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la rebelión de las palabras


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Para que tu vida sea realmente tuya…


No pienses tanto, siente. Pensamos mucho y lo hacemos mal porque siempre pensamos lo mismo. Damos muchas vueltas pero es dentro de la jaula, nunca fuera. Observa tus pensamientos y decide que tal vez no sean verdad y no pasa nada.

No hagas tanto, escoge qué haces y hazlo con amor, con respeto por ti y por los demás. Haz con inspiración y con ganas. Disciplínate para hacer, pero sin atosigarte y exigirte demasiado, así podrás hacer disfrutando y sin sufrir. Ponte pautas pero no te encarceles. Que tus hábitos sean los hitos que te marcan el camino y no los barrotes de la celda. Encuentra el equilibrio.

No temas parar y recalcalcular tu ruta. Tomarse tiempo no es perder tiempo, es aprovecharlo, es decidir desde la sabiduría interna y no desde el piloto automático que solo busca hacer sin parar para sentirse útil y ocupado. No necesitas acumular méritos ni resultados, tu valor está por encima de lo que produces. A veces paras y te das cuenta de tantas cosas que cuando vuelves a dar un paso has dado en realidad un gran salto…

No corras, a donde vas no se llega con prisa sino con presencia.

No te midas por las palabras de otros, no dejes que te pongan etiquetas y si lo hacen, no las asumas, no te las creas. No eres etiquetable, ni siquiera definible con palabras. Cuida a la vez tus palabras porque con ellas creas tu mundo…

No asumas responsabilidades ajenas. Si puedes ayudar, hazlo, pero no puedes vivir por otros, ni llorar por otros, ni superar sus miedos, ni llevar a cabo sus retos, ni sudar sus camisetas.

Agradece cada día todo lo que llega a ti, pero no esperes nada. Nadie va a salvarte la vida, solo tú. Esa parte de ti que sabe que no sabe nada pero aprende de todo y ama cada minuto.

Deja de buscar, encuentra. Está bien poner foco en lo que anhelas, pero no te pierdas el camino. No dejes de ver lo que está en tu vida solo mirando lo que te falta, porque eso te hace perder mucha belleza y no valorar lo mucho que llega a ti. Que mirar a la luna no te impida vivir este momento, este ahora, este trayecto. Lo sueños no nos pueden recortar sino motivar. No pueden dejarnos en visión túnel sin ver las oportunidades que se pasan por nuestro lado mientras vamos hacia una meta. La meta a conquistar es y siempre serás tú. Un versión de ti más libre que se siente capaz y muestra todo su valor.

Sueña, pero no te pierdas en tus sueños, no te reduzcas a tus sueños. La verdadera motivación es estar vivo ahora y estar contigo en paz.

No te reproches nada. Si algo hiciste mal, acéptalo, asume. Si lo puedes arreglar o reparar, hazlo. Pide perdón todas la veces necesarias, de corazón, y sigue adelante. Los errores reconocidos y comprendidos son tus grandes aciertos. Vívelos con tanta dignidad que les des la vuelta y sean tu honor y tu estandarte… La culpa no engendra nada más que sufrimiento y más culpa y más sufrimiento. Un bucle del que solo se sale con perdón, el de ti mismo.

Siente, no huyas de lo que sientes. La única forma de superar lo pendiente es vivirlo y reconocerlo, para darte cuenta de que no eres tus miedos, ni tu tristeza, ni tu dolor. Eres ese ser que los observa y se hace cargo de ellos desde la paz. Llora todo lo que necesites. Enfádate. Da portazos. Siente rabia, envidia… No se trata de reprimir sino de hacerlo consciente. Si te das cuenta de lo que sientes podrás usarlo para encontrar paz y coherencia. Ser optimista no es pensar que todo irá bien o saldrá como esperas, es saber que pase lo que pase confías en ti y tienes herramientas internas para superarlo y , si no, pedir ayuda.

No hace falta que te repitas mil veces que te quieres. No es que esté mal, es hermoso, pero primero saca la basura inconsciente que guardas y obsérvala. No se trata de forzarse para amarse sino de quitar los muros que lo impiden. Reprográmate y suelta. La autoestima no es un proceso para amar lo que no amas, exigiéndote y maltratándote si no lo consigues, es una decisión que te permite empezar un camino en el que antes de descubrir quién eres, tienes que apartar los obstáculos que no te dejan verlo. Cuando consigas quitar el velo que cubre tu mirada y no te deja verte, amarte será fácil. El amor llega solo cuando el camino está libre.

No te juzgues ni juzgues tu proceso. Te transformas al ritmo que debes, al que puedes y estás preparado. Que el cambio que experimentas no sea una excusa para maltratarte más y el camino hacia la libertad no se convierta en un camino de regreso a cárcel, a una más sofisticada, pero cárcel al fin y al cabo.

Acepta. Nada obra tantos cambios como aceptar que algunas cosas no van a cambiar. Porque cambias tú, tu forma de pensar, de ver… Y desde esa paz todo se transforma. No es magia, es un cambio de perspectiva, es una forma de mirar desde el amor que obra el milagro imposible. Aceptando muchas cosas cambian y otras no, pero ya no importa porque ya no arañan y las ves de otro modo… Acepta ahora y si no puedes, no pasa nada, acepta que no aceptas. Es un gran paso.

Recuerda que no controlas nada, tal vez solo tu forma de mirar el mundo pero nunca lo que pasa. Lo único que puedes decidir es cómo vivirlo y, con entrenamiento y consciencia, cómo pensarlo.

Dí que no. A veces nos cuesta y mucho, pero hay que decirle a la vida y a las personas lo que no queremos y no vivir vidas a medias. Si no puedes todavía decir no, no pasa nada, sé consciente de por qué no te atreves, de qué te frena, de qué te impulsa a estar donde no quieres estar y hacer lo que no va contigo. Encuentra el miedo que yace en ti y te obliga a vivir esa vida que no es tu vida y respira.

Que no te importe hacer lo algunos llaman «el ridículo». Siente esa vergüenza que nos piden que ocultemos y pasea con ella por la calle. Que te miren, si quieren. Que murmuren… No reniegues de ti, de lo que realmente eres y de lo que amas… Que se rían, no importa. No hay nada en ti que sea defectuoso o equivocado. Algunas personas miran a los demás y se mofan de ellos porque encuentran sus propios miedos proyectados en el otro y creen que así es más soportable su amargura… No caigas en ese juego. Cuando te mires con el amor que mereces, sus miradas inquisitivas se desvanecerán o no podrán hacer mella en ti. Nada es una ofensa en realidad, es un juego de espejos que termina mirando dentro de ti y dejando de mirar tu reflejo en el otro y juzgando.

Cuando recibas esos golpes de la vida, esos arañazos, esos momentos duros que siempre llegan no te culpes, trátate bien… Para y siente ese dolor y pregúntate qué te das tú a cada momento. La vida es un espejo y no se trata de reprocharse sino de usarlo para darte flores y respeto en lugar de críticas y desamor. Cuando menos te comprendas y te valores es cuando más amor necesitas por tu parte.

Mira sin juzgar y si lo haces, date cuenta y suelta esa necesidad. No pasa nada, eres un ser humano. Solo date cuenta. Cada vez que juzgas, recortas un universo y lo reduces a una dimensión, a un resultado, a un miedo. Si te abres a ver al mundo capaz, lo capacitas. No pidas nada pero ábrete a recibirlo todo, lo mejor, porque eso es lo que mereces.

Comparte lo que eres. Comparte lo que haces. Comparte tu talento. Aporta todo lo que puedas sin temor a que te copien, te imiten, te critiquen. Comparte sin miedo a quedarte vacío. Lo que realmente das desde el amor siempre se multiplica en ti…

Cuando todo se ponga oscuro, respira. Nos olvidamos de respirar, nos olvidamos de respirar en calma y profundamente. Nos conectamos a la angustia y nos dejamos llevar por ella, vivir por ella. Respira y mientras respires, solo haz eso, respirar. Toca con tus pies el suelo y nota la tierra, siente que te enraízas y nota como el aire entra en ti y sale sin esfuerzo. Invita a la vida a vivirte, a ser vivida por ti… Procura estar presente en tu vida porque es ahora, solo ahora. No tengas pasado ni futuro, tente a ti. Te bastas y te sobras si realmente conectas contigo.

Nadie podrá estar contigo si tú no estás contigo, si no estás de tu parte… Tal vez esté a tu lado, comparta el camino y te dé la mano, pero nadie llena el vacío que tú mismo no te llenas.

GRACIAS por leerme.

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Porque estás bien contigo…


Equivocarse y que no pase nada.

Que no te pase como una losa inmensa en el pecho y la espalda todo el día.

Que no sientas que cuando te miran te señalan y murmuran que hoy has fallado otra vez.

Que al acabar el día lo recuerdes y no sea amargo sino una forma de darte cuenta de para qué ha sido útil ese error. Que incluso sea necesario y valioso para poder comprender y comprenderte.

Dejar de sentir que haces el ridículo porque te das cuenta de que es imposible ahora, porque para poder hacer el ridículo es previamente necesario sentirse avergonzado de uno mismo, etiquetarse a uno mismo como indigno, como insuficiente… Y ese tú ya no te lo haces, ya no.

Dejar de pensar lo que piensan otros sobre ti. Dejar de preocuparse por cómo te ven y verte tú de una vez por todas. Verte bien en tus días malos. Verte ahora sin esperar a ser mejor porque ya has descubierto que lo que realmente eres no puede mejorar ni empeorar.

Aceptar tu rabia. Esa forma salvaje que tienes a veces de reaccionar cuando te sientes ofendido o cuestionado.

Aceptar ese miedo a quedar expuesto, desnudo, vulnerable y que te puedan criticar y juzgar. Esa ansiedad inmensa al no saber qué pasará y notar como la incertidumbre te besa las sienes a media noche y te dice que no sabes a dónde vas, que tus recursos se acaban, que no hay salidas, que por más que haces nada funciona, que todos los demás van por buen camino y consiguen resultados menos tú.

Aceptar la impotencia que sientes por no poder cambiar tantas cosas que no se pueden cambiar y ver que hay muchas.

Aceptar esa frustración por no conseguir lo que deseas a pesar de estar a dos milímetros de ello y pelearlo al máximo, porque tal vez esto no va de pelear…

Aceptar esa tristeza por lo que no pudo ser o no podrá. Por lo que no pasa y por todos esos recuerdos que a veces a media noche te asaltan.

Aceptar que hay días que no estás al cien por cien.

Aceptar que no sabes casi nada.

Aceptar que no. Que no es. Que no pasa.

Aceptar que tal vez nada cambie ahora o no cambie como tú sueñas. Acepta que tienes que cambiar tú esa forma de pensar que te lleva a sufrir.

Aceptar que no controlas nada. Que no hace falta que sujetes y cargues el mundo para que no se caiga… Que el mundo gira y no solo no puedes cambiarlo, sino que a veces cuando lo intentas consigues el efecto contrario. Que a veces haces y entorpeces, que te pones en medio de la vida y la vida sigue y no por donde tú deseas…

Aceptar el asco hacia todo lo que no es como crees que debe… La ira que intentas controlar y no te arriesgas a sentir pero que te impulsa a romperlo todo, hacerlo añicos y lanzarlo al abismo.

Aceptar esa sensación eterna de injusticia que te pisa los talones y te susurra al oído que otra vez va a ser que no hagas lo que hagas, te pongas como te pongas, por más que te rompa por dentro y lo intentes porque eres tú y tú nunca consigues ni llegas.

Equivocarse y no sentirse como si te hubieran apuñalado la espalda.

Sin esa quemazón dentro que te da esas ganas locas de esconderte del mundo y no volver.

Equivocarse y seguir y sentirte cómodo en tu piel.

Que te digan que no y no te sientas rechazado porque no va contigo o por fin te has dado cuenta de que no hay nada en ti que haga que el mundo te evite o desprecie.

Que te pidan algo y puedas decir no si sientes que no quieres ahora, que no puedes, que decir sí te erosiona y te quita fuerza y energía de lo que importa…

Que se vayan y no te sientas abandonado porque se van pero no te dejan, porque no eres «dejable» sino maravilloso…

Que estés solo y te sientas acompañado.

Que te digan que no te quieren y sin embargo te quieras, te valores, te aprecies, te veas como realmente eres.

Que te ignoren pero no te ignores y te abras a otras personas que sepan verte y valorarte cuanto mereces.

Que no te respeten, pero te respetes, porque te des cuenta de que no importa qué digan, sino lo que tú te dices y cómo te hablas, porque en el fondo sabes que no va contigo.

Y decides si te alejas, pero en realidad sabes que no importa porque ya sabes quién eres.

Que te equivoques y mirar tu error sea un ritual amable y precioso. Que no solo no pase nada sino que se abran puertas y se cierren heridas.

Caer y levantarse, sin mirar a los lados por si te han visto, sencillamente comprender que es parte del proceso, del camino, de la vida.

Que cierres los ojos y descanses cada noche porque tu mundo está en orden y tú estás en paz contigo. Pase lo que pase.

Porque estás bien contigo.

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Lo que no se puede evitar


Hay tantas cosas que aunque queramos no se pueden cambiar…

El tiempo que se acelera, aunque sea un invento útil y macabro.

Las cosas que nos pasan y nos rompen.

Las personas que se nos acercan y lo que hacen.

La vida que nos zarandea.

Casi nada.

Aunque podemos mirar en nosotros, muy dentro, y comprender. Notar qué sentimos y reconocer qué historias nos contamos para ver cómo cambiando de cuentos vivimos más en paz.

Podemos decidir de nuevo cómo interpretar la vida, asumiendo la realidad, y qué nos quedamos que nos sirva para seguir adelante. Podemos aprender la lección y pasar a la siguiente.

Podemos mirar lo que se acaba y decidir que es porque otra cosa nueva va a empezar.

Contemplar lo que fuimos y decidir que no va a condicionar lo que somos nunca más. Que sabremos volver a mirar y ver de otro modo.

Que ahora podemos mirarnos y elegir amarnos y respetarnos.

Podemos aceptar lo que es y amarlo aunque duela.

Aunque no nos guste y quisiéramos cambiarlo. Aunque en nuestra mano esté hacer algunas cosas para que sea de otro modo. Podemos intentarlo, sin forzar , y luego aceptar de nuevo y estar en paz.

Porque aceptar no resignarse sino asumir lo que es y aprender a vivirlo desde la paz, dejar de necesitar que cambie para poder ser felices y de enfocar nuestras fuerzas en ello. Dejar de resistirse y permitir que la forma de mirar lo que pasa te tranforme. Que la vida te transforme y te lleve por dónde debes pasar…

Hay tantas cosas que no podemos cambiar… Y a pesar de ello, nos enfadamos mucho con la vida y nos resistimos a vivir ese dolor pendiente, esa situación incómoda. Y a cada embestida nos resistimos más y gastamos más energía en evitar lo inevitable, vivir lo necesario, sucumbir a lo que ya es…

La vida se nos escapa de las manos mientras intentamos retener historias que ya no son nuestras historias. Mientras nos resistimos a sentir y a soltar lo que ya caducó y no nos sirve. Y lo hacemos porque no nos amamos suficiente como para esperar algo más hermoso, algo más amable… Porque no creemos merecer más ni conocemos nuestro valor.

No nos nos sentimos capaces de enamorar a nadie.

No nos sentimos dignos de un trabajo mejor.

No nos vemos viviendo en un lugar más amplio y soleado.

Nos recortamos tanto a nosotros mismos que decidimos no pasar página por si el siguiente capítulo es peor que este y duele más… Y muchas veces es cierto, duele más, pero es porque no cerramos este. Porque no pasamos página de verdad y nos sujetamos a un pasado amargo, porque no aceptamos y vivimos lo pendiente, porque la vida nos pone delante la oportunidad y decidimos pasar de largo…

No sabemos quiénes somos y por ello no ocupamos nuestro lugar.

Perdemos ese tiempo precioso en minucias y palabras huecas, buscando excusas para no vivir lo que sabemos que está llegando sin remedio… Buscamos atajos para poder seguir viviendo a medias. Nos agarramos al personaje que inventamos en nuestra niñez para poder soportar el dolor de estar en este mundo y no sentirnos suficiente, no ser lo que el mundo parece que espera de nosotros… Aunque ese personaje nos somos nosotros y mantenerlo en pie nos supone un sufrimiento insoportable.

Nos quedamos sujetos a esa vida gastada que nos pide dejarse caer al vacío para morir, como las hojas secas, mientras anhelamos una vida nueva que no puede llegar porque no le dejamos un hueco.

No aceptamos y por ello no podemos transformarnos y dejar de empujar el pesado carro antiguo para deslizarnos en uno nuevo.

Hay muchas, muchas cosas que no podemos cambiar, pero podemos decidir asumir el reto de vivir lo que llega, aunque a veces sea amargo y nos deje vacíos y rotos un tiempo.

Podemos quitarnos la ropa vieja y quedar desnudos ante la vida para ver qué vestido nuevo nos trae.

Porque hay cosas que tenemos que sentir, puentes que debemos cruzar, historias que necesitamos escribir.

Podemos mirar dentro y sacar lo que ya no nos define. Dejar las creencias absurdas e inoportunas y arriesgarnos a vivir sin manual, fuera del camino marcado y sin saber qué nos depara la vida.

Podemos amar sin esperar a que nos amen como deseamos.

Podemos amarnos nosotros ahora mismo sin esperar a que nos miren y nos vean.

Podemos decidir que ya somos todo sin esperar a que la vida nos dé nada.

Podemos de una vez por todas atrevernos a vivir lo que no se puede evitar.

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

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