merceroura

la rebelión de las palabras


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El arte de dejar de hacer


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Me he pasado media vida pensando que no hacía suficiente… Y la otra media haciendo, sin parar. Desde niña me metí en una espiral de acción imparable para conseguir… No sé, a veces lo intento comprender y no llego, la verdad, pero supongo que quería conseguir comprensión, amor, aceptación… En realidad, creo que me he pasado años intentando ser normal. Para mí ser normal era no tener que preocuparme porque me señalaran con el dedo, no sentirme pequeña, insignificante, poco valorada, soltar de una vez esa sensación de molestar… Ser normal era ir a jugar y no tener que preocuparse por hacerlo todo perfecto para que no te rechazaran o sentirte integrada en un grupo, sentir su calor, su cariño, pertenecer a algo y notar la compañía…

Supongo que para que pudiera aprender algo sobre ello, la vida me mantuvo en soledad. Una soledad tan sólida que rebotaba en las paredes como los balones y que me sujetaba las piernas y me anclaba los pies al suelo cuando quería correr. Sentía una carga tan pesada por no ser como creía que debía que me desbordaba esa sensación de impotencia y la rabia se apoderaba de mí… Si algo tiene esa emoción poderosa es que, al contrario que pasa a veces con la tristeza, la rabia te empuja a hacer y se come tu miedo para que creas que no está. No es que las personas que se dejan llevar por la ira o la rabia no tengan miedo,  lo tienen, pero no es miedo a caer, es miedo a quedarse quieto. No es miedo a morir, es miedo a no ganar, a no demostrar, a no imponerse y dejar que los demás te consideren menos… ¡Cuánto por aprender! para empezar, cambiar de planteamiento y empezar a notar que nada de esto es necesario, que nada hace falta, que nada tiene sentido más que estar en paz.. Que ser coherente con uno mismo.

No importa qué hagamos, en el fondo, importa que seamos conscientes de para qué lo hacemos y si estamos reaccionando o realmente actuamos desde nuestra voluntad. 

Me ha costado un siglo descubrir que tenía que parar de hacer. Dejar de sentir que todo debía de ser perfecto para que fuera mío, humano, lleno de mi emoción y sentimiento. Cuando decides parar de hacer cosas a lo loco, a la desesperada, es cuando más haces. Nada es más productivo que parar para pensar y sentir quién eres y a dónde quieres realmente llevar. Y luego, soltarlo, decidir que te pones a ello con ganas y pasión pero sin quedarte enganchado al objetivo, porque sin duda tú y tu paz sois más importantes.

Me he esforzado tanto para llegar que me he perdido mil veces por el camino, me he quedado corta porque me han fallado las fuerzas o me he pasado de largo por no haber podido gestionar la rabia acumulada… Cuando te esfuerzas mucho y no vives el camino que has escogido, cuando te tomas ese camino elegido como un calvario, la meta nunca sabe a gloria ni a nada que valga la pena. Y cuando llegas, enseguida te planteas otra y otra, para no detenerte nunca, Las metas, los retos, los sueños, son necesarios pero no podemos quedarnos sujetos a ellos, no podemos permitir que nos amarguen la vida por no alcanzarlos.  Es necesario decir que en realidad nos la amargamos nosotros por no ser capaces de darnos cuenta de que la forma en que intentamos llegar a ellos no es la que nos hace fluir con la vida. Exigirse sin piedad, castigarse una y otra vez, vivir en un mar de reproches continuo por no ser nunca suficiente… Eso te rompe por dentro, te deja muerto y devasta tus defensas… Siempre fue eso, una y otra vez, no parar hasta llegar y luego ser incapaz de valorar ese hito porque ya se dibujaba uno nuevo… Más duro y complicado, más devastador.

No hay nada malo en querer superarse, al contrario, pero sí en sentirse superado siempre. En sentirse insignificante si no llegas en un tiempo concreto y pagarse con desprecio por todo lo trabajado. Esa obsesión por hacer para demostrar, por encajar, por tener que dejarle claro al mundo algo que ni siquiera le importa, que vales, que mereces la pena, que eres digno de formar parte del club.

No hay nada malo en ponerse metas, es maravilloso, aunque no podemos subir tanto el listón del golpe y castigarnos y sentirnos culpables por no conseguir algo, cuando precisamente la amargura con la que intentamos alcanzarlo es la que nos aleja de ello.

A veces, llegas a la meta tan cansado y devastado por no haber tenido piedad contigo, por haber arriesgado tu salud y haberte maltratado tanto que cuando te cuelgas la medalla te desplomas. Y no la notas, no la vives, no la disfrutas. Es el precio a pagar por no hacer nunca suficiente, por meterse en una carrera para suplicar perdón por no ser perfecto y no por disfrutar, por superarte o por aprender de uno mismo.

Desde hace tiempo que me pregunto para qué hago lo que hago y si el camino hasta ello me compensa. Si sonrío cuando cada día trabajo en ello, si cuando lo hago fluyo y me siento más vida, si lo amo tanto que no me importan las horas, si llegar a conseguirlo tiene sentido por sí mismo o es sólo un logro más que apuntar en el curriculum o una foto que colgar para decir “aquí estoy yo”.

Podemos dejarnos el alma en la pista, echar el resto por lo que deseamos pero sin perder el norte, sin dejar de amarnos y respetarnos, sin dejar de preguntarnos si todavía nos compensa… Sin hacerlo para que el mundo nos admire y acepte sino porque sabemos que hacerlo nos hace crecer y nos lleva a aportar algo al mundo.

Hay que parar y comprender a dónde vamos y qué deseamos hacer allí. Saber si nuestras metas nos definen. Actuar desde la consciencia y no desde la desesperación. Sentirnos libres, dejar de producir como locos por llegar antes a tener que tomarnos esa pastilla para poder parar esos tambores que te suenan en el pecho y que te dicen que te has pasado mucho contigo… Hay que parar para decidir que lo que nos define son las ganas de superar lo que nos asusta, nuestra capacidad de entusiasmarnos y el camino que andamos…

No salgas a la pista para demostrar o dejar boquiabierto a nadie. No salgas para castigarte porque no crees en ti. No lo hagas porque crees que tienes que hacer cosas sin parar para compensar una culpa que no existe… Ni para encajar, ni para que te perdonen por nada, ni para que te acepten en ningún lugar o te den el visto bueno…  No hagas porque crees que si no haces no mereces. No hagas porque crees que complacer a los demás es tu forma de pagar por el amor que no te dan. No hagas para llamar la atención de nadie, no hagas para que te hagan caso… Hazte caso tú y siente qué quieres realmente. Perdónate por no llegar a veces y descubre todo lo que has conseguido en el camino, cómo te ha cambiado cada gesto, cada empeño, cada risa…

Sal a la pista por ti y porque te llena, te hace vibrar, te hace sentir. Sal a la pista a disfrutar y llenarte de emociones nuevas, de sensaciones auténticas. Sal porque puedes aportar y quieres compartir.

No importa si no haces suficiente hoy, tú eres suficiente siempre. No importa si no es perfecto porque es como realmente necesitas que sea ahora… Siéntete grande y extraordinario tal y como eres ahora y eso te dará la energía para llegar. La meta es esto… Sentir esa grandeza en tu humildad, verte pleno a medio camino, amarte tanto que sepas que ya eres quién sueñas. Crecer desde dentro sin necesitar la medalla porque sabes que entrarás la forma seguro… La meta eres tú y todo lo que te hace sentir pequeño te aleja de ella. 

Por eso tuve que parar y dejar de hacer desde la necesidad de confrontar, dejar de luchar desde la necesidad de medirme y decirle al mundo que se había equivocado cada vez que me menospreciaba… Y ahora intento hacer por gozar, por compartir, por llegar a un meta que sólo se alcanza cuando estás en paz contigo… Y curiosamente, llega la recompensa… Siento que hago más, siento más, llego más lejos que nunca…

Suelta la obsesión por que todo sea perfecto y descubrirás que todo tiene sentido y que lo que realmente cuenta que lo que has aprendido intentándolo… Y verás que tal vez, ya es perfecto para este momento. Acepta lo que es y en seguida verás que ya es perfecto.

Deja de hacer un momento y siente, nota, respira. Fúndete contigo mismo y sé tu mejor obra… Dejar de hacer para contarlo y empieza a hacer para vivirlo… Deja de hacer para demostrar y empieza a hacer para ser y para sentir. 

Haz lo que ames y, a veces, no hagas nada, porque si estás bien contigo, llenarás esa nada de todo y encontrarás algo mejor que hacer que pelearte contigo…

Haz lo que quieras, sin límite, pero quiérete mientras lo hagas sin tregua. Confía… Eso hará sin duda que el resultado esté asegurado. Porque ya está en ti

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Lo que importa es lo que eres


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Hay un momento en tu vida en el que dejas de buscar. No porque no te quede nada por surcar ni conocer, sino porque necesitas sentir lo acumulado… No porque no te queden reinos por conquistar sino porque quieres aprender a conquistarlos con tu mirada… No porque estés cansado sino porque quieres volver a dibujar tu mapa. Necesitas bucear más en ti y reescribirte. Saber qué te quedas de lo que llevas en la mochila de viaje y qué dejas porque te pesa, qué sueltas al vacío esperando que no vuelva y qué dejas ir para saber si vuelve y es para ti de verdad.

Hay un momento en el que ya no tienes miedo de estar contigo y descubrirte, en el que sueñas pasar un rato a solas con ese niño que fuiste y pedirle perdón por haberte hecho el loco y dejarle de lado… Por las culpas que has cargado sin sentido y la veces que te has castigado a ti mismo por tus errores maravillosos.

Ese momento en que te miras y te ves. No eres ninguno de los falsos enemigos que te has buscado ni esa máscara que te pusiste para que otros te aceptaran y que es tan falsa y ridícula que cada vez que te molesta más…

Ese momento en el que te quedas quieto, justamente tú, el que nunca para y siempre estás imaginando algo nuevo, una aventura, una historia que contar, una experiencia que vivir… Y te encuentras contigo y te miras a los ojos y te cuentas historias. Esa soledad deliciosa del que se ha descubierto libre y sabe que ya no va a huir más de su sombra ni de su pasado ni de su dolor más antiguo porque se tiene y se quiere cerca. Esa soledad del que ya no piensa tanto en mañana porque ya no quiere huir de este instante que vive… Porque este momento es maravilloso, a solas con su alma, con su miedo más profundo, con su pesadilla más intensa… Y a pesar de todo, tan entero y en paz porque sabe que se nota la vida fluir por las venas, porque sabe que está afrontando su destino y convirtiéndolo en magia… Porque pase lo que pase lleva las riendas de su vida y se siente feliz por haber sido capaz de sentarse a esperar a que pase cartero y le de esa carta que durante siglos no quiso recibir ni leer…

Porque sabe quién es de verdad y nada perturba a quién realmente conoce su esencia.

Hay un momento en el que cuando te sabes y te conoces, todo lo demás se ve desde una distancia maravillosa… Se vive intenso pero se observa de lejos, calienta pero no quema, te zarandea pero no te hace caer. Porque estás en tu centro, porque ya no te peleas con la vida sino que te adaptas cuando llega la ola y luego recuperas tu forma. Más sabio, más atrevido, más mojado pero más libre, sin duda…

Y miras al cielo y eres el cielo. Y miras al viento y eres el viento. Y miras al león y eres el león que espera para devorarte si te asustas.  Y miras al suelo y ahí estás, sentado, al lado de las hojas secas y los sueños que dejaste caer porque los leones te daban miedo. 

Y te paras y todo se para. Y puedes descansar de medir, de pesar, de aparentar, de representar, de demostrar… Y te sientas bajo el sol y callas por dentro como de verdad se calla, y el silencio te repara, te alcanza, te cura. Y vuelve esa niña que eras y baila, y pide deseos al aire mientras canta una canción que ya no recordabas. Y algo se borra por dentro y algo dulce te calma. 

Y el mundo se rompe, se rasga, se cae, se divide, se llena de moscas, del calor más intenso, del frío más insoportable… De la noche más larga, de la tarde más triste, del viento más huracanado… Y también de las historias más dulces, los gestos más amables, los días más hermosos, las personas más extraordinarias… Porque es y será como debe, como puede, como sabe, como tú eres capaz de verlo con tus gafas de detectar miedos y tus ojos de soñar corto y limitado.

Aunque ya no importa, porque no solo te adaptas al mundo sino que aprendes a contemplarlo sin rabia. Porque abrazas tu miedo más sólido y aprendes a darle la vuelta, aprendes a usarlo como capa para las noches más frías y tumbarte sobre él al sol en los días más claros. Y tus ojos llorosos se abren sin miedo porque han descubierto el secreto… No importa lo que parece, no importa lo que temes, no importa lo que pasa, sólo importa lo que eres.

Hay un momento en la vida en el que dejas de buscar… Y dejas al mundo tranquilo y ves que durante un rato, tus grandes saltos al abismo te llevan a saltar hacia ti mismo. Y un día te levantas y el mundo está revuelto pero sigue siendo deliciosamente bárbaro y trágicamente hermoso… El mundo eres tú. El león eres tú… La niña perdida que todavía no sabe que la has encontrado eres tú. Ya sabes quién eres y todo lo demás ya no importa.


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Lo que dejo atrás


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Lo he dejado todo atrás.

Los sueños sin alma, las almas sin sueño… Los recuerdos que punzan el pecho a pesar de haber quedado amarillentos y rotos. He dejado atrás las fotos viejas que muestran una yo que no soy yo, más triste y avergonzada por lo que no era y más arrepentida por no llegar a ser.

He dejado atrás esas tardes que se hacían tan largas esperando una respuestas que era obvio que la vida no iba a darme, para que me diera cuenta de que no las necesitaba, de que todo lo que buscaba estaba en mí… He dejado los libros que hablan de anatomías muertas y luchas pendientes. Las noches sin tregua pensando en volver a ese lugar sin cielo, analizando sin cesar porqués y sintiéndome tan víctima y desgraciada que al llegar la madrugada el asco me vencía…

He dejado las guerras, nunca tienen sentido… Cuando las pierdes vuelves a la carga, cuando las ganas, al minuto, se quedan pequeñas, cortas, absurdas. He dejando a la guerrera que siempre se pide más, la que busca méritos y medallas, la que sueña con conquistar colinas altas y no ve las flores del camino, ni nota las risas, ni las miradas, ni el aire que le cruza la cara y huele a mar y genista…

He dejado a los vendedores de humo que lo saben todo y ahora me acerco a los que comparten el pan, a los que no saben nada y admiten sus errores, a los que hurgan en sus mazmorras buscando las respuestas en lugar de ir a surcar el mundo buscando culpables de sus desdichas… El mundo está en mí, ahora. Está pausado si estoy pausada, está roto si estoy rota… Es inmenso si me siento inmersa. Un espejo enorme de mis inquietudes más arraigadas…

He dejado lo complicado porque amo lo fácil, lo sencillo, lo ligero, lo simple… De sumar uno más uno, de vaciar antes de llenar, de soltar sin acumular, de dejar de medir y contar… He dejado lo que no me permite dejarme llevar y no me pondría para un baile. Lo que sobra, lo que no se usa, lo que se quedó viejo esperando en un armario, en un cajón, en una garganta asustada…

He dejado de esperar que algo pase, que algo me sacuda, que algo me reinvente. He dejado de esperar que me den, que me llenen, que me comprendan, que me quieran, que me acepten, que me admitan… Y cuando necesito explicaciones, me miro a mí, hasta dentro… Al fondo de mi inconsciencia más bárbara y oscura… Agarro de un hilo largo y tiro del tapón de mi niña perdida… Y le pregunto qué le pasa. Y ella me cuenta siempre una historia triste y yo la abrazo y le cuento una historia de esperanza… Y el mundo cambia. Cuando la niña suelta lastre y libera miedos el mundo cambia… Y me doy cuenta entonces, tanto buscar en las esquinas, surcando vidas ajenas, buscando excusas, buscando cómplices, buscando amor en otras caras… Cuántos momentos sin gozo ni risa esperando abrazos y besos, cuántas noches llorando por no llegar y súplicas por parecer y pertenecer a algo que yo no era… Y el secreto estaba en hurgar en mis miedos y vaciar mis duelos a medias… En mi oscuridad más rotunda.

He dejado de mirar fuera y miro dentro y cada nueva mirada encuentra más y más luz… Y cada vez estoy menos sola y perdida, porque formo parte de algo inmenso que todavía no puedo comprender. Porque todo está conectado y cobra sentido, porque no hay más azar que la decisión de ser uno mismo y comprender que lo que importa no se acaba nunca.

Ahora comprendo porque ha sido tan duro… Porque nunca pedí a quién realmente podía darme lo que necesitaba… Yo.


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Cuando estás a punto de ser feliz


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Esperamos que el olvido nos calme y si no nos calmamos nosotros, no llegará nunca… En su lugar, los recuerdos más bárbaros y salvajes, se construirán un refugio en nuestra memoria y cada vez que estemos a punto de ser felices nos asaltarán por la espalda… ¿Te pasa alguna vez? ¿Estás riendo o vibrando y de repente esa vocecilla cruel te recuerda que en tres meses se te acaba el contrato? ¿Estás pensando que mañana presentas un proyecto extraordinario y te viene a la mente esa ocasión hace años cuando hiciste el ridículo? O tal vez, cuando vuelves a casa tranquilo, pensado en pasar un rato en calma, en buena compañía y en tu teléfono entra un mensaje que te recuerda lo mucho que todavía te queda para lograr tus sueños o las mil obligaciones que tienes mañana y la voz te dice que te estabas relajando demasiado…

Esa voz entrometida y maleducada que se ríe de tus primeros pasos en todo, que siempre te cuenta que llegarás tarde, que no estás preparado, que no sabrás cómo y que todos van a mirarte, que te quedarás solo, que no eres suficiente guapa, delgado, inteligente, divertido… Esa voz que se entrena mientras duermes para que lo primero que pienses al despertar sea lo cansado que estás y lo injusta que es la vida… Que pone barro y charcos en el camino para que te ensucies esos zapatos rojos que adoras y te repite incansablemente que es mejor no atreverse porque nunca lo vas a conseguir. Es una voz socarrona y tenaz que nunca para y siempre te susurra palabras tristes, palabras de desaliento y te recuerda todas tus más terribles pesadillas… A veces, parece que se queda en silencio, que se ha saciado a primera hora cuando se ha ocupado de hacer que te des mucha cuenta de que tu pantalón está arrugado y tu pelo despeinado y te ha insistido en que no hables de ese tema en la reunión porque no estarás a la altura… Es una voz que parece que no quiere que descases ni dejes de exigirte demasiado, que no quiere que nunca bajes la guardia y creas que tienes posibilidades, que no te deja soltar la carga ni dedicarte a nada que no produzca ni genere un beneficio…

Es la misma voz que cuando eras niño te taladraba en los oídos antes de cada carrera y la que te pide a veces que te vengues, que viertas tu rabia y dolor en otros, que te encierres en ti y no pidas ayuda para no parecer vulnerable, que no resignes, que siempre pidas y no des, que pises, que empujes, que aguantes humillaciones y bajes la cabeza porque no mereces… Es una voz que no tiene equilibrio, que hoy te pide que seas esclavo de deseos ajenos y mañana te dice que eres una especie de tirano déspota y sin una pizca de compasión. Que hoy magnifica tus errores y mañana sólo te deja ver los errores ajenos. Que te ha convencido de que nadie va a quererte y no soporta que tú mismo te quieras y transforma tu amor en orgullo y en miedo.

Siempre pasa, cuando estás a punto de ser feliz, de sentirte pleno, relajado, de pensar que todo irá bien, que no hay que preocuparse, que puedes aflojar y disfrutar… Esa voz te agarra de los pies e intenta detenerte, te susurra al oído, te toma el hombro y pone la mano en tu espalda… Aunque en el fondo, eres tú que tienes tanto miedo a soltar y fluir que te frenas, te callas, te pones barreras, que te impides ser tú porque te asusta tu verdadero potencial y te encierras en esa prisión interior donde las paredes están llenas de mensajes de desesperanza.

Mi voz dice que me pare, que no siga, que para lo que yo soy ya he conseguido mucho… Que si sigo adelante queriendo más e intentando conquistar más sueños, voy a tener que pagar un precio, que tiento a la suerte porque “yo no soy de esas personas a las que les suceden las cosas que yo quiero que me sucedan” y que “ya basta de tanto creer que todo saldrá bien porque esto no va a durar siempre”. Dice que tengo que sufrir mucho por todo y que la vida siempre será complicada y que hay cosas que están vetadas para mí… Dice que ya basta de fantasías y me recuerda que si no paro me dolerá la cabeza, la espalda y mil penalidades y atrocidades van a llegar a mi vida…

Y me he dado cuenta de que hasta que me siga asustando lo que dice esa voz ella lo seguirá diciendo porque la que le da de comer para que no calle soy yo… Ella sólo me cuenta los cuentos que yo no me atrevo a contarme y desmentir… Ella sólo hurga en mí y encuentra las puertas de mi alma que no abro y las habitaciones de mi consciencia que no visito y saca los tratos viejos y los fantasmas a pasear… Y mientras yo no haga limpieza y saque las penas y revise mis pensamientos, esa voz que tintinea mis oídos cansados seguirá sin fin… Porque todo aquello de lo que huyes se acaba construyendo una casa en tu alma y escribiendo las páginas de tu vida… Lo que te callas de ti decide tu futuro… Lo que haces que ocupe tu mente, ocupa tu vida… 

Y la voz que tanto detestas te está avisando de que te queda basura por tirar y  miedos por enfrentar. Que pasas más tiempo evitando que existiendo y notando la vida… Que se te escapan las oportunidades mientras piensas y esperas el momento perfecto. Que deberías preguntarte por qué te habla como te habla y te dice lo que te dice y revisar en tus entrañas qué historias llevas dentro por terminar, qué cuentos te contaron y qué te has creído que es la vida… Que deberías cuestionarte qué mentiras te crees y qué verdades te asustan, qué miedos escondes bajo la cama, cuántas vidas anhelas y no vives… Cuántos tú distintos hay en ti pugnando por salir a través de tu piel y qué esperas de tu día… La voz que tanto te duele sólo puede arañarte si sigues creyendo que puede, si todavía piensas que no eres quién realmente te habita, si cuando te miras no te ves porque sabes que un extraño que lleva una máscara ocupa tu lugar en el mundo… Es una voz que está ahí para que a veces te hartes tanto de oírla y hagas todo lo contrario a lo que dice, para que sepas lo que te queda por comprender y perdonar.

La voz sólo te rompe si dejas que te rompa, porque crees sus milongas y todavía no has sido capaz de volver a ti y decidir que no hay nada más importante que estar aquí ahora y vivir… Porque todavía estás ausente imaginando un futuro improbable y llorando un pasado que no quieres borrar.

Lo que ocultas se hace grande y sale del escondite… Lo que no quieres escuchar acaba siendo un grito… Lo que no quieres saber, se escribe por todas la paredes que rodean tu vida…  Lo que deseas abrazar, se hace tan espeso que te abraza, te oprime, te encoge… 

Sal al encuentro de lo que te persigue. Busca ese lugar al que no quieres nunca ir porque sabes que en él hay una cuenta pendiente, una mala cara que aguarda tu cara… Escucha esa canción que te recuerda que todavía no eres libre mientras no te aceptes por entero, mientras no ames tus sombras, mientras no perdones tus errores y asumas tus maravillosas imperfecciones…

Salda cuentas contigo y comprende que siempre fuiste tu mejor versión incluso cuando eras tu versión más asustada. Ama tu recuerdo más amargo y la lección que trae consigo y se desvanecerá en un instante… Visita tu noche más oscura y ya nunca perderás de vista tu propia luz.

Mi voz dice que me calle que ya he dicho muchas sandeces por hoy que no le interesarán a nadie, porque en realidad, nadie me escucha… Y yo le doy las gracias por sus palabras porque me ayudan a despertar y saber que cada vez habla más flojo y lo que dice me recuerda que hoy todavía no me he dicho que tengo mucho que aportar… Porque sé que  ya no me importa, porque escribo para mí, para alguien que necesita escuchar que todos somos perseguidos por una voz machacona que se cuela en nuestros pensamientos… Para una persona cansada que ahora oye sus palabras y está a punto de caer en la tentación y creer que son ciertas … Porque escribo para mi voz también, para que sepa que ya nunca más me va a doler lo que dice. Porque yo ya estoy a punto de ser feliz y no me asusta lo que voy a encontrar al otro lado de mí…


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Vivir sin medida


Foto : Mercè Roura

Foto : Mercè Roura

Esto se acaba… Otra vez… Desde hace días que oigo un montón de ideas sobre cómo será el nuevo año. Dicen que será mejor, que este 2016 ha sido un año duro y complicado y que 2017 será un momento para que las ideas fluyan y las soluciones lleguen. No lo voy a negar, tengo ganas… Espero que este, como me pasó en 2015, sea mi año.

De todas formas, hay algo que me queda claro después de este 2016 cargado de todo… Ha sido un año amargo y dulce. Un año de abrir heridas antiguas para convertirlas en cicatrices… Un año de golpes y decepciones, de falsedades descubiertas y verdades crudas. Un momento para caricias con garras afiladas y enorme confusión… Este año me han pasado cosas maravillosamente terribles… He bebido remedios amargos y he topado con realidades incluso más increíbles que las fantasías más locas…Lo repaso y algunas cosas aún me hacen estremecer…

Me quedan ahora algunas preguntas en el aire que necesito compartir… ¿Es realmente negativo eso? Lo digo porque este ha sido uno de los años más duros de mi vida y a la vez el año en el que me he sentido más libre y más yo misma que nunca… Este año me he descubierto de verdad y me he dejado guiar por mi intuición y mi entusiasmo…

¿No necesitamos momentos así? ¿No necesitamos tormenta para que luego llegue la calma? ¿No es al caer que tomamos la fuerza para levantarnos?  Sólo encontrando en lo más profundo de ti lo más oscuro, lo que te ocultas y no quieres conocer a veces, puedes llegar a encontrar tu luz y brillar intensamente… ¿Qué seríamos sin nuestras sombras? ¿qué pasaría si no pudiéramos encontrar nuestras aristas más cortantes? ¿cómo las limaríamos? Y si no pudiéramos ver lo que no queremos ser ¿cómo sabríamos cuál es nuestra misión en la vida?

Y para las personas con las que nos cruzamos.. ¿Cómo elegiríamos bien a los mejores compañeros si no topáramos con personas que no merecen nuestra compañía?  ¿Cómo crecer hasta llegar a la altura de nuestros sueños sin las dificultades? ¿Cómo llegar a ser nuestra mejor versión sin subir esta escalera de caracol angosta y complicada? A pesar del vértigo y de que a veces no se puede ver dónde sujetarse porque no hay barandilla… ¿Qué somos si no comprendemos lo que no somos?

Lo digo porque al mirar atrás y pedir un poco paz interior entre tanta tormenta, me veo de pie, erguida, llevando mi barca a puerto, arriando mis velas, vestida de sal de mar y revuelta de arena y me doy cuenta de que he aprendido a navegar… Que he conocido aún más si cabe el dolor y el miedo, la aventura de adentrarse en ese mar lleno de belleza y hondura, un mar bravo lleno de vida y de todo lo que cabe esperar… Desengaño, pasión, viento huracanado, calma deliciosa, tiburones insaciables y olas gigantes… Me miro y a pesar de la dificultad del trayecto veo en mis ojos la extraña belleza del cambio, de la experiencia, de saber que he podido a pesar de caer hasta el fondo y golpearme en las rocas… El gesto del que se conoce y complace de conocerse aún sabiendo de sus rincones oscuros y sus imperfecciones necesarias… Y sólo se me ocurre mirar al mar y dar gracias, por todas y cada una de sus envestidas y caricias, que me han llevado a esta persona que ahora soy…

Es cierto, nos toca calma…Nos hace mucha falta un momento de paz para evaluar daños y recomponernos… Sin embargo, somos quienes somos por cómo hemos librado batalla y mantenido la esencia ante los momentos duros… Por cómo hemos sabido extraer la enseñanza al horror y la belleza del dolor…

Somos lo que somos porque el mar estaba bravo y decidimos salir a navegar en lugar de quedarnos en casa…

Somos lo que somos porque preferimos arriesgar a quedarnos con la mirada de siempre y dejar que nuestras pupilas se invadieran de rutina…

Somos lo que somos porque decidimos serlo a pesar de los golpes secos y las caricias falsas…

Y el premio por soportar tanto contratiempo sin salir corriendo, somos nosotros… Conocernos, amarnos, tenernos…

Sólo los que se conocen deciden su futuro.

Y eso, es gracias a nosotros y años como este 2016 que agoniza y casi pide perdón por los mordiscos necesarios, los arañazos y las puñaladas a traición…

No se trata de como sea este nuevo año, se trata de cómo somos nosotros.

Tocaba crecer y el mundo nos puso delante los maestros adecuados…

Tocaba perder y la vida nos arrancó a veces lo amado para que sepamos que en realidad no tenemos nada más que nosotros mismos…

Tocaba vivir y el universo casi nos arranca la vida para que recordemos lo hermosa que es…

Hay momentos para todo… Que este 2017 nos traiga calma y nos empuje a cumplir sueños…

Foto : Mercè Roura

Foto : Mercè Roura

Ahora, toca mar plana, olas chicas que llegan a la arena y besan las rocas con placidez…Dejar de luchar para soltar amarras y notar la vida, dejar que nos acaricie el sol y nos venza este mar amable y tranquilo… Toca llegar a puerto y abrazar la paz de conocernos y sabernos más libres.

Toca brillar y desplegar las alas para que se note lo aprendido…Para enseñar a otros que buscan su rumbo que es posible.

Toca mostrar nuestra luz al mundo y compartirla… Sólo así se hará más grande, inmensa, eterna…

Toca mostrar quiénes somos ahora que ya lo tenemos claro.

Toca abrazar nuestra esencia y vivir sin medida.

 

Gracias… #Feliz2017


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Yo iba a ser princesa


NIÑA PRINCESA

Yo iba a ser princesa. Todo estaba planeado y decidido. Tenía que dejarme llevar y decir que sí. Ensayar un sonrisa que llegara con facilidad a la boca y se incrustara en ella, tener un saludo siempre a mano, una frase que llegara a la mente sin apenas pensar para decir que todo está en orden, que todo es como debe ser. Estaba destinada a ser una princesa “de lata” y deslizarme en un mundo de terciopelo acabado de coser y limpiar. Un mundo aséptico, con el placer previsto en la agenda y el aburrimiento postergado. Una princesa ñoña y correcta.

Tenía que permanecer sentada en la nube. Respirando un perfume dulce y notando en mi cara una brisa empalagosa, viciada pero amable. Todo sería perfecto. Mis pupilas estaban entrenadas para no mirar más allá del decorado, donde acababa el cartón piedra y el aire se enrarecía. Siempre escuchando una especie de vals eterno, una música simplona compuesta por mentes angostas para recordarme que no tenía que superar los límites del tablero, que tenía vetado imaginar más, desear más y, sobre todo, pensar distinto. Es que más allá las nubes eran negras y el barro ensuciaba los pies.

Iba a ser una princesa de categoría menor, pero princesa, al fin y al cabo. Iba a aspirar a terminar mis días sin haber sufrido demasiado, ni haber sudado demasiado, lamida por el sol en una cala desierta… Tomando una bebida dulzona de color malva con un sombrillita y manteniendo una conversación absurda y altamente prescindible. Iba a ser de ese tipo de princesas que malgastan aire cuando respiran y queman hierba cuando pisan, porque quieren, porque pueden… Porque sí.

Estaba destinada al Olimpo de las estupideces y de las vidas intensas pero encapsuladas. Iba a beberme un sorbo y a pensar que me había tragado una ola… Iba a confundir una alergia con una pasión y un amor verdadero con una ataque de fiebre. Iba a eso… Inconsciente de mí, lo tiré todo por la borda. Me hice demasiadas preguntas. Mis ojos rebuscaron pistas más allá de los quicios de las puertas, mis pies saltaron y anduvieron saltando y brincando hasta salir del decorado, encontraron piedras, fango, hierba, arena… Me hice heridas. Me partieron el alma y me dejaron seca, como un árbol partido por un rayo. Me golpearon cada uno de los rincones que consideraba sagrados, me fracturaron la consciencia y me dijeron que “no” tantas veces que llegué a pensar que nunca sería que sí. Y me quedé sucia, revuelta, agotada pero respirando un aire limpio, salvaje, hambrienta de todo y con todo a mi alcance. Sin más límite que el que impusieran mis ganas, sin más prohibición que la que me dictara mi sentido del ridículo, que por aquel entonces, se había diluido totalmente y era pasto del olvido.

Lloré de miedo y de risa, mucho de risa. Me junté con buenas y malas compañías, pero las escogí cada vez yo misma.

Me cubrí de alegrías y de sueños, me salpiqué de tristezas ajenas y las viví como propias. Abracé, sentí, me estremecí… Di cien millones de vueltas para volver muchas veces al principio y dar el primer paso de nuevo, con gesto distinto, con ansia intacta, pero con facciones cambiadas. Sintiéndome cada vez más sujeta al suelo pero con unas alas más grandes. Y en mi interior, siendo cada vez más yo y menos mundo, más mundo dentro de mí y mi yo más enorme, más ancho, más intenso.

Y me di cuenta de que acabaría mis días rodeada de rostros y sueños. Sedienta, con ganas de reírme y echarme a la sombra, escuchando las palabras de alguien que aún hubiera dado más vueltas que yo. Boquiabierta, con los ojos inquietos y las manos tendidas. Pensando que me falta mucho por hacer y conocer, con más preguntas por responder y aún deseosa de todo… Y, por supuesto, satisfecha del día que decidí abandonar la nube y tocar al mundo y arriesgarme a caer.

Yo iba a ser princesa, pero escogí salir del decorado y pegarme a la vida. 


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Despertando de la era del plástico


Tengo a menudo una sensación de impotencia que seguro que no es buena para nada, ni para mi cuerpo cansado ni para mi espíritu ultra-resistente.

Yo pertenezco a una generación de plástico. Cuando era niña el plástico lo inundaba todo. Cualquier cosa que antes fuese de cualquier otro material podía sufrir un proceso de plastificación. Las sillas, los vasos, las bolsas, los juguetes, la decoración… incluso algunas veces hasta la comida.

El rey Midas lo convertía todo en plástico. Era resistente a todo. Era el icono de la industria, de lo seguro, de la fabricación compulsiva…de lo homologado y en serie.

El plástico ha sido práctico. Cuando tenía 10 años, un reloj de plástico era lo más chulo del mundo. El plástico era el color, el diseño de la nueva España… de haber existido Lady Gaga entonces, no se hubiera vestido de carne sino de plástico. Nacía una nueva era donde todo iba rápido, a modo fast-food, y se vivía el momento sin pensar en el mañana, en esas toneladas de plástico que íbamos generando, y que ahora forman una gran isla de devastación en medio del océano. Es terrible, lo sé… Pero nadie me lo contó antes, yo no quería que se formara esa sopa asesina.

El plástico en aquella época, creedme, era incluso acogedor. El plástico era Barbie Superstar, era sueño, era un mundo que se parecía mucho al del celuloide. Soñábamos plástico, respirábamos plástico, nos convertimos en un poco de plástico. Y esa plastificación era cómoda y agradable, era moderna, era homogénea.

Tuve que haber imaginado lo que venía cuando hace algunos años vi que volvía con ímpetu la madera. Para todo. Y los nuevos tejidos naturales y todo adquiría ese toque rústico/ anti-plástico.

El imperio caía, se desmoronaba por momentos. Nuestras vidas de plástico iban a perecer. Todo lo que antes era plastificable ahora debía ser mutado porque nuestro preciado material parecía horrendo, anti-natural, no biodegradable, frío… propio de una época superficial y volátil.

Lo confieso; me había acostumbrado a él, era ya parte de mi esencia más resignada y menos respondona… pero era ya parte de mí. Era la cosificación de todo lo estandard, lo categórico, lo falto de personalidad.

Ahora todo ha cambiado. En la globalización todo tiene que ser genuino, auténtico, creativo. La normalidad se paga cara, carísima, con una patada en las posaderas o una registradora vacía. Se ha vuelto a la esencia y el plástico huele a nada, a años ochenta en decadencia, a pieza de engranaje de industria pesada en la era de la Tecnología. A desilusión.

El sistema ha mutado. Ahora hay que ser el mejor entre mejores y vender talento porque los esquemas anteriores ya se han agotado.

No me resisto, no creáis, llevo tiempo rebuscando entre mis aptitudes y habilidades la que me hace auténtica, la que me permitirá con una actitud positiva sobrevivir con éxito en este nueva era de la superación, de la consciencia, del esfuerzo.

Los sometidos al plástico de consumo básico despertamos ahora … y miramos cegados a una nueva civilización. Lo estamos intentando pero necesitamos tiempo para acostumbrarnos a tanta autenticidad. El tiempo de adaptación se acaba… Como la era del plástico.