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la rebelión de las palabras


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Amor sin amor


Hace un rato me he releído. Era un post de hace tiempo que hablaba de lo que es el amor. Al menos hablaba de lo que era el amor para mí por aquel entonces. Algo que no tiene nada que ver con lo que yo siento que es el amor ahora. Me he perdido en mis palabras y he sentido la angustia de vivir el amor sin amor. Vivir el amor como algo pendiente, como algo que intentas alcanzar y siempre se escapa… Como algo que te deja vacío porque nunca llega. Como una meta a la cuál llegar después de competir o hacer que otra persona se dé cuenta de que hay algo hermoso en ti, de que vales la pena, de que entre toda la maraña de caras y voces escoja la tuya… Es imposible amar así y salir indemne. Es imposible amar con el retrovisor puesto por si te pillan siendo imperfecto y te retiran el cariño, el arrumaco, el roce… Es imposible que el amor que busca la perfección sea amor… 

Por aquel entonces, yo amaba con miedo. Cuando se ama con miedo no se ama, se quiere, se desea, se busca. El amor verdadero es el que sale de dentro. El amor que se siente y se expande. El amor que encuentra a otro ser humano y no le pide que sea de otra forma ni que se ajuste a una horma ni encaje en un molde establecido… El amor no surge de la necesidad de sentirse valorado por otro, ni de que otro ser humano te diga lo que tú no te dices… El amor no es que otro vea en ti lo que no ves. Es hacer el camino para verlo y luego compartirlo, extenderlo, vivirlo y contagiar amor…

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No hay amor suficiente en el mundo para llenar un corazón que no se ama a sí mismo. Por mil veces que te digan lo hermosa que eres no servirán de nada si eres incapaz de sentirte hermosa… Por más que te cuenten lo mucho que vales, nunca sentirás tu valor si no te atreves a hurgar en ti y sondear tus rincones más oscuros.

Nos asusta tanto ver la basura que llevamos acumulada en la mochila, las creencias absurdas, los errores acumulados, los miedos enquistados… Y sin mirar esa oscuridad es imposible ver la luz y amarse. Y vamos por la vida buscando a alguien que nos hable  con el cariño con el que nosotros no nos hablamos, que nos cuente quiénes somos, que nos diga lo que creemos que necesitamos oír… Buscamos una amor a medida que chille tan alto lo maravillosos que somos para que no podamos oír nuestra voz interior que pide a gritos que paremos para vaciar el equipaje porque ya no puede más… Buscamos a alguien que nos haga olvidar lo mucho que nos odiamos y detestamos en realidad, el miedo que nos da mirar en nuestro interior y reconocer que nos asusta estar solos y tener que enfrentarnos a nosotros mismos… Buscamos un amarre en cualquier puerto porque nos asusta demasiado seguir a mar abierto y no controlar el rumbo porque somos incapaces de llevar el timón… Porque no confiamos en nuestra capacidad, porque no conocemos nuestras fortalezas, porque no amamos nuestras debilidades ni rarezas… Eso es amor sin amor. Amor con miedo. Un sucedáneo de amor con el que arrastrarse durante cinco minutos o diez años esperando que una ola gigante te arrastre.

No hay nadie ahí afuera que nos vaya a hacer olvidar lo que tenemos pendiente de solucionar dentro de nosotros. Y si lo encontramos, será un parche que acabará recordándonos todavía más el trabajo pendiente… Cada día en su cara habrá un gesto de desaprobación directamente proporcional al desamor que sentimos por nosotros mismos al sentirnos incapaces de cerrar heridas y aprender lecciones.

Buscamos amor donde sólo podemos encontrar desesperación, necesidad, dependencia. Nos ponemos la máscara para que nos amen más y mejor y luego pedimos que nos amen como si no la lleváramos puesta, como si fuéramos auténticos.

Yo vivía el amor como un salvavidas que me evitara entrar en mí, hurgar en mí y vivir mis miedos pendientes y mi angustia acumulada… Necesitaba olvidar lo mucho que me disgustaba a mí misma, lo poco que me aceptaba… Yo vivía el amor con desesperación porque creía necesitar que otro me diera la autoestima y la confianza que yo era capaz de construir para mí… Pensaba que si alguien me amaba de verdad todo iba a solucionarse… Que debía ser perfecta y sería amada… Que el amor llegaría como consecuencia de hacer lo que debía y encontrar mi mejor versión… Pensaba que el amor el otras personas iba a salvarme de mí misma…

El amor siempre es el principio de todo lo bueno y lo hermoso que nos espera cuando lo descubres en ti… El amor es la causa. El amor es el camino. El amor es en antídoto… Pero el amor verdadero, el amor real, el amor que surge en ti para ti y que es tan intenso y gigante que te permite compartir con todos… El amor que no espera nada porque lo es todo. El amor que no necesita porque trae consigo una maravillosa paz…

Para poder amarnos tenemos que sumergirnos en nosotros mismos y ser capaces de hacer lo que hace un siglo que postergamos, mirar lo que nunca nos hemos atrevido a mirar y sentir aquello de lo que hemos estado huyendo siempre…

Sentir nuestro miedo más intenso y perdernos en él para poder observarlo y darnos cuenta de que estamos justo donde necesitábamos de verdad estar… Desnudos ante la vida, vulnerables y a pesar de todo… Maravillosos. Esa es tu grandeza, comprender que sigues siendo tú en el peor momento, vivirlo desde la paz, sentir que lo eres todo incluso cuando no te queda nada… Y en ese momento, surge el amor.

Yo también viví el amor como si fuera un bálsamo precioso que iba a cambiar mi vida… Y era cierto, es verdad, por eso pasé siglos buscándolo ahí afuera, hasta que al atreverme a soltar el equipaje y vivir el miedo y el dolor pendientes me di cuenta de que ya estaba en mí…

Y justo desde ahí, es cuando se ama a otros de verdad, sin dependencia, sin miedo, sin chantaje, sin necesidad… Sin esperar que nadie cambie por nosotros, sin esperar cambiar para nadie más allá de la transformación necesaria que queremos obrar en nosotros mismos…

No hay amor ahí afuera comparable al amor que podemos encontrar en nosotros y compartir. En realidad, no hay amor sin ese amor.

 

En mi último libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras” cuento como aprendí a amarme. Échale un vistazo aquí.

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Carta de amor a mi miedo


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Me he pasado la vida intentando vencerte. Eres tan duro de pelar, tanto como yo, compañero, y eso, créeme, son palabras mayores.

Nos hemos pasado años juntos, no creo que nadie haya sido para mí tan inseparable. Te has metido en mi cama, en mi cabeza, en mi sopa, en mi cuenta bancaria, en mis historias de amor… Estabas a mi lado cuando iba al cole y me sentía tan distinta que mi diferencia se hacía insoportable, el día en que traje a mi hija al mundo, el día en que me di cuenta de que los seres queridos se mueren y se van, cuando me despidieron de uno de mis trabajos y cuando empecé en uno nuevo… Todas y cada una de las veces que he entrado en un quirófano con la intención de salir viva de él … Y cuando miro al futuro y me aíslo de mi presente, de este momento que ahora se esfuma y pasa, como si cayera por un desagüe porque no lo vivo mientras me susurras que no es perfecto porque todavía me falta algo, porque todavía no soy algo que tal vez debería dejar de desear ser.

Creo que nuestra relación es estable y sólida, una de las más sólidas de toda mi vida. Sé que estás ahí para mí esperando que me disuelva en tus brazos, que me deje llevar por tu beso cálido y te deje contarme esas historias al oído cuando estoy cansada y la vida me ha dicho que hoy tampoco. Sé que puedo confiar en ti. Que cuando me acueste agotada, vas a sacudirme las sienes y alojarte en mis costillas flotantes un rato, que me vas a comprimir el estómago y harás eso que haces que es de traca… Esos tambores en el pecho sin tocan sin cesar que acaban por hacer que el corazón se acelere y me vuelva casi loca por arrancarme la piel que quema y escuece, por salir de mí para encontrar un poco de paz…

Eres mi novio más fiel, mi amante más apasionado. Te he eludido tantas veces… Cuando era niña, me dejé llevar por ti, me solté a tu baile y guiaste mis pasos cada día. Llegué a creer que eras yo, que yo era tú, que mi mente era tu mente, que no había en mí una sola célula feliz y en paz y que yo era solo un amasijo de átomos asustados que se movían tocando una canción triste, muy triste.

¿Sabes? no te conocía en realidad porque te confundía conmigo y con mi forma de ser. No me atrevía a nada que no te pareciera bien, porque no quería que pusieras en marcha esa voz que me anunciaba catástrofes y momentos de ridículo atroces. Eso era en lo que más me apretabas, en que era ridícula e infeliz. Lo hiciste bien, así me sentía, eres muy eficaz.

Durante años pensé que estabas ahí para protegerme y recordarme lo poco afortunada que era. Pensé que esas canciones de desamor que me cantabas eran para que me resignara y me quedara quieta sin intentar, para que no me hiciera ilusiones, para que no me frustrara. Me ha costado mucho comprerderlo, amor, mi miedo inmenso a la vida, mi compañero fiel, pero ahora entiendo que no venías a pedirme que me pusiera la venda sino que me curara la herida… Que la dejara sin tapar al sol y la mirara sin esperar más que a descubrir que no soy esa brecha en mi piel ni el mi corazón, que no soy tú ni todos los pensamientos que has orquestado para que despertara a la vida, a la vida sin ti…

Llegué a pensar que eras el final, pero eres el principio. Creía que estabas conmigo para lastimarme y estás para sacudirme el polvo, el asco, la pereza, la angustia… Te evité cuanto pude porque eras tan grande que dolías, hasta los huesos, hasta las fibras que no conozco que hay en mí… Estabas en cada crujido, en cada vómito, en cada lamento, en cada instante de paz fingida para soportarte, en cada risa contenida, en cada viaje a mí misma que jamás tenía intención de acabar…

Pensaba que existías para que te sorteara y eludiera, para que corriera ante ti y tú te pasaras toda la vida persiguiéndome. Y resulta que ahora te persigo yo para comprenderme, para poder aceptarme y encontrar mi mapa. Porque para salir de ti primero necesito sumergirme y notarte, sentir tu latido y entender cuál es tu mensaje, de dónde viene, qué me cuenta de mí y de todo aquello en lo que creo y me está frenando la vida… Y luego podré soltarte. Podré dejarte marchar, decirte adiós con un abrazo cargado de gratitud por el gran trabajo hecho conmigo estos años… Por todo lo que aprendí de ti mientras eras yo y habitabas mi cuerpo, mi esencia, mi mente.

Podré mirarte sin perderme en ti, sin ser tú, sin comprar tus mantras ni meterme entre tus sábanas, sin beberme tus filtros rancios y creerme tus cuentos tristes. Podré verte a distancia y comprender que no soy mi miedo más intenso y rotundo, que no soy mi resignación, ni mi lucha, ni mi sensación de injusticia eterna, ni mi rabia acumulada a golpe de soportarte y creer que no puedo hacer nada para arrancarte de mí.

Podré escoger vivir a través de ti o a través de mí.

Podré soltarte como un globo lleno de helio que se escapa porque no está lleno de lo mismo que estoy yo.  Aunque antes quiero darte gracias por el excelente trabajo que has hecho conmigo, meciéndome en tus fauces terribles y besando mi frente cada noche para asegurarte de que soñaría una de esas pesadillas que tenías preparadas para mí para que pudiera comprender que me hacía daño, que no me amaba, que no sabía que tenía que revisar mis creencias…

Gracias por tanto golpe en la nuca y sacudida en el estómago, por los tambores del pecho y las rodillas dobladas sin poderme mover… Gracias, mi miedo, por ser tan insistente y pedirme día tras día que te escuche para que sepa que no soy tú, para que diga no a lo que me cuentas y encuentre mi libertad.

Gracias por la paz de descubrir que siempre fui yo y no tú cada día la que escogí llevarte a mi lado y obedeciste sin rechistar para que llegara un día en que me diera cuenta de que no te necesito.

Gracias porque contigo a mi lado siempre me he dado cuenta de que para cambiar mi destino sólo tenía que amarme y aceptarme, ser yo y ejercer de mí sin ti… Dejar de temer las miradas ajenas sobre mi superlativa imperfección porque sólo eran un reflejo de las miradas crueles que yo me dedicaba a cada día de mi vida… Gracias porque ahora tengo claro que el único camino posible para vivir en paz es el amor a mí misma, sin condiciones ni chantajes, un amor real y sólido que no se escurre ni desvanece según la ropa que llevo, los kilos de más, las miradas que percibo y las circunstancias que me rodean.

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Esta soy yo a pesar de todo y para todo lo que venga… Imperfecta, ansiosa, cansada pero cada día más de mi parte, más entera, más serena, más sólida

No es un adiós, amor, es un canto de tolerancia y respeto, un sé que estás pero no compro, un sé que lo haces para protegerme pero no lo necesito, un gracias pero no voy a preocuparme… Un mirarte a distancia y sentirte sin dejarme someter.

Queda mucho camino, lo sé, nos vemos por aquí,  pero ya no seremos amantes, seremos viejos conocidos que se reconocen y deciden que ya no comen juntos. Seguramente bailaremos alguna noche hasta la madrugada, pero ten por seguro que al llegar el día, yo estaré de mi parte y tú tendrás que aceptar que no me quede con tus historias melodramáticas…

Gracias por mostrarme lo que nunca fui y recordarme lo mucho que queda por explorar… 

Al final, no tenía que vencerte, sólo abrazarte, aceptarte y comprender que no somos lo mismo.

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La belleza que ves es la belleza que eres


 

 

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Estamos tan sujetos a nuestras creencias que no podemos ver lo que realmente importa. Necesitamos verdades absolutas a las que agarrarnos, plegarias que decir para suplicar que lo que tanto nos asusta no pase… Y cuando descubrimos que eso no existe, que todo se mueve y cambia, que no hay nada que no sea incertidumbre a nuestro alrededor y que aquello a lo que nos agarramos es en realidad arena fina, nos sentimos perdidos…

Buscamos donde no hay. Vivimos a través de frases escritas en las redes sociales donde alguien nos da una fórmula que se supone que es para todos la misma, que es infalible, que se aplica tanto si eres joven o anciano, si vives en Ecuador o en Islandia, que funciona tanto si tu problema es que no tienes dinero como si acabas de perder al que crees es el amor de tu vida…

Sí, es cierto, hay una fórmula, pero no está fuera, está dentro y no es fácil aplicarla. Puede serlo, no quiero ahora engendrar en ti y en mí otra creencia, pero a mí me ha costado mucho y me sigue costando… Es un gesto, una manera de vivir, una decisión… Amarse. Es tan simple y tan complicado a la vez. Simple porque se trata de que ahora decidas que todo lo que vulnere ese amor que sientes por ti y no haga que crezca salga ahora mismo de tu vida… Complicado porque no vas a hacerlo (¿o si?) porque todavía no estás al límite y no crees que el beneficio que esa decisión supone, pueda superar esta pegajosa sensación que tienes ahora (tenemos, me incluyo, no pasa nada, sin culpas ni reproches) en la que quejarnos y lamentarnos porque todavía no somos, creemos que nos compensa. Porque hemos convertido el lamento y el “casi, casi llegar” en algo cómodo y llevadero y no queremos renunciar a ello para vivir plenamente. Digamos las cosas por su nombre… No pasa nada, decirlo en voz alta calma y sosiega. Todos lo hacemos. En realidad, lo hemos hecho lo mejor que sabemos y no vamos ahora a exigirnos más sino a comprendernos hasta el fondo.

Porque mientras no te amas, nadie te ama y mientras no te aman como mereces realmente, tienes (tenemos) una gran excusa para ir por ahí a medias, sin comprometernos a nada de todo… Porque así nos podemos exigir un poco menos, que sería un alivio, y seguir buscando esa perfección que no existe y que un día nos va a romper en dos y nos va a parar en seco (sé de qué hablo). Y cuando alguien te reclama, estás de suerte, porque cuando no te amas, la vida no va bien, pero tienes la coartada perfecta cuando te comparas con otros (eres incomparable en realidad) porque tú eres ese o esa pobre persona que no recibe tanto como da, que no tiene suerte, que por más que haga no llega la recompensa… Y en ese ejercicio comparación insano y demoledor siempre tienes una excusa para medirte con otros y no ganar, para poder soportar que te miren y no te reprochen puesto que tu puesto de salida siempre está más lejos que el de los demás…

Sé qué haces, sueñas que un día saldrás desde el mismo punto que los demás. Te han dicho “Sueña… Persigue tus sueños” ya lo sé, yo también lo hago, lo hice pero es el sueño equivocado (no soy nadie para decírtelo ni sé nada, pero si sé lo que he vivido). Porque el verdadero sueño no es competir y llegar a la meta como hacen los demás, es descubrir tu propia meta y dejar de medirte y calcularte. Descubrir que ya eres, que ya vales, que no necesitas compararte ni demostrar. Sueña que llegas pero a ti. El sueño es la paz de saber que eres el ser más amado del mundo porque cuentas con la persona más increíble y extraordinaria a tu lado, tú… Lo más sólido a lo que agarrarte cuando vienen malos momentos eres tú, no hay nada más.

Todo lo demás son creencias y frases hechas, algunas mejores y otras peores, pero no son tú. Cree en algo que te abra la mente, el corazón… Algo que te diga que seas no que demuestres, algo que te invite a ser sin embarcarte en una carrera que no sea una aventura… Hazlo porque lo deseas y porque antes de terminar y llegar a la meta ya sabes que sea cual sea el resultado te hará feliz, porque no te estás midiendo sino disfrutando, porque estás ahí para contagiar esa belleza que acabas de descubrir que posees y quieres compartirla. Porque quieres ser maestro y alumno a la vez, porque ya sabes que aportas mucho al mundo y te abres a cambiar todo lo necesario para seguir amándote…

Esta semana me hice una pregunta ¿qué haría en caso de desesperación y no me atrevo a hacer del todo ahora? es una versión de la gran pregunta ¿que harías si no tuvieras miedo? puesto que cuando te desesperas, te descubres dispuesto a todo y borras tus límites… Justo en ese momento, descubres por qué la vida te ha puesto en esa situación, te está alentando a que hagas eso que hasta que el agua no llegue al cuello no estás dispuesto a hacer… Te arrastra a que dejes tus creencias limitantes de lado y existas sin tener que pedir permiso… Te pide que claudiques y cedas en el orgullo, no en la dignidad, ni en tu poder… Que renuncies a tus límites y miedos y a tus máscaras, no a tu ser, ni a tus sueños… Te dice “hasta aquí has llegado escondiéndote del amor que eres, ahora para seguir no basta con sucedáneos… Tienes que ir en serio contigo, comprometerte de verdad hasta las últimas consecuencias”.

La vida te pone al límite para que no tengas más remedio que confiar en ti. 

Puedes decir que no y seguir en esa espiral de angustia.

Puedes decir que sí… Y me gustaría decir que se abre el cielo y sale una mano enorme y te salva… Pero no, lo que pasa es que de repente, una capa fina de algo maravilloso te cubre y entra en ti y te empiezas a ver de otro modo… Eres la persona que ha dicho sí, que ha sido capaz de renunciar a lo que le estorba para ser ella misma y vivir en coherencia… Y eso te da mucha fuerza y poder, eso se parece tanto al amor verdadero que mueve montañas… Y descubres que la mano que sale de cielo es tu mano… Que si existe un dios o una energía creadora e inteligente (cada uno sabe si lo vive y lo siente, y lo llama como quiere) actúa solo cuando le das permiso porque lo hace a través de ti.

Y dejas de pedirle al mundo que te mire y te haga caso porque ya no es necesario… Te lo haces tú. Y todo se transforma porque tú eres tú.

Hay una fórmula infalible… Incluso yo te cuento una fórmula, fíjate, aunque no sé nada y me equivodo mucho mucho… Ámate por encima de cualquier circunstancia y situación, diga lo que diga el mundo… Ámate en el caos más absoluto y cuando te veas caer por el precipicio más profundo. Ámate cuando nadie te vea ni te diga que estás, que eres, que cuentas… Ámate cuando sólo veas belleza ahí a fuera y no en ti… Ama tu dolor, tu culpa inventada, tu vergüenza, tu miedo, tu desesperación y date cuenta de que sólo abrazándolos podrás librarte de ellos y reconocer que son la puerta de salida de tu mundo de sombras, que cuando aceptes que están y sepas que no eres lo que son descubrirás lo que eres… No eres tu sufrimiento, eres la persona que sabe usarlo y aprender de él para soltarlo de una vez…

La belleza que ves es la belleza que eres… Ya eres todo, sólo te hace falta mirarte y ejercer de ti mismo. Cuando consigues entender eso, todo da la vuelta… Y no importa que todo se tambalee, porque tú estás en ti, tú eres lo que habías buscado siempre.

 

¿Estás cansada guerrear? ¿Quieres de una vez por todas encontrar tu paz? Te acompaño y te cuento cómo yo estoy en camino de encontrar la mía… “Manual de #autoestima para #mujeres guerreras aquí. No desaproveches esta oportunidad y permítete lo que mereces. 


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Un solo corazón


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“No se puede tener un corazón para el amor y otro para el odio” eso leía en voz alta Luís Castellanos dando voz a Svetlana Alexievich el pasado jueves hasta que me saltaron las lágrimas… Nada tan cierto, la vida es tomar decisiones. Decidir si estás aquí para construir o para destruir, si te apuntas a perdonar o a mantener viva esa llama que todo lo devora cuando el rencor te llena… Si quieres ceder o tener la razón en la soledad más absoluta, si te resistes a lo que es o te dejas llevar a ver qué pasa… Me dijo Luís el otro día (tuve la suerte inmensa de comer con él y con otras personas maravillosas) que todo está en la mente. Si tengo que decir la verdad, a pesar de estar muy de acuerdo, yo siempre he creído que hay algo más (tal vez la forma más apropiada de expresarme sería decir que he sentido, porque lo que creo quizás forma parte de esa gran inventora que hay en mi cabeza y que a veces por la noche me cuenta historias para no dormir y me las creo). Y quería hablar de ese algo, de lo que siento, aunque tengo que decir que eso tal vez sea una invención más de mi mente imparable que siempre maquina.

Todo es mente. Si creo que es posible, lo es… Aunque eso no haga que pase, no todo pasa, ya lo dije y ya me da igual que algunas personas se enfaden, les deseo lo mejor incluso si  todavía no lo han pensado o imaginado, igualmente no depende de mí, mis palabras no pueden abrirles o cerrarles puertas, tan sólo lo que ellos hagan con mis palabras lo hará… Aunque para que exista primero hay que imaginarlo, cierto. Hay que hacer los planos y comprar la idea ahí en tu cabeza, hay que creer que somos capaces e ir a por ello. La primera parte de esto es la más importante, la otra, una vez crees, llega casi sola…

Lo que sucede es que todo lo imaginamos desde una mente dormida, una mente que mira y no es capaz de inventar porque se niega a sí misma lo que es, su capacidad para crear, para ver, para imaginar algo más de lo que se sale de la rutina… Dibujamos con el mismo lápiz en nuestra cabeza a pesar de tener todo el estuche de colores… Creas lo que crees, dicen, pero es que crees que hay poco, que está sucio, que no sirve, que es feo, que jamás llegarás… Creas lo que crees a partir de como te ves a ti mismo… Y el mundo que nos rodea se convierte en una imagen fiel de lo que no nos damos ni permitimos. El más cruel y necesario de los espejos…  Uno vive a través de lo que se imagina que es, lo que ve, lo que percibe. Hace un rato decía María Jesús Giménez Caimari en Facebook, de forma acertada, desde mi perspectiva mental y parcial seguramente,“escribes “me gusta la lluvia” y hay gente que piensa que escribes eso porque a ella no le gusta la lluvia. Porque estás ofendida, porque le envidias, porque yo que sé. Hay gente que ve daño en un “no me gusta el café”. Y es verdad, mi verdad, vemos la vida a través del embudo de nuestras creencias y lo que pensamos que es acaba siendo para nosotros… No es que sea, es que así lo percibimos. Cuando sales a la calle ofendido con la vida todas las personas con las que te cruzas te ofenden, aunque te sonrían y atraes toda ofensa posible… Y esto se puede explicar desde la psicología, desde la antropología, desde la física cuántica, desde la espiritualidad y desde las recetas de mi abuela que decía eso de “tú tómatelo todo con buena cara, niña”.

Vamos por la vida sin sentir lo que somos y lo que llevamos almacenado dentro y necesitamos sacar toda esa basura que llevamos agolpada, esperando turno para ser vomitada, quemándonos las garganta, el pecho, el estómago, retorciéndonos los dedos de las manos… Y si no sale, pudre, quema, araña, explota, supura… Y vemos a alguien que sonríe y nos duele su sonrisa porque no es la nuestra… Y vemos a alguien que llora y nos llora porque nos recuerda que tenemos tanto llanto acumulado que ya es insoportable…

¿Sabéis una cosa? A veces, cuando me dicen que estoy guapa me rompo por dentro porque me ofende, me golpea, me aturde… Porque no me siento guapa y creo que no puede ser verdad, que se ríen de mí, que esperan que lo sea y les decepciono … Aunque cuando lo dice un buen amigo, te das cuenta de que eso no puede ser y entonces una marea de lágrimas me sacude por dentro y me siento en una tierra de nadie en la que noto que el mundo ve algo en mí que yo soy por ahora incapaz de percibir… Comos si estuviera desnuda por más que me cubriera, como si nunca hubiera llevado la máscara que hace tiempo me puse para poder sobrellevar mi absoluta imperfección. Como si no tuviera más remedio que enfrentarme ya con la insufrible verdad de que me queda mucho recorrido por hacer en mi interior hasta llegar a mi esencia.

Vemos el mundo tal y como nos han dicho que era, como lo construimos a partir del dolor que almacenamos, a través de las rendijas que nos deja libre nuestra mente asustada y atada a las creencias. Es ella la que hacen que nuestras pupilas se posen en el dolor y no en la belleza y vean la ofensa y no la sonrisa… La que hace que vean mis lágrimas en lugar de las lágrimas de los demás.

Si ignoras tu dolor te conviertes en una ser incapaz de comprender el dolor de los demás. Si no te escuchas, te conviertes en un ser incapaz de escuchar… Si no hurgas en tu basura, cada persona a la que mires te recordará ese trabajo pendiente… Vemos lo que creemos ser y lo que llevamos tiempo escondiéndonos esperando a que no sea, a que desaparezca…

No va a desaparecer. Se hará más grande, más intenso, más omnipresente. Lo invadirá todo hasta que no te quede más remedio que aceptarlo y acurrucarte a su lado y descubrir que no eres eso… Que no hay ofensa sino en tu necesidad de sentirte ofendido porque te crees digno de serlo… Porque no te amas suficiente. Porque llevas demasiado tiempo esperando el momento oportuno para hacer los deberes.

Yo también lo hago. Me aparto para más tarde. Me olvido de mí. Me invado la vida con esa sombra, con esa basura pendiente porque no me siento con fuerzas para enfocarla, para poner luz en esa oscuridad, para abrir la puerta de mi habitación de los recuerdos que arañan y salpican… Y mientras, me arrastro malviviendo sin ser, sin notar, sin ver el amor porque el rencor se me come las buenas ideas… Porque mi basura por revisar y tirar pesa demasiado ya y huele cada vez peor.

Si no sientes lo que tienes pendiente no piensas con claridad.

Si no piensas con claridad no creas nada hermoso.

Piensa sin culpa porque te has liberado de esa culpa. Piensa sin ataduras porque has descubierto que no te las mereces.

Siente lo que tienes pendiente y revisa tus creencias porque necesitas darte la oportunidad de mirar a la vida como lo que es, no como lo que esperas, no como te ves a ti.

Vemos a los demás como nos vemos a nosotros y una vez definimos esa versión de lo que somos, nos limitamos a esperar que no vida nos la ratifique y siempre lo hace, claro, porque el parámetro que usamos para medir su respuesta es el mismo embudo con el que miramos la primera vez…

Y toca decidir. Si somos lo que creemos que vemos o nos permitimos mirar más allá, si nos concedemos el honor de abrir la mente que todo lo crea y nos creamos una puerta grande por la que salir de nuestra oscuridad.

Y creer que cuando te dicen que estás guapa, en algún universo posible, esa persona te ve así y quiere que lo sepas y lo sientas… Y que en algún momento, cuando seas capaz de abrirte a ese universo que no es el que habitas sino el que otro ha imaginado podrás entrar en él y quedarte si quieres.

Y no hará falta que la sonrisa que ves sea para ti, ni ofensa ni reconocimiento, tal vez no sea nada, pero podrás escoger. Y cuando veas a alguien llorar, puesto que habrás encontrado el dolor que llevan impregnado tus propias lágrimas, podrás ver al que llora con la compasión que merece sin que su llanto seas tú… Y podrás elegir si va contigo o no…

Nuestra mente está ahí para que sobrevivamos pero nos juega malas pasadas como una madre superprotectora que no nos deja salir a jugar con el patinete porque el suelo está mojado o la madrastra que no nos permite ir al baile… Pero nosotros no somos nuestra mente y podemos decidir si nos quedamos con esa versión de la historia o nos abrimos a vivir otras versiones… Y eso no se consigue, creo yo desde mi mente que sueña con abrirse, sin sentir lo acumulado y remover lo que tanto nos asusta. La consciencia necesita de todo lo inconsciente para liberarse y permitirse vivir sin ataduras.

Para pensar hay que sentir.

Y una vez pensamos libremente, podemos decidir con qué corazón vivimos… Porque “no se puede tener un corazón para el amor y otro para el odio”, sólo tenemos un corazón… Tú decides para qué lo usas.

 

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Al otro lado de la pared


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A veces no sé cómo se ama… Sólo sé cómo se quiere, cómo se necesita. Cómo se topa con esa pared mil veces esperando que un día se derrumbe y me deje ver qué hay al otro lado y vivir sin estar sujeta, sin sentirme provisional… Sólo sé de deseos incumplidos y hechizos fallidos… Sé cómo se desea algo tanto hasta que pierde el sentido porque empieza a ser una necesidad y no una meta, porque suplanta tu vida hasta el punto en que te levantas y respiras para conseguirlo. Hasta que no hay en ti nada más que no sea ese deseo y pierdas de vista el mundo mientras esperas una respuesta, mientras suplicas que otra persona te de permiso para seguir con tu vida…  Queremos desde la necesidad y eso hace que ese amor nazca roto, mutilado de cualquier posibilidad de crecer por sí mismo y ayudarnos a crecer a nosotros. Amamos a medias porque nos sentimos seres a medias, desgajados y estropeados por tanto intento loco de parecer dignos de amor, por convertirnos a en material deseable y asegurarnos así nuestra NO soledad eterna… Para levantarnos cada día y poder decirle al mundo que alguien nos quiere y nos tiene en cuenta y que eso forzosamente significa que somos dignos y merecemos amor…

Creemos buscar amor pero en realidad buscamos permiso, oxígeno para continuar respirando sin sentirnos ajenos a la vida ni tener que seguir pidiendo perdón por no ser perfectos… Sin volver a avergonzarnos de nuevo de nosotros mismos y de nuestras rarezas .

El problema es que este mecanismo no funciona, es más… Se convierte en la fórmula más eficaz para acabar siendo el juguete roto, el corazón desgarrado, el apéndice de alguien que tampoco se ama suficiente como para no necesitar sucedáneos pero que ha decidido llevar el mando en la relación.

En realidad, esto de amar va al revés. Primero te amas y luego dejas de buscar porque ya tienes, porque ya te notas digno sin aparentar ni demostrar ni tener la necesidad de ser aceptado por nadie… Porque descubres que ya está en ti lo que llevas mil años  buscando y todo lo que has encontrado hasta ahora no era más que el espejo de tu dolor y tu incapacidad de darte cuenta de que ya eres un ser entero que merece lo mejor… Que te guiabas por el mapa que lleva a la cárcel segura de la dependencia, de la soledad interior más absoluta que no es más que la soledad de sentirse separado de uno mismo estando rodeado de personas que te hacen sentir invisible, irrelevante, insignificante…

A veces no he sabido cómo se ama porque me enseñaron a vivir amores a medias esperando que una sonrisa me corroborara que merecía sonrisas, que un beso me confirmara que merecía besos, que una mirada me transmitiera que era digna de miradas… 

No es fácil amarse a uno mismo en un mundo de ruido constante donde todos los mensajes que podemos escuchar hablan de subir a podios, demostrar lo que somos y ser más joven cada día para que los que te rodean que también luchan contra el tiempo te acepten y no te rechacen. Vivimos en un mundo de seres rechazados por ellos mismos que juegan a fingir que no lloran cuando están solos porque temen demostrar que a veces no soportan su vida, porque suplican no sentir nada y se alienan de ellos mimos, porque huyen de sus fantasmas en lugar de abrirles la puerta y cerrar heridas.

Vivimos pendientes del marcador cuando los que realmente viven en paz son aquellos que han decidido dejar de jugar a parecer y han aprendido a merecerse, a sentir, a notar lo que la vida les cuenta y a mirarse al espejo para descubrir que ahí afuera no hay nada a lo que agarrarse.

No sabemos amar porque no nos amamos y a veces, sé que es duro reconocerlo, no buscamos compañeros de viaje sino muletas, barandillas, puntos de apoyo para poder recordar lo que somos sin salir corriendo… Y no es que sea perverso sujetarse a otro en algunos tramos del camino, lo que realmente es perverso es olvidar que nosotros somos nuestro gran sustento…

Es maravilloso amar sin medida, siempre que ese amor intenso e incondicional empiece por uno mismo.

A veces cuando amas, cuando te amas de verdad, sencillamente lo que te rodea da un vuelco. Entonces, descubres la pasión por todo lo que te llega y se cruza en tu camino, por cada brizna de vida que encuentras a tu paso.

No sabemos amar porque no sabemos amarnos. Porque nadie nos explicó que esto no va de encontrar la luz en otros esperando que eso nos ayude a escoger el camino correcto, sino de encender la propia luz y compartirla. Porque lo único que hay al otro lado de esa pared eres tú mismo… Tú eres la pared. Tú siempre has sido la pared.

 

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Ante el espejo


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Lo reconozco. Durante muchos años mi autoestima estuvo floja, por no decir rota y casi sin aire. Me avergonzaba de mí y de todo lo que salía de mí para el mundo… Nada era suficiente. Nada era hermoso, ni sencillo, ni fluía… Todo parecía ser enormemente pesado, complicado, triste… Vivir en mí era un ejercicio agotador y extenuante. Todo dolía demasiado como para quedarse… Incluso indagar en mí para descubrir mi verdad… Cuando vemos dolor en el mundo siempre estamos contemplando nuestro dolor, en realidad. 

Hubo un tiempo en que no hice nada por superarlo. Me limitaba a ir por la vida al final de la cola y resignarme no quedarme con nada porque sentía que nada me tocaba a mí, que no me pertenecía un pedazo de eso que todos codiciaban. En mi lucha había algo parecido a la paz, se llamaba resignación… Es terrible lo sé pero para el que nada bueno espera, decidir dejar de esperar es un bálsamo. Y no está mal dejar de esperar de otros, siempre que sepas que mereces lo mejor siempre, pero yo lo ignoraba. 

Así crecí y fui acumulando tiempo y una sensación de sueño permanente por dejar hacer sin esperanza, sin ilusión… Vivía dormida suplicando que nada ni nadie me despertara porque siempre que pasaba era para recibir mofa o burla. Ser el foco de atención era un castigo, por eso me escondía. 

No sé cómo, seguramente porque durante ese tiempo acumulé tanta ira y rabia dentro que o salían por mi boca o explotaban en mi estómago… Y decidía empezar a usar las palabras.

Estaba tan harta de tragar asco y dolor que empecé a defenderme del mundo… Y decidí darle una lección. Durante años viví bajo la premisa «Ahora os vais a enterar». Y me dediqué a mostrarme siempre perfecta, siempre queriendo más para obtener aplauso y ser aceptada… Decidir que te vean y juzguen es un castigo también si lo que piensan los demás te importa demasiado y hace que lo que piensas tú de ti mismo no te importe.  

Durante aquellos años, muchas personas se acercaron a mí con cariño, pero yo no supe recibirlo porque la imagen de persona fuerte, atenta, siempre alerta, siempre eficaz, era falsa… Y cuando venían a mí para darme un abrazo, yo no sentía que abrazaran a esa persona que parecía que era sino a la niña dormida del final de la fila que nada bueno espera… Era como si creyera que al besar a la princesa descubrirían que en realidad era un sapo. 

Cuando alguien me declaraba su amor, yo era incapaz de comprender qué veía en mí, qué amaba, porque yo veía todavía a la niña cansada y nunca hermosa y , en el fondo, pensaba que se reía de mí…

Y de la niña cansada de no despertar, pasé a la mujer rota y agotada por estar siempre alerta, siempre vigilando, intentando controlar al mundo para que nada fallara, para ser perfecta, para ganarse en derecho de ser como los demás acumulando méritos. Me sentía exhausta, me arrastraba buscando fuerzas para seguir. Lo leí todo, lo cursé todo, me tomé todas las vitaminas que hay en el mercado para subir los peldaños de mi día a día con un poco de energía… De nada servía porque la escalera que subía iba hacia fuera y la que necesitaba empezar a recorrer iba hacia mí. 

Las críticas me desgarraban el alma. Nunca nada era suficiente. Siempre necesitaba ser mejor, parecer mejor, recibir más elogios que siempre sabían a poco o parecía vacíos porque mientras ellos veían a alguien valioso yo me sentía miserable.

Tenía tanto miedo de que todos volvieran a verme como yo me veía… Era como llevar siempre una máscara que me asfixiaba. Si quería respirar podía quitármela pero entonces tenía que asumir el alto precio de ser vista y observada. A menudo pagamos altos peajes por no decidir ser nosotros mismos. Por no asumir y aceptar y soltar la necesidad de ser perfectos o ser como los demás quieren que seamos (o como pensamos que quieren que seamos). La máscara es cómoda pero te obliga a vivir a medias, a respirar a medias, a estar en una sombra constante.

Doy gracias al dolor. Siempre hubo dolor, emocional y físico, mucho. Y una vez resultó insoportable. Era como si mi propia mirada se hubiera transformado en cuchillo y me desgajara de arriba abajo. Era eso, yo hiriéndome a mi misma a través del mundo. Yo mirando al mundo con recelo porque pensaba que el mundo me miraba así a mí. Yo peleándome contra el mundo y haciéndome daño en un ataque de ira… Volviendo mis garras hacia mí… Odiando al mundo y descubriendo que odiar al mundo es odiarse a uno mismo… Porque en realidad en nuestro inconsciente cuando alguien nos critica sabemos que esa crítica nos duele porque le damos veracidad, porque usamos las palabras de esa persona para decirnos lo que sentimos y todavía tenemos que curar en nosotros… Yo miraba al espejo y lo rompía en mil pedazos esperando que cambiara el reflejo y con eso sólo conseguía miles de pequeños espejos reflejando lo mismo. 

Y entonces sucumbí y me partí en pedazos. Y me di cuenta de que para pegarlos y coserme no iba a servirme la estrategia del miedo al mundo, la de la lucha constante, la de pasarme los días y las noches en vigilia, controlando qué piensa el mundo de mí…

Llegó el momento de decidir si me elegía a mí o al mundo… Y doy gracias de nuevo por un momento de lucidez en el que me arranqué la máscara y vomité todo mi dolor en las páginas de los libros…

Y pasado el tiempo, a medida que he ido quitándome capas de miedo y de necesidades inventadas, me he dado cuenta de que aquel día no escogía entre el mundo y yo, porque son lo mismo… Porque el mundo es lo que tú eres, lo que imaginas que es, porque en el fondo lo dibujas tú…

Elegí en realidad entre el amor y el miedo… Entre seguir mirando con odio o comprender desde el amor. Entre esperar que cambie el mundo o cambiar yo…

Entre mirar hacia afuera o mirar hacia dentro.

Y miré en mí y vi que el mundo y yo éramos una copia exacta. Y la compasión para verlo, me llevó al amor…

Empecé a mirarme de otro modo y sin demora el mundo me pareció un lugar donde había espacio para la belleza.

Y cuando alguien se me acercaba con amor, veía su amor y sentía el mío.

Lo que recibía del mundo era una copia de lo que yo me daba a mí misma, que es al fin y al cabo, lo que le daba a él…

Nadie nos puede hacer daño si nosotros no estamos dispuestos a hacérnoslo primero. No hay ofensa que te invada el alma si no se lo permites.

Lo que damos a otros nos lo damos a nosotros mismos… Nos pasamos media vida intentando coser el roto en otro cuando en realidad la herida está en nosotros. Vemos el reflejo, cuando en realidad proyectamos nuestras inseguridades y flaquezas… No vemos nada que no llevemos dentro, aunque sea en forma de temor. Cuando vemos al otro capaz de herirnos es porque entre nuestros miedos está que nos hiera, porque en el fondo, nos estamos hiriendo nosotros mismos… 

Nos asaltan los prejuicios y destierran de nosotros un mundo de posibilidades que se abre cada día cuando nos cruzamos con otras miradas… Esperamos dolor y recibimos dolor, buscamos refutar en el otro la imagen que tenemos de nosotros mismos… Debemos dejar de culpar y de intentar curar al espejo de nuestro dolor y empezar a comprendernos y aceptarnos a nosotros mismos. 

Vemos en el mundo nuestra propia desconfianza.

Y el reflejo nunca decepciona… 

Pido perdón por todos los arañazos que he infligido a otros durante el camino mientras en realidad me arañaba a mí.


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Pase lo que pase


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Foto : Mercè Roura

Te escribo a ti, porque todavía no te has dado cuenta de que las flores te esperan y los pasos por dar también. A ti que caminas sin pensar que caminas y hueles sin notar el olor, ni la sustancia, ni la verdad que subyace en cada pequeño pedazo de tu vida.

Te escribo a ti porque, en el fondo, me escribo a mí.  Porque sin hablarte de lo que siento, no puedo sentirlo y sin compartir mi verdad no puedo llamarla por ese nombre… Porque un día me perdí entre las rocas y no veía el mar, pero siempre estuvo. Porque he tenido tanto miedo de tener miedo que dejé de notarme las manos y empecé a culpar a la vida de lo que realmente me hacía yo… Porque me inventé unas normas rígidas para meterme en vereda y cada vez que no cumplía me castigaba con desamor… Y construí una vida a golpe de pensamientos amargos e insistía en probarlos una y otra vez esperando que el resultado fuera dulce, sin querer darme cuenta de que era imposible que de aquellas ideas gastadas y oscuras saliera nada capaz de brillar.

Te escribo para que te consientas salir del redil y pintar más allá de la línea que te han trazado, que te has trazado… Para que te permitas caer sin reprocharte y te des cuenta de que todo tiene sentido y nada es casual… Te escribo a ti porque así me lo recuerdo para no volver a ese mundo en el que todo era sombra y parecía estar contra mí, cuando no era más que yo.

Te escribo a ti porque ya eres perfecto y lo ignoras. Y vas por ahí buscando retos que no te apasionan para demostrar al mundo que vales la pena, para demostrarte a ti que eres digno, que mereces lo que deseas… Porque te sientes mezquino y desgajado de algo grande, de algo hermoso y no quieres ni soñar volver a ti.

Te escribo para dejes de hacer listas de objetivos estériles y empieces por tenerte como norte a ti mismo… Porque si consigues perdonarte y aceptar todas tus fibras y debilidades maravillosas, no habrá camino que no goces, ni sueño que no alcances, no habrá meta que se te resista a llegar… No habrá metas, habrá vida. Pedazos de vida cubiertos de la satisfacción de estar en ti, sin que nada te pese ni te rompa.

Te escribo a ti porque quiero que sepas que nada te va a romper si no te dejas, que no hay nada ahí a fuera que perturbe tu sueño si estás en ti. Te digo esto después de mil noches sin tregua apostada en mi alma, haciendo guardia por si desfallecía, vigilante y agotada por querer llegar, por querer ser, por querer parecer, por querer demostrar… Te digo esto porque no supe dejar de controlar al mundo ni soltar a tiempo y me quedé sin sustancia durante un siglo y sólo puede volver después de renunciar al control.

Te escrito a ti porque sé que puedes, que para ti hay un cielo de tardes sin prisa, de mañanas repletas de entusiasmo, de momentos perdidos mirando los pequeños detalles que hacen que la vida sea vida… Y que son ganados a un tiempo que pasa, sin apenas darse cuenta.

Te escribo porque para contarte que antes de salir de mi lado absurdo tuve que borrar mis necesidades inventadas y darme cuenta de que no era libre porque así lo había elegido… Porque había diseñado para mí una vida de tormentos y culpas y había decidido firmemente no amar lo que era ni aceptar nada de lo que sucedía… Porque era esclava de mis circunstancias y esperaba que el mundo me trajera la salvación que yo me negaba a darme… Porque busqué mi salvavidas ahí a fuera cuando lo llevaba dentro para no ahogarme en un mar que yo había decidido que era hostil cuando en realidad sólo era mi reflejo….

Te escribo a ti porque te esperan mil puertas cerradas y sólo tienes que abrirlas y decidir que estás. No necesitas ganar ninguna partida, ni librar ninguna batalla… No hace falta que te cuelgues medallas ni rompas ningún techo, ni camines por ningún abismo… Haz lo que quieras, lo que sientas que te hace feliz, lo que nunca has hecho porque no te atrevías y te queda pendiente, haz lo que nunca te cansa… Y jamás estarás cansado de nada.

Ama ahora esta decisión de estar, de sentir, de dejar de pensar si debes o no, de dejar de planear si encaja o no encaja, de dejar de creer que puedes o no puedes.

Te escribo porque ahora sé que no entendía nada, que me buscaba coartadas para herirme y razones para no seguir… Que miraba lo hermoso y veía el dolor, que juzgaba sin parar para no dejar de juzgarme, que buscaba la perfección para encontrar un amor que siempre me había negado. Te escribo a ti porque ahora noto que no necesito entender nada, tan sólo sentir y amar, saber que pase lo que pase estaré aquí conmigo.

Te escribo a ti porque he encontrado un rincón donde nada es tan complicado, donde no se exige nada, donde se respira sin ansia y baila sin prisa… Un lugar donde no hace falta ir con nada más que ganas de existir plenamente y soltar el dolor acumulado por no haber sabido antes que acumularlo no valía la pena… Un lugar donde soltar la culpa de no haberse dado cuenta de que no había culpa, en realidad.

No está escondido, ha estado a la vista siempre, sólo hacía falta mirar con esos ojos desnudos de rabia por no saber mirar, con los ojos del que ya no necesita parecer, con los ojos amar al mar sea como sea porque ya es como debe siempre.

Te escribo a ti por si has decidido que estarás en paz pase lo que pase. Que así sea…