merceroura

la rebelión de las palabras


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Déjate llevar


Pensamos que la felicidad es control y que si lo controlamos todo en nuestra vida evitaremos que pase lo que no nos gusta. Pensamos que controlaremos el mundo y nuestras circunstancias. No es cierto, el control no existe, es falso. Hay que dejarse llevar por la vida y dejar margen a la sorpresa, porque a veces, en esa sorpresa está lo que esperamos. Debemos abrir la mente para que las oportunidades pasen aunque no las tengamos planificadas. No se puede planificar todo. Aunque seamos disciplinados y nos esforcemos, que es muy necesario, hay que soltarse y dejar margen al error, dejar margen a la vida..

 

 

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Vivir sin manual


nino-lluvia

Este año he perdido el control.  Desde el punto de vista de alguien que necesita saber qué pasa y por qué en todo momento, resulta insoportable. Tener el control es vivir en una calma tensa siempre. Ponerse trampas y chivarse dónde están. Nadar en un vaso de agua y naufragar en la orilla. Cruzar el desierto de un metro cuadrado de arena y vivir una aventura sentado en el sofá… Tener el control es una alucinación, una forma de vivir en una tranquilidad falsa.

Controlar agota. Primero porque te supone estar siempre pendiente de qué sucede y llevar encima la carga de intentar estar perfecto. Segundo, porque el universo tiene sentido del humor y se asegura de que nunca lo tengas todo controlado. Por suerte, siempre hay mil cosas que se escapan a las redes imaginarias que vas tejiendo para asumir el duro trabajo de controlar…

Un tren que tarda, un niño que derrama un refresco en esa falda que debes llevar, el viento que te despeina, el amigo que te deja colgado, el teléfono que no suena, la lluvia insistente que cae con unas ganas locas para recordarte que tú no mandas en nada ni nadie…

Yo he estado un siglo intentado controlarlo todo para que nada se escapara de mi vista… Me inventé unas normas que seguir y me castigué cuando no lo hacía, sin darme cuenta de que mis descuidos y quebrantos de esas normas eran magia, eran mi oportunidad de crecer…

Controlar asfixia… Ahoga, comprime, reduce, aniquila la imaginación y te pega al suelo.

De muchas maneras, ser riguroso e intentar hacer las cosas lo mejor posible es algo bueno, claro. El problema surge cuando eso se convierte en un credo inquebrantable, en una religión. Cuando que esté bien es más importante que vivirlo. Cuando que sea perfecto te impide acabarlo o sentirlo… Cuando controlar no te deja fluir… Como bailar contando siempre pasos o tener que contar las gotas de lluvia de un aguacero que nunca termina. Uno puede intentar controlar sus emociones y aprender de ellas pero no puede pretender controlar toda su vida a cada momento…

El Universo es caprichoso. La vida es así. Te trae a menudo lo que necesitas, aunque no lo parezca. Otras veces, suceden cosas, algunas terribles, de las que es poco probable encontrar un lado bueno… Lo que no significa que no nos ayude a crecer y aprender. Todo lo que nos pone a prueba tiene su recompensa, aunque nos cuesta verlo .

A veces, no nos dejamos llevar y nos aferramos a lo que éramos y da la sensación de estamos repitiendo siempre la misma prueba. Como si el universo conspirara para que diéramos un paso e hiciera todo lo posible para precipitarlo. Y puesto que no lo damos, nos sigue poniendo la zancadilla una y otra vez en lugares parecidos para que nuestra estabilidad se tambalee y sepamos que hay que moverse, que hay que bailar.

Y cuando te obsesionas por el control, las leyes de la causalidad confabulan para que todo suceda al revés de cómo imaginaste o creías necesitar para demostrarte que no puedes controlar nada. Aún más, para decirte que lo que deseas conseguir puede encontrarse de mil formas y no sólo gracias al rígido manual que has diseñado para vivir tus días…

Los manuales rígidos que no dejan margen para la sorpresa ni el error conducen al pozos sin fondo, a una rutina que te borra la imaginación y te mata el entusiasmo.

El caso es que uno puede pasarse años y años sin que suceda nada en su vida (a menudo, ya nos aseguramos de ello porque los cambios nos asustan) y luego de repente en dos meses sucede todo. Porque encontramos a alguien que nos dice algo que necesitábamos escuchar. Porque topamos con un realidad alternativa ese día que hacemos algo poco habitual. Porque el Universo es testarudo y no para hasta que entiendes que hay cosas que van contigo y cosas que no, que cuando no vives según lo que dictan tus entrañas estás condenado a sufrir por no ser lo que quieres, que debes escuchar a tu conciencia y ser libre… Que has nacido para ser feliz y no puedes conformarte con sucedáneos insulsos… Que la perfección no es belleza. Que la calma exterior no es alegría… Que tenerlo todo controlado no es vida…

Por eso, cada vez que vuelves a las andadas y recuperas el manual rígido para una vida perfecta, la vida te sacude.  Te pone rígido a ti para que notes cuanto te perjudicas y te dejas las cervicales hechas un desastre. Te dibuja un contratiempo en la agenda, te vacía la cuenta con una factura, te estropea el coche…

Yo este año he perdido el control. Lo reconozco, ya llevaba tiempo con el manual escondido, sin seguirlo a rajatabla porque me había dado cuenta de que era un incordio, porque me había percatado que cuando me dejaba llevar un poco sin seguir siempre sus normas al pie de la letra pasaban cosas maravillosas…. Y, de repente, un día, me levanté con muchas ganas y al ver un contratiempo, en lugar de buscar la página del manual dónde indica que hacer en estos casos, decidí tirarlo por la ventana. Mi guía práctica y completa para vivir sin perder el control cayó al vacío…

Justo en ese momento, ante lo que algunos calificarían de gran temeridad, me di cuenta…  No lo necesitaba. No lo había necesitado nunca.  Para seguir mi camino sólo era necesario dejarme guiar por lo aprendido hasta ahora y seguir mi intuición.

Cuanto más aplicas el manual, menos arriesgas y menos aprendes porque no aplicas tu criterio sino aquello que crees que haría una persona cuerda y prudente en tu lugar… Porque el manual para mantener el control es una guía completa para prudentes, para cautos, para previsores, para personas que llevan una falsa vida de ensueño y quieren que permanezca así siempre (no lo saben pero incluso si quieres que todo sigan igual, de vez en cuando tienes que hacer cambios porque si no el agua se estanca).

El manual es para personas que no quieren llorar, ni notar las sacudidas, ni ensuciarse, ni despeinase… La mayoría de veces no porque les disguste sino porque necesitan tanto la aprobación de los demás que buscan una perfección que les haga adorables. Tienen miedo. Creen que si lo controlan todo nunca harán el ridículo ni estarán fuera de lugar… Que nunca serán criticados ni menospreciados…

Por eso yo tiré el manual. No mentiré, acto seguido tuve un ataque de pánico que me dejó medio lela… Después de tanto tiempo con ese libro en mis manos, al desaparecer, me sentí desnuda, desprotegida, vulnerable… Aunque, dejar de controlar es algo mágico. Entrar en un lugar y saber que sólo debes obedecer a ti mismo y al respeto que les tienes a los demás. Soltarse. Caer. Caminar hacia atrás. Dejarse llevar por una simpleza y reír sin pensar qué cara pones… Lo tiré porque siempre que lo escondía acababa recuperándolo y quise asegurarme de no volverlo a tener en mis manos. Lo tiré porque después de un siglo siendo prudente sin más resultado que una vida anodina, pensé que había llegado el momento de arriesgar…

Sin esta guía absurda, nunca sabes qué va a pasar y te das cuenta de que, en el fondo, antes tampoco. El control de todo era una ilusión, un espejismo creado por tu necesidad de vivir pensando que llevabas la vida que debías, aunque no la que querías….

Y acabar el día llorando y riendo, con las medias rotas, el pelo alborotado, sin saber qué va a pasar mañana y habiendo hecho el ridículo, tal vez.  Sin más guía que tú mismo, que tu sabiduría acumulada, tus errores y tu necesidad de vivir con intensidad. Perder el control y que pase lo que pase, aunque no depende de ti, creas que seguro será bueno… Otra prueba, otra experiencia, otro sueño… Sin manual, sin red…

Y dejar que llueva. Y notar que llueve.

 

 


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Dejarse llevar por la conciencia


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Foto : Gimena Escariz

Las cosas y las personas, a veces, no son lo que parecen.

Los que más se ríen de ti son aquellos que se reconocen en tus defectos. Cuanto más sonora y ácida es su risa, más les recuerdas lo imperfectos que son. A más burla, más dolor acumulado… El resentimiento que expían a través de la mofa que hacen de ti es porque no se quieren ni respetan, porque no se conocen ni quieren conocerse. Te acusan de ser lo que ellos temen ser. Atacan antes de ser atacados por lo mismo que creen ver en ti. Te deforman en sus mentes agotadas de buscar defectos ajenos e intentan que te avergüences por lo que ellos no son capaces de afrontar. Te envidian porque haces lo que ellos no hacen.

No quieren ayudarte, si quisieran, su crítica sería amable y constructiva. Te dirían lo que consideran que no es del todo positivo y, al mismo tiempo, sabrían ver tus virtudes y las enumerarían para que tomaras aliento y fuerza. Los que más te critican son los que más detestan tu forma de vivir, porque lo haces como ellos no se atreven a imaginar. Cuánto más murmuran, más envidia sienten y más rabia estalla en sus venas. Sus conciencias están agitadas. Cuánto más les ignoras y sigues tu camino, más se inflaman y revuelven… Por tanto, no tiene sentido preocuparse por sus jadeos y resuellos ni vivir a través de sus carcajadas inyectadas en miedo y dolor. Sus chismorreos confirman que vas por buen camino, no vas a ceder si tú eres feliz con tu paso y vives haciendo lo que amas.

Los que más se pelean y buscan riña más miedo tienen. Atacan para soportar la espera a recibir un ataque. Atacan para esconderse tras una mirada feroz y un semblante salvaje porque tienen tanto miedo a fracasar que cada segundo que pasa se les come la paciencia una pérdida imaginaria. Los más duros, los más agresivos, los más chulos son los que viven más aterrados, los que más temen dejarse vencer, los que más pesadillas tienen cuando cierran los ojos y ven que no te pueden provocar, porque tú no decides con puños ni batallas con insultos… Los violentos son cobardes, su miedo se mastica, es denso, pesado, se filtra en sus huesos, se instala en sus cabezas obsesivas… Lo único que les queda es la pugna, el generar dolor para mitigar su dolor, para calmar su necesidad de vencer siempre aunque su victoria sea una derrota en humanidad. Los despiadados no guardan ni una pizca de piedad para ellos mismos, no confían en sus palabras ni en sus posibilidades de ser amados por lo que valen. Su conciencia está rabiosa.

A menudo, las bestias más desalmadas son la bestias más tristes y asustadas…¿Vamos a entrar en su juego y bajar nuestro listón?

Los que más chillan son los que menos argumentos tienen. Los que menos palabras conocen y peor las usan. Los que no saben estar ni quedarse, los que no valen para argumentar y ceder. Los que no saben ponerse en cabeza ajena e imaginar, los que no tienen piedad ni ganas de compartir. Sus gritos liberan al lobo que llevan dentro, para luego penar durante horas al reconocerse como animales… Los que más gritan son los que menos saben de verdad y más pierden la razón en las formas. Los que se imponen a bramidos pierden por la boca las oportunidades, se quedan vacíos, se quedan rancios. Su conciencia está resentida.

No vale la pena dejarse amedrentar por sus gritos si no dicen nada, si no aportan nada porque son oradores vacíos.

Los que más ignoran a los demás y los utilizan son los que están más solos. Su soledad es rotunda, sórdida, cóncava. Su vanidad crece mientras su supuesta belleza se marchita. Se rodean de muchas personas pero ninguna de ellas llega a sus corazones ni vence sus defensas. Nadie les acaricia lo suficiente como para que noten sus caricias y su corazón se queda frío. Los que piensan que son el centro del mundo, en realidad, están en una esquina, llamando la atención, pero nadie les mira porque no comparten nada. Porque no saben dar y sólo buscan recibir… Porque tienen miedo a quedarse solos y se quedan solos para demostrar que no les importa. Acumulan todo lo que pueden por egoísmo porque tienen pavor a perder lo que tampoco les pertenece. Te manipulan, te usan, te poseen, te vacían, te hacen sentir culpable por no venerarles, te piden fidelidad y exclusividad y te arrastran por el suelo… Te piden que estés pendiente de sus deseos cada día a cada hora y ellos, sin embargo, nunca están cuando les necesitas… Al final, se quedan sin nada que valga la pena, sin refugio, sin caricia, sin nadie que abrace su sueño y, quién lo hace, es alguien como ellos que ama sin amar sólo por interés.

¿Vas a valorarte a ti mismo a partir de lo que ellos ven en ti?

A veces, los que más se quejan de todo y de todos son los que más tienen, los que ya no saben cómo ocupar su tiempo y necesitan ser protagonistas incluso de otras vidas. Los que llenan sus horas de lamentos y nunca se sienten llenos o queridos, nunca tienen suficiente porque su autoestima es un saco roto, un embudo por el que todo pasa y nada queda… Porque no aprecian y por tanto, no retienen. Porque nunca dan las gracias ni se maravillan de lo que les rodea… Porque siempre ven el lado oscuro de la vida… Siempre entre quejas y burlas, siempre siendo una víctima feliz acaparando las miradas y llenando los oídos ajenos de palabras tóxicas… ¿Aspiras a vivir en ese mundo de insatisfacción que no hace nada por mejorar y sólo espera que el mundo reviente? ¿vas a dejarte llevar e intoxicar por sus gestos y palabras?

Los que te dicen que te quieren, a veces, no te quieren. Te usan, te manipulan para que creas que eres tú quién no sabe responder a sus llamadas de cariño. No te quieren libre, te quieren poseer y utilizar.  No sirve para nada que te digan “te quiero”, eso lo dice cualquiera… Sólo cuenta si lo muestran. Si cuando deciden, se nota que piensan que existes, si cuando actúan queda claro que les importas… Si te reservan tiempo y te buscan. Si cuando les buscas, les encuentras. Si cuando les tocas y les tienes frente a ti son infinitamente mejores que cuando les sueñas. Si no les tienes que soñar demasiado porque les tienes a menudo y te tienen. Los que te dicen que te quieren y, en realidad juegan, tienen la conciencia dormida.

Aunque no entremos en ese juego, tampoco somos perfectos. No somos mejores, ni peores. Tal vez sólo somos capaces de verlo y recapacitar… No caigamos en la trampa de pensar que estamos por encima del bien y del mal, semos libres y seamos justos. Afrontemos lo que nos asusta sin usar a los demás de escudo. No vivamos pendientes de nadie, ni siquiera de nosotros mismos, no demasiado… Cedamos control y dejemos de buscar excusas para explicarnos…

Siempre es mejor ser lo que pareces. Parecer lo que eres… Ser honesto y casi transparente cuando alguien se acerca lo suficiente como para entrar en tu círculo. Los que te aprecien, ya bucearán en ti para conocerte mejor. Los que que no quieran verte, podrán atravesarte con sus ojos tristes y su mirada helada. No importa si ellos no son capaces de ver lo que eres. Que tus actos y tus palabras sean compromisos… Que puedas responder por lo que te habita y lo que transpiras. Aunque, no has de sufrir por demostrarlo, ni vivir en un escaparate constante.

No caigamos en la trampa de vivir sólo hacia fuera para ser aceptados. De parecer lo que no somos para que nos compren. Basta con la conciencia en paz y el ánimo despierto… Basta con dejarse llevar por la conciencia.


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La necesidad de perder el control


globosLo queremos controlar todo. Saber hacia dónde nos lleva cada paso que damos, sin apenas notarlo y vivirlo.

Somos peces. Damos vueltas a la mismas ideas de siempre. Vivimos en un bucle mental, en una espiral de modorra y rutina.

Buscamos respuestas en los libros para liberarnos de nuestras ataduras mentales y, a pesar de que nos parecen necesarias, no las aplicamos nunca.

Nos compramos una chaqueta nueva porque pensamos que si cambiamos por fuera, eso nos dará fuerzas para cambiar por dentro. Queremos ser otros sin dejar de hacer lo mismo de siempre… Somos nuestras propias marionetas.

Nos apuntamos a un curso para aprender a respirar, a descubrir quiénes somos y ponernos objetivos en la vida, mientras retrasamos el momento de empezar a vivir.

Nos equipamos para correr maratones y nunca llegamos más allá de la esquina.

Llamamos a un amigo al que hace tiempo que no vemos y le contamos nuestras penas sin escucharle. Le intoxicamos con nuestras palabras tristes y nuestros pensamientos viejos y usados, cuando en realidad lo que necesitamos es dejarnos llevar por sus ideas nuevas y frescas.

Nos repetimos mucho. Nos pasamos el día justificándonos por no decidirnos, por no llegar, por ser… Para no tener que dejar de controlar.

Fabricamos excusas para que nuestra existencia no tenga estridencias, ni sobresaltos. Nos inventamos dolencias imaginarias como coartada para no tener que superar nuestros límites.

Nos ponemos unos zapatos distintos para tener la sensación de que nos llevan por otro camino. Aunque nunca nos alejamos del perímetro que nos hemos trazado…

Nos comparamos con otros cuando nuestras vidas y puntos de partida no son comparables. Como si cada ser humano no fuese único.

No olemos el mar porque nos hundimos en la arena… Porque nos blindamos en nuestros caparazones. Nos perdemos cualquier cosa que implique poner un pie más allá de las fronteras de nuestros miedos.

No amamos por si duele. No sentimos por si el sentimiento caduca. No nos damos por si no se nos dan. No salimos de nuestra habitación interior por si al volver todo está revuelto.

No nos ponemos ese vestido atrevido que nos gusta porque nos da vergüenza. No nos lo podremos nunca porque somos de esas personas que cuelgan sus deseos en un armario y jamás se los ponen.

Tenemos prisa siempre para vivir y dejarlo todo en suspenso, en una suspensión concreta y conocida.

Vivimos en un limbo emocional donde transitamos sin pena ni gloria, a cambio de pasar por la vida sin demasiado riesgo ni conmoción.

Huimos de los laberintos y los acertijos. Cuando sucede algo fuera de nuestros planes, saltan la alarmas y nos metemos en nuestros cascarones.

Perseguimos hologramas de nosotros mismos. Nos engañamos diciendo que vamos a por todas, que queremos devorar la vida, y en realidad, ni siquiera le damos pequeños mordiscos.

Nos adjudicamos vidas anodinas y nos ponemos retos asequibles para no tener que notar el frío de de nuestros pasos imprudentes.

Cuando nos caemos, miramos de reojo aterrorizados por si alguien nos observaba, porque vivimos en un escaparate asfixiante…

Nos ahogamos en gotas de agua y convertimos un pequeño conflicto en unas arenas movedizas.

No osamos. No preguntamos. No nos atrevemos a insinuar que nos gusta. No pedimos lo que queremos por si no queda.

Nos quejamos en voz alta para buscar la compasión fingida de otros que se quejan también en voz alta y que como nosotros tampoco nos escuchan porque para hacerlo tendrían que dejar de lamentarse.

Nos mordemos la cola y tropezamos con la misma piedra… Vivimos en una caja  y nos conformamos con lo que vemos a través de las ventanas… Confundimos la desidia con la paz y la resignación con la adaptación. Nos ilusionamos con el mando a distancia y calculamos nuestras carcajadas porque consumen calorías.

De vez en cuando, queremos romper con todo y cambiar, pero lo hemos convertido también en una rutina para no tener que asumir esa necesidad de renovarnos, para convertir nuestro cambio en algo inmutable y cíclico. Para poder continuar soñando que cambiamos sin tener que movernos ni un milímetro y sin correr el riesgo de romper las costuras de ese traje a medida que nos hicimos para no transformarnos.

Y sin embargo, ya tenemos todo lo que necesitamos y somos todo lo que buscamos.

Sólo hace falta seguir el camino más abrupto, escoger la opción más complicada y arriesgarse, pedir el deseo más grande y subir a la cumbre más alta.

Hacer la pregunta impertinente que nos ronda por la cabeza. Pisar la zona prohibida. Levantar la cabeza y osar soñar con retos más altos y rotundos… Abandonar la cola donde esperamos a que repartan lo que siempre pedimos y dar la vuelta para encontrar algo inesperado…

Cambiar de pensamientos, cambiar de palabras y salir del decorado.

Hacer algo que no hemos hecho nunca pero que siempre hemos deseado intentar.

Cumplir con disciplina los consejos de los sabios… Y si nos parecen consejos cómodos y asequibles, cambiar de sabios.

Sentarse donde nuestro mundo se tambalea y perder el control de lo que nos sucede… Atrevernos a cuestionar quiénes somos y lo que hacemos. Ahondar en todas nuestras inseguridades y caer en todas las trampas que pusimos para quién quisiera flanquear nuestras defensas y entrar en nuestras almas.

Dejar de quejarnos y borrar esa cara agria que dibuja la rabia acumulada y nos aleja de aquellas personas a las que realmente nos iría bien acercarnos. Huir de todas esas caras grises que nos recuerden lo que fuimos para dejar de relacionarnos con personas que buscan vidas controladas.

Dejar de mirar a los demás por encima o por debajo, buscar su mirada y conectar…

Aceptar y adaptarse. Y, si hace falta, esperar hasta poder cambiar lo que queremos cambiar.

Andar por ese sendero de tu vida donde no sabes si habrá barandilla…

Gestionar tus emociones y aprender de ellas.

Abrazar lo sencillo y recrearse en lo básico. Encontrar el punto entre fluir y estar. Encontrar ese lugar salvaje que habita tu conciencia más indómita y dejarse llevar… Abandonarse a los sentidos sin que tu yo más inflexible pierda del todo el equilibrio.

Ser curioso e irreverente. Descubrir lo necesario que es a veces perder el control para descubrirte a ti mismo. Nuestros grandes talentos están a veces ocultos en nuestras grandes flaquezas, en nuestros temores, en el ángulo muerto de nuestra visión disciplinada y formal.

Despertar un día y no reconocer nada de lo que te rodea y que no importe. Saber que nada te une al decorado de tu vida por decreto ni obligación. Que no sigues más guión que el que escribes cada día… Que más que posesiones tienes vivencias… Que tú escoges tus arraigos y echas tus raíces. Que, si es necesario, cada día construyes tu hogar en un lugar distinto del camino… Que cada día construyes el camino.


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Cuando aparece el maestro


ciudad

Cuando el discípulo está preparado aparece el maestro. Eso es lo que dice el proverbio budista. Confieso que la primera vez que lo oí era muy joven y empecé a buscar a mi alrededor ancianos sabios de mirada profunda. Durante mucho tiempo, imaginé que un día llegaría a mi vida alguien así y me diría las palabras que necesitaba escuchar para activar algo en mí que desencadenara el milagro. Ser feliz, sentirme bien conmigo misma y tenerlo todo bajo control para no sufrir ni exponerme. Confieso también que una parte de mí creía que controlarlo todo me ofrecía muchas posibilidades de conseguir la felicidad, porque el control era perfección y la perfección, pensaba yo, me hacía sentir segura y la seguridad era lo más parecido a la felicidad que yo conocía… Ahora ya sé que no, pero como pasa en todo, cuando llevas años y años estableciendo mecanismos internos para cortarte las alas y rebajando tus expectativas, el camino de vuelta para cambiar esas creencias es difícil… Estamos en ello.

El caso es que encontré algunos profesores y mentores que me inspiraron. Buenos amigos y grandes personas. Algunos de ellos sabían más que yo de todo, estaban más curtidos en la vida y podían hablarme mucho de dolor… Pasé siglos, al menos eso me parecieron, buscando anclas para no dejarme llevar, para no perderme, y barandillas en las que sujetarme y no ir a la deriva. Durante años busqué puntos de apoyo donde sujetarme para soportar el vértigo… Me desesperé y me sentí vacía. Hasta que me di cuenta. Buscaba maestros y había tenido mil. No les había visto. Pasaban ante mí y yo era incapaz de darme cuenta de que cada día, si tienes la actitud necesaria, la mente abierta y los ojos hambrientos, se aprende algo. Cualquiera puede ser un maestro.

En la vida encontramos muchos maestros. Muchos. Uno por cada miedo que nos atenaza. Por cada riesgo que no queremos correr… Por cada fantasma del pasado que preferimos ignorar… Por cada pasión que renunciamos a vivir. Cada maestro viene a ponernos a prueba por algo distinto. A veces, es difícil reconocerlos porque van disfrazados y están ocultos. Un maestro es cualquier persona que nos ayuda a crecer, aunque sea a patadas. Pueden ser personas desagradables, tóxicas e incluso menos evolucionados emocionalmente de lo que nos gustaría. El maestro que esperas puede ser un niño a un anciano. Puede darte la lección que necesitas con una sonrisa y un arrumaco o con un empujón al vacío. Puede que sepa que te ayuda y lo desee. Puede incluso, estos son los que más cuesta de distinguir, que desee hacerte daño y lo consiga. Hay maestros que aspiran a ser amigos y maestros que aspiran a ser verdugos. Y todos nos traen una lección. A veces, esa lección es saber cambiar de dirección a tiempo…

Un maestro es alguien que ha leído cien libros o alguien que no ha leído ninguno. El más cortés o el más impertinente. El más dulce y el más ácido. Hay maestros que tienen como misión ponerte las cosas más fáciles y otros que han venido a ponértelas difíciles o casi imposibles. Hay maestros que vienen a sacarnos de quicio, maestros que vienen a revelarnos alguna gran verdad, maestros que nos regalan su indiferencia… Hay maestros que te dicen que te quieren y mienten. Hay maestros que te quieren y nunca te lo dicen. Hay maestros de hielo y de fuego. Maestros con espinas afiladas bajo pétalos de terciopelo y maestros de mirada severa subidos a altares ficticios. Maestros que te enseñan a sobrellevar el dolor y maestros que te abren heridas. El ser más repugnante y egoísta de los que hay en una reunión puede ser el maestro destinado a mostrarte en lo que no quieres convertirte. A veces, hay maestros que nos vienen a descubrir lo que queremos y no sabemos y otros que nos enseñaran cómo llegar a lugares que desearíamos no pisar jamás. Algunos maestros son modelos positivos y otros modelos negativos de una forma de vida que no queremos emular.

Cuando el discípulo está preparado aparece el maestro… Cuando tienes la capacidad de ver y entender lo que ese maestro viene a mostrarte, aparece. Cuando tienes fuerzas para andar, encuentras el camino. Un maestro muestra un camino, a veces, para llevarte a dónde sueñas llegar. Otras para que te des cuenta de que tu sueño es absurdo y decidas cambiarlo. A veces, el maestro te muestra un camino que no va ninguna parte porque en realidad lo que necesitabas era el tiempo del trayecto para pensar… O quién sabe si encontrar un compañero de andadura en quien confiar.

Cada persona que conocemos es un maestro en potencia. Hay maestros de risa, de llanto, de valentía, de miedo. Hay maestros que te arrancan una parte del alma cuando descubres qué lección han venido a darte. Maestros que te pagan con arañazos las caricias y con indiferencia los favores…Tal vez no saben más y debas aprender a mejorar tu autoestima para soportar la situación y ser capaz de decir “basta”. Hay maestros que vienen a ti para que aprendas a perdonar y maestros que te golpean donde más duele para que aprendas a esquivar sin dejar de confiar… Ellos no lo saben, no tienen ni idea de que son tus maestros porque a su vez ellos están aprendiendo algo de ti. Hay maestros que te avergüenzan y maestros a los que desearías no haber conocido nunca. Eso sería el error…

Los maestros te hacen crecer porque para aceptar su enseñanza y alcanzar la moraleja que traen consigo debes hacer un ejercicio interior que te hace evolucionar. Para darle la vuelta a la situación y descubrir qué podemos aprender de cada momento y de cada persona que se cruza en nuestro camino. Al final, que un cretino se convierta en un maestro depende más de ti que de él… Si lo miramos de esta forma, aquellos que han venido hasta ti para utilizarte pueden acabar siendo utilizados por ti para mejorar… Porque todos necesitamos alguna vez que alguien active ese mecanismo en nuestro interior que nos hace falta para defender nuestra dignidad. Es duro, pero cuanto más angosto y tortuoso es el camino, más se aprende a transitar por lugares complicados.

Hay maestros que nos hacen sufrir y que han venido a enseñarnos que no merecemos ese sufrimiento. Si todo fuera perfecto, si no hubiera conflicto, nada crecería en nosotros.

Alguien debe enseñarnos que la felicidad no es controlarlo todo siempre y que para conseguir lo que quieres hay que aceptar cierto grado de inseguridad. Es saber que sea como sea el camino, te encontrarás con fuerzas para seguir. Esa paz interior que te convierte a ti también un poco en maestro, en uno de los que son un buen ejemplo…

Otra cosa que aprendí, un maestro no es sólo un ancla a la que aferrarse para no ir a la deriva, ni un punto de apoyo en el que sujetarse para no caer. A veces, es todo lo contrario. Es un trampolín desde el que saltar al mundo sin red, un viento que te anima a dejarte llevar y salir de ti mismo, un acantilado desde el que empezar a volar… Tal vez no sea que el maestro aparece cuando el discípulo esté preparado. Es que sólo cuando está preparado es capaz de reconocerlo y aprender la lección.