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la rebelión de las palabras


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Eres lo mejor que te ha pasado


Foto : Gimena Escariz

Foto : Gimena Escariz

Vayamos de viaje a nosotros mismos.

¿Te atreves?

Aunque sabemos que vamos a salpicarnos y ensuciarnos, no nos pondremos el impermeable como hacemos siempre, porque necesitamos sentir… Si pasamos por este camino de puntillas o nos ponemos los guantes, no servirá de nada.

No lo pienses más. Hazlo. Pensamos tanto… Está bien pensar, es necesario. Lo que pasa es que acabamos haciendo una bola de pensamientos que nos recorre la cabeza  y nos deja anestesiados. Y llevamos dormidos algunos siglos…

Pensamos siempre lo mismo, nos falta  ese punto de osadía que nos permitiría imaginar qué podría pasar si dejamos que nuestros pensamientos salgan del cauce habitual. Nunca rompemos las normas que nosotros mismos nos hemos impuesto. Y nuestros pensamientos no sirven porque están corruptos, estancados, asfixiados… Porque son cíclicos, porque van de la cama al sofá y como mucho pasan por la nevera de los pensamientos fríos, congelados…

¿No te sorprendes siempre pensando lo mismo? ¿No te vienen a la cabeza siempre las mismas ideas y palabras y notas las mismas punzadas en el pecho cuando las revives?

¿No te has dado cuenta de que paseas siempre por los mismos peldaños de escalera y nunca llegas al rellano?

Vamos del “necesito hacer algo con mi vida” al “mejor quedarse callado y no decir nada no sea que pierda lo que tengo” Y ¿qué tienes? ¿eres lo que crees que puedes llegar a ser? ¿te sientes bien contigo mismo o eres un sucedáneo de ti?

Cuando estamos en crisis, buscamos respuestas en el cajón de pensamientos tristes, de culpa, de asco, de rencor, de resentimiento, de rabia y frustración… Y nos pringamos con ellos hasta arriba, hasta que nos sentimos tan poco responsables de nuestra vida que decidimos sentarnos en el sofá y mirar otras vidas… Y criticarlas, envidiarlas, maldecirlas…

¿Cómo te hablas a ti mismo? ¿qué te dices? ¿usas siempre las mismas palabras para definirte y definir tu vida?

Y a veces, nos asalta una nueva idea. Algo distinto, insólito… Lo imaginamos, lo tenemos en cuenta, pero enseguida nos refugiamos en ese rincón donde todo es fácil y predecible, cómodo, asqueantemente tranquilo… Es como el rincón de pensar en pequeño.  De matar al mensajero y encogerse. El del lamento, de la queja, el llanto estéril porque no vacía sino que llena de dolor… El rincón de maquinar venganzas, tragarse la rabia y programarse para la envidia… El rincón de los que se conforman con mirar.

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Y pensamos mucho. Pensamos más, pero siempre lo mismo. Desde el mismo ángulo. Con la misma mirada. Nos contamos siempre las mismas historias y nos sorprendemos siempre en las mismas frases… Nos contamos los mismos chistes con los mismos clichés y nos reímos de las mismas personas para poder soportar que ellas hacen lo que nosotros no nos atrevemos a hacer… Nos creemos que así pierden valor sus actos y somos menos desdichados… Y volvemos a pensar… Otra vez, como el hamster que da vueltas en la rueda buscando algo sobre sus pasos estériles… Lo hacemos usando las mismas palabras para contar nuestro relato interno, llegando a la misma conclusión (llegar a otra es prácticamente imposible). Y nos cerramos. Cerramos nuestra puertas interiores presas del pánico porque esa idea extraña casi hace tambalear nuestras vidas…  El susto nos deja petrificados. Aunque es el mismo susto de siempre, con los mismos gestos y las mismas sensaciones. Como si hubiéramos hecho un pacto con nuestros miedos para que nos asaltaran siempre en el mismo sitio a cambio de no movernos, de no ir nunca más allá…

Y a pesar de todo, una avalancha de pánico y sudor frío nos encoje el pecho y nos besa la nuca… El miedo siempre te besa la nuca cuando estás a punto de decidir algo nuevo… Y tú puedes interpretar ese beso macabro como un freno o como una señal de que estás en el camino correcto para salir de ti mismo y encontrarte de verdad.

La persona a la que buscas está al otro lado de todos los pensamientos estancados y congelados. Al otro lado de la vida previsible y razonable.

Cuantos más besos en la nuca sientas, más cerca de ti estás…

Nuestro viaje es largo y duro. En él vas dejando cosas que llevabas incrustadas y adheridas a la piel y que llegaste a creer que formaban parte de tu cuerpo cansado… No lo eran, no eran tú, eran tu carga, tu peso sobrellevado que extenuaba tus huesos agotados de luchar contra fuerzas exteriores cuando el enemigo era interior…

El viaje implica dejar la lucha. No como resignación sino como acto de amor supremo contigo mismo. Porque cuando batallas contra el mundo, batallas contra ti, en realidad. Es un dejar de destruir para empezar a construir. Es usar la fuerza del guerrero para llegar a tu paz interior.

El viaje pide desnudez y humildad. Pide paciencia, tanta que a veces se hace casi insoportable… El viaje implica renuncia. Implica decidir entre lo fácil y lo incierto. Entre el dulce engaño y la verdad cruda pero liberadora… Implica salto al vacío confiando en una red que jamás has visto.

Y dejar de pensar un poco… El viaje a ti mismo, implica más sentir que pensar. Dejar las obsesiones y los pensamientos cíclicos para apuntarse a los pensamientos valiosos, nuevos, arriesgados, prácticos, incómodos pero reveladores, casi mágicos, responsables… Pensamientos que te hacen sentir que estás contigo, pensamientos que hablan de lo que tú haces y no de lo que esperas que otros hagan por ti… Pensamientos llenos de emociones vividas, analizadas, conocidas, asumidas… Pensamientos para crecer y curar. Pensamientos que cierran heridas y borran culpas…

El viaje exige tomar las riendas. No te permite delegar funciones básicas ni sujetare en barandillas ni muletas, no puedes compartir el peso con otros compañeros para evitar decidir si llevarlo encima o soltarlo… No te permite dejar en otros la responsabilidad de elegir ni marcar el camino… No te deja mantener apegos porque corta lazos que parecían indestructibles… El viaje te deja solo para que aprendas a amar tu soledad. y descubras tu valor.

Durante el camino, el viento está muchas veces en contra y la luz que llevas para poder ver dónde pisas se apaga en los tramos más oscuros, tú decides si pensar que es una conjura contra ti o si precisamente eso pasa para que aprendas que todo lo que necesitas para seguir lo llevas dentro…

A veces, el camino es enorme y todo está a cinco palmos de dónde alcanzas… Y eso es para que te des cuenta de lo mucho que aún puedes crecer…

Lo importante es seguir. Aceptar el camino y usarlo para descubrir lo que hay en ti.

Cambiar de pensamientos. Cambiar de palabras. Cambiar nuestra forma de mirar para que ante nosotros se abran caminos que hasta hoy no hemos visto… Dejar de ir a buscar las soluciones a nuestros problemas en el cajón de los pensamientos prestados, tristes, rencorosos, ofuscados, repetidos con ansiedad, perezosos… Dejar de poner nuestras emociones en la nevera para cuando seamos capaces de asumirlas y afrontarlas…

Sentir mil besos de terror en la nuca y pensar que es la señal inequívoca de que nos acercamos a nuestra meta.

Soltar todo lo que no nos sirve para hacer el paso ligero. Amar cada paso y cada tropiezo.

Y una vez pisado, sellar el camino… Para que no haya vuelta atrás… Todo lo que necesitamos del pasado después de revisarlo y entenderlo  es lo aprendido.

La salida fácil lleva a seguir buscando en el mismo cajón donde nunca hay soluciones o se quedan a medias.

La respuesta rápida es un paso atrás.

Encontrar salvavidas y compañeros de viaje que lleven tu carga es retrasar el momento de asumir tu vida.

Creer que todo cambiará sin cambiar de pensamientos es engañarse para soportar el miedo que nos da asumir riesgos…

Conformarte con lo que ya vives si no te sientes bien es renunciar a ti mismo.

Tú eres tu propio equipaje.

Tú eres tu propio refugio.

Tú eres el único líder de tu vida…  En este viaje sólo puedes agarrarte a ti mismo… Va de ser y de sentir.

Tú eres lo mejor que te ha pasado.


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Jacaranda


Tal vez, algún día los médicos nos recetarán palabras. Nos curarán con ellas. Tendrán que hacer un gran esfuerzo porque deberán encontrar las palabras concretas que necesitamos para curarnos. Al darnos la receta, sabremos lo que nos falta, lo que no recordamos, lo que no sabemos o no queremos saber. Nos escribirán verdades como puños, secretos a gritos… Nos ayudarán a cambiar nuestra realidad ofreciéndonos un nuevo enfoque para nuestra vida… Nos permitirán salir de la rutina.

A veces, sólo será una palabra. Otras, una frase entera. Puede que nos receten libros o incluso diccionarios. Serán a veces palabras poco conocidas y otras palabras veces palabras básicas y tal vez olvidadas por el desuso. Pueden ser palabras en otros idiomas porque suenen mejor o tengan más acepciones… No sólo importará su significado, sino también su forma, su cadencia, su sonido y su música. Las palabras que nos receten, deberán tocarnos por dentro, hacer hueco para crecer y estimular nuestras emociones. Serán palabras que nos sugerirán preguntas que debemos hacernos, que nos arrojarán luz para seguir nuestro camino y nunca nos dejarán indiferentes. Nos supondrán un trabajo, una tarea ardua para conseguir vivir como deseamos y sanarnos. No serviría de nada para algunos recetarles “autoestima” a secas, como concepto, porque suena lejano y demasiado atado a la razón. Tendrá que recetarle un “quiérete mucho” o  un “no lo recuerdas pero eres maravilloso” o  tal vez le recordará momentos felices del tipo “cuando eras niña, te sentabas en las rocas y contabas las olas” o un “cómprate unos zapatos rojos”.
No serán palabras al azar, aunque el azar estará de nuestra parte, puesto que las casualidades no existen, sólo existen las causalidades y todo se pone en marcha para ayudarnos cuando buscamos respuestas y queremos cambiar… Aunque muchas de ellas ya las tenemos nosotros y no lo sabemos ni recordamos y nos hace falta que nos las receten.
Deben ser palabras casi mágicas porque vamos a relacionarnos con ellas, van a removernos por dentro y zarandearnos y van a abrazarnos y acunarnos. Van a sugerir y hacernos soñar… Van a redibujar nuestro mundo y cambiarnos la perspectiva. Van a permitirnos mirar al lado desconocido de algunas situaciones gastadas y rutinarias. Van a abrirnos los ojos y despejarnos. Van a darnos alas y permitirnos ver el mundo desde otra distancia.
El médico deberá escucharnos mucho para conocer qué nos mueve y conmueve. Para tocarnos la fibra y activar en nosotros ese mecanismo que nos hace recuperarnos y recordar qué queremos y quiénes somos. Una medicina a la carta… Una terapia genética para el alma.
De hecho, los estudios ya lo avanzan. Somos nuestros genes. Y nuestros genes se activan y desactivan con nuestras emociones. Y nuestras emociones viven de nuestros pensamientos… Y nuestros pensamientos se construyen con palabras y el impacto que tienen en nosotros. Nuestra forma de vivir, soñar y pensar modela nuestras neuronas, actúa sobre nuestras defensas… Lo que pasa en nuestra cabeza pone en marcha un engranaje de hormonas que nos predisponen y regulan…Hay una parte de nosotros que controla nuestro cuerpo gracias a lo que le dictan las emociones. Algunas de ellas hacen que nuestro cuerpo se despiste y ponga en marcha mecanismos para recordarnos que vamos por mal camino, que nos sentimos mal, que no somos quiénes deseamos ser. Nuestros dolores son como palabras por decir, pensamientos enquistados, emociones por aflorar y conocer.
¿Por qué no recetar pensamientos? ¿por qué no recetar imágenes que nos trasladen a otras realidades y nos muestren caminos nuevos para existir tal y como deseamos?¿por qué no recetar palabras que sugieran caminos, que inviten a pensar bien y mejorar? ¿Por qué no recetar mensajes para que nuestras emociones curen nuestro cuerpo ya que a veces pueden enfermarlo cuando no las sabemos aceptar, conocer o digerir?
El médico nos podría recetar un poema, una paisaje acompañado de una melodía, un rato de pensamientos dulces ante la luz de una vela que dibuja formas en las paredes desnudas.
Imaginemos que nos duele la cabeza porque nos sentimos tan solos que ya no lo podemos soportar. Y que el médico escriba en un papel “apuntarse a clases de baile” o “tu vecino sale a correr cada día a las siete” o tal vez, “recuerda que hay mucha gente que te quiere y no les ves”.
O sencillamente, escoger una palabra hermosa, que sugiere algo bello y comprender en ese momento algún mensaje que está oculto para el resto del mundo excepto para ti…
Regresar a casa con la receta y que cuando te pregunten qué te ha aconsejado el médico, tú respondas “Jacaranda”.
Y descubres que es un hermoso árbol de flores de color violeta. Y sepas que te pide que lo busques y te sientes bajo su sombra, y que en lugar de parecerte una tontería sepas que en lo que te han recetado, además de una preciosa imagen, es un paseo, un vale para que te tomes tu tiempo para existir, para que te calmes, que hagas un viaje hasta encontrar jacarandas y que una vez allí la brisa te toque la cara y te acuerdes de que mereces tu tiempo.
En aquel momento, sabrás que lo que necesitabas era parar y escucharte y recordar que hay mucha belleza que no ves porque siempre estás corriendo para llegar a lugares que ni tan siquiera deseas ver.

Hace tiempo, a otro de sus pacientes amigo tuyo, tu médico le recetó un dragón de Komodo. No entendió nada tu amigo al principio. Y al mirar algunas fotos, le pareció un animal bastante feo. Aunque, en realidad, después de darle muchas vueltas, se dio cuenta de que lo que le estaba sugiriendo el doctor era un viaje a Indonesia y un poco de misterio en su vida… Puede que tu amigo esté aún dando vueltas por el mundo buscando más dragones.

Ahora, cada vez que te sientes cansada, torpe, sola, insignificante y olvidada… Cuando te vienen a la cabeza mil pensamientos funestos, cierras la ojos y dices en voz alta… “Jacaranda” y puedes notar la brisa y saber que lo mejor está por llegar.

Bien pensado, ¿por qué no empezamos ya a curarnos con palabras nosotros mismos sin tener que esperar a que la medicina de este gran vuelco?

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Escoge bien tus palabras


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Somos las palabras que usamos para definirnos. Aún más, las que usaron otros para definirnos cuando éramos niños y necesitábamos que nuestros padres nos dijeran quiénes éramos y hacia dónde teníamos que dirigirnos.

Si bien es cierto que sólo con ser optimista nada se consigue, nuestros pensamientos tienen un papel primordial en nuestra vida. Construimos nuestro día a día de pequeños instantes en los que nuestras palabras tejen nuestras acciones, nuestras emociones, y forman un hilo conductor que nos permite llegar al siguiente paso con un equipaje positivo o negativo.

Somos las palabras que usan las personas que nos rodean. Somos un poco también las personas de las que decidimos rodearnos y aquellas que no podemos evitar que formen parte de nuestra vida y que jamás elegiríamos si de nosotros dependiera. Supongo que, ya que todas nos hacen aprender, algunas están ahí para que aprendamos a sobrellevarlas y tal vez ayudarlas a mejorar y otras, vienen a poner en nuestro ánimo las ganas de ser mejores nosotros…

Somos las palabras que decidimos escuchar y las que leemos. Las que retenemos en la memoría y dejamos que pasados los años nos continuen arañando y las que recordamos con cariño porque nos hicieron emocionar. Las palabras generan emociones. Algunas agradables y otras desgradables. Tampoco se pueden desechar las segundas, tenemos también que aprender a procesar las emociones negativas, extraer lo bueno que suponen para superarnos, y lanzar a la basura lo que hace que nos corroan por dentro. 

Si nuestras palabras nos hacen daño, debemos borrarlas o encontrar la manera de superar ese dolor y seguir. Si nuestras palabras nos motivan, tengámoslas a mano para recordarlas, para activar nuestra voluntad y mantener el esfuerzo cuando sea duro y estemos cansados. Que nos sirvan del mismo modo en que un poco de luz nos ayudaba a disipar los fantasmas de debajo de la cama cuando éramos niños… Expulsemos a los fantasmas con acciones y con palabras.

Pensar que todo irá bien no hace que vaya bien, pero si nos permite poner el foco en todo lo bueno que nos espera. Nos ayuda a controlar el ánimo y gestionar nuestras emociones, hace que nuestra mente se abra a más posibilidades y sea más creativa. Hace que sepamos ver lo bueno en los demás y que reconozcamos sus aptitudes. Hace que encontremos la forma de darle la vuelta a las situaciones adversar y encontremos belleza en todas partes. 

Pensar en positivo y no actuar no sirve. No hace mucho, decía que casi mejor lamentarse un poco para expiar las penas en voz alta mientras se trabaja. Sin embargo, nuestros pensamientos y las palabras que decidimos usar para hacer nuestro catálogo personal de medidas de urgencia para superarnos marcan nuestra vida. Si creo que soy capaz, me predispongo a serlo. No dejo margen para no serlo. Elijo mirar una parte de mis aptitudes que me permiten serlo. Me siento con fuerzas para ponerme en marcha e intentarlo. Y si me pongo manos a la obra, habré sincronizado todo mi cuerpo para que así sea. Y si fallo, repetiré. Hasta que haga falta. Hasta que tenga ganas. Hasta que tal vez me dé cuenta de que a pesar de que mi objetivo era conseguir llegar a la cima de la montaña, la vida me llevaba al recodo anterior para descubrir algo que nunca hubiera visto si no me hubiese puesto a andar.

Si creo que llegaré a la cima tengo más posibilidades de conseguirlo. Si me defino a mi mismo como una persona válida, tengo más posibilidades de llegar a serlo. Si nos amamos con nuestras palabras, nos daremos cuenta de que merecemos ser amados.

Nuestras palabras pueden liberarnos. Pueden quitarnos las etiquetas que llevamos prendidas y que un día nos pusieron otros y nosotros decidimos cargar a cuestas sin rechistar. Nos las creímos y empezamos a actuar para hacerlas posibles, para satisfacer a otros, para ocupar el espacio que había reservado para nosotros…Aunque a menudo, las etiquetas nos las hemos puesto nosotros mismos y nos hemos limitado con ellas. Las tenemos tan interiorizadas que no las vemos.

Debemos conocernos. Debemos apreciar lo que somos y encontrar lo que nos hace únicos, lo que nos define. Y no temer decirlo en voz alta y sentir cada palabra de elogio que nos dedicamos. Eso no implica estar ciegos a nuestros errores, los errores son regalos. No significa pensar que lo podemos todo. Significa que no nos rendiremos sin intentarlo al máximo. Significa que tal vez hay experiencias que pensábamos tener vetadas y en realidad no lo están. Significa replanteárselo todo y no temer explorar posibilidades que pensábamos que no merecíamos. Significa pensar que merecemos lo que queremos. 

Somos también las palabras con las que calificamos a otros. Si le ponemos a otro un apodo humillante, esa persona siempre cumplirá ese propósito ante nosotros aunque no lo sepa, porque nuestra mente sólo verá esa parte negativa en él. Y no podemos olvidar que a menudo somos las faltas que encontramos en otros, lo que más nos molesta de ellos, forma parte de nuestro ADN también. Si damos desprecio, acabaremos recibiéndolo.

Si no esperas nada bueno de mí, seguramente nunca podré darte nada bueno. Primero porque aunque te lo dé no lo verás ni apreciarás. Segundo porque al ver tu gesto, ya no querré nunca esforzarme en dártelo… ¿A cuántas personas perdemos así? ¿cuántas enseñanzas se nos escapan?

No todo el mundo sube a la cima de la montaña, pero todos podemos llegar a la cima de algo. Sencillamente hay que encontrar qué es ese algo que nos hace distintos, esa chispa que brilla en nosotros y que seguramente puede ser muy útil a los demás.

Hay muchas cimas. Algunas están a medio camino de algo y otras al final de un sendero pantanoso. Algunas están a nuestro lado siempre y no las hemos visto porque las desdeñamos pensando que eran poco importantes o que no éramos dignos de ellas. A veces, se hace camino para darse cuenta de que se debe regresar al punto de partida.

Y en todos los caminos, nos acompañan las palabras. Esas palabras engendran pensamientos que nos guían. Que nos calman cuando nos duele el cuerpo por el esfuerzo u otros pensamientos amargos aparecen con la fatiga. Las palabras que nos susurramos cuando estamos cansados y dudamos de seguir y que forman poco a poco una actitud ante la vida. Todos tenemos las nuestras y vale la pena escogerlas bien y tenerlas presentes.

Recuerdo que una vez dos personas me hablaban de un gran deportista que tiene en su haber muchos títulos internacionales. Uno de ellos me decía que, a pesar de su adecuado físico para el deporte que practicaba, en ese aspecto sus competidores no tenían nada que envidiarle. La otra persona dijo que lo que realmente le convertía en líder de la clasificación no era su físico sino su mente. Aquel deportista se dejaba la piel en los entrenamientos, eso le hacía muy bueno, pero además se mentalizaba cada día para dar lo máximo. Ponía su actitud al servicio de su talento y trabajaba sin parar cuerpo y mente. Se concentraba para no rendirse cuando la situación era adversa y, de hecho, había remontado partidos porque no se dejaba abrumar ni vencer por un marcador negativo. No solamente entrenaba su cuerpo sino también su mente. Sus pensamientos y las palabras de aliento que usaba cuando todos ya aplaudían al adversario por tocar la victoria y él sabía que, a pesar de todo, podía ganar.

Los grandes líderes hacen eso en realidad. Encuentran las palabras exactas para motivar a su equipo. Saben buscar las palabras adecuadas que cada uno necesita para activar en ellos ese interruptor que todos tenemos para ponernos en marcha. Hacen que los que dependen de ellos se sientan impotantes en el equipo, se sientan reconocidos en sus méritos, se sientan necesarios y sepan que cada uno aporta algo distinto e indispensable al trabajo común. Los grandes líderes ayudan a gestionar las emociones colectivas y generan un estado de ánimo propicio para el triunfo. Ayudan a crear un “todo” con distintas partes. A partir de ahí, todos los integrantes del equipo tienen el gran trabajo individual de mantener el esfuerzo y el entusiasmo. 

Somos un todo. Somos las palabras que usamos. Escojamos bien porque los pequeños detalles marcan nuestro camino.


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La caja de cerillas


Nos quejamos mucho. Nos pasamos el día concentrándonos en lo que nos molesta, lo que nos preocupa, lo que nos falta, lo que no nos gusta. Repetimos mil, cien mil veces las mismas frases hasta que se convierten en una plegaria, en un credo… Se meten en nuestra cabeza y en la cabeza de los que nos rodean, como un mantra asqueante que nos reafirma en lo que en realidad queremos alejar de nosotros. Cada palabra que decimos nos hace sentir más dolidos y rabiosos, más resentidos con todo y con todos… Cada palabra que sale de nuestra boca en forma de exabrupto o lamento nos acerca a esa realidad que queremos superar. Y a veces, es una realidad inventada, un recorte de lo que es nuestro mundo. Una versión incómoda y desconsiderada de lo que somos. Un compendio de lo que detestamos sin tener en cuenta todo lo hermoso que nos rodea. Acotamos nuestro mundo a cinco, seis frases hasta que nuestra mente se convierte en un cuarto oscuro desde el que no se ve nada de lo que hay fuera. Los sueños llaman a la puerta, pero no la abrimos porque no vemos lo que deseamos, vemos lo que nos asusta, lo que detestamos… Eso reduce nuestras ganas, nuestras capacidades, nos hace pequeños, mínimos… Y nos convertimos en un ser diminuto intentando abrir una puerta gigante para dejar pasar la luz, para dejar salir los lamentos y dejar que entren algunas alegrías. Sin embargo, ese ser pequeño triste, metido en una caja de cerillas por conciencia, con la luz apagada y los pies fríos no consigue abrir. No puede porque él mismo decidió no poder. Se cargó de dolor y angustia y ese peso aturde cada uno de sus pequeños movimientos. Respira un aire viciado y enrarecido, escucha la misma música triste, mira las mismas caras agrias de siempre, algunas transformadas por su mirada desganada, otras salpicadas por su perorata triste y quejumbrosa. No tiene donde agarrarse para conseguir tomar impulso y salir de la habitación oscura de su cabeza. Cada uno de sus pensamientos tristes y acotados a una realidad restringida y limitada a esas cinco frases de agobio le impiden tener la fuerza suficiente para respirar aire puro… Para salir de sí mismo y su mundo reducido de penas y angustias…

El hombrecillo triste que nos habita no lo sabe pero la solución está a tiro de pensamiento, de palabra. Si por un momento consiguiera dejar de repasar la lista de lo que odia y se concentrara en recitar la lista de lo que ama, si pudiera soñar y ampliar su mundo de quejidos y superarlo, si consiguiera encontrar algo hermoso a lo que sujetarse… Tomaría impulso, daría un gran salto y lograría abrir la puerta. Entraría la luz y se daría cuenta de que la caja de cerillas ha sido siempre una gran llanura con hermosas vistas. Que las caras agrias eran de desconcierto y la música triste eran sus propias palabras…

A veces, desayunamos lamentos y cuando llega la noche nos acostamos con ellos. Nos regodeamos en nuestras miserias y faltas. Nos pasamos las horas mirando en negativo de la foto de nuestra vida. Nos convertimos en aquello que odiamos a base de repetirlo. Nos quedamos sujetos a ello, se nos pega en la espalda y nos acompaña, impregna nuestra existencia y no nos deja ver todo lo demás. Tanto quejarnos, acabamos siendo una sombra triste, un murmullo aburrido y aturdidor… Somos lo que decidimos ser. Nuestra vida son las palabras con que la definimos. A veces, es necesario callar y mirar más allá. Salir de ti mismo y contemplarte con otros ojos. Hacer una lista nueva, sin historias tristes que recordar. Con sueños, retos y risas contenidas esperando salir. Una lista de lo que amas para convetirte en lo que amas y abandonar la caja de cerillas.