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la rebelión de las palabras


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El extraordinario poder de la compasión


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Muchas personas todavía creen que la compasión les hace débiles. Es una creencia que arrastramos desde hace mucho tiempo y que nos hace sentir que si nos mostramos cercanos a los demás parecemos vulnerables. Tememos ponernos en su piel por si al hacerlo, se nos contagia ese dolor o esa desgracia que parecen arrastrar… Huimos del enfermo, del triste, del amargado incluso porque a veces parece que nos amarga. Huimos del dolor y del miedo ajenos como si en el fondo no fueran propios ni compartidos. Como si en este mundo hiperconectado, lo que le pasa a otro no fuera un poco nuestro. Señalamos con el dedo al que es distinto porque nosotros también nos sentimos distintos y pensamos que al poner la atención en él nadie se dará cuenta de nuestras diferencias y podremos vivir en paz… Aunque no hay paz hasta que no vives tus diferencias y respetas las diferencias de los demás. Hasta que no te arriesgas a vivir siendo tú y decides que los demás pueden hacer lo mismo no encuentras esa calma y ese sosiego del que vive en coherencia.

La compasión es tan poderosa que transforma tu manera de ver el mundo. Y no consiste en mirar con los ojos del que se cree por encima de nadie, sino de los ojos del que sabe que podría ser tú e ir incluso más allá, con los ojos del que te ve capaz. La compasión va más allá de la empatía, porque supera su capacidad de comprender y la trasciende, da un paso más. Consiste en mirar a la persona y no ver el problema sino al ser humano grandioso que hay detrás y que puede encontrar la solución o no, pero que es un ser valioso llenos de posibilidades.

La empatía nos pone en la piel de otra persona, la compasión nos hace mudar de piel… Nos impulsa a cambiar y nos conmueve por dentro hasta transformar nuestro mundo interior y, en consecuencia, todo lo que nos rodea. 

La compasión es esa capacidad de muchos de conocer las debilidades ajenas y aceptarlas y enfocarse en las fortalezas. Y eso no te hace pequeño sino grande, no te hace pobre sino inmensamente rico, no te hace débil sino fuerte, esa fortaleza del que puede aceptar que las personas son como son y no como él o ella necesita que sean. La fortaleza del que asume la realidad y cambia su forma de verla para poder hacer lo que está en su mano para que todo sea más apacible para todos… La fortaleza de decidir que eres vulnerable y no pasa nada, que eres humano y es maravilloso.

La compasión te da el poder de ver a la persona y no al enfermo, de ver el talento y no fracaso, de reconocer cada error y cada miedo como una material valioso para evolucionar cada día y sacarse de encima esos pensamientos y creencias que no nos ayudan a sentir lo que realmente somos, seres extraordinarios.

La compasión te da el poder de mirar más allá y reconocer tu propio valor. Hay personas que creen que si vas por la vida sin defenderte, te atacan. Que tienes que pasarte las noches y los días haciendo guardia para que no te sorprendan, para controlar tu vida y que ningún aspecto importante te pase por alto… Hay personas que creen que si reconoces tus errores quedas expuesto ante tus enemigos, ante otros en general que aprovecharán tus flaquezas para dinamitar tu vida y hacer leña de tu árbol caído… Yo he pensado eso durante mucho tiempo, pero me he dado cuenta de que no hay más indefenso que el que espera el ataque, ni más fuerte que el que reconoce su debilidad, la acepta, y hace gala de su talento compartiéndolo con los demás. La vida no puede controlarse. De hecho, cuánto más lo intentas, más se escapa de tus redes y más inabarcable se vuelve. 

No hay persona más invencible como el que decide que no puede ser atacado porque abraza su vulnerabilidad y la convierte en su anclaje a una vida sin engaños ni creencias que le limiten… No hay mejor defensa que abrir tus ventanas y mostrar tu luz, guste o no guste, es la tuya, eres tú. 

Cuando decides que no eres atacable y que puedes mostrar compasión al mundo, que puedes bajar tus defensas y soltar las armas… Llega una paz inmensa. Cuando decides que puedes dejar de esperar el puñal y ver el rostro amable de quien se acerca para compartir… Cuando aceptas tus debilidades, descubres que en realidad son fortalezas porque las has usado para aprender a amarte y confiar en ti. 

No se trata de dejarse pisar ni humillar, se trata de encontrar en ti ese amor que te lleva a sentir que ser pisado no tiene sentido ni va contigo .Y claro, habrá personas que tal vez lo intentarán y puede que algunas lo consigan, pero el desgaste diario de defenderte del mundo y el sufrimiento de haberse decidido digno de ataque ya no estarán… Porque habrás empezado a amarte como mereces y habrás decretado que por tanto eres digno de amor.

La lucha cansa, cansa mucho y no te permite ver a dónde vas porque estás pendiente de mirar a tu espalda buscando enemigos que no existen. No permite actuar con las ganas y la coherencia que necesitas porque estás pendiente de lo que otros piensan de ti y no de lo que tú deseas y puedes aportar. Luchar por demostrar al mundo tu fortaleza, te hace perder energía para conquistar tu mundo interior y hacer tu camino cada día… Decidir que tienes que defenderte es en el fondo un declaración de debilidad y no de fortaleza. 

Si aprendes a mirarte de otro modo, verás al mundo de otro modo. Eso te lleva a ver a los demás de otra forma distinta, a mirar en sus ojos y traspasar hasta su alma, a comprender que ellos también siguen luchando por dejar de ser perseguidos por ellos mismos y bajar la guardia para poder brillar y compartir tu valor y talento. 

Y dejas de juzgar al mirar, para poder amar lo que es y aceptar. Y decides con quién estás y con quién no libremente, sin ataduras ni dependencias. 

A menudo, miramos a los demás con el mismo reproche y la misma culpa con que nos miramos a nosotros mismos, con ojos de decepción y desamparo, proyectando nuestro dolor y nuestra angustia, esperando que así se disipen y desvanezcan pero sólo conseguimos que crezcan y se hagan más fuertes. Miramos con los ojos de alguien que no acepta lo que ve y quiere cambiarlo, cuando muchas veces no está en nuestra mano… Y eso nos etiqueta a nosotros y etiqueta a los demás en una espiral sin fin de reproches y sufrimiento.

Cuando miras a otra persona y la ves capaz, le das un poco de fuerza para que sea capaz, para que se acuerde de que es capaz. Cuando ves al ser maravilloso que lleva dentro y no a su circunstancia, estás ayudando a borrar su circunstancia. Lo que pasa es que para ver luz hay que ser luz… Y ya eres luz, pero puede que no te hayas dado cuenta. Para ver amor, tienes que amarte primero como mereces y luego ver ese amor en lo demás. La compasión nos hace poderosos porque nos permite ver el mundo como un lugar más apacible, porque lo transforma y nos transforma. Porque demuestra que el más poderoso es el más humilde, el que ve más allá de los miedos y las máscaras que nos hemos puesto para soportar lo vulnerables que somos y decide ser como es a pesar de lo que digan o piensen. El mundo está lleno de personas maravillosas a las que a menudo no somos capaces de ver como realmente son, porque vemos sus etiquetas, sus problemas, su dolor, sus circunstancias y hemos confundido todo eso con el ser extraordinario que hay detrás oculto y que tampoco se ve a sí mismo porque no deja de sentirse vulnerable y desagraciado. 

Un día alguien me preguntó qué hago el la vida y al pensar en ello, me alegró decir que me dedico a guiar a las personas para que se den cuenta de que son maravillosas, porque muchas no se acuerdan o todavía no lo han descubierto. Porque cuando te amas y descubres que podrías en este momento ser otro y vivir sus circunstancias es inevitable querer compartir ese amor.

¿Has visto alguna vez como se transforma el rostro de alguien a quién miras  y lo ves capaz? ¿Has visto los ojos del que no tiene esperanza cuando le miras con tus ojos de esperanza? ¿Has visto como cambia una persona cuando al mirarla ves su luz? Es algo extraordinario… No hay palabras.

 

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Nada duele tanto como tú


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Hay personas que duelen. 

Las sentimos muy cerca, muy dentro, muy intensamente y sin parar, aunque no las veamos, aunque no estén cerca, pero están, siempre están. 

Hay historias, grandes o pequeñas, que siguen latiendo en tu memoria y que un día, ante un café o una puerta que se cierra, se despiertan y bailan en tu cabeza y arañan tu pecho otra vez. Han pasado años, tal vez, pero tus oídos siguen escuchando sus palabras y percibiendo sus silencios y tus ojos siguen deseando ver que se acercan y te miran y te ven y dejan de ignorar tus lágrimas. El tiempo pasa pero tú sigues necesitando que te vea, que se den cuenta de tu dolor. 

Hay momentos que siguen arañando tu alma, a pesar de haber dado mil vueltas y haber cruzado mil mares, a pesar de haber andado mil caminos y haber perdonado mil ofensas… Hay imágenes que se quedan retenidas en ti y aúllan, te salpican todavía cuando estás tranquila, cuando tienes una tarde en calma, cuando lees un libro, cuando te acuestas en la cama… Cuando crees que todo está en orden, el pasado saca pecho y rompe tus esquemas, asalta tus domingos soleados y tus días planificados… Se mece en tu agenda, camina por encima de tu escritorio y se sienta en las esquinas de tu casa y te mira cuando te sientas en el sofá tras un largo día esperando soltar angustia y malos ratos.

El pasado que no está pasado siempre se refleja en tu copa de vino y tu mirada, siempre duerme en tu cama limpia y deja su aroma en las sábanas. Siempre camina a tu lado cuando caminas por la calle y ves caras nuevas y te susurra que son las mismas, que piensan lo mismo, que eres la misma, que todo siempre será igual. Te dice que estás condenando a repetirte, a no salir del círculo, a caer en la misma casilla y perder tu turno en la cárcel mental en la que tú solo te metes cuando no puedes parar de pensar.

El pasado que sigue abierto siempre evoca momentos tristes y te invita a besar miedos. Siempre despierta bestias dormidas y pensamientos usados y horribles que vuelven a ti y se hacen cabañas en tu cabeza. 

A veces, parece que las personas duelen, que los recuerdos duelen, que las historias pendientes duelen, pero en realidad te dueles tú. Duele la forma en que miras al mundo porque lo ves tan triste y patético como osas verte a ti, lo desprecias tanto como te desprecias a ti… Te ves a ti en todo lo que ves. Te notas a ti en todo lo que notas. Te imaginas en todo lo que imaginas y no te imaginas como mereces sino a una versión deformada y sin piedad de ti. 

Miras hacia delante y te llenas de miedo. Miras atrás y te salpicas de cenizas y de rabia. Eso pasa porque estás en todas partes menos aquí y ahora… Porque has pasado página sin leerla y comprender. Porque has mirado adelante sin saber de dónde vienes. Porque has empezado de nuevo sin romper con lo viejo. Porque volviste al camino sin haber aceptado que no importa el camino, sino cada paso que das tú… Porque perdonaste a otros pero sigues sin perdonarte a ti porque todavía te sientes absurdo, cansada, triste, avergonzada, ridículo, ínfimo, pequeña, estúpido y digno de ser atacado… Porque todavía te ves como te veías entonces y sigues pidiendo prestados ojos ajenos para mirarte. Porque todavía no te has dado cuenta de que no es lo que ves sino cómo lo miras… Porque emprendiste un nuevo momento usando esos ojos viejos y esos pensamientos usados y tristes… Porque vas al baile con tu ropa usada y no te pones de gala para ti. 

Porque sigues queriendo que todo cambie sin cambiar tú de casilla, ni de juego, ni arriesgarte a ver las cosas de otro modo. Porque sigues esperando que la vida te permita y no te permites. Porque sigues luchando para derribar muros que tú mismo has construido y buscas que te vean cuando tú todavía no te ves.

A veces, la vida duele, pero eres tú que te haces daño porque no te consideras, no te ves, no te amas.

Hay personas que hacen daño, personas que duelen todavía, pero tú también “te dueles”… Te rompes, te ignoras, te arañas, te abres las heridas y tiras sal, te zurces a medias y esperas salir a la calle a dar el doble de lo que puedes… Te zarandeas y te sacudes por dentro y te exiges tanto que nunca llegas, te piensas mal, te hablas peor, te haces trampas, te saboteas, te cierras la puerta, te sigues los pasos para ponerte la zancadilla, te robas tiempo… Te desconsideras, te tachas de la lista, te engañas, te mientes, te pides mucho y te das nada, te escondes la recompensa, te niegas el regalo, te criticas sin tregua, te vacías sin piedad… Te culpas, te miras de cerca y te menosprecias, te pides llegar al cielo mientras te recortas las alas… Te  cuelgas las etiquetas más crueles y te golpeas con los pensamientos más terribles.

La vida duele, las personas duelen, las circunstancias duelen, el pasado duele pero nada duele tanto como dueles tú cuando no estás de tu parte… Cuando decides ser tu peor enemigo y sigues esperando que el mundo te perdone esa culpa inventada que arrastras y que sólo tú puedes soltar. 

Nada duele tanto como tú para ti mismo cuando no te amas, cuando no te respetas, cuando no eres capaz de darte un tregua y volver a empezar. 

 

Gracias por leerme. 

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Vivir sin que el miedo te marque el camino


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Hoy voy a decirte que me alegro por ti, por todo lo bueno y hermoso que llega a tu vida. Porque sí. No hace falta que pase nada, no hace falta que busque nada de ti… No lo digo por obtener nada a cambio, ni espero nada… Bien, tal vez sí, que sepas que me alegro, que sepas que lo mucho que vales, para cuando se te olvide, para esos momentos duros en los que te levantas y se asoma un día agrio ante ti y por más que lo intentas no consigues verlo de otro modo… 

Hoy voy a celebrar que estás, que estoy, que somos. Porque sí. No hace falta que llegue la fecha en el calendario ni que se nos caiga la piel arrugada para mirar atrás y ver algo más que el dolor. No hace falta que se nos rompa la vida para darnos cuenta de lo hermosa que es la vida… No hace falta. Podemos darnos cuenta ahora de lo mucho que tenemos y la belleza de lo que nos rodea. Podemos celebrar la vida sin temor a que la vida nos castigue por osar a tentarla. Podemos celebrar y confiar sin que la vida se enfade porque estamos hartos de sufrir y ya no queremos preocuparnos ni prevenir más tragedias. 

Hoy voy a dar gracias porque me noto los pies, los dedos de los pies. Porque te miro y te veo y veo lo que está a mi alrededor. Porque acaricio con mis manos y respiro con todo el aire que soy capaz de abarcar con mis pulmones. Porque he amanecido en mi cama y ayer me acosté con un buenas noches sin acritud. Porque el mar me llama cada día y sólo con inspirar noto su olor en el aire y en mí. No necesito esperar a que se borre nada, a dejar de sentir, a dejar de notar para lamentarme y darme cuenta de lo hermoso que era… Puedo hacer una fiesta por lo hermoso que es ahora. Por lo hermoso que ha sido. 

Hoy voy a mirarte y ver lo hermosa que eres. Voy a maravillarme de que entre todos los seres posibles del mundo me eligieras a mí para nacer. Voy a alucinar con tu perfección y tus ganas de todo, con tu fuerza inmensa y tu enorme talento para confiar en la vida… Voy a aprender de ti, mi vida, y perderme en tus pestañas largas y tus canciones divertidas… Voy a hacer una fiesta por lo que somos juntas, por la alegría de tenerte cerca y compartir. 

Hoy voy a mirarme bien a mi misma y decirme que me amo. Porque sí. Porque lo que soy no necesita de abalorios ni alhajas. Porque ya no busco demostrar nada y sólo deseo caminar para ser y sentir. Voy a tomarme un café conmigo y contarme la historia de una mujer que tardó en darse cuenta de todo lo bueno que habitaba en ella, pero que cuando lo hizo volvió a nacer. Voy a decirme cosas hermosas al oído y creérmelas todas, aunque sean exageradas, aunque en realidad no importen, porque así haré costumbre en esto de tratarme bien y cortejarme un rato. Hoy voy a pedirme una cita conmigo misma y estoy segura de que no me dejaré plantada como otras veces, esta vez no… Me pondré mis mejores galas, por dentro y por fuera, iré con el ánimo alegre, con las ganas inmensas de conocer a alguien como yo… Me reservaré un tiempo sin que suene el teléfono, me escucharé sin tregua, me diré que sí y me enamoraré un poco, sin caer en la vanagloria, sin creerme mejor que nadie, pero creyendo en mí. 

Hoy voy a mirar a los ojos a todas las personas que encuentre en la calle, en el ascensor, las que tienen la mirada perdida en el parque,  las que se ocultan bajo una gafas de sol. Si mis ojos se topan con los suyos les miraré como si les dijera “me importas” para que se acuerden de lo mucho que importan, de lo mucho que pueden importarse a ellas mismas, para que sepan que dentro de ellas hay mucho valor… No hace falta que me respondan, ni siquiera hace falta que me entiendan, sencillamente quiero compartir. Porque sí. 

Hoy voy a decirte que te quiero. Porque sí. Porque amarte no solo te acaricia a ti sino que a mí me hace un ser más grandioso y flexible. Porque amar me extiende más allá del espacio que ocupo, traspasa mis límites y sale por mis ventanas… Porque amar me hace más libre y rebota en la cara y el pecho y me reafirma para seguir. Porque es tan grande este amor que anda solo y no necesita nombre pero se lo voy a poner porque me gusta decirlo en voz alta… Porque nace de reconocerme a mí y reconocerte a ti… Porque sí. Porque lo merecemos. Porque la vida empieza y acaba justo ahora, en este momento, y todo lo demás es una propina deliciosa. 

Porque no necesitamos una razón para celebrar la vida. Porque ya hay muchas, miles, a puñados… Si esperamos a tener una más, a ser capaces de verla, tal vez se nos haga tarde y se nos apaguen las velas. 

Hoy voy a sentirme segura, capaz, protegida, libre, amparada, confiada… Aunque sea cinco minutos. Voy a creer que si pongo el pie, el suelo no se hundirá. Que si salto, descubriré que tengo alas y planeo. Que siempre hay una salida. Que todo tiene un sentido. Voy a celebrar que me he dado cuenta de que preocuparse no tiene mérito y no sirve para nada… Voy a vestirme de gala para vivir esta vida corriente y darme cuenta de que en realidad es extraordinaria… Que yo soy extraordinaria… Que tú eres extraordinario… Que la vida es un regalo que a veces no nos atrevemos a desenvolver y abrir por miedo y otras lo dejamos olvidado en un cajón porque no creemos merecer tal honor… 

Hoy voy a abrirlo y a celebrarlo, no importa que haya dentro, es un regalo maravilloso. Hoy sí. Me atrevo. Apuesto a que todo irá bien. Aunque la magia dure un momento, aunque digan que confío demasiado… Porque prefiero pasarme a quedarme corta. Porque escojo vivir sin que el miedo me marque el camino. 

 

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Hoy he pensado mucho en ti y tú no lo sabrás nunca…


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Hoy he pensado mucho en ti y tú no lo sabrás nunca. Y eso me pone triste y me desespera. He imaginado que un día voy por la calle y te encuentro y te miro a esos ojos de niño hambriento y cansado y tú me miras. He imaginado que me cruzo contigo entre la masa de gente y me ves. Aunque sé que no me mirarías ni me verías, que pasarías de largo como me ignoraste nuestra última vez. Que te quedarás mirando un papel para no encontrarte con mis ojos y descubrir qué te preguntan y por qué o te perderás jugando con las pupilas en el suelo o peor aún que me clavarás la mirada sin vida sólo como tú sabes hacerlo para que sepa que no te importo nada. 

No lo voy a negar, me he sentido enormemente traicionada y decepcionada por ti, no sé si podrías comprenderlo. Aunque siempre supe que lo que fuimos caducaba. Siempre intuí que algún día ibas a echarme de tu reino porque me había adentrado tanto en él que ya ocupaba un espacio demasiado grande y arriesgado. Tú nunca quisiste que pasara, pero yo supe poco a poco meterme en tu vida sin que se notara y te obligué a bajar la guardia durante un rato. Yo siempre derribaba el muro y tú siempre volvías a construirlo y era cada vez más alto. 

Sin embargo, esta tarde no me he acordado de traiciones ni desengaños, me he acordado de ti y de los buenos ratos charlando. He visto más al niño herido que al amigo que consumó una venganza absurda y me clavó la daga… He recordado tus palabras y las he releído. He notado todavía tu dolor y he revivido algunos momentos de tu historia. Tú me dijiste que nunca te dabas a nadie y era cierto. Muchas veces tus palabras me decían que me fuera y tus gestos que me quedara. Ni siquiera sé si llegaste a tenerme cariño alguna vez porque fuiste incapaz de decirlo nunca en voz alta. Si soy sincera fuiste un reto en mi vida, una cima que quise conquistar para demostrarme que era capaz de conmoverte. Nunca sabré si pude, como no lo sabría ahora si todavía me hablaras y me contaras tus malos ratos y me confiaras tus relatos sobre personas rotas por dentro que buscan pegamento y encuentran fantasmas… Te construiste un personaje duro para que el mundo no captara tu esencia y no supiera que te sentías vulnerable y a veces me llevabas con él de la mano. 

Aunque hoy te recuerdo y sólo veo las risas y los paseos por lugares extraños buscando personajes estrafalarios para sentirnos especiales… Me acuerdo de los gatos cruzando la verja y el sol aplacándonos por la espalda. Tu charla sobre la  perra vida esperando nada de la vida y mi réplica obligada sobre lo mucho que llevabas dentro para compartir, sabiendo que no escuchabas y sólo esperabas a rebatir con saña mis palabras para soltar tu dolor y condenar mi entusiasmo infantil por tu talento.  Tus miedos disfrazados de “paso de todo” y mis ganas locas de ser otra persona a la que tú aceptaras y dieras el visto bueno como hacía siempre que alguien me importaba. Las pocas ganas de volver a la rutina después de una mañana callejeando y lo difícil que era llegar a tu corazón… Tal vez no llegué nunca y, si lo hice, me sacaste rápido… Porque ya procuraste que no se notara que te importaba por si tenías que liquidar mi cariño a toda prisa y podía dolerte demasiado. Tu personaje era tan oscuro que en sus calles ni siquiera se encendían las farolas y yo siempre buscaba en ti una luz para recordar por qué confiaba en poder conocerte a pesar de todo. 

Un día hace tal vez diez años o más te dije “me gustaría saber que si me marcho o te marchas podré llamarte y encontrarte y estarás en mi vida” y tú me miraste con esos ojos tremendamente oscuros y esbozaste un sí diminuto  y avergonzado que se perdió en el aire… No era verdad, amigo, te perdí incluso antes de marcharme y todavía no sé por qué y no lo entiendo.

Esta tarde pienso en ti sin tregua y tú no lo sabrás nunca y tengo que decirte, aunque no me oigas, que me cuesta mucho soportarlo. Me haré la loca y fingiré que lo acepto y lo asumo y me daré cuenta de que no te necesito (es verdad, no te necesito, ya no soy la misma). Aunque por dentro, algo en mí tiene ganas de llamarte y  recordarte los gatos en la verja, el sol en la espalda y las calles perdidas paseando mientras la vida  y la rutina nos arañaban el alma.  Quién sabe qué me dirías si me escucharas la voz cansada… Tal vez nada, como la última vez que me tuviste cerca y supiste de mi dolor y mi miedo y miraste al papel para no cruzarte con mi cara… 

Pienso en ti y tú no lo sabrás nunca. No me importa, puedo honrar lo que fuimos yo sola y sentirme añorada por los dos, sentirme feliz por los dos, llorar por los dos y perdonar nuestras ausencias y traiciones por ambos. Incluso seguir pensando que mereció la pena aunque casi no terminara y nos nos quede nada de lo que fue. 

Pienso en ti y en mi recuerdo me sigues apuntando por la espalda y me matas y yo todavía me pregunto cuál es la película que ves en tu mente para decidir arrancarme de tu vida… No importa, disculpa estas palabras, son mi rabia contenida que se suelta y sale, mi derecho a pataleta enquistado que fluye, mi cariño que sigue a pesar de todo y decide no olvidarte. Sigo pensando que mereció la pena tenerte un largo rato en mi vida, pese al desengaño. 

Un día dentro de diez años o más te recordaré de nuevo y tampoco te tendré cerca… Tal vez te escriba otra vez para que no me leas y te diga que te añoro todavía. 

A ti, que no me leerás seguro… 

 

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Vivir en modo “café con leche”


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Basta ya de objetivos y de listas… Que sí, que están bien, yo las hago siempre pero, por favor, no son una biblia. No vamos a dejar de ser esclavos de la mediocridad para pasar a someternos a la exigencia máxima. La excelencia no sólo es dar lo mejor de ti en cada momento sino sentirlo, vivirlo y notar como te cambia. De lo contrario, la vida es como esos álbumes de fotos que tenemos todos en los que aparecemos en lugares junto a monumentos y ni siquiera los recordamos porque nos hicimos la foto en un segundo sólo para decir que estuvimos… Las listas de objetivos están vivas, se mueven, se cambian, se recalculan, se redirigen, se bifurcan… La gran habilidad es la de escoger un camino y ser capaz de entretenerse en él y vivirlo con suficiente entusiasmo como para que el camino te cambie. La vida no es símbolo de check que le pones a tus metas, es lo que sentiste cuando las surcabas y te acercabas a ellas.

De hecho, te propongo un reto. Que tus objetivos no sean a largo plazo por unos días.  Inténtalo sin más pretensión que hacer este experimento. Que tus metas sean cosas cotidianas. Que te propongas vivir notando lo que pasa, los detalles… Lo que pasa mientas esperas que pase algo importante, vivir “el mientrastanto”. Yo lo llamo vivir modo café con leche. Que al acostarte por la noche, tu meta no sea la reunión de las once o lo que tienes previsto por la tarde, ya no hablo de la semana siguiente. Planifica si quieres para que no te pille el toro, pero proponte vivir lo cotidiano… Acuéstate sin más pretensión de despertar y gozar del café con leche, del te, de lo que sea que tomes. Y vívelo como una esponja. Nota el olor, el sabor, el calor… Ponle canela si te gusta para darte más placer, mira la vista que te rodea sin salir del café. Nota si hace calor o hace frío, nota como se estremece tu cuerpo y cambia al sentir como el café con leche llega a tu estómago. Nótate los pies y las manos. Siente cómo respiras cuando tomas café. Si alguien te acompaña, mira su cara, nota su gesto, escucha su voz y todos los sonidos más allá de esa voz, el eco de la habitación, lo que hay más allá de las ventanas… O si lo prefieres, métete solo en el café y bucea en él, como si tu vida fuera solo ese café y nada más. Percibe como va bajando la temperatura, como acaricia tus labios y tu paladar… Suelta todo lo demás. Deja de intentar controlarlo todo, lo que pasa fuera y lo que pasa dentro de ti, siente, nada más… Existe y abandona esa absurda idea de que, si no estás pendiente de todo, el mundo dejará de girar. Dedícate a estar presente en tu vida, a notar  como te sucede y asume que ese control de lo que pasa en tu mundo a veces sueñas con tener  es una farsa en realidad, que lo único que consigue es dejarte exhausto y sin ganas de nada.  

Ya lo sé, alguien estará pensando, esto no da dinero, no produce, no genera nada…  Lo sé, me he planteado eso millones de veces y todavía lo siento y me asalta por las noches pero… Amigo, ¿acaso el café engullido o tragado en dos segundos con indigestión segura y paso por el retrete te asegura el éxito? ¿Produces más con el intestino flojo? ¿Cuando no tienes tiempo de nada y no sientes lo que vives llegas a las reuniones con ganas, con ánimo, con todos los sentidos activados y receptivo? ¿Cobras más cuando vives sin tener tiempo a respirar? a mí nunca me ha pasado. Y lo que produces, es como si no fuera tuyo porque apenas lo notas. 

Vivir en modo café con leche si produce porque te cambia. Bueno, vivir en modo café embudo también porque a la larga o a la corta cambia tu flora intestinal y eso también transforma tu vida… Y sí, también es un aprendizaje. Aunque yo hablo de cambiar y transformarse sintiéndose mejor, sin agobiarse más allá del café, poniendo los sentidos, por dentro y por fuera y viviendo cada experiencia como única. ¿De qué te sirve? pues de entrada, captas cómo te sientes y te sosiegas. Te gestionas y comprendes, te permites sentir y dejar aflorar lo que llevas guardado y enquistado dentro, te calmas, te concentras, te predispones a sentir y escuchar, empatizas contigo y te acercas a ti lo que directamente te hace más empático y receptivo a los demás. Te cambia la cara y se te percibe como alguien más amable, más cercano, más digno de confianza… Recargas energía, te reseteas, te despreocupas (me permito recordar que preocuparse no genera nada, no nos hace más responsables ni soluciona problemas, al contrario. Lo que sí los soluciona es estar atentos y activos y tener la mente clara y la intuición aguda para encontrar las respuestas) y te encuentras a ti mismo.

No hay mayor acto de amor que gozar del café cuando tomas café. Que notar el sol en la piel cuando hay sol y el tintineo de las gotas de lluvia y su olor al caer en la tierra cuando llueve. Sentir como sube el ascensor y como los pies toman contacto con el suelo, sea arena en la playa o asfalto a través de los zapatos. Notar como el agua de la ducha acaricia tu cuerpo y como al salir de la cama el contraste de temperatura te eriza el vello. No hay mayor valentía que sentarse al volante y notar el coche y surcar la carretera, pasear a media tarde para ir a buscar a tus hijos al cole y dejarse llevar por el camino… Notar sus manitas pequeñas cogidas a las tuyas y descubrirles una mueca nueva cuando te cuentan qué han aprendido hoy.

Esas son las metas. Esas dependen de nosotros y nos transforman. Las otras, el plan de objetivos y retos, maravillosamente se alinean cuando gozamos de las primeras y nos sentimos cómodos con nosotros. Y es verdad, algunas desaparecen de la lista porque no eran para nosotros, las colocamos ahí porque pensábamos que estaban bien pero en realidad no eran nuestras, eran metas prestadas de otros que sonaban bien o caen en importancia porque nos damos cuenta de que no podemos abarcarlo todo y aprendemos a priorizar y le damos importancia a lo que realmente cuenta en nuestra vida. Sentir te prepara para vivir más atento, más ágil, más sereno y activo. Igual que el sendero de la montaña y el entrenamiento te preparan para llegar a la cima, gozar del café con leche te convierte en el más atento y ávido de la reunión de las once.

Se trata de un entrenamiento para vivir tu vida más allá de lo que pueda o no pasar mañana  y de lo que pasó ayer.

Y mientras vives “en modo café con leche”, muchas veces, te das cuenta de que el informe que presentas esta tarde necesita un re-enfoque y no pasa nada, porque una nueva idea te cruza la mente. Y te llega así, como si nada, sin haber pensado en él, como si hubieras conectado a una antena que capta sensaciones y grandes ideas… Porque en realidad, la antena te conecta a ti.

¿Y si te permites conectar la antena? ¿Y si te pierdes un rato en la vida a ver qué pasa?

AVISO : No hay fórmulas mágicas, este reto produce cambios pero tal vez no son ahora, ni hoy, ni la semana que viene. Si lo llevamos a cabo, no nos caerá un maletín cargado de billetes encima ni cambiaremos el mundo. Aunque tiene algo positivo siempre, porque como valora el presente y el camino por encima del resultado, la ganancia está asegurada. 

 

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Acompaño a personas y organizaciones a a desarrollar su #InteligenciaEmocional a través de formación, conferencias y #coaching

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Cuando nada sale como esperas


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Nada. Por más que corras y subas y bajes… Nada sale a tiempo ni como esperas, ni como imaginas ni como crees que debería. La vida es tremendamente testaruda, más incluso que tú o quizá no tanto, pero tiene la sartén por el mango y fluye como quiere sin esperar a que le des el visto bueno y te prepares. Sin que las veas venir ni siquiera. 

La vida te pilla a medias, te barre con la ola mientras todavía estás decidiendo si hoy te quieres meter en el agua. Te borra la meta un segundo antes de llegar y cuando crees que andas por el camino correcto, te explica que lo que buscas en realidad no existe.

La vida no es una ciencia exacta, ni una palanca que accionas y mueve el mundo y puedes subirte o bajarte de él. Es un mecanismo que nadie sabe cómo funciona y que va por libre y te propone planes que tú no tenías previstos. Te rompe esquemas para que te des cuenta de que lo que crees que es inmutable en realidad cambia a cada instante y que aquello a lo que te agarras con fuerza no está sujeto a nada.

Y por más que traces planes, por más que hagas listas, por más que tengas claros tus objetivos, muchas veces de nada sirve porque en un instante te deja fuera de juego y tienes que volver a empezar. Tienes que replanteártelo todo… Es ahí donde descubres que es maravilloso saber qué deseas y trazar un plan para saber a dónde vas, pero que tienes que estar preparado para el zarandeo y el cambio. Para descubrir que lo que has pensado que querías en realidad necesita matices o que no a suceder… O que tal vez sí pasará, pero antes necesitas que la vida te de un meneo considerable para que dejes de aferrarte a algo que en realidad te frena y no te permite moverte. Nacemos y morimos tantas veces durante la vida… Nos volvemos a reinventar y para ello tenemos que decir adiós a lo que creíamos que éramos para poder dar la bienvenida a lo que realmente somos, lo que ha surgido gracias a quitarnos capas de miedo y comprender nuestras luz y nuestras oscuridad. 

Para llegar a ese momento, damos muchos giros y nos perdemos en el laberinto de nuestros pensamientos y emociones. A veces, pensamos que nos movemos y lo que hacemos es quedarnos en el mismo sitio y dar vueltas. Nos hacemos trampa pisando el terreno de siempre sin arriesgarnos a nada. Otras veces nos arrastramos y tiramos de un carro pesado que nos lastra el camino y esperamos recompensa por tanto esfuerzo sobrehumano cuando en realidad la vida nos pide que soltemos ese fardo que no nos deja avanzar… Y no hay más recompensa que darse cuenta y respirar hondo cuando lo sueltas.

La vida no tiene mapa, al contrario, te invita a dejar tu mapa e improvisar, a guiarte por esa intuición que en muchas ocasiones ahogas y no escuchas y que siempre te indica lo que realmente necesitas. En la medida que cedas y sueltes, en la medida que dejes de resistirte a probar, el camino se dibuja, se visualiza, se esconde, se expande… No hay manual, no hay fechas más allá de las fechas que señalan que todo se tuerce o se rompe si no lo usas o lo pones en marcha… Más allá de lo que caduca si no lo miras o se esfuma si no lo valoras ni lo tienes en cuenta.

Pensamos que el camino nos lleva a  lo que buscamos, a lo que soñamos, a lo que creemos que necesitamos vivir, cuando en realidad, nos lleva siempre a nosotros. En la medida en que comprendamos que el objetivo es encontrarnos y reconocernos, lo que soñamos que es la meta se rebela por el camino… Y los resultados que esperabas conseguir se convierten en las herramientas que usas para llegar a otro lugar muy distinto, a ti mismo. Los sueños no son el final, son el combustible. La meta real está en ti. La motivación real es vivir este momento y dar gracias.

No hay nada más. Sólo estás tú.

Cuando nada sale como esperas, pregúntate qué sientes, qué crees, qué sueñas y búscate a ti mismo. Siente esa intuición que está en ti y que no busca aplausos ni premios, porque sabe que lo único que necesitas es estar presente en tu vida. Que tú eres el amarre que buscas para seguir moviéndote en la dirección correcta, que no es otra que hacia ti mismo. Ahí es donde te lleva la vida, siempre obstinada en que dejes de buscar cualquier cosa que no seas tú. Allí es hacia donde siempre señala la brújula… 

 

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Pensar para no ser, para no sentir, para no estar…


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Pensar para no sentir.

Pensar y tragarse esas palabras… 

Contener el llanto hasta que la garganta duele tanto que se queda trabada, paralizada, y sabes que necesitas gritar para que todo ese dolor acumulado salga ahí afuera y puedas notar un momento de paz. Saber que si callas mueres un poco pero aún así seguir callando por alguna incomodidad que parece insuperable, algún miedo escondido, alguna realidad que te asusta reconocer. 

Pensar en voz alta para que el silencio no te asalte y tengas que afrontarlo. Para evitar que navegando vulnerable y perdido en ese silencio te des cuenta de que precisamente lo que buscas es silencio, pero huyes de él porque oculta verdades duras, complicadas, crudas… Verdades que parecen tan insoportables que prefieres no saberlas, no tener que afrontarlas ahora y dejarlas para luego, para mañana, para nunca.

Aunque sepas que no hay paz hasta que no te des por vencido y dejes que ese silencio te alcance, te invada, te inunde los sentidos y se instale dentro de ti tanto rato que el niño dormido despierte y empiece a jugar.

Pensar sin salir del rincón de pesar, sin dejar de pensar igual que siempre para no tener que imaginar que otra realidad es posible, para no descubrir que hay muchos mundos en tu mundo y que no todos se parecen al tuyo. Que hay más realidades posibles y que todas dibujan su camino y llevan su paso…

Pensar para no bailar.

Pensar para no tener que salir a la pista y dejarse llevar por la música y abrazar y abrazarse. Para evitar vaciarse y soltarse tanto que la vida se contagie. 

Pensar para no tener que perder la vergüenza ni hacer el ridículo jamás mientras intentas evitar hacer el ridículo. Pensar para olvidarse de estar presente y notar la vida. 

Pensar para dar mil vueltas más a todo y no tener que actuar, para poder parar sin parar de verdad, en calma y sosiego, sino como una forma de resistirte a lo que llega, a lo que viene, a lo que sabes que es inevitable. Pensar para no tener que aceptar nada duela o arañe, que te ponga frente al muro y tengas que ver que es obscenamente sólido y real. 

Pensar para no tener que salir a la luz ni sacar a basura de emociones rotas, rabias contenidas y miedos enquistados. Pensar que todo es culpa tuya, culpa de otro… Culpa, culpa, siempre culpa. Una culpa inmensa y pegajosa que se extiende como una mancha oscura que todo lo encuentra y lo alcanza, que todo lo enmaraña y revienta, que todo lo inunda y apaga… Culpa para desayunar, culpa para almorzar, culpa para cenar que se va contigo a la cama y te arropa y te reprocha que vas, que vienes, que estás, que no estás, que dices sí, que dices no, que callas, que hablas, que vives, que mueres, que existes… Culpa para dar y tomar, culpa para no sentir la culpa de sentir la culpa. Culpa para anestesiar el dolor de la culpa. 

Pensar para no tener que cambiar de camino y pisar esos lugares donde te llegan nuevos pensamientos que podrían volverte loco porque dicen todo lo contrario a lo que has pensado siempre. Porque zarandean tus credos más antiguos y arraigados y sacuden a tus creencias más rotundas. 

Pensar en bucle y hostigarse tanto que vomitas la noche del pasado lunes y la tarde de domingo de congoja máxima. Pensar para no tener que imaginar otras posibilidades, otras vidas, otros sueños. 

Pensar en bucle  otra vez y ver que todo es tan imperfecto que necesitas borrar el mundo y volver a empezarlo, pero sabes que no funcionará porque tú también eres altamente imperfecto.

Pensar en bucle mil veces más y suplicar que alguna de las personas con las que te cruzas te pare, te mire, te cuente una historia que te cambie y te de la respuesta que buscas.

Pensar esperando que la fórmula mágica esté al final del baúl de pensamientos que cada día repasas de forma compulsiva para ver si algo se te pasó por alto… Y no hallar nunca nada porque para verlo tendrías que cambiar de perspectiva. 

Pensar sabiendo que pensar es inútil hasta que seas capaz de observarte pensando y descubras que no eres tus pensamientos…

Pensar y creerse que pensar es vivir cuando es todo lo contrario.

A veces pensamos, pensamos mucho, pensamos demasiado… Pensamos lo mismo de siempre y lo retorcemos buscando una respuesta que no está, que no existe en ese lugar en el que hurgamos porque está en otro lado… En el lado donde no hay pensamientos sino sensaciones, emociones, hechos, acciones.

A veces pensamos para no sentir, como si nos pusiéramos la música muy alta para no oír nuestros propios lamentos o no golpeáramos la pierna para no notar el dolor de la mano… Nos anestesiamos con el parloteo de palabras para no tener que quedarnos a solas con nosotros y sentir, aceptar lo vulnerables que somos y lo solos que necesitamos estar para quedarnos con nosotros de verdad y conectar… Pensar para no estar ahora contigo, para no vivir este momento. Pensar en ayer. Pensar en mañana para no ser hoy, para no encontrarse ahora. 

A veces, pensamos porque de forma inconsciente sabemos que no hay respuesta en esos pensamientos, porque no queremos encontrarla, porque sabemos que si lo hacemos tendremos que claudicar y renunciar a seguir pensando sin actuar ni cambiar… Porque ese ser que nos habita y sabe lo que nos conviene nos va a pedir coherencia y no sabemos si vamos a estar dispuestos a dársela… Porque nos vamos a quedar a solas con él y nos va a pedir que sintamos todo lo que tenemos pendiente de sentir y eso nos cambiará para siempre… Y cambiar siempre nos asusta.

Pensar para no tener que pensar de verdad… Pensar para borrar este momento y quitarle fuerza. Para no sentir la vulnerabilidad de existir, para no tener que acordarse de ser y estar. Pensar para no tener que vivir la incomodidad de tu incoherencia. Pensar para tener la excusa y olvidarse de vivir… 

 

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