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la rebelión de las palabras


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Pídete un deseo


Despedimos un año y empieza otro.

Aluvión de consignas en redes para acariciar la suerte, para salir del bache, para darle la vuelta…

Que si lista de objetivos, que si haz un plan, que si esperes al día 21 para que los astros se alineen y se abra un poderoso portal… También puedes repetir cien veces unas frases mágicas y escribir en un papel tus deseos y encender una vela. Puedes visualizar con todo lujo de detalles como deseas que sea el nuevo año que ahora comienza. Y no digo que todo eso esté mal, me parece fantástico, seguramente algo hace en la medida que crees en ello y te motivas para hacer pequeños cambios.

Aunque el cambio surge dentro y se extiende hacia fuera.

Todo lo que hagamos que suponga replantearnos la forma de pensar y en consecuencia de hacer las cosas que hemos vivido hasta ahora es una oportunidad de cambio.

Siempre he pensado que los rituales no funcionan por lo que son sino por lo que implican en ti. Nos confieren la capacidad (ya la teníamos, pero lo ignorábamos) de dar poder y confianza a algo externo para que nos consiga aquello que nosotros no creemos poder conseguir por nosotros mismos. Como un amuleto. La materialización de tu confianza, de tu fe si quieres llamarlo así. Como no confiamos en nosotros mismos, buscamos algo ahí afuera donde depositar esa fuerza, esa energía, ese foco que no creemos que podremos mantener en nosotros mismos.

Como ayuda y recordatorio no está mal. Mientras no hagamos un dios del pedazo de papel o de metal o nos creamos que el mundo se nos acaba si nos repetimos algo cien veces o se nos pasa la hora de hacer un ritual concreto. Es ideal como refuerzo, pero no como motor principal. El problema es que falla la primera parte y nos olvidamos de nosotros y le damos todo el poder a algo externo. De hecho, es lo que nos pasamos haciendo toda la vida, creer que nuestra felicidad depende de caerle bien al jefe, de que la empresa no cierre, de que esa persona no nos deje de querer o que nuestra reputación sea intachable.

Convertimos la oportunidad en más de lo mismo. Decidimos que queremos que todo sea distinto, pero lo hacemos todo igual. Y no hablo solo de pasear siempre por la misma calle, que no tiene nada de malo si aprovechas para estar atento y vivir la experiencia atentamente, hablo de cómo pensamos y sentimos.

El gran cambio es mental y nos pide consciencia y constancia. Es un entrenamiento diario en el que cada vez que te sientes mal, incómodo, molesto o la vida te pone a prueba, tienes que elegirte a ti. Recordar quién eres y qué quieres realmente. ¿Paz interior o seguir batallando para demostrar algo? ¿Felicidad o ganar la discusión? ¿Fama o solidez en tus actos? (no tiene por qué estar reñido, que conste, pero sí tienes que saber cuál es tu norte). Para el que sabe que la paz interior y la coherencia son su meta, todo lo demás que llega es un añadido… Puede ser maravilloso pero no es el objetivo principal.

El caso es que se trata de tomar una decisión. La de volver a calcular, como un GPS. Volver a decidir cada vez que nos damos cuenta de que estábamos decidiendo sin pensar, con el piloto automático, desde el miedo y no desde la confianza en nosotros mismos… Elegir aceptarnos y amarnos. Ante una situación complicada, no juzgar o si lo hacemos, darnos cuenta y ser conscientes de ello pero ver qué implica, qué hay detrás, qué creencias nos activa y qué pensamientos nos hacen sentir así. Es un pacto contigo mismo para observarte, notar qué sientes, asumir vivir tu miedo y no reaccionar a él como siempre, sino responder como responde alguien que se valora y se acepta.

No hablo de no enfadarse, ni de no gritar nunca, ni siquiera me refiero a no dar un portazo. No se trata de eso. Esto va más de dar un portazo consciente, pararse a comprenderlo, aceptarlo, ver qué hay detrás, qué necesidad enmascara, qué creencias y pensamientos oculta y perdonarse. Hasta que un día los portazos cuestan más de dar y notas más paz.

La diferencia no es tanto lo que haces sino lo que piensas. Aunque, se acaba traduciendo en pequeños actos cada día. Y un día te encuentras no peleando por algo que antes te hubiera llevado a sacar las uñas y desencajar la mandíbula… Y puede que alguien te diga que te has vuelto manso o flojo pero no importa porque tú sabes que lo que realmente pasa es que estás en paz porque ya no necesitas demostrar nada ni imponerte y tu felicidad no está en manos de nadie.

Quien se ama se mima en los detalles, se da su tiempo, pone límites a personas que critican, no se exige en exceso, se siente abundante para dar a otros sin abusar de sí mismo…

A veces, cuando has entrenado mucho (esto dura toda la vida, aunque se va haciendo más fácil) ya no necesitas decirle a otro lo que te molesta porque directamente ya no te molesta, porque te da igual lo que piense de ti. Aunque es habitual que esa persona no acabe estando cerca de ti porque ya no tenéis nada en común.

El problema de mirar a los astros esperando que nos auguren un año mejor es dejar de mirarse a uno mismo y de confiar porque ponemos la fuerza en algo que no somos nosotros. No digo que los astros no influyan, yo creo que todo, absolutamente todo lo que está en este mapa de vida tiene un sentido y un para qué.

Hubo un tiempo en que nunca dejaba escapar una estrella fugaz, un ritual para atraer el amor y la prosperidad y me pasaba media vida visualizando mis sueños, siempre detallados en listas de objetivos bien planificadas (todavía lo hago, es útil). No hubo magia nunca antes, siempre la hubo después, cuando me cansé y me busqué a mí misma para consolarme y decirme que no pasa nada porque eso no funcionara. Justo cuando me comprendí, me perdoné por no saber hacerlo mejor y abracé para decirme que no necesitaba que nada cambiara para estar bien, todo cambió.

Hacer la lista de objetivos y buenos propósitos no tiene mucho sentido si no nos hacemos una lista antes de esas cosas pendientes de hacer con nosotros mismos que siempre hemos postergado. Tal vez, sería más práctico hacer un lista de cosas que dejar ya de hacer, para vaciar nuestra vida de lo que no necesitamos ni nos aporta antes de llenarla de compromisos destinados a brillar cuando ni siquiera hemos encontrado nuestra propia luz. Tal vez una lista de necesidades y cosas pendientes de vivir… Una lista de miedos y situaciones pendientes de afrontar… Un lista de situaciones que todavía tenemos que perdonar, nuestras, de otras personas, temas que se quedaron ahí, prendidos en nuestra mente esperando por resolver y que no nos dejan avanzar.

¿Cómo vamos a ser de otra forma si ni siquiera sabemos cómo somos ahora?

¿Cómo cambiar si no nos conocemos?

¿Cómo alcanzar metas si no sabemos dónde estamos?

¿Cómo conseguir algo nuevo si no hemos soltado lo viejo?

¿Cómo confiar en la vida si no confías en ti?

Si ni siquiera sabemos nada ni controlamos nada…

Podemos mirar al cielo esperando ver un conjunción mágica pero no pasará nada si no nos miramos al espejo y nos cuidamos de nosotros mismos.

Si no nos dedicamos hermosas palabras.

Si no cuidamos lo que pensamos y creemos.

Si no nos preguntamos por qué reaccionamos comos reaccionamos.

Si nos paramos a sentir lo que nos asusta, lo que nos enoja o lo que nos pone tristes y lo usamos para comprendernos y amarnos.

Si cuando estamos frente otro ser humano no somos capaces de darnos cuenta de que tiene tanto miedo y rabia acumulados como nosotros y que nos hace de espejo.

Si cuando empieza un nuevo año, suplicamos que todo sea diferente, pero en realidad no queremos abandonar esa vida placebo tan cómoda y asfixiante. Porque nos apegamos tanto a todo que incluso de lo terrible hacemos costumbre… Y sufrimos, cierto, pero es un sufrimiento asequible y conocido en el que ya nos acostumbramos a sobrevivir. Y como no creemos merecer mucho en la vida porque no nos valoramos, no dejamos lo que no queremos por si no encontramos nada más. Preferimos una vida a medias al riesgo de no tener vida si tiramos esta que ocupamos ahora que nos hace sentir vacíos.

Miremos al cielo cuantas veces queramos. Pidamos deseos, hagamos listas, planes, busquemos respuestas en el mundo, pero no olvidemos mirarnos a espejo y aceptar nuestra verdad, comprometernos con nosotros mismos y darnos la confianza que vamos regalando por ahí a pedazos de metal, personas ajenas y planetas lejanos.

La magia nunca obra el cambio, es el cambio que hacemos en nosotros que acaba haciendo magia…

No hay nadie más que nos vaya a sacar de esta noria que nunca para y de la que cuesta tanto bajarse. Serás tú y esa parte que hay en ti que es eterna, inmensa y te guía en este camino incluso cuando está totalmente oscuro.

Pide un deseo, pero esta vez pídetelo a ti.

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

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Si quieres saber más de mí, te invito a entrar en mi web y conocer lo que hago. Acompaño a personas y organizaciones a desarrollar todo su potencial a través del coaching, el mentoring y la Inteligencia Emocional. 

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Infinitud


Nos va a salvar la vida hacer eso que llaman algunos perder el tiempo.

Perdernos un rato en lo pequeño, en lo mínimo, en lo absurdo.

Ver la esencia sin esperar que produzca nada, que sirva para nada más que para verla y reconocerla, sentirla… Mirar al suelo y ver nuestros pies que avanzan aunque no sepan a dónde van pero sí lo que buscan.

Quedarnos en un momento del camino respirando un aire distinto y notando todos y cada uno de los cambios de aroma y temperatura.

Notar la soledad inmensa de quien no quiere ser encontrado porque se necesita a él mismo… Del que no quiere ser amado a cualquier precio… Del que no necesita que le digan quién es porque lo está descubriendo.

Nos va a salvar la vida reírnos sin saber de qué. Desde el respeto más profundo y la necesidad más visceral de soltar la angustia y el miedo acumulados en la garganta.

Llorar lo necesario para comprender nuestra tristeza.

Abrazar nuestra rabia más rotunda para amar a la bestia y poder dejar de esconderla.

Decir en voz alta lo que callamos porque no podemos más y ya no nos importa lo que de verdad no importa.

Sentir lo imprevisto. Mirarnos de forma desacostrumbrada.

Dejar la rigidez y la compostura y sentarnos en la arena a mirar el mar, aunque no haya mar.

Notar que estamos, aunque todavía no estemos porque la mente nos tiene pendientes de qué pasará mañana, como si pensándolo mil veces y preocupándonos pudiéramos hacer algo por cambiarlo más que llegar a ese momento agotados y rotos por dentro.

Notar la vida que fluye aunque no fluyamos. Notarnos las manos y las sienes. Besar y ser besados.

Perdonarnos una y otra vez por todo.

Ser conscientes de que no sabemos nada. Nada. Y en esa nada gigante y descomunal hay mucha paz.

Nos va salvar la vida perderlo todo para que nos demos cuenta de que no teníamos nada. Que éramos náufragos intentando impedir la deriva de un barco del que nunca llevamos el timón… Que en realidad no éramos dueños de nada sino esclavos de la ilusión por acumular, por asegurarnos un invierno a amable a cambio de perdernos la primavera y el verano… Anclados a un miedo insoportable por dejar de ser lo que nunca quisimos ser.

Decidir que no decidimos nada y dejamos que la vida nos muestre el camino a ver qué pasa.

Decidir que no vamos a medirnos ni desentaular más para gustar a un mundo que no se gusta a sí mismo y finge que evoluciona cuando en realidad se mueve en círculo.

Eso, eso que tanto nos asusta que suceda nos salvará la vida porque acabará demostrándonos que somos algo más que el dinero que tenemos en el banco, la tierra que pisamos, la ropa que nos ponemos, el trabajo que hacemos, el miedo del que cada día intentamos huir.

Somos lo que amamos. Lo que sentimos. Lo que decidimos dejar de pensar. Lo que nos queda cuando llega la marea y lo arrastra todo. Menos eso, eso que no se puede llevar…

Eso que es inmenso y perdurable… Esa eterna llamada a verlo todo de otra manera que siempre busca el amor. Eso que hay en nosotros y que en realidad es infinito.

Lo que no se acaba aunque no estemos. Lo que no termina cuando cerramos los ojos. Lo que no se puede definir con palabras. Lo que era antes de que fuéramos. Lo que es siempre y siempre será.

Puedes escuchar este post aquí ▶ Infinitud

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

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Acariciar al gato


La mejor respuesta es a veces el silencio.

No reaccionar, solo sentir, comprenderse, notar dentro qué te dicen las palabras ajenas y cómo duelen las propias que no eres capaz de decir, qué despiertan en ti… Gobernar tu vida conociéndote y conociendo cada emoción, cada latido en el pecho, cada escalofrío, cada lágrima pendiente acumulada. Ser dueño de tus emociones, aceptándolas y abrazándolas y aprendiendo a usarlas para estar en paz y no siendo un títere en sus manos. Descifrando el mensaje, tirando del hilo para descubrir qué te está limitando y haciendo vivir como un autómata.

La mejor decisión, a veces, es esperar sin esperar nada. Ser, estar, no hacer haciendo.

Porque no sabemos nada. El camino angosto es en ocasiones un gran regalo de la vida que lleva a un lugar maravilloso. Que sea fácil o difícil depende de cómo decidimos mirarlo y del grado de resistencia que oponemos a lo que es… A veces, nos resistimos mucho a la vida porque pensamos que nos quiere dar una bofetada y en realidad es una caricia. Porque no vemos el mapa que se dibuja ante nosotros sino el mapa mental que tenemos dibujado desde hace siglos… Repleto de creencias y costumbres. Porque no miramos por encima del campo de batalla.

Nuestro apego y necesidad de todo hace que no seamos capaces de ver a veces lo mucho que tenemos y la gran belleza que nos rodea. No vemos lo que somos porque estamos muy ocupados planeando ser otros y menospreciándonos por el camino.

La mejor manera de aprender es enseñar. Reafirmarse y no tener miradas e ideas ajenas.

La mejor forma de no perder algo es renunciar a ello y soltarlo. Dejar que se, vaya y ver si regresa.

El maestro es el primer alumno siempre. El que más aprende y el que tiene el honor y el privilegio de compartirse y rearfirmar lo que lleva dentro cada vez que lo ofrece a los demás. Todos somos maestros, todos somos discípulos. Cada tramo del camino es una oportunidad para aprender quiénes somos y valorarnos. Sí, a veces viviendo la carencia para que veamos lo que no somos. Otras veces, sintiendo la abundancia y el amor que nos pertenece.

La mejor manera de recibir es dar y compartir. Darse. Tenerse. Armarse. Aceptarse.

Damos porque somos, porque hemos descubierto que tenemos y que tendremos, que llegará lo que necesitamos. ¿Qué mayor honor en un mundo que se rompe en pedazos de hambre y miedo que ser de los que dan? Ser de los que comparten, de los que pueden ofrecer… Por ello, cuando puedas da. Y te posicionas en el espacio de los que dan, de los que pueden, de los que comparten… Y de los que ven como lo que ofrecen a otros se multiplica en sus vidas.

La mejor manera de vivir es empezar cada día. Sin pasado, sin futuro, sin más recuerdo que el amor aprendido ni más ansia por el mañana que el de seguir en este presente en el que todo es.

Empezar de nuevo cada día sin creencias acumuladas que lastren tu vida. Sin juicios sobre cómo debe ser ni críticas hacia ti ni hacia nadie. Sin elucubrar sobre qué pasará, sin preocuparse por nada que en el fondo no puedes controlar. Sin dibujar destinos terribles y tristes que no sabemos si pasarán pero a los que imaginándolos les ponemos una alfombra roja para que lleguen.

A veces, la mejor acción que llevar a cabo es no hacer nada. Deshacer. Deshacer y seguir el hilo hasta encontrar la madeja y deja de dar vueltas. Volver al origen y borrar, desenmarañar, soltar el nudo que hace que todo sea un caos.

Dejar que pase si debe pasar. Dejar que llegue. Hacer lo que puedes, lo que está en tu mano sin que eso te prive de sentir lo que tienes pendiente sentir. Dejar que tu miedo te alcance y atravesarlo con entereza. Mirarlo a los ojos y ver que en realidad es pequeño o tú eres grande y no lo sabías. Sentir y dejar de pensar, dejar de creerse esos pensamientos oscuros que revolotean en tu mente, esa culpa repugnante que se te pega en el alma y te avergüenza cada día haciéndote creer que tienes que pagar peaje por existir.

La mejor opción es respirar…

Estar presente y ver qué pasa. Observar. Caminar. Parar. Descansar. Notar lo que haces y estar presente.Oler. Pisar el suelo y sentir tu penso en el suelo. Percibir el espacio que ocupas en esta habitación. Acariciar al gato y ser el gato, él sí que sabe vivir la vida notando la vida.

Que todo sea lo que realmente es.

Que sea de noche en nuestro mundo cuando es de noche.

Que sea de día en nuestra vida cuando es de día.

Que tengamos confianza en nosotros y certeza en la vida para seguir adelante a pesar de los vaivenes y los zarandeos locos de esta sueño colectivo en el que estamos prendidos esperando despertar.

Que la tormenta nos pille tan concentrados en nosotros mismos que sepamos disfrutarla.

Que demos gracias por la inmensa fortuna de habernos dado cuenta de lo que mucho que tenemos por agradecer.

La mejor forma de atraer belleza a tu vida es ser capaz de ver la belleza que ya está en ella.

La mejor forma de avanzar a veces es parar. Detenerse. Notar el dolor acumulado por no permitirse ser durante años. Sentir el miedo pendiente. Romperse. Sacar el drama acumulado. Recomponerse. Observar. Respirar. Agradecer. Y acariciar al gato sin más pretensión que acariciar… Y maravillarse por su asombrosa capacidad de saber estar.

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

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