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la rebelión de las palabras


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Perder el tren


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No tengo ni idea de nada o de casi nada. A medida que pasan los días, los meses, los años, todo lo que creía saber parece más borroso. Es como si la línea que separa los opuestos se difuminara tanto que me siento incapaz de decir qué está bien y qué está mal. Sé lo que me gusta y lo que no, lo que me duele y lo que me hace feliz, sé lo que no quiero y lo que sí, pero al mismo tiempo, me siento incapaz de juzgar porque comprendo cada día más mis errores y los ajenos.

Con el tiempo me he dado cuenta de que muchas veces no hay un camino correcto y que las personas que a veces nos parecen más horribles son las que más heridas arrastran… Corrijo, tampoco es real, las que menos han podido superar esas heridas y más dolor almacenan. He conocido personas que han sufrido en sus vidas enormes tragedias y que son capaces de mirarte todavía con ese brillo en los ojos e ir por la vida respetando. Y he encontrado otras que han sido incapaces de superar algunas situaciones que no parecen de la misma envergadura… Corrijo de nuevo, no me lo parecen a mí, pero no sé con qué herramientas a nivel emocional cuenta esa persona para poder superar esas situaciones ni puedo valorarlo porque ni tengo suficiente información ni estoy en su piel. Juzgamos tanto todo el rato que se hace difícil separar la realidad de la interpretación.

Aunque no sé nada. No me atrevo a afirmar si esto es bueno y aquello no porque hace mucho tiempo que intento arrancarme las etiquetas que me pusieron y no quiero pegárselas a otros ni siquiera a las situaciones de la vida… Juzgar nos recorta las posibilidades. Es verdad, es un gran mecanismo de alerta que en muchas ocasiones puede salvarnos la vida, pero en el día a día, cuando algo sucede, ponerle enseguida una etiqueta, nos obliga a ver todo lo que acontece a partir de ese momento de una forma u otra… La percepción que tenemos de las cosas las determina en cierta forma. Vivimos en una realidad en la que el iracundo siempre será iracundo y el amable siempre será amable porque en nuestra mente no queda otra opción. Con ello, no eximo a nadie de su responsabilidad, por supuesto, las personas viven las consecuencias de sus actos y decisiones, pero la forma en que nosotros vivimos lo que otros hacen también determina nuestra experiencia. No podemos hacer nada para cambiar su comportamiento pero sí que podemos elegir estar a sus expensas o no y vivirlo de una forma u otra.

Cuando etiquetamos a otros con nuestros juicios también nos etiquetamos a nosotros respecto a ellos. La previsión que hacemos de nuestra realidad acaba determinándola. Y no me refiero a lo que va a suceder en ella, sino a cómo vamos a percibir lo que sucede.  Interpretamos nuestra vida en función de las creencias que tenemos almacenadas de forma inconsciente. Cuando estamos ante cualquier situación, sea la que sea, la juzgamos según esa programación que llevamos instalada y la etiquetamos y determinamos en base a ella. Todo eso genera en nosotros emociones varias que, si no sabemos reconocer y comprender, acaban generando el mismo comportamiento de siempre. Por ello es importante, aprender a reconocer qué sentimos y a descubrir qué creencias subyacen detrás de nuestros juicios e interpretaciones de la realidad.

Si somos capaces de gestionar y comprender qué nos mueve a reaccionar como reaccionamos, podremos empezar a usar esas emociones para aprender de nosotros y a observarlas en lugar de dejarnos llevar por ellas y precipitarnos o perdernos muchas cosas que suponen nuevas oportunidades. Eso nos lleva a dejar de reaccionar sin comprender y a tomar decisiones que suponen cambios importantes. Decidir con el corazón no es dejarse llevar por la vorágine de locura en un momento álgido, es escucharla, comprenderla, gestionarla y usarla para saber si te hace bien o no, qué dice de ti. Así podrás escoger tu camino desde la paz de haber descubierto las malas pasadas y trampantojos que te hace la mente que tienes programada para no salirte del mapa que te lleva a repetir situaciones y comportamientos… Una mapa que, poco a poco, puede dibujarse de nuevo con las pistas que nos da lo que sentimos y cómo reaccionamos.

Juzgar menos o ser conscientes de estar juzgando y por tanto interpretando la realidad nos permite una mirada más abierta y comprensiva. Borra un poco esa idea de que por un lado está lo bueno y por otro lo malo, sin que por ello tengamos que justificar nada que nos parezca atroz. Al mismo tiempo, nos abre la puerta a desmitificar errores y dejar de perseguir situaciones y forzarlas. Descubrimos que lo que parece negativo a veces es una gran oportunidad y que en todo caso si no sale como esperamos que salga o de una forma que nos convenza, sabremos encontrarle alguna lección valiosa. Llega un momento en el que no sabes si lo que pasa es para bien pero le encuentras un sentido. Ya, ya lo sé, hay cosas realmente terribles, pero muy a menudo está fuera de nuestro alcance evitarlas. A mi vida han llegado situaciones que pensaba que eran una condena y luego han resultado una bendición. Por supuesto, para ver el regalo que subyacía en ellas, he tenido que moverme, sobre todo por dentro, y cambiar mi percepción. Muchas veces no ha sido fácil, no he amansado todavía a mi fiera interior como para usar su fuerza sin hacerme daño, lo admito. Muchas personas al oír esto se ríen, no lo juzgo, comprendo que etiquetar la situación como negativa y lamentarse es fácil y yo lo he hecho en miles de ocasiones, pero es que eso no cambia absolutamente nada… Ni que sea por una cuestión de no vivir desde el estrés esa situación merece la pena trabajar en cambiar nuestra percepción de ella. 

No es fácil dejar de juzgar. De hecho, creo que siempre vamos a hacerlo y es mejor no obsesionarse con ello. Yo diría que lo único imprescindible es no culparse y dejar pasar los juicios sin que nos arañen o agobien. Si aprendemos a observar pensamientos, sin darles demasiada importancia, veremos que no nos afectan. Lo que realmente importa es estar abierto a que lo que siempre ha sido verde pueda ahora ser rojo, lo malo bueno, lo frío caliente… Y no hablo de ir por la vida como una iluso, hablo de recuperar los ojos de ese niño o niña que fuimos que cuando llegaba a la tienda de juguetes y estaba cerrada, se enfadaba dos minutos y enseguida se alegraba porque estaba justo al lado de un parque con columpios chulísimos… Y al cabo de diez minutos la tienda era historia y sabía que si hoy estaba cerrada otro día estaría abierta.

Y no es conformismo. Me hace mucha gracia (sí, lo juzgo, es verdad) cuando hablas de aceptar la situación y alguien te dice que eres conformista. Como si con su rabia y su enfado él fuera capaz de ir a despertar al dueño de la tienda para que la abra.  ¿No es mejor buscar una alternativa en otra tienda o aprovechar el momento y disfrutar del parque?

Nos pasamos la vida reprochándonos las oportunidades perdidas y nos angustiamos esperando trenes que no pasan y perdiendo otros que no vimos pasar… Si conseguimos soltar esa culpa y comprender qué hay detrás de nuestra forma de actuar, podemos gestionar mejor la situación y verla con más claridad. La culpa no es buena consejera y nos lleva a perder el próximo tren mientras nos lamentamos por no haber visto  pasar el anterior.

Lo que sentimos determina lo que hacemos y es maravilloso poder usarlo descifrar qué nos dice de esa programación que llevamos dentro y que nos obliga hasta ahora a interpretar la vida de cierta forma. Cambiar o flexibilizar nuestras creencias y redibujar el mapa que trazamos hace años en nosotros no va a cambiar el mundo ni tampoco como se comportan los demás, pero puede cambiar nuestra percepción y por tanto nuestras emociones y nuestro comportamiento y al final nuestra vida… Nos puede ayudar a darnos cuenta de lo que nos determinamos y etiquetamos sin darnos cuenta y tomar decisiones. Abrir la mente y meter en ella ideas nuevas, generar nuevas conexiones neuronales y transformar el ritmo de tu vida.

Una vez empiezas a trabajar en ello, todo gira, todo cambia. Te das cuenta de que no sabes nada. Juzgas menos y cuando juzgas, sueltas esa premisa enseguida. Y sabes que no sabes nada. Aceptas y te adentras en situaciones que antes eran impensables en tu vida que te llevan  a lugares que antes jamás hubieras pisado donde pasan cosas que nunca te sucedían. Y no hablo de acabar en un callejón oscuro a las tres de la madrugada sino de decir sí  a algo que jamás hubieras intentado antes y descubrir que es genial o que  por el contrario no te gusta nada… O encontrarte tomando un café con ese compañero al que nunca has prestado atención y que te cuenta una historia increíble que te das cuenta que necesitabas escuchar.

Cada día que pasa tengo menos certeza en lo que sé y más en mí misma y en lo que deseo y siento. Dejar de juzgar y de etiquetar te muestra un camino que cada vez más se basa en lo que llevas dentro y menos en lo que pasa ahí afuera. Cada día esperas menos del mundo y te sorprendes más de ti mismo. Te descubres a ti mismo y te apasionas con lo que haces porque no solo haces más de lo que amas sino que logras amar las pequeñas cosas que antes te molestaban. Aprendes a darle la vuelta a las situaciones para que vayan a tu favor y agradeces los pequeños contratiempos que te permiten recalcular tu ruta y encontrar momentos para ti…

Y te encuentras en el andén, esperando un tren que llega con mucho retraso, y ves que el mundo que te rodea se angustia y tú miras el cielo y lo ves hermoso y contestas mensajes pendientes y lees un libro o sencillamente respiras hondo y te notas vivir…

No, no vas a conseguir que los trenes sean puntuales gestionando tus emociones,  pero vas conseguir que no te moleste tanto, que no te rompa el día entero y seas capaz de darle la vuelta y aprovechar la situación. Y cuando pierdas un tren, éste en sentido metafórico, lo verás como una forma de aprender y no como un error insuperable. Hay muchas oportunidades que llegan a tu vida y son trenes que llevan a lugares que jamás habías pensado visitar y está en tu mano aprender a mirarlas de otra forma para poder aprovecharlas. No siempre podemos estar esperando en el andén y sobre todo hacerlo mirando en la misma dirección.

A veces incluso hay que ver y dejar pasar muchos trenes que te llevarían al mismo lugar de siempre donde nunca pasa nada que te cambie y te mueva por dentro. Para aprender a distinguirlos hace falta un momento de silencio y de paz.  Incluso en algunas ocasiones, pensamos que perder el tren es una tragedia cuando en realidad es la excusa perfecta para explorar otras posibilidades y destinos. 

Las oportunidades necesitan que les dejes la pista abierta para llegar y si estás desconectado de ti mismo, sufriendo o preocupado porque no llegan, no las ves pasar por tu lado… 

 

 

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¿Bailas?


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He llegado a creer que ya existes como yo te sueño. Que mis pensamientos han obrado la magia de crearte y darte vida… Y que me esperas tomando un café y pensando que tardo, imaginando cómo es mi risa y deseando tocar mis cabellos siempre alborotados.

He llegado a creer que de tanto soñarte has tomado forma y tienes cuerpo. Veo tus ojos y tu sonrisa, te intuyo y sé exactamente quién eres y cómo te sientes.

Cuando estás solo noto tus aullidos roncos y tu respiración angustiada. Buscas abrazo y acabas sucumbiendo a un rezo sordo, a una súplica tediosa que desemboca en un camino sin salida, sin destino, sin sentido.

Te veo dejar pasar los trenes que intuyes que no son tu tren, que no te llevan a ese lugar donde los abrazos no se piden, se gozan… Te veo dibujar esbozos en las servilletas de los bares, intentando trazar mi cara y manchando de café mis labios aún por definir.

Imagino que me besas sin saber que me besas y que me rondas sin saber dónde estoy.

He llegado a pensar que notas cómo te sueño y cuánto te busco. Que percibes el canto desesperado de la sirena que habita mis vísceras revueltas. Que hemos andado por la misma esquina sin encontrarnos, que nos ha alumbrado la misma farola en un tiempo remoto y descompasado.

He imaginado que cuando tú vas, yo vuelvo. Que hemos tocado el mismo puñado de arena y el mismo mar nos ha rondado los pies… Que tú miraste al sur esperando una respuesta y yo miraba al norte buscando una señal… Que nuestras miradas no se cruzaron por un segundo y nuestros caminos entrelazados pasaron demasiado tiempo en paralelo como para tropezar…

Te veo despertar sin ganas y soñarme sin saber quién soy. Y me gustaría quedarme a compartir el aire que respiras y la nube que cubre tus días… Te veo fundirte con el asfalto esperando ponerme nombre y dibujar mi rostro con tus manos cansadas. Te veo desearme sin que yo tenga cuerpo en tus pensamientos y caminar por mis esquinas sin poderme tocar.

He llegado a creer que aunque no me conoces, me notas. Que me intuyes porque mis pensamientos son tan poderosos que llegan a tus oídos y, aunque no puedes descifrarlos, te acarician el cuello y te besan la mandíbula cansada y los hombros caídos.

A veces, creo que es locura lo que pienso. Otras, estoy convencida de que, al final, mis deseos se convertirán en cuerpo y mis pensamientos le darán la vida.

A veces, te busco entre las multitudes. Lo hago por costumbre, aunque sé que no estás. Siempre lo sé, porque noto un vacío en las entrañas que nada llena y un frío en la espalda que nada apacigua. Sé que te gusta la calma de las tardes perdidas en los libros y que buscas baile algunas noches para poder dejar de pensar.

Sé que el pecho te arde y la furia te enciende porque te cansas de buscar algo que no entiendes. Y que ese algo soy yo… Sé que te falto aunque nunca me has tenido.

Sé que me añoras, aunque no conozcas ni mi abrazo ni mi beso.

Sé que piensas y que tus pensamientos a veces son dagas. Noto que te asusta imaginar porque acabas necesitando lo que imaginas y no puedes tocarlo. Percibo que abrazas de recuerdo y besas de memoria y noto tu dolor atravesar las paredes y llegar a mi mar.

Y me vuelve loca no poder devolverte el abrazo y el beso. No poder acabar contigo el dibujo sin rostro de la servilleta y no bailar contigo esta noche.

Necesito entrar en tu cabeza y llevarte de la mano a mi mundo de fuego y pisar la misma esquina, en el mismo momento y verte reír. Contar historias de amores antiguos y extraños para que sepas que amo desde hace siglos y acumulo mucha ganas de flotar.

He llegado a pensar que algún día leerás uno de mis versos locos y hambrientos, sabrás que existo y me vendrás a buscar. Que necesitarás a quién escribe esas palabras porque son tus palabras, aquellas que tenías en la lengua y casi no te atrevías a susurrar, las que llevabas prendidas en el pecho desde hace siglos y no te atrevías a soltar.

Y cuando cruces la puerta de mi refugio y veas mis ojos líquidos, me pedirás que me vaya contigo sin saber a dónde.

¿Bailas? Me preguntarás como si me conocieras desde siempre…

Bailo, yo siempre bailo…Diré con la voz rota y los ojos llenos de lágrimas por un amor que deja de ser imaginario y empieza a ser real.

 


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El poder de tus pensamientos


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Pensamos mucho y mal

Pensamos demasiado. Y cuando alguien piensa demasiado las cosas, tiende a tergiversarlas en su cabeza cansada de ir y venir sobre el mismo dilema. Pensar es saludable, pero hacerlo en exceso es aturdidor y contraproducente. En nuestra cabeza todo se ramifica hasta un infinito de posibilidades que nos lleva de las ramas a las raíces para volver a empezar.

El primer lugar porque dar muchas vueltas a las cosas deforma la realidad. Empezamos a recordar una conversación y al rato ya no sabemos el tono ni la intensidad con la que esa persona nos hablaba. Y lo que es peor, los adaptamos a la versión que más nos convence para reafirmarnos en nuestras teorías, que son fruto de horas de pensamientos circulares.

Si lo que piensas no te hace mejor, no lo pienses más.

Razónalo, saca el fruto y lanza la cáscara a la basura y deja que el aprendizaje te permita evolucionar hacia otras ideas que pueden serte más útiles y provechosas para crecer. Hay pensamientos que son tóxicos, que se te meten en la cabeza como una de esas canciones machaconas del verano y no paras con ellos hasta que se desintegran o te desintegras tú.  A veces, somos expertos en fabricar pensamientos inútiles y altamente demoledores para nuestra autoestima.

Otras veces pensar es la mejor forma que encontramos para no hacer. La excusa perfecta para no decidir. Una máscara para no movernos un milímetro de nuestra posición inicial ni salir del círculo que nos hemos trazado y en el que nunca hace frío, ni pasa nada imprevisto. Los pensamientos que curan, que cambian las cosas, los que te hacen ponerte manos a la obra y conseguir lo que quieres, están fuera de ese círculo… En el fondo, todos lo sabemos, pero no nos atrevemos a probar para no descubrir que nos hemos pasado siglos eludiendo esa responsabilidad para con nosotros mismos. Que nos hemos limitado y acotado a través de nuestros pensamientos…

Pensar demasiado y mal nos pone rabiosos…

Pensar demasiado sin buscar nuevos enfoques genera rabia e ira reprimidas porque nos hace revivir las emociones negativas sin que puedan salir ni airearse. Las acumula en una especie de antesala donde vamos metiendo todos los reproches que nunca nos atrevemos a verbalizar. Es un lugar donde tenemos la basura que no sacamos. Donde guardamos muchos “no” que jamás dijimos y algunos gritos que nunca salieron de nuestra garganta porque no tuvimos el valor o nos sobró un sentido del ridículo que nunca nos beneficia. En ese lugar, también hay muchas lágrimas contenidas que no caen por nuestras mejillas, pero que presionan de tal forma que no nos dejan destensar la musculatura de la cara… Por eso, a veces, reímos sin ganas y ponemos esa cara perruna que casi hace pudrir las flores a nuestro paso y a los demás les hace tomar distancia.

Focalizarse en pensamientos constructivos : poner nuestra cabeza a trabajar para nosotros

No se trata de reprimir pensamientos si no de escoger nuestros pensamientos. Saber en qué ocupar nuestra mente para que produzca y trabaje para nosotros y no en nuestra contra. Pensar en exceso es contraproducente porque casi nunca pensamos las soluciones, nos regodeamos en el problema y lo repetimos una y otra vez. Y cada vez, nos sentimos igual. Es como si nos pusiéramos un episodio de la película de nuestra vida una y otra vez esperando que tenga otro final… Si queremos cambios, habrá que reescribir la escena o pensar en hacer otro capítulo.

Por ello, lo mejor, será focalizar nuestros pensamientos en aquello que aún puede cambiar. Imaginar opciones, abrir caminos que aún no hemos imaginado, partir de cero si es necesario para encontrar soluciones, replanteárselo todo de nuevo hasta que nos demos cuenta de que nada está vetado para nosotros. Si tenemos un reto, saber con qué contamos para conseguirlo y salir a encontrar lo que no está en nuestra lista de talentos.

No pensar una y otra vez en el dolor que sentimos cuando nos dejaron solos, perdimos un trabajo o rompimos una relación,  sino en la forma en que podemos paliar ese dolor. Y, sobre todo, cómo cambiar ese escenario para que sea mejor para nosotros.

No recordar todo lo que nos falta para llegar a ser quién deseamos sino de qué forma podemos prepararnos para serlo. Hacer un plan, planificar una estrategia, leer sobre el tema, consultar a los que saben, salir y notar lo que pasa a nuestro alrededor, relacionarnos… Y cuando llegue la noche y pensemos, entrenarnos para pensar en lo que importa, en lo que está en nuestras manos…

En el fondo, decidir sobre qué pensar es como hacer una fotografía. Podemos elegir qué fotografiamos, desde que ángulo, con qué perspectiva… Decidir si desenfocamos el fondo o si alteramos los colores para que sean más vivos.  Podemos estar en un museo repleto de grandes obras de arte y fotografiar una papelera. Podemos estar en un vertedero y enfocar unas flores rojas que salen en un rincón.

Y ser positivo y a la vez realista. Saber de dónde partes y valorar tus pequeños logros hasta llegar a tu meta.

Escoge las palabras que te dedicas a ti mismo

Eres tus palabras. No te hagas daño, no te golpees. Usa esas palabras hermosas que muchas veces seleccionas para no herir a otros y dedícatelas a ti. Eso no significa que te mientas, significa que busques la manera de decirte la verdad más cruda sin lastimarte, de una forma positiva. Que tus palabras sean los cimientos sobre los que construir algo nuevo. Encuentra un lema, algo que repetirte que te llene y que en un mal momento te sirva de tesoro, de ancla a la que sujetarse para no olvidar que eres grande y puedes serlo más. Una frase, una palabra que te lleve a una emoción positiva que te recuerde lo mucho que tienes y que vales, que modifique tu rostro y ponga en él una sonrisa. Que modifique tu postura y te permita ir erguido y sacar pecho. Un mantra que te haga recordar que eres un superhéroe y que tus posibilidades son ilimitadas. Como si se tratara de una poción mágica que te transforma… Porque quién puede transformarte eres sólo tú y tu capacidad de pensar lo que te hace crecer y te conviene.

No perder un tiempo que es finito

Pensar demasiado te arrastra a una especie de arenas movedizas de las que es complicado escapar… Y lo peor de todo, es que mientras pensamos demasiado y de mala manera, nos ocupamos y preocupamos. Malgastamos un tiempo precioso que podríamos usar en muchas otras actividades que nos darían sus frutos.

Mientras pensamos en que alguien nos insultó hace pocos días y nos trató mal, no planificamos un viaje emocionante.

Mientras nos acordamos de que esa persona nos dijo lo ineptos que cree que somos, nos sentimos ineptos y no nos ponemos a preparar el índice de ese libro que siempre tenemos pendiente escribir.

Mientras damos vueltas a un amor perdido, no pasamos por la calle donde pasa nuestro nuevo amor o tal vez, pasamos tan ensimismados que no le vemos.

Mientras imaginamos el ridículo que haremos presentando nuestra conferencia, no pensamos cómo podemos hacerlo muy bien ni buscamos ejemplos para bordar esa experiencia.

El otro día me recordaba alguien que nuestro tiempo es finito. Ahora no nos lo parece pero si echamos la vista atrás y recordamos… ¿cuántas horas hemos perdido de ese tiempo finito pensando mal? ¿cuántas horas dando vueltas a las palabras que alguien nos dijo y que nos hirieron en lo más hondo? Y ¿qué sacamos de ello? ¿a caso no pudimos reflexionar las dos primeras veces que lo recordamos? ¿nos hacía falta ahondar en lo que ya no tenía remedio y sentirnos como un trapo sucio cada vez?

Cada minuto que no dedicamos a vivir o a pensar bien para poder actuar y conseguir lo que deseamos es un minuto perdido.

Cada minuto que dedicamos a pensar en lo que aún nos duele o araña, en lo que ya no tiene solución, es un tiempo que se esfuma. ¿Nos merecemos eso?¿no estamos de alguna forma cometiendo una injusticia con nosotros mismos al dejarnos atrapados en una experiencia dolorosa?

Cada minuto que no notas que vives es un minuto que se escapa.

Mejor hacer callar un rato a nuestros pensamientos y actuar, sentir, vivir… Si piensas mal, tanto en cantidad como en calidad, seguro que no aciertas…

Hay una idea que siempre me ha dado vueltas en la cabeza (y en este caso en positivo)… Si podemos llegar a hacernos tanto daño con nuestros pensamientos, estoy segura de que también podemos hacernos mucho bien. El poder es nuestro…


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De vuelta al punto de partida


Había un faro y un enorme pedazo de mar que se metía en sus oídos y le acariciaba las orejas. Podía respirarlo y guardárselo en el pecho. Era inmenso. Su humor salado se colaba por todas partes y se impregnaba en sus cabellos.

Llevaba delante de él mil tardes, pensando. Parecía una figura minúscula, esculpida en la roca, encogida. Sus pies habían quedado sellados a ella, sujetos por una emulsión invisible que la mantenía al mismo tiempo atenta y absorta de todo. Su mente estaba lejos. Viajaba en el tiempo. Era niña. Se vestía de blanco en una tarde como ésta y notaba que estaba de más en el mundo. Que era insignificante… Un sabor amargo le cruzaba la garganta al recordar el momento en que descubrió que su existencia no era el origen de todo, que aquello era el principio de un camino complicado. En sus ojos había una expresión de miedo, de falta de sueño, de incomprensión hacia un mundo que era grande pero que, a menudo, resultaba hueco. Le venían a la cabeza todos sus cambios de rumbo, todas las veces que se había negado a sí misma y todos los muros que había construido a su alrededor. Cada vez que se había descartado para un sueño, que había creído que le estaba vetado, todas la hojas en blanco que le habían quedado por escribir.

Recordaba sus derrotas. Cada una de ellas más enorme y sonora que la anterior, más contundente, más dolorosa.

En cada batalla había dejado una capa de piel. Las primeras más finas, las últimas más gruesas. Había cambiado tanto que de su esencia tan solo quedaba un aroma vago, una ligera inclinación de la boca a la izquierda al sonreír y una tendencia exagerada a la ilusión.

El balance era duro. Llevaba siglos meditando cómo vivir. Ensayando cómo iba a ser su vida cuando desplegara sus alas, cuando tuviera el valor para dejar el metro cuadrado que la rodea y dejarse quemar por el sol. Había vivido sin verbo, de cabeza, de imaginación. Había saltado mil veces en su mente, había incluso notado la adrenalina agolparse en sus sienes… Pero nunca había saltado con su cuerpo. No había quedado suspensa en el aire sabiendo que al tocar el suelo tendría que amortiguar el golpe con la conciencia.

Había escrito mil versos de amor pero jamás los había entregado. Había huido de muchas miradas bajando la cabeza. Se había excluido de la vida, ella sola, sin pedirse permiso…

Y ahora, aquí cuajada en la roca, mirando un mar eterno que la podría devorar en un movimiento inmisericorde, se daba cuenta. Se retorcía por dentro por haber permanecido impasible y haber consumido tanta vida sin vida… Hacía lista de todos sus amores frustrados y todos sus gemidos ahogados. Apuntaba los lugares que le quedaban por pisar y los huecos que debía llenar a partir de ahora.

Estaba indignada, pero no estaba triste. Se sentía afortunada. Había despertado. Estaba viva. Una apreciable cadena de errores la había llevado a sentarse en la roca. Un cúmulo de cansancio le había detenido los pies hasta llegar ante el mar y dejar que su mente se meciera en el pasado. Había pasado la vida buscando ese estímulo, ese fogonazo capaz de despertar en ella la necesidad de cumplir sus deseos… El detonante que lleva al salto. Había buscado sin cesar la fuerza para salir de la cáscara, para romper la cadena de temores sordos que la rodeaba… Siempre buscando algo a lo que agarrarse…

Había dado mil vueltas para encontrar esta tarde, este silencio, este mar sin límites, este pensamiento. Había girado sobre sí, en rotación permanente. Había surcado el mundo para llegar a un lugar que llevaba dentro. Para encontrar algo que ya tenía. De vuelta al punto de partida.


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La mejor versión de ti mismo


Alguien acaba de pedirme que sea feliz. Y para serlo me aconseja no pensar demasiado, cerrar un poco los ojos, hacerme la tonta… soltarme sin condiciones y dejar la mente quieta. Me aconseja que olvide por un rato lo que me inquieta porque tal vez no todo tenga que ser siempre trascendente, que no todo contenga un significado que vaya a cambiarme la existencia… Sé lo que me pide. Me pide que me mantenga pegada al suelo y note la vida, que si como pan note el pan, que pise el camino, que acumule risa y que me beba el viento cuando sople en mi cara. Quiere que me olvide de lo que me falta y de lo que dejé atrás. Que hoy haga pocos balances y olvide los números rojos. Que me circunscriba a este pedazo de vida que hoy me toca y que mañana se habrá escurrido… que no exista más que esta hora, esta frase, esta palabra… que me note la respiración … que me agarre a cada sensación como si fuera la última, que no me pregunte si está bien o mal… que exista. Que me ate a este pedazo de realidad.

Esta petición me agita aún más. La hiperactividad mental… me subleva… siempre hay demasiadas preguntas pendientes, demasiadas necesidades por satisfacer… demasiado control para buscar una perfección que nos acaba alejando del día a día… Demasiado rato en la nube buscando migajas de eternidad y olvidando lo efímero, lo que se puede tocar y se escapa entre las manos… perdiendo lo humano mientras intentamos arañar un ideal casi divino. Y se nos pasan las miradas, los gestos de los que nos rodean, se nos pasa el invierno y el verano, la noche y el día… se nos pasa y no vuelve.

¿Cómo se puede encontrar el equilibrio y … sin perderse esta función no dejar de pensar en cómo será la siguiente? ¿cómo detenerse a disfrutar del paisaje sin dejar de preguntarme a dónde me lleva la senda que escogí?

Miles de pensamientos me vienen a la cabeza, con tantas ideas… no voy a poder ser feliz… demasiadas ramificaciones en la mente, enciclopedias de emociones… millones de recuerdos por archivar… la noria de mi cabeza no se detiene… da vueltas y sé que las dará siempre… está programada para no cesar nunca, hasta el final.

Y entonces me doy cuenta. La felicidad es este momento… una mirada, una risa tonta, un temblor extraño, una palabra… un sabor, un pellizco… pero también es saber que vas en el camino correcto y persigues tu sueño. Saber que te haces las preguntas y que buscas las respuestas, que lo has imaginado todo, que lo has intentado todo… que solo te has detenido para gozar y no para esconderte y abandonar… que puedes más, que anhelas más… que hay más de lo que ves y más de lo que imaginas. Que la felicidad está en el suelo y en el cielo. Ser feliz es un dar las gracias y un seguir buscando nuevos retos. Consiste en agarrarse a lo que te rodea con una mano y acariciar con la otra un sueño… vivir intensamente y al mismo tiempo imaginar… saber, al final, que no te has dejado un pedazo de vida por apurar y que hasta el último instante has intentado ser la mejor versión de ti mismo…

 

 

 

 


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Que el futuro nos pille siendo niños


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Cuando era niña las horas eran eternas. Sesenta minutos sentada ojeando un libro, fijándome en las comisuras de sus páginas, pasando los ojos por sus dibujos, siguiendo con las pupilas las letras… eludiendo pensamientos… eran una vida. Mis ojos lo escrutaban todo. Las formas caprichosas de las baldosas en el patio, la incandescencia de las bombillas, el reverso de las hojas de los árboles, los dibujos que formaban las nubes… todos los tenues quejidos que de noche se oían en casa. Lo pequeño era grande, enorme… digno de ser analizado hasta saciar la curiosidad. Y lo mejor, siempre parecía nuevo, sorprendente.

Cuando era niña notaba el calor del abrigo y el frío del helado. Los percibía intensamente con toda mi escasa materia, me calaban por dentro, me reseguían las esquinas… cada pequeña sensación era un tesoro, una experiencia capaz de transformar mi esencia, de mutarme, de hacerme más alta, más lista… más curiosa. Y siempre tenía espacio en mi dermis para una sensación más, un pedazo de vida nuevo… un camino distinto. Todo era gigante pero cabía en una caja diminuta.

Cuando era niña me bastaba con levantar la vista y buscar a mi madre y saber que era mi casa. Un par de besos eran una escuela, un palacio, un planeta. Mi cabeza sobrevolaba montañas y desiertos desde un sofá, mi pensamiento era de chicle, mis manos tenían magia para cambiar el mundo. Cuando era niña era de goma y de sueño, de pedazo de selva y de barco en el mar. Vivía en un castillo y era capaz de zamparme cualquier cosa que pudiera imaginar… y lo imaginaba todo y todo me cabía entre las manos.

Cuando eres niño todo es nuevo, eterno, intenso. Todo supone un pequeño reto, todo es asumible… todo se puede recortar y pegar. Y los esfuerzos tienen grandes recompensas…

Y maduramos o eso creemos. Aunque a veces, lo que hacemos es crecer por fuera; ponernos corbata o tacón alto, dejar el castillo, seguir un camino predeterminado. Nos ponemos rígidos como un palo y forzamos la sonrisa… porque no entendemos nada. El ejercicio de ser adultos debería suponer poder guardar esa capacidad de verlo todo cada día como si tu mirada fuera virgen… pero almacenar una conciencia sabia. Descubrir que no somos el ombligo del mundo y volver a mirar el reverso de las hojas…recuperar el juego.

Saber que no todo va ser como deseamos… pero que quizá pueda ser mejor. Recordar que no todo se ve y se toca, que no todo se alcanza con la mano pero que está a tiro de pensamiento. Y que cuando toca lluvia, hay que mojarse.

Que el próximo minuto nos encuentre un poco vírgenes… que el futuro no pille siendo niños.