merceroura

la rebelión de las palabras


1 comentario

Dedícate un tiempo a ti


fashion-601557_640

No esperes a perder esos kilos de más para quererte, amiga,  porque eres maravillosa hoy, ahora… No necesitas perder peso para gustar a nadie, necesitas perder el miedo a mirarte y ver como realmente eres… Eres perfecta con tus fortalezas y debilidades. Y mientras, te das cuenta de ello, te mimas, te cuidas, comes saludable y vas a paso ligero. Haces lo que te mereces de una vez por todas y te tratas bien. Dejas de mirarte a través de la horma de otros que no saben ni qué vives ni qué deseas. 

Y dejas ya de torturarte de una vez por todas por no entrar en ese pantalón y de culparte por no llenar según qué camiseta. No te culpes porque te falte, porque no te falta nada, eres plena tal y como eres. Eres increíble ¿No te das cuenta?  ¿Necesitas que otra persona te lo diga? Ya lo sé, es agradable que te reconozcan el trabajo y te miren bonito, que admiren tu belleza y  que te digan lo profesional que eres… Aunque, seamos sinceras, amiga, no dependes ya de las palabras de otros porque te reconoces a ti misma. Tú ya has pasado por mil montañas rusas y te has caído mil veces y aquí estás, de pie, dispuesta, con ganas y sin ellas, porque estás cansada a veces, pero no importa… No eres tu cansancio, eres tu fortaleza. No eres tu miedo, eres tu valentía… No eres tu corazón roto, eres tu capacidad de amar.  Eres mil cosas dormidas en ti que todavía no has descubierto porque no te permites verlas, porque te asusta que no gusten o no satisfagan a otros. Eres ese poder que está en ti latente, esperando a que descanses lo suficiente de tus miedos para despertar  y mostrar al mundo que puede ser puro brillo. 

Dedícate un tiempo para poder darte cuenta de que no te falta nada. Que no tienes que forzarte ni medirte, que lo que realmente eres es inconmensurable. 

No esperes a amarte cuando él te mire, mírate tú y date el único like que realmente necesitas para seguir adelante, el tuyo,, el que lo cambia todo, el que marca la diferencia. Sólo necesitas verte como realmente eres. Ver que cada una de tus pecas está colocada en tu piel como las estrellas lo están en el cielo, y que cada una de tus cicatrices es extraordinaria porque contiene una historia que habla de un miedo superado. Que tu lado malo en las fotos es el que te trae más risa y más dulzura, que lo que esconderías de ti es lo que más te acerca a otras personas y te hace realmente entrañable. Que cuando sueltas ese temor a ser vulnerable y a sentirte indefensa, te conviertes en una persona extraordinariamente fuerte.

Escucha tus lágrimas, tus recuerdos… Escucha tu cuerpo y tus ganas de parar y recalcular. Escucha tus necesidades y tus deseos. Escucha tu silencio cargado de mensajes para ti. 

Dedícate un tiempo para darte cuenta de que mereces todo el amor. 

No, amiga, no necesitas saberlo todo ni tener mil medallas, no eres tus títulos, eres tus ganas de aprender y salir adelante. Todas y cada una de las veces que te has dado cuenta de que ya eres grande y no necesitas demostrarlo ni aparentarlo. No busques la aprobación de los demás para hacer lo que sientes y sueñas, apruébate tú.

No esperes a que el suelo no se tambalee para sentirte segura. Sujétate en ti y en nada más. No importa que camines por la cuerda foja porque tú eres firme… No necesitas los mejores zapatos, sólo marcar tu paso y permitirte saltar, bailar y caminar en paz.

No esperes a ocupar un mejor puesto o a cobrar más para valorarte porque ya mereces lo que deseas. Porque tu valor no tiene precio y tu talento no se mide, ni se etiqueta. Sencillamente se nota, se expande, se contagia.

No esperes a aceptarte y amarte como mereces mañana. No esperes a no cometer errores, ni a superar tus retos ni batir tus marcas. No esperes a nada ni a nadie que te siga que sí y te abra ninguna puerta. Eres tú quién las abre cuando te observas sin reproches y dejas de culparte.

Dedícate un tiempo para darte cuenta de que tienes que tratarte mejor a ti misma. 

Sé tu cielo. Sé tu suelo firme y sé la fuerza en la que agarras para caminar este día de hoy. Sé la suerte que buscas. Sé la respuesta que a veces pareces no encontrar en el mundo. Sé la alegría que a veces parece que te falta y que está escondida en esa angustia que sientes cuando no te ves ni te cuidas…  Sé la fuerza y el impulso que estás esperando conseguir en cada esquina y que en realidad está en ti a su vez esperando a que te des cuenta.

Sé también tu miedo, tu desánimo, tu cansancio, tu rabia… Sé tu lluvia y tu sol. Tu frustración inmensa cuando es que no y tu inocencia por seguir intentándolo. Sé tu tristeza, tu soledad, tu dolor de cabeza, tu tarde interminable deseando regresar a casa y esconderte del mundo. Sé tus ganas de no ver nadie y tus ganas de encontrar a alguien que te quiera ver. Sé tus debilidades maravillosas y tus deliciosas fortalezas.  Sé todo lo que eres sin avergonzarte porque mirarlo de frente es lo que te va a ayudar a cambiar. No pasa nada. Son perfectos para conocerte y comprender de una vez por todas que absolutamente todo eres tú y es maravilloso. Que todo lo que te apremia a huir de ti es en realidad lo que te va a llevar a quererte sin medida y de forma incondicional. 

Dedícate un tiempo para darte cuenta de que sólo necesitas cambiar la forma en que te ves. 

No esperes a dejar de estar triste, enfadada, ocupada o cansada para amarte porque esa tristeza, ese enfado, eses tiempo que pareces no tener y ese cansancio son la muestra más evidente de que lo que necesitas es tu amor. ahora mismo. 

No esperes a sentir que eres mejor para amarte como mereces porque ese día nunca llegará y estás desperdiciando los días sin conocer la maravillosa persona que eres… Vives una vida sin ti esperando a ser otra para amarte cuando precisamente no amar lo que ahora eres es lo que te impide transformarte.  

No esperes a alcanzar ninguna meta para reconocer tu valor porque la única meta a la que necesitas realmente llegar es a ti misma. 

Dedícate un tiempo a ti. 

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

Disponible aquí 

amazon llibre merce amazon

Si quieres saber más de mí, te invito a entrar en mi web y conocer lo que hago. Acompaño a personas y organizaciones a desarrollar todo su potencial a través del coaching, el mentoring y la Inteligencia Emocional. 

www.merceroura.es 

Tengo un programa para ti para poder tomar decisiones y salir de bucle en que te encuentras. Un entrenamiento para hacer una transformación duradera en tu vida y ver resultados.

Consulta aquí 


3 comentarios

La tarea pendiente de María


hands-105455_640

Olía a verano aunque faltaban unos días. Sentía dentro esa emoción de cambio, de hacer cosas nuevas, de fulminar esa rutina tan avasalladora que siempre la tenía apelmazada, constreñida, agotada. Se acabó el café de un sorbo apurando como siempre mientras tocaba con el dedo índice el azúcar glass que había quedado en el plato donde le habían servido esos cruasanes diminutos que siempre pedía. Concretamente tres, siempre, ni uno más ni uno menos. Aunque tuviera más apetito o menos, era un ritual. La vida de María estaba repleta de rituales que se repetían…. Fijó sus ojos en Clara y topó con los suyos, siempre juguetones, reía tanto que a penas podía ver en su cara dos rayas verdes y brillantes.

“Vamos a casa, princesa, se hace tarde y tengo que hacer un par de cosas antes de llegar todavía”. Tomó entre sus manos su preciado abrigo verde, le encantaba ese abrigo, por eso lo cuidaba y lo llevaba siempre a la tintorería cuando acababa la temporada de invierno.

De camino a casa, mientras Clara se soltaba de su mano y corría, María iba pensando en lo mucho que tenía por hacer y en lo agotada que ya estaba. Pensaba en trabajo, en lo mucho que detestaba a Laura, su compañera, y en las ganas que tenía de cambiar de empleo y finalmente triunfar. Siempre, siempre pendiente de mejorar en condiciones y sueldo. Siempre siendo la eterna promesa. Antes era la joven promesa, ahora a los treinta y cinco es la promesa firme todavía, pero ya no tan joven. Y con una niña a la que quiere y debe dedicarle tiempo. “Bueno, piensa, no importa, ser madre fue una sabia decisión, no lo cambio por nada”. Lo que la agota realmente no es hacer tantas cosas, es tenerlo todo pendiente, todo en la cabeza, todo planificado… Esa sensación de ser responsable de unas cuantas vidas y saber que si ella no lo hace no lo hace nadie, como si el mundo dejara de girar si ella se parara. Como si no pudiera empezar a vivir hasta que  hubiera terminado todo lo que tiene pendiente, pero eso nunca llegara. Una carga que cada día se hace más y más pesada. 

A dos calles de casa, deja un abrigo en la tintorería, lo tenía pendiente desde que dejó de hacer frío, y colgado en el armario de la entrada parecía que le pedía una y otra vez una limpieza. Clara tira de ella y se pone ante un escaparate lleno de peluches. Pega la nariz al cristal y sus ojos brillan, María la mira con ternura y la apremia porque se hace tarde… “Siempre es tarde, mamá- le dice Clara- nunca podemos pararnos a mirar nada”. Tiene razón, piensa María, siempre va a toda prisa, calculándolo todo para no llegar tarde a no se sabe qué, ni dónde, como si tuviera que hacer algo que no pudiera esperar cinco minutos. Lo que pasa es que está cansada, se dice a sí misma a modo de excusa, tiene ganas de llegar a casa y hacer todo lo pendiente y sentarse un momento para sentir que no tiene que hacer nada, que nada la llama y le exige, que nada ni nadie la requiere… Y eso parece no suceder nunca.

Llega a casa y al entrar contempla su cara en el espejo de la entrada, este mediodía ha ido a la peluquería, pero nadie lo nota porque siempre lleva el mismo peinado, tal vez un poco más corto y con el tinte más intenso, recién puesto. No se gusta, nunca se ha gustado, pero al menos ahora se tolera… Clara la mira desde abajo con su carita redonda y preciosa, ella se queda callada y la mira, como si quisiera capturar con sus pupilas esa cara y retenerla para siempre, como si quisiera conservar la niñez de Clara eternamente y recordar esa tarde el resto de su vida… Todo pasa tan rápido. Clara sonríe y María le acaricia las mejillas y le llena de besos la nariz. “Te quiero, preciosa”, le dice mientras la niña se ríe y le dice que ella también.

La tarde acaba lenta, pero la vida cabalga. Un dibujo de un sol que nace entre las montañas  y una mamá con una niña que sujetan un peluche que ella cuelga en una pizarra de corcho de la cocina. Una cena entre tres hablando de que ya hace calor y hablando de cómo ha ido el día.

La noche llega mirando como Clara se duerme y con la sensación de haberse dejado algo pendiente que mañana se sumará a la larga lista de cosas pendientes en la vida de María que nunca se termina y siempre se acumula.

Siete de la mañana. Suena el despertador. María se levanta y prepara desayunos. No recuerda haberse dejado tantos platos por lavar el día anterior. De hecho, no recuerda haber comprado un par de cosas que están en la nevera. No encuentra a Félix, su gato, normalmente se abalanza sobre ella cuando la oye dar los primeros pasos para pedir que le dé de comer.

Va a preguntar a Nacho que ya se ha levantado y se ha metido en la ducha a toda prisa. Se acerca al baño y a través de la cortina le pregunta dónde está el queso Havarti que tanto le gusta y cuándo ha comprado ese queso bajo en grasa que sabe a plástico. Nacho se muestra sorprendido y responde “mujer, el colesterol, ya lo sabes”. María se queda suspendida mentalmente “¿Colesterol? ¿tienes colesterol ahora?”. Nacho abre la cortina de la ducha y con cara de sorpresa le dice “yo no, lo tienes tú”. María se queda paralizada, la cara de Nacho, no es la cara de Nacho, se le parece, pero es la cara de un hombre mayor. Al menos tiene cincuenta años. Justo en ese momento mira al frente y topa con su cara en el espejo, que tampoco es su cara, es la de una mujer de casi cincuenta años. Las lágrimas se le agolpan en los ojos… Nacho le pregunta qué le pasa. Justo en ese momento, una joven de unos dieciocho años pasa por delante del baño y les dice que tiene prisa, que necesita entrar, que hoy tiene examen y es importante. Es una chica preciosa, con unos ojos verdes y grandes, ya no tiene la cara tan redonda, pero sonríe igual que cuando era niña… Es Clara, su Clara, que también se ha hecho mayor pero a ella los años la han convertido en una mujer preciosa.

A María le cae al suelo la taza que lleva en las manos… Sólo ve a la mujer del espejo. El mismo peinado, el mismo gesto, los mismos miedos y la misma lista de tareas pendientes por terminar para empezar a vivir…

No comprende nada, justo ayer acostó a su niña de cuatro años y le contó cuentos  y le cantó nanas para que durmiera… Ve todavía su carita dulce y nota su tacto suave al darle el beso de buenas noches, puede percibir su olor y su calor en la mejilla… Puede escuchar su risa y sus balbuceos. Nota todavía el cansancio que siempre arrastra en las piernas tras el largo día, y esa sensación de estar de guardia para todo, de no terminar nunca. Se acostó pensando en todo lo que debía hacer y no podía abarcar…  Pensó en Laura, la odiosa Laura, que le hacía la vida imposible, y que al llegar ahora al trabajo recuerda que desde hace diez años trabaja para la competencia… Mientras ella, la joven promesa, promesa firme y ya empezando a ser talento senior (eso le dicen) sigue allí.

A media mañana sale del trabajo y va a esa cafetería donde siempre pide tres diminutos cruasanes. Busca al camarero para preguntarle si la recuerda de ayer. Alberto  ya no está, pero en su lugar hay otro joven parecido a Alberto, igualmente simpático y amable, que le dice que la recuerda de siempre. Que siempre se sienta en la misma mesa y merienda lo mismo, desde que él empezó a trabajar aquí. Que el día que llegó estaba ese chico por el que pregunta, Alberto, que trabaja en un bufete porque era abogado.

María mira las mesas, los clientes, alguno la saluda y otros viven sus vidas ignorando lo cortas que son, los posibles saltos de tiempo que pueden experimentar en ellas, el vacío que ella nota ahora en el estómago… Toca con su dedo índice el plato donde queda un poco de azúcar glass y piensa que tal vez ya no debería tomar cruasanes porque todo apunta a que en este “nuevo ahora” tiene colesterol. Sale a la calle y busca la tienda de peluches, que ya no está, ahora es una panadería donde venden todo tipo de pan. De semillas, de queso, de chocolate, de nueces, de no sabe de cuántos cereales y de cúrcuma, que es lo más de lo más. Se siente triste porque quiere volver atrás, volver a ese ayer que resulta que está muy lejano. Quiere cambiar de idea y dejarlo todo y vivir de nuevo esa tarde.

Mientras busca en su chaqueta el recibo del abrigo para pasar por la tintorería y comprobar si el dueño se acuerda de que justo ayer pasó y era todavía la madre de Clara y tenía treinta y cinco años. Otra vez topa con su cara en uno de los espejos que tiene el local que ayer no estaba ahí y que según parece le sirven al dueño para ver si alguien toca las prendas que tiene colgadas. Se contempla asustada y se toca la cara.  Sigue siendo una mujer de casi cincuenta años, la pesadilla no ha terminado todavía, piensa.

Sí, la recuerda, siempre trae su ropa, desde hace años le dice el dueño. Aunque ayer no trajo un abrigo sino una falda, el abrigo verde del que le habla hace años que no lo trae.

Es imposible, piensa María, es imposible que me haya tragado un pedazo de vida tan grande sin darme cuenta… Es imposible que mi vida haya sido tan idéntica cada día de los últimos catorce o quince años que no me haya percatado de que pasaban las horas, las semanas, los meses… Es imposible que todavía lo tenga todo pendiente en mi larga lista y no haya podido empezar a vivir y notar lo que vivo… Es imposible que en todo este tiempo, ni en un sólo momento, haya podido parar para darme cuenta de que en realidad no vivía.

No regresa al trabajo. Llama a la sustituta de Laura para decirle que no se encuentra bien. Laura 2 (ahora no recuerda su nombre) le dice que no se preocupe, que se cuide, parece que es más agradable que Laura 1.

Se sienta en la mesa de la cocina y recuerda que Félix les dejó hace dos inviernos, estaba ya muy anciano, a pesar de que para ella justo ayer era un gatito juguetón que se acurrucaba a sus pies en la cama. ¡Cuánto echa de menos a Félix, por favor! Se fue mientras ella se tragaba la vida… Llora de pena, gime de asco, siente como la rabia le quema las venas y le acelera el corazón… Nota angustia, dolor, una presión inmensa en el pecho, una sensación bárbara de injusticia insoportable… Tiene miedo a cerrar los ojos esta noche y despertar mañana diez años más tarde, veinte, quizás despertar ya en el último día de su vida. Volver a perderse otros diez años de Clara, o quince, o veinte, o treinta… Perderse su vida entera con todos los besos, los abrazos, los sueños, las horas perdidas paseando y charlando, el sol del verano que ya llega, las primaveras, los otoños… Ver cómo crecen sus plantas, cómo cambian las calles, cómo le crece el pelo sin cortarlo, cómo sabe el turrón en Navidad, cómo hace frío en invierno, cómo saben las lágrimas que ahora caen por sus mejillas… Como pasa la vida. No hacer nada y parar para darse cuenta de que está viva. Se le ha escapado todo de las manos… 

Lo mira todo, lo contempla todo, lo busca todo para que nada se le escape ya… Hasta topar con un dibujo medio oculto en la pizarra de corcho de la cocina. Está medio borrado, es de Clara, de hace años… Un sol que nace entre las montañas y una madre y una hija que pasean de la mano y llevan un peluche en forma de osito feliz.

Si pudiera volver a esa tienda de peluches con esa Clara de cuatro años y pasar un rato de esa tarde casi de verano viendo su carita feliz, jugando, saltando, escogiendo un peluche…. Si pudiera dedicar cinco minutos más a ese café, a ese paseo, cambiar de peinado, preguntarle a Laura 1 por qué la trataba como la trataba y qué le pasaba, tomarse un tiempo para decidir qué desea hacer realmente con su vida… Si pudiera volver  a esa noche y romper la lista de tareas pendientes y sencillamente respirar. Ahora se da cuenta de que en realidad, lo único que tiene pendiente es vivir… No puede permitirse perder otro verano.

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

Disponible aquí 

amazon llibre merce amazon

Si quieres saber más de mí, te invito a entrar en mi web y conocer lo que hago. Acompaño a personas y organizaciones a desarrollar todo su potencial a través del coaching, el mentoring y la Inteligencia Emocional. 

www.merceroura.es 

Tengo un programa para ti para poder tomar decisiones y salir de bucle en que te encuentras.

Consulta aquí

 

 

 


8 comentarios

Amor con efectos secundarios


portrait-3113651_640

Amar a veces nos asusta. Pensamos que nos sujeta, que nos amarra, que nos retiene… Pensamos que amar nos deja prendidos a alguien y nos invade los sentidos sin poder recapacitar. Aunque eso en realidad no es amor, es necesidad. 

Imaginamos que si no somos igualmente amados vamos a sufrir. Que si no recibimos la exacta e igual cantidad de amor que damos vamos a quedar en ridículo y el mundo nos señalará con el dedo y nos pondrá un cartel en la espalda para que todos sepan que no fuimos correspondidos. Como si el amor que no damos pudiera quedar contenido esperando encontrar un destino digno, una sonrisa amable, unos brazos suaves… Como si el amor retenido no se esfumara en angustia, en dudas, en lágrimas y se fuera por el retrete de tu vida una tarde de lluvia sin respuesta ni llamadas. Como si al no encontrar respuesta ese amor que sentimos no hiciera indignos de recibir amor… 

Nos asusta amar porque pensamos que tenemos una cantidad de amor máxima para dar, porque creemos que  nos vamos a quedar vacíos de amor, que vamos a parecer débiles expresando lo que sentimos, que nos van mirar de reojo los que siempre aman a tiro fijo, los que aman por prescripción médica, los que aman por contrato y mirando siempre el reloj…

Pensamos que si no nos conformamos con un amor a medias, nos vamos quedar solos y asumimos vivir de migajas, de limosnas de amor y sucedáneos hasta nos sintamos con derecho a pedir más.

Pensamos que amar es perderse un poco porque no nos amamos a nosotros mismos y no comprendemos que el verdadero amor es ejercitar el propio amor.

Temes amar pero eres una persona fuerte… De esa fortaleza hecha a base de amor, amor de bueno, del que libera tensiones y no mide gestos. Amor del que no mira si es lunes o domingo. Amor que trasnocha para enviar una frase con sentido y descansa sobre el abrazo que hoy todavía no ha dado. Ese amor que compartes vayas a dónde vayas y que nunca se acaba ni se consume porque no nace de la necesidad sino de la paz, porque no te hace esclavo de nada sino libre. Porque no depende de nadie más que de uno mismo. 

Ese amor que te da la fortaleza que eres y que cuando se da se multiplica, se expande, se acurruca en la manta a tus pies, se cuela en la nevera, se mete en todos tus bolsillos y en el cuello de tus camisas, en los botones de tus abrigos, en las servilletas de tu mesa, en el café de todas la mañanas… Es un amor que no te impide dudar, pero te da fuerza para seguir y confiar. Que te hace cuestionar lo que crees que sabes pero nunca lo que realmente eres… Es un amor de salir a la calle y quedarse quieto notando el sol sin tener que decir nada… Un amor de pequeños sorbos, pero de pasión acelerada… Un amor que juega a ponerse tus zapatos y sondear tus penas por si puede levantar el ánimo y besar lágrimas… Un amor de dar la mano y quedarse callado porque no necesita palabras, porque ama y respeta tus silencios. 

Amar así no te hace pequeño sino gigante.

Te invita a amar todavía más y en mil direcciones.

Te hace repetir en voz baja con el corazón en el pecho… Gracias, gracias, gracias.

Amar de verdad nos asusta porque estamos acostumbrados a amar con miedo, amar de reojo esperando la traición, amar de puntillas esperando salir corriendo o ser abandonados, amar de prisa por si hay algo urgente, amar mal porque no nos sentimos dignos…

Nos da miedo ese amor auténtico en el que sigues siendo responsable de tu vida y tus fracasos y alegrías. Un amor en el que el otro no te va a dar nada que no llevaras contigo antes de entregarte a amar y sentir… Un amor en el que aprender que todo lo que no te gusta del mundo también está en ti, por exceso o por defecto… Un amor en el que seguir amándote sin excusas y no esperar que el otro vea nada en ti que tú no eres capaz de ver. Un amor, no un salvavidas, no un sustituto de nada ni de nadie, no un pasatiempo ni una medalla que mostrar colgada del pecho vayas a donde vayas. 

Nos da miedo ese amor que nos invita a amarnos a nosotros mismos porque nos da trabajo y nos pide compromiso, porque nos obliga a mirar dentro, muy dentro y descubrir que llevamos siglos sin amarnos cuanto merecemos ni tratarnos bien a nosotros mismos . Un amor que nos permita darnos cuenta de que en realidad hasta ahora no buscábamos un amor de verdad sino un parche para que no se nos escape la vida por las heridas, que no queríamos curar las causas sino encontrar un remedio que apacigüe el dolor para poder así seguir culpándonos y culpando a otros por nuestras tragedias y así no sentirnos mal al no vivir la vida que soñamos. 

Amar de verdad nos asusta porque estamos habituados a amores ciegos y nos aterra la posibilidad de ver… Porque nos hemos hecho a la idea de vivir con sucedáneos y lo auténtico nos perturba… Porque no estamos acostumbrados a los efectos secundarios del verdadero amor… Compromiso, respeto, paciencia, y mucha, mucha autoestima. 

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

Disponible aquí 

amazon llibre merce amazon

Si quieres saber más de mí, te invito a entrar en mi web y conocer lo que hago. Acompaño a personas y organizaciones a desarrollar todo su potencial a través del coaching, el mentoring y la Inteligencia Emocional. 

www.merceroura.es 

Tengo un programa para ti para poder tomar decisiones y salir de bucle en que te encuentras.

Consulta aquí