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la rebelión de las palabras


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Tu lado salvaje


Cuando era guerrera algunos me miraban mal y otros me aplaudían.

Admiraban mi valentía, mi coraje de seguir adelante cuando caía y lamerme las heridas mientras seguía caminando…

Valoraban mi entereza, mi esfuerzo continuo, mi capacidad de sacrificio sin tregua… No siempre, pero a veces el mundo adoraba mi fuerza, mis ganas, mi motivación para seguir dejándome la piel para conseguir lo que deseaba…

El mundo te pide que sigas pero no sienten tu dolor ni mueren contigo cada día que aguantas lo inaguantable y te rompes un poco más para llegar a una cima que no siempre se conquista y que cuando se alcanza sabe muy amarga porque llegas destrozado y herido.

Sin embargo, seguimos ahí, dejándonos la vida en un esfuerzo que lleva a algo que a veces incluso no deseamos ni nos llena, pero es lo que creemos que debemos tener y conseguir, lo que el mundo nos aplaudirá, lo que queda bien en el curriculum.

Hablamos siempre de luchar, de pelear por la vida, como si viviéramos en una supervivencia constante en la que no podemos permitirnos descansar ni sentir, en una prisa perenne que nos obliga a tragar pedazos de vida sin saborear ni notar nada…

Nos oponemos al flujo de la vida. Al vaivén del mar que nos lleva a la orilla… También se llega a la orilla flotando, no siempre rompiendo olas ni a contraviento. También se llega a la cima dando un paseo, respirando el aire, meciéndote con las vistas y siendo un rato el paisaje…

Se llega a la meta siendo la meta, amando el camino, siendo el camino…

También se alcanza la luna con la mente, se besa con la imaginación, se abraza con el alma…

No todo es rasgar y romper, de hecho, no es nada.

La resistencia genera resistencia. La lucha genera lucha.

Cuando te opones algo, lo haces enorme, lo conviertes en importante, en necesario, en el foco de tu vida. Un cansancio gigante te acompaña siempre y te obligas a no sentirlo porque si lo sientes tendrás que atenderlo y parar y crees que si paras no tienes valor, no eres nada, no se te ve ni se te reconoce, no tienes identidad.

Y mientras, te deshilachas, te descompones, te pudres por dentro intentando no ser quién eres porque no es suficiente, porque mientras esperas ser mejor estás diciéndote a ti mismo que todavía no eres nada, nadie, que no tienes valor… Y ese mensaje incosnciente cala tanto dentro que vas sin norte, sin alma, sin sentido, sin corazón, sin amor por ti ni por nada puesto que proyectas asco, miedo y dolor.

Mientras te dices que todavía no has batallado suficiente, que no has buscado suficiente, que no has demostrado suficiente, te insultas, te maltratas, te partes y abres en canal y siembras miedos y semillas de resentimiento contra un mundo que te pide más pero que sabes bien que en el fondo eres tú quién decide dárselo y no acepta.

Y aceptar no es quedarse a medias es abrazar lo que es y ver la belleza que hasta ahora quedaba oculta. Amar este instante imperfecto y soltar todo lo demás. Y si hace falta seguir, pero sin reproches, sin mirarse y negarse, sin esperar ser otro sino siendo tú y descubriendo todo lo que no supiste ver.

Tratándote tan bien que si no llegas, sonríes y te abrazas y, cuando das la vuelta, ves el camino recorrido sembrado de momentos maravillosos en los que no te reprochaste ni dejaste la piel y sabes que cuando apuestas por amarte siempre ganas, porque no compites, amas.

Y dejas al guerrero y te conviertes en un explorador de la vida. Dejas de planificar lo implanificable. Dejas las estrategias y respiras hondo. Sueltas a la mujer rígida y exigente y sacas a pasear a la mujer que sonríe y camina en paz y se ha reconciliado con sus instintos y deseos, con sus miedos, con su sombra. No tiene que defenderse porque no se siente atacada porque cuando el mundo le pide que se rompa para demostrar dice no y se cuenta un chiste o baila…

Y descubre que a veces se llega más lejos soltando, amando y dejándose llevar que trepando muros y dejándose las uñas… A veces, lo sencillo es lo práctico, lo fácil, lo que fluye y te invita a respirar y sentir. Y que, sin duda, el camino siempre es mucho más grato, con lo que la recompensa está asegurada.

Hay algo hermoso en ese dejarse llevar, notar tu lado más salvaje y dejar de avergonzarse de él, permitir que algunas cosas pasen porque son inevitables… Notar la paz de ser lo que realmente eres sin ponerte límites ni amarrarte a normas que no son tus normas… Porque te descubres… Porque dejas de querer controlar y ves que todo sale mejor cuando no interfieres. Cuando dejas de hostigarte para hacer más y mejor, cuando dejas de reprocharte por toda la imperfección que eres y que ves, cuando dejas de necesitar cambiarlo todo y solo vives.

A veces para no perder la vida hay que rendirse en todas las batallas. Descubrir que en realidad, esto no es una guerra sino un camino.

A los que se dejan la piel para demostrar su valor… Demostraos un poco amor y dejad de maltrataros. Lo que buscáis realmente no está ahí afuera.

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

Disponible aquí 

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Si quieres saber más de mí, te invito a entrar en mi web y conocer lo que hago. Acompaño a personas y organizaciones a desarrollar todo su potencial a través del coaching, el mentoring y la Inteligencia Emocional. 

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Deja que pase


Dejar de sujetar por si se cae.

Dejar de cargar y arrastrar porque nadie más lo hace si sueltas.

Dejar de insistir si ves que no hay respuesta al otro lado.

Dejar de vigilar y hacer guardia, porque ya sabes que no puedes controlar nada.

Dejar de esperar.

Dejar de acumular.

Dejar de ocultar lo que sientes.

Dejar de mirar a todos lados para prevenir el desastre.

Dejar de caminar y parar un rato para notarse los pies.

Dejar de imaginar y respirar el aire que te llega ahora a los pulmones.

Vivir a corto plazo. Sin equipaje. Sin más sueño que el de llegar a la esquina con ganas de contemplar qué hay en la esquina.

Sin más pasado que una anécdota divertida de una mañana de lluvia.

Sin más futuro que sentarse esta tarde ante un pedazo de mar y mirar las olas.

Dejar de manipular las palabras que te han dicho mentalmente para que parezca que los demás te necesitan.

Dejar de darle vueltas a los pensamientos de siempre esperando que alguno de los que nunca te sirvieron de nada te sea útil ahora.

Dejar de culparte por todo y de no responsabilizarte de nada.

Vivir sin sacrificio, sin más esfuerzo que el de poner el alma en lo que haces. Vivir sin que cueste, sin que rompa, sin que rasgue, sin que arañe, sin que cada día sientas que te das a luz a ti mismo.

Dejar de mediar y evaluar.

Dejar de mirar al mundo y ver solo el sufrimiento.

Dejar de conspirar contra ti y de sabotearte.

Dejar de hacer de forma compulsiva para evitar el dolor de reprocharte que no haces nada.

Dejar de querer acertar en todo y no fallar nunca.

Dejar de llorar para que alguien se apiade de ti y empezar a llorar para aliviar tu tristeza y sentirla de verdad.

Dejar de hacer esperando un resultado.

Dejar de necesitar que te vean y valoren.

Dejar de buscar fórmulas mágicas… Arriesgarse a permitir que la verdad te estalle en la cara aunque sea cruda.

Sí, lo siento, dejar de soñar si soñar te mata este ahora o aprender a soñar sin apegos, desde el amor y no desde la carencia.

Dejar de esperar que esa persona que ves en el espejo cambie y empezar a mirarla desde ahora con amor.

Dejar de esquivar a tu miedo y sentarte con él a mirar las nubes y descubrir formas.

Dejar de buscar un destino y dibujar un camino que ames.

Y dejar que pase. Que se rompa. Que se vaya. Que se estropee y se deje de usar. Dejar que se caiga. Que se arruine. Dejar que la vida arrase a su paso con todo lo que no puedes controlar… Permitir que falle, que estalle, que se derrumbe, que no haya más solución que volver a empezar o dejarlo correr para siempre…

Dejar que se quede o que se pierda. Que huya y no vuelva jamás y que no pase nada.

Dejar que no salga bien. Dejar que el silencio lo cubra todo y de buscar palabras para demostrar ni parecer ni reprochar. Dejar que no te quiera y declararte en bancarrota emocional… Vivir ese miedo a estar solo. Vivir ese dolor de no ser amada, vivir ese cansancio absoluto de haberlo intentado todo y ya no poder más…

Y decidir dejarlo pasar. Dejar de intentarlo y descansar ya de una vez.

Vivir sin resentimiento. Rendirse a la vida porque ya es evidente que estás de paso, que no decides casi nada, solo cómo vives lo que te toca vivir, y dedicarse a respirar.

Abandonarse a la vida, permitir que la gravedad siga su curso y puedas caer y rodar, quedarte suspendido en un momento sin que haya más que ese momento… Bailar con este ahora sin que importe cuándo acaba el baile… Dejarte llevar por la noche sin que importe cuando amanece. Dejarte vivir. Dejarte en paz.

Y dejar que la vida te cuente esa historia que hasta ahora no has querido escuchar…

Deja que pase.

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

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La necesidad de sentirse vulnerable


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Así eres, maravillosamente frágil. Y en asumir esa fragilidad radica tu fortaleza. Al sentir esa ingravidez, esa indefensión y esa incertidumbre es cuando florece tu fuerza. Cuando tienes la valentía de sentir lo real, lo que está muy dentro y oculto, lo que otros esconden, justo en ese momento, hay algo en ti invencible e inquebrantable que ya nunca se podrá destruir ni violentar. Pase lo que pase. 

Al despojarte de sueños que no son tus sueños y de palabras que no son tus palabras…

Al escribir tus versos sin tomar prestados otros versos que te alcancen cuando bajas la guardia… Cuando busques consuelo en ti y notes que estás ausente… Cuando estando triste besas tu tristeza y no alcanzas a darte cuenta de que también es necesaria.

Al ser esa persona que camina cuando no ve el camino.

Y despojarte de rezos que no son tus rezos y que te invitan a mirarte sin amor y sentirte cada vez más cansada. Siempre necesitando parar para tomar aliento…

Al decir no a los grillos ocultos en la maleza de tus días que te cantan para que llores y te recuerdan todo lo que te falta. No tienes que servir a nadie que te castigue cuando fallas… Tienes que fallar cuando debas para poder aprender que no pasa nada… Y llorar cuando sientas que el llanto te apremia la garganta.

Si no te atreves a sentirte digno ahora, no te sentirás digno mañana. Porque no hay nada ahí afuera que venga a darnos lo que nos falta si no nos damos permiso para ser lo que ya somos sin reprocharnos nada… Si no nos permitimos sentir lo frágiles que somos, nunca podremos encontrar nuestra solidez.

Despójate de las raíces si te anclan a una tierra que no es tu tierra… Y si no te dejan mecer con el viento, despójate también de las ramas… Suelta lo que te prende a una vida que no es tu vida y te deshoja día a día exigiendo respuestas inmediatas… Suelta lo que te cuenta que todo está escrito y no puedes hacer nada…

Sé esa persona que baila cuando nadie baila y deja de fingir que no oye la música porque nadie más es capaz de admitir que lleva siglos sonando.

Y despójate de amigos que no son amigos después de comprender qué hacen en tu casa… Fracasa hasta decir basta si hace falta, porque no pasa nada.

Cae al suelo frío de una de esas noches que parece que nunca acaban si hace falta… No pasa nada. A veces huimos de caer y es en la caída donde están las respuestas que buscamos y la calma necesaria para volver a empezar. 

Camina por la cuerda floja hasta sentirte las alas… Hasta agarrarte a ti mismo y descubrir que nada te falta. Y si no las encuentras, camina todavía más hasta que te des cuenta de que la incertidumbre siempre acompaña y no pasa nada.

Sé esa persona que dejó de buscar y ahora encuentra.

Despójate de imposibles si te comprimen el sueño y la garganta. Sueña sin permitir que tus sueños te rompan este momento y te dejen sin ganas…

Si llueve, que llueva.

Si falta, que falte… Si hay calma, ama la calma.

Huimos tanto de la lluvia que nunca escuchamos qué viene a contarnos y se pasa la vida persiguiéndonos para susurrarnos, para decirnos que no pasa nada… Que somos tan grandes en la tormenta como en la calma… Que el beso siempre es beso y la vida es vida incluso cuando todo se resquebraja…

 Y al mirar atrás verás el dibujo del camino trazado y vivido y descubrirás que te hacía falta. Que la nube era tu nube y desencanto era el primer peldaño de una escalera que jamás habrías subido sin cientos de arañazos en el alma… Que los días sin sal son a veces necesarios para lanzarse al mar a buscar y divisar tierra cuando todo lo que crees que necesitas al acercarte se aparta.

No gusta. A nadie gusta el dolor ni la rabia… Pero a veces sin tomar esa angustia, esa tristeza, esa oscuridad tan rotunda, jamás vamos a buscar la luz y la magia… Ni el camino…

Sé esa persona que se siente a sí misma y ya no le molesta esa sensación de ingravidez  y de inseguridad a veces insoportable.

Despójate de abrigos que no te abrigan y de máscaras que te tapan.

Despójate de la carga que arrastras. Permítete y no te resistas más a lo inevitable porque es donde se encuentra el camino. 

Siéntete vulnerable y desamparado por la vida y descubre que eres tú quién te amparas… Qué lo que te hace sentir desnudo y frágil va a darte la fuerza que buscabas… Que vivir tu miedo va a liberarte de vivir a medias esquivando su llegada.

Que sentir tu debilidad te llevará a tu fortaleza… Que el más grande siempre se arriesga a parecer el más  pequeño y abraza inconsistencia…

Que ya estás contigo, pero no te notas porque todavía no te has despojado de tu vergüenza… De tu necesidad de protegerte de lo que todavía no sabes, no comprendes, no conoces… De lo que temes que va a pasar… De esos pensamientos que te hostigan y te anclan al dolor, a un sufrimiento que ya pesa tanto que nada compensa…

Porque no te has dado cuenta de que sólo tienes que estar en ti y dejar abiertas tus ventanas. No te resistas… Sé esa persona que se quita la piel para sentir si la piel se le ha vuelto tan gruesa que le aísla de la vida… Sé esa persona que se queda en soledad si sabe que ya lleva demasiado tiempo huyendo de sí mismo y teme quedarse con sus pensamientos y tener que notar cómo le queman…

Sé esa persona que confía que encontrará el camino cuando mire donde mire no hay señales y un bosque inmenso crece a sus pies y habita en sus entrañas.

Amar tu fragilidad te llevará a encontrar tu firmeza.

Abrazar tu vulnerabilidad te permitirá reconocer tu consistencia… Será la herramienta más útil para encontrar tu fuerza interior, tu paz, tu poder.

Comprender tu oscuridad te llevará, sin duda, a encontrar tu luz.

 

 

GRACIAS POR LEERME E INICIAR CONMIGO ESTE CAMINO COMPLICADO PERO MARAVILLOSO… 

Si quieres continuar con este cambio, te invito a profundizar todavía más…

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Escritora y apasionada de las #palabras

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