merceroura

la rebelión de las palabras


22 comentarios

Es por ti…


A menudo, cuando haces lo que crees que debes o lo que te dicta la conciencia, te sientes absurdo. Buscas en el fondo de tus pliegues y sacudes tus entrañas hasta desubrir por qué te duele, por qué te araña, por qué notas que vas al revés del mundo y demasiado  a menudo, no te compensa… Por qué a pesar de dar, tienes la sensación de que nunca recibes. Por qué arrastras una carga pesada y nunca encuentras relevo…

Y pones a examen todo lo que acumulas tras de ti y crees que te toman el pelo.

Porque confiabas cuando nadie confiaba.

Porque decías que sí, cuando todos daban la espalda.

Porque soñabas, aunque cada día se cerraban más puertas y no encontrabas las ventanas…

Porque te aferrabas a un resquicio de luz que se filtraba por un minúsculo agujero de un techo bajo, en un cuarto oscuro, que tu imaginabas un cielo abierto.

¿Eras un iluso? ¿Has perdido el tiempo? ¿Era real aquello que veías o sólo tu fantasía, tu ignorancia?

Porque cuando mirabas veías el lado bueno y encontrabas migajas de belleza donde posabas la vista.

Porque reías a pesar de que tenías tantas ganas de llorar que se te hacía un nudo en la garganta…

¿Demasiado esfuerzo para nada? ¿Cuándo te toca a ti? ¿Deberías pensar más en ti mismo?

Te sientes ridículo porque cantabas sin voz y bailabas sin música. Porque encontrabas la forma de seguir cuando el camino se desdibujaba y nunca se divisaba tu destino.

Seguro que muchos aún se ríen de ti al recordarlo, piensas, sin sentirte capaz de ser de otra forma, sin poder ser otro a pesar de que, a veces, ser tú duela y duela mucho…

Porque perdonaste y pediste perdón.

Porque te enfrentaste a tus miedos y cruzaste algunas lineas que jamás creíste que podrías. Porque te atreviste a exponer lo que sentías y abriste en canal tu alma. Porque mostrarte tu corazón y se rieron en tu cara…

Porque cada mañana construías de nuevo lo que otros de noche se ocupaban de destruir. Porque fabricabas puentes y derribabas muros cada día y te dabas por recompensado con una mirada…

Porque dabas la gracias.

Porque nunca hiciste lo que no querías que te hicieran… Porque cuando lo hicieron, mantuviste tu dignidad intacta y en lugar de golpear, preguntaste por qué y fuiste capaz de sobrellevarlo.

Tanto esfuerzo, tanta comprensión, tantas ganas malgastadas fabricando realidades paralelas para sobrevivir, construyendo espacios de encuentro, buscando las palabras adecuadas para no herir… Y al final ¿qué queda? ¿De qué sirve si nadie lo ve y nadie lo escucha? ¿A dónde va a parar tanta energía? ¿quién se queda con todo este esfuerzo?

Tú. Tú eres la respuesta. Tú forma de ver la vida y tu necesidad de vivir sin pisar. Aunque el mundo lo ignore y estés agotado. Aunque todos tus logros se queden ocultos tras una montaña de ignorancia e incomprensión…

Aunque el llanto de otros sofoque tu risa y su opacidad esconda tu brillo. Aunque quién deba juzgarte no sepa de sueños ni la mitad que tú y sea incapaz de ver más allá de las paredes que le rodean. Aunque no aprecie tus logros y no vea tus méritos… Siempre es necesario que alguien ponga empiece el camino y abra paso. No aminores tu marcha, que se esfuercen para alcanzarte.

Lo que has aprendido es ya tu equipaje, tu vida,  se convierte en tus herramientas para seguir este camino hasta el final… 

No esperes que los que no ven, te vean. No busques su aprobación porque ellos no buscan nada en ti, porque tal vez si lo encuentran, se verían obligados a cambiar y replantearse la vida. No pidas a quién no sabe dar. No seas mediocre para ser aceptado por los mediocres. No rebajes tu listón para que otros te valoren. No dejes de ser una mariposa porque estés rodeado de larvas… Haz lo que sientes y siéntete bien haciéndolo, aunque nadie lo sepa, aunque a veces, no se note, aunque no se aplauda. Lo sabes tú, que eres quién vive en ti mismo y se merece tu mejor versión. Es por los que sí sabrán quererte tal como eres… Es por ti.


7 comentarios

La vida pasa


El gran Mario Alonso Puig relataba en uno de sus geniales libros,  “Reinventarse”, una curiosa historia sobre monos. No es el único autor que la ha relatado y siempre que la leo me impacta mucho. Dice que en algunos lugares del continente asiático, para cazar monos usan un tipo de trampa curiosa. Se trata de una caja de madera atada a un árbol. Puig explica que la caja tiene un orificio por el que el mono puede meter la mano y sacarla siempre que esté estirada. Dentro de la caja, el cazador pone un alimento que el mono encuentra exquisito, pongamos una banana. Puig no la cita, pero yo me lo imagino así. Cuando el mono intenta sacar la mano con el puño cerrado, no puede. Parece tan obvio que el mono debería dejar la banana en la caja y huir para salvar la vida, pero no lo hace. En lugar de soltarla, se aferra a ella con fuerza. Está tan obsesionado con quedársela, que no se da cuenta de nada más. Los cazadores sólo tienen que esperar para llevarse al mono, que jamás suelta su precioso botín…

Todos tenemos bananas. Una o varias. He pensado mucho en ello, desde que leí este libro, y me he dado cuenta de que la vida es ir soltando bananas, superándolas y, lo más complicado, identificándolas. Las bananas que tenemos más fuertemente sujetas no se ven, son imperceptibles para nosotros. Una banana puede ser cualquier cosa. Una creencia arraigada que nunca nos cuestionamos y que no podemos identificar como algo erróneo porque nunca la ponemos en tela de jucio. Tal vez nos lo contó alguien a quién admiramos cuando éramos niños y se ha convertido en uno de nuestros dogmas. Puede ser una situación que se repite en el tiempo, una relación con una persona que acaba perjudicándonos. Una banana es, a veces, una obsesión, una fijación, una situación de dependencia de algo que no cambiamos porque nos asusta, porque no tenemos fuerzas, para no decepcionar a otros, porque no queremos renunciar… Yo creo que las grandes bananas, esas que nos aferran a situaciones que nos perjudican de verdad, son muy difíciles de reconocer. Porque nos hemos acostumbrado a ellas y estamos cómodos en esa situación de semilibertad que nos exigen, porque dejarlas nos supone un esfuerzo que, de momento, parece que no nos compensa . Porque soltarlas es admitir que hemos vivido en una fantasía, en un mundo irreal y acomodado y, sobre todo, no querer darse cuenta de que tenemos miedo. Las bananas nos limitan y nos recortan las posibilidades y las oportunidades.

Algunas bananas son a la vez dulces y amargas. Duele soltarlas, porque no son negativas del todo. Porque tienen un lado bueno y menos rugoso, como las hojas… Porque nos hacen sentir bien o porque conllevan aumentar nuestro ego. Como si fueran una droga que nos relaja o estimula, aunque luego nos deje vacíos, nos deje destrozados porque esa sensación no dura… Unos instantes de placer, de euforia, y luego, muchos días de dolor. Al final, nos mantienen esclavos a una rutina y, a veces, a poner en cuestión nuestros valores y principios por ser incapaces de ceder. 

Las bananas se disfrazan de necesidad, de seguridad, de culpa, de carga pesada a sobrellevar, de comodidad, de trabajo de prestigio que te hace ganar mucho dinero, de tristeza, de amistad intensa, de amor complicado… Hay amores que son bananas y que nos degradan. Los aceptamos porque a veces nos hacen sentir maravillosos, porque salir corriendo supone acabar con nuestras propias fantasías, por temor a quedarnos solos, que porque son algo a lo que aferrarnos que no es lo que queremos pero se parece mucho a nuestro sueño… Son bananas ocultas tras un deseo de amor. No nos engañemos, somos nosotros quién las reviste con esa apariencia de amor para justificar continuar asidos a ellas, cuando en realidad, lo que nos dan es un sucedáneo. El verdadero amor es libertad.

Algunas bananas huelen bien, visten bien, tienen una cara hermosa y unas maneras exquisitas… Son bananas calcaldas a nuestros anhelos, pero cogerlas supone renunciar a nosotros mismos y dejar de ser todo aquello que nos define.

Las bananas siempre exigen mucho, la mayoría de veces a cambio de algo que no compensa, algo que no llena o no es lo que nosotros queremos o buscamos. Te obligan a soportar situaciones que no te hacen sentir bien y en las que no puedes ser tú mismo.

Lo más difícil siempre es detectarlas, tener el valor de darnos cuenta de que existen y de que vivimos sometidos a ellas. La decisión es nuestra, podemos hacerlo hoy o postergarlo por los siglos de los siglos. Nosotros decidimos lo que queremos, nosotros construimos nuestra vida y somos quién debe soltarlas y superar nuestros límites. Algunas bananas pesan mucho y cuando las sueltas, parece que durante un tiempo, aún las llevas sujetas a ti e incluso las echas de menos… Otras, sólo con soltarlas, puedes sentir una gran sensación de paz. Conviene aflojar el puño, y sacar la mano de la caja. Y conviene hacerlo cuanto antes porque las horas pasan, la vida pasa …


8 comentarios

Esas cosas que no nos gusta escuchar


No te engañes. Las cosas son más sencillas de lo que a veces aparentan. Aunque tú necesites moldearlas y transformarlas en tu cabeza para poder soportar el resultado de tus pensamientos. Para no sentirte tan sola, tan cansada, tan mínima. Las cosas son como son, aunque duela, aunque te arañen el alma y te hagan jirones la ilusión que contienes en el pecho… Aunque sean profundamente injustas y no tengan sentido. Aunque las disfraces de recuerdo y las empañes de lágrimas, aunque las desdibujes con grandes dosis de cariño y perdón. Las personas también son como son y tú no puedes cambiarlas… Las personas, si no quieren, no cambian.

Debes asumir que si no recuerda lo que le pides, es que no le importa lo que necesitas.

Si no sabe lo que te gusta, es que no le gustas.

Si no dice tu nombre, es que no te sueña.

A veces las cosas no tienen sentido. A veces, las cosas no tienen el sentido que tú les buscas y les encuentras. A veces, preferimos cerrar los ojos y vivir en otro mundo inventado, en lugar de intentar cambiar lo que nos rodea y cambiar nuestro interior… Apostamos por otros, el lugar de apostar por nosotros mismos. Vivimos en pequeños agujeros que nosotros hemos cavado y estamos atados a cadenas que nosotros asimos a nuestras muñecas. 

No falsees tu realidad. Si no encuentra momentos para estar contigo, es que no quiere estar contigo.

Si no te escucha, es que no le interesa lo que dices.

Si no te habla, es que no tiene nada que decirte.

Si no te abraza con fuerza, es que no le apetece tanto como a ti. Si no te acaricia, es que no quiere saber cómo es el tacto de tu piel.

Si no te besa, es que no sueña con probar tus labios.

Por más que te duela. Por más que saberlo te destroce por dentro. Por más que repetirlo te desgaste las ganas y te deje sin palabras.

Si no te busca, no te necesita.

Si lo que dice no es del todo cierto, es que es mentira. No te mientas tú, quitándole importancia. La verdad es importante, la sinceridad es básica.

Aunque pensarlo, te derrita. Aunque asumirlo, te haga desvanecer y te de la vuelta por dentro hasta no saber donde empiezas y donde acabas. Aunque sólo imaginarlo te parta en dos pedazos y te haga caer…

Si no te trata como mereces, es que no merece que tú le trates…

Si no te mira, es porque no te ve.

Aunque tú siempre estés ahí, con los ojos hambrientos sin perder detalle, con tus brazos abiertos y tus manos dispuestas, esperando dar aliento y esperanza… Aunque des tanto que se te agoten las energías.

Si no aprecia lo que le das, es que no te valora. Si no sabe ver lo mucho que vales, no te quiere.

Si no te demuestra lo que siente, es que no tiene nada que demostrar.

A veces, nada es justo, es como es. La vida es demasiado corta para perder el tiempo en medias alegrías, para perder amor queriendo a medias y sobrevivir de sonrisas veladas bajo las lágrimas. La vida es demasiado hermosa para sentirse diminuto a los ojos de otros y bajar la cabeza porque crees que no vales, que no mereces, que ya no necesitas. Si no llena, no esperes a quedar vacía…

La vida es demasiado preciada para soñar a medias y limitarse a subsistir.

A veces, las cosas no son como sueñas o deseas, pero puedes cambiar de rumbo, puedes decidir no conformarte con menos y vivir, de verdad, como mereces.

Si no te hace sentir bien, no merece la pena…


7 comentarios

Sé valiente y confía


Hay una frase que recuerdo siempre y que un día tuiteó mi admirado Josh Bulriss.  Dice algo así como “hay personas que llegan a tu vida como una bendición y otras que llegan como una lección”. Adoro esa frase. Me hace pensar que a veces llegan a tu vida algunos momentos duros que pueden transformarse en buenas lecciones y por tanto en oportunidades. Me hace levantar del lodo y tener ganas de caminar, a pesar de que todo se tambalee, aunque se me hunda la vida y mire alrededor y sólo vea paredes blancas que se van acercando. Hay momentos en que seguir se hace cuesta arriba. Momentos en los que sabes que hay una moraleja que aprender, pero por más que buscas no la encuentras… Son bocados amargos que acaban siendo dulces al final, aunque parezca imposible, obstáculos necesarios, personas que llegan a tu vida para hacerte cambiar aunque sea porque te hacen daño, voluntaria o involuntariamente…

Siempre he pensado que a veces conocer a lobos con piel de cordero acaba siendo muy útil para madurar y superarse, para aprender. Y no hablo de aprender a no fiarse, porque eso nos hace perder la oportunidad de conocer a personas maravillosas más adelante. Hablo de aprender a sobrellevar que alguien en quien confías te decepcione o soportar que alguien a quién quieres no sienta el mismo cariño por ti. Levantarse una mañana y ver que has expuesto tu alma a otra persona, que le has dado tu amistad y ha jugado con ella. Descubrir que eras una marioneta… Salir de ese callejón de ridículo, decepción y dolor te obliga a crecer mucho. Al final, aprendemos igual de los lobos que de los corderos. Porque tanto de unos como de otros sacamos algo bueno, porque eso que es bueno ya estaba en nosotros y ellos vienen a alumbrarlo, a ayudarnos para que salga fuera y nos demos cuenta del valor que acumulamos. A menudo, los que se cruzan en nuestro camino y nos lo ponen difícil nos obligan a poner en marcha nuestro talento, nuestras aptitudes, algunas de las cuales permanecían ocultas.

Luego, los corderos se quedan y los lobos se van. A veces, incluso, sin querer, tu compasión y forma de querer acaba amansando a los lobos y les hace percatarse de que no pueden ir por la vida disfrazados y devorando la autoestima de los demás. Tú también les alumbras… Y si puedes, les perdonas y tu perdón les ayuda a crecer, si quieren. Entonces puedes ver que ellos también sufren y dejas que se queden… Porque tú para ellos eras un cordero necesario, una bendición. Al final, a unos y otros, les debemos dar las gracias por la gran aportación que hacen a nuestras vidas…

Porque… ¿Qué es una lección sino una bendición también?

Lo difícil es confiar después. Sobre todo porque igual que hay muchos lobos con piel de cordero, también hay muchos corderos que van disfrazados de lobo salvaje para ahorrarse volver a caer, volver abrirse al mundo y recibir un golpe.

Hay personas que no son lobos ni corderos. Están sentados al margen y siguen a la masa. Si toca pan, comen pan. Si tocar reír, se ríen sin haber entendido la gracia. No lloran para desahogarse sino para llamar la atención esperando que el mundo tenga misericordia y les haga el trabajo sucio y complicado porque les da pereza vivir y descubrirse a ellos mismos. Siguen la corriente aunque lleve al abismo, aunque al final de ella haya un precipicio o se vean obligados a traicionar sus valores. Tienen demasiado miedo a mostrarse cómo son, a ser distintos, a decir en voz alta qué piensan y llevar la contraria. Van por la vida tomando prestadas ideas, moralejas y sueños ajenos. No es porque no tengan los suyos propios, es porque les asusta conocerlos y admitirlos, porque les fatiga luchar por ellos y les avergüenza darlos a conocer. Se sientan en entre la muchedumbre y esperan a que otros digan qué quieren y se convencen de que ellos desean lo mismo. No tienen valor ni ganas de adquirirlo. Se acaban cruzando contigo y haciéndote creer que eres tú el absurdo por querer algo distinto y mostrar lo que sientes…

No caigas, no renuncies a ti mismo. No seas arrollado por un batallón mediocre que no busca más que convertir al mundo en un reducto gris y uniforme porque ellos no quieren destacar.

Si consigues que no se te lleven y no acabas haciendo cola para sumergirte en su maraña, habrás superado un obstáculo más.Y sigue confiando en las personas, sobre todo, en ti mismo.

Tú también puedes ser una lección para ti mismo. De hecho, la mayoría de respuestas a las grandes preguntas no tienen una solución correcta o incorrecta, tienen tú solución. Tú eres quién decide si araña o acaricia. Si dice sí o no. Si ama y perdona o guarda metida la traición en un hueco de tu alma. Eres tú quién sabe cuándo hace bien o mal, según tus valores. Tú decides si sacas una lección de todos los muros que saltas o si te quedas sentado lamentándote. Eres tú quién reconoce si vive la vida que quiere o la que quieren los demás. Eres tú quién escoge si se disfraza o se muestra tal como es ante el mundo y es capaz de defender lo que cree hasta el final… Eres tú quién decide si brilla o se esconde y apaga para no destacar. Tú decides si confías… Sé valiente y confía.


17 comentarios

Porque nunca me canso…


A veces sigo porque existes, porque estás, aunque no sea cerca. Porque mientras camino vienen a mi cabeza cada uno de tus guiños rupestres y tus ojos salvajes, porque saber que respiras me calma y al mismo tiempo acrecienta mi ansia. A veces, camino porque sueño que mis pasos llevan a tu alma. Camino porque deseo llegar y andar en tu niñez dormida y ahondar en tu orgullo hasta encontrar una rendija, una brizna de piedad, una migaja de esperanza. Porque sé que en ti hay un hueco por llenar y quiero habitarlo. Porque nunca me canso de buscarte.

A veces puedo levantarme porque sé que en algún lugar del mundo, tú te levantas. Porque a pesar de no verte, noto que me alcanzas. Porque mientras me busco a mi misma, te encuentro. Por si no me buscas, por si deberías buscarme y no lo sabes, por si quieres que deje la luz encendida y no me lo pides. Por si no te quedan palabras a las que aferrarte para continuar con tu ruta y puedo dejarte las que a mí hoy me sobran… Llevo unas cuantas. Mi mundo es enorme pero cabe en unas cuantas palabras… Porque sé que en ti hay un cielo oculto bajo nubes grises y altas montañas… Porque casi siempre acierto cuando buceo en tus temores y te pido que des un paso al vacío mientras sujeto tu mano helada. Porque he visto tus fauces y tus garras y sé que asustan pero no hacen daño… Porque nunca me canso de intentar hacerte feliz.

A veces sé que podré porque sé que crees que puedo. Porque noto tu mano en mi espalda, dándome impulso y acariciándome las alas. Porque cuando ando a tu lado, la lluvia no es tan fría y el camino se hace corto… Porque robo al tiempo cada instante que te veo, intentando fijar en mi memoria de niña tu cara. Porque guardo en mi cabeza, como un tesoro, cada una tus miradas hambrientas y sinceras. Porque cuanto más fiero es el lobo que se aloja en tu esencia sé que más me necesitas… Porque cuánto más aúlla ese lobo, más llora el niño que comparte con él tu sustancia… Porque nunca me canso de quererte.

A veces digo que sí, porque no puedo negarte nada, si no me duele. Porque prefiero arriesgar y perder que quedarme sentada y rota. Porque prefiero caer sin red a nunca saltar o convertirme en piedra y dejar que la hiedra me devore las entrañas. Porque no dejo pasar sin probar, porque si puedo atrapo siempre lo que deseo y soy de un material inflamable que necesita cambiar de forma si quiere seguir, si quiere encontrarte en las esquinas… Porque sé que cuando estás a oscuras, brillas y quiero que el mundo veo ese brillo que yo atisbo cuando abro tus ventanas… Porque nunca me canso de intentarlo.

A veces, bailo en silencio porque la música está en mi cabeza. Porque no importa el reducto que habito, ni el muro que me rodea… Soy libre de memoria, de recuerdo, de compromiso con todo lo que me mueve. Porque me mueves y zarandeas. Porque sé que hay un enorme pedazo de ti que suplica que me quede.

Porque a veces si hay que seguir, se sigue. Si hay que saltar, se salta. Si hay lodo al pisar, se mira al frente. Si hay ramas, se apartan. Mientras haya camino, se camina. Y cuando no lo haya, se dibuja, se imagina, se sueña…

A veces, estoy porque estás, aunque disimule y parezca que no escucho y no vibro. Aunque creas que paso de largo y esquivo tus ojos voraces. Aunque me esfuerce en decir que no importa y cierre las puertas de mi conciencia cuando pasas. Siempre llevo el alma puesta para subir a tu sombra y alcanzarte si te escapas. Porque nunca me canso de rondarte…

A veces, a pesar de mis pies pequeños, doy pasos de gigante… Sólo a veces…Porque si es para ti, nunca me cansa.


18 comentarios

Palabras


Dame palabras. Di mi nombre en voz alta, para que yo sepa que me recuerdas, para que note que me tienes en tu mente aunque a veces en las esquinas de tus pensamientos no veas mi cara. Dilo en voz baja, cerca de mí, para que mi piel perciba la caricia de tus labios sin tener que salir de la sombra. Dame todas las palabras que pasen por tu cabeza errática y desconcertada, para que lleguen a mí, aunque hieran a veces, aunque arañen… Aunque sean esas palabras que nunca deseo escuchar pero siempre tengo presentes.

Dame palabras y risas. Dame historias que se pierdan en el tiempo y dibuja mi rostro con palabras hermosas. Que me crea que existo. Que me crea que sabes que existo. Que nunca deje de existir si alguien me sueña. Dame palabras de esas que te hacen eterno, que te hacen inmenso, que te hacen inmortal e imperturbable al paso del tiempo. Palabras que me curen las heridas y disuelvan mis miedos más oscuros, que sean el viento que se lleva la niebla en el camino, que sean el sueño que llega esta noche para dejar que mi cansancio encuentre tregua. Dame palabras que recorran mi cuerpo exhausto y aviven mi piel dormida…

Grita, susurra, recita… Dame ironías y borra mis quejas. Que mis miedos sean recuerdo y mis recuerdos se aflojen en mi memoria. Quiero palabras que me hagan sentir que cuento, que mi cuerpo no es un espacio vacío cuando me miras, que mis ojos aún te acompañan…

Dame palabras para seguir buscando, para encontrar y volver al camino si me pierdo.

Palabras para el frío y la escarcha. Para la rutina y el cansancio. Palabras de amor y de fuego. Palabras para salir de la cáscara y encontrar el cielo. Palabras para refugiarme de la lluvia y para derribar el muro que circunda mi voluntad dormida. Palabras para levantarme y decir que no, aunque duela. Palabras para decir que sí, aunque asuste. Dame palabras para sujetarme cuando el vaivén de los días maree mi constancia agotada. Dame palabras para que no caiga cuando el peldaño de escalera que sigue está oscuro…

Dame palabras para saber que tu corazón no está dormido, que ya no es vagabundo… Para que sepa que hay camino, para que no me falte el aliento si me deja tu sombra… Para que sea libre aunque mi autoestima me mantenga atada. Para que sea feliz aunque mi mundo se acabe, aunque no haya mundo…

Dame palabras para mi conciencia, para mi alma encerrada, para mi cuerpo pequeño, para mi espalda dolida y mis ojos tristes que esperan tus… ¡Palabras! Palabras para esta noche larga que no termina. Que recuerde que habrá alba y que también es mía.

Palabras, palabras, palabras… 


9 comentarios

Cuando abandonar, cuando seguir…


Uno de los eternos dilemas de la vida es saber cuándo desistir. Esa pugna siempre latente entre cambiar al mundo y cambiar tú. Ambas opciones perfectamente compatibles, altamente deseables e incluso necesariamente simultáneas. Sin embargo, hay ocasiones en las que hay que hacer un esfuerzo para darse cuenta de si debemos seguir intentado conseguir algo, luchar por ello o desistir y adaptarnos, aceptar y centrar la mirada en otro lado soñando con que la esperanza no se apague sino que se reenfoque. Desistir no significa resignarse ni decidir que aquello que deseamos con todas nuestras fuerzas es imposible, tal vez no lo sea, pero no podemos obsesionarnos con ello para siempre. Los sueños largamente buscados también se desgastan. ¿Cómo saber cuándo actuar para modificar la situación o cuando empezar a concienciarnos de que aquello que queremos no llegará?

¿Cuándo decidir si esperar o marchar? ?¿cuándo dejarlo correr o insistir hasta el final? ¿cómo saber si hacer que pase o dejar pasar? Y que luego no te quede en la conciencia que abandonaste, que no lo conseguiste porque no luchaste o esperaste lo suficiente, que otros tuvieron lo que tu anhelabas porque confiaron más en ellos mismos que tú, porque hicieron acopio de fuerzas que tú no supiste encontrar en ti…

¿Cómo saber si lo dejas por cansancio o porque ya no hay remedio? ¿Cómo decidir si esperar a que pase tu tren o echar a correr? ¿qué se puede cambiar y qué debe ser inmutable? ¿cuándo aceptar y ceder y cuando luchar? ¿cuándo tus acciones perturban el curso que deben seguir los acontencimientos y cuándo son necesarias para cambiar ese curso y hacer el milagro?

La lucha entre quedarse corto y pasarse de largo. Entre ser el que siempre desiste y el que nunca lo hace… ¿dónde está el término medio? ¿cuándo dejar de tirar de la cuerda? ¿cuándo aceptar que no alcanzas hasta dónde quieres? A caso, ¿los que consiguen lo que quieren no son aquellos que no saben que es imposible, los que destierran la palabra imposible de su vocabulario por complicada que sea la situación?

He dado muchas vueltas a este juego de contrarios que se complementan y necesitan. A menudo, la vida es ese equilibrio entre dejar pasar y salir corriendo tras lo que quieres, tomar el tren o quedarse en la estación, seguir intentándolo o dar la vuelta y mirar a otro lado suplicando otra meta, otro destino, otro sueño, otro amor con que llenar el vacío, aunque ahora parezca inabarcable.

He pensado mucho en cuándo se ve la señal que te indica la retirada, la necesaria renuncia a modificar el mundo y decidir decirle a tus neuronas que será que no. Abrir la veda a nuevos pensamientos que vayan modificando tu manera de ver la situación para que sepas que ha llegado el momento de decir adiós, que termina la carrera y debes centrarte en otras metas y descansar.

A veces, nos obsesionamos tanto con lo que deseamos que no vemos las señales. Hemos construído un mundo de fantasía a su alrededor y condicionado nuestra vida a ello. Hemos llegado a modificar su esencia en nuestra cabeza para que parezca que se nos acerca, que es más accesible. Lo hemos hecho porque ver la realidad duele y mucho. Otras veces, eso nos absorbe con tanta intensidad y durante tanto tiempo, que dejarlo es como admitir que hemos perdido un pedazo de vida en algo que no llegamos a tocar jamás.

No es cierto. En realidad hemos dedicado un pedazo de vida a aprender de nosotros mismos y a saber qué no debemos repetir.

¿Cuándo marchar y cuándo quedarse? ¿Cuál es la señal? ¿cómo se distingue entre tanto ruido y emociones? No lo sé, supongo que el día que seguir nos duela más que desistir, es una gran señal de que hay que dejar la partida. Cuando la lucha nos obligue a dejar tantas otras cosas buenas de lado que nos desdibujemos a nosotros mismos, cuando nos haga abandonar tanto la realidad que descubramos que lo que soñamos no existe… Eso asusta. Cuando algo nos asusta es una señal de que hay que hurgar en ello, superarlo. A veces, si dejar algo es insoportable, conviene descubrir por qué y saber cuándo es el momento de hacerlo.

Mientras abandonar sea más doloroso que seguir, la lucha compensa. Mientras soñar no te impida vivir, vale la pena. Si la pasión te hace sentir más vivo y no te arrolla tanto que te hace perder de vista la realidad y lo que pasa a tu lado, no la pierdas, no la dejes morir.

Si soltarlo nos vacía por dentro, habrá que mantenerlo sujeto y seguir… Si la ilusión supera al cansancio, es que lo que tenemos entre manos es algo grande y merece el esfuerzo aunque sea gigante. 

Algunos sueños son el pegamento de nuestra vida, en algunos momentos en los que nuestro mundo se rompe.  

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 6.619 seguidores