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la rebelión de las palabras

Gladiadores

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Quien no sabe bajar la guardia, sólo ve agresores. Lo decía ayer Rafael Vídac en twitter. Nunca llegará a saber lo adecuada que es para mí esta frase y la reflexión que he hecho gracias a ella… Y es que, no bajar la guardia y estar siempre atentos es una pequeña condena a la que nos sometemos nosotros mismos. Lo hacemos para poder superar una sensación que arrastramos desde hace tiempo y que consiste en la necesidad de demostrar siempre, a cada minuto del día, que no nos dejaremos pisar ni amedrentar. Es el pequeño martirio al que nos sometemos de forma voluntaria para exhibir ante los demás que existimos y merecemos la pena, para que nos den su visto bueno y nos dejen formar parte de su mundo. Por fuera, parece que dominamos la situación, que somos el centro de todo. Por dentro, la presión nos invade, nos estruja hasta que quedamos extenuados por el mero hecho de estar presentes y mantener la compostura.

Algunas personas, tal vez siendo niños, sintieron que molestaban, que sobraban. Eso duele. Ser un estorbo te obliga a buscar la forma de salir de en medio y ponerte a cubierto. Sientes una especie presión en la espalda, una mano enorme que quema y aprieta, que te invita a encogerte y apartarte… A ser invisible para no molestar, a esconderte en una apariencia gris y no destacar, a ser un aroma, un leve sonido de respiración, a poder ser no demasiado profunda…

Lo más duro no es esa manaza inmensa que te empuja desde la espalda. Lo más duro es que cuando consigues que esa mano te abandone, si lo haces a medias, sigue estando ahí. Es como una mano fantasma que te recuerda que un día sobraste o creíste estar de más en la vida. Cada vez que vuelas un poco, que te sueltas y sales del  inflexible guión que has escrito para ti, la notas. En el fondo, la activas tú, para recordarte que no vales o que no eres tan maravilloso como ahora te crees que eres. La pone en marcha esa parte de ti que se creyó que era un trasto inútil y aún lo arrastra. Ese niño que te habita y remolca la pena de no haber sido motivo de alegría. Esa parte de ti que es un mueble viejo, un jarrón chino, una brizna de polvo… Esa parte quieta y estática que suplica casi no existir para no desesperar a los demás y no destacar para no generar odios ni malas caras.

Si no logras recompensar al niño y hacerle entender que no era cierto. Si no le das la un abrazo y le dices que es fantástico, siempre pondrá su mano en tu espalda para recordarte que no encajas, que no sirves, que eres un error, que es mejor que no estés… Las personas cuando creen que sería mejor que no estuvieran, desaparecen. Algunas poco a poco, pierden cuerpo y sustancia, pierden inercia, ánimo, alma… Se convierten en pellejos, en pajaritos, en gusanos que renuncian a convertirse en mariposa…

Y otras veces, le ponen fuerza y empiezan a hacer todo lo contrario, se crecen.

El esfuerzo gigante de este ejercicio supone una ración triple de autoestima y de control, para encontrar la medida justa en todo. Se convierten en los más rápidos al contestar para que cuando alguien se ríe de ellos, su agilidad les permita responder y presentar batalla. Se vuelven intrépidos y atrevidos,  dulcemente imprudentes… Tienen una necesidad constante de demostrar que son válidos, útiles, interesantes… Que pueden ofrecer  algo y que tienen talento. Al principio, es un ejercicio necesario, porque deben aprender a no esconderse y dar la cara, ponerse en primera fila y aguantar la mirada… Muchas veces, incluso cuando nadie les cuestiona porque se siente eternamente cuestionados y observados. Sobre todo por ellos mismos… Necesitan que crezca su autoestima y hacer callar las voces que les habían puesto esas etiquetas de “tímido”, “pesada”, “renacuajo”… Unas etiquetas que ellos se colgaron gustosos y durante un tiempo llevaron sin rechistar para no enfurecer a otros. Se sintieron ridículos y pequeños, ignorados, insignificantes, insuficientes, indignos…

Y pasan los años. Cinco, diez, quince… Siguen siendo guerreros, rápidos, gladiadores insaciables e incansables que saben que si en algún momento se detienen o se despistan pueden acabar siendo carnaza de burla… La gente no se mete con ellos porque ahora han dado la vuelta a la situación. A veces, si han sabido desarrollar ese talento que todos tenemos, son respetados profesionalmente y admirados por muchos. Son personas que comprenden a los demás y que pueden entender su dolor… Siempre alerta, siempre puestos y preparados… Con un sonrisa que oculta un rictus de dolor, del extremo cansancio que supone asumir el reto de no vacilar ni caer, de no perder posiciones ni bajar el listón, de no mostrar debilidad que permita que otros les hinquen el diente… Siempre llegando a la meta sin descanso y luciendo un entusiasmo agotador.

Aunque el precio que pagan por estar siempre perfectos y a punto de revisión es el control. Una férrea autodisciplina que arrasa su cuerpo tenso y dolorido de controlar, una rigidez severa que invade sus sienes y atenaza sus cervicales. No se permiten un respiro, no descansan porque cuando bajan la guardia, la manaza vuelve a su espalda y temen que todo volverá a ser como antes. No pueden, no quieren esconderse nunca más. No podrían soportar esa sensación amarga de no ser nadie otra vez, esa soledad omnívora de casi no existir o no importar.

Y mientras, el control les devora. Cuando se equivocan, buscan mil excusas, muchas ciertas, para conseguir un perdón glorioso por no ser perfectos. Dan miles de explicaciones que nadie pide… Porque en el fondo, aún se sienten trastos viejos y usados, aún creen que molestan y piensan que la única forma de dejar de sentirse así es ser perfectos y nunca desfallecer… Tener siempre una respuesta divertida, irónica y rápida para contestar al estúpido de turno que cree que puede pisar a los demás…

Se ponen en primera fila incluso cuando llueve, graniza o el sol cae sin piedad para demostrar al mundo que son valientes y merecen la pena…

Se toman la vida como una batalla, una lucha por sobrevivir y demostrar… Viven sin poder saciar su necesidad de aprobación, de llegar al mínimo, de obtener el aplauso, de saciar su soledad angustiosa, y esa carrera por conseguir ser aceptados les devora y reseca.

Para quién no baja la guardia, todos son agresores. Todo es una ofensa, una ocasión para demostrar que vales… Todo es una batalla que librar para no perder el lugar que has conseguido a base de esfuerzo para dejar de ser invisible y conseguir ser amado y respetado.

Querría soltar la coraza y el sable imaginarios, atenuar el verbo fácil  y combativo, el tono belicoso, para respirar hondo. Sentarse a contemplar y ver que cuando alguien se acerca no es una amenaza, no es un enemigo, no viene a comprobar nada y no hay nada que demostrarle… Tantos años de inercia defendiéndose de un adversario imaginario en una fortaleza de barro son difíciles de borrar y pasan factura. Querría soltarse y descansar, bajar las defensas y mostrarse humano, imperfecto, libre, líquido… Destensar las articulaciones y perder la carrera… Y que no pase nada, que nadie esté pendiente, más que él, de su derrota. No probar nada, no demostrar, no excusarse, no defender, no perder más el aliento pendiente de todo y dejar que su cabeza pare de dar vueltas…

Tantos años librando una batalla contra una mano fantasma que él mismo mantiene despierta y hace actuar para cortarse las alas y recordar una humillación lejana…

Tantos años sin darse cuenta de que el enemigo tiene su cara y calza su risa asustada… Sin saber que quién realmente decide si cuentas o no cuentas, si vales o no, eres tú mismo… Sin querer ver que tenía la llave para detener el cansancio… Que tanta lucha para demostrar algo que o hace falta demostrar nunca merece la pena.

Nadie sobra. En realidad, faltan muchos. Sólo es necesario que los gladiadores se conviertan en mariposas.

 

Por cierto, seguid a Rafael, siempre tiene una frase oportuna…

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Autor: merce roura

Amo la imprudencia de mis palabras...

15 pensamientos en “Gladiadores

  1. Me siento totalmente identificada con lo que dices. Gracias por recordármelo.

    Le gusta a 1 persona

  2. Gran reflexión y gran ayuda.

    Te tendré en cuenta, ya que siempre vivo en batalla y no precisamente buscando aceptación.

    Gracias por el aliento.
    KnHs

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  3. Alguien dijo que “Quien tiene un martillo ve todos sus problemas con forma de clavo”.

    Lo justo nunca debe ceder ante lo injusto, por muy en minoría que se encuentre. Al margen de nuestros fantasmas, el enemigo existe y es real. Ciertamente la forma de combatirlo debe ser totalmente objetiva y ceñida a un concepto lo más cercano posible a lo justo y exenta de miedos y odios, pero firmes y sin dar un paso atrás. El cobarde pretende imponer su miedo. El justo se lo pone ante sus narices para que se huela así mismo y reaccione en su propio hedor. Y así debe ser siempre y en cada ocasión. Por supuesto y como muy bien dices, sin obsesionarse y sin hacer de ello la forma de vivir.

    Le gusta a 2 personas

  4. gracias gracias gracias …
    me canse de no ser para ser aceptada.. no imaginas cuanto me ayudaste….
    CREO en TI

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  5. Cuando saltas a la arena para enfrentarte a otro,no puedes dudar de ti,ni que el otro note tu miedo…si no tienes pérdida la batalla antes de empezarla…cuando tu autoestima es baja,o te la merman alguien que tu crees superior y quizás esconde su inferioridad y alimenta la tuya…siempre,como bien dices..vives alerta,aparentando ,y dando explicaciones…por qué ,hoy merce, me ha parecido que “destacabas” el COMPLEJO DE INFERIORIDAD…Siempre con bellas palabras,descubriendolo y creando la reacción para superarlo

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  6. Haz hecho un retrato aproximado de mí mismo. Siendo un poco más consciente estoy en el camino de la mariposa.
    Rafael es una fuente de inspiración tremenda. Gracias Mercé por todo, un placer disfrutar contigo.

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  7. Pingback: Gladiadores | Dalequedale.com

  8. Lúcida y lucida reflexión. Ahora mismo me hago seguidor de Rafael, a ver si me produce los mismos efectos que a ti (ya está, ya lo sigo).

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