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la rebelión de las palabras


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No te hace falta nadie más para destrozarte la vida, te bastas tú solo…


Ya no.

Antes fingía que no me importaba lo que pensaban de mí, pero no era cierto. Te miraba de reojo y esperaba tus reacciones a mis gestos, a mis palabras, a mis miradas… A todo lo que hacía y opinaba para que me dieras el visto bueno.

Vivía dos veces, una por ti y otra por mí. Con lo complicado que es vivir en coherencia con uno mismo y hacerlo bien. Con la energía que se pierde mirando el retrovisor del pasado, pendiente del futuro y preocupado por qué piensan los demás de ti.

Y además es absurdo porque nunca harás nada bien para todos y en el intento te pierdes a ti mismo. Cuando para unos te pasas, para otros te quedas corto. Y luego un día te levantas y descubres además que todo en la vida es un espejo y que todo lo que pasa no habla de nadie más que de ti. Que si no satisfaces a nadie es porque, en el fondo, no te satisfaces a ti mismo.

Que la vida te devuelve lo que das y, sobre todo, lo que te das y a veces te reprimes y castigas mucho.

Que te tratas mal y te miras mal. Que llevas tiempo siendo tu peor enemigo.

Que si crees que no vales nada, la vida te pone delante algunas personas que te hacen sentir eso para que descubras que estás equivocado.

Y eso no las exime de sus actos, pero te ayuda a comprender que al final la llave de cómo quieres ser tratado la tienes tú. Tú decides si vas a usar el espejo para lamentarte (tampoco pasa nada por quejarse un rato, solo faltaría mientras no te quedes a vivir en la queja) o para mirar dentro de ti y descubrir qué te cuenta. Si cuando alguien te engañe vas a enzarzarte en culparle o vas a decidir mirar en ti y descubrir en qué te engañas y ver que decidiste que no mereces la verdad o te asusta tanto preguntarla. Y luego decides si esa persona te importa suficiente para una segunda oportunidad o no y pones límites.

Yo perdí mucha energía intentando ser bien vista y aceptada.

Se me iba la fuerza por la boca intentando mostrar mi capacidad y defendiéndome de un mundo que solo me mostraba la forma en que yo me ataco y critico.

Al final, el reflejo te cuenta historias y tú decides si pierdes vida y te entretienes mirándolo e intentando cambiar un proyección o yendo al original y hurgando en él para saber qué pasa de verdad. Usando tu energía para respetarte y amarte y cambiar lo que realmente se puede cambiar. Tu forma de pensar y, en consecuencia, tu forma de actuar.

Aunque el primer paso es alucinante, lo cambia todo, lo cubre todo de esa magia que buscabas como loco ahí afuera. Lo impregna todo de una luz diferente que te hace darte cuenta de que tu oscuridad era en realidad tu salvación y que a quién estabas mirando de reojo siempre era a ti mismo… Siempre te juzgas a ti, siempre te preocupas por ti, siempre te traicionas a ti.

Cuando te despiertas por la mañana asqueado pensando que va a ser otro día en el que vas a disgustar y defraudar al mundo una vez más, en realidad, te temes a ti. Te tienes miedo a ti mismo, A tu forma de mirarte, a tus reproches. A la voz machacona que va a estar diciéndote durante horas que otra vez has fallado, a esa culpa que vas a reavivar una vez más para maltratarte y destrozarte. Al vacío inmenso de desamor que hay en ti hacia ti mismo. No te da miedo nadie más que tú, en realidad. Porque sabes de lo que eres capaz, de la cruel que vas a ser contigo si no haces lo que crees que debes o que alguien te dijo que debías y tú has asumido. No te hace falta nadie más para destrozarte la vida, te bastas tú solo. Eres el peor enemigo, el más duro, el más despiadado.

No es un reproche, no te sientas culpable, haces lo que puedes. Solo date cuenta y decide que eso ya no te sirve, que ya no quieres seguir haciéndote daño, tu predisposición hará el resto. Abre tu mente y decide que no sabes nada. Suelta tus creencias más rancias y deja espacio para las nuevas.

No hagas lo mismo de siempre… Intentar cambiar el espejo o romperlo en mil pedazos no sirve nada. Puede que incluso no tengas que hacer nada, tan solo pensar distinto, que ya es mucho, y amarte bien.

Yo ahora no te miro tanto esperando ser aceptada y cuando lo hago y veo algo que me molesta, me duele o no me gusta, inmediatamente pienso… Anda, otra vez estás poniéndote la zancadilla, vamos a ver cómo puedo usar esto para amarme más…

Y no siempre encuentro qué mi para qué. No siempre comprendo qué me dice la vida con cada situación o circunstancia, pero no importa, no perdamos el tiempo en ello si no lo vemos ahora, ya llegará… Puesto que la medicina para curar ese dolor es siempre la misma… AMOR. Amor por cada una de mis debilidades y fortalezas, por lo que soy, por lo que no soy… Por lo que es ahora, aunque duela. Amor indiscriminado e incondicional. Aceptación pura y respeto.

Es verdad, los demás nos hacen daño pero nosotros aceptamos las normas de ese juego sin rechistar. A veces son peones en el juego y nosotros movemos las fichas para castigarnos y maltratarnos a nosotros mismos sin piedad. Casi no nos hacen falta nadie para destrozarnos la vida, nos bastamos solos…

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

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Quítate los parches


Vamos por la vida buscando parches para poder tapar todos esos orificios por donde se nos escapan las ganas. Por los que nos sale la esencia de lo que realmente somos y que es imposible disimular… Tapamos esos resquicios por los que se nos esfuma nuestra verdad avergonzados para que los demás no vean lo vulnerables que somos y lo frágiles que nos sentimos… Creemos que los parches nos salvan la vida, pero en realidad, nos la comprimen.

Los usamos de todo tipo. Relaciones tóxicas y obsesivas, adicciones varias, trabajos con horarios indecentes que no nos hacen sentir realizados y todo tipo de compulsiones que nos hacen creer por un rato que somos eso que el mundo espera que seamos, al menos hasta el próximo descalabro emocional. Nos sirven por un tiempo para tapar lo que nos asusta ver, lo que se nos escapa de dentro, para disimular el miedo que nos da la vida y lo culpables que nos sentimos por nuestra supuesta insuficiencia. Nos da tanto miedo mirarnos de verdad que pagamos el altísimo precio que supone renegar de nosotros por no tener que reconocernos la sombra.

Luego, lo que pasa es que son parches flojos, de usar y tirar. A veces, nos agarramos a ellos como si fueran soluciones reales porque pensamos que más allá no hay nada. Que no merecemos nada mejor que seguir en ese bucle en el que todo se repite en nuestra vida cambiando a veces de escenario y otras de compañeros de viaje, pero que siempre es lo mismo. Estiramos el parche al máximo, le ponemos parches al parche hasta que un día nos despertamos y se cae. Y la cruda realidad nos golpea en la cara com la mano abierta y nos sentimos tan diminutos que todos los parches que hemos encontrado, por tristes y sórdidos que sean, parecen mejor que ser nosotros mismos. Hasta que no quedan parches, ni máscaras suficientes, ni excusas suficientes para seguir escondiéndonos y no vernos, no reconocer que estamos hartos de estar hartos y queremos salir de nosotros mismos.

Lo hacemos porque nos asusta ser como realmente somos y que los demás nos contemplen de verdad y no a la versión edulcorada y triste que nos hemos inventado. Porque rechazamos nuestra esencia antes de ser rechazados. Porque nos hemos acostumbrado a contenernos y esforzarnos para no decepcionar a otros y ser aceptados por personas que tampoco se aceptan. Porque necesitamos tanto pertenecer al algo somos capaces de traicionarnos para encajar donde sea y pasar la vida en un reducto incómodo o con un traje que nos aprieta y va pequeño con tal de que nos respeten y nos valoren. Y al final, eso ni siquiera pasa. Nadie valora ni respeta a una persona que no se valora ni respeta.

Nos parcheamos la vida pero la vida nunca es deshonesta, siempre encuentra el camino que no habías controlado o previsto y se desborda. No controlamos nada, nada. La vida se sale y revienta los parches que hemos puesto para contener el aire y la esencia y evitar deshincharnos, los lanza al fondo del abismo y, lo que es más duro, te deja claro que hará lo mismo con todos los parches que en el futuro vas a usar mientras no vayas a buscar el origen, la causa y el sentido de ese escape constante de ti mismo, de ese vacío que quieres evitar reconocer.

Tal vez porque la solución no pasa por contener lo que llevamos dentro y atrevernos a dejar salir lo que hay. Permitirnos sentir y notar cómo el aire sale y, al quedarnos desinflados y pequeños, descubrir que nada es lo que parece. Que esto no va de mantener el tipo y fingir sino de dejarse llevar. Que no podemos contenernos ni controlar nada, nada. Que la vida se ríe de nuestros planes y nos invita a caminos diferentes que no sabes a dónde llevan y tienes que aceptar.

Tal vez porque el origen de todo se encuentra al dejar de huir de ese silencio rotundo que llega cuando paras y te das cuenta de que llevas mil años buscando algo que no existe y que ya estaba dentro de ti y te escuchas. Entonces es cuando te oyes decir basta. Y por fin algo encaja, tú encajas.

Y te das cuenta de que no quieres usar ningún parche nunca más. Que prefieres vivir a pelo, sin paliativos, sin subterfugios, porque ya no puedes volver a enredarte en esa tela pegajosa del miedo y la culpa por no ser ni parecer. Que ya no necesitas todas esas estrategias absurdas y agotadoras que usabas para que el mundo te perdonara la vida y dejara en paz mientras intentabas sobrevivir. Que prefieres mil veces antes una verdad cruda a un placebo de sabor agradable que luego resulta ser una decepción bárbara. Que ya no puedes esconderte más buscando excusas para no vivir lo pendiente y afrontar tus miedos y prefieres salir a buscarlos desnudo, sin armadura, sin defensa, sin red… Y mirar a la vida a la cara y saber que no sabes nada, pero que estás en ti.

Sin parches. Sin placebos. Sin medias tintas. Sin sueños descafeinados con que calmar estados de ansiedad permanentes que no nos atrevemos a reconocer. Sin besos por compromiso y rutina, sin abrazos fingidos, sin declaraciones de amor de pacotilla que nos hagan sentir cinco minutos de placer y cinco meses de dolor inmenso cuando descubres que era de arena fina ante la marea. Solo amor de verdad, sin estar sujeto a dependencias ni chantajes, sin retorcer palabras ni argumentos, sin esperar nada más que amor y dar amor.

Sin pastillas para remediar los efectos secundarios de las pastillas que remedian los efectos secundarios de no vivir la vida como realmente nos da la gana, porque estamos más pendientes de vivir otras vidas más ejemplares.

Vamos por la vida buscando parches para tapar todos esos orificios por donde creemos que se nos escapan las oportunidades cuando, en realidad, las oportunidades llegan cuando sueltas el miedo a que eso pase. Cuando dejas de esperar algo perfecto y abrazas lo que es como si lo hubieras elegido y aceptas romperte porque intuyes que no pasa nada.

Vale la pena arriesgarse a sentir y soltar porque mientras no sueltas no eres y tampoco llegas a nada. Dejas ir y te agarras a ti y descubres en ese momento que amar tu fragilidad te da fortaleza y aceptar tu inconsistencia te hace tremendamente sólido.

Es mejor reconocer que ya no puedes más y dejar que pase lo inevitable. Que lo que tiene que ser sea. Dejar de contener la presa y permitir que la vida te guíe hacia donde es el camino porque está claro que a veces tú no lo encuentras. Yo tampoco, no creas. Lo que pasa es que me ha dado cuenta un minuto antes y estoy tan sorprendida de que dejando que la vida pase todo se equilibra que deseo compartirlo.

Soltar los parches es también quitarse los candados, arrancarse las etiquetas, romper con los límites, salirse de los caminos marcados, enviar a tomar viento a los «deberías» y los «casi casi».

Es no conformarse con la «versión oficial» y mirar el mundo de otro modo.

Y sí, cuando te quitas el primer parche el miedo es atroz, pero el alivio es delicioso.

Ser uno mismo sin tener que ser distinto, ni mejor, siempre es delicioso.

GRACIAS por leerme.

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Tienes derecho a estar mal


Tienes derecho a estar triste y quedarte un rato a vivir en esa tristeza. Habitarla, comprenderla, casi casi medirla, reconocerla y bailarle el agua mientras no puedas esbozar sonrisa o no te dé la gana.

La tristeza, la desgana, esa pereza inmensa de todo porque tu mundo se cae a pedazos están permitidas y también son necesarias. Sin reproche, sin remordimiento, sin apresurarte a querer saltar al vacío de la felicidad falsa, ni pasar de puntillas por lo que realmente sientes. Sin presionarte por hacer algo para evitar que te señalen con el dedo por flojo o floja, por vago, por frágil, por vulnerable, por no estar haciendo suficiente para salir de ese lugar llamado tristeza que tanto nos cuesta habitar y que tan necesario es conocer y comprender.

Tienes derecho a estar enfadado y rabioso. A enviarlo todo a tomar viento porque tu vida se desmorona a pesar de lo mucho que haces para arreglarlo y lo mucho que te has esforzado por hacerlo todo bien y ser ejemplar, por llenar tu agenda para que no se diga que no haces suficiente para llegar a dónde quieres llegar. Y a pesar de todo, no llegas a nada o eso parece… Tienes derecho a notar esa punzada clavada y reconocerla, a que te parezca horrible sentirla y a lamentarte por ello un rato porque no te parece justo… La única forma de superar el dolor es sentirlo y abrazarlo. Saber de qué está hecho y a qué huele. Reconocer que te invade y notarlo… Tomarte un café con ese miedo atroz a seguir viviendo eso que te gusta tan poco, que es tan incómodo, tan inoportuno, tan duro, tan áspero, tan terrible y saber que no eres tú sino una circunstancia…

Tienes derecho a creer que todo es injusto y dar un portazo. A lamerte las heridas un rato y pensar que a veces el mundo da asco y otras da miedo.

Apresurarse a cruzar el umbral de nuestros miedos y saltarse fases para que esas emociones que duelen no nos arañen no sirve de nada… Solo para cerrar el ciclo en falso, para coser la herida cuando todavía no ha supurado suficiente o poner una tirita sucia… Para quedarse a medias del proceso y enquistar miedos y angustias, para dejar pendiente lo que es inevitable y hacer que se repita… Porque todo lo pendiente vuelve siempre.

Tienes derecho a estar ansioso y desbordado. No hay que forzarse a ser feliz cuando por dentro el llanto es inmenso y la sonrisa que inventamos es demasiado amarga… Sentir tu tristeza, tu rabia, tu miedo, tu frustración también es optimismo, es aceptación, es tomarte tiempo para estar contigo y respetar tu ritmo. No forzar nada. No exigirse ni reprocharse. Sentir lo que en ese momento toca sentir es amarse, respetarse, cuidarse, reconocerse y aprender a usar tus herramientas internas para salir adelante… Y si hace falta, pedir ayuda. Es aceptar tu vulnerabilidad para convertirla en tu fortaleza. Es descubrir que en tu fragilidad hay tanta solidez que puedes permitirte caer, fallar, sentir y reconocer lo que pasa…

Porque sin sentir ese dolor, ese miedo, esa tristeza, esa rabia, jamás podremos usarlas para crecer y ser conscientes de quiénes somos y dónde estamos. Eso sí que es ser positivo. No mirar al futuro y decir desde la ignorancia que todo va a ser de un modo concreto si lo deseamos mucho, sino mirar al presente y ponerte de tu parte y parar para recalcular, para sentir, para tomarte tu tiempo y saber dónde estás y a dónde quieres ir.

Tienes derecho a descansar y no hacer nada. A no producir y que no lo parezca por si critican y hablan mal aquellos que tal vez por dentro también se rompen, pero por fuera disimulan y se hacen fotos maravillosas para mostrar al mundo una vida que no es su vida. Tienes derecho a caer, a fallar y a no ver clara todavía la moraleja del cuento. A no haber aprendido del error cuando acabas de cometerlo. A pensar que tal vez no sea un error sino un paso necesario…

Tienes derecho a no ser feliz ahora y no pasa nada… Tienes derecho a serlo cuando puedas y quieras sin imponerte nada ni machacarte para serlo y parecerlo para que tu infelicidad no moleste e inoportune a otros.

Tienes derecho a estar de mal humor y verlo todo negro y sin sentido. A no querer levantarte por un rato y no superarlo ahora, ni luego, ni mañana… Porque necesitas un tiempo contigo, conectado a ti y desconectado de todo lo que parece que te obliga a no ser tú, a lo que pone barreras entre tu verdad y tu vida. Siendo lo que eres ahora. Notando lo que notas para superarlo y vivirlo, porque sabes que hay instantes en que no hay más remedio que sentir. Abrazar el dolor y convertirlo en catapulta. Sin fingir, sin aparentar… No importa lo que parezca, no importa lo que piensen, no importa lo que opinen… Tu vida es tuya, tu dolor es tuyo, tu tristeza es tuya y los sientes el rato necesario para trascenderlos, para usarlos a tu favor, para descubrir que no eres eso que sientes, pero que puedes darle la vuelta.

Tienes derecho a estar mal, sentirte mal, de bajón y no esconderte ni avergonzarte. No tienes que disimular, ni esforzarte para que no te instiguen a mejorar, ni a salir de casa si no te apetece. Tienes derecho a decir no a los mejores planes de tu vida porque no te apetecen, a no satisfacer a nadie ni aceptar consejos ni falsa empatía basada en la necesidad ajena de no verte mal y solucionar tu vida para no tener que mirar de cerca la suya… Muchos creen que sacándote de casa y obligándote a olvidar tu dolor te curan de golpe, cuando lo que hacen es alejarte de pedir ayuda cuando realmente la busques y hacerte sentir peor contigo mismo, como un lastre, como un parásito, porque te harta y asquea ver en sus ojos el reproche, el escuchar esa cantinela de «deberías esto, necesitas aquello, no te puedes permitir caer y estar de bajón». A veces, las mejores intenciones nos llevan al abismo, como el mono que sacó al pez del agua para evitar que se ahogara… A veces, no necesitas que te salve nadie, solo salvarte tú a ti mismo y cambiar tu forma de mirarte. Y eso no pasa en cinco minutos, es un entrenamiento que requiere de una decisión y no tienes prisa por tomarla, mereces madurarla en ti.

Tu dolor no te hace peor que nadie. Puedes compartirlo ahora o mañana, puedes vivirlo a tu manera… Y recordar que no estás solo, que no eres lo que te pasa, que mereces lo mejor de la vida siempre.

No vale la pena esconderse tras una sonrisa cuando no tienes ganas de sonreír. Las lágrimas son balsámicas. Antes de meter nuevas consignas en tu mente hay que liberarla de la basura acumulada y para hacerlo hay que hacerla consciente y observarla, sentir qué te dice, de dónde viene y dejar que se vaya sin prisa pero con determinación.

No solo tienes derecho a estar triste y decir no a fingir y poner buena cara si hoy no puedes poner buena cara… Es tu trabajo, ser tú ahora. No te sientas obligado a nada.

Con esto, no quiero decir que te quedes siempre ahí y que todo valga, por supuesto, ni que tu vida tenga que ser eso. Todo tiene su duelo, sus fases y hay que darles el tiempo necesario, darte a ti ese tiempo para sentir y superar sin premura, sin urgencia, sin ponerte etiquetas, ni castigarte si crees que no avanzas, sin culparte por dónde crees que ya deberías estar. Es un camino, a veces parar no es estancarse, es tomar aliento y reconocerse, es tomar fuerzas y recuperarse, es decidir cambiar de dirección y verle sentido a lo andado, lo que queda por andar y el momento presente.

Tienes derecho a estar mal sin reproches, sin presiones, sin culpas, sin tener que aguantar encima malas caras… A veces, la única forma de salir del túnel es permitirse estar en él y encontrar la luz. Si no queremos darnos cuenta de la realidad, no podemos superarla y aceptarla.

Y si en algún momento notas que se estás acostumbrando demasiado a ese estado, recuerda que puedes pedir ayuda para salir… Que tienes derecho a estar bien desde ahora mismo.

Tienes derecho a estar mal porque si estás mal es necesario que te des cuenta, que lo notes, que lo vivas, que dejes de creerte que eres lo que te pasa… Tienes derecho a ser lo que eres ahora justo y no querer soñar con nada más ni ponerte más retos ni metas que estar un rato contigo…

Tienes derecho a sentir absolutamente todo lo que ahora estás sintiendo, sin tener que rechazarlo por si no es adecuado, por si parece poco agradable y genera malas caras y críticas, por si molesta, por si no cabe en tu agenda o en la de otros… Tal vez sea la única forma de descubrir tu gran valor y toda la felicidad que puedes darte a ti mismo.

Tienes derecho a sentir lo que sientes y además es necesario.

Porque a veces esa tristeza inmensa es el preludio de una gran paz.

GRACIAS por leerme.

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