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la rebelión de las palabras


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Jugar al amor


El amor nunca es cobarde, aunque tengas miedo. Aunque te asuste lo que notas y te sientas extraño en ti mismo.

El amor nunca es mentiroso, aunque no te atrevas a decir en voz alta lo que sientes o lo que piensas por si no es correspondido.

Porque al final se dibuja tanto en tu cara que es imposible negarlo o suplantarlo con cariño.

El amor es el momento compartido.

El amor nunca te hace peor, siempre saca lo mejor de ti. Si te vuelve obsesivo, celoso o te amarga, no es amor es necesidad, es puro miedo a la soledad proyectado en los ojos de otra persona esperando ser respondido de algún modo. Aunque el miedo no reconocido solo trae más miedo. Y cuanto más deseamos atrapar al ser amado más se nos escapa entre las manos.

El amor no entiende de sucedáneos, es auténtico. No usa silenciador, ni se escapa a medianoche, siempre se queda. Y no, no me refiero a quedarse y aguantar lo que le echen, me refiero a quedarse y compartir y ser compartido.

El amor no busca espejos para contemplarse, busca caminos en los que transitar de la mano y con una charla amable.

El amor no se avergüenza de los besos y los abrazos, siempre los espera, los desea, los busca.

Si es amor no te niega ante otros.

Si es amor no disimula, al menos no por mucho tiempo, porque siempre estalla desde dentro y se hace evidente.

No esconde tu nombre al mundo, ni te mete en una jaula. No te cuenta milongas para que estés ahí pendiente mientras se aclara, mientras decide si te quiere, mientras no encuentra nada mejor.

No te deja para luego, te disfruta y te comparte, te aúpa, te acurruca, te hace gozar. Te acompaña a ser, a vivir, a darte cuenta de lo que mucho que vales y mereces.

No se pierde en frases vacías, usa las palabras certeras y directas y, si le cuesta encontrarlas, porque hay amores tímidos, acaricia y dedica una mirada. Se nota, se transpira, te envuelve.

El amor de verdad todo lo contamina y lo contagia de una mezcla de entusiasmo y belleza, de calma dulce pero con ganas… El amor es fácil, extremadamente simple y complicado al mismo tiempo, pero sale solo, sin forzar, sin tener que empujar, sin tener que motivar. El amor no te tiene en espera ni te deja puesto el precinto. No te mantiene pendiente ni te busca a solo de vez en cuando si se aburre o tiene un rato muerto.

Si tienes que esforzarte para que te vea y te reconozca y te busque no es amor. Si tienes que ganártelo no es amor. Si tienes que pelear por un lugar en su vida no es amor, es pasatiempo, es coqueteo, es solo deseo, es un juego de malabares en el que tú no eres el malabarista y estás a punto de caer…

El amor no llena vacíos previos, ni se usa como pegamento para unir tus piezas rotas, en realidad, hace más evidentes tus huecos y grietas pendientes y latentes y te insta a llenarlos tú mismo… A estar contigo también y comprenderte, aceptarte, valorarte, amarte, reconocerte, perdonarte.

El amor es honesto y no busca esconderse tras otras palabras que no lo definen tal y como es porque desea ser sentido y vivido hasta las últimas consecuencias.

El amor no es el cuento que te cuentas para pensar que eres alguien distinto y merecedor de lo bueno y lo hermoso de la vida que tú nunca te permites alcanzar.

El amor no es el cuento que te cuentan para que entregues unos centímetros de piel a cambio de sentir durante un rato que mereces cariño y respeto.

El amor no se consume de usarlo, se potencia. No vas de mariposas sino de desvelos compartidos, de sueños a medias que te rompen el día pero que al contarlos son menos dolorosos… No va de chantajes ,sino de respeto. No va de promesas absurdas, sino de estar cuando toca y compartir lo que duele.

El amor no va de estar hasta que la muerte nos separe, sino de que no nos separe la vida, ni las ganas de tener la razón, ni las exigencias estúpidas, ni los momentos complicados, ni las noches sin pegar ojo pensando en como pagar facturas.

El amor comprende pero también pone límites. Escucha y calla, pero también habla. Respira hondo y olvida pero también deja las cosas claras. El amor es la risa. Es es hormiga en el brazo que no te importa porque estás en el césped con esa persona, ese pequeño miedo que superas por tener una cita… Ese momento en el que ya no soportas más y tienes de decirlo en voz alta porque es tan inmenso que dentro te ahoga, te inunda, te rompe…

El amor no puede medirse ni tasarse. No se compara ni se parece a nada . Si castiga no es amor, es una forma elaborada de miedo y rabia convertida en venganza. Si te usa no es amor, es un sustituto edulcorado de ego hinchado que necesita pisar para sentirse digno… El amor no entiende de excusas.

Y sí, también es a veces compañero de una mala respuesta, de una tarde de cansancio, de una palabra poco acertada, de una semana sin tiempo, de una cena quemada, de unas pocas ganas de planchar la ropa, de unos calcetines en el suelo, de una cara larga y un dolor de cabeza que te invita a todo menos a bailar y abrazar. Porque se vive a través de la vida y se mezcla con ella hasta hacer que lo más amargo sea un poco menos amargo, lo más frío menos frío y lo más doloroso se sobrelleve con un abrazo.

El amor no es un mensaje. No es una frase bonita. No es una espera prolongada imaginando el amor. No es una fantasía. No es lo que piensas que es, es lo que es y se hace evidente. No es una promesa, ni siquiera un compromiso… Es, solo es y está presente.

El amor no juega si las dos personas no juegan y saben que es un juego. Si las dos personas no pactan y se divierten. Si las dos personas no conocen las reglas de juego.

Cuando juegas al amor sin ser amor y tomas ese nombre sagrado en vano, la vida te devuelve el golpe como la marea la próxima vez que amas sin jugar…

Hay quién te dice que en el amor no te entregues del todo, que te dosifiques, que no te muestres, que no te des, que no seas evidente ni te hagas pesado… Que marques distancias para hacerte valer, que mantengas el misterio para que te busque… El amor no es estrategia. Si tienes que planificarlo como una batalla no es amor, es pura conquista, puro reto, pura muesca en el revólver, pura necesidad de demostrar que puedes y que vales que en realidad oculta solo pura necesidad de demostrar y desvalorización.

El amor acompaña, pero no sustituye tu propia compañía y evita la soledad necesaria de estar en ti.

El amor ama, pero no sustituye tu propia autoestima.

Amar es soltar lo que amas para que vuelva si desea estar contigo. Es la eternidad en cinco minutos y la vida buscando ser vivida con ganas y sinceridad absoluta.

El amor no se mendiga. Se da y se recibe. Se celebra y se abraza.

El amor no es ni la tarta, ni el ramo, ni los versos ni las alianzas… Es todas y cada una de las veces que estás apunto de salir corriendo y decides quedarte porque algo te sujeta y te dice que no y recuerdas cuánto das y recibes… Y sabes que no es por miedo, ni por quedar bien con nadie, sino porque decides estar. Es cada vez que descubres que no te quedas porque debes sino porque quieres… Que sí, que hay vida más allá de ese amor pero eliges vivir esta.

El amor no juega al amor, simplemente es.

GRACIAS por leerme.

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¿Tú también tragas con todo porque crees que no te mereces nada mejor?


Una mañana te levantas con ganas y de repente descubres que te han vuelto a tomar el pelo. Te han engañado. Te han usado. Te han vaciado y luego te han dejado tirado… No importa si es en el trabajo o en el ámbito personal. Es duro. Otra vez. Vuelta empezar, recuperarse. Lo mismo de siempre… El bucle de siempre. Siempre a ti. Y justo en ese momento, te pasa por la mente un destello de lucidez. Y sabes que en él hay una respuesta, pero que requiere que seas honesto contigo. Que para salir del bucle hace falta un ejercicio de sinceridad salvaje contigo mismo. Que en lugar de preguntarte por qué, te preguntes para qué. ¿A qué viene esto? ¿Qué siento realmente? ¿Qué pensamientos vienen a mí cuando me pasa lo que me pasa? ¿Qué he estado creyéndome sobre mí que en parte me ha llevado a esto? ¿Cómo mi forma de ver la vida y a mí mismo me ha llevado a actuar para llegar hasta este punto? Y tiras del hilo.

Justo en ese momento, tienes que tomar una gran decisión. Sentir este dolor y hurgar en él para saber qué miedo oculta. Usar esto para comprenderte y quitarte de encima de una vez por todas este esquema de vida que te lleva a topar una y otra vez con lo mismo o fingir que no pasa nada, lamentarte y culpar al mundo y pensar que no tienes nada que cambiar y ya lo harán los demás.

Lo sé, no es agradable. Yo también tiro de muchos hilos y tengo que vomitar los sapos que me he tragado antes. Usar las emociones para salir del pozo mental en que nos hemos dejado meter requiere saborear todo lo tragado dándonos cuenta, hacer consciente aquello que fingimos no ver porque dolía, ver lo que no quisimos ver y sentir, sentir ese miedo insoportable que tenemos pendiente. Tirar del hilo para encontrar la madeja implica a veces encontrar una madeja que tú mismo has enredado porque no te gustaba y descubrir lo mal que te tratas, lo mal que te quieres, lo poco que te valoras, lo mucho te que relegas al último plano de tu vida, lo casi nada que te conoces…

Y hurgando ahí, descubres que en el fondo ya lo sabías, que ya notabas que esa persona o personas te la daban con queso pero no querías notar. Que olía a podrido. En el fondo ya veías que había cosas que no encajaban, que pasaban cosas «raras», que estabas dando cien y recibiendo… Qué ¿Diez? ¿Cinco? ¿Menos cincuenta? y consentías… Y lo hacías porque necesitabas tanto creer que tenías algo de verdad, algo bonito en tu vida, que mirabas al vertedero de esa relación y veías un campo de flores y no porque fueras positivo, sino porque estabas ciego o querías estarlo porque la verdad era demasiado cruda. Que tragabas cuando tenías que decir no en voz alta y decías sí porque tenías demasiado miedo a decir y perder… ¿Perder qué? nada, si no tenías nada, era una farsa edulcorada que te permitía seguir pensando que tu vida estaba llena cuando en realidad estaba vacía y rota, pero la pegabas sin ganas mientras te aguantabas las lágrimas porque sabías que si te permitías llorar ibas a caer y no sabías si podías levantarte. Y te metiste hasta el fondo, esperando el milagro que convirtiera la farsa en realidad, intentando ser tu mejor versión ante esa persona para ver si se conmovía por dentro y le tocabas el corazón… No pasó, porque no pusiste límites, y esa persona siguió usando y usando tu magia, tu risa, tu generosidad, tu valor, tu amor, tu dinero, tus ganas, tu ilusión para construirse un castillo y luego cerró la puerta para no dejarte entrar en él.

Y pasaron diez días, diez meses, diez años… Y el bucle era cada vez más rápido al girar y tú cada vez estabas más roto. Y ahora que llamas a la puerta de su castillo para que te abra, te das cuenta de que te estás rebajando cada vez más y necesitas parar… Y lo haces pero todavía no ves resultados.
A veces, cuando tomas decisiones y sales del bucle y rompes esa dinámica con valentía no todo se soluciona. Se resitúa y sientes dolor y paz al mismo tiempo pero durante un tiempo la vida trae coletazos de esa dinámica que duró tanto tiempo. Espejo de tu interior durante años que todavía se refleja en tu realidad de cada dí. Resultado de horas y horas de vuelo en piloto automático sin llevar los mandos de tu vida y sin confiar en ti lo suficiente como para dejar lo que te ata y lo que te araña.

A veces, sales de la cueva y todavía no ves claro porque tus ojos estan sensibles y acostumbrados a la oscuridad.
Y esta mañana ves que te la han colado de nuevo y después de lamentarte un rato y sentir ese dolor, agarras con fuerza el destello de luz y tiras de él. Encuentras la madeja tirando del hilo de tus miedos, tu dolor, tu frustración, tu rabia, tu tristeza y ves que has permitido que te usen porque preferías ser usado a estar solo, a no sentirte útil, a no tener a nadie…
Y entiéndeme, por favor, esas personas son responsables de su forma de actuar y podemos decidir que ya no merecen estar en nuestra vida porque nos dañan, pero es indispensable darse cuenta de que les dejamos hacernos daño porque no nos hemos valorado y amado suficiente. No somos culpables, hicimos lo que pudimos. Seamos compasivos con nosotros pero… Empecemos por decir basta. Basta a lo que no nos hace bien. Basta a los bucles y las ruedas de hámster en las que nos metemos por no sentirnos suficiente para decir no y aprender a esperar que otras personas que nos traten como merecemos entren en nuestra vida… Basta a decir sí a todo para no estar solos y de quemarnos siendo una versión perfecta de nosotros mismos que no puede sostenerse en el tiempo…

Basta de sujetar al mundo por si se cae porque otros no hacen su parte y de tirar del carro de todas la relaciones por si los demás no se atreven, no pueden, no saben, tiene miedo… Basta de ponérselo tan fácil a otros y tan difícil a ti.


Basta a esforzarse por recibir amor o reconocimiento y demostrar a cada instante que eres valioso. Basta a tener que hacer mil veces más para que te vean y acepten… A ir por la vida dando el doble porque nos sentimos casi nada y pensamos que llevando a cuestas un premio de consolación o un plus añadido nos van aceptar y tolerar… Nosotros somos el plus. No necesitamos hacer nada para ser amados, respetados, aceptados, valorados… Solo ser y existir en coherencia a nosotros mismos.
Nadie nos va a sacar del bucle, solo parar y sentir y tirar del hilo aunque duela.
La verdad nos está esperando para ser descubierta y sentida.
La verdad es que ya somos como debemos sin tener que hacer ni conseguir nada, ya merecemos lo mejor y aunque dé miedo, todo lo que nos refleje eso en nuestro mundo tiene que ser desterrado y soltado porque si no, estamos ocupando el espacio de lo bueno con algo que nos destruye y limita…

Por ello es importante dejar de pensar si estamos a la altura siempre y empezarnos a preguntar cómo toleramos que nos traten y etiqueten cómo nos vemos a nosotros mismos para ser capaces de tragar tanto veneno. Pasemos revista a lo que hay en nuestra vida y todo lo que nos haga daño que se marche porque sobra y necesitamos hacer hueco para lo que nos hace bien y nos recuerda nuestra belleza y grandeza. Hagamos el ejercicio, miremos de frente toda esa basura acumulada en nuestra vida y esas relaciones que nos desgastan y perjudican. Seamos capaces de observar el dolor y el miedo a soltarlo, lo mucho que nos asusta dejarlo ir y el daño que nos hace. Lo vemos… Lo reconocemos, lo sentimos, nos preguntamos para qué y qué aprendizaje oculta y luego lo soltamos y dejamos ir.

Que no pasen diez años más dejándonos tomar el pelo porque no creemos merecer nada mejor.

GRACIAS por leerme.

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El niño y el monstruo


Había una vez un niño que vivía atado a un monstruo.

No se trataba de un monstruo de esos que viven en el armario o debajo de las camas, era un monstruo de los que también sonríen, fuman cigarrillos y se abrillantan los zapatos. Un monstruo con dos caras y dos almas.

Ante el mundo, parecía que el monstruo se ocupaba de él pero, en realidad, era él quién le daba la vida al monstruo.

Algunas personas le decían que el monstruo no siempre había sido un monstruo, que hubo un tiempo en que era humano. Aunque el niño era tan pequeño entonces, que apenas lo recordaba. Ahora no era así, era monstruo casi siempre y cuando no era monstruo era una bestia dormida que ronca y ocupa todo el espacio del sofá. Que no cocina, ni lava platos, ni llena la nevera.

Algunas veces, cuando el monstruo está cansado de gritar y el niño está escondido bajo la mesa, los ojos del monstruo se acercan con cara de suplicar perdón y parecen humanos… Aunque sólo dura unas horas. Hasta que el monstruo se enfada de nuevo por algo que siempre es culpa del niño. Siempre… Siempre es una palabra tan terrible como nunca… Si tuviera que hacer una lista de las más terribles palabras esas serían dos de ellas, las primeras. Al niño le gusta hacer listas, le calma… Le ayuda a tenerlo todo pensado y controlado por si el mundo se desmadra o se cae y tiene que sujetarlo… Por si la vida se escapa y tiene que ir a buscarla. Porque así tiene una sensación de control, que sabe que es falsa, pero que le ayuda a dormir por las noches, al menos un rato…

A veces el monstruo se arrepiente tanto de sus gritos que se esconde días y días y se va de casa. El niño aunque está solo entonces, ama esa soledad maravillosa y suplica que no vuelva. Aunque, siempre vuelve y se enfada de nuevo, por lo que el niño piensa que, en realidad, no está muy arrepentido.

El niño, a veces, se da cuenta de lo mucho que le necesita el monstruo. Parece raro ¿Verdad? pero si él no le tapara de noche con la manta, cuando se queda dormido, o le dejara la cena, el monstruo se moriría de hambre y de frío. Aunque eso no es excusa, piensa el niño ¿Verdad?

Es como si el niño fuera un padre y el monstruo un hijo que está tan triste que para calmar su tristeza grita y rompe cosas, como hacen algunos niños que tienen pataletas. Eso tampoco, tampoco es excusa. Él también está triste, muy triste, de hecho, y se aguanta…

El monstruo -piensa el niño- es un como un niño que no ha crecido… Y a cambio, él ha tenido que crecer muy deprisa para controlar al monstruo, contenerlo y saber lo que le conviene.

El niño debería tal vez odiar al monstruo, pero no puede. El monstruo es demasiado egoísta y débil como para no tener piedad de él. Y el niño es demasiado fuerte y bondadoso como para odiar a alguien.

Muchas noches, el niño contempla el cielo desde la ventana de su habitación y pide deseos. No sabe qué desea ser cuando sea mayor pero siempre pide que, pase lo que pase, nunca (aquí sí que dice la palabra nunca) llegue a convertirse en monstruo. Y suplica que si algún día le sucede, algún niño como él esté a su lado para taparle con la manta y se atreva a decirle que es un monstruo. Seguramente cuando te das cuenta de que eres un monstruo es cuando puedes empezar a dejar de serlo, nunca antes… Nunca, esa palabra otra vez.

El niño ha visitado muchos médicos. Médicos de esos que te curan con palabras. Le preguntan cómo está y qué necesita… Y el niño no lo entiende porque realmente quién tiene problemas es el monstruo, pero a él nadie le pregunta nada, seguramente porque no saben que el monstruo es un monstruo o tal vez… ¿Les da miedo a ellos el monstruo? ¿Por qué nadie cura a los monstruos ni se preocupa por ellos? ¿Por qué nadie aleja a los monstruos de los niños? ¿Por qué existen los monstruos en lugar de los padres?

El niño está convencido de que los monstruos necesitan muchas palabras para curarse… Escucharlas y decirlas, en voz alta, pero sin gritar… Palabras de esas que se te acumulan dentro y hacen que te duela la garganta, como cuando quieres llorar y reprimes lágrimas… El niño imagina a veces que el monstruo acumula lágrimas y no sabe llorarlas. Y el pobre se cree que gritando saldrán, pero aún se le quedan muchas más encerradas en el pecho.

Por suerte, el niño llora. Aprendió hace mucho, cuando se sentía solo sin nadie y sin nada… Nadie y nada… Dos palabras más para la lista… Y cuando llora, es como si todo lo que le araña le saliera de dentro, como si las lágrimas fueran palabras… Por eso él no grita, porque no le hace falta. Porque a veces está tan triste que se ahoga en su llanto y luego se siente invadido por la sensación de haberse arrancado la pena y el asco que siente…

Ahora que lo piensa, se da cuenta de que cuando crezca, se convertirá en un médico de monstruos, para curarles de la penas que les hacen gritar y así liberar a los niños como él.

O tal vez sea médico de niños que viven con monstruos… No lo sabe todavía.

Uno médico de esos que te curan con palabras si las quieres escuchar.

Escribí este pequeño cuento hace mucho tiempo para un libro que nunca vió la luz…

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

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