merceroura

la rebelión de las palabras


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Calla, por favor


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¿No la oyes? La vida te habla… Tú te hablas.

Te pide que pares y te notes y te revises las costuras por si están flojas o andan deshilachadas…

Te pide que te sientes y te tomes ese café postergado y mires los dibujos caprichosos de las baldosas que cuando eras niña te ayudaban a inventar historias…

Calla ahora y deja que el silencio te cubra y te notes los latidos para que sepas que estás vivo todavía. 

La vida te llama y necesita que la escuches sentado y tomes nota, que te hagas ya una lista de aquello que de verdad te apetece y tienes ganas de hacer… Aquello que harías en último día de tu vida sin tener la sensación de que los minutos se te escapan o desperdicias las horas.

La vida te reclama tiempo con las personas a las que amas… Te dice que dejes de mirar de reojo y vayas de frente y no te escaquees más de esa tarde sin rumbo ni horario, de ese paseo sin itinerario, de esa charla sin más propósito que hilar palabras y descubrir, escuchar y notar que te escuchan. Esos minutos de frases sin rumbo que seguro que llevan a un lugar mágico y necesario… La vida te pide que te calles para que dejes de dar vueltas a los pensamientos de siempre y encuentres tu voz perdida en el silencio. 

La vida te grita cuando te gritas para que te quedes un rato en silencio y pueda contarte que gastas demasiada energía pensando en qué pasará mañana y te robas los días contando tragedias y buscando lamentos antiguos y gastados… Te grita para que sepas que no te quieres suficiente como para contar contigo y dedicarte un minuto, una hora, un día a saber qué quieres y qué te quema por dentro… Para explicarte que vives en un ensayo general cuando el estreno ya pasó y eres incapaz de escribir tu guión para tomar las riendas… La vida te susurra que dejes de pelear contra gigantes y te dediques a ver cómo cae la lluvia y juegan los niños en el parque… Para que sepas que lo que importa de verdad no llena titulares de periódico sino miradas cómplices.

Calla, hasta que puedas escuchar como crecen los árboles y sepas que tú también creces. 

Los mensajes que te llegan de la vida siempre están escritos en lugares remotos a los que no vas porque no tienes tiempo, se escriben en las paredes de las tardes que nunca paseas y se nombran en las conversaciones que nunca mantienes porque no te parecen relevantes… Porque hace tiempo que no charlas, sólo buscas respuestas concretas y no escuchas porque necesitas tanto soltar quejas que te has quedado solo, completamente solo. 

Usas poco tu presente. Lo usas tan poco que el pasado se ha hecho en él un refugio y siempre lo empaña con historias tristes que deberían estar olvidadas y asumidas. Lo usas tan poco que el futuro se lo come en un abrir y cerrar de ojos y te engulle a ti mientras intentas arrancar una sonrisa o sentir que estás, aunque tu cabeza dé tantas vueltas que ya no recuerdes por qué. Acepta tu noche ahora y podrás dejar de ocultar tu día de las nubes más oscuras… Ama lo que te hace más vulnerable y ya nada podrá recortar tu risa ni tu esperanza… Y permite, permite que llegue la vida aunque asuste y lo empañe todo de incertidumbre y rareza, para llegar al otro lado siempre hay un punto en el que no se ve el fondo del mar que navegas y tienes que seguir remando, a pesar de todo y confiar…

Calla para que la vida te diga lo que necesitas porque entre tanto ruido es imposible que comprendas nada. 

La vida te pide un vaivén para que te acuerdes de que la vida es un soplo. Te da un empujón para que caigas y es porque necesita que te detengas a mirar tu agenda llena de citas importantes donde has olvidado quedar contigo y decirte cuánto te buscas y cuánto te amas… Para que tengas que frenar y quedarte callado mirando como el sol se pone y te saca la lengua en una mueca sarcástica para que sepas cuánto le duele que no estés cuando te necesita para darte un regalo, mientras tu miras como se escapa y descubres que ha pasado otro día sin ti y te acuerdas de que en estos momentos hay magia, una magia que se te olvida presenciar…

La vida se va mientras buscas un calendario para poner orden o decides que vas a ponerte en serio a vivirla… Se va porque hace tanto tiempo que no la rondas y la cortejas que se enfada y busca a otro que la sueñe con más ganas…

Se va mientras te resistes a cerrar heridas y comprender tu dolor. Mientras escapas del niño que eras para vestirte de adulto que todo lo sabe, todo lo quiere, todo lo necesita. Cuando ya no recuerdas lo feliz que fuiste con casi nada y ahora lo quieres todo y te sientes vacío.

A veces, hay que perder un poco de tiempo para ganar vida, ganar calma. Para calibrar dónde estás y a dónde vas, si resulta que el camino que sigues lo tomaste hace tiempo cuando eras otro y soñabas corto, en otra dirección o si tenías miedo a reconocer que soñabas distinto.

Calla para poder repasar tus pensamientos y decidir cuáles te hacen albergar esperanza. 

Las respuestas que buscas están en el trago largo de café, en la espera aguardando en la fila, en la puerta cerrada, en la lluvia inesperada que todo lo detiene y acumula.

La vida, al final, se mide por risas, por escalofríos que te atraviesan la espalda, por instantes de silencio tal rotundos que la soledad se mastica, por jadeos, por suspiros, por ráfagas de viento que abren ventanas, por tardes que se tuercen y te retuercen el alma, por noches sin sueño y mañanas largas, por rozaduras en las rodillas y lágrimas que surcan tu cara… Por todo lo que se escapa mientras miras a otro lado esperando que pase algo grande, que se abra el cielo, que alguien te salve y te lleve a otro lugar donde no sentirte absurdo y pequeño, donde ya no tengas que esperar nunca… Aunque la vida es la espera y lo que aprendes a hacer con ella… La paciencia de sentarse a mirar al mundo y ver que sangra pero que también es feliz, que llora pero que también ríe, que se hunde, pero que va a salir a flote siempre…

La vida es ese momento en el que te das permiso para ceder y decides que no vale la pena pelearte. Cuando te quitas la máscara y encuentras debajo al niño que fuiste llorando porque necesita un abrazo y le pides perdón por haber tardado tantos años en volver a él… Cuando descubres que no te gusta lo que sueñas y lo soñabas para ser “normal” o encajar en una película que parecía apasionante. Cuando te das permites caer y descubres que no pasa nada…

La vida es ese lapso de tiempo cuando te pierdes y recuperas tu esencia, cuando dejas de mirar el reloj y encuentras tu ritmo, cuando dejas de esperar a que venga alguien a salvarte y te encuentras contigo y sabes que estás en casa… La vida es ese pedazo de cielo que se refleja en tus ojos, en los cristales de la estación mientras el tren no llega, en los charcos de lluvia mientras finges buscar el paraguas cuando en realidad a quién has perdido es a ti…

Cállate, por favor. El silencio curará tu mente cansada de buscar respuesta siempre en los mismos pensamientos y hurgar en las mismas penas antiguas y gastadas. La vida te habla cuando te callas para que sepas que hay más de lo que ves y que, en realidad, no ves nada porque el ruido no te deja crear la realidad que necesitas… 

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Un futuro sin excusas


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Llegó vestida de lluvia y con esa cara que sólo tienen los que han ido a vivir a sus sueños y han vuelto. Sus ojos impregnaron de vida tu vida. Su manos cubrieron de caricias tus ansias, sembraron en tu mirada las ganas de ir vivir, de explorar, de sentir… De encontrar aquel lugar del que ella venía y que tú no habías sido capaz de encontrar. Porque buscabas fuera lo que llevabas dentro… Porque te asustaba tanto encontrar el camino a tu felicidad que huías cuando intuías que estabas cerca… Porque te daba miedo descubrir que conseguir lo que querías estaba en tu mano…
Porque hasta ahora te habías limitado al culpar al mundo de no ser, de no tener, de tanto llorar. Y ahora ella venía decirte “tú decides” y la cabeza de daba vueltas sólo con pensar que habías rozado tus sueños con la punta de tus dedos y no habías sido capaz de asumir esa responsabilidad…Porque te daba terror darte cuenta de que para que alguien te amara deberías haberte amado antes tú…
Ella te dijo “no acumules lágrimas, acumula pasos” y te dio la mano para guiarte en ese camino que tenías pendiente… En esa senda que llevaba a ti mismo… A ese tú más libre, más sereno, más dueño de sus días y sus pasos… Ese tú lleno de errores pero de errores sabios. De actos impulsivos y un poco locos, de acciones imprudentes que llevan a situaciones imprevistas y soñadas, a lugares donde nunca has estado porque hasta hoy no has hecho nada que no estuviera programado…
Ella te dio las ganas. Ella te regaló las riendas… Tú pusiste el pie en tu camino y echaste a correr para no tener vuelta atrás, para no poder arrepentirte, para no poder regresar si te arrepentías…Tenías tanto miedo de perderte y no volver a encontrarte que deseabas huir de ti mismo… Tenías tanto miedo de no volver a sentir que te querías como mereces que no querías quedarte dormido por si al despertar no recordabas lo que es amarte… Tenías tanto miedo de no volver a tener el valor de intentar ser feliz que preferías desaparecer a regresar a esa vida donde no eras capaz… Por eso, empezaste a andar y apretaste las manos tan fuerte que no las sentías… Y cerraste los ojos hasta no saber dónde estabas…
Y al mirar atrás, al buscarla a tu lado… Al querer darle las gracias por cambiar tu mundo, te diste cuenta. Ella sólo existía en tu cabeza. Ella era tus ganas y tu necesidad de salir de la cueva. Ella era tus miedos enterrados en un pasado triste… Ella era tu invención más maravillosa para salir de la rutina y poner rumbo a tu vida. Ella era tu lado salvaje llamando a la puerta de tu lado gris y arrastrándote a un futuro sin excusas.
Y ya nunca más te protegerás de la lluvia…


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Pensando en mañana


No te das cuenta de lo que tienes hasta que estás a punto de perderlo. Cuando lo sujetas con una mano mientras  el viento lo arrastra en un acantilado imaginario… Entonces, lo miras con ansia y te das cuenta de que era maravilloso, de que no lo has valorado lo suficiente, de que tenías algo especial y no has sabido retenerlo. Maldices y juras. Lloras y te sientes minúsculo. A veces, ya es tarde…

Nos hemos programado tanto para pensar en mañana que el día de hoy se nos esfuma, se va ante nuestros ojos y se escapa sin apenas enterarnos. Y con él, se va todo lo que somos ahora, lo que nos rodea, lo que nos hace ser nosotros mismos. Estamos sentados ante el mar y somos incapaces de verlo porque nuestra cabeza ronda por otros lugares. La brisa suave y salada nos estalla en la cara y no la percibimos…

Hablamos con una persona cercana que nos ayuda y estamos pensando en otra que pensamos que es mejor, más inalcanzable, más deseable. Nos vestimos para mañana y vivimos enfocados en ese día, para luego intentar devorar el siguiente. Tragamos tiempo a velocidades vertiginosas. Nos tragamos nuestra vida sin pensar y, al mismo tiempo, pensando demasiado. Hay días que nos pasan por encima, sobrevuelan nuestras cabezas sobreocupadas en memeces como si fueran pájaros. Ni siquiera los notamos… Vivimos como si fuéramos eternos y nos pudiéramos permitir perder un tiempo que nunca vuelve.

Ni el tiempo ni las personas vuelven. Todo se evapora si no nos esforzamos en retenerlo, al menos en nuestros recuerdos. Gran parte del tiempo, nuestro cuerpo está en un lugar y nuestra mente en otro. Sufrimos por desgracias que aún no nos han sucedido y buscamos excusas para cosas que ni tan sólo hemos decidido si vamos a hacer. No olemos, ni saboreamos, ni gozamos este momento. Nos limitamos a mascarlo como un chicle y lanzarlo a la papelera cuando ya no le queda un sabor que nunca percibimos del todo.

Siempre soñamos que llegará un día en el que esta inercia acabará y dejaremos de pensar en mañana porque ese “mañana” ya será como deseamos. Pensamos que entonces  viviremos con intensidad el día de hoy, el presente. Un día en el que nos sentaremos a notar cómo somos y contemplar lo que hemos conseguido después de tanto buscar y luchar. Ese día nunca llega, nunca ese “mañana” se parece al “mañana”  soñado, ese que está en nuestra mente, el que ansiamos poseer antes de que exista. Nunca somos lo suficientemente buenos para empezar a vivir el momento. Cada día subimos el listón en una escalada de insatisfacción que nos impide notar lo que nos sucede. Nos castigamos sin descanso. Soñamos tanto con la cima que no miramos el camino de ascenso. Sólo de vez en cuando,  si alguno de nosotros cae rodando por la ladera, nos damos cuenta de lo importante que es cada palmo del camino para saber dónde colocar los pies y dar un paso. Nos damos cuenta de que debemos prestar atención a lo que hacemos y vivir cada momento. Y luego se nos olvida, pasados los días, y levantamos la vista y el destino nos vuelve a cegar. Y volvemos a tragar tiempo y devorar vida.

Hay tantas cosas que tenemos y no vemos. Cosas y personas que no valoramos porque siempre están ahí y parecen formar parte del mobiliario de nuestra vida. Las tenemos delante y no las apreciamos. Porque fueron fáciles de conseguir, porque siempre nos dicen que sí, porque no entenderíamos la vida sin ellas y eso parece que nos asegura que deben quedarse…

Y los días vuelan y al final, lo que tenemos delante y no tocamos, también.

Tan importante como el sueño que nos guía es la realidad que lo precede. El reto no es solo llegar a la cima sino vivir el recorrido. Los días que pasas construyendo tu sueño también forman parte de él. Aquellos que nos acompañan cada día son nuestro refugio.

Cada día nos suceden cosas que merece la pena sentir, atesorar y recordar. Cosas no previstas ni tipificadas en nuestras rígidas estrategias de ascenso a la gloria. Cosas que fluyen y pasan sin saber por qué. 

Todo parece inmutable y, de repente, ahí estás tú, a unos segundos de perder una de esas cosas preciosas que hasta hace unos minutos eras incapaz de ver. La tenías ante ti y la apartabas para concentrar la vista en otra cosa que deseabas poseer. Estaba cerca y no la acariciabas… Y ahora, en apenas unos segundos, suplicas que no se te escape de entre las manos, que no se funda y desvanezca mientras la miras y le adivinas una belleza que nunca antes supiste ver.

Te das cuenta de que si se suelta y cae, llegarás a la cima solo. No podrás contemplar la vista porque tendrás los ojos llenos de lágrimas y no tendrás ninguna anécdota que contar sobre el camino porque no lo viviste y nadie podrá reír contigo.

Los retos se viven en presente. Los sueños no pueden hipotecar el ahora. No vivir pensando en mañana no compensa. Mañana no existe. Aún no. Nadie lo tiene asegurado. Mejor seguir el camino a la cima sin perder detalle de lo que nos rodea. Mejor ilusionarse con el futuro y también con el presente. Mejor dejarse llevar y notar la brisa salada y fijar la vista en esas pequeñas cosas que nos habitan la vida cada día y la hacen maravillosa. Mejor aprender a vivir y a soñar al mismo tiempo.

A Berta Álvarez, por recordarme lo hermoso que sucede cada día…

 

 


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Perdamos el tiempo un rato…


Se me acaban los sueños antes de saborearlos. Se termina el aroma antes de inspirar… Vamos tan rápido… Bombeamos sangre a toda prisa para vivir sin parar, para llegar a un lugar que aún no se ha construido, ni imaginado… Un lugar que no existe, donde esperamos descansar y detenernos a pensar. Darnos cuenta de que vivimos y sentirnos cada músculo de este cuerpo agotado de correr, de abalanzarse hacia un futuro que aún no está dibujado.

Pruebo bocado sin degustar. El agua cae sobre mí y siquiera puedo sentir si está caliente o tibia, no noto su deliciosa transparencia ni su efecto sobre mí. Porque mientras, pienso sin pensar. Ocupo mi mente. Tengo la cabeza ya en los diez minutos siguientes, en mañana, en pasado mañana. Ese informe. Ese encuentro pendiente que a veces no llega a celebrarse. Una reunión maratoniana. Una discusión pendiente. Tengo cada minuto de vida programado para no vivirla. Cada una de las facciones de mi rostro preparadas para la risa o la pena. Sé qué pensaré cuando pase. Sé cuánto dolerá o el gozo que provocará cada buena nueva en mis neuronas sobreocupadas por la estupidez y la falta de sueño. Mis pensamientos comprimidos sin margen para volar, mis ansias ajetreadas sin saber escoger de qué preocuparse. 

No queda espacio para el momento perdido. No hay un centímetro cuadrado en nosotros para la risa inesperada, el encuentro fortuito, la sorpresa que desencadena un cúmulo de acontecimientos que nos cambia la vida en dos minutos.

No queda margen para el cachondeo ni el verso. Para notarse las puntas de los dedos y darse cuenta de que te estalla la cabeza porque no para, no cesa su actividad esperando más actividad para conseguir llegar a un punto en el que poder descansar.

No hay momento para oír la música, sentir la marea, notar el sol en la cara y el efecto de la luna. No queda espacio para caer, para dar el mal paso que nos lleve a levantarnos con ganas. No queda ningún rincón para recapacitar como los niños y percatarnos de nuestras faltas y carencias. No hay roce intenso en las caricias. Los besos son apresurados, faltos de substancia. Besos sin beso. Caricias sin roce. Abrazos rápidos y sin alma. Despedidas sin conciencia. Saludos sin apenas gesto. No queda sitio para perderse. No queda lugar para propiciar casualidades mágicas, vacilarse a uno mismo y reírse de sus banalidades… Hacer el ridículo y superar la cuesta. No hay paciencia. No hay rebeldía ante ti ni ante nadie… No hay brizna de ilusión en esta fábrica de monotonía generada en nuestras cabezas.

Todo está determinado por la rutina. Por fronteras autoimpuestas y límites absurdos que nos coartan emociones nuevas, nos ocultan senderos interiores por los que llegar a conocernos… Motivos por los que amarnos y amar. No soñamos, almacenamos sueños. No deseamos, imaginamos que poseemos. Lo dejamos todo para más tarde, para un luego que no llega porque el tren pasa con retraso. Fingimos las alegrías como si fueran orgasmos. No llegamos al clímax de nada porque nada se retiene en nuestras pupilas suficiente tiempo como para notar que es casi nuestro. Pasamos de puntillas por la vida en lugar de bucearla.

No queda espacio para la poesía, vivimos sujetos a una permanente prosa… Con palabras repetidas, frases conocidas, comas incrustadas… Puntos y seguido eternos y demoledores.

Si pudiera parar. Existir solamente por existir… Respirar por notar que respiro… Recordar por qué estoy donde estoy y preguntarme si aún me importa o conmueve… Si aún me motiva.

Vivimos casi sin vivir esperando tomar ventaja conseguir llegar a la meta y vivir sin tener que apurar, sin lamentarnos. Esa meta no existe. La vida es hoy. Ahora. Es presente. Es el abrir y cerrar de ojos y la bocanada de aire que te entra en los pulmones en este instante… El sabor del café y el calor de este instante compartido… Esta frase corta. Este momento que se escapa por el desagüe de nuestra vida en el sentido de las agujas de reloj. La perplejidad al pensarlo… La punzada al asumirlo. Ya está perdido.

Y no nos damos cuenta… Nos precipitamos hacia nosotros mismos. No nos dejamos espacio para intentar y sucumbir. Para perder, para fracasar, para luchar. No hay margen para el asombro ni el desliz. No hay margen para la vida, ni el disparate… No hay espacio para la risa tonta y la mirada insinuante. No queda lugar para la utopía. Hay que alimentar al pensamiento flojo y silvestre… Hay que permitirse perder el tiempo un rato.

 


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A esa niña…


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Visitó con la memoria a la niña que aún habitaba en ella. Tenía seis años. La encontró llorando en el patio de la escuela, en un rincón. Tenía las rodillas con rozaduras y la mirada perdida hacia el grupo de niños que reía y saltaba. Estaba rota, pero altiva, parecía un figurita diminuta pegada al suelo. La niña le dedicó unos segundos con las pupilas y entonces recordó que hubo un tiempo en el que ella no reía, no hablaba, se encerraba en un caparazón y se ponía en una esquina. Le hubiera hecho gracia la situación, si no fuera porque la cara de dolor de la niña le recordó que aquello de aislarse y sentirse distinta era duro. Los ojos de aquella niña, mucho más bonita de lo que recordaba y hubiera imaginado jamás, se clavaron a los suyos. Quiso acercarse y llenarla de besos. Decirle que aquel dolor intenso e insoportable cesaría, que era absurdo… Que ninguna de las grandes calamidades que esperaba entonces iba a sucederle. Que a cambio vendrían otras, algunas con moraleja facilona y otras a las que le costaría encontrarle el sentido. Quería decirle que el pegamento que la tenía paralizada en ese rincón y que es tan eficaz se llama miedo y que iba a tener que desprenderse de él para poder desterrar los rincones de su vida y protagonizarla. Le diría que no se preocupe, que no está destinada a los rincones, que algún día, a pesar de que ahora no hablaba mucho, la gente la iba escuchar porque sabría usar las palabras y que éstas iban a convertirse en su principal apoyo en el mundo. Que conseguiría cosas que no imaginaría nunca, que ahora creería imposibles, mágicas. La miraría a los ojos y le diría “piensa que puedes” y le pediría que no se dejara arañar más por las miradas ajenas, que en el fondo, estaban aún más asustadas que la suya.

Le diría que era hermosa, que no se preocupara por ser distinta y sentirse distinta porque algún día daría las gracias por esa diferencia. Que las rarezas son a menudo talentos ocultos y las caídas oportunidades. Que apreciara su cabello brillante y color poco común de sus ojos… Que iban a quererla mucho y que iba a amar sin tregua. La cogería de las manos y le diría que no estaba sola, que era lista y que va a saber cómo darle la vuelta al vacío que ahora sentía para sobrevolar situaciones como esta. Que iba a reír y a mezclarse con la gente, que esto era sólo un ensayo de lo que había en el mundo, que nada de lo que ahora le pasara era definitivo… Que la vida es corta, cortísima y que en dos días se iba a encontrar con unas alas enormes que no sabría utilizar. Y que las usaría a duras penas para seguir adelante y tropezar. Y tropezando aprendería a volar. Que atarse al miedo es una excusa para los que no se atreven a ser libres y que ella, no iba a ser de los que renuncian a su libertad.

La abrazaría y le diría que iban a estar siempre juntas, pero que ella iba a ignorarlo durante mucho tiempo. Hasta que una tarde, haciendo repaso de su vida, vuelva aquí, en este preciso instante y vea a una niña que llora. Y necesite decirle que se quiera, que se respete, que no se preocupe porque con un paso tras otro lo conseguirá… ¡Todo! Entonces sabrá que no puede contarle nada, por más que lo necesite o desee… Tan sólo tenderle la mano y secar sus lágrimas… Porque se dará cuenta de que aquel dolor sin sentido es lo que la hizo superarse y brillar. El dolor la obligará a dejar el rincón…

Y que eso tiene que descubrirlo sola.


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Será mañana


Mañana despertaremos y todo parecerá igual que siempre. Nuestros ojos se perderán entre claros y oscuros, hasta encontrarnos el rostro y ver que nuestras facciones son las mismas. Todo tendrá el aspecto de un día común. Miraremos al sol, si asoma, buscando una señal. Algo que nos diga que el día que nos espera será distinto. Algo que nos permita tomar impulso para saber que la espiral de angustia en la que estamos sumergidos puede tocar a su fin.

Cada sorbo de café tendrá un sabor bastante parecido al anterior. Notaremos como se diluye en nuestra garganta cansada de ahogar gemidos y tragarse palabras. Y querremos no callar, decir lo que pensamos… Sabremos que estamos a punto…¿tendremos valor?

Nos conocemos tanto, que sabremos qué vamos a pensar en cada momento. Las imágenes que nos vendrán a la mente esperando turno, pidiendo paso intermitente… Nos repetiremos las mismas consignas en voz baja para convencernos de que en algunas cosas vamos a tener que resignarnos… Aunque algo dentro de nosotros nos dirá que tal vez deberíamos seguir insistiendo… Odiaremos profundamente esa palabra “resignación” con la toda la fuerza que nuestro ser pueda albergar . Y notaremos que someterse a ella será una agonía lenta, premeditada. Una forma de vaciarse y dejarse llevar por la corriente sin oponer resistencia. Y sabremos que hay que tomar las riendas.

Devoraremos noticias tristes y esquivaremos caras largas y muecas de asco. Buscaremos fantasías en el ordenador para volver luego a meternos en el caparazón de la desidia, acomodarnos a un gesto anodino… Sin esperar nada más que recuperar la esperanza de repetirlos mañana con más ganas, con más convicción, sin el sabor ácido del tedio en la boca.

La rutina se nos comerá las ganas. A mediodía, seremos sombras… Aunque si nos damos cuenta de ello, seremos sombras que aspiran a salir del túnel, a respirar aire puro…

¿Nos atreveremos a imaginar más? ¿o pensaremos que somos demasiado osados si tentamos a la suerte? Creeremos que tal vez no lo merecemos por temor a ser felices demasiado rato y luego echar demasiado de menos esa sensación de euforia…

¿Preferiríamos ser de plástico porque así nada nos dolería? ¿O nuestro corazón es músculo puro, aprisionado en un pecho dormido, deseando latir y despertar?

Cada bocado será más insípido que el anterior. Compartiremos risas falsas con las mismas caras, tendremos las mismas conversaciones con las mismas inflexiones en la voz y en ese momento nos vendrán a la cabeza los mismos pensamientos… Derramaremos las mismas lágrimas.

Mañana suplicaremos con la misma intensidad y vehemencia salir de ese agujero negro de la rutina, de la modorra y la pereza. Subiremos al mismo tren y surcaremos con la mirada las mismas expresiones de rabia contenida ante nosotros.

Bostezaremos como siempre en la misma estación. Siempre bajo la misma luz amarillenta del vagón que lo impregnará todo de un halo amargo y un moho imperceptible. Leeremos el mismo libro, aunque el autor y la historia sean distintos… Sabremos, entonces, que si no hacemos nada, el agua siempre estará estancada y el aire estará viciado.

Y la noche llegará. Nos cubrirá los ojos y las sienes. Un cansancio eterno nos apretará los hombros y nos pedirá rendición. Respiraremos el mismo oxígeno, consumiremos la misma vida, nos sacudiremos la misma lluvia del abrigo, volveremos sobre nuestros pasos.

Aunque a pesar de todo, si nos damos cuenta que ya estamos hartos… Si nos hemos percatado de que ya no podemos más y de que cualquier desatino es mejor que esta espiral oscura y cenagosa… Habremos triunfado. Decidiremos guiar nuestros pies hacia un camino que nos lleve a donde queremos llegar.

Sabremos que vamos a decidir las palabras que pronunciamos y escoger los verbos que conjugamos…

Cerraremos los ojos sabiendo que ese ha sido el último día insignificante de nuestra vida. Será mañana.