merceroura

la rebelión de las palabras


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Ganas de ti


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Camino por la calle rumbo a casa y una niña de unos cuatro años me enseña el pequeño bolso que se ha hecho ella sola esta mañana de verano. La miro y unas ganas tremendas de abrazar a mi hija me invaden todos los sentidos… No entiendo por qué, pero mientras piso la calle bajo un sol imposible de esquivar, me inunda la sensación de haberme perdido algo, tal vez mucho, demasiado… Las lágrimas me caen por las mejillas mientras intento recordar a mi hija con esa misma edad, cuatro años, con ese vestido blanco que poco le duraba limpio, aquel verano, cuando dejaba una etapa de la niñez y como ella decía se convertía en una niña «mediana» y ya no pequeña.

Una necesidad loca por acariciar a esa niña que ahora la dobla en edad me provoca una gran angustia… Esa niña creció y no está, habita en algún lugar de su memoria y la mía y no volverá a decir palabras como ella las decía ni a aprender las mismas cosas nuevas, ni a ponerse ese vestido blanco que se ensuciaba en dos minutos cuando ella se tiraba por los suelos…

No ha perdido su espíritu salvaje, ni ha dejado de preguntar porqués. Tiene los mismos ojos rebeldes y esas ganas inmensas de vivir aventuras. Aunque yo me perdí una parte de eso, porque no conseguí compaginar a la madre con la profesional y me tragué dosis de angustia, de dolor, de pérdida y una culpabilidad inmensa que se alojaba en pecho y de noche hacía sonar unos tambores que me recordaban que estaba fracasando… Mil tardes la dibujé en un despacho triste, intentando arañar emociones y recrear su voz dulce en mis oídos sordos al mundo… Viví de llamadas buscando sus “te quiero”, de fotos de momentos perdidos y nunca recuperados y de la tortura del «vendré un poco más tarde» suplicando que el tiempo se detuviera… Busqué mil formas, pero no supe encontrarlas, tal vez ofuscada por esa misma angustia.

Me sentí tan rota que hubiera parado el mundo para bajarme de él y le hubiera gritado a la cara que era injusto, que no hay derecho, que lo quiero todo y lo merezco todo… Que yo la quiero a ella y ella me quiere a mí y que deberíamos poder estar juntas sin renuncias porque necesitamos regirnos por el sentido común y no por la sinrazón de una sociedad que se afana en producir de forma desaforada, sin darse cuenta de que la felicidad es también productiva… Y que olvida que la coherencia conduce al éxito y que la humanidad tiene recompensa siempre.

Y ahora camino cansada viendo sus ojos en los ojos de otra niña y los míos se sumergen en lágrimas y remordimientos por no sé qué… No haber sabido más, no haber podido, no haber encontrado fórmulas para hacerlo todo… Y noto en la boca el mal sabor de no llegar a todo y no saber decir no o encontrar la manera de gritar un basta… Y pienso que los ratos pasados con ella fueron hermosos, pero cortos, los siento diminutos y salvajemente escasos, robados a un reloj que marca los minutos sin alma y a unos horarios sin sentido. Siento que debe de haber otra forma, otra fórmula para encontrar la manera de conciliar todo esto sin morir de miedo, de asco, de desesperación por ausencia, por no estar cuando quieres estar, cuando mereces estar, cuando necesitan que estés…

Siento que el mundo está organizado por una especie de fanático de las bromas crueles y cedo todo mi poder a sus ideas sin remedio y sus pensamientos atroces… Me siento atrapada y agotada de pelear por algo que es mío, que es nuestro, que es básico… Para mí, para todos, para ellos, para nosotros… Me desespero y la esperanza se va por el desagüe. Me siento atrapada en el pasado no vivido y me ato la conciencia para poder parar de sentirme vacía… Vivo en una culpa que no es mía, pero que arrastro sin poder soportar ni dejar de sentir.

Siento que se me escapa mi pequeña diosa de ojos brillantes y preguntas impertinentes, que una parte de ella se va y no la toco, no la veo, no la retengo (tal vez, no debo). Lamento no haber vencido el cansancio y haberle hecho más cosquillas, más fotos, dado más besos, más caricias, más abrazos… Amo sus manos todavía pequeñas y sus cabellos repletos de reflejos dorados y preciosos… Quiero ser un submarino en sus risas, un camino en sus pecas, una mano cuando intente levantarse después de caer… Quiero que aprenda a vivir sin que yo le haga falta, pero para eso le hago falta ahora, siempre… Para contarle cuentos, para explicarle que debe intentar siempre, apostar por ella misma, confiar, aceptar las derrotas como tesoros valiosos y administrar los triunfos con toda la humillad posible… Quiero verla bailar y oír como canta con su voz de plata… Quiero que me cuente por trigésima vez la misma anécdota y yo vuelva a reírme como si fuera la primera…

Quiero dejar de dedicarle los momentos más recios y duros del día, aquellos en los que estoy tan cansada que grito sin sentido y se me cierra la mente sin saber por qué… Quiero paciencia para comprenderla y un mar de calma para apoyarla, escucharla, sentirla… Quiero tiempo, sobre todo, quiero tiempo, para dejar de escurrirme sin sentido y acumular losientos y quejas.

Y se me escapa, a marchas forzadas, con un frenesí loco, cada día muta, cambia, da la vuelta y lo que ayer era novedad ahora es viejo, pasado, gastado… Aprende rápido y el viento la lleva sin tregua cada día a una vida distinta… Y yo la busco, reconozco, a veces con las ganas ahogadas porque no puedo más, pero deseando poder y estar a la altura. Con los ojos llenos de lágrimas culpables y la garganta inundada en rabia por no estar, no ser, no saber, no poder.

Hay tanto amor surcando el aire buscando sus pasos alegres y su mirada inquieta que puedo masticar mi angustia por no poderla abrazar ahora. Notarla cerca, sentir como late, ser su madre como deseo y como me corresponde… 

Lo digo con todas las letras… No es sólo que ella me necesite, es que la necesito yo.

Por todas las veces que me perdí sus primeras veces… Por las que pude o no supe estar… Lo siento, mi amor, ando perdida en un marasmo de días buscando maneras de conseguir más horas para estar junto a ti. Te tengo ganas, ganas inmensas… 


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Súbete a la vida


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Me encuentro pensando sin parar, metida en un bucle, con esa noria en mi cabeza que no cesa nunca, con esa sensación de tener que llegar a alguna conclusión que se me escapa… Y ya lo sé, no la voy a encontrar. No husmeando entre mis ideas viejas y mis pensamientos roídos… Nunca con la actitud de siempre y misma forma de ver la vida trillada y triste. Nunca desde la necesidad de encontrar algo porque no confío en mí lo suficiente como para saber que seré capaz… Nunca desde la sensación de estar en una jaula oscura sin darme cuenta de que la luz y la libertad dependen de mí.

Dependemos tanto de lo que nos dan otros que la vida nos lo aparta para que nos veamos obligados a encontrarlo por nosotros mismos… Miramos tanto fuera que nos deja solos para que tengamos que mirar dentro de nosotros, para que tengamos que hablarnos y contarnos qué sentimos… Necesitamos tanto que la vida no nos lo puede dar todo, porque si no, el niño insatisfecho que llevamos dentro que en realidad lo que necesita es amor y no sucedáneos, se vuelve un tirano. Eso somos… Niños perdidos que no se aman a los que les damos café para seguir arrastrándose durante el día y aguantar un ritmo frenético y pastillas para dejar de soñar cada noche. Les regalamos subidones de cinco minutos, felicidad basura de fin de semana, conversación de ascensor y algunas frases hechas de esas que llenan las portadas de las libretas de diseño y que te invitan a fingir y sonreír siempre… Y luego pretendemos que crezca sano y feliz, que se ame y se libere de viejos dogmas y ataduras y nos ayude a triunfar y conseguir lo que deseamos… Y el niño nos sale respondón, sólo faltaría. Pide amor de verdad, del de pasar rato con él y venirse arriba, del de mostrarle lo hermoso, lo que perdura, lo que vale la pena… Pide palabras sabias y emociones reales, está harto de vivir a través de las series de televisión y del relax de los cigarrillos a media tarde, al salir de la oficina. No soporta que te hables como te hablas y te escondas como te escondes… No comprende de qué te avergüenzas porque hace todo lo que puede para gustarte… Quiere que te lances a vivir y este día sea único, irrepetible. Está cansado de oírte decir que estás cansado… Lo estás porque no sueñas, porque te has bebido la rutina y te tragas envidia por los que no se resignan a hacerlo y buscan formas de vivir y no de ir pasando los días sin sentido… Te ríes de ellos, como si fueras el matón de la clase que busca víctima para apaciguar su dolor, su necesidad de atención… Porque el que se ensaña con otros es en realidad el niño más perdido… El que mira a otros es el que no se atreve a mirarse a sí mismo.

Ya no juegas con tu niño ni le dices cosas hermosas. Esta mañana cuando te has equivocado le has llamado inútil tres veces y luego le has castigado con dos horas más de trabajo insoportable, en lugar de darte cuenta de que hoy te pedía salir a tu hora y pasear por el parque… Y mañana, llegar con ganas y en media hora hacerlo todo todavía mejor…

¿No le ves? Te mira y te grita… Te dice que no le escuchas… Tiene un montón de heridas por curar que no cicatrizan. No son las rozaduras de las rodillas de cuando se lanzaba por el tobogán e iba a parar a la arena… Son las de no lanzarse nunca ni atreverse a nada, ni decirle a quien ama “te amo”, ni cambiar de trabajo porque este se te queda pequeño, de no ser capaz de decir que no y tragar amargura… La que más le duele es esa que tiene en el pecho porque no has podido perdonar a tu mejor amigo y le echa de menos… Y hasta que no le perdones a él, no perdonarás al niño que no supo llevar la situación, que lleva la ofensa grabada a fuego y vive con ella como si fuera real…

Deja de darle una pelota al niño para que se entretenga solo. Deja de comprarle perfumes, coches caros, ropa que nunca vas a ponerte, libros que no lees… O hazlo pero compártelo con él, mientras le cuentas cómo te sientes y le preguntas qué sueña…

Sólo quiere que le tengas en cuenta, que le ames, que le respetes… Lo demás no sirve de nada si se siente vacío.

Necesitas tanto de la vida porque tu niño está triste, porque hace tiempo que no le dices que le quieres y se siente solo. Por eso se enfada con todos y no tiene ganas de nada.

Deja lo que estás haciendo ahora. Busca un lugar tranquilo, hermoso. Respira hondo tres veces, con calma, como si no hubiera tiempo ni tú tuvieras cuerpo. Busca tu cara, la cara del niño o la niña que fuiste. Mírala con tanto cariño que te salten las lágrimas de felicidad por haberle reencontrado… Dile que es maravilloso, que le amas… Pídele perdón por dejarle solo y sin risas. Abraza su cuerpo pequeño y piérdete en sus ojos grandes… Dile que no le vas a volver a soltar de la mano, que cuenta contigo, que disculpe tu ausencia… Estabas tan perdido buscando fuera que no viste que ya lo tenías todo dentro… Dile que vas a encontrar tiempo para él y para todo lo que ama y sueña. Escucha su corazón. Escucha sus miedos y dile que todo está bien, que todo saldrá bien, que vais a vivir juntos la mayor de las aventuras…

Y vuelve a ti y deja de pensar y hurgar en la basura de tu vida. Levanta la vista y siente. Busca pensamientos nuevos que te hablen de esperanza y no de tragedias… Nota la vida y siente cada minuto, en tiempo real, ni en el pasado ni en el futuro… No vivas ni un segundo antes de este… Ni un segundo después de ahora. Sé tu máximo esplendor en este momento.  No lo sabes, pero todo es maravilloso… Donde tú ves desolación, tu niño interior ve abrazos por dar y recibir… Donde tú ves un desierto, él ve un lugar donde jugar. Donde tú ves nada, él contempla un campo de posibilidades infinitas… Baja de ese tiovivo que tienes en la cabeza y súbete a uno de verdad a ver qué pasa… Súbete a la vida.

No pares hasta que el niño sonría… No pares hasta sentirte vivo.


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No esperes más


NIÑA COLUMPIO CIUDAD

Al final, no atreverse cuesta muy caro. La vida se nos pasa suspirando… Corre sin parar mientras pensamos si podemos, si queremos, si llegaremos al final. A veces lo pienso, me volví fea mientras intentaba darme cuenta de que era hermosa… Me hice vieja, mientras no me atrevía a vivir mi juventud. Mientras me decidía a decirle “te quiero” vino un viento fresco y él se marchó…
Perdemos la vida por buscar una vida perfecta, una vida que no nos avergüence mostrar al mundo y colgar el Internet.
No somos lo que soñamos, somos lo que creemos que deberíamos soñar para quedar bien en las fotos y poder contar a otros lo bien que nos va en nuestras vidas prestadas y sin sabor.

No dejamos que el niño que nos habita crezca porque le asusta no saber cómo, no saber por qué y no ganar la partida… No dejamos que sufra por sobredosis de realidad y frustración,  pero no deja de sufrir porque no siente la vida, porque mira tras el cristal…
Pasa rápido el tiempo cuando no te notas las alas y te escondes de tu grandeza. En cada esquina se te queda una migaja de amor sin dar y una risa tonta por estallar. Y un día, despiertas y las piernas están flojas y pies cansados. Te duele lo que no eres y te rabia por dentro lo que no te has atrevido a hacer.
Odias al mundo porque no se para cuando tú te paras para darte tiempo a reaccionar. Odias a todos los que hacía algo por encontrarse mientras tú te ocultabas para no parecerte a ti.
Pasa rápido el tiempo y te dibuja un mapa de sueños por cumplir y miedos por vencer en el rostro y el pecho. Tus temores y reproches navegan por tus costuras y dejan cicatrices, una por cada reto que no asumes, una por cada beso que no das…
En tu pecho se pierde una batalla y se borra una idea que tuviste y que sabes que nunca llegarás a plasmar.
No hay amores eternos esperando a que te decidas, hay amores gastados que vibran  sin ti. Bocas que encuentran otras bocas que han aprendido a besar mientras tú te mordías los labios y manos que acarician mientras tú te muerdes las uñas esperando para empezar a vivir…
No hay más estrellas fugaces, se acabaron los deseos, ahora toca decidir si te levantas.
Y ahora me digo con esperanza… Eres hermosa, incluso sin saberlo. A veces, sin saberlo, todavía lo eres más…
Deja de contarte cuentos y acumular ganas. Rompe las cortinas y deja que el sol meza tu piel pálida y cansada…
Eres enorme, incluso cuando te sientes pequeña, diminuta, ínfima.
Eres grande sólo por ser, por estar, por respirar… Lo que pasa es que percibes tu vida como algo pequeño y te has adaptado a un mundo que se encoje porque se asusta, que escribe su futuro con pesadillas… Un mundo decepcionado y perdido que acumula hasta que revienta porque no soporta pensar que no tendrá lo que nunca será suyo.
Me he dado cuenta… Tenemos el tamaño que decidimos, el que nos dibujamos… El que nos asignamos a nosotros mismos para poder seguir… Como si construyéramos una puerta y luego nos ajustáramos a ella para pasar, cuando deberíamos hacer lo contrario… Ir por la vida entrando solo a través de las puertas que no nos obliguen a renunciar a lo que somos, que no nos hagan reducir nuestra capacidad de crecer.
Hubo un tiempo en que decidí ser invisible. Porque no soportaba que me miraran. No soportaba decepcionar. Ser poco, ser demasiado. Pasarme de largo, quedarme corta. No gustar, no medir, no parecer, no encajar… Miré al mundo esperando su desprecio y el mundo me lo dio sin vacilar.
El mundo siempre te responde como esperas, siempre recoge el guante que lanzas para que te des cuenta de que te va pequeño y realmente podrías aspirar a más.
Y ahora me digo… Deja de buscar, ya has encontrado. Deja de desear, ya tienes. Deja de compararte, ya eres…
No esperes más, ya has llegado. Esto no es una carrera, es una forma de mirar, una forma de vivir, un cambio de percepción. El tiempo se mide por unidad de paciencia y el espacio por tu capacidad de imaginar. Todo está cerca o está lejos según cuánto lo desees… Y en el fondo da igual porque a veces no está. Lo que queremos está esperando a que lo inventemos y reconozcamos nuestra capacidad para tocarlo.
No necesitas acumular sueños, ni razones, ni excusas, ni culpas, ni miedos, ni refranes viejos que te invitan a decir que no a lo que anhelas… No necesitas.
Me lo repito… No necesitas. Suplicando que esa idea entre en mí y no se largue jamás… Para abrazar la paz de no esperar, no querer, no deber, no mirar hacia delante ni perderme mirando atrás.
Para que sólo exista este ahora, este momento inmediato, este instante en el que sentir que estoy… Esta certeza básica a la que pertenecer sin desesperar.
Y así poder soñar sin controlar, sin buscar un resultado concreto y perderme la oportunidad de vivir lo inesperado… Para poder ser sin esperar, actuar sin topar contra el muro de esperanzas retenidas y sueños hipotecados por no ser perfectos… Para poder asumir mi grandeza sin obedecer a mi pequeñez, para amar mi soledad sin ceder al temor de que sea eterna.
Me digo… Eres grande en tu pequeñez. Eres feliz sin necesitar… Eres hermosa, porque todo lo que existe es hermoso  sin tener que esperar que unos ojos que lo sepan apreciar. 

La niña que te habita ya no quiere sólo jugar, quiere vivir, prefiere caer antes de pasar la vida sin columpiarse…


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Hechizo de amor para la noche de San Juan


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Estamos hambrientos de magia… De llenar con fantasía lo cotidiano, lo rutinario, lo que nos parece gris porque cuando lo hacemos se nos ha gastado el entusiasmo…

Buscamos en las estanterías de las librerías libros que nos hablen de cambiar nuestras vidas, rebuscamos en las redes las fórmulas mágicas para atraer a nuestra vida lo que soñamos, lo que nos morimos casi por acariciar… Queremos que la pasión nos vuelva locos porque necesitamos una excusa para soltar lastre y vivir de una vez esa vida que tenemos pendiente…

Nos pasamos la vida escondiéndonos de la vida, arrancándole los botones a la camisa para quedar desnudos y luego nos tapamos porque nos asusta esa desnudez… Queremos que alguien nos salve, nos saque del marasmo de miedos que nos oprimen la garganta, que nos llenan la cabeza pensamientos tristes y opacos… Queremos bailar pero nunca nos calzamos las zapatillas ni salimos a la pista.

Nos apuntamos a mil cursos para que otros que se han decidido a vivir nos cuenten cómo lo consiguieron, pero sabemos que nunca estaremos dispuestos a hacer sus renuncias ni tomar las decisiones que ellos han tomado porque nos parecen bárbaras…

Queremos aventura de salón, vida de armario, pasión de vagón de tren, contenida y ahogada mirando un cristal mientras imaginas que vives y vuelves a casa pensando que algún día, que tal vez, que cuando ya no puedas más te atreverás y serás capaz…

Nos ahogamos en nuestros suspiros, nos desvanecemos entre nuestros abrazos imaginarios y en cada uno de los besos sin destino que no damos…

Y la noche de San Juan nos volvemos locos quemando en la hoguera nuestras vidas perdidas, achicharradas por nuestra cobardía, por nuestros deseos reprimidos, por ese vacío tan grande que nos habita…

Encendamos nuestra hoguera imaginaria o real… Lancemos al fuego las penas y las miserias… Veamos como se consumen nuestros lamentos y quejas… Quememos las culpas y desnudemos nuestra sombra para ver que en realidad es hermosa y mágica… Que nuestra plegaria se oiga en todos los cielos y llegue a oídos de todas las piedras… Que el mundo sepa que estamos cansados de vagar y no sentir… Pidamos libertad para decidir sobre nuestras vidas y sabiduría suficiente para usarla sin temor a caer, a perder, a vacilar y equivocarnos…

Hagamos cuántos rituales necesitemos para ser auténticos, para atrevernos a salir del cascarón,  y valor para abandonar la crisálida eterna en que nos hemos encerrado nosotros mismos…

Encendamos la velas para nuestro conjuro de amor… Supliquemos al cielo que esa persona nos ame para siempre por completo… Escribamos su nombre en un papel para que arda con intensidad y luego entréguemoslo a la noche para que obre el milagro… Para que haga su magia… Pero asegurémonos que el nombre que hemos escrito es el nuestro, porque es la única forma de que surta efecto la magia… Empezar a querernos, a amarnos sin tregua, a encontrarnos las alas y a dar el paso para aceptarnos de forma incondicional, con una sonrisa en los labios, con el corazón ardiendo por saber que ya somos todo lo que necesitamos… Y saber que nos tenemos para lo que haga falta… Ese es el gran ritual a repetir todos los días… Amarse. Ese es el gran hechizo que consigue transformar todos los días y las noches de tu vida, el que perdura, el que te lleva a vivir con ganas e impregnarlo todo de alegría, de fantasía, de belleza… 

Y así decidir que la magia somos nosotros… 


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Des-Amor


LLUVIA CRISTAL

Visito tu tarde. Tan plácida, tan quieta, tan triste.

La lluvia se arrastra por tus cristales buscando tus ojos cansados de buscar siluetas.

Puedo caminar por tus sábanas blancas con mi presencia diminuta.

Puedo verter sobre tu espalda la furia de todas mis batallas perdidas.

No eres mi héroe porque ya no necesito héroes ni salvavidas.

No eres mi cielo porque todo el cielo que necesito lo llevo dentro.

Entro en tu cabeza de mapas y bestias. Siempre los mismos, en fila, en bucle, sin tregua, sin posibilidad de cambio, sin remedio para nada.

Veo en tu cara la culpa por no llegar a la esquina donde reparten momentos dulces.

Piso tu frente y busco hueco en tu nuca para susurrarte palabras hermosas, pero reconozco que todavía no me apetecen.

No busco honores ni alabanzas.

No necesito castillos, porque los únicos muros sólidos se construyen con el alma… Los demás son de arena fina y caen cuando caen las ganas.

No quiero más amor que el que me permita mi libertad.

No deseo más refugio que el de mi propia persona.

No sueño más abrigo que el de un cariño sincero y un abrazo sentido.

Visito tu tarde y la lluvia no para.

El agua que cae canta las palabras que nunca dijimos.

El viento calla porque tú no te atreves a pedir…

Tu angustia contenida dibuja la palabra “perdona” pero tu miedo a perder algo que jamás tendrás te incapacita para decirla en voz alta.

Tus ojos dibujan oportunidades que no llegarán nunca, porque tus labios jamás podrán pronunciar súplicas.

Hoy te diré que no, por todas las veces que no fui capaz y me arrancaste las lágrimas.

Hace tanto tiempo que no buscas nada que las pupilas se te han cubierto de escarcha.

Hace tanto tiempo que miras y no ves que te has perdido todas mis cicatrices de guerrera retirada.

Ahora amo tanto el silencio que me aturde incluso recordar todos nuestros gritos pasados…

Escucho tus lamentos sobre el suelo gris mientras la luz ocre de una lámpara que no recuerdo haber visto nunca te dibuja una mueca horrenda en la cara.

No seré tu cómplice en este intento burdo de darme pena para mendigar un amor que ni tan siquiera sueñas.

Me cuentas otra vez cada una de tus batallas.

Ya no me interesa la guerra, te digo, ahora busco silencio y calma.

Y no me entiendes porque hablamos dialectos distintos en esta loca carrera para soltar lastre y vaciarse el alma rota.

Tú quieres que te consuele y yo ando por tus esquinas vencidas porque esta tarde me aburría y vi tu cara en una foto antigua y amarillenta.

Tú eras el personaje sordo que nunca escuchaba y yo la muñeca desmembrada del rincón del armario que nadie mira.

No seremos amantes, porque tú nunca usas el gerundio, estás demasiado dormido para vivir sin guantes y besar sin miedo.

No seremos viejos, porque ya lo somos, cuando callamos lo que sentimos y nos envolvemos en esta capa de miedo y mansedumbre casi obscena.

No seremos ángeles, porque el peso de la culpa nos rompería las alas…

Podemos ser lo que queramos, si somos capaces de abrir las ventanas y unirnos a la lluvia.

Si dejamos el paraguas de la rabia cerrado y salimos a buscar un rayo que nos parta porque tal vez nos devuelva la vida.

Pero… No lo haremos porque yo he superado  tu ausencia y tú ni siquiera te has dado cuenta de que ya no estoy.

No uso besos prestados, ni caricias alquiladas.

No vendo carne fresca esperando calor de segunda mano.

No necesito más compasión que la que regalo a quién la necesita.

No quiero más medalla que este corazón que ocupa mi pecho y late con ganas.

Visito tu tarde y está hueca.

Sé que tú sueñas con que la llene con mis versos sin rima y mis pies pequeños, pero yo no he nacido para suplir ausencias.

Ya no…

Sé que me buscas porque estás triste y cuando te vuelva la risa, me negarás la palabra y preferirás una sirena…

Y yo soy demasiado gigante para ocupar un el diminuto vacío que ha dejado en ti quién sea.

Visito esta tarde contigo y apago las luces para no ver y poder imaginar que nada fue.

Para que el vals sea lento y la noche llegue sin avisar y nos pese el silencio como una losa gigante.

Para que no me importe si vas o vienes, porque ya no tengo que esperar tus caricias ni leer tus miradas.

La lluvia me recuerda que somos sólo un episodio en una serie que ya no ve nadie. Y ahora noto que ya no tengo miedo a ser nada que te moleste.

Te visito de recuerdo y te encuentro tan roto que me doy cuenta de que la entera ahora soy yo.

¿Sabes? El desamor no es tan amargo cuando se toma conciencia y se elige comprender.

Y las bestias no son tan terribles cuando descubres que estás de tu parte cuando se ponen fieras y buscan tu cuello.

No eres mi amigo porque no sabes guardar secretos ni contener tempestades.

No eres mi héroe porque ya hace tiempo que la que ostenta los superpoderes soy yo…


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Si perdonas…


Cuando no perdonas, te quedas atado al pasado. Una nube de dolor empaña tus días, tus pensamientos, tus decisiones… Dejas que alguien usurpe tu vida y anide en ella…  Vives a través de otros ojos… Cuando no perdonas es porque en realidad lo que esa persona siente por ti o dice de ti es un reflejo de lo que tú crees de ti mismo, aunque no lo quieras ver y admitir… De otra forma, no te afectaría ni causaría dolor. Si no perdonas es porque la estocada recibida viene a traerte un mensaje sobre ti que aún no has aceptado y soltado… Sea o no sea real esa visión de ti, eso no importa… Si no perdonas, es porque no has asumido que el otro es como es y no lo vas a cambiar y, por tanto, eso te impide asumir que tú también eres como eres y  aceptarte…

Aceptar también es admitir el cambio y prepararse para él. De hecho, es el paso previo a que todo empiece a dar vueltas a tu alrededor y des un nuevo paso… Cuando aceptas cómo eres, amas tus debilidades y tus fortalezas, adquieres el poder de decidir sobre ti mismo y volver a tu esencia. Y desde la conciencia más pura de lo que eres, puedes notar si cada paso que das va contigo o contra tu naturaleza…

El que no perdona, sin embargo, sigue atado a la mirada del otro. A la visión que esa otra persona tiene de él. Se ve a través de sus ojos y por ello es incapaz de perdonar la ofensa y “el atrevimiento y la osadía” de hacer que yo me vea como tú me ves y que eso me duela porque aún no he conseguido cambiarlo y asumirlo”.

Leí el otro día que la falta de perdón es la culpa que arrastramos por no ser como soñamos y por el hecho de que los demás nos lo hagan ver… La culpa porque no nos amen como creemos necesitar que nos amen, en una sociedad que educa para que el amor sea dependencia y necesidad pura… La culpa es dolor. Dolor en el alma y el cuerpo. La rabia, el resentimiento, el odio en algunos casos, se nos acumula en los pliegues y nos estalla…

Decía el texto que si no necesitáramos culpar al mundo ni a nosotros mismos de nada, no habría dolor… Porque esa herida abierta es la forma que tenemos de mostrar al otro el daño que nos ha hecho, de recordarle constantemente que actuó mal según nuestra forma de ver la vida, según nuestro mapa mental y vital. Sin necesidad de vengarnos sacando a relucir nuestro dolor, ese dolor no tiene sentido… Sin reproche, no hay herida.

A veces, la herida abierta es la forma en la que nos recordamos también a nosotros mismos lo culpables que somos por no ser como deseamos, por no llegar al altísimo listón que nos hemos impuesto… Nos miramos con tanto desprecio que esa energía negativa tiene que rebotar forzosamente en nosotros y en lo que nos rodea.

Todo lo que le pedimos al mundo es lo que nos pedimos a nosotros mismos.

Lo que criticamos al mundo es lo que vemos en nosotros, lo que soñamos tener y creemos que no podremos alcanzar.

Lo que detestamos de otros es lo mismo que detestamos en nosotros y no queremos admitir…

Las personas que nos rodean son ante nuestros ojos una proyección de nosotros mismos…

Nuestras quejas son las quejas que salen de sus labios y llegan a nuestros oídos.

Vemos al mundo tal y como nos vemos, como decía Kant: “Vemos las cosas, no como son, sino como somos nosotros”

La vida que apuramos cada día es un reflejo del estado en que se encuentra nuestra autoestima… Un ejemplo claro de lo que creemos que merecemos…

Lo que deseamos para otros es lo que acaba llegando a nuestras vidas.

Por ello, cuando no perdonamos, no nos perdonamos. Nos quedamos sumergidos en una materia viscosa en la que no nos podemos mover ni pensar.

Perdonar es cerrar las heridas que son testigo de algo que fuimos antes y ya no somos. Es comprender, ponerse en el lugar del otro en un acto de empatía extraordinario que nos ayuda también a entendernos a nosotros mismos y comprender que a veces las personas vienen a nosotros porque lo vamos pidiendo a gritos…

Atraemos lo que somos y lo que necesitamos… Visto así, no tiene sentido enfadarse porque alguien venga a nuestra vida a ayudarnos a entender que merecemos más de lo que creemos y que nos amamos muy poco…

Las personas que llegan a nuestra vida vienen a empujarnos a dar un paso más, a que comprendamos más sobre nosotros…

Perdonar es decidir amarse tanto que ya no nos importe lo que mundo piensa de nosotros. Si no lo hacemos, no encontramos la quietud para seguir. La sensación de estar contigo mismo y saber que estás comprometido con tu felicidad.

Perdonar es hacerse feliz. Decidir que es mejor amar que ganar, que la paz que sentimos al cerrar puertas que quedaron entreabiertas vale más que tener razón e imponerse.

Perdonar es asumir tu responsabilidad y aceptar que no hay culpas porque cada persona vive su verdad y actúa en consecuencia.

Mientras no somos capaces de encontrar esa paz deliciosa de “no necesitar”  ganar, imponernos, demostrar o encajar, somos un híbrido entre lo que ya no somos y lo que soñamos ser…

Hasta que no asumimos el perdón como un regalo y no como una pérdida no podemos agradecer la enseñanza y el valor de cada experiencia…

Si no perdonamos, no nos perdonamos porque seguimos dando poder a los demás sobre nuestras vidas… Les damos capacidad de gestionar e incidir en lo que sentimos, en  lo que soñamos, en lo que merecemos y nos miramos a través de sus ojos…

Nos volvemos tan duros que nos rompemos y nos agrietamos con la esperanza de que algo de luz entre en nosotros…

No es fácil. El ego siempre necesita justificar y medir, comprobar y calcular… Siempre quiere vencer y necesitar. Siempre encontrará la excusa para demorar el momento y te hará creer que no ha llegado aún la hora… Te confundirá para que sustituyas tu autoestima maltrecha por un orgullo hinchado que no te deje ver más allá de tu nariz y te dirá que no hay más verdad que la tuya… Te hará creer que perdonar es sacrificio en lugar de la maravillosa recompensa de estar en paz contigo. Te susurrará consignas para que sigas luchando en una guerra sin sentido cuya victoria es la derrota más absoluta para tu capacidad de amar, tu generosidad y tu grandeza.

De todas las decisiones pendientes que tenemos, la de perdonar es la más complicada y valiente… La más dura, tal vez, pero es sin duda la que más cambia nuestras vidas. El mayor regalo que podemos hacernos a nosotros mismos es perdonar.

Perdonar es rescatarse a uno mismo de una muerte lenta de reproches y pensamientos amargos… Abrirse de par en par y dejar que corra el aire limpio y entren sensaciones nuevas y maravillosas. Perdonar es vivir en paz.

Si perdonas, encuentras todas las piezas del puzle y descubres que sólo depende de ti mismo que encajen.

 

A muchas personas no les gusta la palabra perdonar porque les suena a estar por encima del otro. Cada uno hace las cosas como sabe a cada momento y según su nivel de conciencia… Lo podemos llamar comprender y soltar ese dolor, cerrar la herida y desearle lo mejor a esa persona. Lo llamemos como lo llamemos, todos sabemos qué significa y hasta dónde nos compromete. Porque el compromiso real es siempre con nosotros mismos.

 


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Simulacros de amor…


Estoy convencida de que vamos por el camino y que la ciencia y la espiritualidad al final se darán la mano… Encajarán forzosamente en un universo que se ha descubierto inmaterial y compuesto por energía y vibración…Que encontrarán la combinación perfecta para que entendamos que necesitamos paliar efectos, pero que lo realmente importante es ir a las causas y entender a las personas.

Somos nuestras emociones y todo lo que ellas nos ayudan a aprender de nosotros. Somos nuestros sueños y la transformación que obran en nosotros para poder alcanzarlos… Somos el camino que siguen nuestros miedos con sus pies diminutos sobre nuestra espalda, nuestra piel cansada y nuestro cuerpo agitado por no ser lo que este mundo perdido nos ha educado para creer que debemos…

El cuerpo es el mapa del alma. Todo lo que no resolvemos se queda prendido en nosotros. Se nos enquista en la conciencia suplicando salir, pero a veces, se lo negamos y sofocamos el dolor mirando hacia otro lado… Acumulamos la rabia hasta que nos estalla dentro… Acumulamos el miedo a estar solos hasta que no podemos respirar porque nos falta el amor como nos falta el aire… Acumulamos y lo acumulado se acostumbra a vivir en nosotros y vuelve loco bajo la piel y se construye refugios y cabañas para no tener que salir a la luz y arriesgar.

Nos hemos desconectado tanto de nuestro cuerpo, olvidando que somos un todo, que cuando nos envía mensajes no los percibimos… Aunque lo hace cada día.

No nos enseñan a amarnos y no sabemos el valor que tenemos.  

Nos escondemos hasta desaparecer y sentir que no contamos para nada… No nos conocemos. Estamos invadidos por un montón de creencias heredadas que rigen nuestra vida y jamás hemos comprobado que sean verdaderas.

Cuando nacemos, nos enfundan en un traje pequeño para que no crezcamos demasiado y sigamos atados a nuestros miedos… No lo hacen porque nos quieran mal, lo hacen porque creen que si crecemos nuestra osadía irritará al mundo y alguna divinidad ambulante nos aplastará con su dedo meñique. Lo hacen porque a su vez alguien se lo hizo a ellos y a ese alguien se lo hizo otro en una cadena sin fin que se remonta en los tiempos, cuando la humanidad tuvo tanto miedo que decidió no vivir feliz para no molestar… Y nosotros cumplimos con esta limitación sin rechistar ni levantar la voz, porque nuestra voz también es pequeña y nos asusta escucharla.

Nos envuelven en un manto de compasión rígida y nos dan una lista de “deberías” inasumible para mantenernos entretenidos y que no nos demos cuenta de que hay otras realidades por explorar… Lo hacen porque temen que seamos aventureros y soñemos otras vidas que seguro que no nos saldrán bien.

Nos dan una mochila muy pesada para llevar. Llena de culpa, de sufrimiento pasado, presente y futuro y de normas gastadas que cumplir… Nos dicen que no vale la pena intentar ni llevar la contraria y hacemos caso.

Y al empezar el camino, nos sentimos ya agotados. Sujetos a una necesidad de perfección extenuante, asfixiante, agotadora.

Nos asusta encontrarnos la cola y mirarnos a la cara. Estamos convencidos que no daremos la talla y no nos hemos dado cuenta de que intentarlo es comparar la luna con un garbanzo, intentar meter el mar en un vaso o pretender tocar el horizonte. Somos demasiado grandes para encajar en nada y al intentarlo, cruelmente, nos mutilamos para poder adaptarnos a un molde que nos limita y priva de libertad… Nos duelen las piernas porque no corren hacia donde soñamos… Nos duele todo el cuerpo porque está encajado, sometido, recortado, embutido en un rincón que le queda diminuto y del que no nos atrevemos a salir porque dejaríamos de pasar desapercibidos. Nos podamos las ganas, las alegrías, las extravagancias… Nos decimos tantas veces que no que al final, esos pensamientos nuevos y llenos de ilusiones se pierden antes de llegar y ya nunca sabemos lo que realmente deseamos.

Desconocemos nuestra sombra y eso impide que encontremos nuestra luz.

No nos aguantamos la mirada por si descubrimos todo el trabajo pendiente que tenemos con nosotros mismos para crecer y evolucionar.

Nos hacemos tanto daño… Nos sembramos de dolor para castigarnos por no llegar a metas que ni siquiera son nuestras. No hablo de un dolor sólo emocional, hablo de la punzada en el pecho, la presión en el costado que te borra la sonrisa o el aguijonazo en la espalda que te dobla… Hablo de un cuerpo que nos habla para decirnos que nos estamos privando de vida, que no nos mimamos como merecemos, que nos callamos demasiado, que nos rompemos el corazón… Un cuerpo que te dice cada día cómo están tu conciencia, cómo vive tu alma, cómo te tratas a ti mismo…

No es un castigo, es una oportunidad para cambiarlo. Es la consecuencia directa de tu sinvivir, de tu postergar la vida, de tu silencio no deseado, de tu ira contenida, de tu rabia desparramada… Las locuras que no haces habitan en ti, soñando volar. Los deseos que no cumples se esculpen en tu cara surcando caminos, en las articulaciones de tus manos, en los nudos de tu espalda… Los besos que no das se convierten en espinas clavadas en la garganta y el pecho, dardos en el vientre, púas en la cabeza…

A veces, te notas demasiado y otras no estás.

Confundimos el síntoma con la causa y creemos que somos nuestros dolores y enfermedades cuando el realidad somos la respuesta…

Nos recortamos  y empequeñecemos ante un mundo loco que busca llenar vacíos interiores con parches que nunca tapan las heridas porque lo único que las puede sellar está en nosotros…

Siempre buscamos pareja de baile, cuando en realidad, este baile es en solitario.

Buscamos soluciones fuera cuando tenemos  dentro la llave que abre todas las puertas cerradas que llevan a la felicidad.

Nos castigamos por no ser algo que nunca seremos, porque en realidad somos algo mejor… Hemos cedido el poder a cambio de sucedáneos  de felicidad. Hemos regalado conciencia a cambio de simulacros de amor  que mueren antes de empezar porque el único amor que puede sofocar nuestro dolor es el propio.

No sabemos quiénes somos porque no nos educaron para reconocernos y así nunca podremos curarnos y descubrir nuestros valor…

Aunque todo tiene un reverso. Si podemos castigarnos, podemos perdonarnos a nosotros y al mundo por no ser, por no llegar a cimas artificiales pensadas por otros que tampoco conocen las suyas.

Si podemos acumular, podemos soltar y comprender qué sentimos y decidir quiénes somos cuando estemos libres de corazas y chantajes.

Si podemos hacernos tanto daño es porque también podemos hacernos mucho bien.

Es porque tenemos el poder.

Para abandonar esta lucha contra todo y dejar de batallar con nosotros mismos por conseguir un ideal que en realidad no soñamos.

Todos somos enfermos crónicos de miedo…

A no encajar y aparentar.

A no tener.

A estar solos y no ser valorados.

A no ser amados…

Todos tenemos el poder de darle la vuelta ahora y dejar de buscar en el mundo lo que queremos encontrar y empezar a ser lo que le falta.

Todos podemos cambiar de pensamientos y por tanto cambiar de emociones, aunque cueste… Podemos ordenar a nuestra mente que en lugar de quedarse atrapada pensando en sobrevivir, acepte, se adapte y decida empezar a construir sueños. Cuando cambiamos de pensamientos, cambiamos de vida… Nuestro cerebro es pura plasticidad,  se adapta con nosotros, muta para que lleguemos a nuestras metas, estamos preparados para ser elásticos y transformarnos. Tan sólo necesitamos creer y sentir que podemos.

La solución ha estado ahí siempre, esperando a que abramos la puerta que lleva a nosotros mismos y dejemos entrar la luz de sol… Que saquemos de paseo los “no puedo”, los “no sé”, los “no sirvo” y los “nadie me quiere”…. Para que nos demos cuenta de una vez que la magia no va de fuera a dentro, sino de dentro a fuera…

Y empecemos a irradiar lo que somos.

Y que empecemos a vibrar con lo que nos hace soñar.

Dejemos de fingir y saquémonos las máscaras. Detrás de todo dolor hay algo que no sabemos, algo que aún no entendemos, algo que no queremos ver y que nos lleva a darnos cuenta de que todavía no nos amamos.

Llevamos dentro el antídoto pero ignoramos nuestro poder…

La cura que buscamos se llama amor y empieza por nosotros mismos. Se llama mirarte y aceptar lo que ves y lo que sientes. Amar tus fibras y abrazar su belleza y su oscuridad… Se llama autoestima y confianza… Hasta que eso no llega, todo lo demás son simulacros.

Este artículo recoge algunas de las ideas de la ponencia inaugural que tuve el honor de dar en la IV Conferencia Nacional del Paciente Activo dentro de la IX Congreso Nacional de Atención Sanitaria al Paciente Crónico que tuvo lugar en Oviedo del 2 al 4 de marzoUn Congreso que se lleva a cabo gracias al trabajo diario de grandes personas y el apoyo de las instituciones que se han creído eso de que se debe tratar a las personas y no a las enfermedades. Una iniciativa valiente que refleja los cambios que se están llevando a cabo en el mundo sanitario gracias a profesionales y pacientes. Gracias eternas por hacerme partícipe de algo tan grande y maravilloso…