merceroura

la rebelión de las palabras


14 comentarios

Palabras


Dame palabras. Di mi nombre en voz alta, para que yo sepa que me recuerdas, para que note que me tienes en tu mente aunque a veces en las esquinas de tus pensamientos no veas mi cara. Dilo en voz baja, cerca de mí, para que mi piel perciba la caricia de tus labios sin tener que salir de la sombra. Dame todas las palabras que pasen por tu cabeza errática y desconcertada, para que lleguen a mí, aunque hieran a veces, aunque arañen… Aunque sean esas palabras que nunca deseo escuchar pero siempre tengo presentes.

Dame palabras y risas. Dame historias que se pierdan en el tiempo y dibuja mi rostro con palabras hermosas. Que me crea que existo. Que me crea que sabes que existo. Que nunca deje de existir si alguien me sueña. Dame palabras de esas que te hacen eterno, que te hacen inmenso, que te hacen inmortal e imperturbable al paso del tiempo. Palabras que me curen las heridas y disuelvan mis miedos más oscuros, que sean el viento que se lleva la niebla en el camino, que sean el sueño que llega esta noche para dejar que mi cansancio encuentre tregua. Dame palabras que recorran mi cuerpo exhausto y aviven mi piel dormida…

Grita, susurra, recita… Dame ironías y borra mis quejas. Que mis miedos sean recuerdo y mis recuerdos se aflojen en mi memoria. Quiero palabras que me hagan sentir que cuento, que mi cuerpo no es un espacio vacío cuando me miras, que mis ojos aún te acompañan…

Dame palabras para seguir buscando, para encontrar y volver al camino si me pierdo.

Palabras para el frío y la escarcha. Para la rutina y el cansancio. Palabras de amor y de fuego. Palabras para salir de la cáscara y encontrar el cielo. Palabras para refugiarme de la lluvia y para derribar el muro que circunda mi voluntad dormida. Palabras para levantarme y decir que no, aunque duela. Palabras para decir que sí, aunque asuste. Dame palabras para sujetarme cuando el vaivén de los días maree mi constancia agotada. Dame palabras para que no caiga cuando el peldaño de escalera que sigue está oscuro…

Dame palabras para saber que tu corazón no está dormido, que ya no es vagabundo… Para que sepa que hay camino, para que no me falte el aliento si me deja tu sombra… Para que sea libre aunque mi autoestima me mantenga atada. Para que sea feliz aunque mi mundo se acabe, aunque no haya mundo…

Dame palabras para mi conciencia, para mi alma encerrada, para mi cuerpo pequeño, para mi espalda dolida y mis ojos tristes que esperan tus… ¡Palabras! Palabras para esta noche larga que no termina. Que recuerde que habrá alba y que también es mía.

Palabras, palabras, palabras… 


8 comentarios

Cuando abandonar, cuando seguir…


Uno de los eternos dilemas de la vida es saber cuándo desistir. Esa pugna siempre latente entre cambiar al mundo y cambiar tú. Ambas opciones perfectamente compatibles, altamente deseables e incluso necesariamente simultáneas. Sin embargo, hay ocasiones en las que hay que hacer un esfuerzo para darse cuenta de si debemos seguir intentado conseguir algo, luchar por ello o desistir y adaptarnos, aceptar y centrar la mirada en otro lado soñando con que la esperanza no se apague sino que se reenfoque. Desistir no significa resignarse ni decidir que aquello que deseamos con todas nuestras fuerzas es imposible, tal vez no lo sea, pero no podemos obsesionarnos con ello para siempre. Los sueños largamente buscados también se desgastan. ¿Cómo saber cuándo actuar para modificar la situación o cuando empezar a concienciarnos de que aquello que queremos no llegará?

¿Cuándo decidir si esperar o marchar? ?¿cuándo dejarlo correr o insistir hasta el final? ¿cómo saber si hacer que pase o dejar pasar? Y que luego no te quede en la conciencia que abandonaste, que no lo conseguiste porque no luchaste o esperaste lo suficiente, que otros tuvieron lo que tu anhelabas porque confiaron más en ellos mismos que tú, porque hicieron acopio de fuerzas que tú no supiste encontrar en ti…

¿Cómo saber si lo dejas por cansancio o porque ya no hay remedio? ¿Cómo decidir si esperar a que pase tu tren o echar a correr? ¿qué se puede cambiar y qué debe ser inmutable? ¿cuándo aceptar y ceder y cuando luchar? ¿cuándo tus acciones perturban el curso que deben seguir los acontencimientos y cuándo son necesarias para cambiar ese curso y hacer el milagro?

La lucha entre quedarse corto y pasarse de largo. Entre ser el que siempre desiste y el que nunca lo hace… ¿dónde está el término medio? ¿cuándo dejar de tirar de la cuerda? ¿cuándo aceptar que no alcanzas hasta dónde quieres? A caso, ¿los que consiguen lo que quieren no son aquellos que no saben que es imposible, los que destierran la palabra imposible de su vocabulario por complicada que sea la situación?

He dado muchas vueltas a este juego de contrarios que se complementan y necesitan. A menudo, la vida es ese equilibrio entre dejar pasar y salir corriendo tras lo que quieres, tomar el tren o quedarse en la estación, seguir intentándolo o dar la vuelta y mirar a otro lado suplicando otra meta, otro destino, otro sueño, otro amor con que llenar el vacío, aunque ahora parezca inabarcable.

He pensado mucho en cuándo se ve la señal que te indica la retirada, la necesaria renuncia a modificar el mundo y decidir decirle a tus neuronas que será que no. Abrir la veda a nuevos pensamientos que vayan modificando tu manera de ver la situación para que sepas que ha llegado el momento de decir adiós, que termina la carrera y debes centrarte en otras metas y descansar.

A veces, nos obsesionamos tanto con lo que deseamos que no vemos las señales. Hemos construído un mundo de fantasía a su alrededor y condicionado nuestra vida a ello. Hemos llegado a modificar su esencia en nuestra cabeza para que parezca que se nos acerca, que es más accesible. Lo hemos hecho porque ver la realidad duele y mucho. Otras veces, eso nos absorbe con tanta intensidad y durante tanto tiempo, que dejarlo es como admitir que hemos perdido un pedazo de vida en algo que no llegamos a tocar jamás.

No es cierto. En realidad hemos dedicado un pedazo de vida a aprender de nosotros mismos y a saber qué no debemos repetir.

¿Cuándo marchar y cuándo quedarse? ¿Cuál es la señal? ¿cómo se distingue entre tanto ruido y emociones? No lo sé, supongo que el día que seguir nos duela más que desistir, es una gran señal de que hay que dejar la partida. Cuando la lucha nos obligue a dejar tantas otras cosas buenas de lado que nos desdibujemos a nosotros mismos, cuando nos haga abandonar tanto la realidad que descubramos que lo que soñamos no existe… Eso asusta. Cuando algo nos asusta es una señal de que hay que hurgar en ello, superarlo. A veces, si dejar algo es insoportable, conviene descubrir por qué y saber cuándo es el momento de hacerlo.

Mientras abandonar sea más doloroso que seguir, la lucha compensa. Mientras soñar no te impida vivir, vale la pena. Si la pasión te hace sentir más vivo y no te arrolla tanto que te hace perder de vista la realidad y lo que pasa a tu lado, no la pierdas, no la dejes morir.

Si soltarlo nos vacía por dentro, habrá que mantenerlo sujeto y seguir… Si la ilusión supera al cansancio, es que lo que tenemos entre manos es algo grande y merece el esfuerzo aunque sea gigante. 

Algunos sueños son el pegamento de nuestra vida, en algunos momentos en los que nuestro mundo se rompe.  


6 comentarios

Negociar, dialogar, ganar y perder…


Me recordaba hace poco alguien que para negociar hay que estar dispuesto a ceder. Esto que parece tan básico, a veces, es difícil de conseguir. Dialogar y llegar a acuerdos es un arte y lo dominan las personas que saben perder. Diría aún más, aquellos que saben perder y no ven esa pérdida como una derrota, porque saben que para ganar no hace falta figurar o quedar el primero. Porque ponen la vista en objetivos  pero también en valores y buscan el consenso, la concordia, la sintonía o el buen ambiente. Saben que la victoria no es sólo un resultado, que no es un número, que no siempre se cuantifica. Que puedes salir de la contienda vencido, sin nada más en las manos de lo que tenías al entrar, pero con una sensación de triunfo agradable porque has crecido, porque has conseguido hacer que una de tus propuestas se tenga en cuenta. Porque los resultados a valorar no son sólo activos o pasivos, haberes o deberes, son sensaciones, son alianzas, son emociones, son proyectos y principios de algo grande que nunca de sabe dónde puede llegar. Esa sensación de estar en algo bueno, de haberse metido en algo difícil pero que gratifica a nivel humano o profesional, que puede mejorar la vida de a las personas o dar un pequeño paso… Eso es la victoria para ellos.

Saben que ceder no les hace débiles, sino fuertes y que les ayuda a ganar el respeto de los demás. El respeto sólo se gana siendo justo y poniendo esfuerzo, nunca engendrando miedo, nunca atacando, cohibiendo o coartando la libertad… Saben que para negociar y llevar a buen puerto un bien superior, hay que valorar al oponente, no dejarse avasallar ni menospreciarle. Estar dispuesto a escuchar e incluso aprender de él, creer que un día puede estar en el mismo bando… Quien dialoga con éxito, piensa que tal vez no tiene toda la razón, sabe que al otro lado puede haber ideas interesantes por conocer  y, sobre todo, sabe escuchar. El buen negociador tiene los oídos y la mente abiertos. Respeta las razones ajenas. Su recompensa es el pacto aunque el resultado de su victoria tal vez se aleje de sus expectativas iniciales, pero lo ve como una concesión necesaria, como un triunfo. A veces, ganar es perder a conciencia para poder pacificar, para poder encontrar un punto de encuentro. Renunciar a una parte de ti mismo para obtener un bien común.

Los que saben dialogar dan pasos atrás para poder dar pasos adelante más tarde, esperando el momento propicio. El buen negociador calcula los tiempos, sabe esperar sin desesperar y tomar impulso cuando hace falta. Sabe retirarse para dejar paso, dar la cara y levantar la vista. Sabe encajar y disculparse cuando no acierta. Los que dialogan bien no sólo calculan el gasto sino también las emociones. Valoran los daños y el estropicio que suponen sus acciones y palabras. Usan adecuadamente las palabras porque saben que tienen poder y hay que administrarlas con cordura y prudencia, pero sin temor.

Para negociar hay que salir de uno mismo y meterse en la cabeza del antagonista, notar cómo siente, saber cómo piensa y conocer sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Saber qué necesita y qué está dispuesto a soltar… Dominar el arte de planificar y al mismo tiempo dejarse llevar. Tirar y aflojar. Ser firme y contundente, pero también generoso y amable. Y usar dos de las grandes capacidades que poseemos como seres humanos, la intuición y la empatía. La primera nos dirá cuándo actuar y la segunda cómo, para no pasarnos de listos ni quedarnos cortos, para no tirar tanto que la cuerda se rompa, para no arañar ni hacer daño, para no ceder más de lo necesario ni quedar a un milímetro del pacto. El buen negociador seduce, persuade, convence, nunca somete ni chantajea. El buen negociador sabe que las formas son tan importantes como el contenido de sus mensajes. El buen negociador siempre sale de la reunión sabiendo que no ha hecho nada que le impida aguantarle la mirada a su adversario la próxima vez.


22 comentarios

Para aprendices de sabio…


Rodéate de personas más inteligentes que tú. Huye de la mediocridad. Sólo los mediocres se rodean de mediocres… Busca personas a las que admirar, no lo veas como un problema, es una inversión, un reto. 

Cuando hablo de personas más inteligentes que tú, no me refiero sólo a más competentes y eficaces, sino también más sabias. Personas emocionalmente maduras, que saben afrontar retos y situaciones complicadas, que luchan, que sobreviven, que son sencillas pero grandes, que son generosas, que comparten, que tienen miedo pero lo superan. Cuando hablo de inversión, me refiero a una inversión emocional. A curarte de personas tóxicas e impregnarte de personas extraordinarias. Acércate a ellas con ánimo de aprender, con necesidad de superarte. No temas, no te harán sombra si se demuestran más hábiles que tú en algunas facetas, te ayudarán a brillar cuando sea necesario. Todos somos buenos en algo, tenemos que conocer lo que nos mueve y apasiona y hacer que crezca y nos haga crecer. Debemos descubrir nuestro talento y darlo a conocer…

Escucha, sé humilde, intenta aprender y entender. Defiende tus ideas y deseos, aunque sean un poco locos e imposibles, aunque susciten mofa y muchos no los entiendan. Aunque a muchos les parezcan ridículos y ni siquiera tú sepas por dónde empezar. El que sabe lo que quiere al final encuentra la manera de conseguirlo…

Comparte conocimiento. No temas. Puede copiar tus textos, tus ideas, pero no tus experiencias. Compartiendo puedes ayudar a otros, aportas valor y generas una cadena que acaba repercutiendo en ti mismo. Si das recibes, siempre… Dar es tanto o más gratificante que recibir. A veces parece que no te aporta nada, pero no es cierto. Nuca es en balde, siempre tiene recompensa.

Sé tú, siempre. Aunque no guste o genere malas caras. Sé tú y respeta a los demás. Vive y aprende. Siempre en positivo, siempre con una actitud abierta. Siempre puesto y dispuesto para aprender, para escuchar, para sentir. Las oportunidades están en una entrevista de trabajo o en el suelo de la estación de tren. Si andas ensimismado pensando que tu vida es horrible, no las verás. Abre los ojos, siente, vive cada momento. Ten una parte del cerebro en el presente y otra imaginando lo maravilloso que puede ser el futuro, recreando lo que sueñas, imaginando cómo llevarlo a cabo. Vive para hoy, para ahora y piensa que lo que haces hoy dibuja tu futuro. Sé capaz de formarte para saber más y ser mejor y al mismo tiempo no descuides que te de el aire y puedas conversar con otros y compartir historias. Sueña y vive.

No hables mal de otros. No plantes las semillas de un fruto que no comerías gustoso. No alimentes chismes ni engendres conflictos. Las mentiras nos estallan en la cara. Las conspiraciones malgastan energía y tiempo. A menudo, criticamos los demás nuestras propias faltas y errores. Atacamos antes de ser atacados y eso genera otra cadena, en este caso de negativa, que no beneficia a nadie. El dolor que causamos nunca es inocuo y siempre vuelve. El odio siempre pudre al que lo genera. Corta con este mecanismo y sonríe, piensa que nunca sabes lo que sufren otros. Ponte en su lugar, intenta comprender y si no puedes, olvida, perdona. Respira hondo y nota que no te afecta. Saldrás ganando y mucho. Perdonar es un don. La empatía es un regalo.

Ten miedo, pero no dejes que te paralice o te dirija la vida. Los valientes tienen mucho miedo pero lo afrontan, se lo comen a bocados mientras siguen su camino. Lo escuchan, lo aceptan, sacan la moraleja que conlleva y caminan. El miedo nos alerta, nos sirve para saber donde pisamos pero no debe evitar que pongamos un pie delante del otro… La vida es un puñado de maniobras y estrategias que inventamos para superar nuestros temores más arraigados. No somos nuestros miedos, somos el resultado de superarlos.

Da lo mejor de ti. Valórate. No te conformes con menos, mereces mucho, pero no te castigues cuando no llegues. Valora el esfuerzo y no la marca conseguida. Mira de dónde vienes y hasta dónde has llegado. Quiérete y sonríe. Muestra tu inteligencia. Esa inteligencia que te permite saber que a veces ceder es necesario, que se puede ganar y quedar el último, que son más importantes las personas que las ideas, que un paso atrás a veces es un paso adelante… Que los verdaderos guerreros luchan con palabras e ideas sin alzar la voz ni la mano. Usa las palabras con inteligencia, son armas arrojadizas y bálsamos que curan.

Equivócate todo lo que puedas. Admite tus errores y ríete de ellos. Ponlos como ejemplos. Escribe un libro para que otros los conozcan. Vívelos como tesoros, como enseñanzas. Apúntalos en tu currículum para que todos sepan que fuiste capaz de caer y levantarte y reconocer tus limitaciones para superarlos.

Ama lo que te rodea, lo que haces, lo que encuentras. Busca el lado hermoso de cada momento y de cada persona que se te acerca. Ama tus recuerdos amargos como si fueran dulces porque así los transformarás en tesoros. Ama tus errores y tus defectos porque te ayudan a superarte. Ama lo que sueñas como si pudieras tocarlo. Ama lo que eres.

Siéntete libre. En una jaula, en un piso diminuto, sujeto a una hipoteca, bajo el yugo de un dictador. No creas nunca que no mereces lo bueno, que lo tienes vetado, que no es para ti. Tú eliges lo que buscas y escribes tus sueños. Tú marcas tu camino.

Y cuando crezcas y seas sabio, recuerda tus responsabilidades. Las personas inteligentes deben administrar su sabiduría,  compartir lo que saben e impregnar al mundo de conocimiento para hacer que sea mejor. No te confundas, no sólo es sabio el que más sabe o el que más presume, a veces lo es el que más busca, el que más se esfuerza, el que más siente.

Y no olvides que todo esto no te hace mejor que nadie, te hace mejor que tú mismo ayer…


11 comentarios

La caja de cerillas


Nos quejamos mucho. Nos pasamos el día concentrándonos en lo que nos molesta, lo que nos preocupa, lo que nos falta, lo que no nos gusta. Repetimos mil, cien mil veces las mismas frases hasta que se convierten en una plegaria, en un credo… Se meten en nuestra cabeza y en la cabeza de los que nos rodean, como un mantra asqueante que nos reafirma en lo que en realidad queremos alejar de nosotros. Cada palabra que decimos nos hace sentir más dolidos y rabiosos, más resentidos con todo y con todos… Cada palabra que sale de nuestra boca en forma de exabrupto o lamento nos acerca a esa realidad que queremos superar. Y a veces, es una realidad inventada, un recorte de lo que es nuestro mundo. Una versión incómoda y desconsiderada de lo que somos. Un compendio de lo que detestamos sin tener en cuenta todo lo hermoso que nos rodea. Acotamos nuestro mundo a cinco, seis frases hasta que nuestra mente se convierte en un cuarto oscuro desde el que no se ve nada de lo que hay fuera. Los sueños llaman a la puerta, pero no la abrimos porque no vemos lo que deseamos, vemos lo que nos asusta, lo que detestamos… Eso reduce nuestras ganas, nuestras capacidades, nos hace pequeños, mínimos… Y nos convertimos en un ser diminuto intentando abrir una puerta gigante para dejar pasar la luz, para dejar salir los lamentos y dejar que entren algunas alegrías. Sin embargo, ese ser pequeño triste, metido en una caja de cerillas por conciencia, con la luz apagada y los pies fríos no consigue abrir. No puede porque él mismo decidió no poder. Se cargó de dolor y angustia y ese peso aturde cada uno de sus pequeños movimientos. Respira un aire viciado y enrarecido, escucha la misma música triste, mira las mismas caras agrias de siempre, algunas transformadas por su mirada desganada, otras salpicadas por su perorata triste y quejumbrosa. No tiene donde agarrarse para conseguir tomar impulso y salir de la habitación oscura de su cabeza. Cada uno de sus pensamientos tristes y acotados a una realidad restringida y limitada a esas cinco frases de agobio le impiden tener la fuerza suficiente para respirar aire puro… Para salir de sí mismo y su mundo reducido de penas y angustias…

El hombrecillo triste que nos habita no lo sabe pero la solución está a tiro de pensamiento, de palabra. Si por un momento consiguiera dejar de repasar la lista de lo que odia y se concentrara en recitar la lista de lo que ama, si pudiera soñar y ampliar su mundo de quejidos y superarlo, si consiguiera encontrar algo hermoso a lo que sujetarse… Tomaría impulso, daría un gran salto y lograría abrir la puerta. Entraría la luz y se daría cuenta de que la caja de cerillas ha sido siempre una gran llanura con hermosas vistas. Que las caras agrias eran de desconcierto y la música triste eran sus propias palabras…

A veces, desayunamos lamentos y cuando llega la noche nos acostamos con ellos. Nos regodeamos en nuestras miserias y faltas. Nos pasamos las horas mirando en negativo de la foto de nuestra vida. Nos convertimos en aquello que odiamos a base de repetirlo. Nos quedamos sujetos a ello, se nos pega en la espalda y nos acompaña, impregna nuestra existencia y no nos deja ver todo lo demás. Tanto quejarnos, acabamos siendo una sombra triste, un murmullo aburrido y aturdidor… Somos lo que decidimos ser. Nuestra vida son las palabras con que la definimos. A veces, es necesario callar y mirar más allá. Salir de ti mismo y contemplarte con otros ojos. Hacer una lista nueva, sin historias tristes que recordar. Con sueños, retos y risas contenidas esperando salir. Una lista de lo que amas para convetirte en lo que amas y abandonar la caja de cerillas.


18 comentarios

Pensando en mañana


No te das cuenta de lo que tienes hasta que estás a punto de perderlo. Cuando lo sujetas con una mano mientras  el viento lo arrastra en un acantilado imaginario… Entonces, lo miras con ansia y te das cuenta de que era maravilloso, de que no lo has valorado lo suficiente, de que tenías algo especial y no has sabido retenerlo. Maldices y juras. Lloras y te sientes minúsculo. A veces, ya es tarde…

Nos hemos programado tanto para pensar en mañana que el día de hoy se nos esfuma, se va ante nuestros ojos y se escapa sin apenas enterarnos. Y con él, se va todo lo que somos ahora, lo que nos rodea, lo que nos hace ser nosotros mismos. Estamos sentados ante el mar y somos incapaces de verlo porque nuestra cabeza ronda por otros lugares. La brisa suave y salada nos estalla en la cara y no la percibimos…

Hablamos con una persona cercana que nos ayuda y estamos pensando en otra que pensamos que es mejor, más inalcanzable, más deseable. Nos vestimos para mañana y vivimos enfocados en ese día, para luego intentar devorar el siguiente. Tragamos tiempo a velocidades vertiginosas. Nos tragamos nuestra vida sin pensar y, al mismo tiempo, pensando demasiado. Hay días que nos pasan por encima, sobrevuelan nuestras cabezas sobreocupadas en memeces como si fueran pájaros. Ni siquiera los notamos… Vivimos como si fuéramos eternos y nos pudiéramos permitir perder un tiempo que nunca vuelve.

Ni el tiempo ni las personas vuelven. Todo se evapora si no nos esforzamos en retenerlo, al menos en nuestros recuerdos. Gran parte del tiempo, nuestro cuerpo está en un lugar y nuestra mente en otro. Sufrimos por desgracias que aún no nos han sucedido y buscamos excusas para cosas que ni tan sólo hemos decidido si vamos a hacer. No olemos, ni saboreamos, ni gozamos este momento. Nos limitamos a mascarlo como un chicle y lanzarlo a la papelera cuando ya no le queda un sabor que nunca percibimos del todo.

Siempre soñamos que llegará un día en el que esta inercia acabará y dejaremos de pensar en mañana porque ese “mañana” ya será como deseamos. Pensamos que entonces  viviremos con intensidad el día de hoy, el presente. Un día en el que nos sentaremos a notar cómo somos y contemplar lo que hemos conseguido después de tanto buscar y luchar. Ese día nunca llega, nunca ese “mañana” se parece al “mañana”  soñado, ese que está en nuestra mente, el que ansiamos poseer antes de que exista. Nunca somos lo suficientemente buenos para empezar a vivir el momento. Cada día subimos el listón en una escalada de insatisfacción que nos impide notar lo que nos sucede. Nos castigamos sin descanso. Soñamos tanto con la cima que no miramos el camino de ascenso. Sólo de vez en cuando,  si alguno de nosotros cae rodando por la ladera, nos damos cuenta de lo importante que es cada palmo del camino para saber dónde colocar los pies y dar un paso. Nos damos cuenta de que debemos prestar atención a lo que hacemos y vivir cada momento. Y luego se nos olvida, pasados los días, y levantamos la vista y el destino nos vuelve a cegar. Y volvemos a tragar tiempo y devorar vida.

Hay tantas cosas que tenemos y no vemos. Cosas y personas que no valoramos porque siempre están ahí y parecen formar parte del mobiliario de nuestra vida. Las tenemos delante y no las apreciamos. Porque fueron fáciles de conseguir, porque siempre nos dicen que sí, porque no entenderíamos la vida sin ellas y eso parece que nos asegura que deben quedarse…

Y los días vuelan y al final, lo que tenemos delante y no tocamos, también.

Tan importante como el sueño que nos guía es la realidad que lo precede. El reto no es solo llegar a la cima sino vivir el recorrido. Los días que pasas construyendo tu sueño también forman parte de él. Aquellos que nos acompañan cada día son nuestro refugio.

Cada día nos suceden cosas que merece la pena sentir, atesorar y recordar. Cosas no previstas ni tipificadas en nuestras rígidas estrategias de ascenso a la gloria. Cosas que fluyen y pasan sin saber por qué. 

Todo parece inmutable y, de repente, ahí estás tú, a unos segundos de perder una de esas cosas preciosas que hasta hace unos minutos eras incapaz de ver. La tenías ante ti y la apartabas para concentrar la vista en otra cosa que deseabas poseer. Estaba cerca y no la acariciabas… Y ahora, en apenas unos segundos, suplicas que no se te escape de entre las manos, que no se funda y desvanezca mientras la miras y le adivinas una belleza que nunca antes supiste ver.

Te das cuenta de que si se suelta y cae, llegarás a la cima solo. No podrás contemplar la vista porque tendrás los ojos llenos de lágrimas y no tendrás ninguna anécdota que contar sobre el camino porque no lo viviste y nadie podrá reír contigo.

Los retos se viven en presente. Los sueños no pueden hipotecar el ahora. No vivir pensando en mañana no compensa. Mañana no existe. Aún no. Nadie lo tiene asegurado. Mejor seguir el camino a la cima sin perder detalle de lo que nos rodea. Mejor ilusionarse con el futuro y también con el presente. Mejor dejarse llevar y notar la brisa salada y fijar la vista en esas pequeñas cosas que nos habitan la vida cada día y la hacen maravillosa. Mejor aprender a vivir y a soñar al mismo tiempo.

A Berta Álvarez, por recordarme lo hermoso que sucede cada día…

 

 


13 comentarios

Es la hora


Hay momentos en los que parece que no pasa nada. Casi no estás. Nada te toca, nada te sorprende, nada te conmueve. Vives en una vigilia constante esperando un buen momento, un día en el que tomes energía y te veas capaz de vivir con los cinco sentidos. Notas que los días pasan como si un túnel se los tragara, como si fueran señales de tráfico que te ordenan que moderes tu velocidad y no pudieras poner el freno. Te mueves por inercia, como si dentro de ti la máquina estuviera tan acelerada que si te detuvieras pudiera explotar.

Acumulas pensamientos y dilemas que vas dejando en un baúl gigante, se van agolpando unos tras otros pendientes de decisión. Cuando tienes cinco minutos, sacas uno al azar y, si no te gusta o te supone mucho dolor tenerlo en cuenta, lo guardas de nuevo como si fuera un caramelo.

Y un día, te das cuenta de que han pasado cien días, doscientos… Y siguen ahí mirándote el cogote cuando te sientas a intentar calmar el tren que llevas dentro y que no para ya en demasiadas estaciones. ¡Hay tantos ya! Hay cosas que debiste decir y no tuviste valor, disculpas, reproches enquistados, palabras a medias, sentimientos retraídos que se te quedan en la garganta y no te dejan a veces ni hablar ni respirar. Hay quejidos sordos, hay lamentos pendientes. Hay sensaciones que esperas tener algún día si es domingo, hace sol y tienes valor de tomar el camino o hacer esa llamada de teléfono mil veces postergada. Hay locuras guardadas haciendo cola como nadadores que esperan para lanzarse en un trampolín. Hay besos por dar, viajes, un par de zapatos de tacón alto atrevidos y arriesgados que se quedaron en un escaparate porque no te decidías… Lugares a los que no has ido más que con la imaginación, abrazos que sólo has dado de memoria. Todo por decidir y por hacer.

Hay momentos en los que no pasa nada. No hay magia. No distingues un día de otro más que por alguna ráfaga de viento o o alguna portada de periódico. Caminas y no ves nada. Pasas por una especie de trance que te aisla de todo, te hace impermeable a lo que te rodea. No estás bien, pero tampoco estás mal. No sueñas, pero no sufres. Estás a años luz de cualquier arañazo. No te salpican las historias tristes ni te emocionan las historias felices. Sabes que es de noche porque cierras los ojos y que es de día porque vas en autobús. De vez en cuando, topas con alguna cara que busca tu complicidad y eludes sus miradas, las lanzas al baúl y sigues tu camino. Para que llegue un día en el que ya decidirás si respondes, si accedes a contestar, si te dejas convencer, si quieres acercarte y arriesgar.

Y un año más tarde, tu baúl está aún más lleno y algunas de las cosas pendientes que había en él empiezan a desaparecer, se desvanecen. Algunas oportunidades han pasado y se han perdido para siempre. Ya no tendrás que pedir disculpas porque a quién debías pedírselas ya no está. Ya no puedes reprochar nada porque ni recuerdas qué era. Ya no tiene sentido decir “te quiero” porque ya no sabes qué sientes y aquel amor se esfumó y cambió de ciudad. El bar donde tomábais café ha cerrado… Aquellos zapatos ya no están en el escaparate y las conversaciones pendientes han caducado.

Te quedan aún un par de viajes, dos locuras por definir, una cita pendiente a colocar en tu agenda y un mensaje por contestar. Y ya no puedes esperar a un domingo soleado para tomar ese camino o hacer esa llamada porque amenaza lluvia.

Los días pasan, las señales se suceden una tras otra. La locomotora que guardas en el pecho no para, el impermeable que llevas para ir por la vida se te queda corto. El paso del tiempo se dibuja en tu rostro. El café se queda frío. Donde antes había un puente, ahora hay un muro. El árbol donde una tarde escribiste tu nombre es ahora una plaza de parquing. La hiedra ya no trepa por las paredes porque han fijado vallas publicitarias… Los pensamientos pendientes se desgastan. Las decisiones que no tomas echan raíces. El mundo no para mientras tú te detienes. El tiempo le cambia la cara a tu mundo… 

Es la hora de abrir el baúl.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 6.490 seguidores