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la rebelión de las palabras


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Dejar de buscar para poder encontrar


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No buscamos el éxito por sí mismo, buscamos la paz de haber llegado y no sentir que nos queda nada pendiente. La sensación cálida de haber demostrado y haber hecho todo lo posible, la medalla de haber llenado el vacío inmenso de no aceptarnos y sin embargo ser aceptados por otros al contemplar nuestros logros… Buscamos dibujar en el camino lo que no sabemos construir dentro de nosotros y nos engañamos diciéndonos que esta vez será suficiente cuando sabemos que nunca nos basta… Porque el agujero por llenar en nuestro interior se hace más grande a medida que más nos esforzamos por mostrar al mundo que el agujero no existe… Cuánto más queremos demostrar que nada nos asusta, mayor es nuestro miedo. Cuánto más perseguimos lo que pensamos que nos hará felices, más lejos estamos de lo que realmente nos colma porque más nos alejamos de nosotros mismos… Cuánto más brillante es la medalla que nos colgamos en el cuello más pesa la necesidad de conquistar otra mejor para calmar la sed de reconocimiento… 

No nos engañemos, no vamos a parar nunca porque siempre habrá algo más grande que conseguir y un lugar más hermoso que conquistar. Y está bien encaminar nuestros pasos hacia ello, siempre que nos demos cuenta que eso que buscamos no somos nosotros. Que no dependemos de si llega o no llega… Que con o sin llegar a la meta merecemos nuestro amor, nuestro reconocimiento, nuestra aceptación incondicional y absoluta.

Un día me di cuenta de que era adicta a mis sueños. De que los usaba para evitar quedarme sola conmigo misma, de que no soportaba al ser que era sin hacer, sin pelear por algo, sin conquistar retos… Perseguía imposibles porque la realidad me aturdía, me asqueaba. Tenia la cabeza en el futuro porque no soportaba este momento conmigo... Con un ser que todavía no había demostrado nada ni alcanzado sus metas, con un ser que yo percibía a medias y sin credenciales, sin galardones, sin que todavía hubiera demostrado que merecía lo que deseaba… Me obsesioné con lo que soñaba porque no podía soñar con lo que ya era, porque no encontraba la magia en mi vida y me sentía vacía… Me enganché a mis sueños para evitar el terror de vivir el presente a solas, conmigo, desnuda, vulnerable, desamparada, sin brillo… Porque pensaba que si no hago nada digno, no soy digna…

Por eso tuve que soltar la necesidad de conseguir mis sueños y quedarme a vivir en mí misma. Notar el dolor de ser yo sin paliativos, de vivir en un ser que cree que nunca podrá volar porque no merece alas… Para vivir este miedo a que nunca nada sea como deseo porque lo que soy no me parece suficiente y me decepciona…

Tuve que soltar a la persona que anhelaba ser para descubrir quién era. Para vivir conmigo un tiempo y cogerme cariño y empezar a aceptarme y respetarme sin medallas, sin logros, sin deseos… Tuve que dejar de soñar para vivir y tal vez luego empezar a soñar desde otro lugar donde los sueños se merecen… Donde las cosas se encuentran y no se buscan.

Tuve que dejar de buscar para encontrar... Para ser primero de las personas que no esperan sino que viven en paz mientras lo que necesitan llega, que salen al encuentro y no desesperan desde la angustia… Tuve que dejar de ser de esas personas que creen que nunca hacen suficiente para descubrir que soy un ser en equilibrio que confía en sí misma…

A veces, creo que esa es la gran prueba… Que llegamos para superar la incertidumbre… Para sobrellevar la desesperación. Nos mordemos la cola hasta que nos damos cuenta de que con tanto exigirnos llegar sólo hacemos que poner obstáculos en el camino…

No hay nada más allá de ti. Sólo estás tú. Lo que parece que eres tú ahora no es más que lo que te inventaste para poder soñar que escapas, para huir de lo que te asusta. Y la única solución para que el dolor pare, para que la noria que da vueltas en tu cabeza deje de girar sin compasión es pisar tu miedo, besar tu sombra más oscura, abrazar tu vulnerabilidad y dar un paso más hacia lo que no conoces.

La única forma de salir de la incertidumbre es dejarse engullir por ella y bailar. Asumir que va a acompañarte siempre, que va a tocar tus talones y morder tus uñas… Y que cuánto más intentes huir de ella más te esperará en la esquina, más cercará el camino, más insistirá en dormir a tu lado cada noche.

La única forma de encontrar lo que deseas es dejar de buscarlo con desesperación y prepararte para abrazarlo desde la calma… Aceptando lo que es para poder adaptarte a lo que llega… Quedarte un buen rato a solas contigo, con esa persona que eres ahora mismo y que tiene las manos vacías y amar esas manos vacías tanto que no las necesites llenas… Amar lo que eres ahora para dejar de vivir pendiente de lo que puedes llegar a ser…

Soltar lo que sueñas para empezar a vivirlo desde ti… Dejar de exigirte y aceptar lo que hay en ti… Abandonar tus sueños sin miedo para vivirte a ti desde dentro… Porque tú eres tu gran sueño. 

Dejar de buscar para poder encontrar porque llevas tanto tiempo en modo búsqueda que no te has dado cuenta de que ya has llegado y ya eres lo que deseas… 

GRACIAS POR LEERME E INICIAR CONMIGO ESTE CAMINO COMPLICADO PERO MARAVILLOSO… 

Gracias por compartir y llevar mis palabras hasta el otro lado del mundo… 

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Eres imprescindible en tu vida


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Vamos disfrazados. Llevamos la máscara que nos pusimos para poder soportar el dolor de no gustarnos, de no ser lo que esperábamos o lo que creemos que otros esperaban de nosotros… Nos cubrimos con ella y nos oculta del mundo, nos permite seguir andando sin ser vistos en realidad, sin ser arañados, sin sentirnos vulnerables, sin poder ser juzgados por lo que somos porque sólo mostramos lo que hacemos… Nos ponemos etiquetas inventadas para que no se vean las etiquetas verdaderas, que en el fondo, tampoco son reales porque tienen nombre de miedo, de culpa, de asco, de impaciencia…

Nuestra máscara nos cubre y parece que nos protege del mundo pero al mismo tiempo nos evita olerlo de verdad, notarlo de verdad, sentirlo con todo su esplendor, perderse en él y dejarse llevar… No notamos el dolor pero tampoco la alegría de mostrarnos tal y como somos y descubrir que no hay nada que mostrar… Sólo ser. No sentimos el frío de nuestra desnudez pero tampoco notamos el calor.

Y la vida que es tozuda y carga una ironía silvestre y maravillosa, un día nos dice “o te desnudas o lo pierdes todo, porque en realidad no tienes nada” porque nada es tuyo, es prestado, y pertenece al personaje que te inventaste para que otros no supieran de tu dolor, de tu miedo, de tus errores, de tus debilidades… Lo hiciste pensando que te ocultabas del mundo pero en realidad te ocultabas de ti mismo… Ahora “o sueltas o caes, o sueltas o desapareces, o te desnudas o quedarás oculto para siempre y no podrás salir” y dar el paso duele.

Y la vida hace que llevar la máscara sea tan insoportable que tengas que quitártela para respirar. Hace que la carga sea tan pesada que tengas que soltarla… Hace que el asco sea tan grande que vomites todo lo acumulado… Hace que el sufrimiento sea tan intenso que nada lo compense, nada.

Todos nos quitamos el disfraz algún día. Todos tenemos que tomar el control y las riendas. Todos nos tenemos que contemplar alguna vez en ese espejo interior y decidir que no pasa nada, que en realidad lo que somos es suficientemente maravilloso como para vivir con ello…

Ese día descubres que no te conoces. Que escondiste tanto tu miedo que no has podido usarlo para crecer y tomar el poder. Que no sabes cómo afrontar este momento porque no conoces tus herramientas y capacidades. Voy a contarte algo… Están ahí. Llevan ahí todo este pedazo de vida sin ti. Estaban esperando a que te dieras cuenta de que sólo te necesitas a ti y a nadie, que eres imprescindible en tu vida y al negarte no pudiste reconocerte…

Lo que eres está bajo la máscara, intacto, hermoso, virgen… Busca rendijas en ti por donde salir y contarte lo mucho que vales y que puedes, lo mucho que te necesitas, lo mucho que te has olvidado de lo que realmente eres, lo mucho que te ignoras…

Lo que eres, está esperando a que dejes de creer que eres lo que produces e incluso lo que sueñas, lo que esperas, lo que fuiste, lo que recuerdas, lo que consigues… A que dejes de esconderte e intentar satisfacer a un mundo insatisfecho porque se oculta de él mismo y espera que otros le digan qué hacer, qué sentir, qué soñar, qué buscar.

Cuando te quitas la máscara, todo toma forma. Tal vez no la forma que deseas, sino la forma en que todo es en realidad… 

Cuando te quitas la máscara dejas de buscar mirando al cielo y descubres el cielo en ti. Dejas de buscar y encuentras porque ya estaba, porque ya era… No siempre es lo que esperabas, la vida no es diseño, es una perfección extraña, a veces deliciosa y otras complicada, pero ajustada a un orden que cuesta comprender.

Si estás contigo, qué importa… Si ya sabes quién eres, qué más da. Al final, lo que evitas encontrar en ti es lo que va a serte útil para ser libre. 

Hay tanto en ti que no ves porque está oculto porque temes que no guste. Hay tanta fuerza en ti esperando a ser usada para brillar que se queda opaca porque temes que moleste, que sea juzgada, que sea criticada…

 

GRACIAS POR LEERME E INICIAR CONMIGO ESTE CAMINO COMPLICADO PERO MARAVILLOSO… 

Gracias por compartir y llevar mis palabras hasta el otro lado del mundo… 

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Vivir lo pendiente y abrazar lo inevitable


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Somos nuestro propio infierno y nuestro propio cielo. La barca con la que navegamos y nuestra propia deriva. Somos el salvavidas y los pies de cemento. El miedo que nos hunde y nuestras ganas de conocernos que nos ayudan a flotar.

Somos nuestro propio camino y todos y cada uno de los pasos atrás que damos. No podemos decidir lo que encontramos en el camino, pero podemos decidir cómo lo miramos, cómo lo colocamos en una estantería de nuestra vida y qué hacemos con ello. Si lo rechazamos o lo aceptamos. Si decidimos que forma parte de nosotros y que tenemos algo que hacer con ello, algo que aprender o lo lanzamos al abismo…Si lo rompemos en mil pedazos o si nos rompemos nosotros en mil pedazos al sentirlo porque no nos vemos capaces de usarlo para crecer.

Somos nuestro infierno  y nuestro cielo. Somos nuestro gran miedo y la forma que tenemos de superarlo. Somos la forma que tenemos de esconderlo y vivir de él o de vivir a pesar de él…

Somos, somos, somos… Siempre acumulando de todo para no tocar, para no aceptar, para no sentir y asumir, para disimular y esperar a que pase. Pagando por ello el alto precio de no soltar. De llevar la carga y no poder respirar.

Somos y, a veces, no nos damos cuenta de que somos porque sencillamente estamos. Porque solamente sobrevivimos . Porque solamente arañamos pedazos de vida. Con la máscara puesta porque nos asusta tanto quitárnosla percibirnos como somos realmente y que nos perciban como somos por dentro… Vulnerables, desnudos, asustados… Tierra por comprender, tierra por conquistar, tierra por descubrir, tierra para amar. Tierra, una tierra enorme en la que sembrar…

Somos, somos, somos… Somos el camino al que queremos llegar y el camino del que queremos huir. Somos el destino que escogemos y le que no queremos escoger porque nos asusta reconocer que también está en nosotros. Porque no queremos escuchar que la vida pasa lista y dice nuestro nombre.

Estamos tan pendientes de lo que será, que se nos olvida el mientras tanto… Y nosotros somos el mientras tanto, la vida es el mientras tanto. La vida es amar al mientras tanto. Amar al casi, al tal vez, al puede ser, al no es aún, al no está, al no lo parece… Aceptar que sea a medias, que no sea todavía. que tenga una forma difusa, que esté en construcción…

Lo que nos define es como vivimos el mientras tanto… Cómo lo abrazamos. Cómo vivimos el sí pero no, el todavía… Cómo gestionamos el “y si no”. Cómo decidimos que nos afecte el “no sé si…”

Cuando no aceptamos el mientras tanto de todo lo que nos rodea, no aceptamos nuestro mientras tanto. No vemos que estamos a medio camino de algo y no aceptamos el camino. Ni los recodos, ni los momentos oscuros, ni los momentos tristes, ni los momentos locos… Nos asustan tanto los momentos locos y descontrolados… Nos asustan tanto los momentos alegres como los momentos tristes. Huimos de la paz porque no queremos echarla de menos, porque no queremos ser adictos a ella para cuando escasee, para no pensar que se ha ido y no volverá y que la culpa nos invada y comprima el pecho. Porque no hemos aprendido a mirar su ausencia y encontrarle sentido… Mirar al vacío y descubrir que somos nuestro gran misterio, nuestro gran secreto. Somos la llave y la cerradura…

Somos, somos, somos y nos definimos por lo que no tenemos, por lo que nos falta, por lo que deseamos y no nos acompaña…

Somos nuestro infierno y nuestro cielo. Nuestra ausencia continuada en todo aquello que nos atañe y duele para que no nos ataña y no duela. La puerta cerrada a cal y canto a eso que nos recuerda que nos equivocamos y que no nos permite comprender por qué. Las reglas de oro y las normas que nos dictamos para intentar ser mejores y obtener buenos resultados y que comprimen tanto que cuando llegamos a la cima hace rato que hemos dejado de respirar…

Somos, somos, somos siempre lo que no queremos recordar y lo que nos da miedo vivir. Y siempre llega, siempre nos alcanza, siempre nos toma por la solapa y nos cuenta el cuento que no queremos escuchar. Siempre evitando sentir ese dolor, notar ese miedo y sujetando con todas nuestras fuerzas algo para que no se caiga, para no perderlo y sentirnos vacíos y solos.

Somos eso que no nos gusta, precisamente porque lo despreciamos. Somos aquello que evitamos, precisamente porque viene a nuestro encuentro para que podamos dejar de huir.

Somos la forma maravillosa en que a veces claudicamos y preferimos vivir a ganar y bajamos la guardia y nos dejamos acariciar. A veces, el cielo está en reverso de la hoja a la que nunca le das la vuelta por si te toca asumir y corregir… Y el infierno es ese tiempo que tardas en darte cuenta de que el cielo es una decisión propia… De que eso va de salir a vivir lo que tenemos pendiente y abrazar lo inevitable. 

Acabar dando gracias por lo que es, sea lo que sea, y encontrando la comodidad en lo que antes parecía terrible, insoportable…

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Sólo en caso de emergencia


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Hay un compromiso más grande que el de seguir adelante pase lo que pase.  Que ya sé que es mucho y que cuesta… Pero ahora hablo de algo todavía más grande, más inmenso y inevitablemente eterno… Un compromiso más grande que el de seguir en pie o incluso vivir… Es un compromiso con calidad de esa vida y todo lo que aportas y eres. No se trata de tragar días y comerse la vida como si fuera un aperitivo, se trata de notarla y comprenderla, sentirla hasta el extremo de que te cambia por dentro a cada momento si lo que sientes te rompe o te rasga el alma… Seguir adelante no lo justifica todo, no lo invade todo, no lo soporta todo… Hablo de un compromiso contigo, con tu dignidad y tu sombra, con todo lo que eres y lo que aspiras a sobrevolar y a ser porque lo reconoces dentro de ti y te da alas, porque lo intuyes y te da fuerza… Hablo de no venderte las ganas por el pan ni recordarte las alas por si a otros no les gustan, por si no les complace verte volar mientras brillas…

Hablo de levantarte cada día y existirte hasta las últimas consecuencias, aunque cueste, aunque no veas nada, aunque todavía no sepas a dónde te lleva el camino que has emprendido pero algo te diga que es ese, sin saber por qué.   Hablo de ser tú y adaptarte a la ida pero siempre sin renunciar a ti. Que lo que pasa te sirva para sacar lo que nunca sacarías a luz, sólo en caso de emergencia… Lo mejor de ti, eso que a veces te asusta porque te reafirma, porque no sabes si gusta, porque temes que se pase de largo o se quede corto, porque nunca antes te has atrevido a mostrar y no tienes ni idea qué cara van a poner cuando lo vean… Eso que eres y haces y sientes que está en ti, oculto y guardado, esperando a que el valor te permita mostrarlo. Eso que es tu versión sin miedo, sin prisa, sin recortes, sin esperar nada del mundo, sin querer dejar bocas abiertas ni medallas, sin premios, sin miradas de aprobación ni más recompensa que la de saber que finalmente lo has hecho. Que ya eres, que ya eras pero no ejercías de tí.

Porque tu brillo no deslumbra, ilumina. Nadie nos molesta ni nos hace sombra, sencillamente somos y nos relacionamos unos con otros. Algunos esperamos siglos para sentirnos aceptados, hasta que un día descubrimos que no había nada que esperar y que todos los interruptores estaban a nuestro alcance.

Hay algo en ti maravilloso, extraño, inevitable. Algo que surge cuando todo lo demás se acaba… Algo que brilla cuando todas las propuestas mediocres han fracasado y demostrado que el único camino es el de vuelta a ti, que lo que faltaba era reconocerse y no encontrar nada ahí afuera… El mundo está lleno de pistas para encontrar el tesoro más grande jamás soñado… La vida es el mapa y el tesoro eres tú. Todo vuelve a ti, todo lleva a topar de nuevo contigo después de pasar años buscando esas respuestas… 

Hay un compromiso más grande que el de buscar y seguir, es el de reconocer que ya has llegado. Que antes de salir de ti para surcar el mundo ya lo tenías todo. Que el plan de vuelo está en ti, que nada de lo que vas a encontrar en el camino te será útil si no lo miras con los ojos del que se siente capaz y digno.

Hay un compromiso enorme e ineludible contigo. Ahora y dentro de cien años. Llegará y tendrás que asumirlo tarde o temprano… Cuanto más tardes, más dolor y sufrimiento, más golpes, más arañazos… Aunque son necesarios, a veces, porque aprendemos rebotando contra las paredes después de fingir que no están ahí. Porque aprendemos tropezando con la misma piedra, culpando al camino. Porque aprendemos repitiendo las mismas decepciones y diciendo que son los demás siempre que se obstinan en amargarnos. Y ellos están y hacen y son responsables de lo que son y lo que hacen pero podemos aprender a con el tiempo a reconocerlos y reconocernos…

Hay un compromiso eterno y está en ti y es para ti. Un click que se activa cuando después de mil intentos todo falla, todo estalla ahí afuera, todo salta por los aires en tu vida y entonces ves claro que hay que activar el botón previsto sólo en caso de emergencia… Que era necesario que todas las puertas se cerraran para que te dieras cuenta de que sólo hay una que importa y siempre debe estar abierta… Que tú eres el salvavidas, el mar abierto, el mejor amigo que te escucha, la mano tendida que buscas, la llave de todo… Que todo este proceso difícil y doloroso era en realidad como el del gusano que perdido y desesperado construye una crisálida y empieza a cambiar… Y no sabe quién es ahora, no sabe qué pasa, pero al final, se da cuenta de que va a volar… Y vuela. 

Nos resistimos a ello, pero no hay otro modo. Nos resistimos y con nuestra resistencia hacemos que sea cada vez más enorme ese dolor, esa frustración, esa necesidad de regresar a nosotros… Hacemos que el regreso requiera un salto más grande, que la confianza para llevarlo a cabo sea más y más necesaria… Que el abismo ante nosotros por no hacerlo sea cada vez más gigante.

Lo que pasa es que para llegar a ese punto hace falta soltar, dejar morir lo que somos ahora y dejarnos llevar por esta transformación…

Para ser quienes realmente somos hace falta que dejemos morir lo que no somos.

Hace falta renunciar a lo que os estorba y nos ancla a lo que no deseamos, a lo que nos hace retroceder y nos quita la energía y las ganas. Abrirnos en canal y estar dispuestos a todo para ser lo que realmente somos y amarnos como merecemos. A veces, sólo estamos dispuestos a cambiar cuando ya no hay más remedio pero debemos comprender que no al final no habrá más remedio que cambiar.

A veces, sólo estamos dispuestos a amarnos y aceptarnos cuando no nos queda más remedio y tenemos que reconocer nuestro valor para no sucumbir, para no perecer ahogados bajo la capa de desprecio con la que nosotros mismos nos hemos cubierto… Cuando tocamos fondo y no queda nada, nada más que tú…

Podemos poner en marcha el mecanismo justo ahora, en este momento, y apretar el botón de “sólo en caso de emergencia” o seguir viviendo como zombies más tiempo hasta que la desesperación más absoluta nos muestre que somos todo lo que estamos esperando… Podemos resisitirnos cuanto deseemos, pero pasará, cambiaremos, viviremos lo que realmente somos… Estamos destinados a volar.  Es inevitable… 

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El mejor regalo


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Parece que cuando llegan estas fechas lo que nos viene a la cabeza es pedir deseos, buscar la compañía de las personas que te importan, hacer nuevos planes, parar un momento y darse cuenta de dónde estamos y quiénes somos…

Serán las luces de Navidad (lo reconozco, me encantan) porque el entorno cambia el estado de ánimo, la verdad, aunque no es suficiente si no por dentro no aprendemos a ser conscientes de lo que nos pasa y de por qué reaccionamos ante lo que nos pasa de cierta forma. La vida nos va dando señales constantes de todo lo que llevamos almacenado ahí dentro y que tenemos pendiente de curar. Si vemos que alguien lleva un coche nuevo y nos disgusta, no es el coche ni la persona que lo lleva, somos nosotros… Si en lugar de juzgar que no se lo merece, no le queda bien o que tiene mucha más suerte que nosotros porque se lo puede permitir porque tiene dinero y pensamos qué hay detrás de ello estaremos aprendiendo algo… Sacaremos un fruto de esa punzada, esa envidia, esa frustración, ese mal humor que hemos sentido al ver que él sí y nosotros no. Tendremos la oportunidad de darnos cuenta de que tal vea nos nos creemos dignos, no aceptamos la realidad, no estamos viendo lo mucho que tenemos de bueno en la vida, que nos enfocamos en lo negativo, que tal vez pensamos que nosotros no podemos tener un coche así… Puede que incluso ni siquiera queramos un coche como ese, pero sencillamente, nos molesta que alguien lo tenga porque no nos sentimos capaces de conseguir uno igual…

Si somos capaces de comprender algo así, hemos dado un paso de gigante. Y voy a decirte algo, no pasa nada… No te preocupes. Eres humano, es normal que a veces sientas eso. No eres un monstruo. Sencillamente siéntelo y sé sincero  contigo y suelta, deja ir, decide que nadie es mejor que nadie y mira cuánto brillas tú en lugar de dejarte deslumbrar por el brillo de otros.

No, lo siento, ahora no te voy a vender que si haces eso tendrás un coche igual o mejor. No va de esto. Aunque es posible que si haces el ejercicio, puesto que estarás tomando consciencia de tus patrones y creencias limitantes, surjan en ti nuevas ideas para hacer cambios en tu vida… Pequeños pasos que llevan a grandes cambios, nuevos hábitos que pueden llevarte a reorganizar, tomar fuerza, sentirte con mejor ánimo, verte capaz… Y cuando alguien se cree capaz es capaz, se transforma. Y entonces descubres que en realidad había formas de conseguir ese coche pero puede que te des cuenta de que no lo necesitas o sí… Eso da igual, porque ves claro que no necesitas un coche para darte cuenta de que eres una persona valiosa… Y ves como alguien pasea por ahí con su coche nuevo y sonríes. Porque no te molesta, porque sabes que tú podrías o si no, hay mil cosas que más que están a tu alcance (grandes o pequeñas)  y que lo que realmente te interesa es sentir lo que eres, un ser completo con o sin. Entiéndeme, si te gusta el coche, bienvenido, pero no somos lo que tenemos, somos lo que amamos, lo que compartimos, lo que nos permitimos soñar y comprender. 

Creo que uno de los grandes regalos que podemos hacernos a nosotros mismos es atrevernos a mirar dentro de nosotros y curar heridas. Aprender a aceptar lo que es y sacar partido de la vida, de lo que pone a nuestro alcance para remendar nuestras consciencias rotas y nuestras almas perdidas. Ver qué nos asusta y acercarnos para poder constatar que no pasa nada. Reconocer qué nos pone tristes y abrazar esa tristeza para ahondar en ella sin temor y aceptar que forma parte de nuestra vida y que no somos nuestras lagrimas sino nuestra capacidad de comprenderlas, de sobrellevarlas, de vivirlas y saber que pasarán y que volveremos a sonreír.

El mejor regalo es ver en nosotros mismos a una persona capaz de vivir sin que lo que nos pasa nos zarandee tanto que perdamos el timón… Y a veces es muy difícil porque hay pruebas muy duras, mucho. Por eso es tan importante amarse y reconocerse el valor. Aceptar lo que somos y aprender a mirarnos con ojos bondadosos y compasivos, ver que brillamos y amar lo que nos hace vulnerables porque es lo que nos ayudará a crecer. No llevamos el timón de nuestra vida sólo por nuestro talento, lo llevamos también por nuestros puntos débiles... No brillamos sólo por nuestros dones, brillamos también por haber aceptado que cometemos errores.

El mejor regalo que podemos hacernos ahora es jurarnos amor eterno, incondicional, aceptación máxima siempre… Pase lo que pase, digan lo que digan… Prometernos estar de nuestra parte en la calma y en la tempestad, a pesar de los errores y los miedos, a pesar de no saber y no comprender a veces por qué ni para qué. Abrazar nuestra oscuridad para no sentirnos culpables de nada y hacer que nuestra luz sea tan intensa que otros navegantes puedan usarla cuando su barco vaya a la deriva.  Dar gracias siempre por todo lo bueno y por todo lo que parece malo pero que es a veces sólo por nuestra forma de mirar… Dar gracias por lo que duele y aprender a llevar lo que no nos gusta. Porque en realidad se trata de vivir y cambiar por dentro… Lo que está fuera no queda a nuestro alcance.

Porque no somos nuestros coches, ni nuestros vestidos, ni nuestros expedientes académicos, ni nuestras cuentas corrientes… Somos esa persona que cada noche se acuesta y hace balance de su día y a veces se siente vacía a pesar de lo mucho que le rodea porque sencillamente no es libre, porque no se ama suficiente.

No hay que esperar a Navidad para pedir deseos o hacer planes pero ya que estamos es un buen momento para hacerse el mejor regalo. El amor lo cambia todo, absolutamente. Borra la mirada limitante y la incapacidad de ver la belleza… Te da la fuerza que no recordabas tener para seguir y te convierte en tu mejor aliado.

¿Y si esta Navidad decides que te amas de una vez por todas? Hablo de amor verdadero, del bueno, del que todo lo cura y lo convierte en magia. ¿Y si descubres que la única persona que te está privando de ser tú eres tú mismo?

¿Y si nos permitimos lo que deseamos siempre sin tener que esperar a llegar estas fechas y darnos cuenta de que nos estamos siempre cortando las alas? ¿Y si lo que deseamos en realidad es este amor verdadero y todo lo demás eran parches?

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Al final del túnel


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Tocar fondo… Uf qué mal suena, por favor. No sabes las veces que en mi vida he eludido meterme por caminos complicados y arriesgar para no llegar a eso. Para que no hubiera un día en que fallara todo, cinturón de seguridad incluido, y me tuviera que encontrar conmigo misma. Sola, sin nada a lo que agarrarme, ni ninguna puerta a la que llamar. A solas con la persona en la que menos había confiado en la vida, yo. Rota y sin nada con que pegar los pedazos, rodeada de gente que ríe porque no se da cuenta del inmenso dolor que noto en mi alma.

Aquello de lo que huyes te persigue.

Aquello que buscas ha salido a tu encuentro. 

Sólo necesitamos ser conscientes de quiénes somos y de si somos coherentes con nosotros mismos o no.

He he hecho lo indecible para no tener que mirarme a la cara y decir “Mercè, ahora estamos solas las dos, vamos a una”. Y no era solo eso, era admitir ante el mundo, aquel mundo que yo creía que siempre me miraba mal y no esperaba nada bueno de mí, que estaba en lo cierto. Que había acertado en su quiniela y era verdad, yo no era nadie ni servía para triunfar. Necesitaba “desnudarme” ante ese mundo que esperaba que fuera despiadado conmigo para darme cuenta de que incluso en la más absoluta desnudez no pasa nada, nadie puede hacerte daño si no te dejas, si no te crees, si te amas y respetas tanto que ninguna palabra puede arañarte…

He hecho todo lo que ha estado en mi mano para no tener que mostrar mi imperfección, mi vulnerabilidad, mi supuesta incapacidad para confiar en mí y me he convertido durante años en una persona “corriente” sin hacer aspavientos ni esperar nada excepcional de la vida… Era como si “portándome bien” y no esperando nada de magia en mi vida, un dios atroz y vengativo fuera a apiadarse de mí y me evitara pasar por delante del escaparate de mis miedos y enfrentarme a ellos…

Ilusa de mí… Porque ya lo sabía. Siempre lo supe. Todo llega y todo pasa. Cuánto más eludes algo, más te acercas a ello. Porque hay momentos que vivir y miedos que superar, hagas lo que hagas.

Si temes mostrarte, la vida te pondrá en el punto de mira.

Si temes decidir, la vida te obligará a tomar decisiones.

Si temes perder, la vida te hará perder tanto que al final no recordarás por qué te dolía tanto.

Si no lo haces, la vida te lo hace… 

Si temes que nadie te ame, pasarás largo tiempo olvidado por otros hasta que descubras el verdadero amor, ese que está en ti.

Cualquier necesidad de la que dependa tu estabilidad, seguridad y felicidad, se verá no satisfecha para que sepas que no es real, que no eres tu miedo, sino tu capacidad para sobrevivirlo.

Vas evitando pasar por esa esquina donde hay siempre algo que te recuerda que no estás haciéndote caso, que te dice que vayas ante lo que te asusta, que te enfrentes a tu vergüenza, a tu culpa inventada, a tu fantasma más terrible… Pero no lo haces, hasta que no te queda más remedio.

No se me ocurre en la vida nada que se pague más caro que la incoherencia.

La vida sabe que hay cosas que sólo estamos dispuestos a hacer en caso de desesperación. Sólo cuando el agua nos llega al cuello somos capaces de ceder y decidir que ya basta, que vamos a soltar y confiar. Solo cuando la alternativa es más terrible, nos sentimos con fuerzas para ponernos de rodillas y dejar el orgullo de lado, ceder y permitrnos ser libres, soltar el lastre y dejar de seguir intentando demostrar, figurar, parecer, recibir aceptación y reconocimiento… Sólo cuando no hay más remedio porque todo se tambalea, decidimos amarnos y ponernos de nuestra parte.

Y el momento llega. Podríamos dar el paso antes, pero somos tan testarudos que necesitamos caer hasta el fondo, hundirnos en el lodo más pegajoso para darnos cuenta de que nos hemos privado de sentir y notar la vida a través nuestro, que hemos evitado ese miedo, ese dolor, esa situación… Que hemos acumulado emociones en cada esquina de nuestro cuerpo hasta que han estallado. Que hemos inventado un personaje para que cuando otros nos miraran no pudieran vernos.

Toda la vida intentando evitar este momento en el que te enfrentas a tu miedo más intenso y lo notas, tiritas, te retuerces, caes, lloras y entras en un silencio rotundo y absoluto en el que puedes empezar a escucharte de verdad y ser tú. Puedes ser tú porque ya no importa nada, porque ya no te avergüenzas, porque en este trance has perdido ese miedo y te has vaciado de todo lo que acumulabas, porque has soltando tanto que el vacío que hay en ti se ha llenado de vida… Se ha llenado de ti.

Puedes ser tú porque lo has intentado todo y no te sirve nadie más y cualquier otra opción se ha demostrado fuera de lugar… Puedes ser tú porque no hay nadie más…

En ese momento, te das cuenta de que llevas tiempo en ese túnel, buscando una salida a tanta oscuridad, una luz que te guíe… Y descubres que la luz que buscas está en ti, muy dentro, pero necesitabas encontrarte muy apurado para encenderla porque mientras todo iba bien te dedicabas a ignorarla. Te ignorabas a ti.

El otro día alguien con quién comparto ideas y reflexiones en redes, Merche Pérez Miguel, me dijo algo hermoso… Cuando tocas fondo “sientes que ya no te queda nada y de repente de conviertes en absolutamente todo”. Un todo que no sabrías que está si no te quedaras a solas contigo, sin nada, en absoluto silencio…

No hace falta llegar a eso, la vida nos tiende la mano mil veces ante, aunque no lo vemos porque estamos ocupados intentando eludir lo que somos y sentir ese miedo que de forma inevitable llegará. Porque estamos pendientes de pelearnos para no aceptar lo que no nos gusta, sin saber que a veces lo que parece terrible es en realidad un regalo precioso.

A veces, la vida llama a tu puerta y no respondes porque tienes demasiado miedo de mirarla a la cara y ver con qué va a sorprenderte.

A veces, hay que tocar fondo para darte cuenta de que no eres tu dolor, tu miedo ni tus pensamientos más tristes, para descubrir que siempre habías estado arropado por la mejor compañía y nunca la habías tenido en cuenta… Para encontrarte a ti y existir sin más expectativa que vivir en paz…  Cuando eres lo único que te queda, no tienes más remedio que confiar en ti.

No te quepa duda, al final del túnel estás tú, sólo tú.

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Como si ya fuera realidad


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Vamos a ser de verdad y dejarnos de “vender” lo que no somos. Y con esto no me refiero a no confiar en nosotros ni en nuestras posibilidades, ni en dejar de visualizarnos siendo lo que soñamos, ni dejar de sentirnos capaces… Soñemos, por favor, al máximo, pero no perdamos el norte ni la substancia que nos hace humanos.

Nuestra grandeza no está en parecer sino en lo que ya somos, en ser capaces de vivir a través de lo que nos rodea sin necesitar que sea de otro modo... En ser capaces de bailar con la vida cuando nos toca la canción más triste. Sin queja contínua pero sin tener que ir demostrando todo el rato que somos algo que no somos, sin construir una realidad paralela para que otros hurguen en ella…

El otro día una mujer sabia que me da grandes consejos siempre sin pedir nada a cambio,  María A. Sánchez, me recordó que la única forma es llegar es ser ya desde este momento esa persona que sueñas. Me dijo que actuara y sintiera “como si”“como si ya fuera realidad” (As if) para integrar en mi vida lo que tanto busco… Eso es tanto como decirme que deje ya de buscar porque lo que busco está en mí… Llevo unos días dándole vueltas a la idea (yo siempre doy tantas vueltas a todo que al final se me desdibuja en la mente y se vuelve tosco, triste)… Podría llegar a convertir “Sonrisas y lágrimas” en “El resplandor” si me das una tarde en casa y un pensamiento ofuscado.

Imaginad cuánto poder tenemos para convertir en porquería nuestra vida a partir de un solo pensamiento… Y no es que todo dependa de eso, claro, pero vemos lo que decidimos ver a partir de nuestras creencias. Eso hace que tengas delante una oportunidad y solo percibas un obstáculo…

Lo de vivir tu sueño y actuar “como si ya fuera realidad” es una herramienta muy poderosa que me ha costado mucho comprender. Yo que siempre soy tan transparente sufro como una hoja en plena tormenta al mostrarme fingiendo que todo va bien cuando por dentro pienso que estoy al borde de la debacle, no me va eso de hacerme fotos con el traje de noche mientras todavía llevo las zapatillas porque en realidad me quedo en casa… Pero es que eso de actuar “como si” no consiste en hacer postureo en las redes y fotografiarse sonriendo mientras por dentro te mueres de pena o acondicionar una parte de tu casa para que parezca un lujo asiático mientras hacinas en el otro lado todos tus trastos… Actuar “como si” es sentir que puedes, que mereces, que ya está en ti toda la fuerza y poder que necesitas para actuar y conseguir, tal vez no lo que quieres porque no sabemos casi nada de lo que realmente necesitamos, pero sí lo que te llevará a desplegar tu potencial y estar en paz.

Actuar “como si” es reconocer en ti la persona que ante el muro trepa el muro, lo salta, lo rodea o lo convierte en un lugar de referencia para crear algo hermoso… No hace falta a veces derribar nuestros obstáculos, a menudo podemos usarlos para decorar nuestros sueños y convertirlos en catapultas para lanzarnos más allá, en el mobiliario de nuestra nueva oficina, en el lugar donde edificamos nuestra nueva vida.

Actuar “como si” es saberse ganador sin tener que competir, saber que estás de tu parte siempre, incluso cuando fallas porque sabes que tus errores son necesarios… Porque tus errores son un peldaño más en esta escalera que subimos todos para descubrir que en el fondo, antes de empezar a subirla, ya lo teníamos todo pero éramos incapaces de verlo porque cargábamos un lastre enorme de culpas inventadas, miedos atroces, emociones por sentir y comprender, creencias rígidas y dogmas absurdos.

Actuar “como si” no es nada que se vea o se huela o se toque, aunque irremediablemente acaba tocándose y percibiéndose con los sentidos porque todo lo que te transforma por dentro más tarde o más temprano se ve ahí afuera… Donde no hay nada, en realidad, más que el espejo de lo que hay en ti y los espejos de todos los que nos rodean.

Actuar “como si” es mirar dentro y dejar de buscar respuestas fuera, dejar de esperar que llegue un salvador que te arregle la vida (no significa no buscar ayuda, soy la primera que recomiendo al menos una vez cada día a alguien ir al psicólogo). Significa saber que el gran hacedor de cambios en tu vida eres tú y dejar de llamar a puertas esperando una limosna esperando piedad para empezar a decir en voz alta “estoy aquí y puedo aportar” y ver como esas mismas puertas se abren.

Hay que ser de verdad para conseguirlo. Y eso implica conocerse y encontrarse en dolor acumulado y decir basta y saber que no eres tu dolor, ni tu miedo, ni tu rabia, ni tu asco, ni esa culpa enorme que se pone cada día más gorda y oronda porque la alimentas a base de creer que mereces la porquería que encuentras.

Seamos de verdad, pero no quejándonos de lo que todavía no somos (yo lo hago, no te preocupes) ni falseando lo que vivimos.. Seamos de verdad por dentro, admitamos lo que nos perturba, lo que nos conmueve, lo que nos paraliza y limita, lo que nos asusta, lo que nos hace sentir una envida inmensa, lo que estamos evitando y lo que cada día nos hace tropezar. Seamos de verdad, observemos lo que pensamos y decidamos que no somos esos pensamientos ni esa punzada en el pecho inmediata, ni esa sensación de revolcarnos cada noche en la misma porquería cuando parece que todo falla y a pesar de los esfuerzos no cambia nada…

Quiero ser de verdad… Ayer me hundí y durante tres horas no vi nada más que esa porquería, ese dolor, ese miedo, esa necesidad de salir a flote. Durante algunos de esos minutos de las tres horas o más (el tiempo es relativo y me pareció una eternidad) no fui más que mi sombra, mi asco, mi sufrimiento… No vi más que la película de mi vida distorsionada y manipulada por la más grande de las manipuladoras que he conocido… Mi mente, mi ego, yo misma… Mi gran enemiga, mi gran aliada… Un dolor de cabeza atroz me golpeaba las sienes mientras unos tambores de guerra que sonaban a difuntos cantaban un himno terrible que me decía “nunca consigues nada”.

Aunque no es cierto… Esta mañana, al notar mi dolor macroimpulsado, mi cabeza golpeada por mis pensamientos lúgubres y mis articulaciones inflamadas me he dado cuenta del gran poder que tengo… Si puedo convertir mi futuro en una tragedia en el presente, si puedo crear toda esa basura gracias a mis pensamientos, si puedo generar un dolor de cabeza inmenso, es que puedo crear a pesar de todo…

Sólo tengo que aprender todavía más a gestionar mis pensamientos y emociones. Sólo tengo que aprender a usar a esa magia a mi favor y no en mi contra… Sólo tengo que poner a la gran manipuladora de mi parte y abrazar a la enemiga para que sea mi gran aliada… Y dejar de alimentar a mi ego con esa carnaza inmunda para que deje de contarme historias de terror y de pedirme explicaciones porque todavía no soy lo que sueño… Para que deje de culparme por todo y de subirme tanto el listón.

Sólo tengo que hacer lo que he hecho siempre… Coger ese dolor y transformarlo en algo hermoso, en algo mágico, en la puerta de entrada a ese yo que llevo dentro y clama por salir, que grita mientras los tambores suenan y me dice “no te preocupes más Mercè, ya lo tenemos todo, vamos a vivir”.

Este camino no está siendo fácil. Seguramente porque hace siglos que el ego gordo e inflado así me lo dice y yo me lo he creído y cumplo, puesto que soy una cumplidora nata que busca aceptación por los rincones, para tapar en enorme vacío en su interior de aceptación propia. No ha sido fácil,  pero todo puede cambiar ahora y decidir que el camino se allana… Tenemos tanto poder, en realidad, y lo usamos para ponernos la zancadilla, para limitarnos a vivir en una burbuja.

Esta es mi verdad… He aprendido mucho pero no todo está integrado en mí y a menudo el miedo me vence y me acorrala y no temo decirlo porque sé que eso no me hace mejor ni peor… Porque sé que reconocerse vulnerable no te hace débil sino fuerte, porque decir alto y claro que no puedes con todo no te convierte en inútil sino en alguien sincero, de carne y hueso, con matices, con ganas de aprender y crecer… Ya lo ves… A veces lo hago bien y otras me equivoco. A veces (cada vez más) estoy de mi parte y otras manipulo la vida para fastidiarme. Esta es mi verdad, esta soy yo y lo digo en voz alta. Y decido actuar “como si” desde dentro hacia fuera.

Tú también eres de verdad y en esa verdad están tu poder y tu fuerza.

Basta de “postureo emocional” y de fingir lo que no somos… Nuestra verdad va a salvarnos de nosotros mismos. Las evidencias de ello están en todas partes. El amor está en todas partes y el dolor también. Hay que aprender a usar a ambos para cambiar tu vida…

A pesar de mis dudas, he aprendido mucho… Te invito a leer un poco de mi último libro, va de amarse y conseguir que ese amor cambie tu vida… Haz click aquí