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No crees en ti


No crees en ti. Por más que la gente te diga lo mucho que vales, no lo notas, no te llega ese calor, esa especie de emoción que sientes cuando ves a otras personas que consideras admirables.

No crees en ti a pesar tus logros, tus metas, tus resultados, tu aprendizaje… No importa, no hay nada que importe. No te llegan los aplausos, ni los piropos, ni los halagos sinceros, ni las recomendaciones de personas que para ti cuentan.

Tu cabeza le da mil vueltas y te aprueba, te da incluso nota porque últimamente has trabajado mucho, has comido sano y has hecho deporte… Porque eres de esas personas que escuchan y tienes buenos amigos. Porque cuidas de las personas a las que amas… Porque empezaste de cero y has conseguido construir un pequeño imperio…

Miras atrás y ves un camino largo, inmenso, repleto de situaciones y emociones… Un camino de renuncias a muchas cosas para no desviarte de lo que importa… De lo que siempre has creído que importa, de tus objetivos, tus sueños, tu profesión, tu metas en casa y fuera de ella. Tus ojos se pierden en los libros que has leído, las calificaciones obtenidas en decenas de cursos que te han capacitado para más y en los que has aprendido mucho… En las experiencias que has vivido y que te han marcado. 

Ves lo que has hecho y lo que has dejado de hacer para no perder foco y centrarte en lo que querías, de lo que pensabas que era primordial en tu vida. Y pesar de todo, a pesar del valor que aportas y de lo mucho que haces, te sientes vacío. Como si en todas tus fotos tu cara pudiera ser substituida por un interrogante o una especie de blur inmenso te cruzara los ojos. Porque lloran, porque no te ves, no te notas, no te acaricias a pesar de lo mucho que haces y luchas…

Y no es que el camino no haya valido la pena… Valer la pena… Menuda expresión, parece que todo se pague con sufrimiento cuando quieres conseguir algo y, en el fondo, siempre has pensado que debe haber otra manera. Que valga la risa, el calor, el buen rato… Que valga la pena el miedo superado si me apuras, pero ya basta de penas, no más…

Para hacer este camino hay que renunciar a mucho pero no a la vida, no la risa, no a la paz, no a ti mismo sino todo lo contrario. Ya basta de pensar sólo en la cima y dejarse todos los fines de semana sin tregua y hacerlo por obligación, porque no es lo mismo si se hace con gusto, porque cuenta como disfrute, como risa, como paz, como momentos ganados al dolor, al miedo… Cuando lo haces y vibras, entonces no importa el resultado ¿verdad?

Basta de enfocarse sólo en los sueños y no dejar margen para perder el tiempo en lo sencillo, en lo que la vida te regala cada día mientras tomas el café y miras la cara perfecta de una niña inocente que te pregunta por qué no puede ser siempre sábado o la increíble sensación de poner tus pies en la orilla y ver que las olas te cubren hasta los tobillos y luego se van…Y disfrutar de ese placer tan efímero que no puede afarrarse ni hacerse eterno y que cuando capturas en un foto, te das cuenta de que en realidad te lo has perdido… 

Basta de no desviarse del objetivo si el objetivo te desvía de ti… De llenar el vacío con libros para descubrir cómo llenar el vacío y cursos de rellenadores de vacíos, con refrescos light y mensajes vacíos de personas que se sienten tan vacías como tú y quieren tapar ese hueco contigo como si fueras un parche para que no se les escape el aire y veas que pierden fuelle y se escapan por la ventana como un globo en una fiesta infantil…

Ya basta de sentirse bien contigo mismo sólo cuando la báscula baja o corres suficientes kilómetros o consigues ese resultado anhelado… Y no está mal ponerse metas y superarlas, es maravilloso, el problema es cuando te castigas por no llegar a ellas o te crees que no eres nada si no las alcanzas… El problema llega cuando la meta deja de ser un estímulo más y se convierte en tu norte y cuando llegas y necesitas otra y otra sin parar porque hay un lugar al que no llegas nunca y eres tú… Porque estás intentando satisfacer a alguien tan exigente que nunca te dejará descansar y parar suficiente  rato como para que te encuentres solo o sola y puedas darte cuenta de que no puedes más… Que la carrera por llegar sin treguas no tiene sentido y que hace tiempo que no valoras el camino y que el camino eres tú…

Nunca harás feliz a ese personaje que te habita y que esta dispuesto a hacer lo que sea para que no te detengas y notes esa soledad inmensa que se siente cuando no tienes nada más que hacer que estar contigo y afrontar esos miedos pendientes. Nunca te dejará parar porque le aterra que pares y te des cuenta de que hay otra forma de vivir sin estar pendiente del marcador y que hay un tipo de motivación que no depende de nada que esté ahí afuera…

Que puedes fracasar y sentirte completamente feliz por el intento y el aprendizaje y llegar a la cima y coronarla y sentirte desgraciado porque sabes que lo inmediato será volver a empezar a entrenar para la cima siguiente y no puedes más… Y ya no disfrutas durante el trayecto porque te has obsesionado con llegar porque crees que si no llegas no eres nadie.

Parar para saber que estás en ti. Que todo cuenta. Que puedes renunciar a mucho para conseguir lo que quieres, pero no a ti mismo, no a tu risa, no al café en calma mirando una montaña plagada de pinos una mañana de verano en la que una niña preciosa te pregunta por qué no puede ser siempre sábado… No a perderte en las calles y encontrarte en los escaparates mirando. No a bailar sin saber y notar el mar frío y espumoso en tus pies y respirar la sal y la vida que te trae a los pulmones. No a caminar sin tener que llegar a ninguna parte y quedarte un rato a solas contigo, con tu miedo más atroz y notar qué te cuenta, qué te dice de ti y cuáles son realmente tus metas… 

No crees en ti porque cuando llegas al final de la carrera y recibes la medalla sabes que no has llegado por amor a correr sino porque huías de tus temores más ocultos. Que ganas porque no soportas la idea de perder y sentir que no eres nada sin premio, sin medalla, sin resultado.

No crees en ti porque tu curriculum habla de lo que has hecho y no de lo que has aprendido y lo haces para no sentir, no notar, no enfrentarte a lo que te asusta… El mundo te dice lo que vales y tú no lo notas y si ese tipo de amor no te toca, no sirve… Porque no eres tú.

No crees en ti porque no te arriesgas a notar qué sientes, qué te cuentas, qué tienes pendiente por llorar y por descubrir, qué se te escapa por el desagüe y qué necesitas realmente para sentirte en paz… No crees en ti porque no has conquistado ninguno de esos momentos de soledad extrema ni te has atrevido a sentirte completamente vulnerable e indefenso ante la vida para ver que en realidad no pasa nada… Porque te tienes a ti. Eso sí que te hace que creas en ti…

Y no es que las metas no sean importantes, es que nunca serán más importantes que tú.

No crees en ti porque no te conoces, si te tomaras un rato para estar contigo, descubrirías un ser maravilloso que no necesita demostrar nada.

 

 

Gracias por leerme. Espero que te sea útil para seguir en este camino apasionante y complicado. La verdad es que no es fácil conocerse, respetarse y amarse a uno mismo como merecemos…

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Amarse a pesar del dolor


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Hoy quiero hablar de dolor físico. Es algo que me ha acompañado gran parte de mi vida, no recuerdo casi desde cuándo pero siempre que echo la vista atrás allí está. Se me ocurren pocos compañeros más fieles que un dolor crónico… Tan puntual, tan insistente, tan presente, tan incondicional… Las personas que no viven ese tipo de dolor no saben cómo actuar ante las que sí lo habitan, porque llega un momento en el que el dolor te habita y tú habitas en él y no sabes dónde empiezas ni dónde acabas.

El dolor va muy acompañado de rabia, no sé si porque esa es una de mis emociones más habituales o porque va pareja a él. Lo que no sé, la verdad, es si primero llega al dolor y luego la rabia o va al revés. Esa sensación de injusticia, de impotencia, esa ira acumulada con ganas de salir al mundo a gritarle “basta, no puedo más, no me merezco esto”. Ese llanto sordo de súplica para que pare, para pedir una tregua aunque sea corta y recordar quién eras sin dolor, sin quejidos ni lamentos…  Sin sentirse atado a esa imposibilidad de sentir paz o alegrarse o de sentirse dueño de tu cuerpo o de tu risa, de tus horarios o de tus ganas… Amarrada a algo que te estorba y denigra o eso crees.

Siempre he creído que el dolor y la rabia caminan juntos o al menos comparten gran parte del camino. Hay personas que almacenan mucha rabia y no lo saben. Para los que siempre hemos sido de soltar exabruptos y  de enfado habitual como yo es fácil darse cuenta, pero hay personas que acumulan mucha rabia y no se han dado cuenta. Parecen en calma y dentro de ellas hay un mar bravo y tormentoso suplicando salir y desbordarse. Viven una tormenta interior que no consiguen desatar y van por la vida contenidas y sin sosiego. El dolor va ligado a las emociones, en general, a pesar de ser físico y necesitar todo un arsenal médico para calmarlo muy a menudo.

El cuerpo es el mapa del alma. Una especie de pergamino donde podemos ver apuntadas y significadas todas nuestras batallas, miedos, rencores y emociones almacenadas esperando ser sentidas. Mi rabia se queda obstruida en la garganta y mi culpa en la parte superior de la espalda… Y cuando todo va muy mal, una manaza enorme me presiona el estómago y me dice barbaridades para que haga algo que no sé qué es y acabe de una vez por todas con mi sufrimiento.

A menudo nos sentimos tan culpables por no ser como creemos que deberíamos que materializamos esa culpa a cada paso y eso encuentra caminos en nosotros para tomar forma y decirnos que ya no podemos seguir así. Eso no significa que seamos culpables de nada… Esta es la parte importante de este mensaje.

Quiero que se me entienda, el dolor es algo físico, pero a parte de tratarnos con lo que nuestros médicos decidan que es mejor, necesita que nosotros también usemos un antídoto para poder sobrellevarlo. Un trabajo que podemos hacer solos o acompañados, pero que tiene que ver con nosotros mismos y que hace que los tratamientos médicos se optimicen… Y es el amor. Cuando más duele es cuanto más hay que amarse.

El otro día alguien me preguntó en una conferencia cómo amarse a uno mismo. Y la verdad es que me quedé un momento callada antes de proponerle algunos ejercicios que yo pensaba que serían de ayuda y hacerle alguna reflexión sobre esos pequeños actos diarios que nos permiten tratarnos mejor y que son muy necesarios. Sin embargo, me di cuenta de algo al responder… A veces, es muy difícil amarse porque no te conoces, no te respetas y no sabes cómo, al menos para ti mismo, para otros resulta más fácil… Y eso no se puede imponer. Descubrir que no te amas y decidir amarte sin saber cómo puede ser otra carga pesada más que añadir a las muchas que llevamos encima.

Muy a menudo, empezamos un proceso de autoconocimiento destinado a conocernos para incrementar nuestra autoestima y acaba convirtiéndose en una carrera más para obtener resultados. Y eso es todo lo contrario a lo que pretendemos. Amarse es no exigirse más de la cuenta, permitirse ser, permitirse el error, permitirse soltar lastre, permitirse incluso no amarse suficiente por hoy porque no sabes cómo o no puedes más… Es comprender que cada uno tiene un camino.

Culparse por no amarse es amarse todavía menos. La autoestima no es una carrera, es un camino de compasión y paz. Muchos han convertido el pensamiento positivo en una dictadura en la que, con un buen fin, acabamos pervirtiendo los medios y haciendo que no merezca la pena… Te animan a conocerte y confiar en ti para optimizar tus resultados,  cuando el amor a uno mismo es en sí la gran finalidad, la paz de sentir que te respetas y aceptas y a partir de ahí construir sin urgencias. Si sólo te amas cuando llegas a la cima, ese amor de no es de verdad… Si sólo te amas cuando otros te aplauden y reconocen, no te amas como mereces… 

Si sólo te amas cuando estás sano, no te estás respetando como mereces y, por tanto, no te amas de forma incondicional. 

El mundo debería dejar de perseguir sus sueños y empezar a vivir en paz consigo mismo y los sueños llegarían poco a poco. Algunos aparecerían de repente y otros no llegarían nunca y nos daríamos cuenta de que da igual, porque en realidad lo único que necesitamos es ser coherentes con nosotros mismos. El verdadero sueño es vivir de forma coherente. 

Amarse no es el medio para conseguir nada, es el fin. Mientras sólo esperas aceptarte y amarte para obtener algo a cambio ese proceso de autoestima es un fake, una amago de amor exactamente igual que el que usamos cuando tenemos una pareja y dependemos de ella para ser felices, aunque estar con ella no nos llene ni nos haga sentir bien.

Si ahora no te amas, no te agobies, sencillamente date cuenta, toma consciencia, comprende que todavía no te amas y acéptalo. Es un gran paso, un salto enorme hacia tu amor, un salto que hacen las personas que están a punto de amarse… Y no te culpes por no ser capaz (o no sentirte capaz todavía) no pasa nada, tienes tu ritmo y tienes derecho a no poder ahora hasta que descubres que puedes… Basta de exigencias y listones altos, basta de dogmas para perseguir sueños e insuflar confianzas de pacotilla que no surgen de tu gran verdad interior…

Vuelvo al dolor. Porque mientras escribo esto sigue existiendo. Y lo sé, lo tengo claro, no nos gusta, no nos hace bien, no lo merecemos, pero está… Sigue ahí y hay que aceptarlo como todo en la vida y empezar a ver cómo hacer que se pase, se calme, se vaya…

He llegado a la conclusión de que todo en la vida es un aprendizaje, aunque sea terrible, lo sé. Y hay mil cosas que no podemos evitar, a veces, el dolor es una de ellas… Pero podemos aprender a vivirlo mientras no llega la solución, sin pensar que es un castigo por nada (no merecemos castigos) ni sintiéndonos culpables por él. Yo me he sentido culpable a veces porque mi dolor no me ha permitido dar el máximo como yo quería o pensaba que esta sociedad me reclamaba… Y eso duele también, muy dentro, y no ayuda a tomar las riendas y sentirse digno a pesar de todo.

Somos seres dignos de lo mejor con o sin dolor. No tenemos que pasarnos la vida justificándonos por no llegar, no estar en forma y perfectos, por no poder ir o ser siempre la excepción porque algo nos duele o ya no nos duele pero no queremos tentar a la suerte…

El dolor es duro,  pero te invita a escucharte y mimarte, a quedarte contigo y reconocer tu grandeza a pesar de todo, a darte cuenta de que tienes que ponerte como prioridad en tu vida y pensar en ti y ver que no es egoísmo sino amor puro… El dolor es una oportunidad terrible para reencontrarte y descubrir que has estado evitándote y no has contado contigo, con lo que deseas, con lo que disfrutas, con lo que amas… No es culpa tuya que esté pero puedes vivirlo desde el máximo respeto a ti mismo… Tomando tus decisiones, sintiendo de una vez por todas que mereces lo mejor, parando para vivir, aprovechando para darte cuenta de que no te habías dado cuenta…

Lo sé, el dolor es a veces insoportable y nos queremos marchar de nosotros mismos. Incluso entonces, seguimos siendo seres humanos que merecen amor, todo el amor, el amor más grande posible, el nuestro…
¿Por qué comos a veces tan compasivos con los demás cuando sufren y tan poco con nosotros mismos?

Si te duele no te culpes, no te sientas mal por ir al revés, por no parecer, por no llegar, por necesitar parar y desconectar de todo menos de ti… No te excuses ni justifiques ante nadie, quédate contigo y decide amarte… Sin prisas, a tu ritmo, sin que eso de amarte se convierta también en una meta angustiosa sino en un camino por descubrir… Si te duele, no te maltrates y te sientas en evidencia por tu dolor, eso es una carga más que no necesitas y que te lastra para seguir adelante y encontrar tu paz… 

Permítete parar para sentir y suelta esa culpa inventada por no ser como el resto de personas que ahora van por la vida sin dolor… Esto ya es bastante complicado, no te añadas más trabas en el camino.

 

Gracias por estar ahí siempre y compartir este camino. Siempre que escribo espero que a alguien le sea útil compartir este proceso complicado y apasionante. Sin prisas ni fórmulas mágicas, sin agobios ni marcas que cumplir… 

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Sufrir para nada…


No quiero mentir, no sé nada…

Escribo porque a veces es la única forma que encuentro de poner negro sobre blanco lo que me asusta tanto que necesito desmitificarlo y ponerle nombre para que se haga pequeño y accesible… Lo que me duele tanto que casi no me atrevo a comprender ni sentir.

A veces creo que he dado un paso de gigante y miro atrás para reconocer sólo la distancia de una pulga. Otras veces creo que apenas he hecho nada pero veo como el mundo que me rodea es distinto.

Me dijeron hace mil años que si me esforzaba y ponía empeño todo llegaría, pero no es cierto… O al menos no lo es en mi mundo, no sé en otros mundos… Hay cosas que no son, no pasan, no llegan a ver la luz o se rompen cuando llevan unos segundos de vida… Eso pasa cada día. La vida se empeña en ponerte una y otra vez en la casilla de salida y conviertes el hecho de llegar a tu meta en una cruzada personal que deja de tener el sentido que le dabas para perderlo del todo.

A veces, luchamos sin tregua para conseguir algo que pensamos que nos hará libres y por el camino nos esclavizamos nosotros mismos intentando conseguirlo…  

Nada que tenga que liberarnos en el futuro debería atarnos ahora, tal vez porque no hay nada que vaya a liberarnos salvo nosotros mismos.

Me contaron que si me preocupaba era una persona responsable, que estaba haciendo algo para solucionar los problemas… Que los que no se preocupan no son personas como deben y los demás les juzgan y les señalan con el dedo… Y me he preocupado por todo y no ha funcionado y cuando ha funcionado he llegado a la solución destrozada y muy agotada física y emocionalmente… Tanto que no he podido disfrutar del nada…

Sufrimos tanto… Almacenamos sufrimiento como si por ello alguien fuera a tener piedad de nosotros y nos fuera a conceder un deseo o dar un regalo. Y nunca me ha pasado, nunca he recibido nada bueno a cambio de sufrimiento, al contrario. 

Sin embargo, sí que vi recompensa en amarse y tratarse bien… El amor que te das siempre siembra cosas buenas porque justo en el momento en que te lo das ya es maravilloso y eso hace que siempre valga la pena… 

Perdemos el sentido cuando dejamos de intentarlo para vivirlo y empezamos a intentarlo para ganar, para figurar, para demostrar, para decir que lo hicimos… Yo misma me he pasado días culpándome por no ser capaz de soltar mi culpa…

Como esos viajes en los que paras cinco minutos en un lugar para hacer la foto de rigor y luego la contemplas pasado el tiempo y te sientes incapaz de recordar qué sentías porque no sentiste nada… Sólo te hiciste la foto para decirle al mundo que estuviste.

No sé dónde está el equilibrio. Dónde seguir deja de tener sentido para convertirse en una trampa, en una telaraña en la que te quedas prendido porque te empeñaste en ir más allá y no ver lo que ya habías conseguido. Y no es la meta, ni el sueño, es el ánimo y la actitud con que lo haces…

Nada de lo que hacemos sufriendo nos lleva a nada. Y si llegamos, estamos rotos y no somos capaces de apreciar la maravilla de lo que hemos conseguido.

No sé dónde está el límite.  Dónde se debe parar cuando ves que no consigues lo que deseas y eso te lleva tanta energía que no te permite notar la vida. No sé cuál es el momento en el que lo que sueñas te priva de lo que vives y lo que no tienes te hace olvidar y no apreciar lo ya está en tu vida… No sé cuándo de debe parar, tal vez cuando empieza a doler, cuando no compensa, cuando lo que te te apasiona te hace perder la pasión por ti mismo y empiezas a verte a través de los ojos del que no llega y no del que está siendo capaz de andar el camino.

La verdad es que me dijeron que si me esforzaba lo conseguiría pero nadie me contó cómo dejar de esforzarme y aceptar que no es, que no pasa, que no llega… Y hacerlo de forma que no me caiga encima una losa inmensa ni se me hipotequen otros sueños, ni acabe pensando que hay algo en mí que no funciona…

Nos deberían decir que vayamos a por todo pero que no pasa nada si no llegamos, si no lo conseguimos. Que hay momentos para llegar y otros momentos para quedarse corto, para calmarse y amar el silencio que te invade cuando descubres que va a ser que no y no pasa nada. La paz del que sabe que es merecedor de todo sin tener que demostrar nada… La calma del que es capaz de darse cuenta de que no necesita sueños para levantarse cada mañana porque se tiene a sí mismo pero sigue teniendo muchos porque los merece… La maravillosa sensación de soltar y dejar de sentir que hay algo pendiente y sentirse pleno sin tener que andar por la vida coronando cimas, ganando medallas y buscando lámparas maravillosas…

No hay nada de que avergonzarse por perder, por no llegar, por quedarse a medias, porque te rechacen y te digan que ya no te aman, porque te echen de un trabajo, por estar en una clase y que nadie te escoja para hacer un ejercicio por parejas… (esto último me pasaba siempre cuando era niña y me provocaba un gran dolor y mucho miedo). Lo único que nos aleja de seguir adelante es la culpa por pensar que no hemos dado lo mejor, por pensar que no somos suficiente o no merecemos… La culpa nos devora la nuca mientras intentamos levantarnos para volverlo a intentar y nos dice que de eso que buscamos para nosotros no hay…

Y la única forma de quitarse la culpa por no alcanzar lo soñado es decidir que pase lo que pase vamos a amarnos y respetarnos, vamos a tratarnos con cariño y no nos vamos reprochar nada. Que podremos analizar nuestros fallos o comprender que tal vez lo que queremos conseguir no tocaba ahora, que no era el momento, que nos espera algo mejor incluso… Pero siempre desde el amor, nunca desde el reproche.

Me dijeron que si trabajaba mucho lo conseguiría y no era verdad. Porque nadie me dijo que trabajara con ganas, sin destrozarme, sin exigirme tanto que me rompiera… Nadie me dijo que frenara antes de caer en el abismo de perder el control sobre mí mientras intentaba controlar lo que no depende de mí… Lo que escapa realmente de mi control y capacidad.

No sé nada, la verdad. A veces, no veo la línea hasta que no la he cruzado y veo que he vuelto a ser esclava de eso que venía a liberarme porque no me acuerdo de que lo único que puede hacer que  sea libre soy yo…

¿Cómo? dándome permiso para fallar, para no llegar, para retroceder, para desistir, para decir basta… Sin culpa, sin reproche, sin castigo autoimpuesto ni sobrecarga… 

No hace falta desistir ni resignarse, aceptar no va de eso, va de aprender a amar lo que ya es y enfocarse en lo que es prioritario… No hace falta quedarse sin sueños, sólo darse cuenta de si hacemos el camino soñado sufriendo o gozando y descubrir que sólo vale la pena si durante el intento te hace feliz…

No sé nada, la verdad, pero tengo claro, por dolorosa experiencia, que todo eso sólo conduce a más sufrimiento y nunca te lleva a ninguna cima.

Sufrir no sirve para nada, más que para hartarse de ese sufrir hasta pasar esa frontera en que es tan insoportable que sólo te queda decidir que sea lo que sea lo que te depara el futuro no puede ser peor que el sufrimiento que sientes ahora…

Sufrir ahora no alivia el mañana, al contrario, dibuja un mañana con más sufrimiento… 

Amarte ahora lo cura todo justo ahora… 

A veces, el sufrimiento, a pesar de ser inútil, te suministra el hartazgo necesario para tener la fuerza que buscas para cambiar de camino de una vez por todas…

 

GRACIAS POR LEERME E INICIAR CONMIGO ESTE CAMINO COMPLICADO PERO MARAVILLOSO… 

Gracias por compartir y llevar mis palabras hasta el otro lado del mundo… 

Si quieres continuar con este cambio, te invito a profundizar todavía más…

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Sólo en caso de emergencia


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Hay un compromiso más grande que el de seguir adelante pase lo que pase.  Que ya sé que es mucho y que cuesta… Pero ahora hablo de algo todavía más grande, más inmenso y inevitablemente eterno… Un compromiso más grande que el de seguir en pie o incluso vivir… Es un compromiso con calidad de esa vida y todo lo que aportas y eres. No se trata de tragar días y comerse la vida como si fuera un aperitivo, se trata de notarla y comprenderla, sentirla hasta el extremo de que te cambia por dentro a cada momento si lo que sientes te rompe o te rasga el alma… Seguir adelante no lo justifica todo, no lo invade todo, no lo soporta todo… Hablo de un compromiso contigo, con tu dignidad y tu sombra, con todo lo que eres y lo que aspiras a sobrevolar y a ser porque lo reconoces dentro de ti y te da alas, porque lo intuyes y te da fuerza… Hablo de no venderte las ganas por el pan ni recordarte las alas por si a otros no les gustan, por si no les complace verte volar mientras brillas…

Hablo de levantarte cada día y existirte hasta las últimas consecuencias, aunque cueste, aunque no veas nada, aunque todavía no sepas a dónde te lleva el camino que has emprendido pero algo te diga que es ese, sin saber por qué.   Hablo de ser tú y adaptarte a la ida pero siempre sin renunciar a ti. Que lo que pasa te sirva para sacar lo que nunca sacarías a luz, sólo en caso de emergencia… Lo mejor de ti, eso que a veces te asusta porque te reafirma, porque no sabes si gusta, porque temes que se pase de largo o se quede corto, porque nunca antes te has atrevido a mostrar y no tienes ni idea qué cara van a poner cuando lo vean… Eso que eres y haces y sientes que está en ti, oculto y guardado, esperando a que el valor te permita mostrarlo. Eso que es tu versión sin miedo, sin prisa, sin recortes, sin esperar nada del mundo, sin querer dejar bocas abiertas ni medallas, sin premios, sin miradas de aprobación ni más recompensa que la de saber que finalmente lo has hecho. Que ya eres, que ya eras pero no ejercías de tí.

Porque tu brillo no deslumbra, ilumina. Nadie nos molesta ni nos hace sombra, sencillamente somos y nos relacionamos unos con otros. Algunos esperamos siglos para sentirnos aceptados, hasta que un día descubrimos que no había nada que esperar y que todos los interruptores estaban a nuestro alcance.

Hay algo en ti maravilloso, extraño, inevitable. Algo que surge cuando todo lo demás se acaba… Algo que brilla cuando todas las propuestas mediocres han fracasado y demostrado que el único camino es el de vuelta a ti, que lo que faltaba era reconocerse y no encontrar nada ahí afuera… El mundo está lleno de pistas para encontrar el tesoro más grande jamás soñado… La vida es el mapa y el tesoro eres tú. Todo vuelve a ti, todo lleva a topar de nuevo contigo después de pasar años buscando esas respuestas… 

Hay un compromiso más grande que el de buscar y seguir, es el de reconocer que ya has llegado. Que antes de salir de ti para surcar el mundo ya lo tenías todo. Que el plan de vuelo está en ti, que nada de lo que vas a encontrar en el camino te será útil si no lo miras con los ojos del que se siente capaz y digno.

Hay un compromiso enorme e ineludible contigo. Ahora y dentro de cien años. Llegará y tendrás que asumirlo tarde o temprano… Cuanto más tardes, más dolor y sufrimiento, más golpes, más arañazos… Aunque son necesarios, a veces, porque aprendemos rebotando contra las paredes después de fingir que no están ahí. Porque aprendemos tropezando con la misma piedra, culpando al camino. Porque aprendemos repitiendo las mismas decepciones y diciendo que son los demás siempre que se obstinan en amargarnos. Y ellos están y hacen y son responsables de lo que son y lo que hacen pero podemos aprender a con el tiempo a reconocerlos y reconocernos…

Hay un compromiso eterno y está en ti y es para ti. Un click que se activa cuando después de mil intentos todo falla, todo estalla ahí afuera, todo salta por los aires en tu vida y entonces ves claro que hay que activar el botón previsto sólo en caso de emergencia… Que era necesario que todas las puertas se cerraran para que te dieras cuenta de que sólo hay una que importa y siempre debe estar abierta… Que tú eres el salvavidas, el mar abierto, el mejor amigo que te escucha, la mano tendida que buscas, la llave de todo… Que todo este proceso difícil y doloroso era en realidad como el del gusano que perdido y desesperado construye una crisálida y empieza a cambiar… Y no sabe quién es ahora, no sabe qué pasa, pero al final, se da cuenta de que va a volar… Y vuela. 

Nos resistimos a ello, pero no hay otro modo. Nos resistimos y con nuestra resistencia hacemos que sea cada vez más enorme ese dolor, esa frustración, esa necesidad de regresar a nosotros… Hacemos que el regreso requiera un salto más grande, que la confianza para llevarlo a cabo sea más y más necesaria… Que el abismo ante nosotros por no hacerlo sea cada vez más gigante.

Lo que pasa es que para llegar a ese punto hace falta soltar, dejar morir lo que somos ahora y dejarnos llevar por esta transformación…

Para ser quienes realmente somos hace falta que dejemos morir lo que no somos.

Hace falta renunciar a lo que os estorba y nos ancla a lo que no deseamos, a lo que nos hace retroceder y nos quita la energía y las ganas. Abrirnos en canal y estar dispuestos a todo para ser lo que realmente somos y amarnos como merecemos. A veces, sólo estamos dispuestos a cambiar cuando ya no hay más remedio pero debemos comprender que no al final no habrá más remedio que cambiar.

A veces, sólo estamos dispuestos a amarnos y aceptarnos cuando no nos queda más remedio y tenemos que reconocer nuestro valor para no sucumbir, para no perecer ahogados bajo la capa de desprecio con la que nosotros mismos nos hemos cubierto… Cuando tocamos fondo y no queda nada, nada más que tú…

Podemos poner en marcha el mecanismo justo ahora, en este momento, y apretar el botón de “sólo en caso de emergencia” o seguir viviendo como zombies más tiempo hasta que la desesperación más absoluta nos muestre que somos todo lo que estamos esperando… Podemos resisitirnos cuanto deseemos, pero pasará, cambiaremos, viviremos lo que realmente somos… Estamos destinados a volar.  Es inevitable… 

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Voy a decirlo en voz alta


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No es más bello que el silencio, pero lo voy a decir. Hay cosas que deben decirse en voz alta porque si se quedan dentro se sienten cómodas y se hacen un nido. Y luego no te das cuenta ni de que están ahí, hasta que un día todo te pesa tanto que no comprendes, no sabes por qué porque no recuerdas lo mucho que acumulas.

A menudo dejamos la puerta entreabierta a nuestra vida a muchas cosas que no nos hacen bien. Y no es que en todo no hay una lección en la vida, por supuesto, de todo se aprende. Por ello, aunque es complicado, siempre defiendo ir por la vida a pecho descubierto, sin temer más que a tener miedo de seguir y quedarse escondido y asustado. Sin embargo, hay cosas que llegan a tu vida que son un respiro y otras un ahogo. A las primeras las cogemos con ansia para poder encontrar un momento de paz y hacer que esa paz perdure. Las segundas nos traen un regalo maravilloso, una enseñanza que nos será útil para encontrar nuestra paz. Porque esa paz que buscamos ya está ahí, a modo de click, de decisión tomada en ese momento en el que está claro que no abrazarla sería insoportable, cuando descubres que todo lo que hagas no sirve de nada si no estás contigo, de tu parte, si no te eres fiel.

Sin embargo, nosotros ya sabemos cuando abrimos esa puerta si lo que estamos dejando entrar es una mano tendida o un puño. Si es truco o es trato. Si estamos comprando un momento de alegría ficticia porque necesitamos algo a lo que agarrarnos y eso implica que estamos vendiendo nuestra coherencia para poder soportar el frío de una situación angustiosa. Ya sabemos si nos estamos conformando con un consuelo falso porque estamos tan cansados de optar al primer premio y no conseguirlo que necesitamos una tregua. Y nada está mal. Ni lo uno ni lo otro. No hay traje pequeño si nosotros no nos empequeñecemos por él, si no nos lo ponemos pensando que es pequeño. No hay decisión adecuada o equivocada si la tomamos a conciencia, desde nuestra coherencia y capacidad de estar donde sabemos que queremos estar para sernos fieles. Todo depende de la forma que sepamos capaces de observar nuestra realidad y de percibir nuestra vida.

No es mejor el camino de la derecha que el de la izquierda. No es mejor hacerlo ahora que mañana por la mañana, siempre que mientras lo postergamos sepamos que es una elección y que en ella no hay atisbo de miedo, de huida… Mientras decidamos y no sintamos esa punzada en el pecho que nos hace evidente que hemos elegido a traición a nuestros deseos, que hemos arrugado nuestros sueños y nos hemos encogido. Si la decisión duele, hay que saber por qué. Porque no es lo mismo el pánico de arriesgarse, lanzarse al vacío y notar esa sensación de hacer una pequeña locura con tu vida pero saber que es la locura necesaria para ser fiel a ti mismo, que el dolor de saber que has apagado tu luz, que has escogido atenuar tu brillo… Que elegiste por no afrontar o por satisfacer a otros, incluso para demostrar que puedes…

No es fácil ser fiel a uno mismo. No nos han programado para ello porque estamos demasiado pendientes de ser una versión de nosotros mismos aceptable. Y la presión por alcanzar un estándar asumible para el mundo que nos permita ir por ahí sin la sensación de llevar una etiqueta que nos hace a veces renunciar a nuestras rarezas. Hasta que uno descubre que es gracias a sus rarezas que brilla y que puede ser fiel a sí mismo si le da la vuelta a su vida como a un calcetín y le da vértigo pensarlo pero sabe que es el camino, el único camino… Ya sabemos en realidad cuál es el camino, pero nos da miedo tomarlo, nos da vergüenza decir en voz alta que es nuestro camino porque no creemos merecerlo. Siempre lo sabemos, a cada instante, lo notamos en el estómago, en el pecho…

Nuestros pies siempre vuelan cuando escogemos el camino que correcto, el de la coherencia y el compromiso con nosotros mismos… Sin embargo, a veces, para llegar a él hay que dar algunos rodeos y muchas vueltas, porque mientras giramos desconcertados nos descubrimos a nosotros mismos y encontramos nuestra capacidad para amar y comprender. Porque dando rodeos, aprendemos a conectar con nosotros y reconocer nuestro verdadero camino… A menudo, hay que tropezar muchas veces con la misma piedra para darse cuenta de que no está en el camino sino en el zapato. Siempre está en el zapato, en realidad, la llevas contigo y hasta que no paras ha descubrir por qué y comprender, no puedes sacarla y andar en paz.

En el fondo, es como si cada uno de nosotros llevara de serie todas aquellas herramientas que le ayudaran a brillar, a ser capaz de triunfar en la vida y poder cumplir su misión. Sin embargo, nos educan para no reconocerlas o, peor todavía, para avergonzarnos de ellas y esconderlas. Algunas de esas herramientas, esos dones, esos talentos y capacidades, están por pulir. Algunos de ellos están ocultos tras lo que el mundo  llama “discapacidad”, una rareza, una debilidad, un supuesto “defecto” que no es más que otra forma de ser que no se atiene a la regla pero que no tiene nada de malo y mucho de hermoso por descubrir. A veces, alguien tiene sus dones a la vista y los usa sin problemas, pero hay personas que los tienen ocultos porque necesitan de un duro trabajo previo, el de desenmarañar la paja y encontrar el grano… Asumir lo que parece “negativo” y ver en ello la paz, la belleza, la parte positiva.

A veces, para encontrar nuestro talento tenemos que sumergirnos en nuestra oscuridad más rotunda y bucear en ella durante un tiempo… Y abrazarla, asumirla, decidir que está ahí pero que no importa, que somos más grandes que eso, que lo que nos hace seres valiosos ocupa más que nuestro miedo, que nuestro dolor…

Para brillar hay que dejar de avergonzarse de uno mismo de una vez por todas y sacarse el saco de la cabeza. Que te vean las arrugas, los michelines, los lunares… Que sepan que en persona eres más bajo, no tienes filtros de belleza en la cara y algunos días cuando despiertas estás muy cansado y de mal humor y te cuesta seguir adelante. Que sepan que no eres perfecto y que ya no aspiras a serlo… Nunca más.

No es más bello que el silencio, pero lo voy a decir. A veces, me avergüenzo de mí. De como soy. De lo que he hecho. De mis dudas, de mis debilidades… Del mucho tiempo que he gastado para llegar aquí. De pensar que si hubiera cambiado antes hubiera conseguido más y lo hubiera hecho más joven. A veces, me reprocho tanto que mis quejas me arrastran al pasado y me privan de vivir ahora. A veces, he abierto la puerta a verdades a medias porque las verdades enteras eran demasiado crudas para alguien que está aprendiendo a ser ella misma. Otras, he sido tan capaz de decirme a la cara las verdades más dolorosas que luego me he dado cuenta de que no hace falta afrontarlas todas en un día, en un instante, y que merezco mi tiempo como todos… ¿Sabes qué? no me arrepiento de nada de ello porque gracias a esos errores he descubierto que no importa cometer errores, que lo que cuenta es amarse y respetar.

Y al final, tengo claro que he sido yo misma quién se aleja de lo que ama, de lo que sueña, de lo que le trae la paz… Quién se pone las zancadillas y los alambres de espino en el camino para que duela. para que sea más duro y así pueda perdonarme esas culpas ficticias que arrastro hace una eternidad… Porque a pesar de todo el camino andado, a veces, sigo creyendo que no me pertenece, que no lo merezco, que nunca llegará porque no soy una de esas personas elegidas para ello… Y mi propia angustia, mi miedo, mi necesidad de demostrar que sí, que lo valgo, que lo merezco, que he hecho méritos para ello, construye un techo que no me deja crecer ni cambiar de forma… Y que cada vez que tiene cerca lo que busca, al alcance de la mano, sin querer le da un empujón o hace que se esfume, porque cree que no lo merece, que no está a su alcance, que todavía no hay sufrido suficiente ni se ha arrastrado demasiado para conseguirlo…

Tengo que decirlo en voz alta… A veces, sufro por el puro placer de sufrir porque me han educado para que crea que sufriendo purgaré una culpa que no existe y me haré perdonar mi naturaleza imperfecta. A veces sufro sin sentido pensando que esa es la única forma de  vivir… Y mientras sufro, me alejo del amor necesario para sentir mi paz, para acercarme a lo que quiero, de lo que ya está en mí pendiente de que me de cuenta de que ya forma parte de mi naturaleza. Mientras sufro, mi vida se estanca y las palabras que no digo se acomodan en mi cabeza para que siempre piense lo mismo y nunca encuentre la forma de soltar dolor.

Y cuando lo digo en voz alta, me doy cuenta de lo absurdo que suena y vuelvo a mí. Entonces me queda claro que la esperanza que busco está en mí. Y, no lo dudes, la que tú buscas, está en ti.


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Para héroes


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Sufrir es fácil. Hay incluso grados de sufrimiento. De soportable hasta altamente lacerante. Todos sufrimos. Nos golpeamos en la cabeza una y otra vez porque no aprendemos. Aprender es lo difícil. Sacar algo bueno del dolor. Usarlo como palanca para subir un eslabón más en nuestra evolución como seres humanos. Dejar de ser “el despedido”, “la enferma”, “la del corazón roto”, “el que nunca encuentra nadie que le quiera”… Arrancarse la etiqueta que tú mismo, a veces con la nada menospreciable ayuda de otros, te has puesto y dar la vuelta a todo. Coger esa sensación pegajosa y altamente adherente que es el dolor y todos sus acólitos (la pena, el asco, la baja autoestima) y utilizarlos para conseguir la gloria. Saber remover entre esa masa amorfa y encontrar un hilo del que tirar para construir, para levantar una fortaleza, para sacarte de encima una coraza más y no para poner una nueva… Cuando nos hacen daño, debemos sacarnos las corazas porque si las ponemos de nuevo no superaremps la prueba y seguramente volveremos a caer…

Llorar es fácil. Lo duro es convertir las lágrimas en perlas, como las ostras. Encerrarse lo mínimo necesario para recapacitar sobre los daños sufridos, curarse, encontrar un abrazo tibio de alguien querido y luego tomar impulso. Coger esa pena enorme que te hunde los hombros y fabricar algo hermoso. Coger la rabia acumulada y usarla como energía, como una fuerza extraordinaria para levantarse, ni que sea para llevar la contraria al mundo o a uno mismo, a esa parte de ti que cree que no volverás a confiar ni amar sin red. Ese tú que te traiciona y se apunta a criticarse cuando otros te infravaloran, que les allana el camino cumpliendo las expectativas que han pensado para ti sin apenas conocerte.  Ese enemigo silencioso que se queda en casa amargándose, que se esconde, que se cree inferior a no sé qué ser maravilloso que algún día creyó ver. Esa persona que a veces te habita pero que no te quiere como debe, como podría y como mereces. Ese tú que te traiciona y da la espalda…

Ponle a trabajar para ti. Toma su asco, su rabia, sus ganas de fastidiarte y haz que barra tu interior, que se lleve la porquería de la que lo ha cubierto durante mucho tiempo, que limpie cada rincón y te ayude a dar el salto hacia ti mismo. Construye con el material que sea, con lo que pilles, pero construye. Toma dolor y transfórmalo en belleza… Hay tantos tipos de belleza que seguro que tú dominas uno… Hay tantos talentos como seres humanos, seguro que tú tienes talento para mucho.

Sufrir es fácil. No te queda más remedio que sentir. Sacar de ello una oportunidad para crecer y evolucionar es para héroes. Para esas personas corrientes que en realidad son extraordinarias pero no lo saben . Esas que después de caer ya buscan la forma de volver a la carga.

Hay muchos tipos de dolor y todos llevan consigo un mensaje, una moraleja. Aunque no nos guste, aunque no queramos volver a sentirlo porque no lo merecemos… Aunque una vez está ahí, ignorarlo no sirve nada porque nunca se esconde lo suficiente y acaba saliendo a la superficie con más ganas. Es mejor oír su canto, escuchar ese ruido interior y usarlo para salir de esa masa espesa de dolor que nos escama la piel y nos cubre de negatividad.

Sufrir es fácil, terrible pero fácil. Sumirse en ese dolor y quedarse en silencio. Un silencio interior que nos convierte con recipientes vacíos, en almas convexas que repelen y rechazan todo lo bueno que llega por temor a que se esfume, por temor confiar y perder…  Ver como el mundo va de prisa y tú no lo alcanzas. Permanecer callado cuando todos hablan porque en tu cabeza oyes mil pensamientos que te acaban agotando y que se repiten y repiten sin parar. Salir corriendo para encontrarte a ti mismo, encerrarte y rendirte ante la comodidad de no tener que figurar ni sonreír…

Lo complicado es quedarse y no correr. Preguntarse por qué duele y pensar cómo resolverlo. Sentir el vacío e imaginar cómo llenarlo de forma coherente y sin apaños, sin medias tintas, sin remiendos extraños… Y no repartir culpas ni ahogarse en las quejas, por más justas que sean. Aunque otros hayan pateado tus derechos y hayan jugado contigo. Las culpas no sirven de nada. Si les das eses poder, ellos serán incapaces de darse cuenta del daño que hacen y seguirán pateándote y tú perderás la oportunidad de asumir la responsabilidad de dirigir tu vida y cerrarles la puerta. Cierra la puerta y ya está. Olvida. Que en tu mundo no quepan pateadores, farsantes, jugadores con corazones ajenos, arrogantes, maltratadores, ni nadie que no sepa estar a la altura de lo que mereces como persona.

Y luego, convierte el dolor en  belleza, en segunda oportunidad, en algo que mate de una vez tus complejos estúpidos, en el  salvapantallas de tu nueva vida, la energía que construye y abre puertas…

Escribe, dibuja, explica, baila, corre, juega, esculpe, proyecta un edificio maravilloso, crea una red de personas que cambien el mundo… Hazlo con la máxima intensidad, con toda la emoción posible, con todas la ganas que almacenas y eres capaz de sembrar en lo que haces… Ama cada momento que dediques a no pensar en tu tragedia. Cierra  los ojos y date cuenta… La suerte es este ejercicio, este momento. Darse cuenta a tiempo de que puedes, para descubrir cómo y tener claro por qué. Reinventarte. Coger las piedras del camino para construir tu fortaleza. Como usar la fuerza del viento para mover el molino… Como recoger la lluvia para llevar el agua a la tierra más yerma.

Sufrir es fácil. Pocos se escapan. Edificar algo sólido y bello sobre ese dolor es sólo para los que no huyen, para los que son capaces de sobreponerse y levantar la cabeza. Para ti también, aunque a veces lo olvidas y la capa de dolor que te cubre no te deja ver lo mucho que brillas cuando te sacas el disfraz de segundón en tu vida… Usa el bache para tomar impulso…

Sufrir es fácil, lo hacemos todos en algún momento, lo complicado es no convertirlo en forma de vida ni quedarse pegado a ese sufrimiento sino usarlo para fabricarse unas alas.

Eres un héroe, te tienes en pie pase lo que pase… 


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La extraña belleza de los girasoles


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Hace tiempo que intento dejar de sufrir. Y la verdad es que, a veces, siento aún más ese dolor que quiero alejar. La intensidad de mis emociones, dulces o amargas, siempre ha llegado a las nubes. Soy intensa, lo sé, para lo bueno y para lo malo.

Me dijeron los que saben de emociones que para arrastrar ese dolor y arrancármelo es necesario sentirlo, interiorizarlo y entenderlo… Saber de dónde viene y por qué… Hablar con él y escucharle para que te susurre al oído cuáles son sus intenciones. Para luego, amablemente, decirle que no va a poder quedarse, que ya has entendido su mensaje…

Cuando has conocido el dolor, queda algo de él en ti… Durante un tiempo, el mero hecho de existir sin retorcerte física o anímicamente, es un triunfo. Andas a un palmo del suelo y todo parece que no pueda afectarte… Cuando has conocido el dolor, ha dejado en ti una muesca. La respuesta madura y equilibrada es conseguir que sea una muesca que nos recuerde cómo lo superamos y no cómo fue él quién nos dejó atrás con el cuerpo encogido. Conseguir que ese sufrimiento no se dilate en el tiempo ni sea gratuito, que no sea en balde… Que sea un punto de partida, una catapulta con la que lanzarse y tomar impulso… Cuando tomamos las piedras del camino y construimos con ellas nuestras fortalezas… Cuando le sacamos partido al golpe, al arañazo, al sinsentido, al fracaso y nos hacemos con él un impermeable para cuando arrecia el tiempo y caen chuzos… Y debe ser un impermeable que podemos quitarnos, que no traspase lo que quema por dentro pero que deje entrar lo que consuela, lo que hace sonreír… Un impermeable al que le resbalen las envidias, las malas caras, la intolerancia… Y que se funda ante la risa y la caricia.

El caso es que intentando no sufrir, siento aún más. Como si queriendo enterrar un recuerdo, removiera tanto el pasado al cavar el agujero que acabara sumida en él. Sí, lo sé, me dijeron los expertos que ese dolor es un paso necesario para sacar esas emociones negativas de dentro, para aceptarlas y reconocerlas… Para poder dejarlas salir y fluir…

Tal vez siento más porque soy más consciente y eso significa que me conozco mejor a mi misma.  Porque estoy en el camino de saber por qué duele tanto y aprender a no sufrir sin sentido.

Dicen que el sufrimiento es una opción, una actitud… Aunque, cuando aprieta es difícil escapar de sus garras ¿verdad? Esa quemazón en el estómago, esa punzada en el pecho, el corazón desbocado… Sacarse de encima esa sensación es como retirar una losa pensada y densa. Una acción que sólo se consigue con una fuerza interior a prueba de asaltos de pánico inesperados y ataques de desesperanza.

Al final, resulta que voy por el camino, pero cada paso que doy para dejar de sufrir, implica sentir más. Será el precio a pagar por ir por la vida sin ser una acelga y no permitir que nada te rebote.

Cuánto más veo, más me estremezco. Cuánto más pegunto, más me queda por descubrir y más intención tengo de no detenerme… Cuánto más conozco, más ganas tengo de saber. Cuánto más camino avanzo, más camino me queda.

Cuánto más amo, más necesidad tengo de amar…

Como si cada vez que intentara desenmarañar mi vida pasara a la siguiente fase donde el juego es más complicado y la niebla más densa.

Saber, conocer, comprender, sentir… Cada vez con más intensidad. Una intensidad con un reverso delicioso que arrastra más emoción. El don de ser capaz de sentir que conlleva la responsabilidad de llevar las riendas de esas emociones… Una realidad mágica pero dura. Un lugar donde las caricias son más dulces y los arañazos más sangrantes… Donde todo te zarandea y remueve por dentro, sin poder esperar a tomar aliento.

Todo es tan intenso cuando decides mirar hacia dentro, cuando empiezas ese viaje hacia ti mismo… Es como si te quitaras una venda de los ojos y de repente descubrieras que no habías visto nada… Como si te sacaras los guantes que llevabas para ir por la vida. Un día te levantas y descubres que llevas años buscando cosas en el mundo que te rodea que en realidad ya estaban en ti. Que lo que ocurre más allá de tu perímetro sólo te cambia si permites que te cambie, sólo te afecta, si abres la puerta… Que cuando hurgas en ti y abres esa puerta, todo adquiere un sentido distinto. Un día te levantas y descubres que tal vez no importe tanto lo que pasa porque eres tú quien decide si se deja arrastrar o no…

Abrir los ojos al mundo y que el mundo te ciegue. Ver la belleza y la miseria. La luz y la oscuridad más absoluta. El amor más puro y el odio más candente. El placer y el dolor que caminan juntos …

Quién corre lucha contra el cansancio.

Quién salta se arriesga a caer.

Quién ama se arriesga a que no le amen.

Quién abre sus puertas permite que otros fondeen en sus miedos…

Si sientes, te arriesgas a dejar de sentir y asumir que te queda un vacío por llenar.

Y mientras yo, buscando consuelo, encuentro inquietud. Buscando luz, encuentro niebla. Buscando baile, encuentro pelea. Buscando amor, me salpico de indiferencia y acabo rota como un cristal demasiado transparente…

Hace tiempo que intento dejar de sufrir, pero no puedo. Porque no puedo dejar de hacerme preguntas, porque no puedo evitar esa curiosidad insaciable… Porque no puedo dejar de inventar historias y llenar mi vida de ideas locas. Porque quiero controlar todo lo que entra y sale de mi alma…

Un día te levantas y descubres que encontrar el equilibrio es dejarse llevar un poco por lo que pasa más allá de tus paredes interiores, mientras seas tú quién controle la brújula de tus emociones… Que soltarse y dejarse inundar por el mundo es bueno, mientras seas tú quién decide cada paso.

Hace tiempo que intento dejar de sufrir, pero mis pasiones no me dejan abrir y cerrar la puerta… Mi propia intensidad me lleva por el camino de las emociones más desbocadas… Estoy en tierra de nadie, intentando dejar atrás ese sufrimiento absurdo pero sin conseguir pasar a la siguiente fase de este juego agotador.  Como los girasoles que se retuercen buscando la luz, con esa extraña belleza en sus pétalos amarillos y sus caras sin gesto ni emoción aparente, pero con una lucha soterrada que les impulsa a nunca parar de girar.

Aún no he conseguido dejar de sufrir… Para lo bueno y para lo malo, siempre siento.