merceroura

la rebelión de las palabras


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Escribiendo tu propia vida


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Dudar es a veces volver a decir que sí y renovar tu confianza.

Conocer es comprender que no sabemos nada, todavía…

Irse a veces es escogerse a uno mismo y no huir aunque lo parezca. Porque lo que realmente importa es hacer lo que sientes que te debes sin tener que demostrar nada… 

En ocasiones, llorar es pura alegría y reír un acto de hipocresía que te llena de amargura y te vacía por dentro.

Decir que no es amar y alejarse la mejor manera de soltar y dar libertad. 

No siempre el reto es llegar a la meta, a veces es tan sólo encontrar el camino. No siempre el miedo nos obliga a desaparecer, a veces, nos empuja a atacar y nos llena de rabia.

No hay noche más larga que la propia noche. Que la noche del que se niega a ver la mañana y abrir los ojos y despertar. De hecho, no hay más noche que la decidimos quedarnos dentro. 

El fuego a veces quema y otras calienta.

El miedo a veces es el muro con el que topan tus sueños y otras el muro que aprendes a saltar para seguir con más ganas.

Nada es lo que parece, sólo depende de los ojos con que miramos el camino… Para el que tiene ganas de seguir todo lo que encuentra es una señal que le ayuda a trazar un mapa… Todo es una herramienta con que fabricarse un destino más rápido y una solución más fácil. Para el que sabe motivarse a sí mismo., todo es un mensaje de aliento… Para el que decide que el mundo le es adverso, todo lo que encuentra es un obstáculo.

Para el que está convencido de que todo tiene sentido siempre hay una explicación que le lleva a sí mismo… Para el que confía siempre hay una voz que le guía.

Para el que siempre llora, no hay sol que brille. No hay lluvia que cese ni viento que no intente arrancarle la risa. No hay mano que se le tienda que no sea una mano enemiga.

Para el que siempre sueña no hay realidad por sórdida que sea que suponga un escollo insuperable.

Para el que ama dar, siempre hay alguien que necesita. Para el que sufre por perder lo que tiene, siempre hay alguien que querrá robarle la vida.

El que se permite escuchar su propia voz descubre que ha estado guiando su camino siempre, pero que a veces no ha podido escucharla porque estaba ocupado oyendo la voz de su ego que intentaba ahogarle en un mar de quejas.

Para el que se lamenta nunca se acaba la pena… Para el que acepta cada paso, nunca hay nada de lo que lamentarse y todo es sorpresa.

No hay una sola realidad, hay realidades infinitas esperado que escojamos una para vivirla. A cada paso, tiramos del hilo y ponemos en marcha un mecanismo para que un futuro se convierta en presente. 

Siempre decidimos, incluso cuando nos negamos a responder a nuestras grandes preguntas y dilemas… A veces, nos cuesta tanto hurgar en nuestros miedos y oquedades por si encontramos algo demasiado oscuro, que nos dedicamos a intentar enmendar las vidas de los demás… Incluso entonces, estamos decidiendo sobre nuestra vida, porque escogemos que no nos importe lo suficiente como para trabajar en ella y cambiar lo que no nos hace felices.

Cuando decidimos bailar, hacemos que exista la música.

Cuando escogemos reír, el mundo empieza a ser divertido.

Cuando elegimos que no importa lo que dicen de nosotros otras voces, esas voces desaparecen o callan.

Cuando abrimos los ojos, creamos la realidad de aquello que hace un instante estaba en nuestra cabeza.

Cuando empezamos a andar, dibujamos el camino.

A cada instante, creamos un universo paralelo en el que podemos sumergirnos y vivir de otro modo… Lo que deseas siempre está en ti… A veces, llega a ti para que sepas que te estabas privando de vivirlo… Otras para que te des cuenta de que no era lo que esperabas…. Y sí, a veces no llega porque en tus pensamientos hace tiempo que has decidido que no lo mereces y lo has apartado de ti.

Este libro que es tu vida lo has escrito tú y, a menudo, te enfadas y te pones a arrancar páginas y culpas a otros de los diálogos y de las historias que hay en él… En lugar de mirar en tu interior y descubrir qué voz dicta tus palabras y ponerte a escribir de nuevo, desde tu verdadero ser, desde esa parte de ti inmensa que se ama y decide convertirse en su aliado y no su enemigo.

Tirar la moneda al aire para que decida cara o cruz sólo sirve para descubrir en el último momento cómo deseas realmente que caiga. Y cuando lo sepas, puedes tomar las riendas y decidir que dejas de usar monedas y excusas, que dejas de retardar el momento de salir del sueño y vivir en esa nueva realidad en la que dejas de ponerte la zancadilla… 

Para el que hoy se ha despertado pensando que el día será maravilloso, no habrá contratiempo que le contradiga… 

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Heridas


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A veces siento que me he cosido a mí misma. Como si fuera una muñeca de trapo remendada por todos los costados… Se me caía un ojo y lo cosí. Se me salía el relleno e hice un apaño. En ocasiones, el remiendo ha quedado perfecto, como nuevo. Otras veces, no he encontrado el mismo color o no he sabido reparar lo roto con la misma destreza con la que estaba hecho en un principio y ando por la vida con un ojo de cada color y algunas cicatrices. Soy un ser asimétrico y deshilachado, pero estoy aquí.

Durante mucho tiempo, me he mirado a mí misma y me he visto una muñeca rota, cuando en realidad era una muñeca que ha sabido curarse a sí misma, que ha encontrado la forma de seguir a pesar de los accidentes, los obstáculos y todas la veces que no ha sabido saltar y ha tropezado o ha caído. Cuando he mirado al espejo a esa muñeca, he sido a menudo incapaz de ver el valor de lo reconstruido, de lo remendado… He visto la torpeza y el dolor, el miedo a ser una muñeca usada y olvidada por no ser la muñeca más hermosa, por ser una muñeca cada vez más antigua… He visto las cicatrices sin darme cuenta de su extraordinaria belleza, de su valor, de la importancia que tiene para cualquier ser humano amar sus grietas y rincones más oscuros para poder así dejar que su luz salga al exterior…

A veces, me miraba y no me veía porque estaba demasiado ocupada ocultando mis heridas e imperfecciones… Tapándome con la máscara para que nadie viera que mi sonrisa era una mueca de dolor, de miedo, de soledad infinita… La soledad de alguien que hace tiempo decidió que estaba sola y nunca nadie iba a poder ayudarla, la soledad de alguien que renunció a la esperanza porque conservarla le hacía demasiado daño… De alguien que se cansó de esperar una mano amiga que nunca llegó… Ahora lo tengo claro, esa mano no podía llegar. No podía porque ella no permitía ayuda, porque había instalado la soledad muy dentro y había decidido que era responsable del mundo y de llevar su peso y su cargo… Nadie puede ayudar a alguien que se obsesiona con no ser ayudado y cuando lo hace, esa ayuda no llega o no se ve. Esa ayuda no podía llegar porque sus pensamientos habían decidido por ella que nunca llegaría… Y además, la vida siempre te pone a prueba y te deja solo para que entiendas que ya lo tienes todo, que en realidad nunca estás solo si te amas y confías… Pero para entenderlo tienes que aprender a mirar las cicatrices y ver en ellas un logro, un regalo, una muestra más de tu capacidad de crecer y adaptarte… Un destello de luz que descubre tu enorme poder para seguir a pesar de todo y descubrir que la esperanza no es algo que se espera, es algo que ya se tiene, que está en ti, que vive dentro de ti… Que no se trata de esperar en realidad, sino de vivir intensamente cada instante y dejar que llegue lo que llegue, porque no hay más remedio que estar a todas y darle la vuelta a las situaciones y encontrar el reverso suave de las hojas… Y construir con las piedras del camino, con los palos que te dan en la espalda, darle la vuelta a los sueños no cumplidos como si fueran calcetines y descubrir que en realidad son el primer paso a otros sueños mejores y más grandes… Convertir tus lágrimas en posavasos y tus miedos en catapultas… Darte cuenta de que todo tiene sentido, en realidad, que todo encaja pero que tu forma de verlo y percibirlo es la que te juega malas pasadas… Que el espejo sólo te muestra lo que te predispones a ver, a sentir, a ser… Y que lo que encuentras en el camino son en realidad tus pedazos por recomponer, pistas para descubrir qué te ocultas a ti mismo, qué no te atreves a decirte todavía y que es tan necesario para poder unir las piezas y sentirte tú, sentirte libre. El camino te cuenta historias para que tú escribas tu historia, para que tomes del pasado las lecciones y con ellas dibujes tu presente… Porque a veces las heridas son caminos que te llevan a ese lugar que buscas y que ya está en ti pero no puedes encontrar porque miras con dolor y con miedo… Sin presente no hay futuro. Por ello, no hay nada peor que tragarse este momento sin vivirlo esperando que el tiempo pase y todo cambie, sin notar la vida ni sentirla… Porque sólo llega el futuro que esperas si construyes el presente que con vida, con ganas, con alegría… Si miras y eres capaz de ver la belleza que hay en ti… La de verdad. 

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El otro día alguien le dijo a la muñeca zurcida algo maravilloso… “En realidad tus sueños ya se están cumpliendo, pero no lo ves porque no confías, porque esperas.”

Y es cierto, el error es el primer paso para llegar al sueño. La duda es el reverso del acierto. Estás en la primera página del libro y no ves el final y crees que has abierto el libro equivocado pero te falta paciencia y te falta sumergirte en las páginas del libro y vivirlas y sentirlas y disfrutarlas… El día que hoy eliges vivir es una réplica del día que vivirás mañana. Con cada decisión que tomas, replicas un momento futuro, marcas un rumbo, escoges un sentido, un para qué… Y hoy gozas, aunque no veas a dónde te llevan tus pasos porque lo que buscas no llega, mañana gozarás…

Ya estás tocando lo que deseas, pero no lo ves porque miras con los ojos del que no sabe lo mucho que merece, del que no se acuerda de que jamás estás solo, del que tiene miedo a descubrir su propia grandeza…

Y si ahora eliges ser feliz pase lo que pase, qué importa qué pase… Este es el sueño. Esta es la mirada de la muñeca rota que se cose y decide comprender lo mucho de lo que es capaz en lugar de perder el tiempo, las ganas y la energía recordando el pasado y llorando por sus heridas. La muñeca a la que ya no se le escapa este momento pensando en lo que vendrá… Que ya no espera porque ya es lo que quiere ser. 


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A mil kilómentros de ti


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Mírate. No te miras nunca y no te ves… No como realmente eres. No ves en ti lo que otros buscan y ni siquiera sabes lo que buscas tú. No dejas de medirte y pesarte, cuando en realidad, eres inmenso y no tienes límites…  Te miras a través de los ojos ciegos de aquellos que no saben ver y te pones precio a la baja…  Como si tu valor pudiera medirse o tasarse… 

¿Por qué siempre hablas de lo que te falta?

¿Por qué no ves lo mucho que brillas y lo que aportas? ¿Por qué cuando te buscas en los espejos sueñas con encontrar a otra persona si la que te aguarda allí es perfecta? ¿A qué esperas para valorarla? ¿A qué envejezca tanto que luego te duela no haber amado su juventud? ¿A que se enfade tanto contigo por repudiarla que ya no sea capaz de mirarte ella a ti?

¿Por qué no te das cuenta de una vez por todas de que has llegado a ese punto del camino donde ya no necesitas explicarte ni demostrarte nada? ese lugar donde ya no hay más meta que ser tú en libertad… 

No más excusas ni lamentos. No más buscar historias que sirvan de coartada para esconder imperfecciones que quieres que permanezcan ocultas… No hay nada en ti que no merezca ver la luz… No hay nada en ti que deba esconderse o de lo que puedas avergonzarte.

No más decir que no a lo que deseas porque asumes que no darás la talla.

Sueña pero por soñar no dejes de ver lo que ya has conseguido, lo que está en ti y puedes compartir con los demás, lo que no muestras y tiene un valor incalculable… 

¿Y si dejas de buscar y te concentras en lo que ya eres? en lo que ves, en lo que crees que tienes aunque sea efímero y pasajero… En lo que sientes y notas, en lo que te rodea… ¿Y si resulta que lo que quieres ya está en ti y no lo ves porque no paras ni un instante para sentirlo y notarlo? ¿Y si la belleza que crees necesitar desesperadamente ya está aquí y te invade sin darte cuenta porque has cerrado los ojos, la mente, el alma?

Tal vez podrías usar los sentidos más allá de lo habitual y pasar los límites, ver dónde veías y oler lo que no has conseguido oler nunca… Notar lo que habitualmente no notas, acariciar lo que normalmente tocas sin ganas porque no ves su valor… Tal vez la vida ya te ha dado ese gran tesoro y lo estás buscándolo a mil kilómetros de ti mismo… Tal vez miras tanto al cielo que nos has visto que ya estás en la cima, que tus pies se han despegado de la tierra y vuelas…

Obsérvate. Para para verte. Detente a contemplar cómo todo se mueve y late, cómo baila la vida en movimiento, con qué cadencia se agita el mundo que te rodea… Cómo respiras y te llenas de vida… 

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Eres inmenso. Impregnas el aire con tu entusiasmo cuando dejas que en ti habite ese entusiasmo. Cuando te levantas por la mañana y envías las preocupaciones al cajón del olvido y decides creer que todo irá bien. Y vas por la calle cruzando la vista con un montón de personas que repiten en susurros sus miedos y suplican lo mismo que tú… Tal vez ellos tampoco se han dado cuenta de que ya son lo que quieren. Ya son lo que sueñan pero se miran con los ojos del que pide y no del que da, con el ánimo del que busca y no del que encuentra, con la obsesión del que necesita y no del que sabe que merece.

¿Y si decides acurrucarte en este momento preciso y vivirlo sin pensar en nada más? Sin notar nada más que el aire que entra en tu pecho y el viento que acaricia tu cara… Nada más que la sensación de estar en este ahora y apurarlo sabiendo que se termina y ya no existe, que cuando acabes de leer esto será tu pasado y podrás recordarlo feliz porque sabrás que fue tuyo por completo.

¿Por qué no eres tuyo por completo? ¿Por qué tienes la mente en mañana y los pies en antes de ayer? ¿Por qué buceas en lo que no te gusta de ti ni del mundo y no te centras en lo que te hace brillar? ¿Por qué hablas mal de otros y te olvidas de hablarte bien a ti?

Contempla lo que eres… Un ser por escribir su historia, pendiente de todo menos de él… Ignorando que puede, que sueña, que llegado el momento sabrá qué debe hacer… Que hay un algo maravilloso a punto de suceder y va a pillarlo con un pensamiento triste y amargo en la boca, masticando quejas y los ojos perdido en lugar de hambrientos… Lo que esperas…  Lo que sueñas te ronda y va a encontrarte a mil kilómetros de ti… Y vas a perderte el latido único de encontrarte contigo y notar que estás, que eres, que has llegado a ti después de un largo viaje. 


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Calla, por favor


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¿No la oyes? La vida te habla… Tú te hablas.

Te pide que pares y te notes y te revises las costuras por si están flojas o andan deshilachadas…

Te pide que te sientes y te tomes ese café postergado y mires los dibujos caprichosos de las baldosas que cuando eras niña te ayudaban a inventar historias…

Calla ahora y deja que el silencio te cubra y te notes los latidos para que sepas que estás vivo todavía. 

La vida te llama y necesita que la escuches sentado y tomes nota, que te hagas ya una lista de aquello que de verdad te apetece y tienes ganas de hacer… Aquello que harías en último día de tu vida sin tener la sensación de que los minutos se te escapan o desperdicias las horas.

La vida te reclama tiempo con las personas a las que amas… Te dice que dejes de mirar de reojo y vayas de frente y no te escaquees más de esa tarde sin rumbo ni horario, de ese paseo sin itinerario, de esa charla sin más propósito que hilar palabras y descubrir, escuchar y notar que te escuchan. Esos minutos de frases sin rumbo que seguro que llevan a un lugar mágico y necesario… La vida te pide que te calles para que dejes de dar vueltas a los pensamientos de siempre y encuentres tu voz perdida en el silencio. 

La vida te grita cuando te gritas para que te quedes un rato en silencio y pueda contarte que gastas demasiada energía pensando en qué pasará mañana y te robas los días contando tragedias y buscando lamentos antiguos y gastados… Te grita para que sepas que no te quieres suficiente como para contar contigo y dedicarte un minuto, una hora, un día a saber qué quieres y qué te quema por dentro… Para explicarte que vives en un ensayo general cuando el estreno ya pasó y eres incapaz de escribir tu guión para tomar las riendas… La vida te susurra que dejes de pelear contra gigantes y te dediques a ver cómo cae la lluvia y juegan los niños en el parque… Para que sepas que lo que importa de verdad no llena titulares de periódico sino miradas cómplices.

Calla, hasta que puedas escuchar como crecen los árboles y sepas que tú también creces. 

Los mensajes que te llegan de la vida siempre están escritos en lugares remotos a los que no vas porque no tienes tiempo, se escriben en las paredes de las tardes que nunca paseas y se nombran en las conversaciones que nunca mantienes porque no te parecen relevantes… Porque hace tiempo que no charlas, sólo buscas respuestas concretas y no escuchas porque necesitas tanto soltar quejas que te has quedado solo, completamente solo. 

Usas poco tu presente. Lo usas tan poco que el pasado se ha hecho en él un refugio y siempre lo empaña con historias tristes que deberían estar olvidadas y asumidas. Lo usas tan poco que el futuro se lo come en un abrir y cerrar de ojos y te engulle a ti mientras intentas arrancar una sonrisa o sentir que estás, aunque tu cabeza dé tantas vueltas que ya no recuerdes por qué. Acepta tu noche ahora y podrás dejar de ocultar tu día de las nubes más oscuras… Ama lo que te hace más vulnerable y ya nada podrá recortar tu risa ni tu esperanza… Y permite, permite que llegue la vida aunque asuste y lo empañe todo de incertidumbre y rareza, para llegar al otro lado siempre hay un punto en el que no se ve el fondo del mar que navegas y tienes que seguir remando, a pesar de todo y confiar…

Calla para que la vida te diga lo que necesitas porque entre tanto ruido es imposible que comprendas nada. 

La vida te pide un vaivén para que te acuerdes de que la vida es un soplo. Te da un empujón para que caigas y es porque necesita que te detengas a mirar tu agenda llena de citas importantes donde has olvidado quedar contigo y decirte cuánto te buscas y cuánto te amas… Para que tengas que frenar y quedarte callado mirando como el sol se pone y te saca la lengua en una mueca sarcástica para que sepas cuánto le duele que no estés cuando te necesita para darte un regalo, mientras tu miras como se escapa y descubres que ha pasado otro día sin ti y te acuerdas de que en estos momentos hay magia, una magia que se te olvida presenciar…

La vida se va mientras buscas un calendario para poner orden o decides que vas a ponerte en serio a vivirla… Se va porque hace tanto tiempo que no la rondas y la cortejas que se enfada y busca a otro que la sueñe con más ganas…

Se va mientras te resistes a cerrar heridas y comprender tu dolor. Mientras escapas del niño que eras para vestirte de adulto que todo lo sabe, todo lo quiere, todo lo necesita. Cuando ya no recuerdas lo feliz que fuiste con casi nada y ahora lo quieres todo y te sientes vacío.

A veces, hay que perder un poco de tiempo para ganar vida, ganar calma. Para calibrar dónde estás y a dónde vas, si resulta que el camino que sigues lo tomaste hace tiempo cuando eras otro y soñabas corto, en otra dirección o si tenías miedo a reconocer que soñabas distinto.

Calla para poder repasar tus pensamientos y decidir cuáles te hacen albergar esperanza. 

Las respuestas que buscas están en el trago largo de café, en la espera aguardando en la fila, en la puerta cerrada, en la lluvia inesperada que todo lo detiene y acumula.

La vida, al final, se mide por risas, por escalofríos que te atraviesan la espalda, por instantes de silencio tal rotundos que la soledad se mastica, por jadeos, por suspiros, por ráfagas de viento que abren ventanas, por tardes que se tuercen y te retuercen el alma, por noches sin sueño y mañanas largas, por rozaduras en las rodillas y lágrimas que surcan tu cara… Por todo lo que se escapa mientras miras a otro lado esperando que pase algo grande, que se abra el cielo, que alguien te salve y te lleve a otro lugar donde no sentirte absurdo y pequeño, donde ya no tengas que esperar nunca… Aunque la vida es la espera y lo que aprendes a hacer con ella… La paciencia de sentarse a mirar al mundo y ver que sangra pero que también es feliz, que llora pero que también ríe, que se hunde, pero que va a salir a flote siempre…

La vida es ese momento en el que te das permiso para ceder y decides que no vale la pena pelearte. Cuando te quitas la máscara y encuentras debajo al niño que fuiste llorando porque necesita un abrazo y le pides perdón por haber tardado tantos años en volver a él… Cuando descubres que no te gusta lo que sueñas y lo soñabas para ser “normal” o encajar en una película que parecía apasionante. Cuando te das permites caer y descubres que no pasa nada…

La vida es ese lapso de tiempo cuando te pierdes y recuperas tu esencia, cuando dejas de mirar el reloj y encuentras tu ritmo, cuando dejas de esperar a que venga alguien a salvarte y te encuentras contigo y sabes que estás en casa… La vida es ese pedazo de cielo que se refleja en tus ojos, en los cristales de la estación mientras el tren no llega, en los charcos de lluvia mientras finges buscar el paraguas cuando en realidad a quién has perdido es a ti…

Cállate, por favor. El silencio curará tu mente cansada de buscar respuesta siempre en los mismos pensamientos y hurgar en las mismas penas antiguas y gastadas. La vida te habla cuando te callas para que sepas que hay más de lo que ves y que, en realidad, no ves nada porque el ruido no te deja crear la realidad que necesitas… 


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El lado asombroso de la vida


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A menudo, me doy cuenta de que he perdido mucho tiempo pensando en el pasado. Dando vueltas y más vueltas a ideas repetidas y recalentadas. Sin tener el consuelo de buscar en ellas nada nuevo, sin esperar respuesta, sin aspirar a añadir nada que, terminado ese proceso, fuera a ser útil.

Recordamos mal, a veces. Nos abrimos las heridas sin compasión. Rememoramos las palabras más terribles que nos han dicho, las sensaciones más espantosas, las emociones más lacerantes… Y nunca extraemos de ello algo bueno, porque nos quedamos con el dolor sin ir más allá. Nunca revivimos el momento desde la distancia, como narrador y no como protagonista. Nunca pensamos “pasó y fue duro pero estoy aquí y lo he superado”. Nos engancha eso de sufrir, a veces. Suena mal, ya lo sé pero ser víctima de algo o de alguien es una experiencia dura pero cómoda. Y lo siento porque no está bien generalizar. Hay muchas víctimas reales que luchan por no serlo… Sin embargo, en muchas ocasiones, nos gusta saltar al lodo del recuerdo y rememorar ese dolor. Y ensuciar con él todo lo que rodea nuestro presente. Y aunque hayamos superado el tema, al revivir esas emociones terribles y dejar que nos desborden sin ponerles límites ni malearlas, ni gestionarlas, ni reconocerlas, dejamos que vuelvan a herirnos. Es como si cada vez que recordáramos un accidente nos lanzáramos contra el muro para partirnos la ceja o rompernos la cara y conmemorar la ocasión.

Dicho así parece un ejercicio bárbaro. Si lo hiciéramos físicamente, nos asustaríamos a nosotros mismos. Sin embargo, no dudamos en hacerlo emocionalmente. Ponemos en riesgo nuestra salud emocional y, en consecuencia, física, aferrándonos a nuestras tragedias. Y sobre todo haciéndolo como el primer día, con ojos de sorpresa, con dolor, con miedo, sin superarlas, sin ganas de oponer resistencia a esa sensación que nos hace sentir como carne de cañón a merced del destino… Nos impregnamos de pasado y de sus males sin tomar distancia, sin ser capaces de aceptarlo con ojos de persona madura que ha sobrellevado esa experiencia y la ha superado. Viajamos a otro tiempo sin ponernos el chubasquero de la madurez, sin llevar en el equipaje nuestras nuevas herramientas de persona evolucionada, sin saber  por qué ni con intención de cerrar página.

Miramos a nuestros miedos desde abajo. Regresamos al pasado siendo niños y descubrimos el pecho ante los fantasmas, nos empequeñecemos ante lo que pasó…Volvemos a repetir aquel comportamiento que nos llevó al llanto, a quedar paralizados, a salir corriendo sin afrontar.

Perdemos la perspectiva. A veces, porque es difícil dejar de visitar esas lagunas que tenemos en la mente donde parece que no ha pasado el tiempo, esos recuerdos que tenemos guardados en una parte de nuestra cabeza y que nos hacen saltar como tigres cuando algo activa nuestros dolores pasados…

Otras veces porque nos han educado para que sufrir sea una especie de mérito. Como si por el hecho de regodearse en tu miseria fueras a ganar puntos para conseguir una gloria que tendrías vetada si nadie te pisa o hace sentir mal. Por eso, muchas veces, cuando conversamos, acabamos protagonizando con otros competiciones para descubrir quién lo ha pasado peor en su vida o es más desdichado.

Lo que cuenta no es el sufrimiento, es la alegría.

Estoy deseando el día que en una de esas conversaciones alguien diga… No quiero hablar del mi dolor sino de lo que conseguí gracias a superarlo. De mi evolución. De lo feliz que soy porque me convertí en una persona increíble saltando obstáculos… Porque cuando recuerdo lo que pasó, me veo enorme, gigante… Miro al niño que fui y le abrazo y le digo que podrá y que descubrirá cómo salir del laberinto. Porque no viajo mucho al pasado pero cuando lo hago, sonrío. Se me dibuja una sonrisa en los labios porque me veo ahora y me doy cuenta de que he caminado mucho y soy un superviviente. Porque estoy aquí gracias a mi esfuerzo y el de muchas personas que me han ayudado a ser como soy… Algunas queriendo, otras intentando lo contrario, pero no hay rencor. Hay gratitud. Hay ganas de seguir y olvidar. De engancharme al lado bueno, al lado que me hace crecer y sentir bien conmigo mismo… Al lado hermoso de la vida, a es parte preciosa que tiene todo lo que duele una vez lo superas, aunque parezca imposible…

Como si tuviera metidos los recuerdos en tarros y durante mucho tiempo, después de acumular dolor y pensamientos tristes, hubiera conseguido cambiarles las etiquetas. Cambiar las palabras que asocio a mi vida para cambiar la imagen y las emociones que la habitan, para ser capaz de ver su lado mágico, su lado sorprendente, su lado asombroso.

Donde ponía “el día que me humillaron en la escuela” puse “ cuando descubrí mis superpoderes”.

Donde había escrito “mis monstruos” ahora pone “mis motivos”.

Y me acuerdo de que el tarro que lleva escrito “el amor de mi vida” era antes uno donde ponía “esa chica que siempre me lleva la contraria y no sé por qué”.

Encontré un tarro con la etiqueta “aquella vez que estuve en el hospital muy grave” y recordé que “allí conocí a quién sería mi mejor amigo”.

Donde estaba mi sueño perdido de “ser piloto” por problemas de visión, hay una pegatina muy divertida que pone “soy pediatra y adoro lo que hago”.

A algunos, lo reconozco, me costó cambiarles la etiqueta porque habían sido golpes duros de esos de los que no acabas de reponerte nunca y siempre te hacen saltar las lágrimas. Aunque, a pesar de ello, también los reescribí…

Donde había escrito “Carlos se fue” ahora pone “tengo un ángel de la guarda” y una de las etiquetas más complicadas de reescribir… “Quimioterapia” que ahora se llama “batalla ganada”.

Tal vez sea un iluso, un ingenuo, un loco, pero me gusta verlo así. Doy gracias por ser capaz.

 


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Planta cara a tus fantasmas


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No huyas de nada. Busca armas para vencerlo. Están todas en ti. Son tus palabras y tu forma de ver la vida. Lo que has aprendido luchando por ser tu mismo. Tus ratos de felicidad y tus esfuerzos por llegar a conseguir lo que quieres. Cuando huyes de tus fantasmas, siempre acaban regresando a ti. Son como puertas mal cerradas, hasta que no deshaces el camino, tomas el pomo y cierras con fuerza, siguen dejando pasar una corriente de aire que a veces te zarandea y con cada ráfaga se te lleva algo. No huyas de nada, sobre todo, no huyas de ti…

Si no afrontas el pasado, vendrá siempre a ti, como una marea que devuelve a la orilla lo que ya no pertenece al mar… No puedes construir nada porque todo lo que construyes es como un castillo de arena que se llevan las olas agitadas por esas corrientes de aire perpetuas a las que te someten tus puertas mal cerradas. Todo lo que queda sin concluir, permanece vivo en tu conciencia, como un recuerdo que se resiste a quedarse dormido… Como una luz roja que te hace siempre tener presente que en un tramo de tu vida, algo no quedó bien soldado o no tiene consistencia.

Mira a los ojos a tus miedos. Cuando los fantasmas del pasado llaman a la puerta, si no les abres, se quedan allí, medio ocultos, agazapados, esperando cada vez que intentas pasar página… Llamando y aporreando tu puerta y gritando tu nombre. Sea lo que sea, si no puedes olvidarlo, si reverbera en ti hagas lo que hagas, es mejor ponerse a recordar cada detalle y averiguar por qué, hacer revisión y cauterizar la herida. Todo lo que no puedes digerir se queda dentro de ti e intoxica tu vida, sale de tus poros, se infiltra en tus pensamientos, se posa en tus sueños, se refleja en tu cara… En cada gesto que haces, en cada palabra que dices. Lo que no sellas bien, acaba haciendo ceder las compuertas que lo ocultan y desata una marea que te arrolla. Si no cierras tu pasado, vives en él… 

No son lo que parecen. Están deformados por el dolor y miedo. A menudo, nuestros fantasmas son más pequeños de lo que imaginamos. El recuerdo les da un halo de grandeza irreal, como los juegos de luces y sombras en la oscuridad o tu misma silueta tras la estela de una vela en un candil. En la penumbra todo es gigante… Lo mínimo es máximo…

Si no se afronta el pasado, el paso del tiempo deforma situaciones, cambia el sentido de las palabras y modifica la cadencia de las frases. Convierte en ogros a los genios y alimenta la ansiedad hasta convertirla en algo insoportable.

Sin embargo, si cada vez que uno de esos recuerdos llama a la puerta, abrimos y le miramos de frente, se hace pequeño. Se convierte en fantasma asequible, en temor inocuo. Cada revisión de lo que aún nos araña, duele menos. Hasta que un día, abres la puerta y no ves nada y te das cuenta de que nunca hubo nada más que tú mismo ahí detrás. Que el fantasma no venía a fastidiarte sino a echarte una mano para zanjar cuentas pendientes contigo. Que quién aguardaba oculto tras los mil candados que habías puesto para no desatar el pasado, eras tú, esa parte de ti que quería dejar de sufrir y que te pedía que afrontaras quién eres. Esa parte de ti que quiere respirar hondo y mirarse al espejo sabiendo que no se recrimina nada, que no se oculta nada, que se perdona por no haber sido algo que tal jamás debió ser, que no guarda resentimiento a nadie… Ese tú que quiere llevar las riendas y no hacerse trampas. El que reventó el cerrojo y dejó salir a las bestias inmundas que atormentaban tu cabeza y tu pecho para mostrarte que podías con ellas, que ya eras adulto, que ya tienes armas suficientes para vencer… Que no hay más batalla que librar que el perdón y la responsabilidad de tus actos.

Perdona. A ti y todos. No sabían más y en su torpeza te ofrecieron la oportunidad de mejorar, de superarte, de tener que sacar lo mejor de ti y convertirte en lo que eres ahora. Al final, acabarás dándole las gracias a tus fantasmas. Por haber insistido en recordarte lo que te falta para estar completo, por haber traído a ti situaciones del pasado que tapaste bajo una capa de incomprensión y dolor y que debías afrontar. Por perdonarte y perdonar a otros. Por mirar con los ojos del presente a un pasado desdibujado por el miedo y la ansiedad. Porque te han permitido tomar el timón y decidir el rumbo sin tener que mirar atrás más que para sentir el calor acumulado y las caricias.

No menosprecies a tus fantasmas porque pueden llegar a ser grandes oportunidades para crecer. No temas mirar atrás si te lo debes… Y una vez cerrada la puerta sin deudas pendientes, olvida el dolor y disfruta del saldo de madurez que te ofrece cada momento. Piensa en lo que has conseguido con la valentía de afrontar, piensa en lo grande que puedes llegar a ser cuando perdonas a otros y te perdonas a ti mismo. Piensa en lo oportuno que has sido decidiendo escuchar a tu conciencia… Date cuenta de cómo has sabido darle la vuelta a la situación para tomar lo bueno y dejar atrás el dolor. Planta cara… Enfréntate a tus miedos y verás como se hacen pequeños…


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Pensando en mañana


No te das cuenta de lo que tienes hasta que estás a punto de perderlo. Cuando lo sujetas con una mano mientras  el viento lo arrastra en un acantilado imaginario… Entonces, lo miras con ansia y te das cuenta de que era maravilloso, de que no lo has valorado lo suficiente, de que tenías algo especial y no has sabido retenerlo. Maldices y juras. Lloras y te sientes minúsculo. A veces, ya es tarde…

Nos hemos programado tanto para pensar en mañana que el día de hoy se nos esfuma, se va ante nuestros ojos y se escapa sin apenas enterarnos. Y con él, se va todo lo que somos ahora, lo que nos rodea, lo que nos hace ser nosotros mismos. Estamos sentados ante el mar y somos incapaces de verlo porque nuestra cabeza ronda por otros lugares. La brisa suave y salada nos estalla en la cara y no la percibimos…

Hablamos con una persona cercana que nos ayuda y estamos pensando en otra que pensamos que es mejor, más inalcanzable, más deseable. Nos vestimos para mañana y vivimos enfocados en ese día, para luego intentar devorar el siguiente. Tragamos tiempo a velocidades vertiginosas. Nos tragamos nuestra vida sin pensar y, al mismo tiempo, pensando demasiado. Hay días que nos pasan por encima, sobrevuelan nuestras cabezas sobreocupadas en memeces como si fueran pájaros. Ni siquiera los notamos… Vivimos como si fuéramos eternos y nos pudiéramos permitir perder un tiempo que nunca vuelve.

Ni el tiempo ni las personas vuelven. Todo se evapora si no nos esforzamos en retenerlo, al menos en nuestros recuerdos. Gran parte del tiempo, nuestro cuerpo está en un lugar y nuestra mente en otro. Sufrimos por desgracias que aún no nos han sucedido y buscamos excusas para cosas que ni tan sólo hemos decidido si vamos a hacer. No olemos, ni saboreamos, ni gozamos este momento. Nos limitamos a mascarlo como un chicle y lanzarlo a la papelera cuando ya no le queda un sabor que nunca percibimos del todo.

Siempre soñamos que llegará un día en el que esta inercia acabará y dejaremos de pensar en mañana porque ese “mañana” ya será como deseamos. Pensamos que entonces  viviremos con intensidad el día de hoy, el presente. Un día en el que nos sentaremos a notar cómo somos y contemplar lo que hemos conseguido después de tanto buscar y luchar. Ese día nunca llega, nunca ese “mañana” se parece al “mañana”  soñado, ese que está en nuestra mente, el que ansiamos poseer antes de que exista. Nunca somos lo suficientemente buenos para empezar a vivir el momento. Cada día subimos el listón en una escalada de insatisfacción que nos impide notar lo que nos sucede. Nos castigamos sin descanso. Soñamos tanto con la cima que no miramos el camino de ascenso. Sólo de vez en cuando,  si alguno de nosotros cae rodando por la ladera, nos damos cuenta de lo importante que es cada palmo del camino para saber dónde colocar los pies y dar un paso. Nos damos cuenta de que debemos prestar atención a lo que hacemos y vivir cada momento. Y luego se nos olvida, pasados los días, y levantamos la vista y el destino nos vuelve a cegar. Y volvemos a tragar tiempo y devorar vida.

Hay tantas cosas que tenemos y no vemos. Cosas y personas que no valoramos porque siempre están ahí y parecen formar parte del mobiliario de nuestra vida. Las tenemos delante y no las apreciamos. Porque fueron fáciles de conseguir, porque siempre nos dicen que sí, porque no entenderíamos la vida sin ellas y eso parece que nos asegura que deben quedarse…

Y los días vuelan y al final, lo que tenemos delante y no tocamos, también.

Tan importante como el sueño que nos guía es la realidad que lo precede. El reto no es solo llegar a la cima sino vivir el recorrido. Los días que pasas construyendo tu sueño también forman parte de él. Aquellos que nos acompañan cada día son nuestro refugio.

Cada día nos suceden cosas que merece la pena sentir, atesorar y recordar. Cosas no previstas ni tipificadas en nuestras rígidas estrategias de ascenso a la gloria. Cosas que fluyen y pasan sin saber por qué. 

Todo parece inmutable y, de repente, ahí estás tú, a unos segundos de perder una de esas cosas preciosas que hasta hace unos minutos eras incapaz de ver. La tenías ante ti y la apartabas para concentrar la vista en otra cosa que deseabas poseer. Estaba cerca y no la acariciabas… Y ahora, en apenas unos segundos, suplicas que no se te escape de entre las manos, que no se funda y desvanezca mientras la miras y le adivinas una belleza que nunca antes supiste ver.

Te das cuenta de que si se suelta y cae, llegarás a la cima solo. No podrás contemplar la vista porque tendrás los ojos llenos de lágrimas y no tendrás ninguna anécdota que contar sobre el camino porque no lo viviste y nadie podrá reír contigo.

Los retos se viven en presente. Los sueños no pueden hipotecar el ahora. No vivir pensando en mañana no compensa. Mañana no existe. Aún no. Nadie lo tiene asegurado. Mejor seguir el camino a la cima sin perder detalle de lo que nos rodea. Mejor ilusionarse con el futuro y también con el presente. Mejor dejarse llevar y notar la brisa salada y fijar la vista en esas pequeñas cosas que nos habitan la vida cada día y la hacen maravillosa. Mejor aprender a vivir y a soñar al mismo tiempo.

A Berta Álvarez, por recordarme lo hermoso que sucede cada día…