merceroura

la rebelión de las palabras


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Simulacros de amor…


Estoy convencida de que vamos por el camino y que la ciencia y la espiritualidad al final se darán la mano… Encajarán forzosamente en un universo que se ha descubierto inmaterial y compuesto por energía y vibración…Que encontrarán la combinación perfecta para que entendamos que necesitamos paliar efectos, pero que lo realmente importante es ir a las causas y entender a las personas.

Somos nuestras emociones y todo lo que ellas nos ayudan a aprender de nosotros. Somos nuestros sueños y la transformación que obran en nosotros para poder alcanzarlos… Somos el camino que siguen nuestros miedos con sus pies diminutos sobre nuestra espalda, nuestra piel cansada y nuestro cuerpo agitado por no ser lo que este mundo perdido nos ha educado para creer que debemos…

El cuerpo es el mapa del alma. Todo lo que no resolvemos se queda prendido en nosotros. Se nos enquista en la conciencia suplicando salir, pero a veces, se lo negamos y sofocamos el dolor mirando hacia otro lado… Acumulamos la rabia hasta que nos estalla dentro… Acumulamos el miedo a estar solos hasta que no podemos respirar porque nos falta el amor como nos falta el aire… Acumulamos y lo acumulado se acostumbra a vivir en nosotros y vuelve loco bajo la piel y se construye refugios y cabañas para no tener que salir a la luz y arriesgar.

Nos hemos desconectado tanto de nuestro cuerpo, olvidando que somos un todo, que cuando nos envía mensajes no los percibimos… Aunque lo hace cada día.

No nos enseñan a amarnos y no sabemos el valor que tenemos.  

Nos escondemos hasta desaparecer y sentir que no contamos para nada… No nos conocemos. Estamos invadidos por un montón de creencias heredadas que rigen nuestra vida y jamás hemos comprobado que sean verdaderas.

Cuando nacemos, nos enfundan en un traje pequeño para que no crezcamos demasiado y sigamos atados a nuestros miedos… No lo hacen porque nos quieran mal, lo hacen porque creen que si crecemos nuestra osadía irritará al mundo y alguna divinidad ambulante nos aplastará con su dedo meñique. Lo hacen porque a su vez alguien se lo hizo a ellos y a ese alguien se lo hizo otro en una cadena sin fin que se remonta en los tiempos, cuando la humanidad tuvo tanto miedo que decidió no vivir feliz para no molestar… Y nosotros cumplimos con esta limitación sin rechistar ni levantar la voz, porque nuestra voz también es pequeña y nos asusta escucharla.

Nos envuelven en un manto de compasión rígida y nos dan una lista de “deberías” inasumible para mantenernos entretenidos y que no nos demos cuenta de que hay otras realidades por explorar… Lo hacen porque temen que seamos aventureros y soñemos otras vidas que seguro que no nos saldrán bien.

Nos dan una mochila muy pesada para llevar. Llena de culpa, de sufrimiento pasado, presente y futuro y de normas gastadas que cumplir… Nos dicen que no vale la pena intentar ni llevar la contraria y hacemos caso.

Y al empezar el camino, nos sentimos ya agotados. Sujetos a una necesidad de perfección extenuante, asfixiante, agotadora.

Nos asusta encontrarnos la cola y mirarnos a la cara. Estamos convencidos que no daremos la talla y no nos hemos dado cuenta de que intentarlo es comparar la luna con un garbanzo, intentar meter el mar en un vaso o pretender tocar el horizonte. Somos demasiado grandes para encajar en nada y al intentarlo, cruelmente, nos mutilamos para poder adaptarnos a un molde que nos limita y priva de libertad… Nos duelen las piernas porque no corren hacia donde soñamos… Nos duele todo el cuerpo porque está encajado, sometido, recortado, embutido en un rincón que le queda diminuto y del que no nos atrevemos a salir porque dejaríamos de pasar desapercibidos. Nos podamos las ganas, las alegrías, las extravagancias… Nos decimos tantas veces que no que al final, esos pensamientos nuevos y llenos de ilusiones se pierden antes de llegar y ya nunca sabemos lo que realmente deseamos.

Desconocemos nuestra sombra y eso impide que encontremos nuestra luz.

No nos aguantamos la mirada por si descubrimos todo el trabajo pendiente que tenemos con nosotros mismos para crecer y evolucionar.

Nos hacemos tanto daño… Nos sembramos de dolor para castigarnos por no llegar a metas que ni siquiera son nuestras. No hablo de un dolor sólo emocional, hablo de la punzada en el pecho, la presión en el costado que te borra la sonrisa o el aguijonazo en la espalda que te dobla… Hablo de un cuerpo que nos habla para decirnos que nos estamos privando de vida, que no nos mimamos como merecemos, que nos callamos demasiado, que nos rompemos el corazón… Un cuerpo que te dice cada día cómo están tu conciencia, cómo vive tu alma, cómo te tratas a ti mismo…

No es un castigo, es una oportunidad para cambiarlo. Es la consecuencia directa de tu sinvivir, de tu postergar la vida, de tu silencio no deseado, de tu ira contenida, de tu rabia desparramada… Las locuras que no haces habitan en ti, soñando volar. Los deseos que no cumples se esculpen en tu cara surcando caminos, en las articulaciones de tus manos, en los nudos de tu espalda… Los besos que no das se convierten en espinas clavadas en la garganta y el pecho, dardos en el vientre, púas en la cabeza…

A veces, te notas demasiado y otras no estás.

Confundimos el síntoma con la causa y creemos que somos nuestros dolores y enfermedades cuando el realidad somos la respuesta…

Nos recortamos  y empequeñecemos ante un mundo loco que busca llenar vacíos interiores con parches que nunca tapan las heridas porque lo único que las puede sellar está en nosotros…

Siempre buscamos pareja de baile, cuando en realidad, este baile es en solitario.

Buscamos soluciones fuera cuando tenemos  dentro la llave que abre todas las puertas cerradas que llevan a la felicidad.

Nos castigamos por no ser algo que nunca seremos, porque en realidad somos algo mejor… Hemos cedido el poder a cambio de sucedáneos  de felicidad. Hemos regalado conciencia a cambio de simulacros de amor  que mueren antes de empezar porque el único amor que puede sofocar nuestro dolor es el propio.

No sabemos quiénes somos porque no nos educaron para reconocernos y así nunca podremos curarnos y descubrir nuestros valor…

Aunque todo tiene un reverso. Si podemos castigarnos, podemos perdonarnos a nosotros y al mundo por no ser, por no llegar a cimas artificiales pensadas por otros que tampoco conocen las suyas.

Si podemos acumular, podemos soltar y comprender qué sentimos y decidir quiénes somos cuando estemos libres de corazas y chantajes.

Si podemos hacernos tanto daño es porque también podemos hacernos mucho bien.

Es porque tenemos el poder.

Para abandonar esta lucha contra todo y dejar de batallar con nosotros mismos por conseguir un ideal que en realidad no soñamos.

Todos somos enfermos crónicos de miedo…

A no encajar y aparentar.

A no tener.

A estar solos y no ser valorados.

A no ser amados…

Todos tenemos el poder de darle la vuelta ahora y dejar de buscar en el mundo lo que queremos encontrar y empezar a ser lo que le falta.

Todos podemos cambiar de pensamientos y por tanto cambiar de emociones, aunque cueste… Podemos ordenar a nuestra mente que en lugar de quedarse atrapada pensando en sobrevivir, acepte, se adapte y decida empezar a construir sueños. Cuando cambiamos de pensamientos, cambiamos de vida… Nuestro cerebro es pura plasticidad,  se adapta con nosotros, muta para que lleguemos a nuestras metas, estamos preparados para ser elásticos y transformarnos. Tan sólo necesitamos creer y sentir que podemos.

La solución ha estado ahí siempre, esperando a que abramos la puerta que lleva a nosotros mismos y dejemos entrar la luz de sol… Que saquemos de paseo los “no puedo”, los “no sé”, los “no sirvo” y los “nadie me quiere”…. Para que nos demos cuenta de una vez que la magia no va de fuera a dentro, sino de dentro a fuera…

Y empecemos a irradiar lo que somos.

Y que empecemos a vibrar con lo que nos hace soñar.

Dejemos de fingir y saquémonos las máscaras. Detrás de todo dolor hay algo que no sabemos, algo que aún no entendemos, algo que no queremos ver y que nos lleva a darnos cuenta de que todavía no nos amamos.

Llevamos dentro el antídoto pero ignoramos nuestro poder…

La cura que buscamos se llama amor y empieza por nosotros mismos. Se llama mirarte y aceptar lo que ves y lo que sientes. Amar tus fibras y abrazar su belleza y su oscuridad… Se llama autoestima y confianza… Hasta que eso no llega, todo lo demás son simulacros.

Este artículo recoge algunas de las ideas de la ponencia inaugural que tuve el honor de dar en la IV Conferencia Nacional del Paciente Activo dentro de la IX Congreso Nacional de Atención Sanitaria al Paciente Crónico que tuvo lugar en Oviedo del 2 al 4 de marzoUn Congreso que se lleva a cabo gracias al trabajo diario de grandes personas y el apoyo de las instituciones que se han creído eso de que se debe tratar a las personas y no a las enfermedades. Una iniciativa valiente que refleja los cambios que se están llevando a cabo en el mundo sanitario gracias a profesionales y pacientes. Gracias eternas por hacerme partícipe de algo tan grande y maravilloso…


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La respuesta eres tú


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Soltar… ¡Qué difícil!

Es como si hubiéramos nacido para acumular y retener. Y lo hacemos con todo, con lo bueno, hasta que pierde el sentido… Con lo que parece malo, porque nos gusta sentir ese dolor que nos recuerda quiénes somos… Como si la punzada nos hiciera sentir vivos…

Y es que a veces, nos hemos identificado tanto con nuestras penas que somos nuestras penas. Y cuando alguien nos pregunta quiénes somos, nos limitamos a detallar una lista de agravios terribles que hemos tenido que soportar en la vida, como si fuera nuestro currículum, como si aquello fueran nuestras señas de identidad y nuestras credenciales…

No soltamos el dolor porque creemos que somos nuestro dolor. Y sentimos que si dejamos de mirarnos en el fondo de nuestras tragedias, no seremos nada… Nos hemos acostumbrado tanto a nuestra rabia, nuestro resentimiento contenido… Que pensamos que es nuestro carácter, nuestra personalidad. Y si dejamos ir esa actitud, no seremos nadie…

El dolor construido día a día forma a veces parte de nuestra esencia y tememos perdernos si dejamos que marche… Porque mientras te dolía lo que otros decían de ti construiste una coraza que te ha permitido ser quién eres…  Porque al sentirte minúsculo te pusiste a crecer para demostrar que eras grande… Porque la ira sin desatar te permitió construir un futuro mejor a base de superarte…

¿Qué me queda sin la energía que me dio mi dolor?

¿Qué tengo sin la fuerza que desencadenó en mi ese miedo, esa rabia, esa humillación?

La respuesta es fácil… Tú.

No eres tu dolor, eres lo que has construido con él.  Ahora ya no lo necesitas, ya no te sirve para seguir porque ya no eres esa persona triste y necesitada de mostrar al mundo que vale la pena… En realidad, no lo fuiste nunca, nunca, pero no lo podías ver…

Hiciste lo correcto pero con fines equivocados. Usaste la adversidad para crear algo hermoso, algo bueno para ti… Pero el objetivo no debía ser demostrarle nada al mundo sino crecer y confiar en ti. Pensabas que si te querían y aceptaban, te amarías tú y ahora ves que en realidad era al revés…

No importa ahora. Cada uno hace lo que puede con lo que está a su alcance.

Y ahora que sabes que puedes, debes soltar… Deja las muletas y camina solo. No necesitas apoyarte en nada ni nadie porque has descubierto la verdad, el poder es tuyo.

No vuelvas a cederlo ni arrendarlo. A nada, a nadie, ni a una versión de ti cómoda y cobarde…

No necesitas ese dolor porque lo has transformado.

Aspiras al máximo. No tienes límite…

Deja de preocuparte. No importa qué camino tomes porque sabes que llegado el momento, sabrás rectificar o aprovechar lo que encuentres en él.

No importa si te equivocas porque convertirás ese error en palanca.

No importa si tienes miedo, porque sabes que aprenderás de él y lo superarás.

Tal vez aún no te has dado cuenta, pero manejas algo muy valioso entre manos, tú.

Ahora que has despertado y te has quitado la venda de los ojos que sólo te dejaba ver cuando brillaba el sol, ya sabes que lo único que necesitas está dentro de ti.

No esperes nada.

No busques nada.

Arráncate la culpa de las entrañas porque está ocupando el espacio del amor…

Arranca las raíces que te han salido en la conciencia y que te atan a un pasado que no eres tú…

Llevas el equipo de asalto a la vida incorporado.

Lo que necesitas llegará.

Tan sólo suelta lastre y siente.

Deja que pase.

No eres al animal herido, eres la hermosa bestia que sobrevivió…

No eres el niño abandonado , eres el niño que aprendió a quererse.

No eres la que lloró durante mil años, eres la que ahora sonríe.

No habites una persona que ya no eres. Vuelve a ti, a ti de verdad.

Suelta esa parte de ti que a veces tiene ganas de agarrarse al miedo y quedarse quieta.

Suelta todo  lo que te tiente a aferrarte y depender.

No necesitas salvavidas porque vuelas. No necesitas nada más, te tienes a ti.

Corre el riesgo de ser tú y verás que siempre compensa…

Deja de preguntar… La respuesta es siempre la misma… La respuesta eres tú.


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Peleando con la vida


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¡Qué complicado no dejarse llevar por la ira!

Dice mi admirado Leocadio Martín que la ira y la rabia son útiles si somos capaces de transformarlas en energía y actuar. Hacer algo con esa sensación de quemazón que se nos instala dentro y crear, usarla para construir en lugar de destruir, para evolucionar… Y no hablo sólo de explorar el por qué de sentirse así y de entender qué suscita en nosotros esa emoción y qué podemos aprender de ella… No es sólo eso sino también verlas como una oportunidad de energía extra para sacar fuerzas y hacer con ellas algo hermoso.

Gestionar nuestras emociones es desaprender. Descubrir lo que realmente eres cuando no dejas de ser tú porque lo que sientes se desborda. Sacarte de encima las limitaciones y dejarte fluir. Nuestras emociones son oportunidades para conocernos, para sentir quiénes somos y decidir sobre nuestra vida. Son utilidad pura. Nos dicen si vamos por buen camino, si lo que hacemos nos hace felices… Si nos traicionamos o nos somos fieles… Lo importante es entenderlas y saber qué quieren decirnos. Y usarlas para tomar decisiones porque llevan mensajes ocultos que nos guían para saber por dónde caminar. Y esos mensajes nunca se descubren a golpes, ni en pleno frenesí, sino cómo resultado de macerar lo que sentimos y escucharnos a nosotros mismos…

Leocadio habla de la ira y de la rabia. Cuántas veces, después de un ataque de rabia, no hemos tomado una determinación importante o hemos tenido la fuerza necesaria que te da “esa intensa sensación de dignidad súbita” para decir que no, que no tragamos más, que ya basta de bajar la cabeza…

Sin embargo, conseguir eso desde la armonía y no poner en riesgo la paz interior es complicado. Al menos, para mí y mucho… Ser capaz de tomar esa rabia ante lo que consideramos injusto y transformarla requiere sabiduría. Necesita de conocerse y aceptar que eso es una de tus debilidades  y que, previo este paso, puede convertirse en una fortaleza.

No se puede decidir ni contestar ante un ataque de rabia. Hay que respirar y responder desde la calma. Y eso, requiere entrenarse. A veces,  se puede contestar en diez segundos, cuando ya eres un alumno avanzado en ti mismo y has aprendido que no hay nada que otro haga que pueda perturbarte porque no le puedes dar ese poder sobre ti… Suena genial ¿verdad? Pero no se consigue en dos días… Hay un camino de aprendizaje hasta contestar desde la serenidad, la comprensión del estado del otro y del propio y tomárselo con sentido del humor… Y luego responder con actos, no encaminados a demostrar nada a esa persona sino a crecer. Entender que esa rabia nos dice algo de nosotros y nos indica una dirección en la cual trabajar… Un camino hacia uno de nuestros miedos y obstáculos a superar. Esta es la oportunidad de ir hacia ellos con una dosis extra de energía, motivación y vitalidad proveniente de esa ira que nos circula por las venas y que es necesario soltar para que no nos acaba destruyendo y haciendo arder…

Nunca he sido de morderme la lengua y considero que hacerlo es terrible. Siempre he pensado que las cosas deben poder decirse  con respeto y serenidad, aunque no lo he conseguido demasiadas veces, lo reconozco. Al final, o lo sueltas con calma o te callas. Lo de callarse creo que sólo se puede hacer desde  la sabiduría, desde un estado de conciencia enorme que hace que lo que te hagan o digan no te afecte, porque gestionas tan bien tus emociones que no necesitas responder a los estímulos exteriores porque lo que realmente te mueve está dentro de ti… Callar sí, tragar no. Si uno traga, debe asegurarse de que lo va a digerir y sabrá expulsar lo que sobra… Esa rabia contenida, ese sufrimiento, ese resentimiento, esa culpa que nos bucean en las entrañas y se hacen nidos dentro, esperando a que bajemos la guardia para que nos sintamos mal física y anímicamente… Y no para fastidiarnos sino para mostrarnos que acumularlos dentro no es bueno para nosotros…

Comunicarse con los demás y con uno mismo de forma adecuada es vital para conocerse.

¿Cómo se suelta la ira? ¿cómo se toma esa energía pura y se convierte en un libro, en un cuadro, en una receta de cocina, en una carrera hasta la meta o en cualquier acto que te libere y sea capaz de mejorar la vida a otras personas?

Y lo más complicado… Ser asertivo. Defender lo que eres y lo que quieres en tu vida sin bajar la cabeza ni dejarte llevar por la adrenalina. ¿Cómo se evita la tentación de no contestar al otro con la misma moneda? Lo digo porque las personas que están siempre a la defensiva, alerta y dispuestas al ataque para protegerse (la que os escribe es y ha sido una de ellas, hace tiempo que trabaja para dejarlo a un lado pero sin perder esa energía) se convierten en pequeños genios de la respuesta rápida y elocuente… Algo que no soportan las personas que se dejan llevar por la ira es ser víctimas de nada ni de nadie, porque la injusticia nos revela, pero a menudo, no nos damos cuenta de que cuando somos incapaces de gestionarla y mirar la situación desde fuera y con distancia, justamente lo que hacemos es prolongar ese estado de victimismo y no ser responsables de nuestra vida porque no tomamos las riendas…

Cuando nos pasamos el día con el “mira qué me han hecho” desviamos la vista de lo que importa “qué quiero hacer yo y qué provecho le saco para crecer”. Como cuando nos señalan la luna y nos fijamos en el dedo… Miramos al mundo con rabia porque lo vemos imperfecto y tremendamente injusto… Nos limitamos a responder con gracia y sorna… Lo hacen tanto y tan bien de practicar que al final les da pena perder esa capacidad adquirida de responder y soltar la rabia y quedarse tranquilo… Al menos en apariciencia, porque eso no te deja tranquilo. Te deja soltar por un rato, pero no sirve de nada. Te permite ganar la batalla pero no ganar la sabiduría. Lo sé por experiencia. Porque al hacer eso, no exploras tu responsabilidad en la situación, no entiendes qué dice esa ira de ti y qué aprendizaje conlleva. Zanjas el tema con un parche, te regodeas en ti mismo y te envuelves en tu rabia, te alimentas de ella y puesto que no la aceptas ni intentas comprenderla, se queda en ti y navega por tus venas. No consigues que te aporte nada y no le das la vuelta…

Cuando entiendes qué dice de ti y qué te ha llevado a esa situación, cuando ves la oportunidad que supone, eres capaz de soltarla… Hay mil formas. Nadando, bailando, corriendo, respirando hondo y sabiendo que lo haces por ti… Y luego, tomar ese subidón y hacer algo nuevo… Construir algo con ella. Vencer uno de tus miedos y dar el primer paso en uno de tus caminos pendientes…

Ya que la llevamos dentro y hay que soltarla, hacer que esa rabia salga de nosotros de forma constructiva y hermosa. Conseguir que antes de que nos devore, la podamos utilizar nosotros para comernos el mundo y evolucionar.

Y al pensarlo, al analizar qué ha pasado, tal vez ya no te ves como una víctima de nada ni de nadie, aguantando y tragando, sino como una persona capaz y responsable de su vida que supo transformar lo adverso en propicio, lo que parecía un obstáculo en un trampolín…

Y esa es una forma maravillosa de recoger nuestra rebeldía e inconformismo y usarlos para evolucionar. Dejar de intentar cambiar al mundo porque nos parece injusto e imperfecto y cambiar nosotros, para aceptar y ser capaces de entenderlo y amarlo tal como es…

Seguro que con nuestro gesto, ese mundo ya cambia un poco.

Para aceptarnos a nosotros cómo somos y usar nuestras debilidades para ser más flexibles y estar en paz.

Sin tener que callar.

Sin tragar nada.

Sin resignarse.

Sin perder la ilusión.

No podemos pasarnos la vida peleando con los demás…

No podemos pasarnos la vida en pie de guerra y enfadados con el mundo.

Eso creo, porque no sé nada… Estoy en ello, cada día, intentando aprender y cambiar sin guerrear y aceptar sin resignarme.

Por cierto, recomiendo leer a diario el blog de Leocadio Martín. Yo aprendo cada día más de sus conocimientos…


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La partida


Me rindo… A la vida.

Dejo la batalla y me apunto a la derrota sabia, a la paz del que no lucha, sino que camina. Que sigue y no pierde el tiempo en pugnas absurdas que arañan y desgastan. Que guarda sus fuerzas para tocar sus metas y no para explicarlas a quién jamás podrán entenderlas ni compartirlas.

Me rindo. Ya no más excusas por hacer, ni disculpas por ser. Sólo camino.

A veces, viendo  claro el horizonte. Otras, entre la niebla más espesa. Siempre notando cada paso.

Ya no más culpas por ver el mundo con otros ojos y no ser capaz de encajar en esquemas rígidos.

Ya no más intentos de tocar la perfección a cambio de perder una humanidad salvaje, maravillosa, única…

Ya no más miedos enredados en el pelo y en las sábanas dictando pesadillas y esbozando monstruos con corbata…

Me apunto al baile del que nunca deja de oír la música, aunque cese, aunque los gritos la confundan y los ignorantes la hagan callar…

Me apunto al crepitar del fuego y el vaivén de las olas, aunque sean imaginarias.

Me apunto al sosiego. Al abrazo caliente del que no corre para llegar sino que se funde con el camino.

Del que no se juzga sino que se ríe de las circunstancias y les da la vuelta para que la puerta de salida sea un principio, para que el muro insalvable sea un estímulo…

Para que rendirse sea soltarse y nunca resignarse sino aceptar y superar, para crecer, para salir de todo aquello que te ata, te oprime y te asfixia.

Me apunto a cambiar tantas veces como sea necesario, aunque no me conozca al final, aunque sólo lo quede de mí la esencia y ya no queden máscaras con que ocultarse.

Me suelto, sin esperar a tener certezas falsas ni abrazar doctrinas férreas.

Sin necesitar tener para existir.

Sin buscar poseer nada que nunca será de nadie que no sepa soltarlo sino vivirlo.

Me voy del lado miserable de mis calles interiores. Dejo de golpearme en las paredes blancas de mi alma perdida que busca razones para no salir al mundo y al no encontrarlas se las inventa…

Me voy sin escapar, sin escaquearme de nada, sin perderme el detalle pero sin hacer guardia, nunca más… Sin controlar, sin medir, sin  esperar. Sin supeditarme al juicio ni la crítica. Sin vencer a ningún dragón inventado que yo misma haya puesto en mi camino para poder excusar mi cobardía y echarme atrás. Sin buscar más coartadas para huir de mí cuando ya no soporto mi exigencia ni columpios donde balancearme haciendo tiempo para empezar a vivir… Ya no más batallas estúpidas contra mi misma para demostrar… Sólo el paso, el camino, el trabajo, el error necesario, el  aprendizaje, la alegría de confiar en mi rumbo y mi sueño. De confiar en mí sin tener que explicar el por qué.

Me voy sin esperar a desesperar.

Me voy del lado tembloroso… Me voy sin dejar margen a que el temor me haga quedarme y la voz de mi yo más triste me diga que no puedo.

Marcho de ese pedazo de tierra que hay en mí donde nunca toca el sol y me lanzo a lo inexplorado.

Ya no más demoras creadas para eludir y escapar.

Me voy y me llevo conmigo lo que realmente permanece.

Deseándolo todo pero sin atarme a nada.

Con ganas de sorpresa, de risa, de abrir la caja y descubrir algo nuevo.

Con esperanza.

Sin súplica. Con toda la pasión que me cabe pero sin oración desesperada.

Me apunto al beso salvaje pero con el  corazón sereno.

A la locura sensata.

Al desenfreno plácido.

Me rindo a cada instante. Para que lo efímero sea eterno,   lo mínimo máximo, lo ínfimo, grande…

Para que no me quede nada por apurar pero la premura por hacerlo no recorte mis sentidos.

Me apunto a la paciencia, aunque a veces pupilas ansiosas cuenten las horas.

Me apunto a dilatar la belleza y acelerar las ganas.

Me rindo, sin rendirme. Me suelto para desbocar mis sueños y dejar de mandar palomas con mensajes desesperados al universo.

Me voy del lado absurdo y guerrero, me voy con todas las dudas deliciosas y los temores necesarios para tomar impulso y seguir.

Me aparto del lado feroz donde sólo se me espera para vaciarme de mí y llenarme de rabia.

Sujeta, con los pies en el suelo y mirando al cielo para perderme en las ramas de los árboles que lo acarician.

Soy lo que soy y eso es sólo lo que tengo… Y es mucho, lo es todo. Es el camino…

arboles-altos

 

 


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La necesidad de perder el control


globosLo queremos controlar todo. Saber hacia dónde nos lleva cada paso que damos, sin apenas notarlo y vivirlo.

Somos peces. Damos vueltas a la mismas ideas de siempre. Vivimos en un bucle mental, en una espiral de modorra y rutina.

Buscamos respuestas en los libros para liberarnos de nuestras ataduras mentales y, a pesar de que nos parecen necesarias, no las aplicamos nunca.

Nos compramos una chaqueta nueva porque pensamos que si cambiamos por fuera, eso nos dará fuerzas para cambiar por dentro. Queremos ser otros sin dejar de hacer lo mismo de siempre… Somos nuestras propias marionetas.

Nos apuntamos a un curso para aprender a respirar, a descubrir quiénes somos y ponernos objetivos en la vida, mientras retrasamos el momento de empezar a vivir.

Nos equipamos para correr maratones y nunca llegamos más allá de la esquina.

Llamamos a un amigo al que hace tiempo que no vemos y le contamos nuestras penas sin escucharle. Le intoxicamos con nuestras palabras tristes y nuestros pensamientos viejos y usados, cuando en realidad lo que necesitamos es dejarnos llevar por sus ideas nuevas y frescas.

Nos repetimos mucho. Nos pasamos el día justificándonos por no decidirnos, por no llegar, por ser… Para no tener que dejar de controlar.

Fabricamos excusas para que nuestra existencia no tenga estridencias, ni sobresaltos. Nos inventamos dolencias imaginarias como coartada para no tener que superar nuestros límites.

Nos ponemos unos zapatos distintos para tener la sensación de que nos llevan por otro camino. Aunque nunca nos alejamos del perímetro que nos hemos trazado…

Nos comparamos con otros cuando nuestras vidas y puntos de partida no son comparables. Como si cada ser humano no fuese único.

No olemos el mar porque nos hundimos en la arena… Porque nos blindamos en nuestros caparazones. Nos perdemos cualquier cosa que implique poner un pie más allá de las fronteras de nuestros miedos.

No amamos por si duele. No sentimos por si el sentimiento caduca. No nos damos por si no se nos dan. No salimos de nuestra habitación interior por si al volver todo está revuelto.

No nos ponemos ese vestido atrevido que nos gusta porque nos da vergüenza. No nos lo podremos nunca porque somos de esas personas que cuelgan sus deseos en un armario y jamás se los ponen.

Tenemos prisa siempre para vivir y dejarlo todo en suspenso, en una suspensión concreta y conocida.

Vivimos en un limbo emocional donde transitamos sin pena ni gloria, a cambio de pasar por la vida sin demasiado riesgo ni conmoción.

Huimos de los laberintos y los acertijos. Cuando sucede algo fuera de nuestros planes, saltan la alarmas y nos metemos en nuestros cascarones.

Perseguimos hologramas de nosotros mismos. Nos engañamos diciendo que vamos a por todas, que queremos devorar la vida, y en realidad, ni siquiera le damos pequeños mordiscos.

Nos adjudicamos vidas anodinas y nos ponemos retos asequibles para no tener que notar el frío de de nuestros pasos imprudentes.

Cuando nos caemos, miramos de reojo aterrorizados por si alguien nos observaba, porque vivimos en un escaparate asfixiante…

Nos ahogamos en gotas de agua y convertimos un pequeño conflicto en unas arenas movedizas.

No osamos. No preguntamos. No nos atrevemos a insinuar que nos gusta. No pedimos lo que queremos por si no queda.

Nos quejamos en voz alta para buscar la compasión fingida de otros que se quejan también en voz alta y que como nosotros tampoco nos escuchan porque para hacerlo tendrían que dejar de lamentarse.

Nos mordemos la cola y tropezamos con la misma piedra… Vivimos en una caja  y nos conformamos con lo que vemos a través de las ventanas… Confundimos la desidia con la paz y la resignación con la adaptación. Nos ilusionamos con el mando a distancia y calculamos nuestras carcajadas porque consumen calorías.

De vez en cuando, queremos romper con todo y cambiar, pero lo hemos convertido también en una rutina para no tener que asumir esa necesidad de renovarnos, para convertir nuestro cambio en algo inmutable y cíclico. Para poder continuar soñando que cambiamos sin tener que movernos ni un milímetro y sin correr el riesgo de romper las costuras de ese traje a medida que nos hicimos para no transformarnos.

Y sin embargo, ya tenemos todo lo que necesitamos y somos todo lo que buscamos.

Sólo hace falta seguir el camino más abrupto, escoger la opción más complicada y arriesgarse, pedir el deseo más grande y subir a la cumbre más alta.

Hacer la pregunta impertinente que nos ronda por la cabeza. Pisar la zona prohibida. Levantar la cabeza y osar soñar con retos más altos y rotundos… Abandonar la cola donde esperamos a que repartan lo que siempre pedimos y dar la vuelta para encontrar algo inesperado…

Cambiar de pensamientos, cambiar de palabras y salir del decorado.

Hacer algo que no hemos hecho nunca pero que siempre hemos deseado intentar.

Cumplir con disciplina los consejos de los sabios… Y si nos parecen consejos cómodos y asequibles, cambiar de sabios.

Sentarse donde nuestro mundo se tambalea y perder el control de lo que nos sucede… Atrevernos a cuestionar quiénes somos y lo que hacemos. Ahondar en todas nuestras inseguridades y caer en todas las trampas que pusimos para quién quisiera flanquear nuestras defensas y entrar en nuestras almas.

Dejar de quejarnos y borrar esa cara agria que dibuja la rabia acumulada y nos aleja de aquellas personas a las que realmente nos iría bien acercarnos. Huir de todas esas caras grises que nos recuerden lo que fuimos para dejar de relacionarnos con personas que buscan vidas controladas.

Dejar de mirar a los demás por encima o por debajo, buscar su mirada y conectar…

Aceptar y adaptarse. Y, si hace falta, esperar hasta poder cambiar lo que queremos cambiar.

Andar por ese sendero de tu vida donde no sabes si habrá barandilla…

Gestionar tus emociones y aprender de ellas.

Abrazar lo sencillo y recrearse en lo básico. Encontrar el punto entre fluir y estar. Encontrar ese lugar salvaje que habita tu conciencia más indómita y dejarse llevar… Abandonarse a los sentidos sin que tu yo más inflexible pierda del todo el equilibrio.

Ser curioso e irreverente. Descubrir lo necesario que es a veces perder el control para descubrirte a ti mismo. Nuestros grandes talentos están a veces ocultos en nuestras grandes flaquezas, en nuestros temores, en el ángulo muerto de nuestra visión disciplinada y formal.

Despertar un día y no reconocer nada de lo que te rodea y que no importe. Saber que nada te une al decorado de tu vida por decreto ni obligación. Que no sigues más guión que el que escribes cada día… Que más que posesiones tienes vivencias… Que tú escoges tus arraigos y echas tus raíces. Que, si es necesario, cada día construyes tu hogar en un lugar distinto del camino… Que cada día construyes el camino.


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Método infalible para no llegar nunca a ser feliz


nino-enfadado

No te cuestiones nada.

No preguntes. Calla. Espera.

Dí siempre que sí. Incluso cuando no quieras. Cuando el sí sea la carga más pesada que arrastras.

Traga, siempre. Aunque no tenga sentido. Aunque no sepas la razón y te des cuenta de que mereces mejor trato.

Intenta gustarle a todo el mundo. Cree firmemente que hay espacios de gloria que te están vetados porque sí. Porque eres tú. Como si en tu ADN hubiera un gen repelente a la dicha, a la fortuna, a la capacidad de conseguir lo que anhelas. Como si el mundo se dividiera en ganadores y perdedores y tú estuvieras enjaulado en el segundo grupo.

Esconde tus ideas por si ofenden.

Procura no destacar por si te miran y critican. No opines. No brilles por si a alguien le molesta.

No arriesgues por si te equivocas y eres el blanco de las burlas.

Procura no hacer nunca el ridículo. Ríele las gracias a todos. Siéntete común, vulgar. No te diferencies. 

Esconde tus sentimientos y emociones. Piensa que mostrar lo que sientes te hace débil, que tener miedo es de cobardes y que las dudas no son necesarias.

Cree firmemente que llegará un día en que serás feliz. Que todo estará controlado entonces, como por arte de magia. Que tendrás el hogar perfecto, la familia perfecta, el aspecto perfecto, el trabajo perfecto… Que podrás anotar esa fecha en el calendario como el primer día del resto de tu vida. Y decide esperar sentado a que llegue.

Cree que la felicidad viene desde fuera y no desde dentro. Que es absoluta y que llega del tirón. No escuches a otros. Lleva tu pena en silencio y convéncete de que eres el único que lo pasa mal.

Que no te importe sufrir mientras esperas que llegue ese momento de perfección. Aguanta malas caras y baja la vista. Pásalo mal, que el rencor te carcoma, arrastra una carga esperando que todo cambie por azar. No vivas esperando vivir. No ames si no ves un atisbo previo de amor en los demás.

Siéntete gusano y procura esquivar las pisadas de quienes crees que están destinados a ser mariposas. No confies en nadie.

Posterga el momento de parar y cerrar la puerta al asco que te da todo esto. Postérgalo todo hasta que pierda sentido.

Déjalo para mañana o para nunca. No te esfuerces, piensa que no merece la pena.

Sé altamente desdichado y no te rebeles. Aguanta situaciones injustas porque no hay más remedio que sobrellevarlas. Decide que no puedes cambiar nada. Que el destino está escrito. Que sentir dolor es habitual y necesario. Que encajar golpes forma parte de tu día a día. Que no mereces más.

Piensa que lo pequeño nunca será grande. No imagines. No sueñes.

Cree que no hay elección. Compádecete de ti mismo.

Decide que todo esto no es responsabilidad tuya. Que eres una víctima. Que nada está en tus manos. Que tu vida no es tuya, que no la diriges y que no puedes escoger a dónde va.

Laméntate y quéjate por todo y propaga tu desdicha. Que lo sepan todos, que lo compartan.

Etiquétate como el desgraciado. Que todos lo sepan. Que todos lo digan, el primero tú.

Lleva tu etiqueta con el mayor pesar posible. Regodéate en tu miseria, en tu imposibilidad de dar la vuelta a la situación.

Ah… Más todavía… Busca una excusa convincente para no haber sabido cambiarlo todo, por no haber tenido ganas de frenar a tiempo tu frustración y resignación vital. Y si no la encuentras, acarrea también la culpa y la rabia por no saber cómo llegar a la salida de este sucedáneo de vida. Y si te duelen demasiado estas emociones corrosivas, busca a alguien ajeno que parezca que lucha por vivir a su modo y que se esfuerza por encontrar respuestas. Alguien a quién descargarle tu ira. Sé injusto con él, pisa su dignidad, humíllale, critícale hasta la saciedad como si fuera lo más importante de tu vida, tu único tema de conversación… Y envidia su felicidad si no eres capaz de quebrar sus defensas, si no puedes derrotar su entusiasmo.

Ódiale a él por tu cobardía. Cúlpale y nota los efectos nefastos de este sentimiento en tu propia esencia y tu cuerpo cansado. Pasa de presa a depredador. De cordero sumiso a lobo voraz.

Y cuando termines, prepárate para volver a empezar. Esto es un círculo vicioso que no acaba nunca.

¿O no?


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Dentro de diez años


Una persona a la que quiero me dice siempre “si lo que ahora te preocupa no te importará de aquí a diez años, no pierdas el tiempo pensando en ello”. Es una gran máxima. Cuando estoy agotada de darle a esa máquina que no cesa en mi cabeza, y en mi caso va cada día a más revoluciones, intento recordar esta frase y valorar si eso que tengo entre manos va a marcar mi vida o no. Si lo que da vueltas en mi conciencia merece una década de recuerdos. A veces es difícil de valorarlo, un guiño, un saludo, un gesto a tiempo, pueden cambiar el rumbo de nuestras vidas… Lo pequeño es importante. Nos puede modificar las facciones y las teorías que hemos construido para vivir cada día sin que nos estalle la cabeza. Y al final, las estupideces, también. Aunque no lo harán por si mismas, sino por la categoría que les damos ahondando en ellas y convirtiéndolas en dogmas, en lemas, en máximas que nos complican la vida y nos hacen tomar caminos estrechos para satisfacer nuestros ego. El ego es un personaje orondo, enorme, busca carnaza y acumula capas de malos momentos, de pequeños orgullos disfrazados de dignidad, de iras contenidas, de rabias alojadas en algún lugar de la memoria esperando salir a airearse y clavar bocado.

Nos agarramos a menudo a pequeñas miserias, nudos insignificantes que hemos atado nosotros con incomprensión y ganas de mal rollo… Porque estamos cansados, porque hoy creemos que nos merecemos más, porque quién deseamos que nos mire no nos mira, porque quién nos observa creemos que lo hace con malos ojos… Y partir de la estupidez, la frase desafortunada o el guiño inoportuno vamos tejiendo una telaraña pegajosa que nos acaba atrapando a nosotros mismos y nos convierte en consentidas víctimas de nuestra tragedia inventada. Nos dejamos dibujar por nuestros miedos…

Con tantos motivos para reír y nos exprimimos hasta encontrar lágrimas agrias con que justificar nuestra inmadurez.

Con tantos motivos reales para llorar y penamos por ridiculeces, por malos entendidos que ya nos van bien para saciar esas ansias de brega, de soltar rienda al viento contenido que tenemos en la antesala del asco, de soltar en la cara de los demás lo que en realidad nos diríamos a nosotros mismos.

No nos enfadamos porque nos regalen una mala cara o nos suelten una palabra desafiante. Nos enfadamos porque no nos queremos lo suficiente a nosotros mismos como para escuchar esos reproches o encajar esas miradas como torpeces, tonterías… Como para saber que el que las dice tiene las mismas ganas que nosotros del salir del hoyo y da bandazos y golpes porque no soporta su existencia. Somos seres encriptados, a veces, hablamos en un lenguaje absurdo que sólo conocemos nosotros y pretendemos que el mundo calle para escucharnos. Somos egocéntricos y queremos que el mundo nos quiera incluso por encima del amor que nos profesamos a nosotros mismos, que a menudo es demasiado poco.

Y nos aferramos a la coma para borrar la frase. Nos aceleramos por un gesto y somos incapaces de dedicar una caricia… Una a quién la pide y otra a quién más la necesita… Nosotros mismos.

A veces, acabamos convirtiendo la estupidez y la anécdota en casi una religión… Reservemos a los dioses para lo grande y seamos grandes con lo pequeño.

Esa ira y esa rabia roen por dentro como un fuego espinoso y consumen las grandes ideas, esas que nos sacan de los apuros y estimulan la imaginación. Esa ira y esa rabia contenidas que no son más que dolor y frustración podrían convertirse en la fuerza necesaria para encajar según que pequeños golpes que de aquí a diez años estarán perdidos en la memoria y nos harán reír. Usemos el huracán para derribar el muro, la rabia para movernos y generar inercia que nos lleve al otro lado, al de la risa.

Si en diez años, no va a importante… ¡Suéltalo!.

Per tu,  ja saps…