merceroura

la rebelión de las palabras


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Ante el espejo


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Lo reconozco. Durante muchos años mi autoestima estuvo floja, por no decir rota y casi sin aire. Me avergonzaba de mí y de todo lo que salía de mí para el mundo… Nada era suficiente. Nada era hermoso, ni sencillo, ni fluía… Todo parecía ser enormemente pesado, complicado, triste… Vivir en mí era un ejercicio agotador y extenuante. Todo dolía demasiado como para quedarse… Incluso indagar en mí para descubrir mi verdad… Cuando vemos dolor en el mundo siempre estamos contemplando nuestro dolor, en realidad. 

Hubo un tiempo en que no hice nada por superarlo. Me limitaba a ir por la vida al final de la cola y resignarme no quedarme con nada porque sentía que nada me tocaba a mí, que no me pertenecía un pedazo de eso que todos codiciaban. En mi lucha había algo parecido a la paz, se llamaba resignación… Es terrible lo sé pero para el que nada bueno espera, decidir dejar de esperar es un bálsamo. Y no está mal dejar de esperar de otros, siempre que sepas que mereces lo mejor siempre, pero yo lo ignoraba. 

Así crecí y fui acumulando tiempo y una sensación de sueño permanente por dejar hacer sin esperanza, sin ilusión… Vivía dormida suplicando que nada ni nadie me despertara porque siempre que pasaba era para recibir mofa o burla. Ser el foco de atención era un castigo, por eso me escondía. 

No sé cómo, seguramente porque durante ese tiempo acumulé tanta ira y rabia dentro que o salían por mi boca o explotaban en mi estómago… Y decidía empezar a usar las palabras.

Estaba tan harta de tragar asco y dolor que empecé a defenderme del mundo… Y decidí darle una lección. Durante años viví bajo la premisa «Ahora os vais a enterar». Y me dediqué a mostrarme siempre perfecta, siempre queriendo más para obtener aplauso y ser aceptada… Decidir que te vean y juzguen es un castigo también si lo que piensan los demás te importa demasiado y hace que lo que piensas tú de ti mismo no te importe.  

Durante aquellos años, muchas personas se acercaron a mí con cariño, pero yo no supe recibirlo porque la imagen de persona fuerte, atenta, siempre alerta, siempre eficaz, era falsa… Y cuando venían a mí para darme un abrazo, yo no sentía que abrazaran a esa persona que parecía que era sino a la niña dormida del final de la fila que nada bueno espera… Era como si creyera que al besar a la princesa descubrirían que en realidad era un sapo. 

Cuando alguien me declaraba su amor, yo era incapaz de comprender qué veía en mí, qué amaba, porque yo veía todavía a la niña cansada y nunca hermosa y , en el fondo, pensaba que se reía de mí…

Y de la niña cansada de no despertar, pasé a la mujer rota y agotada por estar siempre alerta, siempre vigilando, intentando controlar al mundo para que nada fallara, para ser perfecta, para ganarse en derecho de ser como los demás acumulando méritos. Me sentía exhausta, me arrastraba buscando fuerzas para seguir. Lo leí todo, lo cursé todo, me tomé todas las vitaminas que hay en el mercado para subir los peldaños de mi día a día con un poco de energía… De nada servía porque la escalera que subía iba hacia fuera y la que necesitaba empezar a recorrer iba hacia mí. 

Las críticas me desgarraban el alma. Nunca nada era suficiente. Siempre necesitaba ser mejor, parecer mejor, recibir más elogios que siempre sabían a poco o parecía vacíos porque mientras ellos veían a alguien valioso yo me sentía miserable.

Tenía tanto miedo de que todos volvieran a verme como yo me veía… Era como llevar siempre una máscara que me asfixiaba. Si quería respirar podía quitármela pero entonces tenía que asumir el alto precio de ser vista y observada. A menudo pagamos altos peajes por no decidir ser nosotros mismos. Por no asumir y aceptar y soltar la necesidad de ser perfectos o ser como los demás quieren que seamos (o como pensamos que quieren que seamos). La máscara es cómoda pero te obliga a vivir a medias, a respirar a medias, a estar en una sombra constante.

Doy gracias al dolor. Siempre hubo dolor, emocional y físico, mucho. Y una vez resultó insoportable. Era como si mi propia mirada se hubiera transformado en cuchillo y me desgajara de arriba abajo. Era eso, yo hiriéndome a mi misma a través del mundo. Yo mirando al mundo con recelo porque pensaba que el mundo me miraba así a mí. Yo peleándome contra el mundo y haciéndome daño en un ataque de ira… Volviendo mis garras hacia mí… Odiando al mundo y descubriendo que odiar al mundo es odiarse a uno mismo… Porque en realidad en nuestro inconsciente cuando alguien nos critica sabemos que esa crítica nos duele porque le damos veracidad, porque usamos las palabras de esa persona para decirnos lo que sentimos y todavía tenemos que curar en nosotros… Yo miraba al espejo y lo rompía en mil pedazos esperando que cambiara el reflejo y con eso sólo conseguía miles de pequeños espejos reflejando lo mismo. 

Y entonces sucumbí y me partí en pedazos. Y me di cuenta de que para pegarlos y coserme no iba a servirme la estrategia del miedo al mundo, la de la lucha constante, la de pasarme los días y las noches en vigilia, controlando qué piensa el mundo de mí…

Llegó el momento de decidir si me elegía a mí o al mundo… Y doy gracias de nuevo por un momento de lucidez en el que me arranqué la máscara y vomité todo mi dolor en las páginas de los libros…

Y pasado el tiempo, a medida que he ido quitándome capas de miedo y de necesidades inventadas, me he dado cuenta de que aquel día no escogía entre el mundo y yo, porque son lo mismo… Porque el mundo es lo que tú eres, lo que imaginas que es, porque en el fondo lo dibujas tú…

Elegí en realidad entre el amor y el miedo… Entre seguir mirando con odio o comprender desde el amor. Entre esperar que cambie el mundo o cambiar yo…

Entre mirar hacia afuera o mirar hacia dentro.

Y miré en mí y vi que el mundo y yo éramos una copia exacta. Y la compasión para verlo, me llevó al amor…

Empecé a mirarme de otro modo y sin demora el mundo me pareció un lugar donde había espacio para la belleza.

Y cuando alguien se me acercaba con amor, veía su amor y sentía el mío.

Lo que recibía del mundo era una copia de lo que yo me daba a mí misma, que es al fin y al cabo, lo que le daba a él…

Nadie nos puede hacer daño si nosotros no estamos dispuestos a hacérnoslo primero. No hay ofensa que te invada el alma si no se lo permites.

Lo que damos a otros nos lo damos a nosotros mismos… Nos pasamos media vida intentando coser el roto en otro cuando en realidad la herida está en nosotros. Vemos el reflejo, cuando en realidad proyectamos nuestras inseguridades y flaquezas… No vemos nada que no llevemos dentro, aunque sea en forma de temor. Cuando vemos al otro capaz de herirnos es porque entre nuestros miedos está que nos hiera, porque en el fondo, nos estamos hiriendo nosotros mismos… 

Nos asaltan los prejuicios y destierran de nosotros un mundo de posibilidades que se abre cada día cuando nos cruzamos con otras miradas… Esperamos dolor y recibimos dolor, buscamos refutar en el otro la imagen que tenemos de nosotros mismos… Debemos dejar de culpar y de intentar curar al espejo de nuestro dolor y empezar a comprendernos y aceptarnos a nosotros mismos. 

Vemos en el mundo nuestra propia desconfianza.

Y el reflejo nunca decepciona… 

Pido perdón por todos los arañazos que he infligido a otros durante el camino mientras en realidad me arañaba a mí.

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Pase lo que pase


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Foto : Mercè Roura

Te escribo a ti, porque todavía no te has dado cuenta de que las flores te esperan y los pasos por dar también. A ti que caminas sin pensar que caminas y hueles sin notar el olor, ni la sustancia, ni la verdad que subyace en cada pequeño pedazo de tu vida.

Te escribo a ti porque, en el fondo, me escribo a mí.  Porque sin hablarte de lo que siento, no puedo sentirlo y sin compartir mi verdad no puedo llamarla por ese nombre… Porque un día me perdí entre las rocas y no veía el mar, pero siempre estuvo. Porque he tenido tanto miedo de tener miedo que dejé de notarme las manos y empecé a culpar a la vida de lo que realmente me hacía yo… Porque me inventé unas normas rígidas para meterme en vereda y cada vez que no cumplía me castigaba con desamor… Y construí una vida a golpe de pensamientos amargos e insistía en probarlos una y otra vez esperando que el resultado fuera dulce, sin querer darme cuenta de que era imposible que de aquellas ideas gastadas y oscuras saliera nada capaz de brillar.

Te escribo para que te consientas salir del redil y pintar más allá de la línea que te han trazado, que te has trazado… Para que te permitas caer sin reprocharte y te des cuenta de que todo tiene sentido y nada es casual… Te escribo a ti porque así me lo recuerdo para no volver a ese mundo en el que todo era sombra y parecía estar contra mí, cuando no era más que yo.

Te escribo a ti porque ya eres perfecto y lo ignoras. Y vas por ahí buscando retos que no te apasionan para demostrar al mundo que vales la pena, para demostrarte a ti que eres digno, que mereces lo que deseas… Porque te sientes mezquino y desgajado de algo grande, de algo hermoso, de algo grande y no quieres ni soñar volver a ti.

Te escribo para dejes de hacer listas de objetivos estériles y empieces por tenerte como norte a ti mismo… Porque si consigues perdonarte y aceptar todas tus fibras y debilidades maravillosas, no habrá camino que no goces, ni sueño que no alcances, no habrá meta que se te resista a llegar… No habrá metas, habrá vida. Pedazos de vida cubiertos de la satisfacción de estar en ti, sin que nada te pese ni te rompa.

Te escribo a ti porque quiero que sepas que nada te va a romper si no te dejas, que no hay nada ahí a fuera que perturbe tu sueño si estás en ti. Te digo esto después de mil noches sin tregua apostada en mi alma, haciendo guardia por si desfallecía, vigilante y agotada por querer llegar, por querer ser, por querer parecer, por querer demostrar… Te digo esto porque no supe dejar de controlar al mundo ni soltar a tiempo y me quedé sin sustancia durante un siglo y sólo puede volver después de renunciar al control.

Te escrito a ti porque sé que puedes, que para ti hay un cielo de tardes sin prisa, de mañanas repletas de entusiasmo, de momentos perdidos mirando los pequeños detalles que hacen que la vida sea vida… Y que son ganados a un tiempo que pasa, sin apenas darse cuenta.

Te escribo porque para contarte que antes de salir de mi lado absurdo tuve que borrar mis necesidades inventadas y darme cuenta de que no era libre porque así lo había elegido… Porque había diseñado para mí una vida de tormentos y culpas y había decidido firmemente no amar lo que era ni aceptar nada de lo que sucedía… Porque era esclava de mis circunstancias y esperaba que el mundo me trajera la salvación que yo me negaba a darme… Porque busqué mi salvavidas ahí a fuera cuando lo llevaba dentro para no ahogarme en un mar que yo había decidido que era hostil cuando en realidad sólo era mi reflejo….

Te escribo a ti porque te esperan mil puertas cerradas y sólo tienes que abrirlas y decidir que estás. No necesitas ganar ninguna partida, ni librar ninguna batalla… No hace falta que te cuelgues medallas ni rompas ningún techo, ni camines por ningún abismo… Haz lo que quieras, lo que sientas que te hace feliz, lo que nunca has hecho porque no te atrevías y te queda pendiente, haz lo que nunca te cansa… Y jamás estarás cansado de nada.

Ama ahora esta decisión de estar, de sentir, de dejar de pensar si debes o no, de dejar de planear si encaja o no encaja, de dejar de creer que puedes o no puedes.

Te escribo porque ahora sé que no entendía nada, que me buscaba coartadas para herirme y razones para no seguir… Que miraba lo hermoso y veía el dolor, que juzgaba sin parar para no dejar de juzgarme, que buscaba la perfección para encontrar un amor que siempre me había negado. Te escribo a ti porque ahora noto que no necesito entender nada, tan sólo sentir y amar, saber que pase lo que pase estaré aquí conmigo.

Te escribo a ti porque he encontrado un rincón donde nada es tan complicado, donde no se exige nada, donde se respira sin ansia y baila sin prisa… Un lugar donde no hace falta ir con nada más que ganas de existir plenamente y soltar el dolor acumulado por no haber sabido antes que acumularlo no valía la pena… Un lugar donde soltar la culpa de no haberse dado cuenta de que no había culpa, en realidad.

No está escondido, ha estado a la vista siempre, sólo hacía falta mirar con esos ojos desnudos de rabia por no saber mirar, con los ojos del que ya no necesita parecer, con los ojos amar al mar sea como sea porque ya es como debe siempre.

Te escribo a ti por si has decidido que estarás en paz pase lo que pase. Que así sea…

 

 

 


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Ahora


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No somos conscientes de hasta qué punto nuestras palabras y nuestros actos pueden ayudar a cambiar otras vidas… Aquello que para ti en este momento no es importante, un pequeño gesto, una palabra, puede suponer para otra persona un empujón necesario para tomar esa decisión pendiente.

La vida se expresa a través de nosotros mientras vamos por la calle pensando que este día tan gris nos molesta o nos estorba, nos cubrimos con nuestro paraguas y maldecimos la lluvia… Y no sabemos que hace un rato, al salir a la calle le hemos sonreído a alguien o hemos dicho algo que ha puesto en marcha un engranaje de piezas diminutas que algún día tendrá sentido pleno. Hay quién llama casualidad al hecho de encontrar una señal o de repente sentir algo que te ayuda a comprender que opción tomar o que te permite reafirmarte en una decisión. Tal vez sea nuestra forma de refutar nuestras propias creencias pero, a menudo, las señales nos llegan y nos invitan a cometer pequeñas locuras, a salir del camino trazado y hacer esas cosas que no hacemos nunca…

He intentado recordar de dónde vienen los grandes cambios en mi vida… Y me doy cuenta de que a pesar de haber dado mil vueltas y llevar tiempo trabajando en mí, el detonante siempre es algo imprevisto, algo inesperado, algo que aparece de repente y cambia el curso de la historia… Algo sobre lo que yo no he tenido nunca el control ni he podido planear. Eso no significa que nada de lo que hagamos sea necesario, al contrario, pero nos recuerda que la vida cambia en un momento y que ahora puede que se esté amasando un gran cambio del que no sabemos nada…

Somos puertas, somos caminos, somos piedras con qué construir fortalezas, somos rayos de luz en una noche oscura, somos palabras escritas en los libros que cuentan historias extrañas que explican que todo es posible, somos cartas que llegan, cartas que se envían… Somos a veces decepciones que invitan a cambiar de rumbo… Nos hacen y hacemos daño, tal vez como parte necesaria de una cadena de sucesos que nos lleva a lugares nuevos e insólitos a los que nunca llegaríamos sin ese dolor y, sobre todo, sin saberlo usar para evolucionar.

Somos recuerdos, somos viento que trae respuestas y olas de mar que llegan ala orilla cargadas de preguntas.

Si estoy aquí, escribiendo esto es porque un día alguien me dijo que ya tenía dentro de mí todo lo necesario para cambiar mi vida y sólo tenía que usarlo… Y si lo llevaba dentro es porque unos años antes, una mañana de domingo en la que estaba rota y agotada de pensar y sentirme culpable me decidí a ir a un lugar donde nunca hubiera ido… Y allí encontré a una persona a la que le conté cómo me sentía y me recomendó un libro. Cuando empecé a leerlo supe que aquello era el principio de mi nueva vida. Escribo porque una tarde cuando tenía apenas cinco años, regresé a casa y me sentí destrozada, sola, perdida, y empecé a juntar palabras una tras otra. Buscaba respuestas pero sólo tenía preguntas… En aquel momento terrible, necesité un salvavidas y me dije a mí misma que algún día escribiría libros para que mi soledad fuera compartida. Siempre hay un día en tu vida al que llegas dando mil vueltas y encuentras algo que te indica el camino… Al mirar atrás te das cuenta de que no era la primera vez que te llegaba ese mensaje, pero sí la primera vez que tu ánimo te hacía capaz de afrontarlo… Las respuestas en el fondo no llegan, están. Vienen y aparecen, pero ya existían… Para verlas hay que estar en ti y sentirte entero… Las llevamos dentro y a veces, una chispa ahí afuera hace que nos pongamos a hurgar en la dirección correcta, a ser capaces de ver dónde creíamos que no había y nos hagamos las preguntas que son realmente necesarias.

A veces, no encontramos las respuestas porque no hacemos las preguntas adecuadas. Porque tenemos miedo de darnos cuenta de que lo que buscamos ya está ahí y no nos decidimos a cogerlo porque en realidad no queremos solucionar nuestros problemas… Nos aferramos al conflicto porque aprendimos a vivir en él y nos asusta ser libres, como si viviéramos en un acuario y siempre soñáramos con regresar al mar, pero llegado el momento nos asustara su inmensidad.

Nos pasamos los días recibiendo mensajes que ignoramos porque nos parecen locuras o barbaridades. Nosotros mismos enviamos mensajes y soluciones a otros sin apenas saberlo como un legado que vamos compartiendo que no para jamás y que no sabemos ver. Imaginamos finales felices que luego en realidad no queremos asumir, porque nos da miedo que todo salga bien, por si eso supone una responsabilidad extra o nos encontramos viviendo una vida tan plena de la que no sería comprensible escapar. A veces, ser felices nos asusta porque estropea nuestros maravillosos planes para seguir sufriendo, porque nos parece que somos tan indignos de ello que si rozamos la felicidad, tendremos a cambio un grave castigo por tanta osadía…

No somos conscientes del poder que tenemos porque nos asusta ese poder. Porque ejercerlo supone saber que nuestro destino se compone a cada instante de nuestros pensamientos y no creemos que vayamos a estar a la altura de ello con nuestra actitud. Porque dejar de preocuparse es como soltar la carga pesada y descubrir que a partir de ahora ya no tendrás excusa para no caminar ligero… Y que serás responsable de tu camino… Y que decidirás tu futuro a cada paso… Y eso para el pez acostumbrado a la pecera diminuta es demasiado grande como para poder abarcarlo con la imaginación… La libertad es un lastre enorme para quién tiene miedo a soltar el verdadero lastre de su dependencia. La felicidad es a veces una mala pasada para el que ya se acostumbró a ser infeliz y se había buscado todas las coartadas para no temer que intentar conseguirla…

No somos conscientes de nuestra innata capacidad para volar… De nuestra inmensa suerte de estar aquí y ahora pensando qué soñar y a dónde dirigirnos… De nuestra fortuna para encontrar el hilo de la cometa que nos marca el camino a lo que buscamos. De todas la veces que hemos vuelto a despertar… De ver en unos ojos una mirada que nos dé el aliento que necesitamos para seguir en este día gris cubierto de paraguas. No sabemos cuántas vidas cambiamos con un gracias, un lo siento, un risa o un rato de escucha ante un café. Nunca llegaremos a saber cuántas veces sin querer hemos roto esperanzas o abierto caminos con alguno de nuestros gestos… Y siempre es para bien, porque  a menudo cuando hemos dicho no, hemos obligado a llamar a otras puertas y explorar otras realidades y cuando hemos dicho sí, hemos dibujado un nuevo camino donde antes sólo había una hoja en blanco. A veces, el que rompe el corazón te  despierta del sueño en el que creías que necesitabas un amor a medias para que sepas que mereces uno entero… 

No lo sabemos, pero nos pasamos la vida haciendo magia y creando nuevas realidades. Por eso, cada pequeño detalle cuenta. Cada momento cuenta. Cada persona cuenta… Todo está en constante transformación. Todo está pendiente de un pensamiento, de una emoción, de una decisión…  La revolución que tienes pendiente en tu vida se está gestando ahora. El milagro que esperas está en la incubadora esperando a que lo elijas. Todo cambia en un instante. Todo es presente. Todo es ahora…


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Suelta


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Hace un rato alguien me preguntaba cómo se perdona. Y no se me ocurre otra forma de explicarlo que responder “amándote mucho”. Perdonar es amarse porque supone quitarse una espina clavada que nos sigue desgarrando, una punzada que nos recuerda el dolor y el desengaño… Perdonar es arrancarse la mirada del otro de encima y dejar de pedirle que te valore, que te mida, que te tase y te ponga precio… Es decidir que dejamos de mirar al espejo esperando que nos diga quiénes somos y buscamos dentro de nosotros para amar lo que ya es… Es un acto de amor contigo mismo, un acto de respeto por lo que eres y por lo que son las personas. Un acto de comprensión hacia otro que acaba rebotando en ti y llenándote de paz.

¿Cómo se perdona? Queriéndote tanto que te des cuenta de que la opción de no hacerlo supone seguir atado a alguien que sigue horadando tus heridas cada vez que recuerdas su agresión y renuevas tu votos de no perdón… Valorar tanto tu tiempo que sepas que no hay un segundo que perder recordando la ofensa, que no hay un minuto de tu vida que ocupar pensando en las razones de otro y dejando tus ilusiones. Abrazando tus errores y dándote cuenta de que todos somos imperfectos y nos equivocamos y que eso forma parte de una aprendizaje infinito que la vida nos pone delante.

Se perdona porque el dolor de no perdonar es tan intenso que rompe y erosiona por dentro y escribe palabras terribles en las paredes de tu alma… Porque empieza a desgajar tus momentos felices y romper tus risas… Cuando dependes tanto de esa persona por no ser capaz de soltar el recuerdo que a cada paso se abre el suelo bajo tus pies. Cuando te das cuenta de que no perdonar te duele más a ti que a nadie.

Perdonar es dejar de esperar que te acepten para empezar a aceptarte. Asumir tu poder sobre tu vida y dejar de poner en manos de otros tu felicidad… Perdonar es vivir en el presente y dejar de visitar el pasado para reabrir heridas y culparse por no alcanzar una perfección insoportable e inasequible. Perdonar es vencer sin luchar y hacer las paces contigo. Es arriesgarse a vivir por entero en un mundo donde muchos viven a medias por si vivir duele o te ensucia las manos… Mirar a esa persona que nos ha hecho daño y descubrir que late y vibra como tú y que pase lo que pase, si no la soltamos y liberamos de nuestra rabia, nos seguirá ofendiendo una y otra vez… Incluso cuando ya no esté, porque nuestro rencor nos ata a ella más que su ofensa.

Perdonar es decidir que no nos importa lo que digan ni piensen porque somos lo que necesitamos ser y vivimos la vida que nos llena, aunque al mundo le inoportune nuestra dicha y se sienta incómodo con nuestra forma de ser felices.

Perdonar es darse permiso a uno mismo para que las palabras de otro no te arañen, desactivar la tecla que otros tocan para alterarnos y modificar nuestro ánimo. Es recuperar tu poder para decidir cómo y cuándo actuar. Dejar de ser reactivo para tomar las riendas y ser consciente de qué emociones viven en ti y de todo lo que puedes aprender de ellas.

Perdonar para sacarse de encima la excusa de sus palabras para recordarse las culpas que llevamos pegadas y dejar de usarle para descubrir miedos. Es decidir que lo que nos hace vulnerables nos da la oportunidad de crecer y aprender y que mostrar nuestras debilidades sin temor las convierte en fortalezas. Perdonar es ponerse en el lugar de otro y poder ver que la realidad tiene muchas caras.  Es deshacer el nudo que mantenemos prieto y que nos ahoga y comprime. Es desandar el temor a no gustar y no merecer… Es dejar el camino de guijarros que insistimos en pasar con los pies desnudos para empezar a usar las alas que ignoramos tener asidas a la espalda.

¿Cómo se perdona? decidiendo que no te duele porque no va contigo. Que no se puede cambiar el pasado pero que el presente depende exclusivamente de ti.  Que no permitimos que nadie nos diga quiénes somos ni qué debemos sentir, que vamos a coser nuestras heridas y descubrir nuestra grandeza… Que sepamos que estamos de nuestra parte y no nos ponemos la zancadilla, ya nadie podrá decirnos nada que nos aparte de nosotros mismos…

¿Cómo se perdona? Amándote y decidiendo que no hay nada en ti que merezca reproche porque cada día trabajas para crecer… Y asumiendo errores como puertas necesarias que cruzar y cerrar… Diciendo no a seguir enquistado en el absurdo.

Amando la noche para saber apreciar el día… Conociendo la sombra para descubrir la luz… Entendiendo que tal vez todo esto sea una lección necesaria que nos cuesta aprender y aceptar porque lo que conlleva y supone superarla es tan grande que se nos escapa a la comprensión…

Se perdona cuando se comprende que a veces no hay nada que perdonar. Que si quieres salir adelante no hay más remedio que quitarse la capa del miedo que te hace invisible y ponerse la persona que confía en sí misma, la de persona extraordinaria que escoge sentirse siempre digno pase lo que pase… La que en el fondo no necesita capas para esconderse.

¿Cómo se perdona? eligiendo seguir adelante a pesar de todo. Dejando de buscar excusas para autosabotearse y quedase anclado en el pasado, soltando la carga pesada de una autoexigencia tiránica, permitiéndose cortar los hilos que te convierten en marioneta de otros y de tus propias emociones por comprender, por conocer, por gestionar.

Se perdona cuando te das cuenta que perdonar es perdonarse. Cuando aceptas que a veces para seguir adelante hay que renunciar a tener la razón y a ganar una guerra que no tiene sentido.

Se perdona soltando el amarre que nos ata al dolor en el que a veces nos sentimos cómodos porque buscamos compasión y dándonos cuenta de que merecemos más que eso… Merecemos lo mejor, el amor de verdad que nosotros mismos somos capaces de darnos. Se perdona soltando el lastre y dejando que lo que lleva el río llegue al mar.


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Escribiendo tu propia vida


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Dudar es a veces volver a decir que sí y renovar tu confianza.

Conocer es comprender que no sabemos nada, todavía…

Irse a veces es escogerse a uno mismo y no huir aunque lo parezca. Porque lo que realmente importa es hacer lo que sientes que te debes sin tener que demostrar nada… 

En ocasiones, llorar es pura alegría y reír un acto de hipocresía que te llena de amargura y te vacía por dentro.

Decir que no es amar y alejarse la mejor manera de soltar y dar libertad. 

No siempre el reto es llegar a la meta, a veces es tan sólo encontrar el camino. No siempre el miedo nos obliga a desaparecer, a veces, nos empuja a atacar y nos llena de rabia.

No hay noche más larga que la propia noche. Que la noche del que se niega a ver la mañana y abrir los ojos y despertar. De hecho, no hay más noche que la decidimos quedarnos dentro. 

El fuego a veces quema y otras calienta.

El miedo a veces es el muro con el que topan tus sueños y otras el muro que aprendes a saltar para seguir con más ganas.

Nada es lo que parece, sólo depende de los ojos con que miramos el camino… Para el que tiene ganas de seguir todo lo que encuentra es una señal que le ayuda a trazar un mapa… Todo es una herramienta con que fabricarse un destino más rápido y una solución más fácil. Para el que sabe motivarse a sí mismo., todo es un mensaje de aliento… Para el que decide que el mundo le es adverso, todo lo que encuentra es un obstáculo.

Para el que está convencido de que todo tiene sentido siempre hay una explicación que le lleva a sí mismo… Para el que confía siempre hay una voz que le guía.

Para el que siempre llora, no hay sol que brille. No hay lluvia que cese ni viento que no intente arrancarle la risa. No hay mano que se le tienda que no sea una mano enemiga.

Para el que siempre sueña no hay realidad por sórdida que sea que suponga un escollo insuperable.

Para el que ama dar, siempre hay alguien que necesita. Para el que sufre por perder lo que tiene, siempre hay alguien que querrá robarle la vida.

El que se permite escuchar su propia voz descubre que ha estado guiando su camino siempre, pero que a veces no ha podido escucharla porque estaba ocupado oyendo la voz de su ego que intentaba ahogarle en un mar de quejas.

Para el que se lamenta nunca se acaba la pena… Para el que acepta cada paso, nunca hay nada de lo que lamentarse y todo es sorpresa.

No hay una sola realidad, hay realidades infinitas esperado que escojamos una para vivirla. A cada paso, tiramos del hilo y ponemos en marcha un mecanismo para que un futuro se convierta en presente. 

Siempre decidimos, incluso cuando nos negamos a responder a nuestras grandes preguntas y dilemas… A veces, nos cuesta tanto hurgar en nuestros miedos y oquedades por si encontramos algo demasiado oscuro, que nos dedicamos a intentar enmendar las vidas de los demás… Incluso entonces, estamos decidiendo sobre nuestra vida, porque escogemos que no nos importe lo suficiente como para trabajar en ella y cambiar lo que no nos hace felices.

Cuando decidimos bailar, hacemos que exista la música.

Cuando escogemos reír, el mundo empieza a ser divertido.

Cuando elegimos que no importa lo que dicen de nosotros otras voces, esas voces desaparecen o callan.

Cuando abrimos los ojos, creamos la realidad de aquello que hace un instante estaba en nuestra cabeza.

Cuando empezamos a andar, dibujamos el camino.

A cada instante, creamos un universo paralelo en el que podemos sumergirnos y vivir de otro modo… Lo que deseas siempre está en ti… A veces, llega a ti para que sepas que te estabas privando de vivirlo… Otras para que te des cuenta de que no era lo que esperabas…. Y sí, a veces no llega porque en tus pensamientos hace tiempo que has decidido que no lo mereces y lo has apartado de ti.

Este libro que es tu vida lo has escrito tú y, a menudo, te enfadas y te pones a arrancar páginas y culpas a otros de los diálogos y de las historias que hay en él… En lugar de mirar en tu interior y descubrir qué voz dicta tus palabras y ponerte a escribir de nuevo, desde tu verdadero ser, desde esa parte de ti inmensa que se ama y decide convertirse en su aliado y no su enemigo.

Tirar la moneda al aire para que decida cara o cruz sólo sirve para descubrir en el último momento cómo deseas realmente que caiga. Y cuando lo sepas, puedes tomar las riendas y decidir que dejas de usar monedas y excusas, que dejas de retardar el momento de salir del sueño y vivir en esa nueva realidad en la que dejas de ponerte la zancadilla… 

Para el que hoy se ha despertado pensando que el día será maravilloso, no habrá contratiempo que le contradiga… 


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Cuando estás a punto de ser feliz


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Esperamos que el olvido nos calme y si no nos calmamos nosotros, no llegará nunca… En su lugar, los recuerdos más bárbaros y salvajes, se construirán un refugio en nuestra memoria y cada vez que estemos a punto de ser felices nos asaltarán por la espalda… ¿Te pasa alguna vez? ¿Estás riendo o vibrando y de repente esa vocecilla cruel te recuerda que en tres meses se te acaba el contrato? ¿Estás pensando que mañana presentas un proyecto extraordinario y te viene a la mente esa ocasión hace años cuando hiciste el ridículo? O tal vez, cuando vuelves a casa tranquilo, pensado en pasar un rato en calma, en buena compañía y en tu teléfono entra un mensaje que te recuerda lo mucho que todavía te queda para lograr tus sueños o las mil obligaciones que tienes mañana y la voz te dice que te estabas relajando demasiado…

Esa voz entrometida y maleducada que se ríe de tus primeros pasos en todo, que siempre te cuenta que llegarás tarde, que no estás preparado, que no sabrás cómo y que todos van a mirarte, que te quedarás solo, que no eres suficiente guapa, delgado, inteligente, divertido… Esa voz que se entrena mientras duermes para que lo primero que pienses al despertar sea lo cansado que estás y lo injusta que es la vida… Que pone barro y charcos en el camino para que te ensucies esos zapatos rojos que adoras y te repite incansablemente que es mejor no atreverse porque nunca lo vas a conseguir. Es una voz socarrona y tenaz que nunca para y siempre te susurra palabras tristes, palabras de desaliento y te recuerda todas tus más terribles pesadillas… A veces, parece que se queda en silencio, que se ha saciado a primera hora cuando se ha ocupado de hacer que te des mucha cuenta de que tu pantalón está arrugado y tu pelo despeinado y te ha insistido en que no hables de ese tema en la reunión porque no estarás a la altura… Es una voz que parece que no quiere que descases ni dejes de exigirte demasiado, que no quiere que nunca bajes la guardia y creas que tienes posibilidades, que no te deja soltar la carga ni dedicarte a nada que no produzca ni genere un beneficio…

Es la misma voz que cuando eras niño te taladraba en los oídos antes de cada carrera y la que te pide a veces que te vengues, que viertas tu rabia y dolor en otros, que te encierres en ti y no pidas ayuda para no parecer vulnerable, que no resignes, que siempre pidas y no des, que pises, que empujes, que aguantes humillaciones y bajes la cabeza porque no mereces… Es una voz que no tiene equilibrio, que hoy te pide que seas esclavo de deseos ajenos y mañana te dice que eres una especie de tirano déspota y sin una pizca de compasión. Que hoy magnifica tus errores y mañana sólo te deja ver los errores ajenos. Que te ha convencido de que nadie va a quererte y no soporta que tú mismo te quieras y transforma tu amor en orgullo y en miedo.

Siempre pasa, cuando estás a punto de ser feliz, de sentirte pleno, relajado, de pensar que todo irá bien, que no hay que preocuparse, que puedes aflojar y disfrutar… Esa voz te agarra de los pies e intenta detenerte, te susurra al oído, te toma el hombro y pone la mano en tu espalda… Aunque en el fondo, eres tú que tienes tanto miedo a soltar y fluir que te frenas, te callas, te pones barreras, que te impides ser tú porque te asusta tu verdadero potencial y te encierras en esa prisión interior donde las paredes están llenas de mensajes de desesperanza.

Mi voz dice que me pare, que no siga, que para lo que yo soy ya he conseguido mucho… Que si sigo adelante queriendo más e intentando conquistar más sueños, voy a tener que pagar un precio, que tiento a la suerte porque “yo no soy de esas personas a las que les suceden las cosas que yo quiero que me sucedan” y que “ya basta de tanto creer que todo saldrá bien porque esto no va a durar siempre”. Dice que tengo que sufrir mucho por todo y que la vida siempre será complicada y que hay cosas que están vetadas para mí… Dice que ya basta de fantasías y me recuerda que si no paro me dolerá la cabeza, la espalda y mil penalidades y atrocidades van a llegar a mi vida…

Y me he dado cuenta de que hasta que me siga asustando lo que dice esa voz ella lo seguirá diciendo porque la que le da de comer para que no calle soy yo… Ella sólo me cuenta los cuentos que yo no me atrevo a contarme y desmentir… Ella sólo hurga en mí y encuentra las puertas de mi alma que no abro y las habitaciones de mi consciencia que no visito y saca los tratos viejos y los fantasmas a pasear… Y mientras yo no haga limpieza y saque las penas y revise mis pensamientos, esa voz que tintinea mis oídos cansados seguirá sin fin… Porque todo aquello de lo que huyes se acaba construyendo una casa en tu alma y escribiendo las páginas de tu vida… Lo que te callas de ti decide tu futuro… Lo que haces que ocupe tu mente, ocupa tu vida… 

Y la voz que tanto detestas te está avisando de que te queda basura por tirar y  miedos por enfrentar. Que pasas más tiempo evitando que existiendo y notando la vida… Que se te escapan las oportunidades mientras piensas y esperas el momento perfecto. Que deberías preguntarte por qué te habla como te habla y te dice lo que te dice y revisar en tus entrañas qué historias llevas dentro por terminar, qué cuentos te contaron y qué te has creído que es la vida… Que deberías cuestionarte qué mentiras te crees y qué verdades te asustan, qué miedos escondes bajo la cama, cuántas vidas anhelas y no vives… Cuántos tú distintos hay en ti pugnando por salir a través de tu piel y qué esperas de tu día… La voz que tanto te duele sólo puede arañarte si sigues creyendo que puede, si todavía piensas que no eres quién realmente te habita, si cuando te miras no te ves porque sabes que un extraño que lleva una máscara ocupa tu lugar en el mundo… Es una voz que está ahí para que a veces te hartes tanto de oírla y hagas todo lo contrario a lo que dice, para que sepas lo que te queda por comprender y perdonar.

La voz sólo te rompe si dejas que te rompa, porque crees sus milongas y todavía no has sido capaz de volver a ti y decidir que no hay nada más importante que estar aquí ahora y vivir… Porque todavía estás ausente imaginando un futuro improbable y llorando un pasado que no quieres borrar.

Lo que ocultas se hace grande y sale del escondite… Lo que no quieres escuchar acaba siendo un grito… Lo que no quieres saber, se escribe por todas la paredes que rodean tu vida…  Lo que deseas abrazar, se hace tan espeso que te abraza, te oprime, te encoge… 

Sal al encuentro de lo que te persigue. Busca ese lugar al que no quieres nunca ir porque sabes que en él hay una cuenta pendiente, una mala cara que aguarda tu cara… Escucha esa canción que te recuerda que todavía no eres libre mientras no te aceptes por entero, mientras no ames tus sombras, mientras no perdones tus errores y asumas tus maravillosas imperfecciones…

Salda cuentas contigo y comprende que siempre fuiste tu mejor versión incluso cuando eras tu versión más asustada. Ama tu recuerdo más amargo y la lección que trae consigo y se desvanecerá en un instante… Visita tu noche más oscura y ya nunca perderás de vista tu propia luz.

Mi voz dice que me calle que ya he dicho muchas sandeces por hoy que no le interesarán a nadie, porque en realidad, nadie me escucha… Y yo le doy las gracias por sus palabras porque me ayudan a despertar y saber que cada vez habla más flojo y lo que dice me recuerda que hoy todavía no me he dicho que tengo mucho que aportar… Porque sé que  ya no me importa, porque escribo para mí, para alguien que necesita escuchar que todos somos perseguidos por una voz machacona que se cuela en nuestros pensamientos… Para una persona cansada que ahora oye sus palabras y está a punto de caer en la tentación y creer que son ciertas … Porque escribo para mi voz también, para que sepa que ya nunca más me va a doler lo que dice. Porque yo ya estoy a punto de ser feliz y no me asusta lo que voy a encontrar al otro lado de mí…


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El maestro


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A veces, el maestro también se pierde en sus lamentos y equivoca el camino…

El maestro que va por la vida predicando que las personas deben callar un rato y escuchar, perderse entre las calles y quedarse embobados mirando la belleza de lo que les rodea, a veces está tan ocupado predicando que no se encuentra a sí mismo… Que no busca tiempo para mecerse en su sombra al sol un rato y ver que en los geranios de su casa hay tallos nuevos y flores todavía más rojas…

Su necesidad obsesiva por compartir con el mundo el mensaje que ha descubierto, como si le hubiera sido entregado como un regalo, como un sueño, como esa misión que todos tenemos en la vida, hace que se pierda entre palabras… Porque las palabras son magia pura si sabes usarlas, habitarlas, vivir en ellas y actuar según las emociones que en ti suscitan…. Si después de recitarlas y sentirlas la próxima vez que dudas decides apostar por ti porque leíste que podías, porque alguien te recordó que merece la pena el riesgo y viste claro que aquello que te decía era bueno para ti…

A veces, el sueño del maestro es, a pesar de que predica lo contrario, salvar al mundo. Habla de que todos somos responsables de nuestras vidas, que el cambio que esperamos empieza por nosotros mismos, que la gran lucha es la paz, que el amor nos va curar de todo (empezando por el amor a uno mismo). Nos pide que aceptemos la vida y aceptemos a los demás tal y como son pero incumple dicha lección cuando obsesionado por salvarnos y compartir sus enseñanzas, insiste y se fatiga y no tiene momento para aceptar que todavía no estamos preparados ni hemos llegado a ese momento en el que podremos aceptar…. Y no se deja margen para él, porque cuando no acepta que no queremos su mensaje, no nos acepta a nosotros y se ve como un fracaso… Y no se ama como se debe amar a sí mismo y no se perdona ni comprende. Hasta que se da cuenta de que se ha perdido y vuelve a su camino, a su mensaje y abraza su frustración para aprender algo nuevo. 

El maestro no sólo debe haber leído libros y acumulado títulos. Debe haber acumulado experiencias y embestidas de la vida, debe haber fracasado ante en todo aquello que predica para comprender cómo sus alumnos se equivocan y tropiezan con todas y cada una de las lecciones que les predica…

Debe ser maestro en errores, en miedos, en haber estado días, semanas, siglos intentando algo del modo erróneo hasta descubrir que en realidad era muy fácil y tenía la respuesta delante y no era capaz de verla… Porque el principal error que comentemos siempre es el de percepción…

El maestro llora y aprende cada día de cada uno de sus alumnos y es a su vez alumno de cada uno de ellos y de otros maestros que se cruzan en su camino…

El maestro tiene que abrir su mente para que durante el camino le lleguen nuevas ideas y aprendizajes que le harán cambiar sus lecciones y su discurso, a veces tanto, que debe tirar sus apuntes… Y no esperar nada de nadie, nada concreto, porque así dejará que la vida le traiga nuevas sorpresas que podrá recibir sin creencias que le limiten y le hagan juzgar lo que pasa y no pierda así la oportunidad de ver la belleza en lo inesperado…

El maestro no puede querer salvar al alumno, debe guiarle para que sea él quién se salva a sí mismo. No lo lleva de la mano, le enseña cómo volar…

El maestro comparte desde la libertad y debe aceptar que sus alumnos decidan no aprender. Asume vivir cada día y cada lección como si fuera la primera vez que la cuenta, que la comparte, con el entusiasmo de un niño, la pasión de alguien que ama lo que hace y lo vive a cada instante y generosidad de alguien que ha descubierto que es más feliz cuando da que cuando recibe y que siempre acaba recibiendo más de lo que aporta si lo hace con ganas.

El maestro es a veces el que más se salta las normas e inventa unas normas nuevas, el más loco, el más rebelde, el que más cuestiona todo lo que nos rodea y nos invita a hacernos preguntas cada día para que sepamos si todavía pensamos lo mismo… Si a la luz de nuestro crecimiento interior, algo de lo que creíamos que era sagrado resulta que ahora vemos que se tambalea o nos parece absurdo…

El maestro tiene miedo también y duda, duda mucho… Cuánto más sabe más duda porque sabe que le queda mucho por aprender y está ansioso por ello, aunque ya sabe que el mejor aliado del que busca es la paciencia infinita y la certeza absoluta de que la incertidumbre es su compañera más leal…

Y sabe que esta puede ser la vencida… Que el tiempo es finito y la vida es un soplo que vale la pena notar y abrazar. El maestro sabe que a menudo para ganar algo mejor hay que perder la partida, la razón, abandonar la pelea y la disputa y quedarse con la paz de no tener que vencer ni demostrar… El maestro nunca se hace viejo, cada día es más joven, más niño o más niña y mira al mundo con ojos más inocentes y más nuevos… Mira y se da cuenta de que desconoce, que no sabe a pesar de todo porque siempre le queda por aprender.

El maestro a veces tiene que retirarse a dejar de pensar un rato para vaciarse de pensamientos gastados y corruptos y dedicarse a percibir… Quedarse callado y conectarse a sí mismo para saber que todavía vive en ese estado de equilibro que todo lo hace más fácil y que no ha perdido el mayor de los tesoros…. Su coherencia…