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la rebelión de las palabras


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Un solo corazón


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“No se puede tener un corazón para el amor y otro para el odio” eso leía en voz alta Luís Castellanos dando voz a Svetlana Alexievich el pasado jueves hasta que me saltaron las lágrimas… Nada tan cierto, la vida es tomar decisiones. Decidir si estás aquí para construir o para destruir, si te apuntas a perdonar o a mantener viva esa llama que todo lo devora cuando el rencor te llena… Si quieres ceder o tener la razón en la soledad más absoluta, si te resistes a lo que es o te dejas llevar a ver qué pasa… Me dijo Luís el otro día (tuve la suerte inmensa de comer con él y con otras personas maravillosas) que todo está en la mente. Si tengo que decir la verdad, a pesar de estar muy de acuerdo, yo siempre he creído que hay algo más (tal vez la forma más apropiada de expresarme sería decir que he sentido, porque lo que creo quizás forma parte de esa gran inventora que hay en mi cabeza y que a veces por la noche me cuenta historias para no dormir y me las creo). Y quería hablar de ese algo, de lo que siento, aunque tengo que decir que eso tal vez sea una invención más de mi mente imparable que siempre maquina.

Todo es mente. Si creo que es posible, lo es… Aunque eso no haga que pase, no todo pasa, ya lo dije y ya me da igual que algunas personas se enfaden, les deseo lo mejor incluso si  todavía no lo han pensado o imaginado, igualmente no depende de mí, mis palabras no pueden abrirles o cerrarles puertas, tan sólo lo que ellos hagan con mis palabras lo hará… Aunque para que exista primero hay que imaginarlo, cierto. Hay que hacer los planos y comprar la idea ahí en tu cabeza, hay que creer que somos capaces e ir a por ello. La primera parte de esto es la más importante, la otra, una vez crees, llega casi sola…

Lo que sucede es que todo lo imaginamos desde una mente dormida, una mente que mira y no es capaz de inventar porque se niega a sí misma lo que es, su capacidad para crear, para ver, para imaginar algo más de lo que se sale de la rutina… Dibujamos con el mismo lápiz en nuestra cabeza a pesar de tener todo el estuche de colores… Creas lo que crees, dicen, pero es que crees que hay poco, que está sucio, que no sirve, que es feo, que jamás llegarás… Creas lo que crees a partir de como te ves a ti mismo… Y el mundo que nos rodea se convierte en una imagen fiel de lo que no nos damos ni permitimos. El más cruel y necesario de los espejos…  Uno vive a través de lo que se imagina que es, lo que ve, lo que percibe. Hace un rato decía María Jesús Giménez Caimari en Facebook, de forma acertada, desde mi perspectiva mental y parcial seguramente,“escribes “me gusta la lluvia” y hay gente que piensa que escribes eso porque a ella no le gusta la lluvia. Porque estás ofendida, porque le envidias, porque yo que sé. Hay gente que ve daño en un “no me gusta el café”. Y es verdad, mi verdad, vemos la vida a través del embudo de nuestras creencias y lo que pensamos que es acaba siendo para nosotros… No es que sea, es que así lo percibimos. Cuando sales a la calle ofendido con la vida todas las personas con las que te cruzas te ofenden, aunque te sonrían y atraes toda ofensa posible… Y esto se puede explicar desde la psicología, desde la antropología, desde la física cuántica, desde la espiritualidad y desde las recetas de mi abuela que decía eso de “tú tómatelo todo con buena cara, niña”.

Vamos por la vida sin sentir lo que somos y lo que llevamos almacenado dentro y necesitamos sacar toda esa basura que llevamos agolpada, esperando turno para ser vomitada, quemándonos las garganta, el pecho, el estómago, retorciéndonos los dedos de las manos… Y si no sale, pudre, quema, araña, explota, supura… Y vemos a alguien que sonríe y nos duele su sonrisa porque no es la nuestra… Y vemos a alguien que llora y nos llora porque nos recuerda que tenemos tanto llanto acumulado que ya es insoportable…

¿Sabéis una cosa? A veces, cuando me dicen que estoy guapa me rompo por dentro porque me ofende, me golpea, me aturde… Porque no me siento guapa y creo que no puede ser verdad, que se ríen de mí, que esperan que lo sea y les decepciono … Aunque cuando lo dice un buen amigo, te das cuenta de que eso no puede ser y entonces una marea de lágrimas me sacude por dentro y me siento en una tierra de nadie en la que noto que el mundo ve algo en mí que yo soy por ahora incapaz de percibir… Comos si estuviera desnuda por más que me cubriera, como si nunca hubiera llevado la máscara que hace tiempo me puse para poder sobrellevar mi absoluta imperfección. Como si no tuviera más remedio que enfrentarme ya con la insufrible verdad de que me queda mucho recorrido por hacer en mi interior hasta llegar a mi esencia.

Vemos el mundo tal y como nos han dicho que era, como lo construimos a partir del dolor que almacenamos, a través de las rendijas que nos deja libre nuestra mente asustada y atada a las creencias. Es ella la que hacen que nuestras pupilas se posen en el dolor y no en la belleza y vean la ofensa y no la sonrisa… La que hace que vean mis lágrimas en lugar de las lágrimas de los demás.

Si ignoras tu dolor te conviertes en una ser incapaz de comprender el dolor de los demás. Si no te escuchas, te conviertes en un ser incapaz de escuchar… Si no hurgas en tu basura, cada persona a la que mires te recordará ese trabajo pendiente… Vemos lo que creemos ser y lo que llevamos tiempo escondiéndonos esperando a que no sea, a que desaparezca…

No va a desaparecer. Se hará más grande, más intenso, más omnipresente. Lo invadirá todo hasta que no te quede más remedio que aceptarlo y acurrucarte a su lado y descubrir que no eres eso… Que no hay ofensa sino en tu necesidad de sentirte ofendido porque te crees digno de serlo… Porque no te amas suficiente. Porque llevas demasiado tiempo esperando el momento oportuno para hacer los deberes.

Yo también lo hago. Me aparto para más tarde. Me olvido de mí. Me invado la vida con esa sombra, con esa basura pendiente porque no me siento con fuerzas para enfocarla, para poner luz en esa oscuridad, para abrir la puerta de mi habitación de los recuerdos que arañan y salpican… Y mientras, me arrastro malviviendo sin ser, sin notar, sin ver el amor porque el rencor se me come las buenas ideas… Porque mi basura por revisar y tirar pesa demasiado ya y huele cada vez peor.

Si no sientes lo que tienes pendiente no piensas con claridad.

Si no piensas con claridad no creas nada hermoso.

Piensa sin culpa porque te has liberado de esa culpa. Piensa sin ataduras porque has descubierto que no te las mereces.

Siente lo que tienes pendiente y revisa tus creencias porque necesitas darte la oportunidad de mirar a la vida como lo que es, no como lo que esperas, no como te ves a ti.

Vemos a los demás como nos vemos a nosotros y una vez definimos esa versión de lo que somos, nos limitamos a esperar que no vida nos la ratifique y siempre lo hace, claro, porque el parámetro que usamos para medir su respuesta es el mismo embudo con el que miramos la primera vez…

Y toca decidir. Si somos lo que creemos que vemos o nos permitimos mirar más allá, si nos concedemos el honor de abrir la mente que todo lo crea y nos creamos una puerta grande por la que salir de nuestra oscuridad.

Y creer que cuando te dicen que estás guapa, en algún universo posible, esa persona te ve así y quiere que lo sepas y lo sientas… Y que en algún momento, cuando seas capaz de abrirte a ese universo que no es el que habitas sino el que otro ha imaginado podrás entrar en él y quedarte si quieres.

Y no hará falta que la sonrisa que ves sea para ti, ni ofensa ni reconocimiento, tal vez no sea nada, pero podrás escoger. Y cuando veas a alguien llorar, puesto que habrás encontrado el dolor que llevan impregnado tus propias lágrimas, podrás ver al que llora con la compasión que merece sin que su llanto seas tú… Y podrás elegir si va contigo o no…

Nuestra mente está ahí para que sobrevivamos pero nos juega malas pasadas como una madre superprotectora que no nos deja salir a jugar con el patinete porque el suelo está mojado o la madrastra que no nos permite ir al baile… Pero nosotros no somos nuestra mente y podemos decidir si nos quedamos con esa versión de la historia o nos abrimos a vivir otras versiones… Y eso no se consigue, creo yo desde mi mente que sueña con abrirse, sin sentir lo acumulado y remover lo que tanto nos asusta. La consciencia necesita de todo lo inconsciente para liberarse y permitirse vivir sin ataduras.

Para pensar hay que sentir.

Y una vez pensamos libremente, podemos decidir con qué corazón vivimos… Porque “no se puede tener un corazón para el amor y otro para el odio”, sólo tenemos un corazón… Tú decides para qué lo usas.

 

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Somos gigantes


Siempre he pensado que las grandes batallas se libran en nuestra mente. Cuando perdemos contra nosotros mismos, nuestra cabeza decide encogernos y recortar nuestras expectativas. Nos recalcula un camino para llegar a otra meta más cercana y nos rebaja el nivel de entusiasmo para poder soportar el cambio de escenario en nuestra vida. Hay pocas palabras tan terribles como la palabra resignación. Seguramente, las hay mucho peores pero como concepto, resignarse, es una especie de recorte autoinfligido a tu capacidad, tu ilusión y tu deseo… Es como si nos pusiéramos ante el espejo y fuéramos capaces de decirnos “tú, no” como si no contáramos con nosotros para vivir nuestra propia vida, como si no fuéramos nada… Muchos días de nuestra vida nos negamos a nosotros y a todo lo bueno que tenemos sin casi darnos cuenta. Cuesta verlo y admitirlo pero es así, podemos llegar a ser nuestros grandes enemigos porque, al contrario de los que están a nuestro alrededor, nosotros tenemos todo el poder sobre lo que pensamos y sentimos, sobre lo que imaginamos y deseamos.

A menudo, en lugar de aspirar a lo mejor, nos conformamos con lo menos malo. Imaginamos todos los posibles escenarios que pueden plantearse ante nosotros y entre el que nos parece que sería nefasto y el que más se ajusta a nuestros sueños, escogemos el término medio… Lo hacemos para no abusar de la suerte, no forzar la máquina, no ser avariciosos con nuestros deseos. Lo hacemos así porque no nos imaginamos cumpliendo nuestro sueño o, en el fondo, pensamos que no somos lo suficientemente buenos para él. Ponemos la tirita antes de la herida y, a menudo, creo yo, acabamos propiciándolo todo para que esa herida exista.

Nuestros pensamientos se vuelven sombríos, nuestra mente se achica y decide bajar el listón y cerrar puertas. Todo se vuelve opaco y más triste, más asequible y cómodo pero menos motivador. Si tenemos pensamientos mediocres, nos convertimos en personas mediocres y todo nuestro cuerpo se pone a trabajar para abundar en esa mediocridad…

El resultado somos nosotros. Una versión de bolsillo de nosotros mismos. Un muñequito maleable al que decirle lo que quiere y lo que no y que siempre calla y asiente. Lo más curioso, es que lo hacemos presuntamente “por nuestro bien” para no sufrir si no conseguimos lo que deseamos. Y nos condenamos a una vida anodina y predecible donde, al final, incluso cambiar de recorrido para ir al trabajo acaba considerándose una tragedia insoportable. La rutina nos devora  las ganas y nos borra los estímulos.

Una vez hemos decidido que no somos lo suficientemente buenos para soñar en algo concreto porque es demasiado maravilloso para nosotros, empieza la segunda fase.

No la percibimos al principio, pero es letal. La llevamos a cabo nosotros, pero no somos conscientes de ello. Consiste en empequeñecer. Nuestro cuerpo cumplirá escrupulosamente las órdenes que le dé nuestro cerebro. Si nos sentimos pequeños, nos haremos pequeños. Si nos sentimos mal, nos dejará indefensos.

Puesto que creemos que nuestros sueños nos van grandes, buscamos sueños más pequeños… Y en esta espiral de autojibarización en la que hemos entrado, vamos bajando el listón para tener cada vez menos sobresaltos. Nos acostumbramos a ser poco y pedir poco, hasta quedarnos en un rincón de nuestra vida esperando ser barridos. Puesto que pensamos que no nos merecemos conseguir nuestro reto, entramos en una círculo vicioso de descrédito que nos lleva a pensar que poca cosa nos merecemos. Y entonces, nos encogemos. Sobramos y notamos que sobramos porque nos sobramos a nosotros mismos…

Sonreímos menos y escondemos la cara. Andamos lentos y cabizbajos. Encogemos los hombros y sin darnos cuenta, somos un punto negro en un infinito de puntos negros… Nos lamentamos, nos quejamos sin parar por este destino cruel que hemos decidido vivir y por estar encerrados en una cárcel que nosotros mismos hemos fabricado. Y no paramos, incluso cuando ante nosotros hay personas que tienen más razones que nosotros para rendirse y, sin embargo, luchan y viven intensamente.

Nos encogemos tanto por dentro como por fuera. Menguamos de forma progresiva e  imparable porque nuestras ilusiones menguan.

A veces es por una palabra poco agradable en boca de alguien a quién amamos… Otras veces es incluso por esa misma palabra en boca de alguien a quién casi no conocemos. En ocasiones,  es ese automatismo que nos hemos creado nosotros mismos y que repetimos sin casi percibirlo al más leve contratiempo. Encadenamos uno tras otro sin parar.

Les damos a otros todo el poder de decidir sobre nuestras vidas. Se lo damos porque eludimos la responsabilidad de levantar la cabeza y en lugar de recortarnos, decidir crecer y expandirnos. Preferimos complacerles y bajar a nuestro infierno  habitual a plantarles cara y llevarles la contraria.

El otro día alguien me decía que a veces nos acostumbramos a vivir en una especie de estercolero y no podemos ni queremos salir de él.

Yo siempre he pensado que cuando estamos mal, cuando nos sentimos pequeños, acudimos mentalmente a nuestro vertedero particular.

Es un estado de ánimo, un lugar oscuro de la memoria que se activa cuando la autoestima baja.

Allí guardamos todos los malos momentos, los desatinos mal archivados como fracaso y no como aprendizaje, los reproches que nos hemos hecho a nosotros mismos toda la vida.

Allí guardamos el sentimiento de rechazo por ese amor que no nos quiso, la emoción fallida de intentar ganar una carrera y abandonar, todas la veces que cuando éramos niños quedamos en evidencia y todos se reían de nosotros…Está esa profesora déspota que nos castigó una tarde y que gritaba tanto que nos perforaba los tímpanos y que nada más llegar nos mira con cara perversa y ganas de castigo… La punzada en el corazón cuando no conseguimos el premio o el ataque de asco ante la carta de despido que recibimos. Están ahí esperando para ser revividos y no aprendidos. Para clavárnoslos en el pecho una y otra vez en lugar de repasarlos, sacarles la moraleja y luego olvidar esa punzada… En el vertedero están todos nuestros miedos, los vividos y los que podríamos llegar a vivir y los que nos hemos inventado… Nuestros fantasmas vagan por él arrastrando las cadenas que les podríamos dejar ceñirnos si os descuidamos…

Todo junto y revuelto en forma de culpa, de carga pesada, de aire irrespirable y enrarecido…

Nuestro vertedero es un lugar cuyo vapor se filtra por nuestros poros en pocos minutos y llega a nuestros sentidos. Es un recinto corrupto. Estar demasiado tiempo en ese estado de ánimo te corta las alas y te entumece las ganas. Todo se desdibuja en él, todo pierde fuerza y magia.

Es muy difícil huir de su perímetro y, sin embargo, se regresa a él muy rápido.

Basta un momento de ira descontrolada, de rabia acumulada, de rencor… Un momento de envidia, de avaricia… Un momento de pensar que no merece la pena, que yo no valgo nada o que algo está vetado para mí… La cabeza nos traslada directamente al vertedero. Es un viaje en el tiempo a nuestras miserias… El mecanismo para llegar es tan rápido… Y con solo unos minutos, ya notas que te encoges, que menguas… Mengua tu cuerpo porque se cansa y entumece, porque escondes tu rostro, porque bajas la cabeza. Mengua tu ánimo porque mires donde mires ves desolación, porque te sientes inútil y te sientes culpable. La culpabilidad encoge a las personas hasta convertirlas en seres diminutos.

Aunque, la verdad es que ir y volver de nuestro vertedero particular y recurrente donde metemos nuestras miserias es decisión propia. El proceso es reversible. Basta con ser consciente de ello y actuar. No somos culpables, seamos responsables. Y la parte positiva de esto es que ya que conocemos el camino de ida al vertedero, podemos encontrar en de vuelta. Cuanto más tardamos, más difícil es encontrarlo y más intensidad hay que poner en el empeño. El camino de regreso a tu yo real se va cubriendo de lodo y se desdibuja… Por eso, mejor no dejarse llevar hacia ese lugar ni pensar que es tu sitio ni por un momento… Mejor alzar la vista y apretar a correr. Saber qué hay allí para conocer lo que nos asusta y afrontarlo,  sacar lo mejor que podamos de ese vertedero, arrancarle recuerdos y darles la vuelta, encontrar ese reverso positivo que tiene todo… Y sobre todo, no entretenerse en él demasiado para no pringarse y perder el sentido de lo que es bueno y lo que no, de lo que nos hace bien o nos hace daño… Para no llegar a creer que nos merecemos sufrir. Porque, al final, somos lo que decidimos ser y acabamos consiguiendo lo que creemos que nos merecemos…

Y nada más salir de ese lugar oscuro y triste, imaginar que somos grandes… Ser grandes… Aumentar de tamaño hasta salir de nosotros mismos y descubrir que no tenemos límites. Y para cuando se pueda, substituir el vertedero por nuestro cielo particular. Un lugar donde acudir con el pensamiento cuando nos sintamos absurdos, un lugar donde hay calma, donde todo nos recuerda que podemos seguir avanzando pase lo que pase, donde atesoramos nuestros buenos momentos, acumulamos risas y del que cada vez que salimos, descubrimos que somos gigantes y no nos asusta mostrarnos tal y como somos…

Nos merecemos lo mejor. Somos tan maravillosos como deseemos serlo. Somos el dibujo que hacemos  de nosotros en nuestra mente. No importa todo el dolor que sentimos ayer, ni todos los errores que cometimos, cada día podemos dibujarnos de nuevo. Hagámoslo sin límites…

A Daniel Sánchez Reina por una interesante conversación…


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El poder de tus pensamientos


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Pensamos mucho y mal

Pensamos demasiado. Y cuando alguien piensa demasiado las cosas, tiende a tergiversarlas en su cabeza cansada de ir y venir sobre el mismo dilema. Pensar es saludable, pero hacerlo en exceso es aturdidor y contraproducente. En nuestra cabeza todo se ramifica hasta un infinito de posibilidades que nos lleva de las ramas a las raíces para volver a empezar.

El primer lugar porque dar muchas vueltas a las cosas deforma la realidad. Empezamos a recordar una conversación y al rato ya no sabemos el tono ni la intensidad con la que esa persona nos hablaba. Y lo que es peor, los adaptamos a la versión que más nos convence para reafirmarnos en nuestras teorías, que son fruto de horas de pensamientos circulares.

Si lo que piensas no te hace mejor, no lo pienses más.

Razónalo, saca el fruto y lanza la cáscara a la basura y deja que el aprendizaje te permita evolucionar hacia otras ideas que pueden serte más útiles y provechosas para crecer. Hay pensamientos que son tóxicos, que se te meten en la cabeza como una de esas canciones machaconas del verano y no paras con ellos hasta que se desintegran o te desintegras tú.  A veces, somos expertos en fabricar pensamientos inútiles y altamente demoledores para nuestra autoestima.

Otras veces pensar es la mejor forma que encontramos para no hacer. La excusa perfecta para no decidir. Una máscara para no movernos un milímetro de nuestra posición inicial ni salir del círculo que nos hemos trazado y en el que nunca hace frío, ni pasa nada imprevisto. Los pensamientos que curan, que cambian las cosas, los que te hacen ponerte manos a la obra y conseguir lo que quieres, están fuera de ese círculo… En el fondo, todos lo sabemos, pero no nos atrevemos a probar para no descubrir que nos hemos pasado siglos eludiendo esa responsabilidad para con nosotros mismos. Que nos hemos limitado y acotado a través de nuestros pensamientos…

Pensar demasiado y mal nos pone rabiosos…

Pensar demasiado sin buscar nuevos enfoques genera rabia e ira reprimidas porque nos hace revivir las emociones negativas sin que puedan salir ni airearse. Las acumula en una especie de antesala donde vamos metiendo todos los reproches que nunca nos atrevemos a verbalizar. Es un lugar donde tenemos la basura que no sacamos. Donde guardamos muchos “no” que jamás dijimos y algunos gritos que nunca salieron de nuestra garganta porque no tuvimos el valor o nos sobró un sentido del ridículo que nunca nos beneficia. En ese lugar, también hay muchas lágrimas contenidas que no caen por nuestras mejillas, pero que presionan de tal forma que no nos dejan destensar la musculatura de la cara… Por eso, a veces, reímos sin ganas y ponemos esa cara perruna que casi hace pudrir las flores a nuestro paso y a los demás les hace tomar distancia.

Focalizarse en pensamientos constructivos : poner nuestra cabeza a trabajar para nosotros

No se trata de reprimir pensamientos si no de escoger nuestros pensamientos. Saber en qué ocupar nuestra mente para que produzca y trabaje para nosotros y no en nuestra contra. Pensar en exceso es contraproducente porque casi nunca pensamos las soluciones, nos regodeamos en el problema y lo repetimos una y otra vez. Y cada vez, nos sentimos igual. Es como si nos pusiéramos un episodio de la película de nuestra vida una y otra vez esperando que tenga otro final… Si queremos cambios, habrá que reescribir la escena o pensar en hacer otro capítulo.

Por ello, lo mejor, será focalizar nuestros pensamientos en aquello que aún puede cambiar. Imaginar opciones, abrir caminos que aún no hemos imaginado, partir de cero si es necesario para encontrar soluciones, replanteárselo todo de nuevo hasta que nos demos cuenta de que nada está vetado para nosotros. Si tenemos un reto, saber con qué contamos para conseguirlo y salir a encontrar lo que no está en nuestra lista de talentos.

No pensar una y otra vez en el dolor que sentimos cuando nos dejaron solos, perdimos un trabajo o rompimos una relación,  sino en la forma en que podemos paliar ese dolor. Y, sobre todo, cómo cambiar ese escenario para que sea mejor para nosotros.

No recordar todo lo que nos falta para llegar a ser quién deseamos sino de qué forma podemos prepararnos para serlo. Hacer un plan, planificar una estrategia, leer sobre el tema, consultar a los que saben, salir y notar lo que pasa a nuestro alrededor, relacionarnos… Y cuando llegue la noche y pensemos, entrenarnos para pensar en lo que importa, en lo que está en nuestras manos…

En el fondo, decidir sobre qué pensar es como hacer una fotografía. Podemos elegir qué fotografiamos, desde que ángulo, con qué perspectiva… Decidir si desenfocamos el fondo o si alteramos los colores para que sean más vivos.  Podemos estar en un museo repleto de grandes obras de arte y fotografiar una papelera. Podemos estar en un vertedero y enfocar unas flores rojas que salen en un rincón.

Y ser positivo y a la vez realista. Saber de dónde partes y valorar tus pequeños logros hasta llegar a tu meta.

Escoge las palabras que te dedicas a ti mismo

Eres tus palabras. No te hagas daño, no te golpees. Usa esas palabras hermosas que muchas veces seleccionas para no herir a otros y dedícatelas a ti. Eso no significa que te mientas, significa que busques la manera de decirte la verdad más cruda sin lastimarte, de una forma positiva. Que tus palabras sean los cimientos sobre los que construir algo nuevo. Encuentra un lema, algo que repetirte que te llene y que en un mal momento te sirva de tesoro, de ancla a la que sujetarse para no olvidar que eres grande y puedes serlo más. Una frase, una palabra que te lleve a una emoción positiva que te recuerde lo mucho que tienes y que vales, que modifique tu rostro y ponga en él una sonrisa. Que modifique tu postura y te permita ir erguido y sacar pecho. Un mantra que te haga recordar que eres un superhéroe y que tus posibilidades son ilimitadas. Como si se tratara de una poción mágica que te transforma… Porque quién puede transformarte eres sólo tú y tu capacidad de pensar lo que te hace crecer y te conviene.

No perder un tiempo que es finito

Pensar demasiado te arrastra a una especie de arenas movedizas de las que es complicado escapar… Y lo peor de todo, es que mientras pensamos demasiado y de mala manera, nos ocupamos y preocupamos. Malgastamos un tiempo precioso que podríamos usar en muchas otras actividades que nos darían sus frutos.

Mientras pensamos en que alguien nos insultó hace pocos días y nos trató mal, no planificamos un viaje emocionante.

Mientras nos acordamos de que esa persona nos dijo lo ineptos que cree que somos, nos sentimos ineptos y no nos ponemos a preparar el índice de ese libro que siempre tenemos pendiente escribir.

Mientras damos vueltas a un amor perdido, no pasamos por la calle donde pasa nuestro nuevo amor o tal vez, pasamos tan ensimismados que no le vemos.

Mientras imaginamos el ridículo que haremos presentando nuestra conferencia, no pensamos cómo podemos hacerlo muy bien ni buscamos ejemplos para bordar esa experiencia.

El otro día me recordaba alguien que nuestro tiempo es finito. Ahora no nos lo parece pero si echamos la vista atrás y recordamos… ¿cuántas horas hemos perdido de ese tiempo finito pensando mal? ¿cuántas horas dando vueltas a las palabras que alguien nos dijo y que nos hirieron en lo más hondo? Y ¿qué sacamos de ello? ¿a caso no pudimos reflexionar las dos primeras veces que lo recordamos? ¿nos hacía falta ahondar en lo que ya no tenía remedio y sentirnos como un trapo sucio cada vez?

Cada minuto que no dedicamos a vivir o a pensar bien para poder actuar y conseguir lo que deseamos es un minuto perdido.

Cada minuto que dedicamos a pensar en lo que aún nos duele o araña, en lo que ya no tiene solución, es un tiempo que se esfuma. ¿Nos merecemos eso?¿no estamos de alguna forma cometiendo una injusticia con nosotros mismos al dejarnos atrapados en una experiencia dolorosa?

Cada minuto que no notas que vives es un minuto que se escapa.

Mejor hacer callar un rato a nuestros pensamientos y actuar, sentir, vivir… Si piensas mal, tanto en cantidad como en calidad, seguro que no aciertas…

Hay una idea que siempre me ha dado vueltas en la cabeza (y en este caso en positivo)… Si podemos llegar a hacernos tanto daño con nuestros pensamientos, estoy segura de que también podemos hacernos mucho bien. El poder es nuestro…


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Perdamos el tiempo un rato…


Se me acaban los sueños antes de saborearlos. Se termina el aroma antes de inspirar… Vamos tan rápido… Bombeamos sangre a toda prisa para vivir sin parar, para llegar a un lugar que aún no se ha construido, ni imaginado… Un lugar que no existe, donde esperamos descansar y detenernos a pensar. Darnos cuenta de que vivimos y sentirnos cada músculo de este cuerpo agotado de correr, de abalanzarse hacia un futuro que aún no está dibujado.

Pruebo bocado sin degustar. El agua cae sobre mí y siquiera puedo sentir si está caliente o tibia, no noto su deliciosa transparencia ni su efecto sobre mí. Porque mientras, pienso sin pensar. Ocupo mi mente. Tengo la cabeza ya en los diez minutos siguientes, en mañana, en pasado mañana. Ese informe. Ese encuentro pendiente que a veces no llega a celebrarse. Una reunión maratoniana. Una discusión pendiente. Tengo cada minuto de vida programado para no vivirla. Cada una de las facciones de mi rostro preparadas para la risa o la pena. Sé qué pensaré cuando pase. Sé cuánto dolerá o el gozo que provocará cada buena nueva en mis neuronas sobreocupadas por la estupidez y la falta de sueño. Mis pensamientos comprimidos sin margen para volar, mis ansias ajetreadas sin saber escoger de qué preocuparse. 

No queda espacio para el momento perdido. No hay un centímetro cuadrado en nosotros para la risa inesperada, el encuentro fortuito, la sorpresa que desencadena un cúmulo de acontecimientos que nos cambia la vida en dos minutos.

No queda margen para el cachondeo ni el verso. Para notarse las puntas de los dedos y darse cuenta de que te estalla la cabeza porque no para, no cesa su actividad esperando más actividad para conseguir llegar a un punto en el que poder descansar.

No hay momento para oír la música, sentir la marea, notar el sol en la cara y el efecto de la luna. No queda espacio para caer, para dar el mal paso que nos lleve a levantarnos con ganas. No queda ningún rincón para recapacitar como los niños y percatarnos de nuestras faltas y carencias. No hay roce intenso en las caricias. Los besos son apresurados, faltos de substancia. Besos sin beso. Caricias sin roce. Abrazos rápidos y sin alma. Despedidas sin conciencia. Saludos sin apenas gesto. No queda sitio para perderse. No queda lugar para propiciar casualidades mágicas, vacilarse a uno mismo y reírse de sus banalidades… Hacer el ridículo y superar la cuesta. No hay paciencia. No hay rebeldía ante ti ni ante nadie… No hay brizna de ilusión en esta fábrica de monotonía generada en nuestras cabezas.

Todo está determinado por la rutina. Por fronteras autoimpuestas y límites absurdos que nos coartan emociones nuevas, nos ocultan senderos interiores por los que llegar a conocernos… Motivos por los que amarnos y amar. No soñamos, almacenamos sueños. No deseamos, imaginamos que poseemos. Lo dejamos todo para más tarde, para un luego que no llega porque el tren pasa con retraso. Fingimos las alegrías como si fueran orgasmos. No llegamos al clímax de nada porque nada se retiene en nuestras pupilas suficiente tiempo como para notar que es casi nuestro. Pasamos de puntillas por la vida en lugar de bucearla.

No queda espacio para la poesía, vivimos sujetos a una permanente prosa… Con palabras repetidas, frases conocidas, comas incrustadas… Puntos y seguido eternos y demoledores.

Si pudiera parar. Existir solamente por existir… Respirar por notar que respiro… Recordar por qué estoy donde estoy y preguntarme si aún me importa o conmueve… Si aún me motiva.

Vivimos casi sin vivir esperando tomar ventaja conseguir llegar a la meta y vivir sin tener que apurar, sin lamentarnos. Esa meta no existe. La vida es hoy. Ahora. Es presente. Es el abrir y cerrar de ojos y la bocanada de aire que te entra en los pulmones en este instante… El sabor del café y el calor de este instante compartido… Esta frase corta. Este momento que se escapa por el desagüe de nuestra vida en el sentido de las agujas de reloj. La perplejidad al pensarlo… La punzada al asumirlo. Ya está perdido.

Y no nos damos cuenta… Nos precipitamos hacia nosotros mismos. No nos dejamos espacio para intentar y sucumbir. Para perder, para fracasar, para luchar. No hay margen para el asombro ni el desliz. No hay margen para la vida, ni el disparate… No hay espacio para la risa tonta y la mirada insinuante. No queda lugar para la utopía. Hay que alimentar al pensamiento flojo y silvestre… Hay que permitirse perder el tiempo un rato.

 


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Tú decides


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Eres lo que imaginas. Lo que buscas. Lo que piensas. Las doce veces que miras el reloj o lees mensajes en el teléfono mientras alguien te habla. La palabra amable que le has dedicado al compañero cabizbajo y que le ha hecho erguir la cabeza.

Eres lo que engendran tus ideas, lo que sueñas y te repites como una oración. La mueca estúpida que haces cuando caminas por la calle y alguien te disgusta. El gesto desagradable que le has regalado al vecino… La mirada de cariño que almacenas esperando un leve roce. El abrazo que aguarda un esbozo de amor y que tu cuerpo espera como la tierra seca espera la lluvia. Eres todo lo que piensas que podrías ser si no te faltaran agallas. Ese pez contenido tras el cristal que nota aún el vaivén del mar surcarle la cola. El viajero que casi toca el descanso mirando al horizonte mientras sus pies cansados ensayan como terminar el camino. Eres el camino.

Eres lo que amas. Eres lo que rezas y demasiado a menudo lo que temes. Eres un pedazo enorme de lo que huyes. Lo que abrazas y lo que repeles. Lo que decides y lo que postergas… Cada una de tus dudas y tus aciertos. Cada uno de tus benditos errores.

Eres lo que tu deseo se atreve casi a gozar y tu vergüenza contrae. Lo que tu vista cansada busca y tu boca ávida casi degusta. Eres tu remedio y tu propia medicina. Tu dosis letal de crítica. Tu risa loca y tu llanto apagado. Eres lo que detestas y lo que te hace vivir. Lo que te mueve y atormenta. Lo que te hace saltar y correr. Y Lo eres porque lo llevas dentro y sabes que tarde o temprano, te dejarás llevar y saldrás de ti mismo.

Eres cada uno de los límites que te dibujas. Tú te recortas y amplías. Tú decides dónde acabas y dónde empiezas.

Eres un pedazo de tierra enorme sin principio ni fin. Un grano de arena minúsculo.

Eres lo que necesitas. Lo que batallas. Lo que jamás te atreverás a reconocer. Lo primero que te viene a la mente cuando te levantas y lo último en que piensas antes de dormir cada noche. Eres lo que arriesgas. Lo que te ilusiona.

Eres lo que tú decides. Decide qué quieres ser. 


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Soy el mejor


Soy el mejor. Lo sé. Lo soy porque muchos días me levanto agotado y veo que en mis ojeras podría navegar una canoa, pero me lavo la cara y noto que me sonríen las pupilas. Y me siento amable conmigo mismo, hasta el punto de casi gustarme mi compañía. 

Lo soy porque a menudo paso la noche despierto. A veces dando vueltas a como solucionar un problema, otras porque estoy tan emocionado con mis planes de futuro que noto como el pecho se me agita. La adrenalina me invade, me convierto en un amasijo de movimientos sincopados… Me siento borracho de una especie de ansiedad por la vida, unas ganas gigantes de intentarlo todo hasta conseguir algo y me imagino llegando a una meta ficticia. Casi paladeo y degusto el momento… Puedo notar el olor y el calor, noto su tacto y una sensación de gloria inmensa me surca las venas. Soy el mejor, porque esto luego nunca sucede pero yo lo sigo soñando una y otra vez, porque estoy convencido de que cada día está más cerca. Y porque he notado un sinfín de pequeños momentos de gloria que no eran como ese, pero que me han dejado esta cara que ahora tengo de tipo prácticamente feliz.

Soy el mejor porque aunque sé que no soy el centro del universo, he aprendido a soportarlo y casi ya no me siento celoso de nadie por ello. Porque me siento niño y aún me parece encontrar tesoros en las esquinas. He sido durante mucho tiempo el mejor no aceptando las derrotas y las respuestas negativas.

Soy el mejor porque he aprendido a escuchar tanto que a veces, incluso, cuando acaba el día, oigo mi propia voz, aunque en seguida me doy cuenta de que a menudo me quejo demasiado. Soy el mejor buscando excusas, lo he convertido en arte, pero también soy el mejor echándolas a un lado para que no me tapen la vista.

Soy el mejor porque mis dudas son de enormes dimensiones. Se me tragan el aliento y me comen el sueño. Porque cientos de veces me he descompuesto y borrado del mapa y he vuelto a dibujarme con más ímpetu y sin gafas. Porque tengo tanto miedo que a menudo me oculto bajo una piel dura, un gesto arisco… Bajo una máscara de control sobre todo lo que me rodea… Aunque luego miro hacia adentro y me enfrento a él. Le busco los ojos y me río del tipo duro y frío del espejo. Y le obligo a tomar las riendas y salir de escena para que el tío sensato y vulnerable sea quién me saca de la cuneta. Y me recompongo, me calo el traje de bucear en las miserias y salgo al ruedo para que el toro más bravo me envista. Y cierro los ojos suplicando que el mal rato pase rápido. Soy el mejor suplicando, también.

Soy el mejor porque me he perdido mil veces en el camino y sigo dejándome migas. Vuelvo a empezar y fracaso y amontono las mismas caras y me siento en un recodo y me derrumbo. Lloro sin que me vean y me siento asqueado de todo. Y luego, tomo mi hatillo de recuerdos y necesidades básicas y sigo andando. Noto que cada vez pesa menos, será porque al final sólo llevaré lo puesto y esta ansiedad que me inunda y empuja para llegar al final. Porque voy despojándome de complejos y me he dado cuenta de que lo que me importa de veras está alojado en mi cabeza inquieta y rebosante de actividad.

Soy el mejor, sin duda. Soñando, rodeando obstáculos hasta atreverme a saltarlos, cayendo de cara sobre el pavimento, traspasando barreras mentales absurdas e inventadas por mí mismo, cavando zanjas donde protegerme para luego tener que tomar más impulso al salir de ellas… He sido el mejor achicándome y ahora seré el mejor convirtiéndome en gigante.

Soy el mejor porque amo y cada día supero amando el límite del día anterior. Porque ese amor me desespera, me llena y me vacía, porque no resisto su intensidad pero no soportaría su fin. Porque unas palabras pueden tumbarme pero podría mantenerme erguido tras un vendaval. Porque prefiero ir delante y encajar los golpes a quedarme rezagado y perderme el mínimo detalle de lo que pasa en mi vida.

Soy el mejor. Lo noto. Lo soy porque no desistiré hasta saber que he llegado y porque aunque ahora supiera que nunca llegaría, seguiría andando. Porque hace tiempo empecé un viaje rumbo a mi mismo con los únicos límites de mi imaginación y conciencia. Porque he tocado el perímetro de mi alma y sé que no puedo permitirme que se encoja.

Soy el mejor, me lo repito y me lo creo. Porque si no lo creyera, jamás hubiera podido dar el primer paso.