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la rebelión de las palabras


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Ojalá


Ojalá despertar una mañana y que todo hubiera dado la vuelta.

Mirarse al espejo y verse de verdad. Lo hermoso, lo eterno, lo que nos conmueve y hace seguir cada día a pesar de todo. Lo que permanece, lo que siempre está, lo que jamás podrás perderse.

No empezar una carrera desde el minuto uno para apurar un tiempo que siempre parece que nos va a la contra.

No empeñarse en que lo rojo sea verde y lo verde no sea.

No buscar sin tregua algo a lo que ni siquiera le hemos puesto nombre porque nos asusta tanto saber qué es y que no lo tenemos todavía que reconocerlo se haría insoportable.

Ojalá despertar un día y dejar de sentirnos culpables por no ser suficiente para un mundo que cada día parece que pide más mientras tú menguas y te sientes ridículo e insignificante. Abrir los ojos sin nada pendiente que nos impida colmar el día de aquello que nos mueve. No tener que dejar las pasiones y los momentos con nosotros mismos poniendo por delante otras prioridades que nos son nuestras sino del horario, del trabajo, del tren, de la prisa, del miedo.

Ojalá poder cerrar la puerta al asco, a las palabras necias sin tener que hacer oídos sordos porque necesitamos mucho escuchar y escucharnos.

Pedir por favor y dar gracias de verdad, sintiendo esa gratitud inmensa que cuando te estalla por dentro todo lo transforma y lo cura.

Caminar sin contar pasos, sin medir distancias, sin cronometrar momentos, sin contar suspiros. Caminar sin más meta que sentirte vivo, que acompañarte y serte fiel hasta las últimas consecuencias.

Ojalá sentirnos vivos sin ponernos marcas ni objetivos más allá del café de las ocho. Notar el aire en la cara y sentarnos a mirar como llueve, como nos calma las ansias de parecer y aparentar esa lluvia perfecta que es tan libre que llega cuando le da la gana y se marcha si quiere.

Ojalá ser como esas amapolas que crecen en los lugares más insospechados y los llenan de color y belleza.

Quedarnos quietos un rato y sentir nuestro silencio, darnos cuenta de que no viene de fuera sino de dentro. Que no hay nada que conseguir ni alcanzar, que no hay carrera que ganar ni expediente que cumplir. Que lo que realmente necesitamos es quitarnos la basura que nos colma la mente y descubrir quiénes somos. Darnos cuenta de que todo este tiempo mientras buscábamos el siguiente reto para sentirnos falsamente vivos, ya éramos aquello que deseábamos sentir. Ya somos. Ya lo tenemos si es que se tiene algo más allá de la emoción de calma de asumirse entero.

Ojalá nos miráramos unos a otros y viéramos la verdad. Ojalá dejáramos de etiquetarnos y juzgarnos. Nos dejáramos de poner precio, peso, talla, puntuación. Y dejáramos de intentar encajar para ser, para abrirnos a las infinitas posiblidadades que están ahí esperando ser vistas y abrazadas.

Dejar de producir para empezar a aportar, a sentir, a ser, a amar lo que ya es, lo que ya nos invade y abraza.

Dejar de producir para producir más y demostrar. Dejar de intentar colgarnos medallas y méritos. Dejar de vestirnos para otros, peinarnos para otros, hablar para que otros nos escuchen, hacer sin parar para que otros nos valoren… Dejar de pasar de puntillas por nuestras vidas para empezar a vivirlas y habitarlas en paz.

Mirar las nubes y ver las nubes. Mirar al mar y ver el mar. Mirar a los ojos de los niños y ver niños. Dejar de buscar respuestas ni señales, dejar de buscar salidas… Dejar de esperar futuros concretos. Dejar que la vida pase y que llegue como necesita. Llevar el timón pero dejarse llevar por el viento.

Ojalá una mañana amaneciéramos y nos hubiéramos perdonado por todo, sintiéndonos libres y completamente inocentes. Con la mente despierta y abierta a todo, el marcador a cero para poder lanzarlo al abismo y dejar de usar de una vez por todas el marcador… Dejar de puntuar, dejar de pisarnos unos a otros para sobrevivir y dedicarnos a compartir y colaborar.

Ojalá sintiéramos todo el miedo pendiente de una vez y nos quedáramos libres de ataduras, de barreras mentales, de esfuerzos y sacrificios estúpidos e innecesarios, de vueltas de tuerca sin sentido, de luchas absurdas, de batallas que nadie puede ganar porque nunca se gana a nadie.

Ojalá nos viéramos como realmente somos. Ojalá nos diéramos cuenta de que miramos a los demás y nos vemos a nosotros y no a ellos. Y que cuando los miramos intentamos cambiar en ellos lo que no nos gusta en nosotros para así mitigar el dolor y la culpa que nos asfixian.

Ojalá nos aceptáramos tan desnudos y libres que nos descubriéramos elásticos y supiéramos que somos capaces de todo pero decidiéramos que no hace falta demostrar nada ni vencer a nadie porque lo tenemos todo.

Ojalá viviéramos sin suspirar ni decir ojalá. Así escribiéramos nuestra vida sin deseos que nos coarten la imaginación y nos recorten las alas, sino como que sean fruto de la inspiración de habernos descubierto a nosotros mismos.

Ojalá nos bastara el aire para recordar que estamos vivos y somos siempre valiosos.

Ojalá despertar siendo niños y ver el mundo a través de sus ojos.

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente o tal vez no tanto, porque todo es un pensamiento y los pensamientos también se pueden observar y decidir si nos los creemos o no).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

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Perdona


Perdona. Ayer cuando grité no era yo. O sí. Era esa parte de mí que tiene tanto miedo a que la vida le sobrepase, que a veces se queda callada y otras chilla a pleno pulmón para sacar la rabia que le oprime el estómago. Era esa versión de mí que necesita recordarte que estoy aquí, que existo, que yo también quiero un poco de lo que hoy se reparte si es que es algo bueno, porque de lo otro me sobra. Era yo tan asustada que se me trasforman las facciones y los gestos y por no llorar la angustia acumulada, de pura vergüenza, la saqué fuera de la peor manera.

Perdona. No eras tú, aunque tal vez no me gusten tus palabras y no quiera volver a escucharlas.  Era el cansancio. Era el miedo de tantos días sin risa que se agolpan en mi cara rígida y desconcertada. Era el tren lleno de gente a primera hora de la mañana mientras estoy buscando un asiento para colgar mi alma desamparada. Era mi jefe que me paga poco y yo que no digo nunca nada y me ha acabado creyendo que no merezco más. Era el cartero que dejó facturas y la vecina que siempre huele a colonia muy cara, esa que me gusta y hace tiempo que no me compro y a veces creo necesitar. No, no era yo, era mi amiga Marta que lleva días  muy agobiada sin responder mensajes y está enfadada con la vida, aunque lo pague conmigo, porque dice que el amor no llama nunca a su puerta y cuando lo hace siempre luego se escapa por la ventana. Eran mis padres, que están mayores y me preocupan. Era la caldera que a veces no arranca y me deja a medias en plena ducha. Eran las fotos de animales abandonados que me revientan por dentro cada vez que topo con ellas y las estadísticas de personas enfermas que parece que me piden auxilio sin ni siquiera saber sus nombres. Eran las cifras del paro y las noches que llevo acumuladas esperando que el sueño sea un bálsamo y no una batalla perdida.

Perdona, ayer no fui yo, era la rabia y el miedo. Era esa ira que llevo siempre contenida en el pecho que estalla. Esa sensación de injusticia que se aloja en mi hígado y me cuenta historias de personas a las que las cosas les salen bien sin tener que dejarse el alma por el camino. Porque yo me la he dejado mil veces. El alma, la piel, la cáscara. Eran todas la veces que me esforcé sin resultado y todos los sueños que tuve y se quedaron en el desagüe de mi vida. Las veces que iba a pedir un poco de alegría y perdí la vez o no dije nada cuando me tocó el turno. Las que miré tras el cristal esperando una señal y no supe más que quedarme parada, rota, inmóvil. 

Perdona, siento tan poca compasión por mí que a veces me cuesta ser empática. Porque a menudo me quiero poco o casi nada. Y a veces me pongo el listón tan alto que cuando veo que alguien sonríe relajado, se me comen el estómago las pirañas. 

Perdona. Fue el viento que era helado. Fue el invierno que me molestaba porque yo quería primavera a primera hora de la mañana. Fue la lluvia que caía con ganas… Fue ese niño que vive al lado que nunca sonríe porque está malito y a mí no me da la gana que sufra… Porque debería estar bien y jugando, como todos los niños, y su madre debería ser feliz y verle crecer sano, como todas las madres.

Perdona, fuiste la gota que colmó el vaso que yo misma había llenado de rabia. 

Perdóname… Ahora que lo pienso me doy cuenta… Sé que son excusas y en realidad soy yo que me dejo sobrepasar por las circunstancias. Que sigo necesitando que todo cambie para estar en calma y no acepto los vaivenes de la vida. Soy yo que quiero siempre tener la razón para quedármela. Que a veces no pido lo que quiero y no pongo límites a nada más que a mí misma. Las facturas llegarán, el invierno seguirá, las personas que parecen tener una vida más fácil seguirán paseando por mi vida y mi calle ajenas al mal que yo creo que me causan. Espero que las cifras y estadísticas horribles cambien algún día,  pero no puedo esperar a que pase para dejar de gritar y enfadarme, para recuperar la risa y la calma… No sé si Marta encontrará lo que busca si es que lo sabe. No sé si el niño que vive al lado se curará, pero seguro que no le ayudan mi amargura y mi mala cara.

Perdona, me sentía tan indefensa y amenazada, tan desamparada por la vida… En realidad esperaba un abrazo que me consolara y lo pedí a gritos porque estoy poco acostumbrada a pedir y sentir que merezco. Porque de tanto querer controlar mi vida me he quedado rota y petrificada, de tanto hacer guardia para defenderme, incluso cuando nadie me mira  y hostiga me siento atacada y señalada. 

Perdona. Yo me perdono. La culpa por todo es muy pesada. A veces no puedo más y la comprensión no me alcanza. Intento sonreír, pero me siento la boca embalsamada. Intento respirar hondo, pero el pecho no me alcanza para todo el aire que necesito… Y hago lo que sé y lo que puedo y sale el sol cada mañana. Siempre hay una nueva oportunidad para ver las cosas de otro modo, para elegir de nuevo otros pensamientos que nos aligeren el paso, para dejar de juzgar y de juzgarnos… Para arrancarnos esas etiquetas que nos pusieron y nosotros asumimos… Siempre podemos mirar otra vez desde la inocencia y ver la belleza contenida en cada rincón esperando ser rescatada por los que son capaces de ver el amor que son. 

Perdóname y perdónate. Nada merece el mal rato de arrastrar esta carga. Volveremos a hundirnos y enfadarnos pero tenemos suerte, porque ya nos hemos dado cuenta de que cuando se nos acumule la culpa podemos soltarla.

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente o tal vez no tanto, porque todo es un pensamiento y los pensamientos también se pueden observar y decidir si nos los creemos o no).

 

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

 

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

 

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Esas cosas que quiero


Quiero que no importe la lluvia.

Que no importe qué hora es, ni hasta donde llega este camino.

Quiero que nunca sea tarde, ni pronto.

Que todo vuelva a empezar sin lastre.

Que los pensamientos amargos se esfumen a golpe de suspiro.

Que el sol brille tanto que seque las penas, mientras nosotros nos olvidamos de preocuparnos durante un rato.

Quiero dejar mi apego a todas esas cosas que me frenan y a las que temo perder.

Quiero superar el temor a no saber qué pasará… Quiero abrazar la incertidumbre de mis días y bailar con ella hasta llevar yo el paso.

Pensar que si tienes claro lo que quieres encontrarás la respuesta que buscas… Confiar absolutamente en mí y en la vida.

Descubrir que mi sueños pueden redibujarse, que yo puedo redibujarme, que mi universo particular es elástico y yo soy demasiado grande como para contenerme en una excusa o un lamento.

Quiero correr las cortinas de mi mundo absurdo para que me invada una felicidad inmensa. Comprender que no tengo un principio ni un final, ni un cómo, ni un porqué… Que solo sea para algo. Para estar, para sentir, para comprender, para perdonar esa culpa que siempre se me pega a la espalda y me dice que todavía no soy esa persona en la que todos mis antepasados depositaron sus esperanzas.

Quiero mirarme al espejo y hacer las paces con esa niña rota que siempre estaba cansada y triste porque pasaba los días de alerta y de guardia esperando que el mundo la atacara y le recordara que era imperfecta, insuficiente, incompleta, inadecuada.

Que todas las motas del polvo dejen de recordarme lo mucho que tengo pendiente por limpiar en mi vida. Que todos los caminos dejen de hacerme memoria de todo lo que me queda por hacer y conquistar. 

Quiero dejar atrás el asco que me daba a veces levantarme y descubrir que el día que se desplegaba ante mí era el mismo que ayer y una copia exacta al de mañana.

Quiero dejar de desear tanto que duela. Que mis pasos ya no tengan ansia y mis caminos no estén cubiertos de dientes de león a la espera de que yo pida deseos imposibles y absurdos.

Dejar de esperar eso que espero desde hace años y todavía no sé qué es pero que duele y desespera.

Dejar de pisar el mismo peldaño de escalera cada día soñando que llego al final. Dejar de andar el mismo camino esperando que me lleve a otro lugar.

Dejar de mirar al mar anhelando que llegue la marea y se lleve la angustia y el cansancio insoportable de intentarlo todo y no conseguir nada.

Quiero que no importe la noche ni su silencio inquietante y maravilloso.

Que no importe el pasado ni el futuro.

Solo la risa, solo este instante imperfecto que camina por mi mente buscando un pedazo de tierra fértil donde plantar un pensamiento alegre.

Quiero atreverme a hacer el ridículo más espantoso y que me invada una carcajada inmensa cuando me señalen con el dedo para hacer mofa de mis errores más colosales.

Que me dé igual si hablan y juzgan. 

Que ni siquiera me acuerde de las etiquetas que me colgaron y los motes que me dedicaron mientras proyectaban en mí sus miserias. 

Quiero que no importe lluvia. Quiero perderme en la canción de sus gotas que caen buscando un azar perfecto y ordenado. Recordando que la vida se renueva de forma constante. 

Quiero no importe ese viento frío que a veces a media tarde me recuerda que mi refugio es pequeño y mi alma está en construcción. 

Quiero sentarme en la playa y cerrar los ojos para descubrir que la playa soy yo. 

Quiero dejar de querer lo que quiero. Dejar de necesitar. Dejar, solo dejar. 

Saber que soy como esos muñecos que se balancean pero luego siempre regresan a su centro y están en equilibrio. Que me puedo quejar dos minutos y luego volver a mi lugar y sentarme en primera fila, otra vez…

Empezar cada día dando gracias por empezar. 

Y dejar que la vida me sorprenda. Tal vez su plan es aún más apasionante de lo que imagino e infinitamente mejor que el que yo pueda dibujar.

 

GRACIAS POR LEERME E INICIAR CONMIGO ESTE CAMINO COMPLICADO PERO MARAVILLOSO… 

Si quieres continuar con este cambio, te invito a profundizar todavía más…

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Acompaño a personas y organizaciones a a desarrollar su #InteligenciaEmocional con formación, conferencias y #coaching

Escritora y apasionada de las #palabras

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