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la rebelión de las palabras


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Cuando llevas años buscando y no encuentras


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Llevo años buscando algo que nunca supe definir. Por el camino encontré mil cosas que no eran ese algo, que casi no podía ni imaginar. A veces, era calor en una noche fría y aire fresco un mediodía de verano. Otras era viento para llevarse mis cenizas y fuego para resurgir de ellas. Era un lugar donde el silencio era tan absoluto que podía oírme respirar y latir. Eran todas la palabras juntas que jamás dije y las que no me pude callar. Era esa bocanada de aire cuando subes a la superficie después de estar demasiado tiempo en el agua y unas sábanas limpias para descansar. Era un camino llano, una mano amiga, un compañero de juegos que no me mirara pensando que soy rara, una noche de estrellas sin nada más que estrellas, una tarde de invierno ante una chimenea viendo arder las piñas y oyéndolas crepitar. Era parar sin tener que dar cuentas a nadie por estar cansada, parar sin tener que excusarse y sentirse culpable por parar.

Buscaba aliento y palabras amables. Buscaba algo que me recordara quién soy cuando me levanto por la mañana y llevo la resaca todavía de un día con miedo, con mucho miedo que la noche no liberó. Buscaba una fórmula mágica para ahorrarme mirar dentro y sacar la basura y los pensamientos lúgubres, un sabio que me contara como vivir sin vivir la amargura de no saber cómo y una hada madrina que me convirtiera en algo que no soy, porque lo que soy era a veces insoportable.

Durante años, esperé recibir de muchas personas los servicios prestados, los momentos regalados, el halago, el reconocimiento… Necesité ser perfecta para poder dejar de evitar los espejos y atreverme a vivir esas aventuras que mi corazón clamaba y mis pies frenaban en seco siempre. Me convertí en una tirana de mí misma, siempre exigiéndome tanto que llegué a odiarme. Cuántas veces he renunciado a hacer cosas no porque temiera fracasar en ellas sino porque al planteármelas me imaginaba lo mucho que me hostigaría para hacerlas perfectas y lo mucho que me reprocharía si no lo conseguía. Estaba claro que no lo conseguiría porque el listón estaba tan alto que cada día subía. Podía oír  esa voz de institutriz amargada impregnada de culpa, de una culpa oscura e insoportable, pegajosa e inmensa, recordándome lo mucho que me ven fallar y cuánto me apuntan con el dedo los que parece que siempre están pendientes que mis fracasos y quebrantos…

Buscaba… Llevaba años buscando y no encontraba. Buscaba un lugar donde ella se callara. Quería ahogarla y decirle basta, pero esa voz pisaba las nubes y caminaba sobre las aguas, bailaba en mi cama y cuando estaba tranquila me susurraba que tenía que estar alerta, que había dejado mi puesto de centinela y una tragedia se estaba mascando como consecuencia de ello en algún lugar… Y volvía a mi puesto, a hacer guardia, rota y cansada, agotada pero firme,preocupada por cuál sería el castigo ante mi falta. Con mi pequeño cuerpo deshilachado y tenso, harto y asqueado pero siempre, siempre apunto para atacar  defender y una fortaleza que no existía y una dignidad que nunca, nunca estuvo amenazada.

Buscaba paz y llenaba ese vacío con una guerra constante por parecer y llegar a mis metas, que cinco minutos después estaban desiertas y parecían insignificantes. Soñaba con demostrarle al mundo que había algo en mí que merecía la pena, algo que contar. Esperaba que el mundo superara el desaliento de verme y me diera la oportunidad que yo jamás me dí y me permitiera ser una persona “normal”. Iba siempre atada a un regalo que ofrecer para que disculparan la osadía de mi presencia e insignificancia… Y el regalo cada día era más grande, más pesado, como una carga que arrastrar para poder ser digna de ser aceptada, reconocida, respetada.

He pasado años buscando esos cinco minutos después de saber que ya está, que todo irá bien, que estaba segura y protegida, que la vida daba un vuelco y ya no tenía que preocuparme constantemente. Suplicando dejar el control y poder soltar esa angustia que cuesta la vida soltar. Esperaba una especie de click, esa pieza que al moverla pusiera en marcha un mecanismo que me salvara o me dejara entrar en ese lugar donde te pasan cosas buenas y todo es como debe ser. Buscaba la pieza del rompecabezas que explicaba por qué llevaba años sin sentirme en mi lugar y siempre necesitaba estar haciendo cosas sin parar para sentir que solucionaba mi vida… Que si todo no era perfecto y no coronaba mis metas no era porque me hubiera quedado algo pendiente, algo por hacer… Para poder soltar esa culpa gigante que me recorría le cuerpo de madrugada.

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Esa era mi paz, rellenar correctamente el expediente, hacer los deberes, morir con las botas puestas… Y que si mundo estalla y revienta, nadie puede llegar a pensar que fue por mí, que yo tuve la culpa, que me dejé algo por hacer, que algo se me pasó por alto, que dejé mi puesto de vigilancia para tomar café y la oportunidad que esperaba pasó de largo… Como si no se tratase de vivir mi vida, sino de demostrar que la vivía de la forma correcta. Como si viviera en un escaparate inmenso y no importara si era feliz sino que diera el mejor espectáculo y todos supieran que actuaba como debía o se me había asignado.

Llevo años buscando esa pieza, esa tecla, esa palanca que pone en marcha el mecanismo y ¿sabéis qué? no existe, no hace falta, no hay necesidad… La varita mágica para encontrar es dejar de buscar. La forma de mejorar el expediente es cerrar el expediente, hacerlo trizas y tirarlo… Soltar tu necesidad de parecer y hacer lo que el mundo espera y limitarte a ser y vivir en coherencia. La vida perfecta es la vida vivida y sentida, la solución es decidir que no hay problema… Cuando admites y aceptas que puede que el rompecabezas esté incompleto y no pasa nada, descubres que la pieza que buscabas eras tú y que el mensaje que debías recibir era “ya basta”. Nunca nada será perfecto porque estás programado para que no lo sea, para no verlo, para continuar buscándolo… Para intentarlo una vez más a pesar de que el cansancio y el hastío sean insoportables. Ya está bien. A veces, la vida quiere que te canses mucho para que llegues a ese punto en que ya no te importa nada lo que parece, lo que piensan los demás, lo que crees que el mundo espera, los méritos que haces, lo mucho que das y te atrevas a vivir como nunca antes has osado vivir… Libre y sin carga. Para que sepas que, en realidad, lo que llevas años buscando es a ti y  lo que necesitas es cambiar tu forma de mirar, tus pensamientos, tu perspectiva…

 

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No es la suerte, eres tú…


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Tienta la suerte.

Rompe el saco con toda la avaricia que puedas, con todas esas ganas que acumulas de vivir en ti. Porque de una vez por todas te has dado cuenta de que lo mereces… Que no era avaricia sino ilusión y hasta hoy no te habías permitido sentirla. 

Abre el cajón donde guardas todos tus desengaños y vacíalo de una vez, aunque duela, aunque algunos recuerdos al salir te arañen la cara y sean sal en tus heridas. 

Dí que no, aunque moleste. 

Dí que sí, aunque parezca una locura. 

Cancela todas tus citas, porque hoy has quedado contigo. 

Para todos los relojes porque a partir de ahora, siempre vas a tener tiempo para ti. 

Sal del círculo en el que te paseas una y otra vez dando vueltas y esperando que la vida te rescate… 

Sal del armario de la resignación y apuesta fuerte por lo que deseas pero sin dejar que eso que deseas te haga esclavo.

Camina encima de las aguas de tu inconsciencia, cae si hace falta, sumérgete hasta el final para darte cuenta de que siempre has flotado, de que siempre llevaste un salvavidas, en realidad.

Apuesta por ti. Sé egoísta si eso te supone ser una prioridad en tu vida, que ya te toca. Y date cuenta, por favor, que eso no te hace amar menos ni dejar de tender la mano, al contrario, te sirve para hacerlo con más fuerza y sentido. Para amar de verdad y no con el piloto automático. 

Que no pase nada si no llegas o no lo alcanzas, porque lo que importa es este acto de amor a ti mismo… Porque no eres lo que consigues, eres el entusiasmo que fabricas para dar cada paso.

Deja de escuchar a los presuntos sabios y mira lo qué hacen los gatos. 

Observa los árboles como crecen altos y fuertes desde una semilla… 

Deja de buscar tu destino y encuentra tu lugar en el mundo, tu misión…  Y si no la ves, ahora, no te culpes, no te agobies, no te exijas, vive. 

Hazte preguntas inquietantes, incómodas, pero no te obsesiones con las respuestas. 

Cuando llegues a un lugar nuevo, pregunta por todos los locos, los frikis, los incomprendidos… 

Aunque no entiendas qué pasa en tu vida, no te apures, no siempre hay que comprender para poder experimentar. Hay muchas cosas que no se comprenden con la cabeza, sólo con las vísceras. Las palabras muchas veces nos acotan, nos limitan, nos etiquetan… Etiquetan lo que somos y lo que sentimos, lo que vemos y lo que creemos… Si juzgas lo que eres, lo recortas… Si juzgas tu proceso de cambio, lo frenas.

Deja que la curiosidad te lleve de la mano.

Agudiza el olfato. 

Doma a la bestia que hay en ti, pero hónrala siempre. Que sepa que la respetas, que la amas, que aprendes mucho de ella. Que sepa que sin la bestia, no tiene sentido el ser humano que te habita. 

Sé fácil. No renuncies a ti, pero no batalles por lo absurdo, por lo que no importa… Ábrete a lo desconocido. 

Deja de preguntarte por qué y baila. Sin saber cómo, sin contar pasos, sin música. 

Camina, aunque no veas el camino, aunque no tengas claro que haya suelo ni cielo, aunque el miedo te cuente que no vas ninguna parte y el viento te traiga recuerdos de un pasado en el que te detuviste a llorar. 

Llora. Llora cuánto necesites. Nunca acumules lágrimas ni ganas de soltar tu dolor. Que tu tristeza y tu rabia sean maravillosas y te guíen hacia ese lugar donde están asumidas y superadas… Que tus debilidades sirvan a tus fortalezas para amarte y aceptarte. Que lo que ocultas se haga tan evidente que ahora sea tu estandarte…

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Ama tu sombra porque es la comadrona de tu luz. 

Ama tu miedo porque te permitirá volar. 

Corrige tu vuelo o tal vez deja que se tuerza a ver dónde te lleva.

No hagas más planes, siente y déjate llevar un rato. A menudo, los errores nos llevan al camino correcto. 

Deja de culparte y reprocharte por lo que no has sido y conseguido porque todo fue necesario. Que no te lo cuenten, vívelo. 

Haz algo ahora que cambie para siempre tu rumbo, algo que queme todas las naves y no te permita regresar a tu dolor, a tu cansancio, a tu rincón del miedo más que para aceptarlo y sacar algo bueno de él. 

Quédate justo en este momento presente y deja de juzgarlo y menospreciarlo, no busques más por ahora, no lo veas como un trámite sino como un objetivo, que no sea sólo el camino sino también la meta. 

La vida sólo te pide que estés presente. Que la notes, que la sientas, que la vivas. Que llegado el momento digas que sí. 

Tienta  la suerte y descubre que no es la suerte, eres tú. 

 

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Si pudieras recordar esto siempre…


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Me costó mucho comprender que no veo las cosas como son, sino como yo decido que sean. A pesar de esas muchas situaciones dolorosas que vivimos en nuestra vida, todos hemos pasado por ellas y se nos hacen eternas, la vida es el resultado de un amasijo de creencias y percepciones. Estamos programados desde la infancia y nuestra programación nos dibuja a cada uno un mapa diferente de la vida. Y vivimos lo que esperamos vivir, lo que hemos pensado y, sobre todo imaginado, que será nuestra vida. Es como si de niños hubiéramos elegido un cuento para protagonizarlo durante los siguientes ochenta años y cumpliéramos fielmente con cada capítulo. Hay cuentos con finales más felices que otros, aunque todos tienen moraleja (no me gusta esta palabra, pero es la que se usa siempre cuando se habla de buscar el aprendizaje del cuento).

Lo sé, que el cuento sea alegre y tenga buenos momentos no nos priva de los momentos duros. Lo que ocurre es que la forma en que tenemos de afrontarlos lo cambia todo. Cambia el proceso y el resultado. Cambia incluso el cuento y lo reescribe. Lo que realmente importa es cómo vivimos cada tramo. Yo he vivido algunos que me han parecido insoportables, como si me hubiera sumergido en un remolino y no encontrara nada a lo que sujetarme para evitar ser tragada por un agujero enorme que no sabes a dónde te lleva ni por cuanto tiempo. Nos resistimos tanto a caer en él por temor a lo desconocido, por no confiar en nuestra capacidad de salir airosos y ser capaces que acabamos cayendo en otro más profundo todavía… El de no movernos un milímetro a pesar de estar con el agua al cuello por si la otra opción es peor, porque no nos reconocemos lo suficiente como para creer que somos valiosos, que tenemos el poder de encontrar algo mejor para nosotros.

No elegimos muchas cosas de las que nos pasan, pero elegimos cómo verlas y etiquetarlas, elegimos si nos rompen, si nos atan, si nos motivan o nos asustan. 

Nos han educado para preocuparnos. Sentimos que si no destinamos una parte del día a sufrir por lo que creemos que va a pasar, es como si fuéramos irresponsables, como si no pusiéramos remedio a nuestras tragedias futuras. Oigo dentro de mi cabeza todavía frases como “si no te preocupas, no saldrá bien” o ” si eres feliz recibirás un castigo y lo perderás todo por habértelo creído, por ir de listilla y sobrada”. Como si dejarnos llevar por ese miedo tuviera que evitarnos sentirlo y vivirlo. Cuando en realidad, es todo lo contrario, lloramos mucho por adelantado y nos sumergimos en muchas tragedias anticipadas… Acumulamos horas de miedo como si acumuláramos horas de vuelo, como si fuéramos pilotos esperando  que la tormenta los derribe el avión. Son horas y horas en piloto automático, horas de pensamientos de ataque, de pensamientos cíclicos y funestos, dando vueltas a lo que no depende de nosotros, a lo que no podemos cambiar o comprender… Como si el mero ejercicio de sufrir nos supusiera encontrar la respuesta a nuestras preguntas, como si preocuparse nos sirviera para manifestar un salvavidas para poder salir del mar de dudas en el que llevamos tiempo nadando e intentando no ahogarnos. ¿Alguien ha encontrado una respuesta cuando está presa de la desesperación? me refiero a una respuesta que no sea salir corriendo o atacar. Ese pánico, ese subidón que sentimos a veces cuando nos desesperamos es muy válido y necesario para salir de situaciones límite para nuestra supervivencia. Cuando nos atacan, cuando hay un peligro físico, cuando un barco real se hunde… No cuando el barco de tu vida (en este caso es una metáfora) hace aguas. 

Entrenar la mente para que te cuente historias con final feliz no es la solución a todos los problemas, claro, aunque es muy necesario. Se ha pervertido tanto la idea de “pensamiento positivo” que parece que si lo practicas no vayas salir nunca de casa y encontrarte bajo la lluvia sin paraguas, no vayas a tener rupturas amorosas o vivas cien años con una salud de hierro. Nada nos ahorra ciertos momentos en la vida que son como son y pasan porque pasan. Por más positivos que seamos vamos a morir todos a no ser que alguien encuentre en antídoto. Lo que pasa es que la vida es en un 99 por ciento días en los que los únicos dramas que existen son los que nos hemos inventado. Hay personas con vidas duras, con dolor, con especial dificultad… Y basta verlas para darse cuenta de que muchas de ellas nos dan una lección vital sobre cómo llevar la adversidad. Predisponerse para lo bueno ayuda y mucho. No hablo de una predisposición para lo bueno desde la ignorancia sino desde la inocencia. Sabiendo y aceptando lo que hay pero siendo optimista. No hablo de sonreís cuando pierdes a un ser querido, hablo de poder llorar su pérdida pero sin perderse a uno mismo… No se trata de exigirse estar bien, sino de arroparse a uno mismo y reconocer tu capacidad para salir del bache. Ser positivo no va de obviar la tristeza y el dolor, va de mirarlos de frente y usarlos para crecer y evolucionar. Va de observarlos y sentirlos y decidir que no son tú, que tú eres el ser humano que los experimenta y que todo pasa, aprender la lección sin presionarse, vivir cada momento sin culpa y encontrar tu paz a pesar de las circunstancias. Si te sientes roto por dentro no puedes sonreír tal vez, no puedes dejar de pensar que lo que pasa es terrible, es cierto, pero puedes abrazarte y saber que incluso entonces, en ese momento de dolor. sigues siendo tú y lo que eres no se rompe ni arruga. Eso es para mí ser positivo, vivir cada fase de tu dolor sin olvidar que ese dolor no eres tú. Y ya está, no exigirte más. Todo tiene su tiempo y mereces respetarlo y respetarte.  Y cuando puedas, sonríes, para que tus labios se acostumbren de nuevo… 

La forma en que miras cambia lo que miras. No porque lo vuelva a dibujar, sino porque te posiciona distinto ante ello y te permite observar tu vida sin arañazos. Te da el poder y el timón. Si decides que lo que pasa es un aprendizaje, eso te convierte en alguien que está aprovechando la oportunidad.

Ya sé. piensas que hay situaciones que dan asco, evidentemente, pero ¿quién no las vive? no hace falta que nos gusten, aunque no nos parezcan justas, aunque sean horribles, lo son… ¿Si no las aceptamos podemos cambiarlas? ¿Si nos resistimos a verlas de otro modo van a desaparecer? Hay muchas cosas que no están a nuestro alcance, que no podemos controlar por más que insistamos y, en este caso insistir ,nos desgasta y deja sin energía. 

A veces, cuando hablo de aceptar, algunas personas saltan a mi yugular y me dicen que ni hablar… Yo las comprendo muy bien porque he estado en su posición durante años  y me sentía muy angustiada y violenta cuando alguien me decía lo que les digo yo ahora… Tienen todo mi respeto. Y les pregunto ¿Hay otra opción? ¿Aceptar implica que no podemos trabajar para hacer un cambio? No he dicho resignación, he dicho aceptación.  Si hoy por hoy está ahí y no depende de nosotros ¿Nuestra oposición frontal sirve de algo?

Le damos mucha fuerza a lo que no nos gusta y a lo que no queremos en nuestra vida intentando cambiarlo cuando no está bajo nuestro control. Lo hacemos grande, enorme, importante, le damos poder sobre nosotros y lo convertimos en un muro insondable… Cuánto más miramos hacia la basura más huele y menos vemos lo que hay al otro lado y que es una puerta abierta a otra realidad. Nos quedamos con la visión túnel y nos encerramos en nuestra obsesión.  Y con esto no quiero decir que no lo tengamos en cuenta, al contrario, hay que conocer “la basura” y ver qué nos dice en la vida, hay que fijarse en lo que pasa y comprenderlo, sentir todas la emociones que lleva asociadas y qué nos dicen de nosotros. La adversidad es un material valioso a explorar y hay que observarla, pero sin caer en ella, sin enredarse más de lo necesario, sin sentirse su víctima ni perder tu poder. 

Ya sé que hay situaciones en la vida en las que otras personas parece que nos quitan el poder y no nos dejan actuar, ni opinar, ni siquiera pensar o eso creemos. Sin embargo, nuestro mundo interior nunca les pertenecerá. Pueden decirnos una y mil veces que no valemos nada, pero nunca podrán convencernos de ello si no les dejamos. No es fácil no dejarse llevar por sus palabras y actos, soy consciente, ya que a veces estamos en un marasmo del que no podemos salir y vamos cayendo sin podernos sujetar a nada. Nos manipulan, nos exigen, nos aíslan… Aunque siempre, siempre, siempre, incluso en los peores momentos de nuestra vida, seguimos siendo nosotros, digan lo que digan. Tu valor como ser humano no está en tela de juicio, por más que te humillen y pisen, por más que intenten degradarte y consumirte, por más que te golpeen física y psicológicamente. Tú no eres lo que ellos ven en ti porque sólo proyectan sus miedos.. Eres lo que eres, fuera de duda… 

No eres lo que te pasa. Eres la persona que vive a pesar de ello. Cuando estás  hundido no eres el hoyo profundo sino la persona que sale de él.. Cuando estás herido no eres la herida, eres la persona que se está curando. Cuando estás triste no eres tu tristeza, eres la persona que vive esa emoción y aprende de ella… Cuando te equivocas no eres el error, eres la persona que saca una lección y asume sus responsabilidades… 

Cuando estás hasta el cuello, no eres el agua que roza tu barbilla, eres la persona que encuentra la forma de flotar. 

A veces lo conseguimos y otras no, nada de esto se hace pestañeando y muchas veces no se consigue sin ayuda… Pero pase lo que pase, seguimos siendo nosotros y lo que somos no depende de lo que otros piensan o hacen. Nuestro valor como seres humanos está fuera de duda. Nuestro potencial es enorme. Somos maravillosos y merecemos lo mejor… Si pudiéramos recordar esto siempre, en nuestros peores momentos, tal vez la vida daría un vuelco.

Si pudieras recordar esto siempre, nunca estarías solo. 

 

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A pesar de mis circunstancias


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Uf… No sé ni cómo abordar este tema tan complicad,  pero seré directa. Dicen que no es lo que te pasa sino cómo te tomas lo que te pasa y es retorcidamente cierto, dolorosamente real, cruelmente necesario… Eso no significa que quienes nos sacuden fuerte (hay muchos tipos de sacudidas) no sean responsables de nada, al contrario, cada uno escoge y tiene que ser correspondiente a sus decisiones. Cada persona vive lo que vive a su manera, he visto tragedias por uñas rotas y diagnósticos terribles asumidos con una calma suprema… No es que vivir una dura enfermedad sea lo mismo que llegar a donde tienes el coche aparcado y ver que no está y se lo ha llevado la grúa… En la vida hay situaciones muy duras, mucho. No nos gustan, no las escogeríamos pero están ahí y algunas han venido a quedarse un buen rato…

Y tenemos derecho a enfadarnos, a tener un ataque de rabia, a sumirnos en ese dolor, a llorar y patalear y  que ese llanto y pataleo duren lo que necesitamos que duren… La vida es sentir lo que pasa y decidir gracias o pesar de ello. Siempre se aconseja decidir desde la calma, pero es bien cierto que a veces el impulso de la rabia nos lleva a decir un no inmenso después de haber claudicado mil veces ante algo.

Hay mil cosas que no pasan que no podemos controlar  e intentarlo no hace más que gastar nuestra energía y hacernos sufrir. Por tanto, no tiene mucho sentido mirar a otro lado y no aceptar a pesar de que lo que sucede nos duela. Creo que es un constante equilibrio entre lo que te pasa dentro y lo que pasa ahí afuera. Escuchar tu corazón y ver qué te dice la vida.  Vivir consiste en adaptarse al temporal que arrecia y tomar decisiones respecto a él pero saber que dentro de ti hay un día de calma porque te tienes a ti mismo… Por eso es tan importante conocerse y aceptarse, amarse de forma incondicional, para que cuando llegue la tormenta, sepas que encontrarás la forma de vivir a pesar de ella sin perder tu norte y mantenerte en pie… Aunque tengas que caer unas cuantas veces. Caer forma parte de levantarse, es tan necesario que si no cayéramos jamás sabríamos que podemos, que tenemos la fuerza y el empuje…

Hay lugares a los que debemos ir no por llegar sino para tomar inercia y luego ir a otros que están más lejos y que nos pillarán entrenados para seguir adelante.

Somos como pequeñas barcas en un mar que hoy está bravo y mañana en calma. El juego consiste en dejarse llevar pero mantener tu rumbo, aprovechar el viento a favor y enderezarse cuando esté en contra. Lo complicado de esto es que a veces cuando temporal es recio y las olas te llenan de agua la barca no sabes si la vida te está pidiendo que aguantes, que seas firme en tu decisión de seguir adelante o si te está aconsejando que des la vuelta y sigas el camino a dónde llevan las olas… Si lo que está ante ti es para que de una vez por todas desistas de algo que te está haciendo daño o que te reafirmes en lo que ya no quieres en tus días… Es difícil para mí, como me dijeron que no desistiera nunca… Que lo intentara hasta el final… Y no es que eso esté mal, ha habido grandes logros por esa confianza, esa perseverancia… Como realmente creemos que todo es posible, parecemos tiránicamente obligados a seguir aunque el dolor de seguir sea tan intenso que no haya recompensa suficientemente grande.

He pensado mucho en esto, en sí el temporal que la vida te envía es un salvavidas para que te des cuenta de una vez y cambies de rumbo y tomes consciencia de que por ahí no es el camino… O un reto para que muestres tu poder y seas capaz de seguir y enfrentarte a lo que más te asusta.

Supongo que los que estáis leyendo esto queréis una respuesta. Lo siento, no tengo. No hay fórmulas y quien las venda no sé si es de fiar. Veo cada día en redes un montón de personas que te cambian la vida en un abrir y cerrar de ojos con secretos y claves del éxito para las que sólo hace falta pestañear. Pienso entonces que debo haber estado perdiendo el tiempo en este camino loco y complicado intentando comprender y sentir, dándome cuenta de quién soy y cuál es mi camino. Yo no tengo secreto, pero lo que sí  puedo es compartir lo que he aprendido por si es útil en tu mundo, entendiendo que hay muchos mundos y yo sólo sé del mío y apenas casi nada…

He aprendido que hagas lo que hagas no importa. Irse o quedarse es lo mismo… Cambiar de rumbo o seguir pueden ser caminos correctos, lo que es importante es no sufrir en el proceso. Si el camino que escoges te hace sufrir, debes cambiar de camino o aprender a vivirlo de otra forma… Sin esperar nada concreto, con paciencia, con ilusión, sin desesperación y vivirlo sintiendo cada momento, estando presente en tu vida, sin marcharte de ti mismo… (Lo sé, nada fácil).

Lo que sí que tengo claro es que vivir nuestros miedos acaba siempre siendo inevitable. Por más que nos escondamos en el lugar más recóndito, esa situación que tanto nos asusta llegará… Esa tempestad que no queremos vivir llamará a nuestra puerta. Esto que parece terrible tiene otra cara, como las hojas de los árboles… Cuando atraviesas tu gran miedo, a pesar del dolor (siempre hay dolor) descubres que al otro lado hay una gran recompensa, un gran respeto por ti mismo… Cuando te ves ante las olas feroces y estás en ti, tanto si decides seguir tu rumbo como dar media vuelta, consigues algo precioso que sabes que a partir de ese momento te va a acompañar… Confianza en ti, respeto por ti, lealtad a ti mismo.

A veces, la vida no se comprende y no hace falta. Yo le he dado muchas vueltas y he descubierto que la vida no se piensa, se siente. La vida se late y se crea a cada momento. Si piensas demasiado en lo que significa cada paso, la mente te traiciona y busca una excusa y una coartada para que no hagas lo que temes y busques ese refugio que sabes que no te podrá ocultar durante mucho tiempo de ti mismo… Tus pensamientos de siempre corruptos y tristes salen al ataque te llevan otra vez a la casilla de salida para que no salgas del metro y medio en el que siempre te mueves… Tus creencias más rancias te devuelven te hacen mirar a los horizontes más oscuros y te cuentan cuentos de terror.

Nos pasan tantas cosas duras, situaciones dolorosas que nos dejan agotados y rotos por dentro, pero no somos eso… No somos la rotura ni el cansancio, ni el dolor, ni la amargura, ni la soledad inmensa que sentimos cuando todo a nuestro alrededor da vueltas y nos da coletazos… No somos el enfermo, la desempleada, la víctima, el pobre, el separado, el fracasado… Somos el que lleva la barca y decide… No decide lo que pasa, decide cómo navega y a partir de cómo navega va encontrando otro mar.

No nos gusta lo que nos pasa muchas veces, pero ahí está y lo aceptamos, lo sentimos y tomamos decisiones. Decidimos si nos hace recalcular la ruta o nos reafirma y siempre nos adaptamos y cambiamos. No nos gusta lo que pasa pero aprendemos a usarlo y darle la vuelta, a vivir a pesar de ello… A que ese algo dentro de nosotros que se sabe capaz y confía está en calma a pesar de todo, a respetarnos a pesar de todo, a no traicionarnos a pesar de todo… A vivir a pesar de todo.

¿Cómo se sabe si el camino es correcto?

Me he hecho tantas veces esta pregunta y más últimamente… ¿Cómo saber si cuando decides seguir adelante con tu plan de vida a pesar del temporal estás siendo honesto contigo, si no te estás engañando y persiguiendo algo que no existe? ¿Cómo saber si cuando desistes es una opción inteligente para abrirte a otras posibilidades o es tu miedo que te ha convencido para virar el barco?

Yo creo que la pregunta siempre es ¿para qué? ¿Para qué sigo si sigo? ¿Para qué cambio de rumbo si cambio? ¿Por amor a mí o por miedo? ¿Quién guía mis pasos? ¿me soy fiel cuando sigo o cuando cambio?

Supongo, como decía antes, que no hay camino correcto, hay una sensación de paz o de angustia…

¿Cómo se sabe si el camino es correcto?  Se sabe… Es una de esas cosas que no sabes cómo las sabes pero que sabes que las sabes… 

Sólo tienes que mirar en ti y dejar de mirar al temporal. Mirar muy dentro y sentir…

El mar está en calma si tú estás en calma, no importa la altura de las olas.

 

Gracias por leerme. Espero que te sea útil para seguir en este camino apasionante y complicado. La verdad es que no es fácil conocerse, respetarse y amarse a uno mismo como merecemos… A mí me ha costado mucho, mucho. 

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Gracias siempre por estar…

 


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Eres lo mejor que te ha pasado


Foto : Gimena Escariz

Foto : Gimena Escariz

Vayamos de viaje a nosotros mismos.

¿Te atreves?

Aunque sabemos que vamos a salpicarnos y ensuciarnos, no nos pondremos el impermeable como hacemos siempre, porque necesitamos sentir… Si pasamos por este camino de puntillas o nos ponemos los guantes, no servirá de nada.

No lo pienses más. Hazlo. Pensamos tanto… Está bien pensar, es necesario. Lo que pasa es que acabamos haciendo una bola de pensamientos que nos recorre la cabeza  y nos deja anestesiados. Y llevamos dormidos algunos siglos…

Pensamos siempre lo mismo, nos falta  ese punto de osadía que nos permitiría imaginar qué podría pasar si dejamos que nuestros pensamientos salgan del cauce habitual. Nunca rompemos las normas que nosotros mismos nos hemos impuesto. Y nuestros pensamientos no sirven porque están corruptos, estancados, asfixiados… Porque son cíclicos, porque van de la cama al sofá y como mucho pasan por la nevera de los pensamientos fríos, congelados…

¿No te sorprendes siempre pensando lo mismo? ¿No te vienen a la cabeza siempre las mismas ideas y palabras y notas las mismas punzadas en el pecho cuando las revives?

¿No te has dado cuenta de que paseas siempre por los mismos peldaños de escalera y nunca llegas al rellano?

Vamos del “necesito hacer algo con mi vida” al “mejor quedarse callado y no decir nada no sea que pierda lo que tengo” Y ¿qué tienes? ¿eres lo que crees que puedes llegar a ser? ¿te sientes bien contigo mismo o eres un sucedáneo de ti?

Cuando estamos en crisis, buscamos respuestas en el cajón de pensamientos tristes, de culpa, de asco, de rencor, de resentimiento, de rabia y frustración… Y nos pringamos con ellos hasta arriba, hasta que nos sentimos tan poco responsables de nuestra vida que decidimos sentarnos en el sofá y mirar otras vidas… Y criticarlas, envidiarlas, maldecirlas…

¿Cómo te hablas a ti mismo? ¿qué te dices? ¿usas siempre las mismas palabras para definirte y definir tu vida?

Y a veces, nos asalta una nueva idea. Algo distinto, insólito… Lo imaginamos, lo tenemos en cuenta, pero enseguida nos refugiamos en ese rincón donde todo es fácil y predecible, cómodo, asqueantemente tranquilo… Es como el rincón de pensar en pequeño.  De matar al mensajero y encogerse. El del lamento, de la queja, el llanto estéril porque no vacía sino que llena de dolor… El rincón de maquinar venganzas, tragarse la rabia y programarse para la envidia… El rincón de los que se conforman con mirar.

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Y pensamos mucho. Pensamos más, pero siempre lo mismo. Desde el mismo ángulo. Con la misma mirada. Nos contamos siempre las mismas historias y nos sorprendemos siempre en las mismas frases… Nos contamos los mismos chistes con los mismos clichés y nos reímos de las mismas personas para poder soportar que ellas hacen lo que nosotros no nos atrevemos a hacer… Nos creemos que así pierden valor sus actos y somos menos desdichados… Y volvemos a pensar… Otra vez, como el hamster que da vueltas en la rueda buscando algo sobre sus pasos estériles… Lo hacemos usando las mismas palabras para contar nuestro relato interno, llegando a la misma conclusión (llegar a otra es prácticamente imposible). Y nos cerramos. Cerramos nuestra puertas interiores presas del pánico porque esa idea extraña casi hace tambalear nuestras vidas…  El susto nos deja petrificados. Aunque es el mismo susto de siempre, con los mismos gestos y las mismas sensaciones. Como si hubiéramos hecho un pacto con nuestros miedos para que nos asaltaran siempre en el mismo sitio a cambio de no movernos, de no ir nunca más allá…

Y a pesar de todo, una avalancha de pánico y sudor frío nos encoje el pecho y nos besa la nuca… El miedo siempre te besa la nuca cuando estás a punto de decidir algo nuevo… Y tú puedes interpretar ese beso macabro como un freno o como una señal de que estás en el camino correcto para salir de ti mismo y encontrarte de verdad.

La persona a la que buscas está al otro lado de todos los pensamientos estancados y congelados. Al otro lado de la vida previsible y razonable.

Cuantos más besos en la nuca sientas, más cerca de ti estás…

Nuestro viaje es largo y duro. En él vas dejando cosas que llevabas incrustadas y adheridas a la piel y que llegaste a creer que formaban parte de tu cuerpo cansado… No lo eran, no eran tú, eran tu carga, tu peso sobrellevado que extenuaba tus huesos agotados de luchar contra fuerzas exteriores cuando el enemigo era interior…

El viaje implica dejar la lucha. No como resignación sino como acto de amor supremo contigo mismo. Porque cuando batallas contra el mundo, batallas contra ti, en realidad. Es un dejar de destruir para empezar a construir. Es usar la fuerza del guerrero para llegar a tu paz interior.

El viaje pide desnudez y humildad. Pide paciencia, tanta que a veces se hace casi insoportable… El viaje implica renuncia. Implica decidir entre lo fácil y lo incierto. Entre el dulce engaño y la verdad cruda pero liberadora… Implica salto al vacío confiando en una red que jamás has visto.

Y dejar de pensar un poco… El viaje a ti mismo, implica más sentir que pensar. Dejar las obsesiones y los pensamientos cíclicos para apuntarse a los pensamientos valiosos, nuevos, arriesgados, prácticos, incómodos pero reveladores, casi mágicos, responsables… Pensamientos que te hacen sentir que estás contigo, pensamientos que hablan de lo que tú haces y no de lo que esperas que otros hagan por ti… Pensamientos llenos de emociones vividas, analizadas, conocidas, asumidas… Pensamientos para crecer y curar. Pensamientos que cierran heridas y borran culpas…

El viaje exige tomar las riendas. No te permite delegar funciones básicas ni sujetare en barandillas ni muletas, no puedes compartir el peso con otros compañeros para evitar decidir si llevarlo encima o soltarlo… No te permite dejar en otros la responsabilidad de elegir ni marcar el camino… No te deja mantener apegos porque corta lazos que parecían indestructibles… El viaje te deja solo para que aprendas a amar tu soledad. y descubras tu valor.

Durante el camino, el viento está muchas veces en contra y la luz que llevas para poder ver dónde pisas se apaga en los tramos más oscuros, tú decides si pensar que es una conjura contra ti o si precisamente eso pasa para que aprendas que todo lo que necesitas para seguir lo llevas dentro…

A veces, el camino es enorme y todo está a cinco palmos de dónde alcanzas… Y eso es para que te des cuenta de lo mucho que aún puedes crecer…

Lo importante es seguir. Aceptar el camino y usarlo para descubrir lo que hay en ti.

Cambiar de pensamientos. Cambiar de palabras. Cambiar nuestra forma de mirar para que ante nosotros se abran caminos que hasta hoy no hemos visto… Dejar de ir a buscar las soluciones a nuestros problemas en el cajón de los pensamientos prestados, tristes, rencorosos, ofuscados, repetidos con ansiedad, perezosos… Dejar de poner nuestras emociones en la nevera para cuando seamos capaces de asumirlas y afrontarlas…

Sentir mil besos de terror en la nuca y pensar que es la señal inequívoca de que nos acercamos a nuestra meta.

Soltar todo lo que no nos sirve para hacer el paso ligero. Amar cada paso y cada tropiezo.

Y una vez pisado, sellar el camino… Para que no haya vuelta atrás… Todo lo que necesitamos del pasado después de revisarlo y entenderlo  es lo aprendido.

La salida fácil lleva a seguir buscando en el mismo cajón donde nunca hay soluciones o se quedan a medias.

La respuesta rápida es un paso atrás.

Encontrar salvavidas y compañeros de viaje que lleven tu carga es retrasar el momento de asumir tu vida.

Creer que todo cambiará sin cambiar de pensamientos es engañarse para soportar el miedo que nos da asumir riesgos…

Conformarte con lo que ya vives si no te sientes bien es renunciar a ti mismo.

Tú eres tu propio equipaje.

Tú eres tu propio refugio.

Tú eres el único líder de tu vida…  En este viaje sólo puedes agarrarte a ti mismo… Va de ser y de sentir.

Tú eres lo mejor que te ha pasado.

 

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Buscando la excelencia


aguila

Se habla tanto de talento y de asumir el reto cada día de liderar nuestras vidas que a veces nos perdemos con los conceptos… Suena tan bien que lo primero que te pasa por la cabeza al oírlo o leerlo es que no puedes conseguirlo o que debe ser muy complicado llegar a ese nivel. Siempre tenemos esos pensamientos que nos limitan y recortan. Como si estuviera reservado para otras personas. Parece que conseguir la excelencia sea, además de un esfuerzo continuo por ser mejor cada día en todos los aspectos, un especie de “sin vivir” para que todo sea perfecto. Con tanta competencia, con tanta exigencia en el ámbito laboral, asumir ese reto nos puede parecer haber firmado un contrato con un usurero que no parará hasta volverte loco y desquiciarte para no perder en control.

Sin embargo, nada más lejos de la excelencia que la perfección. Al igual que la belleza, la excelencia necesita de toda nuestra humanidad para ser alcanzada. Y los seres humanos no somos perfectos. La perfección mata la ilusión de seguir batallando para ser mejor. Cada vez nos hemos dado más cuenta que lo que nos gusta es lo asimétrico, lo distinto, lo poco común, lo “raro”. Vivimos en una sociedad enmascarada de rutina que cuando encuentra a alguien que hace las cosas de otro modo y confía en sí mismo, o le repudia o le convierte en dios. O ambas cosas casi al mismo tiempo. Lo que llamamos rechazo en realidad es miedo. Lo que llamamos menosprecio es a veces envidia. Debemos dejar de preocuparnos por lo que otros piensan de nosotros y trabajar nuestra autoestima.

Cuando a veces se nos habla de excelencia sentimos una especie de ahogo en la garganta. Pensamos que significa no descansar, estar siempre alerta, perder tu vida personal para poder estar a la altura. Una necesidad de control de cada detalle para que todo esté en su sitio que aplasta el entusiasmo. Nada hermoso nace del control estricto.  La belleza es esa flor que sale entre las rendijas de un muro derribado, buscando el sol, en condiciones adversas. El momento que vives ante un hermoso paisaje que no encontrarías nunca si no te hubieras perdido al desviarte del camino. Buscamos tréboles de cuatro hojas porque son diferentes, porque nos traen la buena suerte de algo que es anómalo, distinto… Lo imprevisto es tan necesario como lo conocido. La naturaleza es terca y cuando intentas llevarle la contraria acaba tomándose la revancha por el doble…

El control sobre todo esteriliza nuestras emociones, las hace inservibles porque no nos permite notarlas ni aprender de ellas. Mata nuestra creatividad y nos vuelve abúlicos… La excelencia es creatividad, es inconformismo. Todo lo que nace bajo una norma férrea es gris y anodino… La vida está fuera del decorado. En cada acto excelente hay una promesa de rebeldía, un intento osado de ser mejor, pero sobre todo, ser original y distinto.

Este mundo necesita de personas originales y osadas. Que arriesguen y apuesten por sí mismas. Personas que busquen alternativas para todo lo inventado y sean capaces de defenderlas. Personas sólidas y hambrientas por conocer, por entender, por crecer. Al final, si no eliges hacer lo que amas, acabas viviendo la vida de otro y persiguiendo sus sueños.

La excelencia es la expresión de tu forma de ver la vida en cada uno de tus detalles, cada día. Y no hace falta que sean perfectos, sólo que sean vividos. Que nuestros gestos y palabras salgan del deseo, de la necesidad de crecer y evolucionar como seres humanos, del placer de mostrarnos como somos ante el mundo a cara descubierta y sin vergüenza. Y eso puede aplicarse al ámbito laboral, pero si se vive intensamente, afecta a todo en tu vida. Un profesional excelente debe ser una persona excelente.

La excelencia es creer en ti y actuar en consecuencia. Poner amor en lo que haces, aunque sea un acto que parezca insignificante en un lugar remoto y nadie pueda verlo.

Al final, en este cambio de paradigma laboral donde todo da la vuelta y se tambalea, donde ya nada es seguro y  nos sacude de un día para otro, para no perder oportunidades lo único que debes hacer es apostar por ti mismo. Volver a ti, a tu esencia. Ser tú en estado puro y buscar tu mejor versión. Saber qué buscas en la vida e ir a por ello. Ser dueño de tu destino… Ser tu jefe. Arriesgarte. Creer en ti mismo y saltar, aunque te miren como a un loco… Y cuando mires atrás, verás que los locos son ellos, que permanecen  amontonados, sujetándose a un rama que no aguantará su peso… Intentando revivir un sistema de vida basado en la seguridad y la rutina que se desintegra. Sin pasión, sin emoción. Anclados a un tiempo donde todo era vertical, de arriba a abajo, esperando que pase un vendaval para que todo siga igual que antes, cuando en realidad, ya nada será lo mismo.

Y no es fácil. Ser una persona excelente exige esfuerzo y dedicación. Aunque siempre compensa. Si intentado ser excelente el esfuerzo no te compensa es que algo falla. Para ser excelente debes ser feliz intentando serlo. Porque es algo que surge de dentro, una necesidad de cambiar lo que te rodea para impregnarlo de todo lo bueno que puedes aportar y al mismo tiempo ser capaz de percibir y aprender de lo que aportan los demás. Por eso la excelencia no es controlar, es fluir. Si no fluyes, revisa por qué no eres feliz con el camino, porque la meta nunca es segura y, a menudo se desdibuja, cambia o la cambias tú porque has encontrado algo mejor…

A veces, de camino a un sueño encuentras la vocación de tu vida… Eso es excelencia. Estar atento porque estás hambriento. Porque tienes muchas ganas de compartir lo que hay dentro de ti…

Las personas excelentes cometen errores y muchos. Aunque lo hacen con ganas de ser mejores, porque saben que hay que lanzarse y experimentar… Porque para descubrir la vacuna contra la desgana hay que darse algunos golpes y caer algunas veces en plancha. Para ser grande, hay que hacer cosas grandes… A veces, algunas de ellas nos vendrán grandes hasta que las usemos mucho y les tomemos la forma.

Para ser excelente hay que vivir lo que haces y sentir que forma parte de ti. Poner tu talento a disposición de otros, hacerlo crecer… Imaginar cómo eso que haces puede ayudar a los demás y mejorar sus vidas. Y hacerlo con tanta intensidad como te sea posible, sin fisuras en tu confianza,  pensando que cada detalle hace que el todo sea mágico, maravilloso, mejor.

La excelencia es pasión. Es un pedazo de tu alma puesta en todo lo que haces. Es entusiasmo, es ir a por más con ganas, con ilusión.

Es ese plus que pones en cada uno de tus actos y que lo hace distinto, original y le da esa calidad que todos buscan.

La excelencia la podemos practicar todos. El que investiga en un laboratorio,  el que  lava platos, el que sirve mesas, el que organiza el tráfico o el que dirige un país. Cada uno desde su ámbito y con todo lo que le rodea.

A veces, es un volverlo a repetir  todo mil veces hasta que es mejor, aunque aún creas que falta mucho para ser como tú quieres. Otras es un darle la vuelta, investigar más, hacerlo con más ganas o simplemente dedicar una sonrisa. Hay tantas palabras y sonrisas que han cambiado el curso de pequeñas historias…

Servir un refresco con una sonrisa. Cobrar la cuenta con un gracias. Volver a repetir las pruebas porque crees que el resultado es mejorable. No conformarse con un 9,6. Dar hoy un paso más con tus pies agotados en una larga rehabilitación para poder caminar… Decidir que, diga lo que diga el mundo, vas seguir luchando por conseguir ese reto… Excelencia es tener una buena idea a media noche y levantarse para apuntarla para que no sea que se te olvide… Entrar en un quirófano y decirle a la persona que aguarda para ser operada en la camilla que todo va a salir muy bien y pronto va estar recuperada. Mirarle a los ojos y que note que estás feliz por ayudar a curarla, que vas a poner lo  mejor de ti mismo para que así sea y ver como su corazón se calma y su cara se llena de esperanza.

A veces, la excelencia no es lo que haces sino la actitud que tienes cuando lo haces.

La verdadera excelencia no va encaminada a puntuar más delante del jefe, a cobrar más, acumular méritos o a recibir más elogios… La verdadera excelencia es la que nos permite cambiar la vida de los demás para mejor. La que nos hace embellecer el mundo, aunque a veces casi no se note… La que nos convierte en mejores versiones de nosotros mismos cada día y nos da empuje para vencer la adversidad. La excelencia es humanidad.

Al final, cuando lo haces cada día, cuando se convierte en un hábito, acaba repercutiendo positivamente en ti y todo lo bueno que compartes, vuelve. No sólo por la felicidad de ayudar a otros, porque la  generosidad y la gratitud siempre vuelven a ti.

Lo que hacemos con ganas sale mejor. Cuando ponemos nuestra humanidad entera, nuestra bondad, nuestra alma en lo que hacemos, todo se impregna de magia. La excelencia es esa magia.

 


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Lidera tu vida


No podemos pasarnos la vida culpando a otros de los que nos pasa. No somos lo que nos pasa, somos la forma en que lo afrontamos y lo vivimos. No somos nuestros miedos, somos la manera en que nos enfrentamos a ellos. Somos las palabras que usamos y todas y cada una de las quejas que nos repetimos cada día. Es la hora de no cerrar nuestra mente y tomar las riendas, gestionar nuestras emociones y sacarles partido, porque todas nos traen algo positivo, aunque duelan o asusten. Ha llegado el momento de responsabilizarnos de nuestra felicidad y nuestra vida y dejar de culpar a las circunstancias. Lidera tu vida porque si no la liderarán otros.