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la rebelión de las palabras


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El camino correcto


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Escojas el camino que escojas es el correcto, el que necesitas. Te lleve a tu destino o no. Eso casi no importa. Si no te conduce a donde deseas, seguro que es porque hay en él algo que debes aprender antes o tal vez, quién sabe, el camino erróneo te lleva al lugar adecuado. A veces, las cosas que pasan y lo ponen todo patas arriba son las que hacen que todo siga su curso, que todo sea como esperabas… En ese camino, lleve a donde lleve, hay tal vez una enseñanza que conocer, una persona a quien encontrar, una lección que interiorizar. Pase lo que pase, sabes que no te equivocas o mejor aún, que si te equivocas es porque lo necesitabas y que sabrás sacarle rendimiento a tu error. Los caminos equivocados están llenos de grandes descubrimientos…

A la hora de decidir sólo te queda saber que lo que haces es a conciencia, que usas la cabeza pero que te dejas llevar por la intuición, que vas por donde notas que debes ir, aunque no sepas qué te espera al final. Porque, en el fondo, la luz la llevas tú. Si te hace falta, sabrás cómo y cuándo sacarla de dentro. Sólo importa decidir con las ganas, siendo consciente de las consecuencias y respetándote a ti mismo y a los demás… Seguramente, porque a la primera persona que no puedes permitirte engañar es a ti mismo. Como si al meterte en el agua supieras que te lleve donde te lleve es porque allí hay algo para ti… Un tesoro, un salvavidas, alguien con quien compartir la travesía, un pequeño bote desde el que empezar un viaje.

Lo principal es aprender a conocerse y no mentirse, y saber que lo que decides es porque lo deseas, porque te ha vibrar. La pasión con la que hacemos lo que nos conmueve y motiva no es sólo fruto del deseo o la emoción, viene de miles de pensamientos almacenados y experiencias que nos recuerdan que aquello nos ayuda a sacar ese yo verdadero y auténtico que, a veces, tenemos olvidado. Nuestro verdadero yo se pasa la vida (nuestra vida) intentando salir del rincón en el cual le hemos dejado tirado. Nunca se resigna, nunca se apaga. No tiene tanto miedo como nosotros y si lo tiene, se lo traga, lo encaja, lo escucha y lo tira por la ventana. Es ese yo (tú) que se atreve a levantar la mano para hacer preguntas y que te ha permitido confiar en ti mismo en ocasiones especiales. Es él el que gana algunas de tus carreras y dibuja algunos de tus sueños. Cuando eras niño, una vez, te salvó la vida porque en el último momento te susurró al oído “tú puedes, venga”. Es ese yo que cuando todo pinta mal y el peso del mundo te cae encima, toma posesión de tu conciencia y se levanta para seguir… Es el que sabe perfectamente que escojas el camino que escojas, vas a ganar porque al final del trayecto hay algo bueno para ti. Y que ese algo es, sobre todo, un nuevo tú más sabio y mejor.

Es el que te pide que decidas y que no te dejes influir por aquellos que tienen miedo o no saben entender tus pequeñas locuras…

Casi mejor estar en un camino elegido por mí, aunque me lleve a un fracaso, que seguir el camino de otro que me conduzca a una meta que no anhelo. Porque el fracaso será mío, pero la meta no. Y seguro que me aporta más ese fracaso que  el aprendizaje que la meta soñada en otra cabeza.

Y si nos aporta algo bueno, ¿lo podemos considerar un fracaso? Si de ahora en adelante, cuando lo recuerdes y repases, eres capaz de darte cuenta de la lección que llevaba y todo lo bueno que trajo consigo ese fracaso… ¿Qué más da?

Si buscando un tesoro encontraste un amigo ¿no te parece que saliste ganado? ¿No encontraste de hecho algo aún de más valor?

A menudo, aquellos que quieren arañarnos, sin saberlo, acaban siendo nuestra puerta de salida a nuevos mundos, nuevos retos, nuevas metas. Nos dan la opción, nos dibujan la puerta y nosotros podemos salir por ella a nuestro futuro. Para hacerlo, es necesario ver cada situación como lo que realmente es, una oportunidad. Porque si nos precipitamos y dejamos llevar por el dolor y sólo vemos su gesto, estaremos obviando la maravillosa consecuencia de sus actos. El tiempo que pasamos recordando nuestra tragedia nos mantiene atados a  ella. El tiempo que usamos detestando y odiando a quién nos ha hecho daño nos sujeta a esa persona. Es mejor pasar pantalla y analizar lo ocurrido con calma, serenidad y mirando de frente. Como si finalmente, nuestro captor nos liberara después de días y días privados de movimiento, y en lugar de salir corriendo a explorar nuestra libertad, prefiriéramos quedarnos a reprocharle su actitud. No solamente nos causamos más daño recordando la situación y repasándola, sino que cuando nos fijamos en él para odiarle, dejamos de mirar el camino que se abre ante nosotros. Mejor emprenderlo y poco a poco, empezar a trabajar en lo que suscitan en nosotros las emociones sentidas durante el cautiverio… Y hacerlo sin negarse a afrontar el dolor pero sin permitir que te invada y limite.

Nuestros captores son, a veces, la mecha que hace que todo salte por los aires. Otras veces, la chispa para darnos energía…

Al final, el que te despide, te da la libertad.

El que te deja, te permite encontrar otros compañeros de viaje.

El que insulta pone a prueba tu paciencia y autoestima.

El que te araña, deja en ti una valiosa cicatriz con la que podrás ganar mil batallas.

Podemos tardar un siglo o un día, pero al final, la única forma de verlo para salir victoriosos de la experiencia, es darles un papel de impulsores, de acompañantes necesarios e involuntarios, de actores secundarios en nuestras vidas que, sin pedirlo, han venido a darte el empujón. Porque sin saberlo, han conseguido poner en marcha el ese yo que actúa, que toma las riendas, el que nunca se resigna y siempre está tirando piedras a tu tejado para que le hagas caso cuando te olvidas de quién eres y qué buscas en la vida…

No importa el destino. No importa el camino. Sólo importa la forma en que te mueves por él y la ilusión con que lo haces…

No existe un camino correcto… Hay caminos que notas que merecen la pena y otros que no.

Tal vez, no hay caminos. Hay experiencias, hay momentos acumulados por vivir y mundos por explorar… Y están todos dentro de ti… Lo que cuenta es que te sientas bien con lo que haces y no traiciones tu esencia, que ames cada instante, que vivas sin regatearte a ti mismo, sin hacerte trampas… El camino es sólo la excusa para que salgan de dentro, te miren a los ojos y tengas que asumir vivirlos.

El camino eres tú.


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¿Por qué tienes mala suerte?


¿Consideras que eres una persona afortunada? ¿tienes suerte? ¿qué es para ti la suerte?
Nos han educado para pensar que es algo que cae del cielo y que, además, cuando se posee, se va a usar mal. Nos educan para temerla y desearla. Para tener miedo a la felicidad y no salir del camino trazado. La suerte no es magia, es insistencia, es actitud. Vemos muchas personas que han tenido suerte y cuando hurgas un poco en sus vidas te das cuenta de que lo que algunos llaman suertes es tesón, esfuerzo, osadía, riesgo, trabajo duro… Repetir mil veces algo de formas distintas hasta que consigues el resultado que buscas…


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Buscando la excelencia


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Se habla tanto de talento y de asumir el reto cada día de liderar nuestras vidas que a veces nos perdemos con los conceptos… Suena tan bien que lo primero que te pasa por la cabeza al oírlo o leerlo es que no puedes conseguirlo o que debe ser muy complicado llegar a ese nivel. Siempre tenemos esos pensamientos que nos limitan y recortan. Como si estuviera reservado para otras personas. Parece que conseguir la excelencia sea, además de un esfuerzo continuo por ser mejor cada día en todos los aspectos, un especie de “sin vivir” para que todo sea perfecto. Con tanta competencia, con tanta exigencia en el ámbito laboral, asumir ese reto nos puede parecer haber firmado un contrato con un usurero que no parará hasta volverte loco y desquiciarte para no perder en control.

Sin embargo, nada más lejos de la excelencia que la perfección. Al igual que la belleza, la excelencia necesita de toda nuestra humanidad para ser alcanzada. Y los seres humanos no somos perfectos. La perfección mata la ilusión de seguir batallando para ser mejor. Cada vez nos hemos dado más cuenta que lo que nos gusta es lo asimétrico, lo distinto, lo poco común, lo “raro”. Vivimos en una sociedad enmascarada de rutina que cuando encuentra a alguien que hace las cosas de otro modo y confía en sí mismo, o le repudia o le convierte en dios. O ambas cosas casi al mismo tiempo. Lo que llamamos rechazo en realidad es miedo. Lo que llamamos menosprecio es a veces envidia. Debemos dejar de preocuparnos por lo que otros piensan de nosotros y trabajar nuestra autoestima.

Cuando a veces se nos habla de excelencia sentimos una especie de ahogo en la garganta. Pensamos que significa no descansar, estar siempre alerta, perder tu vida personal para poder estar a la altura. Una necesidad de control de cada detalle para que todo esté en su sitio que aplasta el entusiasmo. Nada hermoso nace del control estricto.  La belleza es esa flor que sale entre las rendijas de un muro derribado, buscando el sol, en condiciones adversas. El momento que vives ante un hermoso paisaje que no encontrarías nunca si no te hubieras perdido al desviarte del camino. Buscamos tréboles de cuatro hojas porque son diferentes, porque nos traen la buena suerte de algo que es anómalo, distinto… Lo imprevisto es tan necesario como lo conocido. La naturaleza es terca y cuando intentas llevarle la contraria acaba tomándose la revancha por el doble…

El control sobre todo esteriliza nuestras emociones, las hace inservibles porque no nos permite notarlas ni aprender de ellas. Mata nuestra creatividad y nos vuelve abúlicos… La excelencia es creatividad, es inconformismo. Todo lo que nace bajo una norma férrea es gris y anodino… La vida está fuera del decorado. En cada acto excelente hay una promesa de rebeldía, un intento osado de ser mejor, pero sobre todo, ser original y distinto.

Este mundo necesita de personas originales y osadas. Que arriesguen y apuesten por sí mismas. Personas que busquen alternativas para todo lo inventado y sean capaces de defenderlas. Personas sólidas y hambrientas por conocer, por entender, por crecer. Al final, si no eliges hacer lo que amas, acabas viviendo la vida de otro y persiguiendo sus sueños.

La excelencia es la expresión de tu forma de ver la vida en cada uno de tus detalles, cada día. Y no hace falta que sean perfectos, sólo que sean vividos. Que nuestros gestos y palabras salgan del deseo, de la necesidad de crecer y evolucionar como seres humanos, del placer de mostrarnos como somos ante el mundo a cara descubierta y sin vergüenza. Y eso puede aplicarse al ámbito laboral, pero si se vive intensamente, afecta a todo en tu vida. Un profesional excelente debe ser una persona excelente.

La excelencia es creer en ti y actuar en consecuencia. Poner amor en lo que haces, aunque sea un acto que parezca insignificante en un lugar remoto y nadie pueda verlo.

Al final, en este cambio de paradigma laboral donde todo da la vuelta y se tambalea, donde ya nada es seguro y  nos sacude de un día para otro, para no perder oportunidades lo único que debes hacer es apostar por ti mismo. Volver a ti, a tu esencia. Ser tú en estado puro y buscar tu mejor versión. Saber qué buscas en la vida e ir a por ello. Ser dueño de tu destino… Ser tu jefe. Arriesgarte. Creer en ti mismo y saltar, aunque te miren como a un loco… Y cuando mires atrás, verás que los locos son ellos, que permanecen  amontonados, sujetándose a un rama que no aguantará su peso… Intentando revivir un sistema de vida basado en la seguridad y la rutina que se desintegra. Sin pasión, sin emoción. Anclados a un tiempo donde todo era vertical, de arriba a abajo, esperando que pase un vendaval para que todo siga igual que antes, cuando en realidad, ya nada será lo mismo.

Y no es fácil. Ser una persona excelente exige esfuerzo y dedicación. Aunque siempre compensa. Si intentado ser excelente el esfuerzo no te compensa es que algo falla. Para ser excelente debes ser feliz intentando serlo. Porque es algo que surge de dentro, una necesidad de cambiar lo que te rodea para impregnarlo de todo lo bueno que puedes aportar y al mismo tiempo ser capaz de percibir y aprender de lo que aportan los demás. Por eso la excelencia no es controlar, es fluir. Si no fluyes, revisa por qué no eres feliz con el camino, porque la meta nunca es segura y, a menudo se desdibuja, cambia o la cambias tú porque has encontrado algo mejor…

A veces, de camino a un sueño encuentras la vocación de tu vida… Eso es excelencia. Estar atento porque estás hambriento. Porque tienes muchas ganas de compartir lo que hay dentro de ti…

Las personas excelentes cometen errores y muchos. Aunque lo hacen con ganas de ser mejores, porque saben que hay que lanzarse y experimentar… Porque para descubrir la vacuna contra la desgana hay que darse algunos golpes y caer algunas veces en plancha. Para ser grande, hay que hacer cosas grandes… A veces, algunas de ellas nos vendrán grandes hasta que las usemos mucho y les tomemos la forma.

Para ser excelente hay que vivir lo que haces y sentir que forma parte de ti. Poner tu talento a disposición de otros, hacerlo crecer… Imaginar cómo eso que haces puede ayudar a los demás y mejorar sus vidas. Y hacerlo con tanta intensidad como te sea posible, sin fisuras en tu confianza,  pensando que cada detalle hace que el todo sea mágico, maravilloso, mejor.

La excelencia es pasión. Es un pedazo de tu alma puesta en todo lo que haces. Es entusiasmo, es ir a por más con ganas, con ilusión.

Es ese plus que pones en cada uno de tus actos y que lo hace distinto, original y le da esa calidad que todos buscan.

La excelencia la podemos practicar todos. El que investiga en un laboratorio,  el que  lava platos, el que sirve mesas, el que organiza el tráfico o el que dirige un país. Cada uno desde su ámbito y con todo lo que le rodea.

A veces, es un volverlo a repetir  todo mil veces hasta que es mejor, aunque aún creas que falta mucho para ser como tú quieres. Otras es un darle la vuelta, investigar más, hacerlo con más ganas o simplemente dedicar una sonrisa. Hay tantas palabras y sonrisas que han cambiado el curso de pequeñas historias…

Servir un refresco con una sonrisa. Cobrar la cuenta con un gracias. Volver a repetir las pruebas porque crees que el resultado es mejorable. No conformarse con un 9,6. Dar hoy un paso más con tus pies agotados en una larga rehabilitación para poder caminar… Decidir que, diga lo que diga el mundo, vas seguir luchando por conseguir ese reto… Excelencia es tener una buena idea a media noche y levantarse para apuntarla para que no sea que se te olvide… Entrar en un quirófano y decirle a la persona que aguarda para ser operada en la camilla que todo va a salir muy bien y pronto va estar recuperada. Mirarle a los ojos y que note que estás feliz por ayudar a curarla, que vas a poner lo  mejor de ti mismo para que así sea y ver como su corazón se calma y su cara se llena de esperanza.

A veces, la excelencia no es lo que haces sino la actitud que tienes cuando lo haces.

La verdadera excelencia no va encaminada a puntuar más delante del jefe, a cobrar más, acumular méritos o a recibir más elogios… La verdadera excelencia es la que nos permite cambiar la vida de los demás para mejor. La que nos hace embellecer el mundo, aunque a veces casi no se note… La que nos convierte en mejores versiones de nosotros mismos cada día y nos da empuje para vencer la adversidad. La excelencia es humanidad.

Al final, cuando lo haces cada día, cuando se convierte en un hábito, acaba repercutiendo positivamente en ti y todo lo bueno que compartes, vuelve. No sólo por la felicidad de ayudar a otros, porque la  generosidad y la gratitud siempre vuelven a ti.

Lo que hacemos con ganas sale mejor. Cuando ponemos nuestra humanidad entera, nuestra bondad, nuestra alma en lo que hacemos, todo se impregna de magia. La excelencia es esa magia.

 


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Cuando te dejan brillar, sumas…


Me gustan las personas que saben ver el brillo en los demás y no les asusta.  Me gustan los que suman y saben crear un ambiente en el que todos pueden aportar y crecer. Me gustan las personas que huyen de la mediocridad y buscan la excelencia.

Siempre he pensado que debemos rodearnos de personas más inteligentes que nosotros, para crecer, para aprender, para  subir el listón.

A veces nos da miedo brillar, destacar, mostrar nuestras diferencias. Otras veces a los que nos rodean también les da miedo, porque sólo los más inteligentes saber ver el brillo en los demás y no sólo lo aceptan sino que deciden compartirlo e incentivarlo.


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¿Crees que te lo mereces?


A veces, nos suceden cosas que no podemos controlar, pero si que podemos incidir en nuestros pensamientos y nuestra actitud ante ellas… Podemos decidir que no las merecemos y luchar para cambiarlas cuando sea posible, actuar como lo que somos, alguien que merece lo mejor, que sueña con superarse…
Si aceptamos lo que no merecemos, sin ni siquiera rechistar, acabamos mereciéndolo, nos volvemos pequeños y tristes, cuando en realidad, nuestro potencial es infinito.
Soñemos a lo grande, sin límites, vivamos nuestros sueños hasta que nuestros sueños nos transformen. Semos nuestra mejor versión…

 

 


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Buenos profesionales, grandes personas


Estamos tan preocupados porque nuestros hijos lo sepan todo para hacer que su futuro sea mejor en un mundo competitivo que, a menudo, olvidamos que también deben ser personas.

En la escuela, los profesores dan el máximo, a pesar de que cada vez tienen menos recursos y la dedicación se les presupone. Están sometidos, a menudo, a una vorágine de asignaturas y temarios, sin tiempo para darse cuenta casi de que cada niño o niña es un mundo y que no todos tienen el mismo ritmo, cosa que nos les hace ni mejores ni peores.

No se puede educar a la carta, cierto, pero con más recursos, se podrían detectar problemas y diseñar soluciones. Tener tiempo para planificar nuevas estrategias. Pensar si estamos apostando por todo lo que les hace falta. Dedicar un rato a educar a los pequeños en la autoestima, en la gestión de las emociones, en evitar conflictos…

Y poder transmitirlo a los padres, para que en casa refuercen ese mensaje y eduquen en el mismo sentido. Le pasan tantas cosas a un niño que podrían detectarse con unos minutos más, con más profesionales en los centros, con más horas, con un replanteamiento general de lo que es educar.

Estamos obsesionados con las horas de inglés que hacen nuestros hijos en la escuela, con razón, el nivel con el que salen deja mucho que desear, cierto. Aunque deberíamos darnos cuenta de que como sociedad no podemos educarles para que sean uniformes, debemos despertar su creatividad, su talento, su diferencia. Debemos ayudarles a despertar lo que les mueve, lo que les hace distintos unos a otros, lo que aman y lo que desearán hacer gran parte de su vida. Entusiasmarles para que aprendan a entusiasmarse, para que sean curiosos y busquen respuestas, para que se hagan preguntas sobre la vida y sobre ellos mismos.

Porque el inglés y cualquier tipo de conocimiento académico es importante, pero en un mundo competitivo, lo marcará la diferencia es su empatía. Su capacidad por ponerse en el lugar de otro al trabajar y en la vida, como no. Lo que hará que tengan éxito es que gestionen sus emociones y que aprendan de sus fracasos. Que crezcan a cada golpe… Que se comuniquen con los demás de forma adecuada y con respeto. Que en un momento determinado, a cinco minutos de que pase algo importante, sepan asumir el reto de decidir si o no, blanco o negro, apretar el botón rojo o el azul… Y aguantar esa presión y las consecuencias de sus actos. Trabajar en equipo, liderar, sumar… Que su calidad como ser humano sea aún mejor que su calidad académica, que admitan sus errores y aprendan de ellos. Eso es lo que les dará un futuro…

Debemos ayudarles a enfrentarse a sus miedos. Supongo que muchas personas ya adultas deben pensar que ellos lo hicieron solos y tienen razón. Hay quién pasó una guerra y nunca flaquearon sus valores ni convicciones a pesar de momentos durísimos… Sin embargo, todo está cambiando. Hemos dejado que a nuestros hijos les eduque la Play Station y  Bob Esponja. Les hemos enchufado mil actividades y casi no pueden respirar. Pasamos poco rato con ellos y cuando estamos con ellos, el cansancio nos vence y cedemos. Y a cada cesión les vamos colocando una losa encima que les alejará de la felicidad, del aprendizaje que necesitan a través de la frustración y la superación. Cada vez que buscamos el camino fácil, les complicamos la vida…

Les acabamos premiando por hacer lo básico, por lo mínimo. Aquello por lo que nosotros ni siquiera rechistábamos. Lo que se presupone nadie debería cuestionar. Les educamos para vivir sin esfuerzo ni ánimo de superarse. Sin más metas que no sean materiales, sin enfrentarse a sus miedos por si se asustan demasiado… Nos chantajean y les chantajeamos. Nos gana la culpa ficticia por un trabajo que absorbe, nos gana la falta de horas de sueño, nos ganan sus caritas preciosas suplicando… Nos gana entender el amor como vasallaje… Porque nosotros también necesitamos aprender más sobre gestión de emociones. Nos queda mucho por aprender. Como madre me doy cuenta de que me falta mucho para estar al nivel y me preocupa.

Hoy hablaba con un profesor de primaria. Una persona dedicada a sus alumnos, un hombre inteligente con vocación. En esto, tengo suerte, como madre he topado con buenos y buenas docentes que se preocupan por sus alumnos, personas que ponen empeño en hacerlo lo mejor posible a pesar de que cada año que pasa lo hacen con menos… Él me decía que los niños necesitan la misma dosis de amor que de buenos hábitos y disciplina, porque de nosotros depende cómo serán cuando sean adultos. Y me recordaba algo que olvidamos a menudo, que para ser buen profesional, hay que ser buena persona.  Que la grandeza en el trabajo se corresponde a la grandeza como ser humano… Sin embargo, nos preocupa mucho que aprendan teorías y fechas, que pasen pruebas académicas… Competimos en notas en lugar de fijarnos también en su madurez, en su forma de enfrentarse a los problemas del día a día, en hacer que sean niños pero que se conviertan algún día en adultos sanos y responsables en todos los aspectos.

Hemos olvidado, a veces, los gestos y las palabras. Nos falta charla, mirándonos a los ojos, y nos sobra whatts app. Nos faltan hábitos y nos sobran premios a cambio de que no nos “molesten” un rato cuando el cabeza nos estalla. Nos falta tiempo y nos sobran excusas.

Porque además de decirles a nuestros hijos “estudia” les debemos pedir que traten a los demás como merecen, con respeto, con la dignidad que ellos reclaman… Y sobre todo, dar ejemplo. Ser lo que les pedimos que sean. Vivir cómo les predicamos que deben vivir. Hacer que se sientan orgullosos de nosotros como nosotros nos sentimos orgullosos de ellos… No como algo que exhibir sino como alguien a quién tenemos el honor de educar… Educar para que un día no nos necesiten, pero igualmente nos valoren.

Una tarea apasionante y difícil, en un mundo donde cuando te haces mayor dejas de importar y apenas se te escucha. Donde a los ancianos se le llama viejos como si fueran trastos y, después de trabajar y contribuir toda una vida a la sociedad, se les da una pensión pírrica y se les pide que se callen y no molesten…  Cuando en realidad lo que nos pueden contar es muy valioso y necesario…

En un mundo donde los teléfonos parecen a veces más inteligentes que las personas y han empezado tomar decisiones por ellas. Y que conste que estoy a favor de que los teléfonos sean smart,  porque la tecnología y la ciencia nos ayudan a crear un mundo más fácil… Pero, por favor, sin dejar de lado lo básico, lo humano, lo digno… Sin creer que nuestro teléfono sustituye nuestra capacidad de entender a los demás y nuestra madurez… Porque si no, los teléfonos serán inteligentes y las personas cada vez más mediocres.

En una sociedad diseñada para producir sin parar, para que cada vez más te aísles y pases poco tiempo con los tuyos, para que te sientas culpable y tengas que consumir para saciar ese vacío que te crea no ser como quieres ser, no vivir como la persona en la que sueñas convertirte… Para que pongas excusas para no cambiar todo esto y sigas dando vueltas como un hámster.


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Una vida que no te pertenece


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No se te ocurra ser normal… Aunque te desesperes. En los tiempos que corren, tienes que apostar por ti mismo y por cada una de tus rarezas y manías. Debes destacar por lo que sueñas y mostrarte como eres. De lo contrario, la masa podría engullirte si no enseñas tu talento ni haces nada para diferenciarte del resto. Si no tienes una meta que te haga zarandearte por dentro vas a quedar dormido para siempre…

Debes hacer justo todo lo contrario de lo que has hecho siempre, de lo que durante toda tu vida te han sugerido que hicieras… Pasar desapercibido para que no se rían de ti, ni te señalen con el dedo. No les has caso. Eso ya no tiene sentido, ni para ti ni para esta sociedad que consume cada día ideas nuevas y frescas. Asusta un poco, por si no gustas o por si no aciertas, pero aún aterra más no brillar nunca,  ser tragado por la mediocridad y arrastrarse en una vida plastificada donde tú no eres el protagonista. Y más que no brillar o no destacar, lo que realmente da miedo es no vivir como realmente eres, no ser tú.

La “normalidad” es ahora la mejor forma de quedarte al final de la fila y no llegar nunca. De quedarte sin premio y ver pasar los trenes sin subirte en ninguno. De quedarte con hambre de vida y ver que no le importa a nadie, tal vez ni siquiera a ti lo suficiente, porque si de verdad te importa, pides y arriesgas.

No puedes ir por el mundo sin saber quién eres ni pensar qué das a conocer. No puedes seguir sin encontrar la coherencia entre lo que eres y lo que dices que eres, sin que se note lo que te motiva y te hace grande… Eres grande, lo has sido siempre, incluso cuando te has escondido porque no te gustabas y has suplicado al cielo cambiar de cara o de cuerpo… Eras grande incluso cuando te sentías diminuto y algunos te decían que no eras nada… Eres grande porque te planteas como vivir tu vida sin sentirte atado… Porque tienes mucho por mostrar y a veces no sabes por donde empezar… Da igual cómo, empieza ahora, aunque sea a ciegas y sin atino. Empieza en este momento aunque sólo con pensarlo quieras salir corriendo… Empieza ahora y haz que este sea el último día de tu vida en el que te dejas llevar por el miedo.

Dentro de ti hay algo que el mundo necesita, aunque tal vez el mundo no lo sabe y tú desconoces que eso que haces y que te hace feliz sea útil para otros… Eso que tal vez hace años que te llena de emoción y no cuentas a nadie para que no crean que eres un tipo raro, un friki… No te preocupes, que el mundo crea que eres un  friki o un genio depende del día y de la forma en que proyectes tu imagen y tu marca, de la manera en que te comuniques. A menudo, los que te amargaban la vida en el instituto porque llevabas gorra, corrían a comprar CDs de tipos que llevaban la misma indumentaria que tú porque alguien les había dicho que aquello era “Cool”. Si de verdad quieres alcanzar tus metas y  ser una de esas personas que dedica su vida a lo que le hace feliz, debes decirle al mundo por qué lo mereces y compartir tu sueño. Desplegar tus alas, sacar el león que llevas dentro. Atreverte a mostrar qué haces que te convierte en único y cómo eso va a mejorar la vida de los demás. Lo que buscas está ahí, dentro de ti, y llevas un siglo intentando encontrarlo en ojos ajenos, en vidas ajenas, en los sueños de otras personas y esperando descubrirlo desde su forma de ver la vida… Te has visto a ti mismo con sus ojos limitados y has dado por buena su versión. Ya no te sirve… Ahora, toca utilizar todo tu esplendor y compartirlo…

Ser normal es una verdadera locura.. Como vivir contenido, encerrarse en un envoltorio esperando a que alguien te tome por un regalo, te abra y te deje libre. Muchos han intentado ser normales durante años, yo lo hice. Quería estar tranquila y pasar desapercibida, esconderme para que nadie topara con mis ojos cansados… Aunque eso es vivir desde la barrera, ir a la playa y quedarse en la arena. Pedir el menú de la vida sin arriesgarse a buscar algo interesante en la carta. Durante un tiempo te permite sosiego, la verdad, pero si eres una de esas personas que se preguntan qué quieren hacer con el tiempo que van a estar vivos, este camino no te sirve. Es como tomar prestado el traje de otro y pretender que se te ajuste. Como vivir de recuerdos… Vivir a través de las canciones que suenan en la radio o llevar impermeable cuando la lluvia cesa.

Todos nos preguntamos lo que queremos hacer en la vida, en realidad, aunque no todos nos atrevemos a decirlo en voz alta o admitirlo. Y, sobre todo, dar el paso que marca la diferencia. El paso que no tiene retorno, porque una vez has activado ese mecanismo ya no hay vuelta atrás… Quemar las naves para no poder volver a casa si no es victorioso. Cortar la cuerda que te ata al pasado después de cruzar al otro lado. Tirar la llave después de pasar a través de la puerta de tu nueva vida… Hacer algo que no sea reversible, que no puedas deshacer ni enmendar cuando las miradas ajenas calen hondo y el pánico se te acurruque en el cuello.

Haz algo que no puedas deshacer. Toma un camino que tras tu paso se desvanezca.

No dejes migas de pan a tu paso para no poder volver cuando decidas que en realidad no tienes valor para enfrentarte al mundo. Que no puedas volver, aunque desesperes y creas que no vas a soportarlo… Barra el paso a tu vida anterior.

No les des tu nueva dirección a tus fantasmas de siempre.

No camines en línea recta para que los cobardes te sigan y te lleven de la mano de vuelta a tu antigua vida sin brillo.

Rodéate de frikis como tú, de personas que han hecho estallar el puente de retorno a sus vidas mediocres y transitan por la cuerda floja. Rodéate de personas que viven sus sueños e ignoran que sean imposibles o tal vez lo sepan pero les dé igual.

Rompe los mapas y dibuja los tuyos propios. Tira todos tus relojes porque ya no marcan tu tiempo, lo marcas tú. No sigas más brújula que tu visión… No metas en tu cabeza más sueños que tus sueños o los de aquellos que amas. No camines más caminos que los que te mueres por pisar… No sigas a ningún guía que no te lleve a tu guía interior.

Apaga la luz si la luz te lleva a un lugar donde hay sombra.

Sé tan raro como necesites para ser tú mismo. Sé tan auténtico que no te reconozcas, pero notes que nunca habías sido tan tú como ahora.

Haz lo que sea para que una vez des el paso no puedas echarte atrás.

Te juegas mucho en esto, tu esencia, tu dignidad, tu felicidad.

Al fin y al cabo, entre nuestras rarezas está nuestra riqueza como seres humanos. Y el mundo no tiene por qué aceptarlas, ni entenderlas. Sólo tienes que sentirte bien tú con ellas y respetar las rarezas ajenas.

Y que este sea tu último día en una vida que no te llena, que no te sirve, que no se ajusta a tus sueños ni hace que te levantes con ganas de más… La vida sin ganas es un sucedáneo insoportable que te devora por dentro.

Que éste sea el último día de tu vida mediocre e insulsa.  Tú ultimo día en una vida que no te pertenece…