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Esa extraña obsesión por cambiar el mundo


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Reconócelo, quieres cambiar el mundo. No solamente quieres cambiarlo sino que quieres que todas y cada una de las criaturas que habitan en él sean distintas a como ahora son. Quieres que todo sea mejor, más limpio, más justo, más digno… Quieres salvarlo de él mismo porque se pierde, se gasta, se rompe, está a punto de estallar… Lo sé porque eso que sientes lo he sentido yo durante años hasta llegar a la necesidad de cambiarlo todo y darle la vuelta porque lo que veía me parecía desvastador…

Te comprendo, sé que tus intenciones son buenas pero tengo que decirte algo difícil, algo que a mí me costó mucho aceptar y asumir… No vas a cambiar nada. No puedes controlar nada de lo que pasa ahí afuera. Ni las personas, ni las situaciones, ni siquiera a las plantas y las piedras. Ni eso. Intenta cambiar de lugar una planta y verás como con sus hojas siempre a buscar el sol. Intenta ponerle diques al mar y verás como un día de estos lo inunda todo. Y con las personas pasa lo mismo. Intenta hacer que alguien cambie y si lo hace para complacerte, observa como se harta al poco tiempo o como se consume. Mira cómo estalla o como desaparece. ¿A qué precio logras retener un gorrión en una jaula?

Sin embargo, quiero ir más allá… Queremos cambiar el mundo, pero ¿Cómo? es decir ¿Cómo crees que debería ser? ¿Quién decide hacia dónde va ese cambio? ¿Qué modelo de mundo queremos? Mejor todavía ¿Qué modelo de mundo necesitamos? ¿Quién participa en la decisión? ¿Lo hacemos por sufragio? Cuando decimos que queremos un mundo más justo, ¿Quién decide lo que es más justo o menos justo? ¿Y si al faltarnos mucha información nos equivocamos y acabamos cometiendo una injusticia mayor? al fin y al cabo, no sabemos nada y siempre somos subjetivos… ¿Cómo podemos saber que lo que deseamos que sea distinto será mejor? está todo tan conectado, activas un botón y explota un mundo, tiras una ficha de dominó y cae un imperio…

No sabemos nada. A veces, somos como el mono que sacó al pez del agua para que no se ahogara o como el que le pidió al cerdo que volara y al águila que se quedara quieta en tierra… ¿Y si vemos al gusano y no comprendemos que todavía no le toca ser mariposa y se lo estamos exigiendo ahora? Cada cosa, cada persona vive su proceso… ¿De verdad queremos que los demás sean distintos a como son ahora? ¿No es eso un acto egoísta? ¿Qué pasaría si otros nos lo hicieran a nosotros porque pensaran que nos estamos viviendo como deberíamos?

Eso es lo que hacemos un poco todos, pretender que los demás vivan como nosotros pretendemos, según nuestras inquietudes, nuestras normas y nuestra forma de ver la vida. Y  cuando no responden como creemos que deberían, nos frustramos y enfadamos, pero son libres y pueden vivir como quieran, incluso si eso les aleja de nosotros.

Ya lo sé, hay cosas que pasan y son terribles, pero ¿Cómo saber si al mover una pieza estamos abonando otra jugada más peligrosa? Y no me refiero a ir por la vida sin hacer nada cuando veamos algo que nos duele, por supuesto. No hablo de permitir que otros sufran o si está en nuestra mano evitar una injusticia.  Me refiero sobre todo a algo que hacemos cada día, juzgar. Vemos al que engaña y no sabemos que fue hijo del engaño, vemos al pobre y decidimos que es porque no trabaja suficiente o no se esfuerza, vemos al rico y pensamos que su dinero no puede ser fruto de nada bueno… Nos mofamos del bajo y del alto, del que gordo y del flaco… Nos reímos del que no llega, del que tiene alguna discapacidad como si eso le hiciera inferior a nosotros cuando es un ser humano igualmente útil… Le exigimos al que llora que ría porque no podemos soportar su tristeza, ya que nos recuerda la que llevamos almacenada dentro y no dejamos salir ni nos sabemos reconocer… Vemos al que está feliz y le envidiamos la dicha y a veces incluso deseamos que le dure poco porque no creemos merecerla nosotros y no confiamos en alcanzarla y nos duele ver que él sí la tiene…

¿A ellos también les cambiamos? ¿Para que sean cómo? ¿Cómo nosotros? Les juzgamos y luego pedimos piedad para que no nos juzguen, queremos que sean comprensivos y compasivos con nosotros cuando nosotros no lo somos con ellos ni con nosotros mismos…

Porque si nos perdonáramos por haber fallado no nos molestaría el fallo ajeno. Si no perdonáramos por no ser perfectos, no nos perturbaría que otros fueran por la vida igualmente imperfectos, pero eso no hiciera que se sintieran mal por ello. Si creyéramos que somos dignos de lo mejor, no nos molestaría que otros tuvieran lo mejor. Si confiáramos en merecer riqueza y abundancia, no nos haría tanto daño que otros fueran ricos y abundantes… Si nos sintiéramos dignos de amor y nos enamoráramos de nosotros mismos, no mendigaríamos nunca el cariño.

No aceptamos lo que somos y no podemos aceptar a los demás. Miramos al espejo que es este mundo en que vivimos y lo golpeamos con saña para romperlo y condenarlo porque refleja lo que creemos ser, porque en él vemos reflejado nuestro dolor, nuestra impotencia, nuestra frustración y esa enorme sensación de injusticia y vulnerabilidad que nos ahora y recorta las alas. Miramos al mundo y todo lo que hay en él a través de nuestras creencias más limitantes, de nuestros recuerdos más amargos… Vemos el mundo a través de nuestro pasado y suplicamos que cambie porque no podemos soportar el terrible dolor de no cambiar nosotros…

El único cambio posible está dentro de nosotros. La única forma de cambiar el mundo es amarlo, aceptarlo como es y mirarlo de igual a igual con toda la compasión que nos sea posible… Por ello, hace tiempo decidí dejar en paz a los demás y centrarme en mí que tengo mucho pendiente por reconocer y aceptar.

Soltar la necesidad de controlar que la vida sea como creemos que debe y abrazar otras posibilidades. Aprender a caminar por la cuerda floja y sentirnos seguros. Dejar de buscar ahí afuera lo que sólo nosotros podemos darnos a nosotros mismos… Ese amor incondicional que no depende de lo que te pasa, ni de los kilos que pesas, ni del dinero que tienes en el bolsillo. Mirar al espejo del mundo y ver que el dolor que hay en él está en ti. Que tú no engañas a otros pero te engañas a ti. Que no robas pero te robas. Que no rompes ilusiones de otros pero recortas las tuyas… Que juzgas sin saber y sin haber sentido lo que otros sienten. Volver a mirar desde la inocencia y creer en ti.

Entonces, el que ríe te contagia. El que llora sabe que estás ahí y no le pides que ría. El pobre sabe que ves su riqueza interior. El rico sabe que te alegras de su riqueza porque eso es la demostración empírica de que tú también puedes conseguirlo… Y también te das cuenta de que toda la belleza que ves, es la belleza que hay en ti.

Y te miras y aceptas. Y ves al mundo y todo lo que vive en él y hay muchas cosas que no te gustan pero no te arañan igual que antes, además sabes que si está en tu mano harás lo posible para cambiarlas pero desde el amor a lo que es… Desde el amor a ti mismo. Transformando tus pensamientos, viviendo tus emocione pendientes, actuando desde la coherencia… Justo en ese momento, todo cambia porque cambias tú. Porque inspiras. Porque eres la respuesta que buscabas y el ejemplo que necesitas. Porque esperabas que alguien abriera el camino y te das cuenta de que esa persona eras tú. Porque ni siquiera hace falta cambiar sino tomar consciencia de quién eres y reconocerte a ti mismo y a tu valor.

Porque la verdadera transformación está en la forma como percibes el mundo y sobre todo como te ves a ti mismo.  Miras al mundo como te ves a ti. Si cambias la forma en que te miras, cambiarás al forma de ver todo lo que te rodea.

¿De verdad quieres cambiar el mundo o es sólo una excusa para evitar cambiar tú?

No somos salvadores de nada ni de nadie… Con un poco de ganas y trabajo, podemos conseguir mirar en nuestro interior y acabar reconociéndonos, aceptándonos y siendo coherentes con nosotros mismos, ese es el gran cambio que necesita en mundo, personas coherentes…

 

Gracias por leerme. Espero que te sea útil para seguir en este camino apasionante y complicado. La verdad es que no es fácil conocerse, respetarse y amarse a uno mismo como merecemos… A mí me ha costado mucho, mucho. 

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No lo intentes más


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A veces nos creemos muy valientes porque vamos por la vida plantando cara a las adversidades y sacándole el aprendizaje a todo. Porque cuando otros desisten, nosotros persistimos. Porque aportamos un poco más cuando todo el mundo ya acaba y se va a casa… Porque defendemos nuestras ideas cuando los demás bajan la cabeza… Porque sabemos lo que queremos y parece que nada ni nadie nos arruga. Y eso es genial, pero es al fin y cabo una lucha en círculo que topa siempre con las mismas paredes.Tener que estar siempre peleando por demostrar y por seguir. Estar siempre forzando la máquina para salir del redil y no formar parte del rebaño pero sin dejar el rebaño porque nos definimos a través de él intentando no ser como él, jugando a las normas establecidas dentro de él… Sintiéndonos juzgados por no pertenecer a él.

Una vez me dijo una persona muy sabia que yo era una “cobarde muy valiente” porque me peleaba con quien fuera por defender mis valores, pero que al mero hecho de creer que tengo que defenderlos me convertía en sumisa… Desde el momento en que casi pedía disculpas por ser distinta y demostrar mi valor a pesar de mis diferencias ya estaba diciéndole al mundo que me perdonara por no ser como debo, por no responder a sus cánones y ya estaba pidiendo que me mirara con otros ojos y suplicando clemencia… Estaba  pidiendo permiso para volver al redil.

Cuando nos pasamos la vida luchando por defendernos, estamos decretando que somos atacables… Estamos jugando al juego de aquellos a los que no queremos parecernos, estamos decidiendo que seguimos sus normas en lugar de soltar la necesidad de ser como ellos deciden, de vivir según sus reglas. De dejar de explicar continuamente porque no queremos lo que ellos quieren y no nos resignamos a lo que ellos se resignan…

No te excuses. No pidas permiso para ser tú. No expliques tu “para qué” pidiendo perdón por no buscar lo que ellos buscan y porque no te llena aquello con lo que ellos tapan su vacío… No pidas piedad por querer ir más allá, no esperes que te acepten, sencillamente acéptate a ti mismo como eres y libérate de la necesidad de ir por la vida intentando que te entiendan, que te miren, que te vean, que se apiaden de tus ganas y tu fuerza y te den el visto bueno… Suelta la necesidad de que te integren en su círculo y mira en ti lo que la ha creado… Comprende qué hay en ti que te hace creer que necesitas que te necesiten, que busca que te acepten y valoren, que quiere que le dejen formar parte de su club… Descubre para qué quieres que te reconozcan y mírate en su espejo para ser consciente de que estás esperando su aprobación porque no tienes la tuya.. Que luchas para defenderte porque crees que eres digno de ser atacado y que te asusta tu vulnerabilidad…

Deja de buscar la palmadita en la espalda y que te digan que has hecho suficiente, que ya eres perfecto para ellos y sé perfecto para ti.

Date cuenta de que la verdadera valentía es no entrar en su juego, es no tener que demostrarles nada, no caer en sus redes que nacen de las redes que has tejido tú para que te acepten… Tu miedo a no encajar les ha hecho grandes ante ti. Tú mismo alimentas la necesidad de que te den el visto bueno porque no te lo das tú mismo esperando encajar en su mundo.

Abraza eso que sientes ahora. Tu miedo a no ser como crees que quieren que seas… Tu culpa sinsentido por ser diferente en un mundo que te pide que apuestes por ti pero luego te dice que te pongas un uniforme y no salgas de la fila. Siente tu necesidad de amarte y respetarte por encima de todo, digan lo que digan… Búscate a ti y deja de mirarles a ellos buscando respuestas, esperando que noten tu valor y te digan que sí… Date tú el sí que realmente necesitas.

Y no luches más por ser tú ni te excuses… Sé. Sólo eso. Confía en eso que eres. Descubre que no hay redil, no hay ovejas, no hay pastor. Que eso es su sueño y tú caminas a tu manera, que tú dibujas tu camino y pones tus normas. Porque cuando sabes de ti y conoces tu valor no necesitas mendigar que lo comprendan y lo vean, sencillamente lo compartes. Lo vives, lo expresas por cada uno de los poros de tu piel, lo impregnas… Que en el mundo que te rodea hay mucho por amar y mucho por aceptar y luego decidir que no te interesa. Que no tienes que pasar por el aro ni hacer cola para suplicar que te den algo que no va contigo, que no te define ni forma parte de lo que sueñas o necesitas realmente..

No esperes que otros te digan que vas bien, decide tú el camino. Puede que ellos no sepan orientarte porque no van a dónde tú vas y no buscan lo que tú buscas. 

No esperes que otros te acepten, sé tu propia inspiración. Ámate al máximo de tus posibilidades… Ámate poco a poco si hace falta, en los pequeños detalles, en los momentos difíciles y en los instantes más oscuros mientras intentas buscarte y no te encuentras porque todavía no te reconoces. 

No busques entre sus metas para encontrar tu meta, tú ya eres lo que buscas pero no te has dado cuenta porque estabas ocupado metiéndote en una horma que te va estrecha. 

Brilla desde lo que eres, como brilla una flor roja en un campo de flores blancas… Como brilla el faro solitario en la costa sacudido por las olas del mar sin más necesidad que orientas y ser luz…

Ser valiente no es solo defender tus ideas, es vivirlas hasta sus últimas consecuencias y hacer las renuncias necesarias para que lo que realmente eres encaje en tu vida.  Ser valiente es comprender que llega un día en que puedes dejar de defender tus diferencias y dedicarte a ser tú mismo. Que lo que toca, si así lo deseas, es potenciarlas y usarlas para marcar el camino, para inspirar a otras personas que también han decidido que no quieren ser ovejas y que rompen con la necesidad de pasarse la vida explicando o justificándose por qué no quieren formar parte del rebaño…

Deja de intentar que te comprendan y compréndete tú. No hay nada más valiente que aceptarse a uno mismo de forma radical en un mundo en el que muchos se pelean porque los demás respeten sus diferencias y les acepten a pesar de ellas.

Mientras sigas peleando para que entiendan que eres diferente, les estás dando coartada para seguir juzgándote por ello porque tú mismo te juzgas. Ellos están ahí porque les das poder y sigues sus creencias. Porque les alimentas esperando que te asuman y reconozcan. Mientras sigas defendiéndote por ser tú, en cierta forma, continuarás siendo ellos y mirándote con sus ojos. Crees que quedas al margen, pero sigues jugando su juego y creyendo en sus normas y esperas los mismos resultados que ellos esperan…

Tú no necesitas que te permitan vivir tal y como eres y te integren en sus vidas… Lo único que necesitas es dejar de pedir permiso y abrazar lo que eres absolutamente.

Deja de hacerte daño intentando encajar en un mundo en el que no cabes porque eres demasiado grande y maravilloso… Deja de luchar por ganarte un puesto que no deseas y de justificarte por no ser alguien que no eres.

 

Gracias por leerme. Espero que te sea útil para seguir en este camino apasionante y complicado. La verdad es que no es fácil conocerse, respetarse y amarse a uno mismo como merecemos… A mí me ha costado mucho, mucho. 

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Y tú ¿cómo te miras?


Hay miradas que dejas que te calen y te quiten poder… No porque lo tengan sino porque se lo das y permites que te cuenten historias sobre ti que no son de verdad, que no son tu verdad… Historias que nada tienen que ver con tu esencia y tu capacidad enorme para compartir lo que eres con el mundo. Historias de miedo y fracaso. Historias de incapacidad y de falta de valor…
Te hablo de esas miradas que te dicen “no puedes” o ¿cómo te va a pasar eso a ti? o “no te lo mereces”. ¿Sabes a qué miradas me refiero verdad? Las has notado muchas veces en la nuca mientras subes una escalera ante alguien e inmediatamente te falla el pie al subir el escalón. Las has notado directamente, clavándose en tus ojos, cuando recibes un reconocimiento y en los ojos de alguien se dibuja un gesto de dolor, de desaprobación, de «no entiendo como eso lo recibes tú y no yo». Puede que esa mirada de «nunca llegarás» y «me decepcionas siempre» se la hayas visto a tu madre o tu padre desde que eras un niño o en tus compañeros… Es una mirada se te queda incrustada dentro, muy dentro, y que parece no se borra con con nada.

Hay muchas miradas así y todas ellas están ahí para contarnos algo de nosotros, porque para que surtan efecto tienen que pasar antes un filtro, tiene que recibir nuestro visto bueno y nos las tenemos que creer. A nadie le ofende que otro le mire con desprecio si él mismo no se siente despreciable. Para que lo que otro piensa de ti te duela, tienes que dejar que cale en ti y creértelo. Que conste que eso no significa que esa persona no sea responsable de sus actos y de su mirada de desprecio, naturalmente, pero eso forma parte de sus tareas pendientes no de las nuestras. No podemos hacer nada para cambiarlo ni evitarlo y eso nos desgastaría y nos desviaría de nuestro camino.
Hay muchas miradas así… Entre todas ellas, la tuya es la más terrible. Cuando te miras y te rompes y desarmas a ti mismo. La mirada de quién lucha por llegar a la cima pero se percibe a sí misma como una persona completamente incapaz… Qué cruel es mirarse así, exigiéndose lo máximo y creyéndose sólo capaz de lo mínimo… Yo he sentido esa mirada pegada a mí toda la vida, es un cobertizo oscuro y sin entradas de aire, una mazmorra sin llave, sin más llave que la voluntad de querer salir pero otra vez no verse capaz… 

Me he sentido mil veces avergonzada de mí misma, ridícula, cansada de intentar llegar a una nota mínima que no sé quién otorga, pero que para otros parece más fácil de conseguir que para mí… Me he sentido invisible, minúscula, como si me rodeara un halo de mediocridad que me impedía llegar a donde otros llegan y alcanzar lo que alcanzan… Como si dentro de mí hubiera algo maravilloso que necesitara compartir pero no fuera posible porque no fuera a tener la oportunidad o nadie se atreviera a asomarse dentro.  Me he sentido vulnerable y desamparada mientras temía que vieran mi propia desnudez, mi temor a no llegar a un mínimo para entrar en su mundo y conseguir lo que ellos tienen casi sin tener que demostrar nada… Me he sentido rota por no poder romper ese perímetro de niebla que me circunda y aparta del mundo donde pasan las cosas que yo quiero que me pasen. Como si fuera una Alicia que transita por un País de las Maravillas donde nunca escoge la poción correcta y nunca consigue encajar en la escena que siguiente…
He descubierto que la paz y el equilibrio no consisten como nos han vendido en acabar convenciéndose a uno mismo de que podemos con todo y que somos capaces de todo… La paz llega cuando te amas y te descubres capaz de lo maravilloso, pero no te presionas para conseguir nada ni demostrar nada.  Llega cuando vives este momento, lo notas y percibes lo que surge de él. Sin más. Cuando te dejas llevar por lo que eres sin pensar en lo produces o haces para que otros se fijen en ti, te acepten y aprueben. Entonces, todo lo que haces se impregna de una especie de magia que no es más que confianza y fe en ti y en lo que sabes que puedes compartir con los demás… Tu talento y tus dones no están ahí para que demuestres nada o recibas aplauso. Están para ser compartidos y vividos como un inmenso regalo.

Mientras nos deshacemos por hacer no somos lo que realmente somos. Mientras no sacrificamos para que nos vean nos convertimos en seres invisibles… Todo lo que damos para recibir amor se convierte en desprecio porque en ese acto hay una consideración previa de desaprobación a uno mismo… La de creer que debe esforzarse para ser amado y dar para recibir algo a cambio y no por el puro acto de compartir…

Si crees que necesitas que te reconozcan para reconocerte a ti mismo, estás cediendo tu poder y entrando en una espiral de la que sólo se sale amándote y mirándote con respeto a ti mismo. Esa es la llave de la mazmorra y, lo sé, cuesta de encontrar… Si todo lo que haces es para que te consideren es que en el fondo sientes que no eres digno de consideración sólo por existir. Es como regatear tu valor a la espera de que alguien lo compre… Como esperar a que otros te digan que vales para decidir que así es. Y nunca sirve de nada porque aunque medio mundo te hablara de tu valor, si tú no lo sientes, no serías capaz de verlo.

La única mirada de desprecio que puede hacer que te sientas despreciable de verdad es la tuya. Todas las demás están ahí para que te des cuenta de que las has dado por buenas porque han recibido tu aprobación y te las has creído.

Hay quién te mira y en lugar de despreciarte te pone en un altar y te exige tanto que acaba consiguiendo lo contrario porque espera mucho de ti. Y tú compras esa idea y te fundes con ella y te acabas sometiendo a un rutina escandalosamente rígida y tremendamente insoportable. En este caso, quién decide que esa mirada es válida también eres tú.

Lo sé, no es fácil. Muchas veces te pasa esto cuando eres niño o niña y no tienes herramientas para poder superarlo todavía.
Entre la mirada del “no vales nada” y  la de “puedes con todo” está esa mirada de amor inmenso e incondicional por ti y por la vida que te dice “Eres un ser maravilloso por descubrir todavía. No te desgastes intentando demostrar, parecer o conseguir un resultado. Sé ahora tú y explora la vida, existe y haz lo que sientes que debes, comparte lo que eres con ganas”.

No hay cima que escalar, hay un camino interior que andar y mucho dolor por liberar. Hay miedo, mucho miedo, un miedo que siempre va a estar ahí y debes convivir con él, no pasa nada. Necesitas empezar de nuevo contigo y para ello tienes que mirarte con ojos nuevos… Con esa mirada que te observa y por su forma de calarte te dice que eres capaz de lo más grande y te empodera, te llena de vida, pero no te exige ni te pide que te rompas y sacrifiques por nada… Tú mirada… La mirada de alguien que ama lo que es y ya no busca nada que no tenga… No hay mirada que impacte tanto en tu vida como la tuya propia… 

Esa es la única mirada que puede cambiar tu vida. La única que te da la fuerza para seguir y saber cuándo parar y volver a empezar… La que te permitirá aceptar lo que pueda parecer inaceptable y vivir lo que duele, la que te tenderá la mano para levantarte y te dirá que no pasa nada a cada error porque era absolutamente necesario. La mirada de un amor incondicional que no espera de ti más que comprendas que todo pasa… Que no necesitas subir más montañas ni arañarte las manos con las espinas de las rosas que quieres coger porque son hermosas pero claven espinas demasiado profundas… La mirada de alguien que te dice basta de intentar deslumbrar al mundo para que te acepte… Brilla para ti y comparte lo que eres.

Gracias por compartir este camino conmigo y dejarte acompañar por mis palabras.

Aceptarse a uno mismo es una de las tareas más complicadas que he vivido. Por ello, grabé una guía que puedes ver aquí de forma gratuita

Guía práctica para aprender a aceptarte 

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No es delito…


No es delito no amarse todavía. No es delito no conocerse suficiente ni andar perdido sin saber cuál es tu lugar en el mundo… De hecho. no hay una ley, ni natural ni inventada, que diga tengamos que tener uno concreto… No es delito no saber cuál es tu misión en la vida, ni siquiera no llegar a encontrarla ni descubrirla o decidir que no tienes ninguna porque estás bien así…
No es delito estar un rato en la zona de confort mientras tomas impulso para seguir adelante. Ni siquiera lo es si decides no seguir. No pasa nada, no hay expedientes que cumplir ni marcas que batir en esto del autoconocimiento… 
No es delito llorar y patalear un rato porque por más que haces no llegas, no sale, no hay resultados… Ese dolor acumulado necesita salir y contarte cosas de ti y necesitas bailar con él un rato para aprender a llevar, a soltarlo, a vivirlo sin que te condicione.
No importan tanto los resultados como el hecho de respetarte a ti mismo aunque no los consigas. Eso sí que supone un antes y un después, como te tratas a ti mismo cuando no llegas a dónde crees que deberías llegar y no consigues lo que quieres conseguir. 

No importa tanto no amarse todavía, es peor culparse por no hacerlo y machacarse todo el rato porque no sabes cómo… Nadie nos enseña a hacerlo y hacemos lo que podemos y está en nuestra mano para conseguirlo.
No es delito no perseguir tus sueños ni cambiar de idea a media carrera, ni perder foco… No pasa nada… Nuestra motivación no tiene que venir de fuera sino de sentirnos en paz ahí dentro. Y esa paz llega de verdad, la paz duradera y real, no viene de conquistar una cumbre ni colgarse una medalla ni de conseguir un ascenso o un aplauso, llega de sentirse bien con uno mismo tanto si se alcanza como si no…
Eso es amor de verdad, incondicional, es autoestima de la buena, de la que no se condiciona a unos objetivos, aunque puedas tenerlos, que no somete a una mejora en nada, aunque mejorar sea la consecuencia…
No necesitas mejorar para quererte más. No necesitas cambiar para quererte más. No necesitas aprender más para valorarte más…
Eso es no aceptarte y si no aceptamos lo que es y aprendemos a verlo con otros ojos, no hay mejora, no hay reconocimiento, no hay cambio.

Todo está dentro. Lo que fuera es un espejo. Un marcador que no siempre funciona porque a veces la lección es aprender a hacerlo sin que funcione, sin que marque ventaja…
Amarse no es una carrera, es un camino…

No ganas al llegar a la meta, ganas cuando das en primer paso.

Decidir amarse es en sí mismo un acto de amor maravilloso. Una acción que pone en marcha ese mecanismo que parecía averiado y que desencadena la magia…
Amarse es no culparse, no obligarse ni someterse a normas rígidas ni exigencias bárbaras.
Es no fustigase por entrar en Facebook y leer que si no te amas no vas a conseguir nada cuando no sabes cómo… Es no ir por la vida sintiéndose ridículo porque no sabes qué deseas…

Primer gran paso para amarte… Acepta esto. Este miedo, esta desgana, este desasosiego, esta sensación de estar perdido y no saber… Acepta este enorme vacío. Acepta que no te amas todavía y no pasa nada, no tienes que llegar ahora… Acepta que no te aceptas y respira…
Con calma… Sin hostigarte ni pedirte soluciones ahora. 

Amarte a ti mismo como mereces no es una lucha, es un baile. Cada uno lo baila como quiere, tal como oye la música. No hay cronómetro ni jueces, hay compasión y cariño y respeto y ganas de de cambiar y sentir paz.

Ya has hecho algo grande, te has dado cuenta de que no te amas suficiente. Has tomado consciencia de dónde estás y has decidido descubrir quién eres y qué deseas…

Has dado un paso gigante… Quédate con eso por el momento.
No te lo creas si te dicen que es delito quedarse ahí por el momento a ver qué pasa… No hay delitos cuando intentas conocerte… Que no te vendan prisas ni fórmulas mágicas.
Has empezado un camino largo y maravilloso que lleva de vuelta a ti. Un camino que no se gana ni se pierde, que consiste en sentir y respirar.
Nadie puede juzgarlo porque no hay dos caminos iguales y nadie sabe si vas bien o vas mal…
Sencillamente camina. Y si te paras, no pasa nada, forma parte de este trabajo parar…

Lo que importa siempre es cómo te sientes por dentro cuando haces lo que haces.

No es delito tener miedo, es habitual, es necesario para evolucionar. Es la forma en que lo vivimos lo que marca la diferencia y lo que hacemos a pesar de él… 

 

 

Gracias por estar ahí siempre y compartir este camino. Siempre que escribo espero que a alguien le sea útil compartir este proceso complicado y apasionante. Sin prisas ni fórmulas mágicas, sin agobios ni marcas que cumplir… 

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Amarse a pesar del dolor


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Hoy quiero hablar de dolor físico. Es algo que me ha acompañado gran parte de mi vida, no recuerdo casi desde cuándo pero siempre que echo la vista atrás allí está. Se me ocurren pocos compañeros más fieles que un dolor crónico… Tan puntual, tan insistente, tan presente, tan incondicional… Las personas que no viven ese tipo de dolor no saben cómo actuar ante las que sí lo habitan, porque llega un momento en el que el dolor te habita y tú habitas en él y no sabes dónde empiezas ni dónde acabas.

El dolor va muy acompañado de rabia, no sé si porque esa es una de mis emociones más habituales o porque va pareja a él. Lo que no sé, la verdad, es si primero llega al dolor y luego la rabia o va al revés. Esa sensación de injusticia, de impotencia, esa ira acumulada con ganas de salir al mundo a gritarle “basta, no puedo más, no me merezco esto”. Ese llanto sordo de súplica para que pare, para pedir una tregua aunque sea corta y recordar quién eras sin dolor, sin quejidos ni lamentos…  Sin sentirse atado a esa imposibilidad de sentir paz o alegrarse o de sentirse dueño de tu cuerpo o de tu risa, de tus horarios o de tus ganas… Amarrada a algo que te estorba y denigra o eso crees.

Siempre he creído que el dolor y la rabia caminan juntos o al menos comparten gran parte del camino. Hay personas que almacenan mucha rabia y no lo saben. Para los que siempre hemos sido de soltar exabruptos y  de enfado habitual como yo es fácil darse cuenta, pero hay personas que acumulan mucha rabia y no se han dado cuenta. Parecen en calma y dentro de ellas hay un mar bravo y tormentoso suplicando salir y desbordarse. Viven una tormenta interior que no consiguen desatar y van por la vida contenidas y sin sosiego. El dolor va ligado a las emociones, en general, a pesar de ser físico y necesitar todo un arsenal médico para calmarlo muy a menudo.

El cuerpo es el mapa del alma. Una especie de pergamino donde podemos ver apuntadas y significadas todas nuestras batallas, miedos, rencores y emociones almacenadas esperando ser sentidas. Mi rabia se queda obstruida en la garganta y mi culpa en la parte superior de la espalda… Y cuando todo va muy mal, una manaza enorme me presiona el estómago y me dice barbaridades para que haga algo que no sé qué es y acabe de una vez por todas con mi sufrimiento.

A menudo nos sentimos tan culpables por no ser como creemos que deberíamos que materializamos esa culpa a cada paso y eso encuentra caminos en nosotros para tomar forma y decirnos que ya no podemos seguir así. Eso no significa que seamos culpables de nada… Esta es la parte importante de este mensaje.

Quiero que se me entienda, el dolor es algo físico, pero a parte de tratarnos con lo que nuestros médicos decidan que es mejor, necesita que nosotros también usemos un antídoto para poder sobrellevarlo. Un trabajo que podemos hacer solos o acompañados, pero que tiene que ver con nosotros mismos y que hace que los tratamientos médicos se optimicen… Y es el amor. Cuando más duele es cuanto más hay que amarse.

El otro día alguien me preguntó en una conferencia cómo amarse a uno mismo. Y la verdad es que me quedé un momento callada antes de proponerle algunos ejercicios que yo pensaba que serían de ayuda y hacerle alguna reflexión sobre esos pequeños actos diarios que nos permiten tratarnos mejor y que son muy necesarios. Sin embargo, me di cuenta de algo al responder… A veces, es muy difícil amarse porque no te conoces, no te respetas y no sabes cómo, al menos para ti mismo, para otros resulta más fácil… Y eso no se puede imponer. Descubrir que no te amas y decidir amarte sin saber cómo puede ser otra carga pesada más que añadir a las muchas que llevamos encima.

Muy a menudo, empezamos un proceso de autoconocimiento destinado a conocernos para incrementar nuestra autoestima y acaba convirtiéndose en una carrera más para obtener resultados. Y eso es todo lo contrario a lo que pretendemos. Amarse es no exigirse más de la cuenta, permitirse ser, permitirse el error, permitirse soltar lastre, permitirse incluso no amarse suficiente por hoy porque no sabes cómo o no puedes más… Es comprender que cada uno tiene un camino.

Culparse por no amarse es amarse todavía menos. La autoestima no es una carrera, es un camino de compasión y paz. Muchos han convertido el pensamiento positivo en una dictadura en la que, con un buen fin, acabamos pervirtiendo los medios y haciendo que no merezca la pena… Te animan a conocerte y confiar en ti para optimizar tus resultados,  cuando el amor a uno mismo es en sí la gran finalidad, la paz de sentir que te respetas y aceptas y a partir de ahí construir sin urgencias. Si sólo te amas cuando llegas a la cima, ese amor de no es de verdad… Si sólo te amas cuando otros te aplauden y reconocen, no te amas como mereces… 

Si sólo te amas cuando estás sano, no te estás respetando como mereces y, por tanto, no te amas de forma incondicional. 

El mundo debería dejar de perseguir sus sueños y empezar a vivir en paz consigo mismo y los sueños llegarían poco a poco. Algunos aparecerían de repente y otros no llegarían nunca y nos daríamos cuenta de que da igual, porque en realidad lo único que necesitamos es ser coherentes con nosotros mismos. El verdadero sueño es vivir de forma coherente. 

Amarse no es el medio para conseguir nada, es el fin. Mientras sólo esperas aceptarte y amarte para obtener algo a cambio ese proceso de autoestima es un fake, una amago de amor exactamente igual que el que usamos cuando tenemos una pareja y dependemos de ella para ser felices, aunque estar con ella no nos llene ni nos haga sentir bien.

Si ahora no te amas, no te agobies, sencillamente date cuenta, toma consciencia, comprende que todavía no te amas y acéptalo. Es un gran paso, un salto enorme hacia tu amor, un salto que hacen las personas que están a punto de amarse… Y no te culpes por no ser capaz (o no sentirte capaz todavía) no pasa nada, tienes tu ritmo y tienes derecho a no poder ahora hasta que descubres que puedes… Basta de exigencias y listones altos, basta de dogmas para perseguir sueños e insuflar confianzas de pacotilla que no surgen de tu gran verdad interior…

Vuelvo al dolor. Porque mientras escribo esto sigue existiendo. Y lo sé, lo tengo claro, no nos gusta, no nos hace bien, no lo merecemos, pero está… Sigue ahí y hay que aceptarlo como todo en la vida y empezar a ver cómo hacer que se pase, se calme, se vaya…

He llegado a la conclusión de que todo en la vida es un aprendizaje, aunque sea terrible, lo sé. Y hay mil cosas que no podemos evitar, a veces, el dolor es una de ellas… Pero podemos aprender a vivirlo mientras no llega la solución, sin pensar que es un castigo por nada (no merecemos castigos) ni sintiéndonos culpables por él. Yo me he sentido culpable a veces porque mi dolor no me ha permitido dar el máximo como yo quería o pensaba que esta sociedad me reclamaba… Y eso duele también, muy dentro, y no ayuda a tomar las riendas y sentirse digno a pesar de todo.

Somos seres dignos de lo mejor con o sin dolor. No tenemos que pasarnos la vida justificándonos por no llegar, no estar en forma y perfectos, por no poder ir o ser siempre la excepción porque algo nos duele o ya no nos duele pero no queremos tentar a la suerte…

El dolor es duro,  pero te invita a escucharte y mimarte, a quedarte contigo y reconocer tu grandeza a pesar de todo, a darte cuenta de que tienes que ponerte como prioridad en tu vida y pensar en ti y ver que no es egoísmo sino amor puro… El dolor es una oportunidad terrible para reencontrarte y descubrir que has estado evitándote y no has contado contigo, con lo que deseas, con lo que disfrutas, con lo que amas… No es culpa tuya que esté pero puedes vivirlo desde el máximo respeto a ti mismo… Tomando tus decisiones, sintiendo de una vez por todas que mereces lo mejor, parando para vivir, aprovechando para darte cuenta de que no te habías dado cuenta…

Lo sé, el dolor es a veces insoportable y nos queremos marchar de nosotros mismos. Incluso entonces, seguimos siendo seres humanos que merecen amor, todo el amor, el amor más grande posible, el nuestro…
¿Por qué comos a veces tan compasivos con los demás cuando sufren y tan poco con nosotros mismos?

Si te duele no te culpes, no te sientas mal por ir al revés, por no parecer, por no llegar, por necesitar parar y desconectar de todo menos de ti… No te excuses ni justifiques ante nadie, quédate contigo y decide amarte… Sin prisas, a tu ritmo, sin que eso de amarte se convierta también en una meta angustiosa sino en un camino por descubrir… Si te duele, no te maltrates y te sientas en evidencia por tu dolor, eso es una carga más que no necesitas y que te lastra para seguir adelante y encontrar tu paz… 

Permítete parar para sentir y suelta esa culpa inventada por no ser como el resto de personas que ahora van por la vida sin dolor… Esto ya es bastante complicado, no te añadas más trabas en el camino.

 

Gracias por estar ahí siempre y compartir este camino. Siempre que escribo espero que a alguien le sea útil compartir este proceso complicado y apasionante. Sin prisas ni fórmulas mágicas, sin agobios ni marcas que cumplir… 

AMARSE ES UN REGALO PARA TI MISMO, UN FIN, UN LUGAR EN EL QUE TE SIENTES COMPLETO Y A SALVO.

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro.

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Escritora y apasionada de las #palabras

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Sufrir para nada…


No quiero mentir, no sé nada…

Escribo porque a veces es la única forma que encuentro de poner negro sobre blanco lo que me asusta tanto que necesito desmitificarlo y ponerle nombre para que se haga pequeño y accesible… Lo que me duele tanto que casi no me atrevo a comprender ni sentir.

A veces creo que he dado un paso de gigante y miro atrás para reconocer sólo la distancia de una pulga. Otras veces creo que apenas he hecho nada pero veo como el mundo que me rodea es distinto.

Me dijeron hace mil años que si me esforzaba y ponía empeño todo llegaría, pero no es cierto… O al menos no lo es en mi mundo, no sé en otros mundos… Hay cosas que no son, no pasan, no llegan a ver la luz o se rompen cuando llevan unos segundos de vida… Eso pasa cada día. La vida se empeña en ponerte una y otra vez en la casilla de salida y conviertes el hecho de llegar a tu meta en una cruzada personal que deja de tener el sentido que le dabas para perderlo del todo.

A veces, luchamos sin tregua para conseguir algo que pensamos que nos hará libres y por el camino nos esclavizamos nosotros mismos intentando conseguirlo…  

Nada que tenga que liberarnos en el futuro debería atarnos ahora, tal vez porque no hay nada que vaya a liberarnos salvo nosotros mismos.

Me contaron que si me preocupaba era una persona responsable, que estaba haciendo algo para solucionar los problemas… Que los que no se preocupan no son personas como deben y los demás les juzgan y les señalan con el dedo… Y me he preocupado por todo y no ha funcionado y cuando ha funcionado he llegado a la solución destrozada y muy agotada física y emocionalmente… Tanto que no he podido disfrutar del nada…

Sufrimos tanto… Almacenamos sufrimiento como si por ello alguien fuera a tener piedad de nosotros y nos fuera a conceder un deseo o dar un regalo. Y nunca me ha pasado, nunca he recibido nada bueno a cambio de sufrimiento, al contrario. 

Sin embargo, sí que vi recompensa en amarse y tratarse bien… El amor que te das siempre siembra cosas buenas porque justo en el momento en que te lo das ya es maravilloso y eso hace que siempre valga la pena… 

Perdemos el sentido cuando dejamos de intentarlo para vivirlo y empezamos a intentarlo para ganar, para figurar, para demostrar, para decir que lo hicimos… Yo misma me he pasado días culpándome por no ser capaz de soltar mi culpa…

Como esos viajes en los que paras cinco minutos en un lugar para hacer la foto de rigor y luego la contemplas pasado el tiempo y te sientes incapaz de recordar qué sentías porque no sentiste nada… Sólo te hiciste la foto para decirle al mundo que estuviste.

No sé dónde está el equilibrio. Dónde seguir deja de tener sentido para convertirse en una trampa, en una telaraña en la que te quedas prendido porque te empeñaste en ir más allá y no ver lo que ya habías conseguido. Y no es la meta, ni el sueño, es el ánimo y la actitud con que lo haces…

Nada de lo que hacemos sufriendo nos lleva a nada. Y si llegamos, estamos rotos y no somos capaces de apreciar la maravilla de lo que hemos conseguido.

No sé dónde está el límite.  Dónde se debe parar cuando ves que no consigues lo que deseas y eso te lleva tanta energía que no te permite notar la vida. No sé cuál es el momento en el que lo que sueñas te priva de lo que vives y lo que no tienes te hace olvidar y no apreciar lo ya está en tu vida… No sé cuándo de debe parar, tal vez cuando empieza a doler, cuando no compensa, cuando lo que te te apasiona te hace perder la pasión por ti mismo y empiezas a verte a través de los ojos del que no llega y no del que está siendo capaz de andar el camino.

La verdad es que me dijeron que si me esforzaba lo conseguiría pero nadie me contó cómo dejar de esforzarme y aceptar que no es, que no pasa, que no llega… Y hacerlo de forma que no me caiga encima una losa inmensa ni se me hipotequen otros sueños, ni acabe pensando que hay algo en mí que no funciona…

Nos deberían decir que vayamos a por todo pero que no pasa nada si no llegamos, si no lo conseguimos. Que hay momentos para llegar y otros momentos para quedarse corto, para calmarse y amar el silencio que te invade cuando descubres que va a ser que no y no pasa nada. La paz del que sabe que es merecedor de todo sin tener que demostrar nada… La calma del que es capaz de darse cuenta de que no necesita sueños para levantarse cada mañana porque se tiene a sí mismo pero sigue teniendo muchos porque los merece… La maravillosa sensación de soltar y dejar de sentir que hay algo pendiente y sentirse pleno sin tener que andar por la vida coronando cimas, ganando medallas y buscando lámparas maravillosas…

No hay nada de que avergonzarse por perder, por no llegar, por quedarse a medias, porque te rechacen y te digan que ya no te aman, porque te echen de un trabajo, por estar en una clase y que nadie te escoja para hacer un ejercicio por parejas… (esto último me pasaba siempre cuando era niña y me provocaba un gran dolor y mucho miedo). Lo único que nos aleja de seguir adelante es la culpa por pensar que no hemos dado lo mejor, por pensar que no somos suficiente o no merecemos… La culpa nos devora la nuca mientras intentamos levantarnos para volverlo a intentar y nos dice que de eso que buscamos para nosotros no hay…

Y la única forma de quitarse la culpa por no alcanzar lo soñado es decidir que pase lo que pase vamos a amarnos y respetarnos, vamos a tratarnos con cariño y no nos vamos reprochar nada. Que podremos analizar nuestros fallos o comprender que tal vez lo que queremos conseguir no tocaba ahora, que no era el momento, que nos espera algo mejor incluso… Pero siempre desde el amor, nunca desde el reproche.

Me dijeron que si trabajaba mucho lo conseguiría y no era verdad. Porque nadie me dijo que trabajara con ganas, sin destrozarme, sin exigirme tanto que me rompiera… Nadie me dijo que frenara antes de caer en el abismo de perder el control sobre mí mientras intentaba controlar lo que no depende de mí… Lo que escapa realmente de mi control y capacidad.

No sé nada, la verdad. A veces, no veo la línea hasta que no la he cruzado y veo que he vuelto a ser esclava de eso que venía a liberarme porque no me acuerdo de que lo único que puede hacer que  sea libre soy yo…

¿Cómo? dándome permiso para fallar, para no llegar, para retroceder, para desistir, para decir basta… Sin culpa, sin reproche, sin castigo autoimpuesto ni sobrecarga… 

No hace falta desistir ni resignarse, aceptar no va de eso, va de aprender a amar lo que ya es y enfocarse en lo que es prioritario… No hace falta quedarse sin sueños, sólo darse cuenta de si hacemos el camino soñado sufriendo o gozando y descubrir que sólo vale la pena si durante el intento te hace feliz…

No sé nada, la verdad, pero tengo claro, por dolorosa experiencia, que todo eso sólo conduce a más sufrimiento y nunca te lleva a ninguna cima.

Sufrir no sirve para nada, más que para hartarse de ese sufrir hasta pasar esa frontera en que es tan insoportable que sólo te queda decidir que sea lo que sea lo que te depara el futuro no puede ser peor que el sufrimiento que sientes ahora…

Sufrir ahora no alivia el mañana, al contrario, dibuja un mañana con más sufrimiento… 

Amarte ahora lo cura todo justo ahora… 

A veces, el sufrimiento, a pesar de ser inútil, te suministra el hartazgo necesario para tener la fuerza que buscas para cambiar de camino de una vez por todas…

 

GRACIAS POR LEERME E INICIAR CONMIGO ESTE CAMINO COMPLICADO PERO MARAVILLOSO… 

Gracias por compartir y llevar mis palabras hasta el otro lado del mundo… 

Si quieres continuar con este cambio, te invito a profundizar todavía más…

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Operación bikini “mental”


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Foto : Mercè Roura

Desde que era niña que tuve una relación extraña con mi cuerpo. No nos enseñan a aceptarnos, nos alientan para que nos pasemos la vida intentando cambiar lo que somos. Y yo no fui una excepción. Primero porque era muy baja (lo sigo siendo, pero ahora incluso me ha llegado a parecer una ventaja en la vida) y luego porque, a veces, estaba muy delegada y  otras me sobraban kilos. El caso es que esto de la operación bikini lo he vivido centenares de veces… Todos lo comentan y tienes la sensación de que si no haces nada eres el rara, la que se arriesga a “no gustar” o no seguir la norma. Esa norma no escrita que dice que tienes que ser perfecta. Es como una  puesta a punto para pasar una especie de criba con una nota de corte muy, pero que muy, estricta. Y todas caemos en ello y nos presentamos al examen. Caemos una y otra vez. No por salud (ojalá) sino por necesidad de entrar en una horma o en un molde, para que te dejen de reprochar una y otra vez no encajar en ese estándar que parece deseable y cada vez es más inaccesible…

Y vuelta… Otra vez a intentar pasar la prueba y suspender seguro, porque nunca es suficiente y el cansancio siempre te vence..  Si supieras cuántas veces he huido de mí y me he dicho cosas horribles porque no parecía lo que debía parecer… Porque no me sentía cómoda en mi piel e iba por la vida pidiendo perdón por insultar a los demás con mi presencia imperfecta… Qué sinsentido querer ser como otros, compararse y siempre perder, cuando lo que somos es único y maravilloso… ¡Cuánto nos preocupa el cuerpo y qué poco nos detenemos a sentirlo y notarlo! Lo escondemos, lo sometemos a rituales sin sentido, lo maltratamos, lo insultamos, lo negamos, nos avergonzamos de él.  Buscamos que otros nos den el visto bueno para tapar ese vacío enorme que nos genera no poder aceptarnos tal y como somos.

Hoy con la alcachofa, mañana con la piña o con un líquido o ungüento milagroso que es definitivo para adelgazar hasta que sale otro que lo desbanca que parece que es más definitivo todavía.  Y no nos engañemos, no hacemos todo esto para que nuestro cuerpo esté más ligero, más sano, más ágil con la ayuda de un profesional (cosa que me parece necesaria y apoyo desde aquí). Lo hacemos para que otros nos miren como soñamos con mirarnos nosotros mismos.

Y el “para qué” lo cambia todo… Con el paso del tiempo, me he dado cuenta de una cosa importante. Si no soy capaz de aceptarme como soy ahora, no lo haré nunca. Eso no implica no querer adelgazar, sino amarse desde antes de conseguirlo.  El amor que yo siento por mí no puede depender de unos kilos de más o de menos, de mis arrugas, de mis estrías, de las manchas de mi piel, de si me cabe o no un pantalón… Eso no es amor, es conveniencia. Es usarse para soltar la rabia contenida. No hay juez más severo que uno mismo. En esto de criticarse y juzgarse duramente, los demás solo son simples comparsas, actores de reparto, la protagonista cruel que más se exige siempre eres tú.

Si supieras lo que yo me he dicho a mi misma… Lo que me he humillado a la espera de acallar así a los dioses (imaginarios) para que perdonaran mi osadía estética…

No somos sólo un cuerpo, es cierto, pero lo necesitamos para aprender a amarnos y respetarnos. Es el primer peldaño hacia nosotros mismos, hacia nuestra presencia… Nos avergonzamos de él y no nos damos cuenta de que vivimos desconectados de todas las historias que ha venido a contarnos sobre nosotros. Vivimos enganchados a una mente que no cesa, que no para de pensar, de fabricar pensamientos que nos limitan y condicionan, que nos impiden aceptar lo que somos y mirarnos con la dignidad que merecemos. El cuerpo nos ayuda a conectar con este momento que necesitamos para curar nuestras heridas y soltar lastre, para dejar de sujetarnos en creencias absurdas y de esquivar fantasmas. El cuerpo nos conecta con el suelo que pisamos para que nos salgan raíces y nos crezcan las ramas…

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Foto : Mercè Roura

Si nos rechazamos, no podemos reconocernos y  vivimos sin vivir, sin notar, sin ser, sin estar. 

Estamos siempre en bucle, esperando que algo de ahí afuera nos ayude a sentirnos mejor, nos dé la respuesta que buscamos y nos haga sentir bien y en paz. Y no hay nada fuera para nosotros si no miremos dentro, y no nos aceptemos desde ahora mismo… En el antes y el después…

Nadie nos puede dar ni decir nada que nos cambie si no nos damos permiso para bajar l listón y decidimos que ya basta, que ya es suficiente-

Y no se trata de no tener pensamientos negativos, ni dejar de juzgarse y criticarse de la noche a la mañana, eso no es fácil… Se trata de aprender a no rechazar esos pensamientos,  a sobrellevarlos sin reproches, sin culpa, sin que te arrastren ni secuestren. Si aprendemos a observarlos, les quitamos fuerza y podemos gestionar la emoción que nos generan, les quitamos dramatismo y los relativizamos. Eso hace que dejemos de resistirnos. Amar lo que somos nos permite estar presentes en nuestras vidas y no tener que esperar para sentirnos libres.

Cada vez que nos creemos insuficientes, que pensamos que no pasamos la criba de esa operación bikini, nos estamos atacando. Nos dejamos para luego, para el final, para nunca… Nos olvidamos de lo que realmente queremos y nos dejamos llevar por lo que el mundo nos dice que debemos ser o debemos desear.

Nos maltratamos tanto que a veces no nos acordamos de encontrar un rato para estar a solas con nuestros miedos, nuestras inquietudes, nuestra angustia por no conseguir nuestras expectativas. Huimos de lo inevitable pero lo inevitable siempre nos alcanza…

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Foto : Mercè Roura

Voy a decirte algo importante para mí…

Mi cuerpo es maravilloso tal y como es ahora. Aunque a ti no te lo parezca… Me ha costado un siglo verlo así, pero no pienso volver a traicionarme nunca… 

Mi cuerpo y yo hemos vivido una historia de amor extraño que no fue a primera vista, lo reconozco, pero que cada día es más sólido… Me ha dolido mucho, mucho, me asustado hasta unos límites increíbles y a veces insoportables… Y se me ha roto en pedazos, pero ahora veo que era  para que me diera cuenta de que yo estaba muy rota por dentro y recompusiera mis piezas…

Me ha obligado a parar para que pudiera encontrarme y reconocerme. Me ha dado una niña preciosa y perfecta casi sin que yo hiciera nada ni supiera cómo pero pasó… Y todavía hay días que sigo mirándolo con recelo y desconfianza, lo admito… Nuestro amor no es un amor al uso, pero estoy aprendiendo a amarme cada día sin mirarlo de reojo.

A veces, cuando queremos cambiar nuestro cuerpo para que guste más y encaje en una perfección imposible, lo hacemos castigándonos, reprochándonos, obligándonos y negando lo que somos. Si deseamos hacerlo, que sea un regalo que nos damos porque nos hemos dado cuenta de que lo merecemos, que sea un acto de amor inmenso hacia nosotros mismos… No se trata de hacerlo para amarse más, sino de hacerlo porque ya te amas mucho y sabes que te lo mereces. 

Las personas a veces esperan empezar a amarse cuando consigan sus metas o sus sueños. Se dejan para después… Se valoran por sus resultados, por lo que hacen y no por lo que son. Y en realidad, el amor es el principio de todo. El amor es la causa y nunca la consecuencia. Si esperas a cambiar o a ser de otra forma para amarte, no te amarás nunca. 

Porque el problema no eres tú sino tu forma de mirarte. La verdadera operación bikini está en tu mente y consiste en dejarte de reproches y críticas, en parar de pelearte contigo y con la vida y empezar a mimarte y hacerte cosas buenas, hablarte bien y tomar aquello que te llena de salud… No para encajar en ningún molde sino para vivir en paz contigo.

 

GRACIAS POR LEERME E INICIAR CONMIGO ESTE CAMINO COMPLICADO PERO MARAVILLOSO… 

Gracias por compartir y llevar mis palabras hasta el otro lado del mundo… 

Si quieres continuar con este cambio, te invito a profundizar todavía más…

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