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la rebelión de las palabras


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Carta de amor a mi miedo


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Me he pasado la vida intentando vencerte. Eres tan duro de pelar, tanto como yo, compañero, y eso, créeme, son palabras mayores.

Nos hemos pasado años juntos, no creo que nadie haya sido para mí tan inseparable. Te has metido en mi cama, en mi cabeza, en mi sopa, en mi cuenta bancaria, en mis historias de amor… Estabas a mi lado cuando iba al cole y me sentía tan distinta que mi diferencia se hacía insoportable, el día en que traje a mi hija al mundo, el día en que me di cuenta de que los seres queridos se mueren y se van, cuando me despidieron de uno de mis trabajos y cuando empecé en uno nuevo… Todas y cada una de las veces que he entrado en un quirófano con la intención de salir viva de él … Y cuando miro al futuro y me aíslo de mi presente, de este momento que ahora se esfuma y pasa, como si cayera por un desagüe porque no lo vivo mientras me susurras que no es perfecto porque todavía me falta algo, porque todavía no soy algo que tal vez debería dejar de desear ser.

Creo que nuestra relación es estable y sólida, una de las más sólidas de toda mi vida. Sé que estás ahí para mí esperando que me disuelva en tus brazos, que me deje llevar por tu beso cálido y te deje contarme esas historias al oído cuando estoy cansada y la vida me ha dicho que hoy tampoco. Sé que puedo confiar en ti. Que cuando me acueste agotada, vas a sacudirme las sienes y alojarte en mis costillas flotantes un rato, que me vas a comprimir el estómago y harás eso que haces que es de traca… Esos tambores en el pecho sin tocan sin cesar que acaban por hacer que el corazón se acelere y me vuelva casi loca por arrancarme la piel que quema y escuece, por salir de mí para encontrar un poco de paz…

Eres mi novio más fiel, mi amante más apasionado. Te he eludido tantas veces… Cuando era niña, me dejé llevar por ti, me solté a tu baile y guiaste mis pasos cada día. Llegué a creer que eras yo, que yo era tú, que mi mente era tu mente, que no había en mí una sola célula feliz y en paz y que yo era solo un amasijo de átomos asustados que se movían tocando una canción triste, muy triste.

¿Sabes? no te conocía en realidad porque te confundía conmigo y con mi forma de ser. No me atrevía a nada que no te pareciera bien, porque no quería que pusieras en marcha esa voz que me anunciaba catástrofes y momentos de ridículo atroces. Eso era en lo que más me apretabas, en que era ridícula e infeliz. Lo hiciste bien, así me sentía, eres muy eficaz.

Durante años pensé que estabas ahí para protegerme y recordarme lo poco afortunada que era. Pensé que esas canciones de desamor que me cantabas eran para que me resignara y me quedara quieta sin intentar, para que no me hiciera ilusiones, para que no me frustrara. Me ha costado mucho comprerderlo, amor, mi miedo inmenso a la vida, mi compañero fiel, pero ahora entiendo que no venías a pedirme que me pusiera la venda sino que me curara la herida… Que la dejara sin tapar al sol y la mirara sin esperar más que a descubrir que no soy esa brecha en mi piel ni el mi corazón, que no soy tú ni todos los pensamientos que has orquestado para que despertara a la vida, a la vida sin ti…

Llegué a pensar que eras el final, pero eres el principio. Creía que estabas conmigo para lastimarme y estás para sacudirme el polvo, el asco, la pereza, la angustia… Te evité cuanto pude porque eras tan grande que dolías, hasta los huesos, hasta las fibras que no conozco que hay en mí… Estabas en cada crujido, en cada vómito, en cada lamento, en cada instante de paz fingida para soportarte, en cada risa contenida, en cada viaje a mí misma que jamás tenía intención de acabar…

Pensaba que existías para que te sorteara y eludiera, para que corriera ante ti y tú te pasaras toda la vida persiguiéndome. Y resulta que ahora te persigo yo para comprenderme, para poder aceptarme y encontrar mi mapa. Porque para salir de ti primero necesito sumergirme y notarte, sentir tu latido y entender cuál es tu mensaje, de dónde viene, qué me cuenta de mí y de todo aquello en lo que creo y me está frenando la vida… Y luego podré soltarte. Podré dejarte marchar, decirte adiós con un abrazo cargado de gratitud por el gran trabajo hecho conmigo estos años… Por todo lo que aprendí de ti mientras eras yo y habitabas mi cuerpo, mi esencia, mi mente.

Podré mirarte sin perderme en ti, sin ser tú, sin comprar tus mantras ni meterme entre tus sábanas, sin beberme tus filtros rancios y creerme tus cuentos tristes. Podré verte a distancia y comprender que no soy mi miedo más intenso y rotundo, que no soy mi resignación, ni mi lucha, ni mi sensación de injusticia eterna, ni mi rabia acumulada a golpe de soportarte y creer que no puedo hacer nada para arrancarte de mí.

Podré escoger vivir a través de ti o a través de mí.

Podré soltarte como un globo lleno de helio que se escapa porque no está lleno de lo mismo que estoy yo.  Aunque antes quiero darte gracias por el excelente trabajo que has hecho conmigo, meciéndome en tus fauces terribles y besando mi frente cada noche para asegurarte de que soñaría una de esas pesadillas que tenías preparadas para mí para que pudiera comprender que me hacía daño, que no me amaba, que no sabía que tenía que revisar mis creencias…

Gracias por tanto golpe en la nuca y sacudida en el estómago, por los tambores del pecho y las rodillas dobladas sin poderme mover… Gracias, mi miedo, por ser tan insistente y pedirme día tras día que te escuche para que sepa que no soy tú, para que diga no a lo que me cuentas y encuentre mi libertad.

Gracias por la paz de descubrir que siempre fui yo y no tú cada día la que escogí llevarte a mi lado y obedeciste sin rechistar para que llegara un día en que me diera cuenta de que no te necesito.

Gracias porque contigo a mi lado siempre me he dado cuenta de que para cambiar mi destino sólo tenía que amarme y aceptarme, ser yo y ejercer de mí sin ti… Dejar de temer las miradas ajenas sobre mi superlativa imperfección porque sólo eran un reflejo de las miradas crueles que yo me dedicaba a cada día de mi vida… Gracias porque ahora tengo claro que el único camino posible para vivir en paz es el amor a mí misma, sin condiciones ni chantajes, un amor real y sólido que no se escurre ni desvanece según la ropa que llevo, los kilos de más, las miradas que percibo y las circunstancias que me rodean.

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Esta soy yo a pesar de todo y para todo lo que venga… Imperfecta, ansiosa, cansada pero cada día más de mi parte, más entera, más serena, más sólida

No es un adiós, amor, es un canto de tolerancia y respeto, un sé que estás pero no compro, un sé que lo haces para protegerme pero no lo necesito, un gracias pero no voy a preocuparme… Un mirarte a distancia y sentirte sin dejarme someter.

Queda mucho camino, lo sé, nos vemos por aquí,  pero ya no seremos amantes, seremos viejos conocidos que se reconocen y deciden que ya no comen juntos. Seguramente bailaremos alguna noche hasta la madrugada, pero ten por seguro que al llegar el día, yo estaré de mi parte y tú tendrás que aceptar que no me quede con tus historias melodramáticas…

Gracias por mostrarme lo que nunca fui y recordarme lo mucho que queda por explorar… 

Al final, no tenía que vencerte, sólo abrazarte, aceptarte y comprender que no somos lo mismo.

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Al final del túnel


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Tocar fondo… Uf qué mal suena, por favor. No sabes las veces que en mi vida he eludido meterme por caminos complicados y arriesgar para no llegar a eso. Para que no hubiera un día en que fallara todo, cinturón de seguridad incluido, y me tuviera que encontrar conmigo misma. Sola, sin nada a lo que agarrarme, ni ninguna puerta a la que llamar. A solas con la persona en la que menos había confiado en la vida, yo. Rota y sin nada con que pegar los pedazos, rodeada de gente que ríe porque no se da cuenta del inmenso dolor que noto en mi alma.

Aquello de lo que huyes te persigue.

Aquello que buscas ha salido a tu encuentro. 

Sólo necesitamos ser conscientes de quiénes somos y de si somos coherentes con nosotros mismos o no.

He he hecho lo indecible para no tener que mirarme a la cara y decir “Mercè, ahora estamos solas las dos, vamos a una”. Y no era solo eso, era admitir ante el mundo, aquel mundo que yo creía que siempre me miraba mal y no esperaba nada bueno de mí, que estaba en lo cierto. Que había acertado en su quiniela y era verdad, yo no era nadie ni servía para triunfar. Necesitaba “desnudarme” ante ese mundo que esperaba que fuera despiadado conmigo para darme cuenta de que incluso en la más absoluta desnudez no pasa nada, nadie puede hacerte daño si no te dejas, si no te crees, si te amas y respetas tanto que ninguna palabra puede arañarte…

He hecho todo lo que ha estado en mi mano para no tener que mostrar mi imperfección, mi vulnerabilidad, mi supuesta incapacidad para confiar en mí y me he convertido durante años en una persona “corriente” sin hacer aspavientos ni esperar nada excepcional de la vida… Era como si “portándome bien” y no esperando nada de magia en mi vida, un dios atroz y vengativo fuera a apiadarse de mí y me evitara pasar por delante del escaparate de mis miedos y enfrentarme a ellos…

Ilusa de mí… Porque ya lo sabía. Siempre lo supe. Todo llega y todo pasa. Cuánto más eludes algo, más te acercas a ello. Porque hay momentos que vivir y miedos que superar, hagas lo que hagas.

Si temes mostrarte, la vida te pondrá en el punto de mira.

Si temes decidir, la vida te obligará a tomar decisiones.

Si temes perder, la vida te hará perder tanto que al final no recordarás por qué te dolía tanto.

Si no lo haces, la vida te lo hace… 

Si temes que nadie te ame, pasarás largo tiempo olvidado por otros hasta que descubras el verdadero amor, ese que está en ti.

Cualquier necesidad de la que dependa tu estabilidad, seguridad y felicidad, se verá no satisfecha para que sepas que no es real, que no eres tu miedo, sino tu capacidad para sobrevivirlo.

Vas evitando pasar por esa esquina donde hay siempre algo que te recuerda que no estás haciéndote caso, que te dice que vayas ante lo que te asusta, que te enfrentes a tu vergüenza, a tu culpa inventada, a tu fantasma más terrible… Pero no lo haces, hasta que no te queda más remedio.

No se me ocurre en la vida nada que se pague más caro que la incoherencia.

La vida sabe que hay cosas que sólo estamos dispuestos a hacer en caso de desesperación. Sólo cuando el agua nos llega al cuello somos capaces de ceder y decidir que ya basta, que vamos a soltar y confiar. Solo cuando la alternativa es más terrible, nos sentimos con fuerzas para ponernos de rodillas y dejar el orgullo de lado, ceder y permitrnos ser libres, soltar el lastre y dejar de seguir intentando demostrar, figurar, parecer, recibir aceptación y reconocimiento… Sólo cuando no hay más remedio porque todo se tambalea, decidimos amarnos y ponernos de nuestra parte.

Y el momento llega. Podríamos dar el paso antes, pero somos tan testarudos que necesitamos caer hasta el fondo, hundirnos en el lodo más pegajoso para darnos cuenta de que nos hemos privado de sentir y notar la vida a través nuestro, que hemos evitado ese miedo, ese dolor, esa situación… Que hemos acumulado emociones en cada esquina de nuestro cuerpo hasta que han estallado. Que hemos inventado un personaje para que cuando otros nos miraran no pudieran vernos.

Toda la vida intentando evitar este momento en el que te enfrentas a tu miedo más intenso y lo notas, tiritas, te retuerces, caes, lloras y entras en un silencio rotundo y absoluto en el que puedes empezar a escucharte de verdad y ser tú. Puedes ser tú porque ya no importa nada, porque ya no te avergüenzas, porque en este trance has perdido ese miedo y te has vaciado de todo lo que acumulabas, porque has soltando tanto que el vacío que hay en ti se ha llenado de vida… Se ha llenado de ti.

Puedes ser tú porque lo has intentado todo y no te sirve nadie más y cualquier otra opción se ha demostrado fuera de lugar… Puedes ser tú porque no hay nadie más…

En ese momento, te das cuenta de que llevas tiempo en ese túnel, buscando una salida a tanta oscuridad, una luz que te guíe… Y descubres que la luz que buscas está en ti, muy dentro, pero necesitabas encontrarte muy apurado para encenderla porque mientras todo iba bien te dedicabas a ignorarla. Te ignorabas a ti.

El otro día alguien con quién comparto ideas y reflexiones en redes, Merche Pérez Miguel, me dijo algo hermoso… Cuando tocas fondo “sientes que ya no te queda nada y de repente de conviertes en absolutamente todo”. Un todo que no sabrías que está si no te quedaras a solas contigo, sin nada, en absoluto silencio…

No hace falta llegar a eso, la vida nos tiende la mano mil veces ante, aunque no lo vemos porque estamos ocupados intentando eludir lo que somos y sentir ese miedo que de forma inevitable llegará. Porque estamos pendientes de pelearnos para no aceptar lo que no nos gusta, sin saber que a veces lo que parece terrible es en realidad un regalo precioso.

A veces, la vida llama a tu puerta y no respondes porque tienes demasiado miedo de mirarla a la cara y ver con qué va a sorprenderte.

A veces, hay que tocar fondo para darte cuenta de que no eres tu dolor, tu miedo ni tus pensamientos más tristes, para descubrir que siempre habías estado arropado por la mejor compañía y nunca la habías tenido en cuenta… Para encontrarte a ti y existir sin más expectativa que vivir en paz…  Cuando eres lo único que te queda, no tienes más remedio que confiar en ti.

No te quepa duda, al final del túnel estás tú, sólo tú.

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¿Te atreves a sentir tus miedos?


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Alguien me dijo el otro día que cuando me lee se queda a medias siempre porque no le planteo soluciones y agito por dentro sus problemas, sus pensamientos, sus emociones más contenidas… Es verdad, supongo que a menudo cuando escribo no aporto respuestas ni nada a lo que agarrarse para encontrar el camino.

Llevo unos días pensando por qué. Lo que más me viene ahora a la cabeza son mis dudas, porque realmente, escribo sobre ellas… Porque no sé nada y lo que hago en realidad es poner negro sobre blanco lo que a mí también me agita por dentro. Lo que me zarandea y me ha zarandeado siempre, lo que me araña desde aquel día hace cien años cuando era niña e iba en tren y miré el paisaje que dejaba atrás con la mirada y me pregunté qué sentido tenía todo. Lo veo como si hubiese pasado durante el café de esta mañana. Creo que tenía cuatro años y vi la línea verde que se dibujaba al paso de mis ojos por el cristal y topé la mirada de una mujer joven que me sonreía y en aquel momento me sentí como una figura de una maqueta inmensa. Como una de las piezas minúsculas de un mundo en miniatura en el que yo no sabía cuál era mi destino ni mi función. Como si mi identidad dependiera de la identidad de otros, como si mi lugar en este mundo inventado e imaginario dependiera del lugar que ocuparan los demás o del que me dejaran libre. En ese momento, sentí un miedo terrible a no encontrar ese lugar o a tenerme que conformar con el lugar que dejaban los demás para ocupar… Como sucedía en el cole cuando había que hacer algo por parejas y yo siempre era la que me quedaba sola porque nunca me atrevía pedirle a nadie que se quedara conmigo… Porque no me sentía suficiente o no pensaba que tuviera nada por ofrecer.

Yo también dudo y mucho de cuál es mi camino. O a veces no dudo del camino sino de mí y de mi capacidad para transitar en él. Y lo admito, muchas, muchas veces tengo claro el camino y la solución (va con mi personalidad) pero lo que pasa es que me resisto locamente a aplicarla. Mis vísceras asustadas dicen que no y en mi casa mandan mucho las vísceras. Me resisto yo y se resiste todo mi mundo a soltar ese control imaginario que me hace sentir que manejo los hilos. Hay una parte de mí que tiene tanto miedo a descubrir que no es tan fuerte como se imagina, que es vulnerable y no llegará por más que intente mil cosas y haga mil barbaridades… Hay otra parte de mí que tiene tanto miedo a solucionar sus problemas y descubrir que realmente esos problemas no existían y que el verdadero problema era mi actitud e incapacidad hasta el momento presente de querer ver las cosas de otro modo… De descubrir que todo eran excusas y coartadas inventadas para seguir sufriendo porque es más cómodo que tomar las riendas… Miedo de tener la certeza absoluta de que llevaba años haciéndome trampas y fingiendo querer ser feliz cuando en el fondo me seducía más una sensación mediocre de efervescencia  para no tener que lidiar con la culpa… Esa especie de sombra pegajosa y maloliente que todo lo impregna y te deja seco y lívido.

La verdad es que estamos enganchados a nuestro dolor, somos yonkis de nuestro sufrimiento y de todo lo que nos asusta. Nuestros pensamientos y emociones más recurrentes nos invaden en cuerpo de hormonas y nos acostumbramos a ellas, nos sentimos cómodos con esas sensaciones y huimos de la novedad aunque sea deliciosa, maravillosa, extraordinaria…

Intentamos evitar a toda costa sentir aquello que nos asusta y nos quedamos presos de ello en esa sala de espera en la que estamos pendientes de decidirnos. Y eso de lo que huimos tiene y ha tenido mil caras.  Ha tenido cara de novio que te abandona, de trabajo en el que no te consideran, de sueño que se te resiste, de recuerdo que te asalta cada domingo por la tarde… En el fondo, todo eso es lo mismo. Es el mismo conflicto que encuentra otra rama del árbol con la que taparte el sol para que tengas que trepar hacia tu interior. Todo lo mismo. Todos los conflictos que se presentan ante ti tiene que ver con el hecho de no estar tratándote bien, no estar de tu parte y reconocer tu valor. La vida te pone a prueba una y otra vez y siempre está pidiéndote que te abras y te desatasques por el mismo lado… Que desenquistes lo que ya sabes desde siempre que tienes enquistado en ti y que no sueltas.  Tal vez te pida que dejes algo a lo que te aferras, que saltes al vacío sin red para que aprendas a confiar, que vayas hacia algo o que des un puñetazo en la mesa y digas basta… Puede ser que te pida que hagas mil cosas que nunca te has atrevido a hacer o que dejes de hacer esas cosas que haces de forma desesperada para que encuentres tu silencio. No importa lo que sea, es ese miedo de siempre, ya sabes cuál, no te das cuenta pero todo lo que te rodea te habla de él y te invita a sentirlo y aceptarlo.

Hasta que no aceptamos lo que nos asusta, cada persona con la que nos cruzamos lleva escrito un reproche en la mirada… Todo nos recuerda lo que tenemos pendiente para que decidamos acercarnos a ello y descubramos que no pasa nada, que no hay culpas sino temor a descubrir que no somos perfectos… Y que una vez te acercas a eso, todo se diluye. Hasta entonces la culpa sobrevolará tu vida y te sentirás provisional porque sabrás que tienes a medias eso de reconocerte y amarte. Al final todo lleva a que llegue un día en el que tengas que afrontar y caer a ese vacío en el que no hay nada a lo que agarrarse, para que descubras que vuelas, que te sujetas a ti y que de repente aparece algo que te da aliento… Algo que no parecía existir o que estaba ahí y no podías ver porque eras yonki de tu necesidad de sentirte incapaz y desgraciado.

No importa si te muestras al mundo o te quedas en un rincón, no importa si lo haces desde la calma interior de ser tú y no desde la necesidad de ocultarte o de ser aprobado y aceptado… Todo es lo mismo… Ese desamor que todo lo impregna mientras dudas si mirarte a los ojos.

Es verdad, me quedo a medias, pero creo que es porque esto de vivir en realidad no va de respuestas sino de preguntas… No se trata de resolver sino de disolver ese dolor y dejar espacio para lo nuevo, sea lo que sea. Desde hace un tiempo me he dado cuenta de que el noventa y nuevo por ciento de las veces, sólo es necesario presentarse al examen de la vida para pasarlo con nota… Es lo único que te pide y te pides, que comparezcas, que sientas el frío de creer que no eres para que descubras que ya lo eres todo… Que notes el miedo de imaginar que todo se esfuma para que te des cuenta de que ya lo tienes todo… Que admitas que no sabes para que eso deje de tener importancia… Que te mires y observes lo que piensas y sientes y notes que no hay para tanto… Que digas en voz alta que no te amas, para que inmediatamente te des cuenta de que eso no tiene sentido…

No tengo soluciones porque dar el paso para encontrarlas ya supone que muchos de nuestros miedos salgan por la venta… Porque sentir tu miedo es permitirte soltarlo y empezar a liderar tu vida. ¿Te atreves?

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La vida te invita a parar


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En algún momento en la vida llega ese día en que estás un rato a solas, contigo. A solas de verdad. Sin más interrupción que tus propios pensamientos ni más demora que la de acabarte ese café para poder cerrar los ojos y notarte la piel… Llega porque lo has estado postergando mil años y ya te toca. Llega porque te lo mereces y ya no te basta con buscarte a pedazos, te necesitas por entero.

Si no propicias tú este momento, si no te das cuenta de que la vida te llama a parar y sentir, no te preocupes, lo hará ella sola. Encontrará la forma de que te pares, te calles, te rompas, te desgajes y tengas que quedarte a solas contigo mismo y decirte lo que tienes pendiente. La vida buscará el camino para que pares en tu camino y te notes las puntas de los dedos de los pies y te preguntes para qué andas. Buscará la forma de que te sientes y te preguntes a dónde vas… Buscará la forma de que te acurruques a ti mismo y llores si almacenas llanto y te rías si te quedan risas pendientes. La vida es tan eficaz haciendo que lo que tienes pendiente pase… Haciendo que lo que evitas suceda…

A veces, lo hace a golpe seco y otras como el río que remolonea buscando un mar que no se deja, que parece que no llega, que no se deja amar ni besar. Todo llega, siempre. A veces no es como lo imaginabas. Otras es exactamente igual pero al abrazarlo notas que ya no tiene tanto sentido. En ocasiones, aparece desgastado y opaco… Aunque siempre, siempre es mejor de alguna forma…

La vida te para o te paras tú antes de que lo haga la vida. Si escoges la segunda opción, cuando notas las señales y lees en tus ojos que te necesitas de verdad, que te buscas para sincerarte y tener esa conversación pendiente contigo, todo es más fácil. Tú eliges cómo parar y bailas. Tú escoges el rincón donde a quedarte quieto y la posada donde vas a contarte historias. La vida te invita a parar y tienes que aceptar la invitación para encontrarte y volver a ella con más ganas, con más serenidad, con más paz…

A veces, para cambiar de vida no hace falta dejar la antigua del todo. Sólo es necesario soltarla, estar dispuesto a pensarla de otro modo, a vivirla con otro ritmo, a buscar la coherencia en cada palmo que la habita y desechar lo que ya no te pertenece. No hace falta lanzarlo todo por la ventana, pero hay que estar dispuesto a ello si es necesario… 

Al final, lo nuevo siempre te cuesta lo viejo, lo caduco, lo que ya no tiene sentido… Hay que dejar hueco para que lo que deseamos llegue a nosotros y ese hueco es sobre todo mental y emocional… El espacio físico siempre es una consecuencia de permitirnos vaciar por dentro, soltar los pensamientos que ya no nos definen y las creencias que ya no queremos que nos limiten.

Y una vez a solas, háblate en serio. Sé pura compasión pero pura verdad. Sé amor pero también firmeza…

Quedarte con tus miedos y decirles basta. No para que se vayan (que sería maravilloso) sólo para que no muerdan. Quedarte con tus pensamientos y mirarlos desde fuera y ver que no son tú y que están ahí para recordarte que a veces no te valoras suficiente, que todavía estás aprendiendo a amarte y se te escapan pequeñas cosas. Quedarte con tus emociones y sentirlas, ver qué te cuentan y soltar cuánto puedas…

Y decir las cosas por su nombre. Y hablarte claro. Y encontrar ese miedo tan intenso que se oculta detrás de esos pequeños miedos sin sentido que son todos el mismo disfrazado de torpeza, de desgana, de angustia, de enfado, de rabia, de resentimiento, de pereza…

Y no culparte por nada. Sin reproches, sin medias tintas… Para que vayas a tope contigo. Cuando aciertas y cuando fallas. Porque todo, absolutamente todo es material valioso para seguir y crecer. Para levantarse y caminar .

En algún momento tienes que quedarte a solas contigo para darte cuenta de que le pongas el nombre que le pongas a tus metas tu destino es amarte y confiarte la vida.

En algún momento vas a tener que recordar qué te trajo aquí y descubrir si te sigues a ti mismo o tu sombra.

Para enderezar el camino si te has perdido o sencillamente seguir por el camino que parece equivocado a ver a dónde te lleva… Porque tal vez ese error pendiente es sea muy necesario para recordar quién eres y darte cuenta de hacia dónde deseas ir de verdad.

Tal vez ha llegado ese momento. La vida te invita a parar ¿aceptas?

 

 

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La vida a veces…


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La vida a veces te muestra lo que no quieres para que digas que no… Para que veas que ese camino no es tu camino y ese dolor no es tu dolor. Para que reafirmes tu deseo de no volver a lo que ya dejaste atrás… La vida te mete en un laberinto de zarzas que te sujetan y tiran de ti para que no te vayas para que digas en alto y claro “me voy, no quiero estar aquí”. Te envuelve en la niebla para que salgas de ella y busques la luz… Para que descubras que tú eres la luz.

La vida a veces te cubre de escamas para que encuentres tu piel. Te apaga la luz para que sepas que incluso a tientas puedes llegar a ti. Te arrebata el suelo para que vueles, te deja sin zapatos para que sepas que hay momentos en los que tienes que parar… Te obliga a quedarte quieto para que te aburras un rato y te fijes en todo lo que hasta ahora has sido incapaz de ver…

La vida a veces llena tu casa de gritos y de grillos para que aprendas a amar tu silencio… Te abarrota el sendero que sigues de mariposas para que sepas que tú también te vas a transformar… Llena tu cabeza de pensamientos amargos para que dejes de pensar y vuelvas a sentir…

Te ata las manos para que uses los pies… Te ayuda a perderte para que puedas encontrarte y sepas a dónde ir.

La vida a veces dice que no para que entiendas cuál no es tu camino… Y a veces lo hace para que entiendas que tal vez lo es pero vas a tener que vivirlo de otro modo… Y vas a tener que saltar y aceptar.

A veces, la vida te deja en casa para que leas ese libro pendiente o te cierra la puerta para que tengas que entrar en ese bosque tan oscuro que hace tiempo que sabes que debes recorrer y no te atreves… La vida te pone fácil que sientas y difícil que huyas. Te pone casi imposible que llegues al otro lado para obligarte a buscar tus alas, te cuenta historias tristes para que comprendas que no son tus historias.

La vida a veces te acerca a personas que pisan para que decidas que no quieres que te pisen… Te pone en el camino a personas que sonríen para que recuerdes que tú también tienes una sonrisa… La vida te pide que te muevas y bailes, porque sabe que te asusta el baile.

Ay, la vida… Te llena el cielo de nubes para que comprendas que no importan las nubes, para que superes las circunstancias y descubras que tu paz interior no se vende, ni alquila, no depende de lo que pasa sino de lo que eres… La vida pone en tu camino los árboles más altos para que aprendas a tener paciencia… Llena del lecho del río de guijarros para que nades y dejes de quejarte por el dolor que notas en los pies… Te tira al suelo y te deja un rato tumbado para que no tengas más remedio que mirar hacia arriba y descubrir tu cielo, descubrirte a ti.

La vida a veces se pone muy oscura y angosta para que no tengas más remedio que salir a mar abierto y navegar. Para que dejes lo que haces y sueltes lo que no eres. Para que tengas que arriesgar.

La vida te para en este segundo para que no te quede otra que vivirlo y dejar de pensar, dejar de dar vueltas a lo que no se puede cambiar y puedas mirar en ti y cerrar heridas y decir no a los fantasmas de una vez.

Pone ante ti personas que no saben quererte para que aprendas amarte, para que sepas que debes reconocerte y valorarte.

La vida a veces te baja al infierno para que comprendas que el cielo está  en ti. Te rompe para que sepas que eres indestructible… Te derrumba para que sepas que puedes levantarte. Te ata para que te liberes… Te pone ante el precipicio para que decidas no quieres dejarte caer.

La vida a veces te muestra lo que te asusta para que comprendas que no hay nada que temer y te atrevas a avanzar y sentir. Te da lo que pides para que te des cuenta de que no es lo que realmente deseas y necesitas. La vida a veces te muestra tu lado más oscuro para que descubras que ya no eres esa oscuridad. 


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El efecto dominó


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Hay que poner límites. Hay que de marcar unas líneas para decidir qué quieres en tu vida y qué no. Asomarse a la ventana de tus asuntos pendientes y escoger uno y sacarle el polvo… Hay que acortar la cola de espera para tomar decisiones en tu vida y borrar… Quitarte de encima lo que sobra y lo que ya no pinta nada. Tirar los vestidos que disimulan lo que no te atreves a afrontar y sentirse libre de hacer mucho el rídiculo para descubrir a los cinco minutos que el ridículo no existe… Que sólo estaba en tu mente.

Hay que dejar un vacío para llenarlo con lo nuevo y soltar lo que pesa, lo que araña, lo que te aleja de estar contigo, sea lo que sea… Mineral, animal o bestia parda. Tenga la cara de un amigo o la de anciano sabio… Sea cómodo o tristemente conocido… Si te aprieta, desabrocha. Si te ahoga, afloja… Si te habla mal, cierra la puerta y apártate.

Buscar lo que te asusta y zarandea pero que sabes que te libera y lanzarse a ello sin pensar.

Hay que dejar de pensar un poco y sentir mucho más.

Hay que decir basta a lo que no te llena, a lo que no te apasiona, a lo que no te hace sentir como realmente eres. Aunque eso suponga correr el riesgo de encontrarse solo, perdido, sin nada ni nadie a qué sujetarse, sin botón de alarma ni salida de emergencias.. La solución eres tú… Sé que no me crees, porque no está en este tú que duda en poder y que no se atreve a intentar… Está en el tu que sueña, que vibra, que decide, que camina, que resuelve, que confía, que suelta… ¡Qué difícil encontrar ese tú! yo lo pierdo muchas veces, se me escapa, se esconde de mí porque le arruino la risa y le recuerdo que tal vez no puede… Y no es que lo podamos todo, es que todo es posible y si no, no pasa nada porque hay algo mejor esperando a que nos decidamos a decir que no a lo que no deseamos… A lo que nos denigra, a lo que nos hace sentir insignificantes.

Lo imposible está buscando una puerta para entrar en nuestra vida y siempre nos encuentra haciendo guardia en ella y no lo dejamos pasar. Porque creemos no merecerlo, porque lo ahuyentamos con nuestra mirada cansada y nuestros apegos absurdos. Porque queremos controlar cada detalle de una ceremonia que no conocemos, porque queremos poner cadenas a nuestra libertad porque nos da miedo usarla… Porque tenemos miedo a qué nos depara un futuro sin sufrimiento, puesto nunca antes hemos vivido sin agarrarnos a una seguridad ficticia… Sin buscar refugio a cambio de perdernos a nosotros mismos.

Hay que decir no. Hay que decretar lo que somos y seguir ese decreto hasta el final. Hay que callar y escucharnos y sentir y tomarnos vacaciones de lo que nos preocupa, de lo que nos asfixia.

Hay que asumir la realidad y luego imaginarse lo contrario a lo que vemos cuando lo que vemos nos dice que no existimos… Hay que notar lo que sentimos hasta las últimas consecuencias y luego soltarlo para poder seguir, para flotar, para volar.

Hay que decir sí a lo que quieres, aunque dé tanto miedo que no sepas qué pasará mañana y te sientas tan perdido que durante un rato no sepas quién eres.

Hay que encontrar un pedazo de silencio y habitar en él hasta que todo vuelva a tener sentido.

Cuando no sabes quién eres, a veces, es porque te has quitado la máscara que ocultaba tu yo verdadero y estás buscando tu lugar. Es porque te has quitado las ataduras y estás empezando a usar tu libertad sin saber cómo todavía. Es porque andas por ahí tan ligero por el peso que has soltado que has descubierto que todo pasa más rápido y todavía no te has acostumbrado a volar.

Hay que decidir lo que ya no nos define y sacar las tijeras de cortar por lo sano con la pereza, el miedo y la vergüenza de ir a por lo que amamos. 

Es porque lo que eres no necesita etiquetas, ni resultados concretos y estás empezando a vivir para este preciso momento sin preguntar a dónde vas. Porque ya lo sabes, vas a ti, vas por el camino que eres, vas hacia tu propia esencia…

Hay que tomarse un respiro y parar para notarse las alas.  No sea que vayamos arrastrándonos a todas partes cuando en realidad siempre hemos podido volar.

Hay que poner en marcha un mecanismo en tu vida que arrase lo que ya no sirve para que lo que está por llegar pueda venir. Un efecto dominó que una vez comenzado sepas que nunca va a parar.


8 comentarios

Me quedo aquí


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Me quedo con los que se olvidan de odiar y de reprochar las faltas… Con los que nunca harán vudú ni se pasarán media vida quejándose de otros mientras ellos hacen lo mismo.

Me quedo con los tristes que se convierten en dueños de su tristeza y la miran a los ojos cada madrugada. Con los locos que han llegado a creerse que se puede saltar y la red se dibuja… Con los que se ensucian y se arrugan la ropa. Los que caminan sin saber a veces a dónde pero no dejan el camino…

Me quedo con los que ya saben que no saben nada.

Con los que se han dado cuenta de que no se puede escapar porque tu miedo siempre te persigue…. Hasta que no lo abrazas.

Me quedo con los que nunca se hacen viejos. Con los que siempre intentan ponerse en piel ajena aunque, a veces, eso les arañe la propia piel… Me quedo con los que hacen el ridículo por lo que aman y con los que se ríen de su cara de susto.

Me quedo con todas la tardes de lluvia mirando por la ventana y soñando un sol que luego cuando sale abrasa y a veces espanta. Porque lo deseado siempre parece más hermoso que lo que ya están contigo. 

Me quedo con todas las noches imaginando otras vidas que no fueron posibles y las vacío en mi papelera para cerrar todas esas puertas. Lo tiro todo, incluso lo que tal vez pueda necesitar porque todo está impregnado de ese antiguo asco con el que me despertaba esperando que alguien me salvara.. Porque yo siempre busqué a alguien que me salvara de mí misma, que me ayudara en este camino tan arduo y complicado. Hasta que descubría que nunca lo haría nadie… Hasta que yo no decidiera que el camino podía ser distinto. 

Me quedo con este momento presente, sea como sea. Porque está, porque es, porque ha tenido el honor de llegar y pegarse a esa sucesión de momentos en los que parece que no pasa nada pero en realidad se está creando una vida, un destino, un futuro… Porque este día se nos va a escapar mientras imaginamos cómo nos gustaría que fuera y desdeñamos cómo es ahora… Sin darnos cuenta de lo que perdemos no estando presentes ni respirando sin esperar nada. 

Me quedo con mis enfados absurdos y los repaso uno a uno para comprender por qué soy tan humana. Me quedo con mis emociones contenidas en la espalda, en la garganta, en las lágrimas que no caen porque no les doy permiso.

Me quedo con mi gato que ahora maúlla y me mira, aunque se que no me ama tanto como yo y sólo quiere comida… Aunque no me importa, porque sé que incluso lo que falta significa algo de lo que aprendo. 

Me quedo conmigo, aunque a veces no esté a la altura de mi yo más puro. Aunque haya hecho cosas que no me gustan ni gustan… Aunque huyendo de mis miedos, me metí entre sus redes…  Huyendo de la injusticia fui injusta… Huyendo de los gritos y las malas caras, me desgarré la garganta… Gritando…

Me quedo con la niña perdida que llevo dentro que me hace ser tan arisca y desconfiada, que me obliga a mirar de reojo y pedir explicaciones a otros por esas cosas que yo también hago… Que se siente sola, cansada de pedir y no recibir, que quiere que le hagan caso y que llora mientras ríe, que se ha quedado helada jugando a lo mismo de siempre y mezcla los recuerdos y a veces no sabe quién es.

Me quedo con cada uno de mis errores. Con mis caminos perdidos y equivocados buscando sentirme menos vacía y darle sentido a mi vida gastada buscando sentido… 

Me quedo con este día y lo amaré como si fuera el último mientras pienso que es el primero de muchos que vendrán sin sombra, muchos que ya no marearán mi alma cosida ni mis pies exhaustos de tragar caminos llenos de piedras.

Me quedo aquí, aunque no sea el mejor lugar, ni el mejor momento, pero es el mejor posible… Y voy a intentar amarlo como si lo hubiera inventado y vivirlo como si lo hubiera elegido.

Me quedo a ver qué pasa, porque moverse no es siempre avanzar y quedarse no es siempre un acto cobarde… A menudo pensamos que seguimos adelante, pero en realidad estamos huyendo. Creemos que escogemos y en realidad somos escogidos por nuestro miedo… Creemos que bailamos con nuestros problemas, cuando en realidad sólo nos dejamos llevar por ellos… A veces, pensamos que llevamos las riendas y en realidad sólo nos sujetamos a ellas mientras ese el carro nos arrastra…

Me quedo aquí, mirando sin perder detalle. Perdida en lo que nunca me pierdo y dejándome llevar por la magia de no saber, no comprender, no controlar, no pertenecer, no esperar… 

Me quedo aquí… Por que siempre tuve miedo a quedarme por si no aguantaba la envestida, pero me dice mi intuición que el viento huracanado que temo que me arrastre es en realidad un brisa fresca que va a impulsarme a mi nueva vida…

Tengo una sensación, una corazonada…

Hoy me quedo, a ver qué pasa…