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la rebelión de las palabras


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Jugar al amor


El amor nunca es cobarde, aunque tengas miedo. Aunque te asuste lo que notas y te sientas extraño en ti mismo.

El amor nunca es mentiroso, aunque no te atrevas a decir en voz alta lo que sientes o lo que piensas por si no es correspondido.

Porque al final se dibuja tanto en tu cara que es imposible negarlo o suplantarlo con cariño.

El amor es el momento compartido.

El amor nunca te hace peor, siempre saca lo mejor de ti. Si te vuelve obsesivo, celoso o te amarga, no es amor es necesidad, es puro miedo a la soledad proyectado en los ojos de otra persona esperando ser respondido de algún modo. Aunque el miedo no reconocido solo trae más miedo. Y cuanto más deseamos atrapar al ser amado más se nos escapa entre las manos.

El amor no entiende de sucedáneos, es auténtico. No usa silenciador, ni se escapa a medianoche, siempre se queda. Y no, no me refiero a quedarse y aguantar lo que le echen, me refiero a quedarse y compartir y ser compartido.

El amor no busca espejos para contemplarse, busca caminos en los que transitar de la mano y con una charla amable.

El amor no se avergüenza de los besos y los abrazos, siempre los espera, los desea, los busca.

Si es amor no te niega ante otros.

Si es amor no disimula, al menos no por mucho tiempo, porque siempre estalla desde dentro y se hace evidente.

No esconde tu nombre al mundo, ni te mete en una jaula. No te cuenta milongas para que estés ahí pendiente mientras se aclara, mientras decide si te quiere, mientras no encuentra nada mejor.

No te deja para luego, te disfruta y te comparte, te aúpa, te acurruca, te hace gozar. Te acompaña a ser, a vivir, a darte cuenta de lo que mucho que vales y mereces.

No se pierde en frases vacías, usa las palabras certeras y directas y, si le cuesta encontrarlas, porque hay amores tímidos, acaricia y dedica una mirada. Se nota, se transpira, te envuelve.

El amor de verdad todo lo contamina y lo contagia de una mezcla de entusiasmo y belleza, de calma dulce pero con ganas… El amor es fácil, extremadamente simple y complicado al mismo tiempo, pero sale solo, sin forzar, sin tener que empujar, sin tener que motivar. El amor no te tiene en espera ni te deja puesto el precinto. No te mantiene pendiente ni te busca a solo de vez en cuando si se aburre o tiene un rato muerto.

Si tienes que esforzarte para que te vea y te reconozca y te busque no es amor. Si tienes que ganártelo no es amor. Si tienes que pelear por un lugar en su vida no es amor, es pasatiempo, es coqueteo, es solo deseo, es un juego de malabares en el que tú no eres el malabarista y estás a punto de caer…

El amor no llena vacíos previos, ni se usa como pegamento para unir tus piezas rotas, en realidad, hace más evidentes tus huecos y grietas pendientes y latentes y te insta a llenarlos tú mismo… A estar contigo también y comprenderte, aceptarte, valorarte, amarte, reconocerte, perdonarte.

El amor es honesto y no busca esconderse tras otras palabras que no lo definen tal y como es porque desea ser sentido y vivido hasta las últimas consecuencias.

El amor no es el cuento que te cuentas para pensar que eres alguien distinto y merecedor de lo bueno y lo hermoso de la vida que tú nunca te permites alcanzar.

El amor no es el cuento que te cuentan para que entregues unos centímetros de piel a cambio de sentir durante un rato que mereces cariño y respeto.

El amor no se consume de usarlo, se potencia. No vas de mariposas sino de desvelos compartidos, de sueños a medias que te rompen el día pero que al contarlos son menos dolorosos… No va de chantajes ,sino de respeto. No va de promesas absurdas, sino de estar cuando toca y compartir lo que duele.

El amor no va de estar hasta que la muerte nos separe, sino de que no nos separe la vida, ni las ganas de tener la razón, ni las exigencias estúpidas, ni los momentos complicados, ni las noches sin pegar ojo pensando en como pagar facturas.

El amor comprende pero también pone límites. Escucha y calla, pero también habla. Respira hondo y olvida pero también deja las cosas claras. El amor es la risa. Es es hormiga en el brazo que no te importa porque estás en el césped con esa persona, ese pequeño miedo que superas por tener una cita… Ese momento en el que ya no soportas más y tienes de decirlo en voz alta porque es tan inmenso que dentro te ahoga, te inunda, te rompe…

El amor no puede medirse ni tasarse. No se compara ni se parece a nada . Si castiga no es amor, es una forma elaborada de miedo y rabia convertida en venganza. Si te usa no es amor, es un sustituto edulcorado de ego hinchado que necesita pisar para sentirse digno… El amor no entiende de excusas.

Y sí, también es a veces compañero de una mala respuesta, de una tarde de cansancio, de una palabra poco acertada, de una semana sin tiempo, de una cena quemada, de unas pocas ganas de planchar la ropa, de unos calcetines en el suelo, de una cara larga y un dolor de cabeza que te invita a todo menos a bailar y abrazar. Porque se vive a través de la vida y se mezcla con ella hasta hacer que lo más amargo sea un poco menos amargo, lo más frío menos frío y lo más doloroso se sobrelleve con un abrazo.

El amor no es un mensaje. No es una frase bonita. No es una espera prolongada imaginando el amor. No es una fantasía. No es lo que piensas que es, es lo que es y se hace evidente. No es una promesa, ni siquiera un compromiso… Es, solo es y está presente.

El amor no juega si las dos personas no juegan y saben que es un juego. Si las dos personas no pactan y se divierten. Si las dos personas no conocen las reglas de juego.

Cuando juegas al amor sin ser amor y tomas ese nombre sagrado en vano, la vida te devuelve el golpe como la marea la próxima vez que amas sin jugar…

Hay quién te dice que en el amor no te entregues del todo, que te dosifiques, que no te muestres, que no te des, que no seas evidente ni te hagas pesado… Que marques distancias para hacerte valer, que mantengas el misterio para que te busque… El amor no es estrategia. Si tienes que planificarlo como una batalla no es amor, es pura conquista, puro reto, pura muesca en el revólver, pura necesidad de demostrar que puedes y que vales que en realidad oculta solo pura necesidad de demostrar y desvalorización.

El amor acompaña, pero no sustituye tu propia compañía y evita la soledad necesaria de estar en ti.

El amor ama, pero no sustituye tu propia autoestima.

Amar es soltar lo que amas para que vuelva si desea estar contigo. Es la eternidad en cinco minutos y la vida buscando ser vivida con ganas y sinceridad absoluta.

El amor no se mendiga. Se da y se recibe. Se celebra y se abraza.

El amor no es ni la tarta, ni el ramo, ni los versos ni las alianzas… Es todas y cada una de las veces que estás apunto de salir corriendo y decides quedarte porque algo te sujeta y te dice que no y recuerdas cuánto das y recibes… Y sabes que no es por miedo, ni por quedar bien con nadie, sino porque decides estar. Es cada vez que descubres que no te quedas porque debes sino porque quieres… Que sí, que hay vida más allá de ese amor pero eliges vivir esta.

El amor no juega al amor, simplemente es.

GRACIAS por leerme.

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¿Tú también tragas con todo porque crees que no te mereces nada mejor?


Una mañana te levantas con ganas y de repente descubres que te han vuelto a tomar el pelo. Te han engañado. Te han usado. Te han vaciado y luego te han dejado tirado… No importa si es en el trabajo o en el ámbito personal. Es duro. Otra vez. Vuelta empezar, recuperarse. Lo mismo de siempre… El bucle de siempre. Siempre a ti. Y justo en ese momento, te pasa por la mente un destello de lucidez. Y sabes que en él hay una respuesta, pero que requiere que seas honesto contigo. Que para salir del bucle hace falta un ejercicio de sinceridad salvaje contigo mismo. Que en lugar de preguntarte por qué, te preguntes para qué. ¿A qué viene esto? ¿Qué siento realmente? ¿Qué pensamientos vienen a mí cuando me pasa lo que me pasa? ¿Qué he estado creyéndome sobre mí que en parte me ha llevado a esto? ¿Cómo mi forma de ver la vida y a mí mismo me ha llevado a actuar para llegar hasta este punto? Y tiras del hilo.

Justo en ese momento, tienes que tomar una gran decisión. Sentir este dolor y hurgar en él para saber qué miedo oculta. Usar esto para comprenderte y quitarte de encima de una vez por todas este esquema de vida que te lleva a topar una y otra vez con lo mismo o fingir que no pasa nada, lamentarte y culpar al mundo y pensar que no tienes nada que cambiar y ya lo harán los demás.

Lo sé, no es agradable. Yo también tiro de muchos hilos y tengo que vomitar los sapos que me he tragado antes. Usar las emociones para salir del pozo mental en que nos hemos dejado meter requiere saborear todo lo tragado dándonos cuenta, hacer consciente aquello que fingimos no ver porque dolía, ver lo que no quisimos ver y sentir, sentir ese miedo insoportable que tenemos pendiente. Tirar del hilo para encontrar la madeja implica a veces encontrar una madeja que tú mismo has enredado porque no te gustaba y descubrir lo mal que te tratas, lo mal que te quieres, lo poco que te valoras, lo mucho te que relegas al último plano de tu vida, lo casi nada que te conoces…

Y hurgando ahí, descubres que en el fondo ya lo sabías, que ya notabas que esa persona o personas te la daban con queso pero no querías notar. Que olía a podrido. En el fondo ya veías que había cosas que no encajaban, que pasaban cosas «raras», que estabas dando cien y recibiendo… Qué ¿Diez? ¿Cinco? ¿Menos cincuenta? y consentías… Y lo hacías porque necesitabas tanto creer que tenías algo de verdad, algo bonito en tu vida, que mirabas al vertedero de esa relación y veías un campo de flores y no porque fueras positivo, sino porque estabas ciego o querías estarlo porque la verdad era demasiado cruda. Que tragabas cuando tenías que decir no en voz alta y decías sí porque tenías demasiado miedo a decir y perder… ¿Perder qué? nada, si no tenías nada, era una farsa edulcorada que te permitía seguir pensando que tu vida estaba llena cuando en realidad estaba vacía y rota, pero la pegabas sin ganas mientras te aguantabas las lágrimas porque sabías que si te permitías llorar ibas a caer y no sabías si podías levantarte. Y te metiste hasta el fondo, esperando el milagro que convirtiera la farsa en realidad, intentando ser tu mejor versión ante esa persona para ver si se conmovía por dentro y le tocabas el corazón… No pasó, porque no pusiste límites, y esa persona siguió usando y usando tu magia, tu risa, tu generosidad, tu valor, tu amor, tu dinero, tus ganas, tu ilusión para construirse un castillo y luego cerró la puerta para no dejarte entrar en él.

Y pasaron diez días, diez meses, diez años… Y el bucle era cada vez más rápido al girar y tú cada vez estabas más roto. Y ahora que llamas a la puerta de su castillo para que te abra, te das cuenta de que te estás rebajando cada vez más y necesitas parar… Y lo haces pero todavía no ves resultados.
A veces, cuando tomas decisiones y sales del bucle y rompes esa dinámica con valentía no todo se soluciona. Se resitúa y sientes dolor y paz al mismo tiempo pero durante un tiempo la vida trae coletazos de esa dinámica que duró tanto tiempo. Espejo de tu interior durante años que todavía se refleja en tu realidad de cada dí. Resultado de horas y horas de vuelo en piloto automático sin llevar los mandos de tu vida y sin confiar en ti lo suficiente como para dejar lo que te ata y lo que te araña.

A veces, sales de la cueva y todavía no ves claro porque tus ojos estan sensibles y acostumbrados a la oscuridad.
Y esta mañana ves que te la han colado de nuevo y después de lamentarte un rato y sentir ese dolor, agarras con fuerza el destello de luz y tiras de él. Encuentras la madeja tirando del hilo de tus miedos, tu dolor, tu frustración, tu rabia, tu tristeza y ves que has permitido que te usen porque preferías ser usado a estar solo, a no sentirte útil, a no tener a nadie…
Y entiéndeme, por favor, esas personas son responsables de su forma de actuar y podemos decidir que ya no merecen estar en nuestra vida porque nos dañan, pero es indispensable darse cuenta de que les dejamos hacernos daño porque no nos hemos valorado y amado suficiente. No somos culpables, hicimos lo que pudimos. Seamos compasivos con nosotros pero… Empecemos por decir basta. Basta a lo que no nos hace bien. Basta a los bucles y las ruedas de hámster en las que nos metemos por no sentirnos suficiente para decir no y aprender a esperar que otras personas que nos traten como merecemos entren en nuestra vida… Basta a decir sí a todo para no estar solos y de quemarnos siendo una versión perfecta de nosotros mismos que no puede sostenerse en el tiempo…

Basta de sujetar al mundo por si se cae porque otros no hacen su parte y de tirar del carro de todas la relaciones por si los demás no se atreven, no pueden, no saben, tiene miedo… Basta de ponérselo tan fácil a otros y tan difícil a ti.


Basta a esforzarse por recibir amor o reconocimiento y demostrar a cada instante que eres valioso. Basta a tener que hacer mil veces más para que te vean y acepten… A ir por la vida dando el doble porque nos sentimos casi nada y pensamos que llevando a cuestas un premio de consolación o un plus añadido nos van aceptar y tolerar… Nosotros somos el plus. No necesitamos hacer nada para ser amados, respetados, aceptados, valorados… Solo ser y existir en coherencia a nosotros mismos.
Nadie nos va a sacar del bucle, solo parar y sentir y tirar del hilo aunque duela.
La verdad nos está esperando para ser descubierta y sentida.
La verdad es que ya somos como debemos sin tener que hacer ni conseguir nada, ya merecemos lo mejor y aunque dé miedo, todo lo que nos refleje eso en nuestro mundo tiene que ser desterrado y soltado porque si no, estamos ocupando el espacio de lo bueno con algo que nos destruye y limita…

Por ello es importante dejar de pensar si estamos a la altura siempre y empezarnos a preguntar cómo toleramos que nos traten y etiqueten cómo nos vemos a nosotros mismos para ser capaces de tragar tanto veneno. Pasemos revista a lo que hay en nuestra vida y todo lo que nos haga daño que se marche porque sobra y necesitamos hacer hueco para lo que nos hace bien y nos recuerda nuestra belleza y grandeza. Hagamos el ejercicio, miremos de frente toda esa basura acumulada en nuestra vida y esas relaciones que nos desgastan y perjudican. Seamos capaces de observar el dolor y el miedo a soltarlo, lo mucho que nos asusta dejarlo ir y el daño que nos hace. Lo vemos… Lo reconocemos, lo sentimos, nos preguntamos para qué y qué aprendizaje oculta y luego lo soltamos y dejamos ir.

Que no pasen diez años más dejándonos tomar el pelo porque no creemos merecer nada mejor.

GRACIAS por leerme.

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I love you, you’re perfect… Now, change!


A veces creemos amar a una persona, pero en realidad amamos la imagen ideal que tenemos de ella… La versión de ella que nos gustaría tener a nuestro lado y que nos hiciera sentir maravillosos. Una versión que llenara todos nuestros vacíos y ayudara a olvidar lo poco que nos gustamos a nosotros mismos. Aunque, eso no es amor, es necesidad. Y caemos todos en ello alguna vez, en mayor o menor medida, por ello lo importante es darse cuenta.

No cambiamos a nadie. Las personas cambian si lo necesitan, si quieren realmente, si llegan a ese punto en que lo que viven es tan duro que les compensa intentar verlo todo de otro modo y arriesgarse a hacer aquello que hasta el momento no se atrevieron a hacer.

Para cambiar hay que aprender a pensar distinto y, en consecuencia, actuar distinto. Es decir, cambiar tus esquemas de vida, tus patrones mentales y tus hábitos en consecuencia a ello. Las personas de nuestro entorno nos ayudan a cambiar de muchas formas, a veces poniéndonoslo muy difícil y forzándonos a hacer lo que nunca pensamos que haríamos por pura necesidad y supervivencia. Aunque no cambiamos por ellas, lo hacemos porque lo que vivimos junto a ellas nos hace ver las cosas de otro modo y eso nos abre nuevas posibilidades. Es importante tener claro que nadie cambia porque otro le insista, le haga chantaje emocional o le ponga un ultimátum y, si lo hace como resultado de ello, no se tratada de un cambio real, es una máscara que se puso para ser aceptado y, algún día, se tendrá que quitar.

¿Cambiar a otros por su bien o por el nuestro? ¿Queremos que cambien para ser felices o para que nos hagan felices? ¿Cambiarles cómo? ¿Qué nos hace saber qué le conviene más realmente? Cada persona vive un proceso interno de autoconocimiento y tiene su ritmo, no el nuestro. Tiene derecho a parar, demorarse o decidir no cambiar nunca, aunque nos duela, aunque al mirarle creamos que desperdicia su tiempo o su vida, precisamente porque es suya y no nuestra. Y porque lo que para ti es una pérdida para esa persona puede ser una aprendizaje valioso.

Cuando estamos con otra persona a la que amamos y «necesitamos» que cambie, sin quererlo y sin saberlo, le estamos transmitiendo a cada instante nuestra disconformidad respecto a ella. Le estamos diciendo con nuestros gestos y nuestras miradas que no es correcto tal y como es, que hay algo en él o en ella que no aceptamos, que para que le sigamos amando tienen que ser de otro modo. Le estamos rechazando.

Que quede claro que no me refiero a tener que vivir sin que nadie se adapte al otro un poco, todos nos adaptamos cuando decidimos empezar un proyecto en común. Y tampoco se trata de asumir que la otra persona nos trate mal, no me refiero a eso, cada uno es responsable de sus acto. Aunque incluso en ese caso terrible, hay que tener claro que no va a cambiar y dejar de esperar el milagro mientras sufrimos lo que no merecemos.

Tenemos que ser honestos con nosotros mismos y con las personas a las que amamos y dejar de verlas como un proyecto, como «nuestro proyecto». Dejar de esperar que nos den aquello que creemos que necesitamos y que nosotros no somos capaces de darnos, dejar de esperar que nos completen y permitirles que sean lo que son. Amar lo que es o decidir tomar otro camino. No estar esperando, ni mendigando hasta que sean de otro modo… A que se levanten una mañana y se den cuenta de lo que no se han dado cuenta hasta la fecha y hagan un giro radical en sus vidas. No va a pasar. Y pensar lo contrario hace daño a ambos.

Cuando miramos a otra persona esperando que cambie y pidiéndole que sea de otro modo no solo le estamos reprochando lo que es, la estamos juzgando y etiquetando. Y nuestra mirada de desaprobación también, en cierta forma, le está incapacitando para hacerlo. Le dice que no pasa la prueba todavía, que no llega al listón. Le está llevando a la desconfianza, a sentirse rechazado o rechazada, a sentirse defectuoso, inadecuado, a medias, provisional. Miramos a los demás con desconcierto, frustración, reproche, con rabia, porque no son como deseamos que sean y luego nos sorprendemos de que se sientan frustrados e infelices a nuestro lado, que se alejen y se sientan mutilados emocionalmente.

Cuando ponemos etiquetas a los demás les estamos recortando, estamos construyendo una idea de ellos en nuestra mente que les limita, al menos ante nuestros ojos, y que nos impide ver toda su belleza, todo su potencial, toda su capacidad, porque nos enfocamos en aquello que nos parece erróneo y nos perdemos lo maravilloso. Y si esa persona, que podría decidir no hacer caso, muchas veces se mira a través de nuestros ojos y se deja influir. Y eso sucede en muchísimas ocasiones porque la autoestima escasea y eso hace que conviertan sin percicibirlo en esa etiqueta que les asignamos. Se valoran a través de tus palabras, de tus juicios y de tus miradas. Esa persona a la que amas se siente inútil porque le ves inútil. Se siente de diminuto porque le ves diminuto. Se siente inadecuado porque le ve es inadecuado, insuficiente, insignificante.

Aunque lo hagas sin darte cuenta, sin querer, pensando que lo haces porque le ayudas a mejorar, porque es bueno para él o para ella, porque le quieres… Como si tu criterio fuera el único a considerar y supieras mejor que esa persona lo que le conviene, cuando a duras penas a veces sabemos lo que nos conviene a nosotros mismos. Aunque en realidad lo hacemos porque tenemos miedo… Tienes miedo, admite, porque no te amas y buscas a alguien que se acomode a ti y te haga sentir a salvo. Y no hay nada de malo en querer sentirse a salvo con la persona a la que amas, siempre que sea respetando como es y aceptando su naturaleza.

Si no te gusta como es, tal vez no sea la persona con la que debes estar.

Todos cambiamos cuando estamos con otras personas, pero nunca traicionando nuestra esencia y siempre que el cambio sea voluntario y no fruto de una manipulación. Porque si lo hacemos bajo esa presión y sensación de menosprecio nunca sale bien o vivimos algo que no es real. Tal vez lo mejor es aceptar que la persona es como es y si no nos conviene su compañía alejarnos… Si estamos bien con ella y aceptamos su manera de vivir, si tiene que cambiar algo de ella misma, lo hará si es su momento y nuestra mirada de aceptación la ayudará mucho a ello. Podemos dar mucha fortaleza a otros mirándoles y viendo su lado hermoso, sus capacidades, sus puntos fuertes sin reprochar ni exigir nada…

Lo más triste de todo y lo más irónico, es que cuando miramos a otra persona, en realidad, lo que vemos es a nosotros.

Cuando miras a esa persona te ves a ti. Tu supuesta pequeñez, tu supuesta incapacidad, ese rechazo que sientes por ti mismo o ti misma que se proyecta en todas y cada una de las personas por las que te cruzas, y con las que amas todavía más.

Porque ves en él o ella aquello que hay en ti, por exceso o por defecto, lo mismo o todo lo contrario, lo que envidias o lo que aborreces, lo que te asusta, lo que todavía no has perdonado, lo que te duele.

Y le pides que cambie para que deje de ser un espejo perfecto de eso que no quieres ver en ti. Porque su presencia te araña y te recuerda lo que no quieres recordar.

Esperas que cambie el espejo para que deje de recordarte toda esa tarea pendiente dentro de ti. Independientemente de que esa persona tenga muchas cosas por aprender como tú, muchas cosas por reconocer, mucho trabajo interno pendiente como todos. Precisamente ese trabajo interno que tiene pendiente también se refleja en ti, porque él y ella también proyectan. Y eso os hace a uno y otro candidatos ideales para este experimento en el que uno intenta cambiar a otro y viceversa, mientras evita cambiar él mismo por dentro, porque le asusta demasiado, aún a sabiendas que es lo que realmente solucionaría el problema y terminaría con esta batalla de proyecciones y reproches.

La persona a la que ves ante ti y a la que amas o crees amar es la persona ideal para ser tu experimento, para hacer tu proyecto de cambio, para que sigas intentando que persona a la que amas se convierta en otra que no refleje tu dolor mientras él o ella al otro lado está haciendo exactamente lo mismo.

Cuando miramos a otra persona y no la aceptamos tal y como, le estamos pidiendo que que sea mejor mientras con todo nuestro ser le estamos diciendo que no va a conseguirlo, que nunca va a cambiar suficiente como para gustarnos y satisfacernos, que haga lo que haga siempre se quedará medias, porque lo que realmente necesitamos cambiar es a nosotros mismos. Porque lo que necesitamos de verdad es aprender a mirarnos de otro modo a nosotros y perdonarnos, dejar atrás esa culpa por no ser como pensamos que deberíamos o nos dijeron que era esperable, mirar dentro y abrazar lo que somos. Encontrar esa sombra que llevamos dentro, y que no enseñamos a nadie para que no salgan corriendo y asustados y no nos dejen solos, para abrazarla. Mientras no seamos capaces de reconocernos, de ver lo que no nos gusta en nosotros y aceptarlo, cambiar lo posible y asumir el resto, no podremos liberarnos ni liberar a otros del peso que supone ser nuestro espejo.

Mientras no cambiemos nuestra forma de pensar y pensarnos a nosotros mismos, de mirarnos y hablarnos, seguiremos viendo al mundo y a las personas a las que amamos con el mismo desprecio y exigencias con que nos miramos a nosotros mismos. No importa si es tu pareja, tu padre, tu hermana, tu hijo o tu amigo… Nos vemos en todos ellos y a todos les pedimos que cambien porque nos molesta lo que contemplamos.

Amamos a medias porque nos amamos a medias o casi nada… Porque al mirar a los ojos de nuestro compañero, vemos al monstruo que no queremos reconocer que llevamos dentro… Y que en realidad es un niño o una niña triste y asustado que está esperando ser liberado y reconocido y recibir un abrazo.

Nadie nos hace felices. Solo lo conseguimos nosotros mismos cuando somos capaces de mirar dentro y ya no nos avergonzarnos de nosotros mismos y amamos lo que somos.

Nota : I love you, you’re perfect… Now change! es el título de un musical de Joe DiPietro y Jimmy Rogers, estrenado en 1997, que trata en tono de comedia el mundo de las relaciones…

GRACIAS por leerme.

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