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la rebelión de las palabras


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No hay más remedio


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Cuesta confiar, cuesta mucho. El cuerpo te pide que salgas corriendo, pero no puedes.

Confiar en la vida, en las personas, en uno mismo. Lo llamamos confianza, pero en realidad se trata de fe. Esa capacidad de creer en algo que todavía no hemos visto o tocado. Levantarse día tras día con esa sensación de que todo saldrá como debe, a pesar de que no ves resultados… Mientras lo que pasa en tu vida o lo que no pasa no te hace sentir feliz o te da tanto miedo que no te deja ni pensar con claridad. Esa capacidad de decidir que sigues, aunque apenas te encuentras las ganas y todo parece llevar un ritmo que no es tu ritmo. Esa mañana cuando abres los ojos y recuerdas que anoche tu vida se quedó del revés y no sabes ni por dónde cogerla ni afrontarla pero sabes que toca levantarse y seguir… 

El miedo te tira de la falda y te sujeta el abrigo para que no te vayas…  ¿Has notado eso? no temas mirarle a los ojos porque lleva en ellos escritas todas la respuestas que buscas. Todas las emociones, parezcan buenas o malas, porque en realidad no son ni una cosa ni otra y forman parte de la vida… Son material de trabajo, experiencia con la que construir puentes y caminos, con la que montarse una palanca que te impulse o tomar fuerza para escalar una montaña. Todas las emociones son útiles, por ello no hay que eludirlas sino vivirlas.  Porque todas nos cuentan algo de la historia que llevamos dentro, de la película que estamos escribiendo sobre nuestra vida desde hace años en la que a veces pasan cosas terribles…

Huimos tanto de nuestros miedos que, al final, somos incapaces de conocerlos y pasar por encima… En realidad, el miedo nos alerta del camino, nos dice hacia dónde ir porque ahí hay algo que tenemos pendiente. Sin miedo, a veces, no sabríamos qué dirección tomar y no podríamos conocernos. El problema surge cuando el miedo se instala tanto en tu cama que no te deja dormir, cuando vas por la calle y guía tus pasos, cuando come contigo durante el almuerzo y ves que otros sonríen y a ti no te sale la sonrisa porque tienes la cabeza en otro lugar y otro tiempo… Cuando te invade por dentro y te deja encogido, triste… Cuando late en tu corazón y hace que se acelere. El miedo te cubre con una capa de invisibilidad que te aleja de todo lo que buscas pero, eso sí, evita que muchos te señalen con el dedo por si continúas creyendo que intentar lo que sueñas te puede poner en ridículo. 

Lo difícil es bailar con él y no dejar que dirija el baile. No permitirle dictar las normas ni dibujar las fronteras de tu vida. Y seguir adelante día tras día cuando parece que todos los días son iguales. ¿Has sentido eso alguna vez? ¿Vivir durante meses y tragarte la vida? ¿engullir día tras día en una sucesión de momentos calcados unos a otros sin poder salir de esa rutina a respirar? Sin tener tiempo para parar y salir de la noria en la que parece que te has montado… 

El miedo construye la noria y tú te montas en ella. Y una vez estás ahí subido, cuesta mucho bajar porque todo se tambalea, todo marea, todo va tan rápido que no puedes notar ni sentir dónde estás ni qué quieres. Ni siquiera puedes reconocer tus pasos porque tus pies no tocan el suelo. Y no oyes tu voz porque hay tanto ruido que pagarías para que el mundo callara, para que tu ruido interior cesara y pudieras recordar cómo empezó todo. A veces, la vida te da la vuelta en pocos días  y todo lo que no has hecho en años pasa en un instante, como un gigante que da zancadas enormes y cambia de país sin darte cuenta. 

El miedo te mantiene respirando en el futuro. No en el futuro real sino en el otro, en el que te has inventado y donde todo es gris, donde las personas urden tramas que te perjudican y todas la oportunidades están cerradas a tu paso. El miedo te ata a un tiempo que no es tu tiempo y te impide vivir ahora. Y nadie jamás mantiene la confianza, la fe en la vida, si no puede beberse este momento, si no se ancla en este instante y decide que es suyo y que no importa qué vendrá.

A veces, engullimos el presente porque el futuro nos asusta tanto que estamos prestos para llegar a él y descubrir cómo acaba la historia, si conseguimos el premio que tanto anhelamos. Y nada golpea tanto nuestra fortuna como la impaciencia… Nada te separa tanto de lo que buscas como la desesperación… No hay manuales para la vida, uno nace y se encuentra sumergido en ella sin casi saber leer, ni escribir, ni pensar y lo peor, sin saber amar. Y quién nos educa para vivirla, a veces, todavía sabe menos porque no se ama a sí mismo y nos cuenta un cuento en el que todos son el lobo y caperucita se ha rendido antes de empezar. 

Nos gusta recrearnos en esa necesidad de certezas y seguridades y nuestra propia desesperanza se ocupa de dibujar un futuro que le va a la zaga. Necesitamos tenerlo todo controlado y la vida, para demostrarnos que eso es imposible, nos despeina en cada esquina para que aprendamos a vivir de lo imprevisto.

Es duro, durísimo. Porque confiar es decir sí en un mundo donde la mayoría dice no y al revés. Esforzarse por ver la inocencia en lo más terrible y la belleza en una oscuridad profunda. Es caminar por ahí y escuchar conversaciones que te recuerdan que todo está perdido e insistir en creer que vas a ser la excepción que confirma la regla. Creer que es posible cuando todas la señales parecen decir lo contrario… A veces, la vida tiene un curioso sentido del humor y cuando quiere que confíes en tu capacidad de ser abundante no para de hacerte llegar facturas. Y cuando quiere decirte que mereces ser amado de verdad, te pone delante a un narcisista que va a tratarte como si fueras nada para que te des cuenta de que no quieres ese tipo de amor sin alma. Y entonces, es cuando toca decir que no quieres eso, que eliges sólo lo que está a tu altura porque mereces lo mejor. Es el momento de reafirmar lo que no toleras en tu vida y decirte sí a ti mismo.

Y cada día es una prueba a superar para seguir confiando. Y pasan los días y nada cambia. Y te sientes raro, te sientes casi tonto y lo dices en voz alta agotado y luego te sientes culpable por haberlo dicho porque acabas de perder todo el trabajo hecho intentando creer que sí… Cuesta confiar y tomar distancia con todos esos pensamientos gastados que se repiten de forma insistente sin que nunca aporten nada… Esas ideas que te asaltan y que nunca te dejan en paz. 

Hasta que un día sueltas el tiempo. Sueltas el pasado, el futuro y decides que todo es presente y que siempre lo será. Dejas de contar porque contar te duele tanto que la ilusión de control sobre lo contado no compensa esa sensación de que el aire falta y todo se nubla a cada instante. Sueltas porque sujetar te quema, te invade de un cieno repugnante que todo lo pringa y lo ensucia… Sueltas porque no soltar es decidir no escogerse a uno mismo nunca más. Sueltas porque agarrar se ha hecho insoportable y duele demasiado, porque has llegado a tu límite de sufrimiento… 

Sueltas la necesidad de encontrar una señal y una salida y de continuar sufriendo porque ya no puedes más. Sueltas tu miedo y tus ganas locas de gritar y enfadarte con el mundo porque nada es como tendría que ser. Sueltas tu necesidad de que nada sea como has pensado que debía y a pesar de todo, todo tenga un sentido.

Sueltas tu culpa y tu deseo descontrolado de perfección. Sueltas el amasijo de pensamientos cobardes y cargados de tragedias que golpean tu cabeza hasta que cedes porque no puedes más… Y cuando ya no puedes más, decides que no puedes controlar nada y que solo puedes seguir haciendo lo que sientes que has venido a hacer.

Y en ese momento, te conectas a este momento imperfecto y puedes bajar de la noria y respirar. No sabes qué pasará con tu vida, pero al menos ahora marcas el paso y decides cómo lo ves y lo sientes. Al menos ahora estás en ti. Y sabes que ese el primer día de un montón de días que ya no vas a tragarte sin sentido. El primero en que una sucesión de vidas posibles se abren ante ti. El primero en el que ya no te importa tanto lo que va a pasar sino cómo lo vas a sentir. Y entonces te das cuenta, todavía no confías, pero tienes fe en el hecho de que en algún momento lo harás… Porque siempre acabas siendo capaz de conseguirlo. Porque empiezas a confiar en ti. Y te das cuenta también de que la vida te ha puesto ahí para que no te quede más remedio. Es verdad, aunque cueste, aunque parezca a tramos imposible, no hay más remedio que confiar porque lo contrario te mata.

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Siempre que crees que llega el final, estás ante un nuevo principio


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Siempre que crees que has llegado al final, en realidad, estás ante un nuevo principio.

La vida es un bucle en el que todo es cambio constante y cuando te quedas quieto cinco minutos y miras al suelo, te das cuenta de que ya no existe. La vida te obliga a bailar para que no te quedes parado, te obliga a saltar para que pases a la siguiente fase, te obliga a vivir para que no te quedes rezagado…  Siempre que crees que has encontrado las respuestas, te cambia las preguntas. Y te vuelve loco, hasta que descubres que lo que realmente importa es la transformación que la búsqueda de respuestas experimenta en ti y no las respuestas que buscas.

La vida te invita a caer para que no tengas más remedio que levantarte. Siempre que sientes que estás ante el amor de tu vida, le borra la cara para que sepas que la verdadera historia de amor que tienes que vivir es contigo. 

Cuando estás en el suelo, roto y descosido, sin ganas, sin casi aliento, con los ojos abiertos sin ver nada más que tu miedo y las manos cerradas porque crees que ya no hay nada para ti, algo te levanta. Eres tú y no eres tú a la vez. Es esa versión de ti que se ríe de los miedos y siempre va un paso por delante. La que te dice “venga, hazlo” cuando tú tienes ganas de permanecer sentado un rato más. La que te pide que te calles cuando vas a quebrar tu silencio para decir algo que no busca más que confrontación y pelea. Es una parte de ti que lucha sin luchar, que camina sin casi poner los pies en el suelo, que siempre cae de pie porque confía en sí misma. Es esa parte de ti a la que haces callar a veces porque te asusta lo valiente y osada que es. 

¿Lo has sentido alguna vez? Es algo indescriptible. Una certeza absoluta por algo que todavía no puedes tocar. Una fe inmensa que traspasa muros de hormigón y se comunica contigo aunque esté a mil kilómetros de tu consciencia. ¿Has notado eso alguna vez? conectar con esa capacidad de estar por encima de todo y en plena tormenta ser capaz de intuir el sol… Notar que hay suelo en plena caída libre… Saber que hay algo a lo que agarrarse aunque mires alrededor y no veas nada. Intuir que está pero que todavía no lo ves porque no ha llegado el momento perfecto. Saber que cuentas contigo, que sacarás la fuerza de algún lugar, muy dentro, cuando llegué el momento y sabrás exactamente qué hacer.

Siempre que llega el final es un comienzo disfrazado. Algo nuevo que nace porque algo muere o se transforma. Algo que surge porque has renunciado a algo que te ataba a lo que ya no podía ser, a lo que ya no era, a lo que ya no eras tú. Un devenir constante en el que si te quedas quieto te salen escamas y si no lloras cuando necesitas llorar, te estalla la garganta… Un estar atento y al mismo tiempo confiado, estar alerta y soltar el lastre. Desechar lo que no sirve para dejar hueco a lo que está por llegar. Dejar de hacer guardia por si te atacan mientras abres la puerta a lo desconocido. Dejar de confiar en los relojes y empezar a darte tu tiempo, a amar tu presente, a ver con los ojos de tu consciencia…

Siempre, siempre que algo se va, llega algo nuevo. Sólo tienes que cruzar el umbral de tu miedo, aún con tu miedo a cuestas, porque no se irá. Seguirá a tu lado y tú decides si le haces caso y te quedas o si te escuchas a ti y das ese paso.

Siempre que crees que acabas, estás empezando de nuevo, siempre. Porque tal vez porque la única forma de llegar a tu certeza es atravesar tu incertidumbre. La más oscura y espesa. Atravesar la más absoluta oscuridad para no tener más remedio que aferrarte a tu luz. Vivir la más insufrible preocupación para que no te quede otra opción que soltarla y empezar a creer en ti y besar tu paz. 

Siempre que crees que has llegado al final, en realidad, estás ante un nuevo principio. Lo que pasa es que no lo ves porque te aferras a lo que era y no puedes contemplar lo que es. Te agarras a una rama y para saltar tienes que soltarla y agarrarte a otra. Tienes que confiar. Tienes que encontrar en ti la deliciosa certeza de que pase lo que pase no te vas a dejar solo… 

Cuando algo acaba, algo comienza.

Siempre, siempre que buscas algo, en realidad te buscas a ti.

 

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No me avergüenza admitir


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No sé por dónde empezar… Aunque tengo claro algo, no es por el principio.  La vida se nos escapa porque damos muchos rodeos para no movernos de la misma casilla, pero lo hacemos porque eso nos da sensación de estar haciendo algo, de movernos, aunque lo único que conseguimos es hacerle una coreografía a la incertidumbre y a la angustia que sentimos. Hay que ir siempre a lo que importa de verdad, donde está la esencia y la sustancia de lo que quieres y deseas, de lo que te mueve y conmueve… Donde está el mensaje que quieres compartir…

Mi mensaje dice “estoy asustada y siempre pienso que no estaré a la altura”. Hace tiempo me hubiera avergonzado pero una parte importante de crecer por dentro y desnudarse de límites es dejar de sentir vergüenza de ser vulnerable, de quedarse indefenso ante el mundo y que te dé igual qué piensa.

Por más que he aprendido, o mejor dicho, desaprendido estos años pasados en mi proceso por conocerme, cada vez me doy cuenta de que no sé casi nada… Es como si hubiera tirado del hilo de una madeja y a medida que fuera siguiendo el camino que me dibuja me diera cuenta de que la madeja es un universo inmenso e infinito y que yo he estado tejiendo cosas que nunca supe que tejía ni por qué.

Somos un universo de pensamientos y emociones que se van acumulando día a día en nuestro interior hasta que nos estallan en la cara y no reconocemos como propios. Nos asusta lo que podemos llegar a crear con el poder infinito de nuestras decisiones… Por eso no decidimos, no sea que la gloria nos espere en la esquina y justo en ese momento nos flaqueen las fuerzas y nos demos cuenta de que no nos sentimos capaces…

Esa soy yo. La que llega a la cima después de quedarse sin rodillas para subir y no mira la vista porque no se cree digna, porque la cree tan hermosa que sus ojos sólo podrían ensombrecer esa belleza, porque piensa que todavía no ha hecho suficiente ni se ha machacado suficiente para merecer…

Por eso me he dejado a veces manipular y tomar el pelo… Sí, yo. Tal vez alguien lea esto y piense “ostras, pensaba que no se había dado cuenta” pues sí, siempre lo he sabido, en el fondo, pero a veces hago que no lo quiero ver… Y ahora me doy cuenta de por qué he dejado que algunas personas se aprovechen de mí.  Y gracias a eso, estoy aprendiendo algo importante de quién soy.

Tolero que se aprovechen de mí y de mi trabajo porque no me creo suficiente como para hacerlo sola y creo que si alguien me acompaña me dará impulso. Porque siento que la suerte no me ronda y espero que les ronde a ellos y se me contagie un poco esa sensación de que todo es posible…

Tolero que me exijan más de lo que es necesario porque yo lo he hecho toda mi vida y así me aseguro una dosis extra de machaque y reproche por si bajo la guardia y el listón… Para que otros vigilen como yo me vigilo para no parar de hacer y hacer.

Tolero que me extorsionen y me saqueen porque no me reconozco por lo que soy y no me siento digna por el puro hecho de existir… Porque creo que tengo que demostrar siempre y alcanzar la perfección.

Tolero que me hagan chantaje porque yo me hago chantaje y me pido cada día más.

Tolero que me miren y no me vean ni valoren porque muchas veces yo no he suportado verme ni valorarme…

Tolero que me excluyan porque muchas veces no siento que merezca estar incluida y que me toque lo mismo que a los demás. Como si todo el mundo perteneciera a un club del que yo nunca podré ser socia.

Tolero que me pidan sin tregua porque yo me pido más, mucho más. Tolero que no de respondan porque yo no me respondo y que me dejen con las manos vacías porque yo siempre me dejo para el final… Tolero que me pongan la vida muy difícil porque yo creo que es muy difícil y siempre requiere un poco más de sacrificio… Como si al mismo tiempo que persigo la madeja soñada, al llegar a ella le diera un empujón con mis pies y siempre quedara lejos de mí.

Tolero todo esto porque lo he proyectado en las personas que me rodean y en mi vida para poder darme cuenta de lo mucho que me maltrato y lo desconsiderada que soy a menudo conmigo… Tolero que la vida me exija porque yo me exijo hasta no soportarlo más…

Y estoy asustada porque me da miedo ser yo porque durante años casi siempre que era yo no sentía que fuera nada... Porque repasando mi vida, me asusta tener  tanto poder y pensar que si siento que no soy, no seré… Si permito que pase, pasa… Si decido que sea, es…

Cuando nos educan para machacarnos a nosotros mismos y descubrimos nuestro poder interior, a menudo, en lugar de usarlo para sacarnos las pulgas y superar nuestros límites, lo utilizamos para culparnos y reprocharnos por no haber sabido  reconocernos antes…  Por todos los años gastados rompiéndonos por dentro. Por el tiempo perdido persiguiendo la madeja y dándole patadas al encontrarla… Por no haber sabido ver que ya éramos grandes, solos o acompañados, y que no había suerte que buscar sino amor por entregarnos a nosotros mismos. Por no haber sido capaces de decir no y basta y llegar a la cima después de un largo trecho y decir… “Voy a contemplar este paisaje maravilloso porque cuando lo miro es todavía mejor, porque lo que soy ya es todo lo que necesito”.

Y así, soltar el traje de buzo, de guerrera siempre alerta y a la defensiva, de bufón siempre dispuesto a hacer reír a los demás pero vivir por dentro lleno de tristeza, de oveja indefensa y dispuesta a que un lobo la devore, de niña buena y estudiante excelente… De amiga que siempre da y no espera, de trabajadora incansable, de la persona que nunca suelta el paraguas por si llueve, por si quema el sol, por si la miran mal, por si todo se tuerce, por si todo acaba pronto y por si acaba muy tarde… Quitarse todos esos personajes y ser, estar, existir…

Tengo miedo a los cambios porque a veces no confío en mí suficiente y no me doy cuenta de que esto es una oportunidad disfrazada de obstáculo… Sólo tengo que comprender que no pasa nada, no tengo que estar a ninguna altura, sólo estar en mí… La moraleja del cuento es que tú escribes la moraleja.

No, no me avergüenza admitir que tengo miedo, que me asustan los cambios, que a veces creo que no estaré a la altura y no me atrevo a vivir lo que sé que inevitablemente toca vivir… No me avergüenza admitir que soy vulnerable, que me siento rota, que estoy desnuda ante un abismo y miro abajo y me saltan las lágrimas de pura ansiedad… No me avergüenza admitir que llevo un siglo dispuesta a saltar y no salto porque a pesar de creer en ella todavía no veo la red.

 

Gracias por leerme. Espero que te sea útil para seguir en este camino apasionante y complicado. La verdad es que no es fácil conocerse, respetarse y amarse a uno mismo como merecemos… A mí me ha costado mucho, mucho. 

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Gracias siempre por estar…