merceroura

la rebelión de las palabras


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No me ofendo


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Es mi responsabilidad. Aunque a veces tenga ganas de gritar y decirle a más de uno cuatro cosas que no son bonitas y que no me hacen una persona mejor… Soy responsable de si me dejo herir por sus palabras y de si me dejo ofender por su forma de mirarme. Eso no significa que no miren o no digan cosas que no son agradables ni que no tengan que asumir las consecuencias de ir por la vida juzgando y tratando a los demás como no merecen… Y que paguen sus deudas. Allá ellos y su conciencia, eso no forma parte de mi camino. La puerta que tengo que abrir no es la suya sino la mía. Mirar dentro y descubrir por qué me duele, por qué me molesta, por qué dejo que la opinión de otros haga mella en mi actitud, en mi motivación y mi modo de ver la vida… Por qué dejo que me sus palabras me arañen y sus miradas me transformen…

Y voy a ir más allá. Qué dice de mí lo que ellos dicen de mí. Qué hay en mi sombra que resuena cuando llaman a su puerta para que yo me ponga guerrera y se me erice el vello, para que me sienta cuestionada. Tal vez sus ofensas sean una oportunidad para descubrir que mi reino controlado tiene fugas, tal vez sean una señal para que me de cuenta de que no puedo controlarlo todo y de que voy a tener que soltar es necesidad y ese dolor… Que voy a tener que borrar esa expectativa que tanto me zarandea y llena de desasosiego.  Esto que pasa quizás sea para que sepa que me creo algo de lo que dicen cuando quieren herirme y tengo que comprenderlo, soltarlo, borrarlo de mi vida… Darme cuenta de que la única persona que le da crédito soy yo, que yo lanzo el combustible a la hoguera y ellos sólo se ocupan de traer las cerillas.

Insisto, la razón por la que vienen a mí para encender fuegos ahora no importa, esto es un trabajo con uno mismo, personal, intransferible, imposible de delegar en alma ajena. Sé que si no lo hago hoy, ahí se queda, esperando a que otra persona o situación vuelva a mí y la historia se repita, porque siempre se repite… Hasta el infinito, hasta que comprenda que la que se apunta con el dedo soy yo y los demás sólo me ayudan a darme cuenta.  Cuanto antes lo solucione, cuanto antes saque de mí esa mirada que me juzga sin compasión, antes callarán, antes callaré mis reproches… 

Ellos están ahí para que yo me conozca y me de cuenta de que todavía no me amo suficiente. Para que advierta que no confío en mí como merezco y que cuando me presionan todavía hay en mí alguien un poco resentido y rabioso que quiere responder con la misma violencia… Y no pasa nada, saberlo es comprender y aceptarlo es dar el paso para poder soltar esa rabia. Para decidir que cuando estás en paz contigo no importa que fuera se libre la más dura de las batallas porque eso no perturba tu calma… Y eso no significa no hacer nada o quedarse a esperar el golpe, significa saber cuál es tu centro y qué líneas no estás dispuesto a pisar pase lo que pase. Saber que no te vas a tragar el dolor ni la mentira y que por más que te digan tú sabes quién eres y lo que hay en ti no se vende, no se arrastra, no se desgasta por más que otros intenten socavar tu autoestima.

A través de sus palabras te curas para poder vivir a pesar de sus palabras. Los que te atacan te dan el antídoto para que sus ataques no te duelan y al final dejen de existir porque cuándo descubran que ya no te afectan ni te duelen, te dejarán en paz… Porque cuando hayas aprendido a soltar la necesidad de ser aceptado por todos, cuando hayas hurgado en tus entrañas y hayas visto tu sombra y comprendido lo que aún no eres capaz de decirte a la cara, no hará falta que venga nadie más a destapar tus debilidades… Cuando descubrimos que en realidad esas debilidades son fortalezas, no solamente dejan de usarlas los demás para golpearnos con ellas sino que nosotros empezamos a utilizarlas como catapulta para crecer, evolucionar, para alcanzar nuestras metas…

Al final, el que te grita tus miedos a la cara te regala la oportunidad de conocerlos, asumirlos, enfrentarte a ellos y cerrar la puerta. El que te restriega tus defectos te concede el privilegio de comprender que en realidad son puntos de apoyo, pedazos de ti que asumir y abrazar para fortalecer tus grandes dones… El que te dice en voz alta lo que callas, lo que tú crees que eres y no te atreves a reconocer te ofrece en bandeja la posibilidad de dejar de ocultarte tras una máscara para descubrirte a ti mismo y mostrar al mundo tu verdad.. Sin tener que aparentar y esconder, sin tener de demostrar nunca más, sin avergonzarte ni falsear nada en ti puesto que eso que te parece tan terrible es en realidad una herramienta maravillosa para alcanzar tu paz, tu meta, tu destino…Si dejas de creer que no vales nada, nadie podrá hacerte creer que no vales nada… Si dejas de pensar que mereces ser ofendido, nada que nadie diga podrá ofenderte… Las ofensas llegan para que notemos que todavía no nos queremos suficiente, no nos aceptamos suficiente, no nos conocemos suficiente… Si no te ofendes cuando alguien te dice algo con ánimo de hacerte daño es porque ya hace tiempo que tú dejaste de decírtelo por dentro, y esa persona te usa para tapar su dolor, para no tener que mirar en su interior y descubrir que es el cazador cazado, el monstruo del que huye, el fantasma que ve en el espejo en el que teme mirar para no ver su reflejo. Porque actúa asustadizo viendo su sombra y buscando coartadas para pensar que es la de otro. 

Si no sacas a la luz lo que te asusta mostrar, nunca puedes usarlo para crecer… Si no reconoces tu dolor, no podrás convertirlo en belleza. Si no miras qué hay dentro, nunca podrás mirar fuera sin dolor. 

Las ofensas que creemos recibir son a veces la forma en que la vida nos pone delante la oportunidad de borrar, de perdonar y perdonarnos, de curar nuestros miedos y hacer las paces con nosotros…Son un espejo de todo lo que llevamos todavía bajo la piel y nos quema por dentro y supura por nuestras costuras y espera que sepamos soltar para eliminar ese sufrimiento, para que aprendamos a ponernos de nuestra parte… Y es algo entre tú y tú mismo… Los demás tienen su camino. Que se preocupen ellos de descubrir su sombra y su oscuridad y saber por qué van por la vida cómo van… Por eso lo que importa es dejar de mirarles y de sentirnos pequeños ante ellos y centrar la atención en nosotros para descubrir qué podemos hacer y comprender. Y asumir que tenemos el poder de hacer de nuestra vida una experiencia maravillosa… No hay nada ahí a fuera que te perturbe si no está en ti esperando liberarse… 

Nada te ofende si tú no te ofendes, si no llevas dentro una ofensa pendiente guardada esperando salir a la luz pero que ahogas porque no te sientes preparado para asumir… Nada significa nada si tu dolor no le da significado… 

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Ordena tu vida


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Todo lo que va a venir a ti busca sitio en tu vida. Necesita un espacio y un momento de paz, pero a veces no lo encuentra porque tu vida está llena de ruido, de recuerdos acumulados en tu cabeza y en tu casa. Pensamientos rotos y viejos, muebles aparatosos que ocupan el espacio de cómodos sillones donde leer nuevos libros, vestidos que no usas ya que ocupan el lugar de vestidos nuevos que tienen que ver más con la persona que eres ahora y no con la que fuiste…

Lo que esperas que llegue está apunto de desembarcar pero necesita pista de aterrizaje y la tienes ocupada con un resentimiento absurdo que no sueltas, un apego triste a alguien a quién ni siquiera quieres ver ni querías ver cuando estaba en tu vida… Un álbum viejo que cuando contemplas con tus ojos cansados te pone triste e insistes una y otra vez sin darte cuenta de que o tiras el álbum o comprendes esa tristeza y la dejas marchar…

Si no dejas marchar nada, nada viene a ti, nada baila porque tus pensamientos de temor chillan tanto que no se oye la música…

Nunca hay silencio en tu mente y la voz que espera contarte los pasos que tienes que dar para llegar a dónde quieres llegar no puede susurrarte… No te escuchas y no te notas porque siempre andas con prisa, y la intuición que iba a mostrarte el camino, se siente perdida y tiene la brújula estropeada y siempre marca a dónde le dicte tu ansiedad…

Tu amarre al pasado no te deja notar este presente en el que está a punto de pasar algo maravilloso porque así lo has decidido. Tu obsesión por controlar cada detalle, no permite que la vida te sople un futuro digno de lo que mereces.

Si no sueltas tu necesidad de parecer nunca serás lo que realmente eres.

Si no sueltas tus sueños rancios no llegarán a tu cabeza sueños nuevos.

Si no sueltas tus miedos, no podrás saber que en realidad eran pistas para reconocer el camino a tu nuevo yo.

Si no sueltas tus cachibaches rotos jamás habrá espacio en tu vida para los nuevos… Si no sueltas lo viejo, no podrás agarrar lo nuevo.

Si siempre sales a la calle con paraguas y te cubres jamás sabrás si ha salido el sol.

Si no te desnudas, no podrás probarte el vestido nuevo.

Si no dejas ir a esas personas que ya no quieren estar en tu vida, no podrás conocer a las que te esperan para compartir.

Si te amarras a tierra, nunca podrá zarpar tu barco.

Si no sueltas tu necesidad de estar seguro y abrazas la incertidumbre, nunca encontrarás la paz de saber que siempre cuentas contigo. 

Mira lo que te rodea. Los espejos rotos que dicen que hay muchas tú y te privan de ver a la verdadera… Los papeles amarillentos con palabras de amor gastadas… Los pares de zapatos que surcaron otros caminos que ya no son tus caminos… Los paraguas por si acaso, los platos que nunca usas porque son para las ocasiones especiales que no llegan, los recortes de periódico que parecen recordarte que han pasado muchas cosas y tú no fuiste protagonista de ninguna…

Si no pones orden en tu espacio no encontrarás la pieza perdida del rompecabezas, la pista que marca en tu vida un antes y un después… 

Si no abres la puerta para dejar salir la niebla, jamás verás lo que buscas.

Si no permites que lo que ya no necesitas desaparezca, lo que necesitas de verdad nunca llegará.

Si no tiras lo que sobra, no vendrá lo que falta… Por eso tienes que pasar revista a tu vida, a tu casa, a tu mente… Tirar pensamientos gastados, ideas absurdas, creencias que te anclan a un pasado roto y triste… Revisar tus trastos viejos, escoger entre tus libros los que son maravillosos, entre tus zapatos, entre tus pañuelos, entre tus trajes y caminas, entre tus  sueños, entre tus recuerdos, entre tus listas de tareas pendientes las que todavía te apasionan, las que todavía te desafían… Mirar entre tus miedos los que ya no te asustan, hurgar entre tus corbatas, tus lápices, tus cuadernos de historias, tus tazas favoritas, tus anécdotas pasadas, entre las ofensas recibidas para soltar y dejar que se vayan y dejen de doler y reabrir heridas… Escoger de todo ello lo que realmente quieres que aún permanezca en tu vida. Porque te sirve, porque te ayuda a avanzar, porque te hace sentir bien y te hace fácil el camino. Ordena tu vida, ordena tu mente, ordena tus sueños, ordena tus prioridades… 

Si no dejas espacio para lo nuevo, lo viejo ocupa todo tu espacio…

Si no sueltas tu vieja vida, la nueva no podrá empezar ahora.


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Buenos días, vida


No eres nada que se rompa, nada que se desvanezca, nada que pueda olvidarse… Si no te rompes, ni te vas, ni te olvidas tú de ti mismo.

No eres nada que pueda perderse si no decides perderte, ni que pueda pisarse si no eres tú quien se pisa.

No eres nada que pueda ser callado o suprimido si tú no quieres callar ni esconderte, si no te levantas un día y te dices a ti mismo que te largas de tu vida y habitas el vacío. Que ya no cuentas en tu mundo y te desmarcas de todo lo que realmente te hace sentir. Absolutamente todo lo que pasa en tu vida te ha pedido permiso antes… Y a veces, aunque duela admitirlo, sabes que has dicho sí… 

No eres lo que no decides ser.

Aunque sí eres lo que imaginas y temes, al mismo tiempo… Porque todo llega a ti para ser comprendido, aceptado, expresado a través de ti, admitido, besado, sentido, perdonado, trascendido y soltado a un mar de nada que ya no vuelve a ti.

Eres lo que te das permiso para ser y creer que eres y todo aquello de lo que llevas tiempo huyendo y sabes que vas a tener que afrontar. Siempre llama a la puerta, siempre vuelve en otro lugar, con otra cara, en otras circunstancias, pero lo ves y reconoces, sabes que es lo mismo, otra vez… Que reaparece esperando que ahora, que has descubierto que eres capaz, sepas comprender qué significa y tomes la decisión de fundirte con la vida, que aceptes, que bailes con la incertidumbre y te des cuenta de que has estado huyendo de tu premio, de tu paz, de ti… 

Eres lo que te gusta pensar que eres mientras te culpas por no haberlo conseguido todavía y lo que llevas tiempo buscando por todas partes y aún no te has dado cuenta de que está prendido a tu espalda y te ha acompañado toda tu vida.

Eres lo que sueñas aunque te dé miedo soñarlo porque en el fondo no lo crees merecer… 

Eres esa persona indecisa que ves en todas la personas indecisas con las que te cruzas, la persona triste que ves en todas la personas tristes, la persona cansada que ves en todas la personas cansadas… Eres la persona maravillosa que ves en todas la personas maravillosas, incluso cuando no eres capaz de verlas así, tal y como son porque la rabia y el resentimiento te nublan los sentidos.

Eres esa roca que se queda quieta dejando que el mar le susurre palabras de espuma y la arena que se desliza diminuta en él y se deja llevar hasta encontrar una orilla donde descansar.

Eres todo lo que te asusta ser, justamente porque te asusta y la vida te lo pone delante para que dejes de huir. Para que puedas superar ese dolor y pases a la fase siguiente en la que hay otros fantasmas hasta que un día te des cuenta de que te estás buscando siempre a ti y que durante todo el camino lo que te daba miedo era enfrentarte a ti mismo.

Eres todo lo que amas, porque cuando amas el tiempo se para y eres uno con todo lo hermoso que te rodea y no hay nada que pueda arañar tu perfección.

Eres como eres y dejar de huir de ello va a cambiarte la vida… Eres tus esquinas más suaves y tus aristas más punzantes… Tus pensamientos más tristes y tus ideas más brillantes… Tus súplicas más ancestrales y tus ganas más locas por vivir… Todas tus espinas y todas tus risas. Tus lágrimas y tus certezas.

Eres el producto final de tus pensamientos.

Eres lo que callas y lo que gritas. Lo que quieres olvidar y vuelve a ti sin poderlo evitar precisamente porque quieres olvidarlo sin haberlo aceptado ni comprendido, sin haber sacado la lección de ese dolor y haberle dado la vuelta a la historia… Eres lo que intentas retener en tu memoria para que no se pierda y sin querer se desvanece, obviamente para demostrarte que no poseemos nada y que apegarse a algo es la forma más rápida de hacer que se esfume entre tus manos.

Eres la medicina que necesitas mientras vas por la vida buscando amor en brazos que no abrazan y regalando besos a cambio de respeto, de algo que se parece a la paz pero que en realidad es una calma tensa que precede a un llanto sordo… Algo que se parece a la felicidad pero en realidad es una descarga hormonal que te recuerda que estás vivo y que la biología se pone de tu parte cuando decides animarte un rato y nada más…

Eres esa persona que necesita el mérito y la medalla para amarse y conseguir que ese amor le dure sólo cinco minutos… El que confunde la adulación con la admiración  y el interés con la amistad. El que cree que ir intentando cambiar a los demás es ayudarles y aportar valor cuando en realidad es incapaz de tolerar la frustración de que el mundo no sea como él cree que debe… Porque mientras te decides a dar el paso hacia ti mismo el mundo no para de girar. Porque nunca te apeas de esa noria que hay en tu cabeza que siempre da vueltas sobre lo mismo y siempre te cuenta las mismas historias que nunca acaban esperando a que las escribas. 

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Eres el que por fin un día se da cuenta de todo esto y sabe renunciar a lo que no necesita de verdad y ponerse en marcha para lo verdaderamente importante. El que descubre que su paz y su felicidad son una decisión propia y que no tiene que cambiar el mundo sino amarlo tal y como es… El que se sorprende encontrando fácilmente aquello que parecía imposible, porque advierte que con humildad se hace visible lo invisible y con paciencia se llega a cualquier meta porque se ama el camino.

Eres el que al final conquista sus sueños porque se percata de que siempre habían sido suyos, pero nunca había creído lo suficiente en sí mismo como para acercar la mano y poderlos tocar. El que se levanta cada día a pensar del cansancio y confía en saber encontrar la forma de ser sin límites ni excusas, sin coartadas para negarse lo bueno que merece, sin postergar más lo que sabe que debe asumir. El que se mira a sí mismo  y, a pesar de la niebla, al despertar y dice siempre “buenos días, vida”.


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Gracias tristeza


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Foto : Mercè Roura

Podría decir que cumplo absolutamente todo lo que predico, pero mentiría… Aunque lo intento siempre, pero a menudo es complicado y no supero la prueba que pone la vida ante mí. Esa mirada que lanzamos al interior no siempre es tan compasiva como merecemos y tampoco no siempre decidimos aceptar nuestros errores y salimos a la calle buscando culpables y siempre los encontramos. Aunque en realidad sabemos que no son reales…

Yo lo he hecho también… A pesar de que hace un siglo desterré de mi vida la palabra culpa y la substituí por otra que me parece maravillosa, responsabilidad… Sin embargo, lo admito, a veces me dejo llevar por la angustia y por esa sensación tan mía de injusticia y desasosiego y culpo. Dura unos minutos mi gran tragedia, primero culpo al mundo y luego a mí. Todo lo que he estudiado, leído y aprendido a base de errores y de toparme contra mis muros no me priva de caer, pero sí me priva de estarme en el suelo más tiempo del necesario como para darme cuenta de que mi lugar es otro y de que levantarme o no depende de mí. En la vida cuando vas aprendiendo no dejas de equivocarte, por fortuna, en realidad, sólo dejas de atrincherarte en el error. Cuánto más viajas hacia ti mismo, menos dependes del orgullo y de la necesidad de tener siempre la  razón y más de la compasión y la paz.

Me dejo llevar por las emociones, benditas sean todas, las que nos hunden en el lodo y las que nos dan ánimos para salir de él. La tristeza me llevó a comprender y a amar tanto la risa que me enganché a la vida… Gracias a la rabia he escrito libros y me he abierto en palabras… Gracias a la ira me he levantado mil veces… Todas ellas son magia pura, sólo es necesario comprender qué nos dicen de nosotros, por qué están ahí, qué significan, qué nos impiden, qué enmascaran, qué miedo ocultan… Y una vez descubierto, dar gracias y soltar.

Gracias tristeza porque me has dado la alegría de reconocerme y aceptarme. Porque tus espinas, me han ayudado a descubrir mis alas…

Gracias miedo porque me indicaste hacia dónde ir y qué asumir.

Gracias ira porque sin ti no hubiera encontrado mi coherencia y la energía necesaria para ejercer de mí.

No siempre cumplo mis normas y no es necesario. Tengo derecho a equivocarme y poner en tela de juicio todo lo que hasta ahora creo que me define… No siempre hago lo que digo que debería, pero eso también me hace falta para volver a caer una vez más y saber que me puedo permitir unos errores que son un material muy valioso para seguir.

No siempre soy coherente, pero me bastan cinco minutos de incoherencia para recordar quién soy. No siempre acierto, pero sin mis desatinos nunca hubiera encontrado el camino.  Y si no me doy cuenta, la vida que es sabia y maravillosa, además de una madre siempre oportuna y  siempre me pone delante algo con qué topar o alguien a quién culpar por mi dolor hasta descubrir que es mi reflejo. Benditos los muros con los que topamos porque sin las heridas que nos hacemos intentando derribarlos jamás aprenderíamos que nunca caerán, porque están ahí para saltarlos y rodearlos… Benditos los recuerdos que nos machacan la memoria y nos llenan de resentimiento porque a base de tanto volver a ellos y sufrir nos daremos cuenta de que merecemos mirar adelante y vivir este momento.

Bienvenida la ola que se lleva el tenderete de orgullo que tenemos montado porque también arrastra el miedo a la propia desnudez, al rechazo y al tener siempre que parecer algo que no somos.

A menudo, me asalta un miedo atroz a no poder seguir pero luego recuerdo que hace tiempo me quité la máscara de persona que nunca fracasa y me veo obligada a continuar…

A menudo agarro de nuevo la culpa, toda entera, la mía y la de toda la humanidad y me la cuelgo de cuello o me la cargo en la espalda o la meto en un carro y empiezo a empujar… Gracias culpa porque el arrastrarte cinco minutos me recuerda siempre que hace tiempo que me decanté por la responsabilidad de ser yo misma y te dejé marchar…

Gracias incertidumbre porque sin tu angustia y mi desespero nunca habría sido capaz de encontrar mi camino…

Abrazar la coherencia supone asumir un precio muy alto con uno mismo, un compromiso gigante, pero el premio es inmenso.

 


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Ante el espejo


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Lo reconozco. Durante muchos años mi autoestima estuvo floja, por no decir rota y casi sin aire. Me avergonzaba de mí y de todo lo que salía de mí para el mundo… Nada era suficiente. Nada era hermoso, ni sencillo, ni fluía… Todo parecía ser enormemente pesado, complicado, triste… Vivir en mí era un ejercicio agotador y extenuante. Todo dolía demasiado como para quedarse… Incluso indagar en mí para descubrir mi verdad… Cuando vemos dolor en el mundo siempre estamos contemplando nuestro dolor, en realidad. 

Hubo un tiempo en que no hice nada por superarlo. Me limitaba a ir por la vida al final de la cola y resignarme no quedarme con nada porque sentía que nada me tocaba a mí, que no me pertenecía un pedazo de eso que todos codiciaban. En mi lucha había algo parecido a la paz, se llamaba resignación… Es terrible lo sé pero para el que nada bueno espera, decidir dejar de esperar es un bálsamo. Y no está mal dejar de esperar de otros, siempre que sepas que mereces lo mejor siempre, pero yo lo ignoraba. 

Así crecí y fui acumulando tiempo y una sensación de sueño permanente por dejar hacer sin esperanza, sin ilusión… Vivía dormida suplicando que nada ni nadie me despertara porque siempre que pasaba era para recibir mofa o burla. Ser el foco de atención era un castigo, por eso me escondía. 

No sé cómo, seguramente porque durante ese tiempo acumulé tanta ira y rabia dentro que o salían por mi boca o explotaban en mi estómago… Y decidía empezar a usar las palabras.

Estaba tan harta de tragar asco y dolor que empecé a defenderme del mundo… Y decidí darle una lección. Durante años viví bajo la premisa «Ahora os vais a enterar». Y me dediqué a mostrarme siempre perfecta, siempre queriendo más para obtener aplauso y ser aceptada… Decidir que te vean y juzguen es un castigo también si lo que piensan los demás te importa demasiado y hace que lo que piensas tú de ti mismo no te importe.  

Durante aquellos años, muchas personas se acercaron a mí con cariño, pero yo no supe recibirlo porque la imagen de persona fuerte, atenta, siempre alerta, siempre eficaz, era falsa… Y cuando venían a mí para darme un abrazo, yo no sentía que abrazaran a esa persona que parecía que era sino a la niña dormida del final de la fila que nada bueno espera… Era como si creyera que al besar a la princesa descubrirían que en realidad era un sapo. 

Cuando alguien me declaraba su amor, yo era incapaz de comprender qué veía en mí, qué amaba, porque yo veía todavía a la niña cansada y nunca hermosa y , en el fondo, pensaba que se reía de mí…

Y de la niña cansada de no despertar, pasé a la mujer rota y agotada por estar siempre alerta, siempre vigilando, intentando controlar al mundo para que nada fallara, para ser perfecta, para ganarse en derecho de ser como los demás acumulando méritos. Me sentía exhausta, me arrastraba buscando fuerzas para seguir. Lo leí todo, lo cursé todo, me tomé todas las vitaminas que hay en el mercado para subir los peldaños de mi día a día con un poco de energía… De nada servía porque la escalera que subía iba hacia fuera y la que necesitaba empezar a recorrer iba hacia mí. 

Las críticas me desgarraban el alma. Nunca nada era suficiente. Siempre necesitaba ser mejor, parecer mejor, recibir más elogios que siempre sabían a poco o parecía vacíos porque mientras ellos veían a alguien valioso yo me sentía miserable.

Tenía tanto miedo de que todos volvieran a verme como yo me veía… Era como llevar siempre una máscara que me asfixiaba. Si quería respirar podía quitármela pero entonces tenía que asumir el alto precio de ser vista y observada. A menudo pagamos altos peajes por no decidir ser nosotros mismos. Por no asumir y aceptar y soltar la necesidad de ser perfectos o ser como los demás quieren que seamos (o como pensamos que quieren que seamos). La máscara es cómoda pero te obliga a vivir a medias, a respirar a medias, a estar en una sombra constante.

Doy gracias al dolor. Siempre hubo dolor, emocional y físico, mucho. Y una vez resultó insoportable. Era como si mi propia mirada se hubiera transformado en cuchillo y me desgajara de arriba abajo. Era eso, yo hiriéndome a mi misma a través del mundo. Yo mirando al mundo con recelo porque pensaba que el mundo me miraba así a mí. Yo peleándome contra el mundo y haciéndome daño en un ataque de ira… Volviendo mis garras hacia mí… Odiando al mundo y descubriendo que odiar al mundo es odiarse a uno mismo… Porque en realidad en nuestro inconsciente cuando alguien nos critica sabemos que esa crítica nos duele porque le damos veracidad, porque usamos las palabras de esa persona para decirnos lo que sentimos y todavía tenemos que curar en nosotros… Yo miraba al espejo y lo rompía en mil pedazos esperando que cambiara el reflejo y con eso sólo conseguía miles de pequeños espejos reflejando lo mismo. 

Y entonces sucumbí y me partí en pedazos. Y me di cuenta de que para pegarlos y coserme no iba a servirme la estrategia del miedo al mundo, la de la lucha constante, la de pasarme los días y las noches en vigilia, controlando qué piensa el mundo de mí…

Llegó el momento de decidir si me elegía a mí o al mundo… Y doy gracias de nuevo por un momento de lucidez en el que me arranqué la máscara y vomité todo mi dolor en las páginas de los libros…

Y pasado el tiempo, a medida que he ido quitándome capas de miedo y de necesidades inventadas, me he dado cuenta de que aquel día no escogía entre el mundo y yo, porque son lo mismo… Porque el mundo es lo que tú eres, lo que imaginas que es, porque en el fondo lo dibujas tú…

Elegí en realidad entre el amor y el miedo… Entre seguir mirando con odio o comprender desde el amor. Entre esperar que cambie el mundo o cambiar yo…

Entre mirar hacia afuera o mirar hacia dentro.

Y miré en mí y vi que el mundo y yo éramos una copia exacta. Y la compasión para verlo, me llevó al amor…

Empecé a mirarme de otro modo y sin demora el mundo me pareció un lugar donde había espacio para la belleza.

Y cuando alguien se me acercaba con amor, veía su amor y sentía el mío.

Lo que recibía del mundo era una copia de lo que yo me daba a mí misma, que es al fin y al cabo, lo que le daba a él…

Nadie nos puede hacer daño si nosotros no estamos dispuestos a hacérnoslo primero. No hay ofensa que te invada el alma si no se lo permites.

Lo que damos a otros nos lo damos a nosotros mismos… Nos pasamos media vida intentando coser el roto en otro cuando en realidad la herida está en nosotros. Vemos el reflejo, cuando en realidad proyectamos nuestras inseguridades y flaquezas… No vemos nada que no llevemos dentro, aunque sea en forma de temor. Cuando vemos al otro capaz de herirnos es porque entre nuestros miedos está que nos hiera, porque en el fondo, nos estamos hiriendo nosotros mismos… 

Nos asaltan los prejuicios y destierran de nosotros un mundo de posibilidades que se abre cada día cuando nos cruzamos con otras miradas… Esperamos dolor y recibimos dolor, buscamos refutar en el otro la imagen que tenemos de nosotros mismos… Debemos dejar de culpar y de intentar curar al espejo de nuestro dolor y empezar a comprendernos y aceptarnos a nosotros mismos. 

Vemos en el mundo nuestra propia desconfianza.

Y el reflejo nunca decepciona… 

Pido perdón por todos los arañazos que he infligido a otros durante el camino mientras en realidad me arañaba a mí.


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Pase lo que pase


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Foto : Mercè Roura

Te escribo a ti, porque todavía no te has dado cuenta de que las flores te esperan y los pasos por dar también. A ti que caminas sin pensar que caminas y hueles sin notar el olor, ni la sustancia, ni la verdad que subyace en cada pequeño pedazo de tu vida.

Te escribo a ti porque, en el fondo, me escribo a mí.  Porque sin hablarte de lo que siento, no puedo sentirlo y sin compartir mi verdad no puedo llamarla por ese nombre… Porque un día me perdí entre las rocas y no veía el mar, pero siempre estuvo. Porque he tenido tanto miedo de tener miedo que dejé de notarme las manos y empecé a culpar a la vida de lo que realmente me hacía yo… Porque me inventé unas normas rígidas para meterme en vereda y cada vez que no cumplía me castigaba con desamor… Y construí una vida a golpe de pensamientos amargos e insistía en probarlos una y otra vez esperando que el resultado fuera dulce, sin querer darme cuenta de que era imposible que de aquellas ideas gastadas y oscuras saliera nada capaz de brillar.

Te escribo para que te consientas salir del redil y pintar más allá de la línea que te han trazado, que te has trazado… Para que te permitas caer sin reprocharte y te des cuenta de que todo tiene sentido y nada es casual… Te escribo a ti porque así me lo recuerdo para no volver a ese mundo en el que todo era sombra y parecía estar contra mí, cuando no era más que yo.

Te escribo a ti porque ya eres perfecto y lo ignoras. Y vas por ahí buscando retos que no te apasionan para demostrar al mundo que vales la pena, para demostrarte a ti que eres digno, que mereces lo que deseas… Porque te sientes mezquino y desgajado de algo grande, de algo hermoso, de algo grande y no quieres ni soñar volver a ti.

Te escribo para dejes de hacer listas de objetivos estériles y empieces por tenerte como norte a ti mismo… Porque si consigues perdonarte y aceptar todas tus fibras y debilidades maravillosas, no habrá camino que no goces, ni sueño que no alcances, no habrá meta que se te resista a llegar… No habrá metas, habrá vida. Pedazos de vida cubiertos de la satisfacción de estar en ti, sin que nada te pese ni te rompa.

Te escribo a ti porque quiero que sepas que nada te va a romper si no te dejas, que no hay nada ahí a fuera que perturbe tu sueño si estás en ti. Te digo esto después de mil noches sin tregua apostada en mi alma, haciendo guardia por si desfallecía, vigilante y agotada por querer llegar, por querer ser, por querer parecer, por querer demostrar… Te digo esto porque no supe dejar de controlar al mundo ni soltar a tiempo y me quedé sin sustancia durante un siglo y sólo puede volver después de renunciar al control.

Te escrito a ti porque sé que puedes, que para ti hay un cielo de tardes sin prisa, de mañanas repletas de entusiasmo, de momentos perdidos mirando los pequeños detalles que hacen que la vida sea vida… Y que son ganados a un tiempo que pasa, sin apenas darse cuenta.

Te escribo porque para contarte que antes de salir de mi lado absurdo tuve que borrar mis necesidades inventadas y darme cuenta de que no era libre porque así lo había elegido… Porque había diseñado para mí una vida de tormentos y culpas y había decidido firmemente no amar lo que era ni aceptar nada de lo que sucedía… Porque era esclava de mis circunstancias y esperaba que el mundo me trajera la salvación que yo me negaba a darme… Porque busqué mi salvavidas ahí a fuera cuando lo llevaba dentro para no ahogarme en un mar que yo había decidido que era hostil cuando en realidad sólo era mi reflejo….

Te escribo a ti porque te esperan mil puertas cerradas y sólo tienes que abrirlas y decidir que estás. No necesitas ganar ninguna partida, ni librar ninguna batalla… No hace falta que te cuelgues medallas ni rompas ningún techo, ni camines por ningún abismo… Haz lo que quieras, lo que sientas que te hace feliz, lo que nunca has hecho porque no te atrevías y te queda pendiente, haz lo que nunca te cansa… Y jamás estarás cansado de nada.

Ama ahora esta decisión de estar, de sentir, de dejar de pensar si debes o no, de dejar de planear si encaja o no encaja, de dejar de creer que puedes o no puedes.

Te escribo porque ahora sé que no entendía nada, que me buscaba coartadas para herirme y razones para no seguir… Que miraba lo hermoso y veía el dolor, que juzgaba sin parar para no dejar de juzgarme, que buscaba la perfección para encontrar un amor que siempre me había negado. Te escribo a ti porque ahora noto que no necesito entender nada, tan sólo sentir y amar, saber que pase lo que pase estaré aquí conmigo.

Te escribo a ti porque he encontrado un rincón donde nada es tan complicado, donde no se exige nada, donde se respira sin ansia y baila sin prisa… Un lugar donde no hace falta ir con nada más que ganas de existir plenamente y soltar el dolor acumulado por no haber sabido antes que acumularlo no valía la pena… Un lugar donde soltar la culpa de no haberse dado cuenta de que no había culpa, en realidad.

No está escondido, ha estado a la vista siempre, sólo hacía falta mirar con esos ojos desnudos de rabia por no saber mirar, con los ojos del que ya no necesita parecer, con los ojos amar al mar sea como sea porque ya es como debe siempre.

Te escribo a ti por si has decidido que estarás en paz pase lo que pase. Que así sea…

 

 

 


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Ahora


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No somos conscientes de hasta qué punto nuestras palabras y nuestros actos pueden ayudar a cambiar otras vidas… Aquello que para ti en este momento no es importante, un pequeño gesto, una palabra, puede suponer para otra persona un empujón necesario para tomar esa decisión pendiente.

La vida se expresa a través de nosotros mientras vamos por la calle pensando que este día tan gris nos molesta o nos estorba, nos cubrimos con nuestro paraguas y maldecimos la lluvia… Y no sabemos que hace un rato, al salir a la calle le hemos sonreído a alguien o hemos dicho algo que ha puesto en marcha un engranaje de piezas diminutas que algún día tendrá sentido pleno. Hay quién llama casualidad al hecho de encontrar una señal o de repente sentir algo que te ayuda a comprender que opción tomar o que te permite reafirmarte en una decisión. Tal vez sea nuestra forma de refutar nuestras propias creencias pero, a menudo, las señales nos llegan y nos invitan a cometer pequeñas locuras, a salir del camino trazado y hacer esas cosas que no hacemos nunca…

He intentado recordar de dónde vienen los grandes cambios en mi vida… Y me doy cuenta de que a pesar de haber dado mil vueltas y llevar tiempo trabajando en mí, el detonante siempre es algo imprevisto, algo inesperado, algo que aparece de repente y cambia el curso de la historia… Algo sobre lo que yo no he tenido nunca el control ni he podido planear. Eso no significa que nada de lo que hagamos sea necesario, al contrario, pero nos recuerda que la vida cambia en un momento y que ahora puede que se esté amasando un gran cambio del que no sabemos nada…

Somos puertas, somos caminos, somos piedras con qué construir fortalezas, somos rayos de luz en una noche oscura, somos palabras escritas en los libros que cuentan historias extrañas que explican que todo es posible, somos cartas que llegan, cartas que se envían… Somos a veces decepciones que invitan a cambiar de rumbo… Nos hacen y hacemos daño, tal vez como parte necesaria de una cadena de sucesos que nos lleva a lugares nuevos e insólitos a los que nunca llegaríamos sin ese dolor y, sobre todo, sin saberlo usar para evolucionar.

Somos recuerdos, somos viento que trae respuestas y olas de mar que llegan ala orilla cargadas de preguntas.

Si estoy aquí, escribiendo esto es porque un día alguien me dijo que ya tenía dentro de mí todo lo necesario para cambiar mi vida y sólo tenía que usarlo… Y si lo llevaba dentro es porque unos años antes, una mañana de domingo en la que estaba rota y agotada de pensar y sentirme culpable me decidí a ir a un lugar donde nunca hubiera ido… Y allí encontré a una persona a la que le conté cómo me sentía y me recomendó un libro. Cuando empecé a leerlo supe que aquello era el principio de mi nueva vida. Escribo porque una tarde cuando tenía apenas cinco años, regresé a casa y me sentí destrozada, sola, perdida, y empecé a juntar palabras una tras otra. Buscaba respuestas pero sólo tenía preguntas… En aquel momento terrible, necesité un salvavidas y me dije a mí misma que algún día escribiría libros para que mi soledad fuera compartida. Siempre hay un día en tu vida al que llegas dando mil vueltas y encuentras algo que te indica el camino… Al mirar atrás te das cuenta de que no era la primera vez que te llegaba ese mensaje, pero sí la primera vez que tu ánimo te hacía capaz de afrontarlo… Las respuestas en el fondo no llegan, están. Vienen y aparecen, pero ya existían… Para verlas hay que estar en ti y sentirte entero… Las llevamos dentro y a veces, una chispa ahí afuera hace que nos pongamos a hurgar en la dirección correcta, a ser capaces de ver dónde creíamos que no había y nos hagamos las preguntas que son realmente necesarias.

A veces, no encontramos las respuestas porque no hacemos las preguntas adecuadas. Porque tenemos miedo de darnos cuenta de que lo que buscamos ya está ahí y no nos decidimos a cogerlo porque en realidad no queremos solucionar nuestros problemas… Nos aferramos al conflicto porque aprendimos a vivir en él y nos asusta ser libres, como si viviéramos en un acuario y siempre soñáramos con regresar al mar, pero llegado el momento nos asustara su inmensidad.

Nos pasamos los días recibiendo mensajes que ignoramos porque nos parecen locuras o barbaridades. Nosotros mismos enviamos mensajes y soluciones a otros sin apenas saberlo como un legado que vamos compartiendo que no para jamás y que no sabemos ver. Imaginamos finales felices que luego en realidad no queremos asumir, porque nos da miedo que todo salga bien, por si eso supone una responsabilidad extra o nos encontramos viviendo una vida tan plena de la que no sería comprensible escapar. A veces, ser felices nos asusta porque estropea nuestros maravillosos planes para seguir sufriendo, porque nos parece que somos tan indignos de ello que si rozamos la felicidad, tendremos a cambio un grave castigo por tanta osadía…

No somos conscientes del poder que tenemos porque nos asusta ese poder. Porque ejercerlo supone saber que nuestro destino se compone a cada instante de nuestros pensamientos y no creemos que vayamos a estar a la altura de ello con nuestra actitud. Porque dejar de preocuparse es como soltar la carga pesada y descubrir que a partir de ahora ya no tendrás excusa para no caminar ligero… Y que serás responsable de tu camino… Y que decidirás tu futuro a cada paso… Y eso para el pez acostumbrado a la pecera diminuta es demasiado grande como para poder abarcarlo con la imaginación… La libertad es un lastre enorme para quién tiene miedo a soltar el verdadero lastre de su dependencia. La felicidad es a veces una mala pasada para el que ya se acostumbró a ser infeliz y se había buscado todas las coartadas para no temer que intentar conseguirla…

No somos conscientes de nuestra innata capacidad para volar… De nuestra inmensa suerte de estar aquí y ahora pensando qué soñar y a dónde dirigirnos… De nuestra fortuna para encontrar el hilo de la cometa que nos marca el camino a lo que buscamos. De todas la veces que hemos vuelto a despertar… De ver en unos ojos una mirada que nos dé el aliento que necesitamos para seguir en este día gris cubierto de paraguas. No sabemos cuántas vidas cambiamos con un gracias, un lo siento, un risa o un rato de escucha ante un café. Nunca llegaremos a saber cuántas veces sin querer hemos roto esperanzas o abierto caminos con alguno de nuestros gestos… Y siempre es para bien, porque  a menudo cuando hemos dicho no, hemos obligado a llamar a otras puertas y explorar otras realidades y cuando hemos dicho sí, hemos dibujado un nuevo camino donde antes sólo había una hoja en blanco. A veces, el que rompe el corazón te  despierta del sueño en el que creías que necesitabas un amor a medias para que sepas que mereces uno entero… 

No lo sabemos, pero nos pasamos la vida haciendo magia y creando nuevas realidades. Por eso, cada pequeño detalle cuenta. Cada momento cuenta. Cada persona cuenta… Todo está en constante transformación. Todo está pendiente de un pensamiento, de una emoción, de una decisión…  La revolución que tienes pendiente en tu vida se está gestando ahora. El milagro que esperas está en la incubadora esperando a que lo elijas. Todo cambia en un instante. Todo es presente. Todo es ahora…