merceroura

la rebelión de las palabras


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Es la hora


Hay momentos en los que parece que no pasa nada. Casi no estás. Nada te toca, nada te sorprende, nada te conmueve. Vives en una vigilia constante esperando un buen momento, un día en el que tomes energía y te veas capaz de vivir con los cinco sentidos. Notas que los días pasan como si un túnel se los tragara, como si fueran señales de tráfico que te ordenan que moderes tu velocidad y no pudieras poner el freno. Te mueves por inercia, como si dentro de ti la máquina estuviera tan acelerada que si te detuvieras pudiera explotar.

Acumulas pensamientos y dilemas que vas dejando en un baúl gigante, se van agolpando unos tras otros pendientes de decisión. Cuando tienes cinco minutos, sacas uno al azar y, si no te gusta o te supone mucho dolor tenerlo en cuenta, lo guardas de nuevo como si fuera un caramelo.

Y un día, te das cuenta de que han pasado cien días, doscientos… Y siguen ahí mirándote el cogote cuando te sientas a intentar calmar el tren que llevas dentro y que no para ya en demasiadas estaciones. ¡Hay tantos ya! Hay cosas que debiste decir y no tuviste valor, disculpas, reproches enquistados, palabras a medias, sentimientos retraídos que se te quedan en la garganta y no te dejan a veces ni hablar ni respirar. Hay quejidos sordos, hay lamentos pendientes. Hay sensaciones que esperas tener algún día si es domingo, hace sol y tienes valor de tomar el camino o hacer esa llamada de teléfono mil veces postergada. Hay locuras guardadas haciendo cola como nadadores que esperan para lanzarse en un trampolín. Hay besos por dar, viajes, un par de zapatos de tacón alto atrevidos y arriesgados que se quedaron en un escaparate porque no te decidías… Lugares a los que no has ido más que con la imaginación, abrazos que sólo has dado de memoria. Todo por decidir y por hacer.

Hay momentos en los que no pasa nada. No hay magia. No distingues un día de otro más que por alguna ráfaga de viento o o alguna portada de periódico. Caminas y no ves nada. Pasas por una especie de trance que te aisla de todo, te hace impermeable a lo que te rodea. No estás bien, pero tampoco estás mal. No sueñas, pero no sufres. Estás a años luz de cualquier arañazo. No te salpican las historias tristes ni te emocionan las historias felices. Sabes que es de noche porque cierras los ojos y que es de día porque vas en autobús. De vez en cuando, topas con alguna cara que busca tu complicidad y eludes sus miradas, las lanzas al baúl y sigues tu camino. Para que llegue un día en el que ya decidirás si respondes, si accedes a contestar, si te dejas convencer, si quieres acercarte y arriesgar.

Y un año más tarde, tu baúl está aún más lleno y algunas de las cosas pendientes que había en él empiezan a desaparecer, se desvanecen. Algunas oportunidades han pasado y se han perdido para siempre. Ya no tendrás que pedir disculpas porque a quién debías pedírselas ya no está. Ya no puedes reprochar nada porque ni recuerdas qué era. Ya no tiene sentido decir “te quiero” porque ya no sabes qué sientes y aquel amor se esfumó y cambió de ciudad. El bar donde tomábais café ha cerrado… Aquellos zapatos ya no están en el escaparate y las conversaciones pendientes han caducado.

Te quedan aún un par de viajes, dos locuras por definir, una cita pendiente a colocar en tu agenda y un mensaje por contestar. Y ya no puedes esperar a un domingo soleado para tomar ese camino o hacer esa llamada porque amenaza lluvia.

Los días pasan, las señales se suceden una tras otra. La locomotora que guardas en el pecho no para, el impermeable que llevas para ir por la vida se te queda corto. El paso del tiempo se dibuja en tu rostro. El café se queda frío. Donde antes había un puente, ahora hay un muro. El árbol donde una tarde escribiste tu nombre es ahora una plaza de parquing. La hiedra ya no trepa por las paredes porque han fijado vallas publicitarias… Los pensamientos pendientes se desgastan. Las decisiones que no tomas echan raíces. El mundo no para mientras tú te detienes. El tiempo le cambia la cara a tu mundo… 

Es la hora de abrir el baúl.


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Curiosas criaturas


Somos frágiles, cuando queremos. A menudo, somos diminutos.

Profundizamos en lo superfluo y convertimos lo profundo en superficial porque nos asusta. Nuestros miedos nos comprimen las ideas y nos recortan las alas, nos encierran en una caja y nos dejan ver resquicios de mundo por una rendija. Vemos pedazos de una realidad que nos parece inmutable y que no nos atrevemos a cambiar.

Somos absurdos, a veces. Convertimos lo fácil en complicado y la estupidez en dogma. Nos encerramos en círculo invisible y construimos un muro que después pasamos años intentando derribar sin demasiadas ganas. Somos nuestra propia cárcel, nuestro juez más severo, nuestro más despiadado verdugo. A veces, creamos un mundo de la nada y luego de un soplo lo destruimos por capricho. 

Postergamos la felicidad esperando el momento correcto. Sentimos alegría a plazos, con desespero. Nos asusta consumir nuestra dicha a grandes sorbos y enfrentarnos luego al vacío. A menudo, rechazamos la abundancia para no notar más tarde su ausencia. Bailamos sin música por si deja de sonar. No nos llenamos los pulmones de aire por si un día se acaba. Amamos sin entrega y esperamos que otros nos amen cuando nosotros no nos queremos cuanto deberíamos.

A veces, actuamos como si fuéramos dioses,  pero nos sentimos pequeños.

No vemos la belleza que nos rodea porque nuestros ojos están buscando algo que nunca llega… No sentimos esperando perdonarnos y exculparnos por no ser perfectos.

A veces, en lugar de compañeros, buscamos sombras a las que someter en el camino. Otras veces, buscamos guías y acabamos viviendo según sus normas.

Somos criaturas curiosas. Conseguimos imposibles, fabricamos mundos maravillosos y más tarde nos peleamos como bestias en la cola del super… Somos Capaces de darle la vuelta a cualquier historia con un palabra y sin embargo permanecer callados ante la injusticia.

A veces tenemos tanto miedo a equivocarnos que preferimos no hacer nada, ausentarnos de nuestra vida y poner el piloto automático. Lloramos por adelantado, arrastramos culpas ficticias durante décadas, consentimos que otros nos digan lo que somos y luego nos enfadamos porque no supimos decir que no.

Y sin embargo, cuando queremos, somos grandes. Somos fuertes y resistentes. Somos el resultado de todas nuestras cicatrices y batallas. Si queremos, nosotros llevamos las riendas. Nosotros decidimos salir de la caja y saltar el muro. Nosotros cambiamos las normas y elegimos el camino. Nosotros escogemos qué aceptar y qué cambiar. Nos cosemos las alas rotas, nos remendamos las penas hasta que parecen anécdotas y zarandeamos nuestro mundo. No somos dioses, somos seres humanos, aunque podemos ser gigantes por dentro… Activar el mecanismo que nos permite volar, el que nos permite ver todo lo hermoso que nos rodea y no volver a sentirnos pequeños. El que nos dejará mirar en el espejo y sonreír.

Y amarnos …Y dejar que nos amen…


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Hagamos el ridículo


A veces hay que hacer un poco el ridículo. Más que útil, es necesario. Te da una perspectiva distinta de la vida y de todo lo que te rodea. Al principio, te hace sentir minúsculo y vulnerable, pero es sólo algo momentáneo. Las personas que han sabido hacer el ridículo, aquellas que han soportado durante días y días las miradas de otros y sus cuchicheos, jamás vuelven a su tamaño normal. Cambian, se expanden, se convierten en gigantes aunque contengan toda su nueva enormidad en un cuerpo pequeño. Aunque no se note a simple vista, son grandes…

Se sienten más elásticos, más resistentes, como si fueran de un material irrompible, maleable e imposible de corromper con palabras absurdas e ideas estúpidas. Los que han hecho el ridículo y no se avergüenzan de ello llevan dentro de sí el antídoto contra la memez ajena, son impermeables a la necesidad de ser aceptados por otros y correr el riesgo de vivir según sus reglas.

Los que han hecho el ridículo y han sobrevivido brillan. Tienen algo especial. Desprenden una especie de entusiasmo que puede contagiarse. Se les nota en la forma de mirar, porque clavan sus ojos en ti y te impactan. No te miran como si fueran mejores ni peores, te miran con esperanza.Te contemplan sin resistirse, sin esperar que asientas con la cabeza, sin buscar nada que no desees mostrar.

Los que han hecho el ridículo y son capaces de recordarlo sin sentir náuseas son más flexibles, menos rígidos… Dan pasos más certeros aunque no sepan a dónde van. Son capaces de sentir sin ocultar, de vivir sin pedir permiso, de decir “te quiero” sin esperar respuesta ni caricia.

Los que han hecho el ridículo y caminan con la cabeza alta vuelven cuando tú vas pero te observan sin juzgar. No necesitan que sepas que superaron la prueba, que vencieron las miradas malintencionadas y que ahora se respetan más.

Ya nunca señalan a otros con el dedo ni se esconden antes de cruzar la esquina porque les da igual con qué caras se van a encontrar. Ya no pisan ilusiones ni fabrican monstruos para excusarse en ellos y quedarse sentados a esperar para no tener que mojarse y vivir. Cuando más miedo tienen, más avanzan. Cuantas más caras les censuran, más sonríen. Cuanta más mezquindad reciben, más brillan… Cuando más difícil es, le ponen más ganas. 

Los que hicieron el ridículo y no se arrepienten, a veces parece que pueden volar. Fueron capaces de vencer resistencias, seguir con su camino a pesar de las críticas, cayeron rodando ante cien mil caras… Son los que iban contracorriente, los que opinaban distinto y supieron seguir sin vender sus principios y sin claudicar. Son los que gritaron “te quiero” cuando sabían que no les querían, los que supieron perder y aguantaron hasta el final a pesar de los abucheos.

Están blindados ante todas nuestras groserías y bromas absurdas, nuestras pupilas insidiosas y nuestras ganas de hacerles temblar. No les venceremos porque no luchan contra nosotros. No les someteremos porque no se dejan avasallar. Ya no volverán a caminar por el camino que trazamos ni a pedir perdón por equivocarse.

A veces, hay que hacer un poco el ridículo y caer. Confiar aunque te traicionen, creer aunque te fallen, amar sin recibir respuesta. Aguantar el chaparrón y esperar a que amaine. Sujetar aunque sepas que tus manos no lo suportarán, correr aunque la meta esté demasiado lejos, salir a escena y resistir las carcajadas… Los que hicieron el ridículo y se sienten libres para contarlo lo saben. Tal vez, los ridículos seamos nosotros, bajando la cabeza, sin arriesgar nada para evitar miradas incómodas y pidiendo permiso para vivir.


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Volver a empezar


Todos necesitamos una vez en la vida encontrar un amor loco. Una pasión ciega y desbordada. Un deseo bárbaro que nos arrastre a un cruce caminos, en una esquina oscura a la que nunca debimos llegar. Todos soñamos con abrir una puerta prohibida, beber una pócima desconocida que nos transforme y nos haga sentir…Todos buscamos una mirada cálida que nos arranque la monotonía de las pupilas y la pereza de las alas…Y dejarnos llevar por ella hasta un precipicio del que no vemos el final.

Todos buscamos alguna vez caer en la trampa, dejar a un lado la cordura, montar al caballo salvaje, bailar bajo la lluvia más intensa… Morder cuando esperan una caricia, besar cuando esperan un saludo, reír cuando las lágrimas tendrían que cubrirnos el rostro…

Todos deseamos llorar cuando otros ríen, alguna vez, y escondernos cuando otros nos obligan a dar la cara.

Todos queremos un minuto de gloria y una noche mágica que recordar. Queremos perdernos en un camino sin destino, que acaba en una charca de barro llena de ranas que nos miran con los ojos fijos y nos recuerdan que no debimos ceder. Y saber que nos equivocamos buscando el mar, pero teniendo claro que de poder volver atrás no cambiaríamos nada.

Todos tenemos derecho a recibir un consejo sabio de un amigo bueno al que decidamos no escuchar, seducidos por otras voces menos honestas. Todos soñamos un abrazo largo, una caricia lenta y una palabra dulce para poder seguir.

Alguna vez en la vida todos necesitamos mentirnos y pensar que nos quieren cuando sabemos que no es verdad. Lo hacemos porque recibimos tanta indiferencia que deseamos cerrar los ojos y y construir una realidad paralela para poderlo soportar. Todos suplicamos cariño y bajamos el listón de nuestra tolerancia alguna vez. Todos, de vez en cuando, nos hacemos los tontos y aceptamos menos de lo que merecemos para no perder algo que, en el fondo, no nos hace felices.

A todos, en ocasiones, nos gusta pensar que no vemos lo que vemos. Necesitamos, a veces, ver lo que no está.

Todos, alguna vez en la vida, callamos cuando deberíamos hablar y usamos palabras duras cuando tendríamos que optar por el silencio.

¿Quién no sueña con ser libre para gritar aquellos pensamientos que oprimen su garganta? ¿quién no fantasea como pisar tierra prohibida?

Todos perdemos la paciencia, construimos el muro, cerramos nuestras puertas y nuestras mentes y, un día, decidimos aislarnos y dejar de pensar.

Todos somos injustos un día y tragamos injusticia cien días más.

Aunque nosotros no somos esos días, ni nuestras dudas. No somos nuestros momentos de ridículo, ni los de gloria. No somos esas personas que tienen miedo, que están cansadas de esperar, que suplican amor y reciben un sucedáneo, que se conforman con disimular porque no se atreven a pedir… Esas que alguna vez son injustas, que son infieles, que no saben a dónde van, que se esconden, que sueñan con otras vidas mientras la rutina se les come la conciencia. No somos nuestro pasado, somos nuestro presente.

Somos el resultado de cada una de nuestras torpezas y moralejas. Lo que somos capaces de sentir después de cada paso en falso y de cada camino que no lleva a ninguna parte, pero no hay nada que nos ate a esas personas que fuimos y que deseamos dejar atrás.

Somos lo que decidimos que queremos ser. Empezamos cada día un camino nuevo, no importa lo que hemos dejado atrás. No estamos obligados a arrastrarlo. Nada nos condena a repetir nuestras acciones ni a culparnos por ellas. Podemos quedarnos con lo que aprendimos y lo que nos hizo reír y soltar todo lo demás. Pensemos en nuestras equivocaciones como pequeños tesoros, porque son los cimientos de quiénes somos ahora y deseamos llegar a ser. Nuestros errores necesarios para aprender a vivir. Hay un día en que todos necesitamos despertar y no reconocernos a nosotros mismos para poder volver a empezar…


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Tantos besos…


Hay besos de cielo, de esos soñados y esperados… Esos besos que empiezan a sentirse antes de que los labios se rocen y sepas qué pasa por tu cabeza. Besos de fuego, intensos y apresurados. Besos de piraña, esos que besos que causan al final más dolor que placer,  más placer que sentimiento. Besos de verano fugaces, besos desesperados de invierno. Besos de arena que se escurren entre tus labios, besos de sal y de media tarde en la playa. Besos esponjosos y besos sumamente arriesgados. 

Hay besos para olvidar y para recordar. Besos que se borran en alguno de los pliegues de tu tiempo y caen un día de tu memoria como los pétalos prensados entre las páginas de los libros viejos. Besos de terciopelo rojo y suave. Besos sabrosos y besos insípidos. Hay besos de esquina poco transitada y besos anónimos entre multitudes. Besos perfumados de menta y de flores frescas de campo. 

Algunos besos son de risa, otros de pena… Hay besos que se te quedan prendidos y jamás te dejan. Esos que querrías repetir a todo costa, pero sabes que es imposible porque ya nunca sentirás los mismo otra vez. Hay besos de pantera y de rana. De príncipe azul trasnochado y de caballero de armadura abollada y vaso de gin tonic. Hay besos de luna, ásperos y fríos pero estimulantes. Besos de amigo, de roca, de pez, de viento que sopla y te arrastra aunque no lo desees y se ríe en tu cara. Besos de última vez y de primera, de peldaño de escalera y columpio en el parque…

Hay besos de un país lejano donde el cielo nunca es gris y se habla un idioma extraño. Besos de repente, sin pensar, sin esperar, rápidos y casi volátiles. Besos de camino largo, de aburrimiento, de broma y de efervescencia máxima.

Hay besos de adiós, de remordimiento, de “no tengo ganas pero vale” de “no te acuerdas nunca de mí” y de “no me has llamado desde hace días”. Besos compactos y besos con alma. Besos con chispa, con prisa… Con mordisco y con calma.

Hay besos de tarde-noche de domingo de invierno melancólicos y acongojados. De “a ver si así me dejas tranquila” o de “ya tenía muchas ganas”. De pasión, dulces y salados, de hielo, fríos y contundentes, de tormenta y atormentados. Suaves, etéreos y deshilachados.

Hay besos que nunca llegan a ser besos, que no existen más que en nuestro pensamiento… Son besos soñados. Siempre perfectos, siempre deliciosos y nunca decepcionantes.

Hay besos de amor intensos y alocados. Besos de sentimiento puro y de cáscara rota, de abrigo verde, de botas altas, de compromiso y de mañana en el campo bajo un árbol de frondosas ramas.

Besos de barco que se aleja de la orilla, de confeti, de seda, de camisa de fuerza y de gala… De hojas secas de otoño, de escarcha y de mermelada.

Hay tantos besos como personas que besan, como sueños, como historias que se empiezan y acaban.

Tantas clases de besos como momentos de cada vida, como súplicas, como ventanas en el alma por las que el recuerdo de esos besos pasados se escapa.

Hay tantas clases de besos como montañas. Como astillas clavadas y cantos de río. Como granos de arena y gotas de lluvia.

Hay tantos besos por ahí esperando… Tantos por dar y por recibir. Tantos buscando dueño… Surcando conciencias y alentando deseos. Contando las horas y rebotando en los espejos. Meciéndose entre las ramas de los árboles y haciendo cola atados a las patas de la cama… Nos miran desde las azoteas y flotan en el aire. Esquivan nuestras mejillas esperando un mejor final y susurran a nuestros oídos palabras de aliento para dar el paso y acariciar el cielo. Son besos huérfanos que buscan morada, presos de noches frías y tardes eternas, esclavos de bocas perezosas y miedos ocultos en cada mirada. Besos cansados de vagar y esconderse en nuestros pliegues construyendo fantasías y eludiendo lágrimas.

Hay tantos besos perdidos, tantos besos encerrados… Liberémoslos… Sucumbamos. Consumamos todos esos besos por si un día se escapan y no vuelven…


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Aún no lo sabía


Durante mucho tiempo fue una oruga. Era una oruga que se arrastraba por el suelo, como todas las orugas, pero que no dejaba de imaginarse a si misma con alas. Estaba convencida de que si conseguía mirar al mundo desde el aire podría darse cuenta de muchas cosas que ahora le pasaban desapercibidas. Y sabía que no sólo era cuestión de perspectiva física, sino también mental. Por alguna razón, imaginaba-era una oruga que adoraba imaginar-que tener alas no sólo significaba abandonar el suelo, que era como quitarse la venda de los ojos y darse cuenta del tamaño real de las cosas, de su valor y de todo lo que implicaban. Que significaba poder apreciar mucha de la belleza que ahora le pasaba desapercibida, arrastrándose siempre con la cabeza gacha y la vista puesta en el centímetro de tierra que estaba por llegar. Percibía que desde el aire se podían apreciar los colores de las cosas y sus volúmenes. Estaría más cerca de la luz del sol, que a veces le quedaba vetada al pasar por largos trechos cubiertos de altas hojas verdes y maleza espesa… Podría ver la parte brillante de las hojas sin conformarse sólo con el reverso… Las copas de los árboles y sus ramas, las corolas de las flores, las azoteas de las casas, los tejados, el curso de los ríos hasta eso que llaman mar y saber a dónde lleva esa carretera que pocos se atreven a cruzar y que atraviesa su bosque siempre oscuro y eterno. Podría saber qué es lo que ve un pájaro antes de comerse a una oruga como ella y tocar las nubes para descubrir por qué son capaces de almacenar tanta agua y provocar la lluvia. Quería ser hermosa, brillar, deslumbrar a su paso… Que todos pudieran admirarla y seguirla con los ojos hasta ver como desaparecía en el infinito. ¿Infinito? ¿qué es el infinito? ¿dónde acaba el mundo?

Tenía tantas preguntas, tantas ganas de llegar con su rugoso cuerpo a dónde sí llegaba su imaginación. Estaba convencida de que había mucho más de lo que soñaba y deseaba. Se torturaba pensando que no lo podría ver jamás y que su imaginación de oruga no podría ni siquiera acercarse a una versión semejante a todo lo que se perdía por no volar, por no levantar un miserable palmo del suelo y ser capaz de alzar la vista, dejar de arrastrar su presencia vulgar… Eso le dolía aún más, no sólo no poder verlo sino ni tan siquiera poder soñarlo y que su sueño se ajustara a la realidad. Le dolía más la ignorancia que la cegaba que su absoluta vulgaridad.

Algunos días pensaba que tal vez si consiguiera volar, lo que vería podría decepcionarla, desconcertarla… Algunas orugas creen que cuando consigues volar, sólo con alzar el vuelo, eres engullida por algún pájaro o una rana o aplastada por la pezuña de algún mamífero que juega durante la siesta a degustar pequeños bocados…

Aunque eso no le importaba. Prefería mil veces ser arrollada por la realidad más cruel que ignorarla eternamente. Levantar el vuelo y descubrir que no había nada más allá de las hojas de hiedra, los zarzales y malas hierbas que la acompañaban cada día en el camino. Contemplar con sus ojos en perspectiva aérea que los las copas de los árboles son tal vez como sus raíces, que el río no se acaba nunca o que la carretera no lleva ningún lugar… Prefería la decepción a la inopia. El dolor a la ausencia de imágenes con que alimentar sus sueños. El riesgo al desconocimiento.

Prefería mil veces agitar sus alas una única vez y perecer a seguir arrastrándose eternamente y sin ver más allá del pedazo de tierra que circundaba su cuerpo menudo.

Durante un tiempo fue una oruga soñadora que buscaba resquicios de luz entre las sombras del sotobosque y la hojarasca para poder contemplar pequeños retales de un mundo que creía tener vetado. Le pareció eterno aquel lapso de tiempo, esa época entre las sombras fue la más complicada y dolorosa de su existencia…

A veces, cuando lo recuerda, no puede evitar sonreír y recordar con cariño su ignorancia y su deseo enorme de volver a nacer. Todos esos días sufriendo por no poder volar, todos esos días anhelando ser bella sin saber que ya era lo que deseaba ser, que dentro de sí había un ser preparado para conocer el mundo y brillar… Que sólo debía seguir su camino y madurar. Todos esos días acumulando dolor y lágrimas en vano por no tener alas, cuando desde el primer día de su vida estaba destinada a ser una mariposa.

No sabía aún que somos lo que soñamos que somos, que nuestros pensamientos nos cambian y nuestros sueños nos transforman.


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Estoy aquí…


Soy el son que no bailas esperando la canción de tu vida. El día que no sales a la calle porque esperas sentirte con fuerza para encontrar su cara en las esquinas. Soy el sol que no te toca y el viento que no te acaricia. El camino que no transitas mientras esperas el momento justo y el bocado que no tomas esperando la hora correcta. El vestido que no te pones por si es demasiado atrevido y suscita comentarios agrestes. La frase que nunca dices por si molesta.

Soy cada una de las tardes perdidas removiendo recuerdos que laceran tu conciencia. Cada uno de los momentos inútiles escuchando trovadores falsos que te halagan sin haber sondeado en tus sueños y sin saber de tu inteligencia. Soy las casas que no habitas, mientras esperas el palacio dorado y las lágrimas que derramas mientras un millón de carcajadas que no oyes te rondan los oídos. Soy lo que deseas y no te atreves a imaginar que sucede porque te han dicho que no lo mereces y te lo has creído. Tu mirada más caliente y tu sonrisa más gélida. Lo que no le has contado a nadie y lo que necesitas contar porque te arde en las entrañas.

Soy la flor roja que no ves porque contemplas embobada los cardos y el sueño que no sueñas porque no duermes pensando en mañana.

Soy el presente que no vives angustiándote por un futuro que tal vez no llegue, mientras te revuelves en tu propio lodo por un pasado que ya ni siquiera te araña al recordar.

Soy el libro que no lees, con la frase que va a cambiarte la vida, mientras ojeas otros títulos más atractivos en el estante de la biblioteca. El amor que no notas porque te obsesionas con mirar al otro lado esperando un amor que te esquiva.

Soy el océano que no ves porque te obcecas en mirar un charco. La colina que no subes porque esperas a encontrar una gran montaña…

Soy el poema de amor guardado en un sobre que nunca encuentras porque vas tan de prisa que ni siquiera te detienes a notar la vida. El verso que te da la respuesta que buscas y la luz que siempre dejas apagada. Soy el café que te obligará a sentarte un rato y esbozar tu obra maestra en una servilleta y el mensaje oculto en un cajón que no abres porque siempre lo dejas para mañana.

El aroma que nunca hueles porque cierras la puerta cuando empieza a soplar la brisa y la voz que te dice que te escuches a ti misma y que nunca oyes porque el ruido de tu cabeza no te deja oír tus deseos.

Soy todas las oportunidades perdidas y todos los trenes que dejaste pasar sin tomar por miedo al destino y pereza al trayecto. Soy tu temor más grande y tu ilusión más rotunda.

Todas las excusas que fabricaste para no dar un paso y todas las culpas que decidiste arrastrar por los siglos por no haberlo dado.

Estoy en cada uno de tus giros y pasos. En las esquinas de cada calle que transitas y en cada una de las caras que se cruzan con la tuya. Voy atado a tus zapatos y guío todas tus miradas de reojo. Me cobijo en tus ganas de vivir y en las gotas de lluvia que mojan tus cabellos. Cuando te levantas cansada de estar cansada e inapetente de vida, te susurro al oído que no tengas miedo y te suplico que sigas.  Yo te sigo de cerca pero nunca de das cuenta porque no respiras suficientemente hondo, ni caminas lo suficientemente despacio. Porque no crees suficientemente en ti misma, ni tus sueños son suficientemente grandes como para verme y cazarme al vuelo…

Y sin embargo, me buscas, a tu modo, me persigues, sin saber hasta cuándo ni dónde. No lo sabes y ya me tienes. A veces me huyes, porque casi me tocas y el pánico te vence, pero sigues intentando encontrarme…

Para un momento, abre los ojos y despierta… La vida es una sucesión de sacudidas y pasos en falso que llevan a lugares desconocidos y rompen muros. Sin zarandeo, a veces, no hay vida. Sin caer, a veces, no se puede volver a empezar.

Soy esa “tú” que un día tomó otro camino y se atrevió a ensuciarse de vida…

Estoy aquí.

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