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la rebelión de las palabras


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Pensar, sentir, actuar


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Leía ayer día una interesante reflexión de Victoria Ambrós  sobre “pensamiento positivo” y el uso abusivo que se ha hecho del término llegando a convertirlo en una especie de emoticono que enmascara los sentimientos reales.

Me lo he planteado muchas veces, la verdad. Si tras muchas de las reflexiones sobre las bondades de pensar en positivo (que las tiene, sin duda) hay una necesidad de huir de lo que nos asusta, lo triste, lo feo, lo que no cabe en un tuit o no nos gusta ver en un selfie. Vivimos tan rápido y sin masticar la vida que algunos han usado esta filosofía para dar portazo y tirar adelante sin querer mirar atrás ni entender por qué les pasa lo que les pasa. Y claro, hasta que no entiendes por qué te pasa no eres capaz de elegir que no te pase.

Y no quiero con todo esto decir que el pensamiento positivo no entrañe magia, para nada… Creo en ella, pero también creo que esa magia no surge de nada exterior sino de dentro de nosotros mismos y nos hace conectar con todo y con todos. Y no podemos hacer magia si fingimos que no sentimos lo que sentimos y por dentro nos desmoronamos. Por ello, no me gusta la forma en que a veces se nos quiere dibujar lo que significa el pensamiento positivo, como algo que se consigue en dos días.

Sinceramente, cualquier teoría o práctica que te lleve a alejarte de lo que te asusta o enmascarar lo que sientes no puede funcionar. Sin mejorar nuestra autoestima, pensar en positivo cae en saco roto… Lo contrario es mentirse a uno mismo y engañar a otros si les decimos que podrán de esa forma.

Ha llegado un momento en el que algunos nos venden la necesidad de estar siempre con la sonrisa puesta (es muy útil sonreír a diario) como si no pudiéramos tener momentos de bajón.  Yo creo que el pensamiento positivo es muy útil y genera unos cambios increíbles en tu vida, pero no se ha entendido bien… La tristeza es necesaria para entender quiénes somos… Sin tristeza no podemos entender la alegría. Nada es bueno o malo porque sí, todo depende del aprendizaje que saquemos de ello. Pueden despedirnos del trabajo y que eso sea un paso necesario para aprender sobre nosotros mismos algo pendiente y poder conseguir un trabajo que nos hace sentir mejor y más de acuerdo con nuestra misión en la vida.  Nos podemos romper una pierna y que eso nos conceda el tiempo necesario para reflexionar sobre cómo reenfocar nuestra vida.

Nuestras emociones no son positivas ni negativas. Sólo hay que saber gestionarlas porque son una forma de expresar cómo nos sentimos, una reacción fisiológica a un estado de ánimo. Lo importante es llevar las riendas para que no sean nuestras emociones las que dirijan nuestra vida. Decidir qué queremos y utilizar lo que sentimos y nos sucede para crecer.

No podemos negar lo que sentimos porque eso sería como no querer ver un obstáculo en el camino. La forma de solucionarlo es vivir conscientemente y tomar decisiones. Cuando sentimos rabia y no lo reconocemos, cuando no lo vemos, aceptamos y exploramos el porqué, nos acaba estallando o pudriéndose dentro de nosotros…

Decidir hacer un saludable ayuno de quejas y lamentos para no focalizarnos en lo que nos digusta o nos molesta no implica dejarlo de lado ni olvidar el motivo de esas quejas. Debemos ir más allá hasta desgranarlas y comprenderlas para solucionar la causa y no el síntoma.

Somos lo que pensamos y lo que sentimos. Si no sabemos qué sentimos, no nos conocemos. Si no conocemos bien nuestros pensamientos negativos, no podremos construir pensamientos nuevos que nos ayuden a crear una nueva realidad. Si no estamos dispuestos a sentirnos incómodos, no podemos avanzar.

Con esto no me quiero cargar el pensamiento positivo, insisto en ello para que quede claro,  al contrario. Quiero ponerlo en valor a partir del autoconocimiento. Lo considero tan útil que me molesta que se esté vendiendo una versión facilona de él como si se tratara de una pócima mágica y nos hace perder nuestra capacidad de transformación. Llevo años trabajando en ello y he visto las resultados. Lo reivindico, aunque nunca solo, sino como un un paso importante y destacado dentro de un camino sólido, con altos y bajos, cargado de ilusión y valentía. Seamos claros, si no te conoces a ti mismo y hurgas en ti, en lo que te ha convertido en lo que eres en el pasado y en lo que te mueve para llegar a ser, el pensamiento positivo se diluye.

Es una experiencia dura y apasionante, con momentos complicados en los que debes ser tan sincero contigo mismo que se te corta la respiración… En los que debes tomar decisiones incómodas que a veces te llevan a separarte de personas a las que estabas unido o abandonar lugares que te parecían seguros porque no te permiten ser tú…

Se ha hablado tanto de pensamiento positivo. Se ha querido a veces venderlo como si fuera una especie de paraguas que una vez abierto te salva de todo. A veces, incluso pienso que tal vez sea así, que podemos pedir y confiar y todo llega, seguro… Aunque estoy segura que para conseguir eso, debemos llegar a un nivel de conciencia y autoconocimiento que requieren mucho, muchísimo trabajo previo y no lo estamos haciendo.

Ser positivo no es negar esa realidad, sino aceptarla, mirarla bien hasta entender el por qué y tomar la decisión de qué hacer con ella. No se trata de decir que todo va bien tragando saliva cuando es evidente que no, es una elección. Se trata de decidir que somos responsables de nuestras vidas y llevamos el timón.

El “pensamiento positvo” se ha tergiversado tanto que a veces molesta, ofende… Se ha convertido en ocasiones en tres frases molonas aplicables a todo y a todos, como si fuéramos todo iguales,  como si tuviéramos la obligación de sentirnos bien al perder a un amigo o dejar un trabajo de años… Cuando en realidad, nos debemos ese momento de dolor y tristeza para saber quiénes somos sin tener que sentir esa especie de sombra de culpabilidad por verlo todo negro de momento y no enviar mensajes positivos al universo… ¡Qué agobio y qué forma tan errónea de enfocarlo! Cuando estamos tristes y dolidos, si exploramos por qué y confiamos en nosotros, no vamos en contra de ese “pensamiento positivo”,  somos pensamiento positivo en estado puro… Porque no se trata de estar siempre adrenalínico y expuesto a una especie de chute de cafeína sino en paz contigo mismo, sin culpa ni reproches… No podemos someternos a ninguna tiranía, ni siquiera a la de la alegría.

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Algunas de las ideas que he leído y oído sobre el pensamiento positivo hacen que parezca una especie de terapia exprés de fin de semana a base de repetir frases para personas desesperadas que aspiran a llegar al lunes y arrasar en la oficina con un nuevo yo que surge de la nada… ¿De verdad alguien se lo cree?

Para mí, ser positivo es autoconocimiento puro, un trabajo,  un camino largo que dura años y no termina nunca, al que se llega cuando te aceptas y te amas…

El pensamiento positivo es escuchar tu voz interior y eso tiene grandes efectos en nosotros, pero no basta sólo con “pensar” es necesario creer, sentir, comprometerse contigo mismo.  Hay que “fabricar una emoción positiva” que genere cambios a nivel neuronal y hormonal en nosotros para modificar el funcionamiento habitual de nuestro cuerpo y cerebro, eso afecta a nuestra salud de forma positiva y a nuestra vida… Aunque, eso no se hace en dos días porque requiere conectar con uno mismo… Y sobre todo, no pasa por el autoengaño ni por negar lo que sientes, pasa precisamente por todo lo contrario, por aceptarte a ti y al mundo como es.

No va sentarse a esperar un milagro. Es confiar, visualizarlo y actuar con la paz interior que supone creérselo.

Es crear tu propia realidad. Vivir en equilibrio, saber gestionar y fluir a ver qué pasa…Y eso es aplicable a todo, porque todas la facetas de nuestra vida quedan impregnadas con tu esencia.

Es una mezcla de pasión y serenidad. Mirar al futuro con ganas de comértelo y vivir en el presente con gratitud pero sin resignación. Es paz interior. Es poner orden en los cajones de tu vida pero dejar las ventanas bien abiertas para que pase el aire fresco… Es ser tan elástico que siempre vuelvas a tu estado inicial después de adaptarte, pero siempre con algo nuevo aprendido…Descubrir el poder de las pequeñas cosas y empezar a mover una de ellas en tu vida para observar como el dominó gigante de tu universo se pone en marcha y puede  sorprenderte de hasta dónde puede llegar.

No hay fórmulas mágicas que te solucionen la vida, la vida te la solucionas tú. Cuando actúas y miras al mundo con ojos nuevos… Trazando un mapa distinto y aprendiendo cada día un poco más de ti y de esa persona que puedes llegar a ser si te dejas…

El pensamiento positivo está al alcance de todos y  es una herramienta tan útil, tan necesaria para aprender a vivir, que no debemos dejarnos vender copias baratas ni versiones low-cost que nos ofrecen un visión de lo que es degradada y absurda. Una visión que nos aleja de lo que realmente importa.

Y sí, estoy convencida, mis pensamientos crean mi realidad, pero para conseguirlo primero es necesario saber quién soy y actuar en consecuencia.

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Buscando la excelencia


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Se habla tanto de talento y de asumir el reto cada día de liderar nuestras vidas que a veces nos perdemos con los conceptos… Suena tan bien que lo primero que te pasa por la cabeza al oírlo o leerlo es que no puedes conseguirlo o que debe ser muy complicado llegar a ese nivel. Siempre tenemos esos pensamientos que nos limitan y recortan. Como si estuviera reservado para otras personas. Parece que conseguir la excelencia sea, además de un esfuerzo continuo por ser mejor cada día en todos los aspectos, un especie de “sin vivir” para que todo sea perfecto. Con tanta competencia, con tanta exigencia en el ámbito laboral, asumir ese reto nos puede parecer haber firmado un contrato con un usurero que no parará hasta volverte loco y desquiciarte para no perder en control.

Sin embargo, nada más lejos de la excelencia que la perfección. Al igual que la belleza, la excelencia necesita de toda nuestra humanidad para ser alcanzada. Y los seres humanos no somos perfectos. La perfección mata la ilusión de seguir batallando para ser mejor. Cada vez nos hemos dado más cuenta que lo que nos gusta es lo asimétrico, lo distinto, lo poco común, lo “raro”. Vivimos en una sociedad enmascarada de rutina que cuando encuentra a alguien que hace las cosas de otro modo y confía en sí mismo, o le repudia o le convierte en dios. O ambas cosas casi al mismo tiempo. Lo que llamamos rechazo en realidad es miedo. Lo que llamamos menosprecio es a veces envidia. Debemos dejar de preocuparnos por lo que otros piensan de nosotros y trabajar nuestra autoestima.

Cuando a veces se nos habla de excelencia sentimos una especie de ahogo en la garganta. Pensamos que significa no descansar, estar siempre alerta, perder tu vida personal para poder estar a la altura. Una necesidad de control de cada detalle para que todo esté en su sitio que aplasta el entusiasmo. Nada hermoso nace del control estricto.  La belleza es esa flor que sale entre las rendijas de un muro derribado, buscando el sol, en condiciones adversas. El momento que vives ante un hermoso paisaje que no encontrarías nunca si no te hubieras perdido al desviarte del camino. Buscamos tréboles de cuatro hojas porque son diferentes, porque nos traen la buena suerte de algo que es anómalo, distinto… Lo imprevisto es tan necesario como lo conocido. La naturaleza es terca y cuando intentas llevarle la contraria acaba tomándose la revancha por el doble…

El control sobre todo esteriliza nuestras emociones, las hace inservibles porque no nos permite notarlas ni aprender de ellas. Mata nuestra creatividad y nos vuelve abúlicos… La excelencia es creatividad, es inconformismo. Todo lo que nace bajo una norma férrea es gris y anodino… La vida está fuera del decorado. En cada acto excelente hay una promesa de rebeldía, un intento osado de ser mejor, pero sobre todo, ser original y distinto.

Este mundo necesita de personas originales y osadas. Que arriesguen y apuesten por sí mismas. Personas que busquen alternativas para todo lo inventado y sean capaces de defenderlas. Personas sólidas y hambrientas por conocer, por entender, por crecer. Al final, si no eliges hacer lo que amas, acabas viviendo la vida de otro y persiguiendo sus sueños.

La excelencia es la expresión de tu forma de ver la vida en cada uno de tus detalles, cada día. Y no hace falta que sean perfectos, sólo que sean vividos. Que nuestros gestos y palabras salgan del deseo, de la necesidad de crecer y evolucionar como seres humanos, del placer de mostrarnos como somos ante el mundo a cara descubierta y sin vergüenza. Y eso puede aplicarse al ámbito laboral, pero si se vive intensamente, afecta a todo en tu vida. Un profesional excelente debe ser una persona excelente.

La excelencia es creer en ti y actuar en consecuencia. Poner amor en lo que haces, aunque sea un acto que parezca insignificante en un lugar remoto y nadie pueda verlo.

Al final, en este cambio de paradigma laboral donde todo da la vuelta y se tambalea, donde ya nada es seguro y  nos sacude de un día para otro, para no perder oportunidades lo único que debes hacer es apostar por ti mismo. Volver a ti, a tu esencia. Ser tú en estado puro y buscar tu mejor versión. Saber qué buscas en la vida e ir a por ello. Ser dueño de tu destino… Ser tu jefe. Arriesgarte. Creer en ti mismo y saltar, aunque te miren como a un loco… Y cuando mires atrás, verás que los locos son ellos, que permanecen  amontonados, sujetándose a un rama que no aguantará su peso… Intentando revivir un sistema de vida basado en la seguridad y la rutina que se desintegra. Sin pasión, sin emoción. Anclados a un tiempo donde todo era vertical, de arriba a abajo, esperando que pase un vendaval para que todo siga igual que antes, cuando en realidad, ya nada será lo mismo.

Y no es fácil. Ser una persona excelente exige esfuerzo y dedicación. Aunque siempre compensa. Si intentado ser excelente el esfuerzo no te compensa es que algo falla. Para ser excelente debes ser feliz intentando serlo. Porque es algo que surge de dentro, una necesidad de cambiar lo que te rodea para impregnarlo de todo lo bueno que puedes aportar y al mismo tiempo ser capaz de percibir y aprender de lo que aportan los demás. Por eso la excelencia no es controlar, es fluir. Si no fluyes, revisa por qué no eres feliz con el camino, porque la meta nunca es segura y, a menudo se desdibuja, cambia o la cambias tú porque has encontrado algo mejor…

A veces, de camino a un sueño encuentras la vocación de tu vida… Eso es excelencia. Estar atento porque estás hambriento. Porque tienes muchas ganas de compartir lo que hay dentro de ti…

Las personas excelentes cometen errores y muchos. Aunque lo hacen con ganas de ser mejores, porque saben que hay que lanzarse y experimentar… Porque para descubrir la vacuna contra la desgana hay que darse algunos golpes y caer algunas veces en plancha. Para ser grande, hay que hacer cosas grandes… A veces, algunas de ellas nos vendrán grandes hasta que las usemos mucho y les tomemos la forma.

Para ser excelente hay que vivir lo que haces y sentir que forma parte de ti. Poner tu talento a disposición de otros, hacerlo crecer… Imaginar cómo eso que haces puede ayudar a los demás y mejorar sus vidas. Y hacerlo con tanta intensidad como te sea posible, sin fisuras en tu confianza,  pensando que cada detalle hace que el todo sea mágico, maravilloso, mejor.

La excelencia es pasión. Es un pedazo de tu alma puesta en todo lo que haces. Es entusiasmo, es ir a por más con ganas, con ilusión.

Es ese plus que pones en cada uno de tus actos y que lo hace distinto, original y le da esa calidad que todos buscan.

La excelencia la podemos practicar todos. El que investiga en un laboratorio,  el que  lava platos, el que sirve mesas, el que organiza el tráfico o el que dirige un país. Cada uno desde su ámbito y con todo lo que le rodea.

A veces, es un volverlo a repetir  todo mil veces hasta que es mejor, aunque aún creas que falta mucho para ser como tú quieres. Otras es un darle la vuelta, investigar más, hacerlo con más ganas o simplemente dedicar una sonrisa. Hay tantas palabras y sonrisas que han cambiado el curso de pequeñas historias…

Servir un refresco con una sonrisa. Cobrar la cuenta con un gracias. Volver a repetir las pruebas porque crees que el resultado es mejorable. No conformarse con un 9,6. Dar hoy un paso más con tus pies agotados en una larga rehabilitación para poder caminar… Decidir que, diga lo que diga el mundo, vas seguir luchando por conseguir ese reto… Excelencia es tener una buena idea a media noche y levantarse para apuntarla para que no sea que se te olvide… Entrar en un quirófano y decirle a la persona que aguarda para ser operada en la camilla que todo va a salir muy bien y pronto va estar recuperada. Mirarle a los ojos y que note que estás feliz por ayudar a curarla, que vas a poner lo  mejor de ti mismo para que así sea y ver como su corazón se calma y su cara se llena de esperanza.

A veces, la excelencia no es lo que haces sino la actitud que tienes cuando lo haces.

La verdadera excelencia no va encaminada a puntuar más delante del jefe, a cobrar más, acumular méritos o a recibir más elogios… La verdadera excelencia es la que nos permite cambiar la vida de los demás para mejor. La que nos hace embellecer el mundo, aunque a veces casi no se note… La que nos convierte en mejores versiones de nosotros mismos cada día y nos da empuje para vencer la adversidad. La excelencia es humanidad.

Al final, cuando lo haces cada día, cuando se convierte en un hábito, acaba repercutiendo positivamente en ti y todo lo bueno que compartes, vuelve. No sólo por la felicidad de ayudar a otros, porque la  generosidad y la gratitud siempre vuelven a ti.

Lo que hacemos con ganas sale mejor. Cuando ponemos nuestra humanidad entera, nuestra bondad, nuestra alma en lo que hacemos, todo se impregna de magia. La excelencia es esa magia.

 


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¿Y si no tuviéramos miedo?


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La razón no lo explica todo. No lo resuelve todo. No sirve para decidir. Hay cosas que nunca podrán estar sujetas a ella porque perecerían. Porque no aguantarían el primer asalto cuando las intentáramos valorar bajo su prisma.

No podemos valorar si amamos a alguien o no por razones objetivas. No podemos decidir qué queremos en la vida pensando que nuestra vida es un negocio… No podemos construir un futuro sólo dibujando números y estando pendientes de las cuentas… No podemos vivir el presente echando una mirada fría y calculada a lo que hacemos y con quién estamos… La razón es necesaria, pero no se puede tomar como único parámetro a tener en cuenta para guiar tu vida.

Vivimos en una sociedad donde parece que todo lo que importa se puede llevar al banco o meter en una caja fuerte. Nos hemos convertido en nuestra nómina y cuando no hay nómina parece que no existamos…  Somos como un ejército de zombis que lucha por volver a la vida y sacarse esta venda de los ojos que nos hace verlo todo en blanco y negro. Ricos y pobres. Altos y bajos. Los que pueden pagar y los que no. Los que toman café en las terrazas o los que se sientan en las plazas y miran a las palomas. Dividimos el mundo en base a un valor tan efímero como falto de alma.  Miramos a quiénes se resisten a verlo así como si fueran locos. Los que deciden cambiarlo todo porque sencillamente necesitan irse a dormir pensando que les mueve una pasión y no una cifra. Aunque eso implique pasarlo muy mal en algunas ocasiones para llevarse el pan a la boca o cambiar las normas y determinar cuáles te sirven y cuáles no.

No sé si lo hemos hecho nosotros o si nos sujetan con unos hilos como si fuéramos marionetas. Nos pasamos el día produciendo… Para otros. Haciendo cosas y llevando a cabo acciones que llenan de satisfacción… A otros. Nos vaciamos por dentro, sacando todo nuestro esfuerzo y mérito, todo nuestro talento (tenemos más del que imaginamos pero está poco usado y se deteriora) … Para mejorar la vida de otros.

Servimos a muchas causas, algunas de ellas ni siquiera nos representan ni forman parte de nuestro ADN.  Y lo hacemos bajo un paraguas enorme llamado miedo. Tenemos tanto… Si el miedo se pudiera meter en cajas y venderse, la humanidad sería escandalosamente rica. Tenemos miedo y este miedo nos comprime las ideas y los sueños. Nos sujeta la garganta y nos permite respirar a ratos. Cuando nos saltamos una norma y nos sentimos un poco libres, ese miedo nos comprime más, para recordarnos que no nos podemos salir del guión. Como un señor feudal recordándole a su siervo quién manda.

¿Y si no tuviéramos miedo? ¿de qué seríamos capaces? De prolongar esa sensación de libertad inmensa que lo inunda todo… ¿La habéis sentido? ¿la habéis notado alguna vez? Esa sensación  de haberse quitado el corsé que te oprime el pecho y saber que puedes elegir y que puedes tomar decisiones pensando en lo que te hace sentir bien y lo que no… Esa bocanada de aire fresco que te llena de nuevas ideas y, sobre todo, esa sensación ingrávida de saber que puedes, que tienes derecho a intentarlo, que no te importa errar, que pase lo que pase te tienes a ti mismo y que sabes que haces lo que debes y quieres aunque el mundo te tome por loco.

¿Os ha pasado alguna vez? Tomar un camino en contra de lo que piensen muchos y hacerlo sabiendo que es tu camino. Con una certeza absoluta de que debes pisar ese tramo de tu vida cómo tú decides. Y, aún más, hacerlo sabiendo que no te importa que al final de ese camino no haya lo que buscas, porque estás tan convencido de que es necesario que pases por él que sabes que tal vez lo importante está en el primer recodo… Porque lo importante del camino eres tú y no el camino. Porque lo que vas a encontrar a él eres tú… Lo que vas a sentir, lo que vas a evolucionar por tomar la decisión a contracorriente de transitar por él. Aunque sea una locura. Aunque todos crean que no tiene sentido… ¿Imaginas cómo serás cuando termine? Porque el camino eres tú…

Eso es lo que pasa cuando por alguna razón, el miedo nos da una tregua, le pillamos despistado o nosotros mismos decidimos tenerlo a raya y no dejarlo salir del rincón. Cuando le miramos a la cara y lo aceptamos pero decidimos que no pesa tanto, que no vale tanto, que nuestra pasión pesa más… Infinitamente más.

Alimentamos al miedo y se hace grande, gordo… Nos apelmaza el alma y nos obstruye la imaginación. El miedo usa la razón como los niños usan la mentira y los soldados la coraza. Nos pide que sólo apelemos a ella sin poner el alma, sin poner el deseo, sin tener en cuenta las emociones… Y nos cambia las emociones que nos hacen vibrar por otras, para que el pánico nos encoja. Se lleva esa deliciosa ingravidez de sentirnos liberados y la cambia por un escalofrío, nos dice que esa maravillosa sensación de ser capaces todo es irreal y la sustituye por un escandaloso sentido del ridículo… Y nos hacemos tan pequeños por dentro … Porque las personas pequeñas por dentro tienen sueños pequeños… Y son incapaces de imaginar que cambian nada y construyen nada. Y se abrazan a cumplir los sueños de otros porque los propios son de risa, dan pena, son ridículos, imposibles, poco rentables… La esperanza se convierte en los veinte minutos para tomar un café a media mañana, sin apenas notarlo pendientes del reloj y la carroza se convierte en calabaza y esta vez es más pequeña, aunque tiene el mismo precio, porque alguien ha subido el impuesto añadido. El riesgo nos hace elásticos… La rutina nos contrae y nos mantiene agachados.

Cerramos los ojos y el camino que veíamos claro se cierra, se desvanece, no está. Para verlo hacia falta llevar puestas las gafas del soñador, del héroe, del apasionado, del que no se mueve sólo por las cifras sino por las emociones. Y ese camino ya no nos enseñará nada porque no vamos a pisarlo…

¿Y si no tuviéramos miedo? ¿Y si a pesar de tenerlo, lo venciéramos?


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No seas un fraude


Uno de los aspectos que me parecen más fascinantes en el mundo de la comunicación es cómo somos capaces de crear estados anímicos en los demás. Con sólo entrar en una habitación podemos mejorar el ambiente o empobrecerlo. Podemos generar ansiedad, calmar, sosegar, dar confianza , alegrar, entristecer…  Somos portadores de emociones y tenemos el poder de trasladarlas a los demás. Aunque, a menudo, no somos conscientes de ese poder. No lo somos porque no nos miramos con perspectiva ni analizamos lo suficiente cómo nos sentimos. No tomamos la distancia necesaria para darnos cuenta de que estamos ansiosos o almacenamos rabia y, aún menos, que proyectamos esas sensaciones. No percibimos la viga en nuestro ojo y para mitigar la angustia que nos supone asumir una conversación abrupta mientras estamos alterados, nos limitamos a señalar la paja en el ojo ajeno.

Comunicamos estados de ánimo que se contagian.

Quienes nos rodean acaban respondiendo de la misma forma, usando el mismo patrón. Seguramente porque conectamos con esa parte que hay en ellos que también necesita desahogarse y soltar adrenalina, desatar la furia o esconder todas las lágrimas acumuladas esperando el momento adecuado. Las personas reaccionan cómo esperamos que reaccionen. Vayamos donde vayamos encontramos siempre lo que esperamos encontrar. En gran parte, porque lo dibujamos nosotros y graduamos nuestra percepción de las situaciones para responder a nuestras perspectivas.

Nos predestinamos a vivir lo que a menudo nos asusta, nos acercamos sin querer a aquello de lo que queremos huir, porque nos focalizamos en ello.

Cuando vamos por la calle con esa sensación de ingravidez porque tenemos un día maravilloso, parece que todos sonríen y, los que no lo hacen, están excusados de antemano. Cuántas veces nos acercamos a un lugar y ya sabemos qué tipo de situación nos vamos a encontrar y presumimos cómo  van a responder a nuestras demandas… Porque notamos que estamos agresivos, malhumorados, con ganas de pisotear y lanzar algo por la ventana. Y luego, el resultado de nuestras conversaciones sigue el patrón que teníamos marcado y las personas obedecen como si se hubieran aprendido ese papel que le reservábamos.

Basta un tono alto, una mirada desafiante, una boca arqueada hacia abajo o simplemente un gesto retraído. Nuestros gestos nos delatan, comunicamos lo que sentimos y somos los más fieles transmisores de nuestras emociones.

Seguramente, visto así, es como si estuviéramos abocados a ser traicionados por nosotros mismos cada día, a cada palabra y cada gesto, cada una de nuestras conversaciones puede verse malograda si tenemos un mal momento. Aunque siempre he considerado este aspecto de la comunicación como algo maravilloso… Sólo es necesario revertir el proceso.

Primero porque aprender sobre ello  y esforzarnos en comunicar mejor, sin agredir, sin poner a otros en situaciones desagradables e incómodas, es un buen ejercicio de auto-conocimiento y de control. Para aprender a sentir cada una de nuestras emociones y hacer que nos sirvan de punto de partida para curar nuestros miedos y acabar con nuestras barreras mentales.  No se trata de reprimirlas sino de conocerlas, dejarlas fluir y aprender de ellas. Saber cómo sacarlas de dentro y transformarlas, no esconderlas, hacer que salgan y sirvan para construir y no para destruir.

Segundo porque eso significa que somos auténticos. Aquellas personas que no son herméticas y pueden transmitir emociones tienen un gran don en sus manos aunque no lo sepan. Parece complicado pero es extraordinario que no tenemos trampa ni cartón, que no finjamos, que nuestras emociones tenga un papel importante en nuestra vida. Porque la emoción es lo que realmente comunica, siempre. No llegan los datos, ni las enseñanzas vacías, ni las caras bonitas… Quienes escuchan necesitan ver al ser humano que comunica y saber que siente. Aunque que para que eso sea positivo, debemos hacer un trabajo previo. Si somos capaces de modular la ira y transformarla y, a cambio, mostrar la ilusión, el cariño o  la pasión que sentimos por algo al comunicar, podemos llegar a  muchas personas y ser grandes comunicadores. Seremos capaces de transmitir nuestra esencia y nuestro valor.

Por último, lo que me parece más importante, el poder de contagiar ese entusiasmo. Siempre he pensado que si podemos entrar en una habitación y ponerla emocionalmente patas arriba, eso nos confiere un gran poder para hacer todo lo contrario. Podemos transmitir seguridad, paz, cariño, consuelo… En lugar de ser portadores de inquietud podemos transmitir felicidad, optimismo, sensación de novedad o de que algo bueno está a punto de pasar.

Hay personas así. Se ponen a tu lado y te dan fuerza y vitalidad. Entran en una sala y la llenan de luz y serenidad. Te dicen esa palabra que hoy justo te hacía falta escuchar. Te dedican la mirada que buscabas en el momento oportuno.

En el fondo, se trata del mismo poder, pero tiene dos caras. La misma energía usada para dos fines distintos. 

Para comunicar y llegar a otros dejando una estela de entusiasmo debemos aprender de nosotros mismos y de cada una de nuestras emociones porque las transmitimos. Debemos educar nuestro lenguaje verbal y no verbal  y, una vez aprendido, darle rienda suelta a nuestra imaginación y necesidad de comunicar.

De lo contrario, de poco servirá lo que nos esforcemos en nuestra marca personal, lo que escribimos en el blog, lo que pone en nuestro curriculum o lo que nos esmeremos en resaltar en nuestra biografía. Seremos una “marca blanca” de nosotros mismos y una “marca blanca” como comunicadores, un híbrido falso y hueco. 

Debemos buscar la coherencia entre nuestros valores y nuestro mensaje, tanto verbal como gestual, debemos conocer nuestras posibilidades de contagiar nuestras emociones y escoger cuáles y hasta qué punto queremos incidir. Debemos vender honestidad y autenticidad. No podemos ofrecer a los demás algo que no tenemos y no llevamos dentro… Debemos conocer y saber usar nuestros poderes (todos los tenemos) y transmitir de forma eficaz quiénes somos y qué nos mueve en la vida…

Siempre he pensado que los buenos comunicadores tienen que hacer un importante trabajo interior para poder conectar con los demás sin interferencias. Para dejar que tu talento fluya, se comparta y propague.

Nadie quiere ser un fraude, ni vender humo. Nadie quiere ir por la vida contagiando ansiedad y negatividad… Y la gente huye de quién lo hace. Es necesario encontrar la coherencia, ya no sólo por el hecho de ser honestos a la hora  de comunicar y por no perder oportunidades profesionales, sino por un tema de dignidad personal.  No seas un fraude, trabaja tus emociones para poder comunicar.

 


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¿Qué te convierte en un gran comunicador?


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¿Qué te convierte en un gran comunicador?

Una pregunta básica, de respuesta complicada. Siempre he considerado que no hay buenos ni malos comunicadores, porque cuando comunicamos mal, sencillamente no comunicamos  y el hilo invisible que nos une con nuestro público se corta. Lo que sí ocurre es que con nuestra “no comunicación” informamos a los demás de muchas cosas que tal vez no quisiéramos compartir. Falta de rigor, falta de preparación, falta de conocimientos, falta de valor… Seguramente, mucho de esto no es cierto, pero es lo que transmiten nuestra cara de pánico y nuestros titubeos.

Cuando pregunto a veces en un aula qué creen los alumnos que hace de alguien un gran comunicador, en la mayoría de ocasiones, se dedican a enumerar una serie de aptitudes o puntos fuertes.

La verdad es que el talento innato ayuda, pero se puede aprender a comunicar con esfuerzo y empeño si se le ponen ganas y se hacen ejercicios para superarse con ayuda de profesionales, tal vez.

Si se pude conseguir con aptitud y con esfuerzo, entonces, ¿por qué no hay por ahí grandes comunicadores en las esquinas? ¿lo puede hacer cualquiera?

Este cóctel de esfuerzo y  talento es una fórmula de éxito que muchos de los grandes aplican, sin duda. Aunque yo siempre he creído que no hay mucho secreto, si intentas algo cien veces tienes más posibilidades de conseguirlo que si lo intentas una vez. Si no lo intentas, tal vez te caiga un día de cielo sin haber hecho nada por ello pero seguramente no sabrás gestionarlo.

Lo que nos cuesta conseguir se convierte en oro. Y no sólo cuando ya lo tenemos y tocamos, ya es oro para nosotros durante el esfuerzo porque nos está ayudando a cambiar y evolucionar.

Hay, sin embargo, tantas personas con talento que se esfuerzan y no lo consiguen (hecho que no significa que no consigan nada, seguramente encuentran mil retos mejores en ese camino que les hacen grandes y sabios).

¿Qué te ayuda a comunicar?

¿Una hermosa voz? Os pondría mil ejemplos de personas que tienen voces desgarradoras y estresantes y son grandes comunicadores. Algunos incluso tartamudean y, a pesar de ello, llegan a nosotros cuando hablan.

No me molestaré en citar la buena presencia. Claro que todos preferimos ver en el atril a alguien agraciado físicamente, pero la mayoría de mis referentes en comunicación son personas que no destacan por ello.

¿Es lo que dices? ¿hace el mensaje que seas un gran comunicador? No lo creo, pienso que un gran comunicador puede trasladar cualquier mensaje mientras crea en él y sepa que lo que está contando es algo valioso que puede ayudar a quiénes le escuchan.

¿Son las técnicas aprendidas y los cursos de oratoria? Seguramente son de gran apoyo y te permiten mejorar, te dan recursos para explorar y te ayudan a encontrar esa parte de ti que conecta con tu público… Pero ¿qué te hace conectar con tu público? ¿qué puedes ofrecer tú que no ofrecen otros y que hará que tu audiencia se quede con tus palabras y tus gestos?

Si talento y esfuerzo son necesarios pero tal vez no bastan, ¿qué más hace falta para comunicar?

Tú. Tu esencia y tu forma de ver la vida. Después de dar mil vueltas, he llegado a la conclusión que comunicar es una cuestión de actitud. De ser capaz de ponerse ante un auditorio y contar tu propia versión. Desgranar una parte de ti, hasta donde quieras o necesites, y mostrarte sin temor. Por eso siempre insisto en que para comunicar es necesario haber hecho bastante el ridículo. Cuando digo esto, no me refiero a quedar en evidencia porque sí, me refiero a defender tu versión de la vida hasta donde haga falta sin avergonzarte de ella. Mirar al mundo a la cara sin bajar la vista. Ser tú sin esconderte porque sabes que eres digno y puedes ofrecer mucho a los demás y a ti mismo. Ser valiente cada día, con tus palabras, con tus gestos, con cada una de tus miradas… Plantar cara sin herir, no arrugarse… Cuando alguien ha superado unos cuantos ridículos y malas caras por defender su manera de vivir, está preparado para deslumbrar al mundo con el tesoro que ha conseguido. Cada golpe superado te hace más capaz de comunicar. Cada peldaño que subes hacia ti mismo y tu plenitud te hace crecer lo suficiente como para ser que otros puedan aprender de ti y tú de ellos. Cada vez que sales de una habitación con la cara bien alta después de haber lidiado con una situación adversa te impregnas de algo que te hace más atractivo como ser humano y más interesante. ¿El gran comunicador es el que ha tenido más tropiezos? en gran parte, seguramente, sobre todo si de cada uno de ellos ha salido airoso, no por ganar si no por aprender.

Tú eres la respuesta que buscas. Ofrecer a los demás un poco de esa emoción que te recorre el cuerpo cuando expones tu discurso. Disfrutar de ese momento y hacer que ellos disfruten y compartan tu entusiasmo. Acercar el discurso a los demás y contar tu historia… Los grandes comunicadores siempre cuentan historias. Ahora lo llamamos storytelling pero hace siglos que se practica. No hemos inventado nada, lo hemos catalogado y redescubierto, le hemos dado valor a lo que se ha hecho siempre y lo hemos divulgado y sistematizado…

¿O es que ninguna de vuestras abuelas practicaba networking cuando iba al mercado? O cuando nuestros padres o nosotros mismos nos apuntábamos a una entidad para hacer actividades extra escolares no nos comportábamos como en una red social compartiendo conocimiento y haciendo relaciones públicas? ¿No llegábamos y nos dábamos a conocer poco a poco hasta integrarnos en el grupo?

Lo que hace de alguien un gran comunicador es que deje a su público entrar en una pequeña parcela de su alma para que hurgue en ella. Mostrar desde la honestidad una parte de sus experiencias, rendirse ante ellos y mostrar la yugular para decir “no tengo miedo, soy así, tengo mucho que ofrecer y ganas de escucharte”.

Para comunicar hay que soltarse sin dejar de llevar el timón. Para soltarse hay que sentirse bien con uno mismo y saber que has saltado algunos muros que te hacen superar el perímetro de tus miedos. Ser vulnerable no es negativo. Nada seduce tanto como ser capaz de mostrar tus debilidades sin temor, porque al hacerlo, empiezan a ser tus fortalezas… Y es entonces cuando controlas la situación y no pierdes el timón.

¿Qué hace de ti un gran comunicador? La confianza, la autoestima, la emoción.

Nada te acerca tanto a tu público como ser capaz de emocionarle porque consigues transmitir tu propia emoción… Para emocionar es necesario exponerte y correr el riesgo de dar algo que forma parte de ti… Algo que, por otro lado, nadie puede robar ni perder porque es tuyo, conseguido fracaso o fracaso, golpe a golpe y día a día de ganas de infinitas de ser mejor. Tu marca personal…  Tu coherencia contigo mismo y con el resto del mundo. Se habla tanto de este increíble  y casi indefinible concepto ¿a caso no es tu forma de ver la vida y todo lo que has aprendido? ¿no es una especie de amasijo entre tus sueños, tu esfuerzo, tus logros y tu forma de enfrentarte a las adversidades? Lo que dejas tras de ti cuando marchas y hace que los demás te recuerden. Tu necesidad de compartir conocimiento…

Querer ser mejor te hace un gran comunicador también… Si eres capaz de decirlo en voz alta y acompañarlo de tus miradas y gestos. Cuenta tu historia, que sepan quién eres y qué te mueve en la vida, qué buscas y qué has encontrado por el camino mientras buscabas… Qué te ha dejado marca.

Porque al final, comunicar es ser persona… Cierto, pero sobre todo, saber mostrarlo… Ser capaz de abrirse en canal y compartir tu esencia.

 


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Por qué escribo


estrella-magia

Escribo por necesidad. Por inquietud. Casi por delirio. Escribo para apaciguar a mi alma guerrera que siempre me pide librar batallas contra dragones imaginarios. Escribo porque a cada palabra que suelto, la ansiedad se mitiga.

Escribo para calmar el dolor de mi cuerpo menudo y atenazado por las ganas de llegar a todo y siempre sentir que se queda corto.

Escribo porque las palabras construyen realidades paralelas y sosiegan llantos. Porque necesito sacar de dentro todas las que tengo almacenadas esperando engendrar pensamientos. Escribo sin cadenas ni frenos.

Escribo para ser mejor y sentirme completa. Para no perder el don de encontrar la belleza en todo y darle la vuelta a los momentos amargos. Escribo porque las palabras acortan las noches de insomnio y eternizan las caricias.

Escribo porque creo fervorosamente en la intensidad de las formas … En la necesidad de encontrar la forma más adecuada para cada momento. Escribo porque adoro lo pequeño y quiero prolongar lo escaso.

Escribo porque escribir agita mis alas y me recuerda que la oruga es una mariposa y la bellota una encina.

Escribo más para los que buscan que para los que ya tienen, para los que quieren saber más que para los que ya todo lo saben. Escribo porque mis palabras cambian el camino. Escribo porque las palabras me cambian…

Escribo porque las palabras que uso hacen que mis temores sean absurdos y mis fantasmas queden ridículos ante el espejo del tiempo. Escribo para acortar distancias y dilantar presencias…

Escribo con palabras imprudentes, a veces, con palabras que me salen de las vísceras y los pliegues de una conciencia cansada pero agitada. Escribo para pasarme y no para quedarme corta…

Escribo para zarandear conciencias y revolver entrañas.

Escribo para los que no escriben y lo necesitan.

Escribo para dar palabras a los que las buscan y no las encuentran. Escribo para emocionar con lo que me emociona… Escribo sin buscar redención ni querer esquivar condena.

Escribo sin más norma que la de no traicionar mis principios y mis ganas. Escribo sin atar mi vergüenza y corro todos los riesgos que se deriven de mis sentencias más absurdas. Escribo sin corsé ni margen, con todas las rosas y todas las espinas… 

Escribo sin esperar que nada calme mi sed de palabras ni mi insaciable hambruna de magia…

Escribo sin estar sujeta a la severidad de otros ojos, ni a las ataduras de morales impuestas.

Escribo sin riendas…

Escribo por si el viento sopla fuerte y hace frío…

Mido versos, nunca mido respuestas. Busco saciar esperanzas, no bolsillos… 

Escribo para seducir a los cautos y que se dejen llevar. Escribo para encandilar a los sumisos y que levanten sus miradas.

Escribo irreverente y desbocada, sin buscar más dicha que la de mis historias ni más gloria que la gloria de honrar las palabras… No escribo para encontrar respuestas sino para atreverme con las preguntas.

No escribo para los pájaros que ya cantan solos sino para las ramas de los árboles y las pasiones mudas o calladas.

Escribo de oído. Escribo de recuerdo. Escribo con fuego desde mis entrañas revueltas y ansiosas…

Escribo porque invento mundos y levanto imperios imaginarios. Porque dibujo caminos y puentes y genero estados de ánimo. Escribo para que las fieras amaestren a sus domadores y los cuerdos pierdan un poco la razón…

Escribo porque cuando escribo, sueño, y soñar es lo que nos diferencia de las bestias…

Escribo para enamorar a las bestias.