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la rebelión de las palabras


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Dejemos de buscar líderes, vamos a tener que liderarnos nosotros mismos


Nos pasamos el día pidiendo líderes, pero nosotros muchas veces no lideramos nada en nuestra vida…

Me asombra lo bien que entre todos hemos definido el liderazgo en las redes sociales, donde se habla seriamente de este y otros temas sobre gestión de personas, motivación y talento.
Le hemos puesto (yo también, por supuesto) muchos adjetivos… Consciente, saludable, positivo, emocional… Me dejo alguno. Y luego, sales al mundo y las personas que lo ejercen de verdad se cuentan con los dedos de una mano. La mayoría caemos (me incluyo de nuevo) presas del pánico al cambio y con la incertidumbre agarrándonos las muñecas…
Da tanto miedo cambiar por si era una milonga todo lo que nos hemos creído, que siempre esperamos que empiece el otro y luego, si acaso, nos apuntamos.
Y juzgamos a los demás cuando desde nuestra posición, sea la que sea, no lideramos nada. No intentamos ver las circunstancias de otro modo. No escuchamos. No somos ejemplo de lo que esperamos encontrar. No empatizamos. No aportamos nada por temor a que nos copien o por si no hay retorno y lo que damos cae en saco roto. Ni siquiera sabemos qué queremos más allá de sobrevivir…
Nuestro propósito es el «virgencita, virgencita, que me quede como estoy «. Y cuando pides al cielo quedarte como estás sin gratitud ni reconocimiento, sin confianza en ti mismo, la cosa va a peor siempre.

Vamos mendigando, pidiendo que otros hagan lo que nosotros no estamos dispuestos a hacer.

Vamos por la vida sin saber quiénes somos, esperando que otros nos definan con un sueldo, un puesto o incluso con un guiño en la barra de un bar. Sin que nada tenga sentido más allá se soportar el miedo por la que nos cae encima. Sin esbozar por un momento quiénes deseamos ser en función de lo mucho que podemos compartir y no en base a lo que deseamos recibir. Siempre esperando que cambien los demás y que todo sea distinto a como es ahora para dar el primer paso.
Y se comprende. No es fácil. Nuestras creencias nos recortan y limitan. Nos han educado para ser rebaño y para creer que o eres oveja o eres lobo, cuando lo que se trata es de salir del cuento y del redil y arriesgarse a pensar de otro modo.
Buscamos líderes que nos guíen y luego en nuestra vida nos déjanos pisar y pisamos. Somos incapaces de ponernos en piel ajena y enfocarnos en lo que realmente queremos ser.
¿Cómo pedir que otros sean lo que no somos nosotros?

Siempre estamos mirando al mundo y esperando. Siempre esperamos que pase algo que nos cambie la vida. Que llegue algo nuevo ahí afuera que nos salve de ese destino terrible que tanto nos asusta. Siempre buscando algo que no será más que un parche para poder seguir buscando parches en lugar de nuevas formas de ver la vida y de actuar en consecuencia.

Siempre soñando que algo o alguien nos salve de nosotros mismos y nuestro miedo a vivir. Algo que nos dé esa seguridad que nos permita seguir a flote entre tanta incertidumbre, pero no demasiado, no sea que tengamos que replanteárnoslo todo.

Esperamos que otros nos valoren cuando no nos valoramos.

Esperamos que nos traten bien cuando nosotros nos tratamos mal.

Esperamos que otros nos den oportunidades que nosotros ni siquiera visualizamos para nosotros mismos. Siempre esperando que el mundo nos dé lo que nosotros no nos damos.

Yo también lo he hecho y lo hago. A menudo me sorprendo esperando que me lancen un salvavidas para no tener que seguir mirando en mí y descubriendo mis miserias y creencias más arraigadas, para evitar sentir mi miedo y atravesarlo. Me encuentro enfadada porque algo no es como creo que debería y luego me doy cuenta de que no estoy aceptando ni abriendo mi mente para permitir que sea como es.

Dejemos de buscar líderes porque no van a aparecer, a estas alturas ya nos tendríamos que haber dado cuenta. Lideremos nosotros.
No hace falta un despacho, ni una gran empresa. Se lidera a sorbos, a pequeños pasos. Se lidera en silencio. Se Lidera desde todas partes si se decide, pero hay que tomar esa decisión. Hay que usar la inteligencia emocional más allá de cuatro frases que motivan tres minutos y dejan días de desazón y culpa porque no las aplicamos.
Lidera una madre durante la cena con la conversación que tiene con sus hijos… Lidera el panadero cuando mima el pan que vende para ofrecer lo mejor. Lidera el atleta cuando además de llegar a la meta el primero decide llegar bien… Lidera la bióloga en un laboratorio recordando para qué pasa tantas horas investigando y recordando a las personas… Lidera el maestro cuando además de enseñar decide aprender… Lidera la abogada recordando la justicia… Lidera ese niño que va a su compañero que está en un rincón y le pregunta si quiere jugar. Lideras tú cuando sales a la calle cada día y, a pesar de no tener muchas ganas de nada porque tienes mil problemas encima que no sabes cómo solucionar, respiras hondo y das gracias por estar. Y decides confiar en ti.

Lo que nos hace falta es dejar de mirar a otros esperando que sean y ser nosotros lo que buscamos y necesitamos. Y compartirlo. Y transpirarlo. Y ser coherentes. Y caer y equivocarnos pero siendo lo que realmente somos.
Necesitamos conocernos y aceptarnos para respetarnos y respetar a otros.
Así podremos dejar de buscar y concentrarnos en ejercer de nosotros mismos liderando nuestras vidas y aprendiendo por el camino.
Ya basta de mirar fuera esperando la solución… Porque está dentro. Hasta que no nos sumerjamos en nuestra oscuridad, la luz que mostraremos al mundo será una luz de emergencia efímera que pide socorro o deslumbra y no un faro que alumbra y guía en el camino…

Esperamos ser reconocidos cuando nosotros no nos reconocemos y buscamos a alguien que nos guíe cuando no sabemos ni a dónde queremos ir.

Y no hace falta que sea un solo faro, hay miles, millones…

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

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Cuando dar es recibir


 

 

 

No es ni siquiera por lo que das, es por lo que agradeces… Es por lo que eres, es por la maravillosa sensación de sentir que mereces, que lo hermoso está en tu vida y en ti. Por mirar alrededor y ser capaz de ver la belleza en cualquier rincón y sentirse tocado por algo más grande que tú, algo compartido, algo precioso que sólo ves cuando decides ver y sólo tocas cuando primero decides que puede ser tocado.
Es la sensación de dar la vuelta a tu vida en un segundo y ver que llueve y sentir la lluvia, en lugar de añoranza del sol… Sentir que casi no cabes en ti mismo porque tu grandeza no se mide, ni tasa, ni encierra en una habitación… Es reconocerla y sentir que la compartes, que cada paso que das adelante es un paso colectivo. Que los que te rodean están igual que tú pero tal vez algunos no se han dado cuenta de lo mucho que valen y pueden aportar. Y tu mirada tal vez se lo haga evidente y puede confortarles si lo desean.
No es para que te den las gracias, es porque sientes la gracia de poder dar y compartir. De acercarte a otro y abrazar su dolor o su tristeza sin dejar de ver su poder, su capacidad, su fortaleza… Mirar al ser humano y no a la circunstancia y compartir desde ahí, no una limosna sino algo que esa otra persona merece de pleno derecho y que temporalmente estaba en tus manos…
Desde ahí se da con toda la consciencia y las consecuencias y lo que se recibe es inmenso, indescriptible, inconmensurable, imposible de definir con palabras… Tiene que ser sentido. Es la inmensa gratitud del que da y nota que no pierde nada, sino que multiplica, que comparte, que devuelve la coherencia y el equilibrio a tu vida porque se siente pleno.

Das porque amas y mientras lo haces recibes mil veces más. Das sin esperar nada porque te sientes tan pleno que no necesitas más. Das acompañando, no desde arriba, como quién se siente superior. No desde abajo, como el que espera ser reconocido y valorado y pide migajas. Das porque eres abundancia y sabes que lo que das está en ti, que lo creas y fabricas y quieres compartirlo, necesitas compartirlo porque sabes que no es sólo tuyo…

Das como algo natural que se deriva de tu condición de ser humano que se siente afortunado, agraciado, que se respeta y se valora, que se conoce y sabe cuál es su lugar.
No es lo que das, es para qué. No para que se sepa, ni se note, ni se te devuelva… Das porque no puedes evitar compartir esa sensación deliciosa de saber que hay para todos, pero no a todos les está llegando y necesitas que pase. Das porque no se trata solo de dar un pedazo de pan ni unas buenas palabras, sino de recordarle a otro ser humano que lo merece, que también es suyo, que no es lo que le pasa, es lo que es… Que su valor está fuera de duda y ahora no lo recuerda, pero merece lo mejor de la vida.
Das porque sientes una gratitud inmensa dentro de ti que pide ser contada y explicada, compartida…
Notas cuando das de verdad, sin artificio, sin pompa ni foto, porque recibes más siempre. Porque te transformas, porque no sientes que pierdes sino que ganas mucho más… Porque repones reservas de entusiasmo, de alegría, de gratitud y de paz de forma inmediata… Porque te sientes inmensamente rico sin tener que comprobar tus cuentas, porque te sientes inmensamente amado estando contigo, porque no piensas que nada te falte…

Vamos por la vida mirando con recelo a los que la comparten con nosotros. Algunos conocidos, otros todavía por conocer. Juzgamos a los demás a través de nuestros miedos, nuestras creencias y nuestras propias limitaciones. Les ponemos etiquetas y les exigimos todo aquello que a veces nos duele tanto exigirnos a nosotros mismos. Nos proyectamos en ellos y les pedimos que nos salven, que nos escuchen, que nos curen, que nos hagan sentir valiosos, que nos respeten… Les pedimos que hagan aquello que a veces no somos capaces de hacer por nosotros mismos, que cubran el vacío enorme que llevamos dentro, que sean la solución a nuestro dolor y el refugio seguro ante nuestro miedo atroz a no llegar, a no parecer, a ser desterrados y no pertenecer… Cuando en realidad, la magia llega cuando hacemos todo lo contrario. Cuando les miramos como soñamos ser mirados, cuando les escuchamos como necesitamos ser escuchados, cuando les damos la oportunidad que no nos damos y tanto merecemos… Cuando les contemplamos sin esperar ni medir, cuando al juzgarles nos damos cuenta de que habla nuestro resentimiento y nuestras creencias y no nosotros mismos y decidimos esperar para conocer… Presumiendo inocencia y cambiando la percepción que tenemos de todo lo que nos rodea. 

Escatimamos incluso nuestro talento porque nos parece que compartirlo es  perderlo, porque tenemos la sensación de que lo podemos perder o lo se pueden aprovechar de él y eso atenúa nuestro brillo… Como si la luz que somos se apagara al usarla para alumbrar a otros y ver que encienden la suya… Como si su luz nos eclipsara. 

Vamos por la vida esperando que otros nos den lo que creemos necesitar cuando en realidad la única forma de conseguirlo es ser nosotros lo que buscamos. Ser nuestro pilar, nuestra fuerza, nuestra alegría, nuestra esperanza y compartirla. Convertirnos en lo que buscamos, ser nuestra propia solución y aportarla… Contagiar aquello de lo que esperamos ser contagiados. Ser la música que deseamos escuchar. 

Dar lo que deseamos recibir porque nos sentimos tan plenos que sabemos que no nos falta. Agradecer lo que vemos, lo que somos, lo que está en nuestra vida… Dar para ser y no para tener, porque reconoces que ya eres eso que buscas y anhelas, porque no esperas que otro te dé lo que tú ya llevas dentro. 

Hace un rato, alguien me contaba una buena noticia. El final de un proceso doloroso, ganado a pulso, superado, vivido como un camino largo pero lleno de esperanza… Y le daba las gracias por ser ejemplo, por ser vida y compartir la vida… Porque cada vez que uno de nosotros da un paso adelante y sube un peldaño más en esta complicada escalera de la vida, lo subimos todos… Cada vez que compartimos, recibimos. Cada vez que somos lo que realmente somos, estamos haciendo camino para que otros sean y ellos a su vez también nos hacen el camino… 

Esta capacidad de dar se concibe solo desde el amor a uno mismo, la autoestima de saberse pleno y permitirse ser, de darse a uno mismo lo que ama y merece, de pensar en lo que se necesita y dedicarse tiempo. Sin ese paso previo, es casi imposible dar y agradecer a la vida lo suficiente como para compartir toda la belleza y abundancia que hay en ella. Para dar hay que sentirse lleno, próspero, amado, respetado, inmenso, repleto… Si no es así, el maravilloso ejercicio de compartir se convierte en una transacción pura, en un intento desesperado de hacerse notar y demostrar algo, de conseguir respeto ajeno, de esperar algo a cambio…

Cuando das porque deseas dar, todo regresa, todo se expande… Nada te hace sentir más tu verdadera grandeza que dar desde la gratitud del que sabe quién es y lo mucho que merece… Del que comparte porque necesita que otros sientan ese mismo amor por la vida… Nada te hace tan grande como la humildad de compartir lo que eres sin esperar nada más que la maravillosa sensación de sentir que compartes. Justo en ese momento mágico, te das cuenta de que desde ese lugar de gratitud inmensa, dar es lo mismo que recibir. 

Nada, nada transforma tanto tu vida. 

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

 

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Todos hablamos de cambio, pero esperamos que cambien los demás…


Se habla mucho de talento, de aportar y servir a los demás, de liderazgo y de nuestras habilidades blandas. Se habla de inteligencia emocional, de trabajo en equipo y de empatía.

Cuando digo «se habla» también me refiero a mí, porque me dedico a acompañar a las personas y organizaciones para desarrollar estas habilidades. Sin embargo, tengo la desagradable sensación de que esta sociedad todavía no se lo cree. Lo comenta con avidez, pero espera que lo haga otro, lo desea pero sigue aferrada al esquema antiguo, a la absurda creencia de ir «a lo seguro y no hacer ruido» (como si la incertidumbre no nos hubiera demostrado ya que vino a quedarse) y diluirse en el grupo esperando que no les toque a ellos dar la cara.

No, no nos lo creemos (uso el plural por cortesía, pero no me siento incluida, aunque a veces cuando el cansancio me vence, cedo y me dejo arrastrar, lo admito). Hablamos de aprender a escuchar, pero no lo hacemos. Se nos llena la boca de empatizar pero no nos ponemos nunca en la piel de otro y nos perdemos el gran aprendizaje de compartir. Damos lecciones de cómo gestionar emociones pero luego nos llevamos a casa la rabia acumulada por un problema en el trabajo y culpamos al compañero de nuestra falta de iniciativa y de confianza en nosotros mismos.

De liderazgo hablamos mucho, mucho. No hemos comprendido que no tenemos que esperar al líder, tenemos que ser el líder de nuestra vida. Aunque estemos en lo que podríamos definir como «el último peldaño de la empresa» (todo trabajo aporta e importa) somos valiosos y podemos llevar el timón de nuestra carrera profesional. Nosotros decidimos si hacemos nuestro trabajo de forma excelente o pasable. Sin listones demasiado altos, sin desgaste, sin tener que dejarse la piel porque no somos esclavos, pero con ganas, aprovechando la oportunidad para aportar y poner nuestro valor en lo que hacemos.

Buscamos un guía y luego le criticamos, le ponemos la zancadilla y esperamos que caiga porque en el fondo pensamos que si fracasa eso nos permitirá quedarnos quietos y no pasar tanto miedo. Queremos liderar y no paramos de compararnos con otros en una espiral sin sentido, puesto que nadie es igual que nadie y cada ser humano tiene cosas para aportar. ¿Cómo vamos a liderar nuestras vidas si no nos conocemos ni aceptamos? ¿Cómo vamos a liderar nuestras vidas si no aceptamos a los demás y nos pasamos los días intentando que cambien y sean como nosotros hemos decidido que deben ser? ¿Cómo vamos a liderar nuestras vidas si estamos esperando a que las circunstancias cambien para cambiar nosotros?

Hablamos de innovar, de cambio, de nuevos tiempos (hablábamos de nuevos tiempos ya hace años) pero seguimos valorando el presentismo en la empresa, el tener más horas las posaderas en la silla y aparentar que hacemos, el presentar un informe del informe, el hacer una reunión inútil sin tomar decisiones ni conllevar consecuencias. Hablamos de flexibilidad y la aplicamos con la máxima rigidez…

Sí, también hablamos de felicidad y bienestar en las empresas. Es posible, hay grandes ejemplos… Sin embargo eso no pasa sólo por pagar una formación a los empleados para que se conozcan y aprendan a comunicar, pasa por transformar la organización de arriba abajo y pensar en las personas, enfocarse a producir «con alma» y a veces, convertir los medios en fines. Pasa por abrir la mente y plantearse que tal vez hemos vivido implantando esquemas rancios y rígidos, cuestionarse todo a ver qué queda de lo que pensábamos que era inamovible y qué nos motiva… Pasa por construir un ambiente motivante y permitir que tu equipo se motive solo, dejarle margen, dejar que se exprese, que haga mover su talento y sus ganas… Hablamos de teletrabajo pero seguimos sin confiar, sin respetar los tiempos, sin valorar lo que se hace en casa y el esfuerzo que están llevando a cabo muchas personas para salir adelante.

Hablamos de una nueva forma de hacer las cosas pero el discurso está vacío, es fachada, maquillaje, postureo, apariencia… Porque seguimos mostrando el yugo a los que dependen de nosotros, seguimos usando el miedo porque hace tiempo que hemos hecho que nos pierdan el respeto por cómo les tratamos… Hablamos mal de la empresa en la que trabajamos y esperamos luego que funcione, queremos sentirnos cómodos en ella cuando cada día la enmarañamos con nuestro mal humor y pocas ganas de seguir, sin cuidar las formas, ni los espacios, ni a los que nos acompañan.

Hablamos de cambio sin querer cambiar esperando a que la iniciativa la lleve otro y nos haga el camino, así si si luego sale mal podremos criticar y culpar y no nos sentiremos responsables de nada, porque la responsabilidad y el compromiso asustan.

Se habla de personas y de equipo pero no se les pregunta, no se les escucha, no se les conoce, no se invierte el tiempo sabiendo qué le motiva y qué le interesa. Se dice que eso es «perder el tiempo» cuando luego se malgasta en reuniones absurdas y se repiten las cosas una y otra vez porque no se le encargan a la persona adecuada porque no se conocen las habilidades de cada uno ni su potencial.

Hablamos de marca personal y nos perdemos en el «y tú más» cuando no somos capaces de listar en voz alta nuestras fortalezas ni debilidades, nuestras metas, nuestras habilidades, nuestras inquietudes…

Se habla mucho y es necesario ( hay grandes profesionales inspirando en ello) pero ha llegado el momento de actuar, de ponerlo en marcha aunque cueste, aunque suponga una revolución, aunque se levante ampollas, aunque suponga repensarlo todo de nuevo… Y hay que hacerlo con amabilidad, con palabras, con asertividad, con humildad, con todas las ganas de aportar y salir fortalecidos. Este es el momento porque si no lo hacemos, el barco se hunde.

Se habla mucho de todo, pero hay pocos que se lo crean y hagan cambios reales y no estéticos. Pocos que estén dispuestos a ver cómo el suelo se tambalea más para encontrar al final algo firme y construido a partir de nuevas formas de trabajar… Pocos dispuestos a ser el primero pero ponerse el último de vez en cuando para acompañar.

Se habla de cambio, pero en el fondo, nadie quiere cambiar porque asusta, porque el camino es complicado, porque es incierto… Porque esperamos a que cambien los demás y nos allanen el camino y nos cuenten los trucos y las trampas que hay en él, pero la experiencia del cambio es individual y colectiva al mismo tiempo y nadie la puede vivir por nosotros.

Pensamos que si no nos movemos estamos a salvo, pero no nos hemos dado cuenta de que en realidad todo se mueve y la única forma de seguir adelante es ponerse en marcha. 

 

Gracias por leerme. Te invito a entrar en mi web para descubrir lo que hago… 

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