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la rebelión de las palabras


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Sal de tu cárcel


Todos tenemos nuestra cárcel particular. La hemos construído con angustia, con exigencias, a base de sufrimiento y malas palabras hacia nosotros mismos. Somos el preso, somos el carcelero sin piedad, el juez severo que nos encerró en ella y todos y cada uno de los macizos barrotes que nos rodean.

Hay tantos modelos de cárcel como personas hay en el mundo.

Todas, absolutamente todas están forjadas con desamor, con menosprecio, con falta de respeto a uno mismo, con miedo… Con tanto miedo que puede olerse en las paredes donde están señalados los días que faltan para una especie de juicio final que solo existe en nuestra mente y no tiene ningun sentido.

Todas las cárceles que nos atan a una vida amarga y limitada son mentales. Son infiernos particulares y diminutos en los que nos hemos condenado nosotros mismos, de los que no nos dejamos salir por el qué dirán. Porque nos convencieron de que para merecer algo tenemos que sufrir, sacrificarnos y rompernos lo suficiente por dentro como para que el mundo nos valore y nos dé el visto bueno… Son pequeños infiernos de sí hago esto o aquello, del debería, del sí per no, del ¿Y si? constante, del darle vueltas sin parar a todo en la cabeza hasta que parece estallar y una ansiedad tremenda hace sonar tambores en nuestro pecho.

Todas la cárceles que he conocido en mentes ajenas y en la propia, se edifican gracias a un componente básico y necesario, si desaparece esa substancia, la cárcel se esfuma, se desvanece. Es una substancia inmaterial que todo lo impregna, es totalmente adherente y deshacerse de ella es altamente complicado, pero no imposible. Es pegajosa y corrosiva, todo lo invade y lo inunda, todo lo convierte en una carrera, en una necesidad, en un castigo… Es culpa. Una culpa gigante e inconsciente que vive en nosotros desde siempre y nos impulsa a no vivir, a no soltar, a pasarnos la vida midiéndonos y calculando resultados, escalando montañas altas para llegar a cimas que demuestren nuestro valor y calmen esa sensación de no merecer, de no ser suficiente.

Esa culpa que nos impulsa a decir sí a todo aunque nos mate por dentro.

Esa culpa que nos lleva a decir no a lo que deseamos porque creemos no merecer.

Esa culpa que mantenie en pie esa cárcel mental y la hace cada día más real y más sólida.

Esa culpa que nos cuenta historias tristes y se infiltra en nuestros sueños hasta convertirlos en pesadillas que hablan de dolor y castigo.

Todas las cárceles que nos hemos inventado parecen reales. Están fabricadas con años de quedar bien, ser ejemplares y correctos, ser sumisos, ser perfectos, ser ganadores y tener éxito, mantenernos en la cima, ser lo que los demás esperan de nosotros, perseguir sueños olvidándonos de nosotros mismos y maltratándonos para conseguirlos, mendigar amor, hacer todo lo lo posible para ser reconocidos, para sentirnos especiales y conseguir la atención de los demás, evitar que sepan lo frágiles y vulnerables que nos sentimos, soportar lo que sea para evitar la soledad , esconder las dudas e inseguridades que tenemos, huir del miedo que nos acecha cada día por no ser suficiente y no hacer suficiente…

Nos pasamos la vida buscando en ellas pasadizos secretos para huir. Intentamos sonsacarle algún secreto al carcelero para que nos deje salir o nos cuenta cómo hacerlo. Intentamos darle todo lo que tenemos o creemos tener la juez para que nos libere. Nos dejamos la vida siendo reos ejemplares y maltrándonos para asumir nuestra pena impuesta para que vean lo dóciles que somos… Nos destrozamos las manos intentando separar, limar y romper los barrotes pero nada funciona. Día tras día, abrimos los ojos esperando que algo pase, que algo cambie, que llegue un abogado que nos saque de ese infierno, esperando un salvavidas que nos rescate, una mirada de compasión al otro lado que nos tienda la mano.

Nunca llega, siempre nos queda un día más en el infierno, en esa cárcel mental de la que algunos salimos a ratos pero siempre volvemos por mala conducta, por reproches, por no haber hecho lo debido, por no haber conseguido lo que nos proponíamos… Porque siempre nos tragamos el chantaje de la culpa y nos acabamos creyendo que merecemos regresar.

No hay nada en la cárcel que nos ayude a salir de la cárcel.

No hay nadie ahí afuera que nos vaya a sacar de ella.

Los pensamientos que nos encerraron no son los que podrán liberarnos. La forma de vivir que nos mantiene amarrados nunca nos hará sentir libres. Porque de la cárcel no se sale forzando, golpeando, ni luchando contra la cárcel. De la cárcel se sale soltando el pensamiento que nos encerró en ella. Dejando caer ese mundo interior de sacrificio y castigo que nos apega a la culpa y nos exige cada día más. Renunciando a ese modelo de vida y patrón de creencias que nos ha llevado a creernos que merecemos limitarnos y encerrarnos y castigarnos…

De esta cárcel se sale con respeto por uno mismo. Con amor, con compasión, con amabilidad por lo que somos. Sin medirnos ni reprocharnos. Sin esperar nada concreto más que esa paz de saber que nosotros mismos podemos liberarnos…

Todas las cárceles mentales que que he visitado desaparecen cuando descubres que están contruidas sobre la creencia falsa de ser merecidas, de ser necesitadas para purgar errores y falsos pecados. Cuando miras dentro, en lo más profundo de ti y abrazos lo más oscuro y terrible y descubres que eso no eres tú y que no pasa nada… Y dejas de esconderlo y ocultarlo para comprender y empezar a usarlo para amarte.

Todas las cárceles mentales en las que vivimos dejan de existir cuando descubrimos que somos seres valiosos, cuando nos reconocemos, cuando nos damos cuenta de que en realidad somos inocentes…

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

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La consciencia que te habita


Para un momento, abre los ojos y despierta… La vida es una sucesión de sacudidas y pasos en falso que llevan a lugares desconocidos y rompen muros. Sin zarandeo, a veces, no hay vida. Sin caer, a veces, no se puede volver a empezar. Sin tocar fondo, a veces, no se despierta y se acopia el valor para cambiar de forma de pensar y ver lo que te rodea.

Ahora puedes escuchar de nuevo todas las excusas que fabricaste para no dar un paso y todas las culpas que decidiste arrastrar por los siglos de los siglos por no haberlo dado.

La vida está en ese libro que no abres porque decides no tener tiempo para leer. En esa calle en la que no caminas porque se sale de tu circuito habitual. En esas palabras que no dices porque no te atreves pero que queman en tu garganta y piden salir.

La vida está en esa idea loca que viene a tu mente cuando estás tranquilo y que siempre te invita a hacer algo hermoso y un poco arriesgado para ti. Eso que te roe por dentro esperando a ser vivido y sentido.

No te apures, también está en el café de la mañana y en ese sueño de media tarde que a pesar de intentar vencer nunca logras disimular.

La vida está en ese viento frío que se cuela en tu cuello dolorido de ir por al vida rígido y con ideas estáticas que no llevan más que darse contra el muro de siempre y pasarse años golpeándolo y esperando que caiga. El muro no cae, caes tú, aunque tampoco es una mala noticia porque así te das cuenta de que quién realmente debe cambiar eres tú y no el muro… Y luego, decides si lo dejas, si te vas, si ya no quieres más muros contra los que pelear, pero dejas de imaginar muros en tu mente para dejar de verlos ahí afuera.

La vida está en ese tren que nunca tomas porque no sabes si lleva a tu destino porque todavía ignoras que el destino no está en una estación sino en el trayecto… Porque no sabes aún que esto no va de ganar sino de no perderse a uno mismo ni olvidar quién realmente eres.

No eres el personaje asustado que dibujaste para sobrevivir a este mundo horrible.

No eres tu ironía ni tu mal humor de los lunes. No eres el dolor que sienes cuando no llegas y no aparentas, cuando haces el ridículo, o eso crees, y sientes que el mundo te apunta con el dedo y se ríe de ti. No eres tu trabajo ni tus culpas. No eres todos los reproches que te haces a ti mismo ni los que te hacen los demás y siempre estás esperando.

No eres la persona que esperan ser amada y necesita recibir el visto bueno de otros, ni su aprobación.

No eres este cuerpo que fluctúa y ahora pesa y mida y nunca encaja en un patrón.

No eres este miedo que sientes al leer esto y tomar consciencia de lo mucho que te equivocas, porque eres y serás siempre el que observa al que se equivoca y se abre en infinita compasión a comprender y perdonar. Eres la consciencia que te habita y que sabe, que nota, que siente y que sabe guiarse por algo que no puede definir ni explicar.

No eres la niña rota ni la mujer resentida. No eres el adolescente enfadado y rebelde ni el hombre que sueña con ser valiente pero tiene miedo.

No lo eres, aunque todos ellos y ellas te han llevado hasta aquí.

La vida está en aceptarlos, abrazarlos y superarlos.

La vida está en todo. En ti.

La vida también está en esas pequeñas flores que crecen en las rendijas de las baldosas o las que están tiradas en el suelo ajenas a la idea de poder ser pisadas y mostrándose deliciosamente hermosas.

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente o tal vez no tanto, porque todo es un pensamiento y los pensamientos también se pueden observar y decidir si nos los creemos o no).

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Perdona


Perdona. Ayer cuando grité no era yo. O sí. Era esa parte de mí que tiene tanto miedo a que la vida le sobrepase, que a veces se queda callada y otras chilla a pleno pulmón para sacar la rabia que le oprime el estómago. Era esa versión de mí que necesita recordarte que estoy aquí, que existo, que yo también quiero un poco de lo que hoy se reparte si es que es algo bueno, porque de lo otro me sobra. Era yo tan asustada que se me trasforman las facciones y los gestos y por no llorar la angustia acumulada, de pura vergüenza, la saqué fuera de la peor manera.

Perdona. No eras tú, aunque tal vez no me gusten tus palabras y no quiera volver a escucharlas.  Era el cansancio. Era el miedo de tantos días sin risa que se agolpan en mi cara rígida y desconcertada. Era el tren lleno de gente a primera hora de la mañana mientras estoy buscando un asiento para colgar mi alma desamparada. Era mi jefe que me paga poco y yo que no digo nunca nada y me ha acabado creyendo que no merezco más. Era el cartero que dejó facturas y la vecina que siempre huele a colonia muy cara, esa que me gusta y hace tiempo que no me compro y a veces creo necesitar. No, no era yo, era mi amiga Marta que lleva días  muy agobiada sin responder mensajes y está enfadada con la vida, aunque lo pague conmigo, porque dice que el amor no llama nunca a su puerta y cuando lo hace siempre luego se escapa por la ventana. Eran mis padres, que están mayores y me preocupan. Era la caldera que a veces no arranca y me deja a medias en plena ducha. Eran las fotos de animales abandonados que me revientan por dentro cada vez que topo con ellas y las estadísticas de personas enfermas que parece que me piden auxilio sin ni siquiera saber sus nombres. Eran las cifras del paro y las noches que llevo acumuladas esperando que el sueño sea un bálsamo y no una batalla perdida.

Perdona, ayer no fui yo, era la rabia y el miedo. Era esa ira que llevo siempre contenida en el pecho que estalla. Esa sensación de injusticia que se aloja en mi hígado y me cuenta historias de personas a las que las cosas les salen bien sin tener que dejarse el alma por el camino. Porque yo me la he dejado mil veces. El alma, la piel, la cáscara. Eran todas la veces que me esforcé sin resultado y todos los sueños que tuve y se quedaron en el desagüe de mi vida. Las veces que iba a pedir un poco de alegría y perdí la vez o no dije nada cuando me tocó el turno. Las que miré tras el cristal esperando una señal y no supe más que quedarme parada, rota, inmóvil. 

Perdona, siento tan poca compasión por mí que a veces me cuesta ser empática. Porque a menudo me quiero poco o casi nada. Y a veces me pongo el listón tan alto que cuando veo que alguien sonríe relajado, se me comen el estómago las pirañas. 

Perdona. Fue el viento que era helado. Fue el invierno que me molestaba porque yo quería primavera a primera hora de la mañana. Fue la lluvia que caía con ganas… Fue ese niño que vive al lado que nunca sonríe porque está malito y a mí no me da la gana que sufra… Porque debería estar bien y jugando, como todos los niños, y su madre debería ser feliz y verle crecer sano, como todas las madres.

Perdona, fuiste la gota que colmó el vaso que yo misma había llenado de rabia. 

Perdóname… Ahora que lo pienso me doy cuenta… Sé que son excusas y en realidad soy yo que me dejo sobrepasar por las circunstancias. Que sigo necesitando que todo cambie para estar en calma y no acepto los vaivenes de la vida. Soy yo que quiero siempre tener la razón para quedármela. Que a veces no pido lo que quiero y no pongo límites a nada más que a mí misma. Las facturas llegarán, el invierno seguirá, las personas que parecen tener una vida más fácil seguirán paseando por mi vida y mi calle ajenas al mal que yo creo que me causan. Espero que las cifras y estadísticas horribles cambien algún día,  pero no puedo esperar a que pase para dejar de gritar y enfadarme, para recuperar la risa y la calma… No sé si Marta encontrará lo que busca si es que lo sabe. No sé si el niño que vive al lado se curará, pero seguro que no le ayudan mi amargura y mi mala cara.

Perdona, me sentía tan indefensa y amenazada, tan desamparada por la vida… En realidad esperaba un abrazo que me consolara y lo pedí a gritos porque estoy poco acostumbrada a pedir y sentir que merezco. Porque de tanto querer controlar mi vida me he quedado rota y petrificada, de tanto hacer guardia para defenderme, incluso cuando nadie me mira  y hostiga me siento atacada y señalada. 

Perdona. Yo me perdono. La culpa por todo es muy pesada. A veces no puedo más y la comprensión no me alcanza. Intento sonreír, pero me siento la boca embalsamada. Intento respirar hondo, pero el pecho no me alcanza para todo el aire que necesito… Y hago lo que sé y lo que puedo y sale el sol cada mañana. Siempre hay una nueva oportunidad para ver las cosas de otro modo, para elegir de nuevo otros pensamientos que nos aligeren el paso, para dejar de juzgar y de juzgarnos… Para arrancarnos esas etiquetas que nos pusieron y nosotros asumimos… Siempre podemos mirar otra vez desde la inocencia y ver la belleza contenida en cada rincón esperando ser rescatada por los que son capaces de ver el amor que son. 

Perdóname y perdónate. Nada merece el mal rato de arrastrar esta carga. Volveremos a hundirnos y enfadarnos pero tenemos suerte, porque ya nos hemos dado cuenta de que cuando se nos acumule la culpa podemos soltarla.

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente o tal vez no tanto, porque todo es un pensamiento y los pensamientos también se pueden observar y decidir si nos los creemos o no).

 

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