merceroura

la rebelión de las palabras


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Ámate en silencio…


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Corre cuando sientas que no puedes, hazlo porque la carrera te traerá las ganas y la fuerza para poder seguir.

Cuando notes que todo se acaba, lávate la cara y vuelve a empezar. Eres tú quién decide si tiras la toalla o sigues caminando… No pierdas ese poder.

Cuando no haya luz, sé tú la luz. No necesitas nada que esté ahí afuera, te bastas y te sobras, aunque suene duro y asuste oírlo.

Cuando no haya tiempo, pasa por encima del tiempo. A veces, tenemos que ver cómo se nos escurren los momentos para entender que necesitamos paciencia para tener paciencia…

Si las caras que te rodean no te animan, no las mires, no las asumas, no dejes que te calen hasta el alma y te reordenen los pensamientos. No estás obligado a nada.

Si el desánimo te acaricia la nuca, intenta escuchar tu voz diciendo que puedes. Busca el recuerdo más hermoso y alentador y aférrate a él con fuerza desmesurada… Recuerda su calor, su olor, su tacto, su música. Vívelo hasta pensar que estás en él y afronta el momento presente con esa energía acumulada que ya no malgastas batallando contra el mundo sino invirtiendo en ti .

Si todavía no has encontrado las palabras que pueden acompañarte en este viaje, busca más y no te preocupes, ellas vendrán a ti… Si las palabras que te dices no son las palabras que mereces, calla un rato. El silencio es el antídoto que estás buscando… La quietud de ver pasar tus pensamientos y salir de ti mismo para encontrar el camino… No te angusties, todo lo necesario llegará en el momento adecuado.

Escucha tus latidos, nota como fluyen tus venas, escucha el vals de las olas del mar bailando en tus pies… Baila con su cadencia, mécete en sus vaivenes y déjate llevar por su calma.

No dejes que tus pensamientos te lleven a donde no perteneces. No habites ideas que te hagan sentir pequeño, frágil, herido, maltratado, náufrago… No eres víctima de nada ni de nadie, eres tu propio guía. Si lo dudas, sal de ti mismo para ser más tú que nunca.

No te permitas personas que te rebajen y te hagan sentir mal… No importa si están o no están, no dejes que te posean el ánimo… Si consientes que te menosprecien, eres tú en realidad quien se menosprecia.  Decide, escoge, reina en tu vida y en tu voluntad.

Aléjate de gurús de egos hinchados que ocultan en realidad autoestimas flojas…

Aléjate de aquellos que tienen fórmulas mágicas para todo y venden éxito embotellado a cambio de perder la esencia. Mírales con compasión porque es lo que merecen y necesitan.

No pienses que no perteneces a donde sueñas. Si lo sueñas, es que ya es en parte tuyo, es que ya estás preparado para tocarlo aunque todavía no lo sepas.

Llora si lo necesitas, pero no acabes viviendo en tu llanto… Llora para vaciarte de asco y de pena… Ponte tu mejor traje para que el fracaso te pille de gala y eso te deje ver que en realidad es un triunfo.

Que te llegue la noche con los sentidos saciados, los besos dados y al menos una meta cumplida… Que antes de cerrar los ojos tengas claro el reto de mañana. Vacía tu agenda de citas mediocres y déjate tiempo para estar contigo, eres quién tiene todas las respuestas a tus preguntas…

Busca el silencio para amarte… Eses espacio dentro de ti donde nada te golpea ni araña. Encuentra tu paz y para todos los relojes para notar tu presencia y amarte sin prisas. Allí es dónde están todas la respuestas, donde han estado siempre.

Rebusca en todos los cajones hasta sacar a la luz todos tus secretos… Ya sabes dónde los escondes, no te hagas trampa. Mírales a la cara para descubrir que no importan porque no hay culpas ni perdones, sólo personas que están aprendiendo a vivir y a veces, cuando se olvida de amarse, hacen cosas difíciles de entender.

Insiste siempre si crees que compensa. No importa que seas la nota discordante, que desafines, que canses y que algunos te miren mal por recordarles que hay más mundo que su mundo… Hazlo con amor, sin acritud, con mirada compasiva y comprendiendo otros puntos de vista. No batalles por batallar. No busques dar patadas al mundo para desahogar la ira que te quema dentro por algunas injusticias que en realidad son oportunidades, aunque el dolor, a veces inmenso, no lo permita ver. No sabemos más que nadie, cada uno lleva su camino como puede…

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Usa el rojo cuando todo sea gris…

Brilla tanto que sea imposible apagarte o desconectarte. Porque eres tú quién te enchufa a tu vida, quién tiene el interruptor… No te lo escondas ni se lo cedas a nadie. Que los que no soportan que brilles, tengan que aceptar tu grandeza y eso les lleve a conocer la suya propia… Brilla para que brillen.

Camina bajo la lluvia para que la lluvia te lleve.

Cuando estés muy cerca de tu sueño y el miedo y el cansancio te tumben o te paralicen los pies, mantén la calma y sonríe, es el momento de respirar… Es la última prueba antes de llegar. El peldaño más complicado de subir es el que más te acerca a tus retos.

No huyas de lo que sientes. No cierres la puerta a lo que te duele porque te perseguirá hasta el final. Afróntalo de cara y permítete entenderlo y aceptarlo hasta que dejes que se vaya si  ya no forma parte de ti.

Suelta lo que te pesa. Gran parte de tu cansancio es porque cargas una culpa que no existe. Afloja la conciencia absurda y aprendida de un mundo que te pone normas para que no te quede más margen para vivir que el que le conviene.

Sucumbe a todas la tentaciones de las que llegado el momento puedas prescindir… No seas adicto a nada que te evada de ser tú, pero no te niegues el placer.

No te subas a trenes que no te lleven a donde quieres ir. A veces, lo hacemos porque eso nos entretiene y distrae de afrontar lo que nos asusta. Aunque, si ya vas en uno, no te apures, seguro que estás en él porque era necesario para aprender. Todo pasa para algo…

Ilusiónate mucho  sin perder tu calma y no temas para caer. Cae sin miedo, porque sabes que cuando te levantes serás aún más increíble y poderoso…

Ponte las botas de atravesar charcos llenos de lodo y lleva siempre en el equipaje los zapatos de baile, por si invitas al destino a bailar y dice que sí y luego cambias de rumbo.

Sé tu amante y tu sosiego. Sé tu refugio y tu sol.

Arráncate las etiquetas absurdas y sal de la fila de los que esperan que alguien les solucione la vida. En esa fila todos fruncen el ceño y siempre se cuela alguien ante ti y nunca se consigue nada.

No guardes la llave de ninguna puerta que ya no quieras abrir. No dejes puertas por cerrar ni habitaciones oscuras sin iluminar.

No encierres tu alma, ni sometas tu consciencia.

No beses más sapos pensando que serán príncipes porque serán siempre sapos… Y tú no necesitas príncipes.

No te asustes si a medio camino no te reconoces, el camino te cambia y tú cambias al camino. A cada paso irás soltando capas y desnudándote de historias tristes.

No te preocupes si no te reconocen los que nunca se ocuparon de saber realmente quién eras. No les escuches cuando te pidan que vuelvas a tu versión anterior. Confía en ti.

No dejes un baile a medias porque pare la música, sé tú la música.

No escuches a los que han perdido la esperanza porque tal vez no quieren ayudarte sino hacer que la pierdas tú.

No envidies nada, lo tienes todo. A veces, no lo ves porque el ruido te empaña los sentidos y las percepciones.

Deja de mirarte con ojos cansados y rencorosos.

Cuando te pierdas, no te busques entre los trastos viejos y en los rincones sucios… No visites los lugares más tristes ni los valles más oscuros… Nunca más.

Si te pierdes… Búscate entre las flores. Ese es tu lugar.

 

 

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Algunos errores son necesarios


Nos asusta equivocarnos y, sin embargo, es casi tan necesario respirar. Sin error no hay evolución, no hay madurez ni crecimiento. Sin fracaso, no hay victoria. Cada vez que nos equivocamos, abrimos un nuevo camino hacia otro lugar donde nos espera algo bueno, un aprendizaje que necesitábamos. Si sabemos sacar lo mágico, lo maravilloso, lo bueno de cada error, nos daremos cuenta de que salimos ganando y nos acercamos a nuestros retos, a nuestros sueños. Lo que cuenta es actuar. Decidir. Renunciar. Arriesgar. Equivocarse es maravilloso…

 


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El primer paso


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Es tan importante dar un primer paso… Te da poder, te da fuerza. Te mete de golpe en el camino, a veces sin retorno, y te obliga seguir. Los primeros pasos nos dan la dignidad y nos devuelven la esperanza. Por ello, aunque sean pequeños, minúsculos, insignificantes… Siempre importan. Son más un símbolo que un hecho, a veces.

El primer no, el primer sí… La primera ocasión en la que eres capaz de no entrar o no salir. Cuando tomas la decisión… Cuando decides que eres tú quién escoge. Esa sensación de saltar y ver que no era tan alto, seguida de la emoción de saber que podrás saltar más porque ya sabes que eres capaz. Ayer una persona que ha dado un primer paso me decía que aquello la había reconfortado mucho y que tenía la sensación de haberse dado la mano a ella misma para poder seguir adelante…

Es ese primer paso que te remueve por dentro, que te modela, te cambia. Mirarse al espejo y dejar de ver a la persona que sueña con ser, para ver a la que ha empezado a serlo. Ver al emprendedor, al luchador, al valiente, a la que ha sabido vencer el miedo… Ver al que ha confiado en sí mismo. Esa fuerza que te impregna desde la cabeza a los pies y que te da la certeza de que vas a seguir. Tal vez porque ya no tienes más remedio, pero sobre todo, porque ya no eres la misma persona que no se atrevía. Porque ya no eres de los que nunca lo hacen. Formas parte de ese grupo selecto de personas que han sido capaces de vencer el pánico.

Siempre hay un antes y un después del primer paso. No sólo porque sea una declaración de intenciones, un manifiesto de tus valores, sino porque te transforma.

Porque una vez hecho, no hay marcha atrás. Y ves que puedes, sabes que puedes y eso implica mucho más, que a partir de ahora, siempre podrás.

Los primeros pasos te colocan en el tablero. Te abren la puerta. Te dan la llave. Y, puesto que una vez los has dado, ya eres una mejor versión de ti mismo, nunca sabes hasta dónde puedes llegar… Cada paso, te abre un nuevo camino con más posibilidades, más oportunidades, más mejores versiones de ti mismo por conquistar… Más rincones tuyos hasta ahora ocultos por conocer.

La mayoría de personas sueña con cambiar, con atreverse. Les encandila imaginarlo, les emociona pensar que algún día lo harán… Les emociona tanto pensar que lo harán que nunca lo hacen, porque lo que realmente les gusta es imaginarlo. Soñar que cambian se convierte en su droga, en su placebo. En una dosis de esperanza para seguir que nunca les llegará a suponer el esfuerzo de tener que arriesgar, de dar un paso y situarse donde hace frío y el viento sopla más fuerte y hay que hacer equilibrios para tenerse en pies y abrazar la incertidumbre… Esa mayoría de personas sólo se decide cuando luce el sol y ven que saltan sobre mullido. Esas personas que pasan la vida esperando una  oportunidad en lugar de fabricarla. Que dejan pasar trenes porque no les acercan a un metro de su casa y no tienen asientos reclinables. Esas personas que siempre esperan una señal, que creen que para hacer las cosas hay un momento correcto y adecuado y nunca cazan al vuelo las ocasiones.

Lo que pasa es que muchas veces las oportunidades llegan a destiempo, en el peor momento, cuando ya tienes planes, cuando hace más frío, cuando estás más cansado, cuando has llamado a mil puertas… Y llevan puesto un traje absurdo y tienen un nombre inesperado. Y por supuesto no tienen asientos reclinables ni te dejan al lado de casa para que estés cómodo.

Las oportunidades no son cómodas, ni fáciles. Casi no se distinguen de las complicaciones porque a menudo llevan puesto el mismo disfraz, se ven sólo si llevas puestas las gafas del entusiasmo, si estás alerta y con ganas de verlas, si las has dibujado tú desesperado, si las sueñas tanto y haces lo que sea para que sucedan…Porque, al final, todo llega pero debe encontrarte en la puerta aguardando, con los deberes hechos, los ojos hambrientos y las ganas puestas.

Si no eres de esas personas que adoran soñar que cambian para no cambiar, tienes un trabajo pendiente… Entre ellas y tú, sólo hay una diferencia, el primer paso.


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Un número finito de amaneceres


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Dice  el gran gurú del optimismo, Emilio Duró, que la mejor forma de vencer el miedo es recordar que vas a morir. Una versión cruda y sin adornos de aquello que nos han dicho siempre de “todo es relativo”. Una frase contundente que ayuda a darse cuenta de que lo que hoy nos parece un drama se queda pequeño ante la posibilidad de que nosotros o las personas a las que queremos abandonen la vida. La verdad es que caducamos, que nos agotamos, que disponemos de una cantidad determinada de horas que pasan y que, a menudo, lo olvidamos. Nos gusta vivirlo como una amenaza de la que huimos y no como una oportunidad de recordar que debemos apurar cada instante y notar cada experiencia como algo único y tal vez irrepetible.

Saber que moriremos hace que asumir pequeños riesgos parezca necesario, básico, asequible incluso… Que no atreverse a ser como deseas parezca locura e irresponsabilidad. Justo todo lo contrario para lo que nos han educado siempre en una sociedad que pretende mantenernos ordenados y cautivos de nuestros miedos. Que no quiere que pensemos por si decidimos cambiarla… Que da de comer a nuestros fantasmas para que engorden y así tenernos asustados, amordazarnos y atarnos a una vida que no nos satisface. Que nos distrae contando calorías para que no contemos las horas perdidas sin ser nosotros mismos y escoger nuestra propia vida…

Y decimos que sí porque nos asusta imaginar que decidimos ver más allá de lo que nos comprime y caminar por la cuerda floja.

Es un sistema que prefiere tener soldados a tener mediadores o filósofos, alumnos rezagados a maestros humildes y sabios, burócratas grises a exploradores hambrientos… Que prefiere jefes a líderes, pesimistas a soñadores…Un mundo fabricado más para consumir que para vivir, para malgastar, para amontonar lamentos y quejas en lugar de atesorar risas y pequeñas locuras que nos mantengan vivos.

Aunque estamos hechos para buscar la felicidad y recorrer la vida. Aunque, a pesar de los momentos duros, algo en nosotros nos ayuda a encontrar la forma de pensar que algo bueno está por llegar. Hemos nacido para desear ser mejores cada día y, cuando nos lo negamos, nos sentimos incompletos y amargados.

Quién sueña siempre tiene algo a lo que agarrarse. Un motivo para seguir y ser capaz de darle a vuelta a su vida. Cuántas veces no hacemos algo por nosotros pero nunca se lo negaríamos a nuestros hijos… Porque ellos son lo mejor de nosotros, un parte de nuestro ser que consideramos que merece más y por la que lo daríamos todo.

Y sin embargo, andamos tan cansados de llevar la carga de no atrevernos a crecer como soñamos que no les ofrecemos, en muchas ocasiones, nuestra mejor versión…   Ni a ellos ni a nosotros mismos.

Nos despertamos por la mañana con prisas, discutimos, chillamos, nos enfadamos por una tostada a medias o por un cuarto desordenado… Nuestra forma de vivir sin encontrar lo que nos llena hace acabemos diciendo a gritos lo que podríamos decir a besos, a susurros… Porque llevamos dentro tanta ira, tanta rabia, tanta ansiedad que necesitamos liberarlas… Aunque si tenemos presente, sin angustia y sin dolor, que tenemos un número finito de mañanas, de tostadas y de habitaciones desordenadas, la forma de abordar el problema cambia.

De repente, todo adquiere un color distinto, sobre todo cuando no tenemos ni idea cuánto tiempo vamos a vivir…

Maldecir la lluvia no tiene sentido si sabes que tal vez es la última lluvia que notas sobre tu pelo y tu cara…

Es curioso como la sensación de ser finito te da fuerza, te concede casi poderes para poder hacer algunas cosas que crees que te están vetadas. Una sensación poderosa que, vaya paradoja, te hace sentir ilimitado, infinito, enorme… Te reviste de un halo de coraje y te das cuenta de que vas a poder enfrentarte a todo e intentar alcanzar lo que antes creías que se te escapaba.

Eso nos pasa porque normalmente transitamos por la vida sin notarla. Sin percibir todo su potencial. Nos arrastramos y la arrastramos sin darnos cuenta de su precioso valor. Preferimos perderla a cachos mientras nos negamos lo que nos conmueve y nos hace felices a enfrentarnos a nuestras batallas pendientes.  Cuando acumulamos muchas de ellas, la carga que llevamos es tan pesada que nos es imposible alzar la vista y contemplar lo que hay más allá del muro que construimos cada día.

Y la verdad es que tenemos un número finito y limitado de amaneceres, de noches, de sueños, de besos, de caricias, de palabras… Un baúl que se acaba de tardes de tormenta, de vestidos blancos, de bailes y puestas de sol, de patos de goma en la bañera, de cafés y de charlas, de libros, de errores necesarios… Se nos acaban rápido las primeras veces y los paseos junto a la playa… Las carreras apresuradas para no perder el tren… El rato perdido en el tren parece un mundo de posibilidades por descubrir cuando sabes que se termina…

El monstruo más terrible se hace pequeño, si sabes que es el último obstáculo que te separa de tu sueño cuando el tiempo que tienes para conseguirlo se consume.

Es justo cuando nos damos cuenta de que somos finitos que luchamos por lo que queremos y eso nos hace inabarcables, enormes, eternos.

Nuestras pasiones nos definen. Nuestros retos nos hacen aumentar de tamaño. Nuestras dudas nos hacen elásticos. Nuestras debilidades nos hacen fuertes… Nuestros miedos nos dibujan oportunidades…

No hay nada que nos asuste que no nos ayude a crecer… Vencer nuestros miedos, aunque sea con el cruel y sabio truco de recordar que vamos a morir, nos hace trascender, perdurar, nos ayuda a vivir intensamente.

¡Qué lástima tener que recurrir a trucos para engancharnos a la vida que merecemos!


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Crucemos la línea roja


No nos damos cuenta, pero todo está cambiando. El mundo en que vivimos da un giro y debemos saber aprovecharlo para mejorar nuestras vidas. Ha llegado ese momento en el que debemos apostar por lo que queremos y dejar que nos muevan nuestros sueños. La personas reclaman tomar las riendas de sus vidas, aunque no se han dado cuenta aún… La insatisfacción por vivir en un mundo donde eres lo que tienes les está desbordando y en su interior hay una lucha por levantar la cabeza y decir que no; que no son lo que tienen, que son lo que buscan, lo que anhelan, lo que sueñan.

Parece que todo se tambalea porque por primera vez en mucho tiempo estamos empezando a cuestionarnos algunas cosas que parecían sagradas. Estamos perdidos, porque aún no hemos visto todo el potencial que tenemos… En realidad es porque empezamos algo grande y distinto. Somos como el niño que inicia sus primeros pasos, cae y se golpea, tiene miedo, pero algo en su interior le impulsa a continuar porque sabe que andará, que puede, que debe hacerlo para conseguir ser autónomo.

Nosotros somos como él. Estamos en una sociedad que se plantea ser mayor, asumir retos como adultos y cambiar las normas para que todos tengan oportunidades.

A veces, parece que aún tenemos ese miedo inculcado durante siglos por algunos poderes fácticos que intenta aplastarnos las ideas y evitar revoluciones. Hemos incorporado en nuestro ADN el temor del siervo que llevo el tributo al señor feudal y suplica que le deje alguna gallina para tener con qué alimentar a los suyos. Ahora llega el momento en el que las personas van a ser dueñas de su destino. Todo ha explotado y va de dar el giro. Vamos a decidir qué queremos ser cuando seamos mayores.. Tenemos la capacidad de escoger qué queremos y elegir camino… Y si no hay ninguno que nos plazca, fabricarlo.

Llega el momento de cuestionarlo todo. Empezando por aquello que más nos asusta y más prohibido hemos tenido siempre. Cada premisa, cada refrán que nos aleja de lo que deseamos y soñamos, cada espacio vedado a nuestro paso, cada rincón oscuro donde siempre se nos ha dicho que el acceso está restringido. Estamos a punto de salir de nuestra macrozona de confort de forma colectiva, pero no lo sabemos. Casi no nos atrevemos a pensarlo porque no nos han educado para creerlo, para imaginarlo. Lo haremos de forma individual. Algunos porque ya no soportan más la jaula que ellos mismos han construido a su alrededor. Otros porque han encontrado la llave de la habitación prohibida. Muchos porque con la crisis han salido de su letargo y se han dado cuenta de que no escriben su futuro o se lo escribirán otros y, conociendo como lo hacen, ya saben que no será una versión que les sea útil ni favorable.

Llega el momento de cambiar el mundo. Con palabras. Con gestos. Con complicidad. Con talento. Con osadía y cierta imprudencia. Sin golpes, ni malas miradas, sin reproches…

Sólo nos hace falta el valor de creernos que valemos la pena. Pensar que aquello que hemos creído imposible hasta ahora, porque nos han insistido en que así era, tal vez esté equivocado. Tendremos que preguntar mucho, hasta la impertinencia. Nos hará falta el valor de decirnos a la cara verdades rotundas, como puños, algunas de ellas nos harán remover las vísceras y nos salpicarán la conciencia como nunca… Deberemos mirar dentro de nosotros con honestidad y dándonos cuenta de todos nuestros prejuicios, sobre nosotros y sobre los demás. Poniendo en tela de juicio por qué a veces no somos como soñamos, releyendo el pasado y teniendo la osadía de mirar al futuro con otros ojos… Con los ojos de ese niño que se da golpes al empezar a caminar pero que aún no sabe que hay cosas que tiene prohibidas. Y tener el valor de plantear alternativas y escribir un guión nuevo para cada escena que no nos haga sentir plenos. Y sobre todo, imaginar, crear, sin parar. Que donde no llegue el esfuerzo, llegue la temeridad de pensar que nada está fuera de nuestro alcance. Porque sólo con imaginarlo y sentirlo, seremos más capaces.

Ha llegado el momento de sacarnos la nube que llevamos en la cabeza y que no nos deja pensar más allá de nuestros miedos. Algunos de ellos son propios y otros importados de una sociedad que ha hecho todo lo posible para que no exploremos nuestro potencial y nos creamos prescindibles para que no se nos ocurra encontrar alternativas. Para que no salgamos el decorado y encontremos el mundo real. Para que no a hurguemos hasta topar con otras realidades que nos lleguen al alma… Para que no descubramos que cuando no estamos atados y sumisos, somos inmensos. Para que no descubramos que cuando queremos no tenemos límites.

Para no tener nunca más la sensación de que no lo merecemos… Para poder tocar la excelencia en todos los aspectos de nuestra vida y saber que lo que buscamos ya nos pertenece.

Tenemos que atrevernos a cruzar la puerta. Traspasar la línea roja, a ver qué pasa. Dejar de pedir permiso por no ser como otros desean. Dejar de lamentarnos por no tener el valor de ejercer de nosotros mismos. Salir del armario de nuestras propias negaciones. Caminar por la cuerda floja. Mojarnos al pasar por el lodo. Caernos y ensuciarnos.  Mirarnos en ese espejo interior donde todo son verdades cruentas y maravillosas… Y descubrirnos para querernos tal como somos, con nuestros talentos y nuestras deliciosas debilidades… Sin edulcorantes ni siliconas, sin tener que ajustarnos a unas medidas concretas ni aceptar sueños prestados, para creer en nosotros, para no estar nunca más pegados a una versión mediocre de nosotros mismos…


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Alcanzar la luna


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Escuchamos poco. Pensamos demasiado y mal. Damos vueltas como un hámster desesperado que no para nunca, intentando alcanzar algo que no existe o que no nos hemos planteado si vale la pena, sin más objetivo que el de no detenerse, amarrado a su noria sin decidir bajar. Tal vez porque demasiadas veces no sabemos qué queremos… Tal vez porque demasiadas veces nos aterra la ilusión de parar,  sentir y darnos cuenta de lo absurdo que es lo que hacemos.

A veces, cometemos el error de pensar que los demás sienten como nosotros sentimos… Y otras, cometemos el error de dejar que nos dicten cómo y qué debemos sentir. Vivimos pendientes de lo que nos sugieren las imágenes que vemos en una pantalla en milésimas de segundo, construimos mundos con eslóganes prestados para vendernos perfume cuyo aroma ni siquiera importa.

Queremos cambiar el mundo, sin antes empezar por nosotros mismos. Sin saber aún qué ofrecer, o peor aún, pensando que no podemos ofrecer nada.

Queremos cambiar sin hacer el esfuerzo de movernos ni un milímetro. Queremos un cambio exprés, sin concesiones ni sacrificios.

Lo queremos todo y lo queremos ya.

Nos asusta perder. Nos asusta aún más ganar. Nos aterra el compromiso de seguir.

Nos molesta esperar y cambiar de idea, no porque pensemos que sea la mejor idea que jamás hemos tenido, sino por dejar de tener la razón y admitir el error. Porque a veces, nos importa más tener la razón que conservar al amigo o al compañero… O al menos, reaccionamos de tal forma que lo parece. Y cuando nos damos cuenta es tarde. Rompemos relaciones porque se nos inflama el ego para compensar la pérdida de inteligencia emocional que sufrimos cuando queremos imponernos por la fuerza… A veces, actuamos como las bestias, pero sin su coherencia y naturalidad.

Llegamos tarde a las pruebas que nos pone la vida y repetimos la lección, porque no la llevamos aprendida.

Y a pesar de darnos cuenta, volvemos a repetir porque nos gusta lo fácil, aunque sea aburrido, y rutinario, aunque nos llene de asco mientras nos vacía de entusiasmo. Aunque sea la noria de ese hámster, ahora más cansado, de la que nunca puedes apearte. Preferimos un amor a medias que una pasión que nos desborde las expectativas… Aceptamos un trabajo que no nos hace felices porque es seguro, porque ya no nos supone esfuerzo… Y lo hacemos cada día de las misma forma, sin cambiar nada, con los mismos gestos, las mismas bromas, las mismas palabras.

Lo nuevo, lo que rompe y cambia esquemas, nos asusta. Nos provoca ansiedad. La incertidumbre nos asfixia hasta el punto de quedarnos con un dictador conocido antes de seguir a un sabio y tener que levantarnos más temprano y caminar un rato.

Consumimos  rápido sin mirar el qué. Somos poco exigentes a veces con lo que nos llevamos a la boca y al alma. Nos quedamos mirando cualquier cosa que se mueva, aunque nos atomice y, sin embargo, desdeñamos todo lo que se lee o requiere un pequeño esfuerzo. Hemos dejado de lado los libros y la música… Los hemos substituido por ruido y juegos virtuales donde vivir vidas que no nos atrevemos a emprender en el mundo real.

Pagamos caro y, a veces, hacemos pagar caro a otros pensar distinto, vestir distinto, tener otros credos y osamos decir a algunos a quién está bien amar y a quién no…  Nos asusta la diferencia y la rareza. Aunque luego, adoramos hasta mitificar a algunas personas convertidas en iconos, que tuvieron el valor de vivir sus diferencias y abrazar sus rarezas.

No nos gusta que los demás discrepen y nos asusta discrepar por si no caemos bien y suscitamos mofa…

Aunque, hay esperanza.

Porque lo que nos asusta nos motiva a crecer.

Porque lo que nos frena nos da la fuerza para movernos.

Porque lo que nos rompe nos da la capacidad para seguir enteros. Para cosernos y remendarnos y levantarnos cada día con ganas de más.

Porque el esfuerzo que invertimos en escondernos es el mismo que podríamos usar para dar la cara…

Porque lo mismo que usamos para alienarnos nos acerca. Porque hemos suprimido fronteras con un click y transformado venenos en antídotos.

Lo hemos demostrado mil veces antes. Somos flexibles y capaces. Cuando nos dejamos llevar por la intuición y la magia, saltamos al vacío, llegamos a la luna y construimos puentes sólidos. Flotamos con el pensamiento y somos capaces de entender y apreciar aquello que tal vez no conocemos. La piedad nos vence. Nos gana la emoción. Nos cambian las personas a las que amamos y la sensación de que nos quedan muchas por amar y conocer.

Cuando algo nos importa, insistimos hasta quedar exhaustos y no poder más. Y a veces, cuando algo nos toca el alma, los pensamientos callan, y entonces nos escuchamos y conseguimos conocernos. Podemos  incluso oír a otros y saber de sus sueños y sus miedos. Y descubrimos que tenemos los mismos temores y que escondemos los mismos fantasmas.

Justo en ese momento, cuando nos damos cuenta de que lo que nos mueve es más importante que lo que nos impulsa a pararnos… Cuando sabemos que lo que nos zarandea y asusta es mejor que lo que nos paraliza… Que lo que nos da miedo es justo hacia lo que debemos acercarnos… Justo en ese momento se pone en marcha algo dentro de nosotros que ya es imparable y nos acerca a nuestros retos.

Porque la misma energía que usamos para destruir se puede usar para crear, para transformar, para cambiar lo que nos rodea…  Y el primer paso somos nosotros. No nos damos cuenta, pero el tiempo y la energía que perdemos huyendo de nosotros mismos en la noria, nos servirían para conocernos y alcanzar la luna.


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No escuches a los cobardes


desafío

Los últimos días algunas personas a las que quiero me han pedido que no escuchara a los cobardes. Que no permitiera que los que no se atreven me dijeran lo que debo o no hacer, que no me dejara arrastrar por los que nunca se dejan arrastrar por la vida cuando la vida les pone delante un reto, un desafío. Que escuchara mi voz, esa voz interior que se deja oír a veces y te sirve de guía para decidir sin brújula en la noche más oscura.

Es tan fácil juzgar a los locos cuando sus locuras fracasan… Hacer ese ejercicio irreal de ponerse en su lugar y decidir, cuando nuestra situación no es la misma ni estamos con ese pálpito que nos apresura a elegir una u otra opción. Qué fácil es reírse de los sueños de otros cuando no tenemos sueños ni nos arriesgamos nunca… Qué fácil apuntarse a una falsa sensatez que en realidad lo que esconde es una falta de valentía que nos deja muertos por dentro.

Y qué fácil es también quitar méritos a esos locos cuando después de lanzarse tocan sus sueños. Cuando después de una carrera de fondo, alcanzan la meta y tocan la campana y están llenos de vida. En ese momento, nuestra mente cansada y acomodada a la rutina inventa excusas y bálsamos para poder conformarnos y decirnos a nosotros mismos que en realidad esos locos saltaron con red, que lo tenían fácil, que se lo han regalado, que no merecen, que no valen, que son amigos de alguien… Excusas rancias y rupestres todas ellas para ocultar nuestro apego a la rutina, a lo fácil, a lo controlado, a lo gris… Para vivir de mirar como otros viven y alimentarse de chismes y rencores para creernos fuertes cuando en realidad somos flojos y tristes.

¿Dónde están los sensatos cuando se les busca? Los que son equilibrio, los que esperas que te ayuden a encontrar respuestas que están en ese ansiado punto medio donde no hace mucho frío, pero tampoco te quemas las puntas de los dedos… ¿Y los valientes? Esas personas que son capaces de ver los riesgos pero que buscan como franquearlos. Que a veces se lanzan. Que a menudo saltan obstáculos pero que otras veces los rodean o encuentran la forma de eliminarnos. Los que ponen valor a las cosas por lo que son capaces de ver en ellas por sí mismos sin obedecer a lo que otros ven… ¿Dónde están lo sabios cuando confundes el norte con el sur y el cielo con el suelo?

Es tan fácil mofarse del resultado cuando lo ves claro, cuando te enfrentas al marcador y sabes cómo acaba el partido… Cuando vas sobre seguro y no tienes que hacer la apuesta a ciegas. Lo duro es escoger cuando todo está oscuras. Cuando apenas palpas las formas e incluso te parece divisar a los lejos las orejas de un lobo que te escruta, medio oculto. Lo difícil es apostar por uno mismo y creerse válido, útil… Dar un  paso al frente y ofrecerse voluntario para intentar llegar a una cima sin conocer del todo el camino. Poner en la balanza el miedo y la ilusión y conseguir que lo segundo gane, que valga la pena, que compense… Confiar en tus habilidades, en tu capacidad de sobrevivir y en tu talento. Decirte que sí, cuando miras al mundo y algunos giran la cara y otros te advierten de que hace frío al otro lado. Y a pesar de todo, saber que puedes, que sabes, tocar casi lo que deseas porque es tuyo, porque te lo ganas, porque te has partido en mil pedazos por acariciarlo… Porque pertenece a los que saltan, a los que dan ese paso al frente.

Confiar en tu capacidad de caminar y calcular peligros, escoger las botas que llevarás puestas y la música que va a acompañarte en esta andadura complicada… Y decidir que pase lo que pase, compensa porque tú destino eres más tú mismo que tu reto.

Escuchar tu propia voz y las voces de aquellos que te entienden. Esos que saben cómo es tu esencia y conocen tu inquietud. Que te han visto muscular emociones y contar lágrimas para que no sean pocas y se te queden dentro, para que no sean demasiadas y te inunden la cara…

La verdad es que no se puede culpar a los “cobardes” porque no estamos en sus conciencias ni habitamos sus vidas. No conocemos a lo que piensan ni podemos juzgar sus sueños, sean o no asequibles. No podemos hacer como hacen quiénes nos llaman locos porque perseguimos aventuras que a ellos, sólo con imaginarlas, les dejan exhaustos.

Nos queda saltar, aunque nos partamos el alma y descubramos que no era agua sino cieno… Que las pendientes eran muy pronunciadas y las rocas del camino eran afiladas.

Porque pase lo que pase, lo más importante es seguir tu conciencia, buscar tu camino e intentar alcanzar tu techo para superarlo… Y tras ese, otro… Una sucesión de límites superados y sueños vencidos y abrazados. Porque somos una materia que muta y se expande, que se mueve, que gravita y se define por lo que la hace vibrar… Y si no vibramos, morimos. De mil formas, en mil estados. Hay quien muere para siempre y quién muere poco a poco, en vida, amarrado a una realidad ingrata y tóxica, a una necesidad absurda, a un suelo de baldosas que parecen imantadas para controlar sus movimientos y evitar que salga del perímetro acordado… Hay quien muere soñando que sueña y quien lleva siglos muerto sin saberlo.

Hay quien muere atado a una ilusión sin mover un milímetro de su cuerpo ni de su espíritu para conseguirla… Hay quien no para nunca de moverse, pero no va a ninguna parte pero no soporta la sensación de estar quieto y no hacer nada. No escuches a los cobardes porque nunca permitirán que hagas nada que ellos no harían, por temor a que les demuestres que se puede, por envidia al pensar que ellos pueden pero no quieren…

Lo importante no es sólo perseguir tus sueños, es sobrevivir a ellos.