merceroura

la rebelión de las palabras


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Ganas de ti


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Camino por la calle rumbo a casa y una niña de unos cuatro años me enseña el pequeño bolso que se ha hecho ella sola esta mañana de verano. La miro y unas ganas tremendas de abrazar a mi hija me invaden todos los sentidos… No entiendo por qué, pero mientras piso la calle bajo un sol imposible de esquivar, me inunda la sensación de haberme perdido algo, tal vez mucho, demasiado… Las lágrimas me caen por las mejillas mientras intento recordar a mi hija con esa misma edad, cuatro años, con ese vestido blanco que poco le duraba limpio, aquel verano, cuando dejaba una etapa de la niñez y como ella decía se convertía en una niña «mediana» y ya no pequeña.

Una necesidad loca por acariciar a esa niña que ahora la dobla en edad me provoca una gran angustia… Esa niña creció y no está, habita en algún lugar de su memoria y la mía y no volverá a decir palabras como ella las decía ni a aprender las mismas cosas nuevas, ni a ponerse ese vestido blanco que se ensuciaba en dos minutos cuando ella se tiraba por los suelos…

No ha perdido su espíritu salvaje, ni ha dejado de preguntar porqués. Tiene los mismos ojos rebeldes y esas ganas inmensas de vivir aventuras. Aunque yo me perdí una parte de eso, porque no conseguí compaginar a la madre con la profesional y me tragué dosis de angustia, de dolor, de pérdida y una culpabilidad inmensa que se alojaba en pecho y de noche hacía sonar unos tambores que me recordaban que estaba fracasando… Mil tardes la dibujé en un despacho triste, intentando arañar emociones y recrear su voz dulce en mis oídos sordos al mundo… Viví de llamadas buscando sus “te quiero”, de fotos de momentos perdidos y nunca recuperados y de la tortura del «vendré un poco más tarde» suplicando que el tiempo se detuviera… Busqué mil formas, pero no supe encontrarlas, tal vez ofuscada por esa misma angustia.

Me sentí tan rota que hubiera parado el mundo para bajarme de él y le hubiera gritado a la cara que era injusto, que no hay derecho, que lo quiero todo y lo merezco todo… Que yo la quiero a ella y ella me quiere a mí y que deberíamos poder estar juntas sin renuncias porque necesitamos regirnos por el sentido común y no por la sinrazón de una sociedad que se afana en producir de forma desaforada, sin darse cuenta de que la felicidad es también productiva… Y que olvida que la coherencia conduce al éxito y que la humanidad tiene recompensa siempre.

Y ahora camino cansada viendo sus ojos en los ojos de otra niña y los míos se sumergen en lágrimas y remordimientos por no sé qué… No haber sabido más, no haber podido, no haber encontrado fórmulas para hacerlo todo… Y noto en la boca el mal sabor de no llegar a todo y no saber decir no o encontrar la manera de gritar un basta… Y pienso que los ratos pasados con ella fueron hermosos, pero cortos, los siento diminutos y salvajemente escasos, robados a un reloj que marca los minutos sin alma y a unos horarios sin sentido. Siento que debe de haber otra forma, otra fórmula para encontrar la manera de conciliar todo esto sin morir de miedo, de asco, de desesperación por ausencia, por no estar cuando quieres estar, cuando mereces estar, cuando necesitan que estés…

Siento que el mundo está organizado por una especie de fanático de las bromas crueles y cedo todo mi poder a sus ideas sin remedio y sus pensamientos atroces… Me siento atrapada y agotada de pelear por algo que es mío, que es nuestro, que es básico… Para mí, para todos, para ellos, para nosotros… Me desespero y la esperanza se va por el desagüe. Me siento atrapada en el pasado no vivido y me ato la conciencia para poder parar de sentirme vacía… Vivo en una culpa que no es mía, pero que arrastro sin poder soportar ni dejar de sentir.

Siento que se me escapa mi pequeña diosa de ojos brillantes y preguntas impertinentes, que una parte de ella se va y no la toco, no la veo, no la retengo (tal vez, no debo). Lamento no haber vencido el cansancio y haberle hecho más cosquillas, más fotos, dado más besos, más caricias, más abrazos… Amo sus manos todavía pequeñas y sus cabellos repletos de reflejos dorados y preciosos… Quiero ser un submarino en sus risas, un camino en sus pecas, una mano cuando intente levantarse después de caer… Quiero que aprenda a vivir sin que yo le haga falta, pero para eso le hago falta ahora, siempre… Para contarle cuentos, para explicarle que debe intentar siempre, apostar por ella misma, confiar, aceptar las derrotas como tesoros valiosos y administrar los triunfos con toda la humillad posible… Quiero verla bailar y oír como canta con su voz de plata… Quiero que me cuente por trigésima vez la misma anécdota y yo vuelva a reírme como si fuera la primera…

Quiero dejar de dedicarle los momentos más recios y duros del día, aquellos en los que estoy tan cansada que grito sin sentido y se me cierra la mente sin saber por qué… Quiero paciencia para comprenderla y un mar de calma para apoyarla, escucharla, sentirla… Quiero tiempo, sobre todo, quiero tiempo, para dejar de escurrirme sin sentido y acumular losientos y quejas.

Y se me escapa, a marchas forzadas, con un frenesí loco, cada día muta, cambia, da la vuelta y lo que ayer era novedad ahora es viejo, pasado, gastado… Aprende rápido y el viento la lleva sin tregua cada día a una vida distinta… Y yo la busco, reconozco, a veces con las ganas ahogadas porque no puedo más, pero deseando poder y estar a la altura. Con los ojos llenos de lágrimas culpables y la garganta inundada en rabia por no estar, no ser, no saber, no poder.

Hay tanto amor surcando el aire buscando sus pasos alegres y su mirada inquieta que puedo masticar mi angustia por no poderla abrazar ahora. Notarla cerca, sentir como late, ser su madre como deseo y como me corresponde… 

Lo digo con todas las letras… No es sólo que ella me necesite, es que la necesito yo.

Por todas las veces que me perdí sus primeras veces… Por las que pude o no supe estar… Lo siento, mi amor, ando perdida en un marasmo de días buscando maneras de conseguir más horas para estar junto a ti. Te tengo ganas, ganas inmensas… 


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Des-Amor


LLUVIA CRISTAL

Visito tu tarde. Tan plácida, tan quieta, tan triste.

La lluvia se arrastra por tus cristales buscando tus ojos cansados de buscar siluetas.

Puedo caminar por tus sábanas blancas con mi presencia diminuta.

Puedo verter sobre tu espalda la furia de todas mis batallas perdidas.

No eres mi héroe porque ya no necesito héroes ni salvavidas.

No eres mi cielo porque todo el cielo que necesito lo llevo dentro.

Entro en tu cabeza de mapas y bestias. Siempre los mismos, en fila, en bucle, sin tregua, sin posibilidad de cambio, sin remedio para nada.

Veo en tu cara la culpa por no llegar a la esquina donde reparten momentos dulces.

Piso tu frente y busco hueco en tu nuca para susurrarte palabras hermosas, pero reconozco que todavía no me apetecen.

No busco honores ni alabanzas.

No necesito castillos, porque los únicos muros sólidos se construyen con el alma… Los demás son de arena fina y caen cuando caen las ganas.

No quiero más amor que el que me permita mi libertad.

No deseo más refugio que el de mi propia persona.

No sueño más abrigo que el de un cariño sincero y un abrazo sentido.

Visito tu tarde y la lluvia no para.

El agua que cae canta las palabras que nunca dijimos.

El viento calla porque tú no te atreves a pedir…

Tu angustia contenida dibuja la palabra “perdona” pero tu miedo a perder algo que jamás tendrás te incapacita para decirla en voz alta.

Tus ojos dibujan oportunidades que no llegarán nunca, porque tus labios jamás podrán pronunciar súplicas.

Hoy te diré que no, por todas las veces que no fui capaz y me arrancaste las lágrimas.

Hace tanto tiempo que no buscas nada que las pupilas se te han cubierto de escarcha.

Hace tanto tiempo que miras y no ves que te has perdido todas mis cicatrices de guerrera retirada.

Ahora amo tanto el silencio que me aturde incluso recordar todos nuestros gritos pasados…

Escucho tus lamentos sobre el suelo gris mientras la luz ocre de una lámpara que no recuerdo haber visto nunca te dibuja una mueca horrenda en la cara.

No seré tu cómplice en este intento burdo de darme pena para mendigar un amor que ni tan siquiera sueñas.

Me cuentas otra vez cada una de tus batallas.

Ya no me interesa la guerra, te digo, ahora busco silencio y calma.

Y no me entiendes porque hablamos dialectos distintos en esta loca carrera para soltar lastre y vaciarse el alma rota.

Tú quieres que te consuele y yo ando por tus esquinas vencidas porque esta tarde me aburría y vi tu cara en una foto antigua y amarillenta.

Tú eras el personaje sordo que nunca escuchaba y yo la muñeca desmembrada del rincón del armario que nadie mira.

No seremos amantes, porque tú nunca usas el gerundio, estás demasiado dormido para vivir sin guantes y besar sin miedo.

No seremos viejos, porque ya lo somos, cuando callamos lo que sentimos y nos envolvemos en esta capa de miedo y mansedumbre casi obscena.

No seremos ángeles, porque el peso de la culpa nos rompería las alas…

Podemos ser lo que queramos, si somos capaces de abrir las ventanas y unirnos a la lluvia.

Si dejamos el paraguas de la rabia cerrado y salimos a buscar un rayo que nos parta porque tal vez nos devuelva la vida.

Pero… No lo haremos porque yo he superado  tu ausencia y tú ni siquiera te has dado cuenta de que ya no estoy.

No uso besos prestados, ni caricias alquiladas.

No vendo carne fresca esperando calor de segunda mano.

No necesito más compasión que la que regalo a quién la necesita.

No quiero más medalla que este corazón que ocupa mi pecho y late con ganas.

Visito tu tarde y está hueca.

Sé que tú sueñas con que la llene con mis versos sin rima y mis pies pequeños, pero yo no he nacido para suplir ausencias.

Ya no…

Sé que me buscas porque estás triste y cuando te vuelva la risa, me negarás la palabra y preferirás una sirena…

Y yo soy demasiado gigante para ocupar un el diminuto vacío que ha dejado en ti quién sea.

Visito esta tarde contigo y apago las luces para no ver y poder imaginar que nada fue.

Para que el vals sea lento y la noche llegue sin avisar y nos pese el silencio como una losa gigante.

Para que no me importe si vas o vienes, porque ya no tengo que esperar tus caricias ni leer tus miradas.

La lluvia me recuerda que somos sólo un episodio en una serie que ya no ve nadie. Y ahora noto que ya no tengo miedo a ser nada que te moleste.

Te visito de recuerdo y te encuentro tan roto que me doy cuenta de que la entera ahora soy yo.

¿Sabes? El desamor no es tan amargo cuando se toma conciencia y se elige comprender.

Y las bestias no son tan terribles cuando descubres que estás de tu parte cuando se ponen fieras y buscan tu cuello.

No eres mi amigo porque no sabes guardar secretos ni contener tempestades.

No eres mi héroe porque ya hace tiempo que la que ostenta los superpoderes soy yo…


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Si te escondes…


Si te escondes, te borras del mundo…

Si lo escondes, te estalla en la cara, te deja seco cuando empiezas a andar hacia el que crees que es tu destino.

No hay destino dulce para quién no saca la basura del pasado.

Si te lo callas, se te acumula dentro y se hace una cabaña, una casa, un palacio que crece y lo conquista todo a su alrededor.

Si te quema, siempre queda una brasa, siempre te perfora porque no lo sueltas…

Cuando te aferras a algo, se te pega, se te impregna y ocupa tu lugar. Habla por ti. Sueña por ti. Decide por ti. Todo lo que cargas y arrastras, se pone tus zapatos y ocupa tu vida. Se cuelga tus medallas, bebe tus copas, besa a tus amantes y sale a pasear con los tuyos al lado del mar.

Lo que asfixias y sofocas, encuentra salida. Desborda el cauce, llega al mar, arrastra tu conciencia, tus recuerdos hermosos, tus ilusiones reprimidas… El dolor siempre supura, siempre busca salida, siempre se dibuja en las facciones… Siempre araña tus paredes interiores con sus garras exhaustas de querer liberar…

Lo que no quieres ver siempre brilla más, siempre grita más, siempre huele tanto que aturde tus sentidos… Su aroma intenso se cuela en tus poros, invade tu ser y te obliga a mirar.

Y si no lo miras, te sujeta de la garganta, te comprime el pecho y te invade los ojos hasta que te llega el mensaje “estoy aquí”. Y siempre está, aún cuando lo evitas y buscas caminos donde no encontrarlo…

Cuanto más cierras lo ojos más aparece en tus pensamientos…

Cuanto más lo esquivas, más vuelve a ti.

Cuanto menos pronuncias su nombre, más reverbera en tus oídos.

Si lo niegas, se reafirma.

Si lo pisas, crece.

Si lo escondes, se convierte en gigante.

Devora tus lamentos… Tus quejas lo hacen enorme, rotundo, macizo… Lo engordan hasta estallar. Y cuando estalla, se dispersa y subyace en todo, lo cubre todo de imposibles y te niega, te paraliza, te convierte en invisible.

La única forma de vencerlo es tocarlo. Es acercarse, mirarlo a la cara, encajar lo que dice, escuchar sus palabras, aprender sus lecciones y dejarlo marchar.

Tomar las riendas y domar a la bestia. Montarse en sus penas y susurrarle al oído que es la hora de dejar de llorar. Calmar su sed, abrigar su frío… Cogerla de la mano y compartir sus miedos.

Abrir la cerca e invitarla de salir. Que salga, que corra, que vaya lejos y que vuelva cuando ya no le quede una pizca de dolor…

Huir es siempre postergar el dolor, adormecer al miedo para que no grite… Cerrar la herida en falso sin limpiar, tapiar sin sacar la basura… Reír sin haber sacado las lágrimas acumuladas… Empezar de nuevo sin antes haber podido acabar…

No puedes comprometerte contigo mismo si todavía no te amas.

No puedes amarte sin no conoces, si no te perdonas.

No puedes perdonarte si te escondes.

ESCONDITE

 

 

 


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Pequeño catálogo de ausencias


NOCHE

Le lloran en el hombro los fantasmas olvidados. Los libros viejos que nunca relee por si le recuerdan lo que no hace y desea con todas sus fuerzas…

La queman por dentro las culpas y las cargas…

La devora la impaciencia de todas la ilusiones almacenadas en el pecho.

Le susurran al oído los ausentes… La invaden los presentes que no saben notar su tacto suave y su ademán recio.

Le sangran los sueños no perseguidos…

Le sangran los miedos acumulados.

Le sangra la noche sin risas que no vistió de fiesta y el violín de voz rota que llora porque ya no lo toca.

Le llueven las noches sin noche.

Le llueven las rosas sin perfume esperando tras la puerta cerrada.

Le rompen el corazón ya desgajado los caminos que no pisa. La brisa que no cruza su cara de niña perdida… Los besos que sólo ensaya y nunca llegan a destino.

La parte en dos el roce sin roce,  esa caricia que no llega. Le astilla el alma rota la calma que no cesa, que no para, que no estalla y no se convierte en música, en palabras, en ruido insoportable para poder desconectar.

Le corroen las entrañas las palabras que no dice.

Le saquean la conciencia aquellas cosas que no supo ver y dejó pasar.

La vacían las tardes sin dueño, las madrugadas sin sábana del piel y de beso… Los cuentos sin moraleja.

La buscan los recuerdos sin piedad, los quejidos sin pausa… Los lamentos perdidos que un día lanzó al aire esperando que el viento se los llevara y ahora vuelven a su cara para reventar.

Todo le vuelve. Todo le repasa la lección y le invade los sentidos aturdidos de tanto notar…

Todo rebota. Todo salpica… Le salpican los olvidos y los lamentos. Le salpican las culpas y las sombras…

Todo gira… Siempre vuelve a pasar de largo. Siempre vuelve a sentir que debería detenerse…

Siempre hay algo o alguien que llama a la puerta si la conciencia no está quieta y la noche se lleva dentro…

 


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Era por amor…


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Ya no se sentía como una bestia…

Sus ojos brillantes y fieros eran ahora más dulces y menos huraños. Respiraba emoción y bebía sueño. Bailaba…

Era por amor y por ganas.

Caminaba lento buscando el amor de los cuentos.

Susurraba suave pidiendo el calor de un abrazo.

Calmaba su sed de llanto buscando miradas nuevas y risas perdidas. Soñaba que andaba horas y horas hasta encontrar el camino.

Soñaba que ella era el camino y en él todo se mezclaba en una fiesta dulce. En su nueva vida, desde que ya no era fiera y no se enfurruñaba, había algo distinto en el aire… Desde que había dejado de quejarse por lo que no tenía y había podido detenerse a mirar la luna, sus fauces eran sonrisas y sus arañazos eran besos.

Había encontrado pistas que antes le pasaban desapercibidas y que llevaban a algún lugar donde seguro había algo hermoso esperándole…Lo sentía, lo veía, lo notaba. Su instinto de casi bestia la guiaba siempre.

Era por amor y por sueños.

Aunque ya no se sentía como una bestia y no aullaba.

No pasaba las noches maquinando batallas absurdas ni conjuras terribles.

No gritaba para calmar su dolor ni vaciar su angustia.

No se vestía de negro ni se ponía  la cara furiosa porque no tenía que demostrar nada a nadie… No tenía miedo de existir ni de ser vista. No pensaba que podía ser odiada, ya no…

Ya no era una bestia y, si lo era, no le importaba.

Era por amor y por haber aprendido a caminar sin el equipaje pesado del dolor y la rabia.

Cada paso que daba se sentía cerca de algo grande. Cuando miraba el mundo se sentía parte de él y se observaba segura de noche cuando se dormía esperando que llegara la mañana.

El lugar que buscaba no salía en los mapas porque estaba en sus entrañas cansadas de guerrear y en sus pasos aún inseguros.

Ya nunca se sentía cansada, ni rota, ni hueca porque algo la empujaba a buscar y seguir.

Era por amor y por haber borrado de su vida todo aquello que lo recordaba la tristeza.

Sus pies sabían el rumbo y sus manos se acostumbraban a las caricias. Había aprendido palabras nuevas que sonaban dulces y maravillosas, que construían nuevas realidades y castillos en el aire que nunca se borraban de su cabeza inquieta.

Tenía tanto miedo que, a veces, aún se escondía, pero era tan feliz de haberse encontrado consigo misma que le duraba poco.

El amor que soñaba llevaba su nombre. La diosa de sus rezos tenía su cara.

Ya no era bestia porque se amaba…


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Confía en ti


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No te compares con otras, ellas no visten lágrimas con tanta elegancia como tú.

No caminan en la cuerda floja por la que tu pasas cada día de puntillas sin apenas dejar de sonreír. Sin hacer más ruido que el del aire que te atraviesa y el de los sueños que acumulas y te surcan las venas…

Ellas no llevan el peso de cien vidas en sus espaldas ni buscan soluciones para llevar al mundo en el bolsillo y tenerlo a mano por si llora, por si se desborda… Por si se siente tan perdido que necesita que alguien le recuerde que hay esperanza. Tú eres esa esperanza, amiga…

Tan fuerte como las raíces inmensas de los árboles y la suave como sus hojas. Tan rotunda como una ola enorme, tan plácida como una marea dulce que besa la arena.

No te compares con otras que no libran batallas ni miran a los ojos a sus fantasmas… Ellas no se calzan el miedo para caminar sobre él cada día ni recorren las calles con tus ojos oscuros hambrientos de vida.

No tienen tus facciones preciosas ni usan tus miradas sabias.

No buscan nada que no se toque ni deguste, no saben ver la belleza en los rincones como haces tú.

No saben encontrar las palabras para levantar un imperio cuando se cae a media tarde y conseguir que anochezca en él sin que nadie se entere de que estuvo a punto de fundirse.

No te mires en los ojos de otras mujeres que no ríen como tú ríes con tus penas y que no susurran y cabalgan sobre bestias hasta dejarlas exhaustas y mansas.

No te pierdas intentando buscar sus espejos para verte en sus esquinas porque tu cara está en el reverso de las hojas y en el corazón de los que te aman y suspiran por abarcar tu grandeza.

No escuches a los que no saben qué sueñas ni pierdas tus sueños por más que el tiempo pase y no llamen a la puerta.

No te compares a diosas de plástico con sueños sin alma y almas sin sueños…

No desesperes… Estás hecha de selva y de brisa. Suave y salvaje. Del material que imanta las brújulas para no perder el norte… De la madera de un barco que surca mares adversos con una paz inmensa… De un pedazo de luna que brilla siempre, incluso por la otra cara…

Eres de cielo que se apaga buscando la noche pero regala un rastro malva y rojo.

Eres de agua clara y de canto redondo en un río que fluye y nunca para.

Eres de una lluvia espesa y de un sol caprichoso que busca filtrarse por las esquinas.

No mires atrás porque allí no queda nada…

No te dejes ahogar por el futuro porque es tan tuyo que podrías columpiarte en él mientras lloras de alegría.

No te entretengas con personajes secundarios, no te dejes llevar por palabras vacías… Tú eres quién lleva las riendas y escoge los caminos.

Que nadie que no te merezca te invada por un segundo… Que nadie que no te admire por tu sencillez excelsa se entretenga en tu puerta barrando el paso a los que sí saben verte como eres…

El camino siempre tendrá curvas… Siempre habrá noche y habrá día.

Siempre habrá aristas afiladas por donde pases y caras agrias que no sepan entender que la vida es corta.

No te preocupes por los que naufragan en gotas de agua ni te metas en sus cabezas diminutas…No escuches sus tragedias de diseño ni te arañes por no llegar a comprender lo que sienten…

Eres demasiado extraordinaria para encerrarte en ti misma, el mundo necesita que sigas adelante y le lleves la contraria a todo lo que no es justo o hermoso.

Sé que el cansancio, a veces, te habita las sienes y te borra la capa de entusiasmo que siempre llevas puesta. Sé que a veces, cuando el día acaba  y estás rendida de domesticar fieras, suplicas ser distinta y no tener que rendir cuentas a tu conciencia siempre firme y honesta… Aunque también sé que de inmediato das las gracias por ser tú y todo lo que eso implica.

Confía en tus pies, amiga, saben el camino.

Llevas las respuestas pegadas a la falda y los sueños impregnados en ti.

Que nadie te ate a nada… Que nada te ate a nadie … Y menos en tus momentos bajos, cuando olvidas que eres hermosa y venderías tu serenidad por un abrazo tibio…

Eres tan grande, tan inmensa… Que no se ve dónde empiezas ni dónde acabas.

Eres tan maravillosa… ¡Lástima que no puedas verte así!

Ni siquiera tú misma eres capaz de hacerte sombra…

Confía en ti, amiga, eres extraordinaria.

 

 


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Vivir entre caracoles


A veces se me olvida que no tengo alas y me parto en pedazos intentando volar.

Se me olvida que además de esencia soy sustancia y me duelen las fibras cuando quiero controlarlo todo en mi vida sin apenas dejar de sonreír.

Imagino que soy bruma y que soy ingrávida. Que salto sin esfuerzo y bailo sin casi tocar el suelo toda una tarde, toda una noche, toda una vida. Siempre quise bailar, pero siempre he estado sujeta a unos hilos invisibles tejidos de recelo y rubor que me ciñen las piernas…

Imagino que  floto y que me quedo prendida en los árboles y sólo me alcanzan las cometas y los globos de helio, mientras miro al mundo hacerse diminuto y llorar. El mundo llora porque no entiende sus heridas, porque ya no sabe cómo curar. Y yo tengo que verlas todas, notarlas todas, empatizar con todas sus lágrimas. Yo siempre noto las lágrimas ajenas como si fueran propias, como si inundaran mis sentidos.

A veces olvido que me han tomado el pelo, que a mi costa se han muerto de risa… Mi memoria selectiva borra de mi cabeza los cuentos chinos, pero sigue queriendo a los cuentistas sin poderlo evitar.

No me sirven los sucedáneos de vida. Ya no me sirven porque no se ajustan al tamaño gigante de mis sueños. Cuando vuelo me expando tanto que no quepo en mi cáscara y debo abandonar mi retiro para asumir mi naturaleza dispersa.

A veces olvido que he vivido algunas historias porque aún me arañan y hacen rabiar.

Ya no me llenan los recuerdos por más preciosos que sean… Quiero vidas, muchas, una tras otra, a poder ser repletas de todo, aunque no todo sea hermoso.

La belleza está a veces en la calle, pegada al asfalto y tiene los ojos de un niño que no arranca a llorar porque espera a su madre para derramar las primeras lágrimas.

Otras es un anciano que canta botella en mano una canción de amor a una esposa que ya no abraza sus madrugadas. O el espectáculo que deja una marea baja cuando cubre la arena de conchas y cañas. La belleza no es simetría es osadía. Es rebeldía y fuerza contenidas y concentradas.

Ya no me llena la ausencia de alguien soñando, ni el abrigo dulce de un abrazo que no llega nunca, pero que se anuncia largo…No me bastan sus palabras lisonjeras ni sus prédicas deliciosas…

No quiero vivir nunca más entre caracoles. No quiero que me miren de reojo porque salto al abismo mientras ellos viven a medias sin atreverse a dejar sus caparazones diminutos. Siempre seguros, siempre preparados para ocultarse y quedarse quietos si todo va mal.

Yo no quiero seguros, quiero vida, quiero arrugar la ropa y soltar la presa. Rodar por el margen y quedar suspendida en una rama, para ver lo que hay más allá de donde acaba el camino que los caracoles nunca van a pisar.

A veces olvido los abrazos, porque al soñarlos su recuerdo desuella mi alma cansada de esperar. He llorado por no tener algo que apenas existía, que no valía la pena, que nunca hubiera llenado mis márgenes gigantes.

Ya no me aguanto las ganas de nada, aunque haya promesas de viento y de lluvia.

Ya no me sirve un hueco, quiero un desierto entero cargado de escorpiones.

No me llena la luna por más que quepa en tu ventana, quiero ser las sábanas y las paredes que velen tu sueño…

A veces, camino tan sola que el eco trepana mis sentidos y horada mis oídos tediosos de aguardar susurros…

A veces, tengo tanto miedo de que el miedo me invada que cierro con candados mis esquinas y busco un lugar donde no me encuentren los cobardes. No quiero que laman mis oídos con sus palabras recelosas ni toquen mis pupilas con sus ojos apagados.

Ya no me calma una tarde quieta, ni una noche cerrada. No me envuelve la manta que susurra cuentos ni los cuentos que me recuerdan que antes todo me calmaba…

Ya nada cierra mis puertas, ni arranca los helechos de las paredes de mi alma… Nada me quita la blusa y camina por mi espalda dolorida y blanca.

Ya nada evoca ese canto triste que me recuerda que un día me importaba lo que otros pensaban y ahora ni siquiera existe.

La pasión mece mis días como las olas liman las rocas más afiladas.

A veces, me desnudo tanto que el frío me abrasa y la noche se precipita. He perdido la vergüenza a mostrar mi alma y airear mis temores…

Ya no me acuerdo de cuando era siempre tarde para todo y nunca pasaba nada.

A veces, pienso que todo lo que duele esconde un secreto que necesito conocer. Aunque deseo conocer mucho sin que duela…

A veces, te busco en las esquinas y entre los árboles del camino, por si estás, por si pasabas por ahí, por si no me acuerdo de que ya no existes y finjo que todavía me importas y me arañas…

No escribo para que me compres, sino para que me leas.

Para que sepas que estoy aquí y tengo tanto miedo como tú, aunque me ponga en primera fila y lleve puesta la cara de guasa y felicidad.

No quiero una manta, quiero un abrazo.

No quiero un recuerdo, quiero un momento… Muchos momentos, sin pausa. Todos los momentos que pueda almacenar en este cuerpo pequeño y repleto de habitaciones vacías.

A veces, las palabras calman mis vísceras rotas de tanto amar sin preguntar ni pedir.

Antes de enfadarte por mis palabras, piensa que la risa lo calma todo y ven a mi fuego a contar historias tristes que nos hagan creer que no estamos tan mal. Y luego desaparece,  que no quede ni tu aroma ni tu esencia, para que yo no me salpique de recuerdos…

A veces, se me olvida que no tengo alas y caigo. Conocer el abismo me ayuda a soñar.

A veces, escribo porque sentir es la única forma de saber que estás realmente vivo… Porque no soy un caracol. Porque ya sólo le tengo miedo al miedo.