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la rebelión de las palabras


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El día menos pensado


Hoy es el día menos pensado.

Sí, ese día que hace años llevas anotado en el calendario interno y anhelas que llegue como si lo trajera el azar, pero en realidad tú misma lo has ido postergando mes tras mes, año tras año.

¿A qué esperabas?

No sabías la respuesta a esta pregunta hasta que en este justo momento sabes que ha llegado el momento. No podías responder porque necesitabas que todo tu cuerpo y tus entrañas respondieran por ti.

Esperabas a estar harta. Harta del todo. Tan cansada de estar cansada que lo único que te quedara fuera el consuelo de no poder levantarte a hacer algo más, a intentarlo de nuevo, porque ahora sí, ya no das para más. Para que la única opción que te quedara posible fuera dejar de hacer, porque ya lo has hecho todo.

Ya no puedes seguir. Irónicamente necesitabas llegar a esto para que al caer muy hondo nadie te señalara con el dedo y te mirara mal, eso piensas, en realidad nadie te mira, solo tú con esos ojos de búho inquisidor que todo lo juzga. Necesitabas poder demostrar que caíste en la batalla habiendo hecho todo lo posible por superar tu marca de dolor, el listón estratosférico que te habías colocado para superar… Necesitabas que si no lo conseguías no fuera por falta de esfuerzo y perseverancia, que nadie pudiera pensar que es culpa tuya, que no hiciste suficiente. Necesitabas casi morir para que otros te perdonaran la vida y creyeras que eso te daba derecho a merecerla.

Podrías haber parado antes, pero no te has dado permiso porque te educaron para el esfuerzo salvaje y el sacrificio. Te dijeron que no valías nada y te lo creíste. Que tenías que demostrar siempre y esforzarte el doble que los demás para conseguir migajas. Que eres lo que haces y consigues… Todo con la mejor intención, «porque la vida es una lucha cruenta por la supervivencia y tienes que dejarte la piel para demostrar que mereces».

Y esa programación instalada a fuego desde la niñez de la que no eras consciente no te ha dejado soltar. Ni decir basta, ni decir que no puedes más incluso cuando seguir suponía un dolor insoportable. No podías dejar de sujetar el mundo para no se caiga. Dejar de llevar el peso de otros, cargar sus responsabilidades y gestionar sus penas. Te has sentido incapaz de dejar de tirar del carro y llevar la iniciativa, siempre dándole a la manivela a la vida para que no se detenga, alerta para que nada falle y se estropee, para que todo salga bien. Has tragado rabia, mucha rabia, porque durante estos años has visto personas a tu alrededor que se sacrificaban menos y para las que todo era más fácil. Algunas de ellas parecían tan livianas y despreocupadas, sonreían mientras tú estabas amargada y los resultados las acompañaban más que a ti. Algunas de ellas te cargaron su peso para que lo llevaras tú, las dejaste hacerlo porque tú eres la dura, la fuerte, la que puede con todo. Otras, nunca llevaron peso, eran com sirenas surcando el mar sin esfuerzo para llegar al horizonte. Y eso te hizo sentir mucha rabia, mucha ira, mucho dolor, una sensación de injusticia constante que iba lacerando tu vida…

Dilo en voz alta, querida amiga, estás harta.

Harta, harta, harta, harta.

Harta de que todo te caiga a ti y no saber parar. Harta de que te necesiten tanto que notes el peso de las vidas ajenas sobre tu espalda. Harta de no aguantar más y seguir porque no puedes decir que no, porque sin ti no pueden, porque no saben, porque no aprenden… Harta de no poder cerrar la puerta porque siguen llamando para que abras.

Y ya no puedes más. Estás desesperada por dejar tu desesperación. Por dejar de sentir la angustiosa sensación de que todo depende de ti.

Nada depende de ti más que tú misma. Lo que está en tu mano y es poco. No controlas nada. Solo una pequeña circunferencia a tu alrededor en la que la vida está cerca, donde llega tu mano, y a veces, ni eso siquiera porque cae un rayo y lo fulmina todo o una ráfaga de viento se lleva aquello que tanto miedo te daba.

Ya basta de estar de guardia para salvar al mundo. Ya basta de intentar que todo sea perfecto y salga bien. Ya basta.

Hoy es el día menos pensado. Ha llegado. Está aquí. No pierdas tiempo pensando si podría haber sido antes. No lo aplaces diciéndote que puedes aguantar un poco más. Llega ahora porque es cuando te has permitido caer y soltar, cuando el sufrimiento ha sido tan grande que te has planteado dejar de hacer todo lo que has hecho hasta ahora… Cuando el dolor ha sido tan insoportable que has decidido dejar de mirarte con ojos de jueza implacable y tener compasión de ti. Cuando el mundo ha pesado tanto que tus manos han cedido y has dejado de sujetarlo y empujarlo y arrastrar todas sus incompetencias y necesidades. Cuando has notado que ya era imposible seguir y has pensado que tiene que haber otra forma de vivir que no duela tanto.

Has tomado la decisión.

Has caído y ahora solo puedes levantarte. A tu ritmo y a tu tiempo. Sin culpas ni reproches por lo que pudo ser. Vacíate del todo. Llora lo pendiente. Siente lo que no te has permitido sentir antes. Va a doler, amiga, llevas mucho acumulado. Nota ese dolor, permítetelo. Dale gracias por invadirte y comprenderlo, por saber qué dice de ti. Ábrele el corazón y la mente. Decide que vas a pensar de otro modo, suelta toda la basura y cambia de rumbo.

Disfruta de tu desnudez y vulnerabilidad, de todos y cada uno de tus maravillosos errores… Sé tal cual, sin esperar emnienda, sin enmendarte tú.

Hoy es el día menos pensado… Hoy vas a dejar de sostener esa vida que tanto daño te hace para abrazarte de verdad. Hoy vas a soltar y a dejar que la incertidumbre más absoluta y maravillosa impregne todo tu ser.

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

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Gladiadores


Quien no sabe bajar la guardia, sólo ve agresores. Lo decía ayer Rafael Vídac en twitter. Nunca llegará a saber lo adecuada que es para mí esta frase y la reflexión que he hecho gracias a ella… Y es que, no bajar la guardia y estar siempre atentos es una pequeña condena a la que nos sometemos nosotros mismos. Lo hacemos para poder superar una sensación que arrastramos desde hace tiempo y que consiste en la necesidad de demostrar siempre, a cada minuto del día, que no nos dejaremos pisar ni amedrentar. Es el pequeño martirio al que nos sometemos de forma voluntaria para exhibir ante los demás que existimos y merecemos la pena, para que nos den su visto bueno y nos dejen formar parte de su mundo. Por fuera, parece que dominamos la situación, que somos el centro de todo. Por dentro, la presión nos invade, nos estruja hasta que quedamos extenuados por el mero hecho de estar presentes y mantener la compostura.

Algunas personas, tal vez siendo niños, sintieron que molestaban, que sobraban. Eso duele. Ser un estorbo te obliga a buscar la forma de salir de en medio y ponerte a cubierto. Sientes una especie presión en la espalda, una mano enorme que quema y aprieta, que te invita a encogerte y apartarte… A ser invisible para no molestar, a esconderte en una apariencia gris y no destacar, a ser un aroma, un leve sonido de respiración, a poder ser no demasiado profunda…

Lo más duro no es esa manaza inmensa que te empuja desde la espalda. Lo más duro es que cuando consigues que esa mano te abandone, si lo haces a medias, sigue estando ahí. Es como una mano fantasma que te recuerda que un día sobraste o creíste estar de más en la vida. Cada vez que vuelas un poco, que te sueltas y sales del  inflexible guión que has escrito para ti, la notas. En el fondo, la activas tú, para recordarte que no vales o que no eres tan maravilloso como ahora te crees que eres. La pone en marcha esa parte de ti que se creyó que era un trasto inútil y aún lo arrastra. Ese niño que te habita y remolca la pena de no haber sido motivo de alegría. Esa parte de ti que es un mueble viejo, un jarrón chino, una brizna de polvo… Esa parte quieta y estática que suplica casi no existir para no desesperar a los demás y no destacar para no generar odios ni malas caras.

Si no logras recompensar al niño y hacerle entender que no era cierto. Si no le das la un abrazo y le dices que es fantástico, siempre pondrá su mano en tu espalda para recordarte que no encajas, que no sirves, que eres un error, que es mejor que no estés… Las personas cuando creen que sería mejor que no estuvieran, desaparecen. Algunas poco a poco, pierden cuerpo y sustancia, pierden inercia, ánimo, alma… Se convierten en pellejos, en pajaritos, en gusanos que renuncian a convertirse en mariposa…

Y otras veces, le ponen fuerza y empiezan a hacer todo lo contrario, se crecen.

El esfuerzo gigante de este ejercicio supone una ración triple de autoestima y de control, para encontrar la medida justa en todo. Se convierten en los más rápidos al contestar para que cuando alguien se ríe de ellos, su agilidad les permita responder y presentar batalla. Se vuelven intrépidos y atrevidos,  dulcemente imprudentes… Tienen una necesidad constante de demostrar que son válidos, útiles, interesantes… Que pueden ofrecer  algo y que tienen talento. Al principio, es un ejercicio necesario, porque deben aprender a no esconderse y dar la cara, ponerse en primera fila y aguantar la mirada… Muchas veces, incluso cuando nadie les cuestiona porque se siente eternamente cuestionados y observados. Sobre todo por ellos mismos… Necesitan que crezca su autoestima y hacer callar las voces que les habían puesto esas etiquetas de “tímido”, “pesada”, “renacuajo”… Unas etiquetas que ellos se colgaron gustosos y durante un tiempo llevaron sin rechistar para no enfurecer a otros. Se sintieron ridículos y pequeños, ignorados, insignificantes, insuficientes, indignos…

Y pasan los años. Cinco, diez, quince… Siguen siendo guerreros, rápidos, gladiadores insaciables e incansables que saben que si en algún momento se detienen o se despistan pueden acabar siendo carnaza de burla… La gente no se mete con ellos porque ahora han dado la vuelta a la situación. A veces, si han sabido desarrollar ese talento que todos tenemos, son respetados profesionalmente y admirados por muchos. Son personas que comprenden a los demás y que pueden entender su dolor… Siempre alerta, siempre puestos y preparados… Con un sonrisa que oculta un rictus de dolor, del extremo cansancio que supone asumir el reto de no vacilar ni caer, de no perder posiciones ni bajar el listón, de no mostrar debilidad que permita que otros les hinquen el diente… Siempre llegando a la meta sin descanso y luciendo un entusiasmo agotador.

Aunque el precio que pagan por estar siempre perfectos y a punto de revisión es el control. Una férrea autodisciplina que arrasa su cuerpo tenso y dolorido de controlar, una rigidez severa que invade sus sienes y atenaza sus cervicales. No se permiten un respiro, no descansan porque cuando bajan la guardia, la manaza vuelve a su espalda y temen que todo volverá a ser como antes. No pueden, no quieren esconderse nunca más. No podrían soportar esa sensación amarga de no ser nadie otra vez, esa soledad omnívora de casi no existir o no importar.

Y mientras, el control les devora. Cuando se equivocan, buscan mil excusas, muchas ciertas, para conseguir un perdón glorioso por no ser perfectos. Dan miles de explicaciones que nadie pide… Porque en el fondo, aún se sienten trastos viejos y usados, aún creen que molestan y piensan que la única forma de dejar de sentirse así es ser perfectos y nunca desfallecer… Tener siempre una respuesta divertida, irónica y rápida para contestar al estúpido de turno que cree que puede pisar a los demás…

Se ponen en primera fila incluso cuando llueve, graniza o el sol cae sin piedad para demostrar al mundo que son valientes y merecen la pena…

Se toman la vida como una batalla, una lucha por sobrevivir y demostrar… Viven sin poder saciar su necesidad de aprobación, de llegar al mínimo, de obtener el aplauso, de saciar su soledad angustiosa, y esa carrera por conseguir ser aceptados les devora y reseca.

Para quién no baja la guardia, todos son agresores. Todo es una ofensa, una ocasión para demostrar que vales… Todo es una batalla que librar para no perder el lugar que has conseguido a base de esfuerzo para dejar de ser invisible y conseguir ser amado y respetado.

Querría soltar la coraza y el sable imaginarios, atenuar el verbo fácil  y combativo, el tono belicoso, para respirar hondo. Sentarse a contemplar y ver que cuando alguien se acerca no es una amenaza, no es un enemigo, no viene a comprobar nada y no hay nada que demostrarle… Tantos años de inercia defendiéndose de un adversario imaginario en una fortaleza de barro son difíciles de borrar y pasan factura. Querría soltarse y descansar, bajar las defensas y mostrarse humano, imperfecto, libre, líquido… Destensar las articulaciones y perder la carrera… Y que no pase nada, que nadie esté pendiente, más que él, de su derrota. No probar nada, no demostrar, no excusarse, no defender, no perder más el aliento pendiente de todo y dejar que su cabeza pare de dar vueltas…

Tantos años librando una batalla contra una mano fantasma que él mismo mantiene despierta y hace actuar para cortarse las alas y recordar una humillación lejana…

Tantos años sin darse cuenta de que el enemigo tiene su cara y calza su risa asustada… Sin saber que quién realmente decide si cuentas o no cuentas, si vales o no, eres tú mismo… Sin querer ver que tenía la llave para detener el cansancio… Que tanta lucha para demostrar algo que o hace falta demostrar nunca merece la pena.

Nadie sobra. En realidad, faltan muchos. Sólo es necesario que los gladiadores se conviertan en mariposas.

 

Por cierto, seguid a Rafael, siempre tiene una frase oportuna…


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Métete en mi vida


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Métete en mis asuntos. Aunque… Luego no digas que no te he avisado. No pongo el freno, casi nunca. La mayoría de veces salgo volando y en pleno vuelo, me doy cuenta de que tengo las alas en casa. Y aún así no me estrello nunca, porque vuelo de oído y recuerdo. Porque con el paso del tiempo ha aprendido a calibrar las azoteas y esquivar las antenas… Porque soy de pluma y viento. Mi substancia cambia de forma y estado y cuando toco suelo, soy vapor.

Y cuando camino tampoco es fácil seguir mi paso, mis pies oyen la música y se deslizan sin pausa mientras mi cabeza sueña y busca. Tengo mucha prisa siempre para no perderme nada, poner los cinco sentidos… Siempre he tenido la sensación que hay algún lugar que debo ver y no encuentro, alguna persona que debo conocer y no veo. Busco su nombre, que está escrito en la cima de una montaña que debo pisar y no piso, para contemplar un valle, al que debo llegar rodando y no llego. Si paro, en otra dimensión hay una yo que alcanza la meta y colma sus sueños… Y pierdo la partida. Si bajo la guardia, las esquinas de mis ojos se pierden el crepúsculo o la suave caída de una hoja, que podría inspirar el más hermoso de los versos y sacudir la más tremenda de las conciencias. Detener una batalla, componer un vals… Avivar un fuego que se apaga. Todo es una cadena de acontecimientos sucesivos que nacen y mueren en un devenir constante, que no se explican unos sin otros, donde todo no tiene ni principio ni fin. Si callo, si me entretengo, la cadena se rompe, la historia se detiene… El milagro se funde y la esperanza sigue vagando hasta encontrar una nueva mente que ponga en marcha el engranaje y todo vuelva a empezar… Aunque ya es distinto, ya no lleva escrito el mismo destino. Nuestra historia cambia a cada instante que escogemos un camino…

Métete en mis asuntos. Ven, vamos… Pero no tendrás tiempo de cerrar puertas ni lamerte heridas. Lo mío es arrasar noches y buscar ventanas por donde colarnos en la vida que deseamos. Dibujar una escalera y subir por ella sin mediar instante. Trepar hasta el árbol más alto y buscar el horizonte más lejano, tragar tierra y no parar más que para acariciar la hierba cuando no recordemos como huele. Cuando no nos notemos las orejas porque están heladas y nos besemos con la nariz como los esquimales.

Acércate… Atravesaremos este otoño ocre y no pararemos hasta que el sol de verano nos queme la nuca.

Métete en mi vida pero no me vengas con miedos. Si se te encogen las entrañas en la cumbre y el vértigo te puebla las sienes, te acercas a mi hombro y buscas mi mano. Así aguantarás la sacudida. Y no me digas que no puedes, que tienes frío o que estás cansado. Por si te oye un pájaro y para el pleno vuelo, tal vez detengas una revolución necesaria o cambies el curso de los días.

No te asustes, ven. Sigue el hilo y algún día encontraremos la madeja… Tanto ir de acá para allá, asaltar fortalezas, y hacer tambalear imperios, necesito abrazos. Busco morada y besos. Busco reposo para mis ojos y calor para mis madrugadas. Alguien que me oiga el rezo y me cubra con la manta cuando me llegue el sueño. Alguien que se meta en mi vida y sepa que muchas veces tendrá que acariciar mi sombra. Prometo amor inmenso y desenfreno. Prometo risa y riesgo. Prometo cansancio y lluvia… Mucha lluvia, a veces helada… A menudo, en pleno vuelo, me doy cuenta de que no llevo el paraguas.