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la rebelión de las palabras


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Yo también quise ser una niña buena…


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Yo también quise ser una niña buena… Una buena persona. Me educaron para ello y me lo creí. Instalé en mi cabeza todo un programa detallado de creencias de lo que es una buena persona e intenté cumplirlo. Hasta que estallé y empecé a sentirme mal conmigo misma y me dí cuenta de que algo fallaba en el rompecabezas que estaba construyendo.

Por favor, que se me entienda, esto no es un alegato para dejarse llevar por la maldad, la indiferencia, para ser egoísta o pasar del resto del mundo, para nada… Seamos considerados, amables, respetuosos, generosos y reciclemos, por supuesto. Esto es una pequeña reflexión sobre la necesidad de ser desde la consciencia y sin tabús, clichés, manuales y dogmas de cómo se debe ser… Es un esbozo de lo que podemos llegar a conseguir si somos capaces de vivir hacia dentro sin esperar a que lo que está fuera cambie, de empezar a ser nosotros de lo que esperamos encontrar. Es un pensamiento sobre ser sin tener que hacer lo que otros quieren o creen que “debemos” y que eso nos suponga traicionarnos a nosotros mismos y vivir en un desequilibrio constante…

Esto es sólo una invitación a ser libres para expresarnos desde el respeto y actuar según nos dicte nuestra conciencia, sin pisar pero sin para ello pisarnos, sin callarse pero sin gritara otros lo que no nos decimos a nosotros mismos, sin esconderse pero sin tener que demostrar todo el rato que además de ser también lo parecemos.  No es lo que hacemos es desde dónde lo hacemos y qué sentimos por dentro. No es irse ni quedarse, es ser. Es estar con uno mismo en paz y a partir de ahí lo que se haga y cómo se actúe estará impregnado de esa paz y la libertad que conlleva.

Vuelvo a mi necesidad de ser una niña buena. Una niña correcta, excelente, ética, educada, prudente. Una niña ejemplar que acumula méritos y resultados, que siempre sabe qué hacer y qué decir… No, nada de eso está mal ni bien, sencillamente es. Seguramente hay personas que lo cumplen y se sienten libres, pero otras se sienten atadas. Ser buena persona no es hacer lo que se supone que se debe hacer, va más allá. Es existir desde la consciencia, estar conectado a uno mismo y vivir en coherencia. Empezar por amarse y respetarse y hacer sin imposición… No es mejor el que calla y baja la cabeza ante un insulto que el que responde con un insulto igual o más cruel. No estamos aquí para recibir insultos, ni agravios, estamos para levantar la cabeza y saber que nadie nos puede ofender si no nos dejamos, que el que nos insulta no nos define, se define… Y luego decidir si es sólo uno de sus malos momentos o si estar a su lado es más de lo mismo y decidir si vale la pena quedarse o marcharse… Y decidirlo desde la comprensión, pero desde la libertad, sin ataduras emocionales, sin dependencias, sin pensar que si nos vamos nos quedamos solos, sin aferrarse a nada que sea un sucedáneo de lo que realmente deseamos y somos… Nadie es mejor que nadie, todos estamos perdidos por aquí intentado existir y a veces caemos en pozos oscuros y no sabemos salir… La salida del pozo es en soledad siempre. O te sacas de ahí o nadie te saca. Habrá mil manos tendidas a veces,  pero la decisión siempre es propia.

Estar con otros para no estar solo no es ser buena persona, es sentirse nadie, es vivir desde la carencia de autoestima, desde la necesidad… Y somos más grandes que eso, merecemos todo el amor que somos capaces de dar, somos todo el amor que damos y que podemos albergar.

Ser buena persona es a veces solamente la máscara que nos hemos puesto para evitar ser nosotros mismos, para negarnos ese derecho que tenemos a estallar y echarlo todo por la borda, el derecho a estar tristes y notar ese dolor y observarlo a distancia para reconocer que en realidad no es nuestro… Es la excusa que nos hemos puesto para no vivir ese miedo que llevamos postergando y que ya toca afrontar de una vez por todas. A veces, nos tragamos el asco que nos da callar o bajar la cabeza y luego la náusea nos revienta dentro, nos retuerce el alma… Y eso no es ser buena persona, es hacerse daño a uno mismo y vivir dándose la espalda. Es dejarse a medias, es dejarse sin postre, vivir sin vivir, esclavizarse…

Ser buena persona es tenerse en cuenta y respetarse para así respetar a los demás desde la tu coherencia, desde el amor y no desde la necesidad, desde la honestidad, desde la grandeza de haber encontrado lo que te hace estar cómodo contigo.

Lo demás es máscara, es ego disfrazado de prudencia, es una sonrisa de joker dibujada sobre unos labios llenos de amargura y un rostro repleto de lágrimas… Es ese llanto alojado en la garganta que no te deja gritar, ni decir palabra cuando sientes que te venden, que te llevan al matadero de alegrías, es un no expresar lo que sientes y lo que eres… Un no vivir.

Yo también quise ser una niña buena, formal… Una buena estudiante, una bailarina perfecta, una princesa perfecta…

¿Cómo iba a ser buena si no era buena conmigo? ¿Cómo iba a ser buena si ni siquiera me conocía? Si no sabía qué soñaba ni deseaba porque estaba ocupada siendo el sueño de otros, el sueño de lo que se supone que sueñan las niñas buenas y consideradas, las niñas que cumplen con un expediente inmaculado…

Aunque yo siempre fui rebelde y nunca quise ceñirme a nada… Apretaba la mandíbula y rechistaba entre dientes, gritaba por dentro mientras almacenaba rabia en la garganta… Tanta rabia, tanta ira, tanto dolor… Necesitaba golpear al mundo al que detestaba por tanta norma y me golpeé a mí misma… Y no conseguí nada… Y después de probar mil años a ser buena,  un día vomité todo ese dolor y grité como una loca basta… Y se cayó un pedazo de cielo y una ola inmensa me dejó desnuda y cansada… Aunque parezca mentira, ese fue mi primer gran acto de bondad hacia mí misma y el primer gran acto de bondad hacia el mundo…

Nadie da lo que no se da y cuando lo da siempre se le devuelve.

Nadie puede compartir lo que no es ni tragar dolor por ser aceptado o considerado por nadie.

Para amar al mundo hay que aceptarlo tal y como aunque no nos guste primero …

Para amar al mundo hay que aceptarnos y amarnos a nosotros mismos primero tal y como somos aunque a veces no sea fácil.

No hay manual para vivir, somos nuestra propia inspiración, pero para poder escucharnos hay que conectarnos a nosotros y desconectar de todo aquello que nos recorta y manipula.

Yo también quise ser una niña buena y ahora sólo intento ser una persona coherente… Amarme y respetarme siempre. A veces no lo consigo, pero cuando pasa, desde la coherencia es mucho más fácil ser amor, dar amor, compartir amor.  

 

Te invito a conocer “Manual de Autoestima para mujeres guerreras” el libro que escribí para compartir mi experiencia y poder guiar a otras personas en esta maravillosa aventura del amor verdadero, el amor  a uno mismo… Puedes leer aquí un poco y si te animas, te regalas lo que mereces…

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La vida te invita a parar


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En algún momento en la vida llega ese día en que estás un rato a solas, contigo. A solas de verdad. Sin más interrupción que tus propios pensamientos ni más demora que la de acabarte ese café para poder cerrar los ojos y notarte la piel… Llega porque lo has estado postergando mil años y ya te toca. Llega porque te lo mereces y ya no te basta con buscarte a pedazos, te necesitas por entero.

Si no propicias tú este momento, si no te das cuenta de que la vida te llama a parar y sentir, no te preocupes, lo hará ella sola. Encontrará la forma de que te pares, te calles, te rompas, te desgajes y tengas que quedarte a solas contigo mismo y decirte lo que tienes pendiente. La vida buscará el camino para que pares en tu camino y te notes las puntas de los dedos de los pies y te preguntes para qué andas. Buscará la forma de que te sientes y te preguntes a dónde vas… Buscará la forma de que te acurruques a ti mismo y llores si almacenas llanto y te rías si te quedan risas pendientes. La vida es tan eficaz haciendo que lo que tienes pendiente pase… Haciendo que lo que evitas suceda…

A veces, lo hace a golpe seco y otras como el río que remolonea buscando un mar que no se deja, que parece que no llega, que no se deja amar ni besar. Todo llega, siempre. A veces no es como lo imaginabas. Otras es exactamente igual pero al abrazarlo notas que ya no tiene tanto sentido. En ocasiones, aparece desgastado y opaco… Aunque siempre, siempre es mejor de alguna forma…

La vida te para o te paras tú antes de que lo haga la vida. Si escoges la segunda opción, cuando notas las señales y lees en tus ojos que te necesitas de verdad, que te buscas para sincerarte y tener esa conversación pendiente contigo, todo es más fácil. Tú eliges cómo parar y bailas. Tú escoges el rincón donde a quedarte quieto y la posada donde vas a contarte historias. La vida te invita a parar y tienes que aceptar la invitación para encontrarte y volver a ella con más ganas, con más serenidad, con más paz…

A veces, para cambiar de vida no hace falta dejar la antigua del todo. Sólo es necesario soltarla, estar dispuesto a pensarla de otro modo, a vivirla con otro ritmo, a buscar la coherencia en cada palmo que la habita y desechar lo que ya no te pertenece. No hace falta lanzarlo todo por la ventana, pero hay que estar dispuesto a ello si es necesario… 

Al final, lo nuevo siempre te cuesta lo viejo, lo caduco, lo que ya no tiene sentido… Hay que dejar hueco para que lo que deseamos llegue a nosotros y ese hueco es sobre todo mental y emocional… El espacio físico siempre es una consecuencia de permitirnos vaciar por dentro, soltar los pensamientos que ya no nos definen y las creencias que ya no queremos que nos limiten.

Y una vez a solas, háblate en serio. Sé pura compasión pero pura verdad. Sé amor pero también firmeza…

Quedarte con tus miedos y decirles basta. No para que se vayan (que sería maravilloso) sólo para que no muerdan. Quedarte con tus pensamientos y mirarlos desde fuera y ver que no son tú y que están ahí para recordarte que a veces no te valoras suficiente, que todavía estás aprendiendo a amarte y se te escapan pequeñas cosas. Quedarte con tus emociones y sentirlas, ver qué te cuentan y soltar cuánto puedas…

Y decir las cosas por su nombre. Y hablarte claro. Y encontrar ese miedo tan intenso que se oculta detrás de esos pequeños miedos sin sentido que son todos el mismo disfrazado de torpeza, de desgana, de angustia, de enfado, de rabia, de resentimiento, de pereza…

Y no culparte por nada. Sin reproches, sin medias tintas… Para que vayas a tope contigo. Cuando aciertas y cuando fallas. Porque todo, absolutamente todo es material valioso para seguir y crecer. Para levantarse y caminar .

En algún momento tienes que quedarte a solas contigo para darte cuenta de que le pongas el nombre que le pongas a tus metas tu destino es amarte y confiarte la vida.

En algún momento vas a tener que recordar qué te trajo aquí y descubrir si te sigues a ti mismo o tu sombra.

Para enderezar el camino si te has perdido o sencillamente seguir por el camino que parece equivocado a ver a dónde te lleva… Porque tal vez ese error pendiente es sea muy necesario para recordar quién eres y darte cuenta de hacia dónde deseas ir de verdad.

Tal vez ha llegado ese momento. La vida te invita a parar ¿aceptas?

 

 

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Protagoniza tu vida


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Tienes que llevar tu coherencia hasta las últimas consecuencias  porque si no, todo lo conseguido hasta ahora pierde fuerza… Se desequilibra, se va por el desagüe de tu vida y diluye su intensidad. Si ya sabes quién eres, no te conformes con algo a medias, ni cierres la puerta a lo que realmente es para ti porque te asuste levantar la mano y decir… Yo quiero. Y si no quieres, dí que no. No intentes disfrazarlo con una excusa o suplicar que algún impedimento caiga del cielo y te libre de estar dónde no te sientes cómodo, de ir a dónde no deseas llegar o de pertenecer a lo que ya no perteneces. No enturbies tu esencia viviendo a medias ni conquistando metas que no son tus metas.

Si has cambiado por dentro, no puedes seguir vistiendo ese traje de “no merezco” de “es que me da miedo”, ni poniéndote esa máscara de “perdón por existir”. No puedes meterte donde sabes que no es tu lugar para satisfacer ilusiones ajenas ni quedarte a un paso de cruzar la entrada a tu nueva vida… No puedes anclar tus pasos cuando ya has descubierto que en realidad eres libre. 

No estás obligado a nada, ni siquiera a seguir buscando, ni a ser feliz hoy, ni a sentirte de un modo concreto…

Si ya sabes que eres un ser perfecto en tu imperfección maravillosa, no sigas usando palabras tristes ni bárbaras para hablarte que dibujan un destino gris. Que te alejan de definirte como realmente eres y trazan un mapa de tu vida que siempre se queda corto y nunca te lleva a destino. Si cuando te miras ya no te ves como un accesorio en tu vida sino que has decidido ocupar un lugar prioritario y privilegiado, asume tu poder… Mira a lo ojos y siéntete cómodo. Protagoniza tu vida sin pedir permiso a aquellos que se creen con derecho a ponerte marcas en el suelo y decirte por dónde debes caminar. Si ya has descubierto que tu mundo es el mundo entero, no te escondas en tu rincón más oculto ni te exijas subir cada día a la montaña más alta porque ya no estás para eso… Ya no necesitas parecer. Ya eres. Ya pasó ese momento de exigirte demasiado para castigarte y privarte de lo que amas porque te da miedo incluso decir sí a lo bueno en tu vida. 

Si cuando piensas en ti, ya no sientes que duele, suelta ese dolor que todavía guardas por si vienen malos tiempos… Los malos tiempos son aquellos en los que tú no estás de tu parte, en los que no te sientes bien contigo, en los que te pones la zancadilla, pero ahora ya sabes que te tienes que cuidar.  Decide que ya no lo volverás a usar, ni siquiera cuando tengas miedo y te sientas tentado a volver a tus risas congeladas y tus sueños reprimidos… Cuando alguien te mire raro y creas que es por ti ignorando que en realidad lo que ven son sus propios miedos.

Si ya te has encontrado con tu noche más oscura y has sabido descubrir en ella que esa oscuridad era necesaria para comprender y sentir, no te dejes amargar por aquellos que todavía no se atreven a mirar en los espejos porque temen ver su cara.

Si ya te has cosido las heridas, no la reabras porque durante un rato te parece que era más fácil ser el herido que el héroe, el desgraciado que el que busca su suerte… No vuelvas a desear que te tengan lástima nunca, porque crees que no aspiras a inspirar admiración… Ya eres admirable, ya eres grande, ya eres tú…

Si ya te amas, actúa en consecuencia.

No era quedarse ni irse, era saber cuál es tu lugar. No era olvidar, era perdonarse. No era buscar, era descubrir. No era estar o no estar, era ser. No era encontrar las respuestas, era hacerse las preguntas adecuadas. 

El ejercicio no consistía en irse sino en volver. No era aprender sino olvidar esquemas corruptos, memorias y creencias dolorosas, percepciones erróneas, angustias intensas… No se trataba de encontrar nada ahí afuera sino meterse dentro y sentir… No iba de lo bueno o lo malo sino de amar lo que es y soltar lo que ya no hace falta. Todo eras tú y en ti estaba la respuesta.

Si ya lo sabes, no vuelvas a andar por ahí sin tenerlo en cuenta porque mereces no olvidarlo nunca.

Si has recuperado tu inocencia, no permitas que nunca nadie te haga sentir culpable de nuevo, ni siquiera tú.

 


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Voy a decirlo en voz alta


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No es más bello que el silencio, pero lo voy a decir. Hay cosas que deben decirse en voz alta porque si se quedan dentro se sienten cómodas y se hacen un nido. Y luego no te das cuenta ni de que están ahí, hasta que un día todo te pesa tanto que no comprendes, no sabes por qué porque no recuerdas lo mucho que acumulas.

A menudo dejamos la puerta entreabierta a nuestra vida a muchas cosas que no nos hacen bien. Y no es que en todo no hay una lección en la vida, por supuesto, de todo se aprende. Por ello, aunque es complicado, siempre defiendo ir por la vida a pecho descubierto, sin temer más que a tener miedo de seguir y quedarse escondido y asustado. Sin embargo, hay cosas que llegan a tu vida que son un respiro y otras un ahogo. A las primeras las cogemos con ansia para poder encontrar un momento de paz y hacer que esa paz perdure. Las segundas nos traen un regalo maravilloso, una enseñanza que nos será útil para encontrar nuestra paz. Porque esa paz que buscamos ya está ahí, a modo de click, de decisión tomada en ese momento en el que está claro que no abrazarla sería insoportable, cuando descubres que todo lo que hagas no sirve de nada si no estás contigo, de tu parte, si no te eres fiel.

Sin embargo, nosotros ya sabemos cuando abrimos esa puerta si lo que estamos dejando entrar es una mano tendida o un puño. Si es truco o es trato. Si estamos comprando un momento de alegría ficticia porque necesitamos algo a lo que agarrarnos y eso implica que estamos vendiendo nuestra coherencia para poder soportar el frío de una situación angustiosa. Ya sabemos si nos estamos conformando con un consuelo falso porque estamos tan cansados de optar al primer premio y no conseguirlo que necesitamos una tregua. Y nada está mal. Ni lo uno ni lo otro. No hay traje pequeño si nosotros no nos empequeñecemos por él, si no nos lo ponemos pensando que es pequeño. No hay decisión adecuada o equivocada si la tomamos a conciencia, desde nuestra coherencia y capacidad de estar donde sabemos que queremos estar para sernos fieles. Todo depende de la forma que sepamos capaces de observar nuestra realidad y de percibir nuestra vida.

No es mejor el camino de la derecha que el de la izquierda. No es mejor hacerlo ahora que mañana por la mañana, siempre que mientras lo postergamos sepamos que es una elección y que en ella no hay atisbo de miedo, de huida… Mientras decidamos y no sintamos esa punzada en el pecho que nos hace evidente que hemos elegido a traición a nuestros deseos, que hemos arrugado nuestros sueños y nos hemos encogido. Si la decisión duele, hay que saber por qué. Porque no es lo mismo el pánico de arriesgarse, lanzarse al vacío y notar esa sensación de hacer una pequeña locura con tu vida pero saber que es la locura necesaria para ser fiel a ti mismo, que el dolor de saber que has apagado tu luz, que has escogido atenuar tu brillo… Que elegiste por no afrontar o por satisfacer a otros, incluso para demostrar que puedes…

No es fácil ser fiel a uno mismo. No nos han programado para ello porque estamos demasiado pendientes de ser una versión de nosotros mismos aceptable. Y la presión por alcanzar un estándar asumible para el mundo que nos permita ir por ahí sin la sensación de llevar una etiqueta que nos hace a veces renunciar a nuestras rarezas. Hasta que uno descubre que es gracias a sus rarezas que brilla y que puede ser fiel a sí mismo si le da la vuelta a su vida como a un calcetín y le da vértigo pensarlo pero sabe que es el camino, el único camino… Ya sabemos en realidad cuál es el camino, pero nos da miedo tomarlo, nos da vergüenza decir en voz alta que es nuestro camino porque no creemos merecerlo. Siempre lo sabemos, a cada instante, lo notamos en el estómago, en el pecho…

Nuestros pies siempre vuelan cuando escogemos el camino que correcto, el de la coherencia y el compromiso con nosotros mismos… Sin embargo, a veces, para llegar a él hay que dar algunos rodeos y muchas vueltas, porque mientras giramos desconcertados nos descubrimos a nosotros mismos y encontramos nuestra capacidad para amar y comprender. Porque dando rodeos, aprendemos a conectar con nosotros y reconocer nuestro verdadero camino… A menudo, hay que tropezar muchas veces con la misma piedra para darse cuenta de que no está en el camino sino en el zapato. Siempre está en el zapato, en realidad, la llevas contigo y hasta que no paras ha descubrir por qué y comprender, no puedes sacarla y andar en paz.

En el fondo, es como si cada uno de nosotros llevara de serie todas aquellas herramientas que le ayudaran a brillar, a ser capaz de triunfar en la vida y poder cumplir su misión. Sin embargo, nos educan para no reconocerlas o, peor todavía, para avergonzarnos de ellas y esconderlas. Algunas de esas herramientas, esos dones, esos talentos y capacidades, están por pulir. Algunos de ellos están ocultos tras lo que el mundo  llama “discapacidad”, una rareza, una debilidad, un supuesto “defecto” que no es más que otra forma de ser que no se atiene a la regla pero que no tiene nada de malo y mucho de hermoso por descubrir. A veces, alguien tiene sus dones a la vista y los usa sin problemas, pero hay personas que los tienen ocultos porque necesitan de un duro trabajo previo, el de desenmarañar la paja y encontrar el grano… Asumir lo que parece “negativo” y ver en ello la paz, la belleza, la parte positiva.

A veces, para encontrar nuestro talento tenemos que sumergirnos en nuestra oscuridad más rotunda y bucear en ella durante un tiempo… Y abrazarla, asumirla, decidir que está ahí pero que no importa, que somos más grandes que eso, que lo que nos hace seres valiosos ocupa más que nuestro miedo, que nuestro dolor…

Para brillar hay que dejar de avergonzarse de uno mismo de una vez por todas y sacarse el saco de la cabeza. Que te vean las arrugas, los michelines, los lunares… Que sepan que en persona eres más bajo, no tienes filtros de belleza en la cara y algunos días cuando despiertas estás muy cansado y de mal humor y te cuesta seguir adelante. Que sepan que no eres perfecto y que ya no aspiras a serlo… Nunca más.

No es más bello que el silencio, pero lo voy a decir. A veces, me avergüenzo de mí. De como soy. De lo que he hecho. De mis dudas, de mis debilidades… Del mucho tiempo que he gastado para llegar aquí. De pensar que si hubiera cambiado antes hubiera conseguido más y lo hubiera hecho más joven. A veces, me reprocho tanto que mis quejas me arrastran al pasado y me privan de vivir ahora. A veces, he abierto la puerta a verdades a medias porque las verdades enteras eran demasiado crudas para alguien que está aprendiendo a ser ella misma. Otras, he sido tan capaz de decirme a la cara las verdades más dolorosas que luego me he dado cuenta de que no hace falta afrontarlas todas en un día, en un instante, y que merezco mi tiempo como todos… ¿Sabes qué? no me arrepiento de nada de ello porque gracias a esos errores he descubierto que no importa cometer errores, que lo que cuenta es amarse y respetar.

Y al final, tengo claro que he sido yo misma quién se aleja de lo que ama, de lo que sueña, de lo que le trae la paz… Quién se pone las zancadillas y los alambres de espino en el camino para que duela. para que sea más duro y así pueda perdonarme esas culpas ficticias que arrastro hace una eternidad… Porque a pesar de todo el camino andado, a veces, sigo creyendo que no me pertenece, que no lo merezco, que nunca llegará porque no soy una de esas personas elegidas para ello… Y mi propia angustia, mi miedo, mi necesidad de demostrar que sí, que lo valgo, que lo merezco, que he hecho méritos para ello, construye un techo que no me deja crecer ni cambiar de forma… Y que cada vez que tiene cerca lo que busca, al alcance de la mano, sin querer le da un empujón o hace que se esfume, porque cree que no lo merece, que no está a su alcance, que todavía no hay sufrido suficiente ni se ha arrastrado demasiado para conseguirlo…

Tengo que decirlo en voz alta… A veces, sufro por el puro placer de sufrir porque me han educado para que crea que sufriendo purgaré una culpa que no existe y me haré perdonar mi naturaleza imperfecta. A veces sufro sin sentido pensando que esa es la única forma de  vivir… Y mientras sufro, me alejo del amor necesario para sentir mi paz, para acercarme a lo que quiero, de lo que ya está en mí pendiente de que me de cuenta de que ya forma parte de mi naturaleza. Mientras sufro, mi vida se estanca y las palabras que no digo se acomodan en mi cabeza para que siempre piense lo mismo y nunca encuentre la forma de soltar dolor.

Y cuando lo digo en voz alta, me doy cuenta de lo absurdo que suena y vuelvo a mí. Entonces me queda claro que la esperanza que busco está en mí. Y, no lo dudes, la que tú buscas, está en ti.


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Para qué


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No me sirve cualquier sueño, pero sobre todo no me sirve cualquier camino. La forma de llegar a lo que amamos y deseamos marca la gran diferencia en nuestras vidas y poco a poco, cuando creces por dentro, te das cuenta de que es el verdadero premio… El sueño está en el detalle, en el pequeño paso, en el día a día, en lo que conviertes en rutina en tu vida, en lo que te atreves a cuestionar y decidir. El sueño se empieza a conseguir el día que te das cuenta de que lo que importa es cómo llegas a él y decides apostar por tu coherencia. 

Puedo no llegar a la meta pero, no puedo permitirme no saber encontrar la paz cuando me dé cuenta de que no la alcanzo, ni fallar en esto de sobrellevar la pena de no cumplir planes, ni acabar listas de objetivos.

Aunque puedo tardar un día o dos, tres años o un siglo en hacerme a la idea de que a pesar de que nada es imposible no todo pasa, no todo llega y a veces en eso hay cierto sentido. A veces, el premio principal de tu vida es lograr encajar las derrotas y convertirlas en éxito. Conseguir la actitud de un ganador mientras asumes que no llegas a la meta o que no llegas primero… Una vez consigues eso, esa magia, nada se resiste. Porque te has transformado…

A veces, las cosas que deseas no suceden. O al menos eso nos parece… Tal vez porque no se ve qué es lo que estás dibujando con los tumbos que das a cada paso, hasta que has dado los suficientes como para poder tomar perspectiva. Hasta que te levantas de ti mismo y te miras desde el aire y ves que no caminabas en círculo sino que dibujabas en la tierra tu firma, que dejabas tu huella sin saber para quién… A veces, no estás en el camino que deseas pero descubres que eres útil en él para muchas personas y sabes que es en realidad tu camino… Porque estás haciendo en él lo que soñabas hacer en otro y no te has dado cuenta de que no importa cómo sino para qué

La vida nos moldea y a veces nos pone en nuestro sitio. Nos recuerda que fallar es necesario y que cada error es un maestro para dar el siguiente paso… Un paso que a menudo puede cambiar de sentido, de rumbo, desaparecer o hacerse tan pequeño que parece que no avanzas nada, que no pasa nada en tu vida porque no te mueves…

Echar tus raíces lleva tiempo. Uno tiene que escoger a qué tierra pertenece, en qué mundo vive, a qué cielo aspira, qué le sacude y le conmueve. Tiene que conocer todos sus recovecos oscuros y haber encontrado todas sus aristas más cortantes antes de que los primeros brotes se abran paso a través de la tierra y vean la luz.

Echar raíces requiere tanta paciencia que los impacientes a veces se cansan.

Requiere tanto entusiasmo, que los entusiastas a veces se agotan y se quedan dormidos.

Requiere tanto trabajo, que los más trabajadores a veces abandonan porque se sienten desnudos y vacíos, porque acaban creyendo que cae en saco roto.

Echar raíces a veces te deja tan roto que no recuerdas qué estabas haciendo ni para qué. Y al final, sólo llegan los que resisten, los que aguantan no saben cómo, los que se empeñan de verdad .

A veces, los que llegan lo han soportado todo porque a medio camino decidieron que lo que importaba no eran precisamente las hojas sino las raíces. Porque se dieron cuenta de que el trabajo de mirar hacia dentro para conocerse y aceptar todo lo que allí encontraban era tan valioso que la verdadera cosecha era crecer hacia abajo, hacia la tierra… Crecer por dentro y sentirse sólido y a la vez ligero. Soltar la carga de tener que llegar a nada en concreto… Agradecer el poder respirar, el sentir, el tocar, el acariciar este día sin que este día tenga que ser tasado, valorado, recordado, sin que se tenga que asignar a nada una nota, un número de cuenta, un valor añadido…

No es lo que hacemos, es para qué lo hacemos.  

A veces, el que llega es el que está en sí mismo y no el que produce sin saber para qué. El sentido que le damos a nuestros logros lo cambia todo. No somos máquinas de producir, somos seres humanos que necesitan darle sentido a lo que hacen. Nuestro “para qué” es tan importante que a veces no conseguimos lo que soñamos porque no lo tenemos claro o porque lo hemos confundido. Si queremos llegar para demostrar, no llegamos jamás porque el que necesita ir dando lecciones al mundo nunca habrá dado las suficientes… El que va llenando huecos ahí afuera para ser admirado y compensar con ello el amor que no siente por él mismo, nunca recibirá suficientes halagos… El que está en el camino porque ama el camino y desea la meta para seguir amando y compartir, ya tiene su recompensa en cada milímetro que avanza. 

Las metas importan pero, al final, a medio recorrido podemos descubrir que las que estamos anhelando no son las verdaderas sino las que pensábamos que era nuestras pero eran de otros… Que nos hemos puesto retos asequibles y en realidad aspiramos a más, pero nos conformábamos porque no creemos merecer de verdad… O por el contrario que nos elevamos tanto el listón que en el fondo nos estábamos castigando, nos hacíamos subir una montaña muy alta para demostrar que nada nos frenaba y asegurarnos sufrir durante el ascenso… Lo que importa de verdad es cómo llegamos y nuestra forma de aceptar la derrota, el cambio de rumbo, el desatino y el error.

Lo que importa es la sonrisa, el abrazo, el aliento que nos queda para que al día siguiente sigamos dando la lata con algo hermoso que conquistar…

Sin perdernos cada momento, cada detalle, cada pequeño gesto de la vida….

No podemos decir sí a todos los caminos para llegar porque algunos nos piden dejar el alma antes del último ascenso y eso nos convertiría en huérfanos de nosotros mismos.

Lo que importa está en nosotros y pasa por sacudirse la angustia y caminar. Si el camino a tu sueño no pasa a través de ti ni te pide que saques tus penas al sol, no es el camino que buscas… 

No me sirve cualquier camino, porque el sentido de andarlo es llegar a mí mientras recorro todos mis miedos y mis rarezas y suelto todas las necesidades que me inventé para soportarlos. No importa cómo, ni dónde, ni a quién… Sólo para qué.

No importan las hojas, lo que importa son las raíces… 


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Gracias tristeza


FORTO PORTADA FACEBBOK

Foto : Mercè Roura

Podría decir que cumplo absolutamente todo lo que predico, pero mentiría… Aunque lo intento siempre, pero a menudo es complicado y no supero la prueba que pone la vida ante mí. Esa mirada que lanzamos al interior no siempre es tan compasiva como merecemos y tampoco no siempre decidimos aceptar nuestros errores y salimos a la calle buscando culpables y siempre los encontramos. Aunque en realidad sabemos que no son reales…

Yo lo he hecho también… A pesar de que hace un siglo desterré de mi vida la palabra culpa y la substituí por otra que me parece maravillosa, responsabilidad… Sin embargo, lo admito, a veces me dejo llevar por la angustia y por esa sensación tan mía de injusticia y desasosiego y culpo. Dura unos minutos mi gran tragedia, primero culpo al mundo y luego a mí. Todo lo que he estudiado, leído y aprendido a base de errores y de toparme contra mis muros no me priva de caer, pero sí me priva de estarme en el suelo más tiempo del necesario como para darme cuenta de que mi lugar es otro y de que levantarme o no depende de mí. En la vida cuando vas aprendiendo no dejas de equivocarte, por fortuna, en realidad, sólo dejas de atrincherarte en el error. Cuánto más viajas hacia ti mismo, menos dependes del orgullo y de la necesidad de tener siempre la  razón y más de la compasión y la paz.

Me dejo llevar por las emociones, benditas sean todas, las que nos hunden en el lodo y las que nos dan ánimos para salir de él. La tristeza me llevó a comprender y a amar tanto la risa que me enganché a la vida… Gracias a la rabia he escrito libros y me he abierto en palabras… Gracias a la ira me he levantado mil veces… Todas ellas son magia pura, sólo es necesario comprender qué nos dicen de nosotros, por qué están ahí, qué significan, qué nos impiden, qué enmascaran, qué miedo ocultan… Y una vez descubierto, dar gracias y soltar.

Gracias tristeza porque me has dado la alegría de reconocerme y aceptarme. Porque tus espinas, me han ayudado a descubrir mis alas…

Gracias miedo porque me indicaste hacia dónde ir y qué asumir.

Gracias ira porque sin ti no hubiera encontrado mi coherencia y la energía necesaria para ejercer de mí.

No siempre cumplo mis normas y no es necesario. Tengo derecho a equivocarme y poner en tela de juicio todo lo que hasta ahora creo que me define… No siempre hago lo que digo que debería, pero eso también me hace falta para volver a caer una vez más y saber que me puedo permitir unos errores que son un material muy valioso para seguir.

No siempre soy coherente, pero me bastan cinco minutos de incoherencia para recordar quién soy. No siempre acierto, pero sin mis desatinos nunca hubiera encontrado el camino.  Y si no me doy cuenta, la vida que es sabia y maravillosa, además de una madre siempre oportuna y  siempre me pone delante algo con qué topar o alguien a quién culpar por mi dolor hasta descubrir que es mi reflejo. Benditos los muros con los que topamos porque sin las heridas que nos hacemos intentando derribarlos jamás aprenderíamos que nunca caerán, porque están ahí para saltarlos y rodearlos… Benditos los recuerdos que nos machacan la memoria y nos llenan de resentimiento porque a base de tanto volver a ellos y sufrir nos daremos cuenta de que merecemos mirar adelante y vivir este momento.

Bienvenida la ola que se lleva el tenderete de orgullo que tenemos montado porque también arrastra el miedo a la propia desnudez, al rechazo y al tener siempre que parecer algo que no somos.

A menudo, me asalta un miedo atroz a no poder seguir pero luego recuerdo que hace tiempo me quité la máscara de persona que nunca fracasa y me veo obligada a continuar…

A menudo agarro de nuevo la culpa, toda entera, la mía y la de toda la humanidad y me la cuelgo de cuello o me la cargo en la espalda o la meto en un carro y empiezo a empujar… Gracias culpa porque el arrastrarte cinco minutos me recuerda siempre que hace tiempo que me decanté por la responsabilidad de ser yo misma y te dejé marchar…

Gracias incertidumbre porque sin tu angustia y mi desespero nunca habría sido capaz de encontrar mi camino…

Abrazar la coherencia supone asumir un precio muy alto con uno mismo, un compromiso gigante, pero el premio es inmenso.

 


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El maestro


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A veces, el maestro también se pierde en sus lamentos y equivoca el camino…

El maestro que va por la vida predicando que las personas deben callar un rato y escuchar, perderse entre las calles y quedarse embobados mirando la belleza de lo que les rodea, a veces está tan ocupado predicando que no se encuentra a sí mismo… Que no busca tiempo para mecerse en su sombra al sol un rato y ver que en los geranios de su casa hay tallos nuevos y flores todavía más rojas…

Su necesidad obsesiva por compartir con el mundo el mensaje que ha descubierto, como si le hubiera sido entregado como un regalo, como un sueño, como esa misión que todos tenemos en la vida, hace que se pierda entre palabras… Porque las palabras son magia pura si sabes usarlas, habitarlas, vivir en ellas y actuar según las emociones que en ti suscitan…. Si después de recitarlas y sentirlas la próxima vez que dudas decides apostar por ti porque leíste que podías, porque alguien te recordó que merece la pena el riesgo y viste claro que aquello que te decía era bueno para ti…

A veces, el sueño del maestro es, a pesar de que predica lo contrario, salvar al mundo. Habla de que todos somos responsables de nuestras vidas, que el cambio que esperamos empieza por nosotros mismos, que la gran lucha es la paz, que el amor nos va curar de todo (empezando por el amor a uno mismo). Nos pide que aceptemos la vida y aceptemos a los demás tal y como son pero incumple dicha lección cuando obsesionado por salvarnos y compartir sus enseñanzas, insiste y se fatiga y no tiene momento para aceptar que todavía no estamos preparados ni hemos llegado a ese momento en el que podremos aceptar…. Y no se deja margen para él, porque cuando no acepta que no queremos su mensaje, no nos acepta a nosotros y se ve como un fracaso… Y no se ama como se debe amar a sí mismo y no se perdona ni comprende. Hasta que se da cuenta de que se ha perdido y vuelve a su camino, a su mensaje y abraza su frustración para aprender algo nuevo. 

El maestro no sólo debe haber leído libros y acumulado títulos. Debe haber acumulado experiencias y embestidas de la vida, debe haber fracasado ante en todo aquello que predica para comprender cómo sus alumnos se equivocan y tropiezan con todas y cada una de las lecciones que les predica…

Debe ser maestro en errores, en miedos, en haber estado días, semanas, siglos intentando algo del modo erróneo hasta descubrir que en realidad era muy fácil y tenía la respuesta delante y no era capaz de verla… Porque el principal error que comentemos siempre es el de percepción…

El maestro llora y aprende cada día de cada uno de sus alumnos y es a su vez alumno de cada uno de ellos y de otros maestros que se cruzan en su camino…

El maestro tiene que abrir su mente para que durante el camino le lleguen nuevas ideas y aprendizajes que le harán cambiar sus lecciones y su discurso, a veces tanto, que debe tirar sus apuntes… Y no esperar nada de nadie, nada concreto, porque así dejará que la vida le traiga nuevas sorpresas que podrá recibir sin creencias que le limiten y le hagan juzgar lo que pasa y no pierda así la oportunidad de ver la belleza en lo inesperado…

El maestro no puede querer salvar al alumno, debe guiarle para que sea él quién se salva a sí mismo. No lo lleva de la mano, le enseña cómo volar…

El maestro comparte desde la libertad y debe aceptar que sus alumnos decidan no aprender. Asume vivir cada día y cada lección como si fuera la primera vez que la cuenta, que la comparte, con el entusiasmo de un niño, la pasión de alguien que ama lo que hace y lo vive a cada instante y generosidad de alguien que ha descubierto que es más feliz cuando da que cuando recibe y que siempre acaba recibiendo más de lo que aporta si lo hace con ganas.

El maestro es a veces el que más se salta las normas e inventa unas normas nuevas, el más loco, el más rebelde, el que más cuestiona todo lo que nos rodea y nos invita a hacernos preguntas cada día para que sepamos si todavía pensamos lo mismo… Si a la luz de nuestro crecimiento interior, algo de lo que creíamos que era sagrado resulta que ahora vemos que se tambalea o nos parece absurdo…

El maestro tiene miedo también y duda, duda mucho… Cuánto más sabe más duda porque sabe que le queda mucho por aprender y está ansioso por ello, aunque ya sabe que el mejor aliado del que busca es la paciencia infinita y la certeza absoluta de que la incertidumbre es su compañera más leal…

Y sabe que esta puede ser la vencida… Que el tiempo es finito y la vida es un soplo que vale la pena notar y abrazar. El maestro sabe que a menudo para ganar algo mejor hay que perder la partida, la razón, abandonar la pelea y la disputa y quedarse con la paz de no tener que vencer ni demostrar… El maestro nunca se hace viejo, cada día es más joven, más niño o más niña y mira al mundo con ojos más inocentes y más nuevos… Mira y se da cuenta de que desconoce, que no sabe a pesar de todo porque siempre le queda por aprender.

El maestro a veces tiene que retirarse a dejar de pensar un rato para vaciarse de pensamientos gastados y corruptos y dedicarse a percibir… Quedarse callado y conectarse a sí mismo para saber que todavía vive en ese estado de equilibro que todo lo hace más fácil y que no ha perdido el mayor de los tesoros…. Su coherencia…