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la rebelión de las palabras


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Vivir sin que el miedo te marque el camino


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Hoy voy a decirte que me alegro por ti, por todo lo bueno y hermoso que llega a tu vida. Porque sí. No hace falta que pase nada, no hace falta que busque nada de ti… No lo digo por obtener nada a cambio, ni espero nada… Bien, tal vez sí, que sepas que me alegro, que sepas que lo mucho que vales, para cuando se te olvide, para esos momentos duros en los que te levantas y se asoma un día agrio ante ti y por más que lo intentas no consigues verlo de otro modo… 

Hoy voy a celebrar que estás, que estoy, que somos. Porque sí. No hace falta que llegue la fecha en el calendario ni que se nos caiga la piel arrugada para mirar atrás y ver algo más que el dolor. No hace falta que se nos rompa la vida para darnos cuenta de lo hermosa que es la vida… No hace falta. Podemos darnos cuenta ahora de lo mucho que tenemos y la belleza de lo que nos rodea. Podemos celebrar la vida sin temor a que la vida nos castigue por osar a tentarla. Podemos celebrar y confiar sin que la vida se enfade porque estamos hartos de sufrir y ya no queremos preocuparnos ni prevenir más tragedias. 

Hoy voy a dar gracias porque me noto los pies, los dedos de los pies. Porque te miro y te veo y veo lo que está a mi alrededor. Porque acaricio con mis manos y respiro con todo el aire que soy capaz de abarcar con mis pulmones. Porque he amanecido en mi cama y ayer me acosté con un buenas noches sin acritud. Porque el mar me llama cada día y sólo con inspirar noto su olor en el aire y en mí. No necesito esperar a que se borre nada, a dejar de sentir, a dejar de notar para lamentarme y darme cuenta de lo hermoso que era… Puedo hacer una fiesta por lo hermoso que es ahora. Por lo hermoso que ha sido. 

Hoy voy a mirarte y ver lo hermosa que eres. Voy a maravillarme de que entre todos los seres posibles del mundo me eligieras a mí para nacer. Voy a alucinar con tu perfección y tus ganas de todo, con tu fuerza inmensa y tu enorme talento para confiar en la vida… Voy a aprender de ti, mi vida, y perderme en tus pestañas largas y tus canciones divertidas… Voy a hacer una fiesta por lo que somos juntas, por la alegría de tenerte cerca y compartir. 

Hoy voy a mirarme bien a mi misma y decirme que me amo. Porque sí. Porque lo que soy no necesita de abalorios ni alhajas. Porque ya no busco demostrar nada y sólo deseo caminar para ser y sentir. Voy a tomarme un café conmigo y contarme la historia de una mujer que tardó en darse cuenta de todo lo bueno que habitaba en ella, pero que cuando lo hizo volvió a nacer. Voy a decirme cosas hermosas al oído y creérmelas todas, aunque sean exageradas, aunque en realidad no importen, porque así haré costumbre en esto de tratarme bien y cortejarme un rato. Hoy voy a pedirme una cita conmigo misma y estoy segura de que no me dejaré plantada como otras veces, esta vez no… Me pondré mis mejores galas, por dentro y por fuera, iré con el ánimo alegre, con las ganas inmensas de conocer a alguien como yo… Me reservaré un tiempo sin que suene el teléfono, me escucharé sin tregua, me diré que sí y me enamoraré un poco, sin caer en la vanagloria, sin creerme mejor que nadie, pero creyendo en mí. 

Hoy voy a mirar a los ojos a todas las personas que encuentre en la calle, en el ascensor, las que tienen la mirada perdida en el parque,  las que se ocultan bajo una gafas de sol. Si mis ojos se topan con los suyos les miraré como si les dijera “me importas” para que se acuerden de lo mucho que importan, de lo mucho que pueden importarse a ellas mismas, para que sepan que dentro de ellas hay mucho valor… No hace falta que me respondan, ni siquiera hace falta que me entiendan, sencillamente quiero compartir. Porque sí. 

Hoy voy a decirte que te quiero. Porque sí. Porque amarte no solo te acaricia a ti sino que a mí me hace un ser más grandioso y flexible. Porque amar me extiende más allá del espacio que ocupo, traspasa mis límites y sale por mis ventanas… Porque amar me hace más libre y rebota en la cara y el pecho y me reafirma para seguir. Porque es tan grande este amor que anda solo y no necesita nombre pero se lo voy a poner porque me gusta decirlo en voz alta… Porque nace de reconocerme a mí y reconocerte a ti… Porque sí. Porque lo merecemos. Porque la vida empieza y acaba justo ahora, en este momento, y todo lo demás es una propina deliciosa. 

Porque no necesitamos una razón para celebrar la vida. Porque ya hay muchas, miles, a puñados… Si esperamos a tener una más, a ser capaces de verla, tal vez se nos haga tarde y se nos apaguen las velas. 

Hoy voy a sentirme segura, capaz, protegida, libre, amparada, confiada… Aunque sea cinco minutos. Voy a creer que si pongo el pie, el suelo no se hundirá. Que si salto, descubriré que tengo alas y planeo. Que siempre hay una salida. Que todo tiene un sentido. Voy a celebrar que me he dado cuenta de que preocuparse no tiene mérito y no sirve para nada… Voy a vestirme de gala para vivir esta vida corriente y darme cuenta de que en realidad es extraordinaria… Que yo soy extraordinaria… Que tú eres extraordinario… Que la vida es un regalo que a veces no nos atrevemos a desenvolver y abrir por miedo y otras lo dejamos olvidado en un cajón porque no creemos merecer tal honor… 

Hoy voy a abrirlo y a celebrarlo, no importa que haya dentro, es un regalo maravilloso. Hoy sí. Me atrevo. Apuesto a que todo irá bien. Aunque la magia dure un momento, aunque digan que confío demasiado… Porque prefiero pasarme a quedarme corta. Porque escojo vivir sin que el miedo me marque el camino. 

 

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Hoy he pensado mucho en ti y tú no lo sabrás nunca…


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Hoy he pensado mucho en ti y tú no lo sabrás nunca. Y eso me pone triste y me desespera. He imaginado que un día voy por la calle y te encuentro y te miro a esos ojos de niño hambriento y cansado y tú me miras. He imaginado que me cruzo contigo entre la masa de gente y me ves. Aunque sé que no me mirarías ni me verías, que pasarías de largo como me ignoraste nuestra última vez. Que te quedarás mirando un papel para no encontrarte con mis ojos y descubrir qué te preguntan y por qué o te perderás jugando con las pupilas en el suelo o peor aún que me clavarás la mirada sin vida sólo como tú sabes hacerlo para que sepa que no te importo nada. 

No lo voy a negar, me he sentido enormemente traicionada y decepcionada por ti, no sé si podrías comprenderlo. Aunque siempre supe que lo que fuimos caducaba. Siempre intuí que algún día ibas a echarme de tu reino porque me había adentrado tanto en él que ya ocupaba un espacio demasiado grande y arriesgado. Tú nunca quisiste que pasara, pero yo supe poco a poco meterme en tu vida sin que se notara y te obligué a bajar la guardia durante un rato. Yo siempre derribaba el muro y tú siempre volvías a construirlo y era cada vez más alto. 

Sin embargo, esta tarde no me he acordado de traiciones ni desengaños, me he acordado de ti y de los buenos ratos charlando. He visto más al niño herido que al amigo que consumó una venganza absurda y me clavó la daga… He recordado tus palabras y las he releído. He notado todavía tu dolor y he revivido algunos momentos de tu historia. Tú me dijiste que nunca te dabas a nadie y era cierto. Muchas veces tus palabras me decían que me fuera y tus gestos que me quedara. Ni siquiera sé si llegaste a tenerme cariño alguna vez porque fuiste incapaz de decirlo nunca en voz alta. Si soy sincera fuiste un reto en mi vida, una cima que quise conquistar para demostrarme que era capaz de conmoverte. Nunca sabré si pude, como no lo sabría ahora si todavía me hablaras y me contaras tus malos ratos y me confiaras tus relatos sobre personas rotas por dentro que buscan pegamento y encuentran fantasmas… Te construiste un personaje duro para que el mundo no captara tu esencia y no supiera que te sentías vulnerable y a veces me llevabas con él de la mano. 

Aunque hoy te recuerdo y sólo veo las risas y los paseos por lugares extraños buscando personajes estrafalarios para sentirnos especiales… Me acuerdo de los gatos cruzando la verja y el sol aplacándonos por la espalda. Tu charla sobre la  perra vida esperando nada de la vida y mi réplica obligada sobre lo mucho que llevabas dentro para compartir, sabiendo que no escuchabas y sólo esperabas a rebatir con saña mis palabras para soltar tu dolor y condenar mi entusiasmo infantil por tu talento.  Tus miedos disfrazados de “paso de todo” y mis ganas locas de ser otra persona a la que tú aceptaras y dieras el visto bueno como hacía siempre que alguien me importaba. Las pocas ganas de volver a la rutina después de una mañana callejeando y lo difícil que era llegar a tu corazón… Tal vez no llegué nunca y, si lo hice, me sacaste rápido… Porque ya procuraste que no se notara que te importaba por si tenías que liquidar mi cariño a toda prisa y podía dolerte demasiado. Tu personaje era tan oscuro que en sus calles ni siquiera se encendían las farolas y yo siempre buscaba en ti una luz para recordar por qué confiaba en poder conocerte a pesar de todo. 

Un día hace tal vez diez años o más te dije “me gustaría saber que si me marcho o te marchas podré llamarte y encontrarte y estarás en mi vida” y tú me miraste con esos ojos tremendamente oscuros y esbozaste un sí diminuto  y avergonzado que se perdió en el aire… No era verdad, amigo, te perdí incluso antes de marcharme y todavía no sé por qué y no lo entiendo.

Esta tarde pienso en ti sin tregua y tú no lo sabrás nunca y tengo que decirte, aunque no me oigas, que me cuesta mucho soportarlo. Me haré la loca y fingiré que lo acepto y lo asumo y me daré cuenta de que no te necesito (es verdad, no te necesito, ya no soy la misma). Aunque por dentro, algo en mí tiene ganas de llamarte y  recordarte los gatos en la verja, el sol en la espalda y las calles perdidas paseando mientras la vida  y la rutina nos arañaban el alma.  Quién sabe qué me dirías si me escucharas la voz cansada… Tal vez nada, como la última vez que me tuviste cerca y supiste de mi dolor y mi miedo y miraste al papel para no cruzarte con mi cara… 

Pienso en ti y tú no lo sabrás nunca. No me importa, puedo honrar lo que fuimos yo sola y sentirme añorada por los dos, sentirme feliz por los dos, llorar por los dos y perdonar nuestras ausencias y traiciones por ambos. Incluso seguir pensando que mereció la pena aunque casi no terminara y nos nos quede nada de lo que fue. 

Pienso en ti y en mi recuerdo me sigues apuntando por la espalda y me matas y yo todavía me pregunto cuál es la película que ves en tu mente para decidir arrancarme de tu vida… No importa, disculpa estas palabras, son mi rabia contenida que se suelta y sale, mi derecho a pataleta enquistado que fluye, mi cariño que sigue a pesar de todo y decide no olvidarte. Sigo pensando que mereció la pena tenerte un largo rato en mi vida, pese al desengaño. 

Un día dentro de diez años o más te recordaré de nuevo y tampoco te tendré cerca… Tal vez te escriba otra vez para que no me leas y te diga que te añoro todavía. 

A ti, que no me leerás seguro… 

 

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Vivir en modo “café con leche”


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Basta ya de objetivos y de listas… Que sí, que están bien, yo las hago siempre pero, por favor, no son una biblia. No vamos a dejar de ser esclavos de la mediocridad para pasar a someternos a la exigencia máxima. La excelencia no sólo es dar lo mejor de ti en cada momento sino sentirlo, vivirlo y notar como te cambia. De lo contrario, la vida es como esos álbumes de fotos que tenemos todos en los que aparecemos en lugares junto a monumentos y ni siquiera los recordamos porque nos hicimos la foto en un segundo sólo para decir que estuvimos… Las listas de objetivos están vivas, se mueven, se cambian, se recalculan, se redirigen, se bifurcan… La gran habilidad es la de escoger un camino y ser capaz de entretenerse en él y vivirlo con suficiente entusiasmo como para que el camino te cambie. La vida no es símbolo de check que le pones a tus metas, es lo que sentiste cuando las surcabas y te acercabas a ellas.

De hecho, te propongo un reto. Que tus objetivos no sean a largo plazo por unos días.  Inténtalo sin más pretensión que hacer este experimento. Que tus metas sean cosas cotidianas. Que te propongas vivir notando lo que pasa, los detalles… Lo que pasa mientas esperas que pase algo importante, vivir “el mientrastanto”. Yo lo llamo vivir modo café con leche. Que al acostarte por la noche, tu meta no sea la reunión de las once o lo que tienes previsto por la tarde, ya no hablo de la semana siguiente. Planifica si quieres para que no te pille el toro, pero proponte vivir lo cotidiano… Acuéstate sin más pretensión de despertar y gozar del café con leche, del te, de lo que sea que tomes. Y vívelo como una esponja. Nota el olor, el sabor, el calor… Ponle canela si te gusta para darte más placer, mira la vista que te rodea sin salir del café. Nota si hace calor o hace frío, nota como se estremece tu cuerpo y cambia al sentir como el café con leche llega a tu estómago. Nótate los pies y las manos. Siente cómo respiras cuando tomas café. Si alguien te acompaña, mira su cara, nota su gesto, escucha su voz y todos los sonidos más allá de esa voz, el eco de la habitación, lo que hay más allá de las ventanas… O si lo prefieres, métete solo en el café y bucea en él, como si tu vida fuera solo ese café y nada más. Percibe como va bajando la temperatura, como acaricia tus labios y tu paladar… Suelta todo lo demás. Deja de intentar controlarlo todo, lo que pasa fuera y lo que pasa dentro de ti, siente, nada más… Existe y abandona esa absurda idea de que, si no estás pendiente de todo, el mundo dejará de girar. Dedícate a estar presente en tu vida, a notar  como te sucede y asume que ese control de lo que pasa en tu mundo a veces sueñas con tener  es una farsa en realidad, que lo único que consigue es dejarte exhausto y sin ganas de nada.  

Ya lo sé, alguien estará pensando, esto no da dinero, no produce, no genera nada…  Lo sé, me he planteado eso millones de veces y todavía lo siento y me asalta por las noches pero… Amigo, ¿acaso el café engullido o tragado en dos segundos con indigestión segura y paso por el retrete te asegura el éxito? ¿Produces más con el intestino flojo? ¿Cuando no tienes tiempo de nada y no sientes lo que vives llegas a las reuniones con ganas, con ánimo, con todos los sentidos activados y receptivo? ¿Cobras más cuando vives sin tener tiempo a respirar? a mí nunca me ha pasado. Y lo que produces, es como si no fuera tuyo porque apenas lo notas. 

Vivir en modo café con leche si produce porque te cambia. Bueno, vivir en modo café embudo también porque a la larga o a la corta cambia tu flora intestinal y eso también transforma tu vida… Y sí, también es un aprendizaje. Aunque yo hablo de cambiar y transformarse sintiéndose mejor, sin agobiarse más allá del café, poniendo los sentidos, por dentro y por fuera y viviendo cada experiencia como única. ¿De qué te sirve? pues de entrada, captas cómo te sientes y te sosiegas. Te gestionas y comprendes, te permites sentir y dejar aflorar lo que llevas guardado y enquistado dentro, te calmas, te concentras, te predispones a sentir y escuchar, empatizas contigo y te acercas a ti lo que directamente te hace más empático y receptivo a los demás. Te cambia la cara y se te percibe como alguien más amable, más cercano, más digno de confianza… Recargas energía, te reseteas, te despreocupas (me permito recordar que preocuparse no genera nada, no nos hace más responsables ni soluciona problemas, al contrario. Lo que sí los soluciona es estar atentos y activos y tener la mente clara y la intuición aguda para encontrar las respuestas) y te encuentras a ti mismo.

No hay mayor acto de amor que gozar del café cuando tomas café. Que notar el sol en la piel cuando hay sol y el tintineo de las gotas de lluvia y su olor al caer en la tierra cuando llueve. Sentir como sube el ascensor y como los pies toman contacto con el suelo, sea arena en la playa o asfalto a través de los zapatos. Notar como el agua de la ducha acaricia tu cuerpo y como al salir de la cama el contraste de temperatura te eriza el vello. No hay mayor valentía que sentarse al volante y notar el coche y surcar la carretera, pasear a media tarde para ir a buscar a tus hijos al cole y dejarse llevar por el camino… Notar sus manitas pequeñas cogidas a las tuyas y descubrirles una mueca nueva cuando te cuentan qué han aprendido hoy.

Esas son las metas. Esas dependen de nosotros y nos transforman. Las otras, el plan de objetivos y retos, maravillosamente se alinean cuando gozamos de las primeras y nos sentimos cómodos con nosotros. Y es verdad, algunas desaparecen de la lista porque no eran para nosotros, las colocamos ahí porque pensábamos que estaban bien pero en realidad no eran nuestras, eran metas prestadas de otros que sonaban bien o caen en importancia porque nos damos cuenta de que no podemos abarcarlo todo y aprendemos a priorizar y le damos importancia a lo que realmente cuenta en nuestra vida. Sentir te prepara para vivir más atento, más ágil, más sereno y activo. Igual que el sendero de la montaña y el entrenamiento te preparan para llegar a la cima, gozar del café con leche te convierte en el más atento y ávido de la reunión de las once.

Se trata de un entrenamiento para vivir tu vida más allá de lo que pueda o no pasar mañana  y de lo que pasó ayer.

Y mientras vives “en modo café con leche”, muchas veces, te das cuenta de que el informe que presentas esta tarde necesita un re-enfoque y no pasa nada, porque una nueva idea te cruza la mente. Y te llega así, como si nada, sin haber pensado en él, como si hubieras conectado a una antena que capta sensaciones y grandes ideas… Porque en realidad, la antena te conecta a ti.

¿Y si te permites conectar la antena? ¿Y si te pierdes un rato en la vida a ver qué pasa?

AVISO : No hay fórmulas mágicas, este reto produce cambios pero tal vez no son ahora, ni hoy, ni la semana que viene. Si lo llevamos a cabo, no nos caerá un maletín cargado de billetes encima ni cambiaremos el mundo. Aunque tiene algo positivo siempre, porque como valora el presente y el camino por encima del resultado, la ganancia está asegurada. 

 

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Cuando nada sale como esperas


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Nada. Por más que corras y subas y bajes… Nada sale a tiempo ni como esperas, ni como imaginas ni como crees que debería. La vida es tremendamente testaruda, más incluso que tú o quizá no tanto, pero tiene la sartén por el mango y fluye como quiere sin esperar a que le des el visto bueno y te prepares. Sin que las veas venir ni siquiera. 

La vida te pilla a medias, te barre con la ola mientras todavía estás decidiendo si hoy te quieres meter en el agua. Te borra la meta un segundo antes de llegar y cuando crees que andas por el camino correcto, te explica que lo que buscas en realidad no existe.

La vida no es una ciencia exacta, ni una palanca que accionas y mueve el mundo y puedes subirte o bajarte de él. Es un mecanismo que nadie sabe cómo funciona y que va por libre y te propone planes que tú no tenías previstos. Te rompe esquemas para que te des cuenta de que lo que crees que es inmutable en realidad cambia a cada instante y que aquello a lo que te agarras con fuerza no está sujeto a nada.

Y por más que traces planes, por más que hagas listas, por más que tengas claros tus objetivos, muchas veces de nada sirve porque en un instante te deja fuera de juego y tienes que volver a empezar. Tienes que replanteártelo todo… Es ahí donde descubres que es maravilloso saber qué deseas y trazar un plan para saber a dónde vas, pero que tienes que estar preparado para el zarandeo y el cambio. Para descubrir que lo que has pensado que querías en realidad necesita matices o que no a suceder… O que tal vez sí pasará, pero antes necesitas que la vida te de un meneo considerable para que dejes de aferrarte a algo que en realidad te frena y no te permite moverte. Nacemos y morimos tantas veces durante la vida… Nos volvemos a reinventar y para ello tenemos que decir adiós a lo que creíamos que éramos para poder dar la bienvenida a lo que realmente somos, lo que ha surgido gracias a quitarnos capas de miedo y comprender nuestras luz y nuestras oscuridad. 

Para llegar a ese momento, damos muchos giros y nos perdemos en el laberinto de nuestros pensamientos y emociones. A veces, pensamos que nos movemos y lo que hacemos es quedarnos en el mismo sitio y dar vueltas. Nos hacemos trampa pisando el terreno de siempre sin arriesgarnos a nada. Otras veces nos arrastramos y tiramos de un carro pesado que nos lastra el camino y esperamos recompensa por tanto esfuerzo sobrehumano cuando en realidad la vida nos pide que soltemos ese fardo que no nos deja avanzar… Y no hay más recompensa que darse cuenta y respirar hondo cuando lo sueltas.

La vida no tiene mapa, al contrario, te invita a dejar tu mapa e improvisar, a guiarte por esa intuición que en muchas ocasiones ahogas y no escuchas y que siempre te indica lo que realmente necesitas. En la medida que cedas y sueltes, en la medida que dejes de resistirte a probar, el camino se dibuja, se visualiza, se esconde, se expande… No hay manual, no hay fechas más allá de las fechas que señalan que todo se tuerce o se rompe si no lo usas o lo pones en marcha… Más allá de lo que caduca si no lo miras o se esfuma si no lo valoras ni lo tienes en cuenta.

Pensamos que el camino nos lleva a  lo que buscamos, a lo que soñamos, a lo que creemos que necesitamos vivir, cuando en realidad, nos lleva siempre a nosotros. En la medida en que comprendamos que el objetivo es encontrarnos y reconocernos, lo que soñamos que es la meta se rebela por el camino… Y los resultados que esperabas conseguir se convierten en las herramientas que usas para llegar a otro lugar muy distinto, a ti mismo. Los sueños no son el final, son el combustible. La meta real está en ti. La motivación real es vivir este momento y dar gracias.

No hay nada más. Sólo estás tú.

Cuando nada sale como esperas, pregúntate qué sientes, qué crees, qué sueñas y búscate a ti mismo. Siente esa intuición que está en ti y que no busca aplausos ni premios, porque sabe que lo único que necesitas es estar presente en tu vida. Que tú eres el amarre que buscas para seguir moviéndote en la dirección correcta, que no es otra que hacia ti mismo. Ahí es donde te lleva la vida, siempre obstinada en que dejes de buscar cualquier cosa que no seas tú. Allí es hacia donde siempre señala la brújula… 

 

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Pensar para no ser, para no sentir, para no estar…


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Pensar para no sentir.

Pensar y tragarse esas palabras… 

Contener el llanto hasta que la garganta duele tanto que se queda trabada, paralizada, y sabes que necesitas gritar para que todo ese dolor acumulado salga ahí afuera y puedas notar un momento de paz. Saber que si callas mueres un poco pero aún así seguir callando por alguna incomodidad que parece insuperable, algún miedo escondido, alguna realidad que te asusta reconocer. 

Pensar en voz alta para que el silencio no te asalte y tengas que afrontarlo. Para evitar que navegando vulnerable y perdido en ese silencio te des cuenta de que precisamente lo que buscas es silencio, pero huyes de él porque oculta verdades duras, complicadas, crudas… Verdades que parecen tan insoportables que prefieres no saberlas, no tener que afrontarlas ahora y dejarlas para luego, para mañana, para nunca.

Aunque sepas que no hay paz hasta que no te des por vencido y dejes que ese silencio te alcance, te invada, te inunde los sentidos y se instale dentro de ti tanto rato que el niño dormido despierte y empiece a jugar.

Pensar sin salir del rincón de pesar, sin dejar de pensar igual que siempre para no tener que imaginar que otra realidad es posible, para no descubrir que hay muchos mundos en tu mundo y que no todos se parecen al tuyo. Que hay más realidades posibles y que todas dibujan su camino y llevan su paso…

Pensar para no bailar.

Pensar para no tener que salir a la pista y dejarse llevar por la música y abrazar y abrazarse. Para evitar vaciarse y soltarse tanto que la vida se contagie. 

Pensar para no tener que perder la vergüenza ni hacer el ridículo jamás mientras intentas evitar hacer el ridículo. Pensar para olvidarse de estar presente y notar la vida. 

Pensar para dar mil vueltas más a todo y no tener que actuar, para poder parar sin parar de verdad, en calma y sosiego, sino como una forma de resistirte a lo que llega, a lo que viene, a lo que sabes que es inevitable. Pensar para no tener que aceptar nada duela o arañe, que te ponga frente al muro y tengas que ver que es obscenamente sólido y real. 

Pensar para no tener que salir a la luz ni sacar a basura de emociones rotas, rabias contenidas y miedos enquistados. Pensar que todo es culpa tuya, culpa de otro… Culpa, culpa, siempre culpa. Una culpa inmensa y pegajosa que se extiende como una mancha oscura que todo lo encuentra y lo alcanza, que todo lo enmaraña y revienta, que todo lo inunda y apaga… Culpa para desayunar, culpa para almorzar, culpa para cenar que se va contigo a la cama y te arropa y te reprocha que vas, que vienes, que estás, que no estás, que dices sí, que dices no, que callas, que hablas, que vives, que mueres, que existes… Culpa para dar y tomar, culpa para no sentir la culpa de sentir la culpa. Culpa para anestesiar el dolor de la culpa. 

Pensar para no tener que cambiar de camino y pisar esos lugares donde te llegan nuevos pensamientos que podrían volverte loco porque dicen todo lo contrario a lo que has pensado siempre. Porque zarandean tus credos más antiguos y arraigados y sacuden a tus creencias más rotundas. 

Pensar en bucle y hostigarse tanto que vomitas la noche del pasado lunes y la tarde de domingo de congoja máxima. Pensar para no tener que imaginar otras posibilidades, otras vidas, otros sueños. 

Pensar en bucle  otra vez y ver que todo es tan imperfecto que necesitas borrar el mundo y volver a empezarlo, pero sabes que no funcionará porque tú también eres altamente imperfecto.

Pensar en bucle mil veces más y suplicar que alguna de las personas con las que te cruzas te pare, te mire, te cuente una historia que te cambie y te de la respuesta que buscas.

Pensar esperando que la fórmula mágica esté al final del baúl de pensamientos que cada día repasas de forma compulsiva para ver si algo se te pasó por alto… Y no hallar nunca nada porque para verlo tendrías que cambiar de perspectiva. 

Pensar sabiendo que pensar es inútil hasta que seas capaz de observarte pensando y descubras que no eres tus pensamientos…

Pensar y creerse que pensar es vivir cuando es todo lo contrario.

A veces pensamos, pensamos mucho, pensamos demasiado… Pensamos lo mismo de siempre y lo retorcemos buscando una respuesta que no está, que no existe en ese lugar en el que hurgamos porque está en otro lado… En el lado donde no hay pensamientos sino sensaciones, emociones, hechos, acciones.

A veces pensamos para no sentir, como si nos pusiéramos la música muy alta para no oír nuestros propios lamentos o no golpeáramos la pierna para no notar el dolor de la mano… Nos anestesiamos con el parloteo de palabras para no tener que quedarnos a solas con nosotros y sentir, aceptar lo vulnerables que somos y lo solos que necesitamos estar para quedarnos con nosotros de verdad y conectar… Pensar para no estar ahora contigo, para no vivir este momento. Pensar en ayer. Pensar en mañana para no ser hoy, para no encontrarse ahora. 

A veces, pensamos porque de forma inconsciente sabemos que no hay respuesta en esos pensamientos, porque no queremos encontrarla, porque sabemos que si lo hacemos tendremos que claudicar y renunciar a seguir pensando sin actuar ni cambiar… Porque ese ser que nos habita y sabe lo que nos conviene nos va a pedir coherencia y no sabemos si vamos a estar dispuestos a dársela… Porque nos vamos a quedar a solas con él y nos va a pedir que sintamos todo lo que tenemos pendiente de sentir y eso nos cambiará para siempre… Y cambiar siempre nos asusta.

Pensar para no tener que pensar de verdad… Pensar para borrar este momento y quitarle fuerza. Para no sentir la vulnerabilidad de existir, para no tener que acordarse de ser y estar. Pensar para no tener que vivir la incomodidad de tu incoherencia. Pensar para tener la excusa y olvidarse de vivir… 

 

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Perder el tren


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No tengo ni idea de nada o de casi nada. A medida que pasan los días, los meses, los años, todo lo que creía saber parece más borroso. Es como si la línea que separa los opuestos se difuminara tanto que me siento incapaz de decir qué está bien y qué está mal. Sé lo que me gusta y lo que no, lo que me duele y lo que me hace feliz, sé lo que no quiero y lo que sí, pero al mismo tiempo, me siento incapaz de juzgar porque comprendo cada día más mis errores y los ajenos.

Con el tiempo me he dado cuenta de que muchas veces no hay un camino correcto y que las personas que a veces nos parecen más horribles son las que más heridas arrastran… Corrijo, tampoco es real, las que menos han podido superar esas heridas y más dolor almacenan. He conocido personas que han sufrido en sus vidas enormes tragedias y que son capaces de mirarte todavía con ese brillo en los ojos e ir por la vida respetando. Y he encontrado otras que han sido incapaces de superar algunas situaciones que no parecen de la misma envergadura… Corrijo de nuevo, no me lo parecen a mí, pero no sé con qué herramientas a nivel emocional cuenta esa persona para poder superar esas situaciones ni puedo valorarlo porque ni tengo suficiente información ni estoy en su piel. Juzgamos tanto todo el rato que se hace difícil separar la realidad de la interpretación.

Aunque no sé nada. No me atrevo a afirmar si esto es bueno y aquello no porque hace mucho tiempo que intento arrancarme las etiquetas que me pusieron y no quiero pegárselas a otros ni siquiera a las situaciones de la vida… Juzgar nos recorta las posibilidades. Es verdad, es un gran mecanismo de alerta que en muchas ocasiones puede salvarnos la vida, pero en el día a día, cuando algo sucede, ponerle enseguida una etiqueta, nos obliga a ver todo lo que acontece a partir de ese momento de una forma u otra… La percepción que tenemos de las cosas las determina en cierta forma. Vivimos en una realidad en la que el iracundo siempre será iracundo y el amable siempre será amable porque en nuestra mente no queda otra opción. Con ello, no eximo a nadie de su responsabilidad, por supuesto, las personas viven las consecuencias de sus actos y decisiones, pero la forma en que nosotros vivimos lo que otros hacen también determina nuestra experiencia. No podemos hacer nada para cambiar su comportamiento pero sí que podemos elegir estar a sus expensas o no y vivirlo de una forma u otra.

Cuando etiquetamos a otros con nuestros juicios también nos etiquetamos a nosotros respecto a ellos. La previsión que hacemos de nuestra realidad acaba determinándola. Y no me refiero a lo que va a suceder en ella, sino a cómo vamos a percibir lo que sucede.  Interpretamos nuestra vida en función de las creencias que tenemos almacenadas de forma inconsciente. Cuando estamos ante cualquier situación, sea la que sea, la juzgamos según esa programación que llevamos instalada y la etiquetamos y determinamos en base a ella. Todo eso genera en nosotros emociones varias que, si no sabemos reconocer y comprender, acaban generando el mismo comportamiento de siempre. Por ello es importante, aprender a reconocer qué sentimos y a descubrir qué creencias subyacen detrás de nuestros juicios e interpretaciones de la realidad.

Si somos capaces de gestionar y comprender qué nos mueve a reaccionar como reaccionamos, podremos empezar a usar esas emociones para aprender de nosotros y a observarlas en lugar de dejarnos llevar por ellas y precipitarnos o perdernos muchas cosas que suponen nuevas oportunidades. Eso nos lleva a dejar de reaccionar sin comprender y a tomar decisiones que suponen cambios importantes. Decidir con el corazón no es dejarse llevar por la vorágine de locura en un momento álgido, es escucharla, comprenderla, gestionarla y usarla para saber si te hace bien o no, qué dice de ti. Así podrás escoger tu camino desde la paz de haber descubierto las malas pasadas y trampantojos que te hace la mente que tienes programada para no salirte del mapa que te lleva a repetir situaciones y comportamientos… Una mapa que, poco a poco, puede dibujarse de nuevo con las pistas que nos da lo que sentimos y cómo reaccionamos.

Juzgar menos o ser conscientes de estar juzgando y por tanto interpretando la realidad nos permite una mirada más abierta y comprensiva. Borra un poco esa idea de que por un lado está lo bueno y por otro lo malo, sin que por ello tengamos que justificar nada que nos parezca atroz. Al mismo tiempo, nos abre la puerta a desmitificar errores y dejar de perseguir situaciones y forzarlas. Descubrimos que lo que parece negativo a veces es una gran oportunidad y que en todo caso si no sale como esperamos que salga o de una forma que nos convenza, sabremos encontrarle alguna lección valiosa. Llega un momento en el que no sabes si lo que pasa es para bien pero le encuentras un sentido. Ya, ya lo sé, hay cosas realmente terribles, pero muy a menudo está fuera de nuestro alcance evitarlas. A mi vida han llegado situaciones que pensaba que eran una condena y luego han resultado una bendición. Por supuesto, para ver el regalo que subyacía en ellas, he tenido que moverme, sobre todo por dentro, y cambiar mi percepción. Muchas veces no ha sido fácil, no he amansado todavía a mi fiera interior como para usar su fuerza sin hacerme daño, lo admito. Muchas personas al oír esto se ríen, no lo juzgo, comprendo que etiquetar la situación como negativa y lamentarse es fácil y yo lo he hecho en miles de ocasiones, pero es que eso no cambia absolutamente nada… Ni que sea por una cuestión de no vivir desde el estrés esa situación merece la pena trabajar en cambiar nuestra percepción de ella. 

No es fácil dejar de juzgar. De hecho, creo que siempre vamos a hacerlo y es mejor no obsesionarse con ello. Yo diría que lo único imprescindible es no culparse y dejar pasar los juicios sin que nos arañen o agobien. Si aprendemos a observar pensamientos, sin darles demasiada importancia, veremos que no nos afectan. Lo que realmente importa es estar abierto a que lo que siempre ha sido verde pueda ahora ser rojo, lo malo bueno, lo frío caliente… Y no hablo de ir por la vida como una iluso, hablo de recuperar los ojos de ese niño o niña que fuimos que cuando llegaba a la tienda de juguetes y estaba cerrada, se enfadaba dos minutos y enseguida se alegraba porque estaba justo al lado de un parque con columpios chulísimos… Y al cabo de diez minutos la tienda era historia y sabía que si hoy estaba cerrada otro día estaría abierta.

Y no es conformismo. Me hace mucha gracia (sí, lo juzgo, es verdad) cuando hablas de aceptar la situación y alguien te dice que eres conformista. Como si con su rabia y su enfado él fuera capaz de ir a despertar al dueño de la tienda para que la abra.  ¿No es mejor buscar una alternativa en otra tienda o aprovechar el momento y disfrutar del parque?

Nos pasamos la vida reprochándonos las oportunidades perdidas y nos angustiamos esperando trenes que no pasan y perdiendo otros que no vimos pasar… Si conseguimos soltar esa culpa y comprender qué hay detrás de nuestra forma de actuar, podemos gestionar mejor la situación y verla con más claridad. La culpa no es buena consejera y nos lleva a perder el próximo tren mientras nos lamentamos por no haber visto  pasar el anterior.

Lo que sentimos determina lo que hacemos y es maravilloso poder usarlo descifrar qué nos dice de esa programación que llevamos dentro y que nos obliga hasta ahora a interpretar la vida de cierta forma. Cambiar o flexibilizar nuestras creencias y redibujar el mapa que trazamos hace años en nosotros no va a cambiar el mundo ni tampoco como se comportan los demás, pero puede cambiar nuestra percepción y por tanto nuestras emociones y nuestro comportamiento y al final nuestra vida… Nos puede ayudar a darnos cuenta de lo que nos determinamos y etiquetamos sin darnos cuenta y tomar decisiones. Abrir la mente y meter en ella ideas nuevas, generar nuevas conexiones neuronales y transformar el ritmo de tu vida.

Una vez empiezas a trabajar en ello, todo gira, todo cambia. Te das cuenta de que no sabes nada. Juzgas menos y cuando juzgas, sueltas esa premisa enseguida. Y sabes que no sabes nada. Aceptas y te adentras en situaciones que antes eran impensables en tu vida que te llevan  a lugares que antes jamás hubieras pisado donde pasan cosas que nunca te sucedían. Y no hablo de acabar en un callejón oscuro a las tres de la madrugada sino de decir sí  a algo que jamás hubieras intentado antes y descubrir que es genial o que  por el contrario no te gusta nada… O encontrarte tomando un café con ese compañero al que nunca has prestado atención y que te cuenta una historia increíble que te das cuenta que necesitabas escuchar.

Cada día que pasa tengo menos certeza en lo que sé y más en mí misma y en lo que deseo y siento. Dejar de juzgar y de etiquetar te muestra un camino que cada vez más se basa en lo que llevas dentro y menos en lo que pasa ahí afuera. Cada día esperas menos del mundo y te sorprendes más de ti mismo. Te descubres a ti mismo y te apasionas con lo que haces porque no solo haces más de lo que amas sino que logras amar las pequeñas cosas que antes te molestaban. Aprendes a darle la vuelta a las situaciones para que vayan a tu favor y agradeces los pequeños contratiempos que te permiten recalcular tu ruta y encontrar momentos para ti…

Y te encuentras en el andén, esperando un tren que llega con mucho retraso, y ves que el mundo que te rodea se angustia y tú miras el cielo y lo ves hermoso y contestas mensajes pendientes y lees un libro o sencillamente respiras hondo y te notas vivir…

No, no vas a conseguir que los trenes sean puntuales gestionando tus emociones,  pero vas conseguir que no te moleste tanto, que no te rompa el día entero y seas capaz de darle la vuelta y aprovechar la situación. Y cuando pierdas un tren, éste en sentido metafórico, lo verás como una forma de aprender y no como un error insuperable. Hay muchas oportunidades que llegan a tu vida y son trenes que llevan a lugares que jamás habías pensado visitar y está en tu mano aprender a mirarlas de otra forma para poder aprovecharlas. No siempre podemos estar esperando en el andén y sobre todo hacerlo mirando en la misma dirección.

A veces incluso hay que ver y dejar pasar muchos trenes que te llevarían al mismo lugar de siempre donde nunca pasa nada que te cambie y te mueva por dentro. Para aprender a distinguirlos hace falta un momento de silencio y de paz.  Incluso en algunas ocasiones, pensamos que perder el tren es una tragedia cuando en realidad es la excusa perfecta para explorar otras posibilidades y destinos. 

Las oportunidades necesitan que les dejes la pista abierta para llegar y si estás desconectado de ti mismo, sufriendo o preocupado porque no llegan, no las ves pasar por tu lado… 

 

 

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Desnuda


 

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Se ha quedado desnuda contando historias y derramando lágrimas. Ya no duelen, ya no arañan… Sólo calman… Ya no siente vergüenza de sí misma ni se esconde. Era más grande el dolor de necesitar encontrar su llanto perdido que el de las miradas sin piedad de los que siempre fingen y nunca se muestran al mundo como son y juzgan a otros porque sí se atreven.
Ya no le importa qué dirán porque sabe que lo que dicen es fruto del miedo, la envidia y el aburrimiento. Porque los que viven a medias suelen necesitar vivir a través de emociones ajenas y llevarse prestados los lamentos a casa para no escuchar sus propios lamentos. Porque aquellos que critican su osadía son los que pagarían por llegar a la mitad de su coraje y recibir la mitad de su paz… Porque sueñan tener una brizna de su valor dibujando la vida y encontrando nuevos mundos cuando su mundo se acaba.
Porque los que murmuran hacen jirones su piel con sus labios, pero la devoran con sus ojos inquisidores esperando contagiarse de su alegría, esperando mirarse al espejo y poseer un destino del que no tengan ganas de salir corriendo.
No le importa que la miren, tanto si la miran porque brilla y aman ese brillo, como si lo hacen esperando que se apague porque no lo soportan.  Medio mundo osa mostrar su luz y el otro medio la oculta porque no cree merecer ese gran regalo… Ella se cansó de vivir con la luz apagada y se dio cuenta de que si no se arriesgaba a compartir su imperfección maravillosa y necesaria,  tampoco podría compartir con el mundo su enorme talento. No le importa que eviten si la evitan porque remueve conciencias y zarandea emociones, porque no necesita deslumbrar, ni demostrar, ni medir, ni colgarse ninguna medalla… Ya no. El tiempo de las medallas pasó y quedó lejos. Ya nada se mide ni pesa, nada se tasa ni valora ni se espera resultado concreto. La vida se sincroniza sola, se busca sola, se sucede en el momento justo en una especie de danza improvisada y al mismo tiempo perfectamente calculada. 

No le importa que la despedacen con mentiras si ella es fiel a su verdad… Ellos no viven como ella, lo hacen siguiendo normas ajenas a sus voluntades ahogadas y  mediocres porque no reconocen su propio valor.
Los que habitan vidas robadas siempre viven con gozo las tragedias ajenas y aplauden los fracasos de otros. Y siempre penan de dolor las alegrías de los que viven sin pedir permiso y sólo preguntan a su conciencia el camino a seguir. No les guarda rencor porque sabe cómo se sienten. Sabe que sus arañazos son súplicas de cariño y sus gritos e insultos son su forma de pedir que les miren y tengan en cuenta.
Son los que cuando su mundo se acaba, saltan a otro mundo y empiezan a buscar una cabaña y a soñar un cielo bajo el que sobrevivir. Los que gritan para no oír en su cabeza la voz que les dice que no son perfectos y nunca lo serán y todavía les seducen… Los que balbucean esperando amor y se conforman con caricias a medias y se acercan a ti buscando ver cómo te esfuerzas y te quedas a medio centímetro de la meta y sonríen al notar tu dolor.

Está desnuda y vulnerable porque ha soltado las amarras y surca su vida sin imaginar tragedias por anticipado, sin esperar nada más que a sí misma. Porque vuela sin más alas que sus ganas y ha roto con todo lo que la ata a ese lado de la calle donde se reparten miserias y los tristes hacen cola, una y otra vez…

Le da igual si la compadecen o si les escandaliza su risa loca y su mirada llena de alma. No busca que la aprueben, sólo necesita que sentirse libre y agarrarse a esa sensación amable de saber que está consigo misma y que no se fallará… No busca que le digan que sí, quiere decirse que sí a ella misma y no parar nunca de amarse y contarse tantas verdades como su cuerpo dulce y salvaje pueda admitir.

Le dan todos igual porque ha aprendido a amarse y no ve enemigos, sino personas tan perdidas como ella que buscan encontrarse la cola para mordérsela y creerse que han atrapado al culpable. Sabe que lo que nos lleva a detestar a otros es a menudo el dolor no saber quiénes somos y no encontrar nuestro propio camino.

No busca que le abran puertas… Ella es la llave de su vida. Es ahora ya su noche sin miedo y su tarde sin desesperación ni monotonía. No quiere que la admiren, quiere que comprendan que ella es como es y eso no va a cambiar por nada… Y seguir su camino, tanto si gusta como si escandaliza y remueve, tanto si encandila como si molesta.
Está desnuda y sola,  pero no tiene frío porque sus historias son cálidas y sus sueños la cubren de emoción. Sueña con ella misma ahora y no necesita nada más. Con el tiempo, aprendió a usar los sueños para crecer y no para atormentarse con ellos. Sabe que al final del camino no hay ningún premio, sino una versión de ella misma transformada por todos y cada uno de sus pasos. 

Está desnuda, pero no teme haberse quedado sin hojas, ni poner al descubierto sus heridas y sus miedos porque su osadía la convierte en todopoderosa… Ha llegado ese momento en el que su propia desnudez  la protege de las miradas porque hace evidente que no le importan ni arañan.  Y nada aleja tanto al que critica y censura como alguien que no lleva puesto el el disfraz...

Nada le es tan grato a la vida como la coherencia. 

 

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