merceroura

la rebelión de las palabras


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Agua


Pronto será como el agua. A veces será tibia, agradable, envolvente… Apacible. Otras un estallido frío y vital, una cascada, un remolino… Una turba impetuosa que surcará cualquier superficie hasta moldearla, a golpe o a caricia… Hasta transformar el guijarro en canto de río suave y redondo. Envestirá lo que encuentre a su paso, arrastrará el polvo y el lodo que cierra el paso a la luz. Abrirá paso a los rayos de sol, a la tarde templada, al viento que lo agitará todo hasta cambiar la forma. Todo cambiará con su presencia, con su mirada, con cada uno de sus movimientos acompasados y al mismo tiempo rebeldes.

Y hervirá. Y cuando alcance temperatura, será caldo de cultivo, albergará vida, transformará su destino y los destinos de aquellos que se crucen en su cauce.

Y también se estancará, por un rato. Será cristal. Y luego empezará a rebosar gota a gota formando un meandro eterno. Se adaptará al camino. Se mezclará con la arena, se teñirá con todo lo que encuentre a su paso. Tomará color y forma, hasta evaporarse, hasta flotar y sentir como cada una de sus gotas minúsculas vuelve al inicio. Entonces despertará…

Y se levantará con la mañana, mirará su cara y sentirá que aquellas facciones que observa son las únicas posibles. Se reconciliará con sus entrañas y sus culpas. Compensará cada una de sus lágrimas. Sentirá que es distinta y que su cara está dibujada por una mano que no tiembla. Que su cabeza está vacía de credos absurdos e ideas que se ramifican hasta perder el sentido original. Hasta convertirse en ramas secas y retorcidas, sin savia ni vida.

Notará que sus pies pisan firme. Que el camino se acomoda a sus ojos, que cada palmo es como imagina, que domina el aire y el sol. Que siente que la noche es noche, que vibra con ella, y que cierra sus ojos y sueña que es ella misma, sin paliativos, sin miradas temerosas al bucear en sus imperfecciones. Que navega hasta encontrar la forma que busca a cada instante. Que cambia ella y que lo cambia y transforma todo.

Transparente, brillante. Enormemente poderosa, extraordinariamente cálida, ferozmente mansa. Agua.



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Será mañana


Mañana despertaremos y todo parecerá igual que siempre. Nuestros ojos se perderán entre claros y oscuros, hasta encontrarnos el rostro y ver que nuestras facciones son las mismas. Todo tendrá el aspecto de un día común. Miraremos al sol, si asoma, buscando una señal. Algo que nos diga que el día que nos espera será distinto. Algo que nos permita tomar impulso para saber que la espiral de angustia en la que estamos sumergidos puede tocar a su fin.

Cada sorbo de café tendrá un sabor bastante parecido al anterior. Notaremos como se diluye en nuestra garganta cansada de ahogar gemidos y tragarse palabras. Y querremos no callar, decir lo que pensamos… Sabremos que estamos a punto…¿tendremos valor?

Nos conocemos tanto, que sabremos qué vamos a pensar en cada momento. Las imágenes que nos vendrán a la mente esperando turno, pidiendo paso intermitente… Nos repetiremos las mismas consignas en voz baja para convencernos de que en algunas cosas vamos a tener que resignarnos… Aunque algo dentro de nosotros nos dirá que tal vez deberíamos seguir insistiendo… Odiaremos profundamente esa palabra “resignación” con la toda la fuerza que nuestro ser pueda albergar . Y notaremos que someterse a ella será una agonía lenta, premeditada. Una forma de vaciarse y dejarse llevar por la corriente sin oponer resistencia. Y sabremos que hay que tomar las riendas.

Devoraremos noticias tristes y esquivaremos caras largas y muecas de asco. Buscaremos fantasías en el ordenador para volver luego a meternos en el caparazón de la desidia, acomodarnos a un gesto anodino… Sin esperar nada más que recuperar la esperanza de repetirlos mañana con más ganas, con más convicción, sin el sabor ácido del tedio en la boca.

La rutina se nos comerá las ganas. A mediodía, seremos sombras… Aunque si nos damos cuenta de ello, seremos sombras que aspiran a salir del túnel, a respirar aire puro…

¿Nos atreveremos a imaginar más? ¿o pensaremos que somos demasiado osados si tentamos a la suerte? Creeremos que tal vez no lo merecemos por temor a ser felices demasiado rato y luego echar demasiado de menos esa sensación de euforia…

¿Preferiríamos ser de plástico porque así nada nos dolería? ¿O nuestro corazón es músculo puro, aprisionado en un pecho dormido, deseando latir y despertar?

Cada bocado será más insípido que el anterior. Compartiremos risas falsas con las mismas caras, tendremos las mismas conversaciones con las mismas inflexiones en la voz y en ese momento nos vendrán a la cabeza los mismos pensamientos… Derramaremos las mismas lágrimas.

Mañana suplicaremos con la misma intensidad y vehemencia salir de ese agujero negro de la rutina, de la modorra y la pereza. Subiremos al mismo tren y surcaremos con la mirada las mismas expresiones de rabia contenida ante nosotros.

Bostezaremos como siempre en la misma estación. Siempre bajo la misma luz amarillenta del vagón que lo impregnará todo de un halo amargo y un moho imperceptible. Leeremos el mismo libro, aunque el autor y la historia sean distintos… Sabremos, entonces, que si no hacemos nada, el agua siempre estará estancada y el aire estará viciado.

Y la noche llegará. Nos cubrirá los ojos y las sienes. Un cansancio eterno nos apretará los hombros y nos pedirá rendición. Respiraremos el mismo oxígeno, consumiremos la misma vida, nos sacudiremos la misma lluvia del abrigo, volveremos sobre nuestros pasos.

Aunque a pesar de todo, si nos damos cuenta que ya estamos hartos… Si nos hemos percatado de que ya no podemos más y de que cualquier desatino es mejor que esta espiral oscura y cenagosa… Habremos triunfado. Decidiremos guiar nuestros pies hacia un camino que nos lleve a donde queremos llegar.

Sabremos que vamos a decidir las palabras que pronunciamos y escoger los verbos que conjugamos…

Cerraremos los ojos sabiendo que ese ha sido el último día insignificante de nuestra vida. Será mañana.


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De vuelta al punto de partida


Había un faro y un enorme pedazo de mar que se metía en sus oídos y le acariciaba las orejas. Podía respirarlo y guardárselo en el pecho. Era inmenso. Su humor salado se colaba por todas partes y se impregnaba en sus cabellos.

Llevaba delante de él mil tardes, pensando. Parecía una figura minúscula, esculpida en la roca, encogida. Sus pies habían quedado sellados a ella, sujetos por una emulsión invisible que la mantenía al mismo tiempo atenta y absorta de todo. Su mente estaba lejos. Viajaba en el tiempo. Era niña. Se vestía de blanco en una tarde como ésta y notaba que estaba de más en el mundo. Que era insignificante… Un sabor amargo le cruzaba la garganta al recordar el momento en que descubrió que su existencia no era el origen de todo, que aquello era el principio de un camino complicado. En sus ojos había una expresión de miedo, de falta de sueño, de incomprensión hacia un mundo que era grande pero que, a menudo, resultaba hueco. Le venían a la cabeza todos sus cambios de rumbo, todas las veces que se había negado a sí misma y todos los muros que había construido a su alrededor. Cada vez que se había descartado para un sueño, que había creído que le estaba vetado, todas la hojas en blanco que le habían quedado por escribir.

Recordaba sus derrotas. Cada una de ellas más enorme y sonora que la anterior, más contundente, más dolorosa.

En cada batalla había dejado una capa de piel. Las primeras más finas, las últimas más gruesas. Había cambiado tanto que de su esencia tan solo quedaba un aroma vago, una ligera inclinación de la boca a la izquierda al sonreír y una tendencia exagerada a la ilusión.

El balance era duro. Llevaba siglos meditando cómo vivir. Ensayando cómo iba a ser su vida cuando desplegara sus alas, cuando tuviera el valor para dejar el metro cuadrado que la rodea y dejarse quemar por el sol. Había vivido sin verbo, de cabeza, de imaginación. Había saltado mil veces en su mente, había incluso notado la adrenalina agolparse en sus sienes… Pero nunca había saltado con su cuerpo. No había quedado suspensa en el aire sabiendo que al tocar el suelo tendría que amortiguar el golpe con la conciencia.

Había escrito mil versos de amor pero jamás los había entregado. Había huido de muchas miradas bajando la cabeza. Se había excluido de la vida, ella sola, sin pedirse permiso…

Y ahora, aquí cuajada en la roca, mirando un mar eterno que la podría devorar en un movimiento inmisericorde, se daba cuenta. Se retorcía por dentro por haber permanecido impasible y haber consumido tanta vida sin vida… Hacía lista de todos sus amores frustrados y todos sus gemidos ahogados. Apuntaba los lugares que le quedaban por pisar y los huecos que debía llenar a partir de ahora.

Estaba indignada, pero no estaba triste. Se sentía afortunada. Había despertado. Estaba viva. Una apreciable cadena de errores la había llevado a sentarse en la roca. Un cúmulo de cansancio le había detenido los pies hasta llegar ante el mar y dejar que su mente se meciera en el pasado. Había pasado la vida buscando ese estímulo, ese fogonazo capaz de despertar en ella la necesidad de cumplir sus deseos… El detonante que lleva al salto. Había buscado sin cesar la fuerza para salir de la cáscara, para romper la cadena de temores sordos que la rodeaba… Siempre buscando algo a lo que agarrarse…

Había dado mil vueltas para encontrar esta tarde, este silencio, este mar sin límites, este pensamiento. Había girado sobre sí, en rotación permanente. Había surcado el mundo para llegar a un lugar que llevaba dentro. Para encontrar algo que ya tenía. De vuelta al punto de partida.


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Dispuesta al ridículo


Si quiere algo, lo pedirá. Aunque sea imposible, aunque se le sonrojen las mejillas y tenga que aguantar un montón de rostros compungidos que la miran, que la interrogan con la vista y parece que le reprochen su osadía. Lo dirá con todas las letras, en voz alta. Con la mirada puesta en otra mirada, con una ganas incansables de abrir los brazos para recibirlo. Con el porte de quien sabe que se lo merece. Lo merecerá.

Si necesita aliento, lo gritará. Buscará las palabras para expresarlo claramente. Que sepan que es falible y vulnerable. Que teme estar sola, a veces. Que busca apoyo. Que cuando la abrazan y comparte sus miedos, se siente más grande. Que puede ser muy grande si se lo propone, porque sus ganas son infinitas y sus necesidades gigantes. No le importa, que sepan que sin otros está incompleta, que a menudo se siente débil… Que es una niña todavía. Que necesita contar su historia y que está dispuesta a escuchar.

Se podrá en evidencia. Se hará pesada, constante en la súplica y en la réplica. Dirá muchas veces que no y muchas que sí. No será complaciente si no lo desea y, sobre todo, no lo será para mendigar cariño, ni esquivar malas caras, ni evitar problemas. Será justa, si puede. Será considerada, si resiste. Caminará por el muro estrecho, al borde del precipicio, sin sujertarse, si hace falta… Se tragará un océano de un sorbo, si se le pone por delante. Derribará muros de asco y de apatía…

No le importa que se den cuenta de que no es perfecta. De que es altamente feroz y volátil. Que raya la impertinencia a pesar de su eficacia. Que es exigente. Que es susceptible, mandona y bruscamente sensible. Inquieta y obsesiva. Que siempre tiene la última palabra… No le importa, que la juzguen, pero que sepan que ama, sin limitarse en el fondo y en la forma. Que siempre da más de lo que recibe. Que busca sueños y vive de ilusiones. Que a quién más exige es a ella misma. Que es leal y comprensiva. Que perdona más allá de lo admisible. Que compensa cada grito con mil besos y cien caricias. Que está siempre ahí, como una almohada, como un sueño… Como un fondo de pantalla, pero siempre activa, siempre atenta… Buscando un camino hacia lo que parece inalcanzable. Con las manos tendidas y los ojos alerta, puro brillo, pura selva, puro delirio. Deseo en bruto de mantener la esencia, de surcar un mundo, de no poner más freno que el necesario para tomar carrerilla. Arriesgar por un todo.

Y hará el ridículo. Lo hace, lo sabe. Lo asume. Lo prefiere. A veces, imagina no hacerlo. Callarse, hacerse a un lado y dejar pasar. No importunar. Ceder. Tragarse las ganas. Blindarse los sueños. Encogerse para no molestar. Recogerse las ansias y cerrar los ojos. Ponerse la risa y la mirada de otros. Borrarse la libertad de la cara. Disimular. Fingir que no busca, que no necesita, que no se desespera… No le sirve.

La libertad es adictiva. La vida es corta. Su alma está muy llena. Tiene mucho por hacer y aún no ha encontrado todas sus armas y sus porqués. No ha explorado todos sus miedos… Todavía no ha hecho suficientemente el ridículo. Aún le falta… Está dispuesta.


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Voy a complicarme la vida


Lo tengo decidido, voy a complicarme la vida.  

Cuando algo no me parezca bien, diré que no. Escucharé todas la voces y pediré que se escuche la mía. Estaré dispuesta a cambiar, siempre. Mi mente será un material en continuo movimiento. Seré elástica, pero contundente. Voy a adaptarme, pero no a arrugarme. Notaré el miedo, pero no le permitiré que modifique mi camino. Tomaré yo las decisiones y me tragaré las consecuencias. Buscaré la libertad y asumiré sus riesgos. Arriesgaré mostrando mis debilidades, mis deseos, mis necesidades, mis talentos… Intentaré arañar lo que anhelo y pondré todo mi ser para conseguirlo. Espero mi recompensa, la que tengo en mente y las que encontraré por el camino y que surgiran poco a poco. Me detendré de vez en cuando. A escuchar a personas y a pájaros. A notar como respiro. A contemplar lo mucho que tengo y sentir su tacto precioso y agradable. Para saber que no me he desviado de la ruta… Para decidir si debo cambiarla después de escuchar otras razones, incluso mías. Espero cruzarme con muchos otros ojos deseosos y un poco imprudentes, como los míos. Surcar sus pupilas y descubrir sus secretos… Compartir risas, escuchar sus historias. Recordar sus palabras… y llevarlas de equipaje.

Cuando haya conseguido subir un peldaño más hacia mi luna particular, miraré atrás sólo un momento para darme cuenta del esfuerzo. Valoraré la carga y el tesoro que acumulo. El valor de las experiencias… Las palabras que guardo y que me ayudan a seguir. Y luego subiré el listón. Más. Para no quedarme quieta. Sin prisa. Con una sonrisa inmensa porque sin ella, no valdría la pena. Pediré tocar el cielo y seguiré el ascenso. Querré más. Más de eso que no se mide, no se pesa, no abulta. Eso que casi ni se toca y no es perceptible al ojo y al oído. Eso que sólo se nota cuando traspasa todas tus fibras. Eso que llena de vida poco a poco. Lo querré todo. Intentaré atraparlo todo. Pensaré que lo necesito. Que lo merezco como lo merecen todos. Estaré segura de que puedo conseguirlo. Lo tocaré con el pensamiento y las ganas. Será mío en el deseo.

Estaré cansada, lo sé. Pensaré que no llego, a veces. Me sentiré un poco absurda cuando crea que hay días en que he dado pasos atrás. Me cubriré de llanto, a veces, pero sabré encontrar donde agarrarme. Un punto donde fijar la vista y tomar apoyo. Una palabra, un gesto, un vistazo a mis pies cansados y la gente que me acompaña. Su aliento será mi aliento y me podré en marcha.

Me meteré de nuevo en el laberinto. Daré vueltas hasta encontrar el rumbo. Sabré que podría estar sentada, tranquila, sin sueños pendientes y miedos espasmódicos que me perturben el viaje… Que podría vivir otra vida. Que podría decir que sí siempre y bajar la mirada. Dejar que la cabeza me volara lejos mientras el cuerpo se quedara tragando rutina y acumulara un poco de rabia. Que podría sujetarme el alma al suelo para que no surcara otros universos posibles e imaginara… Que podría bailar sólo de memoria, con los recuerdos. Sería más fácil, seguro. Nadie me miraría por encima del hombro, ni susurraría que hago locuras… Me convertiría en esa versión de mí que a muchos iba a complacer.

Tanta perfección, sin duda, podría dejar morir mis sueños… Dejarme hueca, vaciarme las ganas de vida…

Lo dicho. Voy a complicarme la vida. Aún más.

 


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Esta noche


Loca, a menudo. Casi exiliada de la risa, esta noche. Con la esperanza cosida a la falda y la cara de satisfacción puesta por si llega la suerte, que no pase de largo. Que la encuentre hermosa y dispuesta. Siempre dispuesta. Ya no puede perder un segundo. La vida se acelera, los goces pasan de largo, si no tienes las pupilas alerta y las orejas puestas para ver y oír pasar los trenes. Para no perderse un minuto de nada y devorar cada palmo del camino. Aunque duela, a veces.

Revuelta como las charcas. Ansiosa. Harta de imaginar finales felices y de que, de momento, todo sean interludios amargos y eternos. Zarandeada. Amarga de golpe pero deliciosa a pequeños sorbos. Sin ser capaz de dosificarse las fantasías. Sobreviviendo a golpe de ilusión y sujetándose en la barandilla, para no saltar.

Buscando una copia de todo y un original de la copia. Por si luego hace falta. Siempre está deseando con ganas omnívoras encontrar algo auténtico. Algo a lo que aferrarse y no soltar hasta que se le pase la soledad y le hayan cambiado las facciones y al mirarse se de cuenta de que ya es otra. Que puede dejar que se vaya su presa porque ya no le importa.

Cansada y hambrienta de guasa. Ida, muy ida de ella misma cuando imagina. Muy alejada porque se evade de todo y se calma. Extenuada de contenerse y mirar a ambos lados pensando si lo que sueña es bueno o malo, si debe o no debe… Si sale de caza o se queda mirando desde el otro lado a las fieras. Algunas fieras tienen mandíbulas afiladas. Otras, un pelaje suave que invita a la caricia.

Impaciente y ávida de placer y cariño. 

Camina dando vueltas. Buscando no encontrarse, verse la cola y saber que no es una gata. Dejar el tejado y arañarle la cara a la luna para meterse en la cama. Saborear las sábanas hasta la madrugada. Bailar hasta apagar todas la velas… Apagar todas las luces a ritmo de suspiro. Caminar sobre terciopelo oscuro y fundirse hasta cambiar de materia.  Desde el tejado la vista es hermosa y la tentación es bárbara. No hay más noche que esta noche y ella lo sabe y ya no lo aguanta.

Tendente al llanto cuando no está satisfecha. Menuda y frágil. Con tacto de arena. Piel pálida y caliente. Con el corazón de fósforo y el pecho de lata. De risa metálica y boca arisca. Profundamente justa, hasta la injusticia. Encerrada en una jaula por piadosa. Irónica. Maniática. Obsesiva hasta rozar la demencia. Con la conciencia intacta.

Con un ojo que mira a través de una ventana, pendiente de las miradas de otros. Con el otro, consumiendo siempre palabras.

Despierta. Atormentada. Con ese gesto de niña y un lamento de anciana perdida. Como las bestias… Sin capacidad para la hipocresía y una habilidad extraña para soportarla. 

Sin más miedo que el miedo a no atreverse. A quedarse en la puerta y pasarse la vida mirando a través de la cerradura todo lo que pasa.

Más rebelde que nunca. Más polémica. Más ácida. Más ridícula.

Más histérica. Más lista, pero más ilusa. Más ligera y más harta de todo. Con la necesidad insaciable de justificarse por todo para quedar siempre frustrada. Con una excusa en la boca y un abrazo pendiente.

Ella es más de lo mismo, siempre, pero con ganas de no repetir en nada. 

Al final, ha aprendido a no esconderse. Mirar al frente y seguir caminando. Aunque el estómago se le encoja y le silben los oídos. Aunque el aire contenido en el pecho arda y parezca que va estallar en sus pulmones. A pesar de desear con todo su ser desvanecerse, ser humo o caber en la rendija de una puerta antes de traspasarla. 

Se he dado cuenta de que son más las veces que falta que las que sobra. De las ocasiones en las que se quedó corta nunca podrá lamentarse, ni recordar nada. Nada es más vacío que lo que no existe. Nada es tan rotundo como carecer de errores a los que aferrarse para sobrevivir. Y saber que, aunque pierda, el riesgo vale la pena… Porque al llegar el momento estuvo preparada y presentó batalla.

Ya no se esconde. No puede, el tiempo pasa. Se le agota, se le escapa. Esta noche más que nunca. 

 


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Nada


Nada es ya sórdido, si estás. Nada muere, si te miro.

Nada es simple, si te acercas. Todo se complica al buscarte. Todo es una carcajada enorme que excita mis neuronas tristes y agotadas. Me acelera el paso, me vence, me atormenta… Me altera por dentro y sacude. Me llena, me llama, me calma, me revuelve. Y cuando estoy extenuada, me convierte en una presencia gaseosa que se filtra en tus rincones con intención de arrancarte las ganas, con el deseo de mecerse en tu boca caliente y  deliciosa. Loca por habitar tus sentidos y llenar tus huecos. Loca por contar tus latidos. Con el único pensamiento de que me pienses, con la única intención de existir en tus pliegues y dobleces.

Nada es ya el recuerdo de mi pasado. Nada es aquel yo de antes, dormido y sosegado. Nada es ya aquella nada inmensa que se gestaba en mi tedio y me convertía en arena gris y plata vieja… En esa figura que fui, muerta por nacer, con esa necesidad de cambiar de forma y poder convertirse en deseo puro y volar. Ahora ya no me resigno, no me doblo, no me quedo postrada… He aprendido a mecerme, a caminar en la cuerda floja, a pisar en falso con la sonrisa puesta y caer al vacío sin tocar fondo. 

Nada de lo que pueda existir es más grande que la angustia de no soñarte… De que llegue un día en que no sienta el dolor que supone no tocarte sin cesar. Las ganas de no parar de devorarte con las pupilas, con las manos… Sentir un escalofrío que me atraviesa el cuerpo, que suplica la clemencia de tu roce con todo lo que me habita y que no sabía que existiese hasta que rondaste mis sueños con tu gesto salvaje. Me has dado forma y me has revuelto las entrañas. Has caminado en mi conciencia y has leído mis secretos y pequeñas miserias. Has abierto la puerta de mi alma para entrar y ahora me miras con cara de sueño y escusas de niño cansado.

Nada fue nada hasta que nací al oírte la voz. Y tus cabellos fueron mis redes y tus palabras mis pulmones. Y yo fui tu aire.

Nada es más eterno que el deseo de eternizarte en el hueco de mi pecho, en el regazo que forma mi vientre, en las espinas que se me forman en el alma al no poseerte. En la escarcha de mis ojos llorosos que vacían mi ansia.

Nada es tan incesante como este deseo, como esta tarde sin respirarte, sin percibirte el olor y buscar con locura tus gestos en esta tu ausencia cóncava y amarga. Como inventar excusas para llegarte a las esencias y esbozar un beso o dedicarte una palabra… Nada es como tenerte sin poderte morder y degustar, sin caminarte sobre la espalda con las manos temblorosas, libarte los miedos y retenerte las miradas implorando tu calor.

Nada es como antes, después de quemarse entre tus jirones y estremecerse bajo tu peso. Nada que no tenga que ver con tus sesos privilegiados, el caoba de tus ojos y tus vaivenes perversos.

Nada es ya nada que no hayas dicho, que no hayas pensado, que no desees contarme, que no pertenezca a tus goces internos o a tus ideas lúcidas. Nada importa ya. Nada que tú no seas y que no sea yo, desde que tú estás en mí y me invades y cauterizas con tu presencia. 

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