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la rebelión de las palabras


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¿Qué he hecho yo para creer que merezco esto?


CIUDAD

Hay ocasiones en las que todo me supera. Hoy es uno de esos días en los que los problemas se agolpan tras la puerta y te quedas sentado sin querer abrirla porque sabes que te van a caer encima… Intentas mantener la calma y recordar, como ya sabes, que todo esto es un aprendizaje y que lleva un mensaje para que te puedas superar.

Lo que pasa es que llevas tiempo intentándolo y no llegas, no lo consigues y ya no se te ocurre qué más podrías hacer para seguir adelante porque se te acaban las ideas y el empuje afloja. La rabia se te acumula en el estómago y te apetece lanzarlo todo por la ventana, sin piedad… Llorar tanto que el mundo se ahogue con tus lágrimas y reaccione ante tu dolor… 

Y te armas de valor y abres la puerta. Y ves que te caen las consecuencias de no sabes qué… ¿de no creer en ti? ¿de no confiar? ¿de no valorarte lo suficiente? ¿de no haber sido capaz de decir que no? ¿de postergar las decisiones? Y algunas cosas más a las que todavía no les puedes poner nombre y fecha y que seguro que son las que más pesan puesto que son las que más te cuesta detectar…  El problema de alguien que no es tu problema, pero que te acaba pesando como una losa y que si te cae es porque lo asumes y así lo decides tú, no busques culpas… No sirve más que para delegar en otro las soluciones. Hay que afrontar… 

Y piensas ¿no debería tener yo herramientas para salir de esta? Se supone que tengo claros los conceptos y que llevo en mis espaldas suficientes conocimientos como para hacerlo… Llevo años conociéndome y diciéndome verdades feísimas a la cara para aprender y vivir en paz… Me he releído y asumido mi infancia entera para encontrar todos mis miedos más rotundos agolpados en mis mazmorras… He intentado dejar mi necesidad de control y me he sumido en un caos delicioso para fluir y sentir, para poder dejar de pensar y encontrar las respuestas que siempre me faltan. He visto mi oscuridad y la he besado y aceptado… He comprendido mi luz…  Me he formado y leído cientos de libros que me han cambiado la vida… Y ahora me siento perdida, pequeña, diminuta… 

No dejo de repetir… “Esto tendrá un sentido que ahora no veo”. Tengo que comprenderlo para sacarle la lección y aceptar, para seguir adelante… Y no lo veo. No aparecen las instrucciones por ningún sitio. No hay manual de crisis especial para que el formador en inteligencia emocional que está en crisis… Llamas a un amigo que se ha formado como tú. Y recuerdas, que muchas veces, un coach, como cualquier otro ser humano, nunca ve la viga en su ojo y sólo la paja en el ojo ajeno… Pero, eso sí, siempre tiene claro que hay una viga, aunque no la vea…

Y me dice que ella también tiene un día horrible y me pregunta qué veo yo sobre su viga porque también sabe que está ahí y no la ve… ¡Qué barbaridad! estamos en las mismas… 

Esto de saber que hay una viga y no verla hace que a veces sueñes con un poco de bendita ignorancia para poder descansar… Pero esto no tiene vuelta atrás, cuando uno aprende a decirse lo que se ocultaba hasta ahora a la cara, ya no puede esconderse nada más o no puede hacerlo de forma consciente…

A veces, cuando necesitas encontrarle un sentido a todo, todo pierde sentido. 

Te pierdes en una espiral de sensaciones y afinas tanto que llega tu subconsciente y te aplaude y te dice «vas para nota, genial» pero eso no te calma, no te ayuda, no te libra de los problemas tras la puerta. Todos somos ignorantes cuando se trata de conocernos y aceptar, no sabemos nada… 

Y piensas… Me pasa porque en realidad debo entender que no tengo que librarme de los problemas, en realidad son una bendición, un regalo, un síntoma del algo más gordo que subyace en mí y que puedo curar… Tengo que comprender qué hacen ahí y por qué los he traído hasta mí… Tengo que entender cuál de mis creencias les ha abierto la puerta, si yo misma creo mi propia realidad… ¿qué he hecho yo para creer que merezco esto? ¿qué he pensado y temido que ha traído hasta mí esta situación? porque somos responsables (no culpables) de todo lo que aparece en nuestra vida… Antes de que los engendros malignos que llaman a mi puerta pudieran encontrarla, mi inseguridad los puso ahí, les llamó para que vinieran y les susurró que eran necesarios para superarme… Y la vida, sabia como nada, los trajo sin demora… Y ahora están ahí, esperando a que responda, a que tome unas cuantas decisiones…

Y el colmo de los colmos es saber que mis decisiones no puede ser parches… Porque podría tapar lo que pasa, pero si no quiero que vuelva a pasar, tendré que resolver la causa y no tapar el síntoma… 

Bendita frase esa de que todo lo que pasa en tu mundo exterior es un reflejo de lo que pasa en tu mundo interior… Yo que me he hecho mil veces una autopsia emocional y me he desgajado ante mi psicólogo… ¿Qué más tengo que hacer?¿Qué me falta? ¡Con la cantidad de personas que van por la vida sin darse cuenta de nada y no las veo tan agobiadas como yo!! ¿quién me mandaba a mí meterme en esto? ¿Por qué tuve que descubrir que cada uno de mis pensamientos y actos escriben mi destino? ¿por qué tuve que asumir el compromiso de ser coherente y ahora no puedo buscar una solución «normalita» y tapar la herida sin más pretensiones? Y luego pienso “esto no es nada, en el fondo, da gracias y asume que es necesario, que te pertenece, que te hará mucho bien…”

¿A dónde me lleva todo? Y estoy haciendo lo mismo de siempre… Analizar demasiado… Tomar el manual y hacerme todas la preguntas… Y claro, hacerme trampas desviando las que no quiero responder, pero sin saber la razón… ¿por qué tengo que darme cuenta de eso? Consciente de que atraigo lo que soy, que esto es un reflejo de mi interior… ¿Así ando? ¿qué me pasa?

Y miro a las personas que me rodean. Lo hago convencida de que ellas también me pueden aportar mucho, es la ley del espejo, entenderme a mí misma a través de lo que dicen, de cómo actúan conmigo, de lo que me aportan… Y tampoco entiendo nada… O quizás no lo quiero entender, porque duele.

¿Qué se me escapa? ¿qué está fallando que no veo? 

Me reafirmo en mi ignorancia absoluta… Abajo la osadía de creer que sabemos o que estamos más cerca de conocer el por qué y el para  qué de lo que somos y de lo que nos pasa… Menuda lluvia de humildad…  Tal vez es lo que más necesito, asumir que no sé y que no pasa nada, que no tengo que controlarlo todo ni ser perfecta… Que de este caos insoportable puede nacer un orden maravilloso. Está claro, hoy no lo voy a entender… Sólo siento lo que siento y tengo que experimentarlo y comprender. Saber qué me digo y qué traigo a mí misma…

No siempre hay que entenderlo todo, no si intentarlo te supone enloquecer ahora… No si sabes aceptar y esperar a que en algún momento se haga la luz y sepas qué hacer…

Y mientras, esa sensación de responsabilidad sobre tu vida tan maravillosa y al mismo tiempo atroz, que hace que notes que llevas las riendas tú y que la solución está en tus manos…

Esa ansiedad de saber que todo pasa por algo y ahora no le acabas de encontrar el sentido y si lo hay sin duda no tiene ninguna gracia.

Quizás el secreto sea encontrar la calma en plena tempestad y esto sea sólo un ejercicio de coherencia. Tal vez sólo haga falta aceptar y confiar… Sólo me queda mirar al mundo y amarlo tal y como es… Contemplar lo que hay en él y esperar a que me llegue una señal que me deje ver la viga… ¿Y si la viga soy yo?

Por más que creamos que sabemos, no sabemos nada porque nos falta mucho por aprender siempre… A veces, no vemos las cosas porque las tenemos demasiado cerca…


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Pensar, sentir, actuar


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Leía ayer día una interesante reflexión de Victoria Ambrós  sobre “pensamiento positivo” y el uso abusivo que se ha hecho del término llegando a convertirlo en una especie de emoticono que enmascara los sentimientos reales.

Me lo he planteado muchas veces, la verdad. Si tras muchas de las reflexiones sobre las bondades de pensar en positivo (que las tiene, sin duda) hay una necesidad de huir de lo que nos asusta, lo triste, lo feo, lo que no cabe en un tuit o no nos gusta ver en un selfie. Vivimos tan rápido y sin masticar la vida que algunos han usado esta filosofía para dar portazo y tirar adelante sin querer mirar atrás ni entender por qué les pasa lo que les pasa. Y claro, hasta que no entiendes por qué te pasa no eres capaz de elegir que no te pase.

Y no quiero con todo esto decir que el pensamiento positivo no entrañe magia, para nada… Creo en ella, pero también creo que esa magia no surge de nada exterior sino de dentro de nosotros mismos y nos hace conectar con todo y con todos. Y no podemos hacer magia si fingimos que no sentimos lo que sentimos y por dentro nos desmoronamos. Por ello, no me gusta la forma en que a veces se nos quiere dibujar lo que significa el pensamiento positivo, como algo que se consigue en dos días.

Sinceramente, cualquier teoría o práctica que te lleve a alejarte de lo que te asusta o enmascarar lo que sientes no puede funcionar. Sin mejorar nuestra autoestima, pensar en positivo cae en saco roto… Lo contrario es mentirse a uno mismo y engañar a otros si les decimos que podrán de esa forma.

Ha llegado un momento en el que algunos nos venden la necesidad de estar siempre con la sonrisa puesta (es muy útil sonreír a diario) como si no pudiéramos tener momentos de bajón.  Yo creo que el pensamiento positivo es muy útil y genera unos cambios increíbles en tu vida, pero no se ha entendido bien… La tristeza es necesaria para entender quiénes somos… Sin tristeza no podemos entender la alegría. Nada es bueno o malo porque sí, todo depende del aprendizaje que saquemos de ello. Pueden despedirnos del trabajo y que eso sea un paso necesario para aprender sobre nosotros mismos algo pendiente y poder conseguir un trabajo que nos hace sentir mejor y más de acuerdo con nuestra misión en la vida.  Nos podemos romper una pierna y que eso nos conceda el tiempo necesario para reflexionar sobre cómo reenfocar nuestra vida.

Nuestras emociones no son positivas ni negativas. Sólo hay que saber gestionarlas porque son una forma de expresar cómo nos sentimos, una reacción fisiológica a un estado de ánimo. Lo importante es llevar las riendas para que no sean nuestras emociones las que dirijan nuestra vida. Decidir qué queremos y utilizar lo que sentimos y nos sucede para crecer.

No podemos negar lo que sentimos porque eso sería como no querer ver un obstáculo en el camino. La forma de solucionarlo es vivir conscientemente y tomar decisiones. Cuando sentimos rabia y no lo reconocemos, cuando no lo vemos, aceptamos y exploramos el porqué, nos acaba estallando o pudriéndose dentro de nosotros…

Decidir hacer un saludable ayuno de quejas y lamentos para no focalizarnos en lo que nos digusta o nos molesta no implica dejarlo de lado ni olvidar el motivo de esas quejas. Debemos ir más allá hasta desgranarlas y comprenderlas para solucionar la causa y no el síntoma.

Somos lo que pensamos y lo que sentimos. Si no sabemos qué sentimos, no nos conocemos. Si no conocemos bien nuestros pensamientos negativos, no podremos construir pensamientos nuevos que nos ayuden a crear una nueva realidad. Si no estamos dispuestos a sentirnos incómodos, no podemos avanzar.

Con esto no me quiero cargar el pensamiento positivo, insisto en ello para que quede claro,  al contrario. Quiero ponerlo en valor a partir del autoconocimiento. Lo considero tan útil que me molesta que se esté vendiendo una versión facilona de él como si se tratara de una pócima mágica y nos hace perder nuestra capacidad de transformación. Llevo años trabajando en ello y he visto las resultados. Lo reivindico, aunque nunca solo, sino como un un paso importante y destacado dentro de un camino sólido, con altos y bajos, cargado de ilusión y valentía. Seamos claros, si no te conoces a ti mismo y hurgas en ti, en lo que te ha convertido en lo que eres en el pasado y en lo que te mueve para llegar a ser, el pensamiento positivo se diluye.

Es una experiencia dura y apasionante, con momentos complicados en los que debes ser tan sincero contigo mismo que se te corta la respiración… En los que debes tomar decisiones incómodas que a veces te llevan a separarte de personas a las que estabas unido o abandonar lugares que te parecían seguros porque no te permiten ser tú…

Se ha hablado tanto de pensamiento positivo. Se ha querido a veces venderlo como si fuera una especie de paraguas que una vez abierto te salva de todo. A veces, incluso pienso que tal vez sea así, que podemos pedir y confiar y todo llega, seguro… Aunque estoy segura que para conseguir eso, debemos llegar a un nivel de conciencia y autoconocimiento que requieren mucho, muchísimo trabajo previo y no lo estamos haciendo.

Ser positivo no es negar esa realidad, sino aceptarla, mirarla bien hasta entender el por qué y tomar la decisión de qué hacer con ella. No se trata de decir que todo va bien tragando saliva cuando es evidente que no, es una elección. Se trata de decidir que somos responsables de nuestras vidas y llevamos el timón.

El “pensamiento positvo” se ha tergiversado tanto que a veces molesta, ofende… Se ha convertido en ocasiones en tres frases molonas aplicables a todo y a todos, como si fuéramos todo iguales,  como si tuviéramos la obligación de sentirnos bien al perder a un amigo o dejar un trabajo de años… Cuando en realidad, nos debemos ese momento de dolor y tristeza para saber quiénes somos sin tener que sentir esa especie de sombra de culpabilidad por verlo todo negro de momento y no enviar mensajes positivos al universo… ¡Qué agobio y qué forma tan errónea de enfocarlo! Cuando estamos tristes y dolidos, si exploramos por qué y confiamos en nosotros, no vamos en contra de ese “pensamiento positivo”,  somos pensamiento positivo en estado puro… Porque no se trata de estar siempre adrenalínico y expuesto a una especie de chute de cafeína sino en paz contigo mismo, sin culpa ni reproches… No podemos someternos a ninguna tiranía, ni siquiera a la de la alegría.

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Algunas de las ideas que he leído y oído sobre el pensamiento positivo hacen que parezca una especie de terapia exprés de fin de semana a base de repetir frases para personas desesperadas que aspiran a llegar al lunes y arrasar en la oficina con un nuevo yo que surge de la nada… ¿De verdad alguien se lo cree?

Para mí, ser positivo es autoconocimiento puro, un trabajo,  un camino largo que dura años y no termina nunca, al que se llega cuando te aceptas y te amas…

El pensamiento positivo es escuchar tu voz interior y eso tiene grandes efectos en nosotros, pero no basta sólo con “pensar” es necesario creer, sentir, comprometerse contigo mismo.  Hay que “fabricar una emoción positiva” que genere cambios a nivel neuronal y hormonal en nosotros para modificar el funcionamiento habitual de nuestro cuerpo y cerebro, eso afecta a nuestra salud de forma positiva y a nuestra vida… Aunque, eso no se hace en dos días porque requiere conectar con uno mismo… Y sobre todo, no pasa por el autoengaño ni por negar lo que sientes, pasa precisamente por todo lo contrario, por aceptarte a ti y al mundo como es.

No va sentarse a esperar un milagro. Es confiar, visualizarlo y actuar con la paz interior que supone creérselo.

Es crear tu propia realidad. Vivir en equilibrio, saber gestionar y fluir a ver qué pasa…Y eso es aplicable a todo, porque todas la facetas de nuestra vida quedan impregnadas con tu esencia.

Es una mezcla de pasión y serenidad. Mirar al futuro con ganas de comértelo y vivir en el presente con gratitud pero sin resignación. Es paz interior. Es poner orden en los cajones de tu vida pero dejar las ventanas bien abiertas para que pase el aire fresco… Es ser tan elástico que siempre vuelvas a tu estado inicial después de adaptarte, pero siempre con algo nuevo aprendido…Descubrir el poder de las pequeñas cosas y empezar a mover una de ellas en tu vida para observar como el dominó gigante de tu universo se pone en marcha y puede  sorprenderte de hasta dónde puede llegar.

No hay fórmulas mágicas que te solucionen la vida, la vida te la solucionas tú. Cuando actúas y miras al mundo con ojos nuevos… Trazando un mapa distinto y aprendiendo cada día un poco más de ti y de esa persona que puedes llegar a ser si te dejas…

El pensamiento positivo está al alcance de todos y  es una herramienta tan útil, tan necesaria para aprender a vivir, que no debemos dejarnos vender copias baratas ni versiones low-cost que nos ofrecen un visión de lo que es degradada y absurda. Una visión que nos aleja de lo que realmente importa.

Y sí, estoy convencida, mis pensamientos crean mi realidad, pero para conseguirlo primero es necesario saber quién soy y actuar en consecuencia.


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¿Eres fiel a ti mismo?


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Me equivoco tanto… Con el paso de los años y las decepciones me he dado cuenta de que los errores no sólo son necesarios sino vitales… Si no nos equivocáramos tendríamos que forzarnos a ello para poder crecer. Sin embargo, hay algunos errores que te duelen más que otros, son aquellos que cometes mientras no eres tú mismo…

Cada día decidimos. Decidimos tomar un camino hasta el trabajo, comer más o menos sano, sonreír o permanecer impasible, derecha o izquierda… Decidimos tomando nuestra brújula y dejándonos guiar por ella, hurgando entre nuestras necesidades y escogiendo un camino… El problema surge cuando nuestra brújula no marca nuestro norte sino el norte de otra persona… O si no sabemos cuál es nuestro norte… O si nuestro norte se ve modificado por nuestro miedo.

Cuando decidimos desde el miedo, cometemos ese tipo de errores que desde el principio ya sabemos que lo son… Huelen mal. Nos metemos en aventuras y situaciones que desde el primer momento sabemos que no funcionarán porque las hemos escogido desde nuestro lado más oscuro, desde nuestro yo asustado, desde nuestro yo cómodo y triste…

Decidimos seguir un camino no porque nos guste sino porque el otro nos da miedo, porque tenemos pavor a quedarnos solos en él y que nadie nos acompañe, que nadie nos siga, que no haya luz… Escogemos ese camino porque sabemos que el otro es más duro, implica tener que confiar tanto en nosotros que no sabemos si seremos capaces de asumir tanta responsabilidad, tanta confianza… Elegimos el camino fácil porque no creemos en nosotros y nos sentimos débiles. Nos vamos por el atajo, que parece más rápido, más cómodo, más llevadero mientras buscamos la forma de encontrar algo a lo que agarrarnos … Nos decantamos por la opción en la que compartiremos nuestra responsabilidad con otros, para no sentirnos culpables de un posible fracaso que seguramente llegará porque nosotros sabemos que nos hemos metido en un traje que nos viene grande o pequeño, corto o largo, que no es el que queremos llevar… Porque elegimos una vida que no queremos.

Salimos de una situación dependiente de algo o alguien y nos metemos en otra hasta que no sabemos darnos cuenta de que hay que notar el frío a veces y que ese frío es el precio que pagas por ser tú… El camino fácil es un placebo que acaba por quedarse a medias, un sucedáneo que te sirve para ponerte la venda en los ojos y taparte la nariz con los dedos para no notar lo mal que huele tu decisión de no confiar en ti, de no arriesgarte a estar donde sabes que es tu lugar, donde sabes que puedes llegar a dónde sueñas… Llegues o no, el camino de la confianza te hace sentir que apuestas por ti y eso te permite brillar con intensidad hagas lo que hagas, porque estás donde quieres estar, porque llevas el traje que te va a la medida.

Necesitamos  a veces tomar muchos caminos cómodos para darnos cuenta de cuál es el camino que deseamos emprender. Necesitamos fiarnos mucho de nuestro olfato para descubrir si nos estamos guiando por nuestro norte o nos estamos dejando llevar por el pánico a quedarnos a solas con nosotros y descubrir que aún no nos conocemos suficiente.

Ningún camino que huya de ti mismo te lleva a nada que sueñes, a nada que sea donde realmente quieres estar… Ningún camino que te aleje de lo que te asusta te lleva a lo que amas.

A menudo, las decisiones difíciles son las que más zarandean tu vida, las que más la cambian y te permiten conocerte… El camino difícil es muy a menudo el que te lleva a donde quieres llegar… Seguramente porque para llegar a donde queremos, tenemos mucho que aprender y esas dificultades nos ayudarán a crecer lo necesario como para llegar al final mucho más sabios… Nuestras debilidades son puntos de apoyo para evolucionar, nos marcan por dónde debemos ir para asumirlas, aceptarlas y saber cómo usarlas y convertirlas en lecciones útiles.

El camino siempre te ayuda a conseguir el tamaño necesario para que tus sueños te vayan a la medida al llegar a la meta…

Cuando escogemos la comodidad en lugar de la pasión por lo que soñamos se nos estropea la brújula y acabamos siendo un sucedáneo de nosotros mismos. Nos metemos en una caja para no sentir frío pero tampoco sentimos el calor de seguir nuestra intuición e ir camino a nuestras metas.

Cuando decidimos con miedo nos tratamos como a seres inmaduros que no pueden escoger por sí mismos… Nos arrebatamos el poder  de ser nosotros mismos…

Necesitamos cometer errores sabiendo que estamos con nosotros, que confiamos, que creemos que podemos… Ir por nuestro camino y seguir nuestro norte y fracasar todo lo fracasable si es necesario… Porque cuando te equivocas siendo tú, poniendo tus ganas y tu pasión, el error es difícil de llevar también pero notas como tu conciencia está serena, te reconcilias contigo, te sientes entero… Porque sabes que no estabas allí sólo por el resultado sino porque sabías que debías estar, para no traicionarte.

Cuando te equivocas negándote, ocultando tu verdad, eligiendo no ser tú porque el miedo te vence el error sabe aún más amargo y esa sensación pegajosa de culpa se te pega en la espalda…

No hay culpas, no hay reproches… Hay responsabilidades que asumir y nuevos mapas por dibujar… Empezar de nuevo y volver a consultar esa brújula, esta vez con tu norte, con tu sueño…

Al final, no importa porque te equivocas. Lo que importa es darse cuenta y saber cambiar de rumbo. Siempre se aprende, siempre se crece… No hay fracaso, es un ensayo…  Es un aprendizaje valioso, la forma en que teníamos en aquel momento de descubrir quienes somos…Lo único a decidir es si llegado el momento tomas la decisión que te lleva a crecer o te arrugas ante la adversidad. Si descubres que, en el fondo, a pesar del vértigo, sólo puedes agarrarte a ti mismo… Y no te dejas tentar por algunos salvavidas que te alejan del destino que has dibujado para ti.

A veces, para llegar a donde quieres llegar, hay que dar un rodeo y perderse un poco.

A veces, para saber quién eres necesitas descubrir primero el camino que no quieres transitar. Y notar esa sensación de paz  que te invade cuando te equivocas siendo fiel a ti mismo…

 


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Ocho horas


Una vez hace años me zarandeó mucho por dentro escuchar esta  frase… “si dispusiera de ocho horas para cortar un árbol, usaría seis en afilar el hacha”. Es de Abraham Lincoln.

En aquel momento pensé que dedicar seis horas en la preparación era una barbaridad. Conociéndome, supe que yo me hubiera lanzado a golpear el árbol de forma desenfrenada  y compulsiva (es una metáfora porque adoro los árboles y no podría sujetar un hacha). Y que después de calibrar las dificultades, me hubiera entretenido en afilarla un poco, demasiado poco, seguramente. Y no es porque no sea una persona que ha invertido poco en formarse ni planificar, todo lo contrario, pero siempre he sido más de “que la inspiración me pille trabajando” como dijo Pablo Picasso.

Hice lo que he hecho siempre cuando llega a mí una información que no estoy preparada para asumir, la dejé a un lado y cada vez que pensaba en ella, notaba una punzada en el pecho…

El caso es que la frase me sacudió un poco por dentro, seguramente, porque me hacía falta  interpretarla y entenderla. Tal vez porque soy muy intensa e impaciente y  supongo que me di cuenta de que me estaba interpelando directamente. Entonces, decidí que Lincoln, a pesar de ser un hombre sabio y dicen que un buen estratega, tal vez no lo sabía todo, que cada uno es un mundo y que yo era una persona de acción.

Aunque en realidad, no era del todo cierto. Es verdad, soy una persona de acción… Prefiero pedir disculpas a pedir permiso y arriesgar a pasarme la vida preguntándome qué podría haber pasado… Y también soy de dar mil vueltas a las cosas y reflexionar mucho, eso sí, cuando decido algo, me gusta llevarlo hasta el final.

Pasados los años, lo mantengo todo…Mi impaciencia, mi necesidad de pasar a la acción… Lo he ido trabajando para aprender a esperar, pero me sigue costando muchísimo. Y ahora me doy cuenta de que esas seis horas afilando el hacha no hablaban  de perder el tiempo ni de esconderse como entendí en un principio… No eran excusas para demorar la acción ni poner en peligro conseguir derribar el árbol… El hacha no es el instrumento con qué cortar, eres tú. Y tienes que estar en las mejores condiciones anímicas, mentales y físicas para dar el máximo.

Reconozco que ser un poco imprudente me ha llevado a grandes cosas, lo reafirmo, me hace feliz esa necesidad de cambiar las cosas y salir de mis dominios para adentrarme en lo desconocido, aunque me suponga pasar un miedo terrible y tener que afrontarlo… Sigo creyendo que si no cambias tú, no cambia nada. Y sigo siendo una persona que cree en la preparación, pero que sabe que no puedes estar siempre esperando a estar al cien por cien seguro de algo para lanzarse… No se puede esperar a que todo sea perfecto, porque jamás lo es… Y si alguna vez lo parece, es que nos estamos engañando…Lo que pasa es que la necesidad te lleva a veces a forzar y hacer que las cosas sucedan cuando aún no están en su punto y acabas perdiendo las carreras por falta de entreno o porque te faltaban unos días de mentalizarte para ser el ganador.

No se pueden forzar la cosas. Hay un tiempo para todo y cuando haces algo sin estar preparado para ello, el resultado no es nunca el esperado… Cosa que por otro lado no significa que no sea válido o no te suponga un gran aprendizaje. Todos los errores son pura magia para poder seguir… El problema surge cuando repites siempre el mismo.

Lo que ahora tengo claro es que esa preparación no habla de nada que esté fuera de ti sino dentro. El aprendizaje real no es sólo el de afilar el hacha (no tengo nada en contra de afilar el hacha, aunque no es una actividad que me fascine) sino el de confiar en ti, de aprender de lo que te pasa. Antes de cortar tu árbol debes conocerte y saber quién eres y qué buscas, qué estás creando en tu vida que te acerca a ser bueno talando árboles…

Afilar el hacha seis horas no es quedarse en tu zona de confort demorando el momento,  es el gran cambio. Hasta que no te has convertido en esa persona que es capaz de cortar el árbol, no tiene sentido empezar a golpearlo para derribarlo o al menos, esa tarea será aún más complicada.

Lincoln desde la voz de la historia me dolió porque cuestionaba mi impaciencia, ni necesidad de tocar lo soñado y anhelado en seguida, mi búsqueda insaciable de seguridad dentro de la incertidumbre, el apego a lo que es tangible y calculable, a lo que se almacena y se cataloga… Prefería talar un árbol ya sin saber por qué, que esperar a saber si realmente quería talar árboles…Porque siempre he necesitado sentir que todo está controlado, que todo está bien encarrilado…

Y cuando te llega la miel sin saber que es miel, nunca es dulce. Si derribas el árbol sin saber quién eres, nunca te sirve para nada… Bueno, no es cierto, me desmiento… Todo lo que hacemos nos lleva a nosotros mismos, a aprender, a conocernos, a equivocarnos y reconducir nuestra vida… Y es cierto, hay que talar muchos árboles sin saber quién eres para decidir si quieres o no talarlos. Para que uno de ellos sea el árbol que realmente te lleva a algún lugar soñado…Aunque perdemos muchas oportunidades por no saber encontrar el punto justo para actuar…

Nos preparamos mucho para aparentar sin llegar a ser realmente quienes somos.

Nos define demasiado la meta, cuando en realidad somos el camino.

Somos cada uno de los cambios que hacemos en nosotros para aceptarnos y encontrar nuestro potencial.

Afilar el hacha no es prepararse sino convertirse. A menudo hay que asumir más de lo que a veces estamos dispuestos a asumir. Decidir es una mezcla entre asumir el riesgo y lanzarse y saber realmente cuándo estás preparado para empezar. Prepararse y actuar… Hacer y dejar pasar.

hay que decir que no a espejismos maravillosos para no desviarnos del camino, que pinta arduo y complicado, pero que es tu camino. Hay que renunciar a muchas cosas que huelen bien y suenan bien pero que son humo que lo que hace es impedirte ver que no vas por dónde deseas ir.

A veces, para llegar a donde quieres llegar tienes que acercarte a aquello que te molesta o te duele para vencerlo, para superarlo, para descubrir por qué te afecta tanto y saber qué mensaje lleva oculto.

La impaciencia a veces nos deja en brazos de soluciones fáciles que te llevan a las antípodas de tus metas y te dejan roto y perdido.

Hasta que no somos, hasta que no nos conocemos… Hasta que no apartamos la mala hierba del camino, no vemos por dónde pisar ni podemos definirlo…

A veces, basta con necesitar algo para alejarlo más de nosotros, porque nos falta confianza, nos falta sabiduría, nos falta conciencia… Nos falta creer que somos esa persona que llega a la meta.

Supongo que Abraham Lincoln hablaba de estrategia, de usar la inteligencia para hacer las cosas, de medir fuerzas y no quedar exhausto haciendo algo que no requiere tanto esfuerzo si le ponemos ingenio. Hablaba de amortizar y buscar la forma más efectiva de llegar al objetivo…  Para cada uno, habrá una, la más indicada, personal e intransferible.

Hay momentos en los que el hacha eres tú. Tu actitud y tu valor, tu talento y tu misión en la vida…

Y hay árboles tan difíciles de cortar, tan enormes y gigantes, que sólo los más preparados pueden tomar fuerza para derribar…

En realidad, seis horas  afilando el hacha son seis horas descubriendo quién eres para actuar, seis horas  entrando en ti mismo para decidir… Seis horas  para aprender a confiar, a sentir, a conocerte, a creerte que eres la persona que es capaz de cortar ese árbol y darle sentido, encontrar a esa persona que llevas dentro que puede conseguirlo… No lo consigues hasta que no lo eres… Tus sueños no se cumplen, los cumples… Y no los acaricias hasta que no te conviertes en ellos. El aprendizaje real es el de atar cabos con todo lo que te pasa y descubrirte a ti mismo, prepararte para asumir y entonces, actuar.

Se aprende cortando y mucho….

Se aprende poniéndote a prueba y mirando la vida desde otra perspectiva.

No sólo es lo que hacemos, es lo que sentimos, es lo que somos y cómo impregna eso nuestra vida y la de los demás.

Si yo tuviera ocho horas para cortar un árbol, dedicaría seis a conocerme para convertirme en un verdadero leñador.

 

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Algunos errores son necesarios


Nos asusta equivocarnos y, sin embargo, es casi tan necesario respirar. Sin error no hay evolución, no hay madurez ni crecimiento. Sin fracaso, no hay victoria. Cada vez que nos equivocamos, abrimos un nuevo camino hacia otro lugar donde nos espera algo bueno, un aprendizaje que necesitábamos. Si sabemos sacar lo mágico, lo maravilloso, lo bueno de cada error, nos daremos cuenta de que salimos ganando y nos acercamos a nuestros retos, a nuestros sueños. Lo que cuenta es actuar. Decidir. Renunciar. Arriesgar. Equivocarse es maravilloso…

 


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Darle la vuelta al mundo


Hace un rato he estado charlando con una persona increíble. Hay tantas personas increíbles, algunas, como ella, ignoran aún en su totalidad lo maravillosas que son.

Hemos hablado de “discapacidades” y problemas físicos. De lo difícil que es a veces sobreponerse a los tabús de esta sociedad que no ve más allá de la superficie. ¡Cómo son las palabras! Yo siempre digo que curan, pero a veces son mordiscos, arañazos, losas que nos pisan las ilusiones, que nos meten en recuadros, que nos ponen un número y nos colocan en un catálogo. Las palabras pueden llegar a bloquear a las personas porque se transforman en emociones negativas y nos aniquilan por dentro. De eso hemos hablado…

¡Qué repugnantes algunas palabras cuando se usan para limitar a las personas! Cuando se usan para cerrar puertas y, aún peor, cerrar mentes y obligarnos a que todo sea hastiosamente gris y estandarizado, asqueantemente “normal” como dicen algunos…

Lo normal es enemigo de lo mágico, de lo maravillosamente distinto, de lo deliciosamente extraordinario… La rarezas nos obligan a cambiar y dar pasos de gigante… Los grandes remedios y descubrimientos de la humanidad los han llevado a cabo los raros, después de probarlo todo mil veces y acabar rompiendo moldes, superando patrones… Dejando la normalidad a un lado y el miedo encerrado en un armario.

Por eso, cuando nos hemos puesto a hablar con esa persona maravillosa de su discapacidad, he pensado que era imposible que ella pudiera definirse con esa palabra. ¿Discapacitada? ¿por qué? ¿quién lo decide? ¿cómo se mide la capacidad? ¿cómo se mide la belleza?

Si me falta una pierna ¿soy menos persona? ¿y un brazo? ¿y si… ? Si soy bajo, gordo, si voy en silla de ruedas, si no oigo o no veo, si no llego a resolver los grandes paradigmas matemáticos, si no encuentro las palabras necesarias para explicarme a veces, si no tengo memoria, si queda claro que no descubriré la penicilina, si no me puedo mover porque mi cuerpo está atenazado por el dolor… ¿soy menos que otros? ¿menos que quiénes? ¿Que los que no saben amar? ¿Que los que no saben perdonar, ni valorar a los demás, ni aprender de sus errores? ? ¿quién pone las normas para decidir qué seres humanos merecen la pena y cuáles no?

Lo digo porque la persona con la que estaba hablando, con una discapacidad, se había superado tanto a si misma que si tuviera que definirla jamás usaría esa palabra terrible. La llamaría genio, sabia, magnífica, fascinante…

Alguien que nos puede dar lecciones de todo. Lecciones de vida. Y me hablaba de algunos que la habían rechazado por los problemas físicos generados a causa de su enfermedad… Esos sí que son discapacitados, discapacitados emocionales. Personas sin capacidad para entender y empatizar, sin posibilidad de ver más allá de la superficie ni ganas de explorar lo mejor que le pueden ofrecer otros seres humanos… ¡Qué pena! Debe tratarse de personas “normales”. Ese tipo de personas que nunca ha cruzado la línea de lo mágico, de lo que no está escrito ni preparado, que nunca se ha dejado llevar ni ha asumido sus rareza. Personas que se creen perfectas y que ignoran que la perfección, de existir, sería de todo menos deseable.

Todos somos discapacitados. Todos somos imperfectos y nos equivocamos. Todos andamos a ciegas en algo y necesitamos ayuda para hacer mil cosas. Todos tenemos faltas. Todos caemos. Todos tenemos defectos… Aunque nada de todo esto es lo que nos define, lo que nos convierte en personas válidas es la forma que tenemos de vencer esas vicisitudes, de plantar cara a los problemas y superarnos. Lo que nos hace mejores es la inteligencia que nos lleva a hacer de nuestros defectos pequeños trampolines para tomar impulso y crecer.  Una inteligencia que va más allá de repetir fechas y nombres, la inteligencia de los que saben soñar y sentir. La inteligencia de los que saben escuchar y no arrasar con los demás… La inteligencia de los generosos y los humildes. La inteligencia de los que saben perdonar y quieren conocer.

A veces, lo que nos falta, actúa como estímulo para darnos un talento extra si sabemos no rendirnos… Nuestros defectos nos ayudan a madurar. Lo que creemos que nos convierte en discapacitados, en realidad, nos hace ser grandes. Lo que a ojos del mundo podría hacernos “no válidos” nos transforma en seres prodigiosos… ¿Qué importa lo que diga el mundo que somos? ¿qué más da lo que diga un papel que podemos o no podemos hacer? Somos más que un informe, que una categoría o un síntoma. Somos más que una patología o su consecuencia. Llevamos en nuestro interior algo que no se mide ni cataloga, que no se vende ni se encierra… Somos más que nuestras circunstancias porque cada día las superamos y damos un paso más allá de lo que está escrito que podemos hacer.

Salimos de los esquemas. Rompemos moldes y prejuicios. Saltamos lo que era insaltable y llegamos a donde nadie creía que éramos capaces de llegar. Superamos metas inalcanzables y borramos los límites que alguien que no nos conoce había dibujado para nosotros. Somos ilimitados. Somos lo que podemos imaginar. Lo que podemos soñar. Lo que hemos decidido que queremos tocar y disfrutar. Y nuestras discapacidades son el impulso, la energía, lo que nos llena del ímpetu necesario para construir alternativas, para reírnos de lo que dicen las normas y los catálogos… Para salir del mapa reducido y limitado que otros han trazado y que parece nunca podíamos abandonar.

Sólo hay que darse cuenta del valor que llevamos dentro esperando a ser mostrado y compartido y no dejarse encarcelar por las palabras, ni por las personas que no saben ver más allá. Porque lo merecemos… Para que los que esperan poco de nosotros vean que se equivocan,  llevémosles la contraria a los que sólo ven nuestras discapacidades, salgamos del mapa que se nos queda corto y démosle la vuelta al mundo…


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Antes de volar


No hace mucho pensaba que si hubiera podido dibujar mi vida desde el principio, seguramente habría perdido menos tiempo intentando quererme. No es que el tiempo dedicado a mi autoestima haya sido un desperdicio, claro que no. Quererse es imprescindible para conseguir ser feliz y hacer felices a otros. Quiero decir que me hubiera gustado llevar la autoestima de serie un poco más alta y no tener que dedicar tantos años a trabajármela. Días y días de soltar llanto reprimido y abrir los ojos a la realidad de que todos somos valiosos y distintos y todos podemos ofrecer algo que vale la pena, seamos cómo seamos. Por tanto, si hubiera sabido que llegar respetarme tal y como soy me llevaría tanto quebranto, hubiera querido nacer con esa lección aprendida porque es básica. Si no te amas, no amas. Si no te sientes bien contigo mismo, todo lo que intentas se pudre.

No hubiera tenido que ser ni más maravillosa, ni más conformista. Sencillamente, podría haberme concentrado en otras metas posteriores que me esperaban, a las que no tuve acceso hasta que mi autoestima llegó a un nivel mínimo. Cuando te quieres a ti mismo, se abren ante ti caminos por explorar que ignorabas que existieran. No somos conscientes de lo mucho que podemos llegar a hacer si nos ponemos a prueba y lo intentamos. Cuando no te quieres, te ocultas siempre y nunca arriesgas nada, nunca sales de tu zona de confort porque sientes pánico a que te miren, a contemplarte a ti mismo con esos ojos inquisidores…

Imagino haber visto esos caminos, esas posibilidades, esas oportunidades ante mí mucho antes y no puedo evitar derramar unas lágrimas… ¡Cuánto podemos llegar a negarnos a nosotros mismos ser felices! ¡cuánto nos vetamos vivir intensamente mientras nos castigamos por no ser, no parecer, no llegar! Y eso, dejando de lado que a veces es falso, porque sí somos y sí llegamos y no importa qué parezcamos… Eso nos cierra los ojos para ver que hay un millón de ventanas abiertas por las que acceder a distintas vidas y realidades esperando que nos asomemos a escoger la que nos apetece.

Todas las veces que podría haber disfrutado del momento que vivía pero estaba demasido compungida pensando en que no era cómo yo soñaba o, peor aún, cómo otros esperaban de mí… Todas las veces que no pude sentirme bien imaginando qué podían pensar los demás de mis errores o mi aspecto… Siempre pendiente de llegar a una perfección aturdidora sabiendo que jamás iba a conseguirlo y culpándome por no tocar una meta absurda. Cómo si hubiera estado siempre mirando al lugar equivocado y habiéndome perdido el maravilloso espectáculo que había a mi alrededor. Siempre buscando que el sol se ponga en el lado erróneo o perdiéndose la luna por mirar su reflejo. Todo pasaba a mi alrededor y yo no lo veía porque mi dolor deformaba el paisaje y lo teñía de una sord¡dez irreal. ¡Qué desperdicio de momentos que pasaron ante mi cara sin que yo los pudiera ver y sentir!

Siempre que recuerdo todos los escalones subidos en esta escalera del amor propio y lo lenta que he ido (aún me quedan muchos, seré sincera) me siento frágil, me siento caduca, me duele el tiempo perdido intentando ser yo mientras el mundo giraba sin esperarme. El mundo no espera nunca. O te montas en él o te quedas parado intentado descubrir que en realidad eres especial. Aunque no sirve de nada culparse por ello, mejor mirar adelante. Culparse sólo serviría para retroceder y bajar algunos de los peldaños de la escalera de autoestima que tanto nos costó subir. Es mejor responsabilizarse de la situación y poner solución. Seguramente, mientras nos buscábamos a nosotros mismos para encontrar cómo amarnos, encontramos también por el camino mucho de lo que hoy nos hace ser mejores.

Ahora me doy cuenta de ello, siempre estaremos subiendo peldaños para querernos, hasta el último de los días…Todo ese tiempo que yo creía perdido era un aprendizaje  que me había servido para afrontar lo que venía después con un poso distinto. Si hubiera tenido una gran autoestima desde el minuto cero, tal vez no hubiera sabido gestionarla y ahora yo no sería yo… El tiempo lo malgasto ahora lamentándome por haber tardado tanto en subir la escalera y no saber dejar atrás lo que no cuenta. Por sentirme caduda y triste pensando en lo que pudo ser… 

Podría haber ido más rápido, sin duda, pero ahora sería una persona distinta. Y algo que ha aprendido de intentar quererme todos estos años es que, a pesar de lo mucho que quiero mejorar y crecer, me gusta cómo soy.

Con cada falta y querencia. Con mis emociones desatadas y mis lágrimas facilonas, a veces. Con mi amor por las palabras y mi necesidad de comunicarme siempre… Con mis prisas y mi impaciencia. Con mi ilusión desbocada y mi cabeza incapaz de dejar de pensar… Nunca sabré dónde estaría si el primer día hubiera podido decir esto que ahora digo y estar convencida de ello. Tal vez en ninguna parte, haciendo nada, incapaz de encontrar ninguna palabra para nadie. Seguramente porque cuando todo está bien, no tenemos necesidad de luchar por cambiarlo. Sin conflicto, sin esfuerzo, no hay vida. El dolor te hace caminar y buscar, te hace salir de la crisálida y explorar. 

Y al final, el tiempo usado intentando quererse es una inversión de madurez que puede ser muy útil a la hora de enfrentarse al abismo. Siempre queda un peldaño más por subir y un poco más de lastre por soltar…

Y una lección aprendida… Nada es en balde, todo lleva su tiempo… Aunque una vez asumido, conviene recordar que el mundo gira y hay que montarse en él. La vida es un gran espectáculo que no nos podemos perder…

Dicen que si ayudas a una mariposa a salir de la crisálida, sin querer, la acabas matando… Sus alas necesitan luchar para salir por el agujero para poder madurar antes de volar…