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la rebelión de las palabras


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Perder el tren


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No tengo ni idea de nada o de casi nada. A medida que pasan los días, los meses, los años, todo lo que creía saber parece más borroso. Es como si la línea que separa los opuestos se difuminara tanto que me siento incapaz de decir qué está bien y qué está mal. Sé lo que me gusta y lo que no, lo que me duele y lo que me hace feliz, sé lo que no quiero y lo que sí, pero al mismo tiempo, me siento incapaz de juzgar porque comprendo cada día más mis errores y los ajenos.

Con el tiempo me he dado cuenta de que muchas veces no hay un camino correcto y que las personas que a veces nos parecen más horribles son las que más heridas arrastran… Corrijo, tampoco es real, las que menos han podido superar esas heridas y más dolor almacenan. He conocido personas que han sufrido en sus vidas enormes tragedias y que son capaces de mirarte todavía con ese brillo en los ojos e ir por la vida respetando. Y he encontrado otras que han sido incapaces de superar algunas situaciones que no parecen de la misma envergadura… Corrijo de nuevo, no me lo parecen a mí, pero no sé con qué herramientas a nivel emocional cuenta esa persona para poder superar esas situaciones ni puedo valorarlo porque ni tengo suficiente información ni estoy en su piel. Juzgamos tanto todo el rato que se hace difícil separar la realidad de la interpretación.

Aunque no sé nada. No me atrevo a afirmar si esto es bueno y aquello no porque hace mucho tiempo que intento arrancarme las etiquetas que me pusieron y no quiero pegárselas a otros ni siquiera a las situaciones de la vida… Juzgar nos recorta las posibilidades. Es verdad, es un gran mecanismo de alerta que en muchas ocasiones puede salvarnos la vida, pero en el día a día, cuando algo sucede, ponerle enseguida una etiqueta, nos obliga a ver todo lo que acontece a partir de ese momento de una forma u otra… La percepción que tenemos de las cosas las determina en cierta forma. Vivimos en una realidad en la que el iracundo siempre será iracundo y el amable siempre será amable porque en nuestra mente no queda otra opción. Con ello, no eximo a nadie de su responsabilidad, por supuesto, las personas viven las consecuencias de sus actos y decisiones, pero la forma en que nosotros vivimos lo que otros hacen también determina nuestra experiencia. No podemos hacer nada para cambiar su comportamiento pero sí que podemos elegir estar a sus expensas o no y vivirlo de una forma u otra.

Cuando etiquetamos a otros con nuestros juicios también nos etiquetamos a nosotros respecto a ellos. La previsión que hacemos de nuestra realidad acaba determinándola. Y no me refiero a lo que va a suceder en ella, sino a cómo vamos a percibir lo que sucede.  Interpretamos nuestra vida en función de las creencias que tenemos almacenadas de forma inconsciente. Cuando estamos ante cualquier situación, sea la que sea, la juzgamos según esa programación que llevamos instalada y la etiquetamos y determinamos en base a ella. Todo eso genera en nosotros emociones varias que, si no sabemos reconocer y comprender, acaban generando el mismo comportamiento de siempre. Por ello es importante, aprender a reconocer qué sentimos y a descubrir qué creencias subyacen detrás de nuestros juicios e interpretaciones de la realidad.

Si somos capaces de gestionar y comprender qué nos mueve a reaccionar como reaccionamos, podremos empezar a usar esas emociones para aprender de nosotros y a observarlas en lugar de dejarnos llevar por ellas y precipitarnos o perdernos muchas cosas que suponen nuevas oportunidades. Eso nos lleva a dejar de reaccionar sin comprender y a tomar decisiones que suponen cambios importantes. Decidir con el corazón no es dejarse llevar por la vorágine de locura en un momento álgido, es escucharla, comprenderla, gestionarla y usarla para saber si te hace bien o no, qué dice de ti. Así podrás escoger tu camino desde la paz de haber descubierto las malas pasadas y trampantojos que te hace la mente que tienes programada para no salirte del mapa que te lleva a repetir situaciones y comportamientos… Una mapa que, poco a poco, puede dibujarse de nuevo con las pistas que nos da lo que sentimos y cómo reaccionamos.

Juzgar menos o ser conscientes de estar juzgando y por tanto interpretando la realidad nos permite una mirada más abierta y comprensiva. Borra un poco esa idea de que por un lado está lo bueno y por otro lo malo, sin que por ello tengamos que justificar nada que nos parezca atroz. Al mismo tiempo, nos abre la puerta a desmitificar errores y dejar de perseguir situaciones y forzarlas. Descubrimos que lo que parece negativo a veces es una gran oportunidad y que en todo caso si no sale como esperamos que salga o de una forma que nos convenza, sabremos encontrarle alguna lección valiosa. Llega un momento en el que no sabes si lo que pasa es para bien pero le encuentras un sentido. Ya, ya lo sé, hay cosas realmente terribles, pero muy a menudo está fuera de nuestro alcance evitarlas. A mi vida han llegado situaciones que pensaba que eran una condena y luego han resultado una bendición. Por supuesto, para ver el regalo que subyacía en ellas, he tenido que moverme, sobre todo por dentro, y cambiar mi percepción. Muchas veces no ha sido fácil, no he amansado todavía a mi fiera interior como para usar su fuerza sin hacerme daño, lo admito. Muchas personas al oír esto se ríen, no lo juzgo, comprendo que etiquetar la situación como negativa y lamentarse es fácil y yo lo he hecho en miles de ocasiones, pero es que eso no cambia absolutamente nada… Ni que sea por una cuestión de no vivir desde el estrés esa situación merece la pena trabajar en cambiar nuestra percepción de ella. 

No es fácil dejar de juzgar. De hecho, creo que siempre vamos a hacerlo y es mejor no obsesionarse con ello. Yo diría que lo único imprescindible es no culparse y dejar pasar los juicios sin que nos arañen o agobien. Si aprendemos a observar pensamientos, sin darles demasiada importancia, veremos que no nos afectan. Lo que realmente importa es estar abierto a que lo que siempre ha sido verde pueda ahora ser rojo, lo malo bueno, lo frío caliente… Y no hablo de ir por la vida como una iluso, hablo de recuperar los ojos de ese niño o niña que fuimos que cuando llegaba a la tienda de juguetes y estaba cerrada, se enfadaba dos minutos y enseguida se alegraba porque estaba justo al lado de un parque con columpios chulísimos… Y al cabo de diez minutos la tienda era historia y sabía que si hoy estaba cerrada otro día estaría abierta.

Y no es conformismo. Me hace mucha gracia (sí, lo juzgo, es verdad) cuando hablas de aceptar la situación y alguien te dice que eres conformista. Como si con su rabia y su enfado él fuera capaz de ir a despertar al dueño de la tienda para que la abra.  ¿No es mejor buscar una alternativa en otra tienda o aprovechar el momento y disfrutar del parque?

Nos pasamos la vida reprochándonos las oportunidades perdidas y nos angustiamos esperando trenes que no pasan y perdiendo otros que no vimos pasar… Si conseguimos soltar esa culpa y comprender qué hay detrás de nuestra forma de actuar, podemos gestionar mejor la situación y verla con más claridad. La culpa no es buena consejera y nos lleva a perder el próximo tren mientras nos lamentamos por no haber visto  pasar el anterior.

Lo que sentimos determina lo que hacemos y es maravilloso poder usarlo descifrar qué nos dice de esa programación que llevamos dentro y que nos obliga hasta ahora a interpretar la vida de cierta forma. Cambiar o flexibilizar nuestras creencias y redibujar el mapa que trazamos hace años en nosotros no va a cambiar el mundo ni tampoco como se comportan los demás, pero puede cambiar nuestra percepción y por tanto nuestras emociones y nuestro comportamiento y al final nuestra vida… Nos puede ayudar a darnos cuenta de lo que nos determinamos y etiquetamos sin darnos cuenta y tomar decisiones. Abrir la mente y meter en ella ideas nuevas, generar nuevas conexiones neuronales y transformar el ritmo de tu vida.

Una vez empiezas a trabajar en ello, todo gira, todo cambia. Te das cuenta de que no sabes nada. Juzgas menos y cuando juzgas, sueltas esa premisa enseguida. Y sabes que no sabes nada. Aceptas y te adentras en situaciones que antes eran impensables en tu vida que te llevan  a lugares que antes jamás hubieras pisado donde pasan cosas que nunca te sucedían. Y no hablo de acabar en un callejón oscuro a las tres de la madrugada sino de decir sí  a algo que jamás hubieras intentado antes y descubrir que es genial o que  por el contrario no te gusta nada… O encontrarte tomando un café con ese compañero al que nunca has prestado atención y que te cuenta una historia increíble que te das cuenta que necesitabas escuchar.

Cada día que pasa tengo menos certeza en lo que sé y más en mí misma y en lo que deseo y siento. Dejar de juzgar y de etiquetar te muestra un camino que cada vez más se basa en lo que llevas dentro y menos en lo que pasa ahí afuera. Cada día esperas menos del mundo y te sorprendes más de ti mismo. Te descubres a ti mismo y te apasionas con lo que haces porque no solo haces más de lo que amas sino que logras amar las pequeñas cosas que antes te molestaban. Aprendes a darle la vuelta a las situaciones para que vayan a tu favor y agradeces los pequeños contratiempos que te permiten recalcular tu ruta y encontrar momentos para ti…

Y te encuentras en el andén, esperando un tren que llega con mucho retraso, y ves que el mundo que te rodea se angustia y tú miras el cielo y lo ves hermoso y contestas mensajes pendientes y lees un libro o sencillamente respiras hondo y te notas vivir…

No, no vas a conseguir que los trenes sean puntuales gestionando tus emociones,  pero vas conseguir que no te moleste tanto, que no te rompa el día entero y seas capaz de darle la vuelta y aprovechar la situación. Y cuando pierdas un tren, éste en sentido metafórico, lo verás como una forma de aprender y no como un error insuperable. Hay muchas oportunidades que llegan a tu vida y son trenes que llevan a lugares que jamás habías pensado visitar y está en tu mano aprender a mirarlas de otra forma para poder aprovecharlas. No siempre podemos estar esperando en el andén y sobre todo hacerlo mirando en la misma dirección.

A veces incluso hay que ver y dejar pasar muchos trenes que te llevarían al mismo lugar de siempre donde nunca pasa nada que te cambie y te mueva por dentro. Para aprender a distinguirlos hace falta un momento de silencio y de paz.  Incluso en algunas ocasiones, pensamos que perder el tren es una tragedia cuando en realidad es la excusa perfecta para explorar otras posibilidades y destinos. 

Las oportunidades necesitan que les dejes la pista abierta para llegar y si estás desconectado de ti mismo, sufriendo o preocupado porque no llegan, no las ves pasar por tu lado… 

 

 

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Me quedo conmigo


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Vamos a tener miedo siempre. No, no te asustes, no es malo ni bueno, es lo que es. Siempre hemos pensado que la felicidad es no tener miedo o no tener problemas cuando en realidad es convivir con ellos. Sentir que incluso en el momento más complicado, estás en paz contigo y te sientes de tu parte. Es encontrar ese equilibrio y esa coherencia que te permiten mantenerte en pie a pesar del balanceo, como esos muñecos con una base redonda de peonza que se mueven en muchas direcciones  y que cuando los zarandeas pero siempre acaban encontrando ese punto estable. Creo que se llaman  tentetiesos o algo así… Si no aprendes a mantener el equilibrio durante el zarandeo, siempre estarás preocupado por si algo o alguien te zarandea… Lo que me llevo a pensar que sin zarandeo no hay equilibrio. Aunque cansa y te deja agotado muchas veces porque todo se repite en la vida una y otra vez y no le ves un sentido.

En algún lugar parece estar escrito que si no te preocupas, no eres una persona responsable. Como si sufrir fuera un peaje a pagar para que la vida te deje un poco en paz y puedas pasar por este trance con un poco de calma, aunque sin pena ni gloria… Como si pasándolo mal te ganaras el derecho a merecer cosas buenas en tu vida.

Hace años, a pesar de llevar una vida que ahora podría definir como cómoda, pensaba que llegaría un día en que todo estaría controlado, que todo sería perfecto. Era como si me reservara para ese día, para sentirme plena y feliz entonces. Cuando tuviera un buen trabajo, una buena relación y me mirara al espejo y me gustara lo que viera. Pensaba que si todo estaba alineado en mi vida, eso me daría fuerzas para producir más, ser más eficiente, estar más guapa y delgada y ser mejor persona. Era como si esperara una especie de conjunción astral para poner en marcha un mecanismo de felicidad en mi vida. Mientras tanto, no me permitía descanso (sobre todo mental) de reproches, quejas y me exigía siempre sin poner un límite. Era como si creyera que conseguir ese estado de perfección en mi vida dependiera de mí absolutamente, como si yo pudiera forzar las situaciones y hacer que las cosas sucedieran exactamente como yo deseaba… Y que fueran perfectas porque así yo podría ser perfecta. Pensaba que con todo de cara y a mi favor siempre sería más fácil conseguir esa vida soñada en la que todo es como debería, como yo creía que debería ser para poder mantener esa felicidad anhelada.  Era como si esa felicidad fuera un lugar concreto en una cima muy alta desde la que pudiera contemplar mi vida sin temor a que ya nada me preocupara o me pudiera atacar, un lugar inalcanzable desde el que poder defenderme si algo perturbaba esa perfección y donde pudiera soltarme y vivir en paz.

Eso no va así. La paz no es la consecuencia de la felicidad, es la causa. No es un lugar ahí afuera al que llegar, es un espacio de silencio dentro de ti en el que decides quedarte a pesar de las circunstancias, un estado de ti mismo desde el observas tu vida y la sientes pero no te arañe, en el que asumes tu responsabilidad pero no te tragas la culpa de nada… Un estado de tu ser que no se altera a pesar de nada.

Forcé mucho las cosas. Y es verdad que hay que hacer para que las cosas pasen, pero sin romperse por el camino. Porque hay tantas cosas que no dependen de uno mismo y que nos pasamos la vida intentando controlar y medir y arreglar y reconducir… Hay que cosas que debemos hacer que sucedan y otras que tenemos que dejar que nos sucedan.

A menudo nos hacemos trampa y evitamos hacer las que nos asustan porque creemos que no daremos la talla o porque nos avergonzamos de nosotros mismos y no queremos exponernos a las críticas de los demás, sin darnos cuenta de que evitarlas no nos priva de la propia crítica y de la culpa que sentimos. No hacemos lo que depende de nosotros y sin embargo nos esforzamos mucho en querer cambiar lo que no está a nuestro alcance. Y nos enfadamos y resistimos a abandonar esa acción cuando nos desgasta enormemente y nos hace sentir vacíos.

En muchas ocasiones, he dejado de hacer cosas porque estaba convencida de que no las haría bien y temía quedarme a medias. Me sentía tan poco merecedora de conseguirlas que me rechazaba a mí misma antes de que el mundo me rechazara porque no podía soportar otra decepción más… Cuando has intentado por todos los medios conseguir algo y te has esforzado mucho, hay un día en que esa sensación de vacío cuando el premio no llega se vuelve insoportable. Y dejamos de hacer lo que toca hacer y lo que no para dejar de sufrir.

Mientras yo me reservaba para ese momento perfecto en el que los planetas iban a alinearse para que mi vida fuera la vida soñada, me sentía en provisional. Me costaba tomar decisiones para cambiar cosas porque estaba esperando el momento perfecto. No asumía según que retos porque esperaba a que la incertidumbre se marchara de mi vida y yo sintiera la confianza necesaria para sentir que podía. Nunca se fue y la confianza no llagaba y pasaban los días y los años.

No voy a hablar de trenes ni de oportunidades perdidas. No importan en realidad. Lo único que importa es la paz de estar bien contigo. Y esa paz no depende de que los planetas se alineen ni de que las circunstancias sean perfectas, depende de ti. Incluso en en el peor momento, puedes decidir no reprocharte nada y no culparte y a pesar de que tu vida no sea como la sueñas y deseas, mirarte al espejo y reconciliarte contigo… Ese momento en el que la incertidumbre sigue latiendo en tu pecho y desmorona tu vida y te zarandea la agenda y las emociones y a pesar de todo decides no vivir de forma provisional… Decides no esperar para ser feliz y apreciar lo que eres y amarlo sin condiciones… Ese momento en el que te miras y tomas la decisión de dejar de esperar a que llegue ese día en que todo es perfecto y amas esta imperfección ahora y la asumes, tal vez porque estás demasiado harto y cansado de vivir a medias esperando algo que no depende de ti…

Y vives como si ya fueras. Y no hablo de vivir como si ya tuvieras lo que deseas en tu vida, sino de vivir como si ya fueras la persona que ha dejado de esperar que todo sea perfecto para ser feliz… De sentirte como si ya lo tuvieras todo lo que anhelas porque has descubierto que lo tienes y que siempre ha estado en ti, mientras tú mirabas a otro lado esperando que la vida te diera permiso. Mientras te peleabas con todo porque no era perfecto. No hablo de vivir sin tener miedo sino de vivir sin que el miedo te tenga a ti y aprender a llevarlo y darte la mano a ti mismo cuando esa voz que te cuenta historias tristes te susurra en plena noche… No hablo de que todo sea seguro, sino de vivir en esa inseguridad e incertidumbre y descubrir que eres como esos muñecos que aunque los zarandees siempre vuelven a su centro.

No hay que llegar a ningún sitio. En realidad, hay que decidir quedarse.

He dado muchas vueltas buscando de forma insaciable esa cima, ese lugar, ese estado de las cosas donde todo sale bien y siempre me siento con ánimo de seguir adelante… Y no existe. Hay que apagar el interruptor de búsqueda y quedarse callado y escucharse y sentir como te llama el camino y como todo te sucede… Es una decisión, una forma de observar la vida de otro modo, es dejar de huir de lo que te asusta para saber que podrás vivirlo porque estás contigo… Porque te quedas contigo a pesar de todo.

 

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Si pudieras recordar esto siempre…


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Me costó mucho comprender que no veo las cosas como son, sino como yo decido que sean. A pesar de esas muchas situaciones dolorosas que vivimos en nuestra vida, todos hemos pasado por ellas y se nos hacen eternas, la vida es el resultado de un amasijo de creencias y percepciones. Estamos programados desde la infancia y nuestra programación nos dibuja a cada uno un mapa diferente de la vida. Y vivimos lo que esperamos vivir, lo que hemos pensado y, sobre todo imaginado, que será nuestra vida. Es como si de niños hubiéramos elegido un cuento para protagonizarlo durante los siguientes ochenta años y cumpliéramos fielmente con cada capítulo. Hay cuentos con finales más felices que otros, aunque todos tienen moraleja (no me gusta esta palabra, pero es la que se usa siempre cuando se habla de buscar el aprendizaje del cuento).

Lo sé, que el cuento sea alegre y tenga buenos momentos no nos priva de los momentos duros. Lo que ocurre es que la forma en que tenemos de afrontarlos lo cambia todo. Cambia el proceso y el resultado. Cambia incluso el cuento y lo reescribe. Lo que realmente importa es cómo vivimos cada tramo. Yo he vivido algunos que me han parecido insoportables, como si me hubiera sumergido en un remolino y no encontrara nada a lo que sujetarme para evitar ser tragada por un agujero enorme que no sabes a dónde te lleva ni por cuanto tiempo. Nos resistimos tanto a caer en él por temor a lo desconocido, por no confiar en nuestra capacidad de salir airosos y ser capaces que acabamos cayendo en otro más profundo todavía… El de no movernos un milímetro a pesar de estar con el agua al cuello por si la otra opción es peor, porque no nos reconocemos lo suficiente como para creer que somos valiosos, que tenemos el poder de encontrar algo mejor para nosotros.

No elegimos muchas cosas de las que nos pasan, pero elegimos cómo verlas y etiquetarlas, elegimos si nos rompen, si nos atan, si nos motivan o nos asustan. 

Nos han educado para preocuparnos. Sentimos que si no destinamos una parte del día a sufrir por lo que creemos que va a pasar, es como si fuéramos irresponsables, como si no pusiéramos remedio a nuestras tragedias futuras. Oigo dentro de mi cabeza todavía frases como “si no te preocupas, no saldrá bien” o ” si eres feliz recibirás un castigo y lo perderás todo por habértelo creído, por ir de listilla y sobrada”. Como si dejarnos llevar por ese miedo tuviera que evitarnos sentirlo y vivirlo. Cuando en realidad, es todo lo contrario, lloramos mucho por adelantado y nos sumergimos en muchas tragedias anticipadas… Acumulamos horas de miedo como si acumuláramos horas de vuelo, como si fuéramos pilotos esperando  que la tormenta los derribe el avión. Son horas y horas en piloto automático, horas de pensamientos de ataque, de pensamientos cíclicos y funestos, dando vueltas a lo que no depende de nosotros, a lo que no podemos cambiar o comprender… Como si el mero ejercicio de sufrir nos supusiera encontrar la respuesta a nuestras preguntas, como si preocuparse nos sirviera para manifestar un salvavidas para poder salir del mar de dudas en el que llevamos tiempo nadando e intentando no ahogarnos. ¿Alguien ha encontrado una respuesta cuando está presa de la desesperación? me refiero a una respuesta que no sea salir corriendo o atacar. Ese pánico, ese subidón que sentimos a veces cuando nos desesperamos es muy válido y necesario para salir de situaciones límite para nuestra supervivencia. Cuando nos atacan, cuando hay un peligro físico, cuando un barco real se hunde… No cuando el barco de tu vida (en este caso es una metáfora) hace aguas. 

Entrenar la mente para que te cuente historias con final feliz no es la solución a todos los problemas, claro, aunque es muy necesario. Se ha pervertido tanto la idea de “pensamiento positivo” que parece que si lo practicas no vayas salir nunca de casa y encontrarte bajo la lluvia sin paraguas, no vayas a tener rupturas amorosas o vivas cien años con una salud de hierro. Nada nos ahorra ciertos momentos en la vida que son como son y pasan porque pasan. Por más positivos que seamos vamos a morir todos a no ser que alguien encuentre en antídoto. Lo que pasa es que la vida es en un 99 por ciento días en los que los únicos dramas que existen son los que nos hemos inventado. Hay personas con vidas duras, con dolor, con especial dificultad… Y basta verlas para darse cuenta de que muchas de ellas nos dan una lección vital sobre cómo llevar la adversidad. Predisponerse para lo bueno ayuda y mucho. No hablo de una predisposición para lo bueno desde la ignorancia sino desde la inocencia. Sabiendo y aceptando lo que hay pero siendo optimista. No hablo de sonreís cuando pierdes a un ser querido, hablo de poder llorar su pérdida pero sin perderse a uno mismo… No se trata de exigirse estar bien, sino de arroparse a uno mismo y reconocer tu capacidad para salir del bache. Ser positivo no va de obviar la tristeza y el dolor, va de mirarlos de frente y usarlos para crecer y evolucionar. Va de observarlos y sentirlos y decidir que no son tú, que tú eres el ser humano que los experimenta y que todo pasa, aprender la lección sin presionarse, vivir cada momento sin culpa y encontrar tu paz a pesar de las circunstancias. Si te sientes roto por dentro no puedes sonreír tal vez, no puedes dejar de pensar que lo que pasa es terrible, es cierto, pero puedes abrazarte y saber que incluso entonces, en ese momento de dolor. sigues siendo tú y lo que eres no se rompe ni arruga. Eso es para mí ser positivo, vivir cada fase de tu dolor sin olvidar que ese dolor no eres tú. Y ya está, no exigirte más. Todo tiene su tiempo y mereces respetarlo y respetarte.  Y cuando puedas, sonríes, para que tus labios se acostumbren de nuevo… 

La forma en que miras cambia lo que miras. No porque lo vuelva a dibujar, sino porque te posiciona distinto ante ello y te permite observar tu vida sin arañazos. Te da el poder y el timón. Si decides que lo que pasa es un aprendizaje, eso te convierte en alguien que está aprovechando la oportunidad.

Ya sé. piensas que hay situaciones que dan asco, evidentemente, pero ¿quién no las vive? no hace falta que nos gusten, aunque no nos parezcan justas, aunque sean horribles, lo son… ¿Si no las aceptamos podemos cambiarlas? ¿Si nos resistimos a verlas de otro modo van a desaparecer? Hay muchas cosas que no están a nuestro alcance, que no podemos controlar por más que insistamos y, en este caso insistir ,nos desgasta y deja sin energía. 

A veces, cuando hablo de aceptar, algunas personas saltan a mi yugular y me dicen que ni hablar… Yo las comprendo muy bien porque he estado en su posición durante años  y me sentía muy angustiada y violenta cuando alguien me decía lo que les digo yo ahora… Tienen todo mi respeto. Y les pregunto ¿Hay otra opción? ¿Aceptar implica que no podemos trabajar para hacer un cambio? No he dicho resignación, he dicho aceptación.  Si hoy por hoy está ahí y no depende de nosotros ¿Nuestra oposición frontal sirve de algo?

Le damos mucha fuerza a lo que no nos gusta y a lo que no queremos en nuestra vida intentando cambiarlo cuando no está bajo nuestro control. Lo hacemos grande, enorme, importante, le damos poder sobre nosotros y lo convertimos en un muro insondable… Cuánto más miramos hacia la basura más huele y menos vemos lo que hay al otro lado y que es una puerta abierta a otra realidad. Nos quedamos con la visión túnel y nos encerramos en nuestra obsesión.  Y con esto no quiero decir que no lo tengamos en cuenta, al contrario, hay que conocer “la basura” y ver qué nos dice en la vida, hay que fijarse en lo que pasa y comprenderlo, sentir todas la emociones que lleva asociadas y qué nos dicen de nosotros. La adversidad es un material valioso a explorar y hay que observarla, pero sin caer en ella, sin enredarse más de lo necesario, sin sentirse su víctima ni perder tu poder. 

Ya sé que hay situaciones en la vida en las que otras personas parece que nos quitan el poder y no nos dejan actuar, ni opinar, ni siquiera pensar o eso creemos. Sin embargo, nuestro mundo interior nunca les pertenecerá. Pueden decirnos una y mil veces que no valemos nada, pero nunca podrán convencernos de ello si no les dejamos. No es fácil no dejarse llevar por sus palabras y actos, soy consciente, ya que a veces estamos en un marasmo del que no podemos salir y vamos cayendo sin podernos sujetar a nada. Nos manipulan, nos exigen, nos aíslan… Aunque siempre, siempre, siempre, incluso en los peores momentos de nuestra vida, seguimos siendo nosotros, digan lo que digan. Tu valor como ser humano no está en tela de juicio, por más que te humillen y pisen, por más que intenten degradarte y consumirte, por más que te golpeen física y psicológicamente. Tú no eres lo que ellos ven en ti porque sólo proyectan sus miedos.. Eres lo que eres, fuera de duda… 

No eres lo que te pasa. Eres la persona que vive a pesar de ello. Cuando estás  hundido no eres el hoyo profundo sino la persona que sale de él.. Cuando estás herido no eres la herida, eres la persona que se está curando. Cuando estás triste no eres tu tristeza, eres la persona que vive esa emoción y aprende de ella… Cuando te equivocas no eres el error, eres la persona que saca una lección y asume sus responsabilidades… 

Cuando estás hasta el cuello, no eres el agua que roza tu barbilla, eres la persona que encuentra la forma de flotar. 

A veces lo conseguimos y otras no, nada de esto se hace pestañeando y muchas veces no se consigue sin ayuda… Pero pase lo que pase, seguimos siendo nosotros y lo que somos no depende de lo que otros piensan o hacen. Nuestro valor como seres humanos está fuera de duda. Nuestro potencial es enorme. Somos maravillosos y merecemos lo mejor… Si pudiéramos recordar esto siempre, en nuestros peores momentos, tal vez la vida daría un vuelco.

Si pudieras recordar esto siempre, nunca estarías solo. 

 

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Cuando ya no sepas nada


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Va ser que las respuestas no están en los libros… Ni en las palabras de los sabios, ni en las historias de los más ancianos. Están ardiendo en ti.  Están esperando a que te caigas de bruces y te golpees tan fuerte que cuando te levantes ya no recuerdes quién eras y decidas volver a empezar. Poco importa todo lo que conoces si no eres capaz de borrar lo que llevas dentro y te zarandea y te obliga a renunciar a lo que amas y asumir lo que te desintegra como ser humano… Porque la vida va de borrar y de vaciarse antes de llenar y de alcanzar lo que eres. Porque hemos acumulado muchos trastos viejos dentro de nosotros y no nos dejan respirar. No lo ves, pero está ahí, metido dentro. Es un amasijo de palabras y sensaciones, de dogmas férreos y candados con cadenas, uno encima de otro, que no te dejan abrir puertas ni desdibujar fronteras.

Somos esclavos de nuestras creencias, de nuestros pensamientos más íntimos y oscuros, de nuestras emociones más bárbaras. Y en lugar de usarlos para reinventarnos y volver a nacer cada día, los usamos para encogernos, meternos de nuevo en la cueva y contemplar el mundo desde la sombra… Desde la sombra nunca se imagina la luz, aunque se sueña, se busca, se desea tanto que, a veces, se confunde la forma con el fondo y la verdad con una mentira plácida, con una mentira a medias, con una cara sin gesto… Desde la sombra, se imagina una luz a veces tenue, una realidad limitada, pero al mismo tiempo se hace crecer un entusiasmo enorme por llegar a tocarla…

Si no somos capaces de descubrir qué llevamos escrito dentro que nos obliga a alejarnos de nuestros sueños, jamás podremos reescribirlo y  cambiar… Jamás podremos convertir las lágrimas en versos y contarnos historias hermosas que nos ayuden a seguir caminando… Jamás sabremos que ese dolor acumulado que desdeñamos y no queremos sentir ni comprender es en realidad la llave que nos abrirá la puerta a la paz… A esa sensación de sentirse pleno, sereno, presente en tu vida, con ganas de crecer pero amando lo que has crecido, con ilusión por seguir pero disfrutando este palmo del camino.

Las respuestas no están escritas en los libros, pero en los libros hay palabras que te recordarán lo mucho que guardas dentro y pondrán nombre a tus miedos para que sepas cómo enfrentarte a ellos… Los sabios no lo saben todo, pero al mirar en sus ojos y escuchar sus palabras podrás reconocer tus golpes en sus golpes y tus heridas en sus heridas… Hasta que un día, te encuentres contando tu historia a otros y sepas que al contarla es todavía más tuya, porque cuánto más compartes, más aprendes y cuánto más das, más recibes. Cuánto más sueltas, más abarcas, cuánto más borras de ti lo que ya no te interesa pensar y creer,  más libre te sientes… 

Tendrás que borrar lo que crees que sabes y lo que nunca quieres escuchar,pero sabes que está en ti. Tendrás que hurgar en tus pensamientos más sensatos para descubrir que la sensatez te ha llevado a una vida estúpida y llena de huecos, llena de forzados silencios y ruidos insoportables… Que tanta prudencia te ha dejado dormido, soterrado en un mar de quejas y lamentos, bajo una montaña de miedos inventados y necesidades absurdas. Tendrás que borrar las excusas que te inventaste para no ser tú cuando ser tú era tan insoportable para ti que cualquier otra cosa era mejor… 

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Ahora ya no. Todo ha cambiado y a medida que dejaste entrar el viento en tu pecho y sacaste tu dolor de fiesta, descubriste que es posible, que tal vez sabrás, que vale la pena intentarlo, que compensa ser tú y, a veces, casi te gusta.

Y un día volverás a ser como un niño y te sorprenderás por todas la cosas y te reirás con los pequeños detalles… Y contarás los adoquines de la calle y te construirás castillos de arena que morirán con la marea… Perderás la llave de tu cueva y nunca volverás a encerrarte en ti mismo porque ya no habrá nada en ti que desees ocultar ni recharzar. Y jugarás a reírte de tus miedos y de tus errores y dejarás de juzgar a los demás por tus males y de culparles de tus cargas… Y sabrás que eres sabio porque tendrás la certeza absoluta de que no sabes nada…

Sólo cuando ya no sepas nada y te entusiasmes y maravilles con todo podrás notar la vida y quedarte en este instante y notar la magia. Cuando no lleves la carga de un pasado que rompe tu espalda y arrastra tu cuerpo, podrás vivir ahora… Cuando no estés sujeto a lo que no pudo ser y sueltes la necesidad de un futuro seguro y programado, serás libre…

Cuando ya no recuerdes quién eras cuando no eras tú de verdad, sabrás que todo empieza. Cuando mires a la vida de nuevo con ojos de niño asombrado y entusiasmado habrás regresado a ti. 


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Cuando estás a punto de ser feliz


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Esperamos que el olvido nos calme y si no nos calmamos nosotros, no llegará nunca… En su lugar, los recuerdos más bárbaros y salvajes, se construirán un refugio en nuestra memoria y cada vez que estemos a punto de ser felices nos asaltarán por la espalda… ¿Te pasa alguna vez? ¿Estás riendo o vibrando y de repente esa vocecilla cruel te recuerda que en tres meses se te acaba el contrato? ¿Estás pensando que mañana presentas un proyecto extraordinario y te viene a la mente esa ocasión hace años cuando hiciste el ridículo? O tal vez, cuando vuelves a casa tranquilo, pensado en pasar un rato en calma, en buena compañía y en tu teléfono entra un mensaje que te recuerda lo mucho que todavía te queda para lograr tus sueños o las mil obligaciones que tienes mañana y la voz te dice que te estabas relajando demasiado…

Esa voz entrometida y maleducada que se ríe de tus primeros pasos en todo, que siempre te cuenta que llegarás tarde, que no estás preparado, que no sabrás cómo y que todos van a mirarte, que te quedarás solo, que no eres suficiente guapa, delgado, inteligente, divertido… Esa voz que se entrena mientras duermes para que lo primero que pienses al despertar sea lo cansado que estás y lo injusta que es la vida… Que pone barro y charcos en el camino para que te ensucies esos zapatos rojos que adoras y te repite incansablemente que es mejor no atreverse porque nunca lo vas a conseguir. Es una voz socarrona y tenaz que nunca para y siempre te susurra palabras tristes, palabras de desaliento y te recuerda todas tus más terribles pesadillas… A veces, parece que se queda en silencio, que se ha saciado a primera hora cuando se ha ocupado de hacer que te des mucha cuenta de que tu pantalón está arrugado y tu pelo despeinado y te ha insistido en que no hables de ese tema en la reunión porque no estarás a la altura… Es una voz que parece que no quiere que descases ni dejes de exigirte demasiado, que no quiere que nunca bajes la guardia y creas que tienes posibilidades, que no te deja soltar la carga ni dedicarte a nada que no produzca ni genere un beneficio…

Es la misma voz que cuando eras niño te taladraba en los oídos antes de cada carrera y la que te pide a veces que te vengues, que viertas tu rabia y dolor en otros, que te encierres en ti y no pidas ayuda para no parecer vulnerable, que no resignes, que siempre pidas y no des, que pises, que empujes, que aguantes humillaciones y bajes la cabeza porque no mereces… Es una voz que no tiene equilibrio, que hoy te pide que seas esclavo de deseos ajenos y mañana te dice que eres una especie de tirano déspota y sin una pizca de compasión. Que hoy magnifica tus errores y mañana sólo te deja ver los errores ajenos. Que te ha convencido de que nadie va a quererte y no soporta que tú mismo te quieras y transforma tu amor en orgullo y en miedo.

Siempre pasa, cuando estás a punto de ser feliz, de sentirte pleno, relajado, de pensar que todo irá bien, que no hay que preocuparse, que puedes aflojar y disfrutar… Esa voz te agarra de los pies e intenta detenerte, te susurra al oído, te toma el hombro y pone la mano en tu espalda… Aunque en el fondo, eres tú que tienes tanto miedo a soltar y fluir que te frenas, te callas, te pones barreras, que te impides ser tú porque te asusta tu verdadero potencial y te encierras en esa prisión interior donde las paredes están llenas de mensajes de desesperanza.

Mi voz dice que me pare, que no siga, que para lo que yo soy ya he conseguido mucho… Que si sigo adelante queriendo más e intentando conquistar más sueños, voy a tener que pagar un precio, que tiento a la suerte porque “yo no soy de esas personas a las que les suceden las cosas que yo quiero que me sucedan” y que “ya basta de tanto creer que todo saldrá bien porque esto no va a durar siempre”. Dice que tengo que sufrir mucho por todo y que la vida siempre será complicada y que hay cosas que están vetadas para mí… Dice que ya basta de fantasías y me recuerda que si no paro me dolerá la cabeza, la espalda y mil penalidades y atrocidades van a llegar a mi vida…

Y me he dado cuenta de que hasta que me siga asustando lo que dice esa voz ella lo seguirá diciendo porque la que le da de comer para que no calle soy yo… Ella sólo me cuenta los cuentos que yo no me atrevo a contarme y desmentir… Ella sólo hurga en mí y encuentra las puertas de mi alma que no abro y las habitaciones de mi consciencia que no visito y saca los tratos viejos y los fantasmas a pasear… Y mientras yo no haga limpieza y saque las penas y revise mis pensamientos, esa voz que tintinea mis oídos cansados seguirá sin fin… Porque todo aquello de lo que huyes se acaba construyendo una casa en tu alma y escribiendo las páginas de tu vida… Lo que te callas de ti decide tu futuro… Lo que haces que ocupe tu mente, ocupa tu vida… 

Y la voz que tanto detestas te está avisando de que te queda basura por tirar y  miedos por enfrentar. Que pasas más tiempo evitando que existiendo y notando la vida… Que se te escapan las oportunidades mientras piensas y esperas el momento perfecto. Que deberías preguntarte por qué te habla como te habla y te dice lo que te dice y revisar en tus entrañas qué historias llevas dentro por terminar, qué cuentos te contaron y qué te has creído que es la vida… Que deberías cuestionarte qué mentiras te crees y qué verdades te asustan, qué miedos escondes bajo la cama, cuántas vidas anhelas y no vives… Cuántos tú distintos hay en ti pugnando por salir a través de tu piel y qué esperas de tu día… La voz que tanto te duele sólo puede arañarte si sigues creyendo que puede, si todavía piensas que no eres quién realmente te habita, si cuando te miras no te ves porque sabes que un extraño que lleva una máscara ocupa tu lugar en el mundo… Es una voz que está ahí para que a veces te hartes tanto de oírla y hagas todo lo contrario a lo que dice, para que sepas lo que te queda por comprender y perdonar.

La voz sólo te rompe si dejas que te rompa, porque crees sus milongas y todavía no has sido capaz de volver a ti y decidir que no hay nada más importante que estar aquí ahora y vivir… Porque todavía estás ausente imaginando un futuro improbable y llorando un pasado que no quieres borrar.

Lo que ocultas se hace grande y sale del escondite… Lo que no quieres escuchar acaba siendo un grito… Lo que no quieres saber, se escribe por todas la paredes que rodean tu vida…  Lo que deseas abrazar, se hace tan espeso que te abraza, te oprime, te encoge… 

Sal al encuentro de lo que te persigue. Busca ese lugar al que no quieres nunca ir porque sabes que en él hay una cuenta pendiente, una mala cara que aguarda tu cara… Escucha esa canción que te recuerda que todavía no eres libre mientras no te aceptes por entero, mientras no ames tus sombras, mientras no perdones tus errores y asumas tus maravillosas imperfecciones…

Salda cuentas contigo y comprende que siempre fuiste tu mejor versión incluso cuando eras tu versión más asustada. Ama tu recuerdo más amargo y la lección que trae consigo y se desvanecerá en un instante… Visita tu noche más oscura y ya nunca perderás de vista tu propia luz.

Mi voz dice que me calle que ya he dicho muchas sandeces por hoy que no le interesarán a nadie, porque en realidad, nadie me escucha… Y yo le doy las gracias por sus palabras porque me ayudan a despertar y saber que cada vez habla más flojo y lo que dice me recuerda que hoy todavía no me he dicho que tengo mucho que aportar… Porque sé que  ya no me importa, porque escribo para mí, para alguien que necesita escuchar que todos somos perseguidos por una voz machacona que se cuela en nuestros pensamientos… Para una persona cansada que ahora oye sus palabras y está a punto de caer en la tentación y creer que son ciertas … Porque escribo para mi voz también, para que sepa que ya nunca más me va a doler lo que dice. Porque yo ya estoy a punto de ser feliz y no me asusta lo que voy a encontrar al otro lado de mí…


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Humildemente…


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Estamos tan acostumbrados a escondernos por miedo, que a veces, al tomar decisiones no sabes si lo hace tu yo valiente o tu yo asustado…

No sabes si te pasas preparándote porque estás preocupado por la consecuencias y el qué dirán o realmente respondes a tu intuición que te dice que no te metas en según que embrollo.

El miedo te atrofia tanto las ganas y la capacidad de ser tú,  que cuando decides mostrarte y comerte el mundo sin pensar qué dirán, a veces te pasas de osado…

Y yo defiendo la osadía, siempre… Casi siempre… Lo que pasa es que a veces la línea entre amarte y decirle al mundo “esta soy yo, valgo tanto como cualquiera” o “esta soy yo, más chula que nadie” es delgada… En ocasiones incluso, puede parecer que estás diciendo lo segundo cuando en realidad es lo primero. Por eso las formas y los gestos son importantes… Abrazar la humildad de que vales mucho, tanto como quieras o decidas que estás dispuesto a conseguir, pero saber que eso no te hace mejor que nadie.

No eres mejor que el que sólo sueña o pasa la vida arañando sueños ajenos.

Ni que el que no se atreve.

No sabemos qué hay en cada corazón como para juzgarlo.

A veces, yendo por el mundo (mi mundo, porque uno siempre viaja por su mundo aunque llegue a las antípodas, ya que lo vemos a través de nuestros ojos y experiencia) he visto personas que sonríen y llevan a cuestas historias muy amargas. Y personas muy tristes que no han sabido aún vivir esa tristeza sin que les desborde y acabe ahogando. No somos mejores… No sabemos qué haríamos si lleváramos sus camisas o nos metiéramos en sus vidas un rato… No sabemos si alguien les enseñó alguna vez a quererse y no han podido encontrar la forma de darse cuenta… No sabemos si sus miedos son aún más grandes que sus sueños… No conocemos sus fantasmas ni sus rituales diarios para hacerlos desaparecer…

Criticamos a otros porque topan con un muro cuando nosotros nos encerramos entre la paredes del resentimiento.

Juzgamos al que no puede ver que al que no sabe escuchar o al que ni siquiera lo intenta. Juzgamos, criticamos, siempre… Sin parar, como si lanzar la rabia acumulada nos librara de nuestra amargura. Y no somos nadie para decidir qué son o qué merecen… Ya tenemos suficiente descubriéndonos a nosotros mismos como para meternos en sus vidas y gestionarlas. Si a veces, nos quedamos paralizados porque no creemos merecer nada bueno o no nos amamos lo suficiente… ¿Qué lecciones vamos a dar?

Miramos al mundo con nuestros ojos olvidando que nuestros sentidos nos engañan. Que hay mil realidades en cada gota de agua, mil historias en cada lágrima o pensamiento.

Nosotros también fuimos educados para mirar así. Juzgamos sin medir, sin saber, sin comprender… Condenamos en los demás aquello que hay en nosotros, aquello en lo que nos asusta convertirnos… Como si señalando con el dedo hiciéramos una ceremonia para alejarlo, cuando es justo todo lo contrario… Sólo constatamos que nos asusta y nos precipitamos hacia ello si no somos capaces de reconocerlo y dejar de mirar hacia otro lado en lugar de poner la vista en nosotros.

Nos dijeron lo que era justo y usamos esa vara de medir para todo… Y hay otras. Algunas nos parecerán injustas, otras tal vez no las lleguemos a conocer porque no abrimos la mente…

Todos tenemos derecho a ir a contracorriente y defender nuestros puntos de vista. Nadie debe parecerse a nadie, no es saludable y no aporta nada.

Es maravilloso tener las ideas claras y la esencia intacta. Es genial vivir en coherencia con tus valores y forma de ver la vida… Mata más personas la incoherencia que el colesterol… Aunque seguro que de alguna forma están relacionados, la vida a veces es ironía pura y nuestro cuerpo se va esculpiendo en base a lo que hacemos y sentimos.

Sin embargo, ser coherentes con nosotros mismos, no implica que otros que no hacen lo que nosotros pensamos que está bien, sean incoherentes… Significa que tienen otro mundo, otra forma de ver…

Tal vez no hacen bien, hacen daño… Tal vez nos lo hacen a nosotros y tenemos el derecho a decir que no y el deber humano de no permitirlo. Y después de eso, la sana opción de disculpar y entender que tal vez no saben más, no entienden… Y no hacerlo como perdonando desde un pedestal a un ser inferior sino desde la convicción de que no todos nacemos desde la misma posición de salida y muchos no pueden adelantar hasta donde se les permite ver con claridad…

O tal vez seamos nosotros los equivocados, los que no vemos.

Es saludable pensar de vez en cuando que quizás nos equivocamos y poner en revisión lo que pensamos que es sólido, porque la vida da muchas vueltas y cada vez la realidad es más líquida y cambiante…

No ha de darnos miedo cuestionar nuestros dogmas. Es la única forma de ponernos y ponerlos a prueba y descubrir que son verdaderamente nuestros… Vivimos con tantas creencias prestadas que nos limitan que a veces morimos por defender algo que ni tan solo nos hemos preguntado si es cierto y no creemos.

¿Cuántas personas enferman por trabajar tanto para otros que ni siquiera saben agradecer porque creen que parar y descansar un poco les hace parecer débiles, poco eficientes, irresponsables?

Y eso es porque les han educado para sufrir y necesitar ser perfectos. Cuando hacer lo mismo pero con la moderación necesaria y poniendo pasión en lugar de sufrimiento les llevaría a estar más sanos y sentirse más realizados…

¿Cuántas personas se quedan por el camino dándolo todo por el sueño de otros?

Vamos heredando de generación en generación esas creencias, de padres a hijos, os rodean, nos invaden, nos muestran el mundo desde una mirilla, desde un embudo, desde la visión de un túnel que sólo ve el final y deja aparte la visión del camino…

Hay muchas formas de llegar y no solo la nuestra es válida.

Hay muchas formas de mirar al mundo que no son con nuestros ojos ni prejuicios.

Si de vez en cuando, al tomar decisiones o hacer juicios podemos hacernos preguntas e indagar el por qué sin actuar como autómatas, tal vez descubramos que hay mucho por aprender y mucho en nosotros que no es nuestro…

Tal vez no sea malo ni bueno, eso son parámetros primitivos aún por desarrollar. Preguntarnos si decidimos desde el amor a nosotros mismo o la vida o desde el miedo a qué pasará si lo hacemos de otra forma…

Lo que realmente importa es descubrir si nos define o si nos hace sentir bien. Si va con nosotros. Si es lo que queremos transmitir… Si se ajusta a nuestro modelo de vida…

Y arrancar lo que no nos resuena dentro para poder mirar al mundo con los ojos desnudos y descubrir cosas nuevas…

Y tal vez el que está a nuestro lado con cara triste pueda hacer lo mismo o sepamos verle de otra forma y encontrar los matices que le hacen único…

Desde el respeto que se merece… Con la humildad que nos hace grandes… Seamos capaces de comprender que en este mundo hay otros mundos que no son el nuestro… 

 


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¿Vives en bucle?


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¿Vives en bucle? Siempre soñando las mismas cosas, de la misma forma, en el mismo sitio… Siempre esperando un mazazo que te devuelva al que crees que es tu lugar cuando te extralimitas y te dejas llevar por una valentía que no parece tuya… 

Buscando respuestas a unas preguntas que ya no te importan, que no te interesan, que no te definen…

Siendo una figurita en un tablero que no se mueve y no avanza, que salta una casilla y retrocede cinco… Que busca explicación, que busca el porqué sin darse cuenta de que lo que le pasa es que piensa demasiado y vive poco… Que piensa siempre en lo mismo y de la misma forma… Que arriesga nada y no consigue nada a cambio. Que no ventila sus ideas ni pensamientos y siempre son los mismos y le conducen al mismo sitio. Que se come los miedos en lugar de comprenderlos y luego llora porque no los puede digerir… 

Soñando que vuela y nunca vuela.

Soñando que baila y nunca baila.

Soñando que llega y nunca llega, porque siempre lleva los mismos zapatos y se para en las mismas esquinas para mirar los mismos semáforos y respirar el mismo aire que huele a rutina.

Te sujetas a algo que parece seguro, pero no es nada… Lo sabes, la vida te lo arrancará cuando más creas necesitarlo, para que te des cuenta de que no forma parte de ti, de que eres inmenso y no necesitas agarrarte a nada, de que te tienes a ti… Tarde o temprano caerán los mitos a los que sigues y veneras para que sepas que el único ídolo está en ti y que los demás son tan maravillosamente imperfectos como tú… Para que observes tu belleza inmensa tal y como merece y dejes de ver en otros lo que crees no tener y de detestar lo que reconoces de ti en ellos. Para que dejes de culparte por lo que no eres y empieces a ejercer desde tu grandeza. 

Si te escondes bajo un techo, la vida arrancará el techo para que entiendas que eres tu propio cobijo, que estás a salvo siempre y que mereces todavía algo mejor… Aunque nunca lo consigues porque sueñas corto, acomplejado, en voz baja… Porque sueñas con una especie de limitador conectado y unas tijeras enormes siempre le recortan las esquinas a tus sueños y a menudo se les va la mano. 

Si consigues para acumular, te lo quitará todo, para que comprendas de una vez por todas que no se trata de tener sino de ser y sentir, para que no te aferres a nada porque todo está a tu alcance…

Si corres mucho para todo, te hará parar para que sepas que debes detenerte a oler las flores y mirar cómo el sol se pone, acariciar el cabello de tu hija y degustar el plato que tienes ante ti en la mesa.

Si tienes miedo a algo, te pondrá esa algo en bandeja, porque llevas tanto tiempo pensando en ello y que has conseguido que venga a ti para que deje de asustarte, para que te des cuenta de una vez por todas de que el miedo está a tu servicio y no dirige tu vida… Y que lo que te asusta es un regalo para salir aún más entero de este trance.

No te asustes, todo esto forma parte de algo grande, tan grande como tú, que busca que sepas que no te quieres como mereces, que no te ves como realmente eres, que no puedes seguir limitándote porque vas a estallar dentro de ti… Para que abandones esas ideas gastadas que te hacen sentir pequeño y ocupes el lugar que te corresponde. Para que de una vez por todas asumas que no hay más sentido en la vida que vivirla, sentirla, abrazarla y asumir todos sus cambios como nuevos caminos que llevan a ti mismo… A ese tú olvidado y escondido que se pasa los días intentando salir mientras ahogas su voz en un marasmo de quejas. 

¿Vives en bucle? Te acuestas con los mismos miedos y das los mismos besos en los mismos pliegues de piel… Ves las mismas caras tristes de ver las mismas caras tristes y caminas por los mismos adoquines en la calle sin osar al sacrilegio que sería cambiar de acera y encontrar un destino que te haga reír… Le dices siempre que le quieres con el mismo rictus acongojado en los labios, como si supieras que puedes amar todavía más pero te reservaras amor para otro momento, para otra vida, para otra forma de vivir.

Buceas en tus entrañas buscando un pizca de amor propio que te haga llegar hoy a la reunión para decir no pero sabes que no vas a encontrarla porque cuando la tengas en tus manos la disfrazarás de «no puedo hacer eso». Te sumerges en esas otras caras, en este viejo tren que lleva siempre al mismo sitio porque no te atreves a bajar en otra estación o tomar un tren distinto o dejar de subir a trenes que no son tu tren y no te llevan a tu vida… Y todo volverá a empezar cuando llegues… Te pondrás el mismo traje u otro tan parecido que te hará sentir que no creces, que no avanzas, que nunca llegas al jaque mate ni abandonas el tablero… Que nunca pasa nada especial, ni cuando naciste, ni cuando lloras, ni cuando te caes, ni cuando te haces daños… Ni cuando mueras…

Y cumplirás un año más…  

Y soplarás las velas deseando tirar el pastel contra la ventana y subirte a la mesa y decirle al mundo que en realidad ese o esa no eres tú… Que dentro de ti hay alguien que arde en deseos de darle la vuelta a su vida, caminar por el lado más salvaje de la calle de la incertidumbre y arriesgarse a lanzar por los aires una rutina que a veces le hace no querer despertar.

Y que cuando alguien te mire raro porque actúas distinto y te ve esa mirada ida de felicidad, de persona que hace de persona, y te diga ¿pero qué haces? Tú le respondas… Todavía no lo sé, pero da igual… Ahora sólo quiero ser yo.