merceroura

la rebelión de las palabras


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Porque me quiero


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Porque me quiero, dejo de creerme tus mentiras… No me las creía, lo sé, pero jugaba a soñar que eran verdades para soportar la idea de dejarme engañar por amor… Y ahora me doy cuenta de que ni siquiera es por amor, es por necesidad, por dependencia…

Porque me quiero, voy a dejar de seguirte y rondarte. Ya no tienes nada que yo busque, no ha estado en ti nunca mi paz ni mi alegría… Estaban las ganas de que alguien como tú me quisiera y aceptara, porque necesitaba sentirme amada y valiosa, porque soñaba que alguien como tú a quién creí mejor que yo dijera en voz alta ante el mundo que soy maravillosa…

Porque me quiero, ya no me importa que no me veas ni me sientas hermosa. No espero tu asentimiento ni anhelo tu aprobación… No suplico tu mirada de deseo ni huyo de tu rechazo… Porque mi calma no depende de tu calma ni mi felicidad depende de tu risa cuando te cuento historias… Ya no te cuento historias porque me he dado cuenta de que no quería en realidad compartirlas contigo sino que me dijeras que tenían gracia, que te interesaban… Me he dado cuenta que quería tener historias que contarte porque quería que creyeras que era alguien mágico y que tenías suerte estando a mi lado…

Porque me quiero no te mendigo caricias ni migajas de beso robado a tu mal humor y tus “no tengo tiempo” y “ahora no” que es nunca… Dejo el equipaje que compartimos juntos junto a la cama y abro la puerta de mi propia conciencia para salir de ti y encontrar mi lugar. Ya basta de palabras prohibidas, de respiraciones entrecortadas, de domingos de llanto contenido, de mirar al sol y no ver el sol porque tus ojos me nublan y yo me dejo… Siempre es porque me dejo que llamas a mi puerta y cuando abro echas tu basura en mi cara… Porque me quiero, quedará cerrada siempre mientras curo mis heridas y me bautizo con risas y hermosas palabras…

Porque me quiero ya no esperaré nunca nada de nadie que antes no me sepa dar yo misma… Nada habrá ahí afuera que yo necesite como el aire más que mi propia autoestima, más que mirarme y decirme “ahora sí que me siento y me noto y sé que estoy entera”, más que saber que piso dónde sueño y que nunca dependeré de nadie para ser feliz…

Porque me quiero… Ya no necesito encajar en tus moldes ni parecerme a tus musas, porque ahora me inspiro sólo a mí.

Porque me quiero, miraré al cielo y amaré la lluvia si toca. Y besaré cada gota que caiga en mi cara y sabré que soy mi sol y sabré que escojo mi destino cada vez que decido que no me supedito a nadie, a nada… Y con todos mis fallos me haré un vestido precioso que llevaré puesto, porque gracias a mis desatinos habré descubierto que mientras luchaba por parecer ya era… Que mientras soñaba con llegar a mi absurda meta de perfección ya era perfecta, que mientras lloraba porque no me aceptabas, lo único que realmente necesitaba era decirme yo que sí…

Porque me quiero, no voy a perder un minuto más de vida y magia recordando gritos y caricias falsas y preguntándome por qué… Lo que importa es para qué me levanto ahora y tengo claro que es para mí…

Porque me quiero y me sobran excusas y no necesito razones para amarme y sentirme… Voy tarde en esto de quererme y necesito pista para aterrizar en mí y cubrirme de besos y darme alegrías… Y ahora, salgo, porque llevo demora y me tengo ganas. me siento maravillosa y voy a disfrutarme ahora, sin más miedo al miedo y las miradas…

 

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Libertad


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A veces, la única forma de darte cuenta del peso que llevas a cuestas es ver si al soltarlo te caes, si pierdes el equilibrio, si te tambaleas porque te sietes tan ligero que no sabes manejar tu cuerpo si arrastrar es fardo pesado… Si hace tanto tiempo que llevas ese dolor a cuestas que habías llegado a pensar que era parte de ti, que era una extensión de tu conciencia y tu necesidad de culparte… A veces, para darte cuenta de que puedes ser libre, debes primero tomar conciencia de que estás atado. 

Vamos acumulando cosas viejas, sentimientos que arañan, emociones contenidas, tareas pendientes, tareas de las que nos responsabilizamos nosotros porque creemos que otros no lo harán, obligaciones bárbaras que nos imponemos para que los demás no nos miren mal… Llevamos la culpa de ese día en que tal vez no dimos la cara o la vergüenza de esa tarde en que alguien nos humilló. Llevamos el peso de recoger lo que otros tiran y pegar lo que otros rompen… Y un día ese cúmulo de cachivaches pesa tanto que nos hunde y nos quedamos rotos… Y no sabemos qué pasa porque hemos ido acostumbrándonos a llevar el peso y no soportamos sentirnos libres… Nos olvidamos de nosotros porque nos hemos colocado tantas máscaras encima para satisfacer al mundo que ya no recordamos qué queríamos, qué soñábamos, qué era respirar sin sentirse limitado. Soltar es complicado. Llevamos tan adheridos esos pensamientos que pensamos que son una parte de nosotros… Como si el lastre fuera nuestra cola y el dolor una nube que nos sigue a dónde vamos, impregnándolo todo de bruma e incertidumbre. Soltar exige tanta fuerza que es imposible no sentir que te vas y te pierdes cuando sueltas, que arrancas una parte de ti, que en el fondo te deslizas por un camino que resbala… Soltar cuesta porque nos han educado para acumular y temer, para pensar que sólo se gana cuando se tiene, cuando se llega primero, cuando se destaca y en realidad sólo se fluye cuando se deja la necesidad de marcar, de conseguir una cifra, de aparentar que eres, de demostrar que puedes… Cuando se ama el camino escogido lleve a donde lleve, cuando se actúa para ser y no para tener, cuando se confía y se deja de acumular de tanto que al fin puedes ver el horizonte. Soltar cuesta porque llevamos siglos agarrados al miedo, sin confiar en lo que realmente somos, sin ejercer nuestro poder. Y cuando aflojas las manos para dejar ir, te sientes perdido, asustado, indefenso… Y te das cuenta de que tus manos están dormidas, cuando en realidad lo que sucede es que estás despertando y esa sensación de peligro e ingravidez se llama libertad. 

La libertad parece a veces una carga pesada… Una responsabilidad que parece inasumible  y que nos obliga a soltar necesidades que en realidad no necesitamos y sueños que nunca soñamos, pero que arrastrábamos porque alguien nos dijo que eran hermosos, que valían la pena, que deberían ser nuestro camino. La libertad da miedo porque exige decidir qué no queremos y dejar de hacer cosas que hacíamos porque no queríamos defraudar o dejar de ser aceptados. La libertad pide soltar la culpa que tanto duele y dejar el papel de víctima que tanto corroe, pero que se ha convertido con el tiempo en la excusa perfecta para no cambiar, para no hacer lo que asusta, para quedarse quieto… Para no quitarse la máscara y descubrir que en realidad el director de escena eres tú y en el escenario no pasa nada que no aceptes que pase, que no toleres que pase, que no des permiso para que aparezca… Y que lo que llega sin avisar, en cierto modo, no tiene porque ser acatado siempre… Porque aceptar que las cosas son como son no implica vivirlas sin esperanza, sino hacer el trabajo de empezar a verlas de otro modo para descubrir cómo cambiarlas. No es una lucha, es un trabajo de tesón y confianza. Es una decisión. 

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La libertad es asumir el vértigo de aprender a caminar sin la carga y notar como todo tu cuerpo duele y cruje porque se readapta, se equilibra, se recompone… Hacer balance de pérdidas y comprender que cada momento es un regalo inmenso, a pesar de tardar una eternidad en llegar a él y ser consciente de lo que implica. Soltar duele porque implica dejar de esconderse y dejar las coartadas, porque es cambiar de postura y abrir los ojos a luz después de haber tragado penumbra durante siglos y notar como las lágrimas caen por tus mejillas y saber que es un llanto necesario… Soltar duele porque llevamos años atados a nosotros mismos y seguimos notando las cadenas y caminando sólo hasta la esquina pensando que se acaba el margen, esperando el tirón que nos recuerde que no somos amos de nuestros deseos… Soltar asusta porque cuando el tirón no llega descubres que en realidad habías permanecido atado para evitar este momento en el que tienes que decidir a dónde vas, cuando el perímetro que antes circundaba tu vida se acaba y debes elegir… Soltar te hacer ver que siempre fuiste tú quién asumió la carga y ató la cadena porque tenías tanto miedo de llegar a esta encrucijada que preferías una vida a medias.

Aunque el miedo, el dolor, el llanto de asumir tu libertad es un instante ronco que se termina cuando das un paso, sólo uno. Cuando tragas saliva y miras hacia delante y te dices, no sé cómo, pero confío en mí y lo haré. Y lo haces, sin esperar a nada concreto, sin saber cómo, sin buscar nada más que dar otro paso… Y confías en algo, que no sabes que es… Una sombra que te recuerda que ahora llevas las riendas de tu vida y caminas por la cuerda floja siempre. A cambio, no arrastras nada, no hay reproches, no hay tirones, no hay pasados que cargar ni futuros pendientes que colmar…

A veces, ser libre parece tan complicado que muchos salen corriendo de su propia libertad y se inventan un mundo cruel que les impide seguir adelante… Otras veces, algunas personas se dan cuenta de que ya eran libres, que la esclavitud estaba solo en sus mentes, en sus almas cansadas de llegar sólo hasta la esquina y esbozar un intento amargo de carrera, un simulacro de felicidad, un amago de vida que al final parece que se aleja… A menudo, no vemos la línea que separa la realidad del sueño porque la estamos pisando y tardamos mucho en percibir que ya somos lo que deseamos, ser pero no estábamos ejerciendo como tal… Porque éramos grandes y nos imaginábamos diminutos, éramos genios en una lámpara y pensamos que éramos solo un mota de polvo… A veces, la libertad, si no se une a la confianza, es una carga tan pesada como la esclavitud. 

Como todo lo que importa en la vida, la libertad es una emoción que elegimos sentir, una percepción de la realidad que escogemos a cada momento… Es una forma de pensar y de vivir… Una actitud, un estado mental que decidimos instalar en nuestra vida y que nos empuja a caminar hacia nosotros mismos sin ataduras. La libertad se escoge.

A veces, la única forma de ser libre es decidirlo y llevar esa decisión hasta las últimas consecuencias. 


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Decisiones


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Me preguntó hace unos días mi hija qué creía yo que era ser valiente. Y en ese momento no se me ocurrió más que decirle que ser valiente es tomar decisiones. Primero porque tomarlas, sean correctas o no (yo creo que lo correcto y lo incorrecto no existe), ya supone desencallarse, moverse, poner en marcha el mecanismo… Y el movimiento siempre genera movimiento, sea para adelante o para atrás, casi da igual, lo que importa es recordar que estás vivo, que tienes capacidad para generar cambios, para responsabilizarte de lo que te pasa…  Para generar ese movimiento no hace falta desatar un temporal, a veces, decidir es darse cuenta de algo que no éramos capaces de ver o comprender un por qué. A veces, uno decide con el pensamiento, encontrando su verdad, una verdad que ya no te permite volver atrás y enredarte con otros pensamientos que ya has descubierto que no te hacen bien…

Llevar las riendas asusta. Por eso, a veces, dejamos pasar los días esperando señales que parece que no llegan cuando las tenemos ante la nariz pero fingimos no verlas usando las gafas de la ignorancia. Otras, sencillamente no las podemos ver porque no nos tomamos un instante para atar cabos y notar qué sentimos.

La vida es un poco eso de encontrar los momentos para zarandearlo todo y  también para saber cuándo parar y hacer que el agua deje de estar turbia y se calme, hasta reflejarnos en ella. Si dejamos que se estanque demasiado, se pudre. Si la agitamos siempre, nunca se queda clara y transparente para poder ver el reflejo. En el fondo, ambas actitudes son lo mismo,  cualquier cosa que hacemos desde la desesperación y la incomprensión nos lleva a más de eso que intentamos evitar. Hacer para disimular que no pasa nada. No hacer nada esperando que la solución caiga del cielo. La vida es el equilibrio entre ambas cosas y la conexión con uno mismo para saber cuándo hacer y dejar de hacer. Lo llaman fluir y muy complicado… O no, mi frase seguramente ya lo determina y me impide ver más allá y facilitarme el camino… A mí, me cuesta a veces saber cuándo escuchar y callar, cuando hablar claro y dejarse oír. Y un día descubres que en realidad, a quién tienes que escuchar y hablar claro es a ti mismo. Los demás son tus espejos, tus compañeros de camino… Y si no te escuchas y te conoces, si no te calmas y te activas cuando hace falta, ellos no podrán hacer nada por ti. Últimamente me he dado cuenta de lo mucho que me complicado la vida siempre bajo la premisa de que la vida es complicada… Lo turbia que he visto el agua siempre sin apenas acercarme a mirarla por temor a que estuviera turbia…

La vida no puede ser una excusa para no vivir la vida. La vida es una motivación. La vida eres tú intentando vivirla y equivocándote, aprendiendo de esos errores y volviendo a intentar… ¿Moverse o quedarse quieto? ¿sabes? en el fondo, da igual. Lo que importa de verdad es que hagas lo que hagas sea desde la coherencia y desde el amor por lo que eres y lo que haces. Me he dado cuenta de que la coherencia es paz…

Si te mueves por miedo es como si te quedas  quieto porque crees que no tienes más salidas. Lo que pasa es que nos gusta engañarnos, nos gusta pensar que la vida no nos deja otras opciones porque así no nos queda más que resignarnos y vivir desde la ignorancia y el miedo. Le tomamos apego al dolor, al sacrificio que nadie nos ha pedido, a la amargura de la queja que es tan adictiva como la misma felicidad sin freno… Nos agarramos al dolor porque a veces es lo único que nos queda (eso pensamos) y lo incorporamos a nuestras vidas como si fuera nuestra propia esencia… Nos encanta arrastrar cruces, nos educan para ello, como si todos tuviéramos que cargar una culpa por algo que hicimos… O algo que somos en esencia.

Confundimos el resultado con al camino, creemos que somos nuestros miedos en lugar de nuestros sueños… Y ¿sabes qué pienso? que no somos ni lo uno ni lo otro. Somos el trabajo que hacemos para estar y sentir. Pase lo que pase. Llegue o no el día de la recompensa. Entre o no el balón. Sea del tamaño que sea tu casa, tu coche… Te paguen lo que te paguen por tu trabajo. Trabajes como trabajes. Te digan lo que te digan de tus fotos en Facebook… No eres eso, eres el que decide si deja el agua en calma o la agita a ver qué pasa… Eres el que toma las decisiones de lo que va a ser su vida. El que camina y el que decide parar para echar un vistazo a su vida pasada con ojos nuevos y ver el amor en lugar del dolor.

Da igual si te mueves y caes o si te quedas quieto y pierdes una oportunidad. Lo que cuenta es que te sientas bien contigo. Nada más. Sólo se trata de tomar decisiones pensando en lo que eres y no en lo que deberías ser. Respetar y respetarse. Quitarse esas gafas de la ignorancia que crees que te impiden sufrir pero que en realidad alimentan un dolor innecesario porque te alejan de enfrentarte a lo que eres…  Subir a la cima, no para poner en ella una bandera y dominar el mundo y mostrar lo grande y lo bravo que eres sino para ver qué hay más allá y dibujar el camino para otros que todavía no lo encuentran…

Y decidir. Y si la decisión es equivocada, no pasa nada. Era ese error necesario que te dejará darte cuenta de algo que va a cambiarte la vida… Y darte cuenta de que te la cambias tú, gracias al error, gracias a la decisión… Y si tu decisión es no hacer, que sea de forma consciente, no como consecuencia de postergar tu vida y encerrar tu alma en una jaula.

El otro día me decía alguien  que la gente tiene todo el derecho a quedarse en su “zona de confort”. Me sentí interpelada porque no hay nada más lejos de mi intención, puesto que yo no sé nada, estoy aprendiendo… Si mis palabras hacen sentir así es tal vez porque al leerlas les puede o no hacer darse cuenta de que están dónde no desean. No hay más prisa que la propia necesidad de estar cómodo con uno mismo, lo que a veces te obliga a estar incómodos con la vida y lo que nos rodea… Moverse en sentido contrario al resto o no hacer lo que tu entorno te pide. La gente tiene derecho a hacer lo que ama y vivir la vida que le hace sentir feliz. Y eso, a veces es saltando en paracaídas o sentándose ante la chimenea a leer un libro. Uno puedo salir de la manida “zona de confort” leyendo ese libro si le hace cuestionarse cosas y estar dentro de ella mientras el paracaídas se abre en cielo, todo depende de dónde estén sus miedos y cómo se enfrente a ellos… En la vida hay momentos para todo, Para saltar y para leer. Hay pedazos de vida en los que damos grandes saltos y otros en los que nos quedamos quietos y ambos son útiles y necesarios. Hay que estar en la inacción para sentir, pensar, notar, reflexionar y encontrar respuestas… Debemos hacer lo que sentimos que debemos hacer (hablo de un deber para nosotros mismos, no para el mundo). Lo que pasa es que a menudo, los miedos, que son muy listos y se alían al ego para sobrevivir, nos hacen engañarnos y nos llevan a saltar en paracaídas para mostrarle al mundo lo valientes que somos cuando en realidad lo que realmente nos asusta es leer el libro donde dice que tenemos pendiente una conversación con alguien a quién debemos perdonar… Por ello, cuando optamos por una u otra opción, ambas necesarias, es bueno hablarse claro y saber por qué y para qué lo hacemos. Lo que no afrontamos hoy queda pendiente siempre para mañana y hoy es sólo una bola de nieve mientras que en poco tiempo es todo un iceberg. Lo que realmente importa es no engañarse ni traicionase a uno mismo… Es como cuando uno sabe que debe contestar algo que no va a gustar pero que decir lo contrario sería traicionar su esencia y obligarse a vivir una situación que le degrada… Puede encontrar la forma más digna de hacerlo sin herir, pero sabe que no hay otra respuesta posible. Y puede no responder hoy ni mañana, pero tiene claro que no podrá pasar la vida sin responder. Porque si no lo hace, su vida no será su vida.  A veces nos engañamos a nosotros mismos y fingimos estar bien cuando en realidad estamos cómodos, la comodidad es buena, aunque a veces hay que soltarla para experimentar y saber si queremos volver a ella. La vida es cambio constante. No importa si durante un tiempo no “hacemos nada” para cambiar si ese “no hacer nada” lo sentimos necesario para vivir y sentir y no nos traiciona.

A veces, remover el agua turbia te muestra en realidad tienes que dejarla en calma. Otras veces, que ya es hora de dejar de mirar el agua y obsesionarse. Las oportunidades no se ganan ni se pierden, se crean y se cazan al vuelo. Y no están en la tempestad ni en la calma, están en ti. 


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Posibilidades infinitas


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Hay tantos mundos que pueden ser tu mundo un rato, un siglo, un día… El mundo en el que casi no entra la luz, el que no tiene puertas ni ventanas y siempre deja pasar el aire… El mundo de alguien que no puede olvidar y el del que lo olvida todo y la enfermedad le devora el pasado.

Hay un mundo en el que no hay papá ni mamá y otro en el que están pero no se notan. Un mundo en el que no hay un segundo sin que un montón de gente te avasalle con sus alaridos y otro en el que la soledad es infinita, rotunda, bárbara.

Hay mundos reversibles en los que todo pasa sin pasar y deja una huella diminuta y casi borrable porque nunca nadie se araña hasta traspasar la piel y otros en los que los golpes zarandean los cimientos y nos atrapan asustados bajo la cama.

Hay historias tristes que acaban en risas locas y risas locas que se convierten en espasmos de pánico. Caminos llenos de piedras que se cruzan con nuestros caminos de arena y al pisarlos notamos el dolor que otros arrastran siempre… Todas esas historias son las historias que nosotros mismos nos contamos…

Hay caminos cuesta arriba donde la gente lleva cargas pesadas. Y otros cuesta abajo donde la necesidad de agarrarse a algo para no caer nos convierte en esclavos del vacío. Hay caminos que tú mismo creas y son una copia exacta del camino que llevamos dentro… 

Hay vidas llenas con poco y vidas vacías por nada.

Hay vidas con sueños enormes y vidas enormes con sueños sin sueño, sin magia.

Hay momentos en tu vida que no puedes soportar, ni comprender, ni medir, ni apenas explicar.

Un baile de vidas que se cruzan unas con otras, se miran a los ojos y se cuentan cuentos para luego seguir y comprender de dónde vienen y a dónde van.

Personas que vienen a bailar un rato con nosotros para que aprendamos algo de baile… Personas que nos dicen que sí, que nos dicen que no, que nos traicionan, que nos aman… Personas que nos sueltan, nos sujetan, nos besan, nos arañan, nos recuerdan que podemos aportar algo al mundo, personas que nos recuerdan que no sabemos nada. Personas que no saben nada y te dan la lecciones…

No somos dueños del tiempo ni controlamos nada. No podemos hacer girar el mundo como deseamos mientras nos empeñamos en batallar contra los monstruos que nosotros mismos hemos inventado…

Hay tantos mundos como desvelos te quedan pendientes… Como decepciones necesitas vivir hasta comprender que lo que tienes entre manos es una maravilla, que la vida es preciosa a pesar de ser dura y complicada…

Hay tantas opciones como errores posibles hasta comprender que no importan… Tantas posibilidades de hacer el ridículo como ocasiones necesites hasta darte cuenta de que el ridículo está sólo en ti. Hay tantos amores fugaces y rotos disponibles como veces necesites que te rompan hasta que descubras que eres tu gran amor… Hay tantas risas guardadas y fáciles como risas necesites cuando decidas que ya basta de lágrimas… Hay un lugar donde se acumulan las pesadillas esperando a que te pidas la tuya y te resignes a una vida oscura… Y esperanza suficiente como para levantarte esta mañana y decidir que a partir de ahora tu vida va a dar un vuelco porque ya estás harto de no sentirte bien en ella… 

Hay tantos mundos por visitar como errores tengas que cometer y miedos por vencer y afrontar. Hay mil vidas posibles esperando a que te decidas a surcarlas y las imagines, a que te creas que están a tu alcance y busques en el fondo de tus pupilas para encontrar la puerta… Hay mil puertas esperando a que las abras para que te des cuenta de que no hay nada ahí afuera esperándote porque tu destino está escrito en ti y lo que ves es sólo una ilusión de lo que llevas dentro… Hay mil mundos en ti que buscan salida por los poros de tu piel ahora mismo y los encierras cuando piensas que no podrás, que no sabrás, que no estarás a la altura. Hay mil destinos flotando en el aire esperando que sueltes el control y confíes en ti para poder fluir…

Hay mil vidas en tu vida abrazando mil destinos posibles, esperando a que escojas uno, como si fuera un caramelo o una canica, y te lo pongas en el bolsillo… Te toca escoger ahora. Las posibilidades son infinitas y todas están en ti…


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#CosasQueDebíDecirteHaceCienAños


Adquirir el libro

Te preguntarás… ¿Qué cosas se calla alguien durante cien años? Muchas, demasiadas… Durante mucho tiempo no nos atrevemos a decirnos a la cara lo que nos asusta, no nos admitimos lo que nos araña y duele… Lo dejamos dentro, en ese saco en el que acumulamos todo… Sabemos que un día estallará pero suplicamos que aguante.

Aunque al final, estalla. Y es maravilloso que lo haga, aunque es mucho mejor, vaciarlo antes…Por si cuando todo sale disparado, te haces demasiado daño y hieres a alguien.

Eso es lo que pretendo, decirte cosas como…

No brillas porque no te quieres y no te atreves a mostrar lo que vales.

No te aman como mereces porque no te amas y vas por la vida con esa cara de no merecer amor.

Recibes indiferencia porque no miras a los ojos de nadie, por si entran en tu conciencia, por si deambulan por tu alma y descubren tus secretos.

Tus miedos llevan el timón de tu vida.

Tu rabia contenida se ha hecho un refugio en tus entrañas…

Te duele mucho porque te criticas mucho, te hieres mucho, te encoges mucho, te exiges mucho. Sé qué es eso y no lleva a nada bueno…

No te gustas ¿cómo vas a gustar?

Dejas que él te trate así porque crees que le necesitas, cuando en realidad es él que necesita pisarte para sentirse bien y eres tú la única persona que se lo aguanta…

No hay culpas, no te reproches, déjalo a un lado y sigue adelante…No cargues con nada…

No esperes que el mundo solucione tu vida, toma las riendas… Tú decides lo que es tu vida, no delegues esa responsabilidad.

Y también decirte cosas preciosas…

Eres hermosa incluso sin saberlo.

Tienes mil posibilidades cada día para crecer.

Cuando te sueltas, brillas mucho…Fluye y contagia tu entusiasmo.

Mereces lo mejor, no pares hasta conseguirlo… Sin agobiarte, sin preocuparte.

Da las gracias por lo maravilloso que eres y lo bueno que te rodea…

Contigo, el mundo es un lugar mejor. No importa que sea a veces complicado, tú puedes. Los malos momentos son pruebas, los obstáculos son oportunidades…No te calles nada, se queda dentro y arde mucho, hasta que te quema…

En este libro está desgajada mi alma en pedacitos… Es un relato de mi pequeña evolución. De mi paso por los días, de mis momentos hermosos y mis dolorosas dudas…

Hasta descubrir que el hombre del saco eres tú. Y también tu ángel de la guarda…No hay juez más terrible que nosotros mismos… Pero la gran noticia es que también somos nuestra propia salvación, nuestro bálsamo, nuestro héroe, nuestro refugio…

Si te has hecho tanto daño a veces, eso significa que tienes mucho, mucho poder. Úsalo para crecer, no para encogerte. Úsalo para brillar y ser feliz, para crear, para contagiar alegría…

¿No lo ves? tienes todas la respuestas… No te das cuenta… ¡Qué suerte verlo!!

¡Y dar las gracias por habernos dado cuenta!! por la conciencia de notar que nos equivocamos y la de rectificar y ser humildes y la vez grandes… Eso es la grandeza, aprender de los errores y convertirlos en el material con que pegar nuestros pedazos rotos… Saber perdonar y perdonarse. Saber encontrar compañeros de viaje que vacíen tu pesada maleta y te recuerden que sabes cómo…

Aprender de ti siempre. Y recordarte que eres extraordinario…

La felicidad no es un lugar idílico al que llegas después de sufrir mucho. Es un estado interior que se descubre cuando dejas de luchar por esconderte y decides amarte, darte una oportunidad de ser tú y vivir…

No hay nada que perseguir, ya lo llevas dentro. Abre los ojos de tu conciencia y ama sin calcular…

No necesitas nada más. Ya lo tienes, abrázalo.

No tienes nada que perder.

Estas son las Cosas que debí decirte hace cien años… A ti, a mí…Cada vez lo tengo más claro, si cabe. Esta es mi misión, compartir, aprender, mostrar, ayudar… Desnudar mi alma para que cuando tú desnudes la tuya no te sientas tan solo… Decirte que me equivoco para que no tengas tanto miedo a equivocarte… Mostrar lo vulnerable que soy para que ames tu vulnerabilidad… Explicarte mis historias por si son útiles para la tuya o para todo lo contrario… Compartir mis pasiones para que veas lo maravillosas que son las tuyas… Darte mis palabras hasta que encuentres las tuyas propias y hagas tu camino…

Mil gracias a todos y todas los que he encontrado en el camino. A los que cada día me siguen en redes sociales y visitan mi blog. A los que se han dejado habitar por mis palabras y las han compartido… Este libro también es vuestro.

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Ser feliz o tomar café


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Tienes que hablar seriamente contigo.

No te escuchas.

No te tratas como mereces.

No te gustas y tampoco haces nada para gustarte.

Ya hace tiempo que no te miras de reojo cuando vas por la calle en ningún escaparate. Y tampoco te imaginas haciendo nada que te haga sentir escalofríos. Has olvidado lo que es temblar de emoción y querer repetir…

Eres un actor de reparto en tu vida.

Desde hace un siglo no miras hacia dentro porque te da miedo darte cuenta de lo mucho que tienes que limpiar… En tu cabeza hay un vertedero de lágrimas acumuladas y frustraciones enormes que no consigues sacar a pasear. Has hacinado en tu alma cada punzada de dolor, cada momento de rabia, cada migaja de culpa del camino y necesitas soltar.

Te dueles.

Te cansas.

Te aburres de estar siempre en esta antesala de felicidad esperando el momento propicio para vivir tu momento ideal.

Vamos, admítelo, no llegará nunca. Ese día que citas cuando dices “algún día” no existe, está muerto. Lo matas cada vez que lo postergas en tus ganas y pegas el post-it donde lo has escrito un poco más adelante en la agenda de tu vida… Esa agenda virgen donde todo lo que pasa es gris y rutinario.

Te gusta pensar que lo harás.

Lo necesitas porque así la culpa que crece en ti grita menos por las noches. Y cuando le das de comer, se calma. Tú conciencia se ha convertido en un lobo que aúlla y que siempre pide más…

Lo haces porque necesitas soñar en balde, como un placebo para poder seguir sin morir de asco. Como una manera de dar carnaza a tus reproches eternos por no ser, no sentir, no despegar.

Has convertido tus sueños en eso que llaman zona de confort.

Llevas años dormido y, aunque necesitas despertar para saber que estás vivo, no lo haces porque sabes que abrir los ojos te hará daño la luz.

Porque ser feliz es un trabajo y suena cansado. Porque significa ser responsable y tú ahora prefieres poder quejarte sin parar. Y así poder juntarte en el bar, a media mañana, con todas esas personas que odian sus vidas y se quejan sin hacer nada… Para competir con ellos en desgracias y llevarte el primer premio a una vida de pena. Ahora llevas días sin ganar esa competición y lo necesitas, porque la compasión es algo que se parece demasiado al amor como para no mendigar un poco…

Te gusta más eso de apurar momentos sueltos y dispersos en tu vida, en los que te sientes bien en tu piel. Son como instantes entre comillas en un párrafo eterno y sin emoción…

Te gusta creer que la felicidad es como una película en la que todo pasa rápido, que es ese minuto de adrenalina, ese instante álgido… Esa sensación que casi se podría confundir con los efectos del café cuando no soportas tu cansancio.

Y entre ser feliz y tomarse un café, te quedas con la taza bien llena porque lo otro, cuando es de verdad, hay que sudarlo.

Si quisieras ser feliz tendrías primero que echar la basura que acumulas y las mentiras que te tragas sobre ti mismo y tus incapacidades de siempre…Esas, las que son ficticias, las que has inventado para poder decir que “no puedes” sin tener remordimientos, aunque sabes que no son de verdad.

Habría tantas cosas por cambiar, empezando por ti y por tu forma de mirar la vida y todo lo que te rodea.

Desterrar esa idea de que has venido a sufrir y de que el sufrimiento te hace mejor… Dejar de colgarte medallas por cada una de tus tragedias como si con ello ganaras puntos para conseguir vivir en un limbo de seres casi felices.

Arrancar de tus entrañas y tus neuronas atontadas que tienes lugares y sensaciones vetados.

Descubrir que la vida empieza cada día

Dejar de quejarte.

Dejar de soñar con el freno puesto.

Dejar de criticar y cambiar todo tu vocabulario. Encontrar esas palabras que son el detonante para que te pongas en marcha empieces a vivir de verdad…

Dejar de arañar migajas de lo que deseas y envidiar a los que se atreven a cogerlas a manos llenas…

Volver a mirarte y verte.

Volver a buscarte.

Crearte.

Dibujar esas partes de ti que se han borrado y que te daban fuerza.

Volver a tener cinco años y creerte un artista, un genio, un héroe.

Salir del armario de las estupideces y hacer lo que los demás creen que es el ridículo pero que a ti te hace sentir bien…

Dudar a rabiar.

Hacerte mil preguntas, sin importar las respuestas.

Agarrarte a ti mismo.

Y tener claro que ser feliz no es un estallido de cafeína, ni un golpe de suerte. Es saber existir. Llevar las riendas y no delegar tu vida… Estar contigo y tenerte de tu parte. Estar en calma y vivir sabiendo que pase lo que pase sabrás encontrar el lado bueno, aunque duela… Practicar la paciencia… Sacarle lo máximo a lo mínimo… Aspirar a lo más grande y disfrutar de lo más pequeño…  Saber que buscarás lo que quieres sin ansia, que vivirás cada instante con pasión, que puedes dar las gracias por estar y notar…

Conocerte y encantarte. Amarte en lo bueno y en lo malo… Y amar sin más atadura que el respeto y la ilusión…

Y  cuando pongas las pies en el suelo, asegúrate de que con la mano te agarras a alguna rama para poder columpiarte de vez en cuando y recordar que vuelas…

Asegúrate de que hoy estás haciendo algo que te acerca a tu sueño.

Y que pase lo que pase, no cambiarás lo que has conseguido por un momento de autocompasión,  que no confundirás la verdadera felicidad con una taza de café.

 


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Cosas que aprendí en la cuerda floja


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Que prestamos poca atención a nuestras emociones

Cuando, en realidad, somos un amasijo de ellas. Lo que sentimos nos guía y remueve. Nos dice si vamos bien o mal, nos dibuja el camino como si fuéramos niños y nos desplazáramos por la vida a base de “frío, frío, caliente, caliente”. Nuestras emociones son la brújula para saber si lo que hacemos nos hace grandes o nos hace pequeños. Si nos lleva la pasión y el entusiasmo o nos vendemos a la rutina y el hastío… Si somos extraordinarios o decidimos ser corrientes y vivir con poco riesgo y mucho control sobre nuestra vida. Si nos soltamos o nos amarramos, si amamos o buscamos sucedáneos…

Que no hay fórmulas magistrales ni pócimas mágicas

A menudo necesitamos aferrarnos a indicaciones que nos dan otras personas. Frases que nos motiven, palabras que despiertan en ellos un subidón de adrenalina que les ayuda a subir sus montañas particulares y que esperamos que nos lleven a la cima a nosotros sin pasar por todos la peldaños de la escalera que ellos ya han subido. Preguntamos a otros para saber qué debemos hacer para poder salir del callejón oscuro en que nos encontramos, pero sólo pueden ayudarnos a hacernos más preguntas porque cada uno tiene sus respuestas. Los mantras que nos repetimos para poder seguir son individuales e intransferibles. Están diseñados con el ADN de lo que soñamos y deseamos, con nuestros miedos y nuestros triunfos… Como la canción que nos hacía dormir cuando éramos niños o la caja de secretos que teníamos escondida bajo la cama.

Que ya tenemos las respuestas que buscamos

Las llevamos dentro. Las sabemos siempre de antemano, pero a veces no queremos verlas o no podemos porque nos falta perspectiva. Porque ponemos el foco en el lado equivocado y hay una parte que nos queda oscura y no visualizamos. A menudo, incluso somos conscientes de que no lo vemos todo, pero no sabemos cómo cambiar esa perspectiva. Damos vueltas en un rincón, en una esquina reducida de una gran extensión de terreno que está ante nosotros y casi no nos atrevemos a explorar. Como si nos pasáramos la vida subiendo y bajando el mismo escalón y quisiéramos llegar al cielo o nuestra vida se limitara al metro cuadrado que nos rodea.

Que a veces nos hace falta que alguien nos ayude a ver lo que pasa desde fuera

Que alguien nos ayude a saber qué evitamos y nos dibuje con ojos realistas pero amables. Que nos haga una composición del paisaje que tenemos ante nosotros y nos diga esas obviedades que no queremos o no podemos oír y que son tan necesarias… Porque a veces estamos ante el mar y sólo vemos la arena y cada vez que miramos al cielo encontramos una nube que nos tapa la luz que necesitamos… Aunque ahí está, siempre.

Que lo importante no son las respuestas, sino las preguntas

A veces creemos que sabemos mucho porque hemos madurado. Porque a base de tanto tropezar, hemos encontrado muchos trucos para sobrevivir y levantarnos. Porque cada día nos conocemos más a nosotros mismos y eso nos permite gestionar mejor nuestras emociones y no traicionarnos… Aunque a menudo, no nos damos cuenta de que no nos hacemos las preguntas adecuadas para pasar al siguiente nivel evolutivo de nuestra vida. Que las eludimos o las pasamos por alto, que debemos replanteárnoslo todo desde el principio porque tal vez nuestros credos están equivocados o ya no nos sirven porque hemos cambiado y no nos representan. A veces, pensamos que estamos en la casilla de salida y en realidad llevamos tiempo en la cárcel y debemos empezar a jugar y apostar por nosotros. ¿Cuál es la ruta? tus valores, tu forma de existir, tus lineas rojas, aquello que quieres ser y lo que no… Lo que nunca dejarías de lado y lo que no te importa perder. La imagen de ti que tienes cuando das rienda suelta a tus pensamientos e imaginas un futuro mejor…

Que el miedo nos cierra los ojos y nos fabrica excusas.

Nos maneja y achica, nos hace pequeños y nos paraliza como estatuas donde las palomas hacen algo más que anidar… Todo lo dicho antes no sirve de nada si no estamos dispuestos a pasar frío y saltar. Porque a veces lo que nos conviene es incómodo y nuestro sueño está al final de una pasarela que se tambalea y se agita con el viento, que tiene cien años y al sujetarse en ella, te araña las manos… Que por el camino hay muchas dificultades pero que son nuestras, escogidas por nosotros y conllevan la esperanza de llegar a la meta… Y que lo que buscamos está fuera de nuestro circuito habitual, pasando por la cuerda floja.

Que al llegar a la meta, todo vuelve a empezar…

Dar las gracias a dos grandes personas que hoy conversaron conmigo Leocadio Martín  y Maite Finch Vuestras maravillosas palabras me han animado a seguir…