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La historia de un amor pequeño y ridículo


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No sé si me quisiste, pero no me importa.

Me acuerdo de que la primera vez que te vi pensé que eras mi imposible. Ahora sin embargo, tu imposible soy yo. No porque yo me eleve por encima del suelo o sepa más que tú de nada, sino porque ya no necesito parches para tapar mis fugas de pánico ni para llenar mis vacíos de amor. Ya no busco salvavidas… Te quise, pero creo que no te amé. Tan sólo soñaba con que alguien como tú se volviera loco con alguien como yo. Tan sólo creía necesitar que me desearas para poder desearme, que me vieras hermosa para poder verme hermosa y decirle al mundo que alguien como tú se había fijado en alguien como yo… Para gritar a pleno pulmón que si tú me veías, había dejado de ser invisible, que si tú me buscabas era digna de aparecer… Como llevar ante sus ojos un distintivo que dijera que por fin había entrado en la categoría de personas maravillosas.

Jugaste con mis sueños y con mi dolor. Deshojaste la margarita por mí mientras yo te permití que me hicieras esperar para ver si era lo que necesitabas… Me metiste en la nevera a esperar un turno que nunca llegaba… Te dejé llevarme en el bolsillo mientras bailabas con princesas de cuento y les tomabas el pelo diciéndoles que eran únicas. Llegué a pensar que cambiarías por mí porque yo nunca pertenecí a tu mundo. Que yo era lo que buscabas para darte cuenta de lo perdido que habías estado jugando con muñecas que no era muñecas… Llegué a pensar que tus palabras de amor eran sinceras y no huecas… Menuda osadía pensar que iba a cambiarte cuando no era ni capaz de mirar en mí y reconocer porque soportaba aquel dolor de tenerte a medias… Porque yo me sentía a medias.

Llegué a necesitar que me vieras para verme y que me sintieras para sentirme. Y ahora, un siglo después, me he dado cuenta. Nunca te amé pero quise que me amaras. Quería verme a través de tus ojos y llevarte prendido en mí para que todos supieran que yo podía… Quería amarme gracias a tu amor, respetarme gracias a tu respeto, sentirme plena cuando tú consideraras que yo te merecía. Yo también fui egoísta, ahora lo veo…

No me lo contaba así, por supuesto. Yo estaba convencida de que eras mi gran amor y que yo era el tuyo. Nunca pensé que yo jugaba a ser digna a través de ti y que tú… Tú sólo jugabas, como juegas siempre porque tanta supuesta perfección te aburre y la rutina te arranca las alas. Y siempre dices que vas a portarte bien pero nunca lo dices en serio ni hace falta.

No supe que te usaba para sentirme valorada, para dibujarme otro yo nuevo y más aceptable. No supe que te veía como si billete de ida al mundo de los que consiguen lo que sueñan… Aunque en realidad es un billete hacia un pozo sin fondo en el que nunca se llega a nada porque supone dejar tu voluntad y despojarte de tu consciencia.

No podemos vernos a través de los ojos de nadie, sólo a través de los nuestros. No podemos amarnos por persona interpuesta ni esperar que la valoración de nadie nos lleve a amarnos a nosotros mismos como merecemos. No hay nada ahí afuera que pueda llenar el vacío de un corazón que no se ama, que no se siente, que no se considera… Nada que cure la herida de no amarse a uno mismo más que uno mismo…

No te buscaba a ti, me buscaba a mí misma en tu mirada. Quería amarme porque tú vieras en mí algo que yo no veía.

Por suerte, fracasamos. Por suerte, la vida, te apartó de mí y me dejó con mi corazón de gruyere roto y deshilachado… Y tuve que coserme yo misma y remendarme porque me di cuenta de que es la única forma. Por suerte no te tuve porque de haberte tenido me hubiera perdido a mí y no sé si hubiera podido encontrarme nunca.

Eso lo veo ahora, cuando me miro y pienso que ni siquiera me sentía bien a tu lado ni quería besos o caricias. Tan solo deseaba que los desearas y ya está. Lo sé, yo también jugué sin saberlo y me dejé enredar en una telaraña de la que solo se sale con vida sin decides dejar de ser la presa.

No te amé, tan sólo quise que me amaras para contarle al mundo que alguien como tú había posado sus ojos en alguien como yo… Ahora que ya me miro yo misma y me noto las esquinas, ahora que me acepto y me siento capaz, no necesito príncipes ni cuentos de hadas… No busco medallas ni tengo nada que demostrar…

No te amé, sólo soñaba con ser la persona que era amada por ti, pero no era real. La real soy yo, ésta de ahora que no necesita sucedáneos de cariño ni milongas absurdas ni frases huecas, porque ya se ama. Ésta que no busca nuevos decorados porque está cómoda en su vida… Ésta que prefiere bailar sola a esperar que nadie le pida que baile y se ha pedido toda la pista…

No sé si me amaste ni que fuera un poco, pero no me importa… Porque yo no te amé nunca, tan sólo intenté amarme a mí misma a través de ti.

Y esto sólo es un recuerdo de la historia de un amor pequeño y ridículo entre alguien que necesitaba aprender a amarse y alguien que no sabía amar a nadie que no fuera él mismo… Ni siquiera fue amor, fue casi casi… Aunque como siempre, no me arrepiento de nada.

Gracias por leerme. Espero que te sea útil para seguir en este camino apasionante y complicado. La verdad es que no es fácil conocerse, respetarse y amarse a uno mismo como merecemos… A mí me ha costado mucho, mucho. 

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Esa extraña obsesión por cambiar el mundo


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Reconócelo, quieres cambiar el mundo. No solamente quieres cambiarlo sino que quieres que todas y cada una de las criaturas que habitan en él sean distintas a como ahora son. Quieres que todo sea mejor, más limpio, más justo, más digno… Quieres salvarlo de él mismo porque se pierde, se gasta, se rompe, está a punto de estallar… Lo sé porque eso que sientes lo he sentido yo durante años hasta llegar a la necesidad de cambiarlo todo y darle la vuelta porque lo que veía me parecía desvastador…

Te comprendo, sé que tus intenciones son buenas pero tengo que decirte algo difícil, algo que a mí me costó mucho aceptar y asumir… No vas a cambiar nada. No puedes controlar nada de lo que pasa ahí afuera. Ni las personas, ni las situaciones, ni siquiera a las plantas y las piedras. Ni eso. Intenta cambiar de lugar una planta y verás como con sus hojas siempre a buscar el sol. Intenta ponerle diques al mar y verás como un día de estos lo inunda todo. Y con las personas pasa lo mismo. Intenta hacer que alguien cambie y si lo hace para complacerte, observa como se harta al poco tiempo o como se consume. Mira cómo estalla o como desaparece. ¿A qué precio logras retener un gorrión en una jaula?

Sin embargo, quiero ir más allá… Queremos cambiar el mundo, pero ¿Cómo? es decir ¿Cómo crees que debería ser? ¿Quién decide hacia dónde va ese cambio? ¿Qué modelo de mundo queremos? Mejor todavía ¿Qué modelo de mundo necesitamos? ¿Quién participa en la decisión? ¿Lo hacemos por sufragio? Cuando decimos que queremos un mundo más justo, ¿Quién decide lo que es más justo o menos justo? ¿Y si al faltarnos mucha información nos equivocamos y acabamos cometiendo una injusticia mayor? al fin y al cabo, no sabemos nada y siempre somos subjetivos… ¿Cómo podemos saber que lo que deseamos que sea distinto será mejor? está todo tan conectado, activas un botón y explota un mundo, tiras una ficha de dominó y cae un imperio…

No sabemos nada. A veces, somos como el mono que sacó al pez del agua para que no se ahogara o como el que le pidió al cerdo que volara y al águila que se quedara quieta en tierra… ¿Y si vemos al gusano y no comprendemos que todavía no le toca ser mariposa y se lo estamos exigiendo ahora? Cada cosa, cada persona vive su proceso… ¿De verdad queremos que los demás sean distintos a como son ahora? ¿No es eso un acto egoísta? ¿Qué pasaría si otros nos lo hicieran a nosotros porque pensaran que nos estamos viviendo como deberíamos?

Eso es lo que hacemos un poco todos, pretender que los demás vivan como nosotros pretendemos, según nuestras inquietudes, nuestras normas y nuestra forma de ver la vida. Y  cuando no responden como creemos que deberían, nos frustramos y enfadamos, pero son libres y pueden vivir como quieran, incluso si eso les aleja de nosotros.

Ya lo sé, hay cosas que pasan y son terribles, pero ¿Cómo saber si al mover una pieza estamos abonando otra jugada más peligrosa? Y no me refiero a ir por la vida sin hacer nada cuando veamos algo que nos duele, por supuesto. No hablo de permitir que otros sufran o si está en nuestra mano evitar una injusticia.  Me refiero sobre todo a algo que hacemos cada día, juzgar. Vemos al que engaña y no sabemos que fue hijo del engaño, vemos al pobre y decidimos que es porque no trabaja suficiente o no se esfuerza, vemos al rico y pensamos que su dinero no puede ser fruto de nada bueno… Nos mofamos del bajo y del alto, del que gordo y del flaco… Nos reímos del que no llega, del que tiene alguna discapacidad como si eso le hiciera inferior a nosotros cuando es un ser humano igualmente útil… Le exigimos al que llora que ría porque no podemos soportar su tristeza, ya que nos recuerda la que llevamos almacenada dentro y no dejamos salir ni nos sabemos reconocer… Vemos al que está feliz y le envidiamos la dicha y a veces incluso deseamos que le dure poco porque no creemos merecerla nosotros y no confiamos en alcanzarla y nos duele ver que él sí la tiene…

¿A ellos también les cambiamos? ¿Para que sean cómo? ¿Cómo nosotros? Les juzgamos y luego pedimos piedad para que no nos juzguen, queremos que sean comprensivos y compasivos con nosotros cuando nosotros no lo somos con ellos ni con nosotros mismos…

Porque si nos perdonáramos por haber fallado no nos molestaría el fallo ajeno. Si no perdonáramos por no ser perfectos, no nos perturbaría que otros fueran por la vida igualmente imperfectos, pero eso no hiciera que se sintieran mal por ello. Si creyéramos que somos dignos de lo mejor, no nos molestaría que otros tuvieran lo mejor. Si confiáramos en merecer riqueza y abundancia, no nos haría tanto daño que otros fueran ricos y abundantes… Si nos sintiéramos dignos de amor y nos enamoráramos de nosotros mismos, no mendigaríamos nunca el cariño.

No aceptamos lo que somos y no podemos aceptar a los demás. Miramos al espejo que es este mundo en que vivimos y lo golpeamos con saña para romperlo y condenarlo porque refleja lo que creemos ser, porque en él vemos reflejado nuestro dolor, nuestra impotencia, nuestra frustración y esa enorme sensación de injusticia y vulnerabilidad que nos ahora y recorta las alas. Miramos al mundo y todo lo que hay en él a través de nuestras creencias más limitantes, de nuestros recuerdos más amargos… Vemos el mundo a través de nuestro pasado y suplicamos que cambie porque no podemos soportar el terrible dolor de no cambiar nosotros…

El único cambio posible está dentro de nosotros. La única forma de cambiar el mundo es amarlo, aceptarlo como es y mirarlo de igual a igual con toda la compasión que nos sea posible… Por ello, hace tiempo decidí dejar en paz a los demás y centrarme en mí que tengo mucho pendiente por reconocer y aceptar.

Soltar la necesidad de controlar que la vida sea como creemos que debe y abrazar otras posibilidades. Aprender a caminar por la cuerda floja y sentirnos seguros. Dejar de buscar ahí afuera lo que sólo nosotros podemos darnos a nosotros mismos… Ese amor incondicional que no depende de lo que te pasa, ni de los kilos que pesas, ni del dinero que tienes en el bolsillo. Mirar al espejo del mundo y ver que el dolor que hay en él está en ti. Que tú no engañas a otros pero te engañas a ti. Que no robas pero te robas. Que no rompes ilusiones de otros pero recortas las tuyas… Que juzgas sin saber y sin haber sentido lo que otros sienten. Volver a mirar desde la inocencia y creer en ti.

Entonces, el que ríe te contagia. El que llora sabe que estás ahí y no le pides que ría. El pobre sabe que ves su riqueza interior. El rico sabe que te alegras de su riqueza porque eso es la demostración empírica de que tú también puedes conseguirlo… Y también te das cuenta de que toda la belleza que ves, es la belleza que hay en ti.

Y te miras y aceptas. Y ves al mundo y todo lo que vive en él y hay muchas cosas que no te gustan pero no te arañan igual que antes, además sabes que si está en tu mano harás lo posible para cambiarlas pero desde el amor a lo que es… Desde el amor a ti mismo. Transformando tus pensamientos, viviendo tus emocione pendientes, actuando desde la coherencia… Justo en ese momento, todo cambia porque cambias tú. Porque inspiras. Porque eres la respuesta que buscabas y el ejemplo que necesitas. Porque esperabas que alguien abriera el camino y te das cuenta de que esa persona eras tú. Porque ni siquiera hace falta cambiar sino tomar consciencia de quién eres y reconocerte a ti mismo y a tu valor.

Porque la verdadera transformación está en la forma como percibes el mundo y sobre todo como te ves a ti mismo.  Miras al mundo como te ves a ti. Si cambias la forma en que te miras, cambiarás al forma de ver todo lo que te rodea.

¿De verdad quieres cambiar el mundo o es sólo una excusa para evitar cambiar tú?

No somos salvadores de nada ni de nadie… Con un poco de ganas y trabajo, podemos conseguir mirar en nuestro interior y acabar reconociéndonos, aceptándonos y siendo coherentes con nosotros mismos, ese es el gran cambio que necesita en mundo, personas coherentes…

 

Gracias por leerme. Espero que te sea útil para seguir en este camino apasionante y complicado. La verdad es que no es fácil conocerse, respetarse y amarse a uno mismo como merecemos… A mí me ha costado mucho, mucho. 

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Gracias siempre por estar…


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Y tú ¿cómo te miras?


Hay miradas que dejas que te calen y te quiten poder… No porque lo tengan sino porque se lo das y permites que te cuenten historias sobre ti que no son de verdad, que no son tu verdad… Historias que nada tienen que ver con tu esencia y tu capacidad enorme para compartir lo que eres con el mundo. Historias de miedo y fracaso. Historias de incapacidad y de falta de valor…
Te hablo de esas miradas que te dicen “no puedes” o ¿cómo te va a pasar eso a ti? o “no te lo mereces”. ¿Sabes a qué miradas me refiero verdad? Las has notado muchas veces en la nuca mientras subes una escalera ante alguien e inmediatamente te falla el pie al subir el escalón. Las has notado directamente, clavándose en tus ojos, cuando recibes un reconocimiento y en los ojos de alguien se dibuja un gesto de dolor, de desaprobación, de «no entiendo como eso lo recibes tú y no yo». Puede que esa mirada de «nunca llegarás» y «me decepcionas siempre» se la hayas visto a tu madre o tu padre desde que eras un niño o en tus compañeros… Es una mirada se te queda incrustada dentro, muy dentro, y que parece no se borra con con nada.

Hay muchas miradas así y todas ellas están ahí para contarnos algo de nosotros, porque para que surtan efecto tienen que pasar antes un filtro, tiene que recibir nuestro visto bueno y nos las tenemos que creer. A nadie le ofende que otro le mire con desprecio si él mismo no se siente despreciable. Para que lo que otro piensa de ti te duela, tienes que dejar que cale en ti y creértelo. Que conste que eso no significa que esa persona no sea responsable de sus actos y de su mirada de desprecio, naturalmente, pero eso forma parte de sus tareas pendientes no de las nuestras. No podemos hacer nada para cambiarlo ni evitarlo y eso nos desgastaría y nos desviaría de nuestro camino.
Hay muchas miradas así… Entre todas ellas, la tuya es la más terrible. Cuando te miras y te rompes y desarmas a ti mismo. La mirada de quién lucha por llegar a la cima pero se percibe a sí misma como una persona completamente incapaz… Qué cruel es mirarse así, exigiéndose lo máximo y creyéndose sólo capaz de lo mínimo… Yo he sentido esa mirada pegada a mí toda la vida, es un cobertizo oscuro y sin entradas de aire, una mazmorra sin llave, sin más llave que la voluntad de querer salir pero otra vez no verse capaz… 

Me he sentido mil veces avergonzada de mí misma, ridícula, cansada de intentar llegar a una nota mínima que no sé quién otorga, pero que para otros parece más fácil de conseguir que para mí… Me he sentido invisible, minúscula, como si me rodeara un halo de mediocridad que me impedía llegar a donde otros llegan y alcanzar lo que alcanzan… Como si dentro de mí hubiera algo maravilloso que necesitara compartir pero no fuera posible porque no fuera a tener la oportunidad o nadie se atreviera a asomarse dentro.  Me he sentido vulnerable y desamparada mientras temía que vieran mi propia desnudez, mi temor a no llegar a un mínimo para entrar en su mundo y conseguir lo que ellos tienen casi sin tener que demostrar nada… Me he sentido rota por no poder romper ese perímetro de niebla que me circunda y aparta del mundo donde pasan las cosas que yo quiero que me pasen. Como si fuera una Alicia que transita por un País de las Maravillas donde nunca escoge la poción correcta y nunca consigue encajar en la escena que siguiente…
He descubierto que la paz y el equilibrio no consisten como nos han vendido en acabar convenciéndose a uno mismo de que podemos con todo y que somos capaces de todo… La paz llega cuando te amas y te descubres capaz de lo maravilloso, pero no te presionas para conseguir nada ni demostrar nada.  Llega cuando vives este momento, lo notas y percibes lo que surge de él. Sin más. Cuando te dejas llevar por lo que eres sin pensar en lo produces o haces para que otros se fijen en ti, te acepten y aprueben. Entonces, todo lo que haces se impregna de una especie de magia que no es más que confianza y fe en ti y en lo que sabes que puedes compartir con los demás… Tu talento y tus dones no están ahí para que demuestres nada o recibas aplauso. Están para ser compartidos y vividos como un inmenso regalo.

Mientras nos deshacemos por hacer no somos lo que realmente somos. Mientras no sacrificamos para que nos vean nos convertimos en seres invisibles… Todo lo que damos para recibir amor se convierte en desprecio porque en ese acto hay una consideración previa de desaprobación a uno mismo… La de creer que debe esforzarse para ser amado y dar para recibir algo a cambio y no por el puro acto de compartir…

Si crees que necesitas que te reconozcan para reconocerte a ti mismo, estás cediendo tu poder y entrando en una espiral de la que sólo se sale amándote y mirándote con respeto a ti mismo. Esa es la llave de la mazmorra y, lo sé, cuesta de encontrar… Si todo lo que haces es para que te consideren es que en el fondo sientes que no eres digno de consideración sólo por existir. Es como regatear tu valor a la espera de que alguien lo compre… Como esperar a que otros te digan que vales para decidir que así es. Y nunca sirve de nada porque aunque medio mundo te hablara de tu valor, si tú no lo sientes, no serías capaz de verlo.

La única mirada de desprecio que puede hacer que te sientas despreciable de verdad es la tuya. Todas las demás están ahí para que te des cuenta de que las has dado por buenas porque han recibido tu aprobación y te las has creído.

Hay quién te mira y en lugar de despreciarte te pone en un altar y te exige tanto que acaba consiguiendo lo contrario porque espera mucho de ti. Y tú compras esa idea y te fundes con ella y te acabas sometiendo a un rutina escandalosamente rígida y tremendamente insoportable. En este caso, quién decide que esa mirada es válida también eres tú.

Lo sé, no es fácil. Muchas veces te pasa esto cuando eres niño o niña y no tienes herramientas para poder superarlo todavía.
Entre la mirada del “no vales nada” y  la de “puedes con todo” está esa mirada de amor inmenso e incondicional por ti y por la vida que te dice “Eres un ser maravilloso por descubrir todavía. No te desgastes intentando demostrar, parecer o conseguir un resultado. Sé ahora tú y explora la vida, existe y haz lo que sientes que debes, comparte lo que eres con ganas”.

No hay cima que escalar, hay un camino interior que andar y mucho dolor por liberar. Hay miedo, mucho miedo, un miedo que siempre va a estar ahí y debes convivir con él, no pasa nada. Necesitas empezar de nuevo contigo y para ello tienes que mirarte con ojos nuevos… Con esa mirada que te observa y por su forma de calarte te dice que eres capaz de lo más grande y te empodera, te llena de vida, pero no te exige ni te pide que te rompas y sacrifiques por nada… Tú mirada… La mirada de alguien que ama lo que es y ya no busca nada que no tenga… No hay mirada que impacte tanto en tu vida como la tuya propia… 

Esa es la única mirada que puede cambiar tu vida. La única que te da la fuerza para seguir y saber cuándo parar y volver a empezar… La que te permitirá aceptar lo que pueda parecer inaceptable y vivir lo que duele, la que te tenderá la mano para levantarte y te dirá que no pasa nada a cada error porque era absolutamente necesario. La mirada de un amor incondicional que no espera de ti más que comprendas que todo pasa… Que no necesitas subir más montañas ni arañarte las manos con las espinas de las rosas que quieres coger porque son hermosas pero claven espinas demasiado profundas… La mirada de alguien que te dice basta de intentar deslumbrar al mundo para que te acepte… Brilla para ti y comparte lo que eres.

Gracias por compartir este camino conmigo y dejarte acompañar por mis palabras.

Aceptarse a uno mismo es una de las tareas más complicadas que he vivido. Por ello, grabé una guía que puedes ver aquí de forma gratuita

Guía práctica para aprender a aceptarte 

Espero que te sea útil.

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Amarse a pesar del dolor


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Hoy quiero hablar de dolor físico. Es algo que me ha acompañado gran parte de mi vida, no recuerdo casi desde cuándo pero siempre que echo la vista atrás allí está. Se me ocurren pocos compañeros más fieles que un dolor crónico… Tan puntual, tan insistente, tan presente, tan incondicional… Las personas que no viven ese tipo de dolor no saben cómo actuar ante las que sí lo habitan, porque llega un momento en el que el dolor te habita y tú habitas en él y no sabes dónde empiezas ni dónde acabas.

El dolor va muy acompañado de rabia, no sé si porque esa es una de mis emociones más habituales o porque va pareja a él. Lo que no sé, la verdad, es si primero llega al dolor y luego la rabia o va al revés. Esa sensación de injusticia, de impotencia, esa ira acumulada con ganas de salir al mundo a gritarle “basta, no puedo más, no me merezco esto”. Ese llanto sordo de súplica para que pare, para pedir una tregua aunque sea corta y recordar quién eras sin dolor, sin quejidos ni lamentos…  Sin sentirse atado a esa imposibilidad de sentir paz o alegrarse o de sentirse dueño de tu cuerpo o de tu risa, de tus horarios o de tus ganas… Amarrada a algo que te estorba y denigra o eso crees.

Siempre he creído que el dolor y la rabia caminan juntos o al menos comparten gran parte del camino. Hay personas que almacenan mucha rabia y no lo saben. Para los que siempre hemos sido de soltar exabruptos y  de enfado habitual como yo es fácil darse cuenta, pero hay personas que acumulan mucha rabia y no se han dado cuenta. Parecen en calma y dentro de ellas hay un mar bravo y tormentoso suplicando salir y desbordarse. Viven una tormenta interior que no consiguen desatar y van por la vida contenidas y sin sosiego. El dolor va ligado a las emociones, en general, a pesar de ser físico y necesitar todo un arsenal médico para calmarlo muy a menudo.

El cuerpo es el mapa del alma. Una especie de pergamino donde podemos ver apuntadas y significadas todas nuestras batallas, miedos, rencores y emociones almacenadas esperando ser sentidas. Mi rabia se queda obstruida en la garganta y mi culpa en la parte superior de la espalda… Y cuando todo va muy mal, una manaza enorme me presiona el estómago y me dice barbaridades para que haga algo que no sé qué es y acabe de una vez por todas con mi sufrimiento.

A menudo nos sentimos tan culpables por no ser como creemos que deberíamos que materializamos esa culpa a cada paso y eso encuentra caminos en nosotros para tomar forma y decirnos que ya no podemos seguir así. Eso no significa que seamos culpables de nada… Esta es la parte importante de este mensaje.

Quiero que se me entienda, el dolor es algo físico, pero a parte de tratarnos con lo que nuestros médicos decidan que es mejor, necesita que nosotros también usemos un antídoto para poder sobrellevarlo. Un trabajo que podemos hacer solos o acompañados, pero que tiene que ver con nosotros mismos y que hace que los tratamientos médicos se optimicen… Y es el amor. Cuando más duele es cuanto más hay que amarse.

El otro día alguien me preguntó en una conferencia cómo amarse a uno mismo. Y la verdad es que me quedé un momento callada antes de proponerle algunos ejercicios que yo pensaba que serían de ayuda y hacerle alguna reflexión sobre esos pequeños actos diarios que nos permiten tratarnos mejor y que son muy necesarios. Sin embargo, me di cuenta de algo al responder… A veces, es muy difícil amarse porque no te conoces, no te respetas y no sabes cómo, al menos para ti mismo, para otros resulta más fácil… Y eso no se puede imponer. Descubrir que no te amas y decidir amarte sin saber cómo puede ser otra carga pesada más que añadir a las muchas que llevamos encima.

Muy a menudo, empezamos un proceso de autoconocimiento destinado a conocernos para incrementar nuestra autoestima y acaba convirtiéndose en una carrera más para obtener resultados. Y eso es todo lo contrario a lo que pretendemos. Amarse es no exigirse más de la cuenta, permitirse ser, permitirse el error, permitirse soltar lastre, permitirse incluso no amarse suficiente por hoy porque no sabes cómo o no puedes más… Es comprender que cada uno tiene un camino.

Culparse por no amarse es amarse todavía menos. La autoestima no es una carrera, es un camino de compasión y paz. Muchos han convertido el pensamiento positivo en una dictadura en la que, con un buen fin, acabamos pervirtiendo los medios y haciendo que no merezca la pena… Te animan a conocerte y confiar en ti para optimizar tus resultados,  cuando el amor a uno mismo es en sí la gran finalidad, la paz de sentir que te respetas y aceptas y a partir de ahí construir sin urgencias. Si sólo te amas cuando llegas a la cima, ese amor de no es de verdad… Si sólo te amas cuando otros te aplauden y reconocen, no te amas como mereces… 

Si sólo te amas cuando estás sano, no te estás respetando como mereces y, por tanto, no te amas de forma incondicional. 

El mundo debería dejar de perseguir sus sueños y empezar a vivir en paz consigo mismo y los sueños llegarían poco a poco. Algunos aparecerían de repente y otros no llegarían nunca y nos daríamos cuenta de que da igual, porque en realidad lo único que necesitamos es ser coherentes con nosotros mismos. El verdadero sueño es vivir de forma coherente. 

Amarse no es el medio para conseguir nada, es el fin. Mientras sólo esperas aceptarte y amarte para obtener algo a cambio ese proceso de autoestima es un fake, una amago de amor exactamente igual que el que usamos cuando tenemos una pareja y dependemos de ella para ser felices, aunque estar con ella no nos llene ni nos haga sentir bien.

Si ahora no te amas, no te agobies, sencillamente date cuenta, toma consciencia, comprende que todavía no te amas y acéptalo. Es un gran paso, un salto enorme hacia tu amor, un salto que hacen las personas que están a punto de amarse… Y no te culpes por no ser capaz (o no sentirte capaz todavía) no pasa nada, tienes tu ritmo y tienes derecho a no poder ahora hasta que descubres que puedes… Basta de exigencias y listones altos, basta de dogmas para perseguir sueños e insuflar confianzas de pacotilla que no surgen de tu gran verdad interior…

Vuelvo al dolor. Porque mientras escribo esto sigue existiendo. Y lo sé, lo tengo claro, no nos gusta, no nos hace bien, no lo merecemos, pero está… Sigue ahí y hay que aceptarlo como todo en la vida y empezar a ver cómo hacer que se pase, se calme, se vaya…

He llegado a la conclusión de que todo en la vida es un aprendizaje, aunque sea terrible, lo sé. Y hay mil cosas que no podemos evitar, a veces, el dolor es una de ellas… Pero podemos aprender a vivirlo mientras no llega la solución, sin pensar que es un castigo por nada (no merecemos castigos) ni sintiéndonos culpables por él. Yo me he sentido culpable a veces porque mi dolor no me ha permitido dar el máximo como yo quería o pensaba que esta sociedad me reclamaba… Y eso duele también, muy dentro, y no ayuda a tomar las riendas y sentirse digno a pesar de todo.

Somos seres dignos de lo mejor con o sin dolor. No tenemos que pasarnos la vida justificándonos por no llegar, no estar en forma y perfectos, por no poder ir o ser siempre la excepción porque algo nos duele o ya no nos duele pero no queremos tentar a la suerte…

El dolor es duro,  pero te invita a escucharte y mimarte, a quedarte contigo y reconocer tu grandeza a pesar de todo, a darte cuenta de que tienes que ponerte como prioridad en tu vida y pensar en ti y ver que no es egoísmo sino amor puro… El dolor es una oportunidad terrible para reencontrarte y descubrir que has estado evitándote y no has contado contigo, con lo que deseas, con lo que disfrutas, con lo que amas… No es culpa tuya que esté pero puedes vivirlo desde el máximo respeto a ti mismo… Tomando tus decisiones, sintiendo de una vez por todas que mereces lo mejor, parando para vivir, aprovechando para darte cuenta de que no te habías dado cuenta…

Lo sé, el dolor es a veces insoportable y nos queremos marchar de nosotros mismos. Incluso entonces, seguimos siendo seres humanos que merecen amor, todo el amor, el amor más grande posible, el nuestro…
¿Por qué comos a veces tan compasivos con los demás cuando sufren y tan poco con nosotros mismos?

Si te duele no te culpes, no te sientas mal por ir al revés, por no parecer, por no llegar, por necesitar parar y desconectar de todo menos de ti… No te excuses ni justifiques ante nadie, quédate contigo y decide amarte… Sin prisas, a tu ritmo, sin que eso de amarte se convierta también en una meta angustiosa sino en un camino por descubrir… Si te duele, no te maltrates y te sientas en evidencia por tu dolor, eso es una carga más que no necesitas y que te lastra para seguir adelante y encontrar tu paz… 

Permítete parar para sentir y suelta esa culpa inventada por no ser como el resto de personas que ahora van por la vida sin dolor… Esto ya es bastante complicado, no te añadas más trabas en el camino.

 

Gracias por estar ahí siempre y compartir este camino. Siempre que escribo espero que a alguien le sea útil compartir este proceso complicado y apasionante. Sin prisas ni fórmulas mágicas, sin agobios ni marcas que cumplir… 

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Sufrir para nada…


No quiero mentir, no sé nada…

Escribo porque a veces es la única forma que encuentro de poner negro sobre blanco lo que me asusta tanto que necesito desmitificarlo y ponerle nombre para que se haga pequeño y accesible… Lo que me duele tanto que casi no me atrevo a comprender ni sentir.

A veces creo que he dado un paso de gigante y miro atrás para reconocer sólo la distancia de una pulga. Otras veces creo que apenas he hecho nada pero veo como el mundo que me rodea es distinto.

Me dijeron hace mil años que si me esforzaba y ponía empeño todo llegaría, pero no es cierto… O al menos no lo es en mi mundo, no sé en otros mundos… Hay cosas que no son, no pasan, no llegan a ver la luz o se rompen cuando llevan unos segundos de vida… Eso pasa cada día. La vida se empeña en ponerte una y otra vez en la casilla de salida y conviertes el hecho de llegar a tu meta en una cruzada personal que deja de tener el sentido que le dabas para perderlo del todo.

A veces, luchamos sin tregua para conseguir algo que pensamos que nos hará libres y por el camino nos esclavizamos nosotros mismos intentando conseguirlo…  

Nada que tenga que liberarnos en el futuro debería atarnos ahora, tal vez porque no hay nada que vaya a liberarnos salvo nosotros mismos.

Me contaron que si me preocupaba era una persona responsable, que estaba haciendo algo para solucionar los problemas… Que los que no se preocupan no son personas como deben y los demás les juzgan y les señalan con el dedo… Y me he preocupado por todo y no ha funcionado y cuando ha funcionado he llegado a la solución destrozada y muy agotada física y emocionalmente… Tanto que no he podido disfrutar del nada…

Sufrimos tanto… Almacenamos sufrimiento como si por ello alguien fuera a tener piedad de nosotros y nos fuera a conceder un deseo o dar un regalo. Y nunca me ha pasado, nunca he recibido nada bueno a cambio de sufrimiento, al contrario. 

Sin embargo, sí que vi recompensa en amarse y tratarse bien… El amor que te das siempre siembra cosas buenas porque justo en el momento en que te lo das ya es maravilloso y eso hace que siempre valga la pena… 

Perdemos el sentido cuando dejamos de intentarlo para vivirlo y empezamos a intentarlo para ganar, para figurar, para demostrar, para decir que lo hicimos… Yo misma me he pasado días culpándome por no ser capaz de soltar mi culpa…

Como esos viajes en los que paras cinco minutos en un lugar para hacer la foto de rigor y luego la contemplas pasado el tiempo y te sientes incapaz de recordar qué sentías porque no sentiste nada… Sólo te hiciste la foto para decirle al mundo que estuviste.

No sé dónde está el equilibrio. Dónde seguir deja de tener sentido para convertirse en una trampa, en una telaraña en la que te quedas prendido porque te empeñaste en ir más allá y no ver lo que ya habías conseguido. Y no es la meta, ni el sueño, es el ánimo y la actitud con que lo haces…

Nada de lo que hacemos sufriendo nos lleva a nada. Y si llegamos, estamos rotos y no somos capaces de apreciar la maravilla de lo que hemos conseguido.

No sé dónde está el límite.  Dónde se debe parar cuando ves que no consigues lo que deseas y eso te lleva tanta energía que no te permite notar la vida. No sé cuál es el momento en el que lo que sueñas te priva de lo que vives y lo que no tienes te hace olvidar y no apreciar lo ya está en tu vida… No sé cuándo de debe parar, tal vez cuando empieza a doler, cuando no compensa, cuando lo que te te apasiona te hace perder la pasión por ti mismo y empiezas a verte a través de los ojos del que no llega y no del que está siendo capaz de andar el camino.

La verdad es que me dijeron que si me esforzaba lo conseguiría pero nadie me contó cómo dejar de esforzarme y aceptar que no es, que no pasa, que no llega… Y hacerlo de forma que no me caiga encima una losa inmensa ni se me hipotequen otros sueños, ni acabe pensando que hay algo en mí que no funciona…

Nos deberían decir que vayamos a por todo pero que no pasa nada si no llegamos, si no lo conseguimos. Que hay momentos para llegar y otros momentos para quedarse corto, para calmarse y amar el silencio que te invade cuando descubres que va a ser que no y no pasa nada. La paz del que sabe que es merecedor de todo sin tener que demostrar nada… La calma del que es capaz de darse cuenta de que no necesita sueños para levantarse cada mañana porque se tiene a sí mismo pero sigue teniendo muchos porque los merece… La maravillosa sensación de soltar y dejar de sentir que hay algo pendiente y sentirse pleno sin tener que andar por la vida coronando cimas, ganando medallas y buscando lámparas maravillosas…

No hay nada de que avergonzarse por perder, por no llegar, por quedarse a medias, porque te rechacen y te digan que ya no te aman, porque te echen de un trabajo, por estar en una clase y que nadie te escoja para hacer un ejercicio por parejas… (esto último me pasaba siempre cuando era niña y me provocaba un gran dolor y mucho miedo). Lo único que nos aleja de seguir adelante es la culpa por pensar que no hemos dado lo mejor, por pensar que no somos suficiente o no merecemos… La culpa nos devora la nuca mientras intentamos levantarnos para volverlo a intentar y nos dice que de eso que buscamos para nosotros no hay…

Y la única forma de quitarse la culpa por no alcanzar lo soñado es decidir que pase lo que pase vamos a amarnos y respetarnos, vamos a tratarnos con cariño y no nos vamos reprochar nada. Que podremos analizar nuestros fallos o comprender que tal vez lo que queremos conseguir no tocaba ahora, que no era el momento, que nos espera algo mejor incluso… Pero siempre desde el amor, nunca desde el reproche.

Me dijeron que si trabajaba mucho lo conseguiría y no era verdad. Porque nadie me dijo que trabajara con ganas, sin destrozarme, sin exigirme tanto que me rompiera… Nadie me dijo que frenara antes de caer en el abismo de perder el control sobre mí mientras intentaba controlar lo que no depende de mí… Lo que escapa realmente de mi control y capacidad.

No sé nada, la verdad. A veces, no veo la línea hasta que no la he cruzado y veo que he vuelto a ser esclava de eso que venía a liberarme porque no me acuerdo de que lo único que puede hacer que  sea libre soy yo…

¿Cómo? dándome permiso para fallar, para no llegar, para retroceder, para desistir, para decir basta… Sin culpa, sin reproche, sin castigo autoimpuesto ni sobrecarga… 

No hace falta desistir ni resignarse, aceptar no va de eso, va de aprender a amar lo que ya es y enfocarse en lo que es prioritario… No hace falta quedarse sin sueños, sólo darse cuenta de si hacemos el camino soñado sufriendo o gozando y descubrir que sólo vale la pena si durante el intento te hace feliz…

No sé nada, la verdad, pero tengo claro, por dolorosa experiencia, que todo eso sólo conduce a más sufrimiento y nunca te lleva a ninguna cima.

Sufrir no sirve para nada, más que para hartarse de ese sufrir hasta pasar esa frontera en que es tan insoportable que sólo te queda decidir que sea lo que sea lo que te depara el futuro no puede ser peor que el sufrimiento que sientes ahora…

Sufrir ahora no alivia el mañana, al contrario, dibuja un mañana con más sufrimiento… 

Amarte ahora lo cura todo justo ahora… 

A veces, el sufrimiento, a pesar de ser inútil, te suministra el hartazgo necesario para tener la fuerza que buscas para cambiar de camino de una vez por todas…

 

GRACIAS POR LEERME E INICIAR CONMIGO ESTE CAMINO COMPLICADO PERO MARAVILLOSO… 

Gracias por compartir y llevar mis palabras hasta el otro lado del mundo… 

Si quieres continuar con este cambio, te invito a profundizar todavía más…

Manual de autoestima para mujeres guerreras

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Escritora y apasionada de las #palabras

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Amor sin amor


Hace un rato me he releído. Era un post de hace tiempo que hablaba de lo que es el amor. Al menos hablaba de lo que era el amor para mí por aquel entonces. Algo que no tiene nada que ver con lo que yo siento que es el amor ahora. Me he perdido en mis palabras y he sentido la angustia de vivir el amor sin amor. Vivir el amor como algo pendiente, como algo que intentas alcanzar y siempre se escapa… Como algo que te deja vacío porque nunca llega. Como una meta a la cuál llegar después de competir o hacer que otra persona se dé cuenta de que hay algo hermoso en ti, de que vales la pena, de que entre toda la maraña de caras y voces escoja la tuya… Es imposible amar así y salir indemne. Es imposible amar con el retrovisor puesto por si te pillan siendo imperfecto y te retiran el cariño, el arrumaco, el roce… Es imposible que el amor que busca la perfección sea amor… 

Por aquel entonces, yo amaba con miedo. Cuando se ama con miedo no se ama, se quiere, se desea, se busca. El amor verdadero es el que sale de dentro. El amor que se siente y se expande. El amor que encuentra a otro ser humano y no le pide que sea de otra forma ni que se ajuste a una horma ni encaje en un molde establecido… El amor no surge de la necesidad de sentirse valorado por otro, ni de que otro ser humano te diga lo que tú no te dices… El amor no es que otro vea en ti lo que no ves. Es hacer el camino para verlo y luego compartirlo, extenderlo, vivirlo y contagiar amor…

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No hay amor suficiente en el mundo para llenar un corazón que no se ama a sí mismo. Por mil veces que te digan lo hermosa que eres no servirán de nada si eres incapaz de sentirte hermosa… Por más que te cuenten lo mucho que vales, nunca sentirás tu valor si no te atreves a hurgar en ti y sondear tus rincones más oscuros.

Nos asusta tanto ver la basura que llevamos acumulada en la mochila, las creencias absurdas, los errores acumulados, los miedos enquistados… Y sin mirar esa oscuridad es imposible ver la luz y amarse. Y vamos por la vida buscando a alguien que nos hable  con el cariño con el que nosotros no nos hablamos, que nos cuente quiénes somos, que nos diga lo que creemos que necesitamos oír… Buscamos una amor a medida que chille tan alto lo maravillosos que somos para que no podamos oír nuestra voz interior que pide a gritos que paremos para vaciar el equipaje porque ya no puede más… Buscamos a alguien que nos haga olvidar lo mucho que nos odiamos y detestamos en realidad, el miedo que nos da mirar en nuestro interior y reconocer que nos asusta estar solos y tener que enfrentarnos a nosotros mismos… Buscamos un amarre en cualquier puerto porque nos asusta demasiado seguir a mar abierto y no controlar el rumbo porque somos incapaces de llevar el timón… Porque no confiamos en nuestra capacidad, porque no conocemos nuestras fortalezas, porque no amamos nuestras debilidades ni rarezas… Eso es amor sin amor. Amor con miedo. Un sucedáneo de amor con el que arrastrarse durante cinco minutos o diez años esperando que una ola gigante te arrastre.

No hay nadie ahí afuera que nos vaya a hacer olvidar lo que tenemos pendiente de solucionar dentro de nosotros. Y si lo encontramos, será un parche que acabará recordándonos todavía más el trabajo pendiente… Cada día en su cara habrá un gesto de desaprobación directamente proporcional al desamor que sentimos por nosotros mismos al sentirnos incapaces de cerrar heridas y aprender lecciones.

Buscamos amor donde sólo podemos encontrar desesperación, necesidad, dependencia. Nos ponemos la máscara para que nos amen más y mejor y luego pedimos que nos amen como si no la lleváramos puesta, como si fuéramos auténticos.

Yo vivía el amor como un salvavidas que me evitara entrar en mí, hurgar en mí y vivir mis miedos pendientes y mi angustia acumulada… Necesitaba olvidar lo mucho que me disgustaba a mí misma, lo poco que me aceptaba… Yo vivía el amor con desesperación porque creía necesitar que otro me diera la autoestima y la confianza que yo era capaz de construir para mí… Pensaba que si alguien me amaba de verdad todo iba a solucionarse… Que debía ser perfecta y sería amada… Que el amor llegaría como consecuencia de hacer lo que debía y encontrar mi mejor versión… Pensaba que el amor el otras personas iba a salvarme de mí misma…

El amor siempre es el principio de todo lo bueno y lo hermoso que nos espera cuando lo descubres en ti… El amor es la causa. El amor es el camino. El amor es en antídoto… Pero el amor verdadero, el amor real, el amor que surge en ti para ti y que es tan intenso y gigante que te permite compartir con todos… El amor que no espera nada porque lo es todo. El amor que no necesita porque trae consigo una maravillosa paz…

Para poder amarnos tenemos que sumergirnos en nosotros mismos y ser capaces de hacer lo que hace un siglo que postergamos, mirar lo que nunca nos hemos atrevido a mirar y sentir aquello de lo que hemos estado huyendo siempre…

Sentir nuestro miedo más intenso y perdernos en él para poder observarlo y darnos cuenta de que estamos justo donde necesitábamos de verdad estar… Desnudos ante la vida, vulnerables y a pesar de todo… Maravillosos. Esa es tu grandeza, comprender que sigues siendo tú en el peor momento, vivirlo desde la paz, sentir que lo eres todo incluso cuando no te queda nada… Y en ese momento, surge el amor.

Yo también viví el amor como si fuera un bálsamo precioso que iba a cambiar mi vida… Y era cierto, es verdad, por eso pasé siglos buscándolo ahí afuera, hasta que al atreverme a soltar el equipaje y vivir el miedo y el dolor pendientes me di cuenta de que ya estaba en mí…

Y justo desde ahí, es cuando se ama a otros de verdad, sin dependencia, sin miedo, sin chantaje, sin necesidad… Sin esperar que nadie cambie por nosotros, sin esperar cambiar para nadie más allá de la transformación necesaria que queremos obrar en nosotros mismos…

No hay amor ahí afuera comparable al amor que podemos encontrar en nosotros y compartir. En realidad, no hay amor sin ese amor.

 

En mi último libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras” cuento como aprendí a amarme. Échale un vistazo aquí.


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Carta de amor a mi miedo


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Me he pasado la vida intentando vencerte. Eres tan duro de pelar, tanto como yo, compañero, y eso, créeme, son palabras mayores.

Nos hemos pasado años juntos, no creo que nadie haya sido para mí tan inseparable. Te has metido en mi cama, en mi cabeza, en mi sopa, en mi cuenta bancaria, en mis historias de amor… Estabas a mi lado cuando iba al cole y me sentía tan distinta que mi diferencia se hacía insoportable, el día en que traje a mi hija al mundo, el día en que me di cuenta de que los seres queridos se mueren y se van, cuando me despidieron de uno de mis trabajos y cuando empecé en uno nuevo… Todas y cada una de las veces que he entrado en un quirófano con la intención de salir viva de él … Y cuando miro al futuro y me aíslo de mi presente, de este momento que ahora se esfuma y pasa, como si cayera por un desagüe porque no lo vivo mientras me susurras que no es perfecto porque todavía me falta algo, porque todavía no soy algo que tal vez debería dejar de desear ser.

Creo que nuestra relación es estable y sólida, una de las más sólidas de toda mi vida. Sé que estás ahí para mí esperando que me disuelva en tus brazos, que me deje llevar por tu beso cálido y te deje contarme esas historias al oído cuando estoy cansada y la vida me ha dicho que hoy tampoco. Sé que puedo confiar en ti. Que cuando me acueste agotada, vas a sacudirme las sienes y alojarte en mis costillas flotantes un rato, que me vas a comprimir el estómago y harás eso que haces que es de traca… Esos tambores en el pecho sin tocan sin cesar que acaban por hacer que el corazón se acelere y me vuelva casi loca por arrancarme la piel que quema y escuece, por salir de mí para encontrar un poco de paz…

Eres mi novio más fiel, mi amante más apasionado. Te he eludido tantas veces… Cuando era niña, me dejé llevar por ti, me solté a tu baile y guiaste mis pasos cada día. Llegué a creer que eras yo, que yo era tú, que mi mente era tu mente, que no había en mí una sola célula feliz y en paz y que yo era solo un amasijo de átomos asustados que se movían tocando una canción triste, muy triste.

¿Sabes? no te conocía en realidad porque te confundía conmigo y con mi forma de ser. No me atrevía a nada que no te pareciera bien, porque no quería que pusieras en marcha esa voz que me anunciaba catástrofes y momentos de ridículo atroces. Eso era en lo que más me apretabas, en que era ridícula e infeliz. Lo hiciste bien, así me sentía, eres muy eficaz.

Durante años pensé que estabas ahí para protegerme y recordarme lo poco afortunada que era. Pensé que esas canciones de desamor que me cantabas eran para que me resignara y me quedara quieta sin intentar, para que no me hiciera ilusiones, para que no me frustrara. Me ha costado mucho comprerderlo, amor, mi miedo inmenso a la vida, mi compañero fiel, pero ahora entiendo que no venías a pedirme que me pusiera la venda sino que me curara la herida… Que la dejara sin tapar al sol y la mirara sin esperar más que a descubrir que no soy esa brecha en mi piel ni el mi corazón, que no soy tú ni todos los pensamientos que has orquestado para que despertara a la vida, a la vida sin ti…

Llegué a pensar que eras el final, pero eres el principio. Creía que estabas conmigo para lastimarme y estás para sacudirme el polvo, el asco, la pereza, la angustia… Te evité cuanto pude porque eras tan grande que dolías, hasta los huesos, hasta las fibras que no conozco que hay en mí… Estabas en cada crujido, en cada vómito, en cada lamento, en cada instante de paz fingida para soportarte, en cada risa contenida, en cada viaje a mí misma que jamás tenía intención de acabar…

Pensaba que existías para que te sorteara y eludiera, para que corriera ante ti y tú te pasaras toda la vida persiguiéndome. Y resulta que ahora te persigo yo para comprenderme, para poder aceptarme y encontrar mi mapa. Porque para salir de ti primero necesito sumergirme y notarte, sentir tu latido y entender cuál es tu mensaje, de dónde viene, qué me cuenta de mí y de todo aquello en lo que creo y me está frenando la vida… Y luego podré soltarte. Podré dejarte marchar, decirte adiós con un abrazo cargado de gratitud por el gran trabajo hecho conmigo estos años… Por todo lo que aprendí de ti mientras eras yo y habitabas mi cuerpo, mi esencia, mi mente.

Podré mirarte sin perderme en ti, sin ser tú, sin comprar tus mantras ni meterme entre tus sábanas, sin beberme tus filtros rancios y creerme tus cuentos tristes. Podré verte a distancia y comprender que no soy mi miedo más intenso y rotundo, que no soy mi resignación, ni mi lucha, ni mi sensación de injusticia eterna, ni mi rabia acumulada a golpe de soportarte y creer que no puedo hacer nada para arrancarte de mí.

Podré escoger vivir a través de ti o a través de mí.

Podré soltarte como un globo lleno de helio que se escapa porque no está lleno de lo mismo que estoy yo.  Aunque antes quiero darte gracias por el excelente trabajo que has hecho conmigo, meciéndome en tus fauces terribles y besando mi frente cada noche para asegurarte de que soñaría una de esas pesadillas que tenías preparadas para mí para que pudiera comprender que me hacía daño, que no me amaba, que no sabía que tenía que revisar mis creencias…

Gracias por tanto golpe en la nuca y sacudida en el estómago, por los tambores del pecho y las rodillas dobladas sin poderme mover… Gracias, mi miedo, por ser tan insistente y pedirme día tras día que te escuche para que sepa que no soy tú, para que diga no a lo que me cuentas y encuentre mi libertad.

Gracias por la paz de descubrir que siempre fui yo y no tú cada día la que escogí llevarte a mi lado y obedeciste sin rechistar para que llegara un día en que me diera cuenta de que no te necesito.

Gracias porque contigo a mi lado siempre me he dado cuenta de que para cambiar mi destino sólo tenía que amarme y aceptarme, ser yo y ejercer de mí sin ti… Dejar de temer las miradas ajenas sobre mi superlativa imperfección porque sólo eran un reflejo de las miradas crueles que yo me dedicaba a cada día de mi vida… Gracias porque ahora tengo claro que el único camino posible para vivir en paz es el amor a mí misma, sin condiciones ni chantajes, un amor real y sólido que no se escurre ni desvanece según la ropa que llevo, los kilos de más, las miradas que percibo y las circunstancias que me rodean.

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Esta soy yo a pesar de todo y para todo lo que venga… Imperfecta, ansiosa, cansada pero cada día más de mi parte, más entera, más serena, más sólida

No es un adiós, amor, es un canto de tolerancia y respeto, un sé que estás pero no compro, un sé que lo haces para protegerme pero no lo necesito, un gracias pero no voy a preocuparme… Un mirarte a distancia y sentirte sin dejarme someter.

Queda mucho camino, lo sé, nos vemos por aquí,  pero ya no seremos amantes, seremos viejos conocidos que se reconocen y deciden que ya no comen juntos. Seguramente bailaremos alguna noche hasta la madrugada, pero ten por seguro que al llegar el día, yo estaré de mi parte y tú tendrás que aceptar que no me quede con tus historias melodramáticas…

Gracias por mostrarme lo que nunca fui y recordarme lo mucho que queda por explorar… 

Al final, no tenía que vencerte, sólo abrazarte, aceptarte y comprender que no somos lo mismo.

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