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la rebelión de las palabras


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Bailando con la incertidumbre


bailando

Si hay algo que me fascina de la incertidumbre es que cuando llevas un tiempo bailando con ella, acabas llevando tú el paso…

Me he dado cuenta de que todos estamos sujetos a ella, todos. Los que imaginan que tienen un trabajo seguro y los que desde hace tiempo han asumido que este escenario se tambalea y quieren decidir por sí mismos.

Nadie se salva de caer en sus brazos. Algunos la ven venir con paso firme y abren los ojos para aceptar, otros se encuentran un día por sorpresa durmiendo con ella y descubren que no pueden dormir.

Cada uno tiene su proceso y no se pueden quemar etapas pero después de marcarme un tango y caer en la pista de baile rendida y agotada, tengo claro que la única forma de vencerla es abrazarla.

De nada sirve prevenir, alejarse de ella, esquivarla… La incertidumbre es el pan de los valientes y la cruz de los eternamente asustados. Si la temes, vendrá a por ti con más fuerza porque en la vida siempre llega a ti todo lo que necesitas superar. Cuando antes la aceptas y asumes, antes te das cuenta de que es un regalo, una oportunidad…

Dice Deepak Chopra que la incertidumbre es el suelo fértil de la creatividad pura, la libertad y la evolución. Y eso es lo que viene a que entendamos… Es ese espacio de pánico absoluto en el que tú decides si bailas o si te quedas en el rincón… Si te reinventas y encuentras en ti a ese bailarín incansable que será capaz de seguir adelante pase que pase o si tiras la toalla y juegas a repetir eso de “todo me pasa a mí”.

La incertidumbre es un universo interior fuera del espacio y del tiempo donde puedes conversar contigo y decirte las verdades a la cara, por crudas que sean… Es ese lugar donde saldas cuentas con tu pasado y haces borrón y cuenta nueva, donde te perdonas y asumes y descubres que tienes que dejar de recortarte a ti mismo.

La incertidumbre te descubre que tienes alas. Unas alas atrofiadas y pegadas a la espalda, sin abrir, sin usar, pendientes siempre del qué dirán, del yo no sé, no puedo, no llego, no sirvo… Si la dejas actuar, te arrancará la piel a tiras para que te renueves y salgas a la luz… Te hará levantar y borrará todas las sillas y sofás de tu mundo para que no puedas volver a sentarte… Te dejará durante un tiempo sin amigos, sin referentes ni barandillas donde apoyarte para que descubras que no necesitas nada más que tus ganas para salir adelante…

La incertidumbre sólo quiere que bailes. Ha venido para quedarse a tu vida y está dispuesta a ser una gran maestra y aliada si eres capaz de de deslizarte con ella y explorar más allá del decorado que consideras hasta hoy que es tu vida…

Es el momento de inventar, de imaginar, de dejarse llevar, de creer en ti y confiar en tus locuras más osadas. La incertidumbre es el estímulo que los osados utilizan para convertirse en genios… El pegamento que une esas piezas que hasta hoy en tu vida eran inconexas y ahora descubres que juntas llevan un mensaje y abren una puerta que debes cruzar sí o sí.

La incertidumbre abre ventanas que no existían y dibuja caminos en lugares imposibles. Le gusta reírse de tus dogmas y creencias más arraigadas y estrechas para demostrarte que casi no te conoces… Le gusta demostrar que lo imposible es sólo algo que aún no has imaginado en tu cabeza… Le gusta devorar tus refugios y seguros para que te des cuenta de que no puedes escapar de ella y que cuánto más lo intentes más destinado estás a caer en sus brazos… Te hace replantearte quién eres, qué buscas, qué sueñas, qué necesitas… Hace que hurgues en tu entrañas y encuentres historias desconocidas y jamás contadas, hace que salga a flote una parte de ti que ignorabas que existía y tome el mando de tu vida…

La incertidumbre hace que dejes de mirar hacia fuera para que mires dentro de ti y conozcas cómo eres realmente.

Te mira a los ojos y te sondea todas las excusas. Se ríe de tus miedos y te invita a buscarlos, a explorarlos… Juega al escondite para que sepas que está en todas partes… Y está despierta las veinticuatro horas para que te quede claro que no va haber descanso hasta que no asumas que te acompañará el resto de tu vida.

Si la repeles, es una amante terrible y descarnada. Si la amas y te aventuras a descubrirla y afrontarla, es la gran aliada que te llevará a las cumbres de las montañas más altas que jamás creíste poder llegar a subir.

No hay cima que la incertidumbre no te lleve a explorar ni meta que no puedas conseguir con ella de aliada.

Todos los que tienen éxito se pasean con ella del brazo cada día y han llegado a echarla de menos cuando de tanto usarla para crecer y evolucionar se queda sentada un rato, alerta, mirando cómo su gran obra florece…

Quién aún no ha visto sus fauces chillonas es que no ha querido darse cuenta de que llega para quedarse… Y mientras no la asumas, se meterá en tu cama cada noche y te susurrará al oído cien, mil veces… ¿Bailas? Y no podrás dormir…

Hazme caso, di que sí, y abre la puerta a un mundo increíble donde nada es imposible.

Me recordaba ayer Maite Finch que “el objetivo no es eliminar la incertidumbre, ni dejar de estar insegura, ni dejar de estar asustada… todo esto lo necesitamos muchísimo, solo que en el grado adecuado” ¡Cuánta razón, Maite!


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La respuesta eres tú


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Soltar… ¡Qué difícil!

Es como si hubiéramos nacido para acumular y retener. Y lo hacemos con todo, con lo bueno, hasta que pierde el sentido… Con lo que parece malo, porque nos gusta sentir ese dolor que nos recuerda quiénes somos… Como si la punzada nos hiciera sentir vivos…

Y es que a veces, nos hemos identificado tanto con nuestras penas que somos nuestras penas. Y cuando alguien nos pregunta quiénes somos, nos limitamos a detallar una lista de agravios terribles que hemos tenido que soportar en la vida, como si fuera nuestro currículum, como si aquello fueran nuestras señas de identidad y nuestras credenciales…

No soltamos el dolor porque creemos que somos nuestro dolor. Y sentimos que si dejamos de mirarnos en el fondo de nuestras tragedias, no seremos nada… Nos hemos acostumbrado tanto a nuestra rabia, nuestro resentimiento contenido… Que pensamos que es nuestro carácter, nuestra personalidad. Y si dejamos ir esa actitud, no seremos nadie…

El dolor construido día a día forma a veces parte de nuestra esencia y tememos perdernos si dejamos que marche… Porque mientras te dolía lo que otros decían de ti construiste una coraza que te ha permitido ser quién eres…  Porque al sentirte minúsculo te pusiste a crecer para demostrar que eras grande… Porque la ira sin desatar te permitió construir un futuro mejor a base de superarte…

¿Qué me queda sin la energía que me dio mi dolor?

¿Qué tengo sin la fuerza que desencadenó en mi ese miedo, esa rabia, esa humillación?

La respuesta es fácil… Tú.

No eres tu dolor, eres lo que has construido con él.  Ahora ya no lo necesitas, ya no te sirve para seguir porque ya no eres esa persona triste y necesitada de mostrar al mundo que vale la pena… En realidad, no lo fuiste nunca, nunca, pero no lo podías ver…

Hiciste lo correcto pero con fines equivocados. Usaste la adversidad para crear algo hermoso, algo bueno para ti… Pero el objetivo no debía ser demostrarle nada al mundo sino crecer y confiar en ti. Pensabas que si te querían y aceptaban, te amarías tú y ahora ves que en realidad era al revés…

No importa ahora. Cada uno hace lo que puede con lo que está a su alcance.

Y ahora que sabes que puedes, debes soltar… Deja las muletas y camina solo. No necesitas apoyarte en nada ni nadie porque has descubierto la verdad, el poder es tuyo.

No vuelvas a cederlo ni arrendarlo. A nada, a nadie, ni a una versión de ti cómoda y cobarde…

No necesitas ese dolor porque lo has transformado.

Aspiras al máximo. No tienes límite…

Deja de preocuparte. No importa qué camino tomes porque sabes que llegado el momento, sabrás rectificar o aprovechar lo que encuentres en él.

No importa si te equivocas porque convertirás ese error en palanca.

No importa si tienes miedo, porque sabes que aprenderás de él y lo superarás.

Tal vez aún no te has dado cuenta, pero manejas algo muy valioso entre manos, tú.

Ahora que has despertado y te has quitado la venda de los ojos que sólo te dejaba ver cuando brillaba el sol, ya sabes que lo único que necesitas está dentro de ti.

No esperes nada.

No busques nada.

Arráncate la culpa de las entrañas porque está ocupando el espacio del amor…

Arranca las raíces que te han salido en la conciencia y que te atan a un pasado que no eres tú…

Llevas el equipo de asalto a la vida incorporado.

Lo que necesitas llegará.

Tan sólo suelta lastre y siente.

Deja que pase.

No eres al animal herido, eres la hermosa bestia que sobrevivió…

No eres el niño abandonado , eres el niño que aprendió a quererse.

No eres la que lloró durante mil años, eres la que ahora sonríe.

No habites una persona que ya no eres. Vuelve a ti, a ti de verdad.

Suelta esa parte de ti que a veces tiene ganas de agarrarse al miedo y quedarse quieta.

Suelta todo  lo que te tiente a aferrarte y depender.

No necesitas salvavidas porque vuelas. No necesitas nada más, te tienes a ti.

Corre el riesgo de ser tú y verás que siempre compensa…

Deja de preguntar… La respuesta es siempre la misma… La respuesta eres tú.


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Hoy te toca a ti


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Ya lo sé, estás cansado… Es complicado seguir el ritmo de una vida que a veces parece que se rompe… A veces, incluso parece que sólo se rompe para ti, pero no es cierto. Hay millones de vidas rotas y echas pedazos que se recomponen cada día… Millones de alas rotas que vuelven a volar… Millones de árboles con ramas desnudas que vuelven a brotar…

A veces la vida te deja desnudo y la soledad más rotunda te golpea el estómago. Y no entiendes por qué y no sabes cómo. Intuyes que todo tiene un sentido y una enseñanza, pero te duele demasiado para pensar en ello…

Para los que llevan la noche dentro es más complicado encontrar un atisbo de luz… Aunque al final, creo, esa noche está ahí para que busquemos la luz con más ganas… Como si nos hubieran subido el listón de repente para que no nos durmamos a la hora de saltar…

He pensado mucho y mal, a veces… He dado vueltas en mi conciencia a los obstáculos y a las noches que llevamos metidas dentro que no nos dejan brillar y ver por dónde vamos.  Me he perdido mil veces en esas noches, en mil noches distintas, pero con el mismo perfume y angustia… Las he habitado hasta sentirme tan pequeña que nunca creí tener fuerza para abrir la puerta y salir a encontrar la respuesta. Y al final, considero que la noche se mete en ti porque la necesitas, porque necesitamos oscuridad para ansiar la luz y pisar la cuerda floja para amar la tierra firme… Y al mismo tiempo, acabar amando la noche por lo mucho que nos ha sido útil para encontrar nuestra propia belleza.

Creo que el antídoto es esa belleza. Encontrarla y sentirla, vivirla,  pero no en la luz sino en la noche. En el momento de más angustia, en el instante en que más se nos retuerce el rostro y menos nos reconocemos las facciones…

Vivir es confiar en encontrar la luz en el momento de más oscuridad.

Ver tu belleza cuando más harapos te visten.

Amar cuando menos amor recibes.

Ser justo cuando más injusto es contigo el mundo.

Vivir es creer en nosotros  cuando nadie cree. Cuando más desesperados estamos y menos nos responde el cuerpo y las personas con las que contamos para seguir están más ocupadas mirando a otro lado…

Eso te hace sentir que estás solo, pero no es cierto. Lo que pasa es que hay cosas que sólo puedes hacer tú. La soledad no viene a separarte de los demás, viene a ti para que entiendas que tienes el poder. Para que sepas que debes asumir tu responsabilidad con tu vida… Para que te enteres de una vez que la solución está en tus manos.

Creo que cada uno tiene un aprendizaje distinto, pero todos pasan por amar. Por besar a tus monstruos y entender a los que te han hecho daño… Comprender su dolor, sus miedos, sus rarezas y a veces su incapacidad para hacerlo mejor, como la nuestra…

Tal vez todo esto consiste en perdonar al mundo por no ser como sueñas y entender que así es mejor. Que necesitas este mundo tal como es para llegar a ser tú tal y como eres… Que sus sombras son las que te obligarán a sacar tu luz y brillar intensamente…  Amarlo tal y como es sin esperar que cambie, mirarlo con otros ojos y ser capaz de apreciar sus pequeños avances y sus errores más espantosos… Usar otras palabras para definirlo  y vencer sus reticencias con un abrazo incondicional. Cuando amas a algo o a alguien lo conviertes en algo digno de amor. Todos lo merecemos y quiénes menos saben amar es quiénes más lo necesitan…

A veces, cuando miras al mundo de otra forma, el mundo cambia de golpe.

Y también consiste en perdonarte, comprenderte y asumirte. Bailar con tus momentos más amargos, reírte de tus quejas y tus penas. Verlas como una oportunidad para crecer y saltar… Convertir tus miedos en una palanca… Catapultarte a ti mismo y descubrir que aquello que tal vez te has esforzado en esconder de los ojos ajenos durante años es justo lo que necesitabas mostrar para llegar a tus sueños… Descubrir que lo que no has querido conocer de ti hasta ahora era la clave para llegar al otro lado de tu conciencia, para tener la vida que anhelas.

Y esa vida  no es perfecta tampoco, pero es tuya. Tiene momentos complicados también. Es el resultado de elegir, de decidir sin dejar pasar un solo día más sin rumbo, sin perder más tiempo en ningún plan que no sea el tuyo.

Todos los grandes planes de futuro llevan a ti. A ser más tú y estar mejor contigo.

Cuando consigues eso, miras al mundo y lo ves hermoso. Miras al necio y entiendes su necesaria necedad… Miras al orgulloso y comprendes su orgullo, miras al cruel y sabes que es su forma de suplicar amor porque aún no ha sido capaz de amar sus sombras…Decides al lado de quién quieres caminar y de quién no, pero borras el resentimiento de tus venas… Eso te transforma, te invade, te cambia de forma inmediata.

Y te miras a ti y ves que eres un poco ellos y un poco el mundo. Y te das cuenta de que esto de vivir va en dos sentidos…

Hacia ti.

Hacia ese mundo salvaje y maravilloso…

Hacia los millones de personas que viven en él y están tan perdidos como tú y tienen mucho miedo. Millones de personas que cada día buscan su luz. Algunos ya han descubierto que pueden.  Otros ya la usan con una fuerza que ilumina el mundo… Quién sabe cuántos van a encontrar hoy la suya y vivirán ese momento mágico…

Tal vez hoy te toca a ti.

chico-sol


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Cuando la vida da vueltas


farolillos

Cuando eres niño el tiempo y el espacio son como un chicle. Parece que puedes moldearlos al gusto, que son elásticos y casi intercambiables. Es como si tuvieras un mapa distinto de lo que es la vida. En ese mapa, América y Europa están a un paso, puedes ir de continente a continente si te pones las botas de agua saltando un charco. Y además lo puedes hacer un sábado por la tarde, cuando no hay colegio y regresar antes cenar y preparar la mochila para la excursión del domingo.

A veces, vas dejando las cosas y las personas pendientes hasta que un día se borran y ya no están en tu agenda. Y un siglo más tarde, te das cuenta de que la pereza  te ha arrebatado un pedazo de vida.

Supongo que la vida es como un mapa. Hay momentos en los que un pliegue inesperado te permite dar un salto enorme y cambiar de escenario de forma súbita. Y un centímetro se transforma en mil kilómetros. Te encuentras al otro lado de tu vida e intentas recordar qué haces allí y cómo has conseguido catapultarte sin apenas darte cuenta. No sólo pasa con el espacio, pasa con el tiempo. A veces, en diez años no te pasa nada. Se definen como una sucesión de días y días atados unos a otros por luces y sombras, bostezos, abrazos, telediarios y cafés a media mañana que en realidad no se hacen con ganas de café sino de risa, de cambio, de emoción…

Hasta que una tarde sucede algo. No es impactante. No es ni siquiera importante pero es algo distinto. Cuando llevas años dormido esa palabra te aterra y a la vez te da hambre.

Lo distinto es enemigo de lo aburrido, de lo decadente… Amigo de lo mágico, lo extraordinario… Hermano de lo apasionante.

Huele a nuevo, desprende luz…

Y esa tarde, esa cosa nueva que llega a tu vida, es como una bola de nieve que empieza a zarandear las paredes de tu alma y todo lo que habita en ti se queda pegado a ella. Es como un huracán que se lleva el tejado de tus pensamientos y el aire enrarecido de tus habitaciones más cerradas. En ese momento, no lo imaginas, pero esa bola de nieve imaginaria va a jugar a los bolos con las columnas de tu vida y va a poner a prueba tus cimientos.

Y en ese momento, empieza todo a dar vueltas. Y tú te agarras fuerte a lo que queda. No sabes cómo, pero cierras lo ojos y suplicas para que aquello a lo que te agarras sea tan  sólido como imaginas. Todo pasa rápido, una cosa tras otra, en cadena, sin parar, el suelo se abre, el cielo se cae, la mañana es noche, la noche se doblega sobre sí misma… Lo pequeño se magnifica. Lo enorme se empequeñece hasta pasar desapercibido…

A veces lo ves, otras veces no. Al final, te das cuenta de que sólo lo que está bien arraigado permanece y que lo demás, si era sólo atrezzo, es mejor que se haya ido volando.

En ese momento, notas que había muchas cosas  y personas que creías que eran tus raíces y que ahora han salido corriendo y hay otras de las que no esperabas nada y en realidad eran más sólidas y permanecen.

A veces, la lluvia es un regalo para borrar máscaras y maquillajes absurdos.

Por momentos, te sujetas a ti mismo e intentas recordar cómo y por qué. Y entonces, te das cuenta. Nada es casual. Aquella tarde no venía de la nada. Ya hacía tiempo que tu cuerpo estaba sumergido en la rutina pero tu conciencia viajaba lejos. Saltabas charcos, buscabas respuestas, enfrentabas situaciones de las que antes huías  y eras capaz de mantener las miradas. Jugabas a salir de tus márgenes y pasar límites que antes considerabas sagrados…

Has atado cabos. Lo decían en los libros que ahora lees y antes no te atrevías a abrir. Lo sugiere esa melodía que tocaba un violinista en el metro y que habías oído mil veces pero sólo hace unos días empezaste a escuchar. Tocaba moverse y sacudirse la tristeza acumulada… Estabas dormido y clamabas despertar, nacer de nuevo, salir de ti mismo. Soñabas que un tobogán gigante te deslizaba al otro lado de tu vida absurda y vacía… Suplicabas una tormenta para que se llevara el decorado de tu vida…

Ahora todo tiene sentido. Un hecho se une al otro como una sucesión de farolillos en el cielo de una feria improvisada. Todo se ilumina. Todo se encadena y adquiere forma. Lo que no entendías es ahora obvio, lo que no podías creer es lo único, lo que imaginas cada día es lo que se va dibujando, poco a poco.

Como si el mundo girara y tú no encontraras un suspiro para apearte. Como si el miedo quisiera encogerte y el entusiasmo se empeñara el dejarte suelto, expandirte, ayudarte a volar.

A veces, todo cambia en un segundo tras siglos sin que nada se mueva.

El cuerpo tiembla y zarandea al alma… El corazón se acelera.

Cuando la vida te da vueltas muy rápido, sin parar, hay un punto en el que tú flotas, te paras, te ves… Como en el ojo del huracán… Y entonces, todo cobra forma y sentido. Y acabas llegando a la playa de un mar en el que nunca te has metido y buceando en una vida que parece que no es tuya.

No puedes decir que no porque no te sale la voz. Da miedo, se nota, aquí en el estómago y en la garganta…

Aunque el susto es mejor que la rutina, mil veces.

 


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¿Eres fiel a ti mismo?


Me equivoco tanto… Con el paso de los años y las decepciones me he dado cuenta de que los errores no sólo son necesarios sino vitales… Si no nos equivocáramos tendríamos que forzarnos a ello para poder crecer. Sin embargo, hay algunos errores que te duelen más que otros, son aquellos que cometes mientras no eres tú mismo…

Cada día decidimos. Decidimos tomar un camino hasta el trabajo, comer más o menos sano, sonreír o permanecer impasible, derecha o izquierda… Decidimos tomando nuestra brújula y dejándonos guiar por ella, hurgando entre nuestras necesidades y escogiendo un camino… El problema surge cuando nuestra brújula no marca nuestro norte sino el norte de otra persona… O si no sabemos cuál es nuestro norte… O si nuestro norte se ve modificado por nuestro miedo.

Cuando decidimos desde el miedo, cometemos ese tipo de errores que desde el principio ya sabemos que lo son… Huelen mal. Nos metemos en aventuras y situaciones que desde el primer momento sabemos que no funcionarán porque las hemos escogido desde nuestro lado más oscuro, desde nuestro yo asustado, desde nuestro yo cómodo y triste…

Decidimos seguir un camino no porque nos guste sino porque el otro nos da miedo, porque tenemos pavor a quedarnos solos en él y que nadie nos acompañe, que nadie nos siga, que no haya luz… Escogemos ese camino porque sabemos que el otro es más duro, implica tener que confiar tanto en nosotros que no sabemos si seremos capaces de asumir tanta responsabilidad, tanta confianza… Elegimos el camino fácil porque no creemos en nosotros y nos sentimos débiles. Nos vamos por el atajo, que parece más rápido, más cómodo, más llevadero mientras buscamos la forma de encontrar algo a lo que agarrarnos … Nos decantamos por la opción en la que compartiremos nuestra responsabilidad con otros, para no sentirnos culpables de un posible fracaso que seguramente llegará porque nosotros sabemos que nos hemos metido en un traje que nos viene grande o pequeño, corto o largo, que no es el que queremos llevar… Porque elegimos una vida que no queremos.

Salimos de una situación dependiente de algo o alguien y nos metemos en otra hasta que no sabemos darnos cuenta de que hay que notar el frío a veces y que ese frío es el precio que pagas por ser tú… El camino fácil es un placebo que acaba por quedarse a medias, un sucedáneo que te sirve para ponerte la venda en los ojos y taparte la nariz con los dedos para no notar lo mal que huele tu decisión de no confiar en ti, de no arriesgarte a estar donde sabes que es tu lugar, donde sabes que puedes llegar a dónde sueñas… Llegues o no, el camino de la confianza te hace sentir que apuestas por ti y eso te permite brillar con intensidad hagas lo que hagas, porque estás donde quieres estar, porque llevas el traje que te va a la medida.

Necesitamos  a veces tomar muchos caminos cómodos para darnos cuenta de cuál es el camino que deseamos emprender. Necesitamos fiarnos mucho de nuestro olfato para descubrir si nos estamos guiando por nuestro norte o nos estamos dejando llevar por el pánico a quedarnos a solas con nosotros y descubrir que aún no nos conocemos suficiente.

Ningún camino que huya de ti mismo te lleva a nada que sueñes, a nada que sea donde realmente quieres estar… Ningún camino que te aleje de lo que te asusta te lleva a lo que amas.

A menudo, las decisiones difíciles son las que más zarandean tu vida, las que más la cambian y te permiten conocerte… El camino difícil es muy a menudo el que te lleva a donde quieres llegar… Seguramente porque para llegar a donde queremos, tenemos mucho que aprender y esas dificultades nos ayudarán a crecer lo necesario como para llegar al final mucho más sabios… Nuestras debilidades son puntos de apoyo para evolucionar, nos marcan por dónde debemos ir para asumirlas, aceptarlas y saber cómo usarlas y convertirlas en lecciones útiles.

El camino siempre te ayuda a conseguir el tamaño necesario para que tus sueños te vayan a la medida al llegar a la meta…

Cuando escogemos la comodidad en lugar de la pasión por lo que soñamos se nos estropea la brújula y acabamos siendo un sucedáneo de nosotros mismos. Nos metemos en una caja para no sentir frío pero tampoco sentimos el calor de seguir nuestra intuición e ir camino a nuestras metas.

Cuando decidimos con miedo nos tratamos como a seres inmaduros que no pueden escoger por sí mismos… Nos arrebatamos el poder  de ser nosotros mismos…

Necesitamos cometer errores sabiendo que estamos con nosotros, que confiamos, que creemos que podemos… Ir por nuestro camino y seguir nuestro norte y fracasar todo lo fracasable si es necesario… Porque cuando te equivocas siendo tú, poniendo tus ganas y tu pasión, el error es difícil de llevar también pero notas como tu conciencia está serena, te reconcilias contigo, te sientes entero… Porque sabes que no estabas allí sólo por el resultado sino porque sabías que debías estar, para no traicionarte.

Cuando te equivocas negándote, ocultando tu verdad, eligiendo no ser tú porque el miedo te vence el error sabe aún más amargo y esa sensación pegajosa de culpa se te pega en la espalda…

No hay culpas, no hay reproches… Hay responsabilidades que asumir y nuevos mapas por dibujar… Empezar de nuevo y volver a consultar esa brújula, esta vez con tu norte, con tu sueño…

Al final, no importa porque te equivocas. Lo que importa es darse cuenta y saber cambiar de rumbo. Siempre se aprende, siempre se crece… No hay fracaso, es un ensayo…  Es un aprendizaje valioso, la forma en que teníamos en aquel momento de descubrir quienes somos…Lo único a decidir es si llegado el momento tomas la decisión que te lleva a crecer o te arrugas ante la adversidad. Si descubres que, en el fondo, a pesar del vértigo, sólo puedes agarrarte a ti mismo… Y no te dejas tentar por algunos salvavidas que te alejan del destino que has dibujado para ti.

A veces, para llegar a donde quieres llegar, hay que dar un rodeo y perderse un poco.

A veces, para saber quién eres necesitas descubrir primero el camino que no quieres transitar. Y notar esa sensación de paz  que te invade cuando te equivocas siendo fiel a ti mismo…

montanero


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Ocho horas


Una vez hace años me zarandeó mucho por dentro escuchar esta  frase… “si dispusiera de ocho horas para cortar un árbol, usaría seis en afilar el hacha”. Es de Abraham Lincoln.

En aquel momento pensé que dedicar seis horas en la preparación era una barbaridad. Conociéndome, supe que yo me hubiera lanzado a golpear el árbol de forma desenfrenada  y compulsiva (es una metáfora porque adoro los árboles y no podría sujetar un hacha). Y que después de calibrar las dificultades, me hubiera entretenido en afilarla un poco, demasiado poco, seguramente. Y no es porque no sea una persona que ha invertido poco en formarse ni planificar, todo lo contrario, pero siempre he sido más de “que la inspiración me pille trabajando” como dijo Pablo Picasso.

Hice lo que he hecho siempre cuando llega a mí una información que no estoy preparada para asumir, la dejé a un lado y cada vez que pensaba en ella, notaba una punzada en el pecho…

El caso es que la frase me sacudió un poco por dentro, seguramente, porque me hacía falta  interpretarla y entenderla. Tal vez porque soy muy intensa e impaciente y  supongo que me di cuenta de que me estaba interpelando directamente. Entonces, decidí que Lincoln, a pesar de ser un hombre sabio y dicen que un buen estratega, tal vez no lo sabía todo, que cada uno es un mundo y que yo era una persona de acción.

Aunque en realidad, no era del todo cierto. Es verdad, soy una persona de acción… Prefiero pedir disculpas a pedir permiso y arriesgar a pasarme la vida preguntándome qué podría haber pasado… Y también soy de dar mil vueltas a las cosas y reflexionar mucho, eso sí, cuando decido algo, me gusta llevarlo hasta el final.

Pasados los años, lo mantengo todo…Mi impaciencia, mi necesidad de pasar a la acción… Lo he ido trabajando para aprender a esperar, pero me sigue costando muchísimo. Y ahora me doy cuenta de que esas seis horas afilando el hacha no hablaban  de perder el tiempo ni de esconderse como entendí en un principio… No eran excusas para demorar la acción ni poner en peligro conseguir derribar el árbol… El hacha no es el instrumento con qué cortar, eres tú. Y tienes que estar en las mejores condiciones anímicas, mentales y físicas para dar el máximo.

Reconozco que ser un poco imprudente me ha llevado a grandes cosas, lo reafirmo, me hace feliz esa necesidad de cambiar las cosas y salir de mis dominios para adentrarme en lo desconocido, aunque me suponga pasar un miedo terrible y tener que afrontarlo… Sigo creyendo que si no cambias tú, no cambia nada. Y sigo siendo una persona que cree en la preparación, pero que sabe que no puedes estar siempre esperando a estar al cien por cien seguro de algo para lanzarse… No se puede esperar a que todo sea perfecto, porque jamás lo es… Y si alguna vez lo parece, es que nos estamos engañando…Lo que pasa es que la necesidad te lleva a veces a forzar y hacer que las cosas sucedan cuando aún no están en su punto y acabas perdiendo las carreras por falta de entreno o porque te faltaban unos días de mentalizarte para ser el ganador.

No se pueden forzar la cosas. Hay un tiempo para todo y cuando haces algo sin estar preparado para ello, el resultado no es nunca el esperado… Cosa que por otro lado no significa que no sea válido o no te suponga un gran aprendizaje. Todos los errores son pura magia para poder seguir… El problema surge cuando repites siempre el mismo.

Lo que ahora tengo claro es que esa preparación no habla de nada que esté fuera de ti sino dentro. El aprendizaje real no es sólo el de afilar el hacha (no tengo nada en contra de afilar el hacha, aunque no es una actividad que me fascine) sino el de confiar en ti, de aprender de lo que te pasa. Antes de cortar tu árbol debes conocerte y saber quién eres y qué buscas, qué estás creando en tu vida que te acerca a ser bueno talando árboles…

Afilar el hacha seis horas no es quedarse en tu zona de confort demorando el momento,  es el gran cambio. Hasta que no te has convertido en esa persona que es capaz de cortar el árbol, no tiene sentido empezar a golpearlo para derribarlo o al menos, esa tarea será aún más complicada.

Lincoln desde la voz de la historia me dolió porque cuestionaba mi impaciencia, ni necesidad de tocar lo soñado y anhelado en seguida, mi búsqueda insaciable de seguridad dentro de la incertidumbre, el apego a lo que es tangible y calculable, a lo que se almacena y se cataloga… Prefería talar un árbol ya sin saber por qué, que esperar a saber si realmente quería talar árboles…Porque siempre he necesitado sentir que todo está controlado, que todo está bien encarrilado…

Y cuando te llega la miel sin saber que es miel, nunca es dulce. Si derribas el árbol sin saber quién eres, nunca te sirve para nada… Bueno, no es cierto, me desmiento… Todo lo que hacemos nos lleva a nosotros mismos, a aprender, a conocernos, a equivocarnos y reconducir nuestra vida… Y es cierto, hay que talar muchos árboles sin saber quién eres para decidir si quieres o no talarlos. Para que uno de ellos sea el árbol que realmente te lleva a algún lugar soñado…Aunque perdemos muchas oportunidades por no saber encontrar el punto justo para actuar…

Nos preparamos mucho para aparentar sin llegar a ser realmente quienes somos.

Nos define demasiado la meta, cuando en realidad somos el camino.

Somos cada uno de los cambios que hacemos en nosotros para aceptarnos y encontrar nuestro potencial.

Afilar el hacha no es prepararse sino convertirse. A menudo hay que asumir más de lo que a veces estamos dispuestos a asumir. Decidir es una mezcla entre asumir el riesgo y lanzarse y saber realmente cuándo estás preparado para empezar. Prepararse y actuar… Hacer y dejar pasar.

hay que decir que no a espejismos maravillosos para no desviarnos del camino, que pinta arduo y complicado, pero que es tu camino. Hay que renunciar a muchas cosas que huelen bien y suenan bien pero que son humo que lo que hace es impedirte ver que no vas por dónde deseas ir.

A veces, para llegar a donde quieres llegar tienes que acercarte a aquello que te molesta o te duele para vencerlo, para superarlo, para descubrir por qué te afecta tanto y saber qué mensaje lleva oculto.

La impaciencia a veces nos deja en brazos de soluciones fáciles que te llevan a las antípodas de tus metas y te dejan roto y perdido.

Hasta que no somos, hasta que no nos conocemos… Hasta que no apartamos la mala hierba del camino, no vemos por dónde pisar ni podemos definirlo…

A veces, basta con necesitar algo para alejarlo más de nosotros, porque nos falta confianza, nos falta sabiduría, nos falta conciencia… Nos falta creer que somos esa persona que llega a la meta.

Supongo que Abraham Lincoln hablaba de estrategia, de usar la inteligencia para hacer las cosas, de medir fuerzas y no quedar exhausto haciendo algo que no requiere tanto esfuerzo si le ponemos ingenio. Hablaba de amortizar y buscar la forma más efectiva de llegar al objetivo…  Para cada uno, habrá una, la más indicada, personal e intransferible.

Hay momentos en los que el hacha eres tú. Tu actitud y tu valor, tu talento y tu misión en la vida…

Y hay árboles tan difíciles de cortar, tan enormes y gigantes, que sólo los más preparados pueden tomar fuerza para derribar…

En realidad, seis horas  afilando el hacha son seis horas descubriendo quién eres para actuar, seis horas  entrando en ti mismo para decidir… Seis horas  para aprender a confiar, a sentir, a conocerte, a creerte que eres la persona que es capaz de cortar ese árbol y darle sentido, encontrar a esa persona que llevas dentro que puede conseguirlo… No lo consigues hasta que no lo eres… Tus sueños no se cumplen, los cumples… Y no los acaricias hasta que no te conviertes en ellos. El aprendizaje real es el de atar cabos con todo lo que te pasa y descubrirte a ti mismo, prepararte para asumir y entonces, actuar.

Se aprende cortando y mucho….

Se aprende poniéndote a prueba y mirando la vida desde otra perspectiva.

No sólo es lo que hacemos, es lo que sentimos, es lo que somos y cómo impregna eso nuestra vida y la de los demás.

Si yo tuviera ocho horas para cortar un árbol, dedicaría seis a conocerme para convertirme en un verdadero leñador.

 

arbol-otono


2 comentarios

Te mereces ser tú mismo


A la única persona a la que debes contentar es a ti.  No te enmascares para parecer ni caer bien. No tienes que encajar en nada ni ser de ninguna forma concreta. Mientras no pasemos de los demás, estaremos frustrados y no desarrollaremos nuestro potencial. La gente cuando te critica, lo que hace es proyectar en ti sus frustraciones. Hablan más de ellos que de ti. No puedes resignarte a no mostrar quién eres por temor a lo que dirán los demás… No se puede gustar a todo el mundo, no lo intentes. No juzgues, no critiques, sólo construye. No puedes vivir una vida ajena.