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la rebelión de las palabras


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Vayas a donde vayas


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Vayas a donde vayas, hará frío, hará viento, sentirás miedo y a veces dolor… Vayas a donde vayas, pasará el tiempo y el sueño. Habrá recuerdos hermosos y recuerdos tristes. Habrá días de sol y de lluvia, habrá desconsuelo y habrá esperanza, alegría, retos, amigos, caminos que andar y puentes que cruzar de esos que al mirar abajo te harán cantar las tripas y temblar las piernas. Estarás seco y mojado, encogido y libre. Vayas a donde vayas te harás viejo o te sentirás joven. Te sentirás vivo o te sentirás roto. 

Vayas a donde vayas, habrá alguien que llora y necesita de tu abrazo y alguien que camina a tu lado para enseñarte el camino. Habrá risa y llanto. Habrá sed y habrá agua. Habrá amor y habrá guerra. Habrá noche y cuando acabe la noche, amanecerá sin que la noche puede evitarlo nunca. Habrá un ayer y un mañana, pero sobre todo, habrá un ahora, un presente, un momento que se escapa mientras te pierdes contando el dinero que te queda, culpándote por tus errores  antiguos y pensando qué le dirías a esa persona si no tuvieras miedo de hablar con ella.

Vayas a donde vayas, habrá mentiras y verdades maravillosas. Habrá miradas de amor y jueces severos. Habrá muros y montañas por los que trepar y valles tranquilos por los que mecerse un rato escuchando el silencio. Habrá amigos que te den la espalda y desconocidos que te alargarán la mano. Habrá desengaños, sorpresas, planes que saldrán bien y planes que saldrán mal y, al final, serán tus mejores planes. Habrá besos y abrazos y habrá caídas y arañazos. Habrá zarandeo y habrá quietud. Habrá niebla espesa y cielo claro, mucho cansancio y también mucho entusiasmo. Habrá orden y caos. Habrá sentido y sinsentido. Habrá palabras hermosas y palabras que te harán suplicar silencios. 

Camines por donde camines, habrá lugares oscuros y rincones llenos de luz. Habrá magia y habrá cierta desesperación. Habrá veces en que estará muy claro el camino y otras en que tendrás que dibujarlo a medida que das cada paso porque serán tus pasos el camino y tus decisiones a cada momento el destino que te espera. 

Habrá días que lo tendrás todo claro y otros en que te darás cuenta de que realmente no sabes nada. A veces, la soberbia te dirá que te pelees y otras veces la humildad te pedirá que te sientes a charlar y comprendas que otros tienen tanto miedo como tú en este viaje. Pedirás ayuda y la prestarás. Bailarás y te quedarás quieto. Dirás que sí y te dirán que no muchas veces. Hablarás mil lenguas y arrancarás mil flores. Romperás tu inocencia y muchas otras inocencias. Descubrirás que eres un ignorante y también que sabes cosas sin saber porqué las sabes. Atravesarás tu incertidumbre y también tu certeza. Beberás de tu angustia y sentirás tu paz… Vayas a donde vayas pasarán cosas que no quieres que pasen. Pasarán cosas que imaginas y cosas que no puedes ni imaginar… Esas cosas que no puedes controlar por más que lo intentes. 

No es a dónde vas, es lo que llevas contigo. Cuando vas, llevas tu mundo a cuestas. Tus miradas, tus percepciones, tus creencias, tus miedos, tus lágrimas acumuladas, tus emociones enquistadas… Vayas a donde vayas cargarás a todas las personas del pasado en nuevas versiones, con otras caras, con otros nombres, para que te des cuenta de que no están ahí sino que van contigo… Vayas a donde vayas, no será distinto si tú no eres distinto, si no transformas tu manera de vivir y aceptas tu realidad. Si no dejas tu culpa, encontrarás tu culpa en el camino. Si no abrazas tu rabia, llevarás tu rabia contigo… Si no comprendes tu tristeza, tu tristeza hará este viaje contigo…

Sea donde sea, lo que ahora arrastras, si no lo sueltas, se irá contigo. Si no te miras con los ojos del que se ama cuando se mira, si no te ves como mereces verte, si no eres consciente de tu inconsciencia… Si no eres capaz de comprender que otros también arrastran miradas y miedos y sueños y caminos sin recorrer. No es a donde vas sino las piedras que llevas en tu mochila desde hace tiempo las que pesan en el camino.

Y cuando vayas vaciando el equipaje de percepciones incorrectas y pensamientos repetidos, de miedos, de creencias rancias, de juicios severos, de recuerdos terribles, de posibles futuros amargos, habrá lluvia, pero no te importará tanto porque serás tu sol. Habrá montañas, pero no se harán tan arduas porque amarás cada palmo del camino… Habrá momentos duros, pero sabrás que cuentas contigo y que transitas por ellos de la mano de ti mismo y siendo capaz de ver el regalo oculto tras ese dolor, la oportunidad tras el conflicto, el amor tras el miedo.

Porque vayas a donde vayas, habrá paz si eres paz. Habrá luz, si eres luz. Habrá esperanza si eres esperanza. 

Vayas a donde vayas, estarás tú. 

Seguirás estando contigo, porque tú eres el camino. 

 

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Carta a mi yo del presente


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Querida Mercè, 

antes que nada, perdona. Me he pasado mucho contigo. Lo sé, no hay excusa, aunque sea tan dada a las excusas siempre para todo pero, esta vez no quiero parapetarme tras una… He sido muy dura contigo y ya está. Lo asumo y te libero de esta carga. 

No supe hacerlo mejor, ya sabes que me he pasado la vida intentando que me acepten, buscando que me elijan y valoren, y cuando te pedía que dieras más y fueras mejor, pensaba que eso te haría más feliz. No es cierto, nunca hay suficiente para alguien que no se siente suficiente. Nunca es perfecto para quién necesita que sea perfecto. 

Hace años te metí en una espiral de demandas y exigencia máxima y te dejé sola en ese laberinto. Te pedí que encontraras el tesoro oculto y no me di cuenta de que cada vez te ponía el listón más alto. Siempre pendiente de un resultado hasta que la propia ansiedad para conseguir el resultado lo hizo imposible… Siempre asustada por evitar el fracaso hasta que el propio miedo lo hizo inevitable. Siempre intentando ser tan fuerte que la propia fortaleza se convirtió en debilidad porque no te permití caer ni descansar. 

Ya basta compañera, ya está. Ahora nos paramos en medio del camino y nos miramos la cola. Vamos a lamernos las heridas un rato y ver que no somos nuestros desengaños ni nuestros miedos ni nuestros pensamientos obsesivos. Somos la mujer que supo seguir adelante a pesar de ellos. ¿Sabes? Ni siquiera somos nuestros méritos, sobre todo eso, porque nos hemos desgarrado tanto por dentro para conseguirlos que no compensan…  Me he dado cuenta de que no importan todos los gritos de rabia que hemos lanzado a la vida ni lo que hemos ganado, ni lo que hemos perdido porque lo único que importa es cómo decidimos vivirlo por dentro. Podemos mirar atrás, pero sin quedarnos pegadas a esos momentos en los que la vida nos dio zarpazo. Podemos mirar al futuro, pero sin tratar de controlarlo ni aferrarnos a una versión de la vida concreta que nos haga sufrir… Tan sólo tenemos este momento, que es el principio de todo y el fin. Vamos a vivirlo como si no hubiera un mañana, pero con la absoluta certeza de que nos espera algo hermoso.

Vamos a ponernos un “me gusta” a nosotras mismas y escucharnos un rato. No para quejarnos, sino para saber qué nos gusta y qué nos molesta e intentar acercarnos o alejarnos de ello en la medida que esté en nuestra mano. Y si hay un lamento, no pasa nada, tenemos derecho, lo que realmente marca la diferencia a veces, no es lo que haces sino ser consciente de para qué. 

Amiga, vamos a soltar lo que no depende de nosotras. Lo sé, te cuesta, nos cuesta mucho, nos educaron para creer que si nos preocupamos por todo la vida nos recompensará en una calamidad menos y los demás no nos juzgarán como irresponsables. Nos programaron para hacer siempre todo lo posible y más, pero no podemos forzar a la vida y cuanto más lo intentamos, más rebelde y arisca se pone ante nosotras. Ya basta de huir de que nos señalen con el dedo, dejemos que piensen lo que quieran, ellos también son libres… 

Vamos a sentarnos y no hacer nada un largo rato. Nada que produzca nada, que suponga un premio, un resultado… Nada que nos lleve a obtener nada. Vamos a ver qué pasa si dejamos pasar algunos trenes a los que antes hubiéramos considerado insoportable no subir. Vamos a esperar al tren que realmente nos guste, al que lleve a dónde deseamos ir de verdad. Diremos no al tren del trabajo seguro pero estresante, al del amigo inteligente que nos critica siempre, al de llevar siempre tacones altos para estilizar la figura, al de llegar siempre veinte minutos antes y al de la perfección absoluta. Esperaremos, aunque nos quedemos solas en la estación y en algún momento parezca que el tren que deseamos no vaya a pasar nunca. Esperaremos y si llega un tren inesperado, con destino incierto, pero algo de él nos atrae, podemos subirnos. Porque vamos a apostar por lo que realmente soñamos, pero también vamos a confiar en la vida a ver qué nos propone. Abramos la mente y al corazón a ver qué pasa. 

Tal vez renunciemos a algunas cosas subiendo a ese tren. A esa falsa sensación de seguridad y control que tanto nos gusta y domina, que nos ha llevado a besar tantos sapos que nunca se convirtieron en príncipes. Cuando la incertidumbre nos ahogue, recordaremos que la seguridad absoluta no existe, que es una invención a la que nos sujetamos para poder soportar el vértigo, que la vida es vaivén y equilibrio y que cuando aprendes a vivir con ello, consigues algo maravilloso que se llama confianza. 

Estoy contigo. Ya lo sé, he pasado de ti muchas veces. Te he dejado con la tarta de cumpleaños para soplar las velas y has desperdiciado tu deseo pidiendo que los demás te hicieran caso, que te vieran, que te aceptaran, porque yo no estaba y no te veía. Porque yo no supe ver tu gran valor y belleza y te tuve esperando reconocimiento ajeno durante siglos. Te vi llorar y no te dije nada porque yo acumulaba mucho llanto y no era capaz de sentirlo. Te vi rabiar y no te calmé porque yo sentía tanta rabia que tan sólo deseaba golpear al mundo para vengarme por no haber tratado como merezco… Mientras yo nunca te trataba como mereces, “no nos trataba como merecemos”. Siempre vemos ahí afuera lo que reprimimos por dentro, ¿verdad?

Esto va a salir bien, amiga. De hecho, ya ha salido bien, perfecto (como a ti te gusta), maravilloso… ¿No te das cuenta? Ahora estamos juntas y eso nos asegura el éxito. No sé cómo, ni dónde, ni cuándo pero vamos a lograrlo. Tampoco sé qué exactamente y no hace falta, ya hemos llegado a ese punto en el que dejamos de buscar y empezamos a encontrar y nos damos cuenta de que siempre ha estado ahí, pero no lo vimos porque era demasiado evidente, demasiado sencillo como para que lo valoráramos. Siempre pensamos que la vida era complicada, cuando en realidad es simple pero la complicamos nosotros. 

Gracias por tanta paciencia, por tantas ganas, por tanto trabajo mirando dentro y por la humildad de asumir errores y seguir adelante. Gracias por haber sabido esperarme el tiempo necesario como para que yo de me diera cuenta de lo mucho que te amo y respeto y te aceptara tal y como eres. Gracias por haber sabido siempre que yo estaba ahí, aunque no me notaras ni vieras ni te diera muchas satisfacciones. Gracias por tenderme la mano y sonreírme cuando nadie lo hacía y ver en mí algo hermoso cuando yo era incapaz. Por mirarme a los ojos cuando yo miraba a otro lado esperando que la vida me devolviera todo el esfuerzo acumulado. Gracias por existir y sentir tanto amor por todo y no haber desistido nunca en este camino que siempre es de vuelta a uno mismo. Gracias por todas la veces que te he fallado y tú has seguido creyendo en mí. 

Ya no estoy sola, no estás sola… Vamos juntas en esto, amiga.

Te quiero… 

Atentamente 

 

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Hoy he pensado mucho en ti y tú no lo sabrás nunca…


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Hoy he pensado mucho en ti y tú no lo sabrás nunca. Y eso me pone triste y me desespera. He imaginado que un día voy por la calle y te encuentro y te miro a esos ojos de niño hambriento y cansado y tú me miras. He imaginado que me cruzo contigo entre la masa de gente y me ves. Aunque sé que no me mirarías ni me verías, que pasarías de largo como me ignoraste nuestra última vez. Que te quedarás mirando un papel para no encontrarte con mis ojos y descubrir qué te preguntan y por qué o te perderás jugando con las pupilas en el suelo o peor aún que me clavarás la mirada sin vida sólo como tú sabes hacerlo para que sepa que no te importo nada. 

No lo voy a negar, me he sentido enormemente traicionada y decepcionada por ti, no sé si podrías comprenderlo. Aunque siempre supe que lo que fuimos caducaba. Siempre intuí que algún día ibas a echarme de tu reino porque me había adentrado tanto en él que ya ocupaba un espacio demasiado grande y arriesgado. Tú nunca quisiste que pasara, pero yo supe poco a poco meterme en tu vida sin que se notara y te obligué a bajar la guardia durante un rato. Yo siempre derribaba el muro y tú siempre volvías a construirlo y era cada vez más alto. 

Sin embargo, esta tarde no me he acordado de traiciones ni desengaños, me he acordado de ti y de los buenos ratos charlando. He visto más al niño herido que al amigo que consumó una venganza absurda y me clavó la daga… He recordado tus palabras y las he releído. He notado todavía tu dolor y he revivido algunos momentos de tu historia. Tú me dijiste que nunca te dabas a nadie y era cierto. Muchas veces tus palabras me decían que me fuera y tus gestos que me quedara. Ni siquiera sé si llegaste a tenerme cariño alguna vez porque fuiste incapaz de decirlo nunca en voz alta. Si soy sincera fuiste un reto en mi vida, una cima que quise conquistar para demostrarme que era capaz de conmoverte. Nunca sabré si pude, como no lo sabría ahora si todavía me hablaras y me contaras tus malos ratos y me confiaras tus relatos sobre personas rotas por dentro que buscan pegamento y encuentran fantasmas… Te construiste un personaje duro para que el mundo no captara tu esencia y no supiera que te sentías vulnerable y a veces me llevabas con él de la mano. 

Aunque hoy te recuerdo y sólo veo las risas y los paseos por lugares extraños buscando personajes estrafalarios para sentirnos especiales… Me acuerdo de los gatos cruzando la verja y el sol aplacándonos por la espalda. Tu charla sobre la  perra vida esperando nada de la vida y mi réplica obligada sobre lo mucho que llevabas dentro para compartir, sabiendo que no escuchabas y sólo esperabas a rebatir con saña mis palabras para soltar tu dolor y condenar mi entusiasmo infantil por tu talento.  Tus miedos disfrazados de “paso de todo” y mis ganas locas de ser otra persona a la que tú aceptaras y dieras el visto bueno como hacía siempre que alguien me importaba. Las pocas ganas de volver a la rutina después de una mañana callejeando y lo difícil que era llegar a tu corazón… Tal vez no llegué nunca y, si lo hice, me sacaste rápido… Porque ya procuraste que no se notara que te importaba por si tenías que liquidar mi cariño a toda prisa y podía dolerte demasiado. Tu personaje era tan oscuro que en sus calles ni siquiera se encendían las farolas y yo siempre buscaba en ti una luz para recordar por qué confiaba en poder conocerte a pesar de todo. 

Un día hace tal vez diez años o más te dije “me gustaría saber que si me marcho o te marchas podré llamarte y encontrarte y estarás en mi vida” y tú me miraste con esos ojos tremendamente oscuros y esbozaste un sí diminuto  y avergonzado que se perdió en el aire… No era verdad, amigo, te perdí incluso antes de marcharme y todavía no sé por qué y no lo entiendo.

Esta tarde pienso en ti sin tregua y tú no lo sabrás nunca y tengo que decirte, aunque no me oigas, que me cuesta mucho soportarlo. Me haré la loca y fingiré que lo acepto y lo asumo y me daré cuenta de que no te necesito (es verdad, no te necesito, ya no soy la misma). Aunque por dentro, algo en mí tiene ganas de llamarte y  recordarte los gatos en la verja, el sol en la espalda y las calles perdidas paseando mientras la vida  y la rutina nos arañaban el alma.  Quién sabe qué me dirías si me escucharas la voz cansada… Tal vez nada, como la última vez que me tuviste cerca y supiste de mi dolor y mi miedo y miraste al papel para no cruzarte con mi cara… 

Pienso en ti y tú no lo sabrás nunca. No me importa, puedo honrar lo que fuimos yo sola y sentirme añorada por los dos, sentirme feliz por los dos, llorar por los dos y perdonar nuestras ausencias y traiciones por ambos. Incluso seguir pensando que mereció la pena aunque casi no terminara y nos nos quede nada de lo que fue. 

Pienso en ti y en mi recuerdo me sigues apuntando por la espalda y me matas y yo todavía me pregunto cuál es la película que ves en tu mente para decidir arrancarme de tu vida… No importa, disculpa estas palabras, son mi rabia contenida que se suelta y sale, mi derecho a pataleta enquistado que fluye, mi cariño que sigue a pesar de todo y decide no olvidarte. Sigo pensando que mereció la pena tenerte un largo rato en mi vida, pese al desengaño. 

Un día dentro de diez años o más te recordaré de nuevo y tampoco te tendré cerca… Tal vez te escriba otra vez para que no me leas y te diga que te añoro todavía. 

A ti, que no me leerás seguro… 

 

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Perder el tren


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No tengo ni idea de nada o de casi nada. A medida que pasan los días, los meses, los años, todo lo que creía saber parece más borroso. Es como si la línea que separa los opuestos se difuminara tanto que me siento incapaz de decir qué está bien y qué está mal. Sé lo que me gusta y lo que no, lo que me duele y lo que me hace feliz, sé lo que no quiero y lo que sí, pero al mismo tiempo, me siento incapaz de juzgar porque comprendo cada día más mis errores y los ajenos.

Con el tiempo me he dado cuenta de que muchas veces no hay un camino correcto y que las personas que a veces nos parecen más horribles son las que más heridas arrastran… Corrijo, tampoco es real, las que menos han podido superar esas heridas y más dolor almacenan. He conocido personas que han sufrido en sus vidas enormes tragedias y que son capaces de mirarte todavía con ese brillo en los ojos e ir por la vida respetando. Y he encontrado otras que han sido incapaces de superar algunas situaciones que no parecen de la misma envergadura… Corrijo de nuevo, no me lo parecen a mí, pero no sé con qué herramientas a nivel emocional cuenta esa persona para poder superar esas situaciones ni puedo valorarlo porque ni tengo suficiente información ni estoy en su piel. Juzgamos tanto todo el rato que se hace difícil separar la realidad de la interpretación.

Aunque no sé nada. No me atrevo a afirmar si esto es bueno y aquello no porque hace mucho tiempo que intento arrancarme las etiquetas que me pusieron y no quiero pegárselas a otros ni siquiera a las situaciones de la vida… Juzgar nos recorta las posibilidades. Es verdad, es un gran mecanismo de alerta que en muchas ocasiones puede salvarnos la vida, pero en el día a día, cuando algo sucede, ponerle enseguida una etiqueta, nos obliga a ver todo lo que acontece a partir de ese momento de una forma u otra… La percepción que tenemos de las cosas las determina en cierta forma. Vivimos en una realidad en la que el iracundo siempre será iracundo y el amable siempre será amable porque en nuestra mente no queda otra opción. Con ello, no eximo a nadie de su responsabilidad, por supuesto, las personas viven las consecuencias de sus actos y decisiones, pero la forma en que nosotros vivimos lo que otros hacen también determina nuestra experiencia. No podemos hacer nada para cambiar su comportamiento pero sí que podemos elegir estar a sus expensas o no y vivirlo de una forma u otra.

Cuando etiquetamos a otros con nuestros juicios también nos etiquetamos a nosotros respecto a ellos. La previsión que hacemos de nuestra realidad acaba determinándola. Y no me refiero a lo que va a suceder en ella, sino a cómo vamos a percibir lo que sucede.  Interpretamos nuestra vida en función de las creencias que tenemos almacenadas de forma inconsciente. Cuando estamos ante cualquier situación, sea la que sea, la juzgamos según esa programación que llevamos instalada y la etiquetamos y determinamos en base a ella. Todo eso genera en nosotros emociones varias que, si no sabemos reconocer y comprender, acaban generando el mismo comportamiento de siempre. Por ello es importante, aprender a reconocer qué sentimos y a descubrir qué creencias subyacen detrás de nuestros juicios e interpretaciones de la realidad.

Si somos capaces de gestionar y comprender qué nos mueve a reaccionar como reaccionamos, podremos empezar a usar esas emociones para aprender de nosotros y a observarlas en lugar de dejarnos llevar por ellas y precipitarnos o perdernos muchas cosas que suponen nuevas oportunidades. Eso nos lleva a dejar de reaccionar sin comprender y a tomar decisiones que suponen cambios importantes. Decidir con el corazón no es dejarse llevar por la vorágine de locura en un momento álgido, es escucharla, comprenderla, gestionarla y usarla para saber si te hace bien o no, qué dice de ti. Así podrás escoger tu camino desde la paz de haber descubierto las malas pasadas y trampantojos que te hace la mente que tienes programada para no salirte del mapa que te lleva a repetir situaciones y comportamientos… Una mapa que, poco a poco, puede dibujarse de nuevo con las pistas que nos da lo que sentimos y cómo reaccionamos.

Juzgar menos o ser conscientes de estar juzgando y por tanto interpretando la realidad nos permite una mirada más abierta y comprensiva. Borra un poco esa idea de que por un lado está lo bueno y por otro lo malo, sin que por ello tengamos que justificar nada que nos parezca atroz. Al mismo tiempo, nos abre la puerta a desmitificar errores y dejar de perseguir situaciones y forzarlas. Descubrimos que lo que parece negativo a veces es una gran oportunidad y que en todo caso si no sale como esperamos que salga o de una forma que nos convenza, sabremos encontrarle alguna lección valiosa. Llega un momento en el que no sabes si lo que pasa es para bien pero le encuentras un sentido. Ya, ya lo sé, hay cosas realmente terribles, pero muy a menudo está fuera de nuestro alcance evitarlas. A mi vida han llegado situaciones que pensaba que eran una condena y luego han resultado una bendición. Por supuesto, para ver el regalo que subyacía en ellas, he tenido que moverme, sobre todo por dentro, y cambiar mi percepción. Muchas veces no ha sido fácil, no he amansado todavía a mi fiera interior como para usar su fuerza sin hacerme daño, lo admito. Muchas personas al oír esto se ríen, no lo juzgo, comprendo que etiquetar la situación como negativa y lamentarse es fácil y yo lo he hecho en miles de ocasiones, pero es que eso no cambia absolutamente nada… Ni que sea por una cuestión de no vivir desde el estrés esa situación merece la pena trabajar en cambiar nuestra percepción de ella. 

No es fácil dejar de juzgar. De hecho, creo que siempre vamos a hacerlo y es mejor no obsesionarse con ello. Yo diría que lo único imprescindible es no culparse y dejar pasar los juicios sin que nos arañen o agobien. Si aprendemos a observar pensamientos, sin darles demasiada importancia, veremos que no nos afectan. Lo que realmente importa es estar abierto a que lo que siempre ha sido verde pueda ahora ser rojo, lo malo bueno, lo frío caliente… Y no hablo de ir por la vida como una iluso, hablo de recuperar los ojos de ese niño o niña que fuimos que cuando llegaba a la tienda de juguetes y estaba cerrada, se enfadaba dos minutos y enseguida se alegraba porque estaba justo al lado de un parque con columpios chulísimos… Y al cabo de diez minutos la tienda era historia y sabía que si hoy estaba cerrada otro día estaría abierta.

Y no es conformismo. Me hace mucha gracia (sí, lo juzgo, es verdad) cuando hablas de aceptar la situación y alguien te dice que eres conformista. Como si con su rabia y su enfado él fuera capaz de ir a despertar al dueño de la tienda para que la abra.  ¿No es mejor buscar una alternativa en otra tienda o aprovechar el momento y disfrutar del parque?

Nos pasamos la vida reprochándonos las oportunidades perdidas y nos angustiamos esperando trenes que no pasan y perdiendo otros que no vimos pasar… Si conseguimos soltar esa culpa y comprender qué hay detrás de nuestra forma de actuar, podemos gestionar mejor la situación y verla con más claridad. La culpa no es buena consejera y nos lleva a perder el próximo tren mientras nos lamentamos por no haber visto  pasar el anterior.

Lo que sentimos determina lo que hacemos y es maravilloso poder usarlo descifrar qué nos dice de esa programación que llevamos dentro y que nos obliga hasta ahora a interpretar la vida de cierta forma. Cambiar o flexibilizar nuestras creencias y redibujar el mapa que trazamos hace años en nosotros no va a cambiar el mundo ni tampoco como se comportan los demás, pero puede cambiar nuestra percepción y por tanto nuestras emociones y nuestro comportamiento y al final nuestra vida… Nos puede ayudar a darnos cuenta de lo que nos determinamos y etiquetamos sin darnos cuenta y tomar decisiones. Abrir la mente y meter en ella ideas nuevas, generar nuevas conexiones neuronales y transformar el ritmo de tu vida.

Una vez empiezas a trabajar en ello, todo gira, todo cambia. Te das cuenta de que no sabes nada. Juzgas menos y cuando juzgas, sueltas esa premisa enseguida. Y sabes que no sabes nada. Aceptas y te adentras en situaciones que antes eran impensables en tu vida que te llevan  a lugares que antes jamás hubieras pisado donde pasan cosas que nunca te sucedían. Y no hablo de acabar en un callejón oscuro a las tres de la madrugada sino de decir sí  a algo que jamás hubieras intentado antes y descubrir que es genial o que  por el contrario no te gusta nada… O encontrarte tomando un café con ese compañero al que nunca has prestado atención y que te cuenta una historia increíble que te das cuenta que necesitabas escuchar.

Cada día que pasa tengo menos certeza en lo que sé y más en mí misma y en lo que deseo y siento. Dejar de juzgar y de etiquetar te muestra un camino que cada vez más se basa en lo que llevas dentro y menos en lo que pasa ahí afuera. Cada día esperas menos del mundo y te sorprendes más de ti mismo. Te descubres a ti mismo y te apasionas con lo que haces porque no solo haces más de lo que amas sino que logras amar las pequeñas cosas que antes te molestaban. Aprendes a darle la vuelta a las situaciones para que vayan a tu favor y agradeces los pequeños contratiempos que te permiten recalcular tu ruta y encontrar momentos para ti…

Y te encuentras en el andén, esperando un tren que llega con mucho retraso, y ves que el mundo que te rodea se angustia y tú miras el cielo y lo ves hermoso y contestas mensajes pendientes y lees un libro o sencillamente respiras hondo y te notas vivir…

No, no vas a conseguir que los trenes sean puntuales gestionando tus emociones,  pero vas conseguir que no te moleste tanto, que no te rompa el día entero y seas capaz de darle la vuelta y aprovechar la situación. Y cuando pierdas un tren, éste en sentido metafórico, lo verás como una forma de aprender y no como un error insuperable. Hay muchas oportunidades que llegan a tu vida y son trenes que llevan a lugares que jamás habías pensado visitar y está en tu mano aprender a mirarlas de otra forma para poder aprovecharlas. No siempre podemos estar esperando en el andén y sobre todo hacerlo mirando en la misma dirección.

A veces incluso hay que ver y dejar pasar muchos trenes que te llevarían al mismo lugar de siempre donde nunca pasa nada que te cambie y te mueva por dentro. Para aprender a distinguirlos hace falta un momento de silencio y de paz.  Incluso en algunas ocasiones, pensamos que perder el tren es una tragedia cuando en realidad es la excusa perfecta para explorar otras posibilidades y destinos. 

Las oportunidades necesitan que les dejes la pista abierta para llegar y si estás desconectado de ti mismo, sufriendo o preocupado porque no llegan, no las ves pasar por tu lado… 

 

 

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A pesar de mis circunstancias


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Uf… No sé ni cómo abordar este tema tan complicad,  pero seré directa. Dicen que no es lo que te pasa sino cómo te tomas lo que te pasa y es retorcidamente cierto, dolorosamente real, cruelmente necesario… Eso no significa que quienes nos sacuden fuerte (hay muchos tipos de sacudidas) no sean responsables de nada, al contrario, cada uno escoge y tiene que ser correspondiente a sus decisiones. Cada persona vive lo que vive a su manera, he visto tragedias por uñas rotas y diagnósticos terribles asumidos con una calma suprema… No es que vivir una dura enfermedad sea lo mismo que llegar a donde tienes el coche aparcado y ver que no está y se lo ha llevado la grúa… En la vida hay situaciones muy duras, mucho. No nos gustan, no las escogeríamos pero están ahí y algunas han venido a quedarse un buen rato…

Y tenemos derecho a enfadarnos, a tener un ataque de rabia, a sumirnos en ese dolor, a llorar y patalear y  que ese llanto y pataleo duren lo que necesitamos que duren… La vida es sentir lo que pasa y decidir gracias o pesar de ello. Siempre se aconseja decidir desde la calma, pero es bien cierto que a veces el impulso de la rabia nos lleva a decir un no inmenso después de haber claudicado mil veces ante algo.

Hay mil cosas que no pasan que no podemos controlar  e intentarlo no hace más que gastar nuestra energía y hacernos sufrir. Por tanto, no tiene mucho sentido mirar a otro lado y no aceptar a pesar de que lo que sucede nos duela. Creo que es un constante equilibrio entre lo que te pasa dentro y lo que pasa ahí afuera. Escuchar tu corazón y ver qué te dice la vida.  Vivir consiste en adaptarse al temporal que arrecia y tomar decisiones respecto a él pero saber que dentro de ti hay un día de calma porque te tienes a ti mismo… Por eso es tan importante conocerse y aceptarse, amarse de forma incondicional, para que cuando llegue la tormenta, sepas que encontrarás la forma de vivir a pesar de ella sin perder tu norte y mantenerte en pie… Aunque tengas que caer unas cuantas veces. Caer forma parte de levantarse, es tan necesario que si no cayéramos jamás sabríamos que podemos, que tenemos la fuerza y el empuje…

Hay lugares a los que debemos ir no por llegar sino para tomar inercia y luego ir a otros que están más lejos y que nos pillarán entrenados para seguir adelante.

Somos como pequeñas barcas en un mar que hoy está bravo y mañana en calma. El juego consiste en dejarse llevar pero mantener tu rumbo, aprovechar el viento a favor y enderezarse cuando esté en contra. Lo complicado de esto es que a veces cuando temporal es recio y las olas te llenan de agua la barca no sabes si la vida te está pidiendo que aguantes, que seas firme en tu decisión de seguir adelante o si te está aconsejando que des la vuelta y sigas el camino a dónde llevan las olas… Si lo que está ante ti es para que de una vez por todas desistas de algo que te está haciendo daño o que te reafirmes en lo que ya no quieres en tus días… Es difícil para mí, como me dijeron que no desistiera nunca… Que lo intentara hasta el final… Y no es que eso esté mal, ha habido grandes logros por esa confianza, esa perseverancia… Como realmente creemos que todo es posible, parecemos tiránicamente obligados a seguir aunque el dolor de seguir sea tan intenso que no haya recompensa suficientemente grande.

He pensado mucho en esto, en sí el temporal que la vida te envía es un salvavidas para que te des cuenta de una vez y cambies de rumbo y tomes consciencia de que por ahí no es el camino… O un reto para que muestres tu poder y seas capaz de seguir y enfrentarte a lo que más te asusta.

Supongo que los que estáis leyendo esto queréis una respuesta. Lo siento, no tengo. No hay fórmulas y quien las venda no sé si es de fiar. Veo cada día en redes un montón de personas que te cambian la vida en un abrir y cerrar de ojos con secretos y claves del éxito para las que sólo hace falta pestañear. Pienso entonces que debo haber estado perdiendo el tiempo en este camino loco y complicado intentando comprender y sentir, dándome cuenta de quién soy y cuál es mi camino. Yo no tengo secreto, pero lo que sí  puedo es compartir lo que he aprendido por si es útil en tu mundo, entendiendo que hay muchos mundos y yo sólo sé del mío y apenas casi nada…

He aprendido que hagas lo que hagas no importa. Irse o quedarse es lo mismo… Cambiar de rumbo o seguir pueden ser caminos correctos, lo que es importante es no sufrir en el proceso. Si el camino que escoges te hace sufrir, debes cambiar de camino o aprender a vivirlo de otra forma… Sin esperar nada concreto, con paciencia, con ilusión, sin desesperación y vivirlo sintiendo cada momento, estando presente en tu vida, sin marcharte de ti mismo… (Lo sé, nada fácil).

Lo que sí que tengo claro es que vivir nuestros miedos acaba siempre siendo inevitable. Por más que nos escondamos en el lugar más recóndito, esa situación que tanto nos asusta llegará… Esa tempestad que no queremos vivir llamará a nuestra puerta. Esto que parece terrible tiene otra cara, como las hojas de los árboles… Cuando atraviesas tu gran miedo, a pesar del dolor (siempre hay dolor) descubres que al otro lado hay una gran recompensa, un gran respeto por ti mismo… Cuando te ves ante las olas feroces y estás en ti, tanto si decides seguir tu rumbo como dar media vuelta, consigues algo precioso que sabes que a partir de ese momento te va a acompañar… Confianza en ti, respeto por ti, lealtad a ti mismo.

A veces, la vida no se comprende y no hace falta. Yo le he dado muchas vueltas y he descubierto que la vida no se piensa, se siente. La vida se late y se crea a cada momento. Si piensas demasiado en lo que significa cada paso, la mente te traiciona y busca una excusa y una coartada para que no hagas lo que temes y busques ese refugio que sabes que no te podrá ocultar durante mucho tiempo de ti mismo… Tus pensamientos de siempre corruptos y tristes salen al ataque te llevan otra vez a la casilla de salida para que no salgas del metro y medio en el que siempre te mueves… Tus creencias más rancias te devuelven te hacen mirar a los horizontes más oscuros y te cuentan cuentos de terror.

Nos pasan tantas cosas duras, situaciones dolorosas que nos dejan agotados y rotos por dentro, pero no somos eso… No somos la rotura ni el cansancio, ni el dolor, ni la amargura, ni la soledad inmensa que sentimos cuando todo a nuestro alrededor da vueltas y nos da coletazos… No somos el enfermo, la desempleada, la víctima, el pobre, el separado, el fracasado… Somos el que lleva la barca y decide… No decide lo que pasa, decide cómo navega y a partir de cómo navega va encontrando otro mar.

No nos gusta lo que nos pasa muchas veces, pero ahí está y lo aceptamos, lo sentimos y tomamos decisiones. Decidimos si nos hace recalcular la ruta o nos reafirma y siempre nos adaptamos y cambiamos. No nos gusta lo que pasa pero aprendemos a usarlo y darle la vuelta, a vivir a pesar de ello… A que ese algo dentro de nosotros que se sabe capaz y confía está en calma a pesar de todo, a respetarnos a pesar de todo, a no traicionarnos a pesar de todo… A vivir a pesar de todo.

¿Cómo se sabe si el camino es correcto?

Me he hecho tantas veces esta pregunta y más últimamente… ¿Cómo saber si cuando decides seguir adelante con tu plan de vida a pesar del temporal estás siendo honesto contigo, si no te estás engañando y persiguiendo algo que no existe? ¿Cómo saber si cuando desistes es una opción inteligente para abrirte a otras posibilidades o es tu miedo que te ha convencido para virar el barco?

Yo creo que la pregunta siempre es ¿para qué? ¿Para qué sigo si sigo? ¿Para qué cambio de rumbo si cambio? ¿Por amor a mí o por miedo? ¿Quién guía mis pasos? ¿me soy fiel cuando sigo o cuando cambio?

Supongo, como decía antes, que no hay camino correcto, hay una sensación de paz o de angustia…

¿Cómo se sabe si el camino es correcto?  Se sabe… Es una de esas cosas que no sabes cómo las sabes pero que sabes que las sabes… 

Sólo tienes que mirar en ti y dejar de mirar al temporal. Mirar muy dentro y sentir…

El mar está en calma si tú estás en calma, no importa la altura de las olas.

 

Gracias por leerme. Espero que te sea útil para seguir en este camino apasionante y complicado. La verdad es que no es fácil conocerse, respetarse y amarse a uno mismo como merecemos… A mí me ha costado mucho, mucho. 

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Gracias siempre por estar…

 


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El mundo está a salvo sin mí…


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Pensé que era porque podía con todo, porque estaba rota y así me pegaba, porque llevaba una culpa y así la expiaba, porque mi carga se haría ligera… Pensé que le debía algo al mundo por mi dolor y me puse la máscara… Hay personas que se ponen una máscara que sonríe, la mía era una máscara de persona triste y enfadada, de persona que sale de casa por la mañana sin esperar nada bueno y regresa por la noche con la certeza absoluta de que tenía razón… La injusticia me abrasaba… Amaba tener razón, me calmaba, pero en realidad era  una necesidad insaciable de moderme la cola. Mecía mi rabia contenida de persona que sufre mucho por todo y nunca consigue nada… Nunca la acumulaba, siempre la soltaba a ráfagas de locura, de delirio, de llanto sin consuelo que se rompe en dos y se ahoga en una tarde triste, en una mañana de sol perdida pensando que todo es injusto, que todo está escrito y que no hay salida… Seguramente porque cree que no le toca, que no lo merece, que todavía no ha sufrido suficiente.

Pensaba que los que están seguros de sí mismos no dudan jamás… Qué equivocada estaba… Dudan y mucho, siempre. Nunca saben nada y siempre se hacen muchas preguntas nuevas, pero confían. No saben cómo, pero saben qué. Se dejan llevar y se mecen en la vida, notan que están, saben que todo es posible aunque ignoran a veces por qué… Saben que podrán, no porque sean mejores que nadie sino porque no se boicotean ni rebajan, porque están de su parte y confían en la vida… Porque creen que llegado el momento sabrán por dónde ir, porque una magia extraña les señala el camino. Y sobre todo porque disfrutan durante el viaje, siempre. Pase lo que pase. Si llueve, aman la lluvia. Si hace sol, lo besan. Si hay nubes blancas en el cielo, las cogen entre los dedos y las acarician. Por eso, saben que todo irá bien, porque ya va bien, porque el futuro que buscan pasa por el presente que aman sea como sea.  Y yo no lo veía porque mi máscara era muy opaca y pesada y me enfadaba con ellos porque eran felices… Detestaba su felicidad porque era la muestra más evidente de mi tristeza… Porque nada parecía costarles esfuerzo mientras yo me partía el alma cavando para encontrar sueños perdidos y subía montañas cada día… Porque necesitaba ser perfecta y la vida me pagaba con absoluta imperfección... Porque nunca te llega lo que crees que necesitas sino lo que necesitas para crecer, para descubrir quién eres…

Iba atada a una caja enorme llena de amargura, de lágrimas, de asco, de miedos por todo, sin ningún sentido… Miedos antiguos, miedos de niña rota que no abría el armario porque pensaba que los monstruos dormían allí y no se vestía… El miedo del que todavía no ha descubierto su magia y mira la magia de los demás con recelo. El del sabio que tiene tantas dudas que admira al ignorante que no duda de nada… El miedo de intentarlo y descubrir que es posible y tener que asumir que la responsabilidad es tuya a partir de ese momento. Me arrastraba, me arrastraba tanto que una estela de mí quedaba pegada al suelo y marcaba el camino de mi dolor, de mi desencanto, de mi decepción… Era una tortuga cansada de ir lenta y no llegar porque todo el peso del mundo recae en su espalda dolorida… Sin más hogar que su caparazón duro y oscuro… Sin más temor que perder esa carga pesada que debía llevar a alguna parte para no sé qué hacer y no sé qué conseguir. Intentando acumular méritos por si algún día los reparten, ignorando que lo que cuenta es el presente y ningún sufrimiento trae premios ni medallas sin cada gesto que haces por conseguir lo que quieres no sale del amor sino del miedo… La única recompensa del sufrimiento es más sufrimiento. El amor no necesita recompensa porque ya es un premio. Si damos cada paso con amor, ya estamos consiguiendo lo que deseamos, ya no necesitamos llegar a la meta para ser felices.

Yo tenía que hacerlo todo, salvar al mundo, tirar el carro, llevar la carga… Plantaba semillas que crecían en el campo de al lado, donde ellos bailaban y reían y yo les miraba cansada y resentida, con mi máscara de persona enfadada que no soporta las personas felices que recoge frutos sin tener que sufrir… Hasta que un día no pude más y me senté a contemplar. Estaba tan agotada que apenas tenía ganas de seguir peleando… Pelear no servía de nada… Estaba claro, lo vi muy claro… La guerrera que hay en mí había perdido la batalla… Me tuve que quitar la máscara para mirar y oler, y tocar, y respirar… Y estuve perdida mirando, sintiendo, callando, dejando de gritar y llorar, de quejarme, de arrancarme la ropa para lamentarme, de maldecir y perjurar… Y me quedé dormida, en silencio, con la sola compañía de las sombras y mis prejuicios, con la nana de mis lamentos, con el manto de mis lágrimas y un par de estrellas que brillaban tanto que parecían meterse conmigo y llamarme loca, llamarme perdedora… La vocecilla insaciable de mi ego me decía que me insultaban, pero en realidad estaban allí para que me diera cuenta de que se puede estar sin sufrir, que se puede brillar sin sufrir… Siendo, estando contigo, en coherencia absoluta con tus valores, haciendo lo que sientes que debes desde tu ser, con ganas, con amor, sin desesperación ni angustia… Apenas pude enfadarme con ellas, ni conmigo por haber cedido, por no llegar, por haberme quitado la máscara que me protegía de que se me contagiara la alegría y dejara de luchar y buscar la perfección…

Y cuando desperté de mi sueño de perdedora, cuando mis ojos cansados se abrieron de par en par, todo era paz, belleza, equilibrio… Todo estaba a salvo sin mí, el mundo era un lugar maravilloso sin mi dolor y sacrificio, todo se tenía en pie sin que yo lo sujetara, sin sufrir ni arrastrar… Y en mi campo unos brotes diminutos apuntaban lo que iba a ser un manto de flores precioso… Eran flores perfectas… Lo había conseguido casi sin hacer nada más que estar, que sentir, que dejar de quejarme, sin máscara, sin gritos, sin miedos… Lo había conseguido aprendiendo a esperar sin maldecir… Porque los sueños necesitan trabajo pero no sufrimiento, necesitan camino y paciencia, necesitan ganas y amor a cada paso y a cada momento… Necesitan risa y sobre todo, esencia… Necesitan que persistas, que insistas sin atisbo de temor, que sepas cuándo seguir y cuándo parar, que notes si el sueño compensa, que aceptes que a veces no está… Que encuentres tu casa, que te busques a ti mismo… Que cambies de mirada sin moverte de sitio... Que sueltes la carga y aflojes un poco. Que dejes de soñar con controlar lo incontrolable y respires un rato sin pensar.

Me he dado cuenta de que el gran cambio está en tu mirada, en aprender a ver lo que no ves y plantearte lo que no te planteas… Despojarte de lo que te sobra, quedarte desnudo, sin máscara y empezar de nuevo asumiendo que no sabes nada, sin dar nada por hecho… Aprendiendo de nuevo las palabras, los gestos… Mirándolo todo con ojos inocentes, inexpertos, sin pensar tanto, sin anticiparse a nada… Sin permitir que lo que piensas del mundo estropee todo lo que el mundo puede ofrecerte y lo que tú puedes aportar. Sin perderte una buena charla por un prejuicio, sin buscar una explicación para todo y una meta en cada camino… Amando cada paso, notando cada roce, perdiéndose en cada respiración.

El gran cambio es una mirada distinta… Darse cuenta de que el mundo no necesita que lo empujes y lo arrastres sino que vivas en él con ganas, que no tienes que llevar su peso sino habitarlo con respeto y con sentido… Que no vas a controlarlo ni salvarlo sufriendo y llorando por él sino amándolo y aportando lo que tú eres, lo que tú sabes, lo que tu amas… El gran cambio es dejar de preocuparse y hacer tu camino… 


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Simulacros de amor…


Estoy convencida de que vamos por el camino y que la ciencia y la espiritualidad al final se darán la mano… Encajarán forzosamente en un universo que se ha descubierto inmaterial y compuesto por energía y vibración…Que encontrarán la combinación perfecta para que entendamos que necesitamos paliar efectos, pero que lo realmente importante es ir a las causas y entender a las personas.

Somos nuestras emociones y todo lo que ellas nos ayudan a aprender de nosotros. Somos nuestros sueños y la transformación que obran en nosotros para poder alcanzarlos… Somos el camino que siguen nuestros miedos con sus pies diminutos sobre nuestra espalda, nuestra piel cansada y nuestro cuerpo agitado por no ser lo que este mundo perdido nos ha educado para creer que debemos…

El cuerpo es el mapa del alma. Todo lo que no resolvemos se queda prendido en nosotros. Se nos enquista en la conciencia suplicando salir, pero a veces, se lo negamos y sofocamos el dolor mirando hacia otro lado… Acumulamos la rabia hasta que nos estalla dentro… Acumulamos el miedo a estar solos hasta que no podemos respirar porque nos falta el amor como nos falta el aire… Acumulamos y lo acumulado se acostumbra a vivir en nosotros y vuelve loco bajo la piel y se construye refugios y cabañas para no tener que salir a la luz y arriesgar.

Nos hemos desconectado tanto de nuestro cuerpo, olvidando que somos un todo, que cuando nos envía mensajes no los percibimos… Aunque lo hace cada día.

No nos enseñan a amarnos y no sabemos el valor que tenemos.  

Nos escondemos hasta desaparecer y sentir que no contamos para nada… No nos conocemos. Estamos invadidos por un montón de creencias heredadas que rigen nuestra vida y jamás hemos comprobado que sean verdaderas.

Cuando nacemos, nos enfundan en un traje pequeño para que no crezcamos demasiado y sigamos atados a nuestros miedos… No lo hacen porque nos quieran mal, lo hacen porque creen que si crecemos nuestra osadía irritará al mundo y alguna divinidad ambulante nos aplastará con su dedo meñique. Lo hacen porque a su vez alguien se lo hizo a ellos y a ese alguien se lo hizo otro en una cadena sin fin que se remonta en los tiempos, cuando la humanidad tuvo tanto miedo que decidió no vivir feliz para no molestar… Y nosotros cumplimos con esta limitación sin rechistar ni levantar la voz, porque nuestra voz también es pequeña y nos asusta escucharla.

Nos envuelven en un manto de compasión rígida y nos dan una lista de “deberías” inasumible para mantenernos entretenidos y que no nos demos cuenta de que hay otras realidades por explorar… Lo hacen porque temen que seamos aventureros y soñemos otras vidas que seguro que no nos saldrán bien.

Nos dan una mochila muy pesada para llevar. Llena de culpa, de sufrimiento pasado, presente y futuro y de normas gastadas que cumplir… Nos dicen que no vale la pena intentar ni llevar la contraria y hacemos caso.

Y al empezar el camino, nos sentimos ya agotados. Sujetos a una necesidad de perfección extenuante, asfixiante, agotadora.

Nos asusta encontrarnos la cola y mirarnos a la cara. Estamos convencidos que no daremos la talla y no nos hemos dado cuenta de que intentarlo es comparar la luna con un garbanzo, intentar meter el mar en un vaso o pretender tocar el horizonte. Somos demasiado grandes para encajar en nada y al intentarlo, cruelmente, nos mutilamos para poder adaptarnos a un molde que nos limita y priva de libertad… Nos duelen las piernas porque no corren hacia donde soñamos… Nos duele todo el cuerpo porque está encajado, sometido, recortado, embutido en un rincón que le queda diminuto y del que no nos atrevemos a salir porque dejaríamos de pasar desapercibidos. Nos podamos las ganas, las alegrías, las extravagancias… Nos decimos tantas veces que no que al final, esos pensamientos nuevos y llenos de ilusiones se pierden antes de llegar y ya nunca sabemos lo que realmente deseamos.

Desconocemos nuestra sombra y eso impide que encontremos nuestra luz.

No nos aguantamos la mirada por si descubrimos todo el trabajo pendiente que tenemos con nosotros mismos para crecer y evolucionar.

Nos hacemos tanto daño… Nos sembramos de dolor para castigarnos por no llegar a metas que ni siquiera son nuestras. No hablo de un dolor sólo emocional, hablo de la punzada en el pecho, la presión en el costado que te borra la sonrisa o el aguijonazo en la espalda que te dobla… Hablo de un cuerpo que nos habla para decirnos que nos estamos privando de vida, que no nos mimamos como merecemos, que nos callamos demasiado, que nos rompemos el corazón… Un cuerpo que te dice cada día cómo están tu conciencia, cómo vive tu alma, cómo te tratas a ti mismo…

No es un castigo, es una oportunidad para cambiarlo. Es la consecuencia directa de tu sinvivir, de tu postergar la vida, de tu silencio no deseado, de tu ira contenida, de tu rabia desparramada… Las locuras que no haces habitan en ti, soñando volar. Los deseos que no cumples se esculpen en tu cara surcando caminos, en las articulaciones de tus manos, en los nudos de tu espalda… Los besos que no das se convierten en espinas clavadas en la garganta y el pecho, dardos en el vientre, púas en la cabeza…

A veces, te notas demasiado y otras no estás.

Confundimos el síntoma con la causa y creemos que somos nuestros dolores y enfermedades cuando el realidad somos la respuesta…

Nos recortamos  y empequeñecemos ante un mundo loco que busca llenar vacíos interiores con parches que nunca tapan las heridas porque lo único que las puede sellar está en nosotros…

Siempre buscamos pareja de baile, cuando en realidad, este baile es en solitario.

Buscamos soluciones fuera cuando tenemos  dentro la llave que abre todas las puertas cerradas que llevan a la felicidad.

Nos castigamos por no ser algo que nunca seremos, porque en realidad somos algo mejor… Hemos cedido el poder a cambio de sucedáneos  de felicidad. Hemos regalado conciencia a cambio de simulacros de amor  que mueren antes de empezar porque el único amor que puede sofocar nuestro dolor es el propio.

No sabemos quiénes somos porque no nos educaron para reconocernos y así nunca podremos curarnos y descubrir nuestros valor…

Aunque todo tiene un reverso. Si podemos castigarnos, podemos perdonarnos a nosotros y al mundo por no ser, por no llegar a cimas artificiales pensadas por otros que tampoco conocen las suyas.

Si podemos acumular, podemos soltar y comprender qué sentimos y decidir quiénes somos cuando estemos libres de corazas y chantajes.

Si podemos hacernos tanto daño es porque también podemos hacernos mucho bien.

Es porque tenemos el poder.

Para abandonar esta lucha contra todo y dejar de batallar con nosotros mismos por conseguir un ideal que en realidad no soñamos.

Todos somos enfermos crónicos de miedo…

A no encajar y aparentar.

A no tener.

A estar solos y no ser valorados.

A no ser amados…

Todos tenemos el poder de darle la vuelta ahora y dejar de buscar en el mundo lo que queremos encontrar y empezar a ser lo que le falta.

Todos podemos cambiar de pensamientos y por tanto cambiar de emociones, aunque cueste… Podemos ordenar a nuestra mente que en lugar de quedarse atrapada pensando en sobrevivir, acepte, se adapte y decida empezar a construir sueños. Cuando cambiamos de pensamientos, cambiamos de vida… Nuestro cerebro es pura plasticidad,  se adapta con nosotros, muta para que lleguemos a nuestras metas, estamos preparados para ser elásticos y transformarnos. Tan sólo necesitamos creer y sentir que podemos.

La solución ha estado ahí siempre, esperando a que abramos la puerta que lleva a nosotros mismos y dejemos entrar la luz de sol… Que saquemos de paseo los “no puedo”, los “no sé”, los “no sirvo” y los “nadie me quiere”…. Para que nos demos cuenta de una vez que la magia no va de fuera a dentro, sino de dentro a fuera…

Y empecemos a irradiar lo que somos.

Y que empecemos a vibrar con lo que nos hace soñar.

Dejemos de fingir y saquémonos las máscaras. Detrás de todo dolor hay algo que no sabemos, algo que aún no entendemos, algo que no queremos ver y que nos lleva a darnos cuenta de que todavía no nos amamos.

Llevamos dentro el antídoto pero ignoramos nuestro poder…

La cura que buscamos se llama amor y empieza por nosotros mismos. Se llama mirarte y aceptar lo que ves y lo que sientes. Amar tus fibras y abrazar su belleza y su oscuridad… Se llama autoestima y confianza… Hasta que eso no llega, todo lo demás son simulacros.

Este artículo recoge algunas de las ideas de la ponencia inaugural que tuve el honor de dar en la IV Conferencia Nacional del Paciente Activo dentro de la IX Congreso Nacional de Atención Sanitaria al Paciente Crónico que tuvo lugar en Oviedo del 2 al 4 de marzoUn Congreso que se lleva a cabo gracias al trabajo diario de grandes personas y el apoyo de las instituciones que se han creído eso de que se debe tratar a las personas y no a las enfermedades. Una iniciativa valiente que refleja los cambios que se están llevando a cabo en el mundo sanitario gracias a profesionales y pacientes. Gracias eternas por hacerme partícipe de algo tan grande y maravilloso…