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la rebelión de las palabras


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Porque te respetas a ti mismo


Una vez alguien me preguntó en un curso sobre empatía por qué tenía que respetar a los que no respetan. Y lo que se me ocurrió es responderle «porque te respetas a ti mismo».

¿De verdad estamos dispuestos a dejar de ser de esas personas que respetan a los demás por lo que ellos hagan o digan? ¿De verdad nuestro estado de ánimo y valores cambian por un mal ejemplo? Lo digo porque el que intentan ofendernos, sí digo intentan, porque el hecho de conseguirlo depende de nosotros enteramente, está intentando que modificarnos, manipularnos, malearnos para que hagamos lo que desea y nos sintamos como quiere que nos sintamos.

Diré algo más. Ni siquiera lo hace por nosotros, lo hace por él mismo. Nos pasamos la vida proyectándonos en otros. El otro día lo contaba en otro artículo y alguien me decía que le parecía asombroso, pero el que te insulta no habla de ti, habla de él. Te está usando como espejo y se ve reflejado y lo que ve le duele y eso hace que descargue su rabia contra ti.

Ya sé que no es fácil en esta sociedad que vive en visión túnel permanente y que sólo se mira el ombligo no responder al que podríamos definir como imperdonable y escandaloso estímulo del insulto fácil. Basta en entrar en redes para ver como gente que no se conoce de nada se arranca la piel a tiras tras el anonimato. Como descargan su rabia, su ira, su frustración desde perfiles a veces falsos y otras verdaderos… Basta con ir por la calle y ver cómo deambulan algunos y la poca empatía que usan, la poca solidaridad y la desgana que destilan. No merece para nada entrar en ese juego, aunque sé que no es fácil, a mí a veces me vencen las ganas de demostrar y tener la razón. Sin embargo, no es un camino, es una espiral, nunca termina… Y podemos respetar su angustia, su rabia, su dolor sin tener que reír sus gracias ni tenerlos a nuestro lado.

Hay algo que tengo claro desde hace tiempo, que no importa el problema que tengas, la solución siempre es la misma… Ámate. No es que al amarse te aparece un coche magnífico en el garaje, el empleo de ensueño o una pareja que te adora. Es que al amarte descubres que no necesitas nada eso para estar en paz contigo y que no te importa qué piensan otros. Es que al marte descubres lo mucho que te has rechazado y alejado de ti cosas hermosas y buenas porque no creías merecerlas.

Las personas que destilan odio hacia ti no te odian, se odian a ellas mismas en realidad. Sólo hace falta ver lo demacrado que queda el “odiador” y la cara lozana que sigue teniendo el odiado. Y como siempre explico cuando hago formación, es su problema, no es personal. Lo que pasa es que si te afecta (es normal, por supuesto) es porque das credibilidad a sus palabras. Y la persona sabia lo que hace entonces es parar, respirar, darse cuenta de que el que te usaba de espejo para ver su dolor es también tu espejo, y deciden usar esa información para evolucionar y aprender. Para poder dejar de estar expensas que nadie más quiera ofenderte.

Si alguien te insulta y te crees ese insulto, le estás dando cancha a él y a otros para que sigan machacándote con ello. Si decides darte cuenta de que te lo has creído porque todavía no te valoras suficiente y no te conoces y ni reconoces tus debilidades y fortalezas, das un paso adelante en tu autoestima.

Cuando te aceptas totalmente te da igual lo que piensen. No te gusta, tal vez, sólo faltaría, pero dejas de tomártelo como una ofensa personal y empiezas a ver a esa persona como lo que es realmente, alguien que pide socorro de malas maneras porque no se soporta.

¿Acaso crees que el que te grita se ama? ¿Crees que se respeta a él mismo?

Y con ello no te hablo de aguantar, nada de eso. Pon límites y si es necesario échale  de tu vida, pero usa la experiencia para reconocerte y amarte más. Para ver cuáles son tus debilidades y tus fortalezas, para dejar de necesitar que otros te den el visto bueno y te acepten.

Toma el regalo envuelto en papel de periódico sucio que es el insulto y sigue adelante.

Y mira a esa persona como alguien perdido que todavía cree que pisando a otros podrá sobresalir y parecer mejor. No entres en ese juego porque tú te respetas.

Alucinarías como cambian las personas que te rodean cuando tú cambias. Cuando decides mirarlas de otro modo y dejar de estar pendiente de si te valoran o aprecian. Cuando las miras y no ves al borde que siempre dice las cosas sin tacto sino a esa persona que siente tanto dolor y rabia que no puede todavía expressar amabilidad con sus palabras.

Ya lo sé, parece un ejercicio heroico insostenible que no sirve para nada. Parece casi una tomadura de pelo. Sin embargo, no creo que haya nada que te transforme tanto como amarte a ti mismo y la compasión es una consecuencia directa de ello. Cuando te amas, dejas de percibir al otro como una amenaza porque confías en ti y en tu capacidad. Cuando te valoras, empiezas a reconocer las fortalezas y talento en otros y no ves que te haga sombra sino la posibilidad de aprender y sumar contigo. Cuando te amas, reconoces el sufrimiento en otras personas que todavía no han dado ese gran paso hacia el amor propio y viven ese dolor sin poder compartirlo. La compasión es lo que te permite ver la niño vulnerable y no al tirano sin tener que someterte a la tiranía porque ya has aprendido que no te sometes a nada.

Eso sólo se logra desde al amor.

Esta sociedad en la que vivimos premia el grito, el insulto, el miedo. Te invita a ver la vida sólo como un marcador, un resultado, un lamento, una queja… Te dice que la vulnerabilidad es de débiles y que la compasión es para los que se conforman. Nada más lejos de la realidad. La compasión es para los fuertes. Para los que se conocen tanto a ellos mismos y confían tanto en su capacidad de amar y seguir adelante que saben que pueden permitirse parar para recalcular, para sentir, para pensar sin ataduras ni creencias, ni esquemas establecidos. Para los que se sientan al lado de una persona con un problema y ven a la persona y no al problema. La compasión es para los que se valoran tanto que pueden permitirse dar un paso atrás para tener la mano y compartir el camino porque no compiten, porque saben que ya han ganado… Porque no buscan sólo un resultado, quieren la experiencia y desean compartirla.

La compasión es para los que tienen la fortaleza de renunciar a lo viejo y lo rancio y se abren a nuevas ideas y nuevas formas de vivir que no perjidican a otros.

Para los que no mendigan cariño, ni respeto, sino que como ya lo tienen pueden compartirlo.

No caigas en provocaciones, tu paz no vende. Tu coherencia no se alquila.

¿Por qué respetar a los que no respetan? Porque te respetas, porque tus valores no dependen de lo que otros dicen o hacen… Porque te quieres lo suficiente como para seguir queriéndote digan lo que digan y deseas siempre lo mejor a los demás.

Porque vives en paz contigo mismo y necesitas hacer la guerra. A veces, es tan sencillo como tomar la decisión de cambiar de gafas y ponerse las gafas de la compasión, las gafas del que no va por la vida colgando etiquetas que luego limitan su forma de pensar y actuar. 

¿Por qué respetar al que no respeta? Porque te respetas a ti mismo.

 

GRACIAS POR LEERME E INICIAR CONMIGO ESTE CAMINO COMPLICADO PERO MARAVILLOSO… 

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Yo en tu lugar…


Te propongo un trato.  Tú, si quieres, me cuentas tu historia y yo me callo. No espero a que hagas pausas para hablar de mí y decirte que a mí me pasó lo mismo… No me paso el rato construyendo una respuesta ni pensando que estoy por encima de tus miedos y lamentos… Ahora no soy yo protagonista sino tú. 

Tú me hablas y yo respeto tus silencios porque sé que todos y cada uno de ellos tiene un sentido y está impregnado de la misma necesidad de comunicarte que todos tus gestos y palabras.

Tú me hablas y yo no te juzgo ni pienso que yo en tu lugar estaría menos triste, menos cansada, menos preocupada, menos enfadada, menos rota, que sería más valiente o que habría solucionado el tema hace años porque no es verdad. Porque yo en tu lugar estaría igualmente perdido y agotado, habría llegado a las mismas conclusiones y necesitaría mucha ayuda… Porque si yo fuera tú, tendría tus creencias y miedos, habría sido educado y limitado de la misma forma y ahora estaría en tu piel, sentado, esperando que alguien me escuche sin juzgar ni tener que sentir vergüenza de nada. 

Tú me hablas y yo te escucho. Te escucho con todo mi ser, no sólo con mis oídos. Te escucho con mis manos que si me permites tocan las tuyas para que además de verme cerca, me notes contigo. No voy juzgar ni etiquetar tus gestos, tus palabras, tus silencios, tus pensamientos. No voy a recortarte en mi mente y luego transmitirte ese idea recortada y limitada de ti porque ni la necesitas ni te ayuda en nada. 

Te escucho con mis brazos que se abren para recibir tus palabras…

Te escucho con mis ojos que miran los tuyos sin invadirlos, diciéndoles que me importas, que quiero saber qué sientes y que si me lo pides, buscaré alguna palabra que te conforte y que no te exija y si no la encuentro me callaré.

Te escucho con mis gestos y con el espacio que ocupa mi cuerpo en el espacio que nos separa, para que nos una, para que sepas que estoy para ti, sin prisas ni compromisos… Sin que escucharte me obligue a opinar ni decir nada que tú tengas que cumplir u obedecer. Sin liturgias ni ceremonias más allá de respirar. Sin que tengamos que solucionarnos la vida aquí y ahora… No espero nada, solo te regalo paciencia y presencia. 

Te propongo un trato. Tú me miras y yo te miro. Y puede que no tengamos que decir nada más ni necesitemos saber nada nuevo, como si toda la sabiduría del mundo estuviera contenida en una mirada… Toda la sabiduría que necesitamos para superar esta tarde quebrada por tu miedo  y tu angustia está ya en nosotros y sólo necesitamos encontrar el interruptor que nos permita abrirnos a ella.

Tú sueltas tu necesidad de gustarme y yo de ser perfecta. Tú lloras si quieres y yo honro todas y cada una de tus lágrimas. No te pido que te calmes, ni que ceses tu llanto, ni que sientas nada que ahora de ningún modo podrías sentir… No te pido que superes nada, no te exhorto a que ahora lo veas todo distinto, no te apremio para que olvides nada, no te cuento ningún cuento más triste para que sientas que tu cuento no es suficiente triste para conmoverme… No intento hacerte reír si no te sale para que fuerces tu risa y te olvides de explorar esa tristeza que aflora en ti y que es sano conocer y aceptar… Eso es empatía.

No busco palabras para ti, ni recetas mágicas, ni historias de monjes  budistas que sueltan piedras y superan miedos… Eso ya llegará otro día. No voy a negar tu dolor ni minimizar tu sufrimiento diciendo algo absurdo.

Hoy estoy aquí y respeto tu deseo gigante de no hacer nada ahora para salir de tu cueva. Tu necesidad omnipresente de seguir lamentando lo que pasa y no superarlo hoy porque estás cansada. Acepto tus quejas y tus respiraciones entrecortadas… No voy a intentar animarte, ni arrastrarte a una nueva vida. No voy a pedirte que sonrías ni que disuelvas tu dolor en un café, un pastilla o una serie absurda en la que dos se aman y no lo saben… No hace falta ahora. No hay urgencia, solo silencio y paz. 

No voy a darte normas para pasear por tu vida porque a mí ya me cuesta pasear por la mía. No voy a insistir en que debes amarte más porque si todavía no te amas es que no puedes todavía o no sabemos cómo. No voy a recomendarte que leas libros ni te apuntes a cursos que ahora no aprovecharías.

No voy a pedirte que seas otra persona porque crea que yo en tu lugar no sería como tú o actuaría de otra forma… Porque además sería mentira. Porque yo en tu lugar sería tú y sentiría el mismo dolor, el mismo miedo y vería la misma sombra. 

Estaré aquí, porque quiero, para cuando decidas tú levantarte, si quieres que te acompañe un rato.

Te propongo un trato… Vamos a compartir este momento sin expectativas. Sin límites, sin pensar a dónde nos lleva, sin buscar soluciones, sólo para que sepas que me importas. Que sepas que estoy para ti. Que sepas que cuando puedas, yo puedo contigo. 

 

GRACIAS POR LEERME E INICIAR CONMIGO ESTE CAMINO COMPLICADO PERO MARAVILLOSO… 

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Y al final… ¡Un ser humano!


Una empresa de mensajería ha tardado tres semanas en recoger un simple paquete y me han ninguneado hasta la saciedad, pero les volveré a contratar… ¿Quieres saber por qué? Te lo cuento.

Días antes de Navidad un amigo de redes me pidió uno de mis libros dedicados. Una operación que no parece complicada ¿Verdad? pido uno de mis libros, lo firmo con cariño y lo envío por mensajería para llegue a su casa. En estos tiempos, en pleno confinamiento físico y casi mental, esta es una realidad casi diaria. El caso es que la primera parte se demoró un poco por las fechas, pero la segunda se ha alargado hasta ayer. La empresa de mensajería que contraté y pagué lo hizo TODO al revés, TODO.

Cambió sin avisar fechas de recogida y mi dirección, que estaba bien escrita en el pedido porque les prometo que sé dónde vivo, también. El caso es que para hacer cambios, tras recibir día sí y día también un mail diciéndome que no era posible recoger el paquete sin que nadie me preguntara nada, tenía que hacerlo vía web o por teléfono. En la Web había un laberinto imposible en el que no se permitía ese cambio, solo el de horario de recogida, algo que no era necesario porque he estado en casa cada día pendiente del tema (trabajo en casa, por suerte y nos hemos turnado para ello). Y por teléfono… Ay, por teléfono. Un 902 en el que hablabas con una máquina que siempre decía que no me entendía. No sé, la verdad, no soy perfecta ni de lejos, pero yo diría que la mala dicción no es uno de mis defectos. Estuve días frustrada y enfadada con la máquina. Nunca conseguí que un ser humano se pusiera al otro lado para responder y solucionar el problema, cosa que hubiera sido posible en medio minuto.

Aquí quiero abrir un espacio de reflexión sobre si debería ser legal que una empresa no te permita plantear reclamaciones y solo te ofrezca la opción de comunicarte con una máquina. Sobre todo porque nunca existe esa opción programada y hay temas que no se pueden definir con una palabra o concepto. Es cada vez más común, el servicio de atención al cliente ponen a un ordenador que te hace perder tiempo y no soluciona nada. Cosa que demuestra que en el trato humano, las máquinas no suplen a las personas y no porque les falte empatía (que también, por supuesto) porque todavía están a años luz de dar un servicio decente. El caso es que es cada vez más común y eso no solo nos hace perder tiempo y dinero, sino que nos deja indefensos a la hora de reclamar derechos.

No solo lo hacen las empresas privadas, en las públicas también pasa y conseguir que te pasen “con un agente” es casi una proeza. Bien, en el fondo no quiero hablar de eso, no quiero perder el tiempo ahora pensando en si las máquinas nos van a superar porque están programadas por personas. Tal vez la pregunta sería ¿Qué tipo de personas las programa y con qué fines? y no me refiero al programador sino al que decide ofrecer ese servicio a sus clientes y están en un despacho haciendo cuentas y contando beneficios.

Quería hablaros de la rabia que acumulé y lo molesta que me sentí ante la situación. No solo por mí sino por mi amigo. Detesto no cumplir mis compromisos y no hacer las cosas lo mejor que puedo. Me sentí estafada y vulnerable. Estuve trabajando en estas emociones, como siempre, para ver qué aprendía de todo esto. La verdad es que no veía la luz al final de túnel para que al menos esto me sirviera para aprender algo de mí, además de la decisión de no volver a contratar los servicios de esta empresa.

El caso es que en un momento milagroso, una persona cercana a mí, volvió a llamar al 902 y habló con ella, con la máquina. Después de una hora y muchos euros, consiguió cambiar algo. Según parece, esa persona debe de tener una dicción más clara que la mía o la máquina habría tomado más café y estaba más despejada ese día. Quién sabe si está programada para hacerte caso cuando has pagado lo suficiente en la llamada como para darte la recompensa de un servicio eficiente como el que ya habías pagado… Sé que tal vez debería haber dado por finiquitado el tema mucho antes, pero admito que ya veía que no iba a recuperar el pago realizado y quise esperar un poco el milagro.

Al final, se hizo la luz y vinieron a buscar el paquete.

Sonó mi teléfono. Era José, un chico educado y amable, que se identificó como el mensajero de la empresa en la zona. Lo siente mucho, “fue cosa nuestra”, dice y yo casi me emociono ante tanta humildad y empatía. No me lo podía creer. ¡Al fin, un ser humano que habla! José me dice que pasa a veces y que lo lamenta, pero que no me preocupe, que si tengo algún paquete que enviar, lo haga todo igual y luego, si hay error, no me moleste con llamar a la máquina, que es perversa, que le llame a él a este móvil. “Yo se lo recojo a una hora concreta sin hacerla esperar, y todos salimos ganando” y “si hay algún problema, me lo dice a mí y yo intento solucionarlo y no pierde dinero usted”.

Vaya, me pregunto cuánto cobra José. Me pregunto si entre sus funciones está la de subsanar los errores del departamento de atención al cliente de esta empresa enorme que debe facturar, más en estos tiempos, mucho dinero. Me pregunto por qué la empresa no contrata a José y le da un sueldazo y un despacho y le pone a formar a los jefazos del departamento en estrategia, liderazgo y comunicación empática. Me pregunto por qué las máquinas se usan no para ponerlas al servicio del cliente sino para ponerle todas la trabas posibles y hacer que desista y la empresa se quede el beneficio…

Pues sí, José, contigo sí. Les has salvado el trasero. Me quedo con tu teléfono y tu profesionalidad. Con tus ganas y tu empeño por solucionar mi problema.

No es tan difícil. Esto va de escuchar y servir. De ofrecer un servicio de calidad para que el cliente se fidelice, no para espantarlo y que no vuelva. La excelencia no está reñida con los beneficios, el contrario. Puede que en el primer momento nos parezca que es lo contrario porque requiere invertir, en buenos profesionales, en formación y sobre todo hacer un cambio de mentalidad y abrirse… Eso hace que los trabajadores están satisfechos y aporten ese plus que tiene José, al menos conmigo. Eso hace que se cree un equipo y se vaya a la una para salir adelante. Y sobre todo, que se atienda al cliente como merece, que para eso pone su confianza y su dinero en sus servicios y productos. Es un camino que requiere hacer cambios pero que lo cambia todo… Eso es lo que hace que el cliente repita y no busque otras opciones.

La inteligencia emocional, a veces, lo cambia todo. TODO. 

Las formas importan y mucho. Somos seres humanos, todavía. Merecemos lo mejor. Que no se nos olvide, ni a la hora de ofrecer productos y servicios, ni a la hora de contratarlos y comprarlos.

Gracias José. Hasta la próxima. Lamento que seguramente en la empresa no vean tu gran potencial. 

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta soy consciente).

Si quieres saber más sobre Inteligencia Emocional, tanto en el mundo de la empresa como en el personal, te invito suscribirte a este canal de Youtube en el que puedes encontrar muchos recursos gratuitos sobre el tema.

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En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

 

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