merceroura

la rebelión de las palabras


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¿Qué he hecho yo para creer que merezco esto?


CIUDAD

Hay ocasiones en las que todo me supera. Hoy es uno de esos días en los que los problemas se agolpan tras la puerta y te quedas sentado sin querer abrirla porque sabes que te van a caer encima… Intentas mantener la calma y recordar, como ya sabes, que todo esto es un aprendizaje y que lleva un mensaje para que te puedas superar.

Lo que pasa es que llevas tiempo intentándolo y no llegas, no lo consigues y ya no se te ocurre qué más podrías hacer para seguir adelante porque se te acaban las ideas y el empuje afloja. La rabia se te acumula en el estómago y te apetece lanzarlo todo por la ventana, sin piedad… Llorar tanto que el mundo se ahogue con tus lágrimas y reaccione ante tu dolor… 

Y te armas de valor y abres la puerta. Y ves que te caen las consecuencias de no sabes qué… ¿de no creer en ti? ¿de no confiar? ¿de no valorarte lo suficiente? ¿de no haber sido capaz de decir que no? ¿de postergar las decisiones? Y algunas cosas más a las que todavía no les puedes poner nombre y fecha y que seguro que son las que más pesan puesto que son las que más te cuesta detectar…  El problema de alguien que no es tu problema, pero que te acaba pesando como una losa y que si te cae es porque lo asumes y así lo decides tú, no busques culpas… No sirve más que para delegar en otro las soluciones. Hay que afrontar… 

Y piensas ¿no debería tener yo herramientas para salir de esta? Se supone que tengo claros los conceptos y que llevo en mis espaldas suficientes conocimientos como para hacerlo… Llevo años conociéndome y diciéndome verdades feísimas a la cara para aprender y vivir en paz… Me he releído y asumido mi infancia entera para encontrar todos mis miedos más rotundos agolpados en mis mazmorras… He intentado dejar mi necesidad de control y me he sumido en un caos delicioso para fluir y sentir, para poder dejar de pensar y encontrar las respuestas que siempre me faltan. He visto mi oscuridad y la he besado y aceptado… He comprendido mi luz…  Me he formado y leído cientos de libros que me han cambiado la vida… Y ahora me siento perdida, pequeña, diminuta… 

No dejo de repetir… “Esto tendrá un sentido que ahora no veo”. Tengo que comprenderlo para sacarle la lección y aceptar, para seguir adelante… Y no lo veo. No aparecen las instrucciones por ningún sitio. No hay manual de crisis especial para que el formador en inteligencia emocional que está en crisis… Llamas a un amigo que se ha formado como tú. Y recuerdas, que muchas veces, un coach, como cualquier otro ser humano, nunca ve la viga en su ojo y sólo la paja en el ojo ajeno… Pero, eso sí, siempre tiene claro que hay una viga, aunque no la vea…

Y me dice que ella también tiene un día horrible y me pregunta qué veo yo sobre su viga porque también sabe que está ahí y no la ve… ¡Qué barbaridad! estamos en las mismas… 

Esto de saber que hay una viga y no verla hace que a veces sueñes con un poco de bendita ignorancia para poder descansar… Pero esto no tiene vuelta atrás, cuando uno aprende a decirse lo que se ocultaba hasta ahora a la cara, ya no puede esconderse nada más o no puede hacerlo de forma consciente…

A veces, cuando necesitas encontrarle un sentido a todo, todo pierde sentido. 

Te pierdes en una espiral de sensaciones y afinas tanto que llega tu subconsciente y te aplaude y te dice «vas para nota, genial» pero eso no te calma, no te ayuda, no te libra de los problemas tras la puerta. Todos somos ignorantes cuando se trata de conocernos y aceptar, no sabemos nada… 

Y piensas… Me pasa porque en realidad debo entender que no tengo que librarme de los problemas, en realidad son una bendición, un regalo, un síntoma del algo más gordo que subyace en mí y que puedo curar… Tengo que comprender qué hacen ahí y por qué los he traído hasta mí… Tengo que entender cuál de mis creencias les ha abierto la puerta, si yo misma creo mi propia realidad… ¿qué he hecho yo para creer que merezco esto? ¿qué he pensado y temido que ha traído hasta mí esta situación? porque somos responsables (no culpables) de todo lo que aparece en nuestra vida… Antes de que los engendros malignos que llaman a mi puerta pudieran encontrarla, mi inseguridad los puso ahí, les llamó para que vinieran y les susurró que eran necesarios para superarme… Y la vida, sabia como nada, los trajo sin demora… Y ahora están ahí, esperando a que responda, a que tome unas cuantas decisiones…

Y el colmo de los colmos es saber que mis decisiones no puede ser parches… Porque podría tapar lo que pasa, pero si no quiero que vuelva a pasar, tendré que resolver la causa y no tapar el síntoma… 

Bendita frase esa de que todo lo que pasa en tu mundo exterior es un reflejo de lo que pasa en tu mundo interior… Yo que me he hecho mil veces una autopsia emocional y me he desgajado ante mi psicólogo… ¿Qué más tengo que hacer?¿Qué me falta? ¡Con la cantidad de personas que van por la vida sin darse cuenta de nada y no las veo tan agobiadas como yo!! ¿quién me mandaba a mí meterme en esto? ¿Por qué tuve que descubrir que cada uno de mis pensamientos y actos escriben mi destino? ¿por qué tuve que asumir el compromiso de ser coherente y ahora no puedo buscar una solución «normalita» y tapar la herida sin más pretensiones? Y luego pienso “esto no es nada, en el fondo, da gracias y asume que es necesario, que te pertenece, que te hará mucho bien…”

¿A dónde me lleva todo? Y estoy haciendo lo mismo de siempre… Analizar demasiado… Tomar el manual y hacerme todas la preguntas… Y claro, hacerme trampas desviando las que no quiero responder, pero sin saber la razón… ¿por qué tengo que darme cuenta de eso? Consciente de que atraigo lo que soy, que esto es un reflejo de mi interior… ¿Así ando? ¿qué me pasa?

Y miro a las personas que me rodean. Lo hago convencida de que ellas también me pueden aportar mucho, es la ley del espejo, entenderme a mí misma a través de lo que dicen, de cómo actúan conmigo, de lo que me aportan… Y tampoco entiendo nada… O quizás no lo quiero entender, porque duele.

¿Qué se me escapa? ¿qué está fallando que no veo? 

Me reafirmo en mi ignorancia absoluta… Abajo la osadía de creer que sabemos o que estamos más cerca de conocer el por qué y el para  qué de lo que somos y de lo que nos pasa… Menuda lluvia de humildad…  Tal vez es lo que más necesito, asumir que no sé y que no pasa nada, que no tengo que controlarlo todo ni ser perfecta… Que de este caos insoportable puede nacer un orden maravilloso. Está claro, hoy no lo voy a entender… Sólo siento lo que siento y tengo que experimentarlo y comprender. Saber qué me digo y qué traigo a mí misma…

No siempre hay que entenderlo todo, no si intentarlo te supone enloquecer ahora… No si sabes aceptar y esperar a que en algún momento se haga la luz y sepas qué hacer…

Y mientras, esa sensación de responsabilidad sobre tu vida tan maravillosa y al mismo tiempo atroz, que hace que notes que llevas las riendas tú y que la solución está en tus manos…

Esa ansiedad de saber que todo pasa por algo y ahora no le acabas de encontrar el sentido y si lo hay sin duda no tiene ninguna gracia.

Quizás el secreto sea encontrar la calma en plena tempestad y esto sea sólo un ejercicio de coherencia. Tal vez sólo haga falta aceptar y confiar… Sólo me queda mirar al mundo y amarlo tal y como es… Contemplar lo que hay en él y esperar a que me llegue una señal que me deje ver la viga… ¿Y si la viga soy yo?

Por más que creamos que sabemos, no sabemos nada porque nos falta mucho por aprender siempre… A veces, no vemos las cosas porque las tenemos demasiado cerca…


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El discurso de un líder


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Que tu discurso sea claro y directo.

No sorprendas con palabras rebuscadas, asombra por tu sencillez y humildad. Que emocione e ilusione, que levante, que haga seguir… Que llegue a la materia gris y a la amígdala. Que haga cambiar de rumbo si es necesario, que movilice conciencias si se habían quedado anquilosadas o dormidas. Que haga caer imperios sustentados en delirios y gigantes con pies de barro que pisan ilusiones…

Que tus palabras muevan musculatura y abran camino.

Emociona. Conmueve y genera movimiento. Que sea fácil seguirte, pero sabiendo que se puede ir a tu lado. Que cada frase lleve un poco de tu forma de ver la vida, que todo lo que digas lleve un pedazo de tu alma y de tu esencia. Que al leerte sepan que el texto es tuyo, que lleve tu marca y quede impregnado de todo lo que defiendes y todo por lo que cada día abres los ojos. Que invite a abrir los ojos que están cerrados.

Casi mejor que te recuerden por tus fracasos bien encajados que por tus logros, si los has conseguido solo y a base de arañazos.

Que tu discurso abra puertas, acorte distancias… Reta, conmueve, zarandea… Que tu discurso escandalice o desconcierte si hace falta, que genere preguntas, no ambigüedades. Que remueva por dentro y zarandee vidas grises y estructuradas. Que destroce rutinas y borre malas caras… Sé tan incómodo como puedas si la comodidad está matando la magia y evitando que se hagan preguntas…

No digas lo que quieren oír, diles lo que creas que puede interesarles y dilo como a ti te gustaría oírlo…

No te impongas ni te enfades si no convences. No tienes la razón en todo… Cuida tus gestos. Aguanta la mirada, pero no desafíes, ni menosprecies. Reconoce méritos y agradece esfuerzos. No busques el aplauso, busca el consenso y la complicidad.

Habla en presente, sé imperativo, pero no autoritario.

Que sepan que no hay tiempo que perder, pero que tampoco hay prisa que les obligue a dejarlo todo por ti, ni por satisfacer tus exigencias. Que queda margen para sus opiniones, que te importan sus opiniones, que sus palabras pueden cambiarte y modificar el recorrido de tu camino, aunque tienes claro a dónde vas… Recuerda que hay muchas formas de llegar y que, a veces, para no llegar solo hay que dar algún rodeo…

Que escucharte les haga sentirse reconocidos. Que les haga respirar hondo y ser optimistas. Que tu discurso les acerque a las soluciones y no a los problemas. Que les estimule a buscar oportunidades… Que les deje claro que el camino está por pisar y repleto de grandes momentos.

Habla en primera persona del plural y mételos en tu círculo.

Involucra. Que sepan que te importan y que están involucrados en tu futuro. Que ellos deciden su futuro.

Que a tu lado surjan dudas, no importa si también se despiertan las ganas de despejarlas.

Que a tu lado se despierten temores no importa si reconoces tú también los tuyos y ayuda a disiparlos.

Que a tu lado muchos levanten las alfombras para sacar miserias escondidas o dejen salir a los monstruos de debajo de la cama… Que los armarios se vacíen de fantasmas y las esquinas de esperas eternas… Poco importa que revivan sus miedos, si con tus palabras y tu ejemplo ayudas a que se atrevan a mirarles a la cara.

Poco importa que cuando hables algunos construyan muros de ignorancia o prepotencia,  si lo que dices sirve de puente para los que desean cruzar y dejar vidas sus vidas a apagadas.

Dí lo que piensas, no ocultes lo que sientes… Demuestra tu vulnerabilidad.

Eres humano y falible. Eres vulnerable y eso no te hace menos fuerte. Que vean en cada unos de tus gestos la honestidad que predicas, que sepan que también lloras, que sepan que también te duele, pero que cuando te caes te levantas… Que sepan que caes a menudo y que no pasa nada.

Que cuando hables, no se te olvide decirles que eres uno más. Que un día estabas en su lugar y buscabas respuestas, que no las tienes todas, que  cada vez te surgen más preguntas y que cada vez son más complicadas.

No olvides que ellos son como tú.

Tú estás a su altura y ellos a la tuya. Recuerda que pueden vivir tu sueño y participar de él, pero que tienen los suyos propios. Pregúntales por ellos e interésate por cada detalle… Recuerda siempre que tienen sus vidas y cada uno su forma de enfrentarse a sus miedos… 

No olvides tampoco tus miedos e inquietudes cuando les hables y ten presente cómo los has superado.

Ten presente hacia dónde vas, pero sobre todo, recuerda quién eres y de dónde vienes. 


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Manifiesto


Agua by Samuel Scrimsha

Foto : Agua by Samuel Scrimsha

Prometo llevar la contraria siempre que sea necesario.

Prometo decir no, cuando crea que no puedo quedarme quieta ante una injusticia o asumir una conducta que no me define. Prometo decir sí, cuando nadie lo diga…

Prometo un poco de selva verde en un pedazo de asfalto gris y un universo entero contenido en una mirada.

Prometo presentar batalla con mis palabras y la humildad de mis gestos. No achicarme ante las sombras ni esconderme entre mis pliegues ante los problemas cotidianos.

Prometo no contenerme. Vaciarme, expandirme, inundar lo que amo y envolverme de cielo…

Prometo mar y olas y arena tibia bajo los pies en mil tardes de verano… Prometo lumbre para el invierno y castillos ocres de hojas secas en los otoños más melancólicos. Prometo fuego en el inviero más  largo y severo.

Prometo dejarme llevar por la música y amansar a la fiera que me habita. Prometo sacar a la bestia apasionada que duerme en mí para comerme la vida… Prometo intensidad y efervescencia.

Prometo risa y buena locura controlada. Prometo irreverencia  para decir lo que tengo que decir y llegar hasta donde me dicte la conciencia. Prometo pasarme y no quedarme corta.

Prometo dudas e inquietudes…

Prometo silencio y prometo palabras.

Prometo quedar agotada intentando conseguir mis metas. Quedar exhausta y tan solo parar para tomar aliento y no perderme los rostros de las personas que están a mi lado y que me acompañan.

Prometo cariño aunque está cansada. Prometo aguantar noches en vela dando la mano y tardes de conversación sin tregua.

Prometo esfuerzo y voluntad de hierro, de ese hierro candente que también se doblega y adapta.

Prometo abrigo cuando se cuele el invierno en el alma y viento fresco cuando el aire se corrompa y el agua esté estancada.

Prometo trabajar mi carácter irascible y mi mente agitada. Buscar la calma que apacigüe mi impaciencia y sosegar mi conducta impertinente. Prometo abandonar al centinela que llevo dentro y que controla que no me desborde ni me suelte…

Prometo sentirme libre cuando me aten.

Prometo no atarme a nada más que mi cordura y mi conciencia.

Prometo dejar de tender al sol mis reproches y lamentos,  dejar de doblarme cuando según qué ojos me miran y de agachar la conciencia si me soslayan por las esquinas para ignorar mis pupilas deseosas.

Prometo no esquivar…

Prometo paciencia, aunque se me haga una montaña abrupta. Prometo seguir ilusionándome, aunque tenga que aprender a no esperar nada.

Prometo toda la imprudencia y osadía necesarias para fabricar mundos y desdeñar existencias sin substancia.

Prometo ser un incordio, si hace falta hasta el último día, ante aquellos que le buscan atajos a la decencia o le ponen riendas a la libertad.

Prometo volver locos a los que sólo critican, ignorando sus miradas de asco y prestar atención a los que miran con ojos bondadosos… Prometo contar historias con protagonistas asequibles y cuentos con finales sin perdices.

Prometo llegar al último día dispuesta y con cara de guasa.

Prometo mucha ironía fina y sinceridad descontrolada… Seguiré sin poner puertas a mi campo de flores rojas y sin quitar las espinas de mi lengua avispada e irreverente.

Prometo humildad y firmeza.

Prometo alegría y esperanza.

Prometo abrazos y algún corte de mangas… Sábanas limpias, ventanas abiertas y versos sin rimas forzadas.

Prometo valor y perseverancia. Prometo no olvidar quién soy, ni vender mis principios en los mercados o dejar caer mis valores en las charcas.

Prometo quedarme prendida en un rama antes de caer al vacío y ser la roca que deja que las olas la esculpan con la marea más brava.

Prometo ser también la marea y la rama.


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El poder de la empatía


manos-diversas

Cultiva tu empatía, practica la humildad

Ser una persona empática te abre camino. Supone un plus en muchos aspectos de tu vida. La empatía es una gran aliada, una gran inversión en el buen profesional que quieres ser y la persona extraordinaria que llevas dentro y aspiras a mostrar. La mejor forma de “venderse” es evidenciar ante los demás que sientes como ellos sienten y que te importan. Y sobre todo, hacerlo de forma honesta y humilde.

No cortes el ritmo, deja fluir…

Escucha. Escuchando se aprende y  se hace grande tu intuición. Aprendemos y maduramos a golpes y también observando con ojos hambrientos. Todo tiene un tiempo y un ritmo, no cortes ese ritmo que fluye en una conversación… Dedícale un tiempo.

Dí que sí

Asiente cuando te hablen, que se den cuenta de que escuchas de forma activa e interiorizas lo que dicen. Que te llega, que te salpica tu dolor y su emoción, que eres humano y que te conmueven sus sentimientos.  Que quede claro que estás a su lado y que no es para quedar bien durante esos cinco minutos en los que tomas un café … Las personas no son un café.

Muchas personas no escuchan cuando les hablas, están ocupados mentalmente pensando qué van a decir y buscan el momento para interrumpirte, porque les interesa más quedar por encima de los demás que obtener información que les podría ser muy útil para conectar con esa otra persona y compartir un momento de cercanía. No pueden callar y esperar, quieren aparentar y marcar su territorio, dominar, dejar claro que ellos también tienen mucho que decir. Cuando, precisamente, si alguien te está contando lo que le afecta y necesita hablar, detestará que hables tú y lleves la conversación a tu terreno. Le dolerá que destaques más tú en ese momento justo, que cuando le toca a él exponerse y, tal vez brillar en su exposición, le quites el puesto.

Una de las cosas que más angustian y fastidian en un diálogo es estar contando algo y ver que la otra persona calcula tus exhalaciones de aire para encontrar un hueco y poder hablar. Constatar que tiene el cuerpo hacia delante, en posición de ataque y preparado para contarte algo cuando aún no has acabado con tu explicación. Que incluso, en medio de tu disertación emotiva, es capaz de citar algo poco trascendente o distraerse con el paisaje que le rodea.

No siempre eres el protagonista de todas las historias

Hay personas que lo protagonizan todo, incluso las tragedias ajenas. Llegan hacer sentir culpables a los demás cuando está hundidos porque lo que les cuentan les afecta o distrae de sus obligaciones o planes. Personas de esas que te vienen a ver al hospital porque estás enfermo y en lugar de preguntarte cómo te sientes, darte ánimo y ayudarte a sobrellevar el mal momento, se dedican a decirte cómo les has fastidiado la tarde por tener que venir y las peripecias que han tenido que superar para hacerlo. Personas que cuando otro es el foco de atención del grupo, aunque sea por una mala noticia, no saben encajar en su lugar y buscan desempeñar un papel más destacado hasta ponerse en evidencia, incluso. No puedes ser siempre el protagonista de todo ni es positivo para ti porque puedes sobrecargar a los demás. No protagonices los momentos estelares de otros, ni les usurpes su escenas…

Deja que te cuente su historia y se recree…

Que no pase el tiempo ni te importen los minutos. No hay medida para la compasión y la emoción, no hay reloj ante su dolor o ante su felicidad o su alegría si te cuenta que algo hermoso le sucede.

Recuerda que no eres el centro del universo. Si te cuenta su historia porque se siente mal, no busca que tú le cuentes la tuya, no al menos de buenas a primeras, y si no es para ayudarle sacando una moraleja que pueda echarle una mano. Para explicarle cómo superaste tú una situación similar. A veces, alguien nos cuenta cómo se siente y nos habla de lo que le pasa y parece que se establezca una competición a ver cuál de los dos está más hundido o fastidiado.  Cómo si pudiéramos calcular el dolor con un barómetro y decidir quién es el ganador. Si su historia es alegre, siéntete bien por él. Siempre he pensado que alegrarse de lo bueno que les pasa a los demás es muy saludable y que la dicha es contagiosa.

Da importancia a sus palabras y sus gestos.

Fíjate en sus palabras y el énfasis que pone en ellas, cómo las dice, por qué usa esas y no otras. Piensa cómo te sentirías tú en su lugar y lo que necesitarías, piensa qué esperarías tú de otra persona si te encontraras en su encrucijada.

Controla tu lenguaje no verbal, que note que le importas…

Mírale a los ojos y descubre qué te dicen. Mira con respeto, a rachas, no vayas a agobiarle o parecer inquisidor. No mires otras cosas, haz que note que te importa. Observa sus manos, su postura, ponte a su lado emocionalmente y deja que tu cuerpo transmita que lo estás de verdad, que vas en serio.

Toma la distancia adecuada, que no es otra que la que merece la situación. Pasa a una distancia  más íntima si es necesario, sin invadir su espacio si notas que se aleja. Tal vez, no os conozcáis demasiado pero si la persona que tienes delante se abre ante ti, debes responder con apertura mental, que se note que la comunicación fluye. No te cierres, no te cruces de brazos y pongas una barrera entre vosotros.

A veces, nuestro lenguaje no verbal no transmite lo que sentimos porque nos ponemos corazas para disimular nuestras emociones. Otras, sencillamente no transmite empatía porque no sabemos usarla. Algunas personas, cuando intentan escuchar el relato de otras sobre cómo se sienten, no saben cómo responder a las emociones y se ponen a bromear y a esquivar la profundidad del tema porque ahondar en los sentimientos les pone nerviosos. Eso es terrible para el que habla porque no sólo deja claro que no le importan sus sentimientos sino que además no le entiende y le parecen una estupidez.

Dale esperanza y no relativices.

Dale esperanza. No hace falta un “todo saldrá bien” porque hay situaciones en las que es muy obvio que no saldrá bien y, aunque toda situación tiene una moraleja y un aprendizaje, en un primer momento, si la realidad es muy dura, un comentario de este tipo puede parecer una frivolidad. No siempre se puede relativizar todo, hay muchas situaciones en la vida que requieren callar y abrazar, susurrar un “me tienes aquí contigo” y compartir un rato. Además,  hay muchas formas de esperanzar a alguien, sencillamente con un abrazo, un afectuoso golpe en la espalda, una mirada de cariño, un “estoy aquí pase lo que pase” le hará ver que no está solo, que alguien pensará con él soluciones si el problema empeora, que alguien le escuchará…

Sé oportuno…

El sentido de la oportunidad es casi un don, una consecuencia de cultivar tu intuición. Requiere un esfuerzo para concentrarse en vivir el momento presente, sin escuchar todas esas voces interiores que nos recuerdan que llegamos tarde, que tenemos prisa, que estamos cansados… Y requiere también saber encontrar el punto justo para actuar y las palabras adecuadas. Para ello hay que dejar de escucharse a uno mismo y sincronizarse con los demás.

No le hagas sentir culpable de nada. Todos somos responsables de nuestras acciones pero no deben ser una cruz que nos señale para siempre, sino una experiencia más que nos ayude a crecer. La palabra “culpable”  y la sensación que lleva adherida son una losa, una mancha pegada que no se borra. No digas “te lo dije” porque con ello lo único que haces es quitarte de encima esa responsabilidad tú, para que quede claro que eres más sabio y ya tenías claro qué iba a pasar. Deja las reflexiones para un momento más oportuno… Tal vez más tarde sea el momento de ayudarle a ver que es responsable en parte de lo que sucede y  que (ahí está la buena noticia) por tanto, eso hace que tenga la llave de la solución y pueda salir de esta situación con nuevas herramientas para evolucionar como persona. Los responsables  dirigen su vida y solucionan los conflictos, los culpables arrastran una culpa imaginaria como si fuera una sentencia inapelable.

Usa tus palabras, no las de otros…

Las palabras curan, son terapéuticas. No uses frases hechas y vacías. Busca las tuyas. Dosifica tus palabras como si hablaras con cuentagotas. Que no sobre ninguna, pero que no falte. Da importancia a la forma de decirlas, cuida el volumen. No fuerces el tono, acaricia cuando hables, susurra si hace falta, acompáñale con la mirada y la sonrisa. Sé firme si hace falta, siente, pero no en la tentación de regodearse en la tragedia.

Sé tú mismo, que te reconozca en lo que dices, que note que eres sincero y honesto, que sepa que no actúas… No actúes. Ponte en su lugar e imagina qué desearías tú si fueras él. Ponerte en su lugar no te hace pequeño, te hace grande… Recuerda que no se trata de fingir, sino de sacar de dentro esa parte que hace que el resto del mundo te importe.

Si todo esto te cuesta un esfuerzo inconmensurable, no lo hagas, se notaría que lo haces de forma mecánica y generaría justo en efecto contrario. Y si puedes, reflexiona por qué te cuesta tanto, ¿es porque miras a los demás desde abajo, pones corazas por timidez y te cuesta abrirte o hacerles un hueco o porque les miras desde arriba y no te parece que merezcan la pena sus pequeñas miserias?

Recuerda que una palabra amable cambia a veces el curso de una historia, no subestimes su poder. La capacidad de sentir lo que otros sienten no te deja en un segundo plano, te hace poderoso y te da infinitas posibilidades de crecer. Cuando aprendemos a servir a los demás, en un plano de igualdad, es cuando realmente somos grandes…


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Lo que les pasa a las alcachofas


alcachofa

La forma es muchas veces tanto o más importante que el contenido. Suena mal, lo sé. No me refiero a que la belleza exterior sea más importante que la interior y que puestos a escoger entre el envoltorio o el caramelo, vayamos a quedarnos con el papel brillante… Eso nunca, no se trata de deslumbrarse y perder el norte. Lo que quiero decir es que si algo es bueno debe darse a conocer. Que una buena idea mal explicada se convierte en mala idea, que muchas veces un grito o una mala cara borra toda una tarde de caricias y que ser maravilloso por dentro sin mostrarse al mundo no permite que el mundo te conozca y pueda compartir lo bueno que puedes ofrecer.

Curiosamente, por ahí danzan muchas personas que han hecho de vender una buena forma un modo de vida. Algunas no tienen fondo y otras, por suerte, sí. Las que verdaderamente triunfan (cada uno defina triunfo como quiera pero para mí es saber que has hecho todo lo posible para conseguir ser quién deseas y sentirte bien contigo mismo) son aquellas que han conseguido transmitir la belleza que tienen en su interior. Aquellas que han puesto a servicio de los demás su conocimiento y su talento. Las que han encontrado el equilibrio y se han sacado de encima todas las capas de dolor que les impedían deslumbrar… Las que se han dado cuenta de que si esconden su luz, se les acaba apagando y al final, no les queda nada.

Hay personas hermosas y personas que hermosean la vida de los demás. Personas que no temen exponer sus debilidades y sus fortalezas al mundo, personas que no temen ser vulnerables y que se han dado cuenta de que la única forma de llegar a los demás es mostrarse tal y como son. En un escenario tan competitivo como el que tenemos ante nosotros, los que queremos vivir acorde con nuestros sueños, tenemos que apurar las formas y encontrar el modo de darnos a conocer. Hacer que el mundo sepa qué buscamos, qué queremos, quiénes somos y sobre todo, qué le podemos ofrecer.

Somos nuestro escaparate. Lo son nuestros tuits, nuestra forma de enfrentarnos a los problemas y la manera de peinarnos… No solo nuestro modo de andar sino el camino que escogemos… Somos la forma en que tratamos a otros y el ejemplo que damos, lo que subrayamos en los libros y lo que leemos, la gente a la que seguimos… Somos los gestos que usamos cuando alguien nos pregunta por qué nos debería contratar y aquello en lo que focalizamos nuestro interés. Todo lo que hacemos para proyectar nuestra forma de ver la vida y que va formando un equipaje que arrastramos y que debería siempre ser más llevadero de lo que es a veces y, sobre todo, muy honesto. La forma adecuada siempre es la sincera, sin fórmulas copiadas ni artificios. Sin arrastrar nuestros valores ni perder la esencia, sin dejar de tener presente qué nos mueve y nos motiva.

En este contexto, tener un gran talento y ocultarlo esperando el momento adecuado es un lujo que no nos podemos permitir. Como ser una alcachofa de corazón tierno y jugoso, esperando a que otro nos saque de encima todas la hojas y acabe encontrando lo que vale la pena… Esperando el momento idóneo de maduración y soñando con que alguien se decida a encontrar nuestro valor. Nadie hace cola para encontrarnos porque nadie sabe lo que podemos llegar a ofrecerle.

Demasiado tiempo perdido, demasiado sueño malgastado esperando el momento perfecto… Demasiado riesgo inútil apostando a que sean otros quiénes decidan explorar nuestro interior. Sobre todo porque la alcachofa se pone oscura y se pudre y nuestro potencial se ahoga bajo tanta capa de protección. Un talento oculto es un talento inexistente, una promesa de humo, un sueño vacío que se esfuma…

Aunque no sea fácil, hay que sacarse uno mismo las capas de rutina, miedo y sentido del ridículo absurdo que esconden lo que nos hace distintos y especiales.

En un mundo de buenos y malos, se necesita a los justos. A los que pueden ofrecer algo diferente. A los que no se limitan a marcar territorio y nos conmueven con sus actos y con sus palabras, con sus ideas.

En un mundo de claros y oscuros, se hace necesaria la luz. El éxito es salir al mundo y darse a conocer y mostrarla…

En un mundo donde todos aceleran sin pensar, se necesitan corredores de fondo. El esfuerzo continuo para cada día ofrecer lo mejor y seguir sacándose de encima los complejos estúpidos y las capas de autocompasión que acaban convirtiéndose en gruesos muros…

En un mundo de blancos y negros, de extremos, se necesitan matices… ¿Y si los aportas tú? ¿Y si los tienes encerrados en ese corazón de alcachofa triste que no se atreve a brillar? ¿De qué sirve lo bueno que eres si no lo compartes?

La verdad es que por muy excelente que sea el contenido, no sirve de nada con la forma equivocada y menos aún si no se muestra de ninguna forma.

Lo bueno no es bueno si no se da a conocer y nadie lo ve. Lo grande no es grande si está oculto y se va empequeñeciendo porque no se ejercita… Si no destapas tu talento, nadie sabrá que lo tienes…

Sin forma, nadie conocerá tu fondo… Es lo que les pasa a las alcachofas. Se quedan mustias esperando…

Y no temas por perder tu esencia, se puede llegar a ser muy grande sin dejar de ser humilde.


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Encerrar al ego en el armario


Cuántas veces nos hemos sentido tan pisados que cuando decidimos que ya no vamos a permitir que jueguen más con nosotros, experimentamos el efecto contrario y nos convertimos en aquello que detestamos. Con todos los ultrajes acumulados en nuestra osamenta, centenares de recuerdos agolpados en nuestras cabezas y millones de palabras llenas de ira esperando salir por nuestros labios… Cuando un día nos levantamos con la fuerza suficiente, la rabia nos vence. Asumimos el papel de depredador porque estamos hartos de ser la víctima.  Ocupamos el papel de tirano, somos el verdugo, el acusica, el que critica, el que tira la piedra y esconde la mano. Pensamos que si mostramos poder y desfachatez nadie nos tocará. Creemos que si no mostramos miedo, no seremos presa. Cierto, somos puro instinto,  aunque debemos recordar que hay muchas maneras de sentirse bien con uno mismo sin tener que demostrar nuestra “falsa fuerza” a cada momento. No nos hace falta marcar territorio, hincar diente ni pisar como antes nos hemos sentido pisados. Por primera vez en mucho tiempo nos sentimos dignos y lo primero que hacemos es traicionar esa emoción… Somos más que eso, podemos estar por encima de ello saliendo de ese círculo vicioso corrupto, esa espiral en movimiento que nunca cesa.

Si antes éramos el cordero y ahora el lobo, algo falla. Nuestro cambio no calma el dolor, lo reubica. Nos da una ligera sensación de alivio, pero es pasajero. Fastidiar a otros nos nos hace grandes, nos empequeñece. El verdadero cambio no es ponerse la piel del lobo y atacar primero para que no te ataquen. Lo realmente difícil es ser el cordero más listo, el más feliz. El cordero que mantiene la calma y no deja que otros le involucren en sus batallas sin sentido, ni en sus guerras absurdas por dedicir quién es el más fuerte. No le hace falta, porque lo que quiere es ser un cordero sabio y no un guerrero que va de golpe en golpe sin más afán que el de demostrar algo que nadie le pide, tan sólo quizás él mismo… El cordero sabio no sigue ciegamente al rebaño pero es capaz de integrarse en él e incluso conducirlo…

Madurar no es tranformarse en un ser insensible para no sufrir. Es aprender a sobrellevar lo que sentimos, mantener el rumbo y los ideales a pesar de lo que digan, no perder las raíces y permitir que nuestras ramas crezcan hasta donde ni siquiera imaginamos. Madurar es tener la piel incluso más porosa y permeable que antes y sentir el arañazo, el sablazo, el dolor de las dentelladas de otros en nuestra carne y saber continuar, saber relativizar, saber pensar en lo que realmente importa y seguir. Darle a todo su justa medida e importancia, tener claro que somos lo que somos y lo que valemos como seres humanos. Madurar no es ser de corcho, es ser más de piel que nunca y adaptarse. Tomar las riendas de tu vida y luchar lo necesario para cambiar lo que te duele y vivir intensamente, aunque a veces el cielo se caiga a pedazos y te falte el aire.

A menudo estamos tan cansados, tan asqueados de recibir golpes y palabras lacerantes, que devolvemos la munición multiplicada por mil. El cuerpo lo pide, cierto. Es tan fácil responder… Cuesta no dejarse llevar por las ganas de una supuesta justicia, que en realidad es venganza, y genera una cadena de sucesos asqueantes que acaba salpicándonos a nosotros. Generamos  complicados mecanismos basados en intrigas que acaban volviendo a nuestra cara en forma de verdad cruda y rotunda. Incluso en ocasiones, ante personas que no son responsables de nada de lo que nos sucede. Necesitamos títeres a los que culpar, en lugar de asumir que nosotros nos dejamos, que permitimos, que casi sin saber asumimos que no éramos lo suficientemente buenos para considerarnos válidos y amarnos. Estábamos equivocados. Lo hemos sido siempre, aunque no lo percibamos.

Despertamos de nuestra era de frustración y decidimos que no volverá a pasar. Y como tenemos la autoestima poco acostumbrada a grandes retos, pillamos lo que tenemos más a mano para subir el ánimo, el ego. Ese ente facilón que ocupa su lugar, a menudo, y que se hincha hasta reventar y lo salpica todo.

Un gran ego es fruto de una autoestima mínima o de una inconsciencia máxima sobre todo lo que nos rodea. Nos lleva a pasar de creernos una mota de polvo a un océano . Y no somos ninguna de las dos cosas.

El ego pisa, la autoestima comparte, difunde, tiende de la mano. El ego corta raíces y se dedica a ir levantando muros a los que le rodean para que no lleguen a la meta, porque tiene tanto miedo de medirse con ellos que no soporta tenerlos a su lado… Y cuando lo hace es por inconsciencia.

La autoestima es valiente, el ego temerario. La autoestima te permite ayudar a otros porque no los considera rivales sino compañeros, porque les quiere en la misma carrera para aprender de ellos. No teme que demuestren en algunos aspectos ser mejores porque lo asume, porque sabe que va quererse igual y será un estímulo para crecer.

La autoestima valora el esfuerzo tanto como el resultado. El ego justifica todos los medios porque quiere la foto, la gloria, aunque sea pintada, aunque sea falsa y pertenezca a otro. La autoestima nunca plagia, ni roba, ni destruye. Crea, engendra, ama. Comparte su brillo alrededor sin escatimar. El ego se bebe lo que queda en las copas de sus invitados y les obliga a traer un vino caro para sentarse a la mesa. La autoestima monta una fiesta y nunca regatea.

El ego araña, la autoestima acaricia.

El ego manda, la autoestima lidera.

El ego es solitario, la autoestima solidaria y empática.

La autoestima busca el respeto en los demás. El ego desea infundir miedo para controlarles.

La autoestima se acepta y acepta a los que la rodean. El ego ni siquiera se mira a la cara porque no soporta sus contradicciones y usa a los demás como fichas que mover en un tablero y conseguir ganar una partida que ya tiene perdida de antemano. El ego pierde siempre porque no sabe lo que busca. La autoestima gana incluso cuando pierde porque no busca gloria. El ego es insaciable.

Una crea. Otro devora, destruye. El ego grita. La autoestima explica, susurra, canta. A veces, cuando decidimos cambiar, optamos por lo fácil. Hinchar un ego es como hinchar un globo. Aprender a quererse, aceptarse y desear ser mejor cada día es una carrera de fondo que nunca acaba y no admite despistes. Es demasiado fácil pisar y ponerse por encima de los demás, lo realmente complicado caminar a su lado y compartir… No necesitamos demostrar nada, sólo ser nosotros mismos. Acumulemos cariño, no rabia. Perdamos la memoria y encerremos al ego en el armario. Puestos a cambiar, no nos quedemos a medias, aspiremos a lo máximo, subamos el listón y seamos humildes.