merceroura

la rebelión de las palabras


6 comentarios

Bailando con la incertidumbre


bailando

Si hay algo que me fascina de la incertidumbre es que cuando llevas un tiempo bailando con ella, acabas llevando tú el paso…

Me he dado cuenta de que todos estamos sujetos a ella, todos. Los que imaginan que tienen un trabajo seguro y los que desde hace tiempo han asumido que este escenario se tambalea y quieren decidir por sí mismos.

Nadie se salva de caer en sus brazos. Algunos la ven venir con paso firme y abren los ojos para aceptar, otros se encuentran un día por sorpresa durmiendo con ella y descubren que no pueden dormir.

Cada uno tiene su proceso y no se pueden quemar etapas pero después de marcarme un tango y caer en la pista de baile rendida y agotada, tengo claro que la única forma de vencerla es abrazarla.

De nada sirve prevenir, alejarse de ella, esquivarla… La incertidumbre es el pan de los valientes y la cruz de los eternamente asustados. Si la temes, vendrá a por ti con más fuerza porque en la vida siempre llega a ti todo lo que necesitas superar. Cuando antes la aceptas y asumes, antes te das cuenta de que es un regalo, una oportunidad…

Dice Deepak Chopra que la incertidumbre es el suelo fértil de la creatividad pura, la libertad y la evolución. Y eso es lo que viene a que entendamos… Es ese espacio de pánico absoluto en el que tú decides si bailas o si te quedas en el rincón… Si te reinventas y encuentras en ti a ese bailarín incansable que será capaz de seguir adelante pase que pase o si tiras la toalla y juegas a repetir eso de “todo me pasa a mí”.

La incertidumbre es un universo interior fuera del espacio y del tiempo donde puedes conversar contigo y decirte las verdades a la cara, por crudas que sean… Es ese lugar donde saldas cuentas con tu pasado y haces borrón y cuenta nueva, donde te perdonas y asumes y descubres que tienes que dejar de recortarte a ti mismo.

La incertidumbre te descubre que tienes alas. Unas alas atrofiadas y pegadas a la espalda, sin abrir, sin usar, pendientes siempre del qué dirán, del yo no sé, no puedo, no llego, no sirvo… Si la dejas actuar, te arrancará la piel a tiras para que te renueves y salgas a la luz… Te hará levantar y borrará todas las sillas y sofás de tu mundo para que no puedas volver a sentarte… Te dejará durante un tiempo sin amigos, sin referentes ni barandillas donde apoyarte para que descubras que no necesitas nada más que tus ganas para salir adelante…

La incertidumbre sólo quiere que bailes. Ha venido para quedarse a tu vida y está dispuesta a ser una gran maestra y aliada si eres capaz de de deslizarte con ella y explorar más allá del decorado que consideras hasta hoy que es tu vida…

Es el momento de inventar, de imaginar, de dejarse llevar, de creer en ti y confiar en tus locuras más osadas. La incertidumbre es el estímulo que los osados utilizan para convertirse en genios… El pegamento que une esas piezas que hasta hoy en tu vida eran inconexas y ahora descubres que juntas llevan un mensaje y abren una puerta que debes cruzar sí o sí.

La incertidumbre abre ventanas que no existían y dibuja caminos en lugares imposibles. Le gusta reírse de tus dogmas y creencias más arraigadas y estrechas para demostrarte que casi no te conoces… Le gusta demostrar que lo imposible es sólo algo que aún no has imaginado en tu cabeza… Le gusta devorar tus refugios y seguros para que te des cuenta de que no puedes escapar de ella y que cuánto más lo intentes más destinado estás a caer en sus brazos… Te hace replantearte quién eres, qué buscas, qué sueñas, qué necesitas… Hace que hurgues en tu entrañas y encuentres historias desconocidas y jamás contadas, hace que salga a flote una parte de ti que ignorabas que existía y tome el mando de tu vida…

La incertidumbre hace que dejes de mirar hacia fuera para que mires dentro de ti y conozcas cómo eres realmente.

Te mira a los ojos y te sondea todas las excusas. Se ríe de tus miedos y te invita a buscarlos, a explorarlos… Juega al escondite para que sepas que está en todas partes… Y está despierta las veinticuatro horas para que te quede claro que no va haber descanso hasta que no asumas que te acompañará el resto de tu vida.

Si la repeles, es una amante terrible y descarnada. Si la amas y te aventuras a descubrirla y afrontarla, es la gran aliada que te llevará a las cumbres de las montañas más altas que jamás creíste poder llegar a subir.

No hay cima que la incertidumbre no te lleve a explorar ni meta que no puedas conseguir con ella de aliada.

Todos los que tienen éxito se pasean con ella del brazo cada día y han llegado a echarla de menos cuando de tanto usarla para crecer y evolucionar se queda sentada un rato, alerta, mirando cómo su gran obra florece…

Quién aún no ha visto sus fauces chillonas es que no ha querido darse cuenta de que llega para quedarse… Y mientras no la asumas, se meterá en tu cama cada noche y te susurrará al oído cien, mil veces… ¿Bailas? Y no podrás dormir…

Hazme caso, di que sí, y abre la puerta a un mundo increíble donde nada es imposible.

Me recordaba ayer Maite Finch que “el objetivo no es eliminar la incertidumbre, ni dejar de estar insegura, ni dejar de estar asustada… todo esto lo necesitamos muchísimo, solo que en el grado adecuado” ¡Cuánta razón, Maite!


10 comentarios

Todo lo que puedo llegar a imaginar


Aprendo tanto de mis errores que he empezado a creer que son aciertos.

Me gusta pensar que si camino mucho, mis pies aprenderán a escoger el camino. Que si amo mucho, dejaré de habitar mis penas y me quedaré sujeta en una de mis alegrías. Que si lloro mucho, me quedaré vacía de angustias y podré llenarme de risa. Porque la risa se contagia, se funde entre un rostro y otro rostro y acaba invadiendo el espacio y el tiempo…

Me gusta pensar que si dejo de temblar por mis fantasmas pasados, llegaré a la cima de mi amor propio y podré contemplar mis ojos con mis ojos y abrazar mis sueños sin apenas alargar los brazos.

Me siento feliz por haber fracasado tantas veces mientras intentaba encontrarme la cola porque eso me ayudó a aprender a nadar y esquivar las redes de los que pescan sin alma…

Aprendo tanto de mis miedos que he empezado a creer que simplemente son retos aún desconocidos…chica-mira-ciudad

Me gustan cada una de mis rarezas a pesar de haberlas cargado durante siglos y haberme avergonzado de ellas… Y ahora, de repente, las miro y las veo repletas de belleza…Como encontrar los pétalos marchitos de una rosa que fue roja en un libro…Como escuchar la deliciosa canción que entonan en el campo cientos de girasoles secos…Como el encanto mustio y demacrado de un juguete antiguo o una foto vieja y amarilla de un niño que ahora es anciano. Como verte en el espejo y descubrir que tus ojos tienen un color distinto al que pensabas y tus cabellos brillan más de lo que nunca habías sido capaz de recordar… Acordarte de ti en el pasado y sentirte frágil y enviarte un beso… Notar que tal vez te quedaste corto soñando con llegar o pasar de largo… Entender que lo hiciste tan bien como pudiste y saber que no fue suficiente pero que ya no te importa.

Perdonarte las dudas y besar ese llanto mudo que arrastrarte durante años esperando una respuesta del cielo que no llegó nunca porque en realidad estaba dentro de ti…Porque esperabas una medalla que nunca creíste merecer y un aplauso que nunca reverberó en tu interior porque te reconocías tú mismo el mérito de recibirlo.

Subir los escalones de tu conciencia y ver que no tienen polvo. Perderte en la vasta llanura de tu alma y descubrirla sola pero serena. Ser tan libre que la ingravidez te provoque dolor de cabeza… Sentirte tan  satisfecho que puedas volar sin levantarte un milímetro del suelo… Suplicar que la felicidad no te encuentre rancio y dormido. Que todo lo que puedas imaginar exista porque ya existe en ti y es maravilloso.

Abrazar tu cobardía y tu vergüenza y notar que eran capas de piel que supiste dejar en la puerta cuando entraste en esa etapa de tu vida en la que hay cosas que ya te puedes decir a ti mismo sin tener luego que bajar la vista o sumergirte en un mar de pastillas para olvidar…

Aprendo tanto de mis decepciones que cuando lloro por ellas me siento absurda.

Me gusta pensar que si me enamoro del silencio, la calma dormirá en mis sienes y apaciguará mis pensamientos locos.

Me gusta pensar que la única noche que puede vivir en mi alma es la que sucede al día y que siempre tiene un final cuando el sol avanza desde la ventana por mis sábanas hasta alcanzar mis ojos cansados y besar mis pies desnudos…

Me gusta pensar que si creo podré tocar lo que busco y sobreviviré a todas mis pesadillas. Que me quedan millones de palabras por usar bailando entre mis vísceras inquietas para que yo las escoja…

A veces, nos empeñamos en almacenar días sin apenas vivirlos…Y cargamos culpas pesadas que nos encogen tanto que no recordamos lo enormes que somos, lo grande que es nuestro apetito por la vida sin no nos sentimos rechazados.

A veces, nos obsesionamos con pensamientos absurdos que nos recortan la realidad y la capacidad de crear.

Somos el resultado de años de pensamientos tristes y de intentos en vano por superarlos… Porque la única forma de cambiar la consecuencia es modificar la causa, borrar esas ideas bárbaras y despiadadas que tenemos de nosotros almacenadas en algún lugar hace cien años, y respirar…

Somos  producto de un cúmulo de noches sin tregua creyendo que no lo vamos a conseguir…

El efecto inacabado de una causa perdida por no haber aprendido a soñar.

Somos la secuela de la historia trágica que tanto nos gusta recordar. Si dejamos de pensar en ella, podremos cambiar el desenlace.

Aprendo tanto de mis amarguras que he empezado a notar que su sabor es dulce.

Me gusta pensar que si aprendo quién soy y comprendo mis porqués, acabaré habitando la vida que sueño…

Todas nuestras certezas son diminutas ante lo mucho que aún desconocemos…

Me gusta pensar que hay cosas que están ahí y que todavía no veo porque no he sido capaz de imaginarlas. Hay tantos caminos que no puedo escoger aún porque están esperando que yo los dibuje…

Miles de historias  pendientes que están guardadas en mí esperando a que yo las escriba. Hay mil vidas esperando a que abrace mi incertidumbre y acepte que nunca podré controlarlas si quiero vivirlas.


8 comentarios

¿Eres fiel a ti mismo?


Me equivoco tanto… Con el paso de los años y las decepciones me he dado cuenta de que los errores no sólo son necesarios sino vitales… Si no nos equivocáramos tendríamos que forzarnos a ello para poder crecer. Sin embargo, hay algunos errores que te duelen más que otros, son aquellos que cometes mientras no eres tú mismo…

Cada día decidimos. Decidimos tomar un camino hasta el trabajo, comer más o menos sano, sonreír o permanecer impasible, derecha o izquierda… Decidimos tomando nuestra brújula y dejándonos guiar por ella, hurgando entre nuestras necesidades y escogiendo un camino… El problema surge cuando nuestra brújula no marca nuestro norte sino el norte de otra persona… O si no sabemos cuál es nuestro norte… O si nuestro norte se ve modificado por nuestro miedo.

Cuando decidimos desde el miedo, cometemos ese tipo de errores que desde el principio ya sabemos que lo son… Huelen mal. Nos metemos en aventuras y situaciones que desde el primer momento sabemos que no funcionarán porque las hemos escogido desde nuestro lado más oscuro, desde nuestro yo asustado, desde nuestro yo cómodo y triste…

Decidimos seguir un camino no porque nos guste sino porque el otro nos da miedo, porque tenemos pavor a quedarnos solos en él y que nadie nos acompañe, que nadie nos siga, que no haya luz… Escogemos ese camino porque sabemos que el otro es más duro, implica tener que confiar tanto en nosotros que no sabemos si seremos capaces de asumir tanta responsabilidad, tanta confianza… Elegimos el camino fácil porque no creemos en nosotros y nos sentimos débiles. Nos vamos por el atajo, que parece más rápido, más cómodo, más llevadero mientras buscamos la forma de encontrar algo a lo que agarrarnos … Nos decantamos por la opción en la que compartiremos nuestra responsabilidad con otros, para no sentirnos culpables de un posible fracaso que seguramente llegará porque nosotros sabemos que nos hemos metido en un traje que nos viene grande o pequeño, corto o largo, que no es el que queremos llevar… Porque elegimos una vida que no queremos.

Salimos de una situación dependiente de algo o alguien y nos metemos en otra hasta que no sabemos darnos cuenta de que hay que notar el frío a veces y que ese frío es el precio que pagas por ser tú… El camino fácil es un placebo que acaba por quedarse a medias, un sucedáneo que te sirve para ponerte la venda en los ojos y taparte la nariz con los dedos para no notar lo mal que huele tu decisión de no confiar en ti, de no arriesgarte a estar donde sabes que es tu lugar, donde sabes que puedes llegar a dónde sueñas… Llegues o no, el camino de la confianza te hace sentir que apuestas por ti y eso te permite brillar con intensidad hagas lo que hagas, porque estás donde quieres estar, porque llevas el traje que te va a la medida.

Necesitamos  a veces tomar muchos caminos cómodos para darnos cuenta de cuál es el camino que deseamos emprender. Necesitamos fiarnos mucho de nuestro olfato para descubrir si nos estamos guiando por nuestro norte o nos estamos dejando llevar por el pánico a quedarnos a solas con nosotros y descubrir que aún no nos conocemos suficiente.

Ningún camino que huya de ti mismo te lleva a nada que sueñes, a nada que sea donde realmente quieres estar… Ningún camino que te aleje de lo que te asusta te lleva a lo que amas.

A menudo, las decisiones difíciles son las que más zarandean tu vida, las que más la cambian y te permiten conocerte… El camino difícil es muy a menudo el que te lleva a donde quieres llegar… Seguramente porque para llegar a donde queremos, tenemos mucho que aprender y esas dificultades nos ayudarán a crecer lo necesario como para llegar al final mucho más sabios… Nuestras debilidades son puntos de apoyo para evolucionar, nos marcan por dónde debemos ir para asumirlas, aceptarlas y saber cómo usarlas y convertirlas en lecciones útiles.

El camino siempre te ayuda a conseguir el tamaño necesario para que tus sueños te vayan a la medida al llegar a la meta…

Cuando escogemos la comodidad en lugar de la pasión por lo que soñamos se nos estropea la brújula y acabamos siendo un sucedáneo de nosotros mismos. Nos metemos en una caja para no sentir frío pero tampoco sentimos el calor de seguir nuestra intuición e ir camino a nuestras metas.

Cuando decidimos con miedo nos tratamos como a seres inmaduros que no pueden escoger por sí mismos… Nos arrebatamos el poder  de ser nosotros mismos…

Necesitamos cometer errores sabiendo que estamos con nosotros, que confiamos, que creemos que podemos… Ir por nuestro camino y seguir nuestro norte y fracasar todo lo fracasable si es necesario… Porque cuando te equivocas siendo tú, poniendo tus ganas y tu pasión, el error es difícil de llevar también pero notas como tu conciencia está serena, te reconcilias contigo, te sientes entero… Porque sabes que no estabas allí sólo por el resultado sino porque sabías que debías estar, para no traicionarte.

Cuando te equivocas negándote, ocultando tu verdad, eligiendo no ser tú porque el miedo te vence el error sabe aún más amargo y esa sensación pegajosa de culpa se te pega en la espalda…

No hay culpas, no hay reproches… Hay responsabilidades que asumir y nuevos mapas por dibujar… Empezar de nuevo y volver a consultar esa brújula, esta vez con tu norte, con tu sueño…

Al final, no importa porque te equivocas. Lo que importa es darse cuenta y saber cambiar de rumbo. Siempre se aprende, siempre se crece… No hay fracaso, es un ensayo…  Es un aprendizaje valioso, la forma en que teníamos en aquel momento de descubrir quienes somos…Lo único a decidir es si llegado el momento tomas la decisión que te lleva a crecer o te arrugas ante la adversidad. Si descubres que, en el fondo, a pesar del vértigo, sólo puedes agarrarte a ti mismo… Y no te dejas tentar por algunos salvavidas que te alejan del destino que has dibujado para ti.

A veces, para llegar a donde quieres llegar, hay que dar un rodeo y perderse un poco.

A veces, para saber quién eres necesitas descubrir primero el camino que no quieres transitar. Y notar esa sensación de paz  que te invade cuando te equivocas siendo fiel a ti mismo…

montanero


9 comentarios

Lo que te pasa cuando dejas que te pase…


sombra

Cada vez te sientes más libre e ilimitado. Te aguantas más las penas que las risas y has descubierto que no te compensa enfadarte ni macerarte en tus pequeñas tragedias. Que por más que grites no guardas más verdad, que por más que te golpees a ti mismo con tu rabia, no cambias nada…

Cada vez sueñas más a lo grande, más concreto y con más detalle… Aunque cada vez, al mismo tiempo, te importa menos conseguir tu sueño y te gusta más intentarlo, ponerle las ganas… Porque sabes que tus sueños por si solos, si los vives, ponen en marcha la magia… Y adoras esperar esa magia.

Cada vez te duele más lo que no haces que lo que haces mal. Porque amas tus errores y detestas tus temores, porque prefieres vivir en exceso que vivir por defecto… Porque hace tiempo que decidiste que nunca más andarías con el piloto automático puesto.

Cada vez le temes menos al lobo y más a la caperucita que llevas dentro. Esa niña temerosa que nunca se atreve a nada y necesita controlarlo todo… Esa persona que llevas en el pecho y que aún, a veces, deja que el espejo dicte si ríe o llora, si sale o se queda en casa para aislarse del mundo…

Cada vez eres más capaz de mirar dónde pones los pies cuando caminas. De maravillarte de la tierra que pisas y del aroma que flota en el aire… Cada vez tus tesoros son más intangibles y pesan menos. Y adoras lo que no se mide, lo que no se pesa, lo que no se encierra en una caja y que, a veces, apenas se puede ver si no llevas puestas las gafas de la conciencia. Y otras, ves sin ver y notas sin tocar…

Cada vez le ganas más tiempo al reloj para hacer lo que amas y cada uno de esos instantes te roza casi como un soplo. Cada vez le temes menos al fin porque has decidido concentrarte en cada paso. Porque darías lo que tienes por comprar risa… Porque te has dado cuenta de que, en realidad, no posees nada.

Cada vez te sientes menos solo estando solo. Porque tienes historias que contarte y verdades que decirte en voz alta… Porque ya no te da miedo encontrarte contigo mismo cada noche y echarte cuentas… Porque te gusta lo que ves cuando eres quien sueñas. Porque te has dado cuenta de que estás de tu parte, por fin. Porque amas tanto al héroe que llevas dentro como al tirano que a veces asoma en tu cara cuando te sientes ridículo y tienes miedo. Porque le perdonas y abrazas…

Cada vez tienes más sin tener nada, sin aferrarte a nada ni darlo por descontado. Cada vez eras más feliz porque sí, sin buscar ni la consecuencia ni la causa. Y lloras menos de pena, porque lloras más de esperanza.

Cada vez te sientes más seguro ante la certeza de que nada es seguro… Porque has descubierto que la incertidumbre es pura energía… Porque sabes que vendrá lo mejor, pero no esperas nada.

Porque cada vez vas con menos prisa, aunque te quede menos tiempo… O precisamente porque te queda menos tiempo y necesitas actuar a conciencia. Porque sabes que todo va y vuelve y que la vida es el vaivén… El balanceo del péndulo entre los extremos, el trance desde que sabes que lo harás y lo haces.

Cada vez das más las gracias por menos y, sin embargo, te sientes más afortunado y feliz por poder darlas… Por saber darlas… Por poder ver las mil razones que tienes para darlas… Por disfrutar de dar las gracias.

Cada vez amas más y te cuesta menos… Porque cada vez necesitas menos y te das cuenta de que tienes más… Porque te importa más lo que eres que lo que tienes, porque sabes que en el fondo, no tenemos casi nada.

Porque has descubierto que crees en milagros, pero te has dado cuenta de que los haces tú.

Porque cada vez hay más de ti en ti y notas que eso es maravilloso… Esto es lo que te pasa cuando dejas que te pase…


10 comentarios

El precio de tu libertad


ayuda-aventura-subir

Todo el mundo habla de ser libre en algún momento de su vida. De poder elegir y decidir qué hacer en cada uno de los pasos que debe dar para llegar a dónde quiere. Ser libre para escoger a qué dedicar tu vida sin estar sometido a cumplir los sueños ajenos o las oportunidades de mercado, a malgastar sus días haciendo algo que no le llena… Ser libre para abandonar un lugar donde no nos sentimos cómodos o dejar una compañía que nos intoxica. Ser libre para cerrar la puerta a envidias, rabias, rencillas, mentes retorcidas y personajes movidos por el odio y la intolerancia.

Muchas veces, decimos, en voz alta y de forma solemne, que no somos libres porque no podemos, porque no nos dejan…  Seguramente, en algunos casos sea bastante cierto, hay lugares del mundo donde uno no puede escoger, aunque en la mayoría de ocasiones, ser libre implica dejar cierta comodidad. Implica salir del decorado y dar un paso en falso que no sabes a dónde te conduce, aunque tenga el valor de ser “tu paso”, tu decisión, tu voluntad.

Duele al decirlo así porque, demasiado a menudo, nos pasamos los días soñando con salir de una situación que nos coarta o nos araña por dentro, que nos recorta las oportunidades y las ilusiones y nos deja tan asqueados que no tenemos fuerzas para disentir… Aunque estar en ella nos hace sentir cómodos. Es una comodidad dentro del hastío, una mezcla entre pereza y miedo que se nos impregna en el cuerpo y no nos deja ni siquiera sentir qué queremos. Todos generamos rutinas que nos hacen más fácil el día a día, incluso en el destierro, en el desconcierto, en el dolor. Creamos hábitos, algunos con sentido y otros no, y luego es difícil dejarlos… Recuerdo una persona, hace tiempo, que me contaba que tras tres largos años visitando a su madre en el hospital día tras día, cuando ésta falleció, tenía la necesidad de acercarse allí de vez en cuando porque aquel lugar formaba parte de su vida y se había metido tanto dentro de su esencia que la hacía sentir arropada y tranquila. Tejemos complicidad con lo que machaca, lo que nos lacera… Es una especie de síndrome de Estocolmo con nuestro propio asco e incapacidad para vencer esas rutinas, auspiciado por un miedo atroz a cortar el cordón umbilical con lo que ya conocemos, con lo que ya hemos aprendido a soportar… Una forma de conformarse con una vida mediocre para no correr el riesgo de caer y quedar al margen de esta sociedad donde la autenticidad es vista a veces como una distorsión y sometida a una monotonía asfixiante.

Cuando algo es rutina, aunque duela, se sobrelleva y aguanta porque encontramos los trucos para que no nos salpiquen demasiado sus consecuencias. Suplicamos que eso cambie, lo imaginamos, lo visualizamos mil veces pero tal vez no hacemos nada para conseguirlo. No hurgamos en la terca realidad para encontrar los resquicios ni buscamos alternativas… No nos aferramos a las oportunidades que surgen para abandonar esa situación, no nos las inventamos… Vivimos de la ilusión de ser distintos y afrontar ese momento, aunque en realidad, nunca llega porque no nos damos permiso. Y no llega porque no lo propiciamos, porque no hacemos nada hoy que no hiciéramos ayer y, en consecuencia, no cambia nada. Caminamos por los mismos lugares y pensamos las mismas cosas. Nos repetimos los mismos mensajes y tarareamos las mismas canciones… Miramos a los árboles del mismo parque… Crecen las hojas, verdean, amarillean, caen y son barridas del suelo… Incluso los pequeños cambios de nuestras vidas están calculados para contrarrestar esas fuerzas de la naturaleza que invitan a que todo mute… Para que todo dé la vuelta y nada cambie, nada perturbe ese devenir calculado de horas y días donde nada evita la rutina. Para vivir por inercia y sin substancia.

Sin embargo, luego mentamos la libertad como algo  precioso. Como un logro que no todos pueden alcanzar ni tener a su alcance… Pero no luchamos por ella, no nos movemos un milímetro de la posición inicial por tocar uno de sus vértices ni acariciarla siquiera. Nos gusta nombrarla y pensar en ella, nos gusta imaginar que corremos hacia ella y nos llena la vida… Nos recreamos pensando que un día será nuestra, que estaremos preparados para alcanzarla y manejarla… Que tendremos el valor de aferrarnos a ella y vivir según sus normas…

¿Normas? Pocas… Siempre he pensado que la libertad igual que la felicidad es un estado mental, una actitud, una forma de tomarse la vida. Todos podemos ser libres ahora mismo, aunque no todos estamos dispuestos a pagar el peaje que supone serlo. No todos hemos llegado a ese punto en que nos importa más dictar nuestras propias normas que estar cómodos… No todos asumimos escoger hoy la salud y salir del lugar viciado o dejar una relación dañina a cambio de no saber qué pasará mañana y abandonar un rincón mullido o una rutina asfixiante pero extrañamente cómoda.

Ser libre es asumir las consecuencias de esa libertad. Escuchar tu estómago y tu intuición. Dejarse llevar un poco por el olfato y confiar en que el diálogo entre nuestros dos hemisferios cerebrales sea válido. Es acatar que tal vez la libertad te supone dejar las corazas, los privilegios, la prebendas y los impermeables imaginarios que nos permiten vivir sin mojarnos, ni mancharnos ni quejarse, ni opinar, ni disentir…

Ser libre es ser consecuente con tus palabras y tus actos y no esconderse tras nada, ni nadie cuando hace frío y amenaza tormenta. No salir corriendo para buscar todos esos lugares cotidianos donde estar a cubierto a esperar que amaine, donde estar calentito y callado sin rechistar para no perder privilegios.

Para ser libre hay que estar dispuesto a caminar por la cuerda floja sin más red que el propio entusiasmo y el ingenio para hacer equilibrios.

Ser libre es abrazar la incertidumbre y ser descaradamente vulnerable ante el mundo y descubrir que no te importa… Someterse al propio criterio y confiar en tu talento para encontrar las respuestas a las nuevas preguntas…

Los que deciden no ser libres siempre tienen esas respuestas preparadas porque sus preguntas raramente cambian.

Ser libre es asumir la aventura de que todo salga mal y tengas que arreglarlo sobre la marcha. Confiar en lo que vas a aprender en cada tramo del camino y en ti mismo…

Ser libre es confiar en ti y saber que pase lo que pase sabrás cómo solucionarlo y, si no sabes, encontrarás la manera de darle la vuelta.

La libertad es un regalo maravilloso sólo apto para aquellos que están dispuestos a tocar el cielo y el infierno para conseguirla y mantenerla. Los que no se someten al pánico, ni están dispuestos a vivir una vida que no les pertenezca. La libertad es cara, carísima… Tiene el precio de asumir la responsabilidad de existir sin depender, sin ocultarse, sin desistir, sin engañarse a uno mismo aunque la verdad sea demasiado cruda… De vivir con la premura de reinventarse para estar a la altura, para ser más tú mismo y conocerte sin miedo ni ataduras… El más libre es el más responsable, el más audaz, el que más arriesga. Las personas libres nunca alquilan su conciencia ni sus valores, no ponen a la venta sus lealtades ni se someten a chantajes a cambio de sillas cómodas ni silencios pactados.

La libertad requiere un esfuerzo continuo. Es decidir que cada día de tu vida vas a levantarte y encontrar donde sea un plus de energía e ilusión para seguir, para motivarte… Saber que cuando caigas, tal vez te rompas con el golpe, pero que habrás escogido tú el cómo, el dónde y el cuándo.

La libertad es escoger el camino y dibujar la meta, estar dispuesto a confiar en tu capacidad para caminar y resurgir. Crearse cada uno sus propias expectativas. Tragarse el vértigo de saber que en algunos momentos estarás solo, sin paraguas ni cobijo, y asumir esa parcela de pánico. Sacrificar lo fácil por lo auténtico, por lo escogido, por lo extraordinario.

Escoger ser libre es una de las más grandes muestras de autoestima que puedes llegar a concederte. La libertad tiene un precio alto, altísimo, pero compensa dejar la rutina para crear magia.