merceroura

la rebelión de las palabras


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Condiciones de uso para la vida real


Sueña mucho y espera poco. Al menos, no condiciones tu alegría y estado de ánimo al resultado. Disfruta del sueño, paladéalo. Por más que lo intentes, hay personas que tal vez no te verán nunca, porque lo que te hace grande es invisible a sus ojos.

Inténtalo si crees que valen la pena, hasta que la dignidad te lo permita o la ilusión por conseguirlo sea mayor que la decepción.

Ilusiónate sin límites pero no pierdas de vista el suelo. Mantén las raíces el la tierra y alarga tus ramas. Por más que grites habrá quién nunca te escuche, porque lo que dices no les parece importante. Las verdades no necesitan decirse más alto sino más claro y, a veces, sólo hace falta susurrarlas. Hay personas que parecen inmunes a las palabras, al menos a las tuyas. Diles lo que necesitas contarles, aunque no escuchen. A veces hay que hacer cosas que ya sabes que no surtiran efecto, sencillamente por ti, no por ellos.

Piensa, pero siente. Eres el cúmulo de todas las emociones que arañan tu alma y todo lo que haces para sobrellevarlas. Hay pedazos de mundo que tal vez no pises y caminos que no tomarás. Hay gotas de lluvia que no podrán mojarte y olas que no llegarán a tus pies. No puedes hacerlo todo, controlarlo todo, saberlo todo, notarlo todo… Aunque puedes intentarlo mientras la obsesión no se te coma la razón y la frustración no caduque tus sueños.

Sigue, aunque estés cansado y no te notes los pies ni la sepas qué expresión hay ya en tu cara… Harás esfuerzos que nunca llegarán a compensarte. Amarás en balde porque no recibirás la misma cantidad ni calidad de amor. Algunas personas son para ti una meta y tú para ellos sólo un peldaño más de una escalera repleta de peldaños que ni siquiera han decidido si quieren subir. Para algunos serás una oruga y para otros una mariposa… Aunque tú eres tú, siempre. Y lo que eres no depende de cómo ellos te vean si no de cómo seas capaz de verte tú. De lo que pienses que eres, de lo que decidas que eres, de lo que sueñes ser… Habrá quién te quiera mucho y no sepas corresponderle. Habrá quién dedique parte de su vida a ponerte la zancadilla. Habrá quién camine a tu lado sin pedir nada. Habrá quién desearías que te pidiera algo y tal no lo haga nunca.

Confía, aunque la decepción se te coma el sueño. Si no confías por temor a perder, ya pierdes. Si cierras la puerta al lobo, no verás pasar al cordero… Puede que alguno no se alegre de tus risas y  comparta tus penas no por acompañarte sino porque necesita saber que sufres. Habrá también quién te de más de lo que imaginas… Quién te de más de lo que su ego le permita y puede que incluso así no sea suficiente. Hay mil formas de amar y mil formas de demostrarlo, algunas duelen y se clavan. Algunas condicionan, algunas arañan… Hay formas de amar que caducan y perecen. Hay formas de amar que te hacen volar.

Ama, es un sano ejercicio que te aleja del egoísmo y te expande el pecho. Aunque los zarpazos sean enormes y algunos amores no sean sanos. El que ama nunca se equivoca… El amor no se pierde. Querer nunca te debe hacer sentir indigno… Alguno no dormirá si no duermes y otro se meterá en tus sueños y no los abandonará por más que supliques. Tendrás que sacarle a rastras con la peor de tus muecas y decirle que si desea volver tendrá que acatar unas normas. A veces tendrás que recordar a otros que tu vida es tuya, por si casualmente creyeron que les pertenecías.

Recuerda, pero mira hacia adelante. Hay palabras que olvidarás y otras que quedarán esculpidas en tu cabeza hasta que te abandone la memoria y, aún así, al oírlas, tu cuerpo se estremecerá.

Hay situaciones en la vida que nunca se borran, para bien o para mal… Eso nunca se sabe. A veces lo más grande se esconde en un lugar diminuto y oculto y lo que está a la vista y brilla mucho no vale nada.

Algunos años de tu vida te parecerán perdidos y algunos segundos quedarán pegados a tu eternidad. Tendrás que darte prisa, los días pasan, los sueños corren, los miedos crecen si les das de comer retrasando el momento de vivir.

De quién nada esperas recibirás un abrazo, dónde nada buscas, encontrarás consuelo. A veces, confiarás y acertarás y otras tendrás que bajar a algunos de tus dioses del pedestal.

Algunas noches serán brillantes, algunos días serán oscuros.

Arriesga.Tendrás miedo, pero eso no es lo que importa, lo que importa es que sigas adelante a pesar de notar que habla al oído y te pide que te detengas.

A veces te equivocarás tanto que perderás el norte. Otras veces, acertarás sin darte cuenta y te sentirás perdido.

Serás perdonado sin merecerlo. Serás indultado sin saber por qué. Esperás una gloria que no llega y recibirás el castigo que iba para otros… Aprenderás de todo ello y serás mejor que antes. No siempre sabrás por qué.

Sé fiel a tus valores. Sé feliz con poco y aspira a mucho. En ocasiones será que no, porque no o será que sí, sin motivo aparente… Aunque debes luchar igual porque nunca sabes si falta un siglo para encontrar lo que buscas o si está a la vuelta de la esquina, pero sobre todo, debes luchar porque mientras haces el camino, te conviertes en alguien más sabio. Porque a veces no encuentras la moraleja en cada historia que vives y te desesperas al pensar que sufres sin sentido. Y, sin darte cuenta, esa moraleja eres tú. No compitas con nadie, porque nadie es mejor ni peor. Compite contigo y supérate sin castigarte. Quiérete mucho, eso te permitirá salir airoso de todo lo anterior y evolucionar sin perder la esencia.


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Todo sobre Maite


Voy a hablaros de Maite. Se me presentó esta tarde en el tren. Un trayecto largo, un vagón repleto de personas de pie, sin aire acondicionado, algunas caras largas, algunas mentes estrechas.

Maite me cedió un pequeño espacio para sujetarme y no caer. Sin apenas darme cuenta empezó a hablarme. Con prudencia, con recelo, con inquietud pero con ganas, aún no sé por qué. ¿Soledad? ¿necesidad de conversación? ¿necesidad de aprobación? El caso es que ella me preguntó a qué me dedicaba y yo le respondí que era periodista. “Yo limpio en una casa, dijo, no servía para estudiar, nací con algunas deficiencias y no soy muy inteligente” me cuenta Maite.

Ahora llega ese momento en el que os pido que no os dejéis llevar por prejuicios, que no sintáis pena por Maite, en absoluto. Maite es una luchadora y cuando termine estas líneas, sentiréis envidia de la sana, orgullo e incluso cariño por ella. Maite limpia y, según me explica, lo hace muy bien y es muy responsable porque quiere ser digna de la confianza que la señora que le ofrece el trabajo ha depositado en ella.

Vive con su hermano y su madre. No ha sido fácil eso de no ser “normal” dice ella, “este mundo ya es complicado para alguien como usted, imagine para alguien como yo”. Parece que se excusa por ser “distinta” y le pido que no lo haga, le digo que nadie es perfecto y que hay muchas formas de ser inteligente. Me dice que claro “que ella tiene la inteligencia del esfuerzo del día a día y que tiene el don de conocer a las personas con verlas”. Que nada más verme sabía que sabría escucharla, porque hablar conmigo es fácil. Eso me hace pensar, debe de ser cierto porque me habla mucha gente y me cuenta sus cosas. Maite me pregunta por tercera vez si me molesta y le digo que no, claro que no. Ante nosotras, una joven que nos mira y seguramente piensa lo que muchos estarían pensando, que la situación es rara, que Maite es friki y yo también por escucharla. Que ella se la sacaría de encima rápido…

Maite me mira fijamente y me dice sueña con llegar a ser cocinera y, sin conocerme, me pregunta qué me parece. Le digo que me parece genial, que a mí también me gusta mucho la cocina, que se basa mucho en la intuición. Ella me dice que es muy intuitiva y que eso es “otra forma de ser inteligente”. Le digo que es esa inteligencia que no se aprende, se pone en práctica sin saber por qué ni cómo, que viene de dentro y que tenemos todos por desarrollar si queremos. “Una inteligencia que viene de corazón ¿verdad?” me pregunta.

Justamente eso, le digo yo. Y me dice que antes se sentía mal consigo misma, que no soportaba no ser “normal” pero que ahora se ha dado cuenta que si se lo propone consigue cosas que las personas “normales” no pueden. Ella tiene mucha fuerza, testarudez, empeño… “Soy muy constante, eso forma parte de mi deficiencia y de mis ganas de superarla”.

Se ha dado cuenta poco a poco, con la ayuda de profesionales, que a veces tiene que esforzarse tanto para algunas cosas que se pasa de vueltas y consigue el doble. Que corre mucho, camina mucho, limpia mucho, lee mucho, conoce más gente porque antes se quedaba callada para no molestar y sabe que debe esforzarse más que ellos… “Como a usted señorita, en este tren ¿ha visto cómo me he atrevido a pesar de ser usted una periodista y yo una persona que limpia?”

No sé qué decirle a Maite, me deja sin palabras. La lección me la está dando ella a mí y tengo la sensación de que no lo sabe. Ignora el gran valor de sus palabras y su testimonio. Ignora el entusiasmo que irradia y la extraña sabiduría que subyace en lo que cuenta.

Ella sigue. Antes le importaba que alguna gente se riera de ella porque no era como los demás. Se daba cuenta de que se reían aunque no les decía nada… Ahora le da igual, se siente bien consigo misma porque ha descubierto que puede hacer mucho si se lo propone.

Yo le digo que no piense en los demás, que los que se ríen tienen mucho miedo de ser ellos mismos y lo esconden tras sus carcajadas. Que todos somos distintos. Que no importa el punto de partida y a veces ni siquiera el de llegada, sólo el trayecto. Que la normalidad es una estupidez. Que lo que cuenta es vivir a conciencia e intentar lo que deseas, vivir cómo tú quieres y no cómo los demás creen que debes vivir… Que espero que se convierta en cocinera, que puede, se le nota.

Maite sonríe. Sonríe en un vagón repleto de caras agrias y cansadas. Se lo digo… “Ves Maite, todos parecen amargados y tú eres feliz, eso es lo que cuenta. La felicidad se construye”.

Me da las gracias… Se las tendría que dar yo. Nos despedimos.

Se apea tres estaciones antes que yo y la veo alejarse por el andén.

El tren sigue. El asco y la “normalidad” más anodina y la falta de entusiasmo se palpan en el aire viciado… La joven que nos miraba pensando que éramos frikis tampoco está. No veo en ningún otro rincón del vagón una cara alegre como la de Maite. 

¿Quién quiere ser normal?

A ti Maite, gracias.

 


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El premio eres tú


A veces hay que arriesgar aunque sepas que vas a perder. Aunque tengas claro que no llevas las mejores cartas y que la partida está decidida. Aunque creas que vas a hacer el ridículo y después vayas a pasar cien años escondiéndote… Aunque te des cuenta de que el listón está muy alto y el reto te va grande. Aunque te sientas pequeño y pienses que lo que deseas conseguir es demasiado bueno para ti, sobre todo si piensas eso, entonces es urgente que arriesgues y salgas de tu rincón, que dejes la concha y des la cara ante ti mismo.

A veces, es necesario decir en voz alta lo que siempre le susurras a la noche, lo que escribes en la arena cuando nadie te mira, lo que pensabas que nunca serías capaz de admitir… Aunque ya sepas que no servirá de nada. Aunque tengas la certeza de que te espera una punzada en el pecho o una cara larga, aunque genere incomodidad e inquietud, aunque durante un tiempo, vayas a tener que mirar fijamente el café cuando te sientes en la mesa de siempre porque no te atrevas a surcar el horizonte y topar con unos ojos inesperados.

Hay cosas que uno tiene que hacer, decir, contar… Hay capas de piel que tienes que sacarte de encima para liberarte. Tal vez para preparar tu piel para una nueva herida o esperar el zarpazo más duro mientra muestras tus penas, aireas tus pensamientos… Debes mostrar tu alma ante otros, exponer tus miedos y titubeos, dejar que merodeen en tus entrañas y pedirles compasión, si pueden, para que entiendan tus amarguras, para que sepan qué te duele y qué deseas encontrar… 

A veces hay que arriesgarse pero no por nadie, sino por ti…

A veces tienes que dejar tus heridas al sol para que se sequen y cicatricen, a riesgo que algún desalmado disfrazado de justo les eche sal y ría en tu cara.

A veces hay que sacarse máscara cómica para ponerse la trágica, enfrentar las pupilas más fieras, sortear las carcajadas más sonoras… Quedar como un estúpido, según algunos, como un loco, como un iluso… Para cerrar puertas y abrir ventanas. Para recomponerte y saber qué te queda. Para recordar quién eres y saber que puedes.

A veces hay que hacerlo porque los ilusos mueven montañas. Los que no saben cómo pero cada día empujan, cada día caminan y cada día se levantan temprano y hacen algo que cuesta, que escuece, que pica, que araña.

A veces, hay que arriesgar y hablar claro aunque sepas que no podrás hacer nada de nada, que quedarás el último y que, como mucho, aspiras a quedarte imaginando si algún día podrás o preguntándote si lo que sueñas estará a tu alcance.

A veces hay que arriesgar para perder, sobre todo, si lo intuyes y te asusta. Si pensarlo hace que huyas y salgas del mapa, si aquello te quita tantas horas de sueño que ocultarte ya no te compensa… Si no podrás vivir sin intentarlo. Si no imaginas el mundo sin estar cerca.

A veces hay que sacar el corazón a paseo, cogerlo entre tus manos y mostrarlo en alto. Poner nombre a tus sueños, citar tus tormentos, pronunciar en voz alta las palabras que retumban en tu pecho y esperar…

A veces hay que enseñar la yugular aunque sepas que van a moderte… Por ser capaz, por hacer el ejercicio, por aprender a combartir el pánico… Por ponerte en el lugar de esa persona que deseas ser y que arriesga y consigue. Porque si haces lo que no harías nunca, eres otro… 

Porque el riesgo cambia tu mundo y te cambia a ti.

Porque tú eres quién pone en marcha la máquina que fabrica tu futuro a través de tu presente.

Porque no eres de esos y  siempre has querido serlo… 

Porque eres de los que saben lo que cuesta y no pierden la esperanza.

Porque tú vales más que tu miedo. Porque te mereces más que tu sueño. Porque no llegas a imaginar cómo es la recompensa a este esfuerzo…

Porque aunque la respuesta no sea la que quieres o ni tan sólo preguntes nada y no consigas lo que buscas, cuando todo termine y superes ese momento, tú serás otra persona. Habrás cambiado tu inercia. Habrás puesto en marcha un destino distinto, un engranaje distinto, un mundo distinto. Y serás de los que lo hacen, de los que lo intentan, de los que arriesgan. 

A veces hay que arriesgarse aunque sepas que vas a perder porque el premio eres tú. 


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Extenso inventario de posibilidades


 

No soy el sueño, soy la vigilia. La eterna oruga que metamorfosea y está a punto siempre de ser mariposa. El candado abierto de tu armario secreto. La espiga que colocan en los ramos de flores. El botón de la camisa que dejas sin abrochar, el mechón de cabello que cae sobre la frente y la baldosa que salta cuando pisas firme.

Soy la tortuga, no la liebre. La pared maestra, no el tejado. La ladera por la que se sube a la montaña, no la cima.

Soy el camino que lleva a casa, el aire que agita las ramas de los árboles, el meandro de un río largo, la concha del cangrejo ermitaño.

Soy cada uno de los troncos que arden en la lumbre y el cúmulo de hojas secas que se acumulan ante tu puerta. Soy su picaporte cansado y la silla que espera a que te sientes. Soy el grillo que canta, el viento que golpea las ventanas, el amarillo del sol y el gris plata de un cielo que está a punto de caer sobre tu cabeza.

Soy el mar más bravo y la roca más quieta. El olvido más deseado y el recuerdo más vivo e insistente. Soy la esquina y la plaza desierta con cinco palomas que miran con sus ojos inquietos. Soy el letrero de “Se busca” y un par de zapatos rojos esperando que te los pongas para ir de caza. Soy el olor a canela en la cocina y el beso inesperado en el parque.

Una de esas flores malvas que nadie sabe como se llaman y que acaban invadiendo a las margaritas. Una de esas hierbas silvestres que cubren la tierra de verde y dan color al paisaje.

Todas las motas de polvo y partículas en suspensión de tu aire. Todos los sueños viejos que sacas a paseo cuando te sientes acorralado. Todas las horas tontas de cansancio cuando no suportas habitar tu vida. Las sacudidas y los golpes que moran en tus sienes. Las caricias acumuladas en el deseo…

Soy el paso lento y el trote. Soy más el pañuelo que el llanto, la risa que la anécdota, el rocío que la lluvia… Soy el bálsamo que aturde y calma un rato, el lecho cóncavo donde refugiarse de las miradas extrañas. El abrazo conocido y cálido, la brecha en la que colocar el amarre para no caer al vacío…

Soy el canto de río y el campo de heno. El día perdido buscando una excusa, la palabra que no encuentras pero que casi pronuncias… Ese pensamiento que necesitas, esa decisión que quieres tomar y no te atreves.

Soy los cimientos que sujetan la torre más alta, la raíces que sueñan ser ramas, la noche que anhela ser madrugada, la boca que desea ser beso.

Soy cada una esas infinitas posibilidades…

Soy la hormiga, no la cigarra. Aunque envidie su mente despreocupada y su descanso inconsciente. Soy la cáscara y no el huevo, la tela y no la araña. La cebra que busca al león y el río que busca al mar. El agujero en el muro por el que se filtran secretos y mensajes, la calle que lleva al bar donde todos comparten mesa. El espejo en el que al mirar puedes contemplarte el alma y la conciencia, el sombrero que agiliza las ideas y el paraguas que atrae la lluvia.

Soy la tortuga que sigue la carrera a pesar de que la liebre parece que gana. La oruga que mantiene la esperanza y cada día se busca las alas.

 

 

 

 


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Vamos a ser felices


 

Venga, vamos a ser felices. Es simple y a la vez muy complicado, un ejercicio para nota, para la vida. Empezar es sencillo. Vamos andando por una linea mentalmente marcada y nos asombramos de todo lo que encontramos, aunque sea viejo y conocido… Lo miramos con pupilas nuevas, como si fuera la primera vez, con un hambre y unas ganas de devorar cada segundo que sonroje, que retuerza el ánimo y te coloque en ese punto agradable que hay entre el sueño y la vigilia… Cuando todo se ve claro pero es porque le has puesto el filtro del entusiasmo.

La linea está trazada por ti y puedes salir de ella cuando quieras, ahora mismo, de hecho. Sales de ella para soñar, para volar, para tomar aire, para que el oxígeno te llegue a las amígdalas y notes que vives, para que quede almacenado en ti que eres libre y decides tu camino, que tienes suficiente para todo pero que quieres más… Y ese más de todo es imposible y asequible al mismo tiempo, como un sol que brilla y sale entre las nubes de lluvia intensa, como unas ganas imparables de seguir pero sin poder parar de mirar alrededor y maravillarse…

El ejercicio consiste básicamente en eso, andar a trote, con los pulmones llenos de aire, con los ojos abiertos, tan abiertos que no puedas perderte nada que pase, nada que vuele, nada que salte… Nada que exista y pueda degustarse, tocarse, besarse, acariciarse, olerse… Y al mismo tiempo, pensando en la siguiente meta, sudando la cuesta, poniéndote a prueba…

De vez en cuando, nos detenemos y miramos atrás. Nos saltan las lágrimas por todo lo duro que hemos caminado y la fuerza que usamos… Miramos lo que nos rodea. Vemos todo lo hermoso que se nos acerca, lo mucho que tenemos, lo que nos toca el alma y lo que nos la araña… Lo que abrazamos con fuerza, lo que nos da el sentido para habitar este cuerpo que a veces se cansa de andar pero que no se rinde… Y miramos hacia adelante. Fijamos la vista en lo que deseamos acariciar, lo que buscamos sentir, lo que nos motiva y apasiona… Lo que esperamos conocer, sea dulce o amargo, alegre o triste, grande o pequeño… Lo que nos pone a prueba y nos llama a existir.

Venga, seamos felices. Recordemos lo bueno, lo hermoso, lo que hemos aprendido. Fijémonos en lo que tenemos la suerte de vivir y compartir y pensemos en lo que nos entusiasma lo suficiente como para levantarnos cada día y luchar. Una lucha pacífica, de mano tendida y carcajada fácil. Ese camino que nos imaginamos siguiendo hasta tocar el cielo y sentarnos a la sombra. La felicidad es una idea, un estado mental, un punto en el que posar la cabeza y dejar de pensar. Un camino sencillo cubierto de señales contradictorias, un campo abierto cercado por vallas imaginarias e impuestas. 

Surquemos el miedo y venzamos la pereza. Arriesguemos la posición en el tablero sin perder el centro de gravedad. Encontremos ese difícil equilibrio entre presente y futuro, con la moraleja del pasado, pero sin sus caras amargas, sin sus dentelladas profundas. Seamos conscientes de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser. Perdamos la memoria para lo bárbaro y recordemos lo espléndido. Conformémonos con poco y aspiremos a mucho. Sonriamos con lo mínimo y busquemos lo máximo…

Lo máximo a veces es aprender a pedir y otras a recibir. Acumular o desprenderse. Sentir o ignorar. Saber y desconocer. Llorar o reír. Perder o ganar. Sujetarse o saltar… Amar o dejar de amar. Consumir o mantener. Seguir la linea o abandonar el camino trazado para explorar. Cada uno tiene su cielo…

No hay normas, no hay claves, no hay manuales que seguir. A veces sólo hay que cerrar los ojos e imaginar lo que queremos…Tiene mil formas y ocupa mil espacios. En algunas ocasiones, se coge con las manos y otras no puedes llegar a verlo. Puede ser enorme y sólido o etéreo y sutil para atravesar paredes y conciencias. Se mide por impulsos, por emociones, por jadeos y lágrimas. No pesa pero alimenta. No abulta pero crece. 

Es eso. Exactamente eso.

Y si no sale bien, nos reímos y volvemos a empezar. El intento es ya el triunfo. 

 


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Toda la vida


 

Llevo casi toda la vida buscando un lugar, un momento, un silencio en el que pensar y oírme la voz. Un lapso de tiempo en el que todo sea casi perfecto. Un día en el que las fuerzas rebosen mis dudas y el sol venza mi noche. En que todos mis caminos converjan en un punto que me lleve a sentir llena, tranquila, quieta pero activa, ágil y en calma… Uno de esos instantes en los que no necesitas ser perfecto y en los que todo gira a tu alrededor y se desplaza hacia ti. Todo te busca, todo te encuentra como un meandro que se acerca surcando la tierra hasta besar tus pies y seguir tus pasos. Uno de esos instantes en los que parece que vives sin esfuerzo, sin lucha interior, sin tener que recordarte a ti mismo que puedes, sin medir tus aciertos y tus faltas… Sencillamente viviendo, sintiendo, notando lo que pasa, lo que te toca, lo que te surca. Siendo tú sin excusa, sin más misterio que el del deseo… Sin más muros a tu alrededor que los de tu propia dignidad.

Todos los días que recuerdo, he intentado sobrellevar una nube de estigmas ocultos en cada uno de los peldaños de mi vida, de mi escalera de caracol repleta de fantasías y delicias, de claros y oscuros, de miradas salvajes y deseos ocultos, de sencillos versos y palabras escritas… Una escalera repleta de monstruos conocidos y asequibles y lágrimas dulces y calientes. Algunos quejidos, algunos roces inciertos, algunos arañazos en las piernas más por torpeza que por malicia… Algunas pérdidas irreparables por cobardía, algunos aciertos por impulso, algunos sueños insistentes y casi imposibles… He buscado en todos los rincones de este camino a veces tortuoso algún espacio libre y abierto, un espacio sin miradas lacerantes donde existir sin pedir permiso, donde levantar la vista sin imaginar que debo por ello pedir perdón…

Un lugar donde no llueva, cuando llueve. Un lugar donde ocultarse cuando duela, donde sosegar los latidos si el pulso se acelera y recordar tu nombre cuando ya nadie lo pronuncie. Un lugar donde gritar cuando el silencio es asfixiante, donde encontrarte a ti mismo cuando la soledad es tan enorme que parece que te insulta.

He buscado en las pupilas de muchos ojos, entre muchos brazos, en las esquinas de muchas calles y en los valles que forman muchas montañas. He recogido limosna de cariño, esbozos de caricias, palabras que son casi besos, besos que son casi hiel… Algunos susurros que parecen plumas que tocan tu piel y te erizan el vello, que alcanzan tus sienes y golpean tu conciencia hasta que no sabes qué quieres o no lo recuerdas. He acumulado tantos sueños y súplicas que podría hilvanarlos hasta el infinito y recorrer el mundo sin perderme sujeta a su calor…

He perseguido risas y he engendrado algunas tormentas mientras buscaba acurrucarme en unas entrañas plácidas donde descansar. He causado dolor y me lo he cargado en la espalda. Me he sentido diminuta, penitente, agotada de culpa y repleta de miedo. He aprendido mientras buscaba… De nada sirve apuntarse con el dedo, recordar la miseria, regodearse en el dolor, hundirse en el lodo compasivo de la apatía. Nada bueno se saca de sumirse en el llanto y oler de lejos las flores e imaginar que intentas, que asumes, que arriesgas, que protagonizas esa historia que sueñas…

He dedicado mis horas a huir de la tormenta y buscar un refugio, una lumbre encendida, una puerta abierta y un corazón que ocupar…

Ese lugar casi no existe. Al menos, no siempre… Se ocupa a ratos y luego se borra, se desvanece, se extingue, se desdibuja. Es un destello que no se atrapa, una carcajada, un clímax fugaz, una mirada encendida, una palabra amable, un café… Dura lo mismo que un baile, que un amanecer, que una anécdota, que una tarde de charla… Luego se apaga.

Si existe ese sitio, está dentro de ti. Lo llevas escondido en uno de tus huecos. Es donde va a parar el aire cuando respiras hondo para soportar la angustia, donde almacenas besos y caricias que esperan encontrar unos ojos cómplices, donde vas a parar cuando parece que el cosmos te escupe, donde te arrastra el miedo cuando lo superas… Donde puedes caminar sin mover los pies y escuchar tu voz cuando el mundo no calla.

Al final, el refugio eres tú. El fuego que arde esperando tu llegada, lo enciendes tú. Tú abres la puerta y dejas pasar a quién tú quieres. Tú decides si hueles las flores o las miras desde lejos. Tú haces callar al mundo para escuchar tu voz. Tú marcas el paso en este camino.

 


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He sido yo


Los seres humanos son extremadamente complejos. Queremos una cosa y todo lo contrario. Buscamos como locos llegar al precipicio para decidir no saltar. Queremos salir y entrar a la vez. Estar fuera y estar dentro. A veces, queremos incluso que nos agredan para poder permitirnos agredir, para darnos el lujo de descargar en alguien nuestra ira acumulada durante siglos y nuestras frustraciones personales. Buscamos a alguien con quien topar en el tren y soltarle cada uno de los golpes que llevamos guardados en nuestro pecho ansioso por decirle al mundo que ya no lo soporta más. Usamos a otros como títeres cuando nos sentimos títeres. Damos desprecio porque recibimos desprecio y no somos capaces de cortar esa cadena de asco que entre unos y otros va tejiendo nudos. Porque no somos capaces de rebelarnos y decir que ya basta y defender nuestra dignidad.

Vamos engendrando la excusa para no tener que hacer algo que nos da pereza, nos molesta o nos asusta… O para poder hacerlo y sentirnos menos culpables, para tener el atenuante que explique porque caímos en la tentación.

En ocasiones, hacemos aquello que hemos criticado hace cinco minutos con saña. Somos lo que decimos que son los demás y les aventajamos en amargura. Nuestras palabras delatan nuestras emociones y sentimientos. Carecemos de lo que alardeamos. Deseamos lo que despreciamos. Buscamos lo que hemos perdido por no haberlo valorado lo suficiente. Salvando distancias, es como si nos identificáramos con nuestra propia basura… Lo que tiramos, lo que decimos no querer, lo que nos cuesta decir en voz alta que anhelamos y que nos hace sentir únicos, lo que aborrecemos en los demás es lo que nos da miedo encontrar en nosotros mismos y sabemos que es posible hallar si hurgamos… Lo que dejamos en nuestros despojos y queremos ocultar.

Somos adictos a catalogar situaciones y personas, cuando en realidad, estamos poniéndonos etiquetas a nosotros mismos. A menudo, nos asustan nuestros propios valores y el compromiso que supone ser fiel a ellos. Ser valientes y dar la cara, arriesgar por lo que creemos y por las personas que nos importan. Jugamos a ser superficiales y dibujamos un mundo donde ser eternamente niños. Esa inmadurez puede causar dolor a los que nos rodean que necesitan a su lado personas que estén dispuestas a asumir responsabilidades. Personas que reconocen sus errores y aguantan la mirada.

A veces, no sabemos lo que queremos o no nos atrevemos a quererlo. Porque pensamos no merecerlo, porque pensamos que es demasiado bueno para nosotros. Porque nos parece inalcanzable o tal vez porque tememos no estar a la altura. Porque nos da miedo ponernos a prueba. Por temor al compromiso, por no arriesgar, por no caer, por no dejar la comodidad de nuestra torre de marfil. Porque nos parece pequeño, porque nos recuerda que podemos ser pequeños. Porque preferimos dejarlo para más adelante o para nunca. Porque es mejor lamentarse que enfrentarse a ello. Aquí cada uno puede poner una de sus excusas y porqués, todos tenemos los nuestros, algunos son personalizados y otros universales.

Somos tan complicados que podemos llegar a querer al alguien y alejarnos de esa persona. Estamos diseñados para amar y destrozar al mismo tiempo. Para querer y usar a quiénes queremos para nuestros fines. A veces amamos, pero no queremos amar o no somos lo suficientemente maduros para hacerlo hasta sus últimas consecuencias …Y nos situamos en un limbo plácido que nos permite seguir en esa situación sin osar ni atrevernos a movernos demasiado, siendo el actor y el espectador al mismo tiempo. Sin importar el daño que hagamos, sin pensar que la otra persona tal vez no sea capaz de no escoger y no pueda soportar vivir en ese limbo, esa tierra de nadie que para nosotros es un espacio amable y para ella es un infierno.

Y para entender a los demás a veces no hay fórmulas. Hay situaciones de manual pero las personas son complejas. Un instante son básicas y después se refinan, se esconden, se aturden, se asustan… Dejan que el mundo pague sus culpas y mediocridades por no atreverse a decir que son ellos quienes se han equivocado. A veces salen corriendo de pánico, otras atacan y a veces se quedan quietas y ven pasar la vida… Como esos relojes de arena por los que se desliza cada grano de forma lenta pero acompasada.

Sin embargo, no hay que perder la esperanza. Somos también capaces de los mejor, de sorprendernos a nosotros mismos. De dejar a un lado el miedo y derribar el muro. De haber estado siglos sin atrevernos a bajar un escalón y de repente saltar al vacío. Al lado de alguien que nunca tiende la mano, camina otro que no sabe vivir sin amar y compartir. Siempre hay quien ha caminado el doble, ha sufrido el doble, ha llorado el doble y ha perdonado el doble… Siempre hay alguien que vuelve cuando nosotros tenemos miedo de ir. Siempre hay alguien que dejará la luz encendida en el camino para que veamos donde pisamos. Siempre tenemos un ejemplo a seguir y tal vez, un día, nosotros podamos ser un buen ejemplo.

Hagamos el esfuerzo… Lo mejor será no esperar a que otros den el paso y nos muestren ese camino. Mejor ser nosotros quién tiende la mano y quién enciende la luz para otros…  Quién desiste de su ira y abraza primero, quién pide perdón primero, quién arriesga primero… Seamos nosotros quién deja las excusas y vive como cree que debe vivir… Quién sale del escondite y rompe la cadena de la rabia acumulada… Quién deja de criticar, quién se pone delante de todas las miradas y afronta sus errores… Quién decide salir del limbo y amar sin temor.

Quién se levanta y dice el voz alta “he sido yo”.

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