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la rebelión de las palabras


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No puedo vivir sin mí


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No puedo vivir sin mí.

No puedo, de verdad. Lo he hecho durante años y luego me dolía la espalda y la cabeza.

Me dolían las rodillas y siempre estaba cansada. 

Estaba cansada de estar cansada. De pensar siempre en lo mismo y no encontrar una respuesta, pero no poder dejar de pensarlo. Como si me hubiera metido en un agujero negro y no pudiera salir… Como si estuviera enredada entre las sábanas y no recordara que estoy durmiendo. 

No puedo vivir sin mí, no puedo. 

No puedo dejarme para luego porque el luego no llega nunca. No puedo repartir y ser siempre la última porque un día no me quedarán fuerzas ni alma para repartir… No puedo ser la primera en levantarme y la última en caer en la cama, no puedo. No puedo decir siempre que sí y doblarme por dentro, no puedo. 

Lo he intentado durante siglos porque me dijeron que eso era lo que estaba bien, pero no funciona. Si no hacerlo es ser egoísta, bienvenido egoísmo a mi vida, porque estoy harta. 

No puedo vivir mirando el retrovisor y pensando en mañana al mismo tiempo, no puedo… Tengo que estar presente ahora, porque se me quema el guiso y se me agrieta el pecho deseando salir de mí y decirle al mundo “ya basta”, no puedo más, me apeo, me bajo, me voy… Necesito pensar en mí un rato, notarme los pies y las manos, saber que estoy aquí y que no me he ido mientras hacía mil cosas al mismo tiempo… Necesito habitar mi vida y mi esencia. Recordar que existo y que tengo sueños y deseos y que son tan importantes como los vuestros, ni más ni menos. Necesito mi silencio para contarme las cosas que importan y escuchar mi voz de verdad, no las de otros. 

Necesito escogerme a mí también la ropa y lo que como, tratarme como trato a otros. Necesito mirarme la cara y cruzarme con mis ojos para recordar su color y su brillo. Necesito parar y sentir que estoy viva y que me importa. Que el sol sale también para mí y que cuando abra la puerta, la calle estará puesta para que yo la pise. Necesito zurcirme y remendarme a mí misma como a un calcetín y coserme el alma para que no se me escape. 

No puedo vivir sin mí, ni mis ganas y cuando vivo sin mí, las ganas se me acaban. Necesito romper la hucha e irme de viaje a las antípodas de mis pensamientos. Sacar la bruma espesa que llevo dentro y llorar lo no llorado nunca, llorar tanto que se inunde mi mundo y justo en ese momento decida qué salvo y qué dejo. Vaciar mi vida de “casi”, de “tal vez”, de “puede” y  de “más adelante”. Sacar mis penas al sol y ver como el sol las pulveriza y las abrasa. Necesito salir de mi vida a las siente de la mañana y no regresar nunca hasta que no parezca mi vida. 

Necesito tirar la ropa vieja y quedarme desnuda. Dejar de subir las montañas más altas esperando que la vista sea otra y descubrir siempre que mis lamentos me persiguen, que mis miedos van en la mochila… Necesito soltar el equipaje y escribir otra vez mi historia. Quedarme quieta tanto rato que me ronden los pájaros y me surquen las hormigas… Que el mar me arrastre porque piense que soy de arena y el viento me esculpa como a una roca. Necesito dejarme llevar por la vida a ver qué pasa, porque estoy harta de intentar manejarla y que de vapulee en las esquinas para que vea mi ignorancia. 

No puedo vivir sin mí, me soy imprescindible. Durante años he callado y he escuchado a otros mientras me hacía la sorda conmigo y me decía que podría, que aguantaría, que era capaz… Y lo soy, lo sé. pero es que ya no me da la gana… Ya basta, puedo con mucho pero no quiero, no necesito esta perfección estúpida y dolorosa, no busco llegar a todo y quedarme muerta por el camino, no deseo esta vida a medias donde todo está controlado menos mi locura por tanto control… Quiero escuchar mi llanto y mi angustia, mi voz interior que clama justicia por mí y me pide que me abrace y me conforte… Quiero volver a oírme la risa y cantarme una nana hasta que me duerma. 

Necesito respirar tan hondo que el mar me cubra y el aire se termine si no lo suelto. Bailar sin pensar que me miran. Caer sin creer que importa. Fallar sin que el mundo deje de girar. Necesito tomarme vacaciones de mi vida sin que la vida de otros empiece a desmoronarse. No puedo vivir sin mí y dejarme de lado mientras estoy siempre atenta a otros y soy el parche para todo, el consuelo para todo, la que cose y lame las heridas, la que escucha las penas, la que plancha las camisas de los días especiales y llora en la ducha para que no se note y otros no crean que algo va mal… No vayan a preocuparse y cargar parte de la responsabilidad que decidí asumir yo. 

No puedo vivir sin mí y no voy a esconderme, ni a disculparme. ni a sentirme una mala persona… Merezco lo mejor de la vida y tengo que empezar a dármelo y permitirme soñar. No importa si no llega, no todo llega, pero me tendré a mí misma, sabiendo que me lo permito, que ya no me pongo la zancadilla ni me aparto de la vida que deseo… 

No puedo vivir sin mí y no quiero… Ya basta. 

 

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Hoy he pensado mucho en ti y tú no lo sabrás nunca…


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Hoy he pensado mucho en ti y tú no lo sabrás nunca. Y eso me pone triste y me desespera. He imaginado que un día voy por la calle y te encuentro y te miro a esos ojos de niño hambriento y cansado y tú me miras. He imaginado que me cruzo contigo entre la masa de gente y me ves. Aunque sé que no me mirarías ni me verías, que pasarías de largo como me ignoraste nuestra última vez. Que te quedarás mirando un papel para no encontrarte con mis ojos y descubrir qué te preguntan y por qué o te perderás jugando con las pupilas en el suelo o peor aún que me clavarás la mirada sin vida sólo como tú sabes hacerlo para que sepa que no te importo nada. 

No lo voy a negar, me he sentido enormemente traicionada y decepcionada por ti, no sé si podrías comprenderlo. Aunque siempre supe que lo que fuimos caducaba. Siempre intuí que algún día ibas a echarme de tu reino porque me había adentrado tanto en él que ya ocupaba un espacio demasiado grande y arriesgado. Tú nunca quisiste que pasara, pero yo supe poco a poco meterme en tu vida sin que se notara y te obligué a bajar la guardia durante un rato. Yo siempre derribaba el muro y tú siempre volvías a construirlo y era cada vez más alto. 

Sin embargo, esta tarde no me he acordado de traiciones ni desengaños, me he acordado de ti y de los buenos ratos charlando. He visto más al niño herido que al amigo que consumó una venganza absurda y me clavó la daga… He recordado tus palabras y las he releído. He notado todavía tu dolor y he revivido algunos momentos de tu historia. Tú me dijiste que nunca te dabas a nadie y era cierto. Muchas veces tus palabras me decían que me fuera y tus gestos que me quedara. Ni siquiera sé si llegaste a tenerme cariño alguna vez porque fuiste incapaz de decirlo nunca en voz alta. Si soy sincera fuiste un reto en mi vida, una cima que quise conquistar para demostrarme que era capaz de conmoverte. Nunca sabré si pude, como no lo sabría ahora si todavía me hablaras y me contaras tus malos ratos y me confiaras tus relatos sobre personas rotas por dentro que buscan pegamento y encuentran fantasmas… Te construiste un personaje duro para que el mundo no captara tu esencia y no supiera que te sentías vulnerable y a veces me llevabas con él de la mano. 

Aunque hoy te recuerdo y sólo veo las risas y los paseos por lugares extraños buscando personajes estrafalarios para sentirnos especiales… Me acuerdo de los gatos cruzando la verja y el sol aplacándonos por la espalda. Tu charla sobre la  perra vida esperando nada de la vida y mi réplica obligada sobre lo mucho que llevabas dentro para compartir, sabiendo que no escuchabas y sólo esperabas a rebatir con saña mis palabras para soltar tu dolor y condenar mi entusiasmo infantil por tu talento.  Tus miedos disfrazados de “paso de todo” y mis ganas locas de ser otra persona a la que tú aceptaras y dieras el visto bueno como hacía siempre que alguien me importaba. Las pocas ganas de volver a la rutina después de una mañana callejeando y lo difícil que era llegar a tu corazón… Tal vez no llegué nunca y, si lo hice, me sacaste rápido… Porque ya procuraste que no se notara que te importaba por si tenías que liquidar mi cariño a toda prisa y podía dolerte demasiado. Tu personaje era tan oscuro que en sus calles ni siquiera se encendían las farolas y yo siempre buscaba en ti una luz para recordar por qué confiaba en poder conocerte a pesar de todo. 

Un día hace tal vez diez años o más te dije “me gustaría saber que si me marcho o te marchas podré llamarte y encontrarte y estarás en mi vida” y tú me miraste con esos ojos tremendamente oscuros y esbozaste un sí diminuto  y avergonzado que se perdió en el aire… No era verdad, amigo, te perdí incluso antes de marcharme y todavía no sé por qué y no lo entiendo.

Esta tarde pienso en ti sin tregua y tú no lo sabrás nunca y tengo que decirte, aunque no me oigas, que me cuesta mucho soportarlo. Me haré la loca y fingiré que lo acepto y lo asumo y me daré cuenta de que no te necesito (es verdad, no te necesito, ya no soy la misma). Aunque por dentro, algo en mí tiene ganas de llamarte y  recordarte los gatos en la verja, el sol en la espalda y las calles perdidas paseando mientras la vida  y la rutina nos arañaban el alma.  Quién sabe qué me dirías si me escucharas la voz cansada… Tal vez nada, como la última vez que me tuviste cerca y supiste de mi dolor y mi miedo y miraste al papel para no cruzarte con mi cara… 

Pienso en ti y tú no lo sabrás nunca. No me importa, puedo honrar lo que fuimos yo sola y sentirme añorada por los dos, sentirme feliz por los dos, llorar por los dos y perdonar nuestras ausencias y traiciones por ambos. Incluso seguir pensando que mereció la pena aunque casi no terminara y nos nos quede nada de lo que fue. 

Pienso en ti y en mi recuerdo me sigues apuntando por la espalda y me matas y yo todavía me pregunto cuál es la película que ves en tu mente para decidir arrancarme de tu vida… No importa, disculpa estas palabras, son mi rabia contenida que se suelta y sale, mi derecho a pataleta enquistado que fluye, mi cariño que sigue a pesar de todo y decide no olvidarte. Sigo pensando que mereció la pena tenerte un largo rato en mi vida, pese al desengaño. 

Un día dentro de diez años o más te recordaré de nuevo y tampoco te tendré cerca… Tal vez te escriba otra vez para que no me leas y te diga que te añoro todavía. 

A ti, que no me leerás seguro… 

 

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Pensar para no ser, para no sentir, para no estar…


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Pensar para no sentir.

Pensar y tragarse esas palabras… 

Contener el llanto hasta que la garganta duele tanto que se queda trabada, paralizada, y sabes que necesitas gritar para que todo ese dolor acumulado salga ahí afuera y puedas notar un momento de paz. Saber que si callas mueres un poco pero aún así seguir callando por alguna incomodidad que parece insuperable, algún miedo escondido, alguna realidad que te asusta reconocer. 

Pensar en voz alta para que el silencio no te asalte y tengas que afrontarlo. Para evitar que navegando vulnerable y perdido en ese silencio te des cuenta de que precisamente lo que buscas es silencio, pero huyes de él porque oculta verdades duras, complicadas, crudas… Verdades que parecen tan insoportables que prefieres no saberlas, no tener que afrontarlas ahora y dejarlas para luego, para mañana, para nunca.

Aunque sepas que no hay paz hasta que no te des por vencido y dejes que ese silencio te alcance, te invada, te inunde los sentidos y se instale dentro de ti tanto rato que el niño dormido despierte y empiece a jugar.

Pensar sin salir del rincón de pesar, sin dejar de pensar igual que siempre para no tener que imaginar que otra realidad es posible, para no descubrir que hay muchos mundos en tu mundo y que no todos se parecen al tuyo. Que hay más realidades posibles y que todas dibujan su camino y llevan su paso…

Pensar para no bailar.

Pensar para no tener que salir a la pista y dejarse llevar por la música y abrazar y abrazarse. Para evitar vaciarse y soltarse tanto que la vida se contagie. 

Pensar para no tener que perder la vergüenza ni hacer el ridículo jamás mientras intentas evitar hacer el ridículo. Pensar para olvidarse de estar presente y notar la vida. 

Pensar para dar mil vueltas más a todo y no tener que actuar, para poder parar sin parar de verdad, en calma y sosiego, sino como una forma de resistirte a lo que llega, a lo que viene, a lo que sabes que es inevitable. Pensar para no tener que aceptar nada duela o arañe, que te ponga frente al muro y tengas que ver que es obscenamente sólido y real. 

Pensar para no tener que salir a la luz ni sacar a basura de emociones rotas, rabias contenidas y miedos enquistados. Pensar que todo es culpa tuya, culpa de otro… Culpa, culpa, siempre culpa. Una culpa inmensa y pegajosa que se extiende como una mancha oscura que todo lo encuentra y lo alcanza, que todo lo enmaraña y revienta, que todo lo inunda y apaga… Culpa para desayunar, culpa para almorzar, culpa para cenar que se va contigo a la cama y te arropa y te reprocha que vas, que vienes, que estás, que no estás, que dices sí, que dices no, que callas, que hablas, que vives, que mueres, que existes… Culpa para dar y tomar, culpa para no sentir la culpa de sentir la culpa. Culpa para anestesiar el dolor de la culpa. 

Pensar para no tener que cambiar de camino y pisar esos lugares donde te llegan nuevos pensamientos que podrían volverte loco porque dicen todo lo contrario a lo que has pensado siempre. Porque zarandean tus credos más antiguos y arraigados y sacuden a tus creencias más rotundas. 

Pensar en bucle y hostigarse tanto que vomitas la noche del pasado lunes y la tarde de domingo de congoja máxima. Pensar para no tener que imaginar otras posibilidades, otras vidas, otros sueños. 

Pensar en bucle  otra vez y ver que todo es tan imperfecto que necesitas borrar el mundo y volver a empezarlo, pero sabes que no funcionará porque tú también eres altamente imperfecto.

Pensar en bucle mil veces más y suplicar que alguna de las personas con las que te cruzas te pare, te mire, te cuente una historia que te cambie y te de la respuesta que buscas.

Pensar esperando que la fórmula mágica esté al final del baúl de pensamientos que cada día repasas de forma compulsiva para ver si algo se te pasó por alto… Y no hallar nunca nada porque para verlo tendrías que cambiar de perspectiva. 

Pensar sabiendo que pensar es inútil hasta que seas capaz de observarte pensando y descubras que no eres tus pensamientos…

Pensar y creerse que pensar es vivir cuando es todo lo contrario.

A veces pensamos, pensamos mucho, pensamos demasiado… Pensamos lo mismo de siempre y lo retorcemos buscando una respuesta que no está, que no existe en ese lugar en el que hurgamos porque está en otro lado… En el lado donde no hay pensamientos sino sensaciones, emociones, hechos, acciones.

A veces pensamos para no sentir, como si nos pusiéramos la música muy alta para no oír nuestros propios lamentos o no golpeáramos la pierna para no notar el dolor de la mano… Nos anestesiamos con el parloteo de palabras para no tener que quedarnos a solas con nosotros y sentir, aceptar lo vulnerables que somos y lo solos que necesitamos estar para quedarnos con nosotros de verdad y conectar… Pensar para no estar ahora contigo, para no vivir este momento. Pensar en ayer. Pensar en mañana para no ser hoy, para no encontrarse ahora. 

A veces, pensamos porque de forma inconsciente sabemos que no hay respuesta en esos pensamientos, porque no queremos encontrarla, porque sabemos que si lo hacemos tendremos que claudicar y renunciar a seguir pensando sin actuar ni cambiar… Porque ese ser que nos habita y sabe lo que nos conviene nos va a pedir coherencia y no sabemos si vamos a estar dispuestos a dársela… Porque nos vamos a quedar a solas con él y nos va a pedir que sintamos todo lo que tenemos pendiente de sentir y eso nos cambiará para siempre… Y cambiar siempre nos asusta.

Pensar para no tener que pensar de verdad… Pensar para borrar este momento y quitarle fuerza. Para no sentir la vulnerabilidad de existir, para no tener que acordarse de ser y estar. Pensar para no tener que vivir la incomodidad de tu incoherencia. Pensar para tener la excusa y olvidarse de vivir… 

 

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Perder el tren


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No tengo ni idea de nada o de casi nada. A medida que pasan los días, los meses, los años, todo lo que creía saber parece más borroso. Es como si la línea que separa los opuestos se difuminara tanto que me siento incapaz de decir qué está bien y qué está mal. Sé lo que me gusta y lo que no, lo que me duele y lo que me hace feliz, sé lo que no quiero y lo que sí, pero al mismo tiempo, me siento incapaz de juzgar porque comprendo cada día más mis errores y los ajenos.

Con el tiempo me he dado cuenta de que muchas veces no hay un camino correcto y que las personas que a veces nos parecen más horribles son las que más heridas arrastran… Corrijo, tampoco es real, las que menos han podido superar esas heridas y más dolor almacenan. He conocido personas que han sufrido en sus vidas enormes tragedias y que son capaces de mirarte todavía con ese brillo en los ojos e ir por la vida respetando. Y he encontrado otras que han sido incapaces de superar algunas situaciones que no parecen de la misma envergadura… Corrijo de nuevo, no me lo parecen a mí, pero no sé con qué herramientas a nivel emocional cuenta esa persona para poder superar esas situaciones ni puedo valorarlo porque ni tengo suficiente información ni estoy en su piel. Juzgamos tanto todo el rato que se hace difícil separar la realidad de la interpretación.

Aunque no sé nada. No me atrevo a afirmar si esto es bueno y aquello no porque hace mucho tiempo que intento arrancarme las etiquetas que me pusieron y no quiero pegárselas a otros ni siquiera a las situaciones de la vida… Juzgar nos recorta las posibilidades. Es verdad, es un gran mecanismo de alerta que en muchas ocasiones puede salvarnos la vida, pero en el día a día, cuando algo sucede, ponerle enseguida una etiqueta, nos obliga a ver todo lo que acontece a partir de ese momento de una forma u otra… La percepción que tenemos de las cosas las determina en cierta forma. Vivimos en una realidad en la que el iracundo siempre será iracundo y el amable siempre será amable porque en nuestra mente no queda otra opción. Con ello, no eximo a nadie de su responsabilidad, por supuesto, las personas viven las consecuencias de sus actos y decisiones, pero la forma en que nosotros vivimos lo que otros hacen también determina nuestra experiencia. No podemos hacer nada para cambiar su comportamiento pero sí que podemos elegir estar a sus expensas o no y vivirlo de una forma u otra.

Cuando etiquetamos a otros con nuestros juicios también nos etiquetamos a nosotros respecto a ellos. La previsión que hacemos de nuestra realidad acaba determinándola. Y no me refiero a lo que va a suceder en ella, sino a cómo vamos a percibir lo que sucede.  Interpretamos nuestra vida en función de las creencias que tenemos almacenadas de forma inconsciente. Cuando estamos ante cualquier situación, sea la que sea, la juzgamos según esa programación que llevamos instalada y la etiquetamos y determinamos en base a ella. Todo eso genera en nosotros emociones varias que, si no sabemos reconocer y comprender, acaban generando el mismo comportamiento de siempre. Por ello es importante, aprender a reconocer qué sentimos y a descubrir qué creencias subyacen detrás de nuestros juicios e interpretaciones de la realidad.

Si somos capaces de gestionar y comprender qué nos mueve a reaccionar como reaccionamos, podremos empezar a usar esas emociones para aprender de nosotros y a observarlas en lugar de dejarnos llevar por ellas y precipitarnos o perdernos muchas cosas que suponen nuevas oportunidades. Eso nos lleva a dejar de reaccionar sin comprender y a tomar decisiones que suponen cambios importantes. Decidir con el corazón no es dejarse llevar por la vorágine de locura en un momento álgido, es escucharla, comprenderla, gestionarla y usarla para saber si te hace bien o no, qué dice de ti. Así podrás escoger tu camino desde la paz de haber descubierto las malas pasadas y trampantojos que te hace la mente que tienes programada para no salirte del mapa que te lleva a repetir situaciones y comportamientos… Una mapa que, poco a poco, puede dibujarse de nuevo con las pistas que nos da lo que sentimos y cómo reaccionamos.

Juzgar menos o ser conscientes de estar juzgando y por tanto interpretando la realidad nos permite una mirada más abierta y comprensiva. Borra un poco esa idea de que por un lado está lo bueno y por otro lo malo, sin que por ello tengamos que justificar nada que nos parezca atroz. Al mismo tiempo, nos abre la puerta a desmitificar errores y dejar de perseguir situaciones y forzarlas. Descubrimos que lo que parece negativo a veces es una gran oportunidad y que en todo caso si no sale como esperamos que salga o de una forma que nos convenza, sabremos encontrarle alguna lección valiosa. Llega un momento en el que no sabes si lo que pasa es para bien pero le encuentras un sentido. Ya, ya lo sé, hay cosas realmente terribles, pero muy a menudo está fuera de nuestro alcance evitarlas. A mi vida han llegado situaciones que pensaba que eran una condena y luego han resultado una bendición. Por supuesto, para ver el regalo que subyacía en ellas, he tenido que moverme, sobre todo por dentro, y cambiar mi percepción. Muchas veces no ha sido fácil, no he amansado todavía a mi fiera interior como para usar su fuerza sin hacerme daño, lo admito. Muchas personas al oír esto se ríen, no lo juzgo, comprendo que etiquetar la situación como negativa y lamentarse es fácil y yo lo he hecho en miles de ocasiones, pero es que eso no cambia absolutamente nada… Ni que sea por una cuestión de no vivir desde el estrés esa situación merece la pena trabajar en cambiar nuestra percepción de ella. 

No es fácil dejar de juzgar. De hecho, creo que siempre vamos a hacerlo y es mejor no obsesionarse con ello. Yo diría que lo único imprescindible es no culparse y dejar pasar los juicios sin que nos arañen o agobien. Si aprendemos a observar pensamientos, sin darles demasiada importancia, veremos que no nos afectan. Lo que realmente importa es estar abierto a que lo que siempre ha sido verde pueda ahora ser rojo, lo malo bueno, lo frío caliente… Y no hablo de ir por la vida como una iluso, hablo de recuperar los ojos de ese niño o niña que fuimos que cuando llegaba a la tienda de juguetes y estaba cerrada, se enfadaba dos minutos y enseguida se alegraba porque estaba justo al lado de un parque con columpios chulísimos… Y al cabo de diez minutos la tienda era historia y sabía que si hoy estaba cerrada otro día estaría abierta.

Y no es conformismo. Me hace mucha gracia (sí, lo juzgo, es verdad) cuando hablas de aceptar la situación y alguien te dice que eres conformista. Como si con su rabia y su enfado él fuera capaz de ir a despertar al dueño de la tienda para que la abra.  ¿No es mejor buscar una alternativa en otra tienda o aprovechar el momento y disfrutar del parque?

Nos pasamos la vida reprochándonos las oportunidades perdidas y nos angustiamos esperando trenes que no pasan y perdiendo otros que no vimos pasar… Si conseguimos soltar esa culpa y comprender qué hay detrás de nuestra forma de actuar, podemos gestionar mejor la situación y verla con más claridad. La culpa no es buena consejera y nos lleva a perder el próximo tren mientras nos lamentamos por no haber visto  pasar el anterior.

Lo que sentimos determina lo que hacemos y es maravilloso poder usarlo descifrar qué nos dice de esa programación que llevamos dentro y que nos obliga hasta ahora a interpretar la vida de cierta forma. Cambiar o flexibilizar nuestras creencias y redibujar el mapa que trazamos hace años en nosotros no va a cambiar el mundo ni tampoco como se comportan los demás, pero puede cambiar nuestra percepción y por tanto nuestras emociones y nuestro comportamiento y al final nuestra vida… Nos puede ayudar a darnos cuenta de lo que nos determinamos y etiquetamos sin darnos cuenta y tomar decisiones. Abrir la mente y meter en ella ideas nuevas, generar nuevas conexiones neuronales y transformar el ritmo de tu vida.

Una vez empiezas a trabajar en ello, todo gira, todo cambia. Te das cuenta de que no sabes nada. Juzgas menos y cuando juzgas, sueltas esa premisa enseguida. Y sabes que no sabes nada. Aceptas y te adentras en situaciones que antes eran impensables en tu vida que te llevan  a lugares que antes jamás hubieras pisado donde pasan cosas que nunca te sucedían. Y no hablo de acabar en un callejón oscuro a las tres de la madrugada sino de decir sí  a algo que jamás hubieras intentado antes y descubrir que es genial o que  por el contrario no te gusta nada… O encontrarte tomando un café con ese compañero al que nunca has prestado atención y que te cuenta una historia increíble que te das cuenta que necesitabas escuchar.

Cada día que pasa tengo menos certeza en lo que sé y más en mí misma y en lo que deseo y siento. Dejar de juzgar y de etiquetar te muestra un camino que cada vez más se basa en lo que llevas dentro y menos en lo que pasa ahí afuera. Cada día esperas menos del mundo y te sorprendes más de ti mismo. Te descubres a ti mismo y te apasionas con lo que haces porque no solo haces más de lo que amas sino que logras amar las pequeñas cosas que antes te molestaban. Aprendes a darle la vuelta a las situaciones para que vayan a tu favor y agradeces los pequeños contratiempos que te permiten recalcular tu ruta y encontrar momentos para ti…

Y te encuentras en el andén, esperando un tren que llega con mucho retraso, y ves que el mundo que te rodea se angustia y tú miras el cielo y lo ves hermoso y contestas mensajes pendientes y lees un libro o sencillamente respiras hondo y te notas vivir…

No, no vas a conseguir que los trenes sean puntuales gestionando tus emociones,  pero vas conseguir que no te moleste tanto, que no te rompa el día entero y seas capaz de darle la vuelta y aprovechar la situación. Y cuando pierdas un tren, éste en sentido metafórico, lo verás como una forma de aprender y no como un error insuperable. Hay muchas oportunidades que llegan a tu vida y son trenes que llevan a lugares que jamás habías pensado visitar y está en tu mano aprender a mirarlas de otra forma para poder aprovecharlas. No siempre podemos estar esperando en el andén y sobre todo hacerlo mirando en la misma dirección.

A veces incluso hay que ver y dejar pasar muchos trenes que te llevarían al mismo lugar de siempre donde nunca pasa nada que te cambie y te mueva por dentro. Para aprender a distinguirlos hace falta un momento de silencio y de paz.  Incluso en algunas ocasiones, pensamos que perder el tren es una tragedia cuando en realidad es la excusa perfecta para explorar otras posibilidades y destinos. 

Las oportunidades necesitan que les dejes la pista abierta para llegar y si estás desconectado de ti mismo, sufriendo o preocupado porque no llegan, no las ves pasar por tu lado… 

 

 

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Si pudieras recordar esto siempre…


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Me costó mucho comprender que no veo las cosas como son, sino como yo decido que sean. A pesar de esas muchas situaciones dolorosas que vivimos en nuestra vida, todos hemos pasado por ellas y se nos hacen eternas, la vida es el resultado de un amasijo de creencias y percepciones. Estamos programados desde la infancia y nuestra programación nos dibuja a cada uno un mapa diferente de la vida. Y vivimos lo que esperamos vivir, lo que hemos pensado y, sobre todo imaginado, que será nuestra vida. Es como si de niños hubiéramos elegido un cuento para protagonizarlo durante los siguientes ochenta años y cumpliéramos fielmente con cada capítulo. Hay cuentos con finales más felices que otros, aunque todos tienen moraleja (no me gusta esta palabra, pero es la que se usa siempre cuando se habla de buscar el aprendizaje del cuento).

Lo sé, que el cuento sea alegre y tenga buenos momentos no nos priva de los momentos duros. Lo que ocurre es que la forma en que tenemos de afrontarlos lo cambia todo. Cambia el proceso y el resultado. Cambia incluso el cuento y lo reescribe. Lo que realmente importa es cómo vivimos cada tramo. Yo he vivido algunos que me han parecido insoportables, como si me hubiera sumergido en un remolino y no encontrara nada a lo que sujetarme para evitar ser tragada por un agujero enorme que no sabes a dónde te lleva ni por cuanto tiempo. Nos resistimos tanto a caer en él por temor a lo desconocido, por no confiar en nuestra capacidad de salir airosos y ser capaces que acabamos cayendo en otro más profundo todavía… El de no movernos un milímetro a pesar de estar con el agua al cuello por si la otra opción es peor, porque no nos reconocemos lo suficiente como para creer que somos valiosos, que tenemos el poder de encontrar algo mejor para nosotros.

No elegimos muchas cosas de las que nos pasan, pero elegimos cómo verlas y etiquetarlas, elegimos si nos rompen, si nos atan, si nos motivan o nos asustan. 

Nos han educado para preocuparnos. Sentimos que si no destinamos una parte del día a sufrir por lo que creemos que va a pasar, es como si fuéramos irresponsables, como si no pusiéramos remedio a nuestras tragedias futuras. Oigo dentro de mi cabeza todavía frases como “si no te preocupas, no saldrá bien” o ” si eres feliz recibirás un castigo y lo perderás todo por habértelo creído, por ir de listilla y sobrada”. Como si dejarnos llevar por ese miedo tuviera que evitarnos sentirlo y vivirlo. Cuando en realidad, es todo lo contrario, lloramos mucho por adelantado y nos sumergimos en muchas tragedias anticipadas… Acumulamos horas de miedo como si acumuláramos horas de vuelo, como si fuéramos pilotos esperando  que la tormenta los derribe el avión. Son horas y horas en piloto automático, horas de pensamientos de ataque, de pensamientos cíclicos y funestos, dando vueltas a lo que no depende de nosotros, a lo que no podemos cambiar o comprender… Como si el mero ejercicio de sufrir nos supusiera encontrar la respuesta a nuestras preguntas, como si preocuparse nos sirviera para manifestar un salvavidas para poder salir del mar de dudas en el que llevamos tiempo nadando e intentando no ahogarnos. ¿Alguien ha encontrado una respuesta cuando está presa de la desesperación? me refiero a una respuesta que no sea salir corriendo o atacar. Ese pánico, ese subidón que sentimos a veces cuando nos desesperamos es muy válido y necesario para salir de situaciones límite para nuestra supervivencia. Cuando nos atacan, cuando hay un peligro físico, cuando un barco real se hunde… No cuando el barco de tu vida (en este caso es una metáfora) hace aguas. 

Entrenar la mente para que te cuente historias con final feliz no es la solución a todos los problemas, claro, aunque es muy necesario. Se ha pervertido tanto la idea de “pensamiento positivo” que parece que si lo practicas no vayas salir nunca de casa y encontrarte bajo la lluvia sin paraguas, no vayas a tener rupturas amorosas o vivas cien años con una salud de hierro. Nada nos ahorra ciertos momentos en la vida que son como son y pasan porque pasan. Por más positivos que seamos vamos a morir todos a no ser que alguien encuentre en antídoto. Lo que pasa es que la vida es en un 99 por ciento días en los que los únicos dramas que existen son los que nos hemos inventado. Hay personas con vidas duras, con dolor, con especial dificultad… Y basta verlas para darse cuenta de que muchas de ellas nos dan una lección vital sobre cómo llevar la adversidad. Predisponerse para lo bueno ayuda y mucho. No hablo de una predisposición para lo bueno desde la ignorancia sino desde la inocencia. Sabiendo y aceptando lo que hay pero siendo optimista. No hablo de sonreís cuando pierdes a un ser querido, hablo de poder llorar su pérdida pero sin perderse a uno mismo… No se trata de exigirse estar bien, sino de arroparse a uno mismo y reconocer tu capacidad para salir del bache. Ser positivo no va de obviar la tristeza y el dolor, va de mirarlos de frente y usarlos para crecer y evolucionar. Va de observarlos y sentirlos y decidir que no son tú, que tú eres el ser humano que los experimenta y que todo pasa, aprender la lección sin presionarse, vivir cada momento sin culpa y encontrar tu paz a pesar de las circunstancias. Si te sientes roto por dentro no puedes sonreír tal vez, no puedes dejar de pensar que lo que pasa es terrible, es cierto, pero puedes abrazarte y saber que incluso entonces, en ese momento de dolor. sigues siendo tú y lo que eres no se rompe ni arruga. Eso es para mí ser positivo, vivir cada fase de tu dolor sin olvidar que ese dolor no eres tú. Y ya está, no exigirte más. Todo tiene su tiempo y mereces respetarlo y respetarte.  Y cuando puedas, sonríes, para que tus labios se acostumbren de nuevo… 

La forma en que miras cambia lo que miras. No porque lo vuelva a dibujar, sino porque te posiciona distinto ante ello y te permite observar tu vida sin arañazos. Te da el poder y el timón. Si decides que lo que pasa es un aprendizaje, eso te convierte en alguien que está aprovechando la oportunidad.

Ya sé. piensas que hay situaciones que dan asco, evidentemente, pero ¿quién no las vive? no hace falta que nos gusten, aunque no nos parezcan justas, aunque sean horribles, lo son… ¿Si no las aceptamos podemos cambiarlas? ¿Si nos resistimos a verlas de otro modo van a desaparecer? Hay muchas cosas que no están a nuestro alcance, que no podemos controlar por más que insistamos y, en este caso insistir ,nos desgasta y deja sin energía. 

A veces, cuando hablo de aceptar, algunas personas saltan a mi yugular y me dicen que ni hablar… Yo las comprendo muy bien porque he estado en su posición durante años  y me sentía muy angustiada y violenta cuando alguien me decía lo que les digo yo ahora… Tienen todo mi respeto. Y les pregunto ¿Hay otra opción? ¿Aceptar implica que no podemos trabajar para hacer un cambio? No he dicho resignación, he dicho aceptación.  Si hoy por hoy está ahí y no depende de nosotros ¿Nuestra oposición frontal sirve de algo?

Le damos mucha fuerza a lo que no nos gusta y a lo que no queremos en nuestra vida intentando cambiarlo cuando no está bajo nuestro control. Lo hacemos grande, enorme, importante, le damos poder sobre nosotros y lo convertimos en un muro insondable… Cuánto más miramos hacia la basura más huele y menos vemos lo que hay al otro lado y que es una puerta abierta a otra realidad. Nos quedamos con la visión túnel y nos encerramos en nuestra obsesión.  Y con esto no quiero decir que no lo tengamos en cuenta, al contrario, hay que conocer “la basura” y ver qué nos dice en la vida, hay que fijarse en lo que pasa y comprenderlo, sentir todas la emociones que lleva asociadas y qué nos dicen de nosotros. La adversidad es un material valioso a explorar y hay que observarla, pero sin caer en ella, sin enredarse más de lo necesario, sin sentirse su víctima ni perder tu poder. 

Ya sé que hay situaciones en la vida en las que otras personas parece que nos quitan el poder y no nos dejan actuar, ni opinar, ni siquiera pensar o eso creemos. Sin embargo, nuestro mundo interior nunca les pertenecerá. Pueden decirnos una y mil veces que no valemos nada, pero nunca podrán convencernos de ello si no les dejamos. No es fácil no dejarse llevar por sus palabras y actos, soy consciente, ya que a veces estamos en un marasmo del que no podemos salir y vamos cayendo sin podernos sujetar a nada. Nos manipulan, nos exigen, nos aíslan… Aunque siempre, siempre, siempre, incluso en los peores momentos de nuestra vida, seguimos siendo nosotros, digan lo que digan. Tu valor como ser humano no está en tela de juicio, por más que te humillen y pisen, por más que intenten degradarte y consumirte, por más que te golpeen física y psicológicamente. Tú no eres lo que ellos ven en ti porque sólo proyectan sus miedos.. Eres lo que eres, fuera de duda… 

No eres lo que te pasa. Eres la persona que vive a pesar de ello. Cuando estás  hundido no eres el hoyo profundo sino la persona que sale de él.. Cuando estás herido no eres la herida, eres la persona que se está curando. Cuando estás triste no eres tu tristeza, eres la persona que vive esa emoción y aprende de ella… Cuando te equivocas no eres el error, eres la persona que saca una lección y asume sus responsabilidades… 

Cuando estás hasta el cuello, no eres el agua que roza tu barbilla, eres la persona que encuentra la forma de flotar. 

A veces lo conseguimos y otras no, nada de esto se hace pestañeando y muchas veces no se consigue sin ayuda… Pero pase lo que pase, seguimos siendo nosotros y lo que somos no depende de lo que otros piensan o hacen. Nuestro valor como seres humanos está fuera de duda. Nuestro potencial es enorme. Somos maravillosos y merecemos lo mejor… Si pudiéramos recordar esto siempre, en nuestros peores momentos, tal vez la vida daría un vuelco.

Si pudieras recordar esto siempre, nunca estarías solo. 

 

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Esa extraña obsesión por cambiar el mundo


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Reconócelo, quieres cambiar el mundo. No solamente quieres cambiarlo sino que quieres que todas y cada una de las criaturas que habitan en él sean distintas a como ahora son. Quieres que todo sea mejor, más limpio, más justo, más digno… Quieres salvarlo de él mismo porque se pierde, se gasta, se rompe, está a punto de estallar… Lo sé porque eso que sientes lo he sentido yo durante años hasta llegar a la necesidad de cambiarlo todo y darle la vuelta porque lo que veía me parecía desvastador…

Te comprendo, sé que tus intenciones son buenas pero tengo que decirte algo difícil, algo que a mí me costó mucho aceptar y asumir… No vas a cambiar nada. No puedes controlar nada de lo que pasa ahí afuera. Ni las personas, ni las situaciones, ni siquiera a las plantas y las piedras. Ni eso. Intenta cambiar de lugar una planta y verás como con sus hojas siempre a buscar el sol. Intenta ponerle diques al mar y verás como un día de estos lo inunda todo. Y con las personas pasa lo mismo. Intenta hacer que alguien cambie y si lo hace para complacerte, observa como se harta al poco tiempo o como se consume. Mira cómo estalla o como desaparece. ¿A qué precio logras retener un gorrión en una jaula?

Sin embargo, quiero ir más allá… Queremos cambiar el mundo, pero ¿Cómo? es decir ¿Cómo crees que debería ser? ¿Quién decide hacia dónde va ese cambio? ¿Qué modelo de mundo queremos? Mejor todavía ¿Qué modelo de mundo necesitamos? ¿Quién participa en la decisión? ¿Lo hacemos por sufragio? Cuando decimos que queremos un mundo más justo, ¿Quién decide lo que es más justo o menos justo? ¿Y si al faltarnos mucha información nos equivocamos y acabamos cometiendo una injusticia mayor? al fin y al cabo, no sabemos nada y siempre somos subjetivos… ¿Cómo podemos saber que lo que deseamos que sea distinto será mejor? está todo tan conectado, activas un botón y explota un mundo, tiras una ficha de dominó y cae un imperio…

No sabemos nada. A veces, somos como el mono que sacó al pez del agua para que no se ahogara o como el que le pidió al cerdo que volara y al águila que se quedara quieta en tierra… ¿Y si vemos al gusano y no comprendemos que todavía no le toca ser mariposa y se lo estamos exigiendo ahora? Cada cosa, cada persona vive su proceso… ¿De verdad queremos que los demás sean distintos a como son ahora? ¿No es eso un acto egoísta? ¿Qué pasaría si otros nos lo hicieran a nosotros porque pensaran que nos estamos viviendo como deberíamos?

Eso es lo que hacemos un poco todos, pretender que los demás vivan como nosotros pretendemos, según nuestras inquietudes, nuestras normas y nuestra forma de ver la vida. Y  cuando no responden como creemos que deberían, nos frustramos y enfadamos, pero son libres y pueden vivir como quieran, incluso si eso les aleja de nosotros.

Ya lo sé, hay cosas que pasan y son terribles, pero ¿Cómo saber si al mover una pieza estamos abonando otra jugada más peligrosa? Y no me refiero a ir por la vida sin hacer nada cuando veamos algo que nos duele, por supuesto. No hablo de permitir que otros sufran o si está en nuestra mano evitar una injusticia.  Me refiero sobre todo a algo que hacemos cada día, juzgar. Vemos al que engaña y no sabemos que fue hijo del engaño, vemos al pobre y decidimos que es porque no trabaja suficiente o no se esfuerza, vemos al rico y pensamos que su dinero no puede ser fruto de nada bueno… Nos mofamos del bajo y del alto, del que gordo y del flaco… Nos reímos del que no llega, del que tiene alguna discapacidad como si eso le hiciera inferior a nosotros cuando es un ser humano igualmente útil… Le exigimos al que llora que ría porque no podemos soportar su tristeza, ya que nos recuerda la que llevamos almacenada dentro y no dejamos salir ni nos sabemos reconocer… Vemos al que está feliz y le envidiamos la dicha y a veces incluso deseamos que le dure poco porque no creemos merecerla nosotros y no confiamos en alcanzarla y nos duele ver que él sí la tiene…

¿A ellos también les cambiamos? ¿Para que sean cómo? ¿Cómo nosotros? Les juzgamos y luego pedimos piedad para que no nos juzguen, queremos que sean comprensivos y compasivos con nosotros cuando nosotros no lo somos con ellos ni con nosotros mismos…

Porque si nos perdonáramos por haber fallado no nos molestaría el fallo ajeno. Si no perdonáramos por no ser perfectos, no nos perturbaría que otros fueran por la vida igualmente imperfectos, pero eso no hiciera que se sintieran mal por ello. Si creyéramos que somos dignos de lo mejor, no nos molestaría que otros tuvieran lo mejor. Si confiáramos en merecer riqueza y abundancia, no nos haría tanto daño que otros fueran ricos y abundantes… Si nos sintiéramos dignos de amor y nos enamoráramos de nosotros mismos, no mendigaríamos nunca el cariño.

No aceptamos lo que somos y no podemos aceptar a los demás. Miramos al espejo que es este mundo en que vivimos y lo golpeamos con saña para romperlo y condenarlo porque refleja lo que creemos ser, porque en él vemos reflejado nuestro dolor, nuestra impotencia, nuestra frustración y esa enorme sensación de injusticia y vulnerabilidad que nos ahora y recorta las alas. Miramos al mundo y todo lo que hay en él a través de nuestras creencias más limitantes, de nuestros recuerdos más amargos… Vemos el mundo a través de nuestro pasado y suplicamos que cambie porque no podemos soportar el terrible dolor de no cambiar nosotros…

El único cambio posible está dentro de nosotros. La única forma de cambiar el mundo es amarlo, aceptarlo como es y mirarlo de igual a igual con toda la compasión que nos sea posible… Por ello, hace tiempo decidí dejar en paz a los demás y centrarme en mí que tengo mucho pendiente por reconocer y aceptar.

Soltar la necesidad de controlar que la vida sea como creemos que debe y abrazar otras posibilidades. Aprender a caminar por la cuerda floja y sentirnos seguros. Dejar de buscar ahí afuera lo que sólo nosotros podemos darnos a nosotros mismos… Ese amor incondicional que no depende de lo que te pasa, ni de los kilos que pesas, ni del dinero que tienes en el bolsillo. Mirar al espejo del mundo y ver que el dolor que hay en él está en ti. Que tú no engañas a otros pero te engañas a ti. Que no robas pero te robas. Que no rompes ilusiones de otros pero recortas las tuyas… Que juzgas sin saber y sin haber sentido lo que otros sienten. Volver a mirar desde la inocencia y creer en ti.

Entonces, el que ríe te contagia. El que llora sabe que estás ahí y no le pides que ría. El pobre sabe que ves su riqueza interior. El rico sabe que te alegras de su riqueza porque eso es la demostración empírica de que tú también puedes conseguirlo… Y también te das cuenta de que toda la belleza que ves, es la belleza que hay en ti.

Y te miras y aceptas. Y ves al mundo y todo lo que vive en él y hay muchas cosas que no te gustan pero no te arañan igual que antes, además sabes que si está en tu mano harás lo posible para cambiarlas pero desde el amor a lo que es… Desde el amor a ti mismo. Transformando tus pensamientos, viviendo tus emocione pendientes, actuando desde la coherencia… Justo en ese momento, todo cambia porque cambias tú. Porque inspiras. Porque eres la respuesta que buscabas y el ejemplo que necesitas. Porque esperabas que alguien abriera el camino y te das cuenta de que esa persona eras tú. Porque ni siquiera hace falta cambiar sino tomar consciencia de quién eres y reconocerte a ti mismo y a tu valor.

Porque la verdadera transformación está en la forma como percibes el mundo y sobre todo como te ves a ti mismo.  Miras al mundo como te ves a ti. Si cambias la forma en que te miras, cambiarás al forma de ver todo lo que te rodea.

¿De verdad quieres cambiar el mundo o es sólo una excusa para evitar cambiar tú?

No somos salvadores de nada ni de nadie… Con un poco de ganas y trabajo, podemos conseguir mirar en nuestro interior y acabar reconociéndonos, aceptándonos y siendo coherentes con nosotros mismos, ese es el gran cambio que necesita en mundo, personas coherentes…

 

Gracias por leerme. Espero que te sea útil para seguir en este camino apasionante y complicado. La verdad es que no es fácil conocerse, respetarse y amarse a uno mismo como merecemos… A mí me ha costado mucho, mucho. 

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Gracias siempre por estar…


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No lo intentes más


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A veces nos creemos muy valientes porque vamos por la vida plantando cara a las adversidades y sacándole el aprendizaje a todo. Porque cuando otros desisten, nosotros persistimos. Porque aportamos un poco más cuando todo el mundo ya acaba y se va a casa… Porque defendemos nuestras ideas cuando los demás bajan la cabeza… Porque sabemos lo que queremos y parece que nada ni nadie nos arruga. Y eso es genial, pero es al fin y cabo una lucha en círculo que topa siempre con las mismas paredes.Tener que estar siempre peleando por demostrar y por seguir. Estar siempre forzando la máquina para salir del redil y no formar parte del rebaño pero sin dejar el rebaño porque nos definimos a través de él intentando no ser como él, jugando a las normas establecidas dentro de él… Sintiéndonos juzgados por no pertenecer a él.

Una vez me dijo una persona muy sabia que yo era una “cobarde muy valiente” porque me peleaba con quien fuera por defender mis valores, pero que al mero hecho de creer que tengo que defenderlos me convertía en sumisa… Desde el momento en que casi pedía disculpas por ser distinta y demostrar mi valor a pesar de mis diferencias ya estaba diciéndole al mundo que me perdonara por no ser como debo, por no responder a sus cánones y ya estaba pidiendo que me mirara con otros ojos y suplicando clemencia… Estaba  pidiendo permiso para volver al redil.

Cuando nos pasamos la vida luchando por defendernos, estamos decretando que somos atacables… Estamos jugando al juego de aquellos a los que no queremos parecernos, estamos decidiendo que seguimos sus normas en lugar de soltar la necesidad de ser como ellos deciden, de vivir según sus reglas. De dejar de explicar continuamente porque no queremos lo que ellos quieren y no nos resignamos a lo que ellos se resignan…

No te excuses. No pidas permiso para ser tú. No expliques tu “para qué” pidiendo perdón por no buscar lo que ellos buscan y porque no te llena aquello con lo que ellos tapan su vacío… No pidas piedad por querer ir más allá, no esperes que te acepten, sencillamente acéptate a ti mismo como eres y libérate de la necesidad de ir por la vida intentando que te entiendan, que te miren, que te vean, que se apiaden de tus ganas y tu fuerza y te den el visto bueno… Suelta la necesidad de que te integren en su círculo y mira en ti lo que la ha creado… Comprende qué hay en ti que te hace creer que necesitas que te necesiten, que busca que te acepten y valoren, que quiere que le dejen formar parte de su club… Descubre para qué quieres que te reconozcan y mírate en su espejo para ser consciente de que estás esperando su aprobación porque no tienes la tuya.. Que luchas para defenderte porque crees que eres digno de ser atacado y que te asusta tu vulnerabilidad…

Deja de buscar la palmadita en la espalda y que te digan que has hecho suficiente, que ya eres perfecto para ellos y sé perfecto para ti.

Date cuenta de que la verdadera valentía es no entrar en su juego, es no tener que demostrarles nada, no caer en sus redes que nacen de las redes que has tejido tú para que te acepten… Tu miedo a no encajar les ha hecho grandes ante ti. Tú mismo alimentas la necesidad de que te den el visto bueno porque no te lo das tú mismo esperando encajar en su mundo.

Abraza eso que sientes ahora. Tu miedo a no ser como crees que quieren que seas… Tu culpa sinsentido por ser diferente en un mundo que te pide que apuestes por ti pero luego te dice que te pongas un uniforme y no salgas de la fila. Siente tu necesidad de amarte y respetarte por encima de todo, digan lo que digan… Búscate a ti y deja de mirarles a ellos buscando respuestas, esperando que noten tu valor y te digan que sí… Date tú el sí que realmente necesitas.

Y no luches más por ser tú ni te excuses… Sé. Sólo eso. Confía en eso que eres. Descubre que no hay redil, no hay ovejas, no hay pastor. Que eso es su sueño y tú caminas a tu manera, que tú dibujas tu camino y pones tus normas. Porque cuando sabes de ti y conoces tu valor no necesitas mendigar que lo comprendan y lo vean, sencillamente lo compartes. Lo vives, lo expresas por cada uno de los poros de tu piel, lo impregnas… Que en el mundo que te rodea hay mucho por amar y mucho por aceptar y luego decidir que no te interesa. Que no tienes que pasar por el aro ni hacer cola para suplicar que te den algo que no va contigo, que no te define ni forma parte de lo que sueñas o necesitas realmente..

No esperes que otros te digan que vas bien, decide tú el camino. Puede que ellos no sepan orientarte porque no van a dónde tú vas y no buscan lo que tú buscas. 

No esperes que otros te acepten, sé tu propia inspiración. Ámate al máximo de tus posibilidades… Ámate poco a poco si hace falta, en los pequeños detalles, en los momentos difíciles y en los instantes más oscuros mientras intentas buscarte y no te encuentras porque todavía no te reconoces. 

No busques entre sus metas para encontrar tu meta, tú ya eres lo que buscas pero no te has dado cuenta porque estabas ocupado metiéndote en una horma que te va estrecha. 

Brilla desde lo que eres, como brilla una flor roja en un campo de flores blancas… Como brilla el faro solitario en la costa sacudido por las olas del mar sin más necesidad que orientas y ser luz…

Ser valiente no es solo defender tus ideas, es vivirlas hasta sus últimas consecuencias y hacer las renuncias necesarias para que lo que realmente eres encaje en tu vida.  Ser valiente es comprender que llega un día en que puedes dejar de defender tus diferencias y dedicarte a ser tú mismo. Que lo que toca, si así lo deseas, es potenciarlas y usarlas para marcar el camino, para inspirar a otras personas que también han decidido que no quieren ser ovejas y que rompen con la necesidad de pasarse la vida explicando o justificándose por qué no quieren formar parte del rebaño…

Deja de intentar que te comprendan y compréndete tú. No hay nada más valiente que aceptarse a uno mismo de forma radical en un mundo en el que muchos se pelean porque los demás respeten sus diferencias y les acepten a pesar de ellas.

Mientras sigas peleando para que entiendan que eres diferente, les estás dando coartada para seguir juzgándote por ello porque tú mismo te juzgas. Ellos están ahí porque les das poder y sigues sus creencias. Porque les alimentas esperando que te asuman y reconozcan. Mientras sigas defendiéndote por ser tú, en cierta forma, continuarás siendo ellos y mirándote con sus ojos. Crees que quedas al margen, pero sigues jugando su juego y creyendo en sus normas y esperas los mismos resultados que ellos esperan…

Tú no necesitas que te permitan vivir tal y como eres y te integren en sus vidas… Lo único que necesitas es dejar de pedir permiso y abrazar lo que eres absolutamente.

Deja de hacerte daño intentando encajar en un mundo en el que no cabes porque eres demasiado grande y maravilloso… Deja de luchar por ganarte un puesto que no deseas y de justificarte por no ser alguien que no eres.

 

Gracias por leerme. Espero que te sea útil para seguir en este camino apasionante y complicado. La verdad es que no es fácil conocerse, respetarse y amarse a uno mismo como merecemos… A mí me ha costado mucho, mucho. 

Si quieres saber más de este maravilloso trabajo de autoestima, te invito a leer mi libro

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Gracias siempre por estar…