difícil separar la realidad de la interpretación.

Aunque no sé nada. No me atrevo a afirmar si esto es bueno y aquello no porque hace mucho tiempo que intento arrancarme las etiquetas que me pusieron y no quiero pegárselas a otros ni siquiera a las situaciones de la vida… Juzgar nos recorta las posibilidades. Es verdad, es un gran mecanismo de alerta que en muchas ocasiones puede salvarnos la vida, pero en el día a día, cuando algo sucede, ponerle enseguida una etiqueta, nos obliga a ver todo lo que acontece a partir de ese momento de una forma u otra… La percepción que tenemos de las cosas las determina en cierta forma. Vivimos en una realidad en la que el iracundo siempre será iracundo y el amable siempre será amable porque en nuestra mente no queda otra opción. Con ello, no eximo a nadie de su responsabilidad, por supuesto, las personas viven las consecuencias de sus actos y decisiones, pero la forma en que nosotros vivimos lo que otros hacen también determina nuestra experiencia. No podemos hacer nada para cambiar su comportamiento pero sí que podemos elegir estar a sus expensas o no y vivirlo de una forma u otra.

Cuando etiquetamos a otros con nuestros juicios también nos etiquetamos a nosotros respecto a ellos. La previsión que hacemos de nuestra realidad acaba determinándola. Y no me refiero a lo que va a suceder en ella, sino a cómo vamos a percibir lo que sucede.  Interpretamos nuestra vida en función de las creencias que tenemos almacenadas de forma inconsciente. Cuando estamos ante cualquier situación, sea la que sea, la juzgamos según esa programación que llevamos instalada y la etiquetamos y determinamos en base a ella. Todo eso genera en nosotros emociones varias que, si no sabemos reconocer y comprender, acaban generando el mismo comportamiento de siempre. Por ello es importante, aprender a reconocer qué sentimos y a descubrir qué creencias subyacen detrás de nuestros juicios e interpretaciones de la realidad.

Si somos capaces de gestionar y comprender qué nos mueve a reaccionar como reaccionamos, podremos empezar a usar esas emociones para aprender de nosotros y a observarlas en lugar de dejarnos llevar por ellas y precipitarnos o perdernos muchas cosas que suponen nuevas oportunidades. Eso nos lleva a dejar de reaccionar sin comprender y a tomar decisiones que suponen cambios importantes. Decidir con el corazón no es dejarse llevar por la vorágine de locura en un momento álgido, es escucharla, comprenderla, gestionarla y usarla para saber si te hace bien o no, qué dice de ti. Así podrás escoger tu camino desde la paz de haber descubierto las malas pasadas y trampantojos que te hace la mente que tienes programada para no salirte del mapa que te lleva a repetir situaciones y comportamientos… Una mapa que, poco a poco, puede dibujarse de nuevo con las pistas que nos da lo que sentimos y cómo reaccionamos.

Juzgar menos o ser conscientes de estar juzgando y por tanto interpretando la realidad nos permite una mirada más abierta y comprensiva. Borra un poco esa idea de que por un lado está lo bueno y por otro lo malo, sin que por ello tengamos que justificar nada que nos parezca atroz. Al mismo tiempo, nos abre la puerta a desmitificar errores y dejar de perseguir situaciones y forzarlas. Descubrimos que lo que parece negativo a veces es una gran oportunidad y que en todo caso si no sale como esperamos que salga o de una forma que nos convenza, sabremos encontrarle alguna lección valiosa. Llega un momento en el que no sabes si lo que pasa es para bien pero le encuentras un sentido. Ya, ya lo sé, hay cosas realmente terribles, pero muy a menudo está fuera de nuestro alcance evitarlas. A mi vida han llegado situaciones que pensaba que eran una condena y luego han resultado una bendición. Por supuesto, para ver el regalo que subyacía en ellas, he tenido que moverme, sobre todo por dentro, y cambiar mi percepción. Muchas veces no ha sido fácil, no he amansado todavía a mi fiera interior como para usar su fuerza sin hacerme daño, lo admito. Muchas personas al oír esto se ríen, no lo juzgo, comprendo que etiquetar la situación como negativa y lamentarse es fácil y yo lo he hecho en miles de ocasiones, pero es que eso no cambia absolutamente nada… Ni que sea por una cuestión de no vivir desde el estrés esa situación merece la pena trabajar en cambiar nuestra percepción de ella. 

No es fácil dejar de juzgar. De hecho, creo que siempre vamos a hacerlo y es mejor no obsesionarse con ello. Yo diría que lo único imprescindible es no culparse y dejar pasar los juicios sin que nos arañen o agobien. Si aprendemos a observar pensamientos, sin darles demasiada importancia, veremos que no nos afectan. Lo que realmente importa es estar abierto a que lo que siempre ha sido verde pueda ahora ser rojo, lo malo bueno, lo frío caliente… Y no hablo de ir por la vida como una iluso, hablo de recuperar los ojos de ese niño o niña que fuimos que cuando llegaba a la tienda de juguetes y estaba cerrada, se enfadaba dos minutos y enseguida se alegraba porque estaba justo al lado de un parque con columpios chulísimos… Y al cabo de diez minutos la tienda era historia y sabía que si hoy estaba cerrada otro día estaría abierta.

Y no es conformismo. Me hace mucha gracia (sí, lo juzgo, es verdad) cuando hablas de aceptar la situación y alguien te dice que eres conformista. Como si con su rabia y su enfado él fuera capaz de ir a despertar al dueño de la tienda para que la abra.  ¿No es mejor buscar una alternativa en otra tienda o aprovechar el momento y disfrutar del parque?

Nos pasamos la vida reprochándonos las oportunidades perdidas y nos angustiamos esperando trenes que no pasan y perdiendo otros que no vimos pasar… Si conseguimos soltar esa culpa y comprender qué hay detrás de nuestra forma de actuar, podemos gestionar mejor la situación y verla con más claridad. La culpa no es buena consejera y nos lleva a perder el próximo tren mientras nos lamentamos por no haber visto  pasar el anterior.

Lo que sentimos determina lo que hacemos y es maravilloso poder usarlo descifrar qué nos dice de esa programación que llevamos dentro y que nos obliga hasta ahora a interpretar la vida de cierta forma. Cambiar o flexibilizar nuestras creencias y redibujar el mapa que trazamos hace años en nosotros no va a cambiar el mundo ni tampoco como se comportan los demás, pero puede cambiar nuestra percepción y por tanto nuestras emociones y nuestro comportamiento y al final nuestra vida… Nos puede ayudar a darnos cuenta de lo que nos determinamos y etiquetamos sin darnos cuenta y tomar decisiones. Abrir la mente y meter en ella ideas nuevas, generar nuevas conexiones neuronales y transformar el ritmo de tu vida.

Una vez empiezas a trabajar en ello, todo gira, todo cambia. Te das cuenta de que no sabes nada. Juzgas menos y cuando juzgas, sueltas esa premisa enseguida. Y sabes que no sabes nada. Aceptas y te adentras en situaciones que antes eran impensables en tu vida que te llevan  a lugares que antes jamás hubieras pisado donde pasan cosas que nunca te sucedían. Y no hablo de acabar en un callejón oscuro a las tres de la madrugada sino de decir sí  a algo que jamás hubieras intentado antes y descubrir que es genial o que  por el contrario no te gusta nada… O encontrarte tomando un café con ese compañero al que nunca has prestado atención y que te cuenta una historia increíble que te das cuenta que necesitabas escuchar.

Cada día que pasa tengo menos certeza en lo que sé y más en mí misma y en lo que deseo y siento. Dejar de juzgar y de etiquetar te muestra un camino que cada vez más se basa en lo que llevas dentro y menos en lo que pasa ahí afuera. Cada día esperas menos del mundo y te sorprendes más de ti mismo. Te descubres a ti mismo y te apasionas con lo que haces porque no solo haces más de lo que amas sino que logras amar las pequeñas cosas que antes te molestaban. Aprendes a darle la vuelta a las situaciones para que vayan a tu favor y agradeces los pequeños contratiempos que te permiten recalcular tu ruta y encontrar momentos para ti…

Y te encuentras en el andén, esperando un tren que llega con mucho retraso, y ves que el mundo que te rodea se angustia y tú miras el cielo y lo ves hermoso y contestas mensajes pendientes y lees un libro o sencillamente respiras hondo y te notas vivir…

No, no vas a conseguir que los trenes sean puntuales gestionando tus emociones,  pero vas conseguir que no te moleste tanto, que no te rompa el día entero y seas capaz de darle la vuelta y aprovechar la situación. Y cuando pierdas un tren, éste en sentido metafórico, lo verás como una forma de aprender y no como un error insuperable. Hay muchas oportunidades que llegan a tu vida y son trenes que llevan a lugares que jamás habías pensado visitar y está en tu mano aprender a mirarlas de otra forma para poder aprovecharlas. No siempre podemos estar esperando en el andén y sobre todo hacerlo mirando en la misma dirección.

A veces incluso hay que ver y dejar pasar muchos trenes que te llevarían al mismo lugar de siempre donde nunca pasa nada que te cambie y te mueva por dentro. Para aprender a distinguirlos hace falta un momento de silencio y de paz.  Incluso en algunas ocasiones, pensamos que perder el tren es una tragedia cuando en realidad es la excusa perfecta para explorar otras posibilidades y destinos. 

Las oportunidades necesitan que les dejes la pista abierta para llegar y si estás desconectado de ti mismo, sufriendo o preocupado porque no llegan, no las ves pasar por tu lado… 

 

 

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Si pudieras recordar esto siempre…


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Me costó mucho comprender que no veo las cosas como son, sino como yo decido que sean. A pesar de esas muchas situaciones dolorosas que vivimos en nuestra vida, todos hemos pasado por ellas y se nos hacen eternas, la vida es el resultado de un amasijo de creencias y percepciones. Estamos programados desde la infancia y nuestra programación nos dibuja a cada uno un mapa diferente de la vida. Y vivimos lo que esperamos vivir, lo que hemos pensado y, sobre todo imaginado, que será nuestra vida. Es como si de niños hubiéramos elegido un cuento para protagonizarlo durante los siguientes ochenta años y cumpliéramos fielmente con cada capítulo. Hay cuentos con finales más felices que otros, aunque todos tienen moraleja (no me gusta esta palabra, pero es la que se usa siempre cuando se habla de buscar el aprendizaje del cuento).

Lo sé, que el cuento sea alegre y tenga buenos momentos no nos priva de los momentos duros. Lo que ocurre es que la forma en que tenemos de afrontarlos lo cambia todo. Cambia el proceso y el resultado. Cambia incluso el cuento y lo reescribe. Lo que realmente importa es cómo vivimos cada tramo. Yo he vivido algunos que me han parecido insoportables, como si me hubiera sumergido en un remolino y no encontrara nada a lo que sujetarme para evitar ser tragada por un agujero enorme que no sabes a dónde te lleva ni por cuanto tiempo. Nos resistimos tanto a caer en él por temor a lo desconocido, por no confiar en nuestra capacidad de salir airosos y ser capaces que acabamos cayendo en otro más profundo todavía… El de no movernos un milímetro a pesar de estar con el agua al cuello por si la otra opción es peor, porque no nos reconocemos lo suficiente como para creer que somos valiosos, que tenemos el poder de encontrar algo mejor para nosotros.

No elegimos muchas cosas de las que nos pasan, pero elegimos cómo verlas y etiquetarlas, elegimos si nos rompen, si nos atan, si nos motivan o nos asustan. 

Nos han educado para preocuparnos. Sentimos que si no destinamos una parte del día a sufrir por lo que creemos que va a pasar, es como si fuéramos irresponsables, como si no pusiéramos remedio a nuestras tragedias futuras. Oigo dentro de mi cabeza todavía frases como “si no te preocupas, no saldrá bien” o ” si eres feliz recibirás un castigo y lo perderás todo por habértelo creído, por ir de listilla y sobrada”. Como si dejarnos llevar por ese miedo tuviera que evitarnos sentirlo y vivirlo. Cuando en realidad, es todo lo contrario, lloramos mucho por adelantado y nos sumergimos en muchas tragedias anticipadas… Acumulamos horas de miedo como si acumuláramos horas de vuelo, como si fuéramos pilotos esperando  que la tormenta los derribe el avión. Son horas y horas en piloto automático, horas de pensamientos de ataque, de pensamientos cíclicos y funestos, dando vueltas a lo que no depende de nosotros, a lo que no podemos cambiar o comprender… Como si el mero ejercicio de sufrir nos supusiera encontrar la respuesta a nuestras preguntas, como si preocuparse nos sirviera para manifestar un salvavidas para poder salir del mar de dudas en el que llevamos tiempo nadando e intentando no ahogarnos. ¿Alguien ha encontrado una respuesta cuando está presa de la desesperación? me refiero a una respuesta que no sea salir corriendo o atacar. Ese pánico, ese subidón que sentimos a veces cuando nos desesperamos es muy válido y necesario para salir de situaciones límite para nuestra supervivencia. Cuando nos atacan, cuando hay un peligro físico, cuando un barco real se hunde… No cuando el barco de tu vida (en este caso es una metáfora) hace aguas. 

Entrenar la mente para que te cuente historias con final feliz no es la solución a todos los problemas, claro, aunque es muy necesario. Se ha pervertido tanto la idea de “pensamiento positivo” que parece que si lo practicas no vayas salir nunca de casa y encontrarte bajo la lluvia sin paraguas, no vayas a tener rupturas amorosas o vivas cien años con una salud de hierro. Nada nos ahorra ciertos momentos en la vida que son como son y pasan porque pasan. Por más positivos que seamos vamos a morir todos a no ser que alguien encuentre en antídoto. Lo que pasa es que la vida es en un 99 por ciento días en los que los únicos dramas que existen son los que nos hemos inventado. Hay personas con vidas duras, con dolor, con especial dificultad… Y basta verlas para darse cuenta de que muchas de ellas nos dan una lección vital sobre cómo llevar la adversidad. Predisponerse para lo bueno ayuda y mucho. No hablo de una predisposición para lo bueno desde la ignorancia sino desde la inocencia. Sabiendo y aceptando lo que hay pero siendo optimista. No hablo de sonreís cuando pierdes a un ser querido, hablo de poder llorar su pérdida pero sin perderse a uno mismo… No se trata de exigirse estar bien, sino de arroparse a uno mismo y reconocer tu capacidad para salir del bache. Ser positivo no va de obviar la tristeza y el dolor, va de mirarlos de frente y usarlos para crecer y evolucionar. Va de observarlos y sentirlos y decidir que no son tú, que tú eres el ser humano que los experimenta y que todo pasa, aprender la lección sin presionarse, vivir cada momento sin culpa y encontrar tu paz a pesar de las circunstancias. Si te sientes roto por dentro no puedes sonreír tal vez, no puedes dejar de pensar que lo que pasa es terrible, es cierto, pero puedes abrazarte y saber que incluso entonces, en ese momento de dolor. sigues siendo tú y lo que eres no se rompe ni arruga. Eso es para mí ser positivo, vivir cada fase de tu dolor sin olvidar que ese dolor no eres tú. Y ya está, no exigirte más. Todo tiene su tiempo y mereces respetarlo y respetarte.  Y cuando puedas, sonríes, para que tus labios se acostumbren de nuevo… 

La forma en que miras cambia lo que miras. No porque lo vuelva a dibujar, sino porque te posiciona distinto ante ello y te permite observar tu vida sin arañazos. Te da el poder y el timón. Si decides que lo que pasa es un aprendizaje, eso te convierte en alguien que está aprovechando la oportunidad.

Ya sé. piensas que hay situaciones que dan asco, evidentemente, pero ¿quién no las vive? no hace falta que nos gusten, aunque no nos parezcan justas, aunque sean horribles, lo son… ¿Si no las aceptamos podemos cambiarlas? ¿Si nos resistimos a verlas de otro modo van a desaparecer? Hay muchas cosas que no están a nuestro alcance, que no podemos controlar por más que insistamos y, en este caso insistir ,nos desgasta y deja sin energía. 

A veces, cuando hablo de aceptar, algunas personas saltan a mi yugular y me dicen que ni hablar… Yo las comprendo muy bien porque he estado en su posición durante años  y me sentía muy angustiada y violenta cuando alguien me decía lo que les digo yo ahora… Tienen todo mi respeto. Y les pregunto ¿Hay otra opción? ¿Aceptar implica que no podemos trabajar para hacer un cambio? No he dicho resignación, he dicho aceptación.  Si hoy por hoy está ahí y no depende de nosotros ¿Nuestra oposición frontal sirve de algo?

Le damos mucha fuerza a lo que no nos gusta y a lo que no queremos en nuestra vida intentando cambiarlo cuando no está bajo nuestro control. Lo hacemos grande, enorme, importante, le damos poder sobre nosotros y lo convertimos en un muro insondable… Cuánto más miramos hacia la basura más huele y menos vemos lo que hay al otro lado y que es una puerta abierta a otra realidad. Nos quedamos con la visión túnel y nos encerramos en nuestra obsesión.  Y con esto no quiero decir que no lo tengamos en cuenta, al contrario, hay que conocer “la basura” y ver qué nos dice en la vida, hay que fijarse en lo que pasa y comprenderlo, sentir todas la emociones que lleva asociadas y qué nos dicen de nosotros. La adversidad es un material valioso a explorar y hay que observarla, pero sin caer en ella, sin enredarse más de lo necesario, sin sentirse su víctima ni perder tu poder. 

Ya sé que hay situaciones en la vida en las que otras personas parece que nos quitan el poder y no nos dejan actuar, ni opinar, ni siquiera pensar o eso creemos. Sin embargo, nuestro mundo interior nunca les pertenecerá. Pueden decirnos una y mil veces que no valemos nada, pero nunca podrán convencernos de ello si no les dejamos. No es fácil no dejarse llevar por sus palabras y actos, soy consciente, ya que a veces estamos en un marasmo del que no podemos salir y vamos cayendo sin podernos sujetar a nada. Nos manipulan, nos exigen, nos aíslan… Aunque siempre, siempre, siempre, incluso en los peores momentos de nuestra vida, seguimos siendo nosotros, digan lo que digan. Tu valor como ser humano no está en tela de juicio, por más que te humillen y pisen, por más que intenten degradarte y consumirte, por más que te golpeen física y psicológicamente. Tú no eres lo que ellos ven en ti porque sólo proyectan sus miedos.. Eres lo que eres, fuera de duda… 

No eres lo que te pasa. Eres la persona que vive a pesar de ello. Cuando estás  hundido no eres el hoyo profundo sino la persona que sale de él.. Cuando estás herido no eres la herida, eres la persona que se está curando. Cuando estás triste no eres tu tristeza, eres la persona que vive esa emoción y aprende de ella… Cuando te equivocas no eres el error, eres la persona que saca una lección y asume sus responsabilidades… 

Cuando estás hasta el cuello, no eres el agua que roza tu barbilla, eres la persona que encuentra la forma de flotar. 

A veces lo conseguimos y otras no, nada de esto se hace pestañeando y muchas veces no se consigue sin ayuda… Pero pase lo que pase, seguimos siendo nosotros y lo que somos no depende de lo que otros piensan o hacen. Nuestro valor como seres humanos está fuera de duda. Nuestro potencial es enorme. Somos maravillosos y merecemos lo mejor… Si pudiéramos recordar esto siempre, en nuestros peores momentos, tal vez la vida daría un vuelco.

Si pudieras recordar esto siempre, nunca estarías solo. 

 

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Cuando no llegan los resultados


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A veces no llegan… Por más que hagas y te esfuerces, hay cosas que no suceden y situaciones que no pasan en tu vida. Como si hubiera un muro insalvable. Puedes persistir, pero la vida a menudo parece caprichosa y hace que por más que insistas no tengas aquello que a tu vecino le regalan en la esquina sin haberlo pedido, mientras seguramente él mira de reojo a otro pensando lo mismo. Eso no significa que debamos darnos por vencidos, ni tampoco que debamos seguir insistiendo… A veces, paramos para repostar energía porque lo necesitamos y otras porque tenemos mucho miedo a seguir. No es lo que haces, es el sentido que le das a lo que haces lo que marca la diferencia. Puedes llevar un supuesto fracaso con tanta dignidad y capacidad de abrirte que sea un éxito y llevar el éxito con tanta soberbia que se acabe girándose en tu contra. De todas formas, da en ambos casos, el aprendizaje está ahí y sólo hace falta verlo y asumirlo para que todo lo ocurrido merezca ser vivido. 

Ante una misma situación, hay infinitas posibilidades porque las cosas adquieren sentido cuando descubrimos para qué las hacemos. El mismo acto puede ser puro amor o pura fachada… Podemos pasar de héroe a friki que busca ser el centro de atención en dos minutos, fingir que queremos ayudar a otra persona cuando en realidad lo que pasa es que queremos manipularla para que haga lo que nosotros creemos que debería hacer… La intención con la que hacemos las cosas también cambia esas cosas. Y no quiero decir que si es buena la intención nos salva de las consecuencias, porque hay mucho interés oculto en las buenas intenciones… Hablo de coherencia, de hacer lo que sentimos dentro que es lo que realmente estamos llamados a hacer. A menudo disfrazamos nuestros intentos por no cruzar el umbral de nuestros miedos y afrontarlos de necesidades, de obligaciones, de imposibilidad, de sacrificio, de amor incluso… Ese amor que no es amor sino dependencia de otro y que pretende enjaular para que lo que amamos no se escape. 

Seguir un camino no nos blinda para que los resultados que anhelamos lleguen. No hay nada ni nadie que nos garanticen llegar a la meta por más empeño y persistencia que le pongamos. Sin embargo, a menudo se nos olvida que hay algo más importante que llegar y es estar contigo, estar de tu parte, ser consciente de tu grandeza y de tu valor, reconocer tu capacidad, permitirte fallar y aprender. 

No hay meta que merezca el camino si previamente no has decidido renunciar a ella en tu favor. No hay logro más importante que reconocer tu valor mientras tratas de conseguirlo. No hay resultado que valga si no te permites poder fallar si llegado el momento descubres que para alcanzarlo tienes que renegar de ti, que exponer tu salud y  el respeto que te tienes para poder llegar. 

Ya se qué dicen, que los grandes no dudan. Que los que llegan a sus metas han creído en imposibles y han confiando en ellos mismos cuando nadie no hacía. Es verdad, seguro. Ya sé que dicen que los que “ganan” es porque no imaginan otro escenario que el del triunfo, pero hay tantas forma de triunfar… Tantas formas de vivir en paz contigo mismo y sólo unas cuantas pasan por llegar al podio, a la cima, llevar el mando o conseguir lo soñado.

Sí, es verdad, las grandes limitaciones están en nosotros y en nuestras creencias y muchas veces basta con abrir la mente y cambiar la forma de vivir las circunstancias para cambiar los resultados, cierto… Aunque en ocasiones, incluso así, hay cosas que no pasan, que no llegan, que no están en tu camino. 

Yo creo que parte del aprendizaje de cualquier camino pasa por aprender a vivir en él con la incertidumbre de no saber si culminará o no. Que para llegar a la confianza, hay que vivir la incertidumbre y acabar sintiéndose cómodo con ella y ver qué ha venido a contarnos de nosotros mismos. 

Es verdad, tal vez los que tienen éxito persisten y no paran hasta conseguirlo y no imaginan otro final que no sea el triunfo, pero si por el camino no se declaran dispuestos a fallar y permitirse el fracaso, el coste de su logro será demasiado alto. Si no te permites fracasar, tu éxito está vacío porque dependerás del resultado para valorarte y no del trabajo, del camino y de ti transformación interior mientras lo intentabas. 

Si sólo te permites un resultado concreto, te estás maltratando a ti mismo por algo que quieres alcanzar ahí afuera y que no está bajo tu control. Te culpas por algo que no depende de ti… Te valoras a razón de un marcador que no sabe ni reconoce el cambio que has obrado en ti mientras soñabas y tratabas de alcanzar la meta. 

Si no estás dispuesto a no conseguirlo, si no dudas, si no aceptas tu miedo y vives con él, el resultado no habla de ti. Lo que realmente importa en todo camino es el proceso interior que vives afrontando tus miedos y viviendo tu incertidumbre. El verdadero logro es llegar entero, no llegar. Llegar contigo de tu parte y haberte tratado bien durante el camino, llegar con ganas, llegar sin reproches, llegar sin temer a las dudas porque se han hecho amigas tu tuyas… 

No se trata de no dudar, se trata de vivir con las dudas. 

No se trata de no tener miedo sino de comprenderlo, aceptarlo y atraversarlo para seguir adelante.

No se trata de confiar en que todo irá bien, se trata de tener la certeza de que pase lo que pase estarás bien contigo y te amarás sea cual sea el resultado. 

No se trata de tener éxito, se trata de verte a ti mismo con alguien capaz y valioso pase lo que pase. Dejar de pelearte contigo y de reprocharte por no alcanzar algunas cosas que no dependen de ti… Dejar de culparte por no cosechar resultados y atreverte a mirar más allá, en ti, para encontrar lo mucho que puedes ofrecer y aportar. Ver lo que realmente eres y tomar consciencia de lo mucho que vales. 

A veces, los resultados llegan y otras no. A veces llegan otros resultados incluso mejores y la vida nos abre caminos inesperados fruto de tus decisiones, de tu cambio de actitud, de tu coherencia en tu forma de actuar. A veces, los sueños se alcanzan y otras veces no, pero hay algo que depende de nosotros siempre y es la forma en nos tratamos, en que nos miramos y valor que nos damos.

A veces, los resultados no llegan, no los que esperas…

El verdadero logro es es mirarse a uno mismo y descubrir un triunfador a pesar del resultado. Si eso se consigue, la vida abre tantas puertas que algunos sueños que has tenido hasta ahora se quedan pequeños ante el descubrimiento de tu grandeza interior… 

Lo que nos lleva al éxito real, al que dura y nos motiva cada día, es el cambio que llevamos a cabo en nuestro interior. La actitud que tomamos cuando decidimos caminar pese a las circunstancias, pese a la incertidumbre, pese a la adversidad, pese a la falta de resultados… El éxito es la persona en quién te conviertes mientras trabajas para conseguir tus sueños… 

 

Gracias por estar aquí conmigo y leer mis palabras. Espero que te sea útil para seguir en este camino apasionante y complicado. La verdad es que no es fácil conocerse, respetarse y amarse a uno mismo como merecemos… A mí me ha costado mucho, mucho. Me he pasado años peleándome con la vida y conmigo porque no conseguía los resultados que deseaba y en el proceso me machaqué a mi misma sin parar y me maltraté mucho… Por eso escribo y te lo cuento, por eso te explico cómo salí de esa espiral de dolor y angustia para descubrir otra forma de percibir la vida y de percibirme a mí…

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La vida que mereces


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Puedes con todo… Lo que dependa de ti y sólo eso, nada más. Seamos precisos.

Puedes con todo… Si así lo deseas, sin que se te imponga o sea fruto de chantaje.

Puedes con todo… Mientras hacerlo no te rompa, no te corte, no te desgaste, no te arañe, no te mate. Porque si no, o decides no poder o cambias tu forma de hacerlo y vivirlo hasta que no duela, no amargue, no rasgue, no te recorte.

Puedes con todo… Si encaja en tu vida, si se alinea a tus valores y crees que está en tu camino. Y si te desvía de él que sea por elección propia, que sea porque te llena, porque te permite abrirte y experimentar, que sea porque te apetece y decides romper tus reglas y probar algo distinto.

Puedes con todo, eso dicen una y otra vez en todas partes y sin parar, pero nadie te lo ha preguntado ni se ha imaginado tu vida mientras lo haces, lo vives, lo sientes, lo arrastras… ¿Lo has pensado tú?

Puedes con todo porque tienes la fuerza, pero no significa que debas usarla para demostrar nada a nadie, para aparentar ni llegar a un baremo o marcador que otros decidan y tú les dejes imponerte… Que puedas no significa que debas, que tengas que… 

Puedes con todo, dentro de un límite, con un margen, con un sentido, con un cupo de ganas y un mínimo de risas, de alegrías, de satisfacciones. No de golpe, no todo al mismo tiempo, no sin freno. 

Puedes con todo o no… No hace falta ahora, ni hoy, sin obligación ni culpa. Porque puedes equivocarte y fallar y no dar a basto y delegar y dejar para luego o para nunca o para que lo haga otro que mientras tú haces mira la luna para que tú puedas mirar un rato la luna también… Y la puesta de sol y los mensajes del móvil y pasear y bailar y también no hacer nada que es hacer algo muy valioso porque te permite estar contigo… 

Puedes con todo porque tienes la capacidad de salir de mil situaciones complicadas, pero no hace falta que lo hagas sola, ni que te subas el listón, ni que te exijas cada día más sin parar esta espiral que no termina nunca y siempre pide más y más… Puedes con todo pero no al mismo tiempo y sin tregua… El éxito no es llegar a toda costa, es caminar en paz.

Puedes con todo a veces, pero no hace falta. El mundo no va a dejar de girar si lo sueltas y dejas de sujetarlo un rato sin estar pendiente de todo, si descansas y desistes de la idea de ser siempre un 10 en todo lo que haces, si quedan cosas por hacer que hoy no terminas, ni mañana… Si bajas un poco listón hoy porque el cuerpo no da para más.  No temas perder ni quedarte a medias.  Puedes abandonar digan lo que digan, no les hagas caso. Abandonar a tiempo una meta que te está destruyendo es un acto de amor incondicional a uno mismo, de sabiduría máxima, de gran estrategia. Ser amable con uno mismo y dejar de presionarse es un acto de valentía en un mundo que cada día te da razones para pensar que sólo vales lo que produces, lo que tienes, lo que consigues. 

Puedes con todo pero lo que realmente importa es que puedas estar en ti, vivir cada momento, notar que eres coherente contigo… Porque eres un ser valioso que no se mide por lo que hace o abarca, que no tiene que subir a una cima para demostrar que sube cimas ni perderse arriba y abajo de una escalera interminable para satisfacer a nadie… Sé flexible contigo, revisa tus creencias y tus dogmas, mima lo que eres, cuídate para estar bien, no para rendir más. No eres una máquina de producir, eres un ser humano. Abraza la incertidumbre y suelta esa necesidad de controlarlo todo para mostrarte perfecto. 

Puedes con todo, pero haz realmente lo que te dé la gana, lo que puedas asumir ahora sin romperte en mil pedazos ni tener que decirle al  mundo que puedes con todo… 

Puedes con todo o no… No pasa nada… Yo tampoco… Dejémonos de vivir a través de frases ñoñas y absurdas y seamos nosotros mismos de una vez y vivamos sin esperar que nos acepten, que nos aprueben, que nos den el visto bueno o esperando encajar en un modelo que no se nos ajusta.

¿Puedes con todo? ¿De verdad? Piensa en ello, siente por un momento esa pesada carga y decide soltarla porque no es real… Y si no puedes, qué más da… ¿Es necesario? ¿Es lo que quieres? ¿Es eso realmente lo que deseas en tu vida? ¿Esta es la vida que deseas? ¿Es la vida que mereces?

 

Gracias por estar aquí conmigo y leer mis palabras. Espero que te sea útil para seguir en este camino apasionante y complicado. La verdad es que no es fácil conocerse, respetarse y amarse a uno mismo como merecemos… A mí me ha costado mucho, mucho.

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