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la rebelión de las palabras


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Perdona


Perdona. Ayer cuando grité no era yo. O sí. Era esa parte de mí que tiene tanto miedo a que la vida le sobrepase, que a veces se queda callada y otras chilla a pleno pulmón para sacar la rabia que le oprime el estómago. Era esa versión de mí que necesita recordarte que estoy aquí, que existo, que yo también quiero un poco de lo que hoy se reparte si es que es algo bueno, porque de lo otro me sobra. Era yo tan asustada que se me trasforman las facciones y los gestos y por no llorar la angustia acumulada, de pura vergüenza, la saqué fuera de la peor manera.

Perdona. No eras tú, aunque tal vez no me gusten tus palabras y no quiera volver a escucharlas.  Era el cansancio. Era el miedo de tantos días sin risa que se agolpan en mi cara rígida y desconcertada. Era el tren lleno de gente a primera hora de la mañana mientras estoy buscando un asiento para colgar mi alma desamparada. Era mi jefe que me paga poco y yo que no digo nunca nada y me ha acabado creyendo que no merezco más. Era el cartero que dejó facturas y la vecina que siempre huele a colonia muy cara, esa que me gusta y hace tiempo que no me compro y a veces creo necesitar. No, no era yo, era mi amiga Marta que lleva días  muy agobiada sin responder mensajes y está enfadada con la vida, aunque lo pague conmigo, porque dice que el amor no llama nunca a su puerta y cuando lo hace siempre luego se escapa por la ventana. Eran mis padres, que están mayores y me preocupan. Era la caldera que a veces no arranca y me deja a medias en plena ducha. Eran las fotos de animales abandonados que me revientan por dentro cada vez que topo con ellas y las estadísticas de personas enfermas que parece que me piden auxilio sin ni siquiera saber sus nombres. Eran las cifras del paro y las noches que llevo acumuladas esperando que el sueño sea un bálsamo y no una batalla perdida.

Perdona, ayer no fui yo, era la rabia y el miedo. Era esa ira que llevo siempre contenida en el pecho que estalla. Esa sensación de injusticia que se aloja en mi hígado y me cuenta historias de personas a las que las cosas les salen bien sin tener que dejarse el alma por el camino. Porque yo me la he dejado mil veces. El alma, la piel, la cáscara. Eran todas la veces que me esforcé sin resultado y todos los sueños que tuve y se quedaron en el desagüe de mi vida. Las veces que iba a pedir un poco de alegría y perdí la vez o no dije nada cuando me tocó el turno. Las que miré tras el cristal esperando una señal y no supe más que quedarme parada, rota, inmóvil. 

Perdona, siento tan poca compasión por mí que a veces me cuesta ser empática. Porque a menudo me quiero poco o casi nada. Y a veces me pongo el listón tan alto que cuando veo que alguien sonríe relajado, se me comen el estómago las pirañas. 

Perdona. Fue el viento que era helado. Fue el invierno que me molestaba porque yo quería primavera a primera hora de la mañana. Fue la lluvia que caía con ganas… Fue ese niño que vive al lado que nunca sonríe porque está malito y a mí no me da la gana que sufra… Porque debería estar bien y jugando, como todos los niños, y su madre debería ser feliz y verle crecer sano, como todas las madres.

Perdona, fuiste la gota que colmó el vaso que yo misma había llenado de rabia. 

Perdóname… Ahora que lo pienso me doy cuenta… Sé que son excusas y en realidad soy yo que me dejo sobrepasar por las circunstancias. Que sigo necesitando que todo cambie para estar en calma y no acepto los vaivenes de la vida. Soy yo que quiero siempre tener la razón para quedármela. Que a veces no pido lo que quiero y no pongo límites a nada más que a mí misma. Las facturas llegarán, el invierno seguirá, las personas que parecen tener una vida más fácil seguirán paseando por mi vida y mi calle ajenas al mal que yo creo que me causan. Espero que las cifras y estadísticas horribles cambien algún día,  pero no puedo esperar a que pase para dejar de gritar y enfadarme, para recuperar la risa y la calma… No sé si Marta encontrará lo que busca si es que lo sabe. No sé si el niño que vive al lado se curará, pero seguro que no le ayudan mi amargura y mi mala cara.

Perdona, me sentía tan indefensa y amenazada, tan desamparada por la vida… En realidad esperaba un abrazo que me consolara y lo pedí a gritos porque estoy poco acostumbrada a pedir y sentir que merezco. Porque de tanto querer controlar mi vida me he quedado rota y petrificada, de tanto hacer guardia para defenderme, incluso cuando nadie me mira  y hostiga me siento atacada y señalada. 

Perdona. Yo me perdono. La culpa por todo es muy pesada. A veces no puedo más y la comprensión no me alcanza. Intento sonreír, pero me siento la boca embalsamada. Intento respirar hondo, pero el pecho no me alcanza para todo el aire que necesito… Y hago lo que sé y lo que puedo y sale el sol cada mañana. Siempre hay una nueva oportunidad para ver las cosas de otro modo, para elegir de nuevo otros pensamientos que nos aligeren el paso, para dejar de juzgar y de juzgarnos… Para arrancarnos esas etiquetas que nos pusieron y nosotros asumimos… Siempre podemos mirar otra vez desde la inocencia y ver la belleza contenida en cada rincón esperando ser rescatada por los que son capaces de ver el amor que son. 

Perdóname y perdónate. Nada merece el mal rato de arrastrar esta carga. Volveremos a hundirnos y enfadarnos pero tenemos suerte, porque ya nos hemos dado cuenta de que cuando se nos acumule la culpa podemos soltarla.

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente o tal vez no tanto, porque todo es un pensamiento y los pensamientos también se pueden observar y decidir si nos los creemos o no).

 

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Esta noche tan larga y oscura


Foto : Mercè Roura

Si solo pudieras dar un mensaje a las personas que te leen, te escuchan o te ven ahora ¿Cuál sería?

¿Qué le dirías a alguien si supieras que es la última vez que le ves? ¿Qué harías si cinco minutos más tarde ya no pudieras decidir sobre tus acciones?

¿Cuáles serían tus últimas palabras? ¿Sobre qué posarías tus ojos por última vez?

Esas son preguntas que no nos hacemos. Infravaloramos mucho este momento que vivimos pensando en mañana. Vivimos por adelantado en lo que se convierte en un sinvivir. Estos últimos meses, todo este año 2020, hemos vivido una agonía tremenda sin poder refugiarnos en ese mañana al que nos gusta tanto recurrir para escapar de este hoy que siempre nos parece absurdo e insuficiente. La vida nos ha cerrado las puertas y nos ha dejado a solas con nosotros mismos. Nos ha mirado a la cara y nos ha dicho “piensa bien qué dices porque tal vez es lo último”, “escoge bien tus palabras, tus actos, tus pensamientos porque el baúl de donde los sacas podría estar quedándose vacío”. 

La incertidumbre nos ha golpeado la cara. No sabemos qué pasará (tampoco lo sabíamos antes, la verdad, pero en nuestro papel de semidioses jugábamos a controlar la vida  y estar en una aparente y falsa seguridad que nos hacía sentir semilibres). No sabemos qué haremos. No sabemos qué compañeros de viaje tendremos. No sabemos nada. 

Nos ha quedado claro que nadie es más que nadie. Ni el que más tiene, ni el que más cree que sabe, ni el que más pisa, ni el que más se deja pisar y se esconde… La bofetada nos ha puesto en nuestro sitio y nos ha demostrado que sin humildad nada tiene sentido. Y algo todavía más importante, eso creo yo que no sé nada, que todos estamos juntos en esto. Que lo que afecta a uno, nos afecta a todos. Que estamos bárbara y maravillosamente conectados. Que los pequeños detalles son instrumentos de grandeza y que el respeto salva vidas, empezando por la propia.

A veces, sentimos que nos hemos quedado vacíos, pero intuyo que ya lo estábamos. Es solo que esta situación que hemos vivido y vivimos nos ha permitido darnos cuenta y ha puesto en evidencia nuestros mayores miedos. Se ha levantado el telón en un momento imprevisto y se han caído las máscaras. La vida nos ha encontrado con el culo al aire y sin maquillaje, despeinados y con las heridas abiertas. Nos ha mostrado ante el terrible y corrosivo espejo en el que nos vemos a nosotros mismos con nuestro peor aspecto… Cansados y desnudos, heridos y llenos de llagas… Todo lo que nos afanamos en esconder ha quedado al descubierto para poder ser asumido, limpiado, borrado y curado. Todo lo que metimos bajo la alfombra durante años para parecer ante el mundo una versión conveniente de nosotros mismos, ha explotado e nuestras caras… 

Nos hemos mirado en el espejo de la vida y hemos querido salir huyendo pero esta vez, compañeros y amigos, no teníamos a dónde. Ni física ni mentalmente. Las cuatro pareces que nos circundaron durante meses y que sigue haciéndolo porque la vida ya no es la vida de antes, estaban en nuestras casas y también en nuestras cabezas. No nos queda más remedio que hacer el camino de vuelta hacia dentro y mirar a ver qué vemos. No nos queda otra que seguir sacando el lastre acumulado y abrazar a ese ser agotado, triste, lleno de magulladuras, débil, vulnerable y muy asustado que hemos encontrado al mirar en nosotros. 

Tal vez lo más duro ha sido responder a las preguntas. Porque aunque hemos intentado huir de ellas como huimos siempre, en esta sociedad vivimos en constante evasión en nuestra vida, las preguntas han vuelto y cada vez suenan más  intensamente en nuestras cabezas hartas de dar vueltas.  

Si estas fueran tus últimas palabras ¿Qué palabras dirías?

Si esta fuera la última vez que nos vemos ¿Qué haríamos juntos?

Ahora que ves que todo esto es un soplo, un momento, un abrir y cerrar de ojos ¿Qué piensas hacer con tu vida? ¿Qué sentido le das? ¿Qué vas a hacer que todavía no te has atrevido a intentar nunca? ¿Qué no quieres dejar pendiente?

Unas preguntas tan terribles como necesarias. Tal vez las preguntas que nunca hubiéramos tenido que dejar de hacernos, pero  que descuidamos y olvidamos por arrogancia porque siempre creemos que nuestro paso por aquí es eterno. Ahora ya lo sabemos, nos hemos dado cuenta de que todo un momento. Que todo está conectado y que lo mismo que la risa nos une con un hilo invisible, también lo hacen la tristeza, la culpa y el miedo atroz que muchas noches no nos deja dormir.

Hace tiempo que siento que estamos ante el fin de algo. No sé de qué. El fin de una forma de vivir de espaldas a la vida, una forma de vivir conectada a la prisa y desconectada de lo que realmente importa… El fin de ese tipo de vida en el que lo que les pasa a otros no nos afecta. El fin de esa vida en la que nunca te permites mirar dentro ni perdonarte y vas arrastrando tus penas y errores sin saber que no están ahí para cargarlos sino para comprenderlos y usarlos. El fin de ese tiempo en el que nos pasamos la vida compitiendo por sobrevivir cuando compartiendo y colaborando podríamos conseguir cien veces más. 

El fin de esa forma de vida en que las personas que te rodean son números sin cara, sin dolor, sin sentimientos… Y evitas cruzarte con ellos y mirarles a los ojos por si la compasión te pilla flojo y acabas dándote cuenta de que tú eres lo mismo. 

Espero que se nos hayan gastado ya la arrogancia, la soberbia, la prisa, la necesidad de pisar para sobresalir, la culpa inconsciente por no parecer lo que creemos que debemos parecer, la constante angustia por ser juzgados y la lastimosa manía de juzgar y criticar.

Deseo que la coherencia nos sacuda fuerte y nos zarandee hasta dejarnos sentados y más libres y honestos con nosotros mismos… Que la Inteligencia Emocional nos permita ver todas esas cosas que no vemos habitualmente porque percibimos la vida en visión túnel obsesionados por sobrevivir en lugar de crear y compartir.

Espero que esta noche tan larga  y oscura nos haya demostrado que la luz que buscamos está en nosotros. En el respeto por nosotros mismos y por otros. En la ambición, pero no por conseguir ni acumular, sino por vivir en paz. En el afán por caminar al lado y no delante. En las ganas de aportar y no de demostrar. Y que eso nos permita ver el mundo y a todos los seres que lo habitan como merecedores de lo bueno, lo mejor, lo único posible. Que este ejercicio colectivo mirando dentro nos sirva para que este final sea un nuevo comienzo.

Aprovechemos esta noche tan larga y oscura para amanecer renovados y más libres. Cerremos heridas para que ya no supuren. Mirémonos al espejo y decidamos que ya somos lo que hemos estado buscando y deseando ser toda nuestra vida y vivamos en consecuencia. 

Y de nuevo hago las preguntas… 

Si estos fueron los últimos momentos ¿Qué harías? ¿Qué dirías? ¿Qué perdonarías? ¿En qué lugar? ¿Con quién?

Esta noche tan larga y oscura está repleta de estrellas… 

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

 

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En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

 

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El efecto algodón de azúcar


Foto : Mercè Roura

Yo tenía unos cinco o seis años. Iba con mis padres por una feria de juguetes en diciembre, la Navidad estaba cerca y todo tenía ese aspecto transformado que adquiere en esas fechas a veces de forma inexplicable.

Siempre fui una de esas niñas que nunca pedía nada. No me salían las palabras de la boca aunque deseara algo con todas mis fuerzas, me callaba. Lo hacía por no abusar, por no molestar. Siempre tenía la sensación de estar en medio de todo estorbando y apunto de tirar al suelo un jarrón carísimo. Por eso, me callaba y no pedía nada. Eran mis padres  los que siempre me decían “si quieres algo, pídelo, no pasa nada”.

Aquella tarde, no sé si emocionada por las luces y los villancicos que sonaban por aquel altavoz de forma machacona e insistente, me dejé llevar y se me ocurrió pedir un algodón de azúcar por primera y última vez en mi vida.
El caso es que mis padres me lo compraron. Recuerdo que hacía mucho frío, eran como las seis de la tarde y era noche cerrada ya, excepto por las luces que había por todas partes y que me hacían sentir que aquella ocasión era especial… Olía delicioso y me pareció lo más perfecto que había visto en mucho tiempo. Aquella textura esponjosa, aquel color delicado… Tomé aquella nube en mis manos y le di un bocado  que me pareció sublime. Estaba contenta y emocionada con mi tesoro dulce de color rosa y justo cuando lo empezaba a saborear, pasó un hombre con un abrigo ostentoso muy, muy cerca de mí y se lo llevó prendido en la espalda… Mi tesoro rosa y suave era a la vez pegajoso y escurridizo. Me quedé rota y descompuesta… Sentí la vocecilla que me decía “es que tú ya sabes que no puedes pedir nada, no lo ves” y me sentí pequeña, minúscula, invisible, impotente. Me sentí tan vacía y desconcertada…  Como si siempre que me atreviera finalmente a pedir lo que deseaba me fuera a encontrar con uno de esos hombres con ese tipo de abrigo por el mundo preparados para llevárselo. Miré por la feria y vi muchos hombres con abrigo y me di cuenta de que siempre iba a pasar lo mismo. Mientras mi algodón de azúcar se alejaba entre la multitud, tomé la decisión de no pedir nada más. Aquello de acariciar lo que sueñas y perderlo me pareció una broma cruel de la vida que no quería volver a soportar.
A veces, pensamos que no nos merecemos lo que deseamos. Ni siquiera nos atrevemos a vivirlo y pedirlo e ir a por ello. Es como si la vida se acomodara a nuestros pensamientos y emociones. Como si apartáramos de nuestro lado a todo aquello de lo que no nos creemos dignos. A veces, un algodón de azúcar y otras veces situaciones, personas, momentos. Yo lo llamó el “efecto algodón de azúcar” y muchas personas viven y vivimos sujetas a él hasta que nos decidimos a soltar ese lastre y revisar nuestras creencias… Hasta que nos damos cuenta de que demasiado a menudo los que nos decimos “no” somos nosotros mismos y todo lo que nos rodea acompaña esa decisión. Como si una vez has decidido que no te mereces navegar o que, si lo mereces sabes que pero la vida no te lo concederá, el viento, el mar y el barco se pusieran de acuerdo para embarrarse en la arena y no permitirte zarpar.

Siempre tuve esa sensación. La de que por más que hiciera nunca sería suficiente.

Como si todo fuera más complicado y difícil para mí. Aunque hiciera méritos y me esforzara mucho, aunque no pidiera demasiado.

Como si a pesar de merecer, me estuviera vetado porque sí…

Como si hubiera algo en mí defectuoso e imperfecto que mereciera el doloroso castigo de desear sin poder conseguir. 

Como si el mundo fuera un lugar repleto de personas con abrigos ostentosos haciendo guardia a la espera que yo volviera a pedir mi algodón de azúcar para llevárselo. Aunque no es cierto, la que hacía guardia siempre era yo. Al acecho conmigo misma. No permitiéndome soñar ni pedir, ni creerme que era posible. Poniéndome ese listón tan alto que cuando caía sobre mí me golpeaba la cabeza. Soñando a medias para no enfurruñar a los dioses. Queriendo hacerlo todo perfecto para que el mundo se diera cuenta de que merezco recompensa… Y la que no se había dado cuenta era yo, que pensaba que tenía que dejarme el alma en todo para merecer, para ser válida, para ser aceptada, para ser amada y respetada porque no me respetaba yo.

No vamos a alcanzar todos nuestros sueños, pero no permitírnoslos es maltratarnos, de empeñecernos, de recortarnos las alas. Decidir que no merecemos es una forma de desamor con nosotros mismos que nos destroza por dentro.  Somos tan grandes cuando nos entregamos a lo que nos hace sentir y disfrutar, no por el resultado, por la felicidad de vivirlo y disfrutarlo. El ser humano es inconmensurable cuando se entrega a lo que ama y pone el alma en lo que hace. Sin sufrir, sin desgarrarse, sin romperse, sin tener nada que demostrar, sólo por amor, por compartir, por aportar lo que es y lo que sabe.

Lo hermoso nunca es complicado. Hay tanta belleza en la sencillez, en la fluidez, en la capacidad de que todo encaje sin artificio, sin que nada tenga que estallar ni romperse. Es cuando no dejamos que eso pase de forma simple, natural, tranquila, que necesitamos que se rompa, que reviente, que explote, que termine, que se hunda para poder ver qué flota, qué permanece, qué queda, qué es lo que realmente era esencial. Cuando nos enquistamos tanto en no permitirnos lo que merecemos y queremos durante mucho tiempo, para poder remediarlo, esa fuerza que todo llevamos dentro tiene que liberarse de forma abrupta y salir creando una ráfaga poderosa, un estallido inmenso, una erupción monumental… En ocasiones, lo que no nos permitimos no es un sueño, ni siquiera eso… A veces nos privamos de paz, de momentos de sosiego, de quedarnos con un pedazo del pastel cuando repartimos porque siempre anteponemos a otros, de buscar tiempo para hacer algo que nos gusta, de pensar en qué necesitamos y ser capaces de decirlo en voz alta. El efecto algodón de azúcar no surge con el misterioso hombre del abrigo, nace en la mente de una niña que se sentía insignificante e indigna y no se atrevía a soñar ni pedir lo que deseaba. Y es en su mente donde debe obrarse el cambio para empezar a permitirse esas cosas que le hace ilusión. Tanto si las consigue como si no. Porque lo que importa es que sepa que las merece. 

Amigos, a  por nuestro algodón de azúcar. No importa si hay al acecho señores con abrigos, si a veces nuestros pensamientos nos dicen lo contrario, podemos pedir otro  e insistir, y si no, encontrar algo que nos apetezca incluso más. No se trata de conseguir sino de permitirse disfrutar, sentir y merecer. 

 

La de la foto es mi hija el pasado hace dos años en una feria… Ella pide lo que desea siempre, seguramente porque se cree merecedora y capaz, eso a mí me encanta y me fascina. A veces, se lo puedo dar y otras no, pero nunca se siente menos por ello.

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta soy consciente).

 

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