merceroura

la rebelión de las palabras


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Calla, por favor


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¿No la oyes? La vida te habla… Tú te hablas.

Te pide que pares y te notes y te revises las costuras por si están flojas o andan deshilachadas…

Te pide que te sientes y te tomes ese café postergado y mires los dibujos caprichosos de las baldosas que cuando eras niña te ayudaban a inventar historias…

Calla ahora y deja que el silencio te cubra y te notes los latidos para que sepas que estás vivo todavía. 

La vida te llama y necesita que la escuches sentado y tomes nota, que te hagas ya una lista de aquello que de verdad te apetece y tienes ganas de hacer… Aquello que harías en último día de tu vida sin tener la sensación de que los minutos se te escapan o desperdicias las horas.

La vida te reclama tiempo con las personas a las que amas… Te dice que dejes de mirar de reojo y vayas de frente y no te escaquees más de esa tarde sin rumbo ni horario, de ese paseo sin itinerario, de esa charla sin más propósito que hilar palabras y descubrir, escuchar y notar que te escuchan. Esos minutos de frases sin rumbo que seguro que llevan a un lugar mágico y necesario… La vida te pide que te calles para que dejes de dar vueltas a los pensamientos de siempre y encuentres tu voz perdida en el silencio. 

La vida te grita cuando te gritas para que te quedes un rato en silencio y pueda contarte que gastas demasiada energía pensando en qué pasará mañana y te robas los días contando tragedias y buscando lamentos antiguos y gastados… Te grita para que sepas que no te quieres suficiente como para contar contigo y dedicarte un minuto, una hora, un día a saber qué quieres y qué te quema por dentro… Para explicarte que vives en un ensayo general cuando el estreno ya pasó y eres incapaz de escribir tu guión para tomar las riendas… La vida te susurra que dejes de pelear contra gigantes y te dediques a ver cómo cae la lluvia y juegan los niños en el parque… Para que sepas que lo que importa de verdad no llena titulares de periódico sino miradas cómplices.

Calla, hasta que puedas escuchar como crecen los árboles y sepas que tú también creces. 

Los mensajes que te llegan de la vida siempre están escritos en lugares remotos a los que no vas porque no tienes tiempo, se escriben en las paredes de las tardes que nunca paseas y se nombran en las conversaciones que nunca mantienes porque no te parecen relevantes… Porque hace tiempo que no charlas, sólo buscas respuestas concretas y no escuchas porque necesitas tanto soltar quejas que te has quedado solo, completamente solo. 

Usas poco tu presente. Lo usas tan poco que el pasado se ha hecho en él un refugio y siempre lo empaña con historias tristes que deberían estar olvidadas y asumidas. Lo usas tan poco que el futuro se lo come en un abrir y cerrar de ojos y te engulle a ti mientras intentas arrancar una sonrisa o sentir que estás, aunque tu cabeza dé tantas vueltas que ya no recuerdes por qué. Acepta tu noche ahora y podrás dejar de ocultar tu día de las nubes más oscuras… Ama lo que te hace más vulnerable y ya nada podrá recortar tu risa ni tu esperanza… Y permite, permite que llegue la vida aunque asuste y lo empañe todo de incertidumbre y rareza, para llegar al otro lado siempre hay un punto en el que no se ve el fondo del mar que navegas y tienes que seguir remando, a pesar de todo y confiar…

Calla para que la vida te diga lo que necesitas porque entre tanto ruido es imposible que comprendas nada. 

La vida te pide un vaivén para que te acuerdes de que la vida es un soplo. Te da un empujón para que caigas y es porque necesita que te detengas a mirar tu agenda llena de citas importantes donde has olvidado quedar contigo y decirte cuánto te buscas y cuánto te amas… Para que tengas que frenar y quedarte callado mirando como el sol se pone y te saca la lengua en una mueca sarcástica para que sepas cuánto le duele que no estés cuando te necesita para darte un regalo, mientras tu miras como se escapa y descubres que ha pasado otro día sin ti y te acuerdas de que en estos momentos hay magia, una magia que se te olvida presenciar…

La vida se va mientras buscas un calendario para poner orden o decides que vas a ponerte en serio a vivirla… Se va porque hace tanto tiempo que no la rondas y la cortejas que se enfada y busca a otro que la sueñe con más ganas…

Se va mientras te resistes a cerrar heridas y comprender tu dolor. Mientras escapas del niño que eras para vestirte de adulto que todo lo sabe, todo lo quiere, todo lo necesita. Cuando ya no recuerdas lo feliz que fuiste con casi nada y ahora lo quieres todo y te sientes vacío.

A veces, hay que perder un poco de tiempo para ganar vida, ganar calma. Para calibrar dónde estás y a dónde vas, si resulta que el camino que sigues lo tomaste hace tiempo cuando eras otro y soñabas corto, en otra dirección o si tenías miedo a reconocer que soñabas distinto.

Calla para poder repasar tus pensamientos y decidir cuáles te hacen albergar esperanza. 

Las respuestas que buscas están en el trago largo de café, en la espera aguardando en la fila, en la puerta cerrada, en la lluvia inesperada que todo lo detiene y acumula.

La vida, al final, se mide por risas, por escalofríos que te atraviesan la espalda, por instantes de silencio tal rotundos que la soledad se mastica, por jadeos, por suspiros, por ráfagas de viento que abren ventanas, por tardes que se tuercen y te retuercen el alma, por noches sin sueño y mañanas largas, por rozaduras en las rodillas y lágrimas que surcan tu cara… Por todo lo que se escapa mientras miras a otro lado esperando que pase algo grande, que se abra el cielo, que alguien te salve y te lleve a otro lugar donde no sentirte absurdo y pequeño, donde ya no tengas que esperar nunca… Aunque la vida es la espera y lo que aprendes a hacer con ella… La paciencia de sentarse a mirar al mundo y ver que sangra pero que también es feliz, que llora pero que también ríe, que se hunde, pero que va a salir a flote siempre…

La vida es ese momento en el que te das permiso para ceder y decides que no vale la pena pelearte. Cuando te quitas la máscara y encuentras debajo al niño que fuiste llorando porque necesita un abrazo y le pides perdón por haber tardado tantos años en volver a él… Cuando descubres que no te gusta lo que sueñas y lo soñabas para ser “normal” o encajar en una película que parecía apasionante. Cuando te das permites caer y descubres que no pasa nada…

La vida es ese lapso de tiempo cuando te pierdes y recuperas tu esencia, cuando dejas de mirar el reloj y encuentras tu ritmo, cuando dejas de esperar a que venga alguien a salvarte y te encuentras contigo y sabes que estás en casa… La vida es ese pedazo de cielo que se refleja en tus ojos, en los cristales de la estación mientras el tren no llega, en los charcos de lluvia mientras finges buscar el paraguas cuando en realidad a quién has perdido es a ti…

Cállate, por favor. El silencio curará tu mente cansada de buscar respuesta siempre en los mismos pensamientos y hurgar en las mismas penas antiguas y gastadas. La vida te habla cuando te callas para que sepas que hay más de lo que ves y que, en realidad, no ves nada porque el ruido no te deja crear la realidad que necesitas… 

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Permítete olvidar


A veces no paramos de viajar a nuestro pasado para revivir una y otra vez nuestras tragedias. Nos golpeamos con los mismos muros y seguimos sin aprender. Nos aferramos al dolor y somos incapaces de ver el aprendizaje y dejar esa emoción lastimosa que nos provocó en el pasado vivir esa experiencia. No sabemos olvidar. Crecer y madurar como seres humanos es un trabajo duro pero nos debemos sentir orgullosos de quiénes somos y de cómo hemos vencido ese dolor. Y al recordarlo, ver la victoria y mirarnos como somos ahora, no como fuimos ni retozar en el fango de ese dolor del pasado. Una vez me dijo un sabio que para ser feliz hay que tener buena salud y mala memoria, Permítete olvidar lo malo y quedarte con la belleza que has conseguido… Sé que puedes y que sabes…


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El lado asombroso de la vida


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A menudo, me doy cuenta de que he perdido mucho tiempo pensando en el pasado. Dando vueltas y más vueltas a ideas repetidas y recalentadas. Sin tener el consuelo de buscar en ellas nada nuevo, sin esperar respuesta, sin aspirar a añadir nada que, terminado ese proceso, fuera a ser útil.

Recordamos mal, a veces. Nos abrimos las heridas sin compasión. Rememoramos las palabras más terribles que nos han dicho, las sensaciones más espantosas, las emociones más lacerantes… Y nunca extraemos de ello algo bueno, porque nos quedamos con el dolor sin ir más allá. Nunca revivimos el momento desde la distancia, como narrador y no como protagonista. Nunca pensamos “pasó y fue duro pero estoy aquí y lo he superado”. Nos engancha eso de sufrir, a veces. Suena mal, ya lo sé pero ser víctima de algo o de alguien es una experiencia dura pero cómoda. Y lo siento porque no está bien generalizar. Hay muchas víctimas reales que luchan por no serlo… Sin embargo, en muchas ocasiones, nos gusta saltar al lodo del recuerdo y rememorar ese dolor. Y ensuciar con él todo lo que rodea nuestro presente. Y aunque hayamos superado el tema, al revivir esas emociones terribles y dejar que nos desborden sin ponerles límites ni malearlas, ni gestionarlas, ni reconocerlas, dejamos que vuelvan a herirnos. Es como si cada vez que recordáramos un accidente nos lanzáramos contra el muro para partirnos la ceja o rompernos la cara y conmemorar la ocasión.

Dicho así parece un ejercicio bárbaro. Si lo hiciéramos físicamente, nos asustaríamos a nosotros mismos. Sin embargo, no dudamos en hacerlo emocionalmente. Ponemos en riesgo nuestra salud emocional y, en consecuencia, física, aferrándonos a nuestras tragedias. Y sobre todo haciéndolo como el primer día, con ojos de sorpresa, con dolor, con miedo, sin superarlas, sin ganas de oponer resistencia a esa sensación que nos hace sentir como carne de cañón a merced del destino… Nos impregnamos de pasado y de sus males sin tomar distancia, sin ser capaces de aceptarlo con ojos de persona madura que ha sobrellevado esa experiencia y la ha superado. Viajamos a otro tiempo sin ponernos el chubasquero de la madurez, sin llevar en el equipaje nuestras nuevas herramientas de persona evolucionada, sin saber  por qué ni con intención de cerrar página.

Miramos a nuestros miedos desde abajo. Regresamos al pasado siendo niños y descubrimos el pecho ante los fantasmas, nos empequeñecemos ante lo que pasó…Volvemos a repetir aquel comportamiento que nos llevó al llanto, a quedar paralizados, a salir corriendo sin afrontar.

Perdemos la perspectiva. A veces, porque es difícil dejar de visitar esas lagunas que tenemos en la mente donde parece que no ha pasado el tiempo, esos recuerdos que tenemos guardados en una parte de nuestra cabeza y que nos hacen saltar como tigres cuando algo activa nuestros dolores pasados…

Otras veces porque nos han educado para que sufrir sea una especie de mérito. Como si por el hecho de regodearse en tu miseria fueras a ganar puntos para conseguir una gloria que tendrías vetada si nadie te pisa o hace sentir mal. Por eso, muchas veces, cuando conversamos, acabamos protagonizando con otros competiciones para descubrir quién lo ha pasado peor en su vida o es más desdichado.

Lo que cuenta no es el sufrimiento, es la alegría.

Estoy deseando el día que en una de esas conversaciones alguien diga… No quiero hablar del mi dolor sino de lo que conseguí gracias a superarlo. De mi evolución. De lo feliz que soy porque me convertí en una persona increíble saltando obstáculos… Porque cuando recuerdo lo que pasó, me veo enorme, gigante… Miro al niño que fui y le abrazo y le digo que podrá y que descubrirá cómo salir del laberinto. Porque no viajo mucho al pasado pero cuando lo hago, sonrío. Se me dibuja una sonrisa en los labios porque me veo ahora y me doy cuenta de que he caminado mucho y soy un superviviente. Porque estoy aquí gracias a mi esfuerzo y el de muchas personas que me han ayudado a ser como soy… Algunas queriendo, otras intentando lo contrario, pero no hay rencor. Hay gratitud. Hay ganas de seguir y olvidar. De engancharme al lado bueno, al lado que me hace crecer y sentir bien conmigo mismo… Al lado hermoso de la vida, a es parte preciosa que tiene todo lo que duele una vez lo superas, aunque parezca imposible…

Como si tuviera metidos los recuerdos en tarros y durante mucho tiempo, después de acumular dolor y pensamientos tristes, hubiera conseguido cambiarles las etiquetas. Cambiar las palabras que asocio a mi vida para cambiar la imagen y las emociones que la habitan, para ser capaz de ver su lado mágico, su lado sorprendente, su lado asombroso.

Donde ponía “el día que me humillaron en la escuela” puse “ cuando descubrí mis superpoderes”.

Donde había escrito “mis monstruos” ahora pone “mis motivos”.

Y me acuerdo de que el tarro que lleva escrito “el amor de mi vida” era antes uno donde ponía “esa chica que siempre me lleva la contraria y no sé por qué”.

Encontré un tarro con la etiqueta “aquella vez que estuve en el hospital muy grave” y recordé que “allí conocí a quién sería mi mejor amigo”.

Donde estaba mi sueño perdido de “ser piloto” por problemas de visión, hay una pegatina muy divertida que pone “soy pediatra y adoro lo que hago”.

A algunos, lo reconozco, me costó cambiarles la etiqueta porque habían sido golpes duros de esos de los que no acabas de reponerte nunca y siempre te hacen saltar las lágrimas. Aunque, a pesar de ello, también los reescribí…

Donde había escrito “Carlos se fue” ahora pone “tengo un ángel de la guarda” y una de las etiquetas más complicadas de reescribir… “Quimioterapia” que ahora se llama “batalla ganada”.

Tal vez sea un iluso, un ingenuo, un loco, pero me gusta verlo así. Doy gracias por ser capaz.

 


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Planta cara a tus fantasmas


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No huyas de nada. Busca armas para vencerlo. Están todas en ti. Son tus palabras y tu forma de ver la vida. Lo que has aprendido luchando por ser tu mismo. Tus ratos de felicidad y tus esfuerzos por llegar a conseguir lo que quieres. Cuando huyes de tus fantasmas, siempre acaban regresando a ti. Son como puertas mal cerradas, hasta que no deshaces el camino, tomas el pomo y cierras con fuerza, siguen dejando pasar una corriente de aire que a veces te zarandea y con cada ráfaga se te lleva algo. No huyas de nada, sobre todo, no huyas de ti…

Si no afrontas el pasado, vendrá siempre a ti, como una marea que devuelve a la orilla lo que ya no pertenece al mar… No puedes construir nada porque todo lo que construyes es como un castillo de arena que se llevan las olas agitadas por esas corrientes de aire perpetuas a las que te someten tus puertas mal cerradas. Todo lo que queda sin concluir, permanece vivo en tu conciencia, como un recuerdo que se resiste a quedarse dormido… Como una luz roja que te hace siempre tener presente que en un tramo de tu vida, algo no quedó bien soldado o no tiene consistencia.

Mira a los ojos a tus miedos. Cuando los fantasmas del pasado llaman a la puerta, si no les abres, se quedan allí, medio ocultos, agazapados, esperando cada vez que intentas pasar página… Llamando y aporreando tu puerta y gritando tu nombre. Sea lo que sea, si no puedes olvidarlo, si reverbera en ti hagas lo que hagas, es mejor ponerse a recordar cada detalle y averiguar por qué, hacer revisión y cauterizar la herida. Todo lo que no puedes digerir se queda dentro de ti e intoxica tu vida, sale de tus poros, se infiltra en tus pensamientos, se posa en tus sueños, se refleja en tu cara… En cada gesto que haces, en cada palabra que dices. Lo que no sellas bien, acaba haciendo ceder las compuertas que lo ocultan y desata una marea que te arrolla. Si no cierras tu pasado, vives en él… 

No son lo que parecen. Están deformados por el dolor y miedo. A menudo, nuestros fantasmas son más pequeños de lo que imaginamos. El recuerdo les da un halo de grandeza irreal, como los juegos de luces y sombras en la oscuridad o tu misma silueta tras la estela de una vela en un candil. En la penumbra todo es gigante… Lo mínimo es máximo…

Si no se afronta el pasado, el paso del tiempo deforma situaciones, cambia el sentido de las palabras y modifica la cadencia de las frases. Convierte en ogros a los genios y alimenta la ansiedad hasta convertirla en algo insoportable.

Sin embargo, si cada vez que uno de esos recuerdos llama a la puerta, abrimos y le miramos de frente, se hace pequeño. Se convierte en fantasma asequible, en temor inocuo. Cada revisión de lo que aún nos araña, duele menos. Hasta que un día, abres la puerta y no ves nada y te das cuenta de que nunca hubo nada más que tú mismo ahí detrás. Que el fantasma no venía a fastidiarte sino a echarte una mano para zanjar cuentas pendientes contigo. Que quién aguardaba oculto tras los mil candados que habías puesto para no desatar el pasado, eras tú, esa parte de ti que quería dejar de sufrir y que te pedía que afrontaras quién eres. Esa parte de ti que quiere respirar hondo y mirarse al espejo sabiendo que no se recrimina nada, que no se oculta nada, que se perdona por no haber sido algo que tal jamás debió ser, que no guarda resentimiento a nadie… Ese tú que quiere llevar las riendas y no hacerse trampas. El que reventó el cerrojo y dejó salir a las bestias inmundas que atormentaban tu cabeza y tu pecho para mostrarte que podías con ellas, que ya eras adulto, que ya tienes armas suficientes para vencer… Que no hay más batalla que librar que el perdón y la responsabilidad de tus actos.

Perdona. A ti y todos. No sabían más y en su torpeza te ofrecieron la oportunidad de mejorar, de superarte, de tener que sacar lo mejor de ti y convertirte en lo que eres ahora. Al final, acabarás dándole las gracias a tus fantasmas. Por haber insistido en recordarte lo que te falta para estar completo, por haber traído a ti situaciones del pasado que tapaste bajo una capa de incomprensión y dolor y que debías afrontar. Por perdonarte y perdonar a otros. Por mirar con los ojos del presente a un pasado desdibujado por el miedo y la ansiedad. Porque te han permitido tomar el timón y decidir el rumbo sin tener que mirar atrás más que para sentir el calor acumulado y las caricias.

No menosprecies a tus fantasmas porque pueden llegar a ser grandes oportunidades para crecer. No temas mirar atrás si te lo debes… Y una vez cerrada la puerta sin deudas pendientes, olvida el dolor y disfruta del saldo de madurez que te ofrece cada momento. Piensa en lo que has conseguido con la valentía de afrontar, piensa en lo grande que puedes llegar a ser cuando perdonas a otros y te perdonas a ti mismo. Piensa en lo oportuno que has sido decidiendo escuchar a tu conciencia… Date cuenta de cómo has sabido darle la vuelta a la situación para tomar lo bueno y dejar atrás el dolor. Planta cara… Enfréntate a tus miedos y verás como se hacen pequeños…


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Pensando en mañana


No te das cuenta de lo que tienes hasta que estás a punto de perderlo. Cuando lo sujetas con una mano mientras  el viento lo arrastra en un acantilado imaginario… Entonces, lo miras con ansia y te das cuenta de que era maravilloso, de que no lo has valorado lo suficiente, de que tenías algo especial y no has sabido retenerlo. Maldices y juras. Lloras y te sientes minúsculo. A veces, ya es tarde…

Nos hemos programado tanto para pensar en mañana que el día de hoy se nos esfuma, se va ante nuestros ojos y se escapa sin apenas enterarnos. Y con él, se va todo lo que somos ahora, lo que nos rodea, lo que nos hace ser nosotros mismos. Estamos sentados ante el mar y somos incapaces de verlo porque nuestra cabeza ronda por otros lugares. La brisa suave y salada nos estalla en la cara y no la percibimos…

Hablamos con una persona cercana que nos ayuda y estamos pensando en otra que pensamos que es mejor, más inalcanzable, más deseable. Nos vestimos para mañana y vivimos enfocados en ese día, para luego intentar devorar el siguiente. Tragamos tiempo a velocidades vertiginosas. Nos tragamos nuestra vida sin pensar y, al mismo tiempo, pensando demasiado. Hay días que nos pasan por encima, sobrevuelan nuestras cabezas sobreocupadas en memeces como si fueran pájaros. Ni siquiera los notamos… Vivimos como si fuéramos eternos y nos pudiéramos permitir perder un tiempo que nunca vuelve.

Ni el tiempo ni las personas vuelven. Todo se evapora si no nos esforzamos en retenerlo, al menos en nuestros recuerdos. Gran parte del tiempo, nuestro cuerpo está en un lugar y nuestra mente en otro. Sufrimos por desgracias que aún no nos han sucedido y buscamos excusas para cosas que ni tan sólo hemos decidido si vamos a hacer. No olemos, ni saboreamos, ni gozamos este momento. Nos limitamos a mascarlo como un chicle y lanzarlo a la papelera cuando ya no le queda un sabor que nunca percibimos del todo.

Siempre soñamos que llegará un día en el que esta inercia acabará y dejaremos de pensar en mañana porque ese “mañana” ya será como deseamos. Pensamos que entonces  viviremos con intensidad el día de hoy, el presente. Un día en el que nos sentaremos a notar cómo somos y contemplar lo que hemos conseguido después de tanto buscar y luchar. Ese día nunca llega, nunca ese “mañana” se parece al “mañana”  soñado, ese que está en nuestra mente, el que ansiamos poseer antes de que exista. Nunca somos lo suficientemente buenos para empezar a vivir el momento. Cada día subimos el listón en una escalada de insatisfacción que nos impide notar lo que nos sucede. Nos castigamos sin descanso. Soñamos tanto con la cima que no miramos el camino de ascenso. Sólo de vez en cuando,  si alguno de nosotros cae rodando por la ladera, nos damos cuenta de lo importante que es cada palmo del camino para saber dónde colocar los pies y dar un paso. Nos damos cuenta de que debemos prestar atención a lo que hacemos y vivir cada momento. Y luego se nos olvida, pasados los días, y levantamos la vista y el destino nos vuelve a cegar. Y volvemos a tragar tiempo y devorar vida.

Hay tantas cosas que tenemos y no vemos. Cosas y personas que no valoramos porque siempre están ahí y parecen formar parte del mobiliario de nuestra vida. Las tenemos delante y no las apreciamos. Porque fueron fáciles de conseguir, porque siempre nos dicen que sí, porque no entenderíamos la vida sin ellas y eso parece que nos asegura que deben quedarse…

Y los días vuelan y al final, lo que tenemos delante y no tocamos, también.

Tan importante como el sueño que nos guía es la realidad que lo precede. El reto no es solo llegar a la cima sino vivir el recorrido. Los días que pasas construyendo tu sueño también forman parte de él. Aquellos que nos acompañan cada día son nuestro refugio.

Cada día nos suceden cosas que merece la pena sentir, atesorar y recordar. Cosas no previstas ni tipificadas en nuestras rígidas estrategias de ascenso a la gloria. Cosas que fluyen y pasan sin saber por qué. 

Todo parece inmutable y, de repente, ahí estás tú, a unos segundos de perder una de esas cosas preciosas que hasta hace unos minutos eras incapaz de ver. La tenías ante ti y la apartabas para concentrar la vista en otra cosa que deseabas poseer. Estaba cerca y no la acariciabas… Y ahora, en apenas unos segundos, suplicas que no se te escape de entre las manos, que no se funda y desvanezca mientras la miras y le adivinas una belleza que nunca antes supiste ver.

Te das cuenta de que si se suelta y cae, llegarás a la cima solo. No podrás contemplar la vista porque tendrás los ojos llenos de lágrimas y no tendrás ninguna anécdota que contar sobre el camino porque no lo viviste y nadie podrá reír contigo.

Los retos se viven en presente. Los sueños no pueden hipotecar el ahora. No vivir pensando en mañana no compensa. Mañana no existe. Aún no. Nadie lo tiene asegurado. Mejor seguir el camino a la cima sin perder detalle de lo que nos rodea. Mejor ilusionarse con el futuro y también con el presente. Mejor dejarse llevar y notar la brisa salada y fijar la vista en esas pequeñas cosas que nos habitan la vida cada día y la hacen maravillosa. Mejor aprender a vivir y a soñar al mismo tiempo.

A Berta Álvarez, por recordarme lo hermoso que sucede cada día…

 

 


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La llave


Nos metemos a veces en una especie de cadena de acontecimientos, sin saberlo, e ignoramos que en un instante podemos sacudir un mundo o echar por tierra un castillo de arena. Andamos buscando algo y estamos inquietos. Ese algo que nos falta, aunque puede que incluso no sepamos qué es. De lo que estamos seguros, sin darnos cuenta casi, es de que ese “algo” es un detonante que nos permitirá acceder a un nuevo nivel. Una señal, una llave que nos dejará abrir una puerta. Al otro lado, entenderemos más cosas o tal vez no, pero encontraremos una pieza más del rompecabezas, nos sentiremos de tal forma que sabremos cuál es el siguiente paso y nos conoceremos más. Hay llaves que abren puertas que llevan al pasado, son puertas nuevas que abrir para cerrar puertas viejas, que quedaron entreabiertas.

Siempre pensamos que cuando no cierras una herida, sigues notando su punzada desde el pasado. A veces, no la notas porque te acostumbras a ese dolor, esa quemazón constante, esa espina clavada que en cierto momento dejas de percibir… Quedas anestesiado, pero sigue clavada, sigue ahí, como los arpones que llevan algunas ballenas. No consiguieron matarlas pero siguen hundidos en ellas, sin dejarles cicatrizar y olvidar.

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Mientras sigues en la búsqueda de llaves para abrir puertas y verlo todo de otra forma, a menudo, tienes la sensación de que vas dando portazos y encontrando ventanas, escotillas, callejuelas sin salida, túneles que llevan al otro lado de realidades que no son la tuya… Como si cada vez que te lanzaran un salvavidas, descubrieras que no flota o no tiene un agujero por el que se cuela el agua.

Como nunca sabes qué forma tendrá esa puerta, no sabes cómo es la llave qué buscas. Puede ser una frase escrita en una pared que ves cada día al pasar caminando y a la que nunca prestas atención, puede que se pronuncie en un discurso o en un anuncio de la tele, en un libro, en un tuit… Puede ser una palabra, sólo una, que la diga alguien, que no tiene por qué ser ni amable ni demasiado lúcido. Puede ser una imagen, una foto, unos ojos que se cruzan contigo en el tren, una escena en una película…

No tiene porque ser ni siquiera algo hermoso, de hecho, puede ser horrible pero conllevar una reflexión que permita extraer algo bueno. Puede ser un golpe en el codo, un escalón clavado en la espinilla, un charco de lluvia mojando tu falda, un desconocido riéndose en tu cara… El azar hace que la llave adopte formas grotescas, inesperadas, absurdas, irreverentes… Es a veces tan complicado entramar este mundo de idas y venidas de mensajes ocultos que nos dan acceso a un cambio que, seguramente, el supuesto destino echa mano de lo que puede acercarte la llave…

Y luego, claro está, hay una segunda fase que a veces falla… A menudo, no nos damos cuenta de que tenemos la llave ante nuestros ojos. Aunque, al final, siempre, cuando buscas, encuentras. Tal vez no donde estás excavando, sino justo al lado, donde hurga otro o una ráfaga de viento deja al descubierto una inscripción o muestra la verdadera forma de algo.

A veces, es todo tan rocambolesco, que pensamos en nuestra vida no está sucediendo nada especial, nada “mágico” desde hace tiempo y en realidad pasa todo lo contrario.

En ocasiones, nosotros somos la llave. Una mirada de cariño, una frase oportuna, una mueca desagradable cuando estamos malhumorados o cansados, un libro olvidado… Con un gesto, podríamos haber levantado y hacer caer imperios. Con la sacudida de un pestañeo podríamos despertar una ilusión o un recuerdo… Despertar a alguien al otro lado del mundo y hacer que alguien descanse esta noche a nuestra vera después meses sin pegar ojo. No hace falta poner intención, ni desearlo, no hace falta ni llegar a saberlo… A veces hacemos bien a otras personas sin querer, igual que otras veces hacemos daño intentando ayudar.

A veces, sin saberlo, tenemos mucho poder. Somos la llave.

Suena bien, aunque cuando estás desesperado intentado aferrarte a “algo” para salir de un infierno, un mal momento o superar una etapa de tu vida, no parece que compense.

Sin embargo, eso nos da una idea de que lo que buscas existe. Lo que necesitas está dentro de ti y sólo requieres de una chispa para que salga… Seguro que llega. Tal vez, está justo ante ti y no la ves… Puede que tenga forma de libro, de velada insufrible escuchando a alguien que no te interesa para nada, de recorrido por la playa, de compañero estúpido que hace chistes sin gracia… De nube, de lluvia, de mirada, de multitud, de soledad, de frío, de canción que suena en una emisora de radio que jamás escuchas.

No sufras. Abre los ojos y respira hondo. Y sé la llave para otros. Tal vez incluso siendo tú la llave para otros puedes encontrar la tuya.

Hay oportunidades y señales en cada esquina, sólo hay que mirar con ojos hambrientos. En el fondo, tú siempre eres la llave para todo. 

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Perdamos el tiempo un rato…


Se me acaban los sueños antes de saborearlos. Se termina el aroma antes de inspirar… Vamos tan rápido… Bombeamos sangre a toda prisa para vivir sin parar, para llegar a un lugar que aún no se ha construido, ni imaginado… Un lugar que no existe, donde esperamos descansar y detenernos a pensar. Darnos cuenta de que vivimos y sentirnos cada músculo de este cuerpo agotado de correr, de abalanzarse hacia un futuro que aún no está dibujado.

Pruebo bocado sin degustar. El agua cae sobre mí y siquiera puedo sentir si está caliente o tibia, no noto su deliciosa transparencia ni su efecto sobre mí. Porque mientras, pienso sin pensar. Ocupo mi mente. Tengo la cabeza ya en los diez minutos siguientes, en mañana, en pasado mañana. Ese informe. Ese encuentro pendiente que a veces no llega a celebrarse. Una reunión maratoniana. Una discusión pendiente. Tengo cada minuto de vida programado para no vivirla. Cada una de las facciones de mi rostro preparadas para la risa o la pena. Sé qué pensaré cuando pase. Sé cuánto dolerá o el gozo que provocará cada buena nueva en mis neuronas sobreocupadas por la estupidez y la falta de sueño. Mis pensamientos comprimidos sin margen para volar, mis ansias ajetreadas sin saber escoger de qué preocuparse. 

No queda espacio para el momento perdido. No hay un centímetro cuadrado en nosotros para la risa inesperada, el encuentro fortuito, la sorpresa que desencadena un cúmulo de acontecimientos que nos cambia la vida en dos minutos.

No queda margen para el cachondeo ni el verso. Para notarse las puntas de los dedos y darse cuenta de que te estalla la cabeza porque no para, no cesa su actividad esperando más actividad para conseguir llegar a un punto en el que poder descansar.

No hay momento para oír la música, sentir la marea, notar el sol en la cara y el efecto de la luna. No queda espacio para caer, para dar el mal paso que nos lleve a levantarnos con ganas. No queda ningún rincón para recapacitar como los niños y percatarnos de nuestras faltas y carencias. No hay roce intenso en las caricias. Los besos son apresurados, faltos de substancia. Besos sin beso. Caricias sin roce. Abrazos rápidos y sin alma. Despedidas sin conciencia. Saludos sin apenas gesto. No queda sitio para perderse. No queda lugar para propiciar casualidades mágicas, vacilarse a uno mismo y reírse de sus banalidades… Hacer el ridículo y superar la cuesta. No hay paciencia. No hay rebeldía ante ti ni ante nadie… No hay brizna de ilusión en esta fábrica de monotonía generada en nuestras cabezas.

Todo está determinado por la rutina. Por fronteras autoimpuestas y límites absurdos que nos coartan emociones nuevas, nos ocultan senderos interiores por los que llegar a conocernos… Motivos por los que amarnos y amar. No soñamos, almacenamos sueños. No deseamos, imaginamos que poseemos. Lo dejamos todo para más tarde, para un luego que no llega porque el tren pasa con retraso. Fingimos las alegrías como si fueran orgasmos. No llegamos al clímax de nada porque nada se retiene en nuestras pupilas suficiente tiempo como para notar que es casi nuestro. Pasamos de puntillas por la vida en lugar de bucearla.

No queda espacio para la poesía, vivimos sujetos a una permanente prosa… Con palabras repetidas, frases conocidas, comas incrustadas… Puntos y seguido eternos y demoledores.

Si pudiera parar. Existir solamente por existir… Respirar por notar que respiro… Recordar por qué estoy donde estoy y preguntarme si aún me importa o conmueve… Si aún me motiva.

Vivimos casi sin vivir esperando tomar ventaja conseguir llegar a la meta y vivir sin tener que apurar, sin lamentarnos. Esa meta no existe. La vida es hoy. Ahora. Es presente. Es el abrir y cerrar de ojos y la bocanada de aire que te entra en los pulmones en este instante… El sabor del café y el calor de este instante compartido… Esta frase corta. Este momento que se escapa por el desagüe de nuestra vida en el sentido de las agujas de reloj. La perplejidad al pensarlo… La punzada al asumirlo. Ya está perdido.

Y no nos damos cuenta… Nos precipitamos hacia nosotros mismos. No nos dejamos espacio para intentar y sucumbir. Para perder, para fracasar, para luchar. No hay margen para el asombro ni el desliz. No hay margen para la vida, ni el disparate… No hay espacio para la risa tonta y la mirada insinuante. No queda lugar para la utopía. Hay que alimentar al pensamiento flojo y silvestre… Hay que permitirse perder el tiempo un rato.