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la rebelión de las palabras


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Llueve


Llueve en mi mundo hoy. Es una lluvia fina que no se cansa de recordar y medir, de observarlo todo con ojos de búho triste, esperando una señal para respirar y descansar… Para que sepa que toca renovarse y sacar al sol los trapos viejos y lavarse la cara, la otra cara… La verdadera cara… 

Llueve con unas ganas lentas, como si quisiera borrarlo todo sin dolor ni aspaviento y sin que te dieras cuenta se hubiera llevado los tatuajes del alma y los momentos de angustia. Llueve bordando cicatrices y bailando sobre los cristales rotos y las muecas amargas que necesitan risas. 

Llueve y me vienen aromas pasado y rutinas que se me incrustaron en el día a día y que en algún momento desaparecieron, nadie sabe cómo ni por qué. Intento recordar cuándo dejé de hacer esto o aquello, cuando dejé de pasar por aquella calle y de visitar aquella tienda en aquella plaza… Y las personas, las que se fueron. Algunas se fueron un día concreto, a golpe seco, como si la vida las barriera. Otras se fueron borrando poco a poco hasta que dejaron de tener sentido en este nuevo pedazo de vida. Lo que hoy nos parece dogma, mañana es recuerdo, es aroma, es nada.

La vida siempre te astilla el sillón cuando te acomodas para que sepas que hay que moverse y levantarse. Para que tengas que dejar de pasar por esa plaza y cambies de caras y tal vez un día como hoy vuelvas a verlas, a rescatarlas y te des cuenta de que no las echabas de menos pero, a tu modo, sigues amándolas.

Llueve hoy en mi mundo cargado de cuentos e historias maravillosas. Las brujas son ahora preciosas y las princesas son más guerreras que nunca… La lluvia fina cae sobre un manto verde, cada vez más verde gracias a la lluvia fina… Porque todo es causa y efecto y  el fin y los medios se mezclan hasta que todo tiene sentido y cobra forma. Llueve para sacar de dentro ese llanto acumulado que te quiebra e irrita la garganta y al mismo tiempo lloras porque llueve y te recuerda que no lloras… No lloras suficiente y por lo tanto no puedes sonreír con ganas. Llorar para darse cuenta de que duele y decidir soltar ese dolor y convertirlo en pasión, en motivo, en magia.

Llueve como si fuera a llover siempre, pero no importa porque la lluvia acumula tanta belleza que podrías acostumbrarte a vivirla y amarla. Llueve a sorbos, a caricias… Llueve lágrimas de plata que se posan en los objetos más cotidianos y lo convierten todo en un escenario posible y ávido de sorpresa… Llueve una lluvia eterna pero no importa porque te das cuenta de que si decides abrazarla y sentirla, la vida sabrá apartarla de ti para que comprendas que no dependes de ella, que no la necesitas. Y entonces, la tendrás siempre, hermosa, abundante, infinita… Lloverá a placer cuando sueñes lluvia, cuando respires lluvia, cuando busques lluvia…

Llueve sin culpa para que suelte mi culpa. Para que me perdone los sueños perdidos y los escalones que no puede subir… Para que me lama las heridas y me acurruque a mí misma. Llueve para que entienda que no hay más errores que el de creer que los errores no son necesarios y anclarse a ellos y llevarlos siempre en las botas… Llueve con afán de borrar recuerdos y desbordar emociones pero con una calma que apenas agita las cortinas y golpea cristales. Llueve lento y agarrado, sin más prisa que la necesidad de soltar lastre, a ritmo de tango y de canción olvidada… A compás de taza de café e historia de amor sin final, sin beso, sin roce, sin más eternidad que el deseo latente y la noche en vela pensando por qué. 

Llueve en mi mundo de caras gastadas y la cabeza estalla buscando almohada y consuelo. No encuentro mar que calme mis pensamientos insistentes y corruptos, husmeo entre la basura de ideas que no saqué ayer ni antes de ayer ni hace un siglo. Me meto en el vertedero de pensamientos angustiosos de toda mi vida buscando algo nuevo sin querer darme cuenta de que todos están viejos, cansados, gastados, rotos, podridos… Que no hay en ellos ninguno que le sirva a esta mujer que ya se mira a la cara y se dice la verdad más cruda porque son todavía pensamientos de niña triste y asustada que no se atreve a nada… Llueven palabras sin tregua y sin boca, sin lecho y sin más destino que ser escuchadas, asumidas y amadas… 

Llueve y la lluvia fina me invita a sacar ese baúl de creencias rancias y putrefactas, me pide que las arrastre hasta el porche de mi vida y las olvide… Que me arranque de una vez por todas los no puedo, los nunca me pasa a mí, los yo no soy de esas personas, los no merezco y los qué dirán de mí… Y que sobre todo, cuando encuentre nuevos pensamientos y creencias, los remueva poco, sólo lo necesario, y los lleve con calma sin hacerlos centrifugar y dar vueltas eternamente…

PUENTE LLUVIA

Llueve en mi mundo para que abra la puerta y saque los fantasmas más antiguos, las culpas rancias, los miedos con cara de amigo, las necesidades inventadas y las noches sin tregua de ansiedad y sábanas heladas. Para que no me quede más remedio que tirar la casa por la ventana y ver la vacía, nueva y maravillosa.

Para que me quede sólo con lo que me alienta… Para que suelte las muletas y confíe en mis piernas… Para que desborde mi alma cansada y repleta de tanto pensar.

No importa si no crees que puedes, a dónde no llegas tú, la vida siempre te hace llegar con un empujón.

Llueve en mi mundo de cartón piedra y es para que se rompa, para que se caiga… Para que tenga que fabricarme uno nuevo con nuevas emociones, para que tenga que sacar los trastos viejos y vaciar los armarios de amarguras. Llueve para que se borre mi guión estructurado y perfecto de todo lo que debe pasar y a mi manual de andar por al vida se le mojen las hojas donde tengo escritas las normas más estrictas… Llueve para que note el agua en mi piel y me sienta tan insegura que tenga que encontrarme las agallas… Llueve para que sepa que puedo cambiar de forma para adaptarme a lluvia y que eso no me hace perder la esencia, el aroma, el alma. Llueve para que me dé cuenta de que lo que necesito ya lo llevo a cuestas y pueda despojarme de cachivaches y artilugios que me tapan la perspectiva… Llueve lento, sin pausa, sin miedo, sin lastre, sin más sentido que el de la propia lluvia y sin más refugio que mi propia alma.

Llueve hoy en mi mundo, es una lluvia maravillosa que se se llevará el lamento y la angustia y me recordará que tengo tanto por hacer y vivir que este baile vale mucho la pena… 

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El mundo no te dará nada que tú no seas capaz de darte a ti mismo


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Esperamos demasiado de todo y de todos.

Vivimos de la fantasía de cambiar el mundo para que sea como soñamos, como si pudiéramos dibujarlo y luego sentarnos en él a criticar lo que nos duele y nos araña.

Y no es que no esté bien soñar y visualizar lo soñado, al contrario, el problema es que decidimos que el mundo tiene que responder a nuestras expectativas y colmar todas nuestras ilusiones. No queremos aceptar cómo es y gastamos nuestra energía resistiéndonos a reconocer y asumir la realidad.

Vamos por al vida buscando salvadores, príncipes azules, maestros, mentores… Queremos que alguien nos saque del abismo en que nos sentimos metidos… Buscamos fórmulas mágicas y cambios exprés. Queremos encontrar la lámpara y despertar al genio para que nos conceda tres deseos que en el fondo son el mismo… El amor que nosotros no nos damos.

Esperamos que los demás nos solucionen el vacío que hay en nosotros. Nos negamos a ver la realidad y forzamos las situaciones hasta que todo estalla… Les forzamos a ser como no son para satisfacer nuestra falta de cariño… Les queremos usar para calmar nuestro dolor por no amarnos mientras ellos hacen lo mismo con nosotros. 

Cuando nos enamoramos, esperamos que el otro corresponda y colme nuestra vida de felicidad. Le cargamos con esa responsabilidad gigante. Delegamos en él toda nuestra dicha presente y futura y esperamos que soporte el peso de tanta necesidad… Cuando descubrimos nuestro talento, necesitamos que otros nos den oportunidades para brillar, que nos saquen del anonimato y nos aseguren el futuro. 

Por un lado, desconfiamos de todo y de todos y por otro, le damos a los demás el poder de decidir sobre nuestras vidas, el mando que activa el interruptor de nuestro bienestar y nuestra alegría… Y después nos corroe la rabia si no saben usarlo, si deciden no usarlo y salir corriendo porque no aguantan más la presión. Entonces, en lugar de aprender esa lección, la de no volver a poner nuestra felicidad en manos de otro, salimos a la calle a buscar a la siguiente persona a quién darle de nuevo el mando de nuestra vida sin comprender que debemos llevarlo nosotros. 

Esperamos ser salvados por otros cuando las únicas personas que pueden salvarnos somos nosotros mismos.

Si nada esperas, nada pierdes. Y además dejas de buscar donde no hay… Porque no hay nada ahí afuera que pueda satisfacer lo que no sabemos encontrar dentro. Nada en el mundo es capaz de suplir nuestra falta de autoestima.

Y no es porque las personas no sean capaces de lo más hermoso, lo son y es bueno verlas así,  pero no podemos obligarlas a que sean y respondan como nosotros deseamos.

No podemos escribir un guión sobre cómo deben ser con nosotros y luego enfadarnos porque no responden a nuestras expectativas y no se saben el papel… No podemos poner en manos de otros nuestro estado de ánimo y esperar que actúen como soñamos… Y que lo hagan ahora y aquí.

No podemos enfadarnos porque ejerzan su libertad de ser distintos a como hemos planeado y escriban su propia historia…No han nacido para satisfacernos ni nosotros para satisfacerles a ellos. Lo único que podemos hacer para honrarles es amarles tal y como son y aceptar que no cumplan nuestras expectativas. 

No podemos culparles de nuestras miserias, porque eso es privarnos a nosotros del poder de llevar las riendas de nuestras vidas y cambiarlas.

No podemos porque no somos dueños de nadie, sólo de nuestros pensamientos, nuestros actos, nuestras decisiones…

No podemos porque esperar que otro te dé las respuestas es presionarle y manipularle para que se dedique a cumplir tus sueños y no los suyos propios…

Si dejamos de esperar, dejamos de sufrir. Dejamos que la vida nos sorprenda mientras empezamos a actuar para cambiar nuestro mundo. Permitimos que las cosas pasen mientras nos dedicamos a focalizarnos en lo que nosotros queremos…

Porque al final, las personas nos tratan como nosotros nos tratamos. Y cuando alguien es infeliz y espera a que otro haga algo para cambiar eso no se trata bien a sí mismo y en consecuencia no será correspondido… Y si lo es, lo que reciba nunca llenará ese hueco que sólo puede ser llenado por nosotros mismos.  En el fondo, a veces, nos comportamos como zombies que se alimentan de zombies pensando que así podrán volver a la vida.

Nadie puede darte lo que tú no puedes darte a ti mismo. Porque esa es la forma en que la vida te envía el mensaje que necesitas aprender… Ya lo tienes todo, pero está dentro de ti no fuera. 

Las personas que se cruzan con nosotros son las personas que atraemos para entender qué nos pasa y cuál es el camino… Son espejos donde proyectamos nuestras creencias para que podamos entender quiénes somos y qué tenemos que desaprender y borrar de nuestras vidas.

Son la respuesta a nuestros miedos y llevan en sus mochilas los regalos que nuestros fantasmas les dieron para nosotros…

Les atraemos hacia nuestra vida para comprender lo que somos y qué necesitamos para crecer. De forma inconsciente, se acercan para no darnos lo que pedimos que nos den si eso supone negarnos… Para que sepamos que lo que suplicamos está en nosotros si somos capaces de cambiar la forma en que miramos al mundo…

Si les vemos como salvavidas, dejarán que nos ahoguemos para que nos demos cuenta de que sabemos nadar.

Si les pedimos amor para tapar el vacío que tenemos, nos arañan para que sepamos que el amor que buscamos ya es nuestro y el boquete que tenemos en el corazón sólo se tapa con autoestima.

Cuando esperas que otros te reconozcan méritos y te den medallas para asumir tu valor, ellos te ignoran y te rebajan para que de una vez por todas te quede claro que ya no necesitas demostrar nada.

El mundo no te acepta si no te aceptas. Sólo cuando dejas de pedirle permiso para ser tú y necesitar su aprobación, se da cuenta de que estás y te responde de la misma forma. El mundo no va a darte lo que esperas si no eres capaz de dártelo tú primero… 

Si te amas, encuentras personas que te respetan.

La única forma de conseguir respeto es respetándonos. Si no esperas ni coartas, recibes lo que sueñas.

Esperamos mucho de todo y de todos. Buscamos mar en el cielo y cielo en la tierra. Queremos ver con los oídos y besar con las manos…

Repetimos errores porque no somos capaces todavía de decirnos a la cara que las verdades más duras y necesarias, las que curan las heridas de golpe sólo con ser dichas e imaginadas, las que cortan lazos insanos y tienden manos a otras manos necesitadas…

Estamos cansados porque vivimos contra viento y trepamos los muros que nosotros construimos para alejarnos de lo que deseamos como castigo por una culpa inventada que decidimos cargar para ser perdonados por no parecer lo que esperamos…

Tapamos los agujeros que tenemos en el alma con parches que se caen y despegan continuamente porque en realidad el único pegamento somos nosotros.

Buscamos un consuelo que solo nosotros podemos darnos y hacemos preguntas cuyas respuestas sólo nosotros sabemos.

Encontramos enemigos fuera porque salimos a la calle a buscar una venganza que calme nuestra sed de amor y topamos con otras almas rotas que buscan dolor para expiar un tormento que ellas mismas se han impuesto…

¿Por qué no intentamos mirar a los demás con la compasión que merecen y vemos que en realidad están tan perdidos como nosotros?

El mundo no es como deseamos que sea. No podemos esperar siempre a que todo suceda pero no podemos forzar la máquina de la vida para que todo pase cuando queremos porque siempre conseguimos el efecto contrario… Más aún cuando lo que provocamos forma parte de un plan cuyo fin es tapar con un parche lo que solo se cura comprendiendo y aceptando. La única forma de incidir en él es amarlo, cambiar la forma en que lo miramos y ser capaces de ver lo hermoso. Sin esperar a que nos salve o nos dé la razón, sin desear que se adapte a nuestros deseos… Aceptando cómo es y entendiendo que lo más trágico que hay en él también es lo más trágico que hay en nosotros…

Y cuando entendemos eso, todo el amor con que vemos al mundo hace que cambie, todo lo que podemos aportar a él surte efecto, aunque sea pequeño, aunque no se note… A veces lo diminuto genera una espiral de cambios que que perturba lo que parecía imperturbable… El cambio en la forma de actuar de una abeja afecta a una colmena…

Si conseguimos cambiar nuestra actitud y actuar en consecuencia podemos conseguir lo que parecía imposible… Si somos coherencia, contagiaremos al mundo de coherencia…

Y así dejamos de esperar y nos ponemos a ser, a sentir, a vivir con las consecuencias de nuestra nueva forma de ver la vida, a latir con el mundo y ser el mundo, en lugar de quedarnos sentados juzgando lo terrible que es… En vez de lamentarnos por lo atroz que encontramos, seremos capaces de cambiarlo si antes nos transformamos a nosotros… El mundo que te rodea es un reflejo de tu mundo interior… Lo que ves en él es lo que no eres capaz de ver en ti, lo que ocultas, lo que intentas no sacar a la luz porque te avergüenza… Con las personas que se cruzan en nuestras vidas sucede lo mismo. Están ahí para que reconozcamos en ellos lo que no somos capaces de ver en nosotros y afrontemos de una vez por todas que nuestra oscuridad salga a la luz y podamos abrazarla para reconocernos por entero y amarnos de verdad.

El mundo no va a cambiar porque no nos guste. Es así de duro porque tiene muchas lecciones para darnos… La primera de ellas, que somos nosotros quiénes tenemos que dar el primer paso y poner nuestro ejemplo a su disposición.

El mundo no va a cambiar, sólo cambiarás tú, si quieres… Y ese movimiento pondrá en marcha un mecanismo maravilloso e impredecible que puede darle la vuelta a todo. A veces, la vida no es como esperamos, es incluso mejor si permitimos que fluya  a través de nosotros y tomamos las riendas… 

 


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Ya basta…


Nos preocupa tanto demostrar que ya no somos, parecemos.

Nos exponemos de forma tan calculada al mundo que perdemos la magia y la esencia… Estamos pendientes de si los demás nos cuestionan o de si nos dejan en ridículo que nos concentramos poco en nosotros… Y luego culpamos al mundo por no llegar, cuando en realidad es responsabilidad nuestra por buscar fuera lo que está dentro. Por esperar que nos aprueben y nos acepten cuando antes ni siquiera nos hemos aceptado y aprobado nosotros. 

Mientras te preocupas por aparentar no eres tú y eso te hace perder combustible, perder comba, delegar tu éxito en otros y dejar en manos de la suerte lo que en realidad es fruto de un trabajo… Nos bloqueamos a nosotros mismos porque estamos esperando a ser una versión más aceptable para darnos a conocer, cuando en realidad ya somos nuestra mejor versión esperando ocupar su lugar…

Mientras no eres tú mismo, perdido en parecer e ir dando zascas a los que te inoportunan, pierdes un tiempo valioso para crecer y aprender.

En realidad todo depende de ti y de tu confianza… Sin embargo, nos desalienta tanto no parecernos al molde que otros en su afán de ser mediocres han creado que nos rebajamos para encajar en él.

Nos recortamos las alas para no volar tan alto y no hacer sombra…

Nos apaciguamos el entusiasmo para luego no sufrir decepciones…

Nos achicamos los sueños porque primero nos hemos achicado a nosotros mismos… Y todas esas restricciones están en nuestra mente.

Ya basta de pensar que no merecemos. Basta de sentirnos indignos y de creer que para llegar hay que sufrir y alejarnos de la felicidad porque tenemos esa sensación heredada de que si tenemos un momento dulce, un dios vengativo nos va a castigar…

No hay castigos, ni culpas… Las inventamos  porque no vemos nuestra grandeza. No necesitamos nada de todo eso, sólo soltar y seguir andando. Sólo hay miedo a ser uno mismo y no parecerse el resto del mundo… Por eso, nos imaginamos pequeños y vivimos en una vida de casa de muñecas…

Nos creemos indignos de amor y en consecuencia la vida nos acerca amores diminutos para que nos quede claro que no son los amores que merecemos, para que aprendamos a querernos, para que descubramos que nuestro valor es incalculable y no depende de lo que piensen y opinen los demás…

Nos sentimos culpables por no ser como son otros y nos castigamos cada día cerrándonos puertas y gastándonos las bromas más pesadas… Nos apartamos de lo bueno que nos depara la vida porque no lo aceptamos, porque no permitimos que llegue… 

Ya basta de creer que otros sí y nosotros no. Estamos hecho de la misma sustancia maravillosa… Somos polvo de estrellas reciclado para brillar y apagamos nuestro brillo buscando excusas para no mostrarnos y viendo el horror antes que la belleza.

Basta de firmar en la casilla equivocada y aceptar pertenecer a una casta inferior y desheredada… Todos podemos salir del laberinto porque nosotros creamos el laberinto para entretenernos y alejarnos de lo que amamos cuando nos sentíamos diminutos y culpables… Ahora ya sabemos que merecemos lo mejor y podemos permitirnos abrir los brazos para que llegue…

Basta de no permitirnos subir al tren y besar el destino que deseamos.

Basta de sobrellevar angustias cuando nos toca vivir a rienda suelta.

Aunque suponga decidir y tomar caminos oscuros… Aunque tengamos que elegir no tomar frutas amargas para desayunar como es costumbre en nosotros y decidir arriesgarnos a probar otro menú… A veces, nos acostumbramos a lo amargo y cuando somos libres, nos cuesta soltarlo… 

Devoramos tanto dolor por rutina, por no cambiar ni confiar… Tragamos angustia como una medicina necesaria para expiar culpas y redimir pecados que no existen…

Pensamos que debemos pagar cara la osadía de imaginar que todo puede ser maravilloso para nosotros… Que la felicidad tiene un precio… Creemos que si nos preocupamos, estamos pagando el peaje para que todo salga bien ¿verdad? Y luego resulta que esto va al revés… Macabra ironía de la vida… El único precio a pagar por vivir como deseas es el compromiso contigo mismo… Tomar decisiones y atreverse, asumir la incomodidad de ser tú cuando el resto del mundo te pide que desistas. 

A veces, sufrimos ahora por no sufrir después… Y luego llegamos al después y descubrimos que era un lecho de rosas, pero no podemos disfrutarlo porque acumulamos tanto dolor y desánimo por el sufrimiento acumulado que tenemos el alma hecha jirones y la mente loca de buscar salidas que nosotros mismos nos bloqueamos…

Esa es la palabra, bloqueo. Nos bloqueamos lo hermoso porque nos sentimos horribles, feos, sucios… Nos bloqueamos el éxito porque olvidamos nuestro valor, nuestra capacidad de aportar y servir a otros a descubrir su valor…

Bloqueamos la felicidad por si llega y luego se va y el trance es tan amargo que no conseguimos volver a quedar dormidos y anestesiados y vivir de nuevo este sucedáneo de vida en el que estamos inmersos donde nada es de verdad pero no te tienta la esperanza…

Bloqueamos la vida por si nos gusta tanto que nos acostumbramos a ella y luego no sabemos vivirla desde la mediocridad en la que nos hemos sumergido. Lo hacemos para no sufrir demasiado cuando se acabe “lo bueno” mientras sufrimos de forma controlada por no ser nosotros mismos y volar tan alto como nos apetecería…

Ya basta de quedarse a un palmo de la gloria por si molesta a otros que no tienen previsto moverse.

Ya basta de no levantar la mano y decir aquí estoy por si te miran y piensan ¿Tú, de verdad?.

Basta ya de aceptar chantajes de los que no se atreven para que no te atrevas y abandones esta especie de cueva en la que vivimos a tientas y tragamos lo que toca sin rechistar…

Basta de buscas excusas y delegar responsabilidades para no tener que hacer lo incómodo, lo complicado, lo que hemos dejado pendiente para el día en que decidamos vivir.

Basta de pensar que dependemos de otros, que no hay más remedio, que no está hecho para nosotros, que nos viene grande, que nos queda lejos, que es complicado, que cuando lleguemos no habrá…

Basta de no amarnos suficiente y esperar que otros vean en nosotros lo que nosotros no somos capaces de ver… El amor es el principio de todo. La primera piedra de tu gran fortaleza.

El cielo no son esas nubes negras que nos acechan, es lo que está detrás cuando conseguimos apartarlas… Nosotros dibujamos las nubes negras cuando nos negamos a nosotros mismos y dejamos de confiar en nuestro potencial. Ya basta de ignorarlas y reprimirlas, de mirar al otro lado pensando que marcharán sin que reflexionemos sobre ellas y sintamos qué significan. 

No existe el problema. Lo hemos creado nosotros porque pensamos y sentimos que merecemos un problema, porque estamos convencidos de que no llegaremos… Nosotros construimos el muro que nos separa de lo que soñamos a base de imaginarlo, de creer que existe, de sentirnos separados de lo que deseamos y no confiar en lo que realmente somos… La verdad es que tú eres tu sueño y tu peor pesadilla, la persona que construye la jaula en la que te sientes preso y la que tiene la llave para abrirla y la capacidad de borrarla… Quién se dice que no y cierra la puerta.

Eres el muro que te separa de la vida que sueñas. Asume tu poder para cambiarlo.

El único obstáculo somos nosotros mismos siempre. Lo ponemos ahí para aprender algo justo antes de saltarlo y hacernos aún más enormes… Cuando apartemos nuestras dudas, el camino se abrirá. Cuando dejemos de imaginar que está lejos, nos daremos cuenta de que está muy cerca.

Y a las nubes negras hay que mirarlas de frente y abrazarlas, comprenderlas, saber su por qué y descubrir cómo atravesarlas… Son el regalo, la adversidad a superar, el aprendizaje que nos catapultará de forma inevitable a esa vida que deseamos vivir. 


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Que nadie te diga quién eres…


Ya basta de aceptar chantajes.

Nos encoge, nos deprime, nos arruga. No tiene sentido.

A menudo, estamos tan acostumbrados a aceptarlos que ni tan siquiera nos damos cuenta de que nos chantajean. Los llevamos incrustados, incorporados a nosotros y aceptamos los pensamientos ajenos como si fueran propios. Entramos en su lógica y la convertimos en propia.

Aceptamos algo que nos duele, nos escuece, nos denigra… Y lo hacemos porque si no, sabemos que esa persona no nos dará aquello que queremos, que creemos que necesitamos. Entramos en el juego y nos columpiamos en él. Dejamos que nos tenga sujetos, ahogados, asfixiados y pendientes… Dejamos que nos ate por algo que pensamos que nos pertenece, para evitar que se enfade, para que no nos recuerde lo infames que somos y lo poco que nos queremos a nosotros mismos. Le dejamos hacer porque tememos enfrentarnos a él y encontrarnos con nosotros mismos…

No acostumbramos a no preguntarnos si realmente merece la pena… La respuesta es nunca, porque no hay nada que valga la pena para que nos quedemos atados al  sufrimiento.

Nada que te ate ahora, te liberará mañana. ¿Sabes por qué? porque mañana ya serás esclavo porque creerás que lo eres, porque habrás cedido tu voluntad. En tu mente, te habrás encogido y recortado los sueños, te habrás resignado a no ser, a no sentir, a no intentar. Lo que hoy te hace daño, no te conviene. Lo que te hace sufrir en el presente, no te hará feliz en el futuro…

Cedemos libertad al chantajista a cambio de facilidad, de comodidad y por qué no, de ingenuidad, ya que hemos reducido tanto nuestro mundo que llegamos a pensar que eso que nos da él o ella no lo podemos conseguir por nosotros mismos…La vida está llena de oportunidades que no se ven desde una jaula con barrotes gruesos…

Si es un regalo, es a cambio de nada.

Si no lo es, el intercambio debe ser justo y nunca indigno.

Y no, no vale la pena, porque al aceptarlo, se te escapa la vida.

Muchas veces no sabemos decir no a un chantaje emocional porque hemos estado sometidos a él sin tregua desde siempre. Porque hemos crecido en él y no hemos conocido nada más… Como haber nacido en una cueva oscura y pensar que ese pequeño espacio es el mundo entero…

Hay quién nos chantajea por amor y quién lo hace por miedo. Quién nos quiere encadenar para que no corramos peligros reales o ficticios y quién nos quiere apagar para que no brillemos… En ambos casos, nos someten a su forma de ver la vida, nos recortan como seres humanos porque no nos dejan crecer y nos hace creer que no existe alternativa.  Y eso puede significar que, puesto que no hemos conocido nada más, corramos el alto riesgo de repetir ese comportamiento e ir por la vida recortando a otros. Haciendo que sus vidas sean minúsculas, que se acostumbren también ellos a ver la vida a través de un cristal opaco, a pasar por un embudo cada vez que sueñan algo… A tamizar sus sueños por un embudo como hacemos nosotros porque hemos aprendido que sin sufrir o perder algo no podemos aspirar a nada… Porque nos creemos que hay cosas que no merecemos si previamente no nos rebajamos a aceptar algo que no deseamos…Un precio demasiado alto por no ser capaces de arriesgar un poco, ¿verdad?

Los chantajistas emocionales precisamente nos piden que nos encerremos, que nos aferremos a la rutina de una relación tóxica pero conocida, porque más allá la incertidumbre es insoportable.

La única forma de no ceder al chantaje es disponerse a pasar un poco de frío. Enfrentarse al miedo, a una soledad necesaria, a la incomodidad de no saber qué pasará…Enfrentarse a uno mismo y aceptar que sabrás cómo hacerlo sin esa ayuda envenenada o sin esa influencia que te castiga. Apostar por ti y por tu fuerza, por tu capacidad.

Ceder al chantaje es mirarse al espejo y decirse a uno mismo que nunca podrá, que nunca sabrá ir más allá… Que no merece lo que desea si no acepta un castigo previo, una rebaja de sus expectativas…

Si lo aceptamos, nos convertimos en fantasmas. Asumimos que no hay más remedio que vivir en una caja cada día más pequeña y asfixiante… Reducimos nuestras posibilidades de crecer y explorar…Arrastramos una culpa que no existe.

¿Vale la pena? Esa es la pregunta… La respuesta casi siempre es no, nunca. Nada que nos puedan ofrecer a cambio de la dignidad nos conviene.

Ya sé que hay situaciones límite en la vida en las que nos aferramos a lo que sea para sobrevivir, para que a los nuestros no les falte lo básico… Incluso entonces, merecemos lo mejor, aún más si cabe, porque siempre somos personas dignas.

Insisto… ¿Vale la pena? Ser capaz de hacerse la pregunta ya es un triunfo, porque significa tener conciencia de lo que sucede, significa querer ser libre, significa tocar con las manos esa dignidad.

¿Por qué lo aceptas? la respuesta a esta pregunta nos indica qué debemos cambiar si no queremos seguir con la situación… Piénsalo, ¿Por qué lo aceptas si no lo mereces? Tal vez, no nos guste enfrentarnos a ello, pero resulta indispensable para poner fin al sufrimiento y avanzar. El que consigue empezar a cuestionarse lo que pensaba que era un dogma, está más cerca de su conciencia. Sea cual sea la respuesta.

¿Por qué? reflexiona y hurga en ti lo suficiente como para que la respuesta, aunque duela mucho, te sirva de algo. Cambia el enfoque, mira qué esperas conseguir de verdad cediendo a ese chantaje y descubre por qué crees que vendrá de otra persona y no puedes encontrarlo en ti mismo… ¿Te ha pasado otras veces? ¿te has acostumbrado a vivir ese tipo de situaciones porque evitas algo? ¿qué pasaría si dices que no? ¿cargas con alguna culpa que te impida soltarte y seguir tu camino? ¿qué es lo que realmente te asusta?

Lo bueno nunca es a cambio de sufrimiento… Lo dulce no se mezcla con veneno… La felicidad no conlleva castigo ni culpa. No vale la pena… No regales el timón de tu vida, sé responsable de ella, trabaja para que sea tan maravillosa como mereces.

No sólo puedes salir de ese círculo vicioso, sino que además cuando lo consigas, saldrás de ahí más sabio, más fuerte, más elástico y mejorado… Sin carga ni remordimiento… Te encontrarás más cerca de ti y te conocerás mejor. Sabrás que puedes porque lo habrás hecho. Te darás cuenta de que nadie está por encima de ti, ni puede dirigir tu vida si no le das ese poder. No sueltes las riendas, no le des a nadie tus códigos para que apriete tus botones cuando quiera, no cedas el protagonismo de tu vida, no entregues tu voluntad, no cargues ninguna culpa, no contemples tu existencia con ojos ajenos…

Reenfoca tu vida. Abre las ventanas para que entre la luz… Sal del rincón y encuentra tu centro. Deja de ser la presa, sal de la telaraña y vuela… Tienes mucho poder, pero aún no lo notas, no lo ejerces, no lo sueñas. Puedes dar el vuelco a todo lo que te pasa con la intención y el empeño, puedes zarandear tu vida con sólo cerrar esa puerta y amarte…

Quédate a solas contigo y descubre qué te mantiene atado.

Cuando te ames de verdad, nadie te pondrá cadenas… Cuando aceptes la incertidumbre de la responsabilidad, llevarás las riendas.

No te mereces pagar ningún peaje por ser tú. Eres demasiado grande para vivir en una cueva… Brillas demasiado para apagar tu luz…

Vivir no duele siempre…

Decide tú.  Que nadie te diga quién eres ni qué sientes… Empieza a volar y sé sincero contigo, porque si no, te estás chantajeando a ti mismo.

terarana

 


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Tu lugar en el mundo


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Escoge pensar que sí, que lo consigues, aunque ahora tal vez dudes.

Predisponte a sentir la emoción de saber que lo has logrado. Siéntela ahora, como si ya fuera tuya.

Nota quién eres. Nota todo tu valor y toda tu fuerza. Rebusca en tu baúl de culpas y arráncatelas todas como si fueran las plumas viejas de unas alas gastadas, para que salgan las alas nuevas. Asume el riesgo de vivir desnudo esperando a que salgan, sin avergonzarte de nada. Siente cómo puedes desplegarlas antes de tenerlas, porque ya son tuyas. Porque jamás tendrás alas si no las sueñas y las vives antes de que te salgan…

No temas mirar atrás, pero hazlo para vencer a ese pasado absurdo que aún permanece en ti y que sigue  acortando las ideas y las ilusiones, ensuciando pensamientos, cambiando tus palabras hermosas por palabras tristes… Vuelve para hacer limpieza, no para quedarte a vivir… Que nada te ancle al dolor inútil… Sufrir no te hace grande, te encoge. No elijas nunca sufrir porque sí.

Mira en tu equipaje y saca lastre. Arroja los “por si”, los “para cuando” y los vestidos viejos que solo arropan a la persona que eras antes, no a la que eres ahora. Tira las cartas de desamor y escribe poemas nuevos. Escríbetelos sobre todo a ti, necesitas palabras de amor sincero e inmenso, como tú…

Si hay algo en tu camino que huele a rancio o a podrido, no lo mires, apártate… Por si la tentación de volver a creer que no mandas tú en tu vida, sino tus circunstancias está aún viva en tu piel, en tus células cansadas de tragar miedo y escupir emociones sin freno que no te da tiempo a comprender.

Asume de una vez por todas tu fantástica grandeza.

Sucumbe a la risa. Ríndete a la necesidad de flotar sin esperar llegar a ningún sitio concreto. Nada aligera tanto el paso como la risa floja del que se entusiasma a cada momento. Besa la culpa y déjala marchar. Que no te ensucie el vestido nuevo de persona que brilla, de persona que seduce con su cara feliz. Que todo lo que venga a ti a cuestionar tu nuevo estado de felicidad por decisión propia sirva a reafirmar tu paso.

Quítate el caparazón. Suelta la carga. Afloja las correas que te ciñes para que entre el aire limpio en tus pulmones y puedas coger fuerzas para desabrochártelas…

Cúbrete de historias maravillosas y caricias imaginarias… Encuentra personas extraordinarias…

Ama tus deliciosas imperfecciones hasta encontrar su belleza, hasta que tengan tanto sentido como tus dones…

Encuentra el sueño dulce oculto en la pesadilla amarga que martillea tus oídos. Besa tus cicatrices y recuerda la fuerza con que te enfrentaste a cada una de ellas…

Si el traje te oprime, anda desnudo.

Si camino te desvía de ti, desvíate del camino.

Si el lazo se convierte en cadena, corta el lazo.

Escoge decidir. Escoge asumir. Escoge disfrutar existiendo.

Si llegas a un lugar donde no hay risa, sé la risa. Si llegas a un lugar donde no hay calma, sé la calma. Haz siempre lo que nunca te haga sentir obligado. No sufras por adelantado. No sufras esperando acumular méritos para luego ser feliz…

Sé lo que necesitas y nunca necesitarás nada.

Siente las posibilidades infinitas que hay en ti. Sé todas las personas maravillosas que llevas dentro y no te avergüences de ninguna. Ama tus imprudencias, tus desatinos, tus muecas tristes incluso… Porque son sin duda el preludio de tus sonrisas locas y tus más sonoras carcajadas.

Todo lo que has hecho antes, aunque sea erróneo, te ha llevado hasta aquí y te ha convertido en alguien maravilloso. Felicita tu insistencia. Celebra tu capacidad para persistir, para ceder cuando es necesario, para resistir cuando casi nada resiste.

No esperes a ser algún día, sé ahora.

Imagina que ya eres esa persona que habita en ti y que encuentra su valor. Imagina que ya ocupas tu lugar en el mundo y nota todo lo que puedes hacer desde él.

Sé la persona que sueñas que eres. Habita tu vida, habita tu esencia.

No esperes a encontrar la chimenea, sé tú el fuego.

No te pierdas esperando señales, dibújalas. El mar no te traerá nada que tú ya no tengas dentro…

No busques caminos fuera que sólo están en ti.

Elige borrar lo que condiciona tu vida. Vacía las alforjas de temores  y riñas. Sacude tu cabeza para que salgan los pensamientos amargos…

Ha llegado tu momento. Sé quién realmente eres.

Suelta tus culpas imaginarias. No cargues con nada que te impida volar…

 

 


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Lidera tu vida


No podemos pasarnos la vida culpando a otros de los que nos pasa. No somos lo que nos pasa, somos la forma en que lo afrontamos y lo vivimos. No somos nuestros miedos, somos la manera en que nos enfrentamos a ellos. Somos las palabras que usamos y todas y cada una de las quejas que nos repetimos cada día. Es la hora de no cerrar nuestra mente y tomar las riendas, gestionar nuestras emociones y sacarles partido, porque todas nos traen algo positivo, aunque duelan o asusten. Ha llegado el momento de responsabilizarnos de nuestra felicidad y nuestra vida y dejar de culpar a las circunstancias. Lidera tu vida porque si no la liderarán otros.

 


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Yo no quiero la culpa


No es culpa de nadie. Nada lo es. La culpa no existe, nos la inventamos para fastidiarnos, porque nos encanta boicotear nuestras vidas e impedirnos ser felices… Porque cuánto más asustados estamos más solidas son las barreras mentales que construimos.

La culpa es sólo un fardo inútil que decidimos cargar en un mal momento. A veces, la cargamos por iniciativa propia, otras porque algunos estaban cansados de llevarla en su equipaje y necesitaban repartir ese peso atroz o eliminarlo y deciden pasárnosla. Aunque la decisión de asumirla o no es siempre cosa nuestra, nadie nos obliga a nada o no debemos pensar que lo es. Muchas veces, nos la pegamos a la espalda y la arrastramos incluso cuando el alma nos pide tregua, a sabiendas de que nos amedranta el ánimo y nos carcome las ilusiones. Aún cuando duele tanto su peso que nos amarga esos momentos hermosos que nos salpican los días…

La culpa es avariciosa, se instala en tu pecho y se va haciendo gorda, rotunda, gigantesca. Se alimenta como el odio de emociones negativas acumuladas, esas que esperan que les demos un vistazo  pero que no queremos recordar, que no queremos mirar a la cara ni estudiar porque duelen.  Devora todo aquello que nos asusta y decidimos no sentir ni racionalizar, lo que no aceptamos ni maduramos, lo que no queremos afrontar… Se cuelga en nuestros ojos y hace que los párpados queden eternamente caídos. Anida en nuestras manos y las deja muertas… Se nos columpia en los brazos y ya no ajustan cuando abrazan. Nos redibuja los labios y los pone mirando al suelo y hace que el asco viva en nuestros pensamientos… Lo impregna todo, lo censura todo, lo invade  todo de ideas lúgubres y pasos perdidos.

La culpa es una correa, una losa atada a una cuerda, un corsé que te oprime el pecho. Es una bocanada de aire sin oxígeno, un habitación oscura de la que nunca crees poder salir… Un universo perfecto en el que jamás puedes equivocarte ni ensuciar nada… Un suelo repleto de raíces que te engullen tus pies…

Y nos culpamos por todo. Por no ser cómo creemos que deberíamos ser. Por no ser cómo otros creen que deberíamos… Por no llegar, por no querer, por querer demasiado… Nos culpamos por decir que no y por decir que sí. Por decidir y por postergar. Nos culpamos por no destacar y por destacar demasiado. Nos culpamos por atacar, por huir y por quedarnos paralizados. Cuando en realidad, lo que nos falta es comprendernos, aceptarnos, conocernos.

Sin embargo, en el fondo, no hay culpa. Es algo inútil. No tiene sentido, ni sirve para nada más que para causar angustia y dolor. Nadie la tiene y nadie la lleva. Cuando decides preguntar por ella y hacer el ejercicio de sentirla para analizarla, se desvanece, se esfuma, se licua y cae sin ver a dónde va.  La culpa no es más que una mala versión de nosotros mismos esperando una colleja, una revisión, una reparación. Basta un simple ejercicio para dejarla sin vida, para fulminar su voraz hambruna por controlar nuestros pensamientos. Basta con nombrarla en voz alta, airearla y ponerle un nombre para que desaparezca.

Cuando llevas el timón de lo que sientes y de lo que te duele, cuando haces revisión y preguntas qué falló y lo aceptas, te aceptas a ti mismo y decides mirar al futuro y notar el presente en lugar de regodearte en el pasado y quedarte encogido por el miedo… La culpa vuela.

No hay culpables, hay personas que se responsabilizan de lo que sienten y de lo que hacen y personas que no saben cómo o deciden esconderse.

No sirve nada cargar culpas ni cargárselas a otros.  No sirve de nada acrecentar nuestra rabia por lo que otros han hecho y cargarles el peso de nuestro dolor. A veces, las personas hacen cosas que nos perjudican porque no saben más, no pueden o creen que no pueden, porque no están preparados para hacerlo mejor… Algunos atacan porque tienen miedo otros porque no conocen las palabras suficientes para dialogar…

Mejor soltar esa carga, aligerar el paso, pensar cómo resolverlo, cómo arreglarlo, cómo vivir con lo que hemos aprendido y respirar. Dejar de castigarse, ser responsables de nuestras vidas… Los culpables arrastran su culpa. Los responsables escogen el camino. Deciden cómo reponer su falta, cómo superar el bache y asumir lo que conlleva… Cómo responder y dar la cara, saltar el obstáculo y crecer con él.

Cuando culpas a otras persona de lo que te pasa le das riendas de tu vida, le concedes poder sobre tus emociones y sentimientos… Le permites decidir qué te molesta y qué no, qué te duele y qué te hace feliz. Cuando te culpas a ti, permites que tu pasado aniquile tu futuro y corrompa tu presente. Te privas de escoger, de sentir, se vivir, te condicionas, te atas.

Afloja las correas que tú mismo te ciñes a la conciencia.  Disculpa tus errores y construye con ellos una balsa que te permita salir de este pantano cenagoso.

No hay culpas, hay posibilidades, hay oportunidades, hay responsabilidades. No hay culpables, hay quién mira adelante y quién se obsesiona con mirar atrás. Hay quién vive atado y quién vive libre…

Hay quién decide arrastrarse para siempre y llevar un estigma y quién sabe perdonarse y perdonar.