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la rebelión de las palabras


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Más vale ciento volando


La vida sabe el camino y, a veces, no es el camino que has soñado. No es el camino que has dibujado en tu mente ni le ves mucho sentido. A veces, a pesar de que brilla el sol parece que la vida te lleva por rincones absurdos y oscuros, por espacios angostos y tristes, cuesta arriba, hasta desgastar tus zapatos, hasta que estás tan cansado que no recuerdas ni por qué empezaste a andar.

La vida sabe el destino, tú solo lo imaginas y aciertas pocas veces. Y cuando aciertas, nunca es igual a la foto que había en tu cabeza, nunca.

En ocasiones, sólo comprendes de qué va tu historia cuando miras atrás y te das cuenta de que el lugar oscuro te sirvió para agudizar los sentidos, el tramo cuesta arriba para que tus piernas se pusieran fuertes, el tramo angosto, para aprender a pasar por cualquier resquicio… Y justo ahora, todo aquello ha tomado forma en ti y se convierte en necesario. Todo lo que encontraste por el camino, todas las personas que lo compartieron contigo y te regalaron palabras que ahora vienen a tu mente y llenan vacíos de información… Todas las emociones que sentiste con ellas y que ahora te das cuenta de que eran material básico para afrontar lo que pisas y vives… Todas las herramientas que encontraste al caminar y ahora te llevan a abrir puertas, resolver situaciones y conectar con personas eran parte de un mapa que ahora cobra sentido si lo miras desde otra perpectiva. Eran el equipaje que realmente necesitabas para llegar aquí. Lo único que debías hacer era seguir y confiar e ir soltando por el camino las piedras que cargabas en tu mochila para poder liberarte y ver la vida de otro modo, verte a ti mismo de otro modo.

Dejar de huir de lo que llega a ti porque si llega es porque, aunque nos disguste, es necesario. Ser capaz de mirar esas piedras acumuladas, y sacarlas de tu equipaje. Sentir el peso de cada una de ellas. Sentir el dolor. sentir el miedo, la rabia, la ira, el resentimiento, la impotencia, la tristeza inmensa por lo que no fue… La ira desatada por tanta injusticia tragada y no gritada. El asco por no poder cambiar nada a pesar de intentarlo, de resistirte a lo inevitable, de ver pasar la vida sin poder sujetarla y corregirla… Esas creencias que te llevaban a contener la risa, a la desconfianza, a la susceptibilidad, a maltratarte y exigirte demasiado, a culparte por todo, a culpar a otros porque no te daban lo que tú no te dabas, a decidir que no mereces, que no sirves y que no eres suficiente… A sentirte rechazada, abandandonado, a ver siempre la vida injusta y humillante. A amasar traiciones sin sentido. Esa necesidad de juzgarlo todo y controlar lo que jamás controlamos, de pensar en todas las posibilidades y anticiparse para cubrir todos los flancos y evitar todas las tragedias… Toda esa masa oscura y pegajosa que se adhiere a tus pies y tus zapatos, a tus pestañas, a tus manos, a tu alma.

Aceptar y sentirlo todo y luego soltarlo. Y ver que no era nada. Que eran solo pensamientos. Formas de ver la vida que te sirvieron durante un tiempo pero que ahora son un lastre para caminar liviano y libre. Notar el vacío inmenso tras dejarlo ir todo y llenarlo de aire puro, de calma y de pausa. Y caminar.

La vida conoce el camino y el plan. La vida sabe porque mira desde lo alto el pasado, el presente y el futuro y los hace desaparecer y los funde en un momento, que siempre es este, que siempre es ahora. El único instante en el que puedes decidir si sigues o paras, si te vas o te quedas, si rompes o continuas atado , si sueltas o amarras, si dices que sí o dices que no…

Tú a veces no entiendes nada y solo tienes aprender a mirar la vida sin juzgarla, sin predisponerte a que nada sea malo o bueno, sino que sencillamente es. Mirar y fijarte en la belleza, en lo que amas, en lo que es, en aquello que te hace sentir vivo y en caminar hacia lo que sientes que es tu propósito.

Y solo puedes mirar lo que te pasa y ver ese espejo de lo que llevas dentro, lo que te dice la vida a través de otras personas que se cruzan en tu camino. Lo que te susurra con cada experiencia que se repite. Lo que sientes cada vez que a pesar de intentar evitarlo acabas en el mismo recodo del camino habiendo surcado la misma historia una y otra vez.

La vida sabe y vivirla es surcar este mar, sin dejar el timón pero jugando con el viento a favor, dejándote llevar por la marea, a ratos, y otras mirando al cielo y observar la sincronía perfecta de los pájaros que siempre saben a dónde van sin mapa, y encontrar tu destino muy dentro de ti. Es un caminar y un parar… Un sostenerse y un soltar… Un amar y un dejar ir… Un volar y un pisar el suelo firme de tus pocas certezas y descubrir que las piezas encajan a la perfección pero que tú todavía no ves todo el rompecabezas.

Y romper con todo lo que no te sirve o no te deja ser tú. Y cuestionar lo que parece incuestionable. Y por primera vez estar donde estás. Aunque no haya nada a lo que sujetarse, ni el suelo esté estable ni las palabras te calmen y tengas miedo. Darte cuenta de que en realidad todo es incierto siempre, digan lo que digan, prometan lo que te prometan, aunque creas que sabes y conoces, aunque intentes controlarlo todo siempre algo se escapa… Y es mejor así, abierto, libre, inesperado, infinitamente impredecible…

Más vale ciento volando… El pájaro nunca estuvo realmente en nuestra mano.

Te invito a ver este video sobre la llamada ley del espejo. Por si te sirve para descubrir qué te dice la vida con todo lo que se repite una y otra vez en ella…

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

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El amor es otra cosa


Mucho se habla del amor y se le ponen normas y apellidos, pero el amor es otra cosa. No necesita de más estrategias que ser sentido y vivido. No busca más caminos que ser el camino… No añora más momentos que este momento.

El amor es otra cosa porque no tiene miedo.  Aunque los que aman lo tengan, aunque estén rotos por dentro y cosidos por fuera para disimular… Porque no puede calcularse, ni medirse, ni llevar etiquetas. La única etiqueta que soporta es la de incondicional, si se le ponen condiciones, no es amor es necesidad, conveniencia, resistencia, comodidad, desidia, orgullo…

Mucho se escribe del amor y se intenta que rime, que suene bien, que sepa dulce, que sea apasionado, pero el amor es otra cosa. El amor siempre se canta, se baila, se vibra, se desnuda. Aunque se viva en el vertedero siempre huele a rosas. Aunque se ame con palabras sencillas, siempre son las adecuadas… Aunque no se le escriban poemas, siempre tiene música. Aunque sea un amor desnudo entre dos personas tristes que usarán este amor para encontrar un sonrisa y ver que el realidad se buscaban a ellas mismas… Aunque sea un amor febril entre dos personas bárbaras y encuentren la calma al soltar su rabia. Aunque dure cinco minutos o una vida, el amor es un lapso en el espacio y en el tiempo en el que se puede existir toda una eternidad. 

Se han escrito millones de libros sobre el amor, pero no sabemos casi nada. El amor es otra cosa. No es una ceremonia. No es un ritual. No es un rato bajo las sábanas, ni cien días bajo el sol. No es aguantar nada, ni mirar a otro lado. No es obedecer ni suplicar, no es estar alerta ni esperar lo mejor, ni lo peor, ni siquiera esperar… Es vivir. Es darte cuenta de que estás en casa. 

Mucho se espera del amor. Que nos cure, que nos calme, que nos recuerde que valemos, que merecemos, que somos dignos, que existimos, que cuando no estemos se nos llore y recuerde, que se diga nuestro nombre en voz alta sin aliento…  Queremos un amor que llore cuando lloramos y que al mismo tiempo nos seque las lágrimas y nos empuje a la risa. Queremos que nos eche de menos, que nos suspire las ausencias, que nos cubra los huecos y llene los vacíos, que nos haga seguir adelante y confiar en la vida. Queremos un amor que no hiera, no duela, no marque, no llegue demasiado lejos si nosotros nos llegamos lejos y que no se quede atrás si nosotros decidimos seguir adelante.

Queremos un amor que sólo sea libre hasta donde nos llegan las ganas de que sea libre, que solo baile hasta donde llegan nuestros pasos de baile, que solo camine hasta donde nosotros nos cansamos del camino… Nos asusta verle crecer sin nosotros, levantarse sin nosotros, ser sin que nosotros seamos. Nos da miedo despertar un día y ver que habíamos convertido el amor en rutina y no cuidamos lo suficiente el mientras tanto cuando esperábamos los grandes momentos. 

Mucho se busca en el amor sin amarlo, sin querer sumergirse en él y darle más forma que nuestra forma, sin querer ver el espejo que nos pone delante y comprender que amar es el acto más rotundo de sinceridad, la experiencia más inmensa de vulnerabilidad y desnudez, el momento de más grandeza e humildad en nuestra vida…

Se dice del amor que te vuelve loco, pero el amor es otra cosa, es encontrar la propia cordura oculta tras un halo de mediocridad impuesta, de temor, de angustia… Es darse cuenta de que lo locos son los que no se dejan llevar por la vida y que el mundo va al revés y no importa porque ahora ya lo sabes y cuando llega el mareo sabes por qué. 

Mucho se cuenta del amor cuando falta, pero cuando se huye de él, cuando está presente si no se ve, ni se aprecia, ni se agradece… Como el sol que sólo se añora cuando está cubierto de nubes negras, como el árbol que da sombra que sólo se echa de menos cuando ya no está y no da sombra…

Todos hablamos en nombre del amor, pero el amor es otra cosa… Sólo tiene un nombre, es tu nombre y cuando te das cuenta, se abre a todos los nombres y se hace tan grande que puede ser compartido. El amor es sentirse, es pertenecerse, es dejarse de privar a uno mismo de lo hermoso y de lo bueno, es cuidarse, es soltar el equipaje pesado de reproches y lamentos, de frases gastadas y palabras hirientes, de creencias rancias y juramentos absurdos… El amor es permitirse ser y estar sin apenas tener que hacer nada. Siendo y sintiendo, sin parar. 

Se espera ser un gran amante sin cuidar las palabras. Se espera recibir abrazos sin cuidar las costuras, sin agradecer momentos ni pensar más allá de la ventana sin cruzar la puerta, sin compartir más que lo que sobra y repartiendo cansancio y desgana…  Del amor se espera magia y fantasía, pero el amor también es el “buenos días”, el gesto amable, el mirar a los ojos al compañero, el no poner etiquetas a otras personas… El amor es limpiar la mente de juicios y abrir las manos, es la confianza y el silencio. Es subir el último peldaño a veces sin saber a dónde lleva la escalera y saber que el  único abismo que nos espera es no saber quienes somos y olvidar qué nos mueve.  El amor es un máster improvisado  y acelerado en paciencia, escucha y respeto.

No el amor no rima, pero tampoco araña o no debería. De hecho, si araña no es amor, es una venganza con labios de seda y ojos brillantes. No te da nada que no estuviera antes en ti escondido esperando ser rescatado. No te da más alas que las alas que ya tenías pegadas a la espalda pero no veías porque ignorabas que no siempre serías un gusano esperando a darse cuenta de que podías metamorfosear. 

Mucho se habla del amor sin amar. Sin dejarse llevar, sin soltar las tragedias pasadas y las inventadas, sin permitirse un poco de paz y un poco de risa… Sin estar dispuesto a abrir corazón y cabeza y bailar.  Se espera amar con ansia sin amar el silencio compartido y dejar de buscar razones y excusas… Se espera amar sin medida sin  apenas mecerse en el insomnio de una noche sin respuestas y en la incertidumbre de muchas tardes sin saber qué pasará… 

Mucho se habla del amor, pero el amor no es nada que pueda contarse con palabras, es otra cosa. Es todo.  Eres tú.

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

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Tremenda soledad


 

Da miedo estar solo. ¿Lo has sentido? te cala dentro y te grita cuando intentas buscar sentido al silencio… No es la soledad, eres tú que no sabes mecerte en ti mismo y mirarte a los ojos… Eres tú que no tienes planes contigo ni estás dispuesto a pasar en rato amándote.

No por la soledad en sí, que es placentera y te permite conectar con tu esencia, sino por si la compañía escasea.

Por si la soledad no es el resultado de nuestro deseo de estar con nosotros mismos sino una sensación más intensa, una necesidad de sentirse amado, aceptado, integrado en algo o en alguien que nunca llega…

Por si el vacío que notas es la ausencia de ti mismo y te pasas la vida esperando recibir una señal de que vales la pena, que mereces, que eres aceptado por los demás y te dan el visto bueno. Por si esa soledad está dentro, tan dentro, que te habla de desamor y miedo, de vida sin vida esperando la oportunidad de vivirse y ser notada, asumida, amada…

La soledad entera, aquella que no es a trozos ni por partes, la que te reverbera dentro y zarandea las entrañas, llega cuando la vida quiere mostrarte lo alejado que estás de ti mismo, de amarte y reconocerte, de verte y casi de saludarte, de encontrar tu camino y amar tu sombra…

No hay soledad más rotunda que la que llega cuando te miras pero no te ves y la vida te aparta de todo y de todos para que te des cuenta de que no necesitas ser amado por nadie más que por ti. No hay soledad más profunda que la soledad del que está acompañado por alguien que no le ve y sigue a su lado porque no espera que nunca le ame nadie más…

No hay soledad más gigante que la del que nunca se ama suficiente como para permitir que la vida ponga en su camino personas que sepan amar como merece, como la del que no se siente digno de estar acompañado y se conforma con migajas y sucedáneos para paliar ese dolor que te descuaja por dentro y te rompe sin más sentido que el de evidenciar lo roto que ya estás…

No hay soledad más eterna que la del que intenta llenar el vacío a base de historias inventadas, máscaras inútiles, reinos falsos… Y provoca que la vida le rechace una y otra vez intentando ser amado por todos, ser aceptado por todos, ser reconocido por lo que no es realmente.

Nadie está más solo que el que no sabe estar consigo mismo… El que no soporta verse, encontrarse con él mismo, intercambiar sueños y recuerdos, topar con su sombra y reconocer sus miedos y fantasmas. El que se queda quieto esperando el roce de un alma inquieta que le haga sentir que todavía está vivo y es digno de esa caricia, a pesar de lo que insista día tras día en decirle el espejo.

Nadie está más solo que el que se inventa un vida para impresionar a otros y descubre que ni siquiera les importa, que ni siquiera le miran, que por más que haga nunca podrá conseguir que nadie le vea porque es incapaz de verse a sí mismo. Porque no aporta sino que aparenta, ostenta, parece y se pierde en algún lugar del disfraz que lleva puesto esperando una limosna de atención o una migaja de cariño.

Da miedo estar solo por si dura siempre, por si nunca acaba, por si al cerrar la puerta nadie llama y pide que le abras nunca más… Y te quedas contigo y te ves obligado a contarte esas historias pendientes y decirte esas verdades que no soportas. No tienes más remedio que sentir todo lo pendiente, lo atrasado, lo que suplicabas no reconocer ni aceptar, pero así es como aprendes a cantarte nanas y escribirte versos de amor. 

Da miedo estar solo por si descubres que no te amas suficiente como para bailar contigo y reservarte los mejores bailes, los mejores besos, las mejores palabras y los mejores momentos…

Da miedo estar solo porque nos pasamos la vida intentando llenar ese vacío que llevamos dentro con miradas de aprobación ajena y likes en las redes sociales. Y cuando no llegan y nadie dice nada parece que se te pulveriza el alma y caes al abismo…

Y miras la noche y ves noche. Y miras el día que nace y nunca pasa nada… Porque nunca pasa nada cuando esperas que pase, precisamente porque necesitas tanto que pase que tu necesidad te aleja de la vida. 

Porque esperas tanto el milagro que el  milagro se asusta y huye de ti… Y los besos rebotan y los abrazos chirrían, los amigos tienen otros planes y los amantes se quedan fríos y se alejan… Porque te olvidas tanto de ti que nadie es capaz de recordarte. Porque no te ves y descubres que nadie te mira. Es como si fueras invisible al los ojos del amor y tu esencia fuera transparente y se colara por los los quicios de las puertas y las rendijas. No eres una sustancia, eres un aroma. No eres tierra, eres viento, eres fuego apagado que no arde pero sueña con despertar. 

No hay soledad tan amarga como una vida sin ti… Como una vida buscando fuera lo que jamás has sabido darte… Como creer que se pierde lo que nunca se tuvo y esperar que sean otros los que te digan quién eres, cuando sólo tú puedes ponerte nombre…

Da miedo estar solo por si esa soledad es eterna y de tanto amargarte no consigues descubrir que nunca estás solo, porque estás contigo… Da miedo estar solo por si no te acuerdas lo suficiente de amarte y darte lo que mereces, por si al mirarte al espejo no reconoces quién eres y te pierdes… Da miedo estar solo por si no encuentras el camino de vuelta a ti. Por si en algún momento llegas a pensar que no existe el camino.

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente o tal vez no tanto, porque todo es un pensamiento y los pensamientos también se pueden observar y decidir si nos los creemos o no).

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