merceroura

la rebelión de las palabras


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Lo que te pasa cuando dejas que te pase…


sombra

Cada vez te sientes más libre e ilimitado. Te aguantas más las penas que las risas y has descubierto que no te compensa enfadarte ni macerarte en tus pequeñas tragedias. Que por más que grites no guardas más verdad, que por más que te golpees a ti mismo con tu rabia, no cambias nada…

Cada vez sueñas más a lo grande, más concreto y con más detalle… Aunque cada vez, al mismo tiempo, te importa menos conseguir tu sueño y te gusta más intentarlo, ponerle las ganas… Porque sabes que tus sueños por si solos, si los vives, ponen en marcha la magia… Y adoras esperar esa magia.

Cada vez te duele más lo que no haces que lo que haces mal. Porque amas tus errores y detestas tus temores, porque prefieres vivir en exceso que vivir por defecto… Porque hace tiempo que decidiste que nunca más andarías con el piloto automático puesto.

Cada vez le temes menos al lobo y más a la caperucita que llevas dentro. Esa niña temerosa que nunca se atreve a nada y necesita controlarlo todo… Esa persona que llevas en el pecho y que aún, a veces, deja que el espejo dicte si ríe o llora, si sale o se queda en casa para aislarse del mundo…

Cada vez eres más capaz de mirar dónde pones los pies cuando caminas. De maravillarte de la tierra que pisas y del aroma que flota en el aire… Cada vez tus tesoros son más intangibles y pesan menos. Y adoras lo que no se mide, lo que no se pesa, lo que no se encierra en una caja y que, a veces, apenas se puede ver si no llevas puestas las gafas de la conciencia. Y otras, ves sin ver y notas sin tocar…

Cada vez le ganas más tiempo al reloj para hacer lo que amas y cada uno de esos instantes te roza casi como un soplo. Cada vez le temes menos al fin porque has decidido concentrarte en cada paso. Porque darías lo que tienes por comprar risa… Porque te has dado cuenta de que, en realidad, no posees nada.

Cada vez te sientes menos solo estando solo. Porque tienes historias que contarte y verdades que decirte en voz alta… Porque ya no te da miedo encontrarte contigo mismo cada noche y echarte cuentas… Porque te gusta lo que ves cuando eres quien sueñas. Porque te has dado cuenta de que estás de tu parte, por fin. Porque amas tanto al héroe que llevas dentro como al tirano que a veces asoma en tu cara cuando te sientes ridículo y tienes miedo. Porque le perdonas y abrazas…

Cada vez tienes más sin tener nada, sin aferrarte a nada ni darlo por descontado. Cada vez eras más feliz porque sí, sin buscar ni la consecuencia ni la causa. Y lloras menos de pena, porque lloras más de esperanza.

Cada vez te sientes más seguro ante la certeza de que nada es seguro… Porque has descubierto que la incertidumbre es pura energía… Porque sabes que vendrá lo mejor, pero no esperas nada.

Porque cada vez vas con menos prisa, aunque te quede menos tiempo… O precisamente porque te queda menos tiempo y necesitas actuar a conciencia. Porque sabes que todo va y vuelve y que la vida es el vaivén… El balanceo del péndulo entre los extremos, el trance desde que sabes que lo harás y lo haces.

Cada vez das más las gracias por menos y, sin embargo, te sientes más afortunado y feliz por poder darlas… Por saber darlas… Por poder ver las mil razones que tienes para darlas… Por disfrutar de dar las gracias.

Cada vez amas más y te cuesta menos… Porque cada vez necesitas menos y te das cuenta de que tienes más… Porque te importa más lo que eres que lo que tienes, porque sabes que en el fondo, no tenemos casi nada.

Porque has descubierto que crees en milagros, pero te has dado cuenta de que los haces tú.

Porque cada vez hay más de ti en ti y notas que eso es maravilloso… Esto es lo que te pasa cuando dejas que te pase…

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Algunas preguntas impertinentes


Las preguntas adecuadas son más importantes que las respuestas correctas. De hecho, no existen respuestas correctas cuando indagas en ti mismo, porque lo que es bueno para otros puede ser tóxico para ti… Incluso lo que fue bueno (o lo parecía) para ti antes puede que ahora te lleve a un callejón sin salida porque has cambiado y evolucionado.

En ocasiones, una respuesta incorrecta y poco acertada te lleva a conocer más, a esforzarte más y a ser más tú mismo.

Las respuestas muchas veces no nos sirven porque ahondamos en lo que ya sabemos, redundamos en lo que nos hace sentir cómodos y nos reafirma.  Si las preguntas que nos hacemos no son adecuadas, lo que sacamos de ellas es calderilla para nuestro desarrollo personal.  En el fondo, nos sentimos mal con nosotros mismos porque nos somos infieles y desleales. Nos mentimos, nos escondemos cosas para vivir en una tranquilidad falsa que nos permite ir tirando sin abrir la caja de Pandora de nuestras heridas pendientes y  cicatrizarlas… Eso nos corroe por dentro y nos hace vivir a medias, sin afrontar el dolor ser asumir y cambiar pero sin la liberación de ser cómo deseamos y dejar las ataduras de una conciencia encadenada a nuestros dilemas pendientes…

Recuerdo una vez, hace años, que le contaba a una amiga psicóloga que cada noche, al acabar el día hacía revisión de todo lo que había sucedido, de cada paso que había dado para saber cómo me sentía y a dónde me llevaba. Me dijo que era un ejercicio saludable pero me propuso un reto… Cuando te sientas con fuerzas, a demás de preguntarte por lo que haces cada día, intenta preguntar por lo que no haces, por lo que no te preguntas, por lo que te escondes…

Y entonces me di cuenta de que mi ejercicio era muy sano pero que para crecer tendría que ir más allá y entrar en un terreno hasta entonces oculto. Revisar lo que no había hecho y sentía que debía, que me debía a mí, no a nadie. Analizar si lo que no hacía era porque no quería, no me interesaba o me daba miedo. Ponerme a prueba.

Demasiado a menudo, nos hacemos trampa. Nos preguntamos cosas que tenemos superadas con lo que las respuesta que obtenemos son cómodas y llevaderas. Como si cada día corriéramos el mismo tramo sin intentar ir más allá o hacerlo más rápido. Nunca batimos nuestro récord, nunca nos superamos. Nos movemos en ese metro cuadrado de logro que nos gusta recordar.

Hacemos largas tesis sobre el por qué de nuestras limitaciones (las que hemos decidido imponernos) para justificarnos. A menudo son buenas, suenan bien, encajan, sincronizan con nuestra vida… Se las soltamos a los demás para excusar no ser o no llegar a dónde creemos que deberíamos llegar u otros nos han hecho creer que deberíamos y nos lo hemos tragado. Y los demás, ante nuestra ristra de excusa, a veces, opinan. Y lo que opinan no nos gusta…  En ocasiones, porque justo van a dar en el clavo y dicen lo que nosotros mismos no nos atrevemos a decirnos y nos desmontan una coartada perfecta. Otras porque no en nosotros y no tienen ni idea y lo que dicen no tiene sentido para nosotros…. La responsabilidad es nuestra por meterles en esa situación y darle tanta información adicional que no nos han pedido.

Nos justificamos ante otros pero en realidad estamos buscando coartada para nosotros. Para convencernos de que si no vamos más allá es porque no podemos, no porque no queramos. Porque nos sentimos culpables no dedicar más tiempo a un montón de cosas que pensamos que necesitan que lo hagamos. Lo más triste de todo es que en muchas ocasiones, nos sentimos culpables por algo que ni siquiera nos importa o no es cierto. Es decir, no es lo mismo ser madre y sentirse culpable por no poder dedicar suficiente tiempo a tus hijos porque trabajas mil horas y cuando llegas a casa no eres la mejor madre porque está agotada y estresada… Que sentirse culpable por no ser como tus padres querrían que fueras. En ambos casos, la culpabilidad es una amago para no ejercer la responsabilidad de decidir si se puede solucionar el problema y cómo. En el primero, sin embargo, ella se siente culpable por no hacer algo que desea hacer y que sale de su propio compromiso vital. En el segundo caso, él se siente culpable por no ser algo que no desea ser pero que otros quieren que sea.

El primer caso es duro y pasa demasiado a menudo en una sociedad que no entiende que las personas amargadas y sin vida personal no pueden llegar a ser grandes profesionales porque no tienen equilibrio. Y les obliga a arrastrarse en pos de una productividad mal entendida que nos lleva al fracaso. Ella se siente atrapada, pero sabe lo que quiere, aunque se ha resignado a no poder cambiar la situación y se culpa.

El  segundo caso,  él pena por una situación que ni siquiera le concierne. Lleva pegada una etiqueta de fracaso que no es real y no es capaz de darse cuenta.

Seguro que en estos y miles de casos que nos han sucedido a muchos de nosotros, la situación persiste porque no nos hacemos las preguntas adecuadas…  Porque sin esas preguntas, las respuestas siempre nos llevan a lo mismo y damos vueltas en un circuito cerrado que no nos deja evolucionar…

“No tengo más remedio porque necesito el dinero” “tengo que intentar tomármelo con filosofía y tener paciencia” “Nunca estaré a la altura de lo que mi familia quiere…”.

Lo más curioso es que tal vez si nos pusiéramos manos a la obra para por un lado darnos cuenta de la situación y aceptarla y por otro empezar a planificar cómo cambiarla porque no nos hace felices, ni obedece a nuestro modelo vital, quizás la solución tardaría.

Sin embargo, podríamos decir que estamos haciendo algo, que pondremos esfuerzo en cambiarlo, que vamos a darle la vuelta a la situación porque tenemos un plan… Porque estamos intentado todo lo posible y lo imposible… Estaríamos cansados e incómodos aún, pero tendríamos algo muy valioso de nuestra parte… Esperanza. Y con esperanza se cogen fuerzas y se anda el camino más rápido y con más energía.

La esperanza borra la culpabilidad porque la cambia por responsabilidad. Y el tomar las riendas de nuestra vida nos da el poder para hacerlo. Nos dice que podemos decidir y tomar parte en ella sin ser sólo espectadores… Pero para conseguir esa esperanza es necesario sacar un pie al abismo, hacerse la pregunta que hace falta, la necesaria, la pregunta osada e impertinente, la pregunta adecuada que te permita indagar y planificar una ruta para conseguir ser quién quieres y vivir según tus valores…

Si nunca te preguntas qué quieres, es como si nada quisieras.

Si no te preguntas qué sueñas, no tienes sueños… O están tan ocultos tras la rutina que no se atreven a salir.

Si no te haces la preguntas adecuadas, nunca sabrás quién eres…

Las preguntas son poderosas.

¿Cómo saber si son las preguntas adecuadas?  Si no te suenan de otras veces, si te molestan, si te aturden, si las dejarías para luego porque te dan acidez en el estómago, si te punzan el pecho y te recuerdan algo que quieres olvidar porque dejaste abierto en canal, si te arañan la conciencia, si te gritan, si te irritan y ponen de mal humor, si has usado un argumento parecido alguna vez para criticar a alguien… Si son tan impertinentes que te dan ganas de huir…

Háztelas, son necesarias. Escúchalas. Analízalas y decide cómo no volver a tener que planteártelas porque ya tendrán una respuesta real y útil. Sé tan irreverente e impertinente contigo mismo como sea necesario para sacar a la luz lo que ocultas, sé capaz de decirte a la cara lo que a te asusta…

Tal vez tardes un mes o un año… Pero no importa, porque una vez entres en ese proceso, sea muy duro o más liviano, sabrás que quién manda eres tú y te sentirás reconfortado porque ya no tienes nada en el equipaje esperando solucionar o verás que se abren ante ti otras dudas pero serán nuevas… Tendrás la actitud necesaria para afrontar lo que pase… Y serás más ágil, más sabio,te sentirás más tranquilo y tendrás un punto de apoyo muy importante… La esperanza de saber estás en el camino… La ilusión de notar que te eres fiel y no te escondes nada.


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Dejarse llevar por la conciencia


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Foto : Gimena Escariz

Las cosas y las personas, a veces, no son lo que parecen.

Los que más se ríen de ti son aquellos que se reconocen en tus defectos. Cuanto más sonora y ácida es su risa, más les recuerdas lo imperfectos que son. A más burla, más dolor acumulado… El resentimiento que expían a través de la mofa que hacen de ti es porque no se quieren ni respetan, porque no se conocen ni quieren conocerse. Te acusan de ser lo que ellos temen ser. Atacan antes de ser atacados por lo mismo que creen ver en ti. Te deforman en sus mentes agotadas de buscar defectos ajenos e intentan que te avergüences por lo que ellos no son capaces de afrontar. Te envidian porque haces lo que ellos no hacen.

No quieren ayudarte, si quisieran, su crítica sería amable y constructiva. Te dirían lo que consideran que no es del todo positivo y, al mismo tiempo, sabrían ver tus virtudes y las enumerarían para que tomaras aliento y fuerza. Los que más te critican son los que más detestan tu forma de vivir, porque lo haces como ellos no se atreven a imaginar. Cuánto más murmuran, más envidia sienten y más rabia estalla en sus venas. Sus conciencias están agitadas. Cuánto más les ignoras y sigues tu camino, más se inflaman y revuelven… Por tanto, no tiene sentido preocuparse por sus jadeos y resuellos ni vivir a través de sus carcajadas inyectadas en miedo y dolor. Sus chismorreos confirman que vas por buen camino, no vas a ceder si tú eres feliz con tu paso y vives haciendo lo que amas.

Los que más se pelean y buscan riña más miedo tienen. Atacan para soportar la espera a recibir un ataque. Atacan para esconderse tras una mirada feroz y un semblante salvaje porque tienen tanto miedo a fracasar que cada segundo que pasa se les come la paciencia una pérdida imaginaria. Los más duros, los más agresivos, los más chulos son los que viven más aterrados, los que más temen dejarse vencer, los que más pesadillas tienen cuando cierran los ojos y ven que no te pueden provocar, porque tú no decides con puños ni batallas con insultos… Los violentos son cobardes, su miedo se mastica, es denso, pesado, se filtra en sus huesos, se instala en sus cabezas obsesivas… Lo único que les queda es la pugna, el generar dolor para mitigar su dolor, para calmar su necesidad de vencer siempre aunque su victoria sea una derrota en humanidad. Los despiadados no guardan ni una pizca de piedad para ellos mismos, no confían en sus palabras ni en sus posibilidades de ser amados por lo que valen. Su conciencia está rabiosa.

A menudo, las bestias más desalmadas son la bestias más tristes y asustadas…¿Vamos a entrar en su juego y bajar nuestro listón?

Los que más chillan son los que menos argumentos tienen. Los que menos palabras conocen y peor las usan. Los que no saben estar ni quedarse, los que no valen para argumentar y ceder. Los que no saben ponerse en cabeza ajena e imaginar, los que no tienen piedad ni ganas de compartir. Sus gritos liberan al lobo que llevan dentro, para luego penar durante horas al reconocerse como animales… Los que más gritan son los que menos saben de verdad y más pierden la razón en las formas. Los que se imponen a bramidos pierden por la boca las oportunidades, se quedan vacíos, se quedan rancios. Su conciencia está resentida.

No vale la pena dejarse amedrentar por sus gritos si no dicen nada, si no aportan nada porque son oradores vacíos.

Los que más ignoran a los demás y los utilizan son los que están más solos. Su soledad es rotunda, sórdida, cóncava. Su vanidad crece mientras su supuesta belleza se marchita. Se rodean de muchas personas pero ninguna de ellas llega a sus corazones ni vence sus defensas. Nadie les acaricia lo suficiente como para que noten sus caricias y su corazón se queda frío. Los que piensan que son el centro del mundo, en realidad, están en una esquina, llamando la atención, pero nadie les mira porque no comparten nada. Porque no saben dar y sólo buscan recibir… Porque tienen miedo a quedarse solos y se quedan solos para demostrar que no les importa. Acumulan todo lo que pueden por egoísmo porque tienen pavor a perder lo que tampoco les pertenece. Te manipulan, te usan, te poseen, te vacían, te hacen sentir culpable por no venerarles, te piden fidelidad y exclusividad y te arrastran por el suelo… Te piden que estés pendiente de sus deseos cada día a cada hora y ellos, sin embargo, nunca están cuando les necesitas… Al final, se quedan sin nada que valga la pena, sin refugio, sin caricia, sin nadie que abrace su sueño y, quién lo hace, es alguien como ellos que ama sin amar sólo por interés.

¿Vas a valorarte a ti mismo a partir de lo que ellos ven en ti?

A veces, los que más se quejan de todo y de todos son los que más tienen, los que ya no saben cómo ocupar su tiempo y necesitan ser protagonistas incluso de otras vidas. Los que llenan sus horas de lamentos y nunca se sienten llenos o queridos, nunca tienen suficiente porque su autoestima es un saco roto, un embudo por el que todo pasa y nada queda… Porque no aprecian y por tanto, no retienen. Porque nunca dan las gracias ni se maravillan de lo que les rodea… Porque siempre ven el lado oscuro de la vida… Siempre entre quejas y burlas, siempre siendo una víctima feliz acaparando las miradas y llenando los oídos ajenos de palabras tóxicas… ¿Aspiras a vivir en ese mundo de insatisfacción que no hace nada por mejorar y sólo espera que el mundo reviente? ¿vas a dejarte llevar e intoxicar por sus gestos y palabras?

Los que te dicen que te quieren, a veces, no te quieren. Te usan, te manipulan para que creas que eres tú quién no sabe responder a sus llamadas de cariño. No te quieren libre, te quieren poseer y utilizar.  No sirve para nada que te digan “te quiero”, eso lo dice cualquiera… Sólo cuenta si lo muestran. Si cuando deciden, se nota que piensan que existes, si cuando actúan queda claro que les importas… Si te reservan tiempo y te buscan. Si cuando les buscas, les encuentras. Si cuando les tocas y les tienes frente a ti son infinitamente mejores que cuando les sueñas. Si no les tienes que soñar demasiado porque les tienes a menudo y te tienen. Los que te dicen que te quieren y, en realidad juegan, tienen la conciencia dormida.

Aunque no entremos en ese juego, tampoco somos perfectos. No somos mejores, ni peores. Tal vez sólo somos capaces de verlo y recapacitar… No caigamos en la trampa de pensar que estamos por encima del bien y del mal, semos libres y seamos justos. Afrontemos lo que nos asusta sin usar a los demás de escudo. No vivamos pendientes de nadie, ni siquiera de nosotros mismos, no demasiado… Cedamos control y dejemos de buscar excusas para explicarnos…

Siempre es mejor ser lo que pareces. Parecer lo que eres… Ser honesto y casi transparente cuando alguien se acerca lo suficiente como para entrar en tu círculo. Los que te aprecien, ya bucearán en ti para conocerte mejor. Los que que no quieran verte, podrán atravesarte con sus ojos tristes y su mirada helada. No importa si ellos no son capaces de ver lo que eres. Que tus actos y tus palabras sean compromisos… Que puedas responder por lo que te habita y lo que transpiras. Aunque, no has de sufrir por demostrarlo, ni vivir en un escaparate constante.

No caigamos en la trampa de vivir sólo hacia fuera para ser aceptados. De parecer lo que no somos para que nos compren. Basta con la conciencia en paz y el ánimo despierto… Basta con dejarse llevar por la conciencia.


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Ama tus rarezas


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Nos pasamos la infancia intentando ser lo más “normales” posible para no llamar la atención, ni ser objeto de las miradas crueles de algunos compañeros. Escondemos nuestras diferencias, nuestras particularidades, todo aquello que nos define y que consideramos que se aparta de la media… En algunos momentos de nuestra niñez, ser distinto es llevar una cruz gigante, caer a un vacío enorme y casi sonoro… Una carga pesada que sobrellevar prendida a una etiqueta que nos asegura que todos sepan que no somos como los demás, que nos merecemos seguir a parte y estar solos. Que osamos pensar de otro modo, que tenemos otras ideas, que vestimos de otra forma o hay algo en nosotros que no pasa su prueba. Porque somos muy bajos o muy altos, porque nos sobra perímetro o nos falta fuerza… Porque nos salimos del patrón que se supone que siguen todos. 

No encajar es doloroso… Te hace vivir dominado y cautivo. Sometido y encongido. Nos ocultamos de los demás, incluso de nosotros. Nos escondemos de los espejos y pasamos rápido ante aquellos que encolerizan cuando nos ven, porque parece que les estorbemos… Y nos acabamos creyendo que estorbamos.

La niñez es un pedazo de vida largo, intenso y bastante crudo, a veces, para aquellos que no siguen la norma. Para los que no gustan de entrada, para los que tienen que esforzarse más para llegar a la meta, para algunos que incluso tienen que luchar para poder estar en la linea de salida, cuando los obstáculos que deben vencer son muy grandes.

Aprendemos a no destacar por si molesta. Suplicamos ser invisibles, mimetizarnos con el paisaje. Soñamos con habitar otras vidas y ser personas lo más comunes posible. Buscamos rincones oscuros y miradas de aprobación. Nos prohibimos imaginar imposibles, inventar mundos paralelos y soñar con cambiar las reglas para que sean más justas y nos concedan un lugar donde permanecer tranquilos. Reprimimos todas aquellas emociones que a ojos de los demás nos convierten en extraños, en bichos raros, en saco de golpes, en blanco de todas la miradas. Si no somos quién domina la situación, es mejor no destacar en nada por si no gusta, por si es objeto de burla, por si alguno de los que tiene que aprobarte se siente ofendido. Ser diferentes nos da miedo, por si eso nos aleja de otras personas y nos quedamos solos.

Y luego, creces como puedes, empiezas a buscar tu espacio en la vida y descubres que las diferencias son necesarias. Que lo que antes era ser un bicho raro ahora a veces es ser un genio, que aquella parte de ti a la que quisiste ahogar para sobrevivir era lo que te hacía grande y extraordinario. Que tus defectos son virtudes cuando aprendes de ellas, que lo que te hace distinto te hace único… Que hay personas que pagarán porque hagas eso que antes a otros les hacía reír.

En el mundo adulto, hay quién quiere continuar escondido y escapando de los espejos. Quién calla cuando otros le hacen callar y nunca opina nada que pueda ser molesto para otros. Hay personas que siguen sin encontrar en su interior aquello que podría dejar huella en los demás… Todos lo tenemos, todos somos maravillosos en algo, aunque el mundo no lo entienda.

Y otros ya han descubierto que no se puede gustar a todos porque eso nos convierte en seres híbridos e insustanciales y que mientras respeten a quiénes comparten con ellos el camino, la opinión más importante es la suya.

En el mundo de los adultos, falto de inocencia  y de entusiasmo en muchas ocasiones, hay quién recupera esa parte de la niñez que le obliga a darle la vuelta a todo. Hay quién guarda  intacto aún al niño que soñaba con volar aunque todos le miraban con ojos perplejos…

En este mundo la rareza se llama talento y la locura se llama reto. El que nunca llegaba a la meta porque corría lento investiga ahora una vacuna que salvará vidas y el que tenía que esforzarse mucho para estar en la linea de salida, de tanto acostumbrarse a tener el listón alto, es un atleta de élite. El que siempre callaba y se sentaba al final con la cabeza baja inventando historias ahora se gana la vida con sus palabras… Y la gente las lee y las escucha.

Hay muchos que siguen luchando para defender sus diferencias, a pesar de la incomprensión de otros, porque ni quieren ni podrían renunciar a lo que les define. Muchos que cultivan sus rarezas y cambian el mundo con su talento sin que casi nadie lo sepa, paso a paso, de forma anónima, sin pausa, en un rincón, sin hacer estruendo… Tal vez no reciban gloria, pero está satisfechos porque aquello que antes ocultaban, hoy les permite vivir y mejorar la vida de otros. Lo que antes les hacía ser raros ahora les permite ser extraordinarios…

Si ser “normal” es someter a otros o aceptar que algunos lo hagan con aquellos que consideran débiles o inferiores, seamos raros, rarísimos…

Hay todavía quién suplica ser “normal” a pesar de que el mundo mejora cada día gracias a nuestras rarezas.

Amemos nuestras diferencias porque son las que nos permitirán crear un mundo en el que todos podamos caber.


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Planta cara a tus fantasmas


No huyas de nada. Busca armas para vencerlo. Están todas en ti. Son tus palabras y tu forma de ver la vida. Lo que has aprendido luchando por ser tu mismo. Tus ratos de felicidad y tus esfuerzos por llegar a conseguir lo que quieres. Cuando huyes de tus fantasmas, siempre acaban regresando a ti. Son como puertas mal cerradas, hasta que no deshaces el camino, tomas el pomo y cierras con fuerza, siguen dejando pasar una corriente de aire que a veces te zarandea y con cada ráfaga se te lleva algo. No huyas de nada, sobre todo, no huyas de ti…

Si no afrontas el pasado, vendrá siempre a ti, como una marea que devuelve a la orilla lo que ya no pertenece al mar… No puedes construir nada porque todo lo que construyes es como un castillo de arena que se llevan las olas agitadas por esas corrientes de aire perpetuas a las que te someten tus puertas mal cerradas. Todo lo que queda sin concluir, permanece vivo en tu conciencia, como un recuerdo que se resiste a quedarse dormido… Como una luz roja que te hace siempre tener presente que en un tramo de tu vida, algo no quedó bien soldado o no tiene consistencia.

Mira a los ojos a tus miedos. Cuando los fantasmas del pasado llaman a la puerta, si no les abres, se quedan allí, medio ocultos, agazapados, esperando cada vez que intentas pasar página… Llamando y aporreando tu puerta y gritando tu nombre. Sea lo que sea, si no puedes olvidarlo, si reverbera en ti hagas lo que hagas, es mejor ponerse a recordar cada detalle y averiguar por qué, hacer revisión y cauterizar la herida. Todo lo que no puedes digerir se queda dentro de ti e intoxica tu vida, sale de tus poros, se infiltra en tus pensamientos, se posa en tus sueños, se refleja en tu cara… En cada gesto que haces, en cada palabra que dices. Lo que no sellas bien, acaba haciendo ceder las compuertas que lo ocultan y desata una marea que te arrolla. Si no cierras tu pasado, vives en él… 

No son lo que parecen. Están deformados por el dolor y miedo. A menudo, nuestros fantasmas son más pequeños de lo que imaginamos. El recuerdo les da un halo de grandeza irreal, como los juegos de luces y sombras en la oscuridad o tu misma silueta tras la estela de una vela en un candil. En la penumbra todo es gigante… Lo mínimo es máximo…

Si no se afronta el pasado, el paso del tiempo deforma situaciones, cambia el sentido de las palabras y modifica la cadencia de las frases. Convierte en ogros a los genios y alimenta la ansiedad hasta convertirla en algo insoportable.

Sin embargo, si cada vez que uno de esos recuerdos llama a la puerta, abrimos y le miramos de frente, se hace pequeño. Se convierte en fantasma asequible, en temor inocuo. Cada revisión de lo que aún nos araña, duele menos. Hasta que un día, abres la puerta y no ves nada y te das cuenta de que nunca hubo nada más que tú mismo ahí detrás. Que el fantasma no venía a fastidiarte sino a echarte una mano para zanjar cuentas pendientes contigo. Que quién aguardaba oculto tras los mil candados que habías puesto para no desatar el pasado, eras tú, esa parte de ti que quería dejar de sufrir y que te pedía que afrontaras quién eres. Esa parte de ti que quiere respirar hondo y mirarse al espejo sabiendo que no se recrimina nada, que no se oculta nada, que se perdona por no haber sido algo que tal jamás debió ser, que no guarda resentimiento a nadie… Ese tú que quiere llevar las riendas y no hacerse trampas. El que reventó el cerrojo y dejó salir a las bestias inmundas que atormentaban tu cabeza y tu pecho para mostrarte que podías con ellas, que ya eras adulto, que ya tienes armas suficientes para vencer… Que no hay más batalla que librar que el perdón y la responsabilidad de tus actos.

Perdona. A ti y todos. No sabían más y en su torpeza te ofrecieron la oportunidad de mejorar, de superarte, de tener que sacar lo mejor de ti y convertirte en lo que eres ahora. Al final, acabarás dándole las gracias a tus fantasmas. Por haber insistido en recordarte lo que te falta para estar completo, por haber traído a ti situaciones del pasado que tapaste bajo una capa de incomprensión y dolor y que debías afrontar. Por perdonarte y perdonar a otros. Por mirar con los ojos del presente a un pasado desdibujado por el miedo y la ansiedad. Porque te han permitido tomar el timón y decidir el rumbo sin tener que mirar atrás más que para sentir el calor acumulado y las caricias.

No menosprecies a tus fantasmas porque pueden llegar a ser grandes oportunidades para crecer. No temas mirar atrás si te lo debes… Y una vez cerrada la puerta sin deudas pendientes, olvida el dolor y disfruta del saldo de madurez que te ofrece cada momento. Piensa en lo que has conseguido con la valentía de afrontar, piensa en lo grande que puedes llegar a ser cuando perdonas a otros y te perdonas a ti mismo. Piensa en lo oportuno que has sido decidiendo escuchar a tu conciencia… Date cuenta de cómo has sabido darle la vuelta a la situación para tomar lo bueno y dejar atrás el dolor. Planta cara… Enfréntate a tus miedos y verás como se hacen pequeños…


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Es por ti…


FLORES LILAS

A menudo, cuando haces lo que crees que debes o lo que te dicta la conciencia, te sientes absurdo. Buscas en el fondo de tus pliegues y sacudes tus entrañas hasta descubrir por qué te duele, por qué te araña, por qué notas que vas al revés del mundo y demasiado  a menudo, no te compensa… Por qué a pesar de dar, tienes la sensación de que nunca recibes. Por qué arrastras una carga pesada y nunca encuentras relevo…

Y pones a examen todo lo que acumulas tras de ti y crees que te toman el pelo.

Porque confiabas cuando nadie confiaba.

Porque decías que sí, cuando todos daban la espalda.

Porque soñabas, aunque cada día se cerraban más puertas y no encontrabas las ventanas…

Porque te aferrabas a un resquicio de luz que se filtraba por un minúsculo agujero de un techo bajo, en un cuarto oscuro, que tú imaginabas un cielo abierto.

¿Eras un iluso? ¿Has perdido el tiempo? ¿Era real aquello que veías o sólo tu fantasía, tu ignorancia?

Porque cuando mirabas veías el lado bueno y encontrabas migajas de belleza donde posabas la vista.

Porque reías a pesar de que tenías tantas ganas de llorar que se te hacía un nudo en la garganta…

¿Demasiado esfuerzo para nada? ¿Cuándo te toca a ti? ¿Deberías pensar más en ti mismo?

Te sientes ridículo porque cantabas sin voz y bailabas sin música. Porque encontrabas la forma de seguir cuando el camino se desdibujaba y nunca se divisaba tu destino.

Seguro que muchos aún se ríen de ti al recordarlo, piensas, sin sentirte capaz de ser de otra forma, sin poder ser otro a pesar de que, a veces, ser tú duela y duela mucho…

Porque perdonaste y pediste perdón.

Porque te enfrentaste a tus miedos y cruzaste algunas lineas que jamás creíste que podrías. Porque te atreviste a exponer lo que sentías y abriste en canal tu alma. Porque mostrarte tu corazón y se rieron en tu cara…

Porque cada mañana construías de nuevo lo que otros de noche se ocupaban de destruir. Porque fabricabas puentes y derribabas muros cada día y te dabas por recompensado con una mirada…

Porque dabas la gracias.

Porque nunca hiciste lo que no querías que te hicieran… Porque cuando lo hicieron, mantuviste tu dignidad intacta y en lugar de golpear, preguntaste por qué y fuiste capaz de sobrellevarlo.

Tanto esfuerzo, tanta comprensión, tantas ganas malgastadas fabricando realidades paralelas para sobrevivir, construyendo espacios de encuentro, buscando las palabras adecuadas para no herir… Y al final ¿qué queda? ¿De qué sirve si nadie lo ve y nadie lo escucha? ¿A dónde va a parar tanta energía? ¿quién se queda con todo este esfuerzo?

Tú. Tú eres la respuesta. Tú forma de ver la vida y tu necesidad de vivir sin pisar. Aunque el mundo lo ignore y estés agotado. Aunque todos tus logros se queden ocultos tras una montaña de ignorancia e incomprensión…

Aunque el llanto de otros sofoque tu risa y su opacidad esconda tu brillo. Aunque quién deba juzgarte no sepa de sueños ni la mitad que tú y sea incapaz de ver más allá de las paredes que le rodean. Aunque no aprecie tus logros y no vea tus méritos… Siempre es necesario que alguien ponga empiece el camino y abra paso. No aminores tu marcha, que se esfuercen para alcanzarte.

Lo que has aprendido es ya tu equipaje, tu vida,  se convierte en tus herramientas para seguir este camino hasta el final… Siempre brota algo bueno del camino recorrido…

No esperes que los que no ven, te vean. No busques su aprobación porque ellos no buscan nada en ti, porque tal vez si lo encuentran, se verían obligados a cambiar y replantearse la vida. No pidas a quién no sabe dar. No seas mediocre para ser aceptado por los mediocres. No rebajes tu listón para que otros te valoren. No dejes de ser una mariposa porque estés rodeado de larvas… Haz lo que sientes y siéntete bien haciéndolo, aunque nadie lo sepa, aunque a veces, no se note, aunque no se aplauda. Lo sabes tú, que eres quién vive en ti mismo y se merece tu mejor versión. Es por los que sí sabrán quererte tal como eres… Es por ti.


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Deja que caiga


 

Deja que sueñe. Que me sumerja en mis atolondrados pensamientos siempre predispuestos a lo imposible, a lo desbocado, a lo volátil. Que me estrelle contra los más altos muros de la incomprensión ajena, que reciba el zarpazo de mil envidias sin sentido que no se atreven a imaginar como yo lo hago, que me rompa y recomponga como tantas veces antes… Que acabe en un rincón, exhausta de lucha, cubierta de cieno, con los ojos encarnados y esa mirada de loba que ya inventa la manera de volverlo a intentar.

Deja que ame. Que desee con tanta fuerza que mis pies apenas toquen el suelo y mis manos no noten más tacto que el tacto que persiguen. Deja que vuele imaginando que pasa lo que busco, que busco lo que pasa… Que el tiempo se detiene y todos los relojes marcan la hora de mi desnudez más absoluta, mi más desesperado juego de miradas, mis riendas sueltas y perdidas a cambio de una risa loca, una caricia absurda, un quejido casi franco.

Deja que llore. Deja que ahogue mis facciones y libere las paredes de mi conciencia revuelta. Deja que tenga mi necesaria pataleta… Que acumulo tanto llanto que arrastraría mis recuerdos más alegres al vacío y me congelaría las ganas inmensas de vivir que albergo intactas a pensar de los golpes y los encuentros con realidades muy crudas. Deja que me queje medio minuto y luego vuelva a la carga. Más serena, más imperfecta si cabe, más feroz y extraña.

Deja que pase lo que pase me absuelva a mi misma y me perdone los descuidos. Que mi plegaria sea tibia y mi condena ligera… Deja que te diga que sí, cuando sabes que no tengo propósito de enmienda, que soy alma dulce pero desatada, que prefiero el frío asfalto al algodón mullido si es a cambio de vida… Que no perdono ocasión porque la carcajada es corta y no veo el momento de consumir las emociones que se me agolpan en la garganta. Que busco más verdades que cuentos hermosos. Que a veces prefiero caer por confiar que andar de puntillas por la vida con cara agria… Sabes que no me encojo ni me achico, que no me rindo, que no me asusta encontrarme con mi cara después de cada fracaso y paso en falso. Sabes que no peso ni mido las caricias, que no quemo más allá de mis barreras, que no pongo etiquetas ni busco insignias ni glorias falsas. Que no tengo más ídolos que mis amores ni más credo que mis palabras.

Deja que suelte mis pasiones y rompa mis redes imaginarias. Que falle, que tropiece con mi falda y me cieguen mis lágrimas… Deja que salga de mí y camine un rato. Que encuentre donde terminan las arenas movedizas y plante mi destino. Deja que brille, aunque sea de ganas, de oído, de insistencia… Aunque mi risa a veces sea un poco forzada por el propio deseo de que llegue, por la necesidad de encontrarla. Por no perder la costumbre ni la querencia a la fantasía.

Deja que mi torpeza me arrastre. Que mis brazos sean alas. Deja que me calme y saque la angustia, que me quede un rincón para perder la cabeza y equivocar el paso. Que no me quede un pedazo de suelo por zapatear ni un hermoso sueño al que darle bocado… Deja que reine en mi metro cuadrado de selva y abdique de mis miedos más enraizados.

Deja que llueva en mi cabeza y salga en sol en mi cara. Deja que persiga mis sombras y encuentre mis retos. Que me entusiasme tanto que tome inercia y le dé la vuelta a mi mundo. Deja que pierda. Deja que caiga. Deja que sea esto que soy, sin más tregua que el puro cansancio ni más rendención que mi dura conciencia.